Nieves
Herrero
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CONTENIDO
Dedicatoria – Introducción – Capítulos 1> 50 – Epílogo – Nota de la
autora – Agradecimientos – Sobre este Libro – Sobre el Autor
A mi familia de sangre y a mi familia elegida, por estar siempre cerca
dándome ese calor y ese impulso que todos necesitamos para emprender nuevos
retos
Las verdaderas
historias de amor no tienen final. - RICHARD BACH
El amor sin misterio no
existe. - JAVIER SÁDABA
A cualquiera le puede
pasar que tenga como amigo a un asesino. - AGATHA CHRISTIE
Omnia vincit amor et
nos cedamus amori.- (El amor todo
lo vence, así que cedamos nosotros al amor). - VIRGILIO
Introducción
La cruz de Caravaca
María Gracia Céspedes
tenía un don. En la familia lo supieron pronto, cuando ella tan solo era una
niña. Se lo detectó su abuela al comprobar que poseía la cruz de Caravaca en el
velo del paladar. De modo que desde muy pequeña aceptó su madre que había
traído al mundo una niña que tendría el poder de adivinar el futuro. No le
chocó tampoco, porque la abuela Gracia convivía desde siempre con las voces que
le susurraban al oído si alguien iba a tener un golpe de suerte o algo peor, si
padecería alguna enfermedad. Se habían llegado a familiarizar con las
presencias de entes fantasmales que nadie, excepto la abuela, podía ver. Se trataba
de hombres, mujeres e incluso niños que, según decía ella, la esperaban al pie
de la cama o los veía pacientemente sentados en una silla; a veces, incluso le
acompañaban en sus paseos. En la familia este don se llevaba en secreto. No
todo el mundo lo entendía y alguna vez tuvieron que soportar algunos cuchicheos
y comentarios desagradables en el pueblo sobre su salud mental. Sobre todo
porque, cuando se cruzaban con ella por la calle, la veían hablando sola,
haciendo aspavientos como si fuera charlando con alguien que nadie veía a su
lado.
La familia de María
Gracia, por lo tanto, se había movido siempre entre la videncia y el
secretismo. A ella le ocurría como a su abuela, no necesitaba ni el apoyo de
los naipes ni la bola de cristal para ver el futuro. Sin embargo, a la gente
que acudía a su casa le tranquilizaba que demostrara cierta destreza con alguna
mancia o ritual que le permitiera predecir el futuro. Por este motivo,
utilizaba la baraja española para explicar a sus clientes su destino, pero ella,
en realidad, nada más mirarlos a los ojos sabía lo que le iba a ocurrir. Era
como si lo llevaran escrito en la cara. Sabía si padecían una enfermedad, un
mal de amores o un problema económico. Parecía que alguien le susurraba al oído
lo que les iba a ocurrir. Igualito que le sucedía a la abuela.
Esa tarde, María Gracia
echaba las cartas una y otra vez a Manuela, su vecina bolañega. No tenía la
alta alcurnia de quienes visitaban su piso en busca de respuestas, pero gozaba
de su amistad. Ambas estaban sentadas a la mesa camilla de aquella habitación
en la que no faltaba de nada. Varias radios, cuadros en las paredes, un
tresillo de terciopelo y un centro de mesa con frutas a rebosar. Aquella casa,
donde recibía a sus clientes, se encontraba ubicada en la calle Hermosilla, a
poca distancia de donde residían las familias más pudientes de Madrid.
Algo inquietaba a la
vidente. Aquellos naipes se repetían, y según los levantaba del mazo, movía la
cabeza y se decía a sí misma: «No puede ser. Esto es muy raro».
El interior de la
habitación donde realizaba estas sesiones siempre estaba en penumbra. La
ausencia de luz le permitía concentrarse y no tardaba mucho en dejar patente, a
todo el que la visitaba, sus dotes psíquicas. El olor a incienso se colaba por
todas las estancias de la vivienda, incluso en la cocina. Se sentía más la
mezcla de resinas vegetales que los aromas que salían de los pucheros. Más aún,
al cruzar el umbral del portal, ya uno notaba el olor a iglesia y se preparaba
mentalmente para la experiencia que iba a vivir al conocer de cerca su futuro.
La mezcla dulzona de incienso y pachulí, esa amalgama de madera con matices de
tabaco y cacao, casi embriagaba al visitante antes de tocar el timbre de la
puerta.
Esa tarde, mientras le
echaba las cartas a Manuela, no le parecía creíble lo que le indicaban los oros
y las copas, que se repetían de forma machacona e insistente. Ambos palos de la
baraja salían una y otra vez. Oros y copas. El as de oros y la sota de oros
irrumpían en cada corte.
Manuela llevaba yendo a
visitarla cinco años, los mismos que hacía que residía en Madrid. Siempre
interesada por su futuro y por la suerte, que parecía que nunca estaba de su
lado. Ahora se iba a producir un cambio. Así lo revelaban los naipes.
—Tu suerte va a
cambiar. Te codeas con alguien que va a poner la vida de esa casa patas arriba.
Va a dar mucho que hablar, mucho…
—¿Va a cambiar mi
suerte por alguien de la casa en la que estoy trabajando? —repreguntaba la
joven de veintiocho años—. ¿Ves algo o a alguien que cambie mi vida?
María Gracia volvía a
barajar el naipe español, pero su cara reflejaba confusión. Las cartas se
repetían una y otra vez.
—Veo una corona
clarísimamente. También puede ser un símbolo de poder. Alguien con quien estás
puede convertirse en una persona muy relevante.
—Bueno, sabes que
trabajo para doña Blanca de Aragón y Carrillo de Albornoz, viuda de don Gonzalo
de Mora y Fernández Riera del Olmo, conde de Mora y marqués de Casa Riera.
—Manuela pronunció sus nombres poniendo mucho énfasis a la cuna y procedencia
de los apellidos ilustres para los que servía desde hacía un lustro—. Pero no
veo a ninguno de sus hijos con tanto poder como dices: ni a Neva, María de las
Nieves, que lleva casada casi dos décadas; ni a Gonzalo, que también se casó
hace mucho tiempo; ni a Annie, Ana María, que también está fuera del palacio en
el que residimos al contraer matrimonio y tener ocho hijos. Tampoco veo a
Alejandro, que igualmente contrajo nupcias justo antes de llegar yo a la casa;
ni al bala perdida de Jaime, que se casó el año pasado, pero que regresó
divorciado del extranjero al poco tiempo. Menos aún a Fabiola, que pasa mucho
tiempo haciendo obras de caridad y recibiendo a personas que le piden favores
en un piso que tiene en la calle Bárbara de Braganza y que comparte con su
buena amiga Pilar Sástago. Son dos almas buenas. Tampoco reside allí la pequeña
de la casa, María Luz, después de casarse hace dos años. Y no me codeo con
nadie más. Bueno, también con mi familia, que sigue en el pueblo. Tampoco veo
poder o corona por ahí, como no sea una corona de espinas, que es la que llevan
mis padres sobre la cabeza.
—Las cartas dicen que
la vida de esa casa en la que trabajas va a cambiar por completo. Va a pasar
algo que va a hacer correr ríos de tinta.
—¡Ríos de tinta! Antes
de que naciera Jaime, y sin saber si sería niño o niña, su abuelo materno ya
predijo que haría mucho ruido. ¿Será él? Es el único que vive en la casa. Ruido
ya está haciendo, desde luego. Lo de la corona no lo acabo de ver. Fabiola
tiene allí su cuarto, aunque vive en su propio piso, pero cualquier día nos
dice que se mete a monja, eso lo tenemos claro.
—Veo el robo de unos
papeles importantes… —continuó María Gracia—. Esto va a ser un escándalo.
—La casa llena de meaos
de perros y gatos, eso sí que es un escándalo. Viven como reyes desde que murió
el señor. A lo mejor es a ellos a los que te refieres cuando hablas de corona
—bromeó Manuela.
—Mira, vamos a dejarlo
por hoy porque también es posible que las cartas no me quieran responder y
estén jugando conmigo. A veces lo hacen y hay que saber frenar y no seguir
atosigándolas a preguntas.
—¿Y han tenido que
jugar precisamente hoy?
—Está claro que las
cartas están revoltosas, y la información que me llega tampoco ayuda.
María Gracia había
salido hacía más de diez años de Bolaños de Calatrava, la misma localidad
manchega de Manuela, ubicada en la comarca del Campo de Calatrava. En ese
tiempo, su fama se había extendido por la alta sociedad. Y en la familia,
sabedores de sus cualidades, se sentían muy orgullosos. Sus antepasados siempre
tuvieron mucha relación con el santuario de la milagrosa Virgen del Monte,
situado en un bellísimo paraje cercano a la villa. También se los relacionó con
la misma Orden de Calatrava, allí ubicada durante siglos. Recién llegada a
Madrid, se instaló en el barrio modesto de la Elipa, que ocho años antes había
pertenecido al término municipal de Vicálvaro. Sin embargo, su fama pronto se
extendió como la pólvora y comenzó a recibir todo tipo de clientes que le
ofrecían regalos por sus certeras predicciones. Pasaron de regalarle gallinas y
huevos a anillos valiosos y colgantes de oro que sus adineradas clientas le
proporcionaban. Pronto se mudó a aquella nueva casa de alquiler, más cercana al
centro de la capital. Nunca pedía dinero, sino la voluntad, que podía ser
monetaria o con presentes de todo tipo. María Gracia exhibía un anillo de
amatista con brillantes tan grande como el de un obispo. En el pueblo era todo
un ejemplo de cómo, en la capital, se podía alcanzar el éxito. Un éxito avalado
por su colaboración altruista con la policía y su ayuda en la resolución de
algunos casos. El más sonado tuvo lugar dos años antes, tras el cuádruple
asesinato de dos mujeres, una de ellas embarazada, y dos hombres. Los tres
primeros, los del matrimonio y la criada, ocurrieron en un piso del número 57
de la calle Lope de Rueda. Posteriormente, el cuarto tuvo lugar en la tienda de
empeño situada en el número 19 de la calle Alcalde Sainz de Baranda. María
Gracia predijo que detrás de las muertes había una deuda de amor. Gracias a su
información, la policía supo hacia dónde dirigir la investigación, ya que
también había visto claramente que el autor se movía entre familias adineradas.
Enseguida comprobaron que se trataba de un joven con un largo expediente
delictivo, que inició en Puerto Rico y posteriormente en Estados Unidos. Su
madre le financió el modo de vida al regresar a Madrid, pero el dinero salía
según llegaba a su bolsillo. Acabó convirtiéndose en el rey de la noche. Era
habitual de las salas de fiestas: Zambra, Pasapoga, El Molino Rojo. Entró de
lleno en el mundo de la prostitución y las drogas. Utilizaba diferentes
nombres. En una ocasión conoció a una inglesa que estaba casada y con dos hijos
y decidió empeñar una de sus valiosas sortijas, regalo de su marido. Así es
como entró en contacto con sus víctimas, los dueños de la tienda de empeño. La
amante necesitaba recuperar el anillo y le pidió al desalmado que lo
desempeñara, pero le exigieron mucho más dinero del que le prestaron. Con la frialdad
que lo caracterizaba, decidió matarlos. Primero, tras averiguar dónde vivía uno
de ellos, asesinó a su mujer y a la criada. Finalmente, esperó a que llegara de
trabajar uno de los prestamistas para acabar con su vida. A la cuarta víctima,
el otro dueño, la esperó en la casa de empeño y la recibió con dos tiros en la
nuca. El malhechor aprovechó para robar todo lo que pudo antes de salir
huyendo, aunque no encontró el anillo.
María Gracia insinuó a
la policía que veía al autor con un traje manchado de sangre. Y les dijo más:
«Esto puede ser una pista importante». Y lo fue. Desde la Brigada Criminal
comenzaron a investigar en todas las tintorerías del centro de Madrid y
encontraron en la tintorería Julcán un traje que habían llevado días antes
empapado en sangre. La policía no tuvo más que esperar a ver quién iba a
recogerlo y detenerlo. Se trataba de José María Jarabo Pérez Morris. Pasaron
sus fechorías a la historia criminal como «los crímenes de Jarabo». Hacía un
par de meses que se había ejecutado la condena a muerte por garrote vil, el 4
de julio de ese mismo año 1959. La prensa no cesó de hablar del caso. Se
trataba de un asesino que ni sentía ni padecía por los demás. Fue uno de los
éxitos más sonados de la policía.
Sin embargo, con la
desaparición de Almudena Pimentel en el verano del 54, María Gracia no tuvo el
mismo éxito, ya que, cinco años después, la joven seguía desaparecida.
1
El reloj se paró
cinco años atrás
Margot Sanz Peters se
pasaba horas sentada en su escritorio, con su inseparable máquina de escribir
Princess 200. Seguía compaginando sus artículos de moda en la revista Siluetas
y sus reportajes para el diario El Caso con su verdadera vocación por la
investigación criminal. El comisario don Eugenio Benito Poveda siempre le decía
que tenía un sexto sentido y confiaba en ella asuntos delicados. Sin embargo,
la desaparición de la hija de los marqueses de Montero se le había atravesado.
El reloj para ella se había parado cinco años atrás. Repasaba cada día el
expediente de la joven Almudena Pimentel mientras fumaba en la pipa que había
pertenecido a su padre. Formaba volutas de humo que le ayudaban a pensar.
«Échale otro vistazo al expediente, puede que se nos haya pasado algo»,
insistía de vez en cuando el comisario.
Tras la resolución del
caso del Asesino de la Luna Roja, en el que intervino de forma brillante, el
comisario quiso que ella personalmente se hiciera cargo de la investigación de
la desaparición de la joven. Margot se obsesionó con este nuevo asunto, en el
que no había pistas nuevas que condujeran a ella, hasta tal punto que accedió a
consultar a la vidente que colaboraba con la policía. Sus indicaciones de que
«estaba viva» no habían servido para dar con ella. Para algunos de la brigada,
que no creían en videntes, estaba claro que había muerto. Solían decirle que
«cinco años eran muchos para seguir con vida y no haber dejado rastro». El caso
todavía estaba abierto en la Brigada Criminal de la Dirección General de
Seguridad, pero apilado junto a los expedientes sin resolver y a punto de pasar
al cajón de las carpetas que duermen «el sueño eterno», como decía el
comisario. Al menos, este todavía permanecía en la montaña de carpetas que don
Eugenio Benito Poveda guardaba con la esperanza de que algo o alguien lo
activara.
Margot Sanz Peters
investigó y buscó a la joven trasladándose temporalmente incluso a París. Más
de uno aseguraba que la habían visto en el país vecino. Sin embargo, a los seis
meses, Margot regresó a Madrid con la frustración de no haber dado con el
paradero de Almudena. La pista más clara la llevó a seguir el rastro de la
joven hasta el distrito 8, cerca de la Madeleine, una iglesia del siglo XIX
ubicada entre la plaza de la Concordia y la Ópera Garnier. Tanto había acudido
Margot a esa iglesia, donde algunos testigos aseguraron haber visto a Almudena
Pimentel, que podría describir con los ojos cerrados la escena del juicio final
que se encontraba en el frontón principal del templo.
Su vocación de
detective se desinfló tanto como su amistad con Harry Parker. El jefe de
seguridad de la embajada de España en el Reino Unido había dejado de llamarla
tras meses de no responderle al teléfono. Margot tomó esa decisión después de
que él le declarara su amor y le insistiera en la necesidad de que regresaran
juntos a vivir a Londres. En ese momento fue cuando pensó que no estaba hecha
para llevar un anillo. Ella soñaba nada más con ser una buena detective y una
buena periodista. Tuvo claro que debía perseguir su sueño. De modo que optó por
no volver a responder a sus llamadas. En realidad, no hubo enfado ni discusión.
Simplemente desapareció de la vida de Parker cuando este se atrevió a decirle
lo que sentía por ella. Así de simple y así de enrevesado.
Se convenció de lo
acertado de su decisión cuando no dieron con el paradero de la joven Pimentel y
todos empezaron a especular con su posible asesinato. Lo único que habían
conseguido las pistas falsas era retrasar la investigación y perder un tiempo
esencial para la resolución del caso.
En el momento de mayor
frustración, Margot le llegó a decir al comisario, con el que seguía
colaborando, que su «noviazgo» se había roto. Era una forma de liberarse
también de Parker en el trabajo.
Harry venía precedido
de una gran reputación en temas de seguridad. Lo de decir que eran novios no fue
más que una estratagema para que su amigo el comisario ayudara a Margot de
manera incondicional las primeras veces que pisó la brigada. Ahora, pensó la
joven periodista, ya no hacía falta seguir con la farsa. Sin embargo, reconocía
en su interior que siempre había existido entre ellos una atracción muy fuerte,
que el tiempo y la distancia no lograban borrar. Sabía que le debía una
explicación al jefe de seguridad de la embajada española en el Reino Unido,
pero esa llamada telefónica la posponía una y otra vez. En realidad, de
atreverse a hacerlo no sabría qué decirle. No tenía ningún motivo para cortar
su relación nada más comenzar. ¿Fue miedo o sencillamente no estaba preparada
para el compromiso? Quizá las dos cosas.
Margot se había
prometido a sí misma que siempre sería una mujer independiente. El beso que le
dio ella a él en el baile, tras la resolución del caso de los asesinatos en
serie de tantas jóvenes de la alta sociedad en el año 54, la hizo dudar sobre
su futuro. Sin embargo, los viajes de Parker a Estados Unidos, y su trabajo en
la embajada de Londres después, hicieron que Margot se centrara en su trabajo y
se dijera a sí misma que no estaba dispuesta a renunciar a su libertad. No dejó
que siguiera adelante el afecto que sentía hacia Parker. Lo bloqueó en su mente
y en su corazón.
Sus tíos y tutores,
Julián Martín-Briz, diplomático en la embajada española en Londres, y Frances
Peters, accionista de la revista Siluetas, donde ella trabajaba,
prefirieron no volver a preguntarla por él. Notaron, desde la desaparición de
la joven Almudena Pimentel, que ambos se iban distanciando. Por otra parte,
desconocían que su sobrina, a la que querían como una hija, había seguido
colaborando con la policía. Incluso no tenían ni idea de que en estos cinco
años había iniciado su formación como detective. El expolicía Vicente Cerezo,
que gozaba de la amistad del comisario, se había encargado de ello a petición
de don Eugenio Benito Poveda. Este siempre vio en Margot unas capacidades que
no tenían los demás: la valentía y las acertadas deducciones al más puro estilo
de Sherlock Holmes, su admirado personaje de novela. No había mujeres en la
policía, pero ella entraba y salía de comisaría como si fuera una más de la
brigada.
Se trasladaba a París
con frecuencia, aprovechando que el epicentro de la moda estaba allí, para
seguir con su trabajo en la revista Siluetas. Era una forma de seguir
intermitentemente preguntando por Almudena Pimentel, a la que no se podía
quitar de la mente. Su desaparición estaba a punto de pasar al cajón de los
expedientes que se cerraban para siempre y no se volvían a abrir jamás.
Se centró de nuevo en
el caso de la joven con la esperanza de encontrar algo que se les hubiera
pasado por alto. Lo había revisado tantas veces que casi se lo había aprendido
de memoria. ¿Por qué el comisario le pedía ahora, cinco años después, que lo
reexaminara? La respuesta tardó poco en llegar.
2
María Bonita
En el palacete donde
vivía doña Blanca, en el número 5 de la calle Zurbano, rodeada de perros y
gatos abandonados, residía el quinto de sus siete hijos, el díscolo Jaime, que
ensayaba en el piano de cola la melodía que estaba de moda: María Bonita,
de Lucho Gatica. Su ilusión pasaba por tocar en algunos de los salones del
Madrid más aristocráticos. Sobre la una de la tarde, lo primero que hacía nada
más levantarse, después de una larga e intensa noche, era tomarse un té y
sentarse al piano. Ensayaba aquella canción que Agustín Lara había dedicado a
la artista María Félix, en la que hablaba de las noches de Acapulco, sus playas
y las estrellitas. La canción había sobrevivido a su amor tras su separación.
Le ponía tanto sentimiento que Manuela, la más curiosa del servicio, dejó de
trabajar y se acercó donde estaba Jaime con la excusa de limpiar los
excrementos de los gatos que estaban cerca del piano. Jimmy no solía cantar
delante del público, solo tocaba la melodía, pero esa mañana en casa hizo una
excepción. Siguió con la letra, que aludía a los amores de «María Bonita, María
del alma». Cuando acabó, la joven Manuela lo aplaudió emocionada.
—Me ha dicho mi amiga
medio bruja, medio sabia, que alguien en esta casa va a revolucionarlo todo.
Digo yo que, al no estar más que usted y la señora, pues todo hace pensar que
será usted. ¡Llegará lejos con el piano! Será el rey de los salones de fiesta.
—¿Quién te ha dicho
eso? —preguntó Jaime con curiosidad, dejando de tocar.
—Mi amiga María Gracia
—afirmó la muchacha—. Ayer me echó las cartas y tiene claro que en esta casa se
va a producir un terremoto.
—¡Dios te oiga! Lo
necesitamos. Desde que murió mi padre, por no haber, no hay ni fiestas.
Recuerdo aquella en la que dejé a todas las señoras sin los abrigos de piel y
me los llevé al Monte de Piedad a empeñarlos. Menuda regañina me echó mi padre.
¡Aquellos eran otros tiempos! Aquí, ahora, hasta los gatos pueden hacer su
santa voluntad, que nadie los va a regañar.
—Su madre no ha
superado la pérdida. Hay que darle tiempo. Está todo muy reciente. En noviembre
hará dos años que don Gonzalo, su padre, se nos fue.
Apareció Milagros Resines,
el ama de llaves que llevaba toda la vida junto a los Mora y Aragón, y al ver a
Manuela dialogando con Jaime, la riñó.
—Menos cháchara y más
limpiar. ¿Has visto cómo está todo?
—No la riñas, que me ha
dicho que su amiga la vidente ha visto que en esta casa se va a producir una
revolución. ¡Lo mismo soy yo el protagonista de ese cambio radical!
—Menos videntes y más
trabajar… ¡Vamos!
Manuela se puso a
ordenar el salón junto con Lucía, la más joven y corpulenta del servicio. Por
más que ambas se esforzaban en echar a todos los animales al jardín, a las
pocas horas estaban paseándose por el salón, tumbados en los sofás o dormitando
sobre las alfombras. Eran gatos y perros callejeros que había ido rescatando la
matriarca de la familia y no estaban acostumbrados a la convivencia con las
personas. Los gatos, que eran mayoría, bufaban a todo el que se les acercaba y
respondían sacando las uñas incluso a quien les daba la comida. Estaban
rebozados en polvo y algunos tenían enfermedades. El mayordomo, Enrique, en
cuanto lograba echarlos, le pedía a Manuela que regresara a limpiar todo
aquello que habían manchado los asilvestrados animales. Era imposible quitar el
olor, y eso que habían comprado agua de colonia, la 4711, que usó don Gonzalo
hasta que murió, con el fin de disimular el mal olor. A doña Blanca le gustaba
sentir el perfume de su marido. Creía que el servicio lo hacía por ella, pero,
en realidad, lo que querían era ahogar aquel vomitivo hedor que se había
instalado en el palacete.
No lejos de allí, a diez
minutos en coche, en plena Gran Vía, Margot se despedía de Camila, la persona
que estuvo a su lado desde niña y que jamás, tras morir sus padres, se había
apartado de ella ni un solo día. Era quien la conocía más a fondo; era capaz de
leer sus pensamientos e interpretar sus silencios. Podía intuir qué se cruzaba
por su cerebro cuando se quedaba con la mirada perdida observando, desde el
ventanal de aquel primer piso en el que vivían, cómo la gente caminaba con
prisa en todas las direcciones.
Ahora, forzosamente,
Camila debía ir a Inglaterra durante varios días para asistir a los actos
fúnebres tras la muerte de su padre. En realidad, iba a ver a sus hermanas, ya
que, desde que murió su madre, nada la ataba a Inglaterra. De hecho, se
alojaría en la embajada española. Julián y Frances, los tíos de Margot, la
consideraban una más de la familia.
Sátur, la encargada de
la limpieza y de la intendencia de esa casa, observaba incrédula la escena de
la despedida.
—Parece que se va a la
guerra, pero tan solo va a cumplir con su familia, como es lógico —se expresaba
con su sabiduría natural de siempre.
—¿Sabrás cuidarla? Please,
muchos ojos… —Camila se defendía ya en español, aunque introducía expresiones
inglesas en su discurso mientras se dirigía a la perspicaz Sátur.
—Por favor, váyase
tranquila. Sabré cuidar de su «tesoro». ¡Hay que ver esta mujer! Se ha muerto
su padre, no hay mejor razón para regresar a su tierra. No le quitaré ojo.
¡Tranquila!
—Por Dios, Camila, sé
cuidarme sola. ¡Ve a estar con tu familia! —le sugería Margot.
—Mi familia eres tú.
¡No lo olvides! Con mi padre no tenía demasiada relación. No nos hizo ni caso a
ninguna de las hijas. Deberíamos haber nacido chicos, pero el destino le jugó
una mala pasada. ¡Tres mujeres!
Un taxi la esperaba en
la puerta para llevarla hasta el aeropuerto. Se fue de allí envuelta en un mar
de lágrimas. Su avión, un De Havilland DH.106 Comet, no aterrizaría en Londres
hasta la noche, tras hacer previamente una escala en París. Se trataba de un
aparato con cuatro motores turborreactores instalados en el interior de las
alas. Camila pudo ver desde la ventanilla como la imagen de Madrid se perdía
entre las nubes. Se preguntaba cuánto habría cambiado la vida en Inglaterra en
todo este tiempo que llevaba en España. Saldría de dudas enseguida.
Camila llevaba fuera
cinco años y, recientemente, la embajada española en el Reino Unido había
vivido su momento más convulso con la destitución fulminante del embajador.
Miguel Primo de Rivera y Sáenz de Heredia salió en periódicos y tabloides por
su probada infidelidad con la mujer del héroe de la Segunda Guerra Mundial, el
mayor Anthony Greville-Bell. Aunque en el juicio quedó acreditado que no había
testigos, el diario de la esposa del militar, Helen Scott-Duff, fue suficiente
prueba, ya que en él quedaban especificados todos sus encuentros íntimos.
Toda esta información
la supieron en Madrid gracias a la tía Frances y la llamada que le hizo en su
día a Margot.
—Las anotaciones en el
diario confirmaron la relación adúltera que mantenían el embajador y ella. Que
nos sirva de escarmiento, no debemos anotar nada de lo que hacemos en ningún
cuaderno. Los diarios son un error.
—¿Pero es necesario
airear esos asuntos en un juicio? ¿No lo podían haber solventado en la
intimidad? —preguntó Margot.
—Desde el instante en
que el mayor denuncia el adulterio de su mujer con el embajador, se convierte
en un tema público —le explicó su tía Frances—. Sabíamos que, de llegar a oídos
de Franco, esta destitución se iba a producir. Y finalmente así ha sido.
Además, la prensa se ha cebado con él.
—¿No ha pesado su
amistad con Isabel II?
—Nada. El duque no tuvo
más remedio que regresar a España con su mujer.
—¡Pobre Margarita!
Nadie habla del sufrimiento de la esposa. Eso nunca importa. Ni del escarnio de
la joven inglesa. Los hombres, en ese sentido, no tienen el peso de la moral
que sí tenemos las mujeres.
—Tienes toda la razón.
Nacer mujer es sufrir de por vida —afirmó Frances.
—Me niego a eso, tía.
Hay que cambiarlo. ¿Ves? Por eso yo no quiero enamorarme, y menos aún casarme.
Detesto las mentiras.
Aquella conversación
había tenido lugar en el momento más difícil de la embajada. Ahora, parecía que
había llegado la paz con la presencia de José Fernández-Villaverde y Roca de
Togores como nuevo embajador, al que todos llamaban Pepe Santa Cruz. Lo
nombraban con ese apodo por el marquesado que ostentaba gracias a su mujer,
Casilda de Silva y Fernández de Henestrosa.
Julián Martín-Briz, tío
de Margot, tuvo la suerte de que el embajador necesitara a alguien que conociera
al dedillo la vida de la embajada y hubiera demostrado una fidelidad a prueba
de escándalo, como había ocurrido con Primo de Rivera. Una vez que lo puso al
día de todo, le pidió que se quedara junto a él. Todos respiraron aliviados,
incluido Harry Parker. El jefe de seguridad tenía una buenísima reputación.
Tanto que, desde Estados Unidos, habían solicitado su presencia para participar
en la organización del plan de seguridad de la visita que iba a realizar el
presidente Eisenhower a España. Tendría lugar a mediados de diciembre de ese
año 1959. Harry Parker regresaría a España después de cinco años de ausencia.
Necesariamente tenía que visitar al comisario Eugenio Benito Poveda para hablar
del plan que iba a presentar al ministro de la Gobernación, Camilo Alonso Vega,
al que todos apodaban don Camulo. En cualquier caso, el ministro gozaba de la
confianza de Franco, con el que despachaba todos los días.
Parker se preguntaba si
vería a Margot. Tan solo se arrepentía de haberle confesado que estaba enamorado
de ella. Se llegó a sentir ridículo al ver la ausencia de respuesta de la joven
periodista. Ahora, despechado, se dejaba ver a menudo en compañía de miss Jane
Bowles, una joven inglesa de buena familia. Esa evidencia en forma de rumor no
tardó en llegar a oídos de Margot. Disimuló al enterarse, pero sintió un
pellizco en el estómago que se transformó en rabia. «¿Son celos?», se
preguntaba en silencio.
Margot sabía que Parker
aparecería por comisaría de un momento a otro, pero no quiso preguntar a nadie.
Deseaba demostrar con su indiferencia que su relación ya formaba parte del
pasado. El inspector Gutiérrez fue el único que la advirtió.
—Está a punto de llegar
el que fue tu novio, Harry Parker.
Margot tardó en
contestar. Primero tragó saliva.
—Gracias —consiguió
decir—. Sé que está en la organización de la seguridad de Eisenhower y me
imaginé que pronto lo veríamos por aquí.
—¿Quedasteis como
amigos? —siguió preguntando el inspector, que siempre mostró interés por la
joven Margot.
—Puede decirse que sí.
No hemos vuelto a hablar desde que desapareció Almudena Pimentel. La distancia…
Al principio a Margot
le costó no llamarle para todo. Fue ahogando sus necesidades con la almohada
hasta que llegó un día en el que el teléfono dejó de sonar y, a la vez, ella dejó
también de marcar el número de Parker. Adoptó la rutina de escribir todas las
mañanas un artículo de moda o una entrevista para la revista Siluetas.
Después acudía a la agencia de detectives creada por Vicente Cerezo, que había
dejado el cuerpo policial por el negocio de la investigación privada. Decidió
recorrer ese nuevo camino cuando la comisaría se llenó de denuncias por
adulterio. Margot continuó allí con su formación para poder seguir colaborando
con la policía, como deseaba el comisario. Don Eugenio Benito Poveda tenía a
Cerezo en alta estima por su pasión por la investigación. Gracias a sus
pesquisas, habían conseguido resolver algún que otro caso que se les había
torcido en comisaría.
El detective Cerezo era
un hombre de mediana estatura, con una cara vulgar. No poseía ni mucho ni poco
pelo. Sus ojos eran oscuros y no parecían ni grandes ni pequeños. Su nariz
resultaba aguileña, pero tampoco llamaba la atención. Siempre decía que, para
ser un buen detective, había que vestir y moverse sin llamar la atención ni
despertar el interés de nadie.
Le pidió a Margot que
vistiera siempre de traje oscuro y que no se pusiera grandes sombreros. Debía
pasar desapercibida. Sin embargo, el pelo rubio y su descapotable hacían que
fuera conocida en su céntrico barrio como «la chica del descapotable rojo». Por
supuesto, en los seguimientos no llevaba su coche y procuraba recogerse el pelo
en un moño para no llamar la atención. Aprendió a ser minuciosa, a tener
paciencia y a dar rienda suelta a su curiosidad. Su cabeza siempre estaba llena
de preguntas a las que intentaba dar respuesta entrevistándose con diferentes
personas. Ya no solo deducía a lo Sherlock Holmes, sino que también sospechaba
de todo el mundo hasta el final de sus investigaciones, a lo Hércules Poirot.
Transportaba una cámara
pequeña de fotos en el bolso por si necesitaba pruebas de aquello que le
encomendaban. Tampoco se separaba de la pistola que le había proporcionado
Benito Poveda. Se había acostumbrado a llevarla ceñida a la pierna con una
liga.
El detective Cerezo, al
que pidió ayuda el comisario Poveda en su momento, tampoco consiguió averiguar
nada de Almudena Pimentel. Fue una gran frustración para todos. Nada había sido
tan prioritario como encontrarla.
Todo lo relacionado con
la desaparición de la hija de los marqueses era una incógnita. Se fue de casa
con lo puesto, sin despedirse de sus padres ni de sus hermanos, y tampoco de
sus amistades. Las amitas de Almudena hablaron a la policía de su profesor de
pintura, Ángel Torres, que coincidió en el tiempo en que se trasladó a vivir a
París de la noche a la mañana. Un día le dijo a su mujer que se iba a la
capital francesa a probar suerte y se despidió sin decirle a dónde iba, tampoco
a sus alumnos. Desde entonces ya nadie volvió a saber de él. Margot no dejó de
pensar que ambas ausencias estaban relacionadas.
Para la familia de
Almudena, estaba viva, tal y como había asegurado la vidente María Gracia. Se
convencieron de que había querido cambiar de vida y de rumbo. Si hubiera pedido
permiso para irse a la ciudad del Sena, no se lo hubieran dado, y menos aún si,
como muchos sospechaban, había huido con su profesor de pintura.
Margot lo había hablado
una y mil veces con el detective Vicente Cerezo. París era el sitio perfecto
para hacerse invisible y, a la vez, vivir intensamente el mundo de la bohemia y
del arte.
—El problema con los
desaparecidos —le decía Vicente Cerezo— es que, si no los encuentran en las
primeras horas, es muy probable que jamás se les vuelva a ver.
—Quiero pensar que no,
aunque reconozco que es como si se la hubiera tragado la tierra —le contestó
Margot.
—Deberías volver a
entrevistarte con sus padres. Seguro que existe algo que se nos ha pasado por
alto —le sugirió Cerezo—. Además, hay una cosa que no entiendo, y es que su
madre no ha soltado ni una sola lágrima.
—Puede estar en shock.
Yo misma, cuando era una niña, tras la muerte de mis padres, estuve años sin
derramar una lágrima.
—Habría que enterarse
de si la madre ha viajado a París por algún motivo —dijo el detective Cerezo.
Margot asintió y dio a
entender que lo averiguaría. Mucha gente de la alta sociedad viajaba a París
para hacerse con los modelos de algún gran modisto. Almudena y su madre tenían
predilección por el diseñador Cristóbal Balenciaga, que era uno de sus referentes
de elegancia.
—Intentaré acercarme a
la madre. Este oficio nuestro se basa en la constancia. Igual que los
pescadores, echamos el anzuelo y esperamos el tiempo que haga falta —explicó
Margot—. Han abierto una nueva tienda de telas en Madrid relacionada con el
modisto. El tema de la moda puede ser una buena pista.
—Es bueno que la gente
solo conozca tu faceta de escritora de moda. La otra, la de periodista de
sucesos en el semanario El Caso y tu interés por la investigación
policial, tienes que ocultársela a todo tu entorno.
—Está claro. Sé lo que
es no poder hablar de lo realmente importante para mí —se lamentó Margot.
—Tienes una posición
privilegiada. Muestras una cara, pero tienes otra personalidad que nadie
conoce, a excepción del comisario, tus colegas de la comisaria y yo. ¡Sigue
así! Lo estás haciendo muy bien.
Harry Parker también lo
sabía, pero no dijo nada. En realidad, él fue quien introdujo en ella el veneno
por la investigación criminal. Margot imaginaba que, en ese momento, estaría
muy entretenido reuniéndose con las autoridades españolas para poner en marcha
la operación de seguridad de la visita del presidente norteamericano a España.
Si Franco se empeñaba en pasearse por Madrid en coche descubierto, la seguridad
pasaba a convertirse en un verdadero problema para todos. Estaba convencida de
que, al final, ella también tendría que participar en la operación. Iba a
resultar imposible no ver a Parker cara a cara. Se trataba de algo
irremediable. Se preparó mentalmente para el encuentro.
3
El amor, una
enfermedad de la mente
A la mañana siguiente
de la llegada de Camila a Londres, viajó Harry Parker con destino a España. En
realidad, no se vieron porque ella llegó muy tarde a la embajada y él salió muy
temprano camino del aeropuerto. Supieron de la llegada de una y de la salida
del otro por la familia de Margot. Ni Frances ni Julián, los tíos de Margot,
entendieron el motivo por el que su sobrina dejó de tener contacto con Harry.
Fue como una llama que se apagó de repente. Y parecía que sin posibilidad
alguna de retomar la relación en el punto en que la dejaron. Los tíos nunca
supieron cuál fue el motivo del distanciamiento. Podían imaginar que su sobrina
había tomado la decisión de no comprometerse. Los tenía advertidos de que jamás
se enamoraría, y menos aún daría el paso de casarse. Frances, sin embargo,
sabía que uno no podía decidir en ese tipo de cuestiones. Le había dicho muchas
veces a su sobrina: «Cuando el amor llama a tu puerta, no tienes más remedio
que dejarlo pasar». Margot, en cambio, insistía en que el enamoramiento era
como «una enfermedad de la mente». Había leído mucho a Platón y compartía esta
teoría de que «el amor era como entrar en un estado de locura que te hacía
perder el control». Ocupar el tiempo con el trabajo y su preparación como
detective consiguió ahogar el sentimiento que iba creciendo hacia Parker.
Estaba convencida de que el amor «la debilitaba».
En estos años, Harry se
había centrado en prepararse físicamente para todos los retos que tenía por
delante, entre otros, la organización de la seguridad para la visita del
presidente estadounidense a Madrid. Se percibían los músculos de sus brazos a
pesar de las chaquetas que llevaba. Igualmente, sus pectorales habían crecido
hasta el punto de tener que cambiar todas sus camisas y trajes. Toda la ropa
que poseía antes de su cambio físico, la donó a los cocineros de la embajada.
En estos cinco años se había convertido en un hombre fuerte a la vista de
cualquiera. La decepción que sintió ante el evidente rechazo de Margot la
transformó en más trabajo, viajes profesionales y ejercicio físico. Cuando se
acordaba de ella, se dedicaba a subir y bajar las pesas que compró en la
primera Navidad que dejó de tener noticias de ella. Le cogió tal afición al
levantamiento de peso que se hizo miembro de la Federación de Halterofilia. Así
es como consiguió ahogar la rabia, moviendo arriba y abajo la barra de acero
con discos de pesos en los extremos.
Ahora se había quedado
sin tiempo para pensar en Margot, tenía por delante la misión de poner en
marcha el plan de seguridad del inminente viaje del presidente Eisenhower a
España. De hecho, nada más poner pie en Madrid, dejó sus cosas en el hotel
Palace y de inmediato se fue al Ministerio de la Gobernación para reunirse con
el ministro Camilo Alonso Vega. No tuvo que esperar, fue recibido al instante.
—¡Tome asiento, señor
Parker! —dijo el ministro—. Quiero que sepa que nos jugamos todos mucho con
esta visita. Entre otras cosas, una suma de millones de dólares esenciales para
nuestro país. Franco pide que extrememos la seguridad para que su recorrido en
coche sea un baño de multitudes.
—Si fuera en un coche
blindado, su seguridad sería mucho más fácil. En un coche descubierto resultará
más complicada. A no ser que el público no esté cerca. Si mantenemos a la gente
lejos, no habrá ningún problema. También apostaremos agentes en todos los
edificios colindantes.
—Insisto en que el
Generalísimo desea un baño de multitudes. Quiere al público cerca y que el
presidente Eisenhower se sienta sorprendido ante la acogida. Por lo tanto, no
hay más que hablar. Para eso le hemos contratado a usted. Pida todo lo que
necesite y nosotros se lo proporcionaremos.
—Está bien. —Se quedó
pensativo—. Necesito las fichas de todos los anarquistas que en este momento se
encuentren en libertad. Debo estudiar a fondo cada caso, e incluso detenerlos,
si es necesario, mientras el presidente norteamericano esté en España. Toda la
ayuda policial será poca.
—Como le digo, usted
estudie la situación y pida. Tiene a la Brigada Político-Social a su
disposición. Ellos poseen las fichas de todos los comunistas y anarquistas.
—Está bien, pero me
gustaría contar con la Brigada Criminal también. Los conozco de trabajos
anteriores y me inspiran mucha confianza. —No se atrevió a decirle que no le
gustaban las tácticas de la Brigada Político-Social, siempre relacionadas con
la tortura como método de trabajo.
—Así será. Deberá
reunirse inmediatamente con ellos. No puede haber improvisaciones. ¿Me
entiende? Todo debe estar atado y bien atado, como dice el Caudillo. Instálese
donde quiera, aquí le podemos habilitar un despacho.
—Le pediré a mi amigo,
el comisario Benito Poveda, que me haga un sitio en su Brigada Criminal.
—Como quiera, pero
despachará conmigo al menos dos veces por semana. No deje nada a la
improvisación. Recuerde el ramo de flores que lanzó el anarquista Mateo Morral
a los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg en su paseo en
carroza, recién casados. No era un tramo tan largo. El recorrido iba desde la
iglesia de los Jerónimos hasta el palacio Real. Pudo haberles costado la vida.
Fue un fallo de la seguridad y del plan que puso en marcha el conde de
Romanones, que era ministro de la Gobernación en ese momento. Escuché de todo
sobre su poca previsión tras el atentado. No quiero que digan lo mismo de mí.
¿Me entiende? Aquí no puede haber fallos en la seguridad.
—Me coordinaré con los
servicios de inteligencia americanos. Solos no podemos estar en esto.
—Eso será cosa suya.
Haga todo lo que esté a su alcance.
Se levantó de su silla
el ministro y le tendió la mano. Parker se fue del despacho con la sensación de
que, si algo salía mal, toda su carrera terminaría ahí. Recorrió la calle
Recoletos y el paseo de la Castellana mirando los balcones y los lugares que
intuía que podían ser más peligrosos durante el recorrido del coche desde la
base aérea de Torrejón de Ardoz. Primero lo hizo con luz y después regresó
cuando había caído la tarde. Se percató entonces de que las calles estaban
demasiado oscuras. Anotó en una pequeña libreta: «Pedir más iluminación».
Guardó la pluma y el cuaderno y regresó caminando a su hotel.
Con la excusa de saber
cómo iban las cosas por Madrid sin Camila, la tía Frances llamó a Margot y le
contó que Parker ya había llegado a la capital. La joven sintió un pellizco en
el estómago. Recordó el beso que se dieron celebrando la resolución del caso
anterior, el del asesino en serie, así como sus palabras de amor hacia ella. En
el fondo, se maldecía por no saber afrontar una situación como esa. Era mucho
más sencillo para ella cerrar el corazón que dar rienda suelta a sus
sentimientos. Siguió buscando entre los filósofos aquellas teorías que avalaban
su comportamiento. Encontró en el alemán Arthur Schopenhauer su tabla de
salvación: «Buscar el amor romántico es un engaño». El filósofo, un siglo
antes, había llegado a la misma conclusión que ella: no entendía nada del amor.
Decían que era el filósofo de la insatisfacción, pero sentía que miraba al
mundo con los mismos ojos que ella: «El mundo es un asco completo», «la
existencia humana es una mezcla de dolor, frustración y hastío. El hombre
siente que es incompatible con el mundo». Así mismo pensaba la joven tras haber
perdido a sus padres en un accidente y después de haber estado tan cerca del
mal.
Margot acudió a la
comisaria envuelta en esos pensamientos filosóficos. Ese día cambió sus
hábitos. Se alegró de haberlo hecho. Nada más llegar, don Eugenio Benito Poveda
la llamó de inmediato para ponerla al día. Por su nerviosismo intuía que se
había producido alguna novedad. Vio sobre la mesa de su despacho el expediente
de Almudena Pimentel. Había salido de la pila de casos que languidecían hasta
pasar al cajón donde solían olvidarse o cerrarse para siempre. Su corazón se
paró.
—Hemos recibido una
llamada muy alterada de la madre de Almudena —dijo el comisario señalando el
expediente—. Según la marquesa, su hija ha acudido al atelier del modisto ese,
el vasco… Balenciaga.
—¡Está viva! —Se tapó
la cara con las manos—. Durante todos estos años, algo me decía que no estaba
muerta. La vidente María Gracia insistía desde el principio en que la veía con
vida, y tenía razón.
—Tendrá que ir a París,
pero antes hable con la madre. Ha sido ella quien ha recibido la llamada de
Balenciaga esta mañana —siguió informando el comisario—. Según nos ha contado,
su hija le encargó un vestido y no se ha presentado nadie a recogerlo. Está muy
nerviosa, así que vaya a su casa inmediatamente.
Margot tragó saliva y
no ocultó su alegría. Habían transcurrido cinco años y aquella era la primera certeza
de que se encontraba con vida.
—He pensado que,
aprovechando su trabajo en la revista Siluetas, podría entrevistar al
modisto sin levantar la liebre —le propuso el comisario.
—Sería la tapadera
perfecta —exclamó Margot, aún emocionada—. Ya lo he hecho en más ocasiones.
Salió del despacho y le
pidió al inspector Gutiérrez que la acompañara. Estaban todos confusos ante lo
que acababa de suceder.
—El tiempo te ha dado
la razón. ¡Enhorabuena! —le dijo su compañero. Cogió sus cosas y se fue detrás
de ella.
—No te precipites,
señora detective. —Morales, tan desagradable como siempre—. Podría ser una
equivocación del modisto.
Margot se fue sin
contestarle. Estaba tan eufórica que prefería no romper su estado de ánimo.
En casa de los
marqueses de Montero, los padres de Almudena los recibieron enseguida. Aquella
novedad cambiaba el curso de las investigaciones. «¡Mi hija está viva!», afirmó
con gran entusiasmo Silveria Ramón, la madre, nada más verlos.
Margot y Gutiérrez
sacaron su libreta y le preguntaron por la conversación con el diseñador.
—Es muy importante que
nos diga palabra por palabra lo que le ha dicho Balenciaga.
Con evidente ansiedad,
la marquesa pidió al servicio un vaso de agua y, después de dar un sorbo,
contestó.
—Ha sido la primera
llamada del día —contó la mujer—. Balenciaga ha preguntado por mí y me he
puesto de inmediato. Hace años que no voy por su atelier. Siempre acudía con mi
hija, pero desde su desaparición…
—¿Qué le ha dicho? Son
importantes las palabras exactas. Le pido que las reproduzca tal cual las ha
oído —le insistió Margot, consciente de los nervios de doña Silveria.
—Pues creo que dijo
algo así como: «Su hija tenía prisa por un traje que no ha recogido, que lleva
aquí tres semanas sin que nadie venga a por él».
—Tres semanas sin ir a
por él… ¿Qué más le contó? —preguntó Margot.
—Que, cuando fue a
hacer la primera prueba, parecía nerviosa y diferente a cuando encargó el
vestido. Además, le dijo que la ayudara quitándole el corsé interno.
Sabía Margot que
Balenciaga realizaba todos los trajes con esa estructura en el interior. Se
quedó pensativa…
—¿Iba sola esta segunda
vez?
—Parece ser que la
acompañaba una señora. No se la presentó. No sabemos quién es.
—¿Le dijo algo más
sobre el vestido?
—No estoy segura, ya
sabe, con los nervios… Creo que mencionó algo sobre un cuadro, La caída de
Ícaro, de Picasso, creo.
—Es el mural de Picasso
que se inauguró hace unos meses —comentó el inspector Gutiérrez, que hasta este
momento había permanecido callado—. En la mitología griega simboliza la ambición
desmedida y las consecuencias de ignorar los peligros. Representa la falta de
prudencia y no medir las consecuencias de los actos. —Margot lo miró con
sorpresa y admiración—. Me gustan las leyendas, y esta en especial.
—¿Y qué le pasó a
Ícaro? —preguntó la joven detective.
—Estaba encarcelado en
Creta junto a su padre, Dédalo, y para que pudiera escapar construyeron unas
alas de cera y plumas. Advirtió a su hijo de que no volara cerca del sol, ya
que la cera se podría derretir. Pero Ícaro no hizo caso del aviso y, cuando
emprendió el vuelo, quiso ir cada vez más alto. Finalmente, el sol acabó
derritiendo la cera e Ícaro cayó al mar y murió.
Margot repetía en su
cabeza cada palabra que pronunciaban Silveria, la madre de Almudena, y el
inspector Gutiérrez.
—¿Notó usted que
faltara algo en especial de su hija cuando desapareció hace cinco años?
—Se fue con lo puesto,
pero en su bolso se llevó el documento de identidad. ¿No cree que veinticinco
años son pocos años para irse por ahí, lejos de su familia?
—No sabría responderle.
—En su pensamiento estaba de acuerdo con que su hija hubiera tomado la
determinación de irse, si es lo que quería—. ¿Notaron si faltó algo de dinero?
—En su momento ya les
dije que no.
—Perdone si repetimos
las preguntas, pero debe entender que, con esta nueva pista, debemos recopilar
toda la información que sea necesaria. ¿Sabe si se veía con alguna persona? ¿O
mantenía alguna amistad que no correspondiera a su círculo?
Silveria tardó unos
segundos en contestar. Parecía que buscaba las palabras adecuadas.
—Ella tenía cualidades
para el dibujo y por eso entró en la Real Academia de Bellas Artes de San
Fernando. También era socia del Ateneo de Madrid. Lo dejó todo cuando empezó a
pintar: clases, amigas, familia… Desconozco si había alguna persona especial
para ella en esos ámbitos. Siempre ha sido muy reservada.
Margot siguió
preguntando por temas menores para que la marquesa se tranquilizara.
Finalmente, pidió ver su habitación. Una persona del servicio la acompañó hasta
la primera planta y pudo observar que el cuarto de la joven seguía intacto. Tal
y como quedó el día de su desaparición. Pensó que algo se les había pasado por
alto en la primera investigación. Abrió el armario y vio su ropa colgada, como
si fuera a regresar de un momento a otro. Observó que alguno de los trajes
tenía la etiqueta de Cristóbal Balenciaga. Sabía que la moda le gustaba mucho,
como a su madre. Abrió cajones y repasó uno a uno sus papeles. Lo había hecho
hacía cinco años, pero los miró con mayor atención. También abrió uno a uno los
libros que había en las estanterías. Casi todos eran de pintura, con alguna que
otra novela y una guía de París. La persona del servicio la dejó sola durante
unos minutos mientras Gutiérrez se quedaba conversando con la marquesa. Margot
aprovechó para sentarse en la cama y observar con detenimiento los zapatos.
—¿Con quién te fuiste?
¿Y por qué te interesa Ícaro? —llegó a decir en voz alta.
De nuevo abrió los
cajones más personales, que contenían sus camisones y su ropa interior. Los
tocó a fondo. Regresó a los zapatos y los sacó otra vez uno a uno. Al llegar a
las botas tobilleras, las observó de cerca y tuvo la necesidad de darles la
vuelta. En ese momento, cayó un papelito. Lo recogió y lo leyó: «Al menos que
el amor nos salve. ¡Huyamos!» Estaba
escrito a pluma, pero sin firma. Miró hacia la puerta y se lo guardó en el
bolso del que no se desprendía nunca.
«Al menos que el amor
nos salve… ¡Huyamos!». ¿Por qué habría guardado en el botín derecho ese
papelito con esa frase? Se trataba de una invitación en toda regla a dejarlo
todo. La letra era muy estilizada, de alguien con muy buena caligrafía. Regresó
al salón para encontrarse con la marquesa de Montero y su compañero, el
inspector Gutiérrez.
—He visto que muchos de
los trajes de su hija están confeccionados por Balenciaga.
—Y los míos también.
Íbamos juntas a París al menos dos veces al año.
—Entonces esta es la
primera noticia que tiene de su hija en cinco años…
—Sí. —Sus
contestaciones cada vez eran más escuetas. Después de tanto tiempo sin llorar,
las lágrimas brotaban en tromba.
—¿Qué sabe usted del
pintor Ángel Torres? —preguntó a bocajarro mientras se ponía de pie.
—No sé qué decirle
—contestó muy nerviosa.
—Era profesor de
Almudena y desapareció justo en la misma fecha que su hija. Se fue de la Real
Academia de Bellas Artes de San Fernando despidiéndose de la noche a la mañana
de sus alumnos. A su mujer tan solo le dijo que el amor se había acabado y que
se iba justamente a París a encontrarse consigo mismo y empezar de nuevo. ¿Se
fue con su hija?
—¿Y por qué no le hacen
a él esa pregunta? —replicó Silveria Ramón.
—El pintor está en
paradero desconocido —contestó Margot.
—Parece que se lo haya
tragado la tierra o haya cambiado de identidad —añadió Gutiérrez.
—Veo que la policía
anda tan perdida como el primer día… —La marquesa cortó la conversación con un
tono de decepción al mismo tiempo que alzaba la mirada hacia el reloj de
pared—. No puedo seguir hablando del tema, lo siento. Estoy esperando una
visita que me impide seguir atendiéndolos.
—No se preocupe, ya nos
íbamos —dijo Margot—. Muchas gracias por haber avisado a la policía tras la
llamada de Balenciaga.
—Después de hoy tengo
la esperanza de encontrar a mi hija.
—La mantendremos
informada en todo momento —comentó Margot mientras se despedían.
El inspector Gutiérrez
y la detective se fueron de la casa de los marqueses de Montero con el
optimismo de pensar que el caso no solo no se cerraba, sino que volvía a
reactivarse.
A la salida, Margot se
despidió de su compañero. Le dijo que ella regresaría a comisaría avanzada la
tarde. Se alejó de la residencia de los marqueses, pero, cuando se aseguró de
que estaba sola, regresó tras sus pasos y esperó por los alrededores para
comprobar si era cierto que Silveria Ramón esperaba una visita. A los diez
minutos apareció por allí un hombre muy bien vestido con un traje oscuro y un
sombrero de fieltro. Su estatura era media y parecía delgado, de unos cincuenta
y cinco o sesenta años. Llevaba el cabello peinado hacia atrás, con una raya en
el medio, y la barba recortada, bien cuidada. Miró su reloj de bolsillo antes
de tocar el timbre. La detective sacó su cámara y le hizo varias fotos. Solo
pudo sacarlo de perfil.
A Margot le sonaba
aquel hombre. Estaba convencida de que lo había visto en alguna reunión o
fiesta de la alta sociedad. ¿Quién sería? Revelaría las fotos en el laboratorio
de la policía para averiguar su identidad. Antes de marcharse, apareció otro
individuo, también con traje. Parecía más joven que el anterior. Tenía el pelo
negro, rizado. Llevaba una caja consigo, que protegía con los brazos. Llamó al
timbre e, igual que el anterior, pasó al interior en cuanto le abrieron la
puerta. A este Margot sí que lo conocía. Era un hombre de moda: Diego Benítez
Gambín, marqués de Araciel. Un vidente reconocido entre políticos, empresarios
y artistas. Se lo había encontrado alguna vez en Londres. Sabía que de vez en
cuando visitaba el palacio de Buckingham. A la reina Isabel II le gustaba que
le hablaran del futuro. Deseaba estar preparada para todo lo que le deparara el
destino. Además, en Londres, una familia sí y otra no, confiaban en la
astrología y en la lectura del horóscopo, y les atraía el espiritismo.
Margot se preguntó qué
harían ambos hombres en casa de los marqueses de Montero. ¿Estaría Silveria
intentando saber algo más del paradero de su hija tras la llamada de
Balenciaga?
Mientras abandonaba el
paseo del Pintor Rosales, se acercó caminando hasta la Gran Vía imbuida en
aquellos pensamientos. Según llegaba a su casa, comenzó a sentir un dolor de
estómago que nada tenía que ver con el hambre. Estaba nerviosa por la presencia
de Parker en Madrid. Subió a su domicilio para cambiarse de ropa y arreglarse
un poco más de lo normal. Sátur la obligó a sentarse a la mesa y comer algo. No
esperó a la noche y, a las dos horas de estar allí, decidió ir a la brigada.
Sabía que el jefe de seguridad de la embajada aparecería en cualquier momento.
Estaba segura. En el fondo tenía curiosidad por verlo. Se perfumó, se dejó el
pelo suelto y se puso su traje de chaqueta oscuro más nuevo. Estaba más delgada
que hacía cinco años. También se colocó el sombrero más vistoso de los que
tenía. Nada que ver con los sencillos que utilizaba para hacer seguimientos de
maridos y mujeres infieles. No era el día ni el momento para hacer caso de los
consejos de Vicente Cerezo.
—Señorita, lo va a ver,
¿verdad?
—¿A quién te refieres?
—preguntó como si no supiera de quién le hablaba.
—¡Al inglés!
—¡Sátur, por favor!
Parker ya forma parte de mi pasado.
—O de su presente —advirtió
la mujer—. Hacía tiempo que no la veía arreglarse ni vestirse tanto. Ese traje
que se ha puesto le hace un señor tipazo.
—Voy a la brigada. Nada
más.
—¿Y el perfume que se
huele a distancia?
Margot se puso
colorada. Se sentía como una niña a la que pillan mintiendo.
—¡No digas tonterías!
Es el de siempre.
—Ya… —Sátur no dijo
nada más—. No venga tarde, que el hecho de que no esté Camila me deja a mí con
más responsabilidad.
Le dio un beso en la
cara y sonrió. En realidad, a Sátur era difícil engañarla.
—¡Deberías ser policía!
No se te escapa una —bromeó Margot.
—Con una en la casa es
suficiente. ¡Cuídese! A mí ese chico me gustaba. No puedo imaginar el motivo
por el que rompió con él.
—¡No empieces! No rompí
nada. No llegó a empezar. Simplemente, lo que hubiera se extinguió. Bueno,
espero no llegar después de las doce de la noche.
—¡Por Dios! Si llama
Camila, ¿qué le digo?
—La verdad.
Le dio un beso en la
mejilla y cerró la puerta tras de sí.
4
La gran decepción
Margot entró en la
comisaria pisando fuerte con los tacones más altos que tenía en su guardarropa.
El inspector Gutiérrez, al verla, dejó de fumar y apagó el cigarrillo en el
cenicero mientras observaba como se acercaba a su mesa. Seguían compartiendo el
mismo espacio de trabajo. Había un teléfono que utilizaban a medias y dos
máquinas de escribir.
—¿No ibas a venir más
tarde? —le dijo el inspector.
—Sí, pero he tenido una
corazonada después de hablar con la marquesa y he ido a la agencia Efe. He
preguntado por la inauguración del mural de Picasso La caída de Ícaro.
El acto tuvo lugar en el edificio de la Unesco. He pedido las fotos que
tuvieran para revisarlas una por una y mira lo que he encontrado.
Con una gran sonrisa,
sacó de su bolso una fotografía y la puso frente a su compañero mientras señalaba
una figura en el fondo de la imagen. Había muchas personas alrededor de
Picasso. La más lejana del grupo era ella, Almudena Pimentel.
—¡Aquí la tenemos! Esta
foto es de hace cosa de un año. Y ahora la llamada de Balenciaga. Son las
pruebas de que está viva. Estoy deseando contárselo al comisario.
—Pues ahora mismo está
solo. Además, quiere darte otras noticias que espero que sean buenas para ti.
—Gracias. —Se quitó el
sombrero y la chaqueta y se quedó con un jersey de color gris con cuello a la
caja por encima de su falda negra.
Al cabo de unos
segundos, cuando ya estuvo instalada, se dirigió al despacho del comisario.
Llamó a la puerta y enseguida escuchó la voz grave de don Eugenio invitándola a
que pasara.
—¡Pase, pase!
Al verla, sonrió y le
pidió que se sentara. La mesa de caoba estaba repleta de expedientes. El de
Almudena Pimentel se encontraba aparte. La actitud del comisario era optimista.
Dejó que hablara él primero.
—Parece que, después de
tanto tiempo, al fin tenemos una pista fiable —dijo mientras abría la carpeta
del expediente.
—Así es. Cinco años sin
saber de ella hasta hoy, con la llamada de Balenciaga. Bueno, y esta foto que
he conseguido gracias a algo que mencionó la marquesa esta mañana. —Margot le
alargó la instantánea y el comisario se puso las gafas para verla bien—. Es un
acto de hace un año, en la inauguración del mural que hizo Picasso para la
Unesco, en París.
—¡La caída de Ícaro!
Ese hijo que desatiende la advertencia de su padre, Dédalo, y se lanza a volar
con unas alas de plumas y cera que se derritieron al acercarse al sol.
—Veo que todos en esta
comisaría saben de mitología griega.
Después de mirar la
foto y el cuadro en silencio, dio su opinión.
—Este documento es muy
importante. Mucho. Igual que la llamada de la madre confiándonos la visita de
su hija a Balenciaga. Ya me ha contado el inspector Gutiérrez. Ícaro parece en
el dibujo de Picasso más un mosquito que una figura humana. —Seguía observando
la foto—. ¡Pero ese es otro tema! ¿Sabe qué pienso? Que eso es un poco lo que
le ha pasado a la señorita Pimentel. Ha querido volar sola, y esperemos que no
caiga al vacío como Ícaro. Le diré algo, detective Peters, es muy difícil
encontrar a quien no quiere ser encontrado.
—Eso es…
Margot se quedó
pensativa durante unos segundos.
—Que la joven
mencionara a Ícaro a Balenciaga, estoy segura de que no es casual. Suena a que
le estaba indicando que se arrepentía —continuó en voz alta.
—¿Qué quiere decir?
—preguntó el comisario con curiosidad.
—Que su visita a
Balenciaga es una llamada de socorro. Algo ha cambiado en su relación con
Torres. Quizá ahora está en peligro… —susurró Margot con tono preocupado—.
Tengo que ir a París para hablar con el modisto, pero como periodista. Así me
conoce él.
—Coincido con usted, ya
se lo he dicho. Creo que aquí hay un giro, es muy raro que esta chica aparezca
ahora después de tanto tiempo… Lo que no veo tan claro que le estuviera
pidiendo ayuda al modisto.
—No se lo dijo
abiertamente porque iba acompañada de una señora —comentó Margot.
—Tiene sentido. Aunque
hasta que no hablemos con él directamente, no lo sabremos.
Margot se disponía a
salir del despacho del comisario, pero este la detuvo.
—También la he llamado
por otro tema. Tengo grandes noticias. He dado con la tecla para que pueda
entrar en este despacho con contrato —le anunció con entusiasmo—. Se va a
convocar una oposición para mujeres en la policía.
—¿De verdad? —exclamó
Margot, emocionada—. ¿Qué ha cambiado para que nos permitan estar aquí de pleno
derecho?
—Algunos comisarios
estamos presionando para hacer entender a la autoridad que hay mujeres que,
como usted, tienen una pericia especial para resolver casos criminales.
Aprovechando su perspicacia, deseo que pertenezca a la brigada. Se van a
convocar unas oposiciones. Lo que ocurre es que no son para ser inspectora de
policía, sino para auxiliar de oficinas.
—¿De oficinas? Es
decir, ¿de taquimecanógrafa? ¿Secretaria? —La joven puso tal cara de decepción
que el propio comisario rectificó.
—Sería una forma de
entrar, luego iríamos sorteando la realidad. Como hemos hecho siempre.
Comprendo que estas no son las oposiciones que usted esperaba. Me acabo de dar
cuenta de que…
Margot seguía sin
hablar. Incrédula ante lo que estaba escuchando en la voz de la persona que más
había creído en ella. No supo qué decirle, pero no hizo falta. El comisario en
ese instante fue consciente de que se había equivocado.
—Bueno, veo que no ha
sido una buena idea. —Carraspeó—. Insisto en que era una forma de entrar aquí
por derecho.
—Imagino que para quien
esté preparada será una gran oportunidad. —Por fin pudo articular palabra—.
Usted sabe que mi vocación no es esa. Si me hubiera hablado de una oposición
para ingresar en el Cuerpo General de Policía…
—Ahí hemos topado con
muchas reticencias dentro del Ministerio de la Gobernación. Lo más parecido a
este trabajo lo desarrolla la Sección Auxiliar Femenina del Cuerpo de
Prisiones, encargada de la vigilancia y custodia de las reclusas. Ingresar en
el Cuerpo Auxiliar Femenino de la Dirección General de Seguridad le permitiría
estar en nuestra brigada de pleno derecho, no meramente como colaboradora.
Estaba pensando en su futuro.
—Se lo agradezco, señor
comisario. Soy periodista, me estoy formando como detective y colaboro con la
Brigada Criminal desde hace cinco años gracias a usted. No quiero nada más. Si
no pueden entrar mujeres por pleno derecho como inspectoras, estoy bien así.
—Como desee. Siento la
decepción. Cuesta que las mujeres accedan a un trabajo tradicionalmente de
hombres. Yo no estaré siempre aquí, ya me encuentro en el periodo de descuento
y temo por su futuro.
Margot se quedó
pensativa. Nunca había planeado su vida más allá de un día. Eso lo aprendió
cuando se despidió de sus padres y no regresaron nunca. Procuraba no hacer
planes.
—Está bien. Le
agradezco su preocupación. —Cambió de tema para no seguir ahondando en esa
herida—. Por cierto, hablando del asunto de la desaparición de Almudena
Pimentel, volví a registrar su cuarto y encontré un papelito en una de sus
botas.
—¿A qué se refiere?
—Una nota manuscrita
que la incitaba a la huida: «Al menos que el amor nos salve. ¡Huyamos!».
—Importante, ese
hallazgo. Introduzca ese papel como prueba. Después de cinco años, el caso
vuelve a tomar fuerza.
—También he hecho unas
fotos desde la calle a las visitas que recibió Silveria Ramón cuando nosotros
nos fuimos. A uno lo conozco, es un vidente. Al otro, no.
—¡Eso es, detective!
Siempre al acecho. Vaya con el inspector Gutiérrez al laboratorio y revele esas
fotos. Así sabremos de quién se trata.
Margot se levantó del asiento,
salió del despacho del comisario y se fue pensativa caminando hacia su mesa. El
inspector Gutiérrez la interrogó con la mirada. Pero ella se adelantó y le dijo
que todo seguía igual: «Sin novedad. Mi situación aquí parece que seguirá como
hasta ahora».
—Pues no te iba a
ofrecer algo… —comentó Gutiérrez sin terminar la frase.
El inspector Morales,
eterno enemigo de Margot, se acercó hasta donde estaba ella y le pidió que
pasase a limpio el último informe que había hecho sobre un robo.
—Venga, mujer, ¿No vas
a presentarte como auxiliar? ¡Para que vayas entrenándote! —Sabía que el
comisario le iba a pedir que se presentara a las oposiciones, pero desconocía
cuál había sido su respuesta.
—¿Te falta un tornillo
o qué? Yo no me voy a presentar a auxiliar de nada, pero, aunque lo hiciera,
ten por seguro que no pasaría a limpio ninguno de tus papeles. No sé cómo
puedes ser tan mala persona.
—¿Quieres dejarla en
paz? —Gutiérrez se levantó de la mesa.
A Morales le gustaba
enfadar a Margot. Era algo que nadie entendía. Si el día en la comisaría estaba
tranquilo, se inventaba algo para sacarla de quicio y entretenerse
molestándola. No admitía que entraran mujeres en la brigada, y menos aún que a
una periodista la llamaran inspectora o detective. Sin embargo, con el anterior
caso del asesino en serie, tuvo que reconocer que, sin la determinación de
Margot, no se hubiera resuelto.
Mientras se dirigía
sonriente a su mesa, la joven se colocó el sombrero, la chaqueta y el abrigo, a
la vez que le pedía a Gutiérrez que la acompañara al laboratorio. El inspector
cogió el sombrero y el abrigo y se fue detrás de ella. La había visto muchas
veces enfadada, pero no tanto como en esta ocasión.
Justo al abrir la
puerta, otra persona hizo intención de entrar. Ambos chocaron de frente. Se
pidieron disculpas y, al reconocerse, se quedaron unos segundos mirándose, sin
saber qué decir. Fue él quien habló primero.
—¡Hola, Margot! ¡Cuánto
tiempo sin saber de ti! —Parker no podía apartar la mirada de sus ojos, como
intentando averiguar el motivo de su silencio durante los últimos años.
—Hola, Parker… Sí, es
cierto. —La embargó su timidez de siempre y no supo qué decirle—. Bueno, ya nos
íbamos.
—¡Está bien, claro, ya
hablamos en otro momento! —Los dejó pasar, haciéndose a un lado—. Margot, necesitaré
todo el apoyo de la brigada para preparar la visita del presidente
norteamericano, así que cuento contigo.
—¡Sí! ¡Por supuesto!
Pero no depende de Gutiérrez ni de mí. Haremos lo que nos diga el comisario.
¡Hasta pronto!
Se fueron de allí con
prisa. Margot habló tan aséptica que dejó cortado a Harry Parker mientras este
observaba cómo se alejaba. Le hizo sentir tal punzada en el estómago que se
tuvo que parar para coger aire y responder.
—¡Nos veremos por aquí!
Margot, desde lejos,
volteó la cabeza y le sonrió sin decir nada. A ella le costó respirar al
escuchar sus palabras. Estaba claro que, desde ese momento hasta la llegada del
presidente norteamericano a España, lo iba a ver a menudo. Procuraría estar más
tiempo fuera de la brigada haciendo gestiones y pesquisas. Tras ese breve
encuentro, sabía que su sentimiento seguía en el mismo punto que cuando dejó de
hablarle. Lo vio más fuerte y muy cambiado. La barba agudizaba sus catorce años
de diferencia, también conseguía resaltar más sus ojos azules.
Al verla, Parker se dio
cuenta de que necesitaba hablar con ella a solas. La misma pregunta durante
cinco años. ¿Qué ocurrió para que no volviera a responder a sus llamadas? Antes
de que él tuviera que viajar a Londres, parecía enamorada. Harry nunca supo por
qué esa llama que existía entre ambos se apagó de golpe.
Lejos de allí, la
vidente María Gracia recibía a Jimmy de Mora y Aragón en su estudio de la calle
Hermosilla. Hizo esa excepción por Manuela, su vecina y amiga del pueblo. Esta
le dijo que tenía que ser fuera de horario, porque el díscolo de la familia no
era capaz de levantarse temprano. Es más, el día anterior había estado tocando
el piano en uno de los locales de moda. Fue vestido con traje y chaleco y
llevaba el monóculo de su padre colgando de uno de sus bolsillos. Desde hacía
tiempo se había dejado bigote y perilla y se peinaba hacia atrás con gomina.
—Gracias, señora, por
recibirme fuera de hora —le dio las gracias y le besó la mano.
—Está bien. Por favor,
siéntese en la silla de la mesa camilla. Manuela, ¿puedes ir a la cocina? No
quiero que haya ningún acompañante con los clientes. Tienen que hablar con
naturalidad. Lo que aquí me cuentan aquí se queda.
María Gracia se había
puesto una especie de túnica de color blanco encima del traje que llevaba. Así
es como recibía a sus clientes. Comprendía que había que ponerse algo encima
del vestido que le diera más relevancia. Se inspiró en las casullas del
sacerdote de Bolaños para oficiar el ritual de la misa.
Bajó la luz y encendió
una vela blanca. El incienso también hizo acto de presencia. Mientras tanto,
Jimmy observaba todo con cierta incredulidad.
—Me contó Manuela que
nuestra casa va a experimentar una auténtica revolución. Así lo ha visto usted.
Me gustaría que me diera más detalles.
—Lo que vi en ese
momento fue una corona como la de los reyes. Pienso que algo excepcional va a
poner a prueba a toda la familia.
—Quiero saber si tiene
que ver conmigo o con alguno de mis hermanos.
María Gracia se
concentró y comprendió que no tenía nada que ver con él. No obstante, le echó
las cartas españolas para apoyar su visión. Sabía que así los clientes se
quedaban más satisfechos. Le hizo cortar varias veces y finalmente fue
exponiendo las cartas una a una antes de volver a hablar a Jaime.
—Usted va a sufrir las
consecuencias, pero no es el protagonista de ese auténtico terremoto que van a
vivir.
—¿Tiene que ver con
nuestras finanzas?
—No exactamente.
Alguien de su familia se va a relacionar con una persona que les va a cambiar
la vida a todos. Y también veo entrada de dinero.
—Con respecto a mí, ¿ve
algo en concreto?
—Le diría que será el
que viva más de lejos ese huracán que va a cambiar la dinámica de su casa.
—¿A mí no me va a
afectar?
—No. Va a pasar algo
que lo va a alejar de la situación que se va a vivir en su casa.
Jimmy parecía incrédulo
ante las palabras de la vidente. Aun así, continuó preguntando. Por un lado,
respiró tranquilo al saber que iba a ser el menos afectado por el gran cambio
que se iba a producir en su casa. Intuía, por lo que decía la vidente, que lo
que sucediera se iba a llevar por delante la tranquilidad que se respiraba en
el domicilio de sus padres. Pensó si le ocurriría algo malo a su madre, pero
prefirió no saberlo y no preguntó. La vidente se quedó con la mirada perdida. Tuvo
una visión que nada tenía que ver con los Mora. María Gracia se quedó
petrificada. Aunque intentó disimular ante Jimmy, quiso acortar cuanto antes
aquella visita.
—Siento decepcionarle.
No puedo decirle nada más. Me ocurre con las personas escépticas, que al no
creer en nada de lo que estoy diciendo, me bloqueo. Veo nítidamente que, cuando
usted nació, una tetera de porcelana se hizo mil pedazos. Creo que fue su padre
quién la dejó caer. Pero no puedo decirle nada más.
De repente se mostró
muy nerviosa. Se levantó de su asiento e invitó a Jaime de Mora a salir de su
casa.
—Está bien, madame. —Se
levantó e hizo ademán de sacar dinero para pagarle sus servicios. Tenía la
seguridad de que ese episodio de la tetera se lo habría contado Manuela, puesto
que era muy comentado en su casa. No entendía la incomodidad que sentía la
«bruja».
—No, por favor. No
tiene que darme nada. Otro día, pero hoy no.
Llamó a Manuela y le
dijo que se había quedado extenuada y necesitaba tumbarse un rato hasta que
llegaran los clientes de la tarde. A Manuela le extrañó que acabara tan de
repente y que quisiera que se fueran cuanto antes de allí. María Gracia nunca
se había mostrado tan seca y maleducada con nadie como con Jaime y con ella,
pensó su amiga. No se lo perdonaría nunca.
La vidente no quiso
explicárselo a ninguno de los dos, pero, igual que vio a la mujer con un traje
de novia con una larga cola, al mirar a Jimmy también observó la imagen de una
joven, que podría ser Almudena Pimentel, gritando desesperada. Se coló de golpe
esta otra visión en su pensamiento y podía sentir perfectamente cómo pedía
socorro. Estaba convencida de que estaba sufriendo mucho… Pensaba que debía
decírselo de inmediato a la policía.
En cuanto se fueron,
marcó el teléfono de la comisaría y pidió hablar con don Eugenio Benito Poveda.
Al ponerse al teléfono, se lo soltó.
—¡La joven está
pidiendo socorro!
—¿A qué joven se
refiere? —contestó extrañado el comisario.
—A la joven
desaparecida desde hace tanto tiempo. Algo le ocurre. Está encerrada contra su
voluntad.
El comisario le dio las
gracias, pero se quedó preocupado. No entendía cómo justo en este momento le
habían vuelto las visiones sobre la joven. Todo invitaba a que el caso se
reactivaba con fuerza.
Mientras esto sucedía
en casa de la vidente, Fabiola, la hermana de Jimmy, recibía en su domicilio
del número 6 de la calle Bárbara de Braganza una visita muy extraña. La
directora de la Escuela Femenina de Enfermeras de Madrid, donde había
estudiado, la había llamado el día anterior. Quería visitarla en su piso junto
a Veronica O’Brien, una monja irlandesa que deseaba conocerla. La religiosa era
la impulsora en Bélgica de la Legión de María. De todos era conocida la
vocación de Fabiola de ayuda a los enfermos y a los más necesitados.
Seguramente —pensó— le pedirían que colaborara en alguna causa. Las citó a las
diez de la mañana.
Antes de ese encuentro,
Fabiola se fue a misa. Cuando regresó a casa, ya estaban esperándola. La
muchacha del servicio, Violeta, las había recibido y ofrecido un té con pastas,
que estaba sirviendo en ese momento.
—Perdonen, señoras, la
misa de esta mañana en Santa Bárbara se ha alargado un poco más de lo habitual
—se disculpó la penúltima hija de los Mora y Aragón.
—Ni te preocupes,
Fabiola —le dijo la que fue su directora durante dos años—. La hermana Veronica
tenía muchas ganas de conocerte.
La monja la saludó
sonriente en inglés y, a partir de ese momento, la conversación continuó en ese
idioma. Fabiola hablaba muchas lenguas extranjeras y podía cambiar de una a
otra con total normalidad. Sus padres, amigos de Alfonso XIII y Victoria
Eugenia de Battenberg, pudieron salir de España durante la guerra. Los hijos,
después de haberlo intentado varias veces sin éxito, consiguieron embarcar en
un carguero alemán rumbo a Biarritz gracias a las gestiones de su niñera
alemana, Josefina Tragresser. Más tarde, toda la familia se trasladó a París y
posteriormente a Lausana, en Suiza. Todos excepto Gonzalo, que se alistó como
voluntario en el bando nacional. Fueron a vivir cerca de la reina Victoria
Eugenia, que además era madrina de Fabiola. Fue allí donde aprendió francés,
inglés y holandés. El alemán ya lo hablaba desde pequeña gracias a su
institutriz. Hasta que no acabó la guerra en 1939, la familia no regresó a su
palacete de la calle Zurbano. Durante la contienda había quedado muy dañado.
Fue la sede central de mujeres revolucionarias lideradas por Dolores Ibárruri,
la Pasionaria. Don Gonzalo de Mora y Fernández del Olmo, cuarto marqués de Casa
Riera, se dedicó durante años a restaurarlo.
La adolescente de once
años que regresó a España nada tenía que ver con la niña alegre que se fue.
Fabiola volvió más retraída, muy seria y nada coqueta. Era ya una jovencita
comprometida con las causas justas. La religión y las obras de caridad habían marcado
sus primeros años de vida.
La monja, que no paraba
de sonreír, le preguntó si había hecho prácticas de enfermería.
—Sí, las hice en el
hospital militar Gómez Ulla, aquí, en Madrid. Después de haber estudiado dos
cursos, he conseguido el carnet de dama auxiliar con el número 8.143. Ahora me
dedico a visitar a los enfermos del asilo de la calle Almagro que llevan las
Hermanas de la Caridad. También pongo en marcha obras enfocadas a ayudar a los
más necesitados. Mi amiga Pilar y yo, que vivimos juntas aquí, no paramos ni un
minuto. Apenas nos vemos. Las dos tenemos la misma vocación de servicio.
—Tienes un piso muy
bonito —dijo la directora—. Muy moderno y a la vez con unas pinturas en las
paredes, muy antiguas y de mucho valor.
—Muchas gracias. El
mérito no es mío. Las pinturas son de casa de mis padres. Se las he pedido
prestadas a mi madre. —Se echó a reír—. Y que esté así de ordenado es mérito de
Violeta, que es quien realmente vive más tiempo aquí. Se puede decir que nos
cuida con verdadera vocación de ángel. Yo viajo mucho y paro poco en casa.
Acabo de visitar Londres y París. Pero, bueno, estoy hablando mucho de mí.
Señoras, ¿qué les ha traído hasta aquí? Esperaba que vinieran con estudiantes,
por eso hemos puesto tantas pastas. ¡Perdonen! Las debí de entender mal.
—Todo está perfecto.
Tenemos una misión que nos ha encomendado el obispo auxiliar de Malinas,
monseñor Léon-Joseph Suenens. Estamos buscando a la persona idónea para
contraer matrimonio con alguien muy importante de Bélgica. El nuncio del papa
en Madrid conoce nuestra misión.
—¡Ah! ¡Qué curioso! No
esperaba que les trajera hasta a mí una misión de ese tipo. —Empezó a
desconfiar del motivo que había llevado a esas dos mujeres hasta su casa—.
Puedo hacer una lista con las jóvenes casaderas españolas.
—¡En la que usted debe
incluirse! —le indicó la monja irlandesa.
—¡Oh! No, yo no deseo
casarme así. No entra en mis objetivos hacerlo. Además, no creo que sea la
persona indicada. No sé quién es el señor que quiere contraer nupcias, y así,
por encargo, pero no me siento capaz de unirme a nadie de esa manera. Tiene que
haber amor para dar ese paso. Pero, insisto, las pondré en contacto con alguna
persona que crea conveniente —dijo con firmeza. Estaba nerviosa y un poco
indignada. Se sintió como si fuera una simple mercancía. Deseó que aquellas
mujeres se marchasen de allí cuanto antes.
—Se trata de un joven
como usted. No es un señor. Carga sobre sus hombros con la responsabilidad de
ser rey y no tiene amigos. Cuando uno es rey, ya no sabe si se acercan por lo
que eres o por lo que representas.
Se quedó un momento
callada. De pronto intuyó a quién se referían.
—¿Hablan de Balduino?
Nos conocimos en Lausana. Yo acompañé al hospital a la reina Victoria Eugenia y
él estaba allí también, convaleciente. Intercambié un saludo con él. —Se puso
nerviosa—. No creo que yo sea la persona que buscan. Hay princesas mucho más
preparadas que yo. Recuerdo que también le saludé cuando acompañé a Pilar de
Borbón, nieta de mi madrina, cuando esta organizó allí un baile. Como ven, ya
nos conocemos. Les agradezco que hayan pensado en mí. Insisto en que yo jamás
me casaría sin amor. No podría. No está en mis planes.
Cierto es que ese día,
en el baile, Balduino y ella intercambiaron unas palabras y regresó sin poder
olvidar su mirada y su forma de tratarla. Fue uno de esos encuentros que
preparaba la reina Victoria Eugenia para que sus nietas conocieran a personas
de posición. Con Pilar de Borbón no cuajó. Ella permaneció callada y no dejó de
observar al rey. No le contó a nadie lo que le había ocurrido, excepto a su
confesor. Ahora no entendía esa situación tan forzada.
Fabiola estaba muy
incómoda. Miró su reloj y les dijo que debía irse a una de las zonas más pobres
de la capital. Les explicó que tenía que llevar comida a un grupo de madres que
acababan de dar a luz.
—Está bien… Comprendo
sus múltiples ocupaciones. Gracias por atendernos. Pero sepa que su reticencia
me gusta todavía más. De momento, madure la idea —comentó la monja irlandesa.
—Gracias, pero si algún
día me caso será por amor.
Las dos mujeres
agradecieron su sinceridad y su tiempo y se fueron de allí rápidamente. Fabiola
se quedó muy preocupada. Pensó que estaba siendo objeto de un engaño o de algo
muy extraño cuya finalidad no podía imaginar. Necesitaba que alguien la ayudase
a descubrir la mentira de la que estaba siendo víctima. Pensó en hablar con el
nuncio de su santidad, al que conocía, ya que ambas mujeres lo habían
mencionado como persona informada de ese asunto. ¡Aquello que le habían
propuesto era un disparate!
5
La desconfianza de
Fabiola
El nuncio del papa en
Madrid, monseñor Antoniutti, tardó en ponerse al teléfono. Finalmente,
respondió a la llamada de Fabiola, ya que alguna vez había estado en su casa,
invitado por su madre y por su hermana Neva. Contra todo lo razonable, le
confirmó que la presencia de Veronica O’Brien tenía un único objetivo:
conocerla. No se trataba de una farsa, sino de una misión secreta en nombre del
rey Balduino.
—Y ¿por qué yo?
—preguntó la sexta hija de los condes de Mora y marqueses de Casa Riera—.
Pienso que existen otras candidatas que serían más apropiadas para el rey.
—Muchas personas han
coincidido en que es usted la persona adecuada por su religiosidad y su
permanente compromiso con los más desfavorecidos. Pero esto no es una
obligación que se le impone. Se trata de que se conozcan y vean si hay química
entre ustedes.
—¡Nos conocemos!
Insisto en que no creo que sea yo la persona que buscan. Pensaré en amigas que
estén más preparadas para dar ese paso. Muchas gracias de todos modos por
llevar todo esto con tanta discreción —insistió Fabiola, y colgó.
Todo aquello le parecía
descabellado, aunque estuvieran detrás los máximos exponentes de la Iglesia
católica. ¿Por qué habría recurrido el rey a una monja a la que había hecho
partícipe de su secreto mejor guardado, el deseo de contraer matrimonio con una
católica?
Desconocía que Balduino
se sintiera tan solo como para buscar en España a su futura esposa de una
manera tan extraña. Volvió a recordar el saludo en Lausana en presencia de su
madrina. No ocurrió nada especial, aunque se le quedaron grabadas su mirada y
sus palabras. Fue tan intenso que sintió la necesidad de contárselo a su
confesor. El joven rey de los belgas ahora deseaba conocerla más a fondo. Se
preguntaba si en ese encuentro promovido por Victoria Eugenia con su nieta
Pilar ya se fijó en ella. Pilar le habló de su deporte favorito, era una buena
amazona. Pero el rey participó poco de la conversación y estuvo más atento a
las preguntas que Victoria Eugenia le formulaba a Fabiola.
—¿Sigues yendo a
barrios humildes para ayudar a la gente? —se interesó el rey.
—Esas personas a las
que todos creen que ayudo, en realidad, a quien ayudan es a mí. Me hacen mejor
persona.
Su respuesta le gustó
mucho al rey, que estuvo pendiente de sus movimientos, aunque habló muy poco
con ella. Pero todo quedó en eso. Su confesor, el padre Cavestany, le había
aconsejado que fuera realista y que se fijara en otro joven. Ahora, tiempo
después, le proponían que se conocieran con fines matrimoniales. Le pareció
todo muy forzado. ¡Una locura! Lo que le estaba pasando era más propio de otro
siglo, cuando las familias concertaban bodas de conveniencia.
Fabiola era religiosa a
la vez que una mujer de su tiempo. Conducía un Fiat 500, con el que viajaba a
todas partes. Se movía con soltura por los barrios, incluso por los suburbios,
siempre intentando ayudar a niños, jóvenes y ancianos. Tan pronto estaba en los
arrabales del Puente de Vallecas como por Tetuán de las Victorias o Noviciado,
en Madrid. Incluso en la puerta de su casa, situada en pleno corazón de la
capital, solía haber alguien necesitado esperándola para solicitar su
generosidad. Todos pensaban que la joven, de treinta y dos años, tarde o
temprano ingresaría en algún convento de monjas. Con una excepción, su amiga
Pilar Sástago. Vivían juntas y sabía que soñaba con tener hijos. A Fabiola le
encantaban los niños. Hasta tal punto que a sus múltiples sobrinos les había
escrito doce cuentos que ella misma había editado, tras correr con todos los
gastos. Cuando vio que no se los compraba prácticamente nadie, se quedó con
toda la edición y los regaló a sus sobrinos y a los niños más desfavorecidos
que visitaba.
De todas formas, estimó
que debía ayudar al rey Balduino. Creía firmemente que la mejor candidata
seguía siendo Pilar de Borbón. Tenía veinticuatro años, y consideraba que era
la persona idónea para un enlace real. También había estudiado enfermería como
ella y era una mujer muy deportista. No se lo pensó y llamó por teléfono a Ana
María Pérez de León y Pardo, la que fuera directora de la Escuela Femenina de
Enfermería y que había participado de la extraña misión de la religiosa
Veronica O’Brien.
—Creo que la persona
correcta es Pilar de Borbón. Deberían ella y Balduino conocerse mejor —le dijo
a su antigua directora.
—¿Estás segura de que
no quieres ser la candidata? Me da la impresión de que él no desea conocer a
princesas, quiere a un ser humano excepcional —insistió la mujer.
—En cualquier caso, no
me veo bajo tanta presión —dijo con rotundidad, muy segura de sí misma—. Me
gustan las cosas más casuales, más cercanas a la voluntad de la Providencia.
Cuando colgó, Fabiola
se sintió aliviada. Diez años después, volvía a rechazar a otro pretendiente.
En aquella ocasión, el joven quería casarse con ella antes de trasladarse como
diplomático a Washington. Su intención era no apartarse de su familia.
Entonces, como ahora, expresó su negativa ante una petición que no entraba
dentro de sus planes: casarse sin amor. Para ella era algo impensable, aunque
se tratara de un rey cuya forma de ser le gustaba. Pero un paso así de
importante no podía darse como quien escoge un menú a la carta. No. Las formas
no le parecían las correctas.
Mientras tanto, en la
calle Hermosilla, la adivina María Gracia seguía agitada tras su visión de
Almudena Pimentel. Se había colado en mitad de la sesión con Jaime de Mora. No
quiso decirle nada, pero el quinto hijo de don Gonzalo y doña Blanca lo iba a
pasar mal. Sería el responsable de un hecho que iba a tener enorme trascendencia.
Veía papeles y más papeles, incluso a la policía. Además, no pudo concentrarse
totalmente porque lo encontró demasiado irónico, incrédulo y extravagante.
Tenía claro que Jaime no participaría del terremoto que se iba a producir en su
casa, aunque la situación también le envolvería. No alcanzaba a saber de qué se
trataba con exactitud. Posiblemente de un anuncio que cambiaría la vida
familiar, e incluso la de mucha gente. Fue la visión más extraña que había
tenido nunca. Gracias a Manuela, sabía que la familia Mora y Aragón no se fiaba
demasiado del comportamiento del bohemio de Jaime. El padre, antes de morir,
rompió su relación con él. Incluso llegó a publicar en la prensa una nota
familiar oficial en la que informaba de que «no se haría cargo de las deudas de
su hijo». Lo hizo para que los amigos de la familia no siguieran prestándole
dinero. El padre se cansó de financiar su mala cabeza y sus locuras. Un año
antes, en 1958, se había casado por lo civil con la actriz Rosita Arenas, uno
de los rostros más populares de México, aunque la unión solo duró dos meses.
Después de pedir préstamos a todos los amigos de la actriz, aprovechando que
ella estaba en los rodajes, decidió apropiarse de sus joyas y financiarse el
viaje de regreso a España. Así fue como ocurrió, aunque el aristócrata lo contó
de otra manera. Ahora, de nuevo en Madrid, tocaba el piano después de haber
sido actor, taxista, estibador, camarero, modelo, relaciones públicas y
cantante. La familia lo daba por imposible. Vivía con su madre, ya viuda, en el
palacete. Le gustaba mucho viajar. Pasó toda su juventud estudiando por Europa,
en Francia, Inglaterra y Suiza. Cursó la carrera de Derecho en Princeton, en
Estados Unidos, y Peritaje Mercantil en Alicante. Sin embargo, tan solo le
interesaban la vida nocturna, la diversión y el lujo.
Tras la sesión con su
amiga la pitonisa, Manuela le acompañó durante un par de calles. Nada había
salido bien, se decía a sí misma, mientras Jaime mostraba su descontento.
—No sé cómo crees en
esas patrañas —le recriminó—. Lo que me ha dicho lo sabe todo el mundo. Las
videntes son grandes actrices. No me creo nada de lo que cuentan.
—Señorito, no es por
contradecirle, pero desciende de una familia de videntes y lleva la cruz de
Caravaca en el paladar. Es un signo que solo tienen los que poseen poderes.
Ella los tiene —argumentó la pobre sirvienta—. Por lo que sea, no ha conectado
con usted. No tendría un buen día.
—Se ha dado cuenta de
que no me creía nada y me ha despachado con viento fresco.
—Lo siento muchísimo.
No entiendo qué ha podido pasar.
—Me quedaré por aquí
—señaló un bar que estaba a su paso—. Vaya usted hacia casa. Mi madre se estará
preguntando dónde estamos. Dígale que no me espere a comer. Por cierto, ¿tiene
algo suelto que prestarme?
Manuela rebuscó en su
delantal y con pesar le dio dos reales, las únicas monedas que tenía.
—¡Muchas gracias!
La sirvienta se fue
refunfuñando hasta el domicilio de los Mora. Su amiga no había conectado con
Jimmy y este se llevaba sus cincuenta céntimos con la seguridad de que jamás
volvería a verlos. Estaba además convencida de que María Gracia había visto
algo malo y eso la perturbaba.
Mientras tanto, en la
Brigada Criminal, Harry Parker le solicitaba al comisario un despacho para
poder instalarse y organizar el plan de seguridad de la visita del presidente
Eisenhower a España. Eugenio Benito Poveda no dudó ni un solo segundo en
compartir el suyo con su amigo inglés y lo habilitó rápidamente. Mandó instalar
otra mesa y otra toma de teléfono. Así mismo, le ofreció a todo su equipo para
colaborar estrechamente con él.
—Le agradezco el
esfuerzo. Nos jugamos mucho todos. No puede ocurrir nada que perjudique el
viaje de Eisenhower.
—Lo sé. Es un viaje
trascendental para España. Ya me ha dicho el ministro que le proporcionemos lo
que necesite. Usted pida.
—Pues para empezar… He
visto que, cuando cae la noche, las calles por las que pasará la comitiva de
Eisenhower y Franco están muy poco iluminadas. Eso nos puede traer problemas
serios. Es una oportunidad para que los malhechores puedan colocar artefactos
sin que nadie se entere. Se ve muy poco.
—Yo me encargo de
trasladar su petición a quien corresponde. La oscuridad es el amparo de los que
están fuera de la ley.
—No demos la
oportunidad a nadie de orquestar un atentado. Dos semanas antes del viaje
deberíamos tener especialmente vigilada la zona del recorrido.
—Pediremos refuerzos.
Todo debe estar preparado para la llegada del presidente norteamericano.
Tenemos tiempo suficiente para no dejar ningún cabo suelto.
El comisario se levantó
en plena conversación y cerró la puerta del despacho. Parecía que deseaba
hacerle alguna confidencia.
—Perdóneme, Harry. Me
salgo de la conversación profesional que estamos teniendo, pero me gustaría
preguntarle algo personal. ¿Me permite?
Harry le hizo un gesto
con la mano para que siguiera adelante.
—No acabo de entender
que usted y Margot ya no sean novios. ¡Si están hechos el uno para el otro!
—Don Eugenio, hay cosas
que van más allá de la lógica. Ni yo mismo lo entiendo. Imagino que tiene mucho
que ver con la frustración que sintió Margot al no averiguar el paradero de
aquella joven. He llegado a pensar que, ante ese fracaso profesional, se centró
día y noche en el caso y decidió romper con todo aquello que le impidiera poner
toda su atención en su resolución. Margot siempre ha sido muy exigente con ella
misma.
Don Eugenio lo
observaba en silencio. Intentaba entender los motivos de la ruptura, pero ni el
propio Parker sabía explicárselos. Prefirió no decirle que en realidad el
noviazgo nunca había existido, aunque fuera cierto que entre ellos había nacido
un sentimiento que Margot decidió ahogar.
—Está bien, no le
volveré a preguntar por el tema. Todos sabemos ser profesionales y Margot
colaborará con usted sin ningún problema —añadió el comisario—. Por cierto,
sobre el caso de Almudena Pimentel… Estábamos a punto de dar carpetazo a la
investigación, pero se ha vuelto a activar. Parece que tenemos una buena pista
en París.
—Me alegro mucho.
Durante este tiempo procuraré molestar lo menos posible.
—Parker, usted no
molesta. Al revés, es un caso que traspasa las fronteras españolas, tal vez nos
venga bien su ayuda en algún momento si se nos abre alguna nueva vía de
investigación.
—Por supuesto, ¡cuente
conmigo!
En ese instante, el
inspector Gutiérrez llamó a la puerta e interrumpió la conversación.
—¿Qué ocurre? —preguntó
el comisario.
—Hemos revelado las
fotos que hizo la detective Peters a las personas que entraban en la casa de
los marqueses de Montero. El más joven es el marqués de Araciel, a quien todo
el mundo conoce por su fama como vidente; el otro no logramos saber de quién se
trata.
—Dígale a la detective
Peters que traiga las fotos.
A los pocos segundos,
Margot entraba en el despacho.
—¿Me ha llamado? —La
joven intuía que Parker no le quitaba ojo.
—Sí, me gustaría ver
las fotos de esa segunda persona, la que no hemos identificado.
La detective se las
mostró. En ellas, salía un hombre muy elegante fotografiado de perfil. Por más
que el comisario las miraba, no lograba saber quién era.
—El caso es que me
suena… —decía una y otra vez.
Harry Parker, que
estaba sentado frente a Benito Poveda, se las pidió con un gesto de la mano.
Mientras las observaba, Margot detuvo la mirada en él; estaba tan fuerte que
parecía otra persona. Entonces Parker interrumpió sus pensamientos.
—A este señor lo he
visto por Londres no hace mucho. También es vidente. Frecuenta las casas de los
ricos. No me acuerdo cómo se llama. Tiene una especie de título nobiliario.
—Conde, marqués, barón…
—dijo el comisario.
—¡Eso es, barón! El
barón de Shardy.
—¡El barón de Shardy!
Señores, averigüen todo de ese tal barón, absolutamente todo —ordenó el
comisario.
Margot salió del
despacho rápidamente, sabía a quién acudir. Al cabo de veinte minutos, la
periodista ya tenía todos los datos que necesitaban. Había llamado a la condesa
de Romanones, Aline Griffith. Su amiga la puso al día sobre el barón y sus
relaciones con la aristocracia. En cuanto volvió al despacho, se lo explicó
orgullosa al comisario.
—Es un vidente y
astrólogo de origen húngaro, pero se estableció en España hace veinte años y
logró cierta fama con sus predicciones entre la alta sociedad —le detalló
Margot—. Pensamos que la madre de Almudena Pimentel quiere averiguar todo lo
posible sobre su hija y por eso ha acudido a estos dos expertos.
—Peters, Gutiérrez,
hablen con los ellos. A lo mejor sacan algún dato que nos sea útil. Es
increíble el predicamento que tiene esta gente entre las familias de alto nivel
social.
—En Inglaterra ocurre
exactamente igual —comentó Parker—. La misma reina Isabel parece ser que buscó
consejo en una médium hace unos años. Y no solo ella, también su marido, el
príncipe de Edimburgo, la reina madre, la princesa Marina de Grecia, la duquesa
de Kent y hasta su hija, la princesa Alejandra. Solo ha trascendido eso, que
querían contactar con miembros de la familia real ya fallecidos. La reina
Isabel concretamente quería hablar con su padre, el rey Jorge VI, que murió de
forma prematura a los cincuenta y seis años, de un cáncer de pulmón. El hecho
de que la visita de la vidente Lilian Bailey al palacio de Buckingham
trascendiera hizo que su fama creciera como la espuma. Eso no le gustó a la
reina y no se la volvió a ver por allí. Estamos ante un auténtico boom de
brujos y videntes.
—Sí, había oído que en
Inglaterra habían proliferado los médiums, pero no sabía que también se
relacionaban con la realeza.
—En la casa real
británica siempre han tenido mucho interés por el futuro. Ha pasado a la
historia el alquimista John Dee, consejero de la reina Isabel I en el siglo
XVI. Todo el mundo quiere saber su futuro, reyes incluidos. Hay personas que lo
primero que leen en los periódicos es el horóscopo. Y si no les resulta
favorable, no salen de casa. Estamos ante la moda de todo lo esotérico.
—Sinceramente, no entiendo
que la gente tenga tanto interés por el mundo oculto y sobrenatural —dijo el
comisario.
—Yo no tengo ninguna
curiosidad —comentó Margot, metiéndose en la conversación—. Solo me interesa el
presente. Si conoces el futuro, ¿puedes hacer algo por cambiarlo?
—Pienso que está en
nuestra mano cambiar el futuro. El ser humano puede transformarlo todo. No hay
que tener miedo, Margot —replicó Parker.
La joven se quedó
pensando en lo que acababa de decirle Harry. Después de unos segundos, le
contestó:
—No soy precisamente
miedosa, Harry. Soy realista. ¿Hubiera servido de algo saber con anterioridad
que mis padres iban a morir en un accidente de coche? Prefiero que el futuro me
sorprenda. No quiero saberlo.
Al escucharlos hablar,
el comisario se dio cuenta de que entre ellos seguían existiendo rescoldos del
pasado. Tuvo claro que su historia de amor no había concluido del todo.
Entonces zanjó la conversación.
—Yo me uno al equipo de
Margot. No quiero saber mi futuro, aunque reconozco que tengo curiosidad. Lo
vamos a dejar ahí. El hecho objetivo es que los videntes están siendo
reclamados por todos, hasta por la policía. Cuando uno está desesperado, acude
a este tipo de personas. A unos los creo más que a otros, y merecen mi respeto.
Al fin y al cabo, María Gracia tenía razón: la hija de los marqueses de Montero
está viva. Mira que desconfiaba de ella, cuando un miembro del gobierno me la
recomendó, pero esa mujer tiene algo, llámese don, clarividencia o intuición.
—¿Franco y sus
ministros también consultan con videntes, como hacen en Inglaterra? —preguntó
el jefe de seguridad de la embajada.
—Se dice que hay un
sacerdote que va a menudo al palacio de El Pardo que además es astrólogo y
vidente, pero puede ser uno de tantos bulos que circulan por ahí. Se llegó a
decir que, en África, Franco contactó con una vidente bereber, o que habría
tenido un consejero que también poseía la facultad de ver el futuro. Lo que sí
sabemos es que hay algún ministro que frecuenta a estos videntes que están de
moda. Fue uno de ellos el que nos sugirió que habláramos con María Gracia.
—Habrá personas que
tengan facultades y otros que solo gocen de fama —comentó el inglés—. Yo, por
si acaso, nunca me pondré en su radar.
Margot se disculpó con
una cena a la que «no podía dejar de acudir» y los dejó que siguieran
conversando.
—Adelante, vaya a esa
cena… ¡Hasta mañana! —respondió el comisario.
Parker se quedó
mirándola hasta que salió del despacho. Era la mujer que más le había atraído
en su vida, pero ella parecía no sentir absolutamente nada por él. Su frialdad
hacia él saltaba a la vista.
—Mujeres…, ¡quién las
entiende! —fue el único comentario del comisario.
En el palacio de los
Mora y Aragón apareció Fabiola con mucha prisa. Le comentó a su madre que tenía
que acompañar a su amiga Pilar Sástago a Toledo para la entrega de varias
canastillas a mujeres sin recursos que habían dado a luz.
—¿Pero tienes que ir tú
precisamente? ¿Vas en coche?
—Sí, conduzco yo.
—Bueno, pues nada. ¡Ten
mucho cuidado! Las carreteras dejan mucho que desear —le comentó su madre.
—Sí, no te preocupes.
Espero estar de vuelta mañana.
Al salir de la
habitación, Fabiola se encontró con su hermano Jimmy, que la saludó con ironía.
—He ido a una bruja,
por recomendación de Manuela, que dice que en esta casa vamos a vivir un auténtico
terremoto —le soltó de sopetón.
—¿Eso qué quiere decir?
—preguntó extrañada.
—No tengo ni idea, pero
parece que yo estaré fuera de ese corrimiento de tierras. De modo que te
prevengo.
—Yo no tengo ningún
problema. Que sea lo que Dios quiera. Pero me da la impresión de que frecuentas
lugares que no deberías.
—Sé que nunca voy a
tener tu aprobación, hermana, pero me da exactamente igual. Siempre tan
perfecta y correcta. Vente una noche conmigo y pásalo bien.
—Al revés, vente tú un
día conmigo a uno de los barrios más pobres y verás lo útil que te sientes
ayudando a la gente.
—No, eso sí que no —le
replicó Jaime a su hermana.
—Ya me imaginaba.
¡Cuida de mamá por un día! Me voy a Toledo.
—Tranquila, aquí hay
gente suficiente como para que nuestra madre levante un dedo y la atiendan de
inmediato —afirmó—. Lo que tenemos son muchas habitaciones vacías. ¡Demasiadas!
Fabiola se fue
preocupada por su hermano, bohemio y vividor, así como por la fauna felina que
había tomado posesión de aquella casa en la que tanto habían jugado cuando eran
pequeños. Aún recordaba la boda de su hermana pequeña, Mari Luz, cuando salió
del palacete vestida de blanco. Las dos habían compartido muchos sueños, muchos
ideales. Miró al salón y vio perros y gatos desperdigados por todas partes. No
reconocía el que había sido su hogar durante tantos años.
6
Ávila no quiere
seguir el plan
Veronica O’Brien sabía
que lo que tenía entre manos era importante. Al escribir al rey Balduino, le
puso a Fabiola un nombre en clave: «Ávila». Y a él lo llamó «Luigi». En la
misiva, le informaba de que la joven le había confesado que no se consideraba
la candidata idónea. Pero, a pesar de esa contestación, la monja irlandesa le
indicaba que «al verla había sentido que era la persona que estaban buscando».
Le detalló que uno de los cuadros que colgaban de la pared de su piso, decorado
muy moderno, reproducía la imagen con la que ella había soñado la noche
anterior: una madre con su hijo y una tela roja que los envolvía. A Veronica
todo le parecían señales. Cuando Balduino leyó la misiva en la que Ávila
rechazaba ser la candidata, sintió mayor interés por ella.
Mientras tanto, una
Fabiola desconcertada le contó lo que estaba sucediendo a su amiga Pilar, con
la que compartía piso y familia. Neva, la hija mayor de los Mora, se había
casado con Alfonso, oficial de caballería, décimo marqués de Aguilar de Ebro y
hermano de la mejor amiga de Fabiola. Mientras ella le daba detalles de lo
ocurrido, Pilar no podía creer lo que le contaba: una monja irlandesa había ido
al piso para decirle que el rey Balduino la quería conocer con fines
matrimoniales.
—Entiendo que estés
aturdida. Muchas dirían que sí, sin más, por el hecho de ser rey —comentaba
Pilar—. En las familias reales, muchos matrimonios se conciertan por conveniencia.
—Te aseguro que yo no
lo voy a hacer si no surge entre los dos un sentimiento que nos una para
siempre —le respondió Fabiola.
—Te recuerdo que cuando
lo conociste te quedaste impactada.
—Eso fue hace tiempo.
No lo conozco lo suficiente como para dar un paso tan trascendental. Un par de
encuentros no indican cómo es la persona. Siempre lo he visto en compañía de la
reina Victoria Eugenia. Me pareció muy tímido y yo actué del mismo modo.
Podíamos haber hablado más. No sé… Forzar un encuentro, sabiendo que busca una
española religiosa con fines matrimoniales… No lo veo.
—De verdad es
sorprendente —afirmó su amiga.
—Te pido que esto que
te he comentado lo guardes como un secreto entre las dos —le rogó la joven.
—Puedes confiar en mí.
Fabiola se abrazó a su
amiga y así permanecieron durante un rato largo. Pilar le acariciaba el cabello
mientras repetía: «¡Tranquila, tranquila!».
Violeta, el ama de
llaves y persona de confianza, intuía que algo estaba pasando. Veía a Fabiola
desconcertada, así que le sirvió plátanos cortados en rodajas, como a ella le
gustaban. Nunca la había visto tan alterada y tan necesitada de un abrazo.
Pilar Sástago se
despidió de su amiga, que siguió rumiando sus pensamientos. Fabiola agradeció
que sonara el timbre y lograra sacarla de su ensimismamiento. Esperanza Sainz
de Estremera se presentó sin avisar. Fabiola la conocía de alguna reunión
social y la recibió enseguida.
—Perdona que me
presente sin avisar, Fabiola —dijo, mientras la anfitriona la invitaba a
sentarse—. Quiero invertir en una de esas nuevas tiendas de moda que se están
abriendo en Madrid. Justo hay un local aquí, debajo de tu casa, y lo he
adquirido para montar una boutique.
—¿Es el local que están
reformando?
—Sí. Deseo hacer algo
muy especial para las mujeres que no tienen tiempo de ir al modisto y esperar a
que les hagan un traje. Traeré vestidos confeccionados en Italia y en París.
—¿Y qué puedo hacer por
ti? —se interesó Fabiola.
—Pues…, al enterarme de
que vivías aquí, pensaba ponerle tu nombre a la tienda, Modas Fabiola —dijo
ligeramente apurada—. Deseo que la clientela sea muy selecta, y no se me ocurre
mejor tarjeta de presentación. Espero que no te moleste.
—No, en absoluto. No
soy la única Fabiola de este mundo. Es el nombre de una santa romana. Puedes
ponerle a tu boutique el nombre que quieras —le dijo complaciente.
—Te lo agradezco mucho.
Me gustaría que, cuando la inaugure, te pases por allí. Me encantaría regalarte
alguno de mis vestidos.
—No, por favor. No es
necesario.
—Quiero corresponder al
detalle que has tenido conmigo.
Fabiola asintió y
Esperanza lo interpretó como un sí. La conversación continuó con la fiebre por
la moda, que había llevado a la actriz Niní Montiám a ser la «embajadora» de
una tienda que vendía las mismas telas que Balenciaga en París, pero en la
calle Lagasca. Con Modas Fabiola, Esperanza Sainz de Estremera apostaba por la
ropa ya confeccionada. Sería una rival directa de los sastres y modistos que
solo estaban al alcance de los más pudientes. A la joven aristócrata le gustaba
esa socialización de la moda y hacerla más asequible a otras clases sociales.
Estaba muy sensibilizada con los que menos tenían.
Sin duda, la moda
aparecía como el gran negocio de esos años junto con la automoción, y ambas
evidenciaban el despegue económico de las clases medias. De entre todos los
coches, había uno que se estaba haciendo muy popular. Pesaba 600 kilos, tenía
un motor de 600 centímetros cúbicos y costaba 65.000 pesetas: el Seat 600. Los
primeros modelos tendían a calentarse en exceso, pero se hicieron habituales
entre la gente. Además, varios bancos empezaron a financiar la compra a plazos
de este utilitario. Las ciudades se estaban llenando de Seat 600 y de
boutiques. Esperanza Sainz de Estremera no escapaba a esa fiebre por abrir
negocios que se extendía entre las mujeres de la alta sociedad.
Entre tanto, en el
palacio de los Mora, Milagros Resines, el ama de llaves, escuchaba atónita el
relato de Manuela sobre la sesión de su amiga vidente con Jaime, el bohemio de
la familia. Ambas parloteaban mientras retiraban las colchas y dejaban abierta
la sábana encimera, para que los pocos residentes de la casa tuvieran fácil
acceso al descanso. Después pasaron por las camas un calentador de cobre con
forma de sartén, tapado y lleno de brasas. Lo deslizaban con un largo mango
metálico para templar las sábanas y ahuyentar el frío. Milagros resoplaba
enfadada después de que Manuela le hubiera relatado la experiencia con su amiga
vidente.
—¿Estás tonta? —El ama
de llaves no disimulaba su enfado y hacía aspavientos con los brazos—. Meter a
don Jaime en semejantes tonterías. No me gustan los videntes y no me gustan las
cosas que dicen. ¡Son unos mentirosos! ¿No te das cuenta de que tu amiga te
está engañando? Aquí no va a haber ningún terremoto. Lo que no ha visto tu
amiga es que te voy a tener fregando escaleras mañana, tarde y noche si sigues
con esas tonterías.
—Yo solo he querido
ayudar. Nada más —protestó Manuela.
—¡Tira para la cocina!
Esas patrañas no pueden llegar a oídos de doña Blanca, ¿me entiendes?
Manuela afirmó con la
cabeza y se fue corriendo hacia los fogones. Ese día casi no volvió a abrir la
boca. Estaba defraudada y decepcionada. Su amiga le había fallado justamente
con uno de los miembros de la familia para la que trabajaba. Y ahora Milagros
lo pagaba con ella, cuando solo había pretendido ayudar. Su amiga había dejado
a Jaime más intranquilo que antes de visitarla. Se preguntaba cuáles eran los
motivos reales de María Gracia para actuar así. Sus padres, también bolañegos,
se trataban como hermanos, pero entre ellas siempre había existido cierta
rivalidad. De niñas se peleaban por las muñecas de trapo, pero ahora, de
adultas, parecía que se entendían. Sin embargo, Manuela reconocía en su
interior no comprender el éxito y ascenso a nivel social de su amiga. Escapaba
a su razonamiento que le donaran tantas joyas como exhibía y que presumiera de
todo lo que poseía: muebles de buena madera, fruta de primera calidad en la
despensa, túnicas de seda… Desde que llegó del pueblo, María Gracia no había
disimulado el dinero que ganaba. Sin embargo, Manuela se partía el lomo
subiendo y bajando escaleras, haciendo recados y sirviendo a doña Blanca y a
sus hijos. Los gatos y los perros que deambulaban de aquí para allá vivían
mejor que ella, pensaba. Estaba rabiosa por su mala suerte.
Margot y el inspector
Gutiérrez continuaron con sus nuevas pesquisas para dar con el paradero de
Almudena Pimentel. Se fueron a hablar con el barón de Shardy, que compartía
fama como vidente con el marqués de Araciel. Ambos se habían granjeado un
notable prestigio y habían visitado la casa de los padres de la joven
desaparecida. El barón aseguró en esa reunión que Almudena estaba viva, pero
que «su situación había cambiado».
Aquella afirmación
coincidía, en parte, con lo que María Gracia había anunciado en el momento de
la desaparición. Por su lado, el marqués de Araciel, a quien también
entrevistaron, fue igualmente tajante al asegurar que Almudena estaba viva,
aunque retenida contra su voluntad.
Margot insistió en ese
punto, porque no era lo mismo que la joven se hubiera marchado de casa por
decisión propia que que ahora no pudiera regresar.
—También cabe la
posibilidad de que la persona con la que huyó de España haya cambiado de
seductor a secuestrador.
El inspector Gutiérrez
expresó con una lógica aplastante que llevaba años persiguiendo a un fantasma y
que tenía otros casos pendientes de resolver, igual de importantes.
—Necesitamos dar con
ella y que decida si quiere seguir en París o prefiere regresar a España.
—¡Exacto! —exclamó Margot—.
Queremos que nos lo diga de viva voz.
El vidente los
escuchaba mientras acariciaba un gato persa de color gris. En la mesa camilla,
presidida por una bola de cristal cubierta con un fino pañuelo de seda, retomó
la conversación aportando algún detalle más.
—Viva está —aseguró—,
pero tanto el barón como yo coincidimos en que, después de tantos años, desea
regresar a España y no puede. En este momento se encuentra retenida contra su
voluntad.
—¿Por la misma persona
con la que se marchó? —preguntó Margot.
—Sí. Es angustioso
oírla gritar que quiere salir de allí. Lo vi con claridad el otro día en la
bola de cristal. Ahora desearía estar en nuestro país. La aventura terminó y se
ha convertido en una pesadilla.
Durante el camino de
vuelta, Margot y Gutiérrez comentaron las impresiones que habían sacado de
ambos interrogatorios. Al llegar a la Dirección General de Seguridad, fueron
directamente al despacho de Eugenio Benito Poveda para ponerlo al corriente de
las novedades del caso. En presencia de Parker, resumieron las visiones
aportadas por los videntes.
—Si bien pudo irse por
voluntad propia con su amante, ahora estaría secuestrada —manifestó ella.
—Que sepamos, la última
persona que la vio fue Balenciaga —intervino Gutiérrez—. Ahora mismo es quien
más datos nos puede aportar. El otro momento del que tenemos hasta una foto es
la inauguración de La caída de Ícaro, de Picasso. Pero de eso hace ya
más de un año.
—Habría que pedir ayuda
a la policía francesa —añadió Margot—. Las cosas han cambiado por completo. Hemos
pasado de una joven de veinticinco años que se escapó con su amante a una mujer
de treinta retenida en contra de su voluntad.
No era una certeza,
pero sí una línea de investigación nueva que ya no podían ignorar.
Parker se levantó de su
asiento y se acercó a la mesa del comisario para aportar su experiencia.
—Estamos hablando de un
delito muy grave. Se pueden tomar decisiones descabelladas por amor. —Miró a
Margot, que apartó la vista—. Pero de ahí a que la persona por la que dejas tu
vida anterior y lo abandonas todo se convierta en tu secuestrador… Yo me
centraría en él y no en ella —sentenció Parker.
—¿Se refiere a Ángel
Torres? —preguntó Gutiérrez.
—Necesitamos
fotografías suyas —intervino el comisario—. Le pediremos al dibujante que
modifique su fisonomía y nos dé posibles identidades. Puede que haya cambiado
el color del pelo, que se haya dejado bigote o barba, o que haya variado su
forma de vestir…
—Pero hay algo que sí
sabemos con seguridad: se mueve en el círculo de los artistas de renombre, como
Picasso. Si nos centramos en los movimientos del pintor malagueño, daremos con
él. —Parker volvió a tomar la palabra.
—Pidamos ayuda a la
policía francesa —insistió el comisario—. Ahora ya tenemos un posible delito y
tendrán que investigar.
—Puedo intentar
averiguar algo la semana que viene, cuando viaje a París para entrevistar a
Balenciaga —propuso Margot—. Necesitaré que el dibujante me facilite los
retratos a mano alzada de cómo podría ser Ángel Torres hoy en día. Ah, y una
foto suya, aunque sea antigua. Me lo llevaré todo a París, a ver si alguien lo
ha visto o lo conoce.
—El mundo de los
intelectuales forma una amalgama de personas entre las que se pueden camuflar a
la perfección personajes de talante más oscuro —comentó Parker—. Leí hace poco
que, cuando se produjo el robo de la Mona Lisa en el Louvre, el
secretario del poeta Guillaume Apollinaire, amigo de Picasso, fue investigado
junto con el pintor malagueño, aunque posteriormente los exoneraron.
Sospecharon de él porque, años antes, el estafador belga Pieret robó del museo
dos cabezas iberas, de un hombre y de una mujer, se las ofreció a Picasso y
este las compró. Fueron dos bustos que influyeron mucho en su pintura, en su
transición hacia el cubismo. Con este robo se puso en entredicho la seguridad
del Louvre. El secretario de Apollinaire entraba y salía del museo con piezas
únicas y nadie se daba cuenta. Ángel Torres podría camuflarse sin problemas
entre los muchos seguidores de Picasso, incluso cambiar de nombre con la
aquiescencia de todos. Esas transgresiones gustan a los artistas.
—Intentaré acercarme
también a algún pintor del entorno de Picasso —añadió Margot.
—Es cierto que Ángel
Torres se mueve con soltura en ese ambiente —replicó el comisario—. Un hombre
que desaparece de la vida de su familia sin dejar rastro ya nos indica el tipo
de persona al que nos enfrentamos. Es alguien escurridizo, sin escrúpulos y
frío como un témpano.
—¿Estarás mucho tiempo
en París? —le preguntó Parker a Margot.
—Solo unos días.
¿Cuándo está previsto que llegue el presidente americano?
—El 21 de diciembre.
Dos semanas antes debemos tener Madrid completamente peinada.
—No estaré allí más de
una semana. Espero venir con algo positivo. Creo que los dibujos de Torres son
esenciales para que alguien me pueda facilitar alguna pista. No me iré a
Francia hasta que los tenga en la mano.
Dieron por terminada la
reunión y cada uno recogió sus cosas para regresar a casa. Era demasiado tarde
y Parker se ofreció a llevar a Margot a casa.
—Muchas gracias, no es
necesario.
—Insisto. Creo que
debemos hablar… —dijo en voz baja, para que el resto no lo oyera.
—Está bien —dijo
Margot, resignada.
Se puso la chaqueta, el
abrigo y el sombrero y le esperó a la salida. Decidieron ir andando por las
calles transitadas de personas que iban y venían por el centro. Caminaron sin
apenas comentar nada hasta que Parker le preguntó si quería que le llevara las
carpetas que sujetaba entre los brazos.
—No, Harry. No pesan.
Gracias.
Según ascendían por la
calle Preciados hacia la Gran Vía, Harry tragó saliva y sacó el tema que
llevaba dentro los últimos años. Necesitaba una respuesta, por muy vaga que
fuera.
—Me gustaría saber qué
he dicho o hecho que tanto te ha molestado para desaparecer de mi vida y no
querer saber nada de mí, ni responderme a las llamadas.
Margot sintió que la
sangre se agolpaba en su cara. Le faltaba aire, pero intentó responder.
—No hay un motivo.
Simplemente me agobié, me sentí acorralada y decidí darme un tiempo. Pensar…
—Cinco años pensando.
Ni tan siquiera una palabra. Un motivo. Me he vuelto loco.
—Bueno, no tan loco.
Creo que tienes relación con una inglesa, la señorita Bowles —dijo Margot,
levemente molesta.
—Ya veo que las
noticias vuelan.
Se detuvieron al final
de la calle y se quedaron uno frente al otro, mirándose a los ojos en silencio.
Parker se acercó poco a poco y la besó. Fue algo inesperado para ella. No supo
reaccionar hasta después de unos segundos.
—No vuelvas a hacerlo.
¿Me entiendes? ¡Nunca más!
Empezó a caminar de
forma acelerada sin mirarlo. Parker la alcanzó en dos zancadas.
—Lo siento. ¡Perdóname!
¡No volverá a suceder! No he podido contenerme al verte frente a mí.
—¡Nunca más! —A Margot
se le saltaban las lágrimas—. ¿Estás con otra persona y me besas a mí? No te
entiendo. Son las cosas que me desconciertan. Si quieres a alguien, da igual el
tiempo que pase, el sentimiento está ahí y no lo puede ocupar nadie.
—Nunca me dijiste qué
sentías por mí. Desapareciste. Soy de carne y hueso.
—No volveremos a tener
esta conversación. En cuanto lleguemos a mi casa, nos olvidaremos del tema.
¡Prométemelo!
—No. No puedo
prometerte lo que no voy a cumplir. ¿Qué ocurrió? Dame una explicación que
pueda entender.
Margot aceleraba el
paso para dejar la conversación cuanto antes, pero le respondió con la voz
entrecortada.
—Fue una decisión
meditada. Mis sueños profesionales se hubieran roto de seguir adelante. Comencé
a estudiar para ser detective, ya que como inspectora no me lo permitió la
propia policía. Más bien no se nos permite a las mujeres. Fue entonces cuando
me obsesioné con Almudena Pimentel. Necesitaba demostrarme a mí, pero también
al resto de los compañeros, que nosotras también éramos capaces de resolver
casos tan complicados. Me urgía encontrarla, pero la investigación se estancó.
Me frustré, nada avanzaba, no aparecían nuevas pistas. No conseguía dar con
ella y comencé a dudar de todo, de mí y de ti. Sentía que hablar contigo hacía
tambalear mi misión, me descentraba de lo que era de verdad importante. Tus
llamadas me hacían plantearme volver a Londres y abandonarlo todo, y no quería,
no deseaba abandonar mi sueño. No me lo podía permitir. Por eso me puse como
objetivo prioritario encontrarla. Paradójicamente, para dar sentido a mi vida,
mi propia vida pasó a un segundo plano…
—Entiendo, y yo también
pasé a un segundo plano…
—Dicho así suena muy
mal. Tú tenías prisa por avanzar en nuestra relación y yo quería encontrar a
Almudena. De pronto comprendí que alejarme de ti me devolvía la paz que
necesitaba para centrarme exclusivamente en dar con ella.
—¿Por qué no me lo
dijiste? —dijo con cierto estupor.
—¿Lo hubieras
entendido? —preguntó Margot.
—Eso ya no importa.
¿Sentías algo por mí? Necesito oírlo.
—No voy a contestar a
esa pregunta cuando estás comprometido con otra mujer.
—No tengo ningún
compromiso, tan solo salgo con ella sin ningún proyecto de vida.
—¿Ves? Eso es
precisamente lo que no me gusta de ti ni de ningún hombre. Si yo soy importante
para ti, no podrías mirar a nadie más.
—Las cosas no son así.
Que no estemos juntos no significa que no piense en ti.
—No, no sigas por ahí.
Nuestra relación debe ser profesional y nada más que profesional. Nunca
volveremos a hablar del tema. Me lo tienes que prometer.
—Te digo que no voy a
prometerte algo que no voy a cumplir. Cuánto me gustaría volver a recuperar
estos cinco años perdidos…
—Por favor, no quiero
seguir hablando —insistió Margot.
Llegaron al número 27
de Gran Vía y Margot se despidió con un «hasta mañana», sin dar espacio a más
diálogo. No lo miró a los ojos. No se detuvo frente a él. Simplemente entró en
el portal sin volver la mirada. Parker observó con tristeza cómo se cerraba la
puerta. El sereno pasó por allí y le preguntó si necesitaba algo.
—No, gracias —le dijo
apretando el paso.
Caminó sin demasiada
energía hasta la Carrera de San Jerónimo, donde estaba su hotel. En su mente
repetía una y otra vez las palabras de Margot. Necesitaba llegar a su
habitación. Cuando lo hizo, se tiró boca abajo en la cama y ahogó sus
sentimientos con la almohada. Estaba destrozado.
Margot, al entrar en
casa, se encerró en la habitación. No pudo reprimir las lágrimas… Fue
imposible.
7
Poner rumbo a París
Margot agilizó el viaje
a París. Su intención era ir al aeropuerto de Barajas y subirse al primer avión
que la llevara a la capital francesa. Su fiel Camila, que había regresado a
Madrid hacía unos días, la ayudó a hacer la maleta para pasar cinco días en la
capital francesa. No acababa de entender las prisas.
—No entender esta
situación so sudden. —En sus esfuerzos por hablar en español, mezclaba
palabras en inglés.
—Tengo que entrevistar
al modisto Cristóbal Balenciaga. —No podía decirle nada más. La entrevista con
el modisto le sirvió de excusa.
Sátur apareció por allí
y no pudo remediar hacer un comentario de los suyos.
—¡Mucho cuidado en
París! Seguro que va a aprovechar el viaje para algo más que hablar de moda con
un gran modisto.
—¡Sátur! Es evidente
que sí. Daré una vuelta por allí, por ver si alguien sabe algo de Almudena.
—My God!!! —fue
la única expresión de Camila.
—No os preocupéis. Sé
defenderme y soy la primera que no quiere correr riesgos. Ya tuve bastante hace
cinco años. —Se tocó la cabeza. De vez en cuando, la cicatriz del golpe que
recibió al intentar resolver el caso de las jóvenes asesinadas le dolía.
—Si se enteran sus tíos
de que este viaje va más allá de una entrevista, la obligarán a regresar a
Londres —sentenció Sátur.
—No se van a enterar.
¿No es cierto? —dijo Margot con complicidad.
—Somos como tumbas… —La
cocinera hizo señal de cerrar la boca.
—Si ocurre algo
terrible, no perdonarme. Never —comentó Camila.
Margot abrazó a la
mujer que la había querido como una hija desde que perdió a sus padres.
Igualmente le dio un beso a Sátur, que le preguntó con su perspicacia habitual:
—Aparte de todo,
¿ocurrió algo ayer en comisaría? —Sátur acertaba siempre.
—No sé a qué te
refieres. No tiene por qué ocurrir nada —dijo simulando indiferencia mientras
recogía los últimos utensilios que se iba a llevar a la capital francesa.
—Parece más una huida
este viaje que otra cosa —insistió.
Camila ahondó en la
sospecha de la cocinera.
—Parker is here,
imagino no tener que ver con esta salida so fast —comentó Camila.
—¡Por Dios! ¡Basta de
especulaciones! Hace mucho tiempo que quiero entrevistar a Balenciaga. Pues ha
llegado el momento.
—Mucha casualidad justo
ahora, ¿no? —Sátur siguió metiendo el dedo en la herida.
—OK —dijo
Camila—. The suitcase no parecer too big. —La maleta no le
parecía muy grande.
—Llevo lo esencial.
Aquellos comentarios de
sus dos «guardianas», como las llamaba, le hicieron sudar tinta antes de salir
de casa. Cuando bajó las escaleras, respiró hondo. Finalmente se fue camino del
aeropuerto en un taxi. No pudo evitar pensar en las palabras de Sátur.
Efectivamente era una huida. Después de la conversación de la noche anterior,
se veía incapaz de volver a verlo. Consideraba que se había extralimitado en
sus palabras y en los hechos. El beso que le dio sin venir a cuento y cómo le
recriminó su silencio le parecieron motivo suficiente para no volver a darle la
oportunidad de quedarse a solas con ella.
Pocos minutos después
de que Margot se marchase al aeropuerto, llegó a su casa un joven con un ramo
enorme de rosas rojas y una nota. Camila y Sátur tuvieron la tentación de abrir
el sobre y leer la tarjeta, pero no se atrevieron. Temían la reacción de la
joven. Convinieron en que se lo dirían cuando llamara por teléfono, a su
llegada a París.
Era Harry Parker quien
estaba detrás de ese ramo de rosas. Tras la intensa conversación con Margot,
sabía que le costaría recuperar su confianza. Se había precipitado y la había
vuelto a alejar con aquel beso robado. Cuando la tenía cerca no sabía
reprimirse. Estaba convencido de que ella sentía algo por él, pero jamás lo
reconocería. Daba la impresión de que Margot nunca daría rienda suelta a sus
sentimientos. Pondría por delante el trabajo a cualquier otra circunstancia.
Perseguía su sueño de ser una buena profesional en el mundo del crimen, pero
todo parecía estar en su contra. No podía ser inspectora, puesto que no existía
esa plaza para mujeres en la policía. Sí podía ser detective, pero eso solo le
permitiría estar en la comisaría mientras don Eugenio Benito Poveda no se
retirara definitivamente.
Harry sabía que, desde
hacía unos años, en Barcelona se habían incorporado mujeres a diferentes
despachos de detectives. La más conocida, Carolina Bravo. La primera que había
despuntado. En Madrid también había mujeres detectives, especialmente en
labores de vigilancia e investigaciones relacionadas con problemas laborales e
infidelidades. Sobre todo en la Agencia Internacional, que se encontraba en el
número 23 de la calle Barquillo, y en la agencia Hispania, en el número 21 de
la calle Fernando VI. En España, desde que se regularizó la profesión en 1951,
las agencias de detectives introdujeron mujeres en sus plantillas.
Vicente Cerezo, que
había formado a Margot en su agencia, también viajó a Australia al Congreso
Mundial de Detectives, y posteriormente al que se organizó en Londres, para
aprender y unificar métodos de trabajo.
Harry conocía a Cerezo
de cuando era inspector en la comisaría, junto a don Eugenio Benito Poveda.
Después, cuando decidió montar su propia agencia y trabajar por su cuenta,
perdió el contacto con él. Ahora pretendía pedirle que se sumara a la
vigilancia en las calles para que la visita del presidente norteamericano a
España fuera un éxito. En el fondo, también era una forma de tener contacto con
el entorno de Margot.
La joven detective
llegó al hotel Le Meurice y solicitó una conferencia con España para hablar con
Camila y decirle que ya estaba en París. No esperaba que le dijera que había
recibido un grandísimo ramo de flores que cabía con dificultad en el jarrón más
grande de la casa.
—¿Sabes quién ha podido
enviártelo? —preguntó con curiosidad.
—Puedo imaginármelo…
—No quiso ser más explícita.
—¿Harry? —repreguntó su
fiel «guardiana».
—¡Seguro!
—Trae tarjeta… I can
open it —le decía que podía abrirla.
—No, por favor.
Prefiero leerla yo cuando regrese.
Margot se quedó
pensativa. Esas rosas no le harían olvidar el beso furtivo que tanto dolor le
había causado. Necesitaba tiempo y distancia.
Cuando Harry Parker
llegó a la comisaría aquella mañana, ya sabían todos que Margot había
adelantado su viaje a París. Se sintió frustrado, pues ella se volvía a alejar.
Estuvo enfadado con el mundo toda la mañana. El comisario se dio cuenta, pero
no quiso preguntar por el rostro agriado del joven inglés. Podía imaginar que
algo tenía que ver la rápida partida de la inspectora Peters.
Después de llevar su
maleta a la habitación del hotel, Margot llamó al atelier de Balenciaga.
Previamente había gestionado la entrevista en Eisa Costura, en el número 9 de
la Gran Vía, la tienda que había abierto en Madrid el diseñador vasco. Felisa,
la mano derecha del modisto, la gestionaba para las clientas que preferían no
desplazarse a París. De vez en cuando se dejaba ver por allí al propio
Balenciaga, pero desde que lo habían nombrado caballero de la Orden Nacional de
la Legión de Honor, no había podido viajar a España con tanta frecuencia. Allí
precisamente conoció a André Courrèges y Emanuel Ungaro, dos de los pupilos más
jóvenes de Balenciaga. El diseñador quiso que aprendieran el uso de las tijeras
de la mano de Juan Mari Emilas, modisto que había aprendido con él en San
Sebastián. Había ejercido de primer cortador y de primer maestro de sastrería.
«Hay que ayudar a la gente joven y con talento», decía el maestro. Había un
Balenciaga afable y cercano y otro muy serio, reservado y discreto con su vida
privada. El temperamental y perfeccionista no soportaba el error ni la
vulgaridad. Margot deseaba conocer a los dos: el modisto reconocido y el que le
daría la pista para averiguar algo más sobre el paradero de Almudena.
Mientras en Madrid se
comenzaba a organizar la seguridad para la llegada del presidente de Estados
Unidos, la monja irlandesa Veronica O’Brien regresaba a la capital para hablar
de nuevo con Fabiola. El rey Balduino deseaba un encuentro a solas con ella.
Comprendía perfectamente que la joven española hubiera rechazado una
proposición tan aventurada sin apenas conocerse.
O’Brien y Fabiola se
citaron a doce kilómetros de Madrid, en el cerro de los Ángeles, en la
localidad de Getafe. Allí la joven aristócrata enseñó a la misionera irlandesa
las ruinas del monumento del Sagrado Corazón. Fabiola le explicó que un Cristo
de más de treinta y siete metros regresaría a ese cerro en el que se
encontraban y que se podría ver desde varios puntos de la capital.
—Durante la Guerra
Civil, los milicianos fusilaron simbólicamente al Cristo que se erigía aquí y
lo destruyeron. Solo quedaron estas ruinas y este cerro, que durante un tiempo
pasó a llamarse «cerro Rojo» en lugar de cerro de los Ángeles. Pocos años
después de acabar la guerra, se inició la reconstrucción del monumento.
Tendremos un nuevo Cristo con los brazos abiertos de casi doce metros y un
pedestal de veintiséis metros.
—Esto es un ejemplo de
la barbarie y de lo que somos capaces de hacer los seres humanos. ¿Cuándo
estará de nuevo en pie? —preguntó la religiosa.
—Todavía quedan años,
pero me gusta venir aquí. Es una forma de darme cuenta de que las cosas
hermosas necesitan su tiempo. Primero una piedra y luego otra. No sé si me
entiende…
—¡Por supuesto!
Entiendo su mensaje, Fabiola, y así se lo transmitiré a Su Majestad. Pero me
veo obligada a informarle de que le están presionando por todas partes para que
encuentre una buena candidata para ser reina. En Bélgica están cansados de
esperar.
—Una vida no se puede
improvisar. Necesitamos conversar, y si tiene que haber algo entre ambos,
nacerá solo. Si no, podremos ser grandes amigos.
Veronica se dio cuenta
de que Fabiola era alguien especial. Cualquier otra mujer se hubiera vuelto
loca ante una proposición semejante, pero ella no.
Entraron en la ermita
de la Virgen de los Ángeles, construida en el siglo XI, aunque fue destruida
varias veces a lo largo de los siglos. La última vez también en la Guerra
Civil, comentó Fabiola.
—Un arquitecto muy
conocido, Rodolfo García-Pablos, ha dirigido la última reconstrucción. Mire qué
imagen tan preciosa de Nuestra Señora de los Ángeles. Es una talla de madera
del siglo XVII. ¿Le parece que oremos?
La monja irlandesa
accedió encantada. Se arrodillaron ante el altar y así permanecieron durante un
buen rato. Veronica miraba de reojo a Fabiola. Se convenció una vez más de que
era la persona que estaban buscando.
Después de una media
hora concentradas en sus oraciones, salieron de la ermita. Fabiola le contó que
estaban físicamente en un punto importante.
—Nos encontramos en el
centro geográfico de España, en el punto medio. Puede decir que ha pisado el
centro de nuestro país.
—La próxima vez que nos
veamos, prometo que seré yo quien le indique un punto también estratégico en el
que Su Majestad y usted puedan hablar. —La monja recondujo el tema con
ingenio—. Solo le pido que le dé esa oportunidad al rey Balduino. Pienso que
son dos almas gemelas.
—La oportunidad de
conocerme un poco más a fondo se la doy a todo el mundo, cuanto más al rey.
Habrá que buscar el momento y un lugar discreto —propuso Fabiola—. No me
gustaría que la prensa aventurara o especulara con un encuentro y sacasen sus
propias conclusiones.
—Estamos de acuerdo
—afirmó la religiosa—. El plan debe llevarse a cabo con el máximo secreto por
ambas partes. Luigi es el primer interesado en que así sea.
—¿Quién es Luigi?
—preguntó la joven. Era la primera vez que escuchaba ese nombre.
—Es el pseudónimo del
rey Balduino para que nadie sepa de quién se trata.
—Es cierto, ahora lo
recuerdo. ¿Cuál es el mío?
—Nos entendemos
hablando de usted como Ávila.
—¿Por qué Ávila? —A
Fabiola todo le parecía extraño, también eso.
—Por santa Teresa de
Ávila, que era española y doctora de la Iglesia. Pensé que era un buen nombre
para referirnos a usted.
—No está mal pensado.
Así que para el rey soy Ávila.
Fabiola sonrió y se
ofreció a llevarla en coche hasta el convento en el que se alojaba. La joven
tenía prisa. Debía visitar una de las barriadas más desfavorecidas para
encontrarse con mujeres que acababan de dar a luz. Deseaba regalarles una
canastilla.
En cuanto Fabiola dejó
a la monja en su residencia, procuró olvidar todo el plan que O’Brien había
puesto en marcha para ella. En el fondo le seguía pareciendo un despropósito,
pero no le desagradaba la idea de conocer más a fondo a Balduino. Las dos veces
que se habían visto, ambas en presencia de la reina Victoria Eugenia de
Battenberg, le gustó, pero no pasó de ahí. Estaba convencida de que cuando
estuviera cerca del hombre con el que le gustaría compartir su vida, lo
notaría. Seguía pensando que todo lo que se estaba maquinando a sus espaldas
era un verdadero despropósito. Sabía que las cosas importantes en la vida
ocurrían sin premeditación. La casualidad forma parte de la propia existencia,
se decía a sí misma. Algo que le repetía su padre constantemente cuando vivía.
«Lo que tenga que ocurrir, será», solía sentenciar. Forzar una situación no
conduce a nada, se consolaba. En el fondo había un determinismo filosófico en
su pensamiento. ¿Sería Dios el que movía los hilos? Si era así, no podría
escapar.
8
Cinco años buscando
Balenciaga citó a
Margot desayunar al día siguiente. Aprovechó por lo tanto para pasear por la
ciudad de la luz, sobre todo, por los lugares donde posiblemente se movería una
joven enamorada de un pintor bohemio. Y ese lugar no era otro que Montmartre, le
quartier des artistes. Se sentó en uno de sus famosos cafés, Les Deux
Magots, donde solían acudir sobre todo los pintores más reconocidos, y
también los menos afamados que buscaban una oportunidad. Enseguida entabló
conversación con el camarero.
—¿Es usted pintora, mademoiselle?
—se interesó el camarero mientras le servía el café con leche.
Margot pensó que no
perdía nada por intentar averiguar algo. Al fin y al cabo, aquel era el sitio
preferido de los artistas y el supuesto novio de Almudena era pintor.
—No, estoy buscando a
un pintor… —Hizo una pausa mientras rebuscaba en su bolso—. Hace mucho que no
le veo, pero me gustaría contratarlo.
—Cualquier pintor que
viva en París ha pasado por aquí antes o después, se lo aseguro —le informó el
camarero, que mostraba predisposición por ayudar.
Margot lo pensó un
instante. Cogió la foto de Ángel Torres que le habían proporcionado en
comisaría y se la mostró.
El camarero dudó un
instante mientras se frotaba el mentón.
—Oui —afirmó—. C’est
Monsieur Dubois, pero lo recuerdo más con bigote. —Sabía algo de español.
Margot se puso en
guardia, como activada por un resorte. ¡Ya tenía un nombre! Volvió a rebuscar
en el bolso y le mostró otra foto, la de Almudena.
—Esta es su compañera
—dijo mientras intentaba aparentar calma, pero la verdad es que estaba muy
nerviosa.
—Oui, oui…
—repetía el hombre señalando la imagen—, pero hace tiempo que no los veo.
—Mire —continuó Margot
mientras escribía algo en una pequeña libreta, de la que arrancó la hoja y se
la entregó—, si vienen por aquí, por favor, llámeme enseguida. Es muy importante.
La joven dejó unas
monedas sobre la mesa y se marchó mientras le repetía al camarero la
importancia de su información.
Estaba convencida de
que el pintor rondaba por ese barrio. Se preguntaba qué habría ocurrido entre
ellos para que ahora Ángel Torres pudiera tener a Almudena recluida en el
apartamento donde residían desde que llegaron a París. Los videntes coincidían
en que estaba encerrada en contra de su voluntad, y Margot tenía la impresión
de que, por una vez, habían acertado. El resto del día estuvo paseando sin
rumbo hasta que llegó a los Campos Elíseos, en el distrito 8. Allí se
encontraban las tiendas más prestigiosas de la capital de Francia. También el
Crazy Horse, el cabaret de más renombre internacional. En esa misma avenida,
además, estaba ubicada la embajada de España, cuyo personal no había movido un
dedo por encontrar a la ciudadana española desaparecida hacía cinco años.
Habían llegado a decir que no existía la certeza de que estuviera en París.
Nunca dieron crédito al testimonio de algunas personas que aseguraban haberla
visto en la iglesia de la Madeleine. Jamás se interesaron, ni cuando
desapareció, ni ahora que tenían más pistas.
Decidió volver al hotel
caminando. Una vez que llegó a Le Meurice, pidió una conferencia con Madrid.
Quería hablar con Justino Ochoa, el director de la revista Siluetas.
Este le dio el contacto de un fotógrafo para que la acompañara e ilustrara su
trabajo periodístico.
El viaje en avión y la
excitación por encontrar a Almudena la dejaron agotada. No quiso salir a cenar
y pidió al servicio de habitaciones que le subieran fruta. Se dedicó a preparar
la entrevista a uno de los grandes de la moda que imponían su criterio a la
hora de decidir si ensanchar cinturas, acortar faldas, poner o quitar corsés o
modificar las mangas. Al final de esta, le preguntaría por Almudena Pimentel,
pero sin revelar que la joven desaparecida era el verdadero motivo de su viaje
a París. Él la conocía sobradamente, y a su madre también. ¿Por qué decidió
visitar al modisto y luego no recoger el vestido? Margot estaba convencida de
que la chica trataba de mandar un mensaje. Y ella estaba dispuesta a
descifrarlo.
Fabiola recibió una
llamada de Veronica O’Brien. La monja la informó de que continuaba en Madrid.
Se había trasladado a un pequeño hotel que se encontraba en la calle Don Ramón
de la Cruz. Pidió verla de nuevo, tenía una propuesta que hacerle.
A la hija menor de los
Mora se le aceleró el corazón. Estaba aturdida y confusa con la insistencia de
la monja irlandesa. Se preguntaba qué habría visto en ella para considerarla la
persona perfecta para el rey Balduino. Quedó con la inteligente hermana
Veronica justo después de comer. Antes quería ver al padre Cavestany, su
confesor, y después visitar a su madre, que esos días andaba un tanto revuelta.
Se acercaba la fecha del segundo aniversario de la muerte de su padre y volvía
a revivir su caída en la iglesia de San Francisco el Grande de Madrid, en la
reunión anual de los Caballeros del Santo Sepulcro, su rotura de cadera y lo
mucho que reflexionaron sobre la posibilidad o no de operarle. Cuando
finalmente accedió a que le realizaran la intervención, murió al día siguiente.
Nadie lo entendió. La muerte salió a su encuentro cuando faltaba poco para que
cumpliera los setenta y un años.
—¡Si no hubiera tardado
tanto en operarse! —decía doña Blanca, asida a la mano de su hija.
—Los designios de Dios
son inescrutables. Ese era su día, mamá. No hay que darle vueltas, por mucho
que nos duela. Yo también sentí mucho su muerte. Era mi guía, mi apoyo, mi
consejero, además del padre más bueno y cariñoso del mundo. Pero ten por seguro
que ahora está mejor que todos nosotros.
—¡No sé vivir sin él!
Todo le parecía interesante; la pintura, la música, su alegría constante, su
serenidad de juicio —se lamentaba la mujer.
—Pues tienes hijos y un
ejército de nietos que te necesitan. Tú también eres un pilar fundamental para
nosotros —intentaba animarla Fabiola—. Acuérdate de que, después de papá, murió
Josefina, nuestra institutriz. Dos pérdidas muy seguidas de las que no nos
hemos repuesto. Te necesitamos fuerte, mamá. Tú y yo deberíamos hacer otro
viaje como el que hicimos a Santiago de Compostela. Mari Luz nos insiste mucho
en que vayamos a la finca de su marido.
—Menos mal que te tengo
cerca. No sé qué sería de mí sin ti. Me hizo mucho bien ir a Santiago y
previamente visitar a la Virgen de Covadonga en Asturias.
—Tenemos que volver.
Nos vino muy bien a las dos.
Estaba muy preocupada
por la melancolía de su madre. Recordó su rechazo al pretendiente que la quería
llevar con él a Washington. Su madre la necesitaba en aquel momento, y ahora
más todavía. No quiso pensar en Balduino. Veía la propuesta de la monja
irlandesa como una quimera. Tenía intención de estar siempre cerca de su madre.
La veía vulnerable y muy sola, a pesar de los siete hijos que había tenido.
Cuando se despedía de
ella, apareció Jimmy. Estaba demacrado y con pocas ganas de hablar.
—¿Una noche larga?
—preguntó Fabiola con sorna.
—Muuuy larga,
hermanita. Insisto, un día deberías acompañarme —la provocó su hermano—. Por
cierto, ha llegado una invitación de los Alba a tu nombre. La tiene Milagros.
Justo la fiel ama de
llaves la llevaba en la mano para dársela antes de que se fuera. Se trataba de
una fiesta que se celebraría antes de la visita de Eisenhower, a la que solo
asistirían personas de la alta sociedad española y norteamericana.
—¿Quieres que te
acompañe?
—No, muchas gracias
—afirmó rotunda—. No he olvidado cuando te llevaste los abrigos de piel de las
invitadas del guardarropa de casa y los empeñaste. Fue vergonzoso. Todavía me
lo recuerdan entre risas.
—¡Fue una chiquillada!
—Además, ya sabes que
yo estoy en esas fiestas lo justo. Suelo ser la primera en irme.
—¡Eres una aburrida!
¡Seguro que te meterás a monja! Lo dice todo el mundo —le replicó su hermano.
—¡Qué sabrán de mí!
Salió del palacete de
los Mora con bastante prisa. Su fiel mecánico, Hipólito Vidal, la esperaba con
el coche en marcha. Llevaba dos años a su servicio, igual que Violeta. El
chófer no era muy alto, pero parecía de más estatura por su envergadura, y
peinaba ya muchas canas.
—¿A dónde vamos,
señorita?
—A Tetuán de las
Victorias —le indicó—. Tengo que entregar un sobre a una familia muy
necesitada.
Al abrirse la verja de
la finca, un grupo de indigentes la esperaba a la puerta. Fabiola le dijo a
Damián, el portero, que apuntase sus domicilios y les preguntase cuáles eran
sus necesidades.
—No conozco a nadie con
un corazón como el suyo —afirmó Hipólito al cerrar la ventanilla.
—Hay muchas personas
como yo. No tiene ningún mérito —le replicó ella.
Veinte minutos después,
Fabiola ya se encontraba en una de las barriadas más pobres de Madrid,
escuchando a una familia que tenía a un niño enfermo y le había pedido ayuda.
El sobre que les entregó contenía el dinero suficiente para su tratamiento. La
generosidad de Fabiola no tenía límites.
De allí se dirigió a su
casa de Bárbara de Braganza y se arregló rápido para acudir a la cita con la
monja irlandesa. Le pidió a Hipólito que la esperara. No creía que ese té
durase más de veinte minutos.
La hermana Veronica la
estaba esperando en la puerta de su pequeño y modesto hotel. Decidieron caminar
hasta una cafetería que estaba a dos pasos de allí. Así podrían hablar
tranquilamente. En el trayecto, la monja irlandesa le habló de su vida. Era la
undécima de trece hermanos. Siendo muy joven, se unió a la congregación de las
Damas de Santa Clotilde, en la que estuvo catorce años. Después buscó otra
forma de servicio a los demás fuera del convento. Descubrió la Legión de María,
fundada por el padre irlandés Frank Duff. Ella le ayudó a expandirla por
diferentes países.
—Dejemos de hablar de
mí —concluyó la religiosa—. Centrémonos en usted. Mi opinión es que se tienen
que encontrar para hablar y descubrir su personalidad. ¿No cree?
—¿Balduino y yo?
—preguntó Fabiola, aun sabiendo la respuesta.
—Sí.
—No tengo ninguna
objeción en hablar. ¿Vendrá a España?
—No podría hacerlo sin
que se enterara todo el mundo. En cuanto se descubriera que se había reunido
con usted, la prensa no la dejaría en paz. La reunión sería mucho más discreta
si se celebrase en Bélgica.
—¿En Bélgica? ¿Y cómo
me escapo hasta allí? Mis hermanos y mi madre tendrían miles de preguntas.
—Dígales que se va a
celebrar un congreso internacional sobre la pobreza en Bruselas —afirmó categórica
la hermana Veronica—. He hablado con el nuncio y le parece una buena excusa.
—¿Y qué les digo que
voy a hacer yo en ese congreso?
—Diga lo que quiera, el
congreso es ficticio.
—¿Una mentira de la que
participaríamos todos? —afirmó, suspicaz.
—Una mentira piadosa
para alcanzar un bien mayor —dijo la monja en tono tranquilizador—. Sería
imposible que Balduino quedara con usted de otra manera. Él no puede moverse
con facilidad sin que lo sepa Bélgica entera.
—Comprendo…
Fabiola pensaba que
todo era una gran locura. Estaba a punto de negarse, pero, inexplicablemente,
aceptó. Quería acabar cuanto antes con esa incertidumbre. Se verían cara a cara
y podría disuadirlo de la idea de comprometerse sin conocerse en profundidad.
Consideraba que las cosas importantes no se hacían así.
—Está bien. ¡Acepto!
Nos veremos en Bruselas antes de acabar el año. Será algo discreto. Debemos
hablar los dos a solas, sin que haya nadie presente.
—Me parece bien.
Quedaré con usted para darle en mano los billetes de avión. Será un fin de
semana, nada más. Pero su vida y la de Balduino pueden cambiar —le dijo
O’Brien.
—¡Sin presión! ¡Vamos a
hablar, nada más!
—Sin presión…
Volvieron caminando al
hotel y allí se despidieron. Cuando entró en el coche, Hipólito, el chófer, la
vio muy pálida y callada.
—¿Ha ocurrido algo
malo, señorita? —se interesó el hombre.
—No sabría decirle…
—dudó—. Algo increíble, en cualquier caso. Son cosas que solo me pasan a mí.
—¿Ha comido algo?
—insistió el conductor.
—Tengo cerrado el
estómago, pero no se preocupe, estoy bien.
Permaneció en silencio
el resto del trayecto. No entendía bien lo que estaba ocurriendo.
En cuanto llegó a casa,
se armó de valor y llamó por teléfono a su hermano mayor. Le explicó lo del
congreso al que debía asistir. Gonzalo, que ejercía de paterfamilias, no
entendía por qué debía ser ella la que viajara a Bruselas.
—¡Te acompaño! —se
ofreció sin pensarlo.
—No… No puedes hacerlo.
Voy con una monja irlandesa y con el nuncio de Su Santidad.
—Pero ¿por qué tú?
—insistía su hermano.
—No lo sé, francamente…
—respondió, haciendo gala de una gran capacidad de reacción—. Me ha recomendado
la directora de la Escuela de Enfermería en la que estudié.
—Bueno, ya lo
hablaremos —sentenció Gonzalo.
Fabiola llamó a
Veronica y le explicó las reticencias de su hermano. Era muy reacio a darle el
permiso que necesitaba para viajar y había llegado a un punto en el que no
tenía respuesta a sus preguntas.
—Me va a llevar un
tiempo convencerlo —le confesó Fabiola a la monja.
—Ese es el problema
—replicó la religiosa—. Justo lo que no tenemos es tiempo…
A las ocho en punto de
la mañana, Margot se encontraba a las puertas del atelier de Balenciaga en
París. El fotógrafo francés, colaborador de la revista, estaba esperándola para
realizar el reportaje. Al entrar, los condujeron hasta una habitación, donde
los estaba esperando el modisto. Iba perfectamente vestido con traje oscuro,
corbata negra, camisa blanca y un pañuelo blanco asomando de su bolsillo de
vivo. Su pelo negro lo llevaba peinado hacia atrás. Les tendió la mano y,
aunque no les sonrió, sus ojos eran afables. Después, con un gesto los invitó a
sentarse con él a la mesa. El modisto los agasajaba con un desayuno digno de un
rey; cruasanes, zumos, tostadas y una gran variedad de repostería. Todo ello presentado
en porcelana y plata de la mejor calidad. Margot apenas tomó un café, pero el
fotógrafo se rindió a los pastelitos. Le sugirió al modisto hacer primero las
fotos para que después estuvieran más relajados a la hora de la entrevista.
El fotógrafo le pidió
al modisto que posara apoyado sobre su mesa de trabajo. Quiso emular la foto
que le había hecho Boris Lipnitzki treinta años antes. Este accedió y, a pesar
de su timidez, se fue relajando a medida que le daba confianza. A sus sesenta y
cuatro años, mantenía toda su elegancia y atractivo. Cuando terminó, el
fotógrafo se despidió de ellos y Margot y él se quedaron a solas.
Antes de la entrevista,
y de forma espontánea, surgió el agradecimiento que el modisto le debía a la
familia Mora y Aragón, con la que mantenía una relación estrecha.
—Si no llega a ser por
doña María Micaela Elío y Magallón, marquesa viuda de Casa Torres, hoy no
estaría hablando con usted. Yo era muy niño cuando, estando cerca de mi madre,
Martina Eizaguirre, de la que yo aprendí el oficio, me atreví a decirle que
podía copiarle uno de los trajes que ella traía de París. Le hizo gracia y
aceptó el reto. A la semana lo tenía hecho y parece que le gustó. Ahí fue
cuando empezó mi carrera, siendo un niño.
Balenciaga parecía
tener muy presentes esas imágenes del pasado.
—Mi padre era pescador
y mi madre, costurera. Lo normal es que yo hubiera tirado más por la mar, pero
no fue así —afirmó el modisto—. En mi pequeño pueblo, Guetaria, se encontraba
Villa Ona, la residencia de verano de esta gran dama, la marquesa de Casa
Torres. Venía mucho a nuestro hogar para que mi madre le hiciera y deshiciera
trajes. A mí me tenía deslumbrado. Me fascinaban sus vestidos largos y sus
sombrillas de encaje cuando la veía sobre el tílburi o en misa.
Margot lo escuchaba sin
hacer preguntas. El modisto tenía ganas de hablar de aquella mujer que le
otorgó su confianza siendo un adolescente y que le encargaba trajes y más
trajes. A partir de ahí, empezó a tener otras clientes pertenecientes a la
aristocracia, como ella.
—Así hice mi primera
incursión en la alta costura y en la alta sociedad —afirmó—. Después llegó su
hija como clienta, Blanca Carrillo de Albornoz y Elío, también marquesa de Casa
Torres. Y finalmente su nieta, doña Blanca de Aragón y Carrillo de Albornoz, y
sus biznietas, Neva, Ana María, Fabiola y Mari Luz.
»Doña Blanca me he
dicho que no está en su mejor momento, tras la pérdida de su marido, don
Gonzalo —añadió Balenciaga—. Ya ve, una mala caída te puede apartar de este
mundo. Le cuento todo esto para que sepa de dónde vengo. Mi origen es muy
humilde y lo tengo muy presente. También me enorgullezco de haberme labrado mi
propio destino a base de aprender y aprender de mi madre, que me lo enseñó
todo, desde enhebrar una aguja hasta cortar y coser ojales. Puedo saber, sin
equivocarme, cómo es un sastre o un modisto por como cose un ojal.
Margot siguió con la
entrevista. Entre sorbo y sorbo de café, le preguntó por su carrera, sus
sueños, sus tendencias de moda, su obsesión por las mangas y por las telas, a
las que daba todo el protagonismo.
Cuando ya estaba a
punto de concluir la entrevista y el ayudante apareció para dar por terminado
el desayuno, entre agradecimientos, Margot preguntó:
—Veo que sus clientas
de Madrid le siguen siendo fieles. Tanto que muchas viajan desde allí para
seguir vistiendo sus diseños. —Margot intentaba dirigir la conversación hacia
donde le interesaba, Almudena Pimentel.
—Tengo la suerte de
tener varias clientas en la capital de España, sí —afirmó con modestia.
—Precisamente la
marquesa de Montero, Silveria Ramón, me contó hace poco que su hija sigue
visitando su atelier en París.
—Efectivamente es una
de mis clientas, Almudena.
¡Bingo! Margot ya tenía
al modisto donde quería. Ahora era cuestión de sonsacarle más información.
—Sí, doña Silveria me
dijo que estuvo aquí hace poco, ¿verdad?
—Así es, pero no ha
recogido su pedido. Por eso la llamamos. Aquí tenemos su traje. ¿Cuál es su
interés por ella, señorita? —preguntó el modisto con desconfianza.
Margot intentó buscar
una excusa, pero pensó que, dada la perspicacia de Balenciaga, lo mejor sería
decirle la verdad.
—Verá…, además de
periodista y enviada especial de la revista Siluetas, soy colaboradora
de la policía —le confesó. El modisto no disimuló cierta sorpresa—. Almudena lleva
cinco años desaparecida y su llamada es nuestra única pista. Pensamos que puede
estar en peligro.
—Ahora que lo dice…
—reflexionó el modisto—. Parecía nerviosa, más que las otras veces. Me miraba
fijo a los ojos. Como si no pudiera hablar abiertamente.
—¿Notó algo más que le
resultase extraño? —insistió Margot.
—Pues… Me pidió que
eliminase el corsé. Insistió mucho en que necesitaba sentirse libre. Era un
vestido palabra de honor en tonos naranjas con un enorme lazo azul.
—¿Le hizo algún gesto o
notó algo extraño mientras le hacía esa petición? —insistió Margot.
—En un momento que me
acerqué a ella, me susurró que se sentía como Ícaro después de desafiar al sol…
—El modisto estaba visiblemente sorprendido.
Margot reflexionó un
instante. Ícaro, el cuadro de Picasso que tenía precisamente esos colores,
azules y naranjas. No había lugar a dudas. Almudena había pedido ayuda de la
mejor forma que pudo. Y había funcionado. Entonces siguió preguntando.
—¿Venía sola o la
acompañaba alguien? —Margot dio rienda suelta a la detective que llevaba
dentro.
—Vino acompañada de una
mujer entrada en años, con gesto muy serio.
—¿Y qué hacía esa
mujer? —siguió interrogándolo Margot.
—Observarla —dijo él,
tajante—. No se separó de ella en ningún momento. A veces, las personas quieren
desaparecer por un tiempo. Yo respeto mucho esas decisiones. Quizá Almudena se
ha equivocado de compañía.
—¿Cómo vio a la joven?
—Bien, como siempre.
Era la última prueba y solo recuerdo que tuve que modificar las medidas.
—¿A qué se refiere? —Margot
seguía insistiendo.
—Había engordado un
poco, eso es todo. Como habrá comprobado, la repostería de París es la enemiga
de los modistos —bromeó Cristóbal, señalando los majares con que la había
obsequiado.
—¿Podría facilitarme su
última dirección, si es tan amable? —preguntó Margot, convencida de que
conseguiría la información que buscaba.
—Me encantaría
ayudarla, pero me temo que no será posible —se lamentó Balenciaga—. Es
información confidencial de una clienta, no la puedo revelar.
—Pero… ya le he dicho
que soy colaboradora de la policía —replicó ella.
—Con todos mis
respetos, señorita. —El tono de él se volvió más solemne—. No dudo de su
colaboración con la policía, y tampoco sé muy bien cómo funcionan las cosas en
España, pero en Francia, para facilitarle la información que me pide, necesito
la orden de un juez, o al menos de alguna autoridad competente. Y por lo que
sé, usted es una reportera de una revista de moda. Lamentándolo mucho, no puedo
ayudarla más.
Margot sintió como si
le hubiera caído encima un cubo de agua helada. El modisto tenía razón, tendría
que averiguar el paradero de Almudena por su cuenta.
—Ha sido un placer
hablar con usted —le dijo, visiblemente decepcionada—. Le haré llegar varios
ejemplares de la revista.
Balenciaga tendió la
mano y se despidió de ella.
—Por favor, si aparece
por aquí, ¿podría decirle que se ponga en contacto con su familia en España?
—insistió Margot.
El modisto pareció
apiadarse de ella y se dirigió a su ayudante.
—Pierre, por favor,
sigue intentando contactar con la señorita Pimentel.
Después desapareció
dentro de su atelier.
El joven sacó una caja
alargada que contenía las fichas de las clientas. Al llegar a la letra pe,
cogió la tarjeta correspondiente a Pimentel y marcó el número. El asistente del
modisto no le quitaba ojo de encima, pero, en un despiste, dejó la tarjeta
sobre la mesa y Margot aprovechó para mirar de reojo. Con dificultad pudo
distinguir una dirección: rue Lepic. El hombre se dio cuenta y guardó la
tarjeta rápidamente. Pero para Margot fue suficiente.
—Lo siento, mademoiselle,
no contestan.
—No se preocupe —dijo
con falsa resignación—. Si la localizan, llámenme. Me alojo en el hotel Le
Meurice.
—A su servicio.
Margot salió de allí
con una sonrisa en los labios. Ya tenía lo que necesitaba.
9
Primer encuentro
Tras una llamada del
nuncio de Su Santidad, Ildebrando Antoniutti, Gonzalo, el hermano mayor de
Fabiola, accedió a firmar el permiso para el viaje de su hermana. Le explicó
que «nadie como ella para que representara a la España más solidaria». Gonzalo
se ofreció a acompañarla, pero el nuncio lo rechazó. Le argumentó que había
otras mujeres representando a otros países, y que estas no acudirían
acompañadas ni de los maridos ni de los hermanos. «Es otro momento don Gonzalo.
Las mujeres pueden representarse a sí mismas perfectamente. Además, la hermana
O’Brien y yo la acompañaremos en todo momento». El nuncio se estaba empleando a
fondo en aquella causa, en la que Balduino estaba decidido a abandonar su
soltería para unirse en matrimonio a una joven española y católica.
Fabiola comenzó los
preparativos del viaje. Acudió a la boutique que Esperanza Sainz de Estremera
había abierto en su edificio y le pidió consejo. Se probó varios vestidos y se
decidió por un traje de chaqueta corta con grandes botones y una falda estrecha
por debajo de la rodilla de color verde que le sentaba como un guante. La dueña
de la boutique se lo regaló. Las faldas se estaban acortando a pasos
agigantados.
Fabiola pensó en los
temas que podrían tratar dos personas que apenas se conocían. Estaba claro que
mencionaría a su madrina, la reina Victoria Eugenia. Ella los había presentado
años antes. También le preguntaría por sus preocupaciones, en especial por la
situación del Congo. Fabiola había leído el libro de Conan Doyle, El crimen
del Congo, en el que denunciaba la situación vivida allí a principios de
siglo y la constante violación de los derechos humanos. El entonces rey de
Bélgica, Leopoldo II, no salía bien parado. Aunque era ancestro familiar, a
Balduino no le tocaba directamente. Leopoldo II había utilizado todas las
formas inimaginables de crueldad contra la población. Se sabía que así fue como
acumuló una inmensa fortuna con el marfil y el caucho obtenidos en las colonias
belgas de África. Dicha fortuna la heredó su sobrino, Alberto I, así como el
título de rey. El hijo de este, Leopoldo III, era el padre de Balduino y cuarto
rey de los belgas. Su reinado estuvo marcado por la invasión de Alemania a
Bélgica en la Segunda Guerra Mundial. Finalmente, en 1951 se vio obligado a
abdicar en su hijo Balduino, que subió al trono con veintiún años y se
convirtió en el quinto rey de los belgas. Habían pasado ocho años y era
consciente de que había llegado el momento de buscar una esposa. Así se lo
reclamaban desde todos los ámbitos de la sociedad belga. Fabiola, tras
meditarlo mucho, decidió no abordar sus problemas como rey. Lo que a ella le
interesaba era conocerlo como persona. Deseaba plantearle los grandes temas de
la vida para saber si coincidían o no. Su «guerra» era otra en este momento.
Estaba en juego su propia vida. Tenía claro que no se uniría de por vida a
alguien por el que no sintiera respeto y admiración.
Entre semana quedó de
nuevo con Veronica O’Brien. Esta le entregó los billetes de avión para volar el
viernes a Bruselas. Los nervios en la joven eran evidentes.
—Voy, pero no quiero
engañar a nadie. Lo hago libremente y sin ningún compromiso. Necesito que
tengamos claro que simplemente acudo para hablar con el rey. Nada más. No
quiero parecer descortés, pero, insisto, no me comprometo a nada.
—¡Por supuesto! Aquí no
hay ningún tipo de imposición. Son dos jóvenes que simplemente van a hablar
porque ya se conocen. Así todo resultará mucho más fácil. Los dos saben a quién
se van a encontrar. De todas formas, le trasladaré a Luigi sus palabras.
—¿Por qué no le llama
ya Balduino?
—Sigue siendo un
secreto de Estado. Usted para mí sigue siendo Ávila.
—¿Seguirá después de
este encuentro llamándonos así?
—Sí. Hasta que el
proceso termine.
—Le diré que sigo
pensando que el rey debería buscar esposa en personas de más alto rango que yo.
Hay princesas que estarían deseando conocerlo a fondo.
—Cada día estoy más
convencida de que la persona que encaja más con la personalidad del rey es
usted.
—Dejemos todo en manos
de la Providencia.
Fabiola preguntó dónde
se iba a producir el encuentro. Y la hermana Veronica le informó de que sería
en su sencillo piso en Bruselas, en la rue Suisse.
—Nadie debe enterarse,
y mucho menos la prensa —remarcó la monja—. Luigi se moverá con la mayor
discreción. Todo se está llevando a cabo bajo el más estricto de los secretos.
No resulta el lugar más apropiado para los dos, pero es sencillo, sin lujos,
como corresponde a mi condición de legionaria de María.
—Lo mejor es compartir
ese momento alejados de miradas extrañas. —Fabiola le dio la razón—. Será muy
difícil para él, pero también para mí. La situación resulta de lo más extraña
para los dos.
—No se preocupe por
nada. Se trata nada más que de un encuentro. El resto solo Dios lo sabe. —La
religiosa estaba convencida de que saldría bien.
Se despidieron con un
abrazo y Fabiola pidió a su fiel mecánico que la llevara hasta la iglesia de
Santa Bárbara, donde solía confesarse con el padre Cavestany.
Arrodillada frente al
altar mayor, rezó durante largo rato. Era consciente de que aquel viaje podía
condicionar su futuro.
Con cierta ansiedad por
dar con la joven desaparecida, después de tanto tiempo, Margot se dirigió a la
rue Lepic, ubicada en el barrio de Montmartre. Su intuición no iba
desencaminada cuando acudió al café Les Deux Magots. Antes de llegar al
número 15, se encontró con una variedad de comercios, alguna panadería de la
que salía un extraordinario olor a pan y a cruasanes recién horneados. En la
misma calle estaba el Moulin de la Galette, un molino de viento que aún
funcionaba. Estaba cerca de la rue Chevalier de la Barre, donde emergía con
majestuosidad la basílica del Sacré-Coeur, uno de los lugares emblemáticos de
París. Un magnífico edificio religioso levantado en homenaje de los ciudadanos
franceses que perdieron la vida durante la guerra franco-prusiana. Su cúpula de
ochenta metros era visible desde todas las calles adyacentes.
El corazón de Margot
latía a más velocidad que nunca. Cinco años buscando a la joven y ahora parecía
que todo podía acabar de golpe. Solo quería saber si se encontraba bien. Nada
más. Si al localizarla decidía seguir en París, alejada de sus padres, no
tendría nada que decir. Pero los videntes coincidían en que estaba en algún
sitio contra su voluntad. Se preguntaba si el pintor Ángel Torres le permitiría
ver a la joven, o todo lo contrario. Sabía que, si oponía resistencia, podría
vivir una situación desagradable. Llevaba encima la pistola. No la solía coger
cuando volaba en avión para evitar situaciones incómodas en la aduana, pero en
aquella ocasión lo consideró apropiado. Se paró en un quiosco de prensa y
compró un periódico. Se acordó de Aline Griffith y su método de defensa. Lo
dobló de tal forma que quedó una parte muy puntiaguda. Lo suficiente para
defenderse con un golpe seco en el cuello si era necesario. Toda precaución
sería poca. Llegó al número 15 y no se lo pensó. Esperó a que saliera alguien
y, antes de que se cerrara la puerta, entró. Miró todos los buzones, pero no
encontró el nombre de Ángel Torres ni de Almudena Pimentel. Tampoco el de
Dubois, como lo llamó el camarero. Fue subiendo pisos y comenzó a llamar a las
puertas preguntando por ellos. Nadie le daba razón alguna de su existencia. En
la segunda planta había una pensión. La dueña la recibió con amabilidad y
Margot no dudó en enseñarle las fotos que tenía de ambos.
—¡Monsieur Dubois!
—afirmó la mujer—. Sí, estuvo aquí con su señora hasta hace seis meses, cuando
llegó su hermana mayor. Decidieron mudarse a un piso los tres. Como es pintor,
necesitaba un estudio.
—Monsieur Dubois y su
hermana —murmuró en voz baja—. ¿Sabe dónde puedo encontrarlos?
—Continúan por este
barrio. Creo que se han ido a la rue Norvins. No sé el número, pero está cerca
del café Le Consulat, un lugar que frecuentan muchos artistas.
—¿Sabe si se
encontraban bien los dos? Bueno, los tres.
—Ella andaba un poco
delicada. Salía poco de la habitación. No debía encontrarse muy bien. Tampoco
es que fuera muy habladora.
—¿Parecía enferma?
—insistió Margot.
—Siempre estaba en la
habitación, resultaba difícil hablar con ella. Parecía muy retraída.
—Muchas gracias. No la
quiero molestar más. Le dejo mi número de teléfono por si recuerda algo más y
me puede decir el número de la rue Norvins.
Anotó en su libreta el
número del hotel, el de su casa y el de la comisaría de Madrid. Arrancó la hoja
y se la entregó a la mujer.
Al salir de allí, se
sentó en el primer banco que vio. Se sentía agotada y completamente frustrada.
Estaba convencida de que daría con ellos. Tenía que localizar al señor Dubois,
que era como se hacía llamar Ángel Torres en París. Sin pensarlo, se dirigió al
barrio que le había indicado la mujer de la pensión. Allí preguntaría en el
entorno bohemio.
No tardó en llegar a la
zona. Todas eran casas bajas de color blanco. La estrecha calle estaba repleta
de pequeños cafés y de diminutos puestos callejeros donde se vendían y se
exponían cuadros de diferentes pintores. En todos ellos preguntó por Ángel
Torres y por el señor Dubois, como si se tratara de dos personas distintas,
pero nadie le supo dar ninguna información.
Regresó al hotel. No
tenía ganas de nada, solo deseaba pensar. No podía seguir posponiendo su
regreso a España. Lo cierto es que nunca se había sentido tan cerca del
paradero de Almudena como en esa ocasión.
Desde la Brigada de
Investigación Criminal, en Madrid, Harry Parker montaba el operativo para la
visita del presidente norteamericano a España. Miró la fase en la que se
encontraría la luna el 21 de diciembre y respiró hondo. No habría luna llena,
sino que estaría en fase menguante. «¡Una luna gibosa menguante!», se dijo a sí
mismo, satisfecho. Un momento extraordinario para que todo saliera bien. Parker
tenía una relación difícil de explicar con la luna y sus distintas fases. Aquel
sería un buen momento para cosechar, en todos los sentidos. Debía cerrar un
ciclo de su vida. Una ocasión perfecta para comenzar a sanar a nivel personal.
Necesitaba saber si todavía estaba a tiempo de retomar su relación con Margot y
comenzar de cero. Parker tenía una cualidad: jamás se daba por vencido.
Por lo pronto, pensaba
acudir al baile organizado por la duquesa de Alba en el palacio de Liria para
festejar la llegada de los estadounidenses que acompañarían al presidente en su
viaje a España. Cayetana Fitz-James lo había organizado para el día 15 de
diciembre. Justo ese día habría luna llena. Sabía que entre las familias
norteamericanas residentes en España se mezclarían personas de la alta sociedad
española. Por su relación con la duquesa, no tenía ninguna duda de que Margot
estaría allí, junto con Aline Griffith y las familias aristocráticas cuyos
miembros hablaran en inglés.
Tenía dos operativos en
marcha. Uno a nivel profesional, para que todo saliera bien en lo relativo a la
seguridad del alto mandatario norteamericano. Y el otro a nivel personal. Tenía
claro que debía acercarse de nuevo a Margot. Pero antes debía dar por terminada
su relación con la joven Jane Bowles, con la que se veía de vez en cuando en
Londres.
No se lo pensó dos
veces e hizo un viaje exprés a la capital británica para decirle en persona que
todo había acabado entre ellos. Harry era un hombre incapaz de comunicar sus
grandes decisiones de otro modo que no fuera cara a cara, y tampoco de
expresarlas sin dejar que sus sentimientos afloraran tal cual los sentía.
Decidió decirle a Jane
que no iba a poder darle la atención que merecía. Harry era un caballero
incluso para terminar una relación. Al escucharlo, ella se quedó sin palabras y
dio por hecho que Parker había vuelto a verse con la mujer de la que todos
hablaban en la embajada.
—Se trata de Peters,
¿verdad? —le preguntó ella—. Nunca te la has quitado de la cabeza. Siempre ha
estado presente entre tú y yo. Las mujeres sabemos esas cosas. Tenemos un sexto
sentido.
—No, te juro que no
estoy con ella, pero no te voy a ocultar que siento algo por Margot. Por eso no
quiero engañarte. Mi pensamiento no está en Londres, sino en Madrid —le confesó
Parker.
La joven se echó a
llorar. Él no sabía qué hacer y le dio su pañuelo para que enjugara sus
lágrimas.
—Siempre ha sido ella.
Yo he sido tu entretenimiento —manifestó la joven, despechada.
—Me has ayudado a
sobrellevar uno de los periodos más difíciles de mi vida, pero aún no está
resuelto ni superado. Ella me rechaza, pero no me la puedo quitar del
pensamiento. Solo quiero ser honesto contigo.
—Está bien. Gracias por
sacar valor y decírmelo cara a cara —agradeció la joven—. Pero no puedo evitar
sentir que has estado jugando conmigo. Siempre he sido la otra. El caso es que
acepté ese rol pensando que me darías mi sitio, pero no ha sido así. Al menos
lo has reconocido.
Se levantó de su
asiento del pub en el que se habían citado y se fue sin mirarle una sola vez.
Harry pensó que ese era su sino: las mujeres se alejaban de su lado sin tan
siquiera despedirse de él. Se tomó la pinta que había pedido casi de un trago.
Sacó dinero de su bolsillo y pagó.
Se fue a la embajada
española en Londres. Todos lo recibieron con afecto. Habló con su sustituto y
le puso al día. Aparentemente todo iba bien. Saludó a Julián Martín-Briz y le
avisó de que no regresaría a su puesto de trabajo hasta finales de enero.
—¿Qué te ha traído por
aquí? —preguntó Julián.
—Quería ver en persona
cómo estaban las cosas por la embajada y también poner punto final a una
historia que estaba comenzando y que he dado por terminada —confesó Harry con
sinceridad.
—¿Una historia de amor?
—se interesó Julián.
Parker afirmó con la
cabeza.
—Estás todavía en la
edad de enamorarte y desenamorarte. ¡Es la vida! Pero tendrás que ir pensando
en sentar la cabeza.
—Yo lo tengo claro
desde hace mucho, Julián, pero no soy correspondido.
—Te refieres a Margot,
¿verdad? —adivinó Martín-Briz.
Parker no necesitó
responder. Su risa forzada lo dijo todo. Después de un silencio, el diplomático
continuó hablando.
—Margot es muy
especial, es cierto, pero hay que dejarla libre —le advirtió Martín-Briz—. No
le gustan las imposiciones. Si alguien se empeña en que haga algo sin
razonamiento alguno, hará lo contrario. Mi consejo es que no la atosigues. Que
sepa que estás cerca, pero dale libertad. Desde ahí, la puedes conquistar.
—Gracias por el
consejo. Lo tendré muy en cuenta.
—Cita a algún filósofo.
Ahora está inmersa en Schopenhauer y Platón… Busca otros referentes filosóficos
y menciónalos en alguna conversación, puede que eso la atraiga. Hay que
conquistarla de forma indirecta, no sé si me entiendes.
—Filósofos. Soltar
citas en mitad de una conversación. Conquistarla indirectamente… —Parker
repitió las palabras del diplomático en voz alta y tomó nota mental.
—Justo eso. ¡Hazlo!
Ahora Margot está en París. Va a entrevistar al modisto Balenciaga.
Parker guardó silencio.
Sabía que detrás de la entrevista a Balenciaga estaba otra razón de peso que su
tío desconocía: encontrar a Almudena Pimentel. No dijo nada. Guardó el secreto.
—Justo hago escala en
París al regresar a España—contestó Parker.
—¿Y por qué no haces
por verla? Se aloja en el hotel Le Meurice.
Charlaron durante un
buen rato y Harry se despidió. Tenía que acudir al aeropuerto para coger su
vuelo con escala en París. No sabía si había hecho bien confesando sus
sentimientos a Martín-Briz. Ya no había vuelta atrás. Una vez en la capital
francesa, podía quedarse allí esperando al primer vuelo hacia Madrid o pasar la
noche en París y alojarse en Le Meurice. Lo decidiría al aterrizar. Harry se despidió
y pidió un taxi para que lo llevase al aeropuerto. Antes, paró en la mejor
librería de Londres y compró un libro de Schopenhauer y otro de Platón.
Comenzaba a trabajar en su objetivo de conquistar a Margot de forma indirecta,
tal y como le había dicho su tío.
10
Harry Parker cambia
de estrategia
Harry Parker decidió
pasar la noche en París y se fue directamente al elegante hotel Le Meurice,
situado en la rue Rivoli. En pleno corazón de la capital y muy cerca de los
Jardines de las Tullerías. El hotel se vanagloriaba de haber alojado allí a
reyes, a pintores de gran renombre y a personalidades de todo el mundo.
El conserje le preguntó
por las noches que iba a pasar allí y le contestó que «solo una». Rápidamente,
al pedirle el pasaporte, supo que trabajaba en la embajada española en el Reino
Unido y se deshizo en amabilidades.
Harry a su vez le
preguntó por Margot.
—¿Sigue la señorita
Sanz Peters aquí alojada?
El conserje, después de
mirar el fichero, le contestó afirmativamente con un: «Aquí continúa». El hotel
tenía ciento sesenta habitaciones y lo alojó en la misma planta que su amiga,
en la primera.
—Mantenga el secreto.
¡Quiero darle una sorpresa! —le dijo Harry.
—¡Descuide!
Parker quedó impactado
al abrir la puerta de su habitación por los revestimientos en madera blanca con
detalles en pan de oro. Las cortinas brocadas en rosa y blanco. La cama y
sillas decoradas al más puro estilo Luis XVI.
No sabía muy bien cómo
acertar al encontrarse con Margot. Podía optar por hacerse el encontradizo o
simplemente decirle la verdad. Esta última era la opción que más le convencía.
Su tío le había dicho dónde se alojaba y seguiría su consejo: no atosigarla,
simplemente la saludaría sin pretender nada más.
Bajó a la entrada del
hotel, se hizo con un periódico y se sentó a esperar en uno de los sillones
tapizados en sedas de color azul. Enseguida se acercó un camarero a preguntarle
si necesitaba algo y le pidió un whisky. Una hora después, se volvió a acercar
a la recepción y preguntó al conserje por un restaurante en el que poder cenar
algo. Le indicó que el suyo se encontraba en la misma manzana izquierda del
hotel.
Llegó un momento en el
que se sintió absurdo esperando la llegada de Margot al Le Meurice y decidió
irse de allí cuanto antes. De pronto, tuvo la certeza de que había sido una
mala idea quedarse una noche en París. Se disponía a salir cuando se dio de
bruces con ella. Era la segunda vez que le ocurría.
—¿Tú aquí? —le preguntó
ella desconcertada.
—Sí. He pasado por
Londres para un asunto personal y de regreso a España tenía que hacer una
escala aquí. Tu tío me dijo que te alojabas en Le Meurice. He venido aquí como
podía haber ido a otro sitio. No temas.
—¿Mi tío te dijo que…?
—Tranquila, me voy
mañana. Un gusto saludarte. Voy a cenar algo aquí cerca. Si quieres venir,
estás invitada. Como dice el filósofo: «La libertad consiste en ser dueños de
nuestra propia vida». Levantó su sombrero y se fue.
Margot se quedó
pensativa, sin poder decir nada. Se había alojado en su mismo hotel y, nada más
encontrarse con ella, se había ido. La intrigó mucho su actitud. Y además había
citado a Platón. Estaba completamente aturdida. Pidió las llaves de su
habitación y, en cuanto entró en ella, se tiró sobre la cama.
Había ido a Londres
«para un asunto personal»… ¿Qué asunto sería?, se preguntaba. Estaba convencida
de que habría ido a ver a la joven con la que se le relacionaba. La enfureció
mucho más. ¿A cuento de qué viene al mismo hotel? Miró el teléfono de su
habitación, lo descolgó y pidió una conferencia con la embajada española en
Londres. Al cabo de diez minutos sonó el teléfono. Solicitó la extensión de sus
tíos e inmediatamente respondió su tía Frances. Después de ponerse al día y
hablar de su estancia en Francia y de su entrevista a Balenciaga, le dijo que
deseaba hablar con su tío. Al cabo del rato, este se puso.
—Tío, te mando un beso
fuerte desde París. ¿Sabes? Me he encontrado con Harry. Dice que le comentaste
que me alojaba aquí.
—Sí, tenía que hacer
escala y le dije que estabas alojada en Le Meurice. ¿He hecho mal? Sois amigos,
¿no?
—Bueno, no estamos en
nuestro mejor momento.
—Te aseguro que lo
desconocía. Como estaba un poco cabizbajo… He pensado que verte lo animaría.
—No le dijo nada de su confesión sobre sus sentimientos—. Ha venido
exclusivamente para romper con la joven con la que se le relacionaba. Ha estado
unas horas nada más, y como regresaba a España haciendo escala en París…
—¿Ha ido exclusivamente
a romper con ella? —preguntó, perpleja.
—Sí, eso me ha dicho.
¿La conocías?
—No…, no la conocía.
Bueno, tengo que dejarte, que quiero cenar algo. Un beso a los dos.
—Pero ¿regresarás
pronto a Madrid?
—Sí, mañana por la
tarde.
Al colgar a su tío, se
quedó pensativa. Se volvió a tirar sobre la cama. Harry había ido a Inglaterra
para romper con la joven. —Le daba vueltas al tema en la cabeza—. ¿Por qué lo
había hecho?, se preguntaba. Y luego se había presentado en el hotel porque su
tío le dijo que ella se alojaba allí, pero tampoco parecía demasiado interesado
al verla. No entendía nada. Margot se encontraba completamente confundida. ¿Y
la cita sobre la libertad? Aquello le había dado en el centro del corazón, la
había dejado indefensa, con Platón de por medio. Eso sí que no lo esperaba. Le
sonaron las tripas y pensó en pedir la cena en la habitación. De hecho, descolgó
el auricular. Sin embargo, se levantó precipitadamente de la cama. Se arregló
un poco y salió de allí con mucha prisa. Estando en la planta baja, se acercó
al conserje para preguntarle por el restaurante que le había recomendado a
Harry Parker.
—Señora, siempre
recomiendo el mismo. Es el nuestro. Se encuentra en la esquina, a la izquierda
según se sale de la puerta principal. Verá que parece que entra en Versalles.
Margot se dirigió al
restaurante con paso firme. Fue un impulso nada meditado. Evidentemente, le
gustó que hubiera dejado a la joven con la que salía. Todavía le tenía rencor
por el beso robado, pero creía que a nivel profesional estaban condenados a
entenderse.
Entró en el restaurante
y enseguida vio a Parker. Estaba bebiendo una copa de vino y se atragantó al
verla. Se puso en pie, sin dejar de toser, y la invitó con un gesto a sentarse
a su mesa.
—Te has decidido a
venir. Muchas gracias, Margot.
—¿Desde cuándo lees a
Platón? —le preguntó, intrigada.
—Me gusta la filosofía.
—Carraspeó—. No sabría decirte desde cuándo exactamente.
—Lo desconocía por
completo. Pues te diré que en estos años yo también me he hecho fiel seguidora
de varios filósofos. Al final, es lo que más me ayuda a desconectarme de la
frustración y a conocerme mejor a mí misma.
Margot parecía otra
persona. Mantenía una actitud diferente en París que en Madrid —pensó Harry.
Esto lo confundía por completo. Decidió seguir el consejo de Julián Martín-Briz
y hablarle sin ansiedad y sin pretender nada. Una actitud de amistad exclusivamente.
—Me iré mañana por la
mañana. ¿Has averiguado algo de la joven Pimentel?
—He estado muy cerca.
He llegado a la pension de famille en que se alojaban hasta hace poco
tiempo. Parece ser que continúa en el barrio, en un piso alquilado. Él se hace llamar
monsieur Dubois y ha aparecido una tercera persona en discordia, su hermana
mayor. Cuando Almudena fue a Balenciaga, no la dejó ni a sol ni a sombra. Justo
cuando ella le pidió en la prueba al modisto que le quitara el corsé, porque
necesitaba sentirse más libre, irrumpió en el probador la hermana de Torres.
—Que necesitaba
sentirse más libre…
—Sí. ¿Crees que podría
ser una llamada de auxilio de la joven? Le estaba pidiendo que le quitara el
corsé, sabiendo que Balenciaga es un arquitecto de la costura. Sin embargo, a
él no le ha extrañado. Parece ser que sus medidas han cambiado. Ha perdido
cintura y ha ganado pecho.
—¿Qué le estará pasando
a la joven? Tiene más o menos tu edad, por cierto.
—A las mujeres nos
cambia el cuerpo cuando nos quedamos embarazadas… ¿Podría ser eso?
—No he conocido a nadie
que tenga tu capacidad de deducción. Sí, podría ser eso.
—Se fueron hace seis
meses de la pensión. Ha venido la hermana del pintor, que parece la guardiana
de la cárcel en la que está. Y hace una salida en cinco años al modisto que
conoce a su madre. Le dice que le quite el corsé y que necesita libertad. Le
cambia la talla… No sé. Para ella la aventura de París ha terminado. Ahora
mismo parece una pesadilla.
—¿Has ido por el barrio
para ver si te los encontrabas?
—Sí, pero quería volver
mañana con más calma. Hoy nadie parecía saber nada de ellos.
—¿Te quedarás algunos
días más? —preguntó Harry, moviendo la rodilla derecha sin parar. Estaba
nervioso.
—Pensaba irme mañana
por la tarde. ¿Por qué no me ayudas? Podrías cambiar el billete y vamos a
peinar la zona juntos. Sería retrasar tu vuelta unas horas nada más, pero para
mí supondría una gran ayuda.
Después de cinco años
sin saber de ella, volvía Margot a pedirle ayuda. No entendía el cambio en su
forma de comportarse, pero le dijo que haría todo lo posible para cambiarlo.
—Lo más que puede pasar
es que pierda el billete, pero, ya que me pides ayuda, me quedo. Yo también he
pedido tu colaboración con la vigilancia en el recorrido que hará Eisenhower
por las calles de Madrid. Es lo mínimo que puedo hacer, corresponder. Por
cierto, acudiré a la cena y al baile organizado por la duquesa de Alba como
bienvenida a los americanos que vienen a hacer negocios. ¿Irás tú también?
—Sí, me ha invitado
Cayetana. No hay tantas personas en España que hablen inglés. Estaré por allí.
Parker no le dijo nada
de ir juntos. Seguía sin mostrar sus verdaderos sentimientos hacia ella.
Regresó a la conversación.
—Ese día habrá luna
llena, pero no será roja, lo cual es muy de agradecer.
—¿Sigues con tu
obsesión?
—Cuando algo me atrae,
es para siempre. Otra cosa es que no te hable de ello.
No pudo evitar mirarla
a los ojos cuando pronunció esa frase. Dio otro sorbo al vino e inmediatamente
cambió de tema. En cualquier momento, podía meter la pata. Debía disimular.
—¿Qué te parece el
boeuf bourguignon servido con pasta?
Había pedido Margot lo
mismo que él. El plato le pareció atractivo y le gustó mucho.
—Me ha encantado. Está
muy tierna la carne, se ve que este estofado lo han hecho a fuego lento.
—Las grandes cosas se
hacen siempre lentamente.
Esta vez no quiso mirar
a Margot. Se riñó a sí mismo por dentro. Demasiadas frases en las que era
evidente que estaba hablando de cómo debían ser las relaciones amorosas. Margot
fue en esta ocasión la que cambió de tema.
—Gracias por las rosas
que me enviaste a casa. Me lo dijo Camila. No tenías por qué hacerlo.
—Quería pedirte
disculpas por mi comportamiento. Hay cosas de mi forma de ser que no entiendo
ni yo. Lo siento muchísimo. Te aseguro que no volverá a ocurrir. Te pido que
estés tranquila a mi lado.
—Está bien, Harry. No
volvamos a hablar del… incidente. Vayamos a lo importante. ¿Crees que puede
haber gente dispuesta a atentar contra el coche en el que viajarán Franco y
Eisenhower?
—Sí. Estoy convencido
de ello. Debemos controlar a todos los anarquistas dispuestos a hacerlo. Nada
tendría más repercusión mundial que un atentado. Me estoy jugando mucho con
esta responsabilidad.
—Entiendo. Estaré
contigo en todo lo que necesites…
El viernes a primera hora
de la mañana, Fabiola de Mora y Aragón acudió al aeropuerto de Barajas junto
con su hermano Gonzalo. El nuncio y la monja irlandesa la esperaban con la
tarjeta de embarque en la mano. La operación secreta, con el rey Balduino de
por medio, se acababa de poner en marcha. Antes de que su hermana cogiera el
vuelo de Aviaco rumbo a Barcelona y desde allí embarcara en otro avión con
destino a Bruselas, el marqués de Casa Riera le dio varios consejos.
—Guarda este papel con
las señas de mi amigo, el embajador de España en Bélgica, por si te pasara
cualquier contratiempo. En cuanto llegues esta noche, ponme una conferencia
para decirme que todo está bien. ¿Tengo tu palabra?
—Por Dios, Gonzalo, que
no soy una niña —se quejó Fabiola—. Agradezco tu preocupación, pero ya ves que
voy muy bien acompañada. Pero te prometo que te llamaré.
Su hermano le dio dos
besos y, en ese gesto, le dijo al oído que seguía viendo muy raro este viaje:
«No te fíes, aunque sean religiosos». Fabiola sonrió, pero no hizo ningún
comentario. Era evidente que a Gonzalo no le cuadraba la rapidez con la que se
había organizado todo. Tampoco entendía que él no pudiera acompañarla.
—Antes de que te des
cuenta estaré de vuelta —le dijo Fabiola.
Finalmente se despidió
y se fue con sus dos nuevos acompañantes. El arzobispo iba ataviado con su
sotana negra y el color purpurado de su solideo. Una gran cadena pendía de su
cuello con un crucifijo que se sujetaba a mitad del pecho en uno de los botones
de la pechera. Era el responsable de rebajar las muchas tensiones que había
entre el Vaticano y el gobierno de Franco. Y O’Brien era una mujer muy conocida
en Irlanda, que deseaba expandir por Europa el mensaje de los Legionarios de
Cristo. Su aspecto exterior revelaba una enorme espiritualidad. Tenía fama de
ser muy combativa por las causas de los más desfavorecidos. En su juventud
había sido muy rebelde contra todo lo establecido, incluida la orden a la que
se entregó durante catorce años. El cardenal Suenens enseguida pensó en ella
cuando el rey Balduino le pidió ayuda externa para encontrar a la futura reina
de Bélgica. Precisamente, lo que más le había gustado a Veronica O’Brien de
Fabiola fue su negativa a casarse sin amor. Cada día estaba más convencida de
que era la persona que estaban buscando.
El viaje se les hizo
largo. Sobre todo a la hora de embarcar en el segundo avión, el que los
llevaría hasta Bruselas. Fabiola se alojaría en la casa de Veronica. El nuncio
lo haría en el convento que le aconsejó Suenens. Recién aterrizado el avión y
nada más desembarcar, Fabiola y el nuncio se despidieron. Se quedaría con
O’Brien hasta el final del viaje.
—Nosotros hemos puesto
todo de nuestra parte. Ahora, solo Dios sabe si las cosas saldrán como creemos
o todo lo contrario —confesó el nuncio.
—Vengo a hablar a fondo
con una persona que ya conozco. A partir de ahora, no existen para nosotros los
títulos ni las presiones.
—Lo entiendo —dijo
Antoniutti.
Fabiola fue en silencio
durante todo el trayecto en coche hasta la rue Suisse, mirando la vida a través
de los cristales. La gente, los comercios e incluso el olor la sedujeron.
Cuando el auto se detuvo en la pequeña calle, dejó de pensar y elucubrar. El
corazón le latía a gran velocidad, pero aparentemente parecía tranquila. Cogió
su maleta y las dos mujeres subieron las escaleras hasta el primer piso de
aquella sencilla casa. Ese hogar contaba con lo imprescindible: un sofá y dos
butacones, dos habitaciones con camas dobles y, en el frontal, sendos
crucifijos. Un calendario de la Virgen María presidía la cocina, que tenía una
mesita y dos sillitas.
—Perdone que no sea el
lugar adecuado para una persona de su categoría —se disculpó la hermana
Veronica.
—Nunca hay que pedir
perdón por la austeridad. La renuncia al lujo y los excesos es una cualidad
admirable. Me sentiré muy cómoda aquí —afirmó.
La monja sonrió.
Admiraba a esta joven de carácter con vocación religiosa. Margot preguntó por
su cuarto y deshizo su maleta. Cuando tuvo su ropa colocada, se acercó al
salón, donde la hermana Veronica había preparado una frugal comida que sobró
casi entera. Ninguna de las dos tenía hambre.
—¿A qué hora está
previsto que venga el rey Balduino mañana? —preguntó Fabiola.
—Será por la tarde.
Después de sus quehaceres diarios se escapará del palacio Real. Este encuentro
solo lo conocemos tres personas. Bueno, cinco, si contamos a Suenens y a la
directora de la Escuela de Enfermería donde usted estudió. Si quiere, podemos
ir a misa por la mañana y le enseño algo de Bruselas.
—Muchas gracias. Estoy
deseándolo —asintió entusiasmada.
Fabiola intentó
combatir el lento paso del tiempo con la oración. A veces se recriminaba por el
hecho de estar allí. Otras, sentía curiosidad por la conversación que
mantendría a solas con Balduino. Todo parecía una locura o algo irreal que no
estaba sucediendo.
A las siete de la
mañana, se levantó y se preparó para conocer la ciudad, ubicada en el corazón
de Europa. Primero fueron caminando por las calles adoquinadas del casco
antiguo hasta la catedral de San Miguel y Santa Gúdula, una joya del arte
gótico que dejó impactada a Fabiola.
—Esta catedral fue
construida entre los siglos XIII y XV sobre los restos de una antigua iglesia
románica —le explicó Veronica—. Está dedicada a los santos patronos de la
ciudad.
A Fabiola le llamaron
la atención las vidrieras, los confesionarios y el magnífico órgano. Se
conmovió especialmente ante los restos de la piadosa santa Gúdula. Tras la
misa, subieron al mirador y Fabiola se enamoró de la ciudad.
Después se acercaron
caminando hasta la Grand Place. Le sorprendieron el ayuntamiento de estilo
gótico y los edificios del siglo XVII. Desayunaron en uno de los muchos cafés
de la ciudad, parada obligada cuando uno visita Bruselas. Desde allí observaron
cómo la ciudad se despertaba.
La hermana Veronica
quiso que Fabiola viera uno de los símbolos de la ciudad, el pequeño Manneken
Pis. Era una estatua de bronce que representaba a un niño orinando. Su
constante chorrito de agua hizo sonreír a Fabiola.
—Son cincuenta y cinco
centímetros de estatua, pero aquí todos quieren fotografiarse con el niño.
Existe la tradición de vestirlo durante algunas festividades.
—¡Me parecer
encantador! —exclamó Fabiola.
—Representa el carácter
rebelde de esta ciudad. Es una figura algo irreverente que habla del buen humor
de sus habitantes.
Siguieron paseando y,
entre la Grand Place y el barrio de Sainte-Catherine, apareció el edificio de
la Bolsa, inaugurado a finales del XIX. También en pleno centro vieron la
Monnaie, el gran teatro de la ópera construido sobre la antigua Casa de la
Moneda.
Después de tanto
caminar, la monja sugirió comer algo antes de dirigirse a esperar la visita del
rey. Fabiola estuvo de acuerdo, pero prefirió hacerlo en casa. Comió un poco de
queso, descansó media hora y se preparó para la real visita. Se puso el traje
de chaqueta verde que le regaló Esperanza Sainz de Estremera y se sentó junto a
Veronica.
11
El primer encuentro
Sobre las cuatro y
media de la tarde, unos suaves golpes en la puerta las advirtieron de que
Balduino ya estaba allí. Fabiola se puso de pie y recompuso su traje mientras
la hermana Veronica O’Brien se dirigía a abrir. Instantes después se oyó la voz
del rey. Este no tardó en aparecer en el pequeño y austero salón, que se
convirtió en un lugar único y especial para ambos. Ninguno de los dos percibió
la ausencia de adornos en las paredes, la falta de figuritas en las mesas o de
alfombras cubriendo la madera del piso. Tan solo un reloj en el pequeño
vestíbulo marcaba las horas en punto con un sonido que a cualquiera lo
despertaba del letargo que pudiera tener. Lo de menos era el marco en el que
estaban, lo de verdad importante tenía que ver con lo que los dos se iban a
decir.
—¡Gracias por venir a
mi país! —le dijo Balduino a Fabiola a la vez que le cogía la mano y se la
besaba.
En ese instante, el
tiempo se detuvo. Hicieron lo posible para causar buena impresión el uno al
otro. Probablemente estaban viviendo el momento que marcaría sus vidas para
siempre, y eran conscientes de ello.
—Muchas gracias
—contestó Fabiola mientras sentía como la sangre se le concentraba en la cara—.
Me ha encantado todo lo que he visto del centro de Bruselas. Una ciudad
preciosa. Me ha gustado más recorrerla de la mano de la hermana Veronica que
cuando vine a la Exposición Universal.
La religiosa les pidió
que se sentaran. Balduino lo hizo después de Fabiola en uno de los dos
butacones que acompañaban al austero sofá. Allí estaban, frente a frente,
esforzándose por mantener una conversación totalmente protocolaria. Veronica
les sirvió un té caliente y los dejó solos. Fabiola, a pesar de su timidez,
rompió la tensión del momento.
—¿Recuerda que nos
presentó mi madrina, la reina Victoria Eugenia? —le dijo—. Primero en un centro
médico y después en un baile organizado por ella.
—¡Claro! La del
hospital, mejor olvidarla, yo estaba convaleciente. El baile lo organizó la
reina para que conociera a su nieta Pilar. No lo he olvidado, aunque en ambas
ocasiones hablamos muy poco.
—Pues aquí estamos de
nuevo, aunque me parece conocerle de siempre. Tal y como le he dicho a la
hermana Veronica, vengo sin ninguna pretensión y sin presión alguna. El peso de
la palabra debe marcar este momento para ambos —advirtió.
—¡Estoy de acuerdo!
—afirmó el rey.
Mientras Fabiola bebía
el té a pequeños sorbos, Balduino no dejaba de mirarla. Ella se había propuesto
no hablarle de su trabajo, pero no pudo evitar decirle lo mucho que le había
gustado su discurso a principios de año sobre la independencia para el Congo.
—Lo que más me llamó la
atención fueron sus palabras sobre la necesidad de construir un futuro basado
en valores como la libertad, el orden y la prosperidad.
—Muchas gracias, fue un
discurso difícil —confesó—. En una monarquía no hay un solo día de tregua.
Bueno, miento; hoy me he escapado para venir a charlar contigo. Te aseguro que
será el mejor momento del día.
Fabiola volvió a sentir
el calor en su cara y se moría de la vergüenza por si se notaba. Poco a poco,
ambos se fueron relajando y hablaron de asuntos menores que para ellos tenían
enorme trascendencia.
—Señor, no quiero
decepcionarle, pero no va a escuchar de mí lo que quiere oír —dijo a modo de
advertencia—. Me voy a mostrar simplemente como soy.
—Por favor, empieza por
tutearme —pidió el monarca—. Agradezco que alguien a mi alrededor no finja,
sino que se exprese tal y como piensa.
—¿Por qué estás buscando
a alguien en quién «confiar» —se expresó así— entre españolas católicas?
Podrías conocer a princesas o personas de más alto nivel que yo.
—Nunca me he guiado por
protocolos. Para mí es esencial la religión. Así fui educado y así me gustaría
que se educaran mis hijos. La fe me ha ayudado mucho. Sobre todo en el momento
en el que me quedé sin madre, hace veinticuatro años. Yo era tan solo un niño
de cinco años. Es terrible perder a tu madre de golpe a esa edad.
Fabiola se había
informado. Su madre murió siete meses después de que Leopoldo III, su marido y
padre de Balduino, subiera al trono. Vivían las primeras vacaciones como reyes
en su residencia del lago Lucerna, en Suiza. Era un 29 de agosto y habían
decidido desplazarse a la cercana estación estival de Küsnacht. Conducía el
rey, la reina iba de copiloto y el mecánico estaba en la parte trasera del
coche. El rey desvió la mirada unos segundos para consultar el mapa que llevaba
Astrid entre las manos. Regresó la vista a la carretera y, al observar que
estaba a punto de salirse de ella, dio un volantazo. A partir de ese momento
perdió el control del coche. Dio varias vueltas de campana y la reina salió
despedida. Murió poco después en los brazos del rey.
—Puedo imaginarme el
dolor —dijo Fabiola—. Yo perdí a mi padre hace un año y todavía no lo he
asimilado. Siendo un niño, como era tu caso, todavía peor. ¡Con el apego que
tenemos a nuestra madre! No quiero imaginar el terrible impacto que debiste
sentir con la noticia.
—Mi madre era
maravillosa. Tenía mi edad cuando murió —continuó Balduino—. Me contaron que
durante el crac del 29 impulsó muchas políticas sociales y luchó a favor de
organizaciones médicas de prevención de enfermedades, como la tuberculosis o el
cáncer. Al poco tiempo de subir al trono, lanzó una campaña que se hizo muy
conocida, L’appel de la reine, «la llamada de la reina», en la que pedía
la colaboración de todos los ciudadanos para recolectar fondos para los más
necesitados. Fue todo un éxito. Dicen que los recuerdos comienzan a partir de
los cinco años; pues tengo sus ojos transparentes clavados en mi memoria, así
como los paseos cogido de su mano por la calle. A mis hermanos y a mí nos
gustaba acompañarla a comprar en los mercados de Bruselas. A nadie le extrañaba
encontrarse con la reina. Eso la hizo muy cercana al pueblo, que la lloró mucho
tras el accidente y no la pudo olvidar jamás.
Después de respetar en
silencio unos segundos, intentó romper la melancolía.
—Después de escucharle,
ya sé de dónde viene su búsqueda incesante por saltarse el protocolo y perderse
entre la gente, señor —afirmó Fabiola.
—Te pido que abandones
el protocolo —insistió él—. Hoy somos Balduino y Fabiola, sin ningún título o
rango que nos diferencie. Tengo que decir que mis hermanos y yo hemos recibido
mucho afecto gracias a que apareció en nuestras vidas Lilian, la princesa de
Réthy. Fue una bendición, a pesar de que el pueblo no perdonó a mi padre que se
volviera a casar. —Balduino hablaba con mucho cariño de su madrastra—. Cuando
nos deportaron a la Alemania nazi y luego a Austria, con catorce años, pensamos
que nos iban a asesinar en cualquier momento. Lilian y mi padre se ocuparon
personalmente de nuestra educación hasta que fuimos liberados por el ejército
norteamericano. Tras la guerra, no pudimos volver de inmediato a Bélgica y
tuvimos que vivir en Suiza. A nuestro regreso, mi padre se vio obligado a
abdicar en mí para salvar la monarquía. No es fácil vivir dentro de una familia
real. La persona que decida unirse a mí debe ser consciente de que la vida le
cambia para siempre —dijo sin apartar su mirada de la de ella.
El rey la estaba
advirtiendo de que, en ningún caso, su vida sería fácil. Se debía a su pueblo.
Le contaba todo esto para que supiera dónde se iba a meter, en caso de dar un
paso hacia adelante. Fabiola quería conocerlo más a él y no tanto a la
monarquía. Demasiado peso para unos hombros que lo que buscaban no era tanto
sostener una corona como casarse por amor.
—¿Qué tal si hablamos
de nosotros mismos y no tanto del peso de nuestras responsabilidades? Creo que
debe ser un paso previo —comentó Fabiola.
—Tienes toda la razón.
¿Por dónde empezamos? —preguntó entusiasmado.
Fabiola se puso de pie
y le invitó a que él hiciera lo mismo. Entonces le tendió la mano.
—Me llamo Fabiola de
Mora y Aragón y nací el 11 de junio de 1928, por lo que tengo treinta y un
años. Siempre busco algo que todavía no sé qué es. Me gusta mirar a la gente a
los ojos. En ellos se esconden muchas verdades. He estudiado enfermería y me
encuentro feliz ayudando a la gente. Suelo visitar a las personas con menos
recursos en los barrios más marginales. Me gusta rezar el rosario, voy a misa
todas las mañanas y, literalmente, me he abandonado en manos de Dios. Sé que
tiene preparado algo especial para mí. No vivo con mi madre, aunque la veo casi
todos los días. Comparto piso con una buena amiga, la hermana de uno de mis
cuñados. Me gusta conducir y ser autosuficiente. Tengo siete hermanos, somos
tres chicos y cuatro chicas. No soporto las mentiras, huyo de los mentirosos.
Me encanta el arte, lo disfruto mucho en todas sus expresiones. Escribo cuentos
a mis sobrinos y me encanta verlos sonreír. Cada día, antes de acostarme, me
pregunto si podía haber hecho algo más por las personas que me rodean. No sé
qué más puedo decirte… A lo mejor, al conocerme, te desilusionas.
—Lo dudo mucho. ¡Ahora
me toca a mí! Me presento. —Tendió la mano—. Me llamo Balduino Alberto Carlos
Leopoldo Axel María Gustavo de Sajonia-Coburgo y Gotha. Vine al mundo el 7 de
septiembre de 1930, luego tengo veintinueve años. —Fabiola se rio y aplaudió
que se presentara con todos sus nombres—. Creo que la vida me ha puesto en el
disparadero de asumir muchas responsabilidades que, por edad, no me
correspondían. Soy muy tímido, quizá en exceso, y no he tenido tiempo de relacionarme
con personas de mi edad. Me siento muy orgulloso de cómo salió la Exposición
Universal, en la que presentamos el Atomium, la estructura de ciento
cuarenta metros de altura que representa un total de nueve átomos de un cristal
de hierro aumentado ciento sesenta y cinco millones de veces, que seguramente
te impresionó. ¿Fue así? —Fabiola afirmó con la cabeza.
Había ido a Bruselas el
año anterior con un grupo de Acción Católica a visitar exclusivamente la
Exposición Universal.
—Me gustan los avances
científicos y asumir nuevos retos para trabajar con un único fin: mejorar la
vida de los ciudadanos. —Parecía que le habían dado cuerda. Deseaba mostrarse
tal y como era—. Por cierto, muchos de esos ciudadanos piensan que me voy a
meter a monje. Sobre todo después del baile que organizaron en palacio para que
conociera a dieciséis princesas. Al parecer, me vieron con cara de melancolía
durante toda la noche. Siempre hay alguien que analiza mis gestos.
Fabiola recordaba que
las revistas lo habían relacionado con alguna princesa, pero el paso del tiempo
acabó desmintiéndolo. Fabiola le hizo un gesto para que siguiera desnudando su
interior.
—Me conmueve la pintura
de Bruegel y de Jan van Eyck, e incluso la de Henry van de Velde. Ahora bien,
nada comparado con la lectura de los escritos de santa Teresa. De ahí que tenga
la vista puesta siempre en España. Su Camino de perfección y su Las
moradas del castillo interior me hacen meditar sobre la importancia de la
oración, la humildad y el amor al prójimo.
—A mí también me gusta
acercarme a los escritos de la santa —añadió Fabiola—. Por lo que veo,
coincidimos en cosas importantes.
La hermana Veronica
apareció con algo de comida. Los dos se lo agradecieron. La monja irlandesa
volvió a dejarlos solos. Renunciaron a seguir con las presentaciones que tanto
los habían acercado y se sentaron juntos en el pequeño sofá en torno a unos
sándwiches. Siguieron hablando e intentando desvelar su alma el uno al otro.
Era evidente que habían conectado porque se les echó la noche encima mientras
seguían deseando abrir el corazón. Fabiola fue directa al tema que la había
llevado hasta Bruselas.
—Imagino que estarás de
acuerdo en que las cosas importantes deben fraguarse poco a poco. Para mí el
matrimonio es de vital importancia. Por eso no concibo unirme a nadie sin que
previamente sienta amor hacia esa persona. Espero que me entiendas.
—¡Por supuesto! —afirmó
el rey—. Si quieres, podemos vernos de nuevo dentro de poco tiempo. Mi problema
es que no puedo escaparme de palacio sin que todo el mundo lo sepa. Esto de hoy
para mí es algo excepcional que no desearía perder. Yo sé esperar el tiempo que
haga falta. ¿Me podrás dar tu dirección para escribirte?
—¡Por supuesto! ¿Y la
tuya para contestarte?
Ambos escribieron su
dirección y se la intercambiaron.
—Este encuentro ha sido
para mí muy importante —le repitió Balduino.
—Y para mí también
—respondió ella.
Balduino le fue a dar
la mano para despedirse, pero Fabiola, de forma espontánea, le dio dos besos.
—Sin formalismos y con
sinceridad. Hemos hecho un pacto.
—¡Eso es! Me voy a
despedir de Veronica…
Se acercó hasta la
cocina y se despidió de la hermana, que también tenía un nombre falso dentro de
aquella operación secreta: Gracia.
—¡Adiós, Luigi!
—contestó la monja—. He rezado por vuestras dos almas durante toda la tarde.
—Creo que tienes hilo
directo con el que está ahí arriba. ¡Gracias! —le dijo Balduino.
Fabiola le despidió de
nuevo con un gesto desde el pequeño salón. Cuando oyó que la puerta de la calle
se cerraba, se dejó caer en el sofá. Habían sido las cuatro horas más intensas
de toda su vida. Veronica empezó a rezar el rosario y Fabiola la acompañó.
En París, Margot apenas
pudo conciliar el sueño después de la cena con Parker. Se levantó de la cama
muy temprano y pidió el desayuno al servicio de habitaciones. Se puso unos
pantalones tan anchos que casi parecían una falda. Y mientras se arreglaba el
pelo y se pintaba los labios, pensaba y repensaba las palabras de Balenciaga.
Almudena le había encargado un vestido con los mismos colores que el cuadro de
Picasso, La caída de Ícaro. Después del vuelo, Ícaro cayó tras desafiar
al sol… «¿Sentirá ella que está a punto de caer?», se preguntaba a sí misma.
Era evidente que Almudena pensaba que con su huida a París se había equivocado.
—¡Pondría la mano en el
fuego! Ella se siente como Ícaro, a punto de matarse en la caída…
Lo dijo en voz alta,
sin otro interlocutor que ella misma, y según se escuchó comprendió que podía
ser una hipótesis con bastante base real. Después de cinco años, estaba arrepentida,
pero no sabía o no podía pedir ayuda. Mientras hacía esta reflexión, le vino a
la memoria otra frase que había pronunciado Balenciaga. Tenía que ver con el
corsé que iba por dentro en casi todas las prendas del modisto para realzar la
figura de la mujer. Ahora ella le pedía que no se lo pusiera. «Deseaba más
libertad», le dijo.
—¿Por qué, Almudena, le
dices al modisto que quieres más libertad? ¿Qué te está pasando? ¿Por qué no
has recogido el traje? Intuías que, si no lo hacías, Balenciaga llamaría a tu
madre, como finalmente hizo. ¿Estás de forma indirecta diciéndonos un «aquí
estoy y venid a por mí»?
Se hacía todas estas
preguntas en voz alta mientras se daba un poco de colorete en las mejillas. De
pronto, llamaron a la puerta. Se trataba del camarero que le traía el desayuno:
té y varias tostadas de pan para untar con mantequilla. Seguía su cabeza sin
parar de pensar.
—Tu salida al atelier
es una llamada de auxilio encubierta. Estoy segura.
Se acordó de que
Balenciaga le había contado que iba una persona con ella que no la dejó ni
cuando hablaba en el probador con el modisto. Estaba claro que tenía la
necesidad de comunicar algo, pero no pudo. La hermana del pintor… Así la
presentó Almudena. Sintió la urgencia de dejar de hablar sola y compartir todas
estas deducciones con Parker. Se tomó el té de un sorbo y se fue con una
tostada untada de mantequilla en la mano para coger el ascensor. La chaqueta,
el abrigo y el bolso, los llevaba en la otra que le quedaba libre.
Parker la estaba
esperando en la recepción desde hacía rato. Su puntualidad era extrema. Por la
noche, a lo que él siguió dando vueltas en su cabeza no fue el caso de
Almudena, sino su tema personal. Se daba por satisfecho con no meter la pata
con la única mujer que verdaderamente le había robado el corazón. La vio salir
del ascensor comiéndose una tostada y fue a su encuentro.
—¿Sin tiempo para
desayunar?
—No, la verdad. He
estado pensando en las palabras de Balenciaga y creo que Almudena acudió a él
como una forma de pedir ayuda. El hecho de no acudir a recoger el vestido fue
algo intencionado para que el modisto activara su localización, primero
llamando a su madre y después para que la buscáramos nosotros en París. Cada
vez que lo pienso, me convence más esa hipótesis.
—Puede ser. No tiene
mucho sentido que vaya a Balenciaga para después no recoger el traje. Ella
debía saber que apareciendo iba a activar su búsqueda. Al enterarse su
guardián, es posible que se haya enfadado con ella, porque tonto no debe ser y
habrá deducido lo mismo que nosotros. Ahora sabe que la estamos buscando.
Parker y Margot
salieron del hotel y tuvieron que abrigarse. Esa mañana habían bajado las
temperaturas de tal forma que parecía que podría nevar de un momento a otro.
Fueron moviéndose por París en autobús, aunque el final del trayecto lo
hicieron andando. Recalaron en Les Deux Magots, donde a alguien le pareció
haberla visto al comienzo de su desaparición. Cinco años después, era como si
se la hubiera tragado la tierra. Allí estaban, en el margen izquierdo del Sena,
maquinando una estrategia.
—Iremos siempre juntos,
Margot. El tal Ángel Torres me parece peligroso.
—Ahora lo conocen como
monsieur Dubois.
—Él seguirá siendo
pintor y tendrá que exponer en alguna galería o en alguno de los puestos de las
calles de París. No tenemos mucho tiempo.
Se encaminaron hasta la
Place Blanche y comenzaron a andar por uno de los distritos con más historia,
Montmartre. Fueron por la pequeña y bonita rue Lepic, donde buscó Margot a
Torres en un primer momento. Llegaron hasta el Bateau Lavoir, el primer taller
de Picasso en París. Subieron a varios talleres y preguntaron por Torres y
Dubois como si fueran personas distintas. De momento, nadie conocía ninguna de
las dos identidades del pintor. Pasaron por la Place Dalida y se detuvieron en
la Maison Rose. Al parecer, Picasso la frecuentaba por ser el restaurante
montado por la mujer de su amigo, Ramón Pichot, y por ser un lugar de encuentro
de los pintores. Llamaron a la bonita casa rosa con ventanas verdes y los
atendieron. Al preguntar, les dijeron que sí conocían a Dubois.
—Esta casa la compramos
al final de los cuarenta y ha seguido siendo un lugar de encuentro de los
pintores. Ahora pertenece a la familia Miolano. Se hicieron cargo de la casa y
continúa como restaurante.
—¿Qué nos puede decir
de Dubois?
—Viene por aquí con
frecuencia. Ahora sé que está volcado en la exposición que hará para la
primavera del año que viene.
—¿Nos puede decir dónde
va a exponer?
—Imagino que en una de
las galerías que hay por aquí.
—¿No podría decirnos el
nombre?
—No. No lo recuerdo.
—De cualquier forma,
tome nuestro teléfono de contacto. Si le ve de nuevo, ¿le puede pedir el suyo y
su dirección para presentarnos y darle la sorpresa? No le diga nada, porque
dejaría de ser sorpresa —le indicó Margot.
De ahí se fueron a la
rue Norvins, donde vivía ahora Torres. Fueron directamente a los puestos donde
exponían los artistas. En todos decían conocerlo, pero ignoraban el número
donde vivía.
—Margot, esto es
cuestión de tiempo.
Preguntaron en dos
puestos más, y en uno les dijeron que sí y les dieron a entender, por un gesto,
que Dubois iba a ser papá.
—¿Va a ser padre? —dijo
Margot, todavía impactada con la noticia.
—Sí, para finales de
mayo.
Parker y Margot se
miraron… Estaba claro que ella quería que la descubrieran para que su hijo
tuviera más libertad que ella. Todo cuadraba con las palabras de Balenciaga
sobre el cambio de talla.
—No lo creerás, pero ya
lo había intuido. Se está comportando como una mujer embarazada que quiere que
la cuiden y que su hijo nazca en libertad.
—La luna de miel ya ha
terminado. Torres se enfrenta a la nueva responsabilidad de un hijo. Tarde o
temprano, si no quiere que la joven corra peligro, tendrá que ir al médico.
—Si estuviera en sus
cabales…, pero lo dudo.
Parker le propuso parar
y tomar algo en uno de los múltiples cafés de París. Había que ir pensando en
recoger el equipaje para regresar a España. Margot, desde que supo que Almudena
podría estar embarazada, se quedó como ausente. Parker solo disponía de una
oportunidad para atraer su atención y le mencionó a Pitágoras. Margot parpadeó
y regresó de sus pensamientos.
—¿Sabes que fue
Pitágoras quién ejerció la influencia más profunda en Platón?
Se quedó unos momentos
pensativa y le contestó.
—Fue Sócrates quién más
influyó en él.
—El famoso dicho de
Pitágoras «Todo es número» es lo que verdaderamente influyó en Platón. Para él,
el mundo ideal de los números o las formas era más armonioso que el llamado
mundo real. Comamos, Margot, y regresemos a España. Estamos cerca. Muy cerca.
Comprendió Parker la
enorme frustración que arrastraba Margot después de tantos años de búsqueda de
la joven Pimentel. Llegó a entender que hasta su propia vida fuera secundaria.
Encontrarla era para ella prioritario.
La plaza, en el corazón
de Montmartre, era conocida por los pintores que exponían y creaban obras al
aire libre. Lo bueno era que se encontraban en un lugar muy concurrido y ellos
dos podían hacerse pasar por turistas que buscaban a ese pintor que tanto les
había gustado.
Después de pasear por
calles empedradas, subieron 197 escalones para acceder a la Place du Tertre.
12
El cansancio de
Fabiola
Gonzalo de Mora
esperaba la llegada de su hermana en el aeropuerto de Barajas. Hasta que no
escuchó que el vuelo de Aviaco había aterrizado sin novedad, no respiró
tranquilo. Deseaba ver la cara de Fabiola. A fin de cuentas, era el responsable
de la casa, el heredero del título del marquesado de Casa Riera. Cuando vio que
salía sin novedad entre la gente por la zona de llegadas, junto a la monja
Veronica O’Brien y el nuncio de Su Santidad, volvió a sonreír. Seguía sin
comprender por qué había tenido que viajar sola.
—¿Cómo ha ido el
congreso de solidaridad? —le preguntó con curiosidad a su hermana.
—Bueno, que te lo
cuente monseñor Antoniutti —contestó Fabiola, sin querer decirle nada que no
fuera verdad.
El nuncio carraspeó y
le explicó que habían llegado representantes de los principales países del
mundo. Que se había concretado que la acción de solidaridad más urgente estaba
en África, donde se pretendían volcar todas las organizaciones que habían
acudido al congreso.
—No han dicho nada en
la prensa. Es extraño —continuó Gonzalo.
—Pues no le extrañe
tanto. Estos temas caritativos interesan nada más que a los que nos dedicamos a
ello. A la prensa, desde luego, no. —La respuesta del nuncio pareció
convencerlo. Un par de personas de Acción Católica llegaron para recoger al
nuncio y a la hermana Veronica. Fabiola aprovechó para despedirse de los dos y
se fue con su hermano.
—¿Todo bien? —le volvió
a preguntar cuando se quedaron a solas.
—Sí, muy bien. Hay poco
que contar.
—Te noto extraña. —Su
hermano la conocía bien e intuía que algo le pasaba.
—No, solo estoy
agotada. Ha sido todo muy intenso. Me vendrá bien descansar.
En realidad, lo que
necesitaba era pensar y meditar sobre todo lo ocurrido horas antes. No había
podido apartar a Balduino de su mente, por su forma de ser y sobre todo por sus
palabras. Era inútil engañarse. Se había sentido atraída por él cuando
escuchaba sus discursos y cuando lo conoció gracias a su madrina. Sin embargo,
le resultaba artificial formar parte de un plan para que el rey dejara la
soltería. ¿No era todo muy forzado?, se preguntaba. Solo deseaba volver a su
rutina y rezar.
Tres días después de su
vuelta a las labores sociales y a su rutina, se encontró con una carta en el
buzón. En el remite aparecía el nombre de Luigi de Axel, quien escribía desde
Bruselas. Fabiola sabía que era él. Con nerviosismo, se fue a su cuarto. Antes
le dijo a Violeta que, por favor, no la molestara nadie.
—Necesito echarme en la
cama media hora. Nada más —se excusó.
Violeta también
percibió que su comportamiento no era el habitual. ¿Qué actividad habría tenido
en Bruselas para volver tan cansada?
—No le pasaré ninguna
llamada, descuide —afirmó, categórica.
Sola en su cuarto,
primero miró la carta con detenimiento por fuera hasta que se decidió a
abrirla. Su corazón se desbocó tanto como cuando sonó el timbre en la casa de
la hermana Veronica O’Brien. Las primeras palabras que leyó eran de
agradecimiento por haber accedido a viajar a Bruselas. Después le decía que
echaba de menos sus consejos y su forma de dirigirse a él sin protocolos. Le
pedía que fijara ella otro momento y otro lugar para un próximo encuentro.
Fabiola no le contestó enseguida, sino que sopesó su respuesta. Finalmente,
tuvo claro que la siguiente vez que se vieran debería tener un carácter
religioso. Después de meditarlo mucho, le informó que, antes de final de año,
viajaría a Lourdes para acompañar a un matrimonio enfermo. «Quizá en la ciudad
de la Virgen de Lourdes pueda tener lugar una nueva cita para nuestro
reencuentro».
Balduino sonrió cuando
recibió la misiva. Pensó que podría escaparse un día y medio a la falda de los
Pirineos. Era el lugar perfecto para peregrinar a la gruta de Massabielle y
volver a verse. A nadie de su familia le extrañaría que visitase el punto
exacto donde se le apareció la Virgen hasta en dieciocho ocasiones a
Bernardette Soubirous. La familia de Fabiola también lo vería con naturalidad.
Siempre, durante el año, acompañaba a algún enfermo a tomar las aguas
milagrosas.
Decidieron que se
encontrarían a primeros de diciembre de ese 1959. Balduino fijaría el día. Él
tenía la agenda mucho más ocupada que ella con compromisos ineludibles. Fabiola
esperó una nueva carta en la que la informase del momento oportuno. Finalmente
acordaron que fuera el primer sábado de diciembre. Estarían completamente
camuflados entre los miles de peregrinos que visitaban el santuario todos los
días del año.
Doña Blanca, la madre
de Fabiola, después de esos días en los que se había ausentado su hija, le
metió más presión. «Nadie me entiende como tú», le decía. Eso le generaba más
ansiedad que alegría. Suponía que su madre la echaba de menos cuando no estaba.
En el hipotético caso de que diera un paso adelante con Balduino, debería dejar
España y sus compromisos. Entre ellos, el de cuidar de su madre. En una ocasión
ya renunció a cambiar de vida e irse a Washington con un pretendiente
diplomático. Ahora era completamente distinto. No iba a ser la mujer de un
diplomático, sino la mujer del rey. Es decir, la reina. Ese pensamiento, en
lugar de ilusionarla, le generaba ansiedad. Y sobre todo la sometía a la eterna
pregunta de si estaría a la altura. Pero antes de todo debía surgir el amor. No
el enamoramiento o el interés por alguien, sino el amor de verdad. Eso era lo
que buscaba, y sentía que todavía no había llegado.
El siguiente día que
tuvo libre la joven Manuela, del servicio de los Mora, decidió regresar a casa
de su amiga la vidente. María Gracia recibió a su vecina de Bolaños fuera de
horario, como de costumbre. Siempre tenía esa deferencia con ella. Lo hacía sin
túnicas y sin los adornos que tanto gustaban a los clientes. Le preguntó por lo
que había pasado el día que fue con Jaime y lo echó de allí a la primera
oportunidad.
—No fue así, Manuela
—se excusó la pitonisa—. Me di cuenta de que era una persona muy descreída. No
escuchó nada de lo que le decía, y en ese momento se coló en mi mente una
visión de la joven que lleva tantos años desaparecida.
—Sabía qué te había
pasado algo —afirmó su paisana—. Tu reacción no fue normal. Literalmente lo
echaste de casa. Que sepas que no me has dejado en muy buen lugar. Yo trabajo
con esa familia.
—De verdad que lo
siento mucho. Vi a la chica desaparecida —insistió—. Me parecía que pedía
auxilio y necesitaba contárselo a la policía cuanto antes. Si quieres, te echo
las cartas, por ver si todo vuelve a su ser.
Tomó el mazo de las
cartas españolas, empezó a sacarlas una a una y a exponerlas boca arriba encima
de la mesa. De golpe las retiró y volvió a barajar.
—¿Qué ocurre? —preguntó
Manuela—. ¿Vuelven a jugar contigo?
—Empiezo a pensar que
no juegan. Siguen indicando que vas a vivir una auténtica revolución en el
lugar en el que trabajas.
—¿Por qué? ¿Va a pasar
algo malo a alguno de los que vivimos allí?
—No, se trata de algo
bueno. Como un cuento de hadas. Algo inexplicable que se hará realidad.
—¿Puedes ver quién será
el protagonista? —Manuela estaba cada vez más intrigada.
—No. Además, no todo
será un camino de rosas —añadió María Gracia—. Veo mucho sufrimiento
igualmente.
—¿Sufrimiento? Pues ¿no
era un cuento de hadas? —protestó Manuela.
—La vida no es blanco o
negro. Tiene muchos grises, matices…
—¿Será pronto? —volvió
a preguntar la mujer con curiosidad.
—En seis o siete meses…
—Seis o siete meses.
¿No se puede hacer nada para evitarlo?
—El destino es difícil
de cambiar, porque no depende de nosotros —dijo con seguridad la vidente—. Los
creyentes decimos que está en manos de Dios. Yo solo veo el futuro y el
presente, pero no puedo alterar ninguno de los dos. Simplemente puedo preparar
a las personas para que los afronten. Nada más.
Manuela se quedó
pensativa. Su amiga le repetía que ocurriría algo que volvería del revés la
vida en esa casa. Para bien en un principio, pero también derivaría en
sufrimiento.
—¿Y a mí todo eso en
qué me va a afectar? —Manuela requería que se concentrara en ella.
Volvió a echarle las
cartas. Las barajaba una y otra vez.
—¿Qué ocurre?
—preguntó, de nuevo extrañada.
—No sé, veo que hay
algo que te va a preocupar en exceso —decía María Gracia mientras recogía las
cartas con los ojos enloquecidos—. Se va a convertir en una obsesión que te va
a llevar por calles oscuras…
Igualmente le sugirió
que sería mejor que no volviera en un tiempo por allí.
—¿Por qué? ¿Me estás
echando como a Jimmy? ¡Es increíble!
—Te estás obsesionando
y eso no es bueno. Mis predicciones son solo una guía. Puede haber cosas que se
tuerzan y no se cumplan —advirtió—. Yo no soy infalible.
María Gracia había visto
cómo su amiga la arrastraba con ella a una especie de pozo negro en el que
caían las dos. Era Manuela quien la empujaba. Lo vio clarísimo, pero no logró
entender por qué motivo. No le gustó la deriva que estaba adquiriendo la visión
sobre el futuro de su amiga.
—Puedes venir cuando
quieras, pero no me pidas que te eche las cartas —advirtió—. Al final estoy
viendo que este tema a mí no me va a hacer ningún bien. Todo lo contrario.
—¿De modo que a otros
sí les puedes leer el futuro, pero a mí no?
Manuela no disimuló su
enfado. Recogió sus cosas y se fue sin entender nada. María Gracia había
reaccionado igual que lo hizo con Jaime de Mora. Se preguntaba si se le habría
cruzado otra visión. En cualquier caso, se marchó con más incertidumbre que
cuando llegó. ¿Se estaría vengando de cuando de niña ella le quitaba las
muñecas y se las escondía? Esas cosas se le quedaban a una grabadas para
siempre, pensaba. No regresaría jamás. Menuda era ella para aguantar y perdonar
un agravio como el que acababa de producirse. ¡Nunca!
Durante todo el viaje
de vuelta de París a Madrid, Harry Parker estuvo persuadiendo a Margot de la
importancia de ser constantes, pero no obsesivos, en los casos a los que debían
enfrentarse. La joven se había esperanzado con las nuevas pistas sobre el
paradero de Almudena Pimentel, pero al final la investigación no había dado los
frutos esperados.
—Estás cerca, Margot.
Diría que tan cerca que casi te quemas. Céntrate en lo que ya tienes, que es
mucho, más de lo que crees. Yo que tú intentaría trazar, en un mapa de París,
un perfil geográfico de sus movimientos. Un estudio de la movilidad del pintor
y de su víctima ayudará a dar con ellos. Todo delincuente tiene un lugar de
actuación que conoce al dedillo. Haz caso de los testimonios que te han informado
de dónde los han visto y de la calle en la que han residido antes y después.
También sabemos que el pintor prepara una exposición. Ella, además, se dejó ver
con el modisto y luego no recogió su encargo. Crees, y no te falta razón, que
ha sido una llamada de socorro. Un «rescatadme» sin palabras directas. Tienes
mucho, de verdad. Y lo más importante: ¡está viva!
—Es cierto, sabemos que
está viva y algo más. Creo que se ha atrevido a dar este paso porque ya no solo
piensa en ella. ¡Se encuentra embarazada! Ahora tenemos el testimonio de una
persona que nos ha dicho que el pintor va a ser padre. Ella está pensando en
regresar por el hijo que viene en camino. Sabe que no está viviendo en las
condiciones óptimas para que un niño venga al mundo.
—Tarde o temprano
tendrá que ir al médico o a una comadrona.
—O no, si ha
descubierto Ángel Torres su plan y no la deja ya salir de casa. ¡No lo quiero
ni pensar!
—Tenemos que pedir
ayuda a la gendarmería francesa. Sola en este caso no puedes estar cuando
vienes a París. Sin embargo, en este viaje creo que has avanzado muchísimo.
Le explicó Margot que,
cuando regresó a investigar a casa de los padres, los marqueses de Montero,
había localizado una nota manuscrita que había dejado en comisaría.
—¿Y qué decía en esa
nota?
—«Al menos que el amor nos salve. ¡Huyamos!».
—Al final, este pintor
lo que demuestra con esa nota es que estamos ante un conquistador.
—Yo lo calificaría de
otra manera; se trata de un embaucador. Un mentiroso con la que era su mujer y
un mago de la palabra con una joven a la que saca muchos años y que hoy está
retenida contra su voluntad.
Harry se quedó callado
ante ese comentario. Él también le sacaba muchos años a Margot, pero percibió
que solo hablaba de Ángel Torres. Miraba a los ojos de la joven y veía un
cambio de actitud. París los había vuelto a acercar. Había resultado una gran
idea la sugerencia de Julián Martín-Briz. Ahora no podía volver a meter la
pata. Allí sentados en las butacas del avión, a pocos centímetros el uno del
otro, se empezó a marear. Cerró los ojos y comenzó a sudar.
—¿Te ocurre algo?
—preguntó ella, extrañada.
—Sí, no me encuentro
bien. Quizá hayamos comido muy rápido.
Margot posó la mano
sobre su frente y observó que la temperatura corporal la tenía elevada.
—Diría que te has
intoxicado con algo de la comida.
—Sí, ha debido de ser
el estofado que he comido. No debía estar en buen estado.
—Te sentaría bien
provocarte el vómito. ¿Por qué no vas al baño del avión y lo intentas?
—Sí, tiene que salir
cuanto antes. —Se levantó como pudo y se fue hasta el baño, sujetándose en los
asientos que daban al pasillo del avión.
Cuando regresó, parecía
otra persona.
—Me encuentro mucho
mejor. Muchas gracias por tu preocupación. ¡Dios mío, cómo influye el estómago
en el resto del cuerpo!
—Es que te has empezado
a poner amarillo, luego verde…Me he asustado, la verdad.
—Ya sabes que bicho
malo nunca muere. Al menos, eso dice el refrán. No me puedo permitir ponerme
malo. Tengo que estar al cien por cien para pilotar la operación de seguridad
de Eisenhower. A estas horas, más de uno y más de dos están maquinando cómo
atentar contra Franco y contra él. Te lo puedo asegurar con toda certeza.
—¿Y cómo lo van a
intentar? ¿Tú qué crees?
—Con una bomba sería lo
más fácil. También disparando a bocajarro entre la multitud, aunque sabes que
las posibilidades de que te cojan las fuerzas del orden son tan altas que creo
que eso puede disuadir a cualquiera. Todos saben que corren mucho riesgo, pero
lo van a intentar.
—¿Dónde se alojará el
presidente norteamericano?
—En el palacio de la
Moncloa. Allí la seguridad será mucho más fácil. Mi preocupación se ciñe al
itinerario en coche descubierto por las calles de la capital.
—Pondremos todo de
nuestra parte para que la operación de seguridad sea un éxito.
El avión aterrizó con
suavidad sobre la pista de Barajas. Parker, nada más descender de las
escalerillas del avión, se ofreció a dejarla en su casa. Iba a recogerlo un
coche oficial del Ministerio de la Gobernación y Margot accedió. Una vez que
llegaron al domicilio de la joven, Parker preparó su frase de despedida.
—Este viaje ha sido
bueno para los dos. Y, tranquila, el final de tu largo caso está cerca. Ya
sabes lo que dice Platón: «Nadie debe desanimarse mientras haya progreso,
aunque sea lento». Ninguno de los dos podemos permitirnos el desánimo. Ha
habido progreso. Hoy sabemos muchas más cosas de Almudena Pimentel que antes
del viaje.
—Resulta curioso que te
fijes en Platón. Creo que el espíritu debe alimentarse de pensamiento
filosófico tanto como el cuerpo de alimento. Pensar en lo que somos y a dónde
vamos es lo mínimo en un ser humano. Resulta curioso que siempre tengamos
cuestiones en la cabeza que nos preocupan a los dos.
—Es cierto. —No dijo
más.
Parecía que funcionaba
con Margot el «interés indirecto» que decía su tío. Eso sí, le desesperaba la
lentitud del método. Sin embargo, era el único que podía tener éxito con ella.
No estaba dispuesto a volver a perderla.
13
Segundo encuentro
El comisario elogió el
trabajo de Margot delante de todos. Ella misma comentó los avances en la
investigación en el caso de Almudena Pimentel. También compartió con ellos su
frustración cuando, estando tan cerca, no pudo dar con ella y con el que todos
consideraban ya su secuestrador.
El inspector Gutiérrez
observaba a Margot sin perder ni un solo detalle. Se percató de que miraba a
Parker de manera diferente a como lo había hecho antes de irse a París. Sabía
interpretar cualquier cambio en las personas. Al fin y al cabo, era su oficio,
además de su vocación. Entendió que se había producido una reconciliación o un
acercamiento entre ambos. No existía esa tensión que se percibía cuando él
estaba recién llegado de la embajada española en el Reino Unido. ¿Qué podría
haber ocurrido?, se preguntaba. Estaba claro que esta nueva situación lo
alejaba de sus pretensiones con Margot.
Cuando se quedó a solas
con el comisario, Parker le pidió que pusiera en marcha ya la operación que
habían preparado para detener a los anarquistas más activos y a todos los que
supusieran un peligro durante la visita de Eisenhower en España. Eugenio Benito
Poveda le comentó que comenzarían las detenciones a primeros del mes de
diciembre.
—Nada puede salir mal,
mi querido Parker —le aseguró—. Menos aún cuando Francia, por orden expresa de
De Gaulle, ha obligado a abandonar el país a los doscientos cincuenta
bombarderos norteamericanos instalados en su territorio. Es la oportunidad de
España con Estados Unidos. Ahora nadie podrá decir que estamos aislados.
—Es una gran ocasión
para España —dijo Parker—. Sobre todo en este momento, cuando en la zona
oriental de Inglaterra se están instalando proyectiles balísticos
norteamericanos dirigidos hacia el territorio soviético. No es mal negocio
alinearse con Estados Unidos frente a Rusia, que está reformando y rearmando a su
ejército.
—Nada saldrá mal.
Confíe —aseguró el comisario.
—Necesito luz por todo
el recorrido —insistió el jefe de seguridad.
—Tengo buenas noticias
sobre ese tema. Antes de que acabe este mes de noviembre se instalará más luz
en todo el recorrido, tal y como usted pidió. El alcalde de Madrid lo anunciará
en una semana a bombo y platillo. Los malhechores van a tener muchos problemas
para moverse en la oscuridad. Estaremos vigilando mañana, tarde y noche.
—Por cierto, me ha
pedido el ministro que vaya a su despacho inmediatamente. Imagino que me
contará todas estas novedades —le informó Parker.
—Hágase de nuevas. Nada
le gusta más a un ministro que sentirse poderoso.
Margot se reunió con el
detective Vicente Cerezo. Ya le había informado por teléfono de las muchas
novedades que traía de París. El director de la agencia de detectives quería
hablarle de la ciencia que cada vez se estaba teniendo más en cuenta en la
investigación criminal, la grafología.
—Tienes que llevar esa
nota que encontraste en casa de los marqueses de Montero a la mejor grafóloga
que tenemos en España —afirmó Cerezo—. Una gran analista de la escritura,
Matilde Ras. Es capaz de explicar el temperamento y el carácter de una persona
solo analizando su letra. Afirma que es una ciencia porque tiene sus leyes, su
método experimental, su clasificación y su técnica.
—¿Cuándo podría ir a
verla? —preguntó Margot con impaciencia.
—Simplemente tienes que
llamarla y te hará un hueco en cualquier momento. Le he explicado el caso y
asegura que podemos contar con todo el conocimiento que ella posea y que pueda
sernos útil.
—Sin duda será de gran
ayuda.
En comisaría, Margot se
aseguró de que tenía la nota que encontró en la bota de Almudena, la guardó de
nuevo y se despidió del comisario. Aún debía enviar la entrevista de Balenciaga
a la revista Siluetas.
Matilde Ras recibió a
la alumna aventajada de Vicente Cerezo en el diario ABC. La grafóloga
era colaboradora tanto del periódico como de la revista Blanco y Negro,
editada también por la familia Luca de Tena. Margot sabía que se iba a
encontrar con una mujer «feminista conservadora», como ella se definía,
defensora de los derechos de la mujer. Para la joven era todo un
acontecimiento. La estaba esperando en la biblioteca de madera de varios pisos
del periódico. Allí se podían consultar diferentes números de sus publicaciones
y los libros también editados por ellos. Era tan temprano que aún no había
nadie consultando los archivos. Aunque superaba los setenta, Matilde estaba
todavía muy activa. Peinaba canas y mantenía su porte regio. Le comentó que su
tiempo era escaso y que fuera al grano desde el primer momento.
—Desde bien joven me
interesó la grafología gracias a un libro de Jean-Hippolyte Michon. Pero luego
me marcó Jules Crépieux-Jamin, el padre de la grafología francesa. Durante toda
mi vida no he hecho otra cosa que estudiar a las personas a través de su
escritura. ¿Me da ese papel que me dijo don Vicente Cerezo que me traería? —le
pidió con la mano extendida.
—Sí, aquí lo tengo.
—Margot se apresuró a sacarlo de su bolso.
Matilde lo dejó sobre
la mesa, encendió una lámpara y cogió una enorme lupa. Analizó la frase durante
varios minutos: «Al menos que el amor nos salve. ¡Huyamos!».
—Yo me abstengo de
hacer ningún diagnóstico médico o psicológico —le advirtió Matilde—.
Simplemente voy a indicarle tendencias. Las letras sobrealzadas hablan de una
persona vanidosa y con dotes de mando. De las letras que usted me trae, la que
más me interesa es la a mayúscula. Me hubiera gustado ver la de, la ge, la i,
la te, la efe o incluso la ese. Le hubiera podido definir con más precisión su
personalidad. Su firma también nos hubiera indicado muchas cosas, pero esto es
lo que tenemos.
Siguió mirando las
letras una a una con ayuda de la lupa.
—Mire, señorita. ¿Cómo
dice que se llama?
—Margot. Margot Sanz
Peters.
—La dimensión de la
escritura, la arquitectura gráfica, la inclinación de las letras, la cohesión
de estas en el texto, hasta los fantasmas y cuchillos me indican mucho.
—¿Fantasmas?
¿Cuchillos? —preguntó Margot, intrigada.
—Encontrar zonas en
blanco en un texto, dependiendo de su localización, significa una cosa u otra.
A esas zonas en blanco se las llama «fantasmas», si están en los bordes del
escrito, o «cuchillos», si son blancos breves dentro del texto. Veo que le
interesa todo lo que le digo. Le daré uno de mis libros.
—Muchas gracias. ¿Qué
ha observado?
—Esta frase la ha
escrito un hombre con mucho ego. Se ve en los óvalos de la letra a y de la o.
La velocidad del escrito es precipitada. Predomina el sentimiento sobre la
razón. Es un mentiroso compulsivo. Las mayúsculas son muy exageradas, y que
varíen las letras de tamaño dentro de la misma palabra subraya lo que le estoy
diciendo. Necesitaría más texto escrito, pero lo que se aprecia a simple vista
indica que estamos ante una persona con una sobreexcitación nerviosa. Si
hubiera conocido a la joven que desapareció y me hubiera consultado, le habría
aconsejado que no se fuera con él. Es de ese tipo de personas que, con la misma
fuerza que te ama, puede odiarte al día siguiente. Deme algo más y podré
realizar un estudio más completo.
Matilde Ras miró su
reloj y le indicó a Margot que tenía una cita médica. La joven detective le
agradeció el tiempo que le había dedicado y le confesó que se quedaba con ganas
de que analizara su escritura.
—Lea mi libro y luego
venga de nuevo —la invitó—. Le vendrá muy bien para su trabajo como detective.
Poseer esta información le dará cierto poder sobre los demás.
—Así lo haré. Yo además
soy escritora. Publico reportajes para la revista Siluetas. Me encantará
hacer una reseña de sus libros —le ofreció—. Sé que lleva muchos años peleando
por los derechos de las mujeres. ¡Cuánto me hubiera gustado conocer a todas las
intelectuales que formaron parte del Lyceum Club!
—Pero la Guerra Civil
acabó con él; mejor dicho, Serrano Súñer dio la orden de su desmantelamiento
—dijo no sin acritud—. Han reinventado otros clubs, pero no son lo mismo. Lo
esencial es que hay muchas amigas que se encuentran en el exilio y otras que
por desgracia ya no están.
Se refería
concretamente a su amiga Elena Fortún, también escritora, que había muerto
hacía seis años y no había día que no la recordara.
—He leído algunas de
sus publicaciones —comentó Margot—. Me encantaba el personaje de Celia. ¡Menudo
grupo de mujeres, que hicieron tanto para promover los derechos de las mujeres!
—Resulta difícil de
entender que tras la Guerra Civil las mujeres perdiéramos el derecho al voto y
todavía no lo hayamos recuperado —afirmó Matilde con amargura—. Y resulta peor
aún que las mujeres solteras estemos sometidas a la autoridad masculina de la
familia o que las mujeres casadas estén bajo la tutela legal de los maridos. No
podemos abrir una cuenta bancaria, comprar propiedades, viajar… Necesitamos
permiso de un varón para todo. Tú, que eres joven, ¡ponte pantalones! Es una de
nuestras conquistas silenciosas.
—Me los pongo, tengo mi
trabajo y soy independiente económicamente bajo la tutela de mi tío —le confesó
Margot, orgullosa.
—De existir el Lyceum
Club, serías una de las nuestras.
Quedaron en verse más
adelante. Margot se comprometió no solo a leer sus libros, sino a escribir
sobre ellos en la revista Siluetas y en el semanario El Caso,
donde podría hablar de la grafología criminal. Nunca se había encontrado tan a
gusto con una de sus entrevistadas. Se prometió a sí misma seguir su estela
para abrir camino a otras mujeres.
Allí, en ABC, se
enteró de que, desde el año 1953, las fricciones del diario con el ministro de
Información eran constantes. En menos de un año, la publicación había sufrido
once expedientes por causas como haber llamado jefe de Estado a Franco y no
Caudillo. Examinaban todos los artículos con lupa para evitar, decían, la
propaganda encubierta de las ideas monárquicas que defendía el diario. La
necesidad de que regresara la monarquía como forma de Estado estaba siempre
presente en sus reportajes, y eso chocaba con el ideario del gobierno. Sobre
todo si el protagonista de la información era don Juan de Borbón.
Fabiola de Mora y
Aragón comentó con su hermano su próximo viaje a Lourdes. A Gonzalo no le
extrañó y, en esta ocasión, no opuso ninguna resistencia. Viajaría con un
matrimonio de ancianos que deseaba visitar el lugar donde se apareció la Virgen
en tantas ocasiones. Beber del agua de la fuente, que para los peregrinos tenía
propiedades milagrosas, y compartir vivencias espirituales con miles de
personas conseguían un efecto terapéutico inmediato, pero sobre todo eran una
vivencia emocional inolvidable.
Viajaría con ella Pilar
Sástago, su amiga, medio pariente política y compañera de piso. Habían hecho
muchos viajes juntas acompañando a enfermos o a personas mayores que
necesitaban de esa paz interior y esa renovación de fe que se sentían nada más
pisar Lourdes.
—Iría con vosotras,
pero se me ha acumulado mucho trabajo estos días. Además, tengo que representar
a la familia en el baile de la duquesa de Alba. ¿Irás, verdad? —se excusó
Gonzalo.
—Para entonces ya
estaré de vuelta. Sí, pensaba acudir —le confirmó Fabiola.
—Pues estaremos los dos
representando a la familia —dijo, satisfecho—. En esos actos sociales uno se
entera de muchos asuntos interesantes para nuestras finanzas y para estar al
día de lo que sucede en la sociedad.
Gonzalo no hizo ninguna
referencia al viaje. Era algo que realizaba su hermana de forma habitual.
Siempre le había gustado acompañar a algún enfermo o a alguna persona impedida
físicamente. Visitar el santuario donde se encontraba la gruta era un acto de
fe. El año anterior se habían celebrado los cien años de las apariciones a
Bernardette y estuvo presente toda la familia. Fue un momento de recogimiento
inolvidable. Aún seguían comentándolo en las ocasiones en las que se reunían.
Durante el mes de
noviembre, Fabiola no paró de realizar gestiones y de acudir a la iglesia de
Santa Bárbara para pedir claridad y acierto en todas las decisiones que iba a
tener que tomar.
Después de recibir
cinco cartas de Luigi de Axel, comprendió que se trataba de una persona educada
en el respeto a los demás. Tenía una cualidad que no se heredaba, la ternura.
Cuando llegó la fecha
del viaje, antes del primer fin de semana de diciembre, regresaron los nervios,
aunque Pilar estaba más nerviosa que ella. En el último momento, a Fabiola le
sobrevino una paz de espíritu que la acompañó durante todo el trayecto en tren de
Madrid a Irún. Tras un lento control de pasaportes, cruzaron al país vecino. Ya
en territorio francés, subieron a otro tren de la línea gala con destino a
Lourdes. El tren iba atestado de personas en peregrinaje; lisiados de la
guerra, personas en silla de ruedas y mucha otra gente que viajaba con la
esperanza de hacer realidad ese milagro tan ansiado.
Pilar era la única que
conocía la otra finalidad del viaje. El hotel Saint Étienne, en el número 61
del boulevard de la Grotte, sería el punto de encuentro. Balduino y Fabiola no
se verían hasta la tarde. El rey, igual que ella, se pondría uno de los
chalecos que lo distinguiría como voluntario, a diferencia del resto de los
peregrinos. Su intención era ayudar a la vez que seguía conociendo a la ahijada
de la reina Victoria Eugenia.
El reloj marcaba las
cinco de la tarde cuando apareció Balduino camuflado entre dos de sus
guardaespaldas. Enseguida se localizaron al cruzar las miradas. Fabiola le hizo
un gesto de cortesía con la cabeza a la vez que le sonreía. Tanto ella como su
amiga esperaban en la recepción del hotel, empujando una silla de ruedas. El
matrimonio de avanzada edad que había viajado con ellas llevaba un rato
emocionado, sin poder pronunciar una sola palabra al pensar que esa tarde
visitarían el mismo lugar en el que se apareció la Virgen.
Balduino se acercó a
Fabiola y los guardaespaldas se hicieron cargo de empujar las sillas de ruedas
de los ancianos. Pilar empezó a caminar al lado de la mujer mayor mientras la
preparaba para el momento que iba a vivir. Se acercaron poco a poco a la
larguísima cola que iba hacia la gruta.
—¡Por fin volvemos a
vernos! —le dijo el rey cuando estuvo a la altura de Fabiola.
—Lo hemos conseguido,
aunque parecía imposible. Me han gustado mucho tus cartas —le confesó Fabiola.
—A mí las tuyas me han
hecho mucho bien. Eran lo mejor del día cuando llegaban. Te lo agradezco mucho.
El camino se encontraba
en una zona boscosa, rodeada de fresnos que parecían conducir a los peregrinos
hacia el lugar sagrado. Todo el mundo caminaba rezando, preparándose para uno
de esos momentos que jamás se olvidan.
—Me gusta que vivamos
juntos este momento de absoluto recogimiento —comentó Fabiola en voz baja.
—Sin duda, a mí
también.
Balduino parecía menos
hablador que cuando se vieron a solas en Bruselas. Fabiola comprendió que, como
ella, estaba conmovido por la situación que vivían.
—El momento de entrar
en la gruta a mí me impresiona mucho —comentó Fabiola.
Antes vieron desde
lejos la doble basílica, realizada en dos niveles, que emergía con una gran
majestuosidad por encima de la gruta. Pero todo el mundo quería visitar antes
el jugar donde se apareció la Virgen. Impresionaba la devoción y el
recogimiento absoluto de los peregrinos en el momento de entrar en ella. Una
estatua pequeña de la Virgen vestida de blanco, con una cinta de color azul a
la cintura, se encontraba colocada en una cavidad en la roca. Recordaba la
imagen en mármol de Carrara que allí se habían producido las apariciones. La
pequeña Virgen tenía un rosario y una rosa dorada en cada pie.
Tanto Balduino como
Fabiola se conmovieron y se emocionaron al realizar juntos el recorrido. Según
avanzaban, rezaban en completo silencio. De vez en cuando se miraban y se
sonreían. La gente tocaba con las manos la pared de la cueva. Ellos también lo
hicieron.
—Me gusta seguir la
tradición de ir con una vela encendida en memoria de Bernardette —le dijo
Fabiola.
Se detuvieron ante la
Virgen y rezaron. No quisieron demorar el momento al resto de los peregrinos y
se dirigieron al santuario para rezar el rosario. Los escoltas y Pilar llevaron
al matrimonio también hacia el mismo lugar. Estuvieron largo rato rezando el
rosario. Los dos ancianos a los que acompañaban quisieron regresar al hotel y
salieron todos de allí.
Al igual que cuando
entraron en la gruta, ellos iban detrás de la pareja. Y los guardaespaldas que
empujaban las sillas de ruedas iban delante. Pilar Sástago era quien abría la
comitiva en silencio.
Fue un momento muy
especial. Estaban juntos sin hablarse mientras los dos se encomendaban a la
Virgen. Al llegar al hotel, Balduino le propuso cenar juntos, pero ella dijo
que prefería caminar y charlar a solas.
—No tengo hambre. El
momento que hemos vivido me ha conmovido. Creo que deberíamos compartirlo y
comentarlo.
—Tienes razón —dijo
él—. He sentido algo muy especial justo cuando entrábamos juntos a la gruta. Ha
sido realmente bonito. Alguien que no tenga fe no lo entendería.
—Los dos tenemos fe. Lo
que nos está pasando lo percibo como un regalo que nos hacen desde ahí arriba
—aseguró ella.
—Creo que debemos vivir
el presente como si fuera el último día de nuestra vida. He pedido al rezar que
me enseñen a amar con ternura, delicadeza y respeto.
—¿Te acuerdas de lo que
dijo Saint-Exupéry? «Amar no consiste en mirarse el uno al otro, sino en mirar
juntos en la misma dirección». Eso me parece clave. Tener un proyecto de vida
en común y hacerlo realidad.
Hablaron durante
bastante tiempo del concepto que tenía cada uno del amor, y sus pensamientos
eran coincidentes. En un momento determinado, Fabiola cambió de tema para
preguntar por él.
—¿Cómo te han ido estas
semanas?
—He tenido muchísimo
trabajo. Podía escribirte solo por las noches. Pero hacerlo me ha servido de
desahogo. Espero no haberte resultado pesado.
—En absoluto —aseguró
la joven—. Sigo las noticias que nos llegan a España desde Bruselas con mucha
atención. Lo primero que hago cuando cae en mis manos un periódico es buscar
las páginas de información internacional, aunque no siempre hablan de tu país.
—Espero que pronto lo
sientas como tuyo también —dijo él sin ambages.
—No hago otra cosa que
pensar en ello. Creo que este paso solo lo podemos dar desde el amor. Yo me he
encomendado a la Virgen y le he pedido que haga su voluntad.
—Como creyentes que
somos, la mejor ayuda que podemos pedir es esa.
Pasearon durante dos
horas y, al anochecer, Balduino la acompañó al hotel. Los escoltas iban a mucha
distancia, pero siempre estaban atentos a todos los gestos que hacían las
personas con las que se cruzaban. Nadie reconoció a Balduino. Camuflados con
los chalecos de voluntarios, pasaban desapercibidos.
—Nos alojamos en un
hotel de Argelès-Gazost. ¿Te parece bien que pase a buscarte mañana temprano?
—Si no te importa,
iremos todos. Tenemos que dejar el hotel para regresar a España. El matrimonio
no te conoce y Pilar es mi única amiga; ella está al tanto de lo que está
ocurriendo.
—Está bien. ¡A las
nueve vengo a buscaros!
Esa noche, Fabiola no
pudo pegar ojo. Algo parecido le ocurrió a Balduino, que al día siguiente
estaba a las nueve en punto esperándolos con dos coches. En uno fueron ellos
solos, con un guardaespaldas como conductor, y en el otro, el matrimonio y
Pilar Sástago, con el otro guardaespaldas que viajaba con Balduino.
—¡Qué difícil resulta
encontrar un momento para hablar a solas!
—¿Qué vas a hacer en
Navidad? —preguntó Fabiola.
Estaba rebosante de
alegría y a Balduino le parecía que su sonrisa lo iluminaba todo.
—Pasarla en familia.
Voy unos días a esquiar a Suiza y después regreso a Bélgica. Son momentos en
los que me gusta dirigirme al país y visitar las calles de Bruselas y las
iglesias. Todo se engalana de tal forma que vivo la Navidad desde niño con
mucha intensidad.
—Yo también. Vendrán a
la casa familiar todos mis hermanos con sus respectivas familias. Como es
lógico, echaremos de menos a mi padre —dijo Fabiola con tristeza—. Siempre
recordamos sus últimas palabras: «Mi equipaje está preparado». Fue toda una
lección de vida y de muerte. Debemos tener siempre el equipaje preparado.
—Yo no temo a la muerte
y estoy preparado. También nosotros pasamos la Navidad en familia. Mis hermanos
Josefina, Alberto y yo recordamos especialmente a mi madre. Mis otros hermanos,
del segundo matrimonio de mi padre, estarán con nosotros. Es que mi padre ha
tenido otros tres hijos con la princesa de Réthy: Alejandro, María Cristina y
María Esmeralda. Somos una misma familia de dos madres distintas. Solo puedo
hablar bien de Lilian. Yo tenía once años cuando entró en nuestra vida y nos
dio el afecto y el cariño que, desgraciadamente, no teníamos de nuestra propia
madre tras su fallecimiento. Fue una bendición que llegara a nuestra vida.
Fabiola sabía, por las
revistas de sociedad, que había sido muy criticada por contraer matrimonio con
Leopoldo III, cuando todavía el pueblo lloraba la muerte en accidente de la
reina Astrid. Se casaron en secreto y tampoco se lo perdonaron. Se llevaba
catorce años con Balduino. Alguna que otra lengua maledicente decía que a
Balduino no le gustaba ninguna de las princesas casaderas porque en realidad
había una atracción insana entre él y su madrastra. Pero tal y como hablaba de
ella, Fabiola se dio cuenta de que para Balduino era como su segunda madre.
Pensó que los rumores en torno a él y a su familia eran injustos. La realidad
nada tenía que ver con la situación que le describía desde dentro. Ahora lo
estaba viviendo en primera persona. A Fabiola le preocupaba que, si daba el
paso adelante, no pudiera soportar todo lo que se dijera de ella en el futuro.
14
Sin fecha para
reencontrarse
Fabiola y Balduino
sabían que ya no se volverían a ver hasta el mes de enero del nuevo año, 1960.
No tenían una fecha concreta para reencontrarse. Al monarca se le acumulaban
los problemas internacionales, sobre todo en África. Debía concluir un año y
comenzar otro con nuevos y buenos propósitos. Se despidieron y prometieron
escribirse todos los días. Balduino le pidió que lo hiciera a la dirección de
su hermana Josefina Carlota y que, como siempre, utilizara dos sobres; el
exterior dirigido a ella y otro interior solo para él. Su hermana mayor era su
cómplice y estaba al tanto de lo que estaba sucediendo en su vida. Enviarle las
cartas a ella era la forma más segura de no despertar las alarmas en palacio.
Fabiola le confesó a Balduino que su hermana pequeña, Mari Luz, también estaba
informada de todo. Necesitaba que alguien de la familia lo apoyara en sus idas
y venidas fuera del país ante su hermano Gonzalo. Poco a poco, el entorno más
cercano de ambos iba conociendo el secreto, aunque la discreción, incluso
dentro de la propia familia, debía ser total.
Durante esos días de
diciembre, doña Blanca preparaba la casa para recibir a todos los Mora. Se
juntarían sus hijos y sus nietos para pasar las Navidades y recordar a don
Gonzalo, de cuyo fallecimiento se cumplían dos años. Milagros, el ama de
llaves, pudo convencer a la madre para que, durante ese mes de diciembre, a los
perros los acogieran en una perrera, mientras que los gatos, que eran menos, se
mantuvieran resguardados en una caseta grande que habían instalado en el
jardín. El olor a orín se fue quitando poco a poco y el palacete adquirió el
aspecto de siempre.
Jaime celebró que los
animales les dieran una tregua en casa y se pudiera llevar una vida normal,
justo en esos días en los que el frío empezaba a apretar. Tocaba el piano con
más ganas que nunca y se atrevía a cantar delante del servicio. Estaba de moda
el jovencísimo cantante Paul Anka, y repetía una y otra vez Put your head on
my shoulder («Pon la cabeza en mi hombro») o su mayor éxito, Diana.
Siempre que las interpretaba en los locales nocturnos, las mujeres le
aplaudían, y eso que él solo tocaba el piano. «Soy tan joven y tú tan mayor»,
decía la canción. «Para que tú y yo seamos tan libres como los pájaros en los
árboles», continuaba.
Durante el mes de
diciembre, Jaime estaría ocupado casi todas las noches. Lo reclamaban de
locales nocturnos y hoteles. Por fin parecía que su fama de pianista se había
extendido. Pensaba sorprender a todos sus hermanos en Nochebuena, y por eso
ensayaba a la una de la tarde mientras el servicio lo elogiaba.
—Menuda sorpresa se van
a llevar sus hermanos, ya lo verá —comentaba Manuela.
—Me gustaría volver a
visitar a tu amiga la vidente —le dijo sin levantar las manos de las teclas del
piano.
—No, señorito, no podrá
ser. Me he enfadado con ella por las cosas tan raras que me decía a mí también
—se negó Manuela—. Insiste en lo de que «en esta casa va a ocurrir una especie
de terremoto».
—Pues aquí estaremos
esperándolo… Por favor, quédate conmigo, Diana… —continuó cantando en
inglés el tema del artista canadiense—. En realidad —le dijo a Manuela—, es un
chachachá distinto con un latido de calipso. Música caliente, que te envuelve.
—Señorito, ¡cuánto sabe
de música!
Manuela desapareció por
el pasillo. Cuando llegó a la cocina, ensayó unos pasos de baile con la escoba.
Según los que la
conocían bien, Fabiola había regresado de Lourdes más seria. Empezaba a ser
consciente de que enamorarse del rey llevaba consigo una serie de sacrificios.
Se preguntaba si estaría a la altura. Era evidente que tanto Balduino como ella
habían conectado. De todas formas, quería darse un tiempo para saber si era
amor o se trataba simplemente de admiración. Es cierto que seguía al rey de
Bélgica desde que su madrina se lo presentó, pero ahora, después de abrirle el
corazón, lo miraba con otros ojos. No había día que no encontrase una carta de
Luigi de Axel en el buzón. Su fiel Violeta le llegó a preguntar quién era esa
persona que le escribía a diario. Estaba convencida que se trataba de algún
religioso que la quería convencer para ingresar en una orden extranjera.
—Doña Fabiola, hay
mucha caridad que hacer en la vida civil. Espero que no la vayan a convencer
para irse a una orden religiosa en Bélgica —se lamentó Violeta—. No he podido
evitar observar que llegan muchas cartas de allí.
—Violeta, no seas
indiscreta —le recriminó Fabiola con cariño—. Luigi no es un cura, es solo un
amigo, pero es alguien muy religioso y con un corazón de oro. Por favor, no
especules. Te pido discreción.
—Solo me he atrevido a
comentarlo con usted, con nadie más. No me gustaría que se metiera en un
convento. Yo quiero estar a su lado siempre —le confesó su ama de llaves.
—¿Me seguirías a
cualquier parte? —le preguntó con una sonrisa en la boca.
—¡Hasta el fin del
mundo! Después de trabajar a su lado, no quiero depender de nadie más que de
usted.
—Te tomo la palabra…
—Aquella frase contenía mucho más significado del que la empleada podría llegar
a imaginar.
El comentario de
Violeta hizo que se relajara, tras llegar tensa y nerviosa de Lourdes. Pilar
Sástago, por el contrario, sonreía a todas horas y le repetía a su amiga que su
momento había llegado. Fabiola la frenaba y le pedía tiempo.
—Estas cosas no son
rápidas. Debemos estar seguros los dos —dijo con aparente calma—. Lo mejor que
podemos hacer es rezar e irnos conociendo poco a poco. A lo mejor no soy la
persona que busca.
—No puedo imaginar a
nadie mejor a su lado —insistió Pilar.
—Pasaremos un tiempo
sin vernos, aunque mantendremos el contacto epistolar.
—Recibir sus cartas y
leerlas se convertirá en el mejor momento del día —siguió diciendo su amiga—.
Ya lo verás.
En el palacio de Liria,
seguía adelante la organización del baile de bienvenida para la delegación
estadounidense que acompañaría a Eisenhower. Margot visitó a su amiga para
excusarse porque le iba a ser imposible acudir a la cena y al baile, pero
Cayetana no la dejó continuar.
—No, Margot. Te
necesito —insistió—. No todo el mundo podrá ayudarme con el inglés para hacerse
entender con los americanos. Sé que tienes muchas cosas en qué pensar. —Se
refería al caso de Almudena Pimentel, del que estaba al tanto—. Pero el día 15
necesito que me acompañes. No insistiría si no lo considerase necesario.
—Está bien, no te
preocupes —dijo Margot, resignada—. Aquí estaré desde primera hora.
Cayetana había sido
madre de Fernando, su cuarto hijo, en julio de ese año 1959. Era el primer
evento que organizaba en el palacio de Liria desde su maternidad. Margot y ella
habían forjado su amistad muchos años antes, en Inglaterra, y tenían la
confianza suficiente para decirse lo que pensaban.
—¿Has vuelto a las
clases de flamenco? —preguntó Margot, que sabía que para Cayetana se habían
convertido en algo más que un hobby.
—Sí. Desde que aprendí
con Enrique el Cojo y Antonio el Bailarín, no puedo dejar de bailarlo y vivirlo
—afirmó con entusiasmo—. Todavía recuerdan la fiesta que celebramos aquí con
motivo de la puesta de largo de la sobrina de Luis.
Cuando Isabel Hoyos
cumplió dieciocho años, recibió como regalo una fiesta que todavía se recordaba
dos años después. Acudieron no solo la nobleza y la aristocracia, sino también
los artistas más famosos del momento. El salón, cuando todo acabó, se convirtió
en un tablao. La duquesa, acompañada por Antonio el Bailarín, abrió el baile.
Luis Martínez de Irujo también salió al escenario con Dolores Vargas, la
Terremoto. Cantó Pastora Imperio junto a los valiosos cuadros y tapices que
colgaban de las paredes. Fue un final de fiesta único. Estaban todos
convencidos de que, gracias a Cayetana, la nueva vida social tras la guerra había
vuelto en todo su esplendor. Desapareció el temor que había existido en el
inicio de los cincuenta a mostrar el lujo en público.
Aunque el gran
acontecimiento que marcó un antes y un después en la sociedad de la época tuvo
lugar en el mes de abril de ese año 1959. El embarazo de la duquesa estaba muy
avanzado, pero no quiso perder la oportunidad de organizar el desfile de
Christian Dior a beneficio de las Escuelas Salesianas. El diseñador de la casa
francesa era un jovencísimo Yves Saint Laurent, que ocupó el puesto tras la
muerte de monsieur Dior dos años antes. La duquesa se atrevió a organizar este
desfile en Liria. El modisto presentó su colección primavera-verano 1959 con
modelos francesas llegadas especialmente desde París para la ocasión. Fue bonito
ver cómo bajaban las escaleras hasta el salón de baile entre cuadros únicos de
Goya y Tiziano. Se recaudó un millón de pesetas que se destinaron a las
Escuelas Salesianas de Francos Rodríguez.
Acudieron personajes
tan conocidos como Carmen Franco, marquesa de Villaverde, la infanta doña
Alicia de Borbón, la duquesa de Dúrcal, Cristina de Baviera y otras doscientas
personalidades. Se sumaron al desfile, como modelos, María Pastega, Charo
Palacios y Sonsoles Díez de Rivera, la hija mayor de los marqueses de Llanzol,
que también desfiló con ropa de Saint Laurent. Cayetana, embarazada de casi
siete meses, no pudo subirse a la pasarela, aunque no por falta de ganas.
Después se ofreció un cóctel. La mayoría de las asistentes se quedaron con las
ganas de encargar un vestido, pero debían viajar a París a probarse, así que la
mayoría se conformó con los buenos modistos que había en España.
Ahora Cayetana
regresaba al primer plano social con un evento relacionado con Estados Unidos.
En realidad, se trataba de una deferencia que quería tener con la hija de los
embajadores de Estados Unidos en España, Beatriz Lodge de Oyarzábal. La visita
de Eisenhower era una ocasión única para hacer una demostración de amistad a la
que deseaba que acudiera la sociedad al completo.
El día del baile se les
echó prácticamente encima a todos.
Desde el 1 de
diciembre, Parker repetía cada mañana y cada noche el recorrido que iban a
realizar Franco e Eisenhower. Se fijaba en la gente que frecuentaba esas
calles, y al que consideraba sospechoso, le preguntaba con cualquier excusa.
Margot y toda la Brigada Criminal, con el comisario a la cabeza, se dedicaron
en cuerpo y alma a vigilar palmo a palmo todo el trayecto. Quince días después,
ya incluso hacían guardia en las calles que aún permanecían con menos luz.
El baile, que se
celebró seis días antes de la llegada del presidente estadounidense a España,
se convirtió en un punto de encuentro con la sociedad norteamericana. Muchos
aristócratas españoles confiaban en poder establecer lazos con el fin de
agilizar el comercio entre ambos países.
Margot llegó con tiempo
para ayudar a Cayetana en los últimos preparativos, antes de la recepción de
los invitados que no hablaban español. Se vistió con un traje palabra de honor
de gasa de color azul claro y una flor en el pelo del mismo color. Antes de
salir de casa, tanto Camila como Sátur le dieron el visto bueno. Estaban
convencidas de que el joven Parker intentaría acercarse de nuevo a ella. A su
regreso de París, Margot había leído la tarjeta que acompañaba las flores, que
todavía pudo ver antes de que se pusieran mustias. En la tarjeta le pedía
perdón y le decía que le resultaba muy difícil borrar de su mente sus ojos y su
sonrisa. Antes del viaje a París, hubiera tirado la tarjeta, pero optó por guardarla.
Parker llegaría a la
fiesta después de supervisar una vez más las calles de la capital. Sería de los
últimos en acudir a la cita. Mientras tanto, Margot hablaba con unos y con
otros según llegaban. Se sintió aliviada al ver a Aline Griffith, que tanto le
había enseñado de autodefensa cuando comenzó su relación con la policía. Ella,
que era de origen estadounidense, hizo las presentaciones de muchos de los
inversores norteamericanos que deseaban realizar negocios con España con
personas relevantes en puestos clave. Todos coincidían en que Estados Unidos se
iba a convertir en el gran valedor del régimen español. Cuando no había ningún
norteamericano cerca, en los corrillos se comentaba la riada de dólares que
llegaría a España.
—Lo que más me gusta es
que van a llegar toneladas de productos alimenticios, como arroz y leche para
la población —afirmaba el marido de Aline, el conde de Quintanilla.
—Y las comunicaciones.
La red ferroviaria, sobre todo, va a mejorar muchísimo —comentó Luis Martínez
de Irujo—. Para España este viaje es importantísimo.
—Entre otras cosas
porque los dólares ayudarán a estabilizar nuestra economía —sentenciaba Luis
Figueroa.
—Lo malo de este plan
es que se basa en exportar mano de obra, de modo que los españoles tendrán que
mirar a Europa para conseguir trabajo. Esa será la segunda parte —comentaba el
duque de Alba—, un aumento espectacular del paro.
Se acercaron otras
personas y los dos aristócratas dejaron de hablar de esa segunda parte tan
incómoda, la que nadie quería mirar ni escuchar. Esa noche no había lugar para
críticas, todo eran parabienes hacia los norteamericanos. Se repetía una sola
idea, que España, por fin, se abría al mundo y a la industria. Un experto en
asuntos económicos aseguró que había escuchado a Tamames decir que «si un país
se industrializa, lejos de disminuir, sus necesidades de importación, por el
contrario, aumentan».
—Sabe mucho de
economía, pero sus ideas son como las de su padre. —Levantó la mano izquierda.
—Mejor eso, que está
por llegar, que el «no necesitamos a nadie» que llevamos escuchando desde la
posguerra.
Harry Parker apareció y
fue directamente a saludar a los distintos ministros que estaban en la fiesta.
Vestía un esmoquin negro y pajarita. Cogió al vuelo una copa de jerez, que
sirvieron antes de la cena, le dio un sorbo y encontró a Margot justo frente a
él. Le pareció que estaba más bella que nunca con un vestido azul celeste. No
podía hablar, tan solo contemplarla desde la distancia.
—Guapa, ¿verdad? —le
preguntó uno de los norteamericanos que estaban conversando con los
aristócratas.
—Muy guapa. Todavía
resulta más guapa hablando con ella porque no sabe la belleza que posee.
—Si está enamorado, no
desperdicie la oportunidad que le dará el baile posterior. Hay un joven
americano de moda que canta una canción que define muy bien su momento: It’s
Now or Never.
—¡Gracias! Yo también
sigo a Elvis Presley. «Ahora o nunca», como dice la canción; mañana puede ser
demasiado tarde. ¿Con quién tengo el gusto de hablar?
—Con el director de
cine Orson Welles.
Se dieron la mano y
continuaron hablando con otros invitados. Llegó el momento de la cena. Parker
no supo ni qué comió. Solo pensaba en cómo sacar a Margot a bailar. Como le
había dicho el director de cine norteamericano, no podía desperdiciar la oportunidad.
Margot, sin embargo, estuvo muy atenta a la conversación con su compañera de
mesa, Fabiola de Mora y Aragón. Al cruzar con ella dos palabras, se dio cuenta
de que estaba ante una persona con unas ideas que cuadraban más con las suyas.
No le preocupaba el lujo, sino los desfavorecidos.
—No sabes cómo
agradezco tu preocupación por los demás. Siempre pienso que en estas reuniones
a la gente solo le preocupa presumir de lo que tienen o lo que dejan de tener
—comentó Margot con desparpajo.
—Pues aquí hay más de
una persona que siempre está dispuesta a ayudarme en cualquier iniciativa
solidaria que emprendo. Yo hoy he venido básicamente acompañando a mi hermano
Gonzalo.
Ambas se contaron lo
que hacían y, en tono confidente, Margot le explicó que era escritora, pero que
también colaboraba con la policía en resolver algunos casos. Ninguna de las dos
imaginaba que, unos meses más tarde, Fabiola iba a requerir sus servicios.
—Yo no creo en la
casualidad, sino en la causalidad. Pienso que las cosas ocurren porque Dios así
lo quiere —le aseguró Fabiola.
—Interesante. Según los
filósofos, la causalidad es un principio fundamental para entender el mundo. Me
interesa mucho la filosofía.
Ambas olvidaron cuántas
personas tenían alrededor y hablaron sin parar, dando sentido a una noche que,
de otro modo, solo habría tenido un fin comercial. En medio de la conversación,
Fabiola le contó que acababa de estar en Lourdes.
—Siempre que voy, salgo
impresionada. Es un lugar muy especial. Si no has ido nunca, te recomiendo que lo
hagas —le sugirió Fabiola.
—Tendré en cuenta tus
recomendaciones.
Un comensal sacó el
tema de la próxima boda del sah de Persia con Farab Diba, después de repudiar a
Soraya.
—Con lo mucho que se
querían… Pero, claro, no podía tener hijos —dijo el marqués de Espínola.
—No entiendo por qué,
si se aman. Me parece muy cruel. No hemos venido a este mundo solo a tener
hijos —contestó Margot—. Somos seres humanos. Esa exigencia a las reinas o
emperatrices de tener que ser madres por encima de todo me resulta obsoleta.
Fabiola la escuchaba y
le gustó la vehemencia con la que hablaba. El marqués, molesto con las palabras
de la joven, volvió a tomar la palabra.
—¡No sé adónde vamos a
llegar! El emperador de Irán se va a casar con la hija de un capitán y el
heredero del Japón va a contraer matrimonio con Michiko, una chica burguesa de
buena familia, nada más. Así no vamos a ninguna parte.
Fabiola sintió como si
un puñal se le clavara en el pecho. Si la relación con Balduino seguía
adelante, estaba claro que dirían lo mismo de ella. No dejaba de ser una chica
de buena familia, nada más.
—Son otros tiempos.
—Margot retomó la palabra—. Se impone el amor por encima de la sangre azul.
Atrás han quedado las bodas por interés que no conducen a nada.
Fabiola miró a Margot y
sonrió. No podía estar más de acuerdo con sus palabras. Al concluir la cena, la
aristócrata no se quedó al baile. Las palabras del comensal le habían
ocasionado un profundo dolor. Pero Fabiola y Margot se despidieron con gran
efusividad y se intercambiaron los teléfonos de contacto.
—Si me necesitas algún
día, aquí me tienes —le dijo Margot mientras le daba su tarjeta. Se mostró
contenta de haberla conocido.
—Igualmente. —Fabiola
le dio también la suya.
Margot hizo de
anfitriona y la acompañó a la salida. Después se perdió en las estancias
privadas del palacio. Cuando llegó el momento del baile, Parker no era capaz de
encontrarla por ninguna parte. Alguien le dijo que había ido a saludar a los
niños de la duquesa. Deseaba observar cómo dormía el pequeño Fernando. Minutos
después apareció en el baile. Comenzó a hablar con unos y con otros. Media hora
más tarde, Parker y ella coincidieron frente a frente mientras tomaban un
cóctel de la bandeja de un camarero.
—Nada como un martini
seco a cualquier hora del día —le dijo Parker.
—Al parecer no se bebe
otra cosa en Estados Unidos. Creo que la novela de Ian Fleming algo tiene que
ver —aseguró Margot—. El agente británico James Bond toma el martini agitado,
pero no mezclado. A lo mejor ahí está la clave.
—Me gusta de cualquier
manera. —Se lo bebió de un trago—. Te pido que me concedas este baile… —le dijo
extendiendo la mano.
—No, Parker, no me
hagas esto. —Margot se resistía—. Hemos venido para hablar con los americanos y
no para bailar.
Desde lejos, el
director de cine Orson Welles aplaudía la decisión.
«It’s now or never…»,
pensó para sus adentros.
—No te molestaré más en
toda la noche. Es importante para mí que me aceptes. Nos están mirando los
americanos que me han contratado.
Efectivamente, parecía
que muchas personas estaban pendientes de si salía a bailar o no. Pensó en lo
mucho que él se jugaba en este viaje de Eisenhower y cedió.
—Solo un baile —le
advirtió—. Estamos trabajando. No sé cómo se te ocurre.
Él la estrechó en sus
brazos y bailaron la canción que tocaba la orquesta. Era la que más se
escuchaba en las radios españolas en la época, Luna de miel, de Gloria
Lasso, que hablaba de almas encendidas, milagros de amor y pulso en las venas.
—¿Cómo estás? —le dijo
Margot para romper el hielo.
—Muy preocupado, pero a
la vez esperanzado. Gracias por tu apoyo, Margot. Pronto regresaré a Londres y
te librarás de mí…
—¡Harry! —exclamó,
molesta.
—Perdóname. Es el
efecto del martini.
Harry se acordó del
consejo que le dio Julián Martín-Briz. Lo mejor para atraerla era darle
libertad.
—Seguramente me coja
unos días cuando todo acabe.
—¿A dónde irás?
—Puede que me quede en
España. Ya veré.
La música siguió, pero
ellos dejaron de bailar al terminar la canción. Ambos se perdieron entre la
gente. Margot no dejó de hablar con los norteamericanos. Parker se retiró y le
preguntó si quería que la llevara a casa.
—No, muchas gracias. Me
quedaré hasta el final y me llevará el chófer de Cayetana.
—Pues ¡hasta mañana!
—le dijo Parker, guiñándole un ojo.
Margot, que a todo le
daba vueltas, se preguntaba por el significado de ese gesto.
Cuando despidió al
último invitado, decidió marcharse a casa. Estaba agotada.
—Hoy hemos hecho una
buena labor por nuestro país —le dijo Cayetana.
—¡Ojalá!
La duquesa mandó llamar
al chófer. Margot necesitaba dormir y pensar. Sobre todo pensar en qué estaba
sucediendo de nuevo entre Parker y ella.
15
El amigo americano
Los seis días entre el
baile y la llegada de Eisenhower fueron trepidantes. Sobre todo para los que
tenían la responsabilidad de salvaguardar la seguridad en las calles de la
capital. Llegaron refuerzos policiales de otras ciudades. Los que fueron
miembros de la policía, como era el caso de Vicente Cerezo, también se vieron
en la obligación de participar en la operación relacionada con la visita del
presidente.
La noche del 20 de
diciembre, la anterior a su llegada, había más policías por las calles que
gente corriente. Los barrios se engalanaron con grandes fotografías de Franco y
Eisenhower. Todos los establecimientos comerciales pusieron en los escaparates
banderas estadounidenses. En el Edificio España, en la plaza del mismo nombre,
colgaron una fotografía que lo cubría por completo, en la cual se podía leer: «Welcome
Ike». Una familiaridad de trato que solo utilizaban sus amigos y familiares.
El conde de Mayalde
utilizó, en su bando como alcalde, el mismo nombre amigable para pedir a los
habitantes de Madrid que salieran a la calle a recibirlo. A la vez, les
solicitaba que meditaran el significado de la visita del «hombre más poderoso
de la tierra»: «Vamos a recibir a Ike con el corazón abierto, no solo con la
hospitalidad que brindamos a los que nos visitan, sino con el amor y la
admiración que merece este hombre grande y bueno». Igualmente hablaba del
pueblo español, que quería la paz en el mundo, pero «una paz con honra que nos
salve a todos de los peligros de la guerra atómica —estaba muy presente la
devastación de Hiroshima y Nagasaki— y también de la esclavitud del yugo
extranjero», concluyó. Querían un gran recibimiento. Necesitaban que la ayuda
económica estadounidense llegara a España. Nadie deseaba que ocurriera como
anteriormente con el Plan Marshall, que destinó miles de millones para la
reconstrucción de Europa occidental tras la Segunda Guerra Mundial. Una ayuda
que excluyó a España. El grueso de los dólares se los llevó Gran Bretaña,
seguida de Francia y Alemania occidental.
El 21 de diciembre por
fin llegó y Parker se puso al frente del operativo de seguridad. Franco
esperaba al presidente norteamericano en la base conjunta de Torrejón de Ardoz.
El saludo fue visiblemente cordial. Un intérprete los ayudó a la hora de
comunicarse y se montaron en el Rolls-Royce Phantom IV descapotable de reciente
adquisición por el Gobierno de España. Desde que salieron de la base, se
encontraron con filas y filas de personas con banderitas estadounidenses que
los aplaudían y vitoreaban a su paso. Al llegar a la plaza de Castelar, el
alcalde le dio la bienvenida en nombre del pueblo madrileño y lo calificó de
«peregrino de la paz mundial». Inmediatamente después, entraron en el paseo de
la Castellana, alcanzaron el paseo de Recoletos y llegaron hasta Cibeles. La
multitud de personas en el centro de Madrid cada vez era mayor.
Las aceras bullían de
personas y rostros curiosos. En algunos edificios, las ventanas permanecían
abiertas y algunos curiosos buscaban la mejor posición para ver el desfile.
Para Parker, aquella multitud, lejos de tranquilizarlo, le inquietaba aún más,
pues se multiplicaban los ángulos muertos y las posibilidades de un desenlace
fatal.
Parker, que iba de
avanzadilla, detectó un movimiento extraño en uno de los ventanales de una de
las últimas casas de la calle Alcalá, antes de subir por la Gran Vía de José
Antonio. Le pareció ver que algo brillaba a través de una ventana abierta.
Pensó que podía ser un arma. Mandó parar el coche y subió al inmueble. Llamó a
las dos puertas del último piso, pero no le abrieron. Forzó las cerraduras y en
uno de ellos encontró balas tiradas por el suelo. Oyó un ruido extraño en la
escalera y subió a la buhardilla. Sacó su pistola y se identificó como policía.
Al cabo de unos segundos, alguien lo golpeó por la espalda, y forcejearon un
buen rato hasta que sonó una detonación y después otra.
Justo en ese momento,
el coche de Gutiérrez, en el que iba Margot, paró en la acera de la calle
Alcalá, detrás del coche de Parker. La comitiva con Franco e Eisenhower todavía
estaba lejos.
—¿Eso no ha sido un
disparo? —preguntó el inspector.
—Creo que han sido dos
—comentó Margot.
Desenfundaron sus armas
y subieron hasta el último piso. Escucharon la voz del jefe de seguridad
pidiendo ayuda. Con una linterna iluminaron el interior del tejado. Lo primero
que vieron fue un reguero de sangre. Un joven vestido con un mono azul de
trabajo permanecía en el suelo, herido en la pierna. Parker lo retenía boca
abajo con el peso de su rodilla mientras sujetaba su pistola con la mano
derecha. El brazo izquierdo le sangraba y presentaba una herida de bala. Parker
había alejado con una patada la pistola que portaba el malhechor.
—Hacedle un torniquete
para que la herida deje de sangrar.
Gutiérrez se quitó el
cinturón de sus pantalones y lo ciñó al muslo del agresor.
—¿Por qué querías
disparar a la comitiva? ¿Quién te paga? —le preguntaba Parker una y otra vez.
El hombre, de unos treinta
años, prefirió guardar silencio.
—Te hemos pillado, pero
seguro que por ahí andará escondido otro compinche. ¿No es así?
Continuó sin pronunciar
una sola palabra. Tan solo emitía sonidos del dolor que le producía la herida.
Margot se rasgó una de
las mangas de su blusa y le apretó la herida a Parker hasta que dejó de
sangrar. La joven se puso su chaqueta encima para que nadie viera su blusa
hecha jirones.
—Por favor, llevadme en
vuestro coche. Necesito seguir de avanzadilla —ordenó Parker—. Si hay uno, su
compinche no andará lejos, seguramente en otro ventanal o entre el gentío que
se agolpa en la calle.
—Yo me quedaré aquí a
la espera de que pase la comitiva y me mandéis refuerzos —comentó Gutiérrez—. Y
para que le vea un médico.
La comitiva cada vez se
encontraba más cerca y estaba a punto de pasar por allí. Margot se puso al
volante y Parker ocupó el asiento del copiloto. El responsable de la seguridad
se colocó la chaqueta de Gutiérrez por encima para no llamar la atención y
tapar la camisa, que llevaba manchada de sangre. Mucha gente rodeaba ya los
coches. A Margot le costó apartar a la muchedumbre para poder sacar el vehículo
de la brigada.
—Sigue hacia arriba,
pero ve muy despacio —le dijo Parker—. Tengo que fijarme en las ventanas.
Entraron por la Gran
Vía que tanto conocía Margot. Accedieron hasta la calle Princesa, donde todos
los policías estaban en sus puestos.
—Espero que nada se nos
esté pasando por alto —comentó Parker.
—No necesariamente.
Tenemos la zona tomada por la policía. Debes relajarte. Por cierto, tu brazo no
para de sangrar —apostilló Margot.
—Eso ahora no importa.
No puedo relajarme —dijo Parker.
—¡Aprieta al menos la
herida! —le ordenó Margot, muy seria.
Accedieron al perímetro
de Moncloa por el Arco de la Victoria y allí, frente a una patrulla de policía,
paró el coche. Parker quería hablar con ellos.
—Soy el jefe de
seguridad de este operativo —se identificó—. Hay un Citroën dos caballos gris
mal aparcado en plena calle Alcalá con la Gran Vía, es el mío. El conductor
también es policía. Díganle que ya se puede ir de allí. Por cierto, llamen al
comisario Benito Poveda de la Brigada Criminal y díganle que mande refuerzos al
número 43 de la calle Alcalá, a la altura de la iglesia de San José.
No quiso decirles lo
que había ocurrido. Debían mantenerlo en secreto.
—Por favor, pidan
también una ambulancia, que acuda al palacio de la Moncloa —añadió Margot—
cuando Eisenhower ya haya accedido a su residencia. ¡Por precaución!
Margot y Parker no
querían que ningún policía se percatara de lo que había sucedido. Siguieron
avanzando y observando los ventanales y el gentío que se agolpaba en las
aceras.
—¡Es imposible
preservar la seguridad con tanta gente agolpada al paso del coche de Franco y
Eisenhower!
—Hay cientos de
policías mezclados entre la gente. Tengo la convicción de que no va a pasar
nada —afirmó Margot, convencida.
—Me gustaría estar tan
seguro como tú. Voy a pedir que, a partir del Arco de la Victoria, Franco y
Eisenhower se sienten y suban la capota del coche. Allí ya enfilarán la
carretera camino del palacio de la Moncloa. No quiero arriesgar más la
operación. Lo hago por ellos y por mí.
Así se hizo. Ni
Eisenhower ni Franco se percataron del cambio. El presidente norteamericano
estaba muy impresionado de lo que iba viendo a su paso por el corazón de
Madrid. Sus fotos, las banderas estadounidenses, las palabras de bienvenida…
Todo parecía una fiesta. De hecho, ese día no abrieron los colegios ni las
universidades, y se consideró que no era día laborable. Una vez ya en el
palacio de la Moncloa, el presidente norteamericano mostró su gran
satisfacción. Aseguró que pocas ciudades podían ofrecer un itinerario tan largo
con tanta seguridad y con una urbanización de tanta calidad.
Franco felicitó en un
aparte al ministro de la Gobernación, que estaba en la recepción como el resto
de los ministros.
Fuera del palacio,
llegó una ambulancia con el servicio médico, al parecer por simple precaución,
para asistir a Eisenhower o a alguien de su comitiva. Entonces Margot se acercó
y avisó al médico de que había ocurrido un accidente.
—Con el exceso de celo,
a un guardia se le ha disparado el arma —mintió—, con tan mala suerte que le ha
dado en el brazo al responsable del operativo. Le hemos hecho un torniquete
como hemos podido.
El médico pidió que lo
llevaran de inmediato ante él y observó la herida de bala. Lo tumbó en la
camilla y le comunicó que tenía que extraerle el proyectil enseguida.
—Debería ir a un
hospital —comentó el médico.
—No me voy a mover de
aquí —le dijo Parker con rotundidad.
—Está bien, se la
extraeré con los pocos medios de que dispongo.
El médico le abrió la
herida sin anestesia. A los pocos minutos extraía la bala con unas pinzas de
gran tamaño. Le lavó bien toda la zona y la cerró.
—Son ustedes como los
toreros, de otra pasta. También ha sido mala suerte que le diera la bala
—aseguró el sanitario con suspicacia. Tenía suficiente experiencia como para
saber cómo y de dónde había llegado aquella bala.
—Mejor a mí que a
Eisenhower.
—También es verdad.
—Doctor, de este
accidente mejor no decir nada. Todo lo que llevamos trabajado no se puede
oscurecer por esto.
—¡Por supuesto!
Le vendó el brazo
izquierdo y se lo puso en cabestrillo.
—Bicho malo nunca muere
—le dijo Margot al oído.
Parker sonrió y siguió
dirigiendo todo el operativo desde uno de los vehículos que instaló la policía
dentro del complejo de la Moncloa. Mientras, en el interior del palacio,
Eisenhower no dejaba de recibir regalos: cuadros, esculturas, libros,
guitarras, distintos objetos de artesanía y vino de las diferentes regiones de
España. Toda la comitiva del presidente recibió también obsequios. Estaban
todos altamente impresionados.
La visita fue todo un
éxito, aunque había un hombre herido todavía sin identificar. Pero el operativo
había funcionado. Un millón de personas vitorearon a Eisenhower a lo largo de
un itinerario con miles de banderas estadounidenses y fotos de ambos
mandatarios. La multitud estaba enfervorecida, pero a Parker el recorrido se le
hizo eterno. Margot estuvo siempre a su lado. Lo observaba sin decirle nada. La
había impresionado lo valiente y profesional que Harry se había mostrado.
Fabiola siguió por la
radio la llegada del primer presidente estadounidense a España y sus primeras
declaraciones: «Estoy viviendo uno de los grandes sueños de mi vida: visitar
España y conocer Madrid». Todos los periodistas coincidían en que ese abrazo
entre Franco y él a los pies de la escalerilla del avión, nada más aterrizar el
Boeing en el que viajó, significaba algo más que un gesto. Se trataba del
reconocimiento de la primera democracia del mundo al régimen de Franco en su
lucha común contra el comunismo. La noticia la habían cubierto más de
quinientos periodistas llegados desde todas partes del mundo. España salía del
aislamiento internacional.
Gonzalo, el hermano de
Fabiola, estaba invitado esa noche a la gran cena de gala ofrecida en el
palacio de Oriente. Antes, Eisenhower y Franco hablaron de asuntos económicos,
de la importancia de estar unidos frente a Rusia. Eisenhower además le comunicó
abiertamente la necesidad de apertura y libertad en España. En la cena de gala,
durante los brindis, recalcó «los lazos de amistad —desde los Pactos de Madrid,
seis años antes, y el ingreso en la ONU en 1955— para seguir trabajando juntos
y dejar a nuestros hijos la paz, la justicia, la amistad y la libertad».
Al día siguiente, «el
amigo americano», como lo calificó la prensa, se subió de nuevo al avión para
continuar su gira por otros países de Europa. Entre otras frases, dejó una de
la que se habló mucho: «Odio la guerra como solo puede hacerlo un soldado que
la ha vivido y que ha visto su brutalidad, su inutilidad y su estupidez».
Cuando Fabiola leyó aquellas palabras, no pudo estar más de acuerdo. En las
guerras todos perdían, incluso quienes se alzaban con la victoria.
Todavía con los ecos
del viaje del presidente norteamericano, los Mora y Aragón vivieron en familia
la Nochebuena de ese año 1959. Fue el tema de conversación favorito.
Después de la cena, los
más pequeños de la casa cantaron villancicos cerca del belén que había montado
el servicio en una parte del salón. Los que llevaban la iniciativa eran los
diez hijos de Neva y Alfonso Escrivá, conde de Sástago y hermano de su mejor
amiga. Los de su hermano Gonzalo, casado con María de las Mercedes, también los
ocho de Annie y su marido Jaime de Silva, decimocuarto duque de Lécera. Los
tres de Alejandro, el cuarto hermano, que se casó en La Habana con Ana María
Gasch.
—Podemos hacer una
coral —decía Fabiola mientras se unía a ellos.
Su querida hermana Mari
Luz la siguió y cantaron con ganas. La pequeña, que era la única conocedora del
secreto de Fabiola, le guiñó un ojo y le dijo al oído:
—Para ti estas
navidades son muy especiales. Vívelas como algo único. ¿Quién sabe dónde
estarás el año que viene?
—¡No digas eso! ¿Dónde
voy a estar? ¡Pues aquí, con vosotros!
Fabiola siguió cantando
y los niños la rodearon. Tenían verdadera admiración por su tía, narradora de
doce historias fabulosas en forma de cuento que les había regalado a cada uno
de ellos.
—Tía Queen, cuéntanos la
historia de los caracoles Kiyi y Yogo —le pidieron los más pequeños.
—No me llaméis así…
—les dijo a sus sobrinos, que tiempo atrás le pusieron ese mote. Sin embargo,
ahora a Fabiola le sonaba diferente.
—¿Por qué no te podemos
llamar tía Queen?
—Bueno, llamadme como
queráis.
Jaime se sentó al piano
y comenzó a cantar melodías que nada tenían que ver con el espíritu navideño.
Escucharon tan solo un par de canciones, hasta que Fabiola le pidió que parase,
que ese día era para otro tipo de música. Jaime dejó de tocar el piano y se
sirvió un whisky. Los demás encendieron cigarrillos y se sentaron en torno a
Alejandro, que había tenido que abandonar La Habana precipitadamente como
consecuencia de la revolución castrista. Tras regresar a España, se volvió a establecer
como empresario. Con él llegó su esposa, la hija de un rico terrateniente de la
isla. Todos le aconsejaban nuevos negocios y le preguntaban si necesitaba
dinero.
—Gracias, si lo
necesitara acudiría a vosotros —comentó muy agradecido Alejandro.
—¿Eso no me lo decís a
mí? —les dijo Jaime con insolencia.
—No te lo preguntamos a
ti porque sabemos qué relación tienes con el dinero. Te quema en el bolsillo.
Bastantes disgustos le ocasionaste a papá con tus muchas deudas.
—Sois unos estirados.
¿Quién de vosotros puede decir que ha vivido en París?
—Dirás malvivido
—comentó Gonzalo.
—¿Quién ha sido
luchador de lucha libre? —siguió preguntándoles Jaime.
—¡Ni queremos! —dijo
Alejandro.
—¡Soy actor, cantante,
relaciones públicas, músico…! Y todos vosotros sois una panda de aburridos y
hombres correctos. A mí me gusta equivocarme. ¡Me largo a mi cuarto!
Se sirvió más whisky en
la copa y, después de pensárselo unos segundos, decidió llevarse la botella
entera.
—No os preocupéis, me
vais a ver poco por aquí. Me han ofrecido vivir en Torremolinos. Quieren
impulsar esa zona a nivel turístico y me han pedido que les eche una mano.
—O sea, que quieren
impulsar la vida nocturna y las fiestas continuas —comentó Gonzalo.
—Algo parecido —afirmó
Jaime—. No andas muy equivocado. Todavía es algo incipiente que iré concretando
el año que viene.
Se retiró a su cuarto y
los demás continuaron comentando lo que acababa de decirles Jaime hasta que los
niños volvieron a cantar villancicos. Así, poco a poco, fueron formando
corrillos para hablar de temas menos trascendentes que los que hasta ahora
habían tratado. Fabiola sonreía y cantaba, pero su pensamiento estaba lejos de
allí.
16
Un nuevo encuentro
en España
Las cartas entre
Balduino y Fabiola se sucedían cada vez con más frecuencia. En una de ellas, él
le contó que tenía previsto un viaje privado a Barcelona para reunirse con
algunos empresarios. Le sugirió que por la noche podrían encontrarse en la
Costa Brava y cenar juntos. Fabiola lo llamó por teléfono. No tuvo que decir
más que su nombre para que le pasaran la llamada.
—¿Cómo estás? —preguntó
en cuanto escucho la voz del monarca.
—Deseando verte,
Fabiola —dijo él con sinceridad—. ¿Qué te parece lo de cenar juntos en la Costa
Brava?
—Si nos ven solos, la
gente hará elucubraciones —advirtió ella—. Creo que debemos seguir
discretamente con nuestro acercamiento.
—Tienes razón —afirmó
Balduino—. Se me ocurre que organices tú la cena con personas de tu entorno.
Así voy conociendo a tus amistades.
—Está bien. Así lo haré
—afirmó entusiasmada. Fabiola se sentía más tranquila si llevaba ella el
control de algo en todo lo que estaba viviendo—. ¿Sabes? Estoy escribiendo en
un diario todo lo que nos está ocurriendo. Me parece bonito tener este
recuerdo. Espero que no te parezca mal. Me ayuda a reflexionar.
—No, en absoluto. Me
gustaría poder hacer lo mismo, pero prefiero seguir escribiéndote cada noche.
Para mí es importante.
—Para mí también.
Bueno, no quiero interrumpirte más —se excusó Fabiola.
—Puedes llamarme
siempre que quieras. —Balduino quiso asegurarse de mantener el contacto.
—¡Cuídate mucho!
Cuando escuchó esa
frase en la voz de Fabiola, le resonó en su cerebro durante días. Le parecía
una mujer interesante y a la vez llena de ternura. De alguna manera se
asemejaba en carácter a su idealizada madre. Lo importante era que ya tenían
otra cita para verse. A Balduino le resultaba muy difícil viajar sin que
alguien le preguntara el motivo. Ambos convinieron en que fuera a finales del
mes de enero, con motivo de su reunión privada con empresarios.
Fabiola continuó con
sus visitas a los ancianos de la calle Almagro y ayudando a las familias más
necesitadas de los barrios marginales. Un día se levantó con ganas de hacer
algo que sorprendiera a Balduino. Decidió aprender a hablar flamenco. Esa
variante del neerlandés era más complicada que los otros idiomas que había
aprendido con el paso de los años. Encontró un profesor belga que comenzó a
darle clases a diario. En realidad, conocer tantos idiomas, cinco en total, le
facilitaba aprender uno nuevo con rapidez. Empezó con palabras y frases
básicas. También quiso conocer todo lo relacionado con la cultura del país.
Leyó y leyó sin parar al prolífico George Simenon y sus novelas policiacas con
las aventuras del comisario Maigret. Se propuso conocer más de cerca la obra de
otros autores belgas que habían publicado en francés. Adquirió todas las
aventuras de Tintín, el gran personaje de Georges Remi, más conocido como
Hergé. Aunque ya se las había leído a sus sobrinos, ahora las analizaba desde
otra perspectiva. Todo pasaba a gran velocidad y ella lo apuntaba. Subrayaba
una y otra vez las frases que más le llamaban la atención de las cartas de
Balduino y las introducía en su diario. En la radio, además, triunfaba otro
belga, Jacques Brel, con su tema Ne me quitte pas. De repente descubrió
la gran cantidad de cultura belga que había llegado a España sin que ella se
diera cuenta.
Cuando se lo comentó a
Pilar Sástago, esta le dijo que eso pasaba siempre que ponías el foco de
atención en algo.
—Da la impresión de
que, a partir de ese momento, solo ves aquello relacionado con lo que te
obsesiona —afirmaba su amiga.
—Totalmente cierto.
Pilar, necesito que me ayudes a organizar una cena con el rey en la Costa
Brava. Tiene que haber gente de nuestro entorno que no sepa nada de lo que está
ocurriendo —insistió—. Puedes decir que, aprovechando un viaje de negocios, el
rey está interesado en cenar con personas de su edad. ¡Ah, y por supuesto debes
estar tú!
—Está bien. ¿Cuándo
está previsto que venga?
—A finales de enero.
—¿Seis personas serán
suficiente? Sin contar al rey.
—¡Exacto! Cuatro más,
aparte de nosotras.
—Sin problema, déjalo
de mi cuenta.
Fabiola sonrió y le dio
las gracias. Sabía que podía confiar plenamente en Pilar.
Cuando todo el
operativo de seguridad finalizó, desde el Ministerio de la Gobernación
felicitaron a Harry Parker por su trabajo. Margot se sintió orgullosa. El cruce
de disparos entre él y el radical que neutralizaron no trascendió demasiado. Se
supo que era un miembro de la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias,
que, desde la clandestinidad, promovía la lucha armada contra el franquismo.
Por fortuna, no hubo nadie más dispuesto a disparar al paso de la comitiva.
Parker agradeció el apoyo de todos, en especial al comisario.
—Para mí era un reto
que todo saliera bien —afirmó, con el brazo en cabestrillo—. Sin el apoyo de
todos, no lo hubiéramos conseguido. Estoy en deuda con ustedes. Les agradezco
su entrega. Ha sido una visita de enorme repercusión a todos los niveles. Una
vez más, gracias.
—Lo importante ahora,
Harry, es que se recupere del todo y no se descuide —respondió el comisario—.
Nos hemos acostumbrado a verle por aquí.
—En cuanto esté en
condiciones, me pongo a su disposición para lo que necesite —añadió Parker,
refiriéndose al caso de Almudena Pimentel.
—Se lo agradezco mucho
—concluyó el comisario—. Cualquier ayuda será bienvenida.
Ambos se dieron un
abrazo y pasaron al despacho para hablar a solas sobre el caso de la joven que
llevaba tantos años desaparecida.
—Mi querido Parker.
Necesito que se vuelque en lo que está sucediendo en París —le pidió ya en
privado—. Cualquier información que nos permita detener a Ángel Torres será
bienvenida.
—Estos días me iré a
Londres a pasar las fiestas. —Parker parecía deseoso de tener unos días para
desconectar, tras la visita del presidente norteamericano—. Pero volveré
después de Año Nuevo para ayudar a Margot en cerrar el cerco al pintor. Al
parecer, hará una exposición en una de las galerías de París. Puede ser el
momento de llegar a él.
—Me gusta verlos
trabajar de nuevo juntos —confesó el comisario—. Incluso la animadversión que
existía tras su ruptura parece que se ha esfumado.
—Hay acercamiento, pero
nada más —aclaró Parker—. Nuestra relación es solo profesional, no pretendo
otra cosa.
—Tiempo al tiempo. Se
lo dice un viejo que lleva casado más de cuarenta años —advirtió divertido el
comisario—. Todavía me sorprendo con muchas de las reacciones que tiene mi
esposa. Si por ella fuera, debería olvidarme de la comisaría. Pero esta segunda
parte de mi vida laboral me gusta tanto o más que la primera.
—¡Eso es tener
vocación! No sé yo si esta brigada funcionaría sin usted.
—¡Shhh! —Lo mandó
callar—. Eso no lo diga ni en broma. Al comisario jefe le puede sentar como un
tiro. Estoy de apoyo, nada más. Con eso ya soy feliz. Él está todo el día con
el ministro para arriba y para abajo. A mí, en cambio, me gusta el trabajo de
campo. Nada me satisface más que atrapar a los criminales. No tengo ninguna
intención política, ni necesito salir en ninguna foto.
—Eso dice mucho de
usted. ¡Pocas personas he conocido con su categoría!
—Bueno, dejemos de
hablar de mí. ¿Dónde pasará estas fiestas?
—Como ya le he dicho,
me iré a Londres —le dijo—. Después regresaré para entregar el informe al
ministro sobre la operación de la visita de Eisenhower. Le deseo lo mejor para
1960 —le dijo mientras le ofrecía la mano para despedirse.
—Igualmente, Parker.
—El comisario imitó el gesto—. Y que en el nuevo año encontremos a Almudena
Pimentel. Sería un alivio para todos.
Se dieron un apretón de
manos y Harry se despidió de todos uno a uno en comisaría. Cuando llegó a
Margot, le dio la mano como al resto y le deseó un gran año 1960.
—¡Que sea un gran año
para ti también, Harry! —le contestó.
Margot se quedó
pensativa. Le gustaba mucho más este nuevo Parker que el anterior. Más centrado
en su trabajo e incluso más reflexivo, citando a filósofos a los que ella
admiraba. Al llegar a casa, Camila le dijo que habían llamado sus tíos y que le
habían comunicado que no podrían ir a Madrid. Le pedían que fuera ella quien
viajara a Londres para pasar las fiestas con ellos.
—¿Y vosotras? —preguntó
Margot.
—Yo esperar aquí tu
vuelta con Sátur —dijo Camila—. Este año, con la muerte de my father, no
querer ir allí.
—¡Váyase tranquila! Aquí
estaremos bien las dos —le confirmó Sátur—. ¡Qué vamos a hacer la una sin la
otra!
—Ya veo que estáis muy
unidas —afirmó Margot, complacida por la amistad de aquellas dos mujeres—. Iré,
¡qué remedio!, pero será un viaje relámpago. Para fin de año estaré con
vosotras.
—Espero que no la vean
excesivamente delgada, porque esa es mi responsabilidad —comentó Sátur.
—No sabría qué hacer
sin mis dos «guardianas».
Margot las abrazó a las
dos a la vez. Ambas la cuidaban como si fuera su hija. Desde que se quedó huérfana,
Camila renunció a su propia vida por ella. Y Sátur, que se incorporó en el
momento en el que regresó a España, se convirtió en imprescindible. Realmente,
la cocinera era la más intuitiva de las dos, y resultaba muy difícil engañarla
con los sentimientos o con los temas laborales. Las dos sabían de su vocación
por la investigación policial y las dos mantenían su secreto frente a sus tíos,
que seguían convencidos de que escribir de moda era lo que realmente la
motivaba. Margot no quería sacarlos del error. Sabía que les preocuparían en
exceso sus incursiones con la policía y que la harían regresar a Londres
inmediatamente bajo su tutela. Y a ella le gustaba sentirse independiente.
Margot llegó a Londres
la tarde del 24 de diciembre. Después de saludar a sus tíos, se arregló para
participar de la noche más especial en la embajada. Todo el personal se reunía
tradicionalmente para celebrar la festividad central de las Navidades.
Margot comprobó que su
habitación estaba intacta, como siempre que los visitaba. Imaginaba que sus
tíos soñaban con que la experiencia española concluyera en algún momento y
regresara a Inglaterra con ellos.
—Te veo muy delgada,
Margot —le dijo su tía.
—Yo la encuentro
estupenda —comentó su tío Julián. No hagas caso a tu tía. Le gusta la gente
rellenita. Tú y yo somos dos palos, pero no pasa nada. Nos conservaremos
jóvenes toda la vida.
—Vaya hombre, muchas
gracias —le dijo Frances riéndose.
Su tío saco su pipa y
le hizo un gesto cómplice para que lo acompañara. Ella también había traído la
suya consigo y fue a su cuarto a buscarla, ante el gesto de desaprobación de su
tía, que no veía con buenos ojos que fumara. Se sentaron, llenaron las pipas de
tabaco y las encendieron en su ritual particular. Margot tosió ligeramente,
hacía bastante que no la encendía. Después, tío y sobrina compitieron por ver
quién hacía las volutas más grandes.
—No le veo ningún
beneficio a que fumes. Y menos en pipa. No conozco a ninguna mujer que lo haga
—insistió su tía.
—Pues ya conoces a la
primera —le contestó su marido entre risas.
—Tía, solo fumo cuando
necesito reflexionar y cuando me relajo, como ahora. —Margot intentaba
tranquilizarla sin éxito—. No te preocupes por mí. —Se levantó del asiento y
besó a su tía—. Quiero aprender grafología de la mano de Matilde Ras —dijo para
cambiar de tema—. La he entrevistado y me ha recomendado alguno de sus libros,
y ya he aprendido a leer en la firma de las personas.
Su tío, divertido,
cogió un papel y firmó. Después invitó a Frances a hacer lo mismo.
—¿Qué nos puedes decir?
—le tendió el folio a su sobrina.
Observó las dos firmas
minuciosamente y aplicó el conocimiento que vertía la grafóloga Matilde Ras en
su libro.
—Pues, tía Frances,
debes abrir la firma —fue lo primero que dijo—. No encierres tanto tu nombre en
un círculo. ¿Ves? Parece una burbuja. Eso es signo de timidez, incluso de
búsqueda de seguridad y protección. La tuya, tío, en cambio, con una rúbrica
sencilla bajo el apellido, significa un gesto de autoafirmación y una fuerte
voluntad para alcanzar metas. Refleja a una persona segura de sí misma.
—¡Interesante! —dijo
Julián mientras seguía lanzando volutas de humo al aire.
La tía Frances le dijo
que le haría caso. Miró el reloj y les dijo a todos que debían vestirse y
acudir a la cena de Nochebuena de la embajada. Se les estaba haciendo tarde.
Margot se puso un vestido de noche de gasa de color verde muy ceñido en la
cintura y anudado al cuello con dos tirantes anchos. La falda de capa dejaba
los tobillos al aire. Frances se vistió con un vestido negro con lentejuelas
del mismo color, sueltas y desperdigadas por la falda. Los diseños del modisto
Pedro Casares permanecían en el armario, guardados en cajas. No se atrevían a
tirarlos, pero tampoco deseaban ponérselos. Parecía que les daba mal fario.
Frances ayudó a su sobrina a recogerse el pelo y le puso una estrella brillante
en un lateral.
—¿No iré demasiado
arreglada? —pregunto Margot.
—Esta noche todas las
mujeres nos arreglamos mucho. ¡Estás guapísima!
—Lo corroboro —dijo su
tío, que apareció ya vestido con un esmoquin tradicional y pajarita.
—¡Disfrutemos de la
noche! —sentenció Frances.
Llegaron al cóctel y
todos saludaron a Margot. La veían muy cambiada y le preguntaban
insistentemente si tenía novio. Ella decía que no y se reía de los comentarios
que le hacían. De pronto, al ir a coger un martini de una bandeja, se encontró
con la mano de Parker.
—¿Tú aquí? —le dijo
ella, extrañada.
—Podría decirte lo
mismo. ¿Tú aquí? ¡Brindemos!
Chocaron sus copas y
bebieron aún sorprendidos. Ninguno de los dos sabía nada. Quien sí tenía
conocimiento de la presencia de ambos era el tío Julián, que había guardado el
secreto de Parker todo ese tiempo: sus sentimientos hacia su sobrina. Se escapó
un momento del cóctel y se dirigió a la mesa donde iban a cenar. Miró los nombres
y, al comprobar que Parker estaba lejos de Margot, cambió las tarjetas y los
sentó uno al lado del otro.
—¡El protocolo nunca
acierta con estas cosas! —dijo entre dientes—. A veces, hay que ayudar un
poquito a las personas.
Salió de allí y se
dirigió hacia el corrillo donde estaba el embajador, José Fernández Villaverde,
marqués de Santa Cruz, charlando sobre Egipto, uno de sus temas recurrentes, ya
que también había sido embajador en El Cairo durante dos años. Hablaba
apasionadamente de las pirámides y de los faraones. No tanto de su política y
del deseo de Nasser de crear un estado árabe unificado.
—Parece que lo ha
conseguido. El movimiento panarabista y la unión política con Siria finalmente
es una realidad. Eso sí, no sé durante cuánto tiempo —aclaró el diplomático—.
Se están moviendo muchas piezas del ajedrez del mundo; en África, en América… Y
no olvidemos a España y su apertura al mundo. Importantísima la visita de
Eisenhower.
—Tenemos la suerte de
contar esta noche con el señor Harry Parker, que ha llevado como nadie la
seguridad del viaje. Creo que merece un aplauso.
Todos se giraron y le
aplaudieron. Harry se quedó sorprendido, alzó su martini y agradeció el
reconocimiento. Le dolía mucho el brazo izquierdo, que mantenía pegado al
cuerpo, sin poderlo mover. Se había quitado el cabestrillo, pues no quería que
nadie de la embajada se enterara de su herida de bala. Sorteó como pudo los
abrazos y las palmadas en la espalda.
—¡Enhorabuena, Harry!
Hasta Londres ha llegado tu éxito —le dijo Margot.
—Ya veo cómo corren las
noticias importantes. Pero ¿por qué todos me golpean en el brazo? No lo
entiendo.
—Esto es algo
matemático —afirmó Margot—. Si te duele un pie, todo el mundo te pisa. Pasemos
a cenar y ahí nadie te tocará.
Fue entonces cuando
comprobaron que estaban juntos. Harry entendió el guiño del tío de Margot unos
minutos antes.
—La primera vez que
funciona el protocolo —se alegró Parker—. Bueno, otros años también nos han
sentado juntos.
—Pues este año repiten
—comentó Margot, totalmente ajena a la maniobra de su tío.
Harry le apartó la
silla y esperó a que hiciera intención de sentarse para acercársela a la mesa.
Tragó saliva y pensó que sería importante para él no meter la pata, como le
solía ocurrir.
Apenas comieron.
Hablaron sin parar de todo, como si se conocieran por primera vez. Comenzaron
dialogando sobre lo cambiada que estaba la embajada y continuaron con el caso
de Almudena Pimentel. A Margot le preocupaba que la joven estuviera embarazada
sin la debida atención médica. No había rastro de ella en ningún hospital de
París. Alguien de la mesa pidió que esa noche no hablaran de trabajo. Por
deferencia, cambiaron de tema y conversaron sobre el nuevo año que estaba a
punto de dar la cara.
—Va a ser un gran año.
Me gusta cuando comenzamos una nueva década. ¡Los sesenta van a transformar
nuestra vida, estoy seguro! —aseguró Harry.
—Pues yo creo que los
cambios los vamos a notar en las comunicaciones, sobre todo en el periodismo.
La televisión está irrumpiendo con fuerza y creo que se instalará en los
hogares definitivamente —opinó Margot—. Por no hablar de las tendencias de
moda. Las faldas se van a acortar hasta límites nunca pensados. En cierta
forma, será un acto de rebeldía.
—¿Tú crees? Llevar la
falda más corta puede ser simplemente una moda, nada más.
—No, Harry. A través de
nuestro aspecto, nuestra imagen, expresamos nuestro carácter y nuestra forma de
ser. Los jóvenes, por norma, quieren romper con todo lo establecido.
—¿Tú quieres romper con
todo lo anterior?
—Con algunas cosas, sí.
Te recuerdo que las mujeres en España no podemos votar.
—Ven a vivir al Reino
Unido, aquí sí que podéis hacerlo —le propuso Parker.
—Eso no solucionaría
nada, pues la españolas seguirían sin poder hacerlo —replicó Margot—. Además,
estoy desarrollando mi carrera allí. Es cierto que no puedo hacer determinadas
cosas sin el permiso de mi tío, como por ejemplo abrir una cuenta bancaria. ¡Es
increíble!
—En España y en otros
muchos países tampoco. Tienes razón, es injusto.
Le gustó el comentario
de Parker. Parecía abierto al cambio que ya reclamaban las mujeres. Alguien de
la mesa les preguntó si habían visto la última película de Otto Preminger, Anatomía
de un asesinato.
—No, pero me han dicho
que James Stewart está magistral —comentó Parker—. ¿Va de un juicio, no?
—Nada me puede gustar
más que las películas con un juicio de por medio —dijo Margot con entusiasmo.
—A mí también me gustan
—comentó Parker.
—Siempre hemos tenido
gustos parecidos —recordó Margot—. Eso sí, no soy tan lunática como tú.
Reconozco que me has enseñado a observar la luna llena con detenimiento. Ya
aprendí que si es roja, mejor no salir de casa.
—Dentro de poco
tendremos una luna azul —le recordó Parker—. Todo un espectáculo.
—¿Cuándo ocurrirá?
—Hacia finales del
nuevo año. ¡Será interesante observarlo! ¡Mejor acompañado que solo!
Margot no le respondió.
Coincidió con que todos se levantaron para brindar y ella, seguida de Parker,
hizo lo mismo.
Cuando la cena
concluyó, se acercaron de nuevo al gran salón, donde varios jóvenes cantaron el
Adeste fideles que habían preparado para la ocasión. Todos aplaudieron y
se desearon unas felices Navidades.
Todos se fueron
retirando poco a poco y, antes de que Margot lo hiciera, Harry la invitó a
recorrer las calles de Londres al día siguiente para ver el ambiente de
Navidad.
—Está bien. ¿Por qué
no? —dijo Margot.
—¿Desayunamos juntos y
después paseamos? —preguntó Parker.
—De acuerdo. ¡Feliz
Navidad, Harry!
—¡Feliz Navidad,
Margot!
Le dio un beso en la
mejilla y le dejó el rastro de su aroma a canela y vainilla.
17
Una Navidad que
nunca olvidarían
Margot y Parker
desayunaron juntos y dieron rienda suelta al hambre voraz que tenían, tras una
cena en la que apenas comieron nada. Después se abrigaron con gorro, bufanda y
guantes y salieron a pasear por las calles más comerciales de Londres. Su
primer destino fue Regent y Oxford Street, que ese año estrenaban iluminación
especial. Todas las fachadas de las casas estaban adornadas con guirnaldas
verdes y bolas rojas, acompañadas de lazos de colores. Los sonidos navideños
que salían de las tiendas envolvían a los transeúntes y los introducían de
lleno en ese espíritu cálido y acogedor de las fiestas.
—Todos llevamos dentro
un niño que, en estas fechas, revive aquellos instantes de la niñez imposibles
de olvidar —dijo Parker en tono evocador.
—Yo, desde luego, aún
recuerdo la primera Navidad aquí, en Londres, tras morir mis padres —añadió
Margot—. Me impactó todo. Por un momento pude volver a ser niña y olvidar mi
pena.
—En estos días, la
ilusión forma parte de estas veladas familiares. Yo las añoro. Me costó volver
a sentir ese espíritu navideño al morir mis padres —afirmó Parker—. Mi madre,
como buena española, cantaba muchos villancicos y ponía un pequeño belén a los
pies del árbol que mi padre traía todos los años del Winter Wonderland de Hyde
Park. No entiendo por qué no he sacado nada de la fisonomía de mi madre.
—Yo, en cambio, me
parezco mucho a la rama de los Peters. Al menos, eso dice mi tía —bromeó ella—.
Al fin y al cabo era la única hermana de mi madre. ¡Nos hemos puesto
nostálgicos! ¿Quieres que vayamos al mercadillo? —le propuso Margot.
—¡Claro, me encantaría!
Les resultó difícil
caminar por Carnaby Street, abarrotada de gente, tanto nativa como extranjera,
que quería admirar los árboles de Navidad decorados con bolas multicolores.
Carnaby también se había puesto de moda entre los jóvenes por las boutiques
nada convencionales que estaban abriendo y los locales de música para aquellos
que deseaban romper con el pasado musical.
—Algunos hablan de un
auténtico movimiento hacia la cultura de la diversión y el placer —opinó él—.
Yo creo que es una respuesta a las secuelas de la Segunda Guerra Mundial.
—Pues yo tengo la
impresión de que esto no ha hecho más que empezar —afirmó—. En realidad se
están moviendo y rompiendo muchos moldes. El mundo de la moda viene pisando
fuerte, y hay ejemplos de ello. La diseñadora Mary Quant, sin ir más lejos. Los
jóvenes acuden a su Bazaar para salir de allí con el Chelsea look, una
forma de vestir mucho más desenfadada y más moderna. Me encantaría
entrevistarla para la revista Siluetas. Ahora mismo da la impresión de
que los jóvenes quieren romper con todo lo establecido. Yo me incluyo —aseguró,
convencida.
—Está claro que esta
sociedad de hoy quiere romper por completo con su pasado —concluyó Parker.
Pasearon por Coven
Garden y visitaron el Apple Market. Atravesaron Leicester Square y observaron
las múltiples casetas con figuritas artesanales. Todo el mercadillo olía a
pancakes.
—Ayer olías a algo así
—le dijo Parker mientras aspiraba el aroma de los dulces.
—¿A pancake? —preguntó
extrañada.
—Sí, a pancake recién
hecho.
Margot se echó a reír y
no paró hasta que recorrieron algunos metros.
—Es verdad que he
cambiado de perfume, pero no esperaba que oliera a eso —continuó diciendo—.
Tiene toques de vainilla y canela, pero de ahí a oler a tortita recién hecha…
—A tortita no, ¡a
pancake!
En esos detalles se
notaba que Margot dejaba atrás la veintena, con sus treinta años recién
cumplidos, mientras que Harry estaba ya en los cuarenta y cuatro. Los catorce
años de diferencia se reflejaban no solo en la forma de vestir. Parker optaba
por un estilo más convencional, mientras que Margot, más acorde con los nuevos
tiempos, seguía las tendencias que marcaba la moda. También su forma de
expresarse y de comportarse añadía años a Harry, aunque él intentaba
corregirlo.
Winter Wonderland
apareció ante sus ojos como ese lugar soñado por todos los niños. Visitaron la
casa de Santa Claus y comieron en uno de los muchos puestecitos de comida que
había allí instalados. También había atracciones de feria. Margot le hizo una
señal a Harry y este negó con la cabeza.
—Querida Margot, no me
veo subido ahí. —Ni siquiera de niño lo pasaba bien en estos lugares.
Sin embargo, en cuanto
ella divisó la pista de hielo, no aceptó un no a su propuesta de ponerse unos
patines.
—Vamos a alquilarlos
—exclamó tirando de él hacia la pista.
Sin embargo, Harry
tenía la excusa perfecta para librarse.
—Te recuerdo que tengo
un brazo muy perjudicado —se excusó—. Si ahora me caigo y me rompo una pierna,
sería terrible…
Margot lo miró y
suspiró. Parker tenía razón. Pero no estaba dispuesta a resignarse.
—Está bien, pero yo no
me quedaré con las ganas.
Se puso las botas con
cuchillas y salió a la pista. Margot primero dio una vuelta lenta y comprobó
que se deslizaba con una gran seguridad. Después aceleró y cogió velocidad,
incluso se atrevió con un par de piruetas. Harry se deleitó al verla disfrutar.
Pensó que, de momento, no estaba metiendo la pata. Se mantenía comedido sin
mostrar interés especial por ella, aunque, por dentro, su cabeza repetía una y
otra vez: ¡dile lo que sientes!
Margot se divertía como
cuando era niña y de vez en cuando lo saludaba desde lejos. Entonces observó
cómo una mujer rubia con un niño pequeño, que también estaban patinando, se
acercaba a Parker y le daba un abrazo y un beso con excesiva confianza. Sin
poder evitarlo, sintió una punzada de celos y se acercó a ellos con la excusa
de que tenía frío.
—Creí que pasarías las
navidades en España —le escuchó Margot a la mujer cuando llegó a su altura.
—Y yo te hacía en
Brighton —respondió él—. Mira, te presento a Margot.
—¿Es tu novia? —le
dijo, sonriente.
—¡Oh! No, no…
—Somos amigos —se
adelantó Margot.
—Te presento a mi
hermana Sara. Mi única familia en estos momentos.
—Es un placer. —Margot
estrechó la mano de la mujer con una sonrisa.
—Y a ti también, feliz
Navidad —añadió Parker revolviendo el pelo del chiquillo.
Margot sintió un gran
alivio. El niño realmente se parecía a Harry. En un instante, se le pasó de
todo por la cabeza.
—Nosotros ya nos
íbamos. Tenemos una hora de trayecto y ya sabes que aquí empieza a anochecer
enseguida —dijo la hermana sin soltar al niño.
Margot miró su reloj y
vio que ya eran las dos de la tarde.
—¡Mis tíos! Estarán
esperándome para comer —se lamentó Margot.
—Me temo que a estas
horas ya han comido —comentó Parker a la vez que consultaba su reloj.
—¿Por qué no os quedáis
al encendido de las luces? ¡Es maravilloso! —apostilló la hermana.
—¡Buen consejo!
Margot se quitó los
patines y Parker, muy cariñoso con su sobrino, le hizo cosquillas hasta que
consiguió que se riera.
—¡Espero que Santa se
haya portado bien contigo!
El niño dijo que sí con
la cabeza. Parker le compró una manzana de caramelo y quedó en ir a verlos
antes de regresar a España.
—¡Perdóname, Sara! Soy
un auténtico desastre.
—¡No te preocupes!
Espero tu visita —respondió la hermana.
Madre e hijo se fueron
corriendo a coger un autobús que los llevara hasta la estación de tren. En
realidad, Brighton estaba a poco más de una hora en tren. A su hermana y a su
cuñado les encantaba vivir en esa ciudad repleta de galerías de arte y música
en vivo por las calles.
—Sois iguales. Parece
mentira —le dijo Margot en cuanto se quedaron a solas.
—Sí, es verdad. Debí
llamarla para pasar con ellos la noche de ayer. ¡No tengo perdón! —se lamentó.
—Harry, ha llegado el
momento en el que debes perdonarte —le tranquilizó Margot—. No puedes culparte
por tener una profesión que no te deja resquicio para la intimidad. Tu entorno
lo sabe, igual que el mío.
La besó en la mejilla y
le agradeció el comentario. Esperaron a las cuatro de la tarde y, en cuanto
empezó a anochecer, las bombillas se encendieron y la ciudad se convirtió en
algo más parecido a un lugar de cuento de hadas.
—¡Es precioso, Harry!
Margot miraba todo con
los ojos de una niña realmente sorprendida con la explosión de lucecitas de
colores desperdigadas por los árboles y las fachadas de las tiendas y puestos
callejeros.
Al llegar a Hamleys, la
juguetería más antigua de Londres, Parker le pidió que se quedara en la puerta.
Entró y al rato salió de allí con un Papá Noel en la mano. Margot lo esperaba
estratégicamente bajo un muérdago colgado del techo.
—Para que no olvides
estas navidades de 1959, donde un loco como yo solo pide al espíritu navideño
un milagro.
—¿Qué milagro?
—preguntó, curiosa.
Parker fue a besarla,
pero cerró los ojos y se contuvo a pocos centímetros de su boca. Fue Margot la
que, al no entender que no se atreviera, lo besó a él.
—Si no lo haces debajo
del muérdago trae mala suerte —dijo apuntando con el dedo sobre sus cabezas.
Parker se quedó sin
palabras. No acababa de entender esos arranques de Margot, pero le gustó el
gesto.
—No me has respondido.
¿De qué milagro hablas? —insistió Margot.
—Que el amor inunde
nuestra vida de afecto y buenas intenciones.
Iba a decirle que la
quería y que deseaba que ella algún día sintiera lo mismo por él. No lo hizo
finalmente y después se arrepintió.
—Para Platón, el amor
es una enfermedad grave que causa una locura pasajera y un desequilibrio mental
—apuntó Margot—. La amistad eleva los corazones más que el amor.
—No estoy de acuerdo.
Lo he leído con detenimiento y también lo considera un camino hacia la
perfección del alma —la contradijo él—. Un deseo de lo perfecto y lo divino. El
mayor de todos los bienes. Me quedo más con esta percepción del amor que con la
otra.
—Realmente interesante,
Parker.
Margot sonrió, se
agarró a su brazo y se mezclaron con la gente. Se dejaron llevar por el
espíritu londinense de las navidades presentes.
Fabiola de Mora y
Aragón pasó el fin de año con su madre en el palacete familiar de la calle
Zurbano. Cuando Milagros salió con una sartén y golpeó doce veces con una maza
de almirez, simulando los últimos segundos del año viejo, doña Blanca, Jaime y
Fabiola acompañaron cada golpe con una uva; al final, brindaron con champán. El
resto de los hermanos despidieron el año con sus familias políticas
respectivas. Doña Blanca pidió al servicio que esa noche brindaran con ellos.
Milagros llamó a
Manuela, a Enrique, el mayordomo que iba perdiendo poco a poco la vista, a
Lucía, la más joven del servicio, y a Violeta, que llegó esa tarde del piso de
Fabiola en Bárbara de Braganza. De pie y con una copa en la mano, recordaron
los tiempos en los que vivía don Gonzalo y los tiempos en los que los hijos
todavía correteaban por allí. Enrique no tenía bien la vista, pero sí mucha
memoria. Formaba parte del servicio y estaba tan unido a la familia que no
encontraba motivo para irse de allí por esas fechas. Sin embargo, el mecánico,
Hipólito Vidal, tuvo la noche libre para estar en compañía de su mujer y sus
hijos, ya que era el único que tenía vida más allá de las cuatro paredes del
palacete.
Fabiola y su madre
rezaron un rosario y no tardaron en acostarse. Para Jaime, sin embargo, la
noche empezaba. Estaba invitado a participar en el cotillón organizado por el
hotel Ritz en sus salones. Contaba Jaime con sentarse al piano para sorprender
a sus amistades cantando las canciones que estaban de moda.
Mientras su hermano
inauguraba el año de fiesta, Fabiola decidió comenzarlo escribiendo a Balduino.
Todo lo que realmente expresaba por carta eran buenos deseos para 1960. «Sin
duda, comentaba, se trata de un año trascendental para los dos. Le pido a Dios
que nos ilumine para que tomemos decisiones correctas. El paso de unirse en
matrimonio debe ser seguro, sin aristas ni malos entendidos. Los dos sabemos
que el eje central de una unión para siempre debe ser el amor. El Amor con
mayúsculas es vivir sin descanso pensando en el otro, sembrando paz y gozo a
nuestro alrededor. Lo entiendo como el altruismo más absoluto, entregarte por
completo al otro. Conseguir ser uno. Ya lo decía santa Teresa: “La humildad, el
desapego y el amor son virtudes que deben practicarse para el crecimiento
espiritual del alma”. La clave está en saber qué es lo que Él desea para
nosotros. Nuestro objetivo debe ser ese. Estamos embarcados en un plan
maravilloso. ¿No crees?».
Balduino también le
escribió el día 1 de enero; en el inicio del año se enfrentaba a viejos problemas.
Su mirada estaba puesta, sobre todo, en el Congo. Iba a cumplirse un año del
discurso en el que se dirigió a la nación por radio declarando que Bélgica
trabajaría por la plena independencia del territorio. Y eso es lo que pretendía
conseguir en este año que acababa de comenzar. El problema era que habían
transcurrido muchos años de colonización y había muy pocos nativos preparados
para asumir la dirección del país. Ese era el verdadero problema para que
Bélgica soltara a su suerte a todo un país.
En la misiva, también
habló de ellos dos como «el proyecto más ilusionante que tenía entre manos» e
hizo mención del nuevo encuentro que tendría lugar en Cataluña. «Cuento los
días para volver a verte».
Habían tomado tal ritmo
de escritura que, día tras día, sin excepción, siempre llegaba una carta a sus
manos.
Mientras tanto, en el
domicilio de los Mora y Aragón, los gatos volvieron a hacer acto de presencia,
junto con los perros que regresaron del albergue. El problema era que a doña
Blanca le daba pena que pasaran frío en el crudo invierno y volvió a abrirles
la puerta del palacete. Regresaron los olores y en el servicio tuvo que
recurrir otra vez a la colonia de don Gonzalo, la 4711, porque, de lo
contrario, resultaba imposible entrar en el salón. Doña Blanca y Jaime comían
en un comedor donde no se permitía el paso de los animales. El salón, sin
embargo, quedó reservado para los habitantes de cuatro patas.
A través del ama de
llaves, a la matriarca le llegó la información de que Manuela se veía con una
vidente y quiso saber más de ella. Estaba de moda entre los aristócratas acudir
a este tipo de profesionales para saber el futuro.
—¿Es buena su amiga o
le pone un tanto de invención a lo que dice? —le preguntó.
—Es buena, la policía
le pide ayuda de vez en cuando.
—¿Podría venir a casa?
Mi amiga Ramona Vizcaya quisiera consultar un tema muy delicado. Necesito que
guarde la máxima discreción —advirtió la anciana.
—No sé —dudó Manuela—.
Se lo puedo decir, pero llevamos un tiempo sin hablar.
Manuela no quiso
comentar que en realidad estaban enfadadas y habían perdido el contacto. Como
vio el interés de la madre de la saga de los Mora y Aragón, le dijo que
intentaría entrar en contacto con ella. Tampoco le comentó nada de que su hijo
había ido a su consulta y no salió satisfecho.
Manuela cogió el
teléfono y llamó a la que fue su amiga en el pueblo cuando eran niñas. Ahora su
relación era nula. Sentía rabia de que en Bolaños la respetaran tanto como a su
abuela por ser portadora del don familiar de la videncia. Respondió al teléfono
la asistenta que acudía a su casa todas las mañanas. Le comentó que María
Gracia había ido al pueblo a pasar esas fiestas y que hasta después de Reyes no
regresaría a Madrid.
Volvió a sentir envidia
por la facilidad con la que se iba al pueblo. Ella no podía hacerlo. Se la
imaginaba presumiendo de sus joyas y de sus contactos. Ella no podía decir lo
mismo, aunque el hecho de trabajar en la capital para la familia Mora y Aragón
ya la convertía en una triunfadora. Prácticamente enviaba a su casa todo lo que
ganaba. De ahí que no saliera del palacete para no gastar. Ahora todo lo que
había conseguido se iba a tambalear por la visión de María Gracia y el
«terremoto» que auguraba, seguido de robos de papeles y penas. No la podía
soportar.
A doña Blanca le
comentó que, hasta que el nuevo año no avanzara, no podría hablar con ella. Esa
espera le vino bien, porque su hija Fabiola tendría que ir a Barcelona en la
tercera semana de enero y podría ser ese el momento idóneo para que la vidente
fuera por allí. Su hija no era nada partidaria de estas prácticas, que
consideraba una pura superstición.
—Esperaremos. Si puede
usted localizarla, dígale que para la semana del 20 de enero sería estupendo
que pudiera hacernos un hueco —dijo la matriarca.
—Está bien. En cuanto
vuelva del pueblo, hablaré con ella —aceptó Manuela.
El mes de enero cogió
velocidad y el día 20 llegó rápido. Sobre todo para Fabiola y su amiga Pilar,
que acudieron a Calella de Mar un día antes. Se trataba de uno de los pueblos
más bonitos de la costa del Maresme, con sus casas de color blanco que
contrastaban con el intenso color azul del mar. Se decantaron por esa localidad
al estar a cincuenta kilómetros de Barcelona y a cincuenta de Gerona. Una
población abierta al mar y a la montaña a partes iguales. Los primeros turistas
en cruzar la frontera, sobre todo alemanes y franceses, hallaron en este paraje
su paraíso, por lo que nadie se podría extrañar al oírlos hablar en francés. El
lugar que eligió Pilar para el encuentro fue el restaurante Café España. Les
pidió por teléfono que reservaran una mesa para seis personas a su nombre.
A Fabiola el pueblo le
pareció precioso. Pilar y ella visitaron el faro y las Torretes, así como el
paseo marítimo. Hacía frío, pero el lugar era idílico, como salido de una
postal. La noche anterior al encuentro cenaron en una masía y les encantó que
les pusieran una cepa de la que colgaban longanizas y fuets para que se
sirvieran a voluntad. Estaban tan nerviosas que solo pidieron un suquet de
peix, un guiso marinero. Al llegar al pequeño hotel, cada una se fue a su
habitación.
—¡Intenta dormir! —le
dijo Pilar a Fabiola.
—Tú también.
Fabiola escribió en su
diario, como todas las noches. Después comenzó a rezar un rosario, pero se
quedó dormida.
A la mañana siguiente,
un rayo de sol sobre su rostro la fue despertando poco a poco. Miró por la
ventana y observó el mar, fuerte y embravecido, chocando contra las rocas.
Podía pasarse horas mirándolo sin cansarse. Su amiga tocó suavemente a la
puerta de la habitación para despertarla.
—¡Espera! —gritó
Fabiola desde dentro.
Abrió la puerta con el
camisón puesto y una bata que se acababa de echar por encima de los hombros.
—¡Vamos a desayunar y a
dar otra vuelta por el pueblo! —le propuso Pilar.
—De acuerdo, me apetece
mucho pasear por la arena de la playa —afirmó Fabiola con entusiasmo.
—Pero abrígate —le
ordenó su amiga—. El día está muy frío y no quiero que caigas mala.
—No, por favor. Estar
junto al mar y no pisar tan siquiera la playa sería un pecado.
—Está bien, me has
convencido. Hoy no me atrevo a llevarte la contraria.
18
Una velada para no
olvidar
A la cena acudió la
princesa María Gabriela de Saboya, hija del rey en el exilio Humberto II y de
la princesa María José de Bélgica. Estaba emparentada con los Sajonia-Coburgo y
Gotha; en concreto, eran primos hermanos. Gabriela, o Ella como la llamaban sus
amistades, salía constantemente en las listas de las posibles candidatas a
contraer matrimonio con el rey. En un mes cumpliría los veinte años, por eso
Fabiola le pidió a Pilar que la invitara. Necesitaba ver a Balduino con
personas de su estatus para saber si estaba seguro de su sentimiento hacia
ella. Apareció por allí también Enrique de Orleans, conde de París y de la
quinta de Balduino. Tampoco faltaron Piedi de Salinas, otra de las amigas
incondicionales de Fabiola, y uno de los hermanos Arnoso, que vivían en
Estoril, ya que sus padres eran amigos de los condes de Barcelona. El rey belga
ya los conocía a todos menos a Piedi. A las nueve menos diez aparecieron los
invitados. Balduino llegó puntual, a las nueve en punto. Se estrecharon las
manos y Pilar los invitó a sentarse. Fabiola se colocó en el extremo contrario
de la mesa en que se había sentado el rey. Quiso que la prima de Balduino
estuviera cerca, así como su amiga Piedi. En principio todos hablaban de temas
banales como el tiempo, ya que hacía mucho frío y no paraba de nevar en los
Pirineos.
—Espero tener tiempo
este año para poder esquiar —dijo Balduino.
—Me apunto contigo a
hacerlo cuando quieras —apostilló Enrique.
—Y yo, mañana mismo
—aseguró María Gabriela.
Todos se rieron y poco
a poco fueron desviando la conversación a temas más serios. Salió a relucir la
visita de Eisenhower, que en Europa se percibió como un antes y un después en
la política internacional de Franco.
—Pues va a ser el
primer presidente norteamericano en ver sus mandatos constitucionalmente
limitados, por la Vigesimosegunda Enmienda, que especifica que solo los
presidentes podrán presentarse como candidatos en dos mandatos. Tendremos este
año, por lo tanto, nuevas elecciones y un nuevo presidente. Hay que reconocer
que Eisenhower ha dejado muchos aciertos tras de sí —comentó el conde de París.
—Me han hablado muy
bien del candidato demócrata, John Fitzgerald Kennedy. Lo conocí cuando era
senador. Tiene una personalidad arrolladora y además es católico. Le están
atacando por ahí —apuntó Balduino.
—Él se define como un
demócrata que, además, es católico. No entiende que a alguien se le cuestione
por sus creencias. Veremos si convence con su discurso frente a Nixon —dijo
Arnoso.
Piedi y Pilar no se
atrevían a hablar, pero la prima del rey y Fabiola, sí.
—¿Quién creéis que
ganará la carrera espacial, Estados Unidos o Rusia? —preguntó Ella.
—De momento parece que
le está llevando la delantera Rusia al amigo americano. Pero a saber en el
futuro —manifestó Enrique.
Balduino solo tenía
ojos para Fabiola. Mientras la miraba de lejos pensaba que realmente ya la
amaba. Le gustaba su constante preocupación por todo y su empatía con el
sufrimiento.
Aunque los comensales
creían que nadie los había reconocido, había unos ojos pendientes de sus
movimientos. Aquel día se encontraba en el restaurante un periodista de La
Vanguardia, que reconoció a Balduino. A partir de ese momento, no perdió de
vista los gestos del rey belga con María Gabriela de Saboya, que se había
sentado a su lado. El reportero no paraba de mirarlos y de tomar notas en una
libretita. Tenía clarísimo que había una relación entre ambos comensales, y así
lo escribiría en su próximo artículo.
Balduino, ajeno por
completo, siguió hablando con su prima y preguntándole por sus estudios.
—Me resulta difícil
sacar las asignaturas de la carrera de Filosofía porque vivo entre Suiza,
Italia, Francia y Portugal. No puedo asistir a clase tanto como quisiera —aseguró
la joven.
—Me parece que la
universidad en la que estudias es católica, ¿verdad? —preguntó Balduino.
—Sí, lo es. Para ti
todo lo católico es importante, ¿verdad? —comentó la princesa.
—Es esencial.
Volvió a mirar a
Fabiola. Le sonrió desde la distancia como conocedora de su secreto y de su
inquietud por que la persona elegida fuera creyente y consecuente con sus
creencias. El caso es que Balduino no podía apartar la vista de ella. Sentía
que se trataba de la persona que estaba buscando, pero no se atrevió a
expresárselo tan a las claras cuando se despidieron. Fabiola necesitaba tiempo
y él estaba dispuesto a dárselo. Al día siguiente, afortunadamente, pudieron
verse a solas, dieron un paseo e incluso fueron a misa.
—Gracias por organizar
la cena, pero te sentaste muy lejos. No pudimos hablar —le comentó Balduino.
—Necesito que me veas
junto a otras mujeres, incluso más bellas y de mejor cuna que yo, para que te
cuestiones si estás acertado o no con los pasos que vas dando.
—Entiendo lo que
intentas hacer, pero solo sé que lo que más deseo del mundo es estar a tu lado.
Balduino le ofreció el
brazo y, en silencio, continuaron su paseo por la playa.
Mientras tanto, en el
palacete familiar, doña Blanca le pidió a la joven Manuela que citara a su
amiga para una consulta. Era la primera vez que lo hacía y no se lo pensó dos
veces. Volvió a marcar el teléfono de la vidente. Cuando contestó, lo hizo seca
y con pocas ganas de hablar.
—¡Ah! Eres tú.
—Sí, creo que
deberíamos volver a vernos y hacer las paces. No me siento cómoda —confesó
Manuela.
—El que se enfada tiene
dos trabajos. Yo no estoy enfadada, simplemente decepcionada. ¿Qué quieres?
¿Que diga lo que quieres oír aunque no sea verdad? —increpó la adivina.
—¡Por supuesto que no!
Reconozco que no me he portado bien. Lo siento, de verdad. Además, te necesito.
—¿Por qué? —preguntó,
sorprendida.
—Porque mi señora
quiere que vengas al palacete. Una amiga suya necesita de tu videncia.
Desconozco el motivo.
—Sabes que no me muevo
de mi casa —le recordó su paisana.
—Te lo pido por favor.
Te estaré toda la vida agradecida.
—Está bien, por ti lo
haré —dijo después de un silencio tenso.
Se oyó de golpe la
respiración de Manuela.
—Muchas gracias. Estoy
deseando darte un abrazo.
Quedaron en que el
chófer iría a por ella y se verían al día siguiente. Ciertamente le estaba
haciendo un favor, porque jamás salía de su consulta. Se trataba de una de sus
máximas para no llevarse sustos con alguno de sus clientes. Sin embargo, por su
amiga, hizo una excepción. La recogieron a las diez de la mañana y veinte
minutos después ya se encontraba en el número 5 de la calle Zurbano. Manuela la
recibió en la puerta de la casa y le dio un abrazo sentido. De alguna manera
sellaban las paces, aunque no podía evitar el resquemor que surgía en sus entrañas
al verla tan enjoyada. Sobre todo con aquel anillo de amatista de enormes
dimensiones que le regaló un cliente y que le parecía un sueño, casi irreal.
Doña Blanca y su amiga
Ramona la esperaban en el salón pequeño. No había dado tiempo a desalojar a los
gatos y perros del grande. La ventaja era que el salón de dimensiones más
reducidas preservaría la intimidad de Ramona y su consulta. Manuela hizo las
presentaciones y les preguntó si deseaban tomar un té. Todas rechazaron el
ofrecimiento y la anfitriona invitó a María Gracia a sentarse entre las dos.
Nada más verlas, la
vidente ya pudo decirles lo que les iba a deparar el futuro. Con doña Blanca,
igual que con Jaime, tuvo la certeza de que en esa casa tendría lugar algo
parecido a un terremoto en pocos meses. Sintió que la familia se iba a
desmembrar por dos de sus integrantes. Vio clarísimo que nada sería como
siempre. Pero la consulta de Ramona era otra cosa. La señora, entrada en años y
viuda, se veía con un hombre de menos edad y de buena posición, pero sin un
duro. Deseaba quedarse con su dinero y por eso le había propuesto contraer
matrimonio. En realidad, María Gracia no necesitaba de las cartas. Simplemente
le venían las visiones nada más ver a las personas. Era como si una voz
interior se lo dijera al oído. De todas formas, disimuló.
—¿Qué desean
consultarme? —preguntó a la mujer.
—Mi amiga tiene algo
delicado que preguntarle. Le pedimos que lo que oiga aquí no se lo cuente a
nadie —dijo doña Blanca.
—Señora, mi trabajo
consiste en oír y callar. No soy un sacerdote pero debo olvidar lo consultado,
como si fuera un secreto de confesión. Esa es la base de todo —respondió, algo
ofendida.
—Gracias, porque lo que
le voy a decir me ruboriza… —iba a empezar a hablar Ramona.
—Perdone, pero ese
hombre por el que me va a preguntar no le conviene. Solo quiere su dinero.
Disculpe que sea tan llana.
—¡Pero si todavía no le
ha hecho la consulta! ¿Cómo sabe que…? —comentó extrañada la anfitriona.
Las dos amigas se
quedaron completamente extrañadas de que diera una respuesta sin tan siquiera
haber hecho la consulta. Al ver su reacción, le pidió a Ramona que continuara
hablando y sacó las cartas españolas, las barajó y empezó a ponerlas boca
arriba.
—Efectivamente le iba a
preguntar por un marqués más joven que yo que se está acercando a mí con fines
matrimoniales. Estoy viuda, llevo mucho tiempo sola y no lo veo con malos ojos,
aunque después de lo que me ha dicho…
Cogió las cartas de
nuevo y las barajó. Le pidió que le hiciera varios cortes y volvió a ponerlas boca
arriba. Le salía lo mismo una y otra vez.
—Este señor del que me
habla no tiene buenas intenciones. Solo quiere su dinero. Usted es la solución
para sanear su economía y seguir viviendo en sociedad. La va a hacer muy
infeliz —afirmó María Gracia.
—¿Infeliz? Él parece
muy delicado y me dedica unas preciosas palabras de amor cada día —confesó la
mujer—. Querría decirle que sí, pero algo me echaba para atrás.
—Ha hecho muy bien. Ese
hombre, cuánto más lejos de su vida mejor. Está mintiendo —insistió—. Necesita
su dinero para saldar unas deudas importantes de juego. La llevará a la ruina y
conseguirá separarla de sus hijos. Mi consejo es que durante una temporada se
vaya lejos, donde no pueda seguirla. Corte por teléfono con él cuando tenga las
maletas hechas y tenga un pie en la puerta de su casa.
Ramona se echó a
llorar. Doña Blanca se acercó a su lado y la abrazó. Así estuvieron un largo
rato. En cuanto se calmó un poco, volvió a preguntarle.
—¿No tiene dudas?
—preguntó Ramona como última esperanza.
—No —afirmó tajante la
pitonisa—. Es usted libre de tomar cualquier decisión e incluso de desoír mi
consejo. Los seres humanos somos seres libres. Aunque nos adviertan de los
peligros, nos gusta experimentarlos. Ahora, usted debe atenerse a las
consecuencias.
—Está bien. Muchas
gracias.
Doña Blanca no se
atrevió a preguntar por ella. Prefería ignorar el futuro y María Gracia no le
dijo nada de lo que veía.
—Si no desean nada más,
debo regresar a mi consulta. He hecho una excepción por Manuela.
—Se lo agradecemos mucho.
¿Cuánto le debo? —preguntó Ramona.
—Es la voluntad
—respondió la mujer—, como si no quieren o no pueden darme nada. Este don me lo
ha dado Dios. Si lo utilizara como negocio, lo perdería —mintió.
Ramona sacó un billete
de cien pesetas de su bolsillo y se lo dio. Doña Blanca tocó el timbre y
Manuela acudió rápido. La vidente se levantó y se despidió. Una vez más, las
amigas se abrazaron al despedirse y el chófer la llevó de nuevo hasta la calle
Hermosilla, donde estaba su casa.
Blanca y su amiga Ramona
permanecieron en el salón prácticamente en silencio. Intentaban asimilar la
noticia, que las había dejado muy preocupadas.
—No ha podido ser más
clara. Pero ¿tendrá razón? —tenía dudas la viuda.
—¿No te diste cuenta de
que sabía lo que le ibas a consultar antes de que se lo dijeras?
—Es cierto. Entonces el
marqués que me dice tantas cosas bonitas ¿solo quiere mi dinero?
—Te ha dicho que sí.
—¿Qué hago? Estoy
perdida.
Se volvió a echar a
llorar y doña Blanca le hizo una propuesta.
—¿Por qué no te vas a
mi casa de verano, en Zarauz? Puedes estar allí el tiempo que quieras. Ve con
alguien de tu servicio y trata de encontrarte a ti misma.
—¿Qué les digo a mis
hijos?
—La verdad. Entenderán
que desaparezcas durante un tiempo. Les tranquilizará mucho tu decisión.
Blanca le dio las
llaves y la dirección. La apremió para que se fuera cuanto antes. La situación,
tal y como la describió la vidente, era muy delicada.
Margot regresó a Madrid
después de unas fiestas realmente entrañables en Londres. Sintió que habían sido
las Navidades más bonitas de su vida. Era cierto que Parker había contribuido a
ello. Resultaba evidente que le gustaba y lo sabían todos, pero se repetía a sí
misma: «No es el momento».
—Debo encontrar a
Almudena Pimentel.
Esta frase la pronunció
en voz alta todavía con el billete de avión en la mano y a punto de coger un
taxi en el aeropuerto de Barajas. Durante todo el trayecto hasta su domicilio,
le fue dando vueltas a todo; se decía a sí misma que debía pensar en la misión
que no había podido completar cinco años antes. «No es mi momento, es el de
Almudena», pensaba una y otra vez.
Cuando llegó a su casa,
la estaba esperando Camila desde hacía rato en la calle. Estaba muerta de frío,
pero pudo más su impaciencia. Finalmente, le dio un beso y un abrazo. Nunca
habían estado tanto tiempo separadas.
—You are thinner.
—Le reprochaba que estaba más delgada—. Tener que cuidarte.
—No, Camila. Me he
cuidado y he pasado unas Navidades preciosas. Para que fueran perfectas,
faltabas tú. Te he echado de menos.
La inglesa se emocionó.
Ella sí que había esperado su regreso con verdadera ansiedad.
Algo parecido ocurrió
con Sátur nada más verla entrar en la cocina. Le hizo un comentario parecido al
de Camila.
—¿No la han alimentado
en Inglaterra como Dios manda?
—Bueno, si lo decís las
dos…, quizá he bajado de peso. Es cierto que he caminado mucho y a veces se me
olvidaba comer. Le pasaba igual a Parker.
Sátur y Camila se
miraron con picardía.
—No, no… Sé lo que
estáis pensando, pero no. Tengo obligaciones que me impiden enamorarme.
—No decir eso
—sugirió Camila.
—Cuando el amor llama a
tu puerta, solo puedes abrir y dejarlo pasar. ¡Esta chica que solo piensa en
trabajar! ¿Y Parker ha venido contigo?
—No, él tiene su
trabajo en Londres. Eso no quita para que dentro de poco regrese a Madrid para
presentar el informe que tiene que entregar del viaje del presidente
norteamericano a España.
—Bueno, ponte cómoda y
te sirvo algo de comer… Ya teníamos ganas de verte y volver a preocuparnos por
ti.
—¡Qué haría sin
vosotras!
Esa misma tarde, tras
vaciar la maleta, Margot se fue a ver al detective que la estaba formando,
Vicente Cerezo. Deseaba decirle que estaba aprendiendo cosas muy interesantes
en los libros de Matilde Ras. La grafología le parecía que podía ser un buen
apoyo para su formación.
El detective la esperó
en la oficina y se alegró de las novedades sobre el caso que los tenía
obsesionados.
—Todo conocimiento,
suma. Además, el tema de Almudena Pimentel está a punto de caramelo. Por mi
experiencia creo que estás rozando el final.
—Creo eso también. Lo
que me preocupa es que está embarazada.
—¿Embarazada? Eso lo
cambia todo. ¿Cómo lo has sabido?
—Una persona a la que
interrogué en París me dijo que estaba esperando un bebé. Eso no se inventa, y
creo que justifica que hayan cambiado de residencia y que el pintor no la deje
salir. Ha puesto a su hermana de guardiana. Le tienen prohibido moverse porque
temen que quiera regresar a España. Ella fue a Balenciaga para que todos
supiéramos que estaba viva y que deseaba volver.
—Muchas conclusiones
para no haber hablado con ninguno de los dos desaparecidos…
Vicente Cerezo se quedó
pensativo y volvió a hablar.
—Si es como dices,
ahora Almudena corre más peligro que cuando se escapó de casa.
—Pero tendrá que ir al
médico en algún momento.
—Si no quiere levantar
la liebre, lo mismo se lo impide el pintor.
—Puede que Almudena y
el niño le empiecen a estorbar.
—¿Piensas que puede
provocar que el embarazo no llegue a término?
—Creo que este hombre
sabe esconderse y perderse en París. No pienses que va a pensar como cualquier
persona normal. Ahora mismo, está incómodo. Teme que lo encuentren.
—Tiene previsto una
exposición dentro de poco tiempo. Ahí podremos encontrarlo.
—Es tan escurridizo
como un pez. Mientras tanto, sigue con tu formación. Además de la grafología,
estudia fisonomía. Existe una relación estrecha entre la apariencia externa y
lo psíquico. Hay una máxima: cuando tengas dudas entre dos personas como
presuntas culpables, procura encerrar al que te resulta más desagradable a la vista.
—Eso no me parece
justo.
—Lo dice la teoría
antropológica de Lombroso, que analizó a un gran número de delincuentes.
Sostiene que la criminalidad está ligada a causas físicas y biológicas. A
Cesare Lombroso se lo considera el padre de la antropología criminal. Pero
igual podríamos decir del pensamiento griego; creían que había una relación
entre las cualidades físicas, las patologías y las características
psicológicas.
—Nunca dejo de
aprender. Siempre hay alguien que ha estudiado antes a personas parecidas y ha
sacado conclusiones.
—Mi querida Margot,
estamos hablando de la ciencia. Y la criminología lo es, no lo olvides…
19
La asimetría facial
Margot se dedicó
durante días a estudiar los rasgos físicos de los criminales de los que había
fotografías en la Brigada Criminal, tal y como le había indicado Vicente
Cerezo. Eran puntos importantes la asimetría facial, la frente hundida, las
orejas grandes y los brazos más largos de lo habitual, así como los ojos y la
agudeza de la mirada. Observaba Margot que había coincidencias en muchos
rostros de los delincuentes que tenían allí registrados. Sin embargo, comprobó
que había excepciones. Jarabo, el criminal que había sido condenado a pena de
muerte, en julio del 59, era un hombre refinado sin apenas características
físicas que sobresalieran sobre las demás: las cejas prominentes y las orejas
grandes, nada más. No aparentaba el hombre despiadado que escondía. Todo lo
contrario, daba la imagen de un hijo encantador de familia bien posicionada. El
juego, las drogas, la vida nocturna y los negocios sucios lo llevaron por el
peor de los caminos. El asesino de las jóvenes que se parecían entre ellas
tampoco tenía ningún rasgo que pusiera en valor la teoría de Lombroso. Si acaso
era excesivamente taciturno e introvertido, pero su aspecto físico era
agradable. Se salían ambos rostros de estos parámetros estudiados en la
morfología criminal.
Margot le comentó este
tema a don Eugenio Benito Poveda. El comisario daba clase desde hacía años a
las nuevas generaciones de policías y sabía que le podría preguntar por las
excepciones de los rasgos criminales.
—Detective Peters,
además de los rasgos, se deben dar otras circunstancias que pesan tanto como la
morfología física para que alguien se convierta en criminal. Cuentan los valores
inculcados en la niñez, la educación, las amistades y las situaciones extremas
en la infancia o juventud que dejaron un rastro que marcó esas vidas. —Hizo una
pausa el comisario antes de concluir—: Lo que motivó al asesino que apresamos
fue el odio. Entonces una cosa es la teoría de Cesare Lombroso y otra, la
realidad.
—Explíquese —le pidió
Margot, que prestaba mucha atención.
—Es un todo. Uno
siempre debe observar. Todo da diferentes indicadores sobre la persona que
tenemos enfrente. Si observamos que nuestro interlocutor tiene una cara fina y
alargada que se retrae hacia dentro, hay que desconfiar. Siempre debemos trazar
una línea vertical sobre el rostro, y así podremos identificar la zona más
ancha de su cara vista de frente. Si es la frente, podemos indicar motivaciones
racionales en su forma de actuar; si es el mentón, nos indicaría motivaciones
materialistas, y si la zona más ancha son los pómulos, indica motivaciones
emocionales. La gran mayoría de los delitos son emocionales. Es decir, las personas
que hemos analizado y que habían delinquido se habían dejado llevar por sus
emociones.
Margot se acordó de que
tenía una foto antigua de Ángel Torres dentro de la carpeta con su expediente.
Una foto que les proporcionó su mujer, después de que el pintor desapareciera
de su vida. Le pidió al comisario que interrumpiera su discurso, que más
parecía una clase magistral, para ir a por ella. Enseguida regresó con la
fotografía. La puso sobre la mesa del comisario e inmediatamente, con la ayuda
de una lupa, analizaron su rostro.
—Señor comisario, me
parece observar que tiene la nariz ancha y la boca grande.
—Eso se llama
«receptores dilatados». Entienda, Margot, que por los receptores entran y salen
las emociones y los instintos primarios.
—Diría que tiene los
labios muy pronunciados.
—Es un hombre que da
rienda suelta a sus deseos, sean cuales sean. Si desea algo, lo va a coger sin
esperar y sin ningún escrúpulo.
Margot pensó que, en
este caso, la teoría era absolutamente descriptiva del personaje.
—Don Eugenio, no hemos
hablado de los ojos, y, cuando uno observa la foto, es lo primero que ve.
—Son importantísimos,
te dan la clave para saber cómo está emocionalmente esa persona. Al observar un
ojo de perfil, si se encuentra hundido más allá de las cejas, indica que la
persona está centrada en su mundo y en sus pensamientos. Digamos que tiene
ideas propias.
Margot no dejaba de
mirar la foto de Torres con detenimiento. Se centró durante segundos en los
ojos.
—Diría que no los tiene
hundidos. Más bien parecen saltones, pero no se le ve de perfil, sino de
frente.
—Los violadores, los
dependientes de ciertas sustancias, incluso las personas caprichosas tienen los
ojos más bien saltones, hacia fuera. Si un ojo está más cerrado que otro,
podríamos decir que no está pasando un buen momento emocional. Pero, por encima
de todo este conocimiento, está lo que hablamos: la educación, la niñez en
familia, los valores que les hayan transmitido… El ser humano tiene capacidad
de revertirlo todo. Nada es blanco o negro. Si no, meteríamos en la cárcel a
todo el que presente signos externos de psicopatía, y así acabaríamos con la
delincuencia… Pero no es así. Alguien puede tener un rostro amable y ser un
asesino cruel. Ahí está el caso de Jarabo.
—Tengo una corazonada
con Ángel Torres, algo me dice que se está convirtiendo en una persona violenta
que no sabe cómo parar. Va a más. El hecho de que Almudena, embarazada, fuera a
Balenciaga evidencia que algo ha cambiado; ella ahora se siente en peligro.
—¡Las corazonadas de
Margot! Esa intuición policial que no poseen todos los que se dedican a esto.
Usted está preparada para resolver los casos más difíciles —la alabó el
comisario—. Sé que tarde o temprano daremos con él. Todos sabemos que es
cuestión de tiempo. Hablando de otra cosa, ¿cómo le fue en Londres?
—Bien. Muy bien.
Margot se puso a
ordenar sus papeles y a delimitar la zona en la que podría exponer un pintor
desconocido que intentaba darse a conocer con un nombre ficticio. Sobre un mapa
de París, empezó a colocar puntos rojos. Ahí, entre esos puntos, estaba
convencida de que se encontraba una joven que deseaba terminar con su encierro
y regresar a España. ¿En qué momento el profesor encantador se transformó en un
carcelero? Andaba dándole vueltas al tema cuando oyó a sus espaldas la voz de
Parker, que entraba en la brigada.
—¡Feliz año nuevo a
todos! ¿Todavía se puede decir?
—Sí, ¡claro! —salió el
comisario del despacho al oír su voz—. ¡Hombre! Año nuevo, rostro nuevo. Parece
mucho más joven.
Parker se había quitado
la barba y ciertamente parecía que tenía menos años. Sus ojos azules ahora eran
lo que más llamaba la atención de su rostro. Margot se quedó callada
observándolo. Trazó una ficticia línea recta en la mitad de su cara y vio que
sobresalían los pómulos, que ahora estaban al descubierto. Tenía una apariencia
angular y esculpida. El equilibrio es lo que más predominaba en su rostro.
—¡Hola, Margot!
Después de saludarla,
le sorprendió que estuviera mirándolo sin parpadear. Desconocía su interés por
los rostros desde que había vuelto de Londres. Pensó que algo había cambiado en
ella a raíz de las Navidades. Sin embargo, salió de dudas en cuanto el
comisario le contó que andaba la joven preocupada por los rostros de los
criminales.
—Parker, le ha
interesado mucho a Margot, desde que ha regresado de Inglaterra, la morfología
criminal. Está dándole vueltas al rostro de los psicópatas y criminales. En
concreto, está analizando al detalle la cara del pintor Ángel Torres.
Decepcionado,
comprendió que lo que había hecho al mirarlo tan fijamente, en realidad, no era
otra cosa que analizar su cara. Se había hecho ilusiones de que lo hiciera por
algo más que por eso. Pero no, con Margot ya sabía que conquistarla
prácticamente era imposible.
—Comisario, ¿ve en mi
cara algún rasgo preocupante?
Eugenio Benito Poveda
se echó a reír.
—Se lo digo
completamente en serio. ¿Ve algún rasgo inquietante? —insistió.
—Su rostro es muy
equilibrado y ahora, sin barba, se ven sus pómulos prominentes. Ya sabe que, en
morfología criminal, lo peor es tener los pómulos retraídos. ¿Por qué lo dice?
—Por curiosidad. Nada
más que por eso.
No quiso decirle al
comisario que se lo preguntaba porque Margot se había quedado abstraída
mirándolo. Pensó en un primer momento que era un interés descarado hacia él,
pero, ciertamente, se trataba de un análisis de su rostro, nada más. Se sentó
en la mesa que habían instalado para él en el despacho del comisario. Recogió
sus cosas y, después de media hora, decidió despedirse.
—Bueno, comisario, ha
llegado el momento de marcharme. Ya sabe que mi adiós es en realidad un ¡hasta
pronto! Espero que me sigan mandando nuevas misiones para venir por aquí. Estoy
muy agradecido por cómo se ha volcado su brigada en la operación de seguridad.
¿Saben algo más del detenido que me hirió?
—Después de estar
durante un tiempo en la enfermería de la cárcel, ya ha pasado al régimen
ordinario de la prisión, y está pendiente de juicio. Detrás de él no había
ningún plan preconcebido. Se trata de un lobo solitario. Por cierto, ¿cómo está
usted de su herida de bala?
—No estoy recuperado
del todo. La bala me rasgó más músculo del que pensaba. Costará volver a tener
el brazo como antes. Intento hacer ejercicios para reponerme, pero no tengo
mucha fuerza, que digamos.
—¡Todo es cuestión de
tiempo, mi querido amigo! Por cierto, como avanza la vida a gran velocidad,
quería comunicarle que vamos a tener un servicio telefónico no solo para que la
gente pueda denunciar un delito, sino para que la que se sienta insegura nos
pueda llamar solicitando ayuda. Será un teléfono fácil de recordar, el 091.
Conexión directa con la policía. Si va a ver al ministro de la Gobernación,
felicítelo por ello.
—Muy interesante. Así
lo haré. La primera conexión con la policía fue posible en Nueva York a través
de las cabinas telefónicas. El mismo sistema tiene el Reino Unido. Esto parece
todavía más asequible. ¿Cualquiera que tenga teléfono podrá llamar desde su
casa?
—Exacto.
—¡Enhorabuena! Me
parece una gran noticia.
Parker se despidió de
él con un apretón de manos y unas palmadas sonoras en la espalda. Al resto de
la brigada les dio las gracias y les anunció su marcha. Gutiérrez miraba a
Margot sin perder detalle de su reacción. Le pareció observar que estaba
realmente seria. Cuando se acercó Parker a su lado, le informó de que todavía continuaría
unos días en Madrid.
—Estaré por aquí por si
me necesitas. Antes de regresar a Londres definitivamente, tengo pensado
pasarme por París. Lo digo por si te cuadra que continuemos con la
investigación.
—¡Interesante! ¿Vienes
esta noche a casa? A mis «guardianas» les gustará verte.
—Cuenta con ello.
Casi le temblaban las
piernas, pero hizo Parker como si nada. Contuvo la respiración hasta que pudo
salir de la Dirección General de Seguridad. Margot parecía que estaba
cambiando…
Fabiola regresó de Calella
de Mar sin haber logrado apenas hablar a solas con el rey. Tan solo unos
minutos por la mañana, tras la cena de la noche anterior, durante un breve
paseo en el que ambos comentaron, con resignación, la falta de privacidad que
tenían.
La cena no les había
gustado. Aquella mesa compartida con varios jóvenes, pensada para disimular un
encuentro que debía pasar inadvertido, no tuvo el efecto que hubieran deseado.
Días después, La Vanguardia publicó que Balduino había sido visto en
compañía de varios jóvenes durante su estancia en Cataluña. Entre ellos,
figuraba María Gabriela de Saboya, con quien fue relacionado durante días en
los ecos de sociedad de las principales publicaciones. La noticia llegó incluso
a Bruselas, donde la Casa Real se vio obligada a desmentirla.
Por más que Fabiola
intentaba dar normalidad a la situación, no lo conseguía. El rey no podía dar
un paso, ni escaparse, ni pasar desapercibido. A cualquier lugar del mundo al
que fuera, lo reconocían. Balduino estaba atado de pies y manos. No podía hacer
nada sin que se supiera inmediatamente. De ahí su prudencia en estos
encuentros. Resultaba mucho más expresivo por carta, donde él seguía siendo
Luigi y ella Ávila.
El rey, nada más llegar
a su despacho, pidió hablar con monseñor Léon-Joseph Suenens, que fue quien
sugirió el nombre de Veronica O’Brien para poner en marcha el plan por el que
eligieron a Fabiola.
—Quería darle las
gracias por haber puesto a Veronica en mi camino. Sin ella, no habría podido
llegar a Fabiola.
—¿Están floreciendo las
rosas? —preguntó monseñor poéticamente.
—Estamos estudiándonos
el uno al otro desde dentro. Me gustan mucho sus observaciones y sus
reacciones. Estoy cada vez más convencido de que Ávila es la persona adecuada.
—Tenga por seguro que
ha sido la Virgen María quien la ha puesto en su camino.
—Estaré siempre
eternamente agradecido a la Virgen y a quien ha sido su instrumento, Veronica.
Me sorprende que ya no quiera acompañarnos.
—Dice que son Su
Majestad y Ávila quienes deben poner las bases de lo que luego será una unión
para siempre.
—Fue muy lista al
pensar desde el principio que era ella la elegida. Siempre me recalcó la
humildad, la fe de Fabiola y su capacidad de observación. Cada vez que me ve,
me hace un test de preguntas. Tengo la sensación de que analiza cada una de mis
palabras.
—Cuidado, ¿se ha
equivocado de nombre? Ha querido decir la fe de Ávila. Ya sabe que los
teléfonos no son buenos aliados para los secretos. ¡Los carga el diablo!
Los dos se echaron a
reír y quedaron en verse más adelante.
Por su parte, Fabiola
volvió a acudir a su misa diaria de mañana y se confió al padre Cavestany, que
también estaba al tanto de lo que ocurría en su vida.
—Nos falta tiempo,
padre. Me gustaría conocerlo más. Estamos hablando de dar un paso trascendental
para mí y para cualquiera. No me quiero casar con el rey, deseo hacerlo con el
hombre, Balduino, y para eso debo dialogar más con él. Me gustan sus palabras,
pero no hemos estado hablando más de dos horas seguidas. Nos hacen falta
certezas, no impresiones.
—Lo sé y tienes razón.
Debes dar tiempo a que todo cuaje. El amor verdadero no surge en una
conversación. Tú estás pidiendo profundidad en tu relación, y eso es
encomiable. Cualquiera se hubiera vuelto loca de que el rey de Bélgica le
hiciera una propuesta semejante, pero tú no. Eso dice mucho de ti. El rey
también se da cuenta de esa circunstancia, y estoy seguro de que lo valora más.
—Padre, tengo la cabeza
llena preguntas. ¿Qué sería de mi madre si doy el paso?
—Pues no pasaría nada.
Te recuerdo que tienes hermanas y hermanos que se podrían hacer cargo de ella
si fuera necesario. Además, ¿por qué no podría viajar y acompañarte largas
temporadas? No pienses en eso. No es el gran problema al que te enfrentas.
Casarse con un rey es casarse con todo un país. ¿Eres consciente de ello?
—Sí. Por eso, la
decisión no se puede tomar a tontas y a locas. No todo es de color de rosa. Eso
la gente no lo sabe. La privacidad será muy difícil de mantener. Pero, insisto,
yo ahora me centro en el hombre. Nada más que en eso. Sus palabras reconozco
que me gustan. Están en sintonía con mi pensamiento.
—Tranquila. Deja que
todo fluya. ¡Hazme caso! Piensa que es Dios quien mueve los hilos.
Hablar con el padre
Cavestany aliviaba a Fabiola, ya que, cuando llegaba a Madrid, tenía poco tiempo
para pensar en ella por sus muchas ocupaciones sociales.
Fabiola procuraba dejar
la cena para pasar un tiempo en familia. Precisamente, la primera noche que
volvió a ver a su madre le contó que su amiga Ramona Vizcaya se había ido a la
casa de verano, en Zarauz. Estaba siendo objeto de un gran engaño y tenía que
alejarse de un pretendiente que solo quería su dinero.
—¡Menos mal que lo ha
sabido a tiempo! ¿Quién se lo ha advertido?
—Una amiga. Si no
hubiera sido por ella…, no hubiera reaccionado tan rápido como lo ha hecho.
No le dijo a su hija
que se trataba de una vidente que había ido a casa y había advertido a su
amiga, sin ningún tipo de duda.
—El dinero, siempre el
dinero. No soporto a esas personas que traducen todo en una cuestión monetaria.
Llego a pensar que los seres humanos están vacíos. Hacer algo por los demás, a
cambio de nada, te hace sentir mejor que acumular toda la riqueza del mundo
—comentó Fabiola.
—Pues hoy solo se habla
de negocios y de si fulanito ha ganado mucho o lo ha perdido todo. Las vidas se
traducen en fortuna o no fortuna. Nada más.
—La vida para mí es
hacer algo bueno cada día por una persona. Saber que le has solucionado la vida
a alguien o que le has ayudado a que la fatalidad no se cebe en su familia.
Somos muy afortunados, madre.
—Lo sé y tienes toda la
razón del mundo. Ya podrías hablar con Jaime para inculcarle alguna de tus
ideas. Casi no le veo el pelo. Vive más de noche que de día y ahora dice que lo
están tentando para irse a la costa malagueña. Al parecer, quieren dar a
conocer esa zona y relanzarla entre las personas de la alta sociedad.
—Me lo contó.
Ciertamente el sur tiene algo especial… No sufras por Jaime, es el bohemio de
la familia. Ya está, no hay que darle más vueltas. Hay que aceptarlo como es.
—Yo no hago más que
rezar por él y por ti. Me gustaría tanto que conocieras a alguien y te
enamoraras…
—Mamá, eso surge cuando
tiene que surgir.
—Muchos me dicen que te
vas a meter a monja —le confesó su madre.
—No, te aseguro que no.
Estaré contigo, a tu lado. aunque no pare de viajar. Por cierto, a lo mejor me
voy unos días a una estación de esquí. Me han invitado a Courchevel. Todavía no
tengo una fecha exacta.
En lo poco que pudo
hablar a solas con Balduino, le dijo que el campeón de esquí y principal
relaciones públicas de Courchevel, lo había invitado. Émile Allais había sido
el primer campeón de esquí alpino en Francia y le insistía mucho en que
visitase las pistas del valle de Tarentaise, en los Alpes franceses. Se trataba
de las más grandes del mundo, con más de seiscientos kilómetros de diferentes
pistas conectadas entre sí. Ese plan le apetecía mucho más a Fabiola y deseaba
que el rey le concretara una fecha. Sabía que no tardaría mucho la cita, puesto
que ahora la nieve estaba en su mejor momento. Le había prometido Balduino tres
días de anonimato total. Lo necesitaban.
20
Parker regresa a
casa de Margot
Las «guardianas» de
Margot recibieron a Parker como si se tratara de un familiar que venía a
visitarlas después de mucho tiempo. Camila y Sátur lo encontraron más joven,
por el efecto del afeitado de la barba, y más musculado. El jefe de seguridad
estuvo conversando con ellas hasta que, en los postres, los dejaron a solas en
el salón. Margot quería planificar una estrategia de cara a ese viaje a París
que le había propuesto Harry.
Se sentaron en el sofá
y la joven sacó su pipa. Tal y como aprendió de su tío, se puso a hacer volutas
con el humo. Eso parecía que le despejaba la mente. Además, a Parker le gustaba
el olor a tabaco de Virginia, suave y dulce. Ambos contemplaban a través de los
cristales ese Madrid que bullía entre coches, autobuses y luces de neón e
intentaban imaginar qué podría estar pasando por la mente del pintor Ángel
Torres.
—Este hombre ha pasado
de liderar un cambio de vida y de país, conquistando a una de sus alumnas, a
ser un secuestrador —comentó Parker.
—Desde que huyó con él
a Francia, Almudena se convirtió en una persona completamente dependiente. En
estos momentos está a su merced. Puede hacer con ella lo que quiera.
Ambos reflexionaban e
intentaban meterse en la mente del pintor; un hombre narcisista que necesitaba
del aplauso y que aspiraba a que su pintura fuera reconocida en la que
consideraba la meca del arte.
—Precisamente por su
ego es por lo que lo vamos a cazar. Le pierde tener amigos famosos. En algún
momento meterá la pata y allí estaremos nosotros para detenerlo. La policía
francesa no me pareció muy colaboradora —apuntó Parker— cuando hablé con alguno
de sus miembros.
—Si se han mostrado así
contigo, que tienes apellido inglés, imagínate con la policía española. Nos ha
costado mucho que nos hicieran caso y que nos atendieran. Lo primero que
tenemos que comprobar en el siguiente viaje es si ya se exponen sus cuadros. Si
resulta que sí, estaríamos de suerte. Incluso deberíamos comprar uno para
llegar a él —comentó Margot.
—Finjamos que somos una
pareja que está en París de paso y que se ha enamorado de su pintura. Le
encargaremos un cuadro y le diremos que nos lo queremos llevar a Londres.
—Sí, mejor hablarle de
Londres que no de España para que no sospeche. Me parece bien, pero ¿crees que
picará en lo de pintarme un cuadro?
—Y para no dejar ningún
cabo suelto, en el hotel nos registramos como señor y señora Parker. ¿Te parece
bien?
Margot se quedó parada,
en silencio y con la pipa inmóvil en la mano. Parker pensó que quizá se había
precipitado otra vez. Le perdían las ganas de estar con ella. Por fin
respondió:
—Está bien, echaremos a
suertes quién dormirá en el suelo o en el sofá, si lo hubiera. Tienes razón, es
importante que nos vean siempre juntos.
—Soy un caballero,
Margot. No puedo permitir que duermas encima de la moqueta de la habitación. Lo
haré yo. Me parece importante lo de aparentar que somos pareja. De esta manera,
si alguien llama al hotel y pregunta por nosotros, le pasarán con una
habitación. Imagina que estamos en dos separadas… No sería congruente, si luego
nos presentamos como señor y señora Parker.
—Es cierto. Hagámoslo
así. ¿Cuándo tienes previsto viajar?
—En un par de días.
¿Estás de acuerdo? —le preguntó Parker.
Pensó durante un rato y
finalmente se lo confirmó. Tenía poco tiempo para arreglarlo todo antes de
viajar y poder dedicarse a investigar el paradero de Almudena Pimentel. La
excusa que ideó para que la revista Siluetas y sus tíos le dieran el
visto bueno fue intentar conseguir una entrevista a Coco Chanel, una de las
diseñadoras más influyentes en el mundo de la moda.
—Me parece lamentable
que las mujeres tengamos que depender del visto bueno de nuestros maridos o de
nuestros tutores para viajar —se quejó Margot—. Hay muchas cosas aún por
cambiar, Harry. Estamos en inferioridad jurídica.
—Tienes razón, Margot.
—¿Cómo viajaría
Almudena?
—Almudena tendría
pasaporte y lo que falsificó el pintor fue el permiso legal de su padre. Por
ahí podríamos cogerlo también. El problema es que Francia mantiene una postura
muy equidistante con el gobierno de Franco. Será muy difícil traerlo detenido a
España —afirmó Parker.
—Con que podamos
liberar a Almudena y traerla a España, me daría por satisfecha. Necesito que
esta pesadilla acabe cuanto antes.
—¿Ya no colaboras con El
Caso?
—Sí, hago crónicas y
reportajes que envío al periódico. Saben que me estoy formando como detective y
me han dado más margen entre publicaciones. Solo escribo cuando hay algo de
verdad impactante o de servicio público. Por ejemplo, lo último que he hecho ha
sido sobre la implantación del 091 como teléfono de contacto inmediato con la
policía.
—Me resulta muy curioso
tu doble o más bien triple vida. Redactora de moda, de sucesos y detective
colaboradora directa con la policía. Realmente no te queda tiempo para nada.
—Tú mejor que nadie
sabes que, o te dedicas por entero, o no obtienes frutos.
Margot veía la deriva
de la conversación y la cortó inmediatamente. Parker no insistió, seguía
aplicando la prudencia como método con ella y no le estaba yendo mal.
En su viaje a París,
pudieron llevar consigo los retratos a mano alzada elaborados por los
dibujantes de la brigada, una serie de reconstrucciones de Ángel Torres que
contemplaban los múltiples cambios que habría podido introducir en su rostro.
Sin embargo, había algo que permanecía intacto en todos ellos: los ojos.
Bastaba fijarse con atención para comprobar que era lo único que no variaba, el
rasgo que delataba su identidad por encima de cualquier disfraz. Margot también
se llevó consigo las alianzas de sus padres. Con ellas sería más creíble, de
cara a los demás, que eran pareja.
Resultaba paradójico
que aquel mismo caso, el de Almudena Pimentel, que en su día los había
distanciado fuera ahora el que volvía a unirlos y los empujaba a avanzar juntos
en una investigación que ya no podían abordar por separado.
Esta vez se alojaron en
el hotel más frecuentado por los artistas, el Lutetia. Era de todos sabido que
allí habían pernoctado Picasso y el mismísimo Matisse. Pensaron que sería un
buen lugar de partida como señor y señora Parker. En ese mes de febrero no
había tanto público y les dieron una suite. Les contaron que allí mismo había
pasado su noche de bodas el general De Gaulle, y que el hotel había sido
construido a iniciativa de madame Boucicaut, propietaria de los almacenes Le
Bon Marché. Era de estilo modernista y estaba situado en el barrio de
Notre-Dame-des-Champs, entre Saint-Germain y Montparnasse. De todos era
conocido que cuando un artista no podía pagar su estancia allí, les donaba un
cuadro, y así, poco a poco, se habían ido haciendo con una importante colección
de arte.
Finalmente, como
pensaron, se inscribieron como señor y señora Parker. Tan solo le pidieron el
documento de identificación a Harry. Margot se indignó, pero mantuvo las formas
para que no se fijaran en ella. Siempre se lo decían el detective Cerezo y el
comisario Poveda: «No hay que destacar en nada». Les dieron las llaves y,
cuando abrieron la puerta, se quedaron impresionados de la decoración art
déco. La cama era inmensa, ya que en realidad eran dos camas juntas.
—En una cama tan grande
no hace falta dormir en el suelo. Aquí no nos vamos ni a rozar, es imposible
—comentó Parker.
—Tienes razón, parece
absurdo que uno tenga que dormir en el suelo.
Sacaron la ropa de la
maleta y cada uno utilizó un armario para guardarla. Margot solo pensaba en
Almudena y todo lo demás le parecía anecdótico. Sin embargo, a Parker esa
convivencia con ella le suponía una tortura. Estaba enamorado de Margot.
—¿Comemos algo y nos
vamos directamente a averiguar si va a exponer y dónde lo va a hacer? —preguntó
Parker.
—Me parece bien. En el
anterior viaje nos dieron a entender que sí lo iban a hacer.
Ambos bajaron a la sala
del restaurante del propio hotel. También de estilo art déco, estaba
inspirada en la decoración de uno de los comedores del trasatlántico Normandie,
el barco de pasajeros más grande del mundo.
Parker le contó a
Margot que siempre este trasatlántico había tenido una firme competencia con el
Queen Mary, de la naviera británica Cunard Line. Finalmente un incendio acabó
con él y, como era muy costosa su reparación, fue desguazado.
—Será más prudente no
preguntar a los camareros por el final del barco. En Francia estas cosas las
sienten de otra manera —le sugirió Harry.
—Tranquilo. Estoy
pensando en lo que vamos a hacer esta tarde, más que en la reproducción del
Normandie. Me gustaría empezar por el café Le Consulat y, a partir de ahí,
peinar la zona. Sobre todo no me gustaría que nos dejáramos ni una sola galería
de arte de la rue Norvins.
—Lo malo es que, si
somos un matrimonio, no podemos sacar ninguno de los retratos que hizo la
policía. Solo podemos preguntar por la exposición de monsieur Dubois o por
algún cuadro de él. Y esperar a que muerda el anzuelo alguien cuando digamos
que querríamos encargarle un retrato.
—Tengo la corazonada de
que esta vez sí que lo vamos a atrapar —afirmó Margot.
Ninguno de los dos tomó
vino. Estaban trabajando y convenía que la mente estuviera lúcida. Comieron
poco, ya que parecía que el estómago se les había cerrado. Tenían un objetivo y
sentía Parker que, una vez que dieran con Almudena, las cosas entre ellos
podrían funcionar. Tras finalizar el almuerzo, regresaron a la habitación.
Parker cogió su pistola
y la escondió en la espalda, en la cinturilla del pantalón. Margot se puso la
suya, de menor tamaño, en la liga, sujetándola al muslo. Eran plenamente
conscientes de que la detención no sería nada fácil; el pintor podría
revolverse y ofrecer resistencia. Estaba claro que se enfrentaban a una
situación peligrosa. Ambos se vistieron de colores oscuros, que no llamaran la
atención, y procuraron aparentar ser un matrimonio. Salieron del ascensor
cogidos del brazo, luciendo en la mano las alianzas de los padres de Margot.
No tardaron en llegar
al barrio de Montmartre, que ofrecía unas maravillosas vistas de París; como
siempre, sobresalía por encima de todos los tejados la basílica del
Sacré-Coeur. Se sentaron a tomar un café y el camarero les recomendó ir a la galería
que se encontraba a cincuenta pasos de allí. Su dueño, al parecer, controlaba
el mercado del arte, ya que conocía a todos los pintores. Todo aquel que
deseaba triunfar debía pasar por allí. Pagaron y fueron caminando del brazo,
como cualquier pareja.
Al llegar a la galería
Carré d’Artistes, entraron y contemplaron atentamente todos los cuadros de la
exposición. Pidieron información sobre los artistas que iban a exponer en los
próximos meses.
—¿Buscan a algún pintor
en concreto? —preguntó el encargado.
—Estamos intentando
conocer a los nuevos valores en el mercado del arte, los que se salgan de los
consagrados, que ya son prohibitivos para nuestro bolsillo.
—Entiendo, quieren
invertir en pintores no conocidos que tengan por delante una prometedora carrera
y localizar buenos cuadros antes de que suban de precio.
—Lo ha definido usted
perfectamente —le contestó Harry.
El encargado los invitó
a pasar a uno de los almacenes de la galería y les enseñó aleatoriamente
cuadros de diferentes pintores en los que creía la galería. Ambos miraban la
firma y no encontraban al pintor Torres ni a su alter ego, Dubois.
Pidieron permiso para ver todas las pinturas que se apilaban en el almacén y,
con una gran paciencia, el encargado les fue enseñando lo que tenían. Sonó la
campanilla de la puerta y se tuvo que ir a atender al cliente que llegaba. Los
dejó mirando las firmas de todos los cuadros que tenía almacenados.
Harry por un lado y
Margot por otro, iban mirando uno a uno los lienzos enmarcados que reposaban en
el suelo, apilados unos al lado de los otros. De pronto, Margot vio un cuadro
de tamaño mediano que reflejaba a una mujer sentada en un sillón, acariciando
un gato. Su actitud era melancólica y su sonrisa tan enigmática como la de la
Gioconda. Lo miró una, dos y hasta tres veces. De nuevo surgió la corazonada.
—¡Harry! ¡Ven
inmediatamente!
—Esta mujer se parece a
Almudena Pimentel.
—Podría ser… ¿Quién
firma el cuadro?
—Parece un garabato. No
se entiende lo que pone.
Lo sacó del montón de
cuadros apilados y esperaron a que regresara el encargado. Después de quince
minutos, apareció por allí.
—Perdonen, tenía que
atender a un cliente —se excusó.
—No se preocupe —le
dijo Parker—. Nos gusta el estilo de este pintor. ¿Quién es?
—Se trata de un amigo
del dueño. No sabría decirle. Pero, si quieren invertir, hay otros mejores.
—Seguro, pero ya sabe
que esto de la pintura son corazonadas. Un amor a primera vista. Tiene algo la
actitud de la mujer que nos gusta. Es más, quisiera que pintara a mi esposa en
un posado parecido a ese.
—¿Un encargo?
—Sí, eso. Quisiéramos
encargarle que pinte a mi señora.
Margot asentía con la
cabeza y esbozaba la mejor de sus sonrisas mientras el corazón le latía a más
velocidad de lo normal. El encargado se fue a llamar al dueño.
—¡Lo tenemos! —le dijo
a Harry entre dientes.
—¡Espera, no vaya a ser
una confusión!
—Te digo que es ella.
Es idéntica a la de la foto que está en el corcho de la comisaría.
—¡Shhh!
Le pidió que no
siguiera hablando del tema por si acaso los escuchaban. A los diez minutos apareció
un señor canoso, muy delgado y con cara de pocos amigos.
—Me presento, soy
Antoine Beauvoir, el dueño de esta galería.
—Somos el señor y la
señora Parker. Nos gusta mucho la pintura y, aunque vivimos en Londres, nos
escapamos a París de vez en cuando. Queríamos que alguien retratara a mi mujer
y nos ha gustado el estilo de este pintor. No alcanzamos a saber quién es.
—Lleva muchos años en
la pintura, pero no es conocido. Dentro de un par de meses, estará muy cerca de
aquí. Va a exponer en la galería de un amigo. Pero, si lo que les interesa es
encargarle un cuadro, eso lo puedo hacer yo. Lo conozco.
—¿Cómo se llama?
—Charles Dubois, pero
pone una firma ilegible. Se lo decimos todos.
Parker y Margot se
miraron. No pronunciaron una sola palabra al oír el nombre del pintor que
estaban buscando. Se limitaron a sonreír.
—Estaremos en París una
semana. ¿Cree que podríamos conocerlo para encargarle el cuadro?
—Se encuentra ahora muy
falto de tiempo, porque expone en abril y estará ultimando sus cuadros. Siempre
falta uno, se lo digo por experiencia. No obstante, se lo comunicaré. ¿Dónde
puedo localizarlos?
—Nos alojamos en el
hotel Lutetia. Pregunte por el señor y la señora Parker y le pasarán con
nuestra habitación. Si no estuviéramos, nos deja recado y un teléfono y
enseguida nos pondremos en contacto con usted.
—¿Por qué él y no otro?
Tenemos otros pintores extraordinarios —dijo, un tanto desconfiado.
—El gato del retrato le
ha llamado la atención a mi mujer. A veces son esos pequeños detalles los que
te hacen fijarte en una persona y no en otra. También la sonrisa de la mujer le
ha recordado a la Mona Lisa.
—Bueno, Leonardo da
Vinci era el gran maestro de la pintura. No es comparable. Es cierto que en
esto del arte hay cuadros que te llegan y otros, con mejor técnica, no.
—Lo comparo a la música
—comentó Parker—. No siempre la mejor voz es la que te llega al corazón.
—¡Buena comparación!
—se limitó a decir Beauvoir.
Intentaron caer bien al
dueño y preguntaron por el precio del cuadro de la mujer acariciando un gato.
Beauvoir les habló de cuatro mil francos. Harry intentó una rebaja en el precio
final. Le encantaba regatear y se le daba bien. Finalmente, llegaron al acuerdo
de tres mil quinientos francos. Extendió un cheque y se lo dio al dueño.
—Da gusto hacer
negocios con usted, señor Parker. Llamaré a Dubois para ver si puede sacar
tiempo y concretar lo del cuadro que quiere hacerle a su mujer.
—Sí, sería estupendo
que pudiéramos conocerlo. Estaré pendiente de su llamada. No le robaremos mucho
tiempo. Simplemente que nos diga qué necesita de mi mujer para pintarlo. ¿Debe
posar para él? A lo mejor con una buena fotografía es suficiente.
—Señor Parker, un buen
pintor necesita a su musa delante de él. Si ustedes viven en el extranjero, no
sé cómo lo va a hacer.
—Mi mujer viene a
Francia a encargar ropa con mucha frecuencia.
Margot había mantenido
un perfil bajo de esposa sumisa que no intervenía en las negociaciones ni en
las decisiones de su marido. Salieron de allí con el cuadro perfectamente
envuelto y cogieron un taxi camino del hotel.
Estaban eufóricos, pero
disimularon en todo momento hasta que llegaron a la habitación del hotel. Fue
cerrar la puerta y los dos se abrazaron. Margot estaba eufórica.
—¡Lo tenemos! Ha sido
un golpe de suerte ver el retrato de Almudena con el gato.
—Bueno, para mí hubiera
pasado como un cuadro más. Yo solo buscaba la firma. Realmente tienes una gran
capacidad para retener los rasgos de las personas. Has estado muy aguda. ¡Eres
una gran policía!
—Gracias, Harry.
Realmente nunca lo podré ser. La sociedad me lo impide. Por ahora sigo
formándome como detective y el comisario Benito Poveda me permite trabajar como
una más en la brigada, pero, cuando él se marche, sé que ya no tendré sitio
allí.
—Tiempo al tiempo. La
sociedad está cambiando a una gran velocidad. ¡Qué alegría, Margot! Estamos
cerca. Yo no me movería del hotel en los próximos días. La llamada se va a
producir.
Parker no pudo evitar
pensar que, si resolvían el caso juntos, Margot se liberaría por fin, y con
ello quizá también se abriría a algo más serio entre ambos. Sin embargo, la
cabeza de la joven seguía dándole vueltas a todo.
—Mientras, yo iré en
persona a pedir una entrevista con Cocó Chanel. Llevaré el ejemplar que he
traído de la revista Siluetas con la portada de Balenciaga como tarjeta
de presentación. ¿Celebramos lo que nos está pasando?
Se vistieron
especialmente para esa noche. Parker le dejó el baño para que ella se cambiara.
Él lo hizo en la habitación sin ningún problema. Cuando salió Margot vestida
con un traje de encaje negro, se quedó paralizado sin terminar de abrocharse la
camisa.
—¡Estás…, estás…
realmente guapa!
Margot le sonrió y dejó
que terminara de vestirse sin mirarlo. Mientras, llamó a recepción y les dijo
que bajarían al restaurante del hotel. Si alguien los llamaba, pidió que
hicieran por encontrarlos y avisarlos mientras cenaban.
Una vez ya listos,
bajaron al restaurante. Tenían hambre o las circunstancias habían hecho que se
les despertara el apetito.
—Si nos llaman pronto,
este tema acabará también en breve.
Harry pidió un vino de
Burdeos para la cena y brindaron por la resolución del caso. Estaban eufóricos.
—¿Qué harás con el
cuadro? —preguntó Margot.
—Colgarlo en la pared
de mi casa. Así nunca olvidaré a Almudena Pimentel. Un recuerdo para toda la
vida. Es cierto que algo caro, pero el viaje de Eisenhower lo ha hecho posible.
—Muchas gracias por tu
ayuda. Te estoy muy agradecida, Harry. Te confieso que nunca he sentido estos
nervios. Nunca —le dijo Margot.
Pidieron una sopa de
cebolla y de segundo un confit de pato. No quisieron postre, a pesar de la
insistencia del camarero. Brindaron por la resolución del caso varias veces y,
después de terminar de cenar, subieron a la habitación. No había habido llamada
y nadie intentó localizarlos. Llegó el momento más tenso para ella y el más
esperado para él: pasar la primera noche juntos como señor y señora Parker. Por
motivos distintos, los corazones de ambos latían a ritmos desacompasados.
21
A vueltas con la
felicidad
Margot salió del baño
vestida con la parte de arriba de un pijama de hombre, que hacía las veces de
camisón. Cuando tenía momentos de muchos nervios, utilizaba uno de los pijamas
de su padre. Parker, por el contrario, llevaba puesto tan solo el pantalón de
su pijama y una camiseta de tirantes, que también solía utilizar debajo de la
camisa. No estaba metido dentro de la cama, sino tumbado encima, haciendo que
leía un libro, pero sin perder de ojo a Margot.
—¿Qué lees? —preguntó
la joven.
—Estoy leyendo a Arthur
Schopenhauer. Me gusta releer sus artículos publicados sobre la misma temática,
el arte de ser feliz. Expresa la sabiduría que uno adquiere sobre la vida
después de afrontar los problemas que genera la propia existencia. Mira esta
frase: «Nunca serás feliz si te atormenta que algún otro sea más feliz que tú».
—Me encanta que tengas
las mismas inquietudes que yo por los filósofos. Ellos han dedicado su vida a
pensar y nos dan claves para aprender de los errores.
Parker confiaba en que
jamás el tío de Margot hiciera la revelación a su sobrina de la información que
le había dado para reconducir su relación. Le había hecho caso y los únicos
libros con los que viajaba eran esos, además de una revista llamada Pilote,
abierta por la entrega de un cómic que seguía desde su último viaje a París. Le
hacía mucha gracia saber de las andanzas del personaje de Astérix el Galo. Esto
no lo comentó con Margot por si no le gustaba. Siguió hablando del filósofo
alemán.
—Mira esta otra frase.
Te va a gustar: «Es difícil encontrar la felicidad en uno mismo, pero es
imposible encontrarla en otro lugar». Verdaderamente acertada.
—Sí, conozco bien su
pensamiento. Cree que la felicidad pertenece a los que son autosuficientes.
Margot ya no quiso
seguir hablando de temas tan profundos. Estaba cansada. Le dio las buenas
noches y se acostó en su lado de la cama, a la vez que apagaba la luz de su
mesilla de noche. Al poco, Harry hizo lo mismo, aunque no fue capaz de pegar
ojo. Deseaba abrazarla y besarla, pero, de hacerlo, seguramente no volvería a
verla en la vida. Se dijo a sí mismo que la paciencia era una virtud. Se lo
repetía como un mantra. «¡Parker, quién te ha visto y quién te ve!», se dijo a
sí mismo. «No es momento para el amor», continuaba en su soliloquio. Se dio
media vuelta en la cama, se abrazó a uno de los cojines que estaban junto a la
almohada y así permaneció durante toda la noche. Por la mañana, abrió los ojos
antes que ella y la observó dormida. Parecía una mujer dulce y frágil. Nadie
viéndola así podría imaginar el vendaval de mujer que se escondía en su
interior. No había conocido a nadie más fuerte y constante que ella. El trabajo
lo primero y después todo lo demás. Por fin, Margot abrió los ojos y se
encontró con la mirada de Parker fija en ella.
—¿Llevas mucho tiempo
observándome?
—Podríamos decir que
sí.
—¿Por qué no me has
despertado? —le dijo un tanto enfurruñada.
—Quería que
descansaras. ¿Te parece mal?
Harry se levantó,
escogió la ropa con la que se iba a vestir y se dispuso a ir al baño. Margot se
puso en pie y lo frenó en seco.
—Sé que soy una mujer
muy difícil de entender, pero sé valorar, aunque no lo exprese, cuando alguien
se está volcando conmigo. ¡Gracias!
Se acercó a él y lo
abrazó. Lo miró de cerca y lo besó.
—Es un beso de amistad,
aunque te lo haya dado en la boca. Hay que eliminar prejuicios.
Parker, con los ojos
abiertos, no podía decir absolutamente nada. Se quedó paralizado. Se tocó los
labios después de mirarla.
—¡No está nada mal ese
beso de amistad! Puedes repetirlo cuando quieras. ¡Me ha gustado! Si te dijera
lo contrario, te mentiría. ¿Podrías repetirlo?
—¡Parker! Somos amigos
y la amistad también es eso.
—Amigos…
No había una palabra
que odiara más en el mundo que esa. Él la amaba, pero era evidente que no le
correspondía. No siguió hablando y entró en el baño.
—Perdón por pasar antes
que tú. Me daré mucha prisa.
Abrió los grifos y
aprovechó para afeitarse mientras se llenaba la bañera. Se metió con el agua
bastante fría. Necesitaba despejarse y no cometer ninguna de sus tonterías.
Cuando salió del baño, Margot no estaba. Esperó unos minutos sin saber qué
hacer, hasta que ella regresó a la habitación.
—He bajado a las
cabinas telefónicas de recepción para pedir una conferencia con Madrid. No
quería dejar rastro de mi llamada desde la habitación y he podido hablar con
mis «guardianas». Menos mal que lo he hecho. Estaban preocupadas, ya que ayer
no las llamé y no sabían de mí. ¡Son tremendas! Voy a arreglarme.
Mientras Margot se
bañaba y se vestía, sonó el teléfono. Parker sabía que podía ser Dubois. Dejó
que sonara dos veces más y lo descolgó.
—¿Sí? ¡Dígame!
—¿Hablo con el señor
Parker? —preguntó alguien con una voz muy grave.
—Sí, soy yo.
—Soy Charles Dubois…
Hubo un silencio de
pocos segundos. Salió Margot vestida y arreglada del baño. Al ver a Parker
hablar por teléfono, se acercó corriendo al auricular. Hizo un gesto y este le
confirmó que era él.
—¡Cuánto honor, señor
Dubois! Acabo de comprar uno de sus cuadros.
—Lo sé, he hablado con
monsieur Beauvoir. Entiendo que no van a estar mucho tiempo en París y me
quieren encargar un cuadro.
—Sí, así es. ¿Podríamos
ir a su estudio? ¡Nos gustaría muchísimo!
Después de un silencio,
contestó.
—No, a mi estudio no.
En estos momentos está lleno de cuadros para la exposición que va a tener lugar
en abril. ¿No podrían esperar hasta entonces?
—Sí, por supuesto. Pero
deberíamos cerrar el precio y las condiciones para realizarlo. Imagino que va a
necesitar que mi mujer pose para usted. Son cosas que podemos hablar mientras
tomamos un café. Si quiere, podemos tomarlo aquí, en el hotel donde nos
alojamos. ¿Le parece?
—O en el café Le
Consulat, ahí solemos citarnos los pintores.
Al oírlo, Margot le
dijo que no con la mano. Le indicaba que mejor en el hotel. El café Le Consulat
fue donde acudió en el anterior viaje con una foto de él. El camarero podría
reconocerla.
—Mejor en el café del
hotel donde nos alojamos —rectificó Parker—. ¡Mucho más personal!
—Está bien, iré allí,
donde se alojan ustedes, a las cinco.
—De acuerdo.
Colgó Parker y lanzó un
grito que se debió oír fuera de la habitación. Eufórico, se abrazó a Margot.
—¡Picó el anzuelo!
—¿Y si no es él? Lo
sabremos esta tarde. Tengo estudiadísima su cara.
Salieron a dar una
vuelta y, por si alguien los estaba vigilando, intentaron actuar como cualquier
pareja y se fueron a las Galerías Lafayette, donde Margot quiso comprarse un
perfume de rosas que Parker se ofreció a pagar.
—Si no estuviera
convencida de que alguien nos puede estar mirando, no te dejaría hacerlo. Pero
sigamos fingiendo ser un matrimonio.
Regresaron al hotel y
volvieron a comer en el restaurante que simulaba el trasatlántico francés
Normandie. Cuando llegaron a los postres, se presentó ante ellos un hombre con
la voz grave.
—Bonsoir! Monsieur et madame
Parker? Me han dicho en recepción
que son españoles residentes en Londres, de modo que puedo perfectamente
hablarles en su idioma —comentó el pintor—. Según Antoine Beauvoir, ustedes
querían concretar un encuentro en el estudio de pintura para un retrato.
—Así es, siéntese.
Quisiéramos un retrato de mi señora en actitud intimista, como el cuadro que
hemos comprado.
Margot le dio una
patada a Parker por debajo de la mesa para advertirle de que no era Dubois.
Parker siguió adelante sin saber muy bien qué ocurría.
—¿El cuadro será
parecido al de la mujer con gato? Me gusta mucho —dijo Parker.
—Ese cuadro es de una
primera época, pero ahora se imponen otros tiempos. La corriente que se estila
nos lleva a encontrar uno mismo su propio camino.
—¿Eso significa que
usted está inspirándose en otra técnica? ¿Quizá cubista?
—No, en absoluto.
El hombre, que todavía
no se había presentado, no dejaba de mirar a Margot. A su vez, la joven
detective no sabía cómo tratarlo, o si debía hacer como que se creía que era
Dubois.
—¿Qué expectativas
tiene sobre el cuadro? —siguió preguntando aquel hombre realmente inquietante.
—Que esté el alma de mi
mujer en el lienzo, independientemente de la técnica.
—Si le entiendo bien,
desea capturar el interior de su mujer y parar el tiempo justo ahí.
—¡Exacto!
—Pues el señor Dubois
intentará capturar el alma. Se lo aseguro.
—¿No es usted Dubois?
—preguntó Parker, sorprendido.
—No, soy su ayudante.
Me llama todo el mundo Labarque, ese es mi apellido.
—¡Ah! Le había
confundido. Esperábamos a Dubois.
—Sí, no ha podido
acercarse. Les cita el maestro en la galería Carré d’Artistes mañana, sobre las
doce. Por cierto, señora, venga con el traje con el que quiere ser retratada y
algo que la defina, un objeto.
—De acuerdo —alcanzó a
decir Margot.
Dio la mano a Parker y
se fue.
Estuvieron callados
unos segundos y, cuando tuvieron el convencimiento de que se había ido y no iba
a regresar, volvieron a hablar.
—Pero ¿qué locura es
esta? ¿No era Dubois? —preguntó Parker.
—Ya. Lo mandó Dubois
aquí para cerciorarse. Todo es muy extraño.
—Estamos cerca, Margot,
y cada vez siento que este caso se está poniendo más peligroso. Acabamos de ver
que hay más personas involucradas. Ya no es una locura de este señor enamorado
de su alumna.
—Se complica…
Ciertamente.
El rey Balduino se
despidió de su equipo advirtiéndolos de que había aceptado la invitación del
campeón Émile Allais para practicar el esquí, su deporte favorito. Todos
estaban de acuerdo en que, tal y como se estaban desarrollando los
acontecimientos en el Congo, no le vendría mal una desconexión de los
problemas. El joven rey además tenía que lidiar con la comunidad minoritaria,
que era francófona y poseía el poder, así como con la comunidad flamenca, que,
siendo mayoritaria en todo el país, en la capital no detentaba ni poder
político ni económico. Los flamencos peleaban por su lengua y por sus derechos
políticos más allá de Flandes. La tensión entre ambas comunidades intentaba
solventarla Balduino.
Su hermana mayor,
Josefina Carlota, y su marido decidieron acompañarlo. Consideraron que
hospedarse en el chalet La Parva les daría a todos cierta libertad. Por otro
lado, le había expresado el rey Balduino que deseaba presentarle a Fabiola: «Jo
—como la llamaban en familia—, te gustará. Solo piensa en ayudar a los demás,
como mamá».
La princesa de Bélgica,
hermana mayor de Balduino, casada con Juan, el gran duque de Luxemburgo, desde
hacía siete años, era la única en palacio que estaba al tanto de lo que ocurría
entre su hermano y esa joven. Temía las lenguas de algunos periodistas de la
prensa amarilla, que se habían cebado con ella cuando contrajo matrimonio.
Dijeron, durante mucho tiempo, que la unión que habían formado su marido y ella
era de conveniencia, puesto que las tensiones entre Luxemburgo y Bélgica habían
desaparecido. El temor de Josefina era que la prensa hiciera lo mismo con su
hermano por salir con una persona que no era de sangre azul. Jo era la
primogénita del rey Leopoldo III y su primera esposa, la princesa Astrid.
Cuando sus padres viajaron, un gran elenco de institutrices y tutores se
hicieron cargo de ellos. Josefina, que se llamaba así por la esposa de Napoleón
Bonaparte, estaba muy unida a su hermano, tres años menor que ella. Le gustaba
ejercer de protectora desde que la idílica vida en familia acabó. Primero su
abuelo, el rey Alberto I, murió inesperadamente mientras escalaba una montaña
en Marche-les-Dames. De la noche a la mañana, sus padres se convirtieron en
reyes, cuando Astrid estaba embarazada de Alberto, el pequeño de los hermanos.
El rey se volcó en las cuestiones políticas y económicas. La reina, en las cuestiones
sociales.
Astrid se convirtió en
una persona muy involucrada en ayudar a los más necesitados. Igualmente,
Josefina, imbuida por el espíritu de su madre, antes de casarse se dirigió a
los belgas para anunciar que entregaría las donaciones que había recibido a un
fondo nacional para contribuir a la ayuda de las familias con enfermos de
parálisis infantil.
En palacio, Josefina se
volvió la protectora de todos. Temía las escapadas que se hacían en la familia
a esquiar o a la montaña. No quería más sustos y por eso, en esta ocasión, se
fue a los Alpes franceses a vigilar que a su hermano no le ocurriera nada.
¡Bastantes accidentes habían tenido ya!
Fabiola, por su parte,
se alojó en el hotel del Rond-Point des Pistes. Allí esperó la llamada de
Balduino. Sabía que conocería a su hermana y a su esposo, pero desconocía que
igualmente se encontraría con otra prima, María Cristina de Saboya, y varios
invitados amigos de los duques de Luxemburgo. En la familia de los Mora, la
menor, Mari Luz, le echó una mano y le dijo al hermano mayor, Gonzalo, que se
irían las dos junto con su marido a esquiar a Courchevel, invitados por unos
amigos.
Mari Luz y su marido,
José María Ruiz de Bucesta, eran los únicos familiares que conocían la
situación que estaba viviendo Fabiola. Los dos guardaron un silencio sepulcral
en la familia.
—Mari Luz, Balduino me
va a presentar a su hermana. Sé que es un paso de gigante para él, pero a mí me
genera tensión. No he sabido decirle que no. ¿Me podrías acompañar en ese
encuentro?
—No, en absoluto.
Nosotros estaremos cerca, pero este es un encuentro solo a ti. Debes mostrarte
tal cual eres. No tengas miedo. No ocurrirá nada que no deba pasar.
—Resulta muy difícil
hablar dos horas a solas. Lo conozco más por las cartas que por lo que podemos
charlar cara a cara. Sé que es una gran persona, pero nunca estamos solos
mirándonos a los ojos. Muy pocas veces. Siempre hay alguien de su seguridad al
lado.
—¡Fabiola, es el rey!
—Yo tan solo quiero
descubrir al hombre. Nada más. ¿Es mucho pedir?
—Sí, porque piensa que
no puede dar un paso sin que lo sepa todo el mundo.
Sonó el teléfono.
Balduino acababa de llegar y quería que almorzara con él y sus invitados. Le
pidió que acudiera a la una y media de la tarde al restaurante Panoramic. Y,
puntual, Fabiola llegó al restaurante vestida con pantalón y jersey de montaña.
La estaba esperando con gafas de sol, como un esquiador más, el rey Balduino.
El día era muy soleado, sin una sola nube. El azul del cielo llamaba la
atención junto al blanco impoluto de la nieve. Al entrar, el maître les
indicó la mesa que tenían reservada, con el resto de invitados ya esperándolos.
La sentaron justo frente al gran ventanal que daba a las pistas de esquí. Todo
un espectáculo para los ojos a 2.732 metros de altitud.
—Mirando los Alpes te
das cuenta de lo pequeños que somos los seres humanos —le dijo Fabiola a
Balduino confidencialmente.
El rey le dio la razón
y le presentó a todos los comensales. Dejó para el final a su cuñado y a su
hermana.
—Aquí tienes a Josefina
Carlota, a la que todos llamamos Jo. Te he hablado mucho de ella. Verás que te
va a someter a todo tipo de preguntas.
—Encantada de
conocerla, alteza —le dijo Fabiola—. Estoy dispuesta a contestarlas todas.
—Aquí vamos a bajarnos
todos del tratamiento, porque queremos pasar desapercibidos. Queremos ser unos
turistas, sin más. Ni reverencias ni trato especial. Nada.
—Está bien, lo tendré
en cuenta. Muchas gracias.
Balduino presidió la
mesa y situó a su hermana y a Fabiola a su lado, a derecha y a izquierda.
Estaban condenadas a hablar sí o sí. Tuvo la sensación de estar siendo
examinada por alguien que era importante para Balduino. Desde que murió su
madre, se había convertido en el ángel protector de sus dos hermanos, Balduino
y el pequeño Alberto.
—Te advierto que mi
hermana es medio bruja. Se anticipa a algunas circunstancias que nos han
golpeado a la familia.
—No le hagas ni caso…
—le dijo Josefina divertida.
—Te lo estoy diciendo
en serio. Mira, cuando madame du Roy, que era más que una dama de honor de
nuestra madre, le dijo a Jo que la reina no regresaría ese día a palacio porque
estaba resfriada, mi hermana le contestó: «No, madame du Roy, sé que está
muerta».
—Fue algo de niños.
Coincidencia, nada más —comentó Josefina, intentando cortar a su hermano.
—¿Sí? Y la carta que
envió la reina —comentaba el gran duque de Luxemburgo— a sus padres,
informándolos de que se iban de vacaciones. Les decía que Josefina le había
encontrado una cana en el cabello y le había preguntado si se iba a morir.
Pobre abuela Ingeborg; fue terrible para ella, porque el vaticinio se cumplió.
Cuando llegó la carta, su hija ya había muerto.
—Bueno, no quiero
acaparar la atención de esta conversación. Fabiola, me ha dicho Balduino que
estás muy volcada en temas sociales.
—Sí, pero no tiene un
gran mérito. Es algo que deberíamos hacer todos. Tengo vocación de ayudar, por
decirlo de alguna forma. Me gustan los extremos: los niños y los ancianos.
También las personas vulnerables, a las que la vida no ha dado ninguna
oportunidad para salir adelante.
—A mi madre le gustaba
exactamente lo mismo: mezclarse entre la gente y ayudar. Primero le encantaba
pasear por las calles de Estocolmo y, cuando se casó con nuestro padre, por las
calles de Bruselas. Consagró su vida a la defensa de las mujeres y los niños, que
siempre se llevan la peor parte. Tenía una personalidad arrolladora. También
sabía ser muy dulce y enérgica cuando era necesario.
Le explicó que el
matrimonio de sus padres fue como un cuento de hadas.
—Realmente se
enamoraron nada más verse. Un auténtico flechazo —continuó hablando—, como
dijeron al comunicar oficialmente su compromiso: «Han decidido unir sus vidas
sin presiones o razones de Estado. Se trata de una unión sincera entre dos
personas afines».
Fabiola sabía que el
peso de la figura de Astrid era grande en la familia. Pensó que siempre saldría
perdiendo en las comparaciones y lo aceptó. Como le dijo a Mari Luz, no quería
entrar en competencia con nadie porque siempre saldría perdiendo. Se mostró tal
cual era, prudente, humilde y espontánea, ante la pomposidad a la que estaban
acostumbrados. Los trató como amigos.
Justamente, esa forma
de ser fue la que llamó la atención de la monja Veronica O’Brien, que la había
elegido a ella entre el resto de las candidatas. «Es como un chorro de aire
fresco. Es ella, Luigi», le había llegado a decir a Balduino. Palabras que al
rey nunca se le habían borrado de la memoria.
—¿Sabes? —seguía
Josefina, hablando sin parar—. Se cambiaron el nombre para celebrar la luna de
miel entre Namur, París y la Riviera francesa y se hicieron llamar señor y
señora Losange. De eso también vosotros tenéis experiencia. Mi hermano Luigi y
tú…
—Ávila. Yo soy Ávila.
Se echaron a reír.
Brindaron por el futuro y porque el anonimato de ella les diera la oportunidad
de conocerse bien.
—Nunca pierdas tu
espontaneidad —le dijo Josefina Carlota. Mi madre, cuando llegó al puerto de
Amberes, donde la esperaba nuestro padre, bajó corriendo las escalerillas del
barco y se fundió en un abrazo con su prometido. El corresponsal del The New
York Times llegó a decir que el beso que se dieron no habría pasado la
censura americana.
Volvieron a reírse.
Fabiola le comentó que le gustaba escribir y que llevaba ya una docena de
cuentos publicados. Le habló de sus sobrinos y de lo importantes que para ella
eran los niños. Algo que gustó mucho a la hermana de Balduino.
Fue una velada en la
que se olvidaron de esquiar por la tarde. Lo harían al día siguiente,
aprovechando que el campeón Émile Allais quería salir a esquiar con Balduino.
Esta jornada previa fue importante para el rey. Josefina se dio cuenta de que
su hermano iba muy en serio con Fabiola.
22
Una prueba para
Fabiola
Balduino, al día
siguiente de la comida que sirvió de presentación de Fabiola ante parte de su
familia, salió a esquiar en compañía de Émile Allais. El campeón era el
director técnico de la estación. Estaba siendo muy reconocido por el mundo del
esquí por las ideas que había puesto en marcha para la preparación invernal de
las pistas de Courchevel. Sobre todo para esquiadores muy profesionales. Le
llevó al rey, que estaba allí de incógnito y era un gran esquiador, a la pista
de eslalon para competiciones de la Copa del Mundo. Salieron los dos y
disfrutaron en soledad de la nieve y de ese circuito que se abría en contadas
ocasiones. El descenso a gran velocidad, el rey lo disfrutó mucho. Primero, con
nervios ante esa bajada que solían hacer nada más que los profesionales en
competición y segundo, porque podía realizar una actividad sin cámaras y sin
mil ojos observándolo.
Bajó la pista siguiendo
a Émile. Iba muy rápido, pero tenía la seguridad de que el área de esquí estaba
en unas condiciones excepcionales y tan solo había que dejarse llevar y
disfrutar del espectáculo que ofrecía la propia montaña. La velocidad a la que
bajaba, el aire en la cara, el equilibrio y la pericia que había que tener para
coordinar piernas y brazos le produjeron una inmediata sensación de gozo y
bienestar. Se sentía libre. ¡Por unos segundos solo dependía de él! Por no
hablar de la adrenalina que le provocó ir detrás de todo un campeón y de la
conexión inmediata que notó con la naturaleza. Formaba parte de un todo
superior que lo hacía sentirse pequeño en aquel mar inmenso de nieve. El
espectáculo ante sus ojos era tan único y especial que lamentó no poder compartirlo
con Fabiola. Ahí, solo en la inmensidad de la nieve, tuvo la certeza de que la
amaba.
—¡La quiero! —dijo en
voz alta, sabiendo que nadie lo escuchaba, incluido Émile—. ¡Sí, la quiero!
—repitió a voz en grito mientras seguía el descenso.
Se sintió aliviado de
poder lanzar su pensamiento a los cuatro vientos. Pero con Fabiola sabía que
había que darle tiempo para que madurara y creciera el mismo sentimiento hacia
él. Estaba seguro, igual que Veronica O’Brien, que era ella y nadie más que
ella quien podía hacerlo feliz.
Al terminar el
descenso, celebraron el reto conseguido. Balduino se lo agradeció mucho a
Émile, con el que quedó para comer junto con su hermana, su cuñado y los
invitados. Precisamente, el lugar elegido estaba situado al pie de las pistas,
en el restaurante del mismo hotel donde se alojaba Fabiola, en el Rond-Point
des Pistes, dentro del área de los Tres Valles. Por fuera y por dentro era todo
de madera. Tenía una gran chimenea en la que los esquiadores solían
arremolinarse para entrar en calor mientras saboreaban una taza de vino
caliente. Aunque era deportista, Fabiola no esquiaba. Le parecía que ya era
tarde para aprender a guardar el equilibrio sobre la nieve. Tenía miedo a una
mala caída y a fracturarse una pierna. Bastante había tenido la familia Mora y
Aragón con la caída del paterfamilias, que resultó ser mortal. Por eso, no se
atrevió a ponerse unos esquíes y recibir clases. Prefirió gozar de las vistas y
de esa sensación de calma que imponía la montaña. Rezó y pensó en su futuro.
Al regreso de Balduino
y después del vino caliente, salieron a dar un paseo. El rey le contó parte de
la experiencia que había tenido al bajar por la montaña.
—Fabiola, tengo la
seguridad que eres tú la persona que necesito en mi vida.
—Gracias. Resulta bonito
oírte decir eso.
La única duda de
Fabiola era si en tan poco tiempo había llegado Balduino a conocer su
pensamiento y enamorarse de verdad. Le preocupaba la conveniencia de que el rey
tuviera que contraer matrimonio bajo presión. Eso a ella la echaba para atrás.
—¿Tienes muchas dudas?
¿Cómo podría abrirte mi corazón? —le preguntó Balduino.
—Una decisión que va a
condicionar el resto de nuestra vida merece reflexión. Debemos aislarnos de las
conveniencias y de lo atractivo que tienen un noviazgo y un enlace. Necesitamos
profundizar en nuestros sentimientos, Balduino.
Se lo dijo parándose en
el paseo y mirándolo a los ojos. Fabiola no se dejaba arrastrar por el hecho de
que él fuera rey.
—Entiendo lo que dices
y comparto contigo la idea. Tienes razón.
—Somos dos personas
comprometidas con nuestro tiempo, con nuestra sociedad y con nosotros mismos.
La firmeza de las
convicciones de Fabiola le gustó a Balduino. El viento comenzó a soplar y caían
copos de nieve cada vez más grandes. Parecía una estampa idílica, sacada de un
cuento de hadas. Balduino la envolvió con su brazo derecho y se pusieron a
correr. Se habían alejado mucho y tuvieron que refugiarse bajo el soportal de
un edificio a pocos metros del hotel.
—Pues sí que ha
cambiado el tiempo. Hemos pasado de un sol precioso a unas nubes que han
cubierto el cielo por completo y han provocado una nevada como hacía tiempo que
no contemplaba.
—¡Qué maravilla vivir
ahora este momento! Me pregunto si no te arrepentirás de haberte fijado en una
persona que no tiene sangre real —le dijo Fabiola.
—La gente de la realeza
ya se casa con quien quiere… Mira a Grace Kelly, la actriz que conoció al
príncipe Raniero en un festival de cine, en Cannes. Hoy es la princesa de
Mónaco y lo está haciendo con un gran sentido de la responsabilidad. Lo
importante es el amor, no las relaciones de conveniencia. Insisto, el amor. Las
bodas de conveniencia ya han quedado atrás. Mi padre siempre se ha casado por
amor. Con mi madre, la reina Astrid, y después con Lilian, la princesa de Réthy,
que durante varios años nos cuidó a mis hermanos y a mí como si fuéramos sus
hijos. En ese tiempo ha tenido que escuchar de todo. Se han dicho de ella
cosas…
—¿Qué crees que dirían
de mí si, finalmente, diéramos el paso?
—Son otros tiempos.
Solo pueden decir de ti cosas buenas. Es que mi madre dejó mucho poso en la
población y no le perdonaron a mi padre que se volviera a casar. A Lilian la
han tratado con crueldad, han dicho de ella que tenía una ambición desmedida.
El pueblo tampoco le perdonó a mi padre que se casara con ella de forma
secreta, primero por lo civil y después por la iglesia, contraviniendo todas
las leyes del país. Luego nació Alejandro y posteriormente fuimos deportados a
un exilio forzoso. Las tropas norteamericanas nos liberaron, pero, cuando acabó
la guerra, mi padre no pudo volver a reinar. Después de nacer mi hermana María
Cristina, mi padre abdicó en mí. Pero han seguido diciendo barbaridades de
ella.
—Creo que debes
gobernar solo pensando en hacer el bien y no en lo que dirán o no dirán de ti y
de los tuyos.
—Es verdad, pero a
veces las mentiras crecen tanto que se convierten en certezas para muchos.
Entendería perfectamente que no quisieras vivir con esa presión. Ciertamente
tendrías que estar muy segura de tus sentimientos.
Regresaron para comer y
Josefina Carlota, más relajada que el día anterior, le hizo preguntas a Fabiola
que ya estaban más relacionadas con su forma de ser. Hablaron de literatura, de
cine y hasta de comida. Cuando regresó Fabiola a su habitación, tenía la sensación
de haber superado la primera prueba. Comprendía que Josefina y ella se habían
caído bien. Se tumbó en la cama y así la pilló Mari Luz cuando fue a verla.
—Todo sigue adelante.
Creo que he superado una prueba importante: el visto bueno de su hermana mayor,
a la que tiene en alta estima. Pienso que mañana estaré más relajada. ¡Qué
complicado está siendo todo!
—Yo sabía que jamás te
enamorarías de cualquier persona. Por lo que me cuentas, parece que estáis
hechos el uno para el otro. Solo tienes que fijarte en el ser humano que se
esconde detrás de su nombre y de su cargo.
—Eso hago, Mari Luz, y
te confieso que cada vez me siento más unida a él, pero no se lo digo para que
no crearle falsas ilusiones ante un futuro que ninguno de los dos somos capaces
de vislumbrar.
Después de un rato
haciéndose confidencias, las hermanas se despidieron hasta el día siguiente.
Fabiola se quedó dormida inmediatamente. Estaba agotada al tener la sensación
de estar de forma permanente a prueba.
Al día siguiente,
madrugó para ir a misa a la capilla de Nuestra Señora de las Nieves, y allí
estaba Balduino. Les gustó a los dos la coincidencia. Se sentaron juntos y
rezaron. Tras el oficio religioso, el rey le dijo que se iría a esquiar a unas
pistas nuevas con el campeón Allais. Le contó que este esquiador había
recorrido el mundo inspirándose en lo que había visto en Estados Unidos para
crear pistas lisas y seguras. Incluso se había traído una máquina pisanieves de
allí.
—Es un adelantado a su
tiempo. Ha señalizado los bordes de las pistas con balizas para que los
esquiadores no bajen por lugares peligrosos. También ha instalado remontes y ha
comprado autobuses para que los desplazamientos sean mejores y más sencillos.
—No te había visto
nunca tan eufórico. Realmente estás disfrutando con este viaje.
—Para mí lo tiene todo,
porque además estás tú, podemos hablar y pasar un tiempo juntos.
Se despidió de Fabiola
con un beso en la mejilla y la sensación de que las palabras que expresaban
cara a cara, más allá de las cartas, los estaban uniendo; al mismo tiempo,
habían logrado esquivar con gran acierto a los fotógrafos. Se sentían una
pareja más, dos personas maduras intentando conocer sus verdaderos
sentimientos.
Allais esperaba a
Balduino por la pista del Bouc Blanc, situada en la zona de La Tania, en
Courchevel. Una pista técnica y rápida. A la mitad del recorrido, después de
bajar desde la cima Eclipse, Balduino, más confiado que el día anterior,
tropezó y acabó en el suelo rodando varios metros. Allais, cuando se dio
cuenta, paró e intentó socorrer a Balduino, que se quejaba de un pie.
—No sé qué me ha
pasado, pero creo que me he roto algo.
—Tranquilo. Ahora mismo
vendrán a socorrerle.
Allais bajó la pista a
toda velocidad y pidió ayuda a los servicios de emergencia. Finalmente, un equipo
de socorristas accedió hasta la mitad de Bouc Blanc con una camilla y así
pudieron trasladarlo hasta el hospital de Moûtiers, donde le efectuaron la
primera exploración radiológica. Necesitaban saber exactamente el alcance del
golpe para descartar que hubiera que operar.
Josefina Carlota fue
informada de inmediato y llamó a Fabiola al hotel del Rond-Point des Pistes.
Esta se quedó sin habla y posteriormente se echó a llorar. Le pidió a la
duquesa que la mantuviera informada. Ya no se movió de la habitación para
esperar la llamada. Por fin sonó de nuevo el teléfono.
—¿Fabiola?
—¡Balduino! ¿Cómo
estás? —dijo con preocupación.
—¡Tranquila, estoy
bien! He tropezado con algo y me he caído al suelo. Lo que se dice mala pata.
—¿Te has roto algo?
—continuaba, nerviosa.
—Un milagro, no me he
roto nada. Se trata de un esguince. No es grave. Tendré que llevar un vendaje
de compresión y, lo típico, ponerme hielo y poco más. Me han hablado de reposo,
pero en mi caso es imposible.
—Lo importante es que
no te has roto nada.
—Es cierto. ¿Sabes lo
malo? El médico ha tenido que dar parte de mi accidente y ya lo sabe todo el
mundo en Bélgica. Me temo que se acabó la tranquilidad.
—Eso es lo menos
importante. ¿Te podré ver?
—Sí, por supuesto, pero
tendrás que venir camuflada en el coche de tu cuñado, junto a tu hermana, a la
casa en la que nos alojamos.
—¡Eso haremos!
Para cuando apareció
Fabiola por el chalet con Mari Luz y su marido, José María, el rey Balduino
estaba sentado en un sillón con el pie en alto respondiendo a las llamadas de
su padre, del primer ministro belga y hasta del prefecto de Saboya, que
desconocía que el rey de los belgas era huésped de su jurisdicción. A los pocos
minutos había unos gendarmes en la puerta de la casa y, dos horas más tarde,
los fotógrafos de distintas agencias y revistas especulaban sobre quién salía y
entraba en La Parva. Hablaban de diferentes princesas que lo visitaban. Nadie
especuló con la presencia de Fabiola. Era absolutamente desconocida para la
prensa. Eso les dio algo de margen de libertad.
Fabiola lo visitó cada
día. Pasaba la jornada completa junto a él. Había un piano y tocaba melodías.
Le acercaba la comida y la cena. Josefina Carlota percibió que estaba
enamorada, aunque no se lo reconociera a su hermano. Cuando finalmente se
despidieron, porque el monarca debía regresar a Bélgica, Fabiola lloró. Sintió
que, desde ese viaje, ya nada sería igual. Necesitaba estar a su lado. Le
pareció que algo se rompió en su interior al separarse. ¿Sería eso amor?, se
preguntaba.
Margot y Parker
acudieron a la cita con Dubois en la sala del Carré d’Artistes, en París. Iban
con la incertidumbre de si el pintor era a quien realmente buscaban o volvería
a aparecer el hombre del hotel. Cuando los vio el encargado, rápidamente llamó
al dueño. A los cinco minutos, Antoine Beauvoir entraba por la puerta de la
sala de arte. Los dos miraron a un lado y a otro y no vieron ni al suplantador
de Dubois ni al verdadero por ninguna parte.
—Sé que han quedado
ustedes con el pintor. Estará al llegar. De modo que definitivamente quiere
encargarle un cuadro de su señora.
—Eso es. Tengo esa
ilusión —contestó Harry.
Hicieron tiempo mirando
los cuadros que se exponían, como si tuvieran interés por esa pintura que ya
habían visto hacía unos días.
Media hora después de llegar
allí, apareció aquel hombre de voz grave que se hacía llamar Pierre Labarque
junto con una persona corpulenta vestida con un chaquetón marrón con coderas.
Ataviado con gorra de marinero y bufanda negra, se quedó hablando con el dueño
de la galería.
—Perdonen el retraso,
nos ha sido imposible venir antes.
—Perfecto. Sin
problemas —dijo Parker.
—Un segundo, que voy a
pedir que nos deje el dueño su despacho.
Monsieur Labarque se
fue a donde estaban hablando el dueño y la persona que había llegado con él,
quien no parecía tener prisa por conocerlos. Al rato, les pidió que los
siguieran hasta la oficina, donde estarían más cómodos. La gorra de aquel
caballero, con la visera hacia abajo, le impedía a Margot verle bien la cara.
Su antipatía consiguió que no se esforzara por intercambiar unas palabras con
ellos. No obstante, a la detective le pereció que su nariz, igual que su boca,
eran anchas. Recordó que, en la foto que llevaba encima, Ángel Torres tenía
unos rasgos parecidos.
—Por favor, siéntense.
—Seguía Labarque llevando la voz cantante—. Aquí tienen al gran pintor Charles
Dubois.
—¡Por fin le conocemos!
Un verdadero placer.
Harry Parker extendió
la mano y el pintor se la estrechó demasiado entusiasmado y sin abrir la boca.
—Les presento a mi
mujer. —No quiso decirle su nombre.
Margot esperó sin hacer
ningún ademán hasta que le ofreció la mano y ella correspondió con la suya.
Fueron fracciones de segundo, pero vio sus fríos e inexpresivos ojos. Un
escalofrío recorrió su cuerpo. ¡Era él!, se dijo a sí misma, camuflado bajo esa
gorra y esa apariencia bohemia. La joven le sonrió y él hizo una mueca con la
que parecía que le devolvía la sonrisa. Finalmente, el pintor apartó la mirada.
Daba igual. Lo tenía
tan estudiado que sabía que se trataba del secuestrador de la mujer que
llevaban cinco años buscando. Intentó guardar la calma, pero el corazón se le
salía por la boca.
—El maestro le hará
unos bocetos, lo digo por si quiere posar así vestida —se dirigió Labarque a
ella.
—No, no, he traído otro
traje con el que me gustaría que me retratara. ¿Me cambio ya?
—Sí, sí. Mientras,
hablaremos su marido y yo de negocios.
Torres, ahora Dubois,
esperó a que Margot saliera del despacho con el bolso grande en el que llevaba
el traje que se iba a poner y se levantó sin excusarse para dejarlos solos.
Evidentemente, el pintor no deseaba entrar en esas negociaciones. Parker dobló
el precio en base al otro cuadro que ya había pagado él.
—Teniendo en cuenta que
es un encargo, creo que es justo que pague la diferencia —afirmó Parker.
—¡Con usted es fácil
entenderse! ¡De acuerdo!
Harry solo pensaba en
Margot y en que ese dinero sirviera para poner punto final a este caso. Y
Margot, mientras se vestía con el traje negro palabra de honor con el que iba a
posar, daba vueltas a la detención de Torres. Sabía que Francia no iba a
ayudarlos a la hora de detenerlo y trasladarlo a España. Necesitaban antes
localizar a Almudena y liberarla. La única opción que tenían era ganarse su
confianza y llegar hasta el piso en el que vivían juntos. Tragó saliva y, una
vez vestida, se dispuso a salir del baño. Entró al despacho a la vez que el
pintor. Se hizo un silencio en la estancia. Estaba realmente bella con el pelo
recogido y el traje mostrando los brazos y hombros desnudos.
—¡Siéntese, señora! —le
pidió Labarque.
Ángel Torres, camuflado
bajo la gorra, se acercó y comenzó a tomar notas en un cuaderno. Con una gran
maestría, hacía un boceto, y otro y otro más, mientras Labarque hablaba con
Margot.
—¿Ha pensado con qué
objeto quiere ser retratada?
—Sí, con esta pipa que
pertenecía a mi padre. —La sacó del bolso que tenía cerca—. Me hace ilusión que
haya algo de él y algo de mi madre. Estas horquillas con pedrería —se señalaba
el pelo— son de ella. Me encantaría que también salieran en el cuadro. Así de alguna
manera estarían los dos presentes.
La habían sentado en un
taburete, y allí, solo pensando en detener al que se hacía pasar por Dubois, lo
miraba fijamente mientras seguía dibujándola.
—¿No viven sus padres?
—preguntó Labarque.
—No, murieron en un accidente
cuando yo era muy pequeña. Me crie en Londres con mis tíos.
Ángel Torres la pintaba
a carboncillo compulsivamente. No hablaba, pero no era necesario. Parker se dio
cuenta por la mirada de Margot que habían dado en el clavo y se trataba del
pintor que buscaban desde hacía tantos años. Era un hombre corpulento. Más
fuerte de lo que parecía en la foto que les había proporcionado su exmujer.
—Sí que dibuja usted
rápido. ¿Me deja ver los bocetos? —comentó Parker.
El pintor se acercó y
le fue enseñando todos los que había hecho.
—Usted dibuja muy bien.
—¡Gracias! No tiene
mérito. Es simplemente oficio.
Esas primeras palabras
pronunciadas por el pintor, ya más relajado, reconfirmaban que era él. Hablaba
en un perfecto español, sin ningún tipo de acento.
—Me gustaría que
retratara el alma de mi esposa —hablaba Parker al pintor para disimular.
—Eso es ir más allá de
la técnica. Su mujer poco a poco deberá ir liberando sentimientos para que yo
los capte. Se trata de una simbiosis entre el pintor y su musa. Un diálogo
íntimo entre ella y yo.
Le pareció a Parker que
intentaba flirtear con Margot de forma descarada. Sin embargo, la joven
detective pensaba que así es como habría ido engatusando y conquistando a
Almudena, con palabras y más palabras grandilocuentes. Se acordaba de la frase
que había encontrado en uno de sus botines: «Al menos que el amor nos salve.
¡Huyamos!». Margot, mientras tenía este pensamiento, solo lo miraba sin
pronunciar palabra.
—¿Cuándo podrá tener el
cuadro? —preguntó Harry.
—Dos meses después de
mi exposición en abril.
—Hablamos entonces del
mes de junio. Está bien, ¿podríamos venir antes a la inauguración de su
exposición? Queremos ver su obra.
Tomó parte de la
conversación el dueño de la sala, que apareció por allí.
—Están ustedes invitados.
Si me dejan una dirección.
—Por supuesto —dijo
Parker. Dio la calle de la embajada, el número 39 de Chesham Place, en Londres,
y su apellido sin decir nada más. Sabía que con su nombre sería suficiente para
que le llegaran las cartas allí.
Fueron cogiendo
confianza y Ángel Torres, ahora Dubois, se quitó la gorra. Margot, con sus
enormes ojos, seguía pendiente de él y continuó sin abrir la boca.
—¡Suficiente por mi
parte! —dijo Torres.
Comprendieron tanto
Margot como Parker que no podían irse de allí sin que les diesen algunos datos
sobre ellos. Alguna seña. No debían dejarlos escapar sin más.
—¿Podemos escribirles
directamente en estos meses? Me gustaría poder hacerlo —insistió Parker.
—¡Aquí, a la galería!
Piense que los artistas cambiamos constantemente de domicilio. ¡Qué les voy a
contar que no sepan! A la galería Carré d’Artistes, y monsieur Beauvoir nos lo
hará llegar —salió Labarque al quite.
—Me gustaría quedarme
con esos bocetos cuando acabe.
—Los bocetos se los
regalaré cuando termine mi trabajo —le respondió Torres.
—¡Gracias! Se lo
agradezco mucho.
Los dos recogieron sus
cosas y se despidieron con un simple «¡hasta pronto!». Parker y Margot tuvieron
que aguantar en la sala todavía unos segundos más. Observaron ambos la
dirección que tomaban al salir el pintor y el ayudante. Margot y Harry se
despidieron a toda velocidad del dueño de la galería e intentaron ir tras los
pasos de Torres y su compinche. Procuraron seguirlos a distancia para que no
los vieran. Recorrieron tres calles y se introdujeron en un edificio que tenía
una tienda de ultramarinos en la planta baja. Desde la distancia, tomaron nota
del lugar. Margot y Parker se preguntaban si ese sería el lugar donde tendría
Torres retenida a Almudena Pimentel. No podían provocar su huida con movimientos
torpes. Debían seguir manteniendo ese contacto a través del arte. Sabían que su
detención era cuestión de tiempo.
23
Cruce de cartas
Fabiola regresó a
Madrid como en una nube. Había sido la primera vez, desde que empezó toda esa
locura en la que se vio inmersa, que sintió que había conectado con el alma de
Balduino. El hecho de que no se pudiera mover a causa del esguince y tuviera
que guardar reposo consiguió que ellos hablaran y hablaran sin parar. Se
abrieron el uno al otro con total transparencia y sinceridad. Fabiola le hacía
preguntas sin parar y él respondía con sinceridad. Balduino se dio cuenta de
que era muy reflexiva y que le lanzaba preguntas con la única intención de
conocerlo. Se sentía cómodo a su lado y muy reconfortado por los oportunos
comentarios de Fabiola sobre todos los temas que abordaban. A los dos les costó
separarse, pero las obligaciones del rey lo conminaban a regresar a Bélgica lo
antes posible. El gobierno belga había pensado que otro viaje relámpago de
Balduino al Congo, donde estaba la situación cada vez más difícil, podría
sosegar los ánimos de los congoleños.
No tardaron en regresar
las cartas a su vida cotidiana, y cada vez eran más extensas y largas. Balduino
le mostraba su preocupación: «En mi anterior viaje al Congo, la gente me
llamaba Bwana Kitoko, «el encantador hombre blanco». Sinceramente, no sé
cómo me recibirán ahora que el gobierno belga ha dado con una solución
transitoria, un margen de cuatro años para su independencia. Temo un baño de
sangre, porque me parece un tiempo muy prolongado». En otra carta le expresaba
que los nacionalistas congoleños, como se temía, consideraban esa transición
demasiado larga: «Desde aquí prevén un primer gobierno para el otoño, presidido
por un gobernador en mi nombre. Bélgica desea seguir administrando el país,
pero los partidos congoleños no han tomado parte en esta decisión». Balduino
parecía visionario: el Movimiento Nacional, presidido por Patrice Lumumba,
había decidido no colaborar con Bélgica, tampoco deseaba participar en las
elecciones y promovía el divorcio entre ambos países. Le recomendaron a
Balduino no viajar. No era oportuno y las revueltas cada vez eran más
violentas. «¡Cómo echo de menos tu presencia!», le llegó a decir.
Ambos se contaban todo
lo que les pasaba en el día a día. Fabiola intentaba tranquilizarlo y aplaudió
la idea de esperar a que se calmaran los ánimos antes de volver a viajar allí.
Realmente, sus cartas eran un resumen del día que habían vivido y también un
lugar donde expresar sus pensamientos con libertad.
Fabiola además volcaba
todas sus vivencias en otro lugar, su diario. Las páginas en blanco se llenaban
de sentimientos, de certezas y también de dudas. En él, desnudaba su alma con
una caligrafía redondeada y perfecta. Le servía para descargar el peso que
llevaba en la espalda sin poderlo compartir con nadie. Ni tan siquiera con el
padre Cavestany. Había cosas que decidió mejor guardarlas para ella misma. La
ternura y la forma de ser de Balduino la habían conquistado. Solo quería
averiguar si el hecho de ser rey pesaba en exceso en su decisión.
Mientras el tiempo
transcurría, ella seguía con su día a día, yendo a sus actos solidarios y
poniendo la mejor de las sonrisas a los ancianos por la mañana. Por cierto, la
mayoría le dijeron que la habían echado de menos en ese viaje tan prolongado a
los Alpes. Tampoco faltó ni un solo día a su cita, al final de la tarde, con su
madre. Estuvo tentada de decirle algo, pero prefirió no hacerlo por si toda esa
situación no llegaba a buen puerto. Su madre le habló de la vidente a la que
más consultaban sus amigas, María Gracia Céspedes.
—Me ha comentado Jaime
que la vidente que vino aquí a predecir el futuro a Ramona también le dijo a tu
hermano que en esta casa vamos a ver un terremoto.
—¿Un terremoto? —preguntó
preocupada Fabiola.
—Sí, en el sentido
figurado. Algo va a pasar en la familia que va a poner todo del revés. ¡Ah,
también le ha dicho a Manuela que veía una corona! ¿Qué habrá querido decir?
Fabiola se quedó lívida
y se tomó la sopa con excesiva rapidez. A los pocos segundos comenzó a toser
convulsivamente. No creía en adivinos, pero, en esta ocasión, la vidente había
visto algo que todavía su corazón no había decidido. Cuando pudo hablar,
intentó tranquilizarla.
—Hay muchos tipos de
terremoto. Alguno incluso puede ser positivo, si lo que va a traer a la familia
es un cambio para bien —llegó a decir Fabiola.
—Hija, ¿qué quieres
decir?
—Pues, si estamos
hablando en el sentido figurado, todos los cambios son buenos.
—¿Tú crees? Desde que
me lo ha dicho tu hermano, me quita el sueño. Esta vidente es muy buena. Amiga
de nuestra Manuela. Dice que colabora con la policía.
—Sabes que yo no creo
en videntes… ¡Tranquila, mamá! No nos va a ocurrir nada. —Se levantó de la
silla y le dio un beso.
En cuanto terminó la
cena y rezó el rosario con su madre, se despidió hasta el día siguiente.
Necesitaba pensar, meditar. ¿Qué estaba ocurriendo en realidad? Al abrir la
puerta de la calle para salir, la esperaba el mayordomo, Enrique, que
prácticamente no veía y que vivía con ellos acogido como uno más de la familia.
—Señorita, intuyo que
tiene muchas mariposas en el estómago. Son muchos años a su lado y algo
importante le está sucediendo. ¿Me equivoco?
Otra vez se quedó por
unos segundos sin palabras. ¿Tanto se le notaba?, se preguntaba.
—No, no se equivoca,
pero es muy pronto para decir nada. ¿Podrá guardarme el secreto?
—¡Soy una tumba! Espero
que sea para bien. Si va a ingresar en un convento, lo sentiremos mucho, porque
nos alegra con cada visita.
—¿Se refiere a las mariposas
de la vocación religiosa?
—¿Qué otra, si no?
Fabiola respiró hondo.
—Ciertamente, alguna
vez me lo he planteado, pero no. Tranquilo. No voy a ingresar en un convento.
No renuncio a llenar de chiquillos esta casa, como han hecho mis hermanos.
—Eso me tranquiliza. La
notaba más reservada y pensaba que por dentro las mariposas no la estaban
dejando tranquila.
Fabiola notaba que el
peso de la decisión que debía tomar cada vez pesaba más sobre sus hombros.
Durante el camino de regreso, se dio cuenta de que la situación no se podía
alargar en el tiempo. Sin embargo, estuvo durante varios días sin querer pensar
demasiado en lo que estaba sucediendo y decidió volcarse con las familias que
necesitaban ayuda económica. Fue con su mecánico, Hipólito, a los suburbios de
Madrid, donde pocas personas se atrevían a pasar. Fabiola sí. Visitó a familias
enfermas y les llevó medicamentos. A madres con bebés que no podían amamantar a
sus hijos, les hizo llegar un enorme surtido de botes de leche en polvo para
los chiquillos. De esta forma, no pensaba, no le daba vueltas a la cabeza. Sin
embargo, cuando se sentaba frente a los folios en blanco que escribía cada
noche a Balduino y frente a su diario, en el que volcaba con profusión de datos
sus vivencias, regresaban las preocupaciones, las mariposas que había detectado
el mayordomo.
Un día recibió una
carta con el matasellos del Gran Ducado de Luxemburgo. Al abrir el sobre, le
temblaban las manos. Leyó la carta escrita a mano por la hermana de Balduino,
Josefina Carlota, que la invitaba a pasar unos días en ese pequeño país,
rodeado por Bélgica al oeste y norte, Alemania al este y Francia al sur. Le
decía que tanto su padre, Leopoldo III, como la reina madre, Isabel, viuda de
Alberto I, estaban deseando conocerla. «¿Qué tal para abril?», le sugería.
Fabiola se dejó caer
sobre la cama de su cuarto con la invitación en la mano. ¡Eran palabras
mayores! La invitaba a conocer al resto de la familia real no en Bélgica, donde
estarían más vigilados, sino en Luxemburgo. Siempre la familia de Balduino
intentando sortear los rumores de la corte y a los periodistas belgas. Fabiola
le respondió rápido diciéndole que se sentía muy honrada. Tuvo la tentación de
llamar a su madrina, la reina Victoria Eugenia, para pedirle consejo, pero finalmente
siguió con la discreción que hasta ahora estaba ayudándola. ¡Cuanto menos
supiera todo el mundo, mejor!
Le preocupaba la excusa
que ahora le pondría a su hermano para poder viajar a Luxemburgo. Pensó que lo
mejor sería decirle que la había conocido en su estancia en Courchevel y que
ahora la invitaba a pasar en Luxemburgo unos días. Estaba convencida de que
esta verdad a medias le permitiría de nuevo ver a Balduino y conocer a toda su
familia. Se puso realmente nerviosa.
Cuando llegó su amiga
Pilar Sástago, ya entrada la noche, la encontró alterada. Fabiola necesitaba
desahogarse con su confidente.
—Una vez que dé este
paso, va a ser muy difícil dar marcha atrás. ¿Eres consciente?
—Completamente. Ahora,
te voy a confesar que me encantaría que una amiga como tú fuera reina. A pesar
de que los reyes están llenos de compromisos y no creo que puedan ver a sus
amigos cuando les plazca.
—No digas esas cosas.
Si al final diera el paso, tú tendrías siempre las puertas abiertas de mi casa.
Me angustia todo lo que conlleva irme de España: separarme de mi madre, de mis
hermanos, de ti… Y otra cosa que me preocupa: ¿estaré a la altura de lo que
todo el mundo espera de mí?
—¡Por supuesto!
Fabiola siguió con sus
clases de flamenco; quería llegar a la cita de Luxemburgo al menos con el
idioma básico para sorprender a la abuela, al padre de Balduino y a la princesa
de Réthy, su esposa. Durante días, preparó el viaje, sus trajes, los detalles
que quería llevar a los anfitriones…, aunque lo más importante quedaba por resolverse:
arrancar la aprobación de su hermano Gonzalo para ese viaje.
Cuando lo vio en casa
de su madre, el primer domingo en el que casi todos los hermanos se acercaron a
compartir uno de los guisos de la cocinera de la casa, le dijo:
—He recibido una invitación
de la gran duquesa de Luxemburgo, a la que conocí en Courchevel, para ir a su
palacio en abril. Confío en que no te parezca mal, Gonzalo.
—¿Otro viaje? ¿No son
muchos viajes seguidos?
—Hermano, eres un
antiguo. ¿Y a ti que más te da? ¡Como si se quiere ir a China! —comentó Jaime.
Por primera vez, su
hermano Jaime apoyaba sus intenciones. Se lo agradeció muchísimo con una
sonrisa. El resto de los hermanos secundaron la opinión de Jaime, que aprovechó
la circunstancia para decir que ya había llegado el momento de viajar a
Torremolinos y Marbella, como ya les había avanzado en otra reunión familiar.
Le habían pedido prestar su imagen para activar la Costa del Sol entre los
aristócratas, simplemente dejándose ver por allí.
—Eso no sé yo si va a
tener mucho éxito. Desplazar al norte va a costar. Todo el mundo viaja a San
Sebastián, a Zarauz, incluso a Santander, pero ¿al sur?
—Sí. Hay inversores que
quieren intentarlo. Los hoteles La Roca y Pez Espada se están haciendo un hueco
en el turismo de lujo, y se están abriendo campos de golf. El de Torremolinos
ha logrado hacerse con una reputación importante. No es raro ver a actores de
renombre por esos parajes.
—Falta clase, ¿no
crees? —le dijo Gonzalo.
—Pues el marqués de
Ivanrey y su sobrino, Alfonso de Hohenlohe, quieren ponerlo de moda entre los
aristócratas y las personas con mucha pasta —dijo Jaime.
—¡Cuidado con poner tú
dinero! Nosotros, si tienes pérdidas, no te vamos a ayudar.
—No os pediré ni una
peseta. ¡Ya me pediréis vosotros a mí participar en el oasis en el que van a
convertir aquello! De todas formas, ahora iré para impulsar la noche. Hay mucho
americano y pocos que sepan hablar idiomas.
Fabiola respiró hondo.
Enzarzados en otra conversación, su hermano implícitamente le había dado
permiso. Máxime con una invitación que procedía del Gran Ducado de Luxemburgo.
Lo prepararía todo, aunque antes tenía que hablar con Balduino para encontrar
la fecha que les encajara bien a todos. Estuvo ausente durante toda la
conversación de sus hermanos.
Margot llegó sola a la
comisaría después de su viaje a París. Habían conocido al pintor Ángel Torres.
Sus ojos lo delataron, junto con su nariz y boca anchas. No pudieron hacer otra
cosa que seguirlo y observar hacia dónde se dirigía con su ayudante. Sentían
que estaban cerca de Almudena y esperarla era la mejor opción para encontrarla.
Pero sus respectivos trabajos no les permitieron permanecer más tiempo en la
capital francesa. Parker había regresado a su trabajo como jefe de seguridad en
Londres y ella volvió a Madrid como aprendiz de detective, sin dejar de
colaborar con la policía, además de su otra faceta como periodista de moda y de
sucesos. Se separaron con la idea de regresar a París juntos en primavera,
aprovechando la exposición del pintor.
No pudo reprimir su euforia:
«¡Lo tenemos!», le dijo a Gutiérrez mientras dejaba su bolso sobre la mesa que
compartían. Saludó a todos con una sonrisa y se fue a hablar con el comisario.
—¡Buenos días! ¡Creo
que esta vez no se nos va a escapar! —le dijo Margot desde la puerta con una
sonrisa.
—Me alegra oírle decir
eso. Pase y cuénteme.
—¡Lo tenemos! Parker
encargó que me hiciera un retrato y ha picado el anzuelo. Antes tiene una
exposición en París en el mes de abril, cuando volveremos a verlo. Es demasiado
tiempo de espera. ¿Podemos conseguir una orden para detenerlo y extraditarlo?
Almudena sigue en peligro.
—Ahora mismo, no. La
policía, en general, no puede detener a una persona en un país que no sea el
suyo, porque cada país es soberano y tiene su propia legislación sobre detenciones.
No podemos hacer arrestos directos, pero sí realizar una petición de
cooperación para localizar a personas buscadas aquí. Lo malo es que la decisión
final siempre será de las autoridades locales, y eso lleva su tiempo.
Se quedó pensando, y
Margot tomó de nuevo la palabra.
—¿Si no le detenemos a
él, pero llegamos a donde se encuentra retenida Almudena y la liberamos?
—Si ella quiere ir con
Parker y usted de manera voluntaria, estupendo. Lo malo será acceder a donde
ella permanece recluida. ¿No dice que la tiene retenida contra su voluntad?
—Sí, y además sabemos
que está embarazada. ¡Desea volver a España! Bueno, esa es mi reflexión por las
pistas que ha ido dejando.
—Demos con ella y luego
ya veremos hasta dónde podemos actuar. Ya es mucho que lo hayan localizado.
—Bueno, se hace pasar
por otra persona y a su vez tiene un compinche.
—Mira que es retorcido.
¿Cuándo tratarán de localizar a Almudena?
—En abril, en la
celebración de su exposición. Ese será nuestro momento, pero antes, con
amistades del detective Cerezo, intentaremos vigilar la casa por si se la ve en
algún momento.
—¡Pues a organizarlo
todo! Si la encuentran, sería un rotundo éxito para la brigada. Vayan con mucho
cuidado. No nos podemos arriesgar a perder la pista de nuevo. A veces, ir más
despacio trae resultados seguros y eficaces.
Margot salió del
despacho igual de sonriente que había entrado. Gutiérrez la felicitó; sin
embargo, Morales se encargó de desinflar la euforia que sentía.
—¡No tienes nada,
joven! ¿Acaso has detenido al pintor?
—No. No se le puede
detener en otro país… de momento. Tiempo al tiempo.
—Este caso nació mal y
terminará peor.
Margot lo miró y se
sentó en la mesa de Gutiérrez sin seguirle el juego. Cualquier dato que le
diera podría saberlo el diario El Caso y echar por tierra todas sus
averiguaciones.
Durante semanas estuvo
dándole vueltas al final de ese asunto. Se lo planteó también al detective
Vicente Cerezo, que era partidario de inmovilizar a Torres en su piso de París
y salir huyendo con Almudena Pimentel. Era más arriesgado, pero así resolverían
el tema.
Margot le contó que
pudieron llegar hasta él haciéndose pasar por un matrimonio interesado por la
pintura. El detective Cerezo, que no era nada ortodoxo en los procedimientos
con tal de resolver los casos, se ofreció a acompañarlos en el próximo viaje a
París.
—Puedo ayudar desde
lejos. Primero, yendo por mi cuenta a la exposición y no perdiéndolo de vista.
Vosotros tenéis que seguir aparentando ser un matrimonio. Seguirlo, tras
terminar todo, puede poner en riesgo la operación. El seguimiento lo tengo que
hacer yo.
—Tienes razón. Puedes
ser de mucha ayuda. Si nos ve seguirlo, se iría todo al traste.
Durante días estuvieron
planificando la maniobra que deberían poner en marcha para localizar a Almudena
Pimentel en París. Ese era el objetivo, que regresara a España con su familia.
Margot llamó al domicilio de los marqueses de Montero y le dijo a su madre,
Silveria Ramón, quien se puso al teléfono, que ya tenían localizado al pintor.
La madre, que llevaba tanto tiempo sin verter una sola lágrima, se echó a
llorar. Cuando pudo hablar, le preguntó:
—¿Saben si está bien mi
hija?
—A ella todavía no la
hemos visto. Sabemos, por lo que nos han dicho algunas personas, que podría
estar embarazada.
—¿Cómo dice?
Hubo un silencio en el
teléfono.
—Creemos que su hija
está embarazada y que ahora la tiene retenida sin dejarla salir.
—¡Mi niña! Por favor,
¡deténganlo!
—No podemos. Hay que
mantener la calma. Regresaremos con todo un operativo para rescatarla. Lo
tenemos localizado. No podemos dar pasos en falso y que vuelva a salir huyendo
y les perdamos de nuevo la pista. Estamos casi seguros de que su hija quiere
volver, y ese es un dato muy importante para nosotros.
—Por favor, manténgame
informada.
—Eso haremos.
Margot, tras colgar, se
prometió a sí misma que traería a Almudena de vuelta a España.
Mientras, en casa, sus
«guardianas», por su optimismo, entendieron que se estaba acercando el final
del caso de la joven desaparecida. Tampoco le debía haber ido mal con Parker, y
así se lo preguntó Sátur. Camila sabía que de sus temas privados no le gustaba
hablar.
—¿Qué tal te ha sentado
hacer de mujer de…? —le guiñó un ojo.
—¿Sinceramente? No me
ha gustado nada. No soporto hacer de mujer de Parker ni de nadie. Ha llevado
permanentemente la voz cantante. Además, todo el mundo se dirige a él como si
yo no existiera. Terrible cómo nos tratan a las mujeres.
—¿Y Parker? —insistió
Sátur.
—Bien, sin más. Parece
no tener mucho interés en mí. No sé. Su comportamiento es realmente extraño. Ha
pasado de no dejarme en paz —no les dijo lo del beso por las calles de Madrid—
a estar frío como un témpano de hielo. No sé qué ha podido pasar. Pero
reconozco que así me gusta mucho más.
—¡Qué raras somos las
mujeres! —llegó a decir Sátur—. Cuando no nos hacen ni caso, nos gustan más los
hombres. ¡Ver para creer!
24
El viaje más difícil
Cuando Fabiola puso los
pies en Luxemburgo, llevaba dos días de viaje. Primero hizo escala en París y
aprovechó para ir a ver a Balenciaga. El modisto celebró mucho la visita de la
nieta de su descubridora a su atelier. Le volvió a tomar medidas y le dijo que
estaba más delgada que la última vez que cosió para ella. Eligió varios modelos
y le pidió al modisto si podría terminarlos en Madrid. Cristóbal no podía decir
que no a una de las descendientes de la marquesa de Casa Torres, su auténtica
mecenas. Además, viajaba a la capital de España con mucha frecuencia.
—Imposible olvidar que
cuando mi padre murió, yo tendría once años y, al quedarme solo con mis dos
hermanos y mi madre, ella me respaldó. Admiraba tanto la forma de vestir de tu
abuela que me gustaba acudir con mi madre a Vista Ona, su villa de verano. Un
día que mi madre estaba enferma, fui yo solo a llevar un encargo.
—Este episodio se
cuenta mucho en casa, pero nunca te lo había oído a ti.
—No me canso nunca de
repetirlo. Hace poco se lo conté de nuevo a la periodista Margot Sanz Peters
para la revista Siluetas.
—La conozco
perfectamente. Leí el reportaje y compartimos en el palacio de Liria una cena.
—Pues eso, fue tu
abuela quien me preguntó si pensaba ayudar a mi madre. Yo le dije que sí y me
atreví ya con doce años a replicarle el traje que llevaba. Le hizo gracia mi
ocurrencia y mandó llevar a nuestra casa aquel vestido que tanto me gustó y
varias piezas de lino. Estuve trabajando durante días con la máquina de coser
de mi madre y el resultado le gustó tanto que se convirtió en mi mecenas. Al
poco, tu madre, la marquesa de Casa Riera, siendo muy joven comenzó a
encargarme toda su ropa. Para mí sois familia. Formáis parte de mi propia
historia. Os tengo un gran cariño.
—Lo sabemos.
—¿Quieres quedarte a
cenar conmigo? —le propuso Balenciaga.
—Te lo agradezco mucho,
pero salgo mañana muy temprano en el primer tren con destino a Luxemburgo. Me
han invitado Josefina Carlota y Juan de Luxemburgo a conocer el Gran Ducado.
—No quiso dar más detalles.
—Dales recuerdos de mi
parte.
—Así lo haré.
Al día siguiente,
después de viajar en tren ocho horas, llegó a ese pequeño país del noroeste de
Europa. Dos días de viaje que olvidó en cuanto vio a Josefina Carlota, que la
esperaba en el andén.
—Bienvenida al corazón
de la vieja Europa. Espero que te guste Luxemburgo tanto como a mí.
Fabiola le agradeció
mucho que fuera ella en persona a recibirla.
—No podía dejar de
expresarte a solas lo contenta que estoy. Jamás había visto a mi hermano tan
cambiado. No sabría decirte, está distinto y eres tú quien ha obrado el
milagro. No sé si es demasiado pronto, pero toda la familia deseaba conocerte.
—No, está bien. Me
encantará a mí también conocerlos a ellos. Balduino me ha hablado mucho de
todos.
—Y de mí ¿qué te ha
dicho?
Se echó a reír, pero le
contestó.
—Que eres su protectora
desde niños.
—Un poco tuve ese
sentimiento de protección con él cuando murió en accidente mi madre. No lo pude
evitar. Nos unimos mucho, y esa unión continúa a día de hoy.
El conductor aprovechó
para dar una vuelta por las calles de Luxemburgo… Fueron primero desde la
avenida de la Libertad hasta el casco antiguo, donde Josefina y Fabiola se
bajaron del coche y pasearon por las calles empedradas. Nada le gustaba más a
la hermana de Balduino que estar al aire libre. Había muchos comercios y
miradores con vistas a los valles. Le encantaba mezclarse entre la gente
corriente, como a su madre, la reina Astrid. Posteriormente volvieron a subirse
al coche, que descendió a la zona baja conectada por viaductos.
—Por aquí hay muchos
pasajes subterráneos antiguos. Esta ciudad convive con la historia de su
arquitectura y la modernidad. ¡Si las piedras pudieran hablar!
—Me parece una
maravilla. No sabes lo impactada que estoy.
De pronto, al sur de la
ciudad, emergió ante sus ojos el palacio Gran Ducal. Dos militares armados,
cada uno delante de una pequeña garita de madera en la que hacían guardia, les
abrieron el paso. Josefina Carlota seguía ejerciendo de cicerone.
—Este edificio fue el
ayuntamiento de la ciudad allá por el siglo XVI y después, en el XIX, sede del
gobierno de Luxemburgo. Con la ascensión de la Casa de Nassau-Weilburg, a
finales del siglo pasado, fue reservado este magnífico lugar para la gran
duquesa y su familia. Las habitaciones familiares y de invitados pertenecen al
ala que se hizo nueva. Te diré que en la Segunda Guerra Mundial quedó muy
dañado durante la ocupación alemana. Tras retornar del exilio la gran duquesa
Carlota, el palacio de nuevo fue sede de la corte y ahí sigue al frente del
Gran Ducado. Mi esposo Juan está preparado para el relevo. De momento, mi
suegra, a la que quiero mucho como madrina mía que es, sigue con ganas de
seguir al frente. La conocerás.
—Será un placer. Tengo
entendido que la quiere muchísimo el pueblo, ¿verdad?
—Sí, se convirtió en un
símbolo de la resistencia luxemburguesa durante la ocupación alemana. Siempre
ha gozado del cariño de su pueblo, como mi madre. Si conectas con la gente, ya
te quieren de por vida.
—Nunca le he preguntado
a Balduino, pero, después de perder a vuestra madre, volvisteis a no saber nada
de vuestro padre, ya que lo hicieron prisionero de guerra en Alemania.
—Mis hermanos Balduino
y Alberto y yo pudimos reunirnos con él en esas condiciones de prisioneros,
pasando hambre y frío. Afortunadamente, logramos viajar a Suiza, pero tardamos
en regresar a Bélgica. Sé perfectamente lo que significa que la vida se te
vuelva del revés de la noche a la mañana. Después vino el referéndum en el que
se decidió si mi padre debía volver a Bruselas tras el exilio. El camino no fue
fácil. Creían que había colaborado con los nazis. Se vio obligado a abdicar en
Balduino.
Hablaron de lo joven
que era cuando tuvo que asumir la corona, con tan solo veintiún años. Pasó a
convertirse en el quinto rey de los belgas.
—No ha hecho otra cosa
más que trabajar por su pueblo. Todo lo demás en su vida, hasta ahora, era
secundario —comentó Fabiola.
Después de un largo
rato en el que la hermana de Balduino estuvo hablando de los dos y de su
relación, Fabiola desvió la atención hacia ella.
—¿Cómo te enamoraste de
Juan, el gran duque?
—Eso que te lo cuente
él. —Se echó a reír—. Su madre, que, como te he dicho, era mi madrina, me
invitó a pasar unos días en el palacio de Fischbach y surgió primero la amistad
y después el amor. Transcurridos cuatro años, nos casamos. Pero que te lo
cuente él…
A Fabiola la estaba
esperando Balduino en la puerta del palacio. Ella le fue a hacer una
reverencia, al estar frente a frente, pero él la paró y le dio un beso en la
mejilla. Ese viaje no era como los demás. Estaba en juego la opinión de su
familia con respecto a ella. Posiblemente se encontraba más nerviosa que nunca.
—No te preocupes por
nada —intentó tranquilizarla Balduino—. Piensa que se trata de mi familia.
Contempla la situación así, nada más.
—Lo intentaré, pero voy
a conocer a tu padre, el rey Leopoldo III, a la princesa de Réthy, a la reina
madre, Isabel, a la gran duquesa Carlota…
—Y a mi hermano
Alberto. Se me olvidó decírtelo. Viene con su esposa, Paola. No llevan ni un
año de casados.
—¡Y a tu hermano
Alberto! Yo solo soy una mujer que intenta conocer tu entorno. Nada más. No sé
si estaré a la altura de lo que todos esperan de mí.
—Quiero que mi entorno
se enamore de ti como yo lo estoy. —Se quedó mirándola a los ojos—. Yo estaré
igual de nervioso si un día me presentas a tu familia.
—Me pregunto si no nos
estaremos precipitando. Debemos estar seguros de nuestros sentimientos. Todavía
no somos novios, somos amigos. Nos estamos conociendo.
—Lo sé. Somos amigos,
nada más. Eso ya se lo he dicho a todos, pero aun así quieren conocerte. Mi
hermana ha tenido la culpa. Le has hipnotizado y no hace más que hablarles de
ti. Por eso pidieron conocerte. Te vas a encontrar a una familia. Simplemente
eso.
Balduino le mostró su
habitación y dejó que se arreglara para la comida en la que iba a conocer a
todos.
Fabiola se sentó a los
pies de la cama de aquella habitación. No se podía creer lo que le estaba
sucediendo. Hubiera deseado que su hermana de nuevo la hubiera acompañado. Los
nervios le hacían pensar que todos se darían cuenta de que aquello para ella
era lo más parecido a un examen. Se vistió con un traje de chaqueta de color
marrón, se perfumó y tan solo se dio un ligero color en los labios. Se dijo a
sí misma que no aparentaría ser quien no era.
Al salir de la
habitación, una persona de servicio la llevó hasta el salón donde la esperaban.
Balduino se encargó de las presentaciones y ella no dejó de hacer reverencias a
todos los miembros de la nobleza que allí se habían dado cita. Enseguida, la
reina madre, Isabel, le pidió que se sentara junto a ella. La viuda del rey
Alberto I solicitó que le hablara de su faceta de escritora.
—Yo solo escribo
cuentos para mis sobrinos. No tengo otras pretensiones.
—¡Qué idea tan bonita!
Tiene que enviarme alguno de sus cuentos. Se lo digo con mucho interés.
—Así será. Edité varios
y se los doy a los hijos de mis amigos.
—¿Le gustan a usted los
niños?
Salió la pregunta que
tanto preocupa a las monarquías para dar continuidad a las coronas.
—Sí, adoro a los niños.
Creo que eso no se puede fingir.
—¿Sabes cómo la llaman
sus sobrinos? —le dijo Balduino a su abuela, muerto de risa.
—No, Balduino. Me
parece una falta de… ¡No lo digas! —le pidió Fabiola.
—Pero si es gracioso
—insistió.
Se acercó la gran
duquesa Carlota, intrigada por cómo la llamaban.
—¿Cómo la llaman,
Fabiola? ¡Díganoslo!
—Tía Queen. ¡Reina! Es
así. No sé por qué empezaron a hacerlo hace muchos años. Es una descortesía por
mi parte…
Todos se echaron a
reír. Les pareció realmente gracioso. Fabiola sintió que el calor llegaba a su
cara y con la mirada se lo recriminó a Balduino. Aunque, al ver a todos
divertidos con la anécdota, le perdonó.
Siguieron hablando de
escritores. La reina Isabel había conocido a Lev Tolstói, y también a músicos
como Johannes Brahms. Le contó mil anécdotas sobre personajes como Mahatma
Gandhi, con el que se había carteado, y le confesó su admiración por el
filósofo y músico Albert Schweitzer.
—Debería escribir sus
conversaciones con todos ellos. Es una pena que solo estén en su memoria.
—Ese trabajo, ya que a
ti se te da bien escribir, lo podrías hacer tú.
—Pues si escribes de
Isabel, deberías escribir mi vida antes de que abandone este mundo —comentó la
gran duquesa Carlota.
—Yo solo escribo en mi
diario y hago cuentos infantiles. Creo que no estaría a la altura de lo que me
piden.
Fabiola se fue soltando
y optó por ser ella misma. No pretendía caer bien, pero tampoco mal. Quiso que
la humildad fuera su mejor tarjeta de presentación, y eso es lo que más gustó a
las distintas familias reales.
El mayordomo les dijo
que la comida estaba a punto de ser servida y todos se levantaron de sus
asientos. Fabiola lo hizo después de la reina Isabel y la gran duquesa. Intentó
hacerles otra reverencia, que la reina madre paró inmediatamente para darle dos
besos. Balduino la miró desde lejos y le guiñó un ojo. La opinión de la reina
madre importaba mucho y la había aceptado como si se tratara de una hija.
La sentaron al lado del
rey Leopoldo III y enfrente de la princesa de Réthy, que no paraba de mirarla.
Volvió a respirar hondo y a mostrarse como un ser humano al que le interesa
mucho ayudar a mejorar la vida de los demás. Por ahí fue la conversación con el
padre de Balduino. Este experimentó una ligera punzada en el corazón al
comprender que esta relación de su hijo iba muy en serio. Aquella joven,
políglota, estaba conquistando a toda la familia. Lo que entendió claramente es
que la presencia de él en palacio estaba llegando a su fin. Su hijo se había
enamorado.
Si Balduino se casaba,
el palacio de Laeken, el castillo real al norte de Bruselas, ya no podría
seguir siendo su hogar. Intuía Leopoldo que muchas cosas estaban a punto de
cambiar a nivel familiar. Por fin veía a su hijo decidido a dar el paso que
tanto le pedían desde el gobierno. A pesar de las presiones, comprendió que
Balduino ahora sí estaba dispuesto a hacerlo por amor, no por obligación. El
amor, que casi nunca aparecía en las uniones reales, con él en Bélgica siempre
había estado presente en su vida, primero con Astrid y después con Lilian, y lo
consideraba fundamental.
Organizaron para el día
siguiente una salida a Saint-Hubert, que estaba a más de noventa kilómetros,
para recorrer uno de los muchos senderos que ofrecía el bosque cercano.
Deseaban hacerlo en bicicleta y Fabiola se apuntó. Fue realmente divertido ver
al rey y a sus hermanos y cuñados ir en bicicleta como ciudadanos anónimos,
pedaleando seguidos de varios coches con la vigilancia que corresponde a las
personas que ostentan tan altos cargos. Pararon en un lugar casi idílico y allí
extendieron un mantel e hicieron un pícnic. Los lacayos empezaron a sacar
cestas y los comensales comieron sentados en el suelo, divertidos por la
situación.
—Hermano, no estás nada
en forma —le dijo el príncipe Alberto a Balduino.
—Si pasaras tantas
horas sentado en el despacho como yo, ya hablaríamos.
Todos se echaron a
reír. Fabiola se había integrado perfectamente y consiguió ser una más entre
tantas personas con sangre real. Hablaron de los Juegos Olímpicos, que en su
decimoséptima edición se iban a celebrar en Roma.
—Estuvimos a un paso de
ser nosotros los organizadores. Hubiera sido una importante inyección económica
para nuestro país —comentó Balduino.
—Pesó mucho que en 1908
tuviera que renunciar Roma a ser sede olímpica, después de haber sido elegida,
por la erupción del monte Vesubio que destrozó Nápoles, lo que forzó a la
designación de Londres. ¡Tenemos que volver a intentarlo! —habló Juan, el gran
duque.
—¡Sí! Deberíamos
intentarlo para dentro de cuatro años y prepararnos para competir en algún
deporte: hípica, atletismo o en alguna otra especialidad deportiva. Este año,
en vela compite Constantino de Grecia, y su hermana, Sofía, está como suplente
en el equipo griego. Además, él será el portador del fuego olímpico que zarpe
rumbo a Siracusa en el buque escuela de la Armada italiana. Llevan muchos meses
preparándose para competir en la clase dragón —comentó Alberto—. Me lo ha dicho
el propio Tino, con el que coincidí en Londres hace poco.
—Se lo han tomado muy
en serio porque, si no, es mejor no hacer el ridículo —añadió Juan—. Creo que
todos los días entrenan a horas intempestivas.
—Aun preparándote
mucho, a nadie le garantizan la medalla. Es el placer de competir por competir.
Nada más —comentó Balduino—. Ese es el espíritu olímpico.
Estuvieron hablando
mucho del tema deportivo. En un determinado momento, el rey se puso en pie y le
propuso a Fabiola estirar las piernas caminando por el bosque. A Fabiola le
pareció una gran idea y estuvieron paseando hasta que comenzó a oscurecer.
Realmente no se dieron cuenta. Tenían mucho de lo que hablar. Ese viaje había
sido muy importante para él.
—¿Te ha asustado mi
familia? No te preocupes por decirme la verdad.
—No, en absoluto. Salvo
los primeros momentos con la reina Isabel, después me he relajado y he
preferido mostrarme tal cual soy para no engañar a nadie.
—Pues les has encantado
a todos. Incluida a mi cuñada Paola, que es más especial que los demás. Tiene
un espíritu digamos rebelde. No sé si te has dado cuenta.
—Me parece una mujer
bellísima. Conmigo ha sido encantadora. —Fabiola jamás criticaría a nadie en
voz alta.
—Pues si lo sentías
como una prueba, la has aprobado con creces. Ya eres una más de la familia.
—Me alegra oírte decir
eso. Este viaje para mí ha sido importante. Y el hecho de que me acepten como
una más me hace sentir muy cómoda. Aun así, Balduino, no debemos precipitarnos.
Cuando tenga que llegar el momento de nuestro compromiso, lo sabremos.
—Mientras tanto,
seguirán especulando con nombres de herederas que dirán que están conmigo.
Espero que no hagas mucho caso.
No le contestó, pero
días atrás se había hablado en la prensa española de María Teresa de Borbón y
Parma. No quiso decirle nada, pero la lista de mujeres con las que se le
relacionaba seguía creciendo.
Estuvieron hablando de
las preocupaciones que tenían ambos ante un acontecimiento como el que podrían
vivir, si definitivamente se comprometían. Fabiola le hacía muchas preguntas
sobre sus gustos, su forma de pensar, sus costumbres, sus filias y fobias.
Algunas contestaciones las sabía, pero quería que se lo dijera de viva voz y no
solo por carta. Estaba constantemente analizándolo, y él lo sabía. Sin embargo,
todas y cada una de sus observaciones las creía oportunas.
—¿Qué opinas de que
volvamos a vernos en Lourdes? Nos hizo mucho bien la primera vez que fuimos.
Puede ser importante para nosotros —comentó Fabiola.
—¡Por supuesto! Ir allí
me llena de felicidad, y más si es contigo.
Estaba convencido de
que, como le dijo la monja irlandesa, era ella la designada por la Virgen
María. Estaba convencido de que Veronica O’Brien en realidad había sido un
instrumento divino para que se fijara en Fabiola. Sin duda, era la mujer que
había estado esperando tanto tiempo.
—¿Crees que podrá ser
pronto? —preguntó Fabiola, deseando volver a verlo. A su lado se sentía querida
y respetada. Nunca nadie como él le había conquistado el alma más que el
corazón.
—Me temo que no.
Tendremos que hablar por teléfono y seguir escribiéndonos. Si lo deseas, puedes
enviarme las cartas a mí directamente, y no a mi hermana. Ya saben en mi
familia de tu existencia. Ahora solo cabe esperar que los trabajadores de
Laeken nos sean fieles y no digan nada fuera de los muros del palacio. Estoy
seguro de que podremos seguir sin obstáculos que nos distorsionen y estropeen
todo lo que está naciendo entre nosotros.
—Reconozco que a tu
lado me siento completa. ¿Sabes esa sensación de que siempre vas buscando a
alguien que no acabas de encontrar? Yo siento que de alguna manera ya te he
encontrado. Ahora necesito hablar y hablar contigo. Todo el mundo pensaba que
querría ser monja y, ciertamente, alguna vez se me cruzó por la mente, pero la
idea de tener hijos siempre impidió que diera el paso.
—Nada me haría más
feliz que tener un par de críos correteando por palacio. Hace tiempo que no se
oyen risas de niños por los pasillos. Me pasa como a ti, soy muy niñero.
—Además, si damos el
paso, se esperará de mí que dé un heredero al reino. Hay que lidiar también con
esa presión.
—La monarquía se basa
en la tradición y en el legado. Es cierto que se esperará eso de nosotros, en
caso de dar el paso y de que estés convencida. También te digo que dar un
heredero a la corona solo ocurrirá si Dios lo tiene en sus planes. Pero esa es
una segunda parte. La primera y la más importante es que nos amemos. Yo nada
más conocerte estuve seguro de que eras la persona que siempre buscaba. Ahora
eres tú la que tienes que estar convencida. A estas alturas ya sabes que no
solo te casarías conmigo; te casarás con todo un pueblo, y esa es mucha
presión. Comprendo que el paso hay que meditarlo. Para mí es muy importante que
estés reflexionando tanto. Dice mucho de ti. Eso me enamora todavía mucho más.
Se quedaron los dos mirándose
a los ojos frente a frente. Balduino la hubiera besado, pero comprendía que
había que saber esperar al momento en que Fabiola le dijera que estaba
preparada para ser su mujer. El momento no parecía haber llegado.
Regresaron donde
estaban ya sus hermanos, que aguardaban en los coches. Habían desaparecido las
bicicletas. En ese par de horas, lo habían recogido todo. Regresaron a
Luxemburgo.
Al día siguiente se
marcharon todos. El primero en irse fue Balduino, junto con su padre y la
princesa de Réthy. La segunda fue ella. Se despidió de la reina madre, de la
gran duquesa y de la hermana y el cuñado de Balduino.
—¡Gracias por todo lo
que estás haciendo por nosotros! —le dijo Fabiola a Josefina Carlota.
—Estoy deseando volver
a verte.
La familia real la
había aceptado. Estaba también convencida de sus sentimientos hacia Balduino,
pero deseaba saber si no estaría nublada por lo que representaba para el pueblo
belga. «El hombre es con quien quisiera casarme, no con el rey», se repetía a
sí misma.
El chófer de la familia
la llevó hasta el aeropuerto. Esta vez un vuelo directo la devolvería a Madrid.
La separación de Balduino le pesó más que nunca. Volverían a verse en Lourdes.
La pregunta que se hacía era: ¿cuándo? Sabía que no sería cuestión de días,
sino tal vez de meses.
25
El regreso del señor
y la señora Parker
Margot desde Londres
tenía previsto viajar hasta París. Había logrado concertar una entrevista con
Coco Chanel, algo nada fácil tratándose de la diseñadora más influyente del
momento, pero tras mucho insistir, in situ en el viaje anterior y ahora
por teléfono, surgió por fin la oportunidad: tomarían el té en el hotel Ritz el
12 de abril. Se aferró a ese viaje como a una tabla de salvación. Parker
también tenía una reunión de trabajo en la ciudad y decidieron ir juntos desde
la capital inglesa. Margot hizo coincidir los dos viajes, así la entrevista con
Chanel le serviría de tapadera para, de una vez por todas, avanzar en el caso
de Almudena Pimentel.
Mientras las volutas de
humo ascendían hacia el techo, la tía Frances echó un capotazo a su sobrina. Le
había confesado lo mucho que significaba para ella encontrarla.
—Me alegro de que vayas
a París otra vez con Parker. Es hora de que penséis en vosotros mismos.
Frances soñaba con que
su sobrina se emparejara de una vez con el único hombre que le había resultado
atractivo, aunque se negara a reconocerlo. Desde siempre, Parker y ella
compartían gustos parecidos. Sobre todo sentían un atractivo especial por
analizar las mentes de los criminales. ¡Cuántas horas le habían dedicado a Jack
el Destripador años antes! Le pareció muy bien que Parker y ella coincidieran
en París.
—Deberíais aprovechar
para ir a la ópera y divertiros un poco. Siempre estáis pensando en el trabajo.
—¡Es cierto! Me
encantaría ir a la ópera. Debe ser una experiencia única. Nunca he podido ir.
—Pues la ópera, o la
amas, o la aborreces. Dependerá de lo que ocurra el primer día —comentó su tío.
—No entiendo cómo no te
hemos llevado nunca. Tu madre amaba la ópera.
—¿Sí? Nunca me lo
habíais comentado. Me gustaría experimentar qué efecto me produce. Ya tengo
curiosidad.
Margot había encendido
la pipa de su padre y fumaba junto a su tío. Fue uno de esos momentos
familiares que le gustaba estirar y que tanto echaba de menos en Madrid. Les
prometió viajar más a menudo, ya que a ellos los asuntos diplomáticos en
Londres no les daban tregua. Añoraron juntos vivencias del pasado y florecieron
recuerdos de sus padres que tanto bien le hacían a Margot.
Al día siguiente,
Parker la esperaba en la puerta de la embajada, subido a un coche con matrícula
diplomática. Se fueron con tiempo suficiente para embarcar en el avión sin
prisas. No se podían permitir perder el vuelo. Sentados en los asientos, con el
cinturón de seguridad ya puesto, volvieron a colocarse las alianzas de los
padres de la joven. Al descender del avión, ya fingieron ser el señor y la
señora Parker.
—Volveré al segundo
plano en el que nos dejan a las mujeres movernos. Es decir, me haré invisible
mientras todo el mundo te preguntará a ti. ¡Realmente terrible!
—Sí, tienes razón. No
puedo decir lo contrario. En esta guerra me tienes a tu lado.
—¡Gracias, Parker!
Cogieron un taxi y se
fueron directamente al barrio de Notre-Dame des Champs. Regresaban al hotel
Lutetia, donde los trabajadores ya los conocían.
—Señor y señora Parker,
¡un gusto tenerlos por aquí de nuevo! —dijo el encargado de la recepción al
verlos.
Desde el botones a los
camareros, todos los recordaban. Parker se encargó de que así fuera por la
generosa propina que les había dado a todos en el viaje anterior.
Esa tarde decidieron
quedarse en la habitación del hotel y trazar un plan para el día siguiente.
Pidieron al servicio de habitaciones que les subieran algo de cena y se
sentaron en la cama de enormes dimensiones, apoyados en el respaldo y pensando
qué harían en la inauguración de la exposición de Dubois.
—Lo primero será acudir
allí por la mañana, aunque se inaugure por la tarde. Lo mismo ya vemos por allí
a Ángel Torres en alguna de sus múltiples versiones —comentó Parker.
—El detective Vicente
Cerezo llega esta noche a París. Podremos contar con él para la vigilancia del
pintor. Nosotros no podemos hacer como la otra vez, que fuimos tras él y su
compinche. Nos arriesgaríamos a echar por la borda todo lo que ya hemos
conseguido.
—Es fundamental que nos
coja confianza. No tendré más remedio que comprar otro cuadro de Dubois. Debo
hacerlo. Quiero que vea en nosotros a unos verdaderos fanáticos de su pintura.
—¡Es cierto! Te vas a
dejar todo lo que ganaste con el operativo de Eisenhower en este asunto que ni
te va ni te viene. Te lo agradezco muchísimo.
—Con que te afecte a
ti, para mí ya es suficiente para intervenir.
Parker se la quedó
mirando. Parecía que la iba a besar, pero se reprimió. Hacía verdaderos
esfuerzos para que no dar rienda suelta a sus sentimientos.
—Parker, nunca olvidaré
lo que estás haciendo por mí. —Fue ella la que acercó la cara y le dio un beso
en los labios.
Margot se quedó
mirándolo. Parecía sorprendido ante su gesto. Lo veía muy cambiado y,
sinceramente, esa falta de ansiedad y esa calma que desbordaba la intrigaban y
le gustaban cada vez más. Decidió ponerse cómoda y le quitó a Parker su parte
de arriba del pijama. Como era tan alto, a ella le quedaba como un vestido
ancho y corto. ¡Se había dejado el camisón en Londres! Con toda naturalidad,
siguió hablando con él.
—¿Sabes? Así será la
nueva propuesta de Mary Quant. Dio varias vueltas por la habitación. Se llama
minifalda a este largo, y las mujeres de todo el mundo están dispuestas a
llevarla. Es una forma de romper con los largos del pasado. La libertad es
esencial para entendernos a las mujeres.
—No creas que es fácil
seguiros —comentó, todavía incrédulo por el beso que le acababa de dar.
—Parker, las mujeres
estamos ya diciendo no a las imposiciones y sí a la libertad. Da igual el largo
que llevemos de falda, lo importante es que seamos nosotras mismas las que
impongamos nuestra propia forma de vestir.
—Eso merece una canción
de Elvis Presley, otro rompedor de normas. ¿Sabes que en su último disco
comienza cantando a su manera la canción napolitana ’O sole mio? Luego
da un giro y empieza con su ritmo diciendo que lo abrace, que es ahora o nunca.
Empezó a cantar y a dar
vueltas por la habitación. En un determinado momento, cogió a Margot, que lo
observaba con mucho interés, y la invitó a bailar mientras él entonaba con la
voz grave, como si fuera el cantante de Tupelo, Mississippi: Bésame, mi
amada… Mañana será demasiado tarde. Es ahora o nunca, mi amor espera.
Los dos bailaban dando
vueltas por el cuarto, tarareando la canción. Parker paró de golpe, la miró a
los ojos y la besó. Fue un momento mágico que lo rompió un golpe repetitivo en
la puerta de la habitación. Se separaron de repente.
—¡Será el servicio de
habitaciones! —dijo Parker, recomponiendo su camisa y metiendo el faldón dentro
del pantalón. ¡Vaya locura, Margot! No sé qué me ha pasado.
Abrió la puerta y, en
efecto, subían los dos platos que habían pedido para cenar. El camarero hizo
como si no hubiera oído que cantaban. Les dejó los platos sobre la mesita que
tenía la suite y se marchó no sin antes esperar la propina generosa de Parker.
Cuando se fue, se echaron a reír.
Se sentaron en torno a
la mesa y comieron la carne estofada que les habían subido con una importante
bandeja de patatas fritas.
—Me encanta la
filosofía que esconde la canción de Elvis. Las cosas hay que hacerlas en el
presente y no dejarlas para mañana —comentó Margot.
—Siento lo ocurrido.
Sabes que soy especialista en meter la pata.
—No digas nada, por
favor —le dijo Margot.
Hubo un momento de
silencio y Parker entendió que debía desviar la conversación para que no se
sintiera incómoda.
—Elvis vuelve a nuestra
vida. Ha grabado esta canción después de dos años de servicio militar en
Alemania, en la Tercera División Blindada del ejército de Estados Unidos. La
canción dice «ahora o nunca». También hay que entenderlo, regresa con la
necesidad de vivir sin perder el tiempo.
—Un poco todos
deberíamos decirnos eso. Vivamos hoy… No esperar a mañana, pero…, en mi caso,
necesito encontrar a Almudena. No me puedo permitir lo que dice la canción. No
es mi momento. Todavía no.
—Tranquila, Margot.
Tranquila.
Harry sabía que
encontrar a Almudena para ella era prioritario. Su vida llevaba cinco años
paralizada por culpa del pintor Ángel Torres. Él también pensaba que, hasta que
no acabara todo, su vida seguiría en el limbo en el que llevaba desde hacía
tiempo. Cenaron, hablaron y Margot se quedó dormida apoyada en el hombro de
Parker. El sueño también le venció intentando entender el rompecabezas de la
mente de Margot.
Cuando ella despertó al
día siguiente, Harry estaba vestido y arreglado, intentando pensar una y otra
vez en la forma de tratar a la mujer que tenía enfrente y que lo volvía loco.
—Buenos días, Margot.
Tenemos mucho trabajo por delante.
La joven se levantó,
cogió un vestido de la maleta, que no había deshecho, y se fue al baño. A los
quince minutos, ya estaba arreglada aunque con el pelo mojado. Necesitaba ir a
la exposición de Dubois. No quiso desayunar, no le entraba nada de comida en el
estómago, y ambos se fueron hasta la sala Carré d’Artistes. Todavía estaba
cerrada y esperaron en el café de enfrente, mientras no perdían de vista la
entrada de la exposición. Estaban nerviosos.
—No podemos meter la
pata. La ansiedad no debe notarse —comentaba Margot.
Al poco vieron como el
empleado abría la exposición y, quince minutos después, decidieron presentarse.
Margot sabía que Vicente Cerezo aparecería por allí en cualquier momento, pero
debían disimular que se conocían.
El dueño, Antoine
Beauvoir, entró más tarde en el local y sonrió al verlos.
—Me alegra mucho que ya
estén por aquí. ¿Han visto la exposición?
—Parcialmente,
estábamos esperando al señor Dubois por si nos sugería qué cuadro comprar.
—Está bien, vendrá por
aquí de un momento a otro.
Hizo el empleado una
llamada y a la media hora llegó Dubois con su ayudante, Pierre Labarque, con
gorra como la última vez, pero más simpático. Harry y Margot respiraron hondo.
Volvían a estar cerca de él. No se había escapado.
—Nos gustaría, señor
Dubois, ver con usted la exposición.
—Por supuesto.
Después de caminar y
verla dos veces, Harry le pidió la opinión profesional al pintor.
—¿Cuál le gusta más a
usted?
—Mi gusto no tiene por
qué coincidir con el de usted.
Ángel Torres al final
se atrevió a sugerir su preferido.
—A mí me gusta
especialmente el del campo de trigo. Creo que tenerlo en casa resulta como
abrir una ventana al aire libre. Si no se vende, me lo quedaré.
—Opino igual —dijo
Labarque.
—Está bien, ¡me lo
llevo! Sintiendo mucho dejarlo sin su cuadro preferido.
Se acercó hasta ellos
el dueño de la galería y les comentó que hasta que no terminara la exposición,
no podrían llevarse la pintura. Parker hizo un aparte con Antoine para cerrar
el precio final de la obra escogida, ya que la sala les hacía una pequeña
rebaja por haber encargado otro cuadro al pintor. Harry regresó al lado de
Torres y su ayudante, que charlaban con Margot de pintura.
—¿Monsieur Dubois no
tendrá que hacer más bocetos de mi mujer? —cortó la conversación y se dirigió a
Torres.
—Con los que hice el
otro día es suficiente —contestó.
En ese momento, entró
una pareja a ver la exposición. Margot aprovechó para mirar a la calle a través
de los cristales y reconoció a Vicente Cerezo en el bar de enfrente. Leía el
periódico sin perder de vista la entrada a la sala. Su maestro estaba cerca y
se sintió más segura.
—¿Quieren que comamos
juntos? —preguntó Parker.
—No podemos, muchas
gracias —dijo Dubois—. Vengan esta tarde, que en la inauguración serviremos un
modesto cóctel.
—¿A qué hora es?
—preguntó el jefe de seguridad.
—A las siete de la
tarde —dijo Antoine Beauvoir, el dueño de la galería.
—¡Aquí estaremos!
Se despidieron de todos
estrechándoles la mano. Margot, al hacerlo con Torres, sintió una punzada en el
estómago. Su mano era áspera, grande y ancha. Le hizo daño al apretarle los
dedos. Se aguantó el dolor. Sintió miedo por Almudena. Era un hombre fuerte y
con unos rasgos que le provocaban rechazo.
Al salir, volvieron al
bar a tomar un café y, según pasaba al lado de Cerezo, Margot dejó caer el
bolso. Al cogérselo el detective, pudo cruzar unas palabras con él.
—El que lleva la gorra
es Torres —dijo en voz baja—. ¡Muchas gracias, caballero! —exclamó para que
todo el mundo la oyera—. A las siete es la inauguración. Antes llámanos a la
habitación del hotel desde una cabina —susurró de nuevo.
Se quedaron unos
minutos tomando otro café y se fueron a andar arriba y abajo por la rue
Norvins. Especularon sobre el edificio donde vieron a Dubois la última vez y
entraron en la tienda de ultramarinos que se encontraba al lado. Compraron
varias cosas y hablaron con el dueño. Le contaron que habían ido a París por la
exposición de uno de los pintores que más les gustaba, de entre los artistas
actuales, y dijeron el nombre de Dubois. El dueño no abrió la boca y les cobró
con una leve sonrisa, sin decir una sola palabra. Se quedaron muy frustrados.
No había manera de sonsacar información.
Fueron caminando hasta
llegar al hotel Lutetia. Subieron a la habitación y comenzaron a especular con
lo que tenían; a todas luces era poco. De momento, estaba localizado Ángel
Torres, pero de ella no sabían nada. Se preguntaban si iría a la inauguración
de la exposición. Entraba dentro de las posibilidades que barajaban, ya que
estaría entre conocidos y, seguramente, la hermana de Torres, que se había
erigido en su sombra, no se apartaría de su lado.
—Debemos estar a las
siete en punto. Si llegara Almudena, ¿qué hacemos? Tenemos que saber si ella se
vendría con nosotros voluntariamente.
—Será muy difícil, por
no decir imposible, hablar con ella. De todas formas, si finalmente lo
acompaña, deberíamos trazar un plan para entretener a sus acompañantes mientras
Cerezo se acerca hasta ella para decirle que es detective y que, si quiere,
podría irse con él —comentó Parker.
—Sí, no podemos
obligarla a seguirnos. Debe ser una decisión que tome de forma voluntaria. Por
otro lado, ninguno de los dos tenemos que significarnos. Es primordial que
Torres confíe en nosotros.
—Está claro. Ahora
bien, si hay que sacar la pistola para defenderla y llevárnosla, lo haremos. Ya
nos arreglaremos con las autoridades. Ella es nuestro objetivo —sentenció el
jefe de seguridad.
Volvieron a pedir la
comida en la habitación. Estaban nerviosos esperando la llamada de Vicente
Cerezo. No podían arriesgarse a no estar cuando él llamara. Sobre las cinco por
fin, sonó el teléfono. Vicente Cerezo les contó que había vigilado las entradas
y salidas de la sala de arte. Dubois y Labarque se habían quedado allí.
—Es posible que esta
tarde vaya Almudena, pero, de ser así, estará custodiada por la hermana de
Torres o alguna otra persona. Nosotros haremos algo que atraiga la atención de
todos. Debes aprovechar ese momento para preguntarle si quiere irse contigo.
¡Cuéntale que eres detective!
—No sé si tendré tiempo
para decirle tantas cosas. Te aseguro que Almudena se viene con nosotros de
regreso a España como yo me llamo Vicente.
—Hasta que no te la
lleves, seremos el señor y la señora Parker. Te cubriremos en todo momento. De
conseguirlo, llévala directamente al aeropuerto. Nosotros nos encontraremos en
Orly. ¡Ten mucho cuidado! Se relaciona con gente bastante turbia.
—No te preocupes.
Imposible que se nos escape a los tres.
—¿Y si no va a la
inauguración? —preguntó Margot.
—Entonces tendremos un
problema. Solo me quedaría seguirlos hasta averiguar dónde tienen encerrada a
Almudena —comentó Cerezo—. Cuando llegue ese escenario, nos enfrentaremos a él.
Pensemos que va a ir y en cómo nos la llevaremos a España.
Colgó Cerezo y
siguieron Parker y Margot dando vueltas a cómo atraer la atención de todos para
que el detective pudiera hablar con Almudena. Las manecillas del reloj
corrieron tanto que se les echó la hora encima. A las siete y cinco estaban
entrando de nuevo en la exposición. Margot se puso un elegante traje negro de
cóctel y por encima un abrigo ligero de color gris, que dejó en el guardarropa.
Llevaba el pelo recogido en un moño bajo. Labarque y el dueño los recibieron.
No se veía por ningún lado a Ángel Torres, y menos aún a Almudena. Al poco
entró Cerezo, que se paseó por la sala de exposiciones como si tuviera
verdadero interés en la pintura. Se paró a hablar con alguno de los invitados,
sin perder de vista la puerta.
Una hora después
apareció Torres, sonriente, avanzando con aparente tranquilidad. Margot sintió
cómo se le tensaban los músculos al reconocerlo. Un instante más tarde, tras
él, surgió una figura femenina. Caminaba despacio, con el rostro algo más
delgado, pero inconfundible. Era Almudena. Y junto a ella, quien suponía que
era la hermana del pintor.
A Margot le faltó el
aliento. Después de tantos años de búsqueda, la tenía delante. Viva. Real. Tuvo
que hacer un esfuerzo consciente para no delatarse. Conteniendo la emoción,
alargó la mano y aferró la de Harry con fuerza, como si ese gesto fuera el
único anclaje posible a la calma. Él lo entendió al instante. Permanecieron
inmóviles, fingiendo indiferencia, y disimularon como pudieron mientras por
dentro la adrenalina se les disparaba.
Muchos de los que
estaban allí se acercaron a saludar y a dar la enhorabuena a Torres. Sabían que
era él el autor de los cuadros y que exponía por primera vez en París.
Cerezo, como pudo, se
colocó detrás de las dos mujeres y observó que la más grandullona, con cara de
pocos amigos, tenía cogida por el brazo a Almudena. A la joven se la veía
enferma, con la cara muy pálida y los ojos más inexpresivos que habían visto
nunca. Parecía confusa, sin saber qué hacía allí. Su embarazo ya era visible,
debía estar de seis meses. Un fotógrafo comenzó a hacer fotos a los asistentes
hasta que Dubois le pidió que no hiciera ninguna más. Cerezo, con su pequeña
cámara, se alejó y les pudo hacer varias fotos aprovechando la confusión de los
canapés y disimulando como si tomara instantáneas de los cuadros. Creyó que
nadie se había dado cuenta, pero el encargado se acercó a él y le pidió el
carrete. Hizo como que lo sacaba de la cámara y le dio uno virgen. Desde ese
momento, los responsables de la sala no le quitaron ojo. Disimuló preguntando
los precios de cuadros y volvió a situarse detrás de Almudena.
Margot, que estaba
cerca de Torres, pensó que había llegado el momento y se dejó caer a plomo
delante de él. Todos los que estaban alrededor, incluido el pintor, se
agacharon a asistirla. Cerezo aprovechó la distracción para aproximarse a
Almudena por el lado contrario de donde se encontraba la hermana de Ángel
Torres.
—Tranquila, Almudena.
Soy detective y nunca hemos dejado de buscarte ¿Querrías que te sacara de aquí
y regresar con tus padres?
Almudena estaba atónita
e intentaba averiguar en esas fracciones de segundo si ese señor le estaba
diciendo la verdad o si era una estratagema de Torres para ponerla a prueba.
—¡No hay tiempo,
Almudena! Si deseas regresar, ¡aprovechemos la confusión!
Almudena solo se
atrevió a mover la cara afirmativamente. En ese mismo instante, Cerezo sintió
un algo frío, muy frío, en el costado y también cayó al suelo. Todavía
aturdido, se tocó el abdomen; tenía sangre. Otro corrillo se formó en torno a
él y vio que se llevaban a la joven. Dos personas, que parecían tener
conocimientos de primeros auxilios, lo sacaron por la parte de atrás. Creía
Cerezo que lo iban a atender para detener la hemorragia provocada por la
puñalada, pero, en cambio, le dieron una paliza de golpes y puntapiés. Lo
dejaron tendido en el suelo y semiinconsciente en un callejón colindante entre
cajas de cartón y basura.
Margot poco a poco
recobró el conocimiento e intentó incorporarse. Parker la ayudó llevándola en
volandas hasta una silla. Cuando abrió los ojos del todo, observó que su maestro,
Vicente Cerezo, no estaba ya en la sala. Lo peor de todo era que Almudena
tampoco. Por otro lado, se dio cuenta de que unos camareros se afanaban en
limpiar una mancha del suelo que parecía sangre. Era fácil intuir que algo
había salido mal.
—¿Qué ha ocurrido?
¿Otro accidente? —les preguntó la joven.
—Otro caballero también
se ha caído —le dijo uno de los camareros.
—¿Y dónde está?
—preguntó Parker.
—Lo han sacado por la
puerta de atrás. Imagino que se lo han llevado al hospital.
Llegó la ambulancia que
había pedido Labarque y el matrimonio se despidió de todos menos de Torres, que
tampoco estaba allí. Antoine Beauvoir los acompañó hasta la puerta.
—¿Se encuentra mejor?
—preguntó con interés.
—Sí, me dan bajadas de
azúcar y pierdo el conocimiento muy a menudo —se inventó Margot.
Los sanitarios la
atendieron y se la llevaron en camilla. Parker, cuando arrancaron la
ambulancia, les pidió que fueran a la parte de atrás del local. Les dijo que
podría haber otra persona malherida. Pararon la ambulancia y Parker se adentró
en el callejón sin luz. Oyó un leve lamento y, entre cajas y cubos de basura,
encontró a Cerezo, que se apretaba con la mano la herida que tenía en el
costado. No podía hablar. Parker lo cogió como pudo y fue con él hasta la
ambulancia.
— Creo que necesita más
ayuda que mi mujer —les dijo a los sanitarios.
Margot se levantó de la
camilla y dejó que le dieran los primeros auxilios.
—Si no lo descubren
estos señores, se habría desangrado. ¿Qué ha ocurrido? —preguntó el enfermero a
Cerezo.
El detective no podía
hablar. Cerraron la ambulancia a toda prisa y se fueron todos camino del
hospital.
—¿Cómo sabía usted
que…?
—Alguien me ha dicho
que había visto salir a una persona herida por la parte de atrás, y lo demás ya
lo han visto ustedes…
—Tendremos que dar
parte a la policía —dijo el enfermero.
—Sí, me temo que sí
—dijo Parker.
Margot, sentada en uno
de los sillines al lado de la camilla, se limitó a tocarle la frente a Vicente
Cerezo y a hablarle.
—Seguro que te vas a
poner bien. Tranquilo. Ya estás a salvo.
Llegaron al hospital
Pitié-Salpêtrière, y a los dos los atendieron médicos de urgencia.
Aparentemente a Margot no le vieron nada alterado y la dejaron en observación.
A Vicente Cerezo lo llevaron directamente al quirófano. Primero se cercioraron de
que no tenía ningún órgano dañado y luego le cosieron la herida y le hicieron
una trasfusión de sangre. Lo dejaron hospitalizado. Harry Parker se acercó a
verlo pasadas unas horas. Cuando se le pasó el efecto de la anestesia, pudo
hablar con él.
—¿Qué ha ocurrido,
Vicente?
—Fue todo muy rápido.
Pude hablar con Almudena, y ella no tenía voz, pero me dijo que sí con la
cabeza para venirse a España conmigo. Después caí al suelo y solo recuerdo
golpes y más golpes. Me tiraron junto a los cubos de la basura. Creían que
moriría desangrado, pero me rescataste. ¡Gracias, Parker! Vete, no quiero que
te vean conmigo.
—He llamado a la
embajada de España. Vendrá un funcionario colega mío y no se moverá de tu lado
hasta que puedas coger un avión y largarte de aquí. ¡Vete cuanto antes!
—Pediré el alta
voluntaria y me iré lo más rápido que pueda. ¡Gracias!
En la parte baja del
hospital, tumbada en una camilla, aguardaba Margot. Cuando volvió Harry a su
lado, le preguntó:
—¿Cómo está Vicente?
—Se repondrá. Querían
que muriera desangrado entre la basura. ¡Estos son unos criminales! Debemos
irnos de aquí cuanto antes.
Llegó el médico y le
dio el alta a Margot.
—Afortunadamente, su
caída no ha tenido ninguna trascendencia médica. Vaya a su médico de cabecera
en cuanto regrese a Inglaterra. Si tiene bajadas de azúcar, debe vigilarse.
Todos los parámetros de su sangre indican que ahora se encuentra bien.
—Sí, eso haremos.
Muchas gracias.
Comenzaron a recoger
sus cosas, después de tantas horas de hospital, y se fueron al hotel. Habían
corrido más peligro del que creían.
26
Todo se derrumbó
como un castillo de naipes
Margot y Harry, al
llegar a la habitación del hotel Lutetia en París, cerraron la puerta y dieron
dos vueltas al cerrojo. Estaban preocupados ante lo que acababa de ocurrir.
Margot se encontraba agotada, malhumorada y frustrada. No entendía cómo todo se
había ido al traste en cuestión de segundos. ¡Habían estado tan cerca de
Almudena! Creyeron que la pesadilla iba a terminar en ese momento. Fue tirarse
al suelo y cerrar los ojos y ya sintió un gran revuelo. Cuando los volvió a
abrir, Almudena y Torres ya no estaban… ¿Qué pudo salir mal?, se preguntaba.
Ante la falta de respuesta, decidió darse un baño para relajarse y poder
pensar. El agua siempre la rescataba de los peores momentos. Una vez que se
sumergió en aquella bañera imponente de cerámica blanca con sus grifos dorados,
repitió en su mente una y otra vez la secuencia de lo ocurrido. No hubiera
salido de aquellas aguas cálidas si no hubiera sido por la necesidad de hablar
con Parker. Se envolvió en un albornoz y se puso una toalla en el pelo.
—Harry, yo, si fuera
ellos, ataría cabos y pensaría que mi caída tenía mucho que ver con Vicente
Cerezo y su acercamiento a Almudena. Fue todo demasiado seguido en el tiempo —dijo
nada más salir del baño.
—No necesariamente.
Podría haber sido una casualidad —comentó Parker—. No se nos ha visto con él en
ningún momento.
—Solo hay una forma de
averiguarlo, y es regresando a la sala de exposiciones. Debemos intentarlo.
Volveremos mañana por la mañana. Por la tarde tengo que verme con Coco Chanel,
¿recuerdas? Necesito esta entrevista para mi otra vida de periodista.
—Ya. Lo sé, lo sé. —Se
quedó pensativo—. Creo que deberíamos pedir ayuda a la policía francesa. Me
parece todo demasiado arriesgado. Este hombre se ha relacionado con personas
peligrosas que a la vez lo protegen con malas artes.
—Si vas a la policía,
¿quién no te dice que alguien los prevenga de que, en realidad, estamos aquí
por Almudena? Todo debe ser secreto. Nadie debe saber que nosotros la estamos
buscando. Necesitamos que se quiten de la cabeza toda sospecha. ¡Hay que
volver! No podemos perderlos de nuevo.
—Está bien,
descansemos. Ha sido todo muy duro e intenso. ¡Demasiado! ¿No quieres comer
algo antes de intentar dormir?
—No. Ahí tienes lo que
compramos en la tienda de ultramarinos. Yo solo necesito repasar una y otra vez
lo que ha ocurrido. Repetir en mi cabeza la secuencia de nuestros movimientos y
los de ellos. Buscar detalles que se nos hayan pasado por alto. He visto muy
mal a Almudena. Sus ojos tenían un halo de tristeza que me recordó a los de la
Mona Lisa. Parecían mirar a un lugar inexistente. Su cuerpo estaba allí, pero
su mente probablemente navegaba lejos. Sus condiciones físicas me han parecido
muy precarias y además está embarazada de unos seis meses. Aun así, se
esforzaba en esbozar una medio sonrisa.
—Igual que la Gioconda,
como has mencionado. No existe una cara más enigmática que esa. ¡Cuánta
tristeza en su rostro! Me pregunto si tendríamos que haber sacado la pistola y
habérnosla llevado a la fuerza —comentaba Parker—. Claro, hubiéramos provocado
un conflicto entre policías e incluso entre países. No era nuestra
jurisdicción, no teníamos permiso para hacerlo.
—El caso es que no lo
hicimos. Mi frustración, primero como inspectora y ahora como detective, va
unida al caso de Almudena. Así llevo cinco años. Mi felicidad va unida a su
caso. No puedo quitármela de la mente.
Parker la abrazó y
ambos se quedaron durante largo rato callados. Parker entendía cómo se sentía.
Por un lado, no podía evitar la rabia y la impotencia, y por otro, la
preocupación por el estado físico de Almudena. Su rostro era tan enigmático y
su estado físico parecía tan quebradizo… La tristeza en Margot emergía por cada
uno de sus poros.
—No ha sido culpa tuya,
Margot. Estamos enfrentándonos a una persona sin escrúpulos con una fachada de
piel de cordero. Torres es un tipo de cuidado. Está metido en asuntos muy feos.
Lo digo casi con toda seguridad, independientemente de que pinte cuadros y sea
un virtuoso de los pinceles.
Margot se dejó caer en
la cama a plomo. La toalla del pelo se abrió y apareció su pelo rubio mojado y
revuelto. Se quedó así, con los ojos cerrados un largo rato. Parker la
observaba con admiración. Estaba bellísima. Los dos todavía no se podían creer
el desenlace. De pronto sonó el teléfono. Le llamaba a Parker el jefe de
seguridad de la embajada de España en Francia, Juan Gómez Redondo. Le informó
de que Vicente Cerezo quería pedir el alta médica al día siguiente.
—Me parece una locura.
Ha perdido mucha sangre, pero asegura que debe regresar cuanto antes a España.
Aquí cree que corre peligro —comentó el funcionario.
—Tiene razón, Juan.
Asegúrate de que esta noche está permanentemente acompañado, y mañana mismo lo
lleváis hasta el aeropuerto y os aseguráis de que suba al avión.
—¿Corre tanto peligro?
—preguntaba Gómez Redondo, un tanto incrédulo.
—Sí. Hazme caso. Que no
esté nunca solo. ¡Que regrese a España cuanto antes! Estamos en una
investigación muy peligrosa.
—De acuerdo. Haremos
tal y como nos dices.
Al día siguiente, el
sonido del teléfono de nuevo les hizo abrir los ojos. Harry fue rápido en
descolgar el auricular. Otra vez se trataba de su colega de la embajada
española en Francia. Le confirmó que Vicente Cerezo ya había salido en el
primer avión con destino a Madrid. Al parecer, se encontraba muy débil y
necesitaría ayuda médica inmediata. Por eso, en cuanto le colgó, Parker llamó a
Benito Poveda.
—Comisario, no hemos
tenido suerte con la liberación de Almudena. Es más, el detective Cerezo ha
corrido peligro y está malherido. Ayer lo acuchillaron y lo operaron de
urgencia. Hoy mis amigos de la embajada española en Francia lo han llevado
hasta el avión, que ya vuela camino hacia Madrid.
—Tranquilo, ahora mismo
envío a Barajas una ambulancia con enfermeros para que lo trasladen hasta el
hospital. ¿Ustedes cuando regresan?
—Le paso a Margot por
si ha cambiado de planes.
Durante unos minutos,
la joven le volvió a explicar lo que había pasado y la frustración que sentía.
No solo habían visto a Almudena, sino que Cerezo le preguntó si quería regresar
a España y le dijo que sí con la cabeza. Le contó que no tenía fuerzas ni para
hablar. Se encontraba en muy mal estado.
—Comisario, me preocupa
su estado de salud. No hemos podido liberarla. Nos acercaremos de nuevo esta
mañana a la sala donde se exponen los cuadros de Torres para comprobar si nos
creen ajenos a la intención de Cerezo de llevársela o nos ven dentro del plan.
—Me parece peligroso,
después de lo que le ha pasado a Vicente.
—Estamos juntos y
sabemos protegernos el uno al otro. A su pregunta inicial, intentaremos
regresar mañana.
Parker le pidió de
nuevo el auricular del teléfono y Margot, tras despedirse del comisario, se lo
cedió.
—Señor comisario, he
pensado en pedir de nuevo ayuda a mi colega en Francia. No estaremos solos. Se
lo garantizo. Por otra parte, nuestra intención es regresar a Londres por si
nos están siguiendo. Después Margot volará a España.
—Está bien. ¡Mucho
cuidado!
Cuando colgó Harry,
Margot se fue a vestir. Había dormido toda la noche con el albornoz. Al salir
del baño, Parker también se encontraba ya perfectamente equipado con su traje y
con la gabardina beis, que siempre lo acompañaba, en la mano. Ambos habían
acelerado el proceso de vestirse para acudir de nuevo al único lugar donde
podían obtener información sobre Torres. Previamente, había hablado con el jefe
de seguridad de la embajada española en Francia para pedirle ayuda. Juan Gómez
Redondo no lo dudó y le contestó que los apoyaría desde fuera del local de
exposiciones. Iría acompañado de otro funcionario con pistola.
Por eso, cuando Margot
y Harry entraron en el Carré d’Artistes, se sentían protegidos. El dueño, en
cuanto los vio, salió a atenderlos. Parecía que se creía el desmayo de la joven
el día anterior.
—¿Se encuentra mejor?
¡Menudo susto nos dio ayer! —comentó mostrándoles su dentadura al sonreír.
—Sí, nos iremos mañana
y ya me haré las pruebas médicas necesarias en Londres. No sé qué me pudo
ocurrir.
—Come poco, monsieur
Beauvoir, y pienso que no es otra cosa que debilidad.
—Puede ser… —comentó
lacónicamente.
Miraron hacia todas
partes, por si veían a Dubois y a Labarque, pero allí no había nadie.
—¿Cómo acabó todo?
—preguntó Harry—. Al final, no pudimos despedirnos de monsieur Dubois ni de su
ayudante.
—Sí, la llegada de la
ambulancia lo trastocó todo.
No dijo nada del
revuelo de la caída de Cerezo ni de la puñalada que recibió antes de sacarlo
por la puerta de atrás. Ni de cómo lo tiraron como un despojo humano al
callejón sin salida donde estaban las basuras.
—Queríamos despedirnos
de Dubois para saber cuándo quedaremos para el posado del cuadro de mi esposa.
Deberíamos fijar una fecha.
—Un momento.
Se retiró y al rato les
dijo que Dubois se acercaría para hablar con ellos. A los quince minutos,
apareció por allí y le preguntó a Margot por su estado de salud, sin perderse
un solo movimiento de los músculos de su cara. Diez minutos después, hizo su
aparición Pierre Labarque.
—¿Qué tal se encuentra?
—le preguntó igualmente.
—Bueno, un poco
mareada. Sentí mucho no poder charlar con su mujer.
Hubo un silencio que
por fin rompió el propio Torres.
—Sí, bueno, también se
sintió indispuesta debido a su embarazo. La tuve que acercar a casa.
—¿No está llevando un
buen embarazo? —preguntó Margot.
—Parece ser que no…
—Bueno —comentó
Labarque—, ¿cuándo les vendría bien venir a París para hacer varios posados?
—¿Qué tal en mayo?
—preguntó Parker.
—Mejor en junio —dijo
Labarque—. Llevo la agenda de monsieur Dubois y hasta entonces no podría.
—Está bien —concluyó
Margot.
La preocupación de la
joven detective era no enfadarlos ni hacerles dudar de su identidad demostrando
demasiada ansiedad. Si habían esperado cinco años, podrían esperar un mes y
medio.
—Llamaremos y les
anunciaremos la semana de junio en la que podremos venir hasta aquí.
—Por curiosidad, ¿en
qué trabaja usted, monsieur Parker? —preguntó Antoine Beauvoir, el dueño de la
sala.
Harry hizo como que no
se inmutaba y contestó después de pensarse la respuesta.
—Soy inversor y me
muevo mucho por el mundo.
—Eso está muy bien.
Invertir… por ejemplo en arte y en oro, que son valores muy seguros.
—Más en el acero, se lo
aseguro.
Acordaron verse en
junio y se fueron de allí con la seguridad de no ser sospechosos, aunque los
estaban observando con detenimiento mientras se alejaban. Margot y Parker
fueron andando hasta el hotel. De regreso en la habitación, llamaron a la
embajada española en Francia y avisaron al jefe de seguridad de que no
regresarían hasta junio. Más relajados, bajaron a comer y Margot se mostró más
sosegada que en las últimas horas.
A las cuatro de la
tarde, la joven salió al encuentro de su entrevistada para la revista Siluetas,
y ese se convirtió en el mejor momento del viaje. Coco Chanel apareció ante
ella como una diosa. La diseñadora estaba más delgada que en las fotografías, e
incluso le pareció de más baja estatura de lo que imaginaba. Iba vestida con
sombrero a juego con su chaqueta y falda recta. Llevaba un collar de perlas y
dos enormes broches de rubíes, uno en la solapa y otro en el sombrero. Margot,
sabiendo el poco tiempo que duraba tomar un té, fue directa al grano y, con
ella, la diseñadora se abrió por completo. Comenzó hablando de su infancia y
del orfanato de monjas de Aubazine en el que se crio tras morir su madre,
cuando ella tenía doce años.
—No conozco nada más
espantoso que la familia —le dijo a Margot, que la sonrió al escucharla.
Nunca perdonó a su
padre que a ella y a sus hermanas las abandonara al cuidado de las monjas.
Aunque fue en el hospicio donde encontró su vocación y su firme determinación
de ser alguien dentro de la moda. Coco, que siempre quería olvidar ese pasado,
esa tarde, con un té en los labios, habló de sus hermanas y de cómo aprendió
con ellas a coser, a bordar y a planchar. Le comentaba a Margot como desde muy
joven había comenzado a ponerse objetivos que poco a poco fue alcanzando.
Coco se había
convertido en una de las mujeres más influyentes del siglo XX. Hablaba con
sinceridad, y eso que en más de una ocasión habría reconstruido su pasado para
asegurar que sus orígenes eran burgueses. No quería hablar de sus amores ni de
los muchos rumores que la relacionaban con personas muy influyentes.
Le contó cómo supo
resurgir de sus cenizas después de atravesar el momento más difícil de su vida,
cuando difundieron informaciones no contrastadas sobre su colaboración con los
servicios de inteligencia alemanes, en la Segunda Guerra Mundial. Como nadie
logró incriminarla, en 1954 pudo volver a abrir su empresa. Recibió muchos
encargos de Estados Unidos y de Gran Bretaña. Y en esos seis años no había
tardado en volver a posicionarse en lo más alto de la moda.
—¿Qué ha buscado con su
trabajo? —Margot preguntaba y preguntaba sin parar.
—La comodidad, dejando
atrás los corsés, para permitir que las mujeres se muevan con facilidad sin
sentirse disfrazadas. Mi objetivo es no cambiar su forma de ser por la ropa que
lleven. He procurado ayudar a la mujer a que fuera más libre.
Margot pensó que ya
tenía el titular, pero siguió preguntando.
—¿Qué es lo que más ha
ansiado en la vida?
—Ser amada. Nada más.
Hay que tener tiempo para trabajar y tiempo para amar. A partir de ahí, no hay
tiempo para nada más. Bueno, quizá, para buscar nuevos caminos.
Hablaron no solo de
ropa, también de bolsos, perfumes, sombreros y joyas. Coco había explorado
otros mundos que no eran exclusivamente los relacionados con la ropa. Era uno
de los personajes más interesantes que había entrevistado.
—¿Se considera la madre
del pantalón?
—Sinceramente, creo que
fui yo la madre de esta prenda que nos ha dado tanta libertad. De todas formas,
le diré que uno no puede estar siempre innovando. Quiero crear clásicos. No
olvide que la moda tiene dos propósitos: la comodidad y el amor. La belleza
llega si la moda alcanza ambos.
—¿Sus planes de futuro?
—Seguir quitando
artificio a la moda. Dotar a las mujeres de materiales ligeros. Insisto en que
deseo que sean libres, que sean ellas mismas. La simplicidad es la clave de la
verdadera elegancia, no lo olvides.
Le contó que era amiga
del pintor Pablo Picasso y del compositor y director de orquesta Ígor
Stravinski. Sin duda, estar con Coco para Margot fue como abrir una ventana al
aire fresco. Fue lo más brillante y positivo del viaje.
Cuando volaba junto a
Parker camino de Londres para seguir con la farsa hasta el final, por si los
habían seguido los amigos de Torres, se quitó la alianza.
—Harry, no he nacido
para llevar un anillo de casada. No puedo.
Parker hizo lo mismo;
se quitó el que llevaba puesto y se lo devolvió. Hicieron el resto del trayecto
en silencio, pues él no supo qué contestarle.
27
Noticias
preocupantes desde África
Fabiola de Mora y
Aragón se estremeció al escuchar por la radio que el Congo se había
independizado de Bélgica y se rebautizaba como República del Congo. Balduino
dejaba de ser su rey. «Ha llegado la hora tan temida como esperada», pensó. Era
un final que todos sabían que iba a llegar tarde o temprano desde que Balduino
había asumido la responsabilidad de la corona en 1951.
A comienzos de 1960,
conocía Fabiola que el rey había tenido una reunión fundamental en Bélgica con
los líderes congoleños, incluido Patrice Lumumba, que se encontraba en prisión
en ese momento y fue liberado para intervenir en la mesa redonda
belgo-congolesa en la que se iba a discutir la independencia. Tras acordar allí
unas elecciones generales, que se celebrarían en el mes de mayo, ya solo
quedaba el paso de adquirir la plena independencia. Lumumba fue elegido primer
ministro congoleño y pronunció un discurso del que se hizo eco la prensa,
durante las conmemoraciones oficiales en el palacio de la Nación en
Léopoldville.
La ceremonia
evidenciaba un final sin sangre del colonialismo belga. El rey Balduino acudió
allí, junto a otras autoridades, y escuchó las primeras palabras pronunciadas
por el nuevo mandatario y responsable del Congo. El discurso de Lumumba era la
respuesta al discurso que el rey pronunció un año antes, en el que sostuvo que
«el fin del gobierno colonial había sido la culminación de la misión
civilizadora belga». En ese momento, ya dijo que Bélgica trabajaría por la
independencia «sin demora ni temeridad irresponsable». Lumumba, sin embargo,
denunció en sus primeras palabras el colonialismo al que habían sido sometidos.
Balduino le escuchó sin responder a la provocación. Todos interpretaron las palabras
del flamante primer ministro como una afrenta a Bélgica y, concretamente, al
rey Balduino. El discurso abrió nuevas heridas sobre las viejas ya existentes
entre el Congo y Bélgica.
Cuántas veces le había
escuchado Fabiola, en los esporádicos encuentros que habían tenido, que «no era
su intención promover soluciones europeas, sino soluciones basadas en la
cultura africana. El gobierno belga quería evitar a toda costa verse arrastrado
a una guerra colonial y, en realidad, lo consiguió. No hubo finalmente
conflicto armado, pero sí quedaba clara, por parte del nuevo primer ministro,
la animadversión hacia el país que había colonizado el Congo desde 1908.
Fabiola llevaba días
sin recibir carta de Balduino. Imaginaba lo difícil que estaba siendo para él
vivir esos momentos. No lo pudo evitar, pero estuvo intranquila, y todos la
vieron como ausente mientras le hablaban. Se lo comentó su madre en una de sus
cenas habituales.
—Algo te ronda por la
cabeza. ¿Qué es? ¡Dímelo!
Estuvo a punto de
contarle todo lo que estaba viviendo durante esos meses, desde que la monja
irlandesa, Veronica O’Brien, había aparecido en su vida. Sin embargo, no quiso
que su madre se pusiera nerviosa pensando en que su hija podría ser reina
cuando todavía no había tomado una decisión en firme.
—Mamá, no es nada.
Estoy agobiada simplemente por todo lo que tengo que hacer y no puedo por falta
de tiempo. No llego a todo lo que me gustaría. Hay mucha gente necesitada.
—Debes tranquilizarte y
llegar hasta donde puedas. Si solo es eso, está bien, pero si estás pensando en
entregar tu vida a Dios, yo no voy a competir con él. Sin embargo, quiero
decirte que se puede servir a Jesús de muy distintas formas, no hay por qué
meterse en un convento. Además, soy muy mayor y te necesito.
Ese «te necesito» se le
clavó en el corazón. Su madre, igual que todos, pensaba que la vocación
religiosa era lo que le provocaba estar imbuida en sus pensamientos. Sin
embargo, su preocupación tenía que ver con el plan de boda proyectado por
Balduino. Si accedía, la primera que se iba a resentir por su ausencia sería su
madre. Era un punto clave para meditar sobre su futuro. Seguía con dudas: «¿Y
si no soy la persona que todos esperan?». Balduino, pensaba ella, necesitaba
sobre todo a una persona que le aliviara el peso que llevaba encima. «¿Estaré a
la altura?», se preguntaba igualmente. Su cabeza se encontraba inmersa en un
mar de dudas. Esperaba una respuesta de su corazón. Solo rezaba y rezaba
ansiando encontrar una salida. Era lo único que le proporcionaba consuelo.
Al día siguiente de
este episodio familiar, llegó una carta a su casa con el remite de Luigi.
Violeta se lo comunicó en cuanto llegó al domicilio.
—Ya está aquí de nuevo.
Luigi vuelve a escribir. —Sabía que las noticias que le proporcionaba esa
persona tenían un efecto terapéutico en Fabiola.
—¡Muchas gracias,
Violeta! Lo cierto es que sus cartas me reconfortan mucho. ¡Me conoces
demasiado!
—¡Todos tiran de usted,
señorita! No conozco al tal Luigi, pero espero que tome decisiones pensando
exclusivamente en usted.
—Le agradezco mucho el
consejo.
Violeta en realidad le
dijo lo que estaba esperando escuchar. «¡Piense en usted!». Lo que habría que
averiguar era qué deseaba hacer ella de verdad con su vida. Esa podía ser la
clave.
Haciendo lo que le
aconsejaba Violeta, su corazón se había abierto por completo a Balduino, sobre
todo al ser humano que se escondía detrás de la corona. Es más, se había
acostumbrado a recibir una carta de él también a diario. Después de unos días
sin noticias suyas, se daba cuenta de lo importante que era para ella
comunicarse con él. Abrió con cierta ansiedad la carta, ayudándose con un
estilete, y respiró tranquila al leer que Balduino estaba de vuelta y sin
novedad en Bruselas. Había superado «uno de los peores trances de mi vida como
rey», le decía. Posteriormente, le comentaba que había hablado con Veronica
O’Brien y que le había confesado que había encontrado a la persona que había
estado buscando toda la vida: «Eres tú, Fabiola. Se lo he agradecido mucho a
ella por haber sido la mediadora perfecta. Ahora está en tus manos y en las de
Dios tu decisión. Eres libre para decidir. No hago más que rezar para que la
Virgen nos ilumine a los dos. ¿Qué te parece si ponemos fecha a tu idea de
regresar a Lourdes? Nos puede ayudar mucho. Yo necesito volver a la gruta
después de los días que he vivido en el Congo con tanta tensión. A nadie le va
a extrañar mi viaje. ¿Qué te parece?».
Fabiola paró de leer y
cerró los ojos. Le decía que «era la persona que había estado buscando
siempre». Sintió que ella no podía seguir torturando a Balduino con su
indecisión. Lo que estaba claro era que deseaba volver a verlo, y le pareció
una buenísima idea la de poner fecha al regreso a Lourdes. Cogió papel y pluma
y le escribió la palabra que Balduino esperaba, «¡Adelante!». Le confesó que
deseaba volver a estar con él: «¡Somos dos almas gemelas en busca de
respuestas! Allí creo que las vamos a encontrar».
Fabiola le propuso
viajar el 6 de julio y poder estar de nuevo en el hotel de Argelès-Gazost para
acudir juntos a la gruta de Massabielle, que estaba al lado. El lugar que
tantas personas veneraban tras las apariciones de la Virgen a Bernadette
Soubirous.
En la siguiente carta,
Balduino le decía estar de acuerdo con la fecha, pero le comentó que no podrían
ir acompañados de Veronica.
«Nuestro ángel quiere
que volemos solos ya sin ella —le escribía—. Me ha recomendado, para que no
viajes sola, a su mejor amiga y colaboradora, Yvette. ¡Es de su máxima
confianza! Irá a España para que el viaje lo hagáis juntas. Yo acudiré con uno
de mis mejores amigos, el general Debeche, mi asistente personal; también deseo
que lo conozcas».
Fabiola contestó que le
parecía muy bien todo, pero le confesaba que, como siempre, su hermano mayor
sería su principal escollo. Nuevamente pidió ayuda a Mari Luz, la única de los
hermanos que conocía lo que estaba sucediendo. Nada más contárselo, se prestó
otra vez a hablar con su hermano en la primera comida familiar que tuvieran. Y
ese primer domingo en casa de sus padres, lo planteó. Se encontraban allí
Gonzalo y Mari Luz, con sus familias respectivas, Fabiola y el díscolo Jaime,
recién llegado de Torremolinos.
—Gonzalo, voy a viajar
a Lourdes y me gustaría que me acompañara Fabiola.
—¿Otra vez? No sé qué
milagro esperáis viajando tanto allí.
—Nos da paz y a mí me
reconforta.
—Yo quisiera ir también
—comentó doña Blanca, la madre.
Fabiola y Mari Luz se
miraron. Fue la hermana pequeña quien contestó.
—Mamá, en esta ocasión
no es conveniente que vengas. Vamos a asistir a muchos enfermos que están
completamente impedidos. No podremos estar contigo. Si quieres, regresamos en
breve las dos solo contigo.
—Está bien, pero no
olvidéis que quiero volver.
Gonzalo le dio permiso
a Fabiola, y Jaime, para dejar de hablar de milagros y asuntos que consideraba
de beatas, desvió la conversación hacia su experiencia en Málaga.
—Deberíais pensar
seriamente en invertir en los pueblos de alrededor de Málaga: Torremolinos,
Marbella… Se va a potenciar la zona entre las personas pudientes. El lugar me
ha maravillado y me ofrecen dinero y casa con tal de que me instale allí.
Quieren que la gente bien tenga junto al mar su segunda residencia y consideran
que yo puedo ser el faro de muchas familias que quieran invertir en esa zona
emergente. Sinceramente, que me ofrezcan ser un promotor de la Costa del Sol me
llena de orgullo. Para mi cumpleaños, el 18 de julio, por si lo habéis
olvidado, me van a dar una fiesta por todo lo alto. Me gustaría que vinierais
alguno.
—Para entonces
estaremos todos en Zarauz. Me resulta difícil pensar que la gente bien abandone
San Sebastián, Zarauz, Biarritz y Santander para irse al sur, a algo que
todavía es una incógnita. Me cuadra más que la gente que se compre un terreno
sean personas de dinero, pero de poca clase.
—Pues el príncipe de
Hohenlohe ha apostado por la zona y la alta sociedad europea está empezando a
invertir allí. Se dio cuenta de que no había hoteles para sus amigos ricos que
querían descubrir ese paraje y está apostando por hacer de la Costa del Sol un
lugar de referencia mundial.
—Alfonso creo que era
ahijado de Alfonso XIII —comentó doña Blanca.
—¿Ese no es el
aristócrata hispanoalemán que es un playboy? —comentó Gonzalo—. Ten mucho
cuidado, no vaya a ser un pájaro que te meta en alguno de los líos a los que
nos tienes acostumbrados.
—Yo os lo he contado.
Me parece una oportunidad de inversión. Lo dejo ahí. Una vidente amiga de
Manuela, nuestra chica de servicio, dice que vamos a vivir aquí una especie de
terremoto. Me pregunto si tendrá que ver con el golpe de suerte que podemos
tener.
Fabiola no estaba en la
conversación; su pensamiento se encontraba muy lejos de allí. Sus hermanos
seguían hablando sin parar.
—¿Terremoto? ¿Qué
quieres decir? —preguntó el marido de Mari Luz, José María Ruiz de Bucesta, al
que todos querían como un hermano más.
—¡Ojo, que hay videntes
que aciertan por completo! —comentó la madre, sin añadir más explicaciones.
—No sé qué le pasa a
nuestra hermanita, que no está en la conversación. ¿Os habéis fijado? —comentó
Jaime.
Mari Luz le dio a su
hermana un puntapié y Fabiola reaccionó.
—Estoy pensando en el
viaje a Lourdes y no he prestado atención. De todas formas, no me gustan los
negocios inmobiliarios. —Algo había escuchado—. Igual que salen bien, pueden
salir muy mal. No sé. Mis preocupaciones no van por hacerme millonaria.
—No, si tú vas para
monja. Eso lo sabemos todos —comentó Jimmy.
—¡No es cierto! Dejadla
en paz. Es la única de esta casa que solo piensa en ayudar a los demás —salió
en su defensa doña Blanca.
Fabiola sonrió a su
madre. Realmente esa conversación de sus hermanos no le había interesado nada.
No tenía demasiado tiempo para organizar su próximo viaje e intuía que iba a
ser trascendente en su vida.
Pasados unos días,
Fabiola se subió al tren después de conocer a Yvette en la misma estación. Se
la presentó el nuncio de Su Santidad, Ildebrando Antoniutti, que se acercó
hasta la estación del Norte para hacer de intermediario entre ambas. Así se lo
había pedido monseñor Suenens desde Bélgica. Les deseó mucha suerte y se fue de
allí antes de que arrancara el tren. La colaboradora de Veronica O’Brien era
tan sencilla como ella e iba vestida de forma muy austera; también pertenecía a
la Legión de María y al movimiento de regeneración de la fe. Veronica ahora se
dedicaba a viajar por todo el mundo con el mensaje evangelizador que le gustaba
transmitir. Por ese motivo no podía acompañarlas, ya que consideraba que había
sido llamada para otra misión.
Yvette y Fabiola
congeniaron rápido y fueron hablando de los jóvenes universitarios y su
relación con la religión. La colaboradora de O’Brien los conocía bien por su
trabajo en distintas universidades. No pronunciaron en ningún momento el nombre
de Balduino ni tampoco hablaron del plan que la monja irlandesa había puesto en
marcha meses atrás. Cuando llegaron a su destino en Argelès-Gazost, en los
Pirineos franceses, subieron cada una a su habitación del hotel para descansar.
Fabiola estuvo tumbada con los ojos cerrados cerca del teléfono, a la espera de
la llamada que se produjo a las siete de la tarde.
—Fabiola, estoy ya
aquí, ¿te parece que demos un paseo? Estoy deseando verte. ¡Tú y yo a solas!
Luego quedamos para cenar con nuestros acompañantes. ¿Te parece bien? —Se
trataba de Balduino.
—Sí. Bajo ahora mismo.
Se le aceleró el
corazón y se levantó rápidamente de la cama. Sin perder un solo segundo, se
puso la chaqueta y un pañuelo sobre el pelo y salió al encuentro de Balduino.
Antes llamó a la habitación de al lado, donde se alojaba Yvette.
—¡Ya está aquí! Vamos a
dar un paseo Luigi y yo. Después cenaremos con su acompañante y contigo —dijo
usando el nombre falso, por si alguien escuchaba.
Al bajar a la recepción
del pequeño hotel, no vio al rey. Supuso que la estaba esperando fuera. Esta
vez sintieron la necesidad de abrazarse. Habían pasado muchas cosas desde la
última vez que se encontraron. Se miraron a los ojos, sonrieron y Balduino le
dio un beso en la mejilla. Ambos se pusieron a caminar.
—Me alegra mucho verte.
No sabes cómo he echado de menos tus sabios consejos estando en el Congo.
—Lo he pasado mal
simplemente escuchando la radio, pero ya forma parte del pasado. Has hecho lo
que tenías que hacer, lo correcto.
—Bueno, aquí estamos. Y
deberíamos hablar de nosotros seriamente, ¿no crees? Yo estoy seguro de lo que
siento por ti. Nadie me puede aconsejar como lo haces tú, con esa sinceridad a
la que pocos se atreven.
—Nunca te voy a decir
lo que quieres oír, sino lo que pienso de verdad. Y me siento muy orgullosa del
rey que eres y lo que representas. Me doy cuenta de la soledad que tienes que
sentir y me hago cargo.
Hubo un silencio.
Fabiola le diría que sentía por él amor, pero no deseaba hacerle daño, porque,
de dar el paso, había que tomar antes otras decisiones, como abandonar a su
familia, y no sabía si estaba preparada.
—Te necesito a mi lado
y cada día más. Rezo cada noche para que me consideres la persona idónea para
casarme contigo. Sé que sin amor tu no vas a dar el paso.
—Gracias por estas
palabras tan bellas y por tu comprensión. El amor tiene que presidir cualquier
unión. Los dos creemos en el sacramento y sabemos lo que significa: entregarse
el uno al otro. Busco a una persona con la que compartir una vida. ¿Verdad que
me entiendes?
—Una vida es lo que yo
deseo también compartir. En este momento, estás hablando con un hombre, nada
más. Alguien que está seguro de haber encontrado la persona que buscaba. ¡Eres
tú y no puede ser nadie más que tú!
Fabiola paró de caminar
y se le saltaron las lágrimas. Balduino le dio el pañuelo que llevaba encima
con sus iniciales y la corona belga bordada en un lateral. Después de enjugarse
las lágrimas, reiniciaron el paseo.
—Tengo miedo de
sentirme muy sola en la corte, sin un objetivo claro en el que poner mi empeño.
—Mi madre encontró su
sitio haciendo obras de caridad y acercándose al pueblo llano. Tú eres muy
parecida, Fabiola. Tu corazón siempre está pensando en ayudar a los demás. Y
luego los críos. Sabes que la monarquía se basa en el legado. La llegada de un
hijo tranquilizaría a todos.
—Siempre he soñado con
ser madre y educar a mis hijos personalmente. Cuando todos pensaban que sería
monja, yo, en cambio, en mis sueños me veía rodeada de críos. Nada me haría más
feliz. ¿Estás seguro de que estaré a la altura de lo que todos esperan de mí?
—¡Por supuesto! Más que
seguro.
Fabiola y Balduino
caminaron durante unos segundos en silencio.
—Cuando estemos ante la
Virgen, ofreceremos este momento. Te doy las gracias, Balduino. Me gusta mucho
lo respetuoso que eres con mis indecisiones.
Se dieron cuenta de que
llevaban un largo rato andando y la lluvia, que había hecho acto de presencia,
comenzaba a calar. Regresaron todo lo rápido que pudieron al hotel, protegiendo
las cabezas con la ayuda del pañuelo de Fabiola. Subieron a la habitación a
cambiarse y ambos bajaron después con sus acompañantes. Hicieron las presentaciones
y se saludaron entre ellos. Eran conscientes de que estaban siendo partícipes
del gran secreto del rey. No hacía falta comentar que todo lo que allí hablaran
y dijeran sería confidencial.
Fabiola tuvo la
sensación de que ese encuentro en Lourdes sería diferente. Se sentía más unida
a Balduino que nunca. El rey se mostraba atento con ella en todo momento. Ya no
disimulaba. Algo había hecho un clic en su cabeza. Todo parecía distinto.
Tras la cena,
decidieron todos ir a la gruta. Lo necesitaban. Montaron en un Dauphine
amarillo pálido que había alquilado Balduino para recorrer los escasos trece
kilómetros que los separaban del santuario situado a orillas del Gave de Pau.
La gruta tenía casi cuatro metros de altura y diez metros de profundidad.
La visita a la cueva la
hicieron en absoluto silencio. Así iban los cientos de peregrinos esa noche. Se
sentía una fe que trascendía y que era compartida. Balduino y Fabiola, al
entrar, tocaron con las manos la pared mientras no dejaban de rezar. Acudieron
con una vela encendida, tal y como sabían que había hecho la joven Bernardette,
según ella misma contó, durante las primeras apariciones de la Virgen. Fue un
momento muy emotivo que prolongaron en el tiempo.
En el viaje de regreso
al hotel, Fabiola estaba más habladora que nunca y le preguntaba a Balduino sin
parar. Eran preguntas para conocerlo más a fondo, aunque muchas respuestas las
intuía. Este no le dijo a nadie que los frenos del coche, en aquella carretera
mojada, no parecía que funcionaran demasiado bien. Por ese motivo regresó al
hotel muy despacio, también por prolongar la velada con Fabiola.
Al llegar, le dijo a
una de las personas de su escolta que revisaran los frenos. Balduino miró a
Fabiola fijamente a los ojos. Fabiola retuvo la mirada.
Quedaron en repetir la
misma ruta al día siguiente. Ambos querían rezar y pedir una y otra vez por
ellos. Fabiola intuía que su decisión ya estaba tomada.
28
Algo importante iba
a ocurrir
Amaneció el día con el
cielo encapotado. La amenaza de lluvia en Argelès-Gazost no impedía disfrutar
del paisaje. Se encontraban a 460 metros de altitud y en el corazón de los
Grands Sites, entre Lourdes y Gavarnie. Un lugar gestionado por su gran valor
paisajístico y patrimonial.
Había muchos turistas,
pero también muchas personas enfermas que aprovechaban su visita a la gruta
para acudir a la estación termal, famosa por sus aguas clorosulfuradas
utilizadas para tratar todo tipo de afecciones. Sobre todo respiratorias.
Igualmente, en el hotel
se alojaban jóvenes senderistas que practicaban deportes de montaña. En medio
de tanta gente, los cuatro pasaban desapercibidos como unos turistas más. Esa
mañana desayunaron sin que nadie se percatara de quiénes eran. El hotel les
ofrecía una gran variedad de frutas, huevos preparados de diferente forma,
quesos y el demandado gâteau à la broche, un pastel con forma cónica y
espolvoreado con azúcar que tenía la apariencia de un árbol cubierto de nieve.
Fabiola quiso probarlo y le encantó. El general Debeche, mano derecha de
Balduino, lo fue cortando poco a poco de forma horizontal, dejando en cada
plato círculos dulces que parecían pequeñas coronas.
Posteriormente,
salieron a pasear por el pueblo, que adornaba sus calles con cascadas de flores
de diferentes colores que colgaban de las ventanas de las casitas y hacían de
aquel paraje algo único. Parecía literalmente salido de un cuento de hadas.
Sobre las once de la mañana, Fabiola y Balduino decidieron coger el viejo coche
amarillo para ir otra vez al santuario de la Virgen, donde asistieron a misa.
Después se dirigieron a solas por la explanada, a orillas del Gave de Pau,
cuyas aguas verdes corrían con más caudal que nunca. Fabiola no cesó de
preguntarle por todo.
—¿Estás convencido de
que soy yo la persona que estás buscando?
—No tengo la más mínima
duda. Realmente ¿qué te preocupa?
—No sé, que tu entorno
no me lo ponga fácil. Seré siempre la extranjera, como le ocurrió a mi madrina,
la reina Victoria Eugenia de Battenberg. Por más que se esforzó, fue siempre
una incomprendida, y te diré que siempre ha llevado a España en el corazón.
Nunca le perdonaron su origen y su acento inglés.
—Fabiola, tú ya te has
ganado a mi entorno. Por eso, no tienes que preocuparte. Vas a entrar en una
familia, no pienses en sus títulos. Somos una familia que nos llevamos bien
todos. Nada más…
Balduino se paró en
seco, se puso frente a ella y continuó hablando.
—Fabiola, yo te amo. De
eso estoy completamente seguro. Comprendo que no es fácil dar el paso, porque
sabes que tu vida anónima desaparecerá. Vas a estar expuesta a que hablen de
ti, pero no tengo ninguna duda de que serás igual de aceptada por el pueblo
como mi madre. Son otras circunstancias las que vivió la princesa de Réthy al
casarse con mi padre en secreto, sin que el pueblo hubiera digerido la pérdida
de mi madre. En Bélgica es cierto que no hay término medio, pero hay dos
cualidades que valoran muchísimo, y son la sencillez y la bondad. Tú tienes
ambas cosas. ¡No temas!
Fabiola lo abrazó y se
separó rápidamente en cuanto fue consciente de que estaban al aire libre y
podían verlos y reconocer a Balduino. Afortunadamente, los guardaespaldas no
detectaron a nadie que se percatara de que esa pareja de jóvenes era una pareja
singular. De modo que continuaron caminando y Fabiola siguió saciando su
curiosidad.
—¿Has pensado que
nuestra vida cambiará por completo?
—Sí, soy consciente
sobre todo del cambio en la tuya y del sacrificio que vas a hacer a nivel
familiar. Sé lo mucho que te cuesta separarte de los tuyos. A eso le he estado
dando vueltas y he pensado que, para que no los extrañes tanto, los veraneos
podrían ser en España.
—¿En serio?
—Muy en serio.
—¡Gracias Balduino!
Para mí es muy importante que pienses en las cosas que me harían feliz.
Los guardaespaldas
vieron a un grupo de personas que hablaban en francés y podrían reconocerlo y
se sumaron al paseo.
—Señor, deberíamos
irnos de aquí —dijo un guardaespaldas.
—¿Por qué no regresamos
a la gruta? —insinuó Fabiola—. Allí da la sensación de que estamos más
protegidos.
—¡Me parece una buena
idea!
Realizaron de nuevo
todo el ritual y ambos se postraron ante la Virgen de Lourdes. Rezaron con
fervor durante largo rato. Fabiola, además, solicitaba una señal, algo que la
ayudara a tomar una decisión sin vuelta atrás. Era plenamente consciente de la
trascendencia que tenía su sí y de cómo su vida se podría volver del revés tras
hacerse oficial.
Regresaron al hotel y
en compañía de sus amigos estuvieron departiendo hasta la madrugada. Fue como
si esa noche ninguno tuviera sueño ni ganas de ir a dormir. Al subir a su habitación,
Fabiola plasmó sus dudas y sus miedos en su diario hasta que poco a poco el
sueño le fue ganando la batalla.
El día siguiente
amaneció lluvioso desde primera hora de la mañana. El sonido del teléfono la
despertó. Era Balduino, que le sugería cambiar de hotel inmediatamente. Había
salido a andar solo y lo reconocieron varias personas, que lo saludaron con
afecto.
—Fabiola, mis
guardaespaldas nos han reservado habitación a los cuatro en otro hotel, más
cercano todavía al santuario. Si te parece bien, en media hora nos recogen las
maletas y volvemos los cuatro al Dauphine amarillo.
—¡De acuerdo!
Fabiola rápidamente
avisó a Yvette de este cambio de última hora. Media hora después, se
encontraban las dos esperando a Balduino y al general Debeche. Comentaron que
ambos eran personas muy discretas y educadas. Comprendían a la perfección que
se llevaran bien y que fueran amigos. En cuanto apareció el rey con su
acompañante en el coche alquilado, se subieron a él y se dirigieron a
Agos-Vidalos, otro de los bonitos pueblos enclavados en el mismo entorno
montañoso en el que ya se encontraban. Todavía más cerca de Lourdes, a ocho
kilómetros.
Fabiola, en cuanto se
quedó callada durante el trayecto, no dejó de pedir en su interior una señal.
Al llegar al destino, descargaron las maletas y se instalaron en el nuevo
hotel. Tomaron un tentempié y la joven aristócrata sintió la necesidad de
regresar al santuario de Lourdes.
—¿Me acompañas? —le
preguntó a Balduino.
—¡Por supuesto!
Ante la imagen de la
Virgen, no dejaron de rezar con fervor. Fabiola pedía una y otra vez una señal,
algo que le dijera: «¡Adelante!, no tengas miedo». Salieron de allí y volvieron
a caminar por la explanada que ya les era familiar. En un mágico instante, al
coger uno de los senderos, Balduino pidió a su escolta que los dejaran solos.
Se pusieron a caminar hasta que Fabiola le pidió parar y cerró los ojos; cuando
los abrió de nuevo, una bandada de pájaros inundó el cielo. Eran miles de aves
que no se sabía de dónde venían y hacia dónde iban. Todo el cielo se cubrió de
aves blancas, negras, pardas…
—¿Has visto eso,
Balduino?
—No había presenciado
algo igual en mi vida. ¡Impresionante!
Fabiola se preguntó si
esa sería la señal que tanto pedía una y otra vez. El cielo encapotado, tras
quedar libre de pájaros, comenzó a mostrar un intenso color azul. Poco a poco,
las nubes se fueron disipando e irrumpió un sol que lo iluminó todo de golpe.
El astro de fuego en estado puro se abría camino en aquel entorno tan único.
Fabiola volvió a permanecer unos minutos con los ojos cerrados, buscando el
calor del sol en la cara. Y cuando los volvió a abrir, se dirigió con
determinación a Balduino.
—Esta vez es un sí, y
ya no hay vuelta atrás.
—¿Cómo? —preguntó
incrédulo Balduino.
—Mi respuesta es que
sí. Un sí rotundo, Balduino.
Al rey se le llenaron
los ojos de lágrimas que no dejó brotar. Se acercó a ella y la besó en los
labios. Fue un beso esperado y sincero con el que ambos decidieron sellar ese
momento.
—¿Qué te ha hecho
cambiar? —le preguntó, eufórico.
—Todo ha sido obra de
la Virgen. Me he encomendado a ella y he creído ver una señal que me ha hecho
tomar una decisión irrevocable. Jamás me echo atrás en mis decisiones.
—Gracias, mi querida
Fabiola. Me has hecho el hombre más feliz del mundo. ¡Te amo! Te amo desde la
primera vez que te vi. Siempre supe que eras tú la persona que estaba buscando.
Se abrazaron y así,
solos los dos con el sol como testigo, se mantuvieron durante unos minutos, muy
emocionados. Unas flores en forma de espiga, al rozarlas, comenzaron a despegar
sus pequeñas hojitas, que dieron a aquel lugar un aspecto único. El aire las
movió y creó a su alrededor una especie de lluvia de bolitas de algodón que
hizo de aquel momento algo irrepetible.
—Y ahora ¿qué hacemos?
—preguntó Fabiola sin dejar de mirarlo a los ojos.
—Pues decírselo a todo
el mundo y compartir nuestra alegría.
Según regresaban tras
sus pasos, Balduino cogió las flores silvestres que veía hasta que llegaron
donde se encontraban los escoltas y se las entregó a modo de ramillete improvisado.
—¡Gracias, Balduino!
Creo que los dos damos este paso sabiendo lo que significa y lo que representa.
¡Para mí también eres la persona que he esperado durante tantos años! Había
algo en mi interior que me decía: «No tengas prisa», mientras mis hermanos y
mis amigas se casaban.
Al final del sendero,
no solo estaban los guardaespaldas, también se habían incorporado el general e
Yvette. Al verlos cogidos del brazo y con una sonrisa de oreja a oreja, ya
imaginaron qué había pasado.
—¡Ya somos novios!
—dijo eufórica Fabiola—. ¿Y si lo celebramos?
Se fueron todos al
hotel. Se había producido la mejor de las noticias. Comieron y brindaron con
champán por su futuro. Estando en plena sobremesa, un guardaespaldas se acercó
a Balduino y le habló al oído. Le cambió la cara.
—Me hubiera gustado
seguir celebrando la gran noticia de hoy, pero me reclaman en Bruselas. Las
cosas vuelven a enturbiarse en el Congo.
—Lo siento, Balduino.
—Le cogió la mano—. ¿Cuál es el paso siguiente?
—Comunícaselo a tu
familia y amistades. Pídeles discreción. Debe ser la Casa Real la que anuncie
el compromiso. Será en torno al 21 de julio. Los belgas se merecen una buena
noticia después de tantas otras preocupantes que nos llegan de África.
—Así será. —Sonrió
Fabiola.
Otro guardaespaldas bajó
a la recepción las maletas ya hechas de Balduino y el general.
—Siento irme así en
este momento. Me dice mi secretario que tenéis un tren de vuelta a España en
dos horas. No os preocupéis por nada. Uno de mis guardaespaldas se encargará de
llevaros hasta la estación. ¡Para mí ya eres de la familia, y como tal hay que
tratarte!
Fabiola sintió un
pellizco en el estómago. Se miraron a los ojos una última vez, Balduino le
cogió la mano y la besó sin apartar la mirada.
Fabiola deseaba
regresar a España y contar por fin lo que estaba viviendo, sin más secretos.
Pediría discreción a sus hermanos. No estaba del todo convencida de decírselo a
Jaime. Lo pensaría durante el viaje. Pasó todo el trayecto dejando sus
impresiones en el diario. Era un día para escribirlo todo al detalle. No
deseaba olvidar nada. Cuando quiso darse cuenta, estaban entrando en Madrid.
Se despidió de Yvette
con un gran abrazo y le agradeció que hubiera sido su compañía en un momento
tan importante e imposible de olvidar.
—Le comunicaré a Veronica
el desenlace. Siempre pensó que eras la persona adecuada para hacer el camino
de toda una vida junto al rey.
—Para mí será siempre
Balduino. Dale las gracias de mi parte. Ella fue quien me señaló con el dedo en
un primer momento. Nunca lo olvidaré —dijo Fabiola con sinceridad.
Se abrazaron de nuevo
al despedirse definitivamente y cada una se montó en un coche distinto. Fabiola
necesitaba meditar. Se fue directa a su casa, en la calle Bárbara de Braganza,
para descansar. Fue abrir la puerta y se encontró a su amiga Pilar Sástago
leyendo un libro en el salón. Esta levantó la mirada y, según la vio entrar por
la puerta, supo por sus ojos y su sonrisa que se había decidido a dar el paso.
—¡Le he dicho que sí a
Balduino!
Pilar se levantó y fue
a besarla.
—¡Dios mío! Te perderé
como amiga. Será muy difícil verte, y más aún hablar contigo.
—Yo espero que nada
cambie, Pilar. Todavía quedan unos días hasta que la noticia se haga pública,
pero tú tendrás abiertas siempre las puertas allí donde yo esté. Te aseguro que
nuestra amistad seguirá intacta.
—¡Vas a ser reina de
los belgas! Mi amiga, reina. ¡Me alegro mucho por ti! ¡Menudo notición! No
quiero ni pensar en la repercusión que va a tener.
—Yo tampoco quiero
pensar en eso, sino en cómo organizar mi vida para no dejar de tener contacto
con todos vosotros, con mi familia —reflexionó la joven, que, emocionada,
abrazó a su amiga.
Así la encontró Violeta
cuando salió de la cocina al oír voces en el salón.
—¡Señorita! ¿Todo va
bien?
—Sí, Violeta. Todo está
bien, aunque me veas llorando. Son lágrimas de emoción.
—¿Qué ha ocurrido?
—Me tendré que ir a
vivir a Bélgica.
—¿Y eso? El tal Luigi
tiene mucho que ver, ¿verdad?
—Sí, tiene mucho que
ver. —Se echó a reír.
—¿Se va usted a un
convento?
—¡No! Pero no podré
hacer lo que quiera, sino lo que deba.
—No la entiendo. —La
fiel Violeta estaba cada vez más confusa.
—De momento no puedo
decirte nada más, pero ¿te gustaría venirte conmigo? Estaría encantada de que
fueras mi mano derecha. Muy pronto lo entenderás todo.
—Yo con usted,
señorita, ¡hasta el fin del mundo!
Violeta se retiró y las
amigas se quedaron charlando sobre cómo se habían sucedido los acontecimientos
en los últimos días.
—De momento, mi entorno
deberá guardar silencio. Debe ser la Casa Real belga la que lo anuncie. El
problema será que mi familia sepa esperar y no decir nada a nadie —dijo
Fabiola, preocupada.
—Yo no se lo diría a
Jaime —le aconsejó Pilar—. Se le puede escapar en uno de esos viajes suyos a
Torremolinos o Marbella y sus largas y prolongadas noches.
—Tienes razón.
Precisamente este fin de semana estará fuera. Aprovecharé para contárselo a mi
madre y a los demás. Los convocaré para el domingo.
—A tu madre le va a dar
un vahído. Mejor que estén tus otros hermanos delante —bromeó su amiga.
En cuanto se levantó,
llamó a Mari Luz y le dio la noticia. Su hermana pequeña la felicitó y le dijo
que estaría el domingo en la casa familiar, en Zurbano, para ayudarla en todo
lo que pudiera. Fue ella la encargada de llamar uno a uno a los demás: a Neva,
María de las Nieves, la mayor; a Gonzalo, a quien tantos permisos había pedido
por el varón de más edad de la familia; a Ana María y a Alejandro, el pequeño.
Jaime estaría en la Costa del Sol, así que quedaba excusado de la reunión
familiar. Solo les dijo que quería darles una noticia. Todos pensaron que sería
el anuncio de un nuevo embarazo.
A la una de la tarde
del domingo ya se encontraban todos en el palacete. El servicio tuvo que sacar
a los perros y gatos y limpiar de nuevo el suelo y las tapicerías de los excrementos
de los animales. Durante dos días no habían dejado de echar la colonia del
desaparecido don Gonzalo. Doña Blanca protestó por que echaran a los animales,
pero fue oler la colonia de su marido y cambió de opinión.
Milagros y Manuela se
encargaron de organizar la casa. La cocinera preparó la comida para toda la
familia. Primero servirían a los niños un menú infantil y, después, los adultos
se quedarían a solas para departir entre ellos. Enrique, el mayordomo de toda
la vida, que había perdido mucha visión, se encargó con la joven Lucía de
entretenerlos durante las primeras horas de la tarde. En los postres, Mari Luz
se puso de pie e hizo tintinear su copa con un cuchillo para que le prestasen
atención. Todos esperaban que les diera la noticia del nacimiento de otro hijo
y guardaron silencio. Fabiola la miró y sonrió. Mari Luz se dirigió entonces a
su familia.
—Hermanos, cuñados…
—Giró la cabeza y habló directamente a su madre—: Mamá, tengo que darte una
noticia, pero de momento no puede salir de estas cuatro paredes. Tampoco
vosotros la podréis comentar, ni con vuestros hijos ni con vuestras amistades.
¡Prometedlo! —les pidió la pequeña de los Mora.
—Pero, hija, ¿a qué
viene tanto misterio? —preguntó doña Blanca, algo preocupada.
—Está bien, allá va.
—Suspiró profundamente—. ¡Fabiola se va a casar con el rey Balduino. ¡Va a
convertirse en la reina de Bélgica!
Milagros, que entraba a
servir más vino a los comensales, tuvo que sujetarse en el aparador del
comedor. Se hizo un silencio que nadie se atrevió a romper. Tenían que asimilar
la noticia.
—¡Creo que no he oído
bien! —alcanzó a decir la madre de Fabiola.
—Sí, querida mamá y
hermanos —afirmó al fin Fabiola—. Me siento inmensamente feliz y honrada. Nos
hemos prometido en este último viaje a Lourdes.
—Ahora entiendo tanto
viaje aquí y allá, hermana —comentó Gonzalo—. ¡Felicidades! Realmente honras a
nuestra familia con este enlace.
Se levantó y fue a
besarla. El resto de los hermanos y cuñados hicieron lo mismo. Fabiola al final
abrazó a su madre, que no dejaba de llorar.
—¿Reina? Eso significa
que te perderé como hija —le dijo entre lágrimas.
—Mamá, es ley de vida.
Todos nosotros nos hemos ido de casa. Y tu hija no ha podido escalar más alto
—comentó Gonzalo.
—No era mi pretensión.
De hecho he retrasado la decisión por pensar en ti, mamá. En todos vosotros.
Espero que me vayáis a ver. Balduino me ha dicho que vendremos todos los
veranos a España. ¡Seguiré en contacto con todos!
Milagros salió del
salón. Casi no podía respirar. Entró en la cocina y, en cuanto Manuela y Lucía
le vieron la cara, le preguntaron qué le pasaba.
—No lo vais a creer,
pero Fabiola va a ser la reina de Bélgica.
—¿Cómo? —comentó
Manuela, asombrada.
—¡Como lo oyes! Está
prometida con Balduino de Bélgica. ¡Será reina!
Manuela no pudo evitar
hacer un comentario en voz baja:
—Tenía razón María
Gracia cuando dijo que en esta casa se iba a producir una revolución y que veía
una corona. Ella lo supo antes que todos nosotros.
—¡Déjate de tonterías!
—le increpó Milagros—. Esto está sucediendo en esta casa y nosotros vamos a ser
partícipes de ese momento. ¿No os parece de cuento de hadas?
—¡Sííí! —dijo Lucía, la
más joven del servicio.
—Pero esto no puede
salir de aquí, ¿me oís? —insistió Milagros—. No vayamos a tener un problema. De
modo que silencio.
Sonó el timbre y el ama
de llaves acudió enseguida al comedor. Le pidieron champán para brindar.
Estaban todos eufóricos, incluida doña Blanca, aunque parecía que le costaba
asimilar la noticia.
—Tendremos que hacer
obras. Si va a venir por aquí el rey… —alcanzó a decir.
—Mamá, no te preocupes
por eso —dijo Fabiola.
—Tiene razón nuestra
madre —afirmó Gonzalo—. Desde hoy, los gatos y perros ya no pueden entrar en
casa.
—¿Mis animales fuera?
—preguntó preocupada la mujer.
—Sí, mamá. Esta casa
huele a meado de gato y a excremento de perro —le recriminó con firmeza su hijo
mayor—. Tú te has acostumbrado, pero prepárate. A partir de ahora, vas a
recibir muchas visitas, ya lo verás.
—¿Cuándo será oficial?
—preguntó Alejandro, el pequeño.
—Sobre el 21 de julio.
—Bueno, antes Balduino
tendrá que pedir la mano a mamá —comentó Gonzalo.
—No creo que pueda
venir —le disculpó Fabiola—. Está muy ocupado en este momento con lo que está
sucediendo en el Congo.
—Pues tendrá que
hacerlo por teléfono, hermana. Las formas son las formas —insistió Gonzalo—. No
se ha comprometido con una cualquiera. Se va a casar con un miembro importante
de los Mora y Aragón.
—Se lo diré —le aseguró
Fabiola con una sonrisa.
Alzaron las copas y
brindaron por la buena nueva. Aquello suponía un auténtico terremoto familiar,
y eran plenamente conscientes.
29
Margot y Fabiola,
juntas de nuevo
Margot recibió muchas
felicitaciones de lectores tras la publicación de la entrevista a Coco Chanel
en la revista Siluetas. Incluso la propia diseñadora francesa le dio la
enhorabuena. No era un personaje fácil de conseguir. Y pocas veces se había
sincerado tanto como lo hizo con ella. Tenía motivos para estar satisfecha de
su éxito periodístico. Sus amigas, la duquesa de Alba y la condesa de
Quintanilla, ensalzaron la entrevista entre sus amistades. Aline la invitó a
una cena benéfica organizada por ella en su casa de Madrid. Acudieron no solo
aristócratas, sino también rostros muy conocidos del mundo del cine
norteamericano y español. Margot asistió con la idea de marcharse rápido. Al
día siguiente llegaba a Madrid Harry Parker. Habían pasado más de dos meses
desde la última vez que viajaron a París simulando ser marido y mujer.
El pintor Ángel Torres
había ido retrasando la cita para el posado de Margot hasta el mes de julio. El
nerviosismo de la detective era difícil de gestionar. Sabía que Almudena lo
debía estar pasando muy mal, y no le debía faltar mucho para dar a luz.
En la cena funcionó el
protocolo que organizó Aline. La sentaron al lado del marido de Cayetana, Luis
Martínez de Irujo, con el que se llevaba muy bien. Y a su izquierda, Fabiola de
Mora y Aragón. Ambas volvían a coincidir después de conocerse en la cena en
casa de la duquesa de Alba. Margot la encontró un poco más sonriente que la
última vez. Fabiola atribuyó el cambio a la paz que sentía después de haber
estado en Lourdes.
—Nunca he estado allí
—le dijo Margot—. Sinceramente, cuando me libere de tanto trabajo, iré.
—Pensaba en Almudena Pimentel—. Si hay algo que necesito ahora mismo es paz.
—Es el lugar indicado,
te lo puedo asegurar. Allí he encontrado lo que estaba buscando —le confesó
casi para sí misma—. Una vuelve renovada de allí.
—Te veo muy distinta
desde la última vez que nos vimos —le dijo Margot, intrigada. Sabía que había
algo en ella que pugnaba por salir, pero, por algún motivo, no podía o no
quería contarlo.
—Veo que eres muy
observadora —apuntó Fabiola mientras daba un trago a su copa de vino.
Estuvo tentada de
contárselo todo. Aquella periodista le caía bien y le inspiraba confianza, pero
decidió ser prudente. Margot se dio cuenta e intentó otra estrategia. Era
curiosa por naturaleza y no se iba a rendir tan fácilmente.
—¿Sabes guardar un
secreto? —le susurró Margot en confidencia. El viejo truco de hacer una
confesión para obtener información mucho más valiosa—. Colaboro con la policía
en resolver algunos asuntos. De hecho, me estoy formando como detective.
—¿No eres periodista?
—preguntó Fabiola, asombrada.
—Sí, pero mi otra
vocación es la de resolver delitos. Aunque en la sombra, claro está. —Margot
seguía alargando la confidencia—. Se supone que no hay mujeres trabajando en la
policía. Mi familia no lo sabe, por eso lo combino con el periodismo. Es mi
tapadera.
—Tranquila, sé guardar
secretos, te lo aseguro —le dijo la futura reina de los belgas, e hizo un gesto
como dando a entender que su boca estaba sellada.
Las dos se echaron a
reír. Margot esperaba obtener una confesión a cambio, pero Fabiola permaneció
callada. Su táctica había fallado. Debía ser muy importante lo que ocultaba,
pensó Margot. Porque si de algo estaba segura, era de que su nueva amiga
ocultaba algo.
Fabiola cambió de tema
y pidió atención. La cena era en realidad una rifa benéfica para ayudar a los
niños de los hospicios. Los invitados llevaban varios números del sorteo. Tras
los postres, Luis Figueroa, el conde de Quintanilla, y Aline, su mujer,
comenzaron a sacar bolas numeradas de una bolsa que se correspondían con los
premios asignados: estolas de piel, cremas de París, cuadros y artículos de
bisutería y de belleza. A Fabiola le tocó un pintalabios de color rojo. Lo
recogió agradecida. Cuando llegó a la mesa, Margot la felicitó por su suerte.
—Yo no me pinto de este
color. Ten, te lo regalo —le dijo Fabiola, sonriente—. A ti te quedará mejor.
Margot lo abrió y le
gustó el rubor naranja del carmín.
—¡Me encanta! ¡Gracias!
Cuando acabó la rifa,
Margot y Fabiola se despidieron de sus anfitriones, los condes de Quintanilla,
así como de los duques de Alba, y salieron juntas.
Hipólito Vidal esperaba
a Fabiola cerca de la puerta principal.
—¿Quieres que te lleve
a algún sitio? —le dijo antes de meterse en el interior del vehículo con la
ventanilla bajada.
—Me dirijo a la Gran
Vía —le comentó Margot.
—Con mucho gusto te
dejamos allí. ¡Sube!
Margot se lo agradeció y
se montó a su lado.
Durante el trayecto,
conversaron sobre cómo se estaba transformando la capital y cómo los coches
empezaban a llenar las carreteras.
—A mí me encanta
conducir —le dijo Margot.
—Te confieso que a mí
también. Afortunadamente, muchas cosas están cambiando —añadió Fabiola.
—Cierto, pero más
lentamente que en otros países…
Se hizo un breve
silencio y Margot cambió de tema.
—¿Dónde veraneas? —Se
le ocurrió preguntar a la joven detective—. A lo mejor podemos coincidir.
—En Zarauz, que está en
Guipúzcoa, en el centro de la costa vasca. A quince kilómetros de San
Sebastián. Allí está nuestra casa familiar. Me encantará recibirte, si te
animas —le ofreció Fabiola con sinceridad.
—Lo conozco, es un
lugar precioso. Alguna vez he pasado por allí yendo a Francia por Hendaya. Te
tomo la palabra —bromeó Margot.
—No te perdonaré si
pasas por allí y no me llamas.
El vehículo se detuvo a
la altura del famoso local de Chicote, atestado de público, como siempre.
Margot bajó del coche. Su casa estaba justo enfrente.
—Gracias por traerme.
Espero devolverte el favor.
—Al revés, ha sido un
placer conocerte un poco más —aseguró Fabiola—. Ya tienes mi teléfono. Si en
alguna de tus «vidas» me necesitas, aquí estoy. Mi casa siempre permanecerá
abierta para ti.
—No dudes en llamarme
si necesitas algo de mí —le dijo Margot en voz baja.
—Te aseguro que lo
haré. Millones de gracias por tu amabilidad.
Se lanzaron sendas
sonrisas. Habían congeniado y saltaba a la vista que ambas harían por volver a
verse.
Margot subió las escaleras
de su casa corriendo. En cuanto atravesó el umbral, se encontró con sus
«guardianas». Sabía que les encantaba que les contase cómo eran sus actos
sociales, así que les describió con detalle cómo había transcurrido la cena en
casa de Aline Griffith. Incluso les enseñó el pintalabios que le había regalado
Fabiola.
Al día siguiente,
Parker llegó a España y se fue directamente a la comisaría para organizar,
junto con el comisario, el nuevo viaje a París. No podían dejar escapar la
oportunidad de dar con el paradero de Almudena Pimentel.
Durante los dos últimos
meses, Parker llamaba a Margot por teléfono siempre para hablar de Almudena.
Siguió con la táctica que le recomendó el tío de Margot, Julián Martín-Briz:
«Dale libertad y la tendrás siempre cerca». Sin embargo, sentía que su
estrategia de aparente desinterés tampoco estaba dando los frutos esperados.
Sus referencias a Platón y Schopenhauer tampoco habían despertado mayor
interés, salvo la sorpresa inicial. Margot estaba obsesionada con el trabajo. Así
que decidió que en su próximo encuentro en la habitación del hotel de París
sería él mismo. Ya no disimularía más. Le diría la verdad sobre sus
sentimientos hacia ella. Se había contenido en los viajes a París viéndola en
la misma cama, con la parte de arriba de su pijama e incluso con un albornoz y
una simple toalla. Parecía que aquella situación no le había dejado huella,
pero, en los dos últimos meses, se había torturado con su inacción. No lo
soportaba más.
Cuando Parker llegó a
la comisaría, disimuló como solo él sabía hacerlo delante de los demás. Margot
ya estaba allí y sonrió al verlo. Observó que el jefe de seguridad se había
cortado el pelo como si fuera un militar norteamericano de la base de Torrejón.
Unos meses antes ya se había afeitado la barba. Parecía que tenía una obsesión
con aparentar menos edad. En realidad, lo que deseaba era que Margot se fijara
en él. No había dejado el ejercicio, y sus músculos cada vez eran más
evidentes.
—¿No has cambiado mucho
tu aspecto? —le preguntó Margot, torciendo el gesto mientras entraban en el
despacho del comisario.
—Es posible, no soy muy
consciente de ello.
—Está usted más joven
cada día, querido Parker —exclamó el comisario como bienvenida.
Se sentaron los dos en
torno a la mesa de don Eugenio Benito Poveda y, sin dilación, comenzaron a
idear una estrategia para llevarse a Almudena de París.
—Hay que sacarla de
allí como sea —comenzó hablando el comisario—. He pensado en ponerles refuerzos
para que no vayan solos a París. Iremos dos inspectores de la brigada y yo
mismo.
El comisario no quería
prolongar más el momento de incertidumbre sobre el paradero de Almudena.
—Estaremos en otro país
y no nos permitirán actuar sin el conocimiento de las autoridades francesas
—comentó Margot.
—Tranquila, detective.
Lo llevaremos todo controlado —intentó serenarla el comisario.
Parker desplegó sobre
la mesa un croquis con la calle, el inmueble, el bar de enfrente de la sala de
exposiciones, el lugar donde podrían tener lugar las sesiones con el pintor y
la ubicación donde pensaban que podría estar Almudena retenida.
—De que nos movamos con
rapidez y astucia dependerá que salga bien toda la operación —continuó don
Eugenio.
—Margot posará para
Dubois o Torres, como quieran, durante un par de días —aclaró Harry—, y yo estaré
con ellos.
—Y nosotros les
cubriremos las espaldas en todo momento. Yo estaré en el bar de enfrente de la
galería. Gutiérrez y Morales se darán el relevo para el seguimiento del pintor
y su compinche hasta su casa. No podemos fallar —aclaró el comisario.
—¿Se alojarán en el
Lutetia como nosotros? —preguntó Margot.
—No, nos alojaremos en
la embajada española en París. El ministro de la Gobernación ha hablado con el
embajador. También ellos nos cubrirán con efectivos —comentó el comisario.
—¿No nos descubrirán?
Son demasiadas personas y ellos no son tontos. —Margot les expresó su temor.
El comisario se quedó
pensando. Miró a la joven, pero continuó con su relato.
—Tranquila, todo saldrá
bien. En cuanto consigan averiguar dónde vive Torres, los inspectores subirán
armados hasta su piso sin perder ni un minuto. La idea es reducirlos, a su
hermana y a él. Almudena será libre para hacer lo que quiera. Si desea venir
con nosotros, la meteremos en un coche de la embajada y la llevaremos hasta la
frontera con España.
—Exacto, no podemos
arriesgarnos a ir al aeropuerto —añadió Margot.
—Si se tuercen las
cosas, pondremos en marcha el plan B. En ese caso, sedaremos a Torres y a su
hermana y los ataremos de pies y de manos. Habrá que ganar tiempo para poder
llegar a la frontera. No debemos olvidar que estaremos cometiendo una
ilegalidad.
—¿Irán en dos coches?
—preguntó Margot con cara de preocupación.
—Sí, saldremos mañana
en dos coches. Ustedes viajarán en avión dos días después para llegar a tiempo
a su cita con el pintor. Es fundamental la rapidez. La policía francesa no
puede actuar porque acabaremos también detenidos.
—No irrumpirán en la
casa del pintor hasta tener la seguridad de que ese es el escondite, ¿no?
—preguntó Parker.
—El primero que llegue
al domicilio siguiéndolos sacará un pañuelo y se sonará la nariz en el portal.
Esa será la señal para poner el operativo en marcha.
Margot no habló más en
toda la tarde. Observaba y callaba. Cuando terminó la reunión, se fue a su
mesa. Le faltaba el aire.
—Gutiérrez, confío más
en ti que en Morales —le confesó a su compañero—. No podéis dar un paso en
falso. Si os descubren, los perderemos para siempre.
—Lo sabemos. Debemos
actuar en segundos, una operación rápida.
—Morales —comentó
Margot en voz alta—, espero que la antipatía que sientes hacia mí la dejes en
este despacho. Vamos todos con una única misión.
—Señorita Sanz Peters,
preocúpate más por ti y menos por nosotros. Aquí trabajamos todos en equipo.
Espero que no la vuelvas a fastidiar.
Justo cuando Parker
salía del despacho del comisario, escuchó el comentario.
—Inspector Morales, no
tiene ni idea de cómo se está jugando el tipo Margot con este caso. No le
consiento que le hable en ese tono —comentó Parker en voz alta.
—Gracias, pero no
necesito que salgas en mi defensa —le dijo ella, malhumorada—. ¡Buena suerte a
todos!
Recogió sus cosas y
salió de allí. Parker le echó una mirada amenazante a Morales y también se fue.
—¡Nos veremos en París!
Parker sabía que Margot
iría caminando hasta su casa y aceleró el paso hasta alcanzarla en la calle del
Carmen.
—¡No corras tanto!
¿Quieres que tomemos algo en algún restaurante de la zona? —le propuso.
—No, sube a casa si
quieres. Allí podremos hablar sin que nadie esté pendiente de lo que decimos o
dejamos de decir.
—Como quieras —aceptó
él.
—Y no vuelvas a salir
en mi defensa, por favor. Considérame un hombre más de la brigada.
—Me costará.
Margot no tenía ganas
de hablar y permaneció en silencio durante todo el trayecto hasta su casa.
Repasaba en su cabeza una y otra vez el plan del comisario. Mientras, Parker
hablaba sin parar, pero ella no le prestaba atención. Al llegar al número 27 de
la Gran Vía, abrió la puerta y subieron por las escaleras hasta el primer piso.
Tocó el timbre a la vez que abría la puerta con sus llaves para prevenir a sus
«guardianas».
—¡Vengo con Parker!
¡Tenemos mucho trabajo por delante! —anunció al entrar.
Camila y Sátur salieron
a saludarlo. La visita las alegró muchísimo. Creyeron ver un interés en Margot
al invitar a Parker de nuevo a su casa. Camila le preguntó en inglés por la
vida en la embajada, y en concreto por los tíos de Margot. Después siguió en
castellano para mostrarle al jefe de seguridad sus progresos.
—Nosotras queremos
cenar en cocina —anunció.
—No, Camila… —dijo
Margot—. No es necesario.
—Sí, señorita. Nosotras
dos nos vamos juntitas al calor de los fogones, que ustedes tendrán que charlar
de trabajo —comentó Sátur.
Las dos mujeres se
abrazaron tras abandonar el salón. Pensaban que Margot estaba dejando atrás sus
prejuicios hacia el amor. Al rato, Sátur les sirvió la comida y dejó que
hablaran sin parar.
—¡Tengo miedo, Harry!
No lo puedo evitar. Si algo se tuerce, será el final de este caso.
—No, confía en que todo
el plan saldrá bien. Nos lo merecemos; nos hemos dejado la piel en el caso,
sobre todo tú.
Harry le tocó la mano y
Margot se soltó con la excusa de servirle la sopa.
—Primero, habrá que
esperar a que vayan Dubois y Labarque a su casa. Y si no van hacia allí, habrá
que seguirlos hasta que el pintor regrese junto a Almudena. Tendrá que hacerlo
en algún momento. Harry, algo me dice que no va a ser todo tan fácil. ¡Ojalá me
equivoque!
Margot a continuación
sirvió el pescado en el plato de Parker. No parecía muy convencida con la
estrategia del comisario.
—Pero ¿qué es lo que no
te gusta del plan?
—Uno, que haya tanta
gente implicada en la liberación de Almudena. Y dos, que se puedan dar cuenta
de que los están siguiendo y desaparezcan. No los volveríamos a ver.
—La que se va a exponer
más eres tú, que tendrás que estar posando para Dubois sabiendo que la
operación está en marcha. Tendrás que disimular y estar igual de encantadora
que siempre.
—Prepara todo para ir
de nuevo a París. Volveremos a ser la señora y el señor Parker. ¡Lo vamos a
conseguir!
Camila y Sátur
escucharon como pudieron la conversación. De alguna manera intuyeron que no
sería nada fácil la experiencia que iban a vivir en la capital francesa.
Sintieron miedo por ella, pero no podían hacer nada para impedírselo. Sabían
que la única forma de acabar con su obsesión por este caso sería resolviéndolo.
—Camila, debe ir allí.
—Hasta no regresar…
¡Miedo! ¡Mucho miedo!
Las dos mujeres se
cogieron de las manos y, con gesto preocupado, desearon que todo aquello
terminase cuanto antes.
30
Llegó la hora del
rescate
En el vuelo hacia
París, Margot sacó de nuevo los anillos y le pidió a Parker que se pusiera el
más grande, el de su padre, en el dedo anular. El jefe de seguridad se lo metió
a presión.
—He debido engordar,
antes me entraba bien.
—Creo que te has
musculado demasiado. Si has hecho pesas, no solamente crecen los músculos de
los brazos, también los de las manos.
—Quizá me he pasado,
pero es mi único hobby. Si estuviera en España, sería distinto. Te echo de
menos, esa es la verdad, y el deporte me ayuda a sobrellevarlo.
Parker lo confesó, pero
miró hacia otro lado del avión sin esperar a ver la reacción de Margot. Esta,
sin embargo, no hizo acuse de recibo, pero tragó saliva y cerró los ojos.
—Me estoy mareando un
poco —fue lo único que añadió. No supo si el mareo se debía a no haber comido
nada o a la confesión de Parker.
Disimuló como pudo y no
quiso incidir en ese «te echo de menos» que acababa de pronunciar Parker.
Resultaba evidente que los dos se encontraban a gusto juntos, pero, cuando se
volvía acaramelado su compañero de fatigas, el instinto le pedía a Margot salir
huyendo de allí. Aguantó como si lo que acababa de escuchar no lo hubiera oído
nunca.
Aterrizó el avión sin
novedad y Parker le dio unos toquecitos en el brazo para despertarla. En
realidad, no iba dormida, pero mejor así para no complicar aún más el tema de
Almudena con otros asuntos que nada tenían que ver con lo que los había llevado
hasta allí.
Cada uno viajaba con su
maleta. A la salida del aeropuerto, cogieron el primer taxi que vieron para ir
de nuevo al hotel Lutetia. Desde el botones hasta el recepcionista celebraron
su regreso a París. Les dieron la misma habitación y todos se deshicieron en
atenciones recordando la generosidad de Parker con las propinas.
Una vez instalados,
antes de bajar a cenar, Parker llamó a la embajada española en Francia.
Enseguida le pasaron con el jefe de seguridad. Ambos acordaron que el operativo
comenzaría desde el momento en que los dos aparecieran por el local adjunto a
la sala de exposiciones.
—Todos estarán en sus
puestos, Parker. Aquí ya está el comisario con dos de sus inspectores de la
Brigada Criminal. Tranquilo, porque estaremos reforzando el operativo con tres
personas de la embajada —le dijo Juan Gómez Redondo.
—Por favor, mantened la
distancia. Un error puede echar por tierra el rescate de la joven —insistió
Parker.
—Somos conscientes de
ello. A las doce estaremos todos preparados.
Se fueron a cenar fuera
del radar del hotel. Decidieron ir a uno de los muchos cafés que había cerca de
la torre Eiffel. Como unos enamorados más, se fueron hasta el distrito 7, a la
avenida Anatole France. Bajaron de la mano del autobús por si coincidían en el
trayecto con alguno de los amigos de Torres. Con el emblema de Francia a su
espalda, Parker le hizo una sugerencia.
—Creo que deberíamos
besarnos como hacen todas las parejas aquí.
—¡Vaya! Has pensado en
todo.
Se acercó Parker hasta
ella y Margot se dejó besar.
—Después de este viaje,
volveremos a nuestros roles de siempre —dijo la joven.
—Todo sea por darle
realismo…
—Mejor que no digas
nada. ¡Déjalo!
El beso no disgustó a
Margot. Era evidente que sentía algo por Parker, pero se dijo a sí misma que el
amor, en ese momento de su vida, no tenía cabida. Después ella se puso a
caminar a buen ritmo hasta que se topó con uno de los cafés donde se servían
comidas y se sentó. Parker, que iba a su lado, la imitó y pidió al camarero,
nada más sentarse, un escalope con patatas fritas. Margot solicitó unos huevos
poché también con patatas, pero apenas los probó. Tenía el estómago cerrado.
—¿Saldrá bien, Parker?
—Vamos a poner toda
nuestra energía en que así sea. Desde luego, está claro que si no lo
conseguimos mañana, jamás volveremos a saber de ella.
—A Cerezo, Almudena le
dijo que sí con la cabeza. Está deseando volver a España.
Una vez que terminó
Parker de cenar, decidieron regresar andando hasta el hotel, a pesar de la
distancia. Harry estaba convencido de que era necesario hablar seriamente con
Margot esa misma noche. Sin embargo, cuando la vio salir del baño tan cansada y
con el pijama puesto, fue incapaz de decirle nada. Harry siguió a Margot en el
turno del baño, se dio una ducha y salió, como de costumbre, solo con el
pantalón del pijama.
Margot hizo como que no
miraba, pero contempló desde la cama y de reojo sus músculos y su abdomen definido.
Finalmente, se hizo la dormida. No hubo comentario al final del día, a Parker
le pareció que estaba rendida. Él, sin embargo, se quedó obsesionado pensando
en el beso que se habían dado con la torre Eiffel de fondo. No se podía quitar
la imagen de la cabeza, tampoco deseaba hacerlo.
Cuando Margot abrió los
ojos, al día siguiente, Parker ya estaba vestido, dando vueltas al plan y con
el desayuno encima de la mesa.
—Bienvenida al mundo,
Margot. He pedido temprano algo de desayunar para que no perdamos tiempo en
estas cosas y nos centremos en lo importante.
—Gracias. Tienes razón.
Margot se sirvió un té
y tomó algo de fruta. Se fue al baño con una tostada con mantequilla en la
mano. A los quince minutos, salió vestida y con el pelo mojado.
—¡Estoy lista!
—Tenemos tiempo para
que te seques el pelo mientras repasamos los pasos que vamos a dar.
Parker recordaba los
movimientos que tenían que realizar mientras Margot colocaba su vestido de
noche negro, con el que iba a posar, en un portatrajes de tela. Regresó al baño
y se secó el pelo lo mejor que pudo. Se pintó los labios y se dio máscara en
las pestañas.
—Posaré lo más natural
posible. ¿Te parece bien? —preguntó Margot.
—¡Estás guapísima!
Esperaron media hora
más y decidieron salir del hotel. Al recepcionista le pidieron un taxi y veinte
minutos después llegaban al Carré d’Artistes.
Margot comprobó que el
comisario estaba enfrente, aparentemente leyendo el periódico en una de las
mesitas exteriores. Miró a lo lejos y vio a Gutiérrez dando vueltas por los alrededores.
No fue capaz de localizar a Morales, pero sí le pareció que había más personas
por allí paseando, más de lo habitual. Su corazón comenzó a latir a más
velocidad. Parker solo le dijo:
—Ya no hay vuelta
atrás. ¡Vamos allá!
Entraron en el local colindante,
tal y como habían quedado con Antoine, el dueño de la sala donde se exponían
los cuadros. Tocaron el timbre del primer piso y abrió Labarque.
—¡Qué alegría volverlos
a ver!
—Sí, ya teníamos ganas
de que mi mujer posara para el cuadro. Estamos deseando tenerlo colgando en un
lugar preferente de nuestro salón.
—No tenga demasiada
prisa, todo lleva su tiempo —contestó el ayudante.
Apareció Torres por
allí y a Margot el estómago le dio un pinchazo. ¡Había ido finalmente!
—¡Bienvenidos! Cuando
quiera, puede posar.
—Si me permiten, me voy
a cambiar de ropa.
Margot entró en el
baño, que era antiguo. La suciedad mostraba su cara en las esquinas del pequeño
receptáculo. Intentó cambiarse sin apoyarse en ningún sitio. No tuvo más
remedio que dejar la ropa que se había quitado apoyada en el lavabo. Salió con
un vestido oscuro palabra de honor sin más adorno que unos pequeños pendientes
de oro.
Le habilitaron una
silla para que pudiera sentarse, pero antes sacó la pipa de su padre. La agarró
con la mano izquierda y la sostuvo con fuerza. Después se sentó.
—Siéntase usted cómoda.
Piense en algo bonito, su mirada parece de preocupación.
Margot tragó saliva.
—Oh, pues, no sé, estoy
feliz, aunque, sí, estoy preocupada por los posados. ¿Cuántas veces tendré que
venir?
—Por eso no se
preocupe. Serán dos días en los que analizaremos todos sus movimientos y luego
elegiremos la mejor postura para la composición. Pero usted muévase. Todavía no
tengo pensado cómo plantearé el cuadro.
Torres empezó a
realizar bocetos. Demostraba auténtica maestría. Finalmente, se acercó a
Labarque y le dijo que el lado bueno de Margot era el derecho y que la mejor
pose le parecía que podía ser la de ella mirando hacia un lado con una sonrisa
enigmática. Al cabo de un rato, Pierre Labarque le sugirió a Margot, como si
fuera idea suya, que se pusiera tal y como quería Torres.
Después de un par de
horas, decidieron parar para comer y continuar por la tarde. Margot sacó un
regalo para el bebé de Dubois.
—Muchas gracias. No
tenía por qué hacerlo —le dijo un poco confuso.
—Deseaba tener un
detalle con usted. Es un jersey de niño. ¿Cómo se encuentra su mujer?
—¿Por qué lo pregunta?
—contestó Torres, sin añadir nada más y con cara de pocos amigos.
—Porque debe estar a
punto, si no ha dado a luz ya.
Margot y Parker se
pusieron en alerta por si las cosas se torcían. Margot se tocó a la altura de
la pierna y comprobó que su pistola estaba sujeta con la liga.
—No, todavía no ha dado
a luz. Pero, efectivamente, está a punto. Se encuentra muy molesta y no excesivamente
bien de salud.
Harry Parker pensó que
debía estar muy débil. Con lo que no contaban ni Torres ni su compinche es que
antes sería liberada.
—Paramos para comer
—dijo Dubois—. En dos horas quedamos aquí de nuevo.
—Nos gustaría
invitarlos a comer… —comentó Parker.
—Muchas gracias, pero
precisamente quiero ir a ver a mi mujer —dijo el pintor.
Pensó Margot, mientras
volvía a cambiarse con su ropa de calle, que los inspectores estarían
prevenidos para seguirlos. Intentarían marcharse juntos para justamente
despedirse en el portal y que todos estuvieran advertidos.
Finalmente fue así.
Salieron todos y, al llegar a la altura de la sala Carré d’Artistes, se dijeron
adiós para que los ojos que estaban puestos en ellos se prepararan para ir
detrás de ellos.
—¡Hasta la tarde! —se
despidió Margot.
Se fueron al café de
enfrente y se sentaron a tomar un refresco cerca de don Eugenio Benito Poveda.
Margot tiró su bolso al suelo y, mientras el comisario hacía ademán de
recogérselo, le pudo pasar la información.
—Dice Torres que va a
comer con su mujer.
—Está el plan en
marcha. Váyanse al hotel y esperen nuestras noticias.
El comisario le dio su
bolso y le hizo un gesto de respeto.
—Merci beaucoup
—llegó a decir en alto Margot.
Hicieron caso a la
recomendación del comisario y se fueron al Lutetia. Durante una hora estuvieron
esperando noticias en la habitación. Margot sacó el tabaco y se puso a fumar en
la pipa de su tío. Daba vueltas por la habitación mientras lanzaba volutas aquí
y allá. No podía disimular la preocupación que tenía.
—Ya te digo que no van
a actuar los inspectores. Y no lo van a hacer porque deben cerciorarse de que
sea el lugar donde tiene retenida a Almudena. Esperarán a que regresen esta
noche de nuevo. La oscuridad es mejor para huir. No va a pasar nada ahora.
Estoy seguro.
—Si eso es así,
nosotros tenemos que prepararnos para volver al posado. Esta mañana se me salía
el corazón por la boca.
—Yo te lo notaba, pero
podría ser perfectamente por posar delante del pintor. Lo has hecho muy bien.
Sabemos que Almudena, al menos, no ha dado a luz.
Margot seguía dando
vueltas por la habitación del hotel.
—Desde que la liberen
hasta llegar a España por la ruta más corta, que es entrando por Hendaya, hay
918 kilómetros. Calculo que tardaremos en llegar a la frontera unas doce horas,
llevando una media de setenta y cinco kilómetros por hora. Habrá que repostar y
deberemos trasladar a Almudena de un coche a otro. Yo debería ir con ella en
todo momento.
Sonó el teléfono, se
trataba del comisario. Tanto Dubois como Labarque no habían salido de la sala
de exposiciones después de marcharse del estudio. Les habían mentido, como era
previsible. Parker le explicó su plan al detalle.
—Cuando salgamos del
estudio, nos iremos a la gasolinera de Orleans. Allí deberíamos reencontrarnos
todos, justo a las afueras de la ciudad. Allí la deberíamos cambiar de coche
para que viajaran Margot y ella juntas en el coche que nos dejará la embajada
con matrícula diplomática.
Se despidieron y
quedaron en seguir adelante con el plan. Era clave actuar rápido, en cuanto
supieran que Torres iba a su domicilio a dormir. Mientras tanto, fueron hasta
el café de nuevo, saludaron al dueño y se sentaron al lado del inspector
Gutiérrez, que leía un libro e intentaba disimular con un café humeante en la
mesa. Margot abrió en esta ocasión su monedero y dejó caer todo el dinero
suelto que llevaba. Todos los clientes del café se agacharon a recoger las
monedas. Gutiérrez aprovechó para hablar con Margot.
—No se han movido de la
sala de exposiciones. Aquí seguimos esperando.
—Lo sabemos, nos lo ha
dicho el comisario —le respondió en voz baja—. ¡Muchas gracias! —dijo en voz
alta—. No sé qué me ocurre hoy, lo tiro todo.
Parker agradeció a
todos los del café su ayuda y se sentó con Margot.
—Tenemos que volver al
posado. Mentalízate en dar conversación a Torres. Céntrate en él.
—De acuerdo.
Cruzaron de acera y
regresaron al estudio. Nada más tocar el timbre, les abrió la puerta Labarque.
No parecía estar por allí el pintor Ángel Torres.
—No ha llegado aún el
maestro, pero no tardará mucho.
—¿Le parece bien que mi
mujer se vaya cambiando? Por cierto, ¿cuándo me podré llevar el cuadro de la
exposición?
—No será posible hasta
que no acabe. Se lo enviaremos a la dirección que nos dio.
A los pocos segundos
apareció por allí Dubois. Se le veía con prisa.
—¿Comenzamos? —salió
Margot vestida de noche, con la pipa de su padre en la mano.
—Siéntese igual que
esta mañana —le dijo Dubois. La miraba guiñando los ojos e intentando buscar el
encuadre que más le gustaba para su pintura—. ¡Míreme a los ojos!
Margot intentaba
disimular mientras lo miraba. Sentía asco, repugnancia e indignación por el
hombre que iba a pintar su retrato.
—¿En qué está pensando?
¿No ha tenido un buen día? —le decía Dubois como si le hubiera leído el pensamiento.
Margot no supo
contestarle.
—No es eso, hemos
discutido. ¿Usted también lo nota?
—Sí, su mirada no es
igual que la de esta mañana.
Al verla tan poco
predispuesta a sostenerle la mirada, Dubois los citó para el día siguiente.
—¡Descanse! Por hoy hemos
terminado. Comenzaré a hacer una prueba esta noche sobre la posición que creo
que será mejor para el cuadro. Nos vemos de nuevo mañana.
—Muy bien. ¿Como hoy?
¿Sobre las doce? —preguntó Parker a Dubois, sabiendo que al día siguiente
ninguno podría acudir a la cita.
—Sí. A esa hora es
perfecto.
Labarque guardó los
bocetos dentro de una gran carpeta y los lápices negros en un estuche de
madera. Parker abordó a Dubois.
—¿Le importaría darme
uno de esos bocetos? El que más rabia le dé. Me parece un recuerdo muy bonito.
Torres cogió dos de los
muchos que había hecho y se los dio.
—Es usted muy amable.
Salieron todos juntos
igual que por la mañana y se despidieron a la altura del Carré d’Artistes.
—¿Quieren tomar un
café?
—No, muchas gracias
—dijo Dubois—. ¡Hasta mañana!
Dubois y Labarque se
fueron andando por la calle colindante. Vieron como Gutiérrez se levantaba
después de pagar la consumición. Mucho más lejos, observaron a Morales que
disimulaba vestido como si fuera un bohemio más del barrio. Don Eugenio no
tardó en llegar y se quedó en la puerta del café, sin entrar.
Parker se acercó a la
barra a pedir un café que se tomó allí mismo, mientras Margot hablaba con el
comisario.
—Vamos tras los pasos
de Morales y Gutiérrez.
—¡De acuerdo! No se
preocupen por mí. Regresaré mañana en avión. ¡Suerte! —les deseó el comisario.
31
Una huida
interminable
Labarque se despidió de
Dubois y este recorrió en solitario las calles del bohemio barrio de
Montmartre. Al llegar a la rue Norvins, se paró y encendió un cigarrillo. Miró
hacia todos los lados para cerciorarse de que nadie lo seguía. Morales pasó por
la acera de enfrente y se fue calle arriba sin mirar atrás. Gutiérrez, desde
una esquina, lo siguió con la mirada sin acercarse a él. Torres lanzó el
cigarrillo al suelo, lo pisó y se metió en el portal que estaba al lado de la
tienda de ultramarinos. Siempre había sido ese el domicilio, pensó Gutiérrez,
tal y como creía Margot desde que lo siguió la primera vez. Entró en un
soportal de la acera de enfrente por si volvía a salir. Pasó media hora y el
inspector Morales regresó con un maletín a la calle donde había visto por
última vez al pintor. El coche lo había aparcado en una de las calles
adyacentes. Al ver a Gutiérrez enfrente, supo que vigilaba la casa en la que
había visto a Torres por última vez. Dio media vuelta y caminó calle abajo.
Divisó de lejos a Parker junto Margot, caminando sin prisa. Se observaron y
Morales escribió en un papel algo apresuradamente. Al llegar a su altura, lo
dejó caer. Margot se agachó y lo cogió. Ponía tan solo un número, el 37.
Supieron que era el último lugar en el que habían visto a Torres. Fueron poco a
poco caminando hacia ese inmueble y observaron a Gutiérrez, que cruzaba en
dirección a la casa. No tenían tiempo para pensárselo, debían actuar a toda
velocidad.
Gutiérrez sacó un
pañuelo blanco y se sonó. Era la seña convenida. Después se giró hacia la
puerta y la abrió con facilidad con la ayuda de una pequeña ganzúa que usó
para desbloquear la cerradura. Se introdujo y esperó con la puerta abierta a
que entraran Parker y Margot. Miraron en los buzones y, en el segundo piso B,
encontraron un monsieur Dubois.
—¡Lo tenemos! —comentó
Margot en voz baja—. Ha puesto su nueva identidad.
En la puerta de la
calle, escucharon unos pequeños golpecitos y la abrieron. Era el inspector
Morales con el maletín, en el que llevaba cloroformo y calmantes para adormecer
a Torres y a su hermana, si es que también estaba allí. Le pidieron a Parker
que se quedara en la entrada de la casa, por si algo se torcía. Margot debía
subir con ellos para que Almudena confiara en ella, ya que se conocían de la
inauguración de la exposición de Torres.
Se puso Margot a tiro
de la mirilla de la casa y llamó al timbre… Gutiérrez y Morales se quedaron en
el lateral de la escalera. Dentro se oyó movimiento y al fin, la puerta se
abrió.
—¿Pero qué hace usted
aquí? —preguntó Torres.
No dio tiempo a más
porque salieron Gutiérrez y Morales y lo redujeron. Entraron en la casa y
Margot fue habitación por habitación con la pistola en la mano.
Torres se resistió,
pero le dieron un golpe en la cabeza con la culata de la pistola, lo
introdujeron en el interior de la casa, lo sedaron con cloroformo y dejó de
pelear con ellos. Pudieron atarle de pies y manos. Le pusieron una mordaza y le
taparon los ojos. El propio Morales le pinchó con una jeringuilla un
tranquilizante que lo dejaría dormido durante horas.
De una de las
habitaciones, salió al escuchar jaleo la hermana de Torres. Margot la encañonó
con su pistola.
—Señora, no se mueva.
No me obligue a disparar.
—¿Pero usted no es la
que quería una pintura de mi hermano? No me fiaba de usted. Se lo dije desde el
primer momento a mi hermano.
—¡Cállese! ¿Dónde está
Almudena?
Apareció el inspector
Gutiérrez y la encañonó también con la pistola.
—¡Hable de una puta
vez! —El inspector estaba nervioso. Sabía que la operación se podía torcer si
no iban con rapidez—. Tienes ahí otra habitación —dijo a Margot.
Intentó la detective
abrirla, pero estaba cerrada. Llevaba encima la hermana un juego de llaves
colgando del cinturón. Morales fue por detrás, mientras Gutiérrez seguía
encañonándola, y le puso en la nariz un pañuelo impregnado de cloroformo
líquido. A los pocos segundos estaba dormida, como su hermano. Le puso también
una inyección que la dejaría durmiendo durante horas. Margot le quitó el
llavero y probó con la llave más larga. La puerta que permanecía cerrada se
abrió.
Almudena estaba tumbada
a oscuras en una cama.
—¿Quiénes son ustedes?
—preguntó guiñando los ojos.
—Me conoces, estuve
contigo en la inauguración de la exposición de Torres. ¿Te acuerdas que me
desmayé? Era todo mentira para contactar contigo. Somos unos españoles que
hemos venido a liberarte. Tu madre estará feliz de verte. Sabemos que querías
dar por terminada esta situación. Se lo dijiste con la cabeza a nuestro amigo,
que se jugó la vida por ti.
Margot con delicadeza
la ayudó a ponerse de pie y a andar a pequeños pasos para salir de la
habitación. Almudena miró a su carcelera y se quedó sin verbalizar ni una sola
palabra.
—Está dormida y así
continuará durante unas horas —comentó Morales—. No tenemos mucho tiempo para
escapar.
Almudena pidió entrar
en el baño, donde se aseó y se vistió con ropa limpia con la ayuda de Margot.
Salió de allí con ganas de no volver a ver nunca a Ángel Torres ni a su
hermana.
—¡Vámonos! ¡Por favor!
—le pidió a Margot con miedo de que se despertaran.
—Ambos tienen
tranquilizantes para tumbar a un elefante. No tema —le volvió a hablar Morales.
Almudena tenía los ojos
rojos y no se podía mover con agilidad por su avanzado estado de gestación.
Parker, al verla bajar
por las escaleras, le sonrió.
—¡No se preocupe por
nada! La llevaremos a España aunque en ello vaya nuestra vida.
Ella le devolvió la
sonrisa y tan solo sacó fuerzas para un escueto «gracias».
Morales se fue
corriendo del portal mientras Gutiérrez se quedaba limpiando todo el piso de
huellas. Se aseguró de que los dos hermanos estuvieran inconscientes y
maniatados con fuerza. Finalmente, cerró la puerta y bajó con todos. A los
pocos minutos, tocaba la puerta Morales. El coche lo tenía justo en la entrada
para la huida.
Otro coche de la
embajada española en Francia los esperaba tras el vehículo de Morales. Margot y
Almudena se metieron, con la ayuda de Parker, en el que ponía cuerpo
diplomático, y Morales y Gutiérrez en el que habían alquilado. Se dirigirían
primero a Orleans, donde repostarían y volverían a cambiar un coche de
matrícula diplomática por otro.
Margot viajó con
Almudena en la parte de atrás. La joven embarazada no dejaba de llorar. Atrás
dejaba primero sus ilusiones y después sus miedos. Margot tampoco pudo refrenar
sus lágrimas. Parecía que muchos años de frustración iban a llegar hoy a su
fin. Todos sabían que no estarían seguros hasta abandonar Francia. Lo que
habían hecho era una ilegalidad, no tenían jurisdicción ni permiso.
Almudena, abrazada a
Margot, cerró los ojos. Por primera vez en mucho tiempo se sentía segura. Se
quedó dormida. La joven detective se preguntaba cuántas noches y días de
insomnio habría sufrido encerrada en el piso. Lo que se inició como una
historia pasional se había transformado en una pesadilla. El amor hacía tiempo
había dejado paso al miedo. Ya no salía de casa sola, siempre estaba vigilada y
encerrada bajo llave hasta que no regresaba el pintor.
Llegaron a Orleans, la
bonita ciudad a orillas del río Loira. Allí los esperaba otro coche de la
embajada con comida y bebida. Gutiérrez y Morales continuaron con el mismo
coche alquilado. Repostaron y reemprendieron la marcha, seguidos del nuevo
coche con matrícula diplomática donde iban Margot y Parker. Entre todos fijaron
el siguiente objetivo.
—No volveremos a parar
hasta Burdeos. Dependemos de lo que tarden en echarlos de menos y sus
compinches descubran lo que les ha pasado. Espero que para entonces hayamos
cruzado la frontera. Imagino que dirán que la hemos secuestrado.
El conductor nuevo del
segundo coche del cuerpo diplomático entregó a Almudena un pasaporte con sus
datos y su identificación. Podría salir del país legalmente. Esta solo alcanzó
a decir otro «gracias» prácticamente inaudible.
Atravesaron Tours,
situada en la región del Centro-Valle del Loira, y Poitiers, la hermosa ciudad
de la zona occidental de Francia, hasta llegar a la ciudad portuaria a orillas
del río Garona, Burdeos, en el sudoeste del país. Habían transcurrido cinco
horas. Eran ya las cuatro de la mañana. Mientras repostaban, Margot acudió al
teléfono de fichas que había en el establecimiento y llamó al hotel María
Cristina, en San Sebastián. Por fortuna, era uno de los teléfonos que tenía en
su pequeña agenda. Reservó una habitación a nombre de Harry Parker y Almudena
Pimentel.
—Les pido que, si
alguien llama preguntando por nosotros —se hizo pasar por Almudena—, digan que
sí estamos alojados allí. Es que continuamos de viaje, pero pueden intranquilizarse
nuestras familias. Si me hacen el favor, digan que ya hemos llegado.
—No se preocupe y buen
viaje —contestaron desde la recepción.
Todavía faltaban casi
tres horas hasta llegar a Bayona, y de allí a Hendaya. Margot no les contó nada
de su plan. Era evidente que tenían que separarse al llegar a la frontera. Cada
vez que se cruzaban con un coche de la policía se les cortaba la respiración.
Almudena abrió los ojos y preguntó a Margot:
—¿Falta mucho?
—Tranquila, estamos ya
muy cerca de la frontera.
—¿Cómo está mi familia?
—Muy desesperados y
preocupados. Desconocen que estamos desarrollando esta operación. No queríamos
crearles falsas expectativas. Han acudido hasta a videntes de todo tipo para
saber de ti. Te puedes imaginar que están deseando verte, Almudena. Y nosotros,
con ganas de que tu pesadilla acabe.
Parker, que iba en el
asiento del copiloto, se metió en la conversación.
—Almudena, te puedo
asegurar que Margot te ha entregado cinco años de su vida por entero. Su
obsesión primero fue localizarte y después liberarte.
—Fue importante que
fueras a Balenciaga. Ahí supimos que estabas de alguna manera pidiendo ayuda
—comentó Margot.
—Hasta que no vi a
aquel señor, que tanto se expuso por mí en la galería, no supe que me estabais
buscando. Llegué a pensar que encargar un traje a Balenciaga y no acudir a por
él era un grito tan sutil que podría haber pasado desapercibido.
—Ese señor del que
hablas, el que contactó contigo, es un gran detective. Se llama Vicente Cerezo
y estuvo a punto de perder la vida. Lo acuchillaron después de acercarse a ti y
estuvo a punto de desangrarse.
—Muchas personas os
habéis sacrificado por mí —dijo sonriente y con muy pocas fuerzas.
Se tocó el vientre y
les dijo que el niño estaba intranquilo.
—¿Cuándo sales de
cuentas? —preguntó Margot.
—No lo sé. —Se notaba
que estaba desorientada—. No he ido al médico. Creo que Ángel tenía previsto
que diera a luz en la habitación donde me habéis encontrado. Si no me llegáis a
liberar, ¿qué hubiera sido de mí y del bebé?
—Tranquila, ahora estás
en buenas manos. Debes descansar. Nuestro objetivo no es otro que cruzar a
España. ¡Vuelve a dormir! Te avisaré cuando tengamos que atravesar la frontera.
A las siete de la
mañana, llegaban a Bayona. Todavía no clareaba el día, pero sabían que al
amanecer podrían pasar menos desapercibidos que en la oscuridad de la noche.
Quedaban treinta y cuatro minutos para llegar a la frontera, a Hendaya. Había
que pisar el acelerador. Parker miró hacia atrás y vio los expresivos ojos de
Margot, que le indicaban que había todavía una posibilidad de que todo saliera
mal.
La forma más rápida de
ir de Hendaya a Irún era cruzando el puente internacional de Santiago. Sin
embargo, al llegar, les pareció que había más presencia policial de lo
habitual. ¿Se habría despertado Ángel Torres y habría podido quitarse la
mordaza y pedir ayuda a gritos? Si eso había sucedido así, ahora mismo estaban
siendo buscados en calidad de secuestradores. El coche de la embajada hizo
señales con las luces a los inspectores y pararon en un tramo de la carretera.
—Señores, creo que,
sintiéndolo mucho, nuestro viaje en coche termina aquí —informó Parker—. Hay
una ruta peatonal que bordea el río Bidasoa que podríamos tomar. Son dos
kilómetros y medio.
—¿En el estado en el
que se encuentra Almudena? —dijo Gutiérrez.
—Sí, tiene razón
Parker. Todo menos ser descubiertos y detenidos y que la pesadilla de Almudena
comience de nuevo. ¡Andar es la mejor opción!
—¿Os habéis vuelto
locos? —exclamó Morales.
—Sí, completamente
locos —aseveró Margot.
—Está bien, nosotros
cruzaremos por carretera. ¿Dónde quedamos? —preguntó Gutiérrez.
Margot estuvo pensando
durante unos segundos. Se acordó de Fabiola y de sus veraneos en Zarauz, en la
casa familiar. Estaba bastante cerca de San Sebastián y, por lo tanto, de la
frontera.
—¡En Zarauz! En la
villa de los Mora y Aragón. Allí nos esperáis.
—Está bien —dijo
Morales con cara de pocos amigos.
La joven detective
estaba convencida de que era la mejor opción y siguió hablando a sus compañeros
de comisaría.
—Dadnos tiempo para que
crucemos a España y desde un teléfono pueda llamar a Fabiola y nos deje
descansar allí. No creo que haya ningún problema —comentó Margot.
—¿Estáis seguros de no
querer hacerlo en coche? ¿Teméis que hayan despertado? —preguntó Gutiérrez.
—Exacto, no lo sabemos
con certeza. Por lo tanto, vamos a pie —insistió la joven detective.
—¡Vámonos! —dijo
Morales en el mismo tono imperativo de antes.
Parker y Margot bajaron
del coche y ayudaron a salir a Almudena Pimentel. Durante unos segundos, la
joven no pudo moverse, llevaba demasiadas horas sentada. Tuvo que apoyarse en
el automóvil hasta que logró ponerse recta sujetándose el vientre.
—Me da la sensación de
que, con todo este ajetreo, quiere salir. —Se refería al bebé, que no paraba de
moverse en el interior de su vientre.
—¡Tranquila! Dos
kilómetros no es nada. Vamos a caminar a tu ritmo —le dijo Parker.
Margot se quitó la
alianza que perteneció a su madre y se la puso en el dedo anular a Almudena.
—Podéis perfectamente
ser una pareja que habéis cruzado la frontera para caminar. Intenta andar lo
mejor que puedas y no decir nada del embarazo. Si buscan a alguien es a una
mujer embarazada a término. Estáis alojados en el hotel María Cristina de San
Sebastián. Os hice la reserva esta madrugada. Si llaman desde la frontera al
hotel, dirán que estáis alojados.
—¡Caray, Margot! Has
pensado en todo —comentó Parker.
—Tengo claro que yo no
puedo estar cerca de vosotros.
Margot peinó a Almudena
y le hizo una coleta. También le pellizcó las mejillas para que luciera mejor
color.
—Tendrás que aparentar
que tienes menos meses de embarazo, si te preguntan. Cinco a todos los efectos.
Y debes sacar fuerzas y andar con la energía de una chica joven por si están
buscando a una embarazada a término.
Almudena se sentó en unas
piedras del camino e intentó sacar fuerzas de donde no las tenía. Margot estaba
convencida de que no debía ir con ellos.
—Cruzáis sin mí,
¿entendéis? Si buscan a alguien es a mí y a los dos inspectores. Harry, a ti
los hermanos Torres no te han visto en esta operación. En un primer momento
solo nos describirán a los tres.
—¡Es cierto! Lo haremos
así. Lo importante es cruzar la frontera.
Se pusieron a caminar.
Harry prácticamente llevaba a Almudena en volandas. Tuvieron que parar varias
veces. Tanto Harry como Margot se deshicieron de sus armas y las ocultaron en
unos matorrales. Continuaron andando hasta divisar el puesto fronterizo. Margot
se quedó rezagada, siguiéndolos con la mirada.
Desde la distancia,
comprobó cómo Almudena siguió al pie de la letra lo que ella le había dicho.
Los dos tuvieron que echar mano del plan de Margot y dijeron que estaban
alojados en el hotel María Cristina. Afortunadamente, debieron confirmarlo
desde el hotel, tal y como les había pedido, porque al poco rato pasaron caminando
con agilidad al lado español.
—¡Estás a salvo! —dijo
Margot en voz alta.
Respiró hondo y se puso
a caminar con su gran bolso, en el que llevaba de todo, hasta un recorte de su
entrevista a Coco Chanel. Desde el otro lado de la frontera, la observaban ya
de lejos Almudena y Parker. Fue muy sonriente hasta el puesto fronterizo.
Enseñó su pasaporte y les dijo que era periodista y que estaba haciendo una
ruta turística para luego contarlo en la revista Siluetas. Les sacó el
recorte con la entrevista a la gran diseñadora francesa.
—¡Pónganos bien,
señorita! Esta zona es probablemente la más bonita que haya visto usted nunca.
—¡Una preciosidad! ¡Es
cierto!
El policía la dejó
pasar. Justamente sonó un teléfono cuando ya ella se iba. Después de unos
momentos conversando al aparato, el funcionario la llamó para pedirle que se
detuviese.
—¡Un momento, señorita!
¡Regrese!
Margot no se dio la
vuelta hasta que ya estuvo en territorio español. Miró hacia atrás y vio al
funcionario desesperado, e intuyó que a otro lado de la frontera habían sido
detenidos Gutiérrez y Morales. Se encogió de hombros y siguió como si nada… En
la primera cafetería que se encontraron, los tres desayunaron juntos; Almudena
llamó al comisario desde el teléfono público que había allí.
—Almudena, Parker y yo
nos encontramos a salvo en territorio español.
—¡Bravo! Han rescatado
ustedes a Almudena, ese sí que es un éxito policial. Espere un momento…
El comisario dejó de
hablar con ella y segundos después continuó la conversación.
—Margot, me acaban de
llamar de la embajada española en Francia. Gutiérrez y Morales están retenidos
en la frontera. Ellos han llamado a Juan Gómez Redondo para informarle y que
pueda mover sus hilos. Cree el jefe de seguridad, por lo que le han contado,
que el somnífero que le pusieron a Dubois y a su hermana no era tan potente
como creían. Llamaré de inmediato al ministro por si puede parar este conflicto
diplomático.
—¿Van a dar la noticia?
—¡Sí!, ahora mismo. Se
trata de una de las noticias más esperadas por todos.
—Entonces, para que
Almudena esté tranquila unas horas, iré a la casa de una amiga en Zarauz. Si
vamos a un hospital o a un hotel, tarde o temprano habrá prensa, y si
continuamos el viaje, será una paliza innecesaria para ella.
—Está bien, póngase en
contacto de nuevo para saber dónde se alojan. ¡Avíseme de todos sus pasos!
Margot, desde ese mismo
teléfono público, llamó a Fabiola. Por suerte había pasado su teléfono al
listín del que no se desprendía. A esas horas de la mañana, Fabiola estaba
todavía en casa.
—¿Ocurre algo, Margot?
—le dijo la joven aristócrata, preocupada por su llamada tan temprana.
—Fabiola, necesito
acudir a tu casa de Zarauz.
—¿Estás ahora allí?
¿Qué te ocurre?
—No, tardaré máximo una
hora en llegar. Voy con una embarazada que se siente muy mal y que puede
ponerse de parto si no descansa. Es una historia muy larga y necesito la máxima
discreción.
—Ve para allá y quédate
el tiempo que estimes necesario. Allí están los guardeses y ahora mismo les
informo de que te diriges hacia allí.
—Voy con ella y con el
jefe de seguridad de la embajada de España en el Reino Unido.
—Está bien. Me encanta
que te hayas acordado de que te puedo ayudar.
—¡La casualidad de que
habláramos de tu casa en nuestro último encuentro! No sabes lo importante que
nos resulta tu ayuda.
—No creo en las
casualidades, Margot. Sabes que opino que alguien mueve los hilos de nuestra
vida sin que nosotros entendamos nada. La fe lo explica todo.
Margot sonrió al colgar
el teléfono. Fabiola era de las personas más dispuestas a ayudar que había
conocido. Quizá, pensó, algún día pueda devolverle el favor…
32
La petición de mano
Fabiola se enteró por
la prensa de que Almudena Pimentel, desaparecida hacía cinco años, había sido
localizada y trasladada a España. Había cruzado la frontera por su propio pie
huyendo del pintor Ángel Torres. Lo que comenzó para ella siendo una historia
de amor se había transformado en un auténtico calvario. Gracias a la policía
española, se encontraba a buen recaudo y descansando a pocos kilómetros de San
Sebastián. En unos días, la trasladarían a Madrid para que se reencontrara con
su familia.
Fabiola ató cabos. La
ayuda que le pidió Margot para alojar a una joven embarazada y al jefe de
seguridad de la embajada española en el Reino Unido seguro que tenía algo que
ver con esa noticia. Parecía mucha casualidad.
En el periódico ABC
se insinuaba que la policía española había intervenido en su liberación. Se
trataba de una «operación muy sofisticada» en la que habían participado varios
inspectores de la Brigada Criminal. No especificaban mucho más. Conocía, por la
propia Margot, que ella colaboraba con la brigada como una inspectora más. Se
lo contó en la cena que organizó Aline Griffith.
Decidió llamar a su
casa, Villa Eakubi, en Zarauz. Su guardés respondió al teléfono, y le pidió que
le pusiera con la señorita Sanz Peters. Al poco rato contestó Margot.
—¿Fabiola? Aquí
seguimos intentando que la joven embarazada, que hemos alojado aquí, se
recupere.
—¿Se trata de Almudena
Pimentel?
Se quedó en silencio
durante un segundo y finalmente contestó.
—No podía decirte nada.
Ha sido una operación secreta y muy delicada. Te pido disculpas —se justificó
Margot.
—No tienes que
disculparte. He leído la noticia en el periódico. Me he imaginado que era ella
cuando han dicho que se encontraba recuperándose a pocos kilómetros de San
Sebastián. Me he acordado de que tú misma me dijiste que colaboras con la
Brigada Criminal.
—Pues estamos alejados
de todo y de todos. Almudena ha podido hablar con sus padres y con sus hermanos
—le contó Margot—. Han sido emociones muy fuertes. Además, le faltan pocos días
para dar a luz. Me gustaría que se recuperara de lo duro que ha debido ser para
ella estar encerrada en la casa sin unas mínimas condiciones para llevar a
término un embarazo. En solo dos días parece otra. Te estoy muy agradecida,
Fabiola. Aquí nadie nos busca.
—Me alegro mucho de
haber sido útil.
—¡Mucho! Aún hay cierto
lío diplomático con Francia por este tema.
—Quedaos en casa el
tiempo que necesitéis. No quiero pensar en lo mucho que ha tenido que sufrir
esa joven.
—Muchas gracias,
Fabiola —le dijo con sinceridad—. Sí, ha tenido que ser muy duro. Nuestra idea
es salir mañana con destino a Madrid. Te mantendré informada.
Fabiola colgó el
teléfono y pensó que cuántas segundas partes de una noticia no trascendían al
público. Se fue a su cuarto y trasladó a su diario todo lo que estaba
ocurriendo. Igualmente pensando en Bodo, como llamaba a Balduino, decía que
estaba preparada para casarse porque había conocido al amor de su vida. «Asumo
el designio de la Providencia con ilusión y enorme felicidad», dejó por
escrito.
Regresó al teléfono y
no pudo resistir la tentación de volver a escuchar la voz de Balduino. Tenía
una línea directa que solo utilizaba la familia. Respondió él mismo.
—¿Balduino? Soy
Fabiola. Solo te llamo para desearte un buen día y decirte que te quiero.
—¡Fabiola! Nada me
puede hacer más feliz. Precisamente pensaba en nuestra última conversación —le
dijo, emocionado—. ¿Qué te parece si llamo a tu madre este fin de semana para
pedir tu mano?
—No hace falta que
hagas caso a mi hermano Gonzalo. Yo te comenté lo que había dicho, pero…
—Estoy de acuerdo con
él en que hay que hacer las cosas bien. No puedo viajar a Madrid, que en
realidad es lo que me gustaría, pero afortunadamente el teléfono nos une en la
distancia. Llamaré a las doce del sábado. ¿Es buena hora?
—Por supuesto, cuando
te venga bien. Avisaré a mi madre. Yo estaré con ella.
Colgaron el teléfono
después de expresar lo mucho que deseaban volver a verse y Fabiola se fue a la
casa familiar, en Zurbano, para comunicárselo a su madre. Observó que los
perros y los gatos ya no estaban en el salón. Su hermano Gonzalo había llamado
a la perrera para que se llevaran a los canes y a una viuda aristócrata, que
tenía la casa con tantos gatos como su madre, para que los cuidara. De hecho,
le dijo que no notaría la presencia de doce más.
Milagros, Manuela y
Lucía cada día se esmeraban en limpiar los restos que habían dejado los
animales en las tapicerías y daban cera a todas horas en el suelo para que
estuviera más reluciente que nunca.
Fabiola encontró a su
madre rezando el rosario en la salita de estar contigua a su habitación. Se
unió a ella y, cuando terminaron sus plegarias, le anunció que su prometido la
llamaría a las doce del sábado.
—¿Para pedir tu mano?
—Sí, mamá. Le expliqué
a Balduino que Gonzalo veía necesario que lo hiciera y le ha parecido que tenía
razón.
—¿Y qué le digo yo al
rey?
Doña Blanca se puso
nerviosa y se empezó a retocar el pelo y a estirarse la ropa que llevaba, como
si fuera a recibir a Balduino en ese momento.
—Mamá, es por teléfono.
No te va a ver. Pues igual que cuando hablas con mi madrina. Sin nervios, le
llamas majestad, lógicamente, y él te lo pondrá todo muy fácil. Ya lo verás.
La madre se levantó de su
silla y comenzó a dar paseos cortos de un lado a otro de la habitación.
Suspiraba, se paraba y se santiguaba para volver a ponerse en marcha.
—Deberías llamar a tu
hermano mayor. Me gustaría que estuviera presente. Y al resto de tus hermanos
también.
—Por supuesto. Se lo
diré a Gonzalo, pero al resto, no. Ya lo saben. Esto del sábado debe ser más
íntimo.
—Bueno, Jaime se
encuentra también por aquí. ¿Se lo dirás?
—Mamá, de momento, no.
Piensa que la discreción juega a mi favor. Cualquier desliz o anuncio en la
prensa anterior a que lo difunda la Casa Real belga puede ser un problema. ¿No
quieres eso para mí, verdad?
—No, por supuesto. Todo
debe llevar su curso y con la máxima discreción.
—Jaime se enterará
cuando la Casa Real lo comunique, no antes.
La madre siguió andando
de un lado a otro de la habitación. Su cabeza daba vueltas sin parar.
—Necesitarás un ajuar.
Vestidos para todas las ocasiones. No puedes perder mucho tiempo. Los trajes
tardan en hacerse.
—Sí, lo había pensado.
—¿Cuándo se dará a
conocer la noticia?
—A finales de julio, si
nada se tuerce. Nos lo dirá el sábado Balduino.
—¡Qué ganas tengo de
que lo sepan todas nuestras amistades! ¡Será un bombazo! A mí todavía me cuesta
asimilarlo.
—Te confieso que a mí
también.
Las dos se echaron a
reír y se abrazaron. La madre le dijo que reformaría su habitación y que
debería irse a vivir de nuevo con ella. A Fabiola no le pareció mal, teniendo
en cuenta que habría revuelo de prensa y fotógrafos y estaría más protegida que
en su piso. También la madre le sugirió que se empapara de la historia de
Bélgica.
—Mamá, estoy en ello.
Incluso llevo tiempo dando clases de flamenco. Quería sorprender a la familia
de Balduino. Te aviso de que, en algún momento, Gonzalo, tú y yo deberemos
viajar para conocer a su familia.
La madre paró de dar
vueltas por la habitación y se dejó caer en su sillón favorito.
—¡Todo va a cambiar en
esta casa! Espero estar a la altura.
—No tengo ninguna duda.
Manuela le pidió a
Milagros el sábado libre. Le dio la excusa de ir a ver a su familia a Bolaños
de Calatrava, pero, en realidad, lo que deseaba era acercarse a la consulta de
su amiga vidente. Quería comprobar si veía en las cartas algo más de lo que le
anunciaron con tanta nitidez. No le diría nada de lo que estaba sucediendo en
el palacete. Las cosas no habían estado bien últimamente entre ellas. La
amistad se había enfriado a raíz de la visita de Jaime de Mora y de cómo se
había comportado con él. Sin embargo, el tiempo había dado la razón a la
vidente. El terremoto en esa casa lo iba a provocar Fabiola. De hecho, tenía
sentido que ella viera una corona. Lo había clavado.
Decidió presentarse sin
avisar, pero estaba segura de que la recibiría, como lo había hecho siempre.
Llamó al timbre y escuchó pasos detrás de la puerta. Ciertamente, le extrañó
que no abriera enseguida. Volvió a llamar y al fin María Gracia fue liberando
los cerrojos hasta abrir la puerta.
—¿Cómo te presentas sin
avisar y después de tanto tiempo sin saber de ti? —preguntó con evidente mal
humor.
Se abrochaba la bata con
la que salió a recibirla y se atusaba el pelo. Parecía recién levantada de la
cama.
—No sé, somos amigas y
pensé… Veo que te he despertado. A estas horas no creía…
—Yo tengo mi propia
vida y a lo mejor no es un buen momento.
—¡Ah! ¿Te pillo
ocupada? —Era evidente que no estaba sola.
Manuela se quedó
paralizada en el rellano de la escalera e hizo ademán de marcharse.
—Lo siento. No sé cómo
se me ha ocurrido presentarme sin decirte nada.
—¡Espera! No te vayas
así. Date una vuelta y regresa en una hora. Estaré en condiciones de recibirte.
Ahora no puedo.
—Ya, pues hasta luego.
¡Con Dios!
Bajó las escaleras
corriendo y se fue de allí como alma que lleva el diablo. Una vez en la calle,
frenó en seco y decidió quedarse en algún lugar donde pudiera ver quién salía y
quién no del inmueble.
A los veinte minutos,
vio salir a un hombre joven, no de mucha altura, con dos bolsas repletas de
alimentos, de frutas, huevos y paquetes no muy voluminosos. Era moreno, de
complexión fuerte y nariz desproporcionada. Se alejó de allí calle abajo.
Entendió entonces la inconveniencia de su visita.
Estuvo dando vueltas
hasta que casi pasó una hora y regresó a la casa de la amiga, que olía a
incienso desde el rellano de la escalera. Llamó de nuevo y se abrió la puerta.
—¡Pasa! —le dijo María
Gracia, ya vestida.
—Necesito que me eches
las cartas. Está sucediendo todo en esa casa como tú bien me dijiste la primera
vez —le confesó Manuela.
—Pues te lo tomaste a
mal y ahora compruebas que se ha confirmado. Mujer de poca fe —bromeó la pitonisa.
Manuela sonrió, volvían a ser amigas.
Se puso la túnica con
la que trabajaba y encendió una vela blanca; también prendió una mecha de la
que salió un humo que las envolvió rápidamente para crear una atmósfera
misteriosa. Sacó sus cartas y comenzó a extenderlas sobre la mesa. Sin embargo,
María Gracia, con el don heredado de su abuela, sabía ya lo que estaba pasando.
—La noticia que pondrá
esa casa patas arriba está a punto de explotar —le dijo—. Se va a retrasar un
tiempo todavía. Veo claro que una mujer de esa familia en la que sirves será
muy poderosa. Mucho. Sin embargo, su felicidad no será completa.
—¿Por qué dices eso?
—le preguntó, sorprendida.
—Veo muchas lágrimas.
Cuando el terremoto pase y el tiempo transcurra, no logrará ser feliz del todo.
Algo se lo va a impedir. Todavía no veo claro qué será.
Se quedó pensativa
Manuela y llegó a deducir que lo que su amiga estaba haciendo era vengarse.
—Pero de mí ¿que ves?
¿Voy a enamorarme o no?
—De momento, no. Más
adelante ya te dije que sí te veo con alguien del pueblo.
—¿Del pueblo? Son muy
pocos los mozos que quedan libres.
—No estoy muy segura,
pero no puedo seguir. Me agoto, Manuela. Mi concentración tiene un límite.
—Está bien, he llegado
en un mal momento y encima te hago cansarte más de la cuenta. ¿Quieres que
salgamos a comer algo? He pedido el día libre.
—No puedo. Aunque sea
sábado, va a venir una señora que tiene un problema tremendo con su marido.
—¿Ves? Los hombres solo
dan problemas. ¿Le has echado las cartas a ese joven que ha salido de tu casa
mientras yo hacía tiempo por el barrio?
—No me hace falta
—respondió suspicaz la adivina. Sabía que su paisana no era tonta, y ninguna
necesitó más explicaciones—. Con ver a la persona tengo suficiente. Creo que me
aprecia de verdad, aunque le gusten demasiado las faldas y el dinero y esté
siempre emprendiendo negocios que son un desastre. Pero, cuando estamos en la
intimidad, se vuelca en que yo sea feliz y eso es muy generoso por su parte.
—¿No será un viva la
virgen que se aprovecha de las mujeres?
—No, aunque sé que no
hay una sola mujer que le parezca fea. Pero cuando está conmigo es sincero. De
eso estoy segura.
—A ver si el amor te
está nublando la mente. ¡Cuidado con los zalameros! ¿A qué se dedica?
—A los negocios. Vino
acompañando a un amigo que deseaba hacerme una consulta. Luego me pidió verme a
solas y una cosa nos llevó a la otra.
—Ya… Tienes mucho de
todo y me da miedo que se aproveche de ti. Hoy se lleva una cosa, mañana otra…
Tienes las cosas demasiado a la vista.
—¡No hay cuidado! ¡Soy
vidente!
Las dos amigas se
despidieron con afecto. Todo había vuelto a su cauce entre ellas. María Gracia,
para sellar su reconciliación, le regaló unas berenjenas y unos huevos del
pueblo. También le dio una copia de la llave de su casa.
—Quiero que la tengas
tú por si un día la pierdo o la olvido en algún lugar. Prefiero que seas tú
quien me ayude a abrir la casa.
Manuela pensó que no
había mayor signo de confianza que ese.
—Estará a buen recaudo.
¡Descuida!
—No tengo por aquí a
nadie de la familia. Bueno, te tengo a ti, como si lo fueras.
—Gracias por tus
palabras. No digas nada de las confidencias que te he hecho, no vayamos a
perjudicar a Fabiola.
—¡Descuida! Para mí es
como un secreto de confesión.
Se dieron un beso que
selló viejas rencillas.
Cuando regresó al
palacete, no se pudo quitar de la cabeza los dos presagios de su amiga. Uno,
que Fabiola, a pesar de ser la prometida del rey de Bélgica, iba a llorar mucho
y su felicidad no llegaría a ser completa. Y otro, que le iba a salir un
pretendiente del pueblo. A Milagros no le diría ni lo uno ni lo otro. Sellaría
su boca.
Cuando volvió a la casa
de los Mora, había mucho revuelo. Le contaron en la cocina que el rey Balduino
le había pedido a doña Blanca la mano de su hija. Aunque solo Milagros había estado
presente, les dijo a todos que había habido mucha emoción durante la llamada.
No pudo evitar doña Blanca que le brotaran las lágrimas al oír las bonitas
palabras que Balduino decía sobre su hija. Al final, no dejaba de ser un hombre
enamorado. Al parecer, Fabiola también se emocionó.
—¿Lloró mucho?
—Mucho —le dijo
Milagros. Gonzalo sí que mantuvo el tipo todo el tiempo que duró la
conversación. Fabiola después se quedó conversando con su prometido, una vez
que concluyó la formalidad de la petición de mano.
¿Serían esas las
lágrimas de Fabiola a las que se refería su amiga vidente?, se preguntaba
Manuela para sus adentros. Ella no abriría la boca. Jamás les diría lo que su
amiga le había dicho.
En el salón, Fabiola se
despedía de su madre y de su hermano. Habían estado ultimando los detalles
frente a todo lo que se les vendría encima.
—Tendremos más tiempo.
Me ha dicho Balduino que, debido a la situación tan violenta que se está
produciendo en el Congo, no es momento de dar a conocer nuestro compromiso. Se
retrasará la noticia unos meses.
—Entonces ¿cuándo lo
darán a conocer?
—Quizá para septiembre.
Antes deberíamos ir nosotros a conocer a su familia. ¿No os parece?
—Por mi parte no hay
ningún problema —comentó doña Blanca.
—Por la mía tampoco. En
todo lo que sea por tu bien, cuenta conmigo —añadió Gonzalo.
Fabiola se abrazó a su
hermano. En ese momento apareció Jaime.
—¿Y esas expresiones de
cariño? ¿Solo se las dedicas a Gonzalo?
—No, por supuesto que a
ti también. —Se acercó y lo abrazó.
Jaime los miró a todos
e intuyó que estaba pasando algo.
—¿Ocurre algo que deba
saber?
—Todavía no, hermano.
Debes tener paciencia.
—Si te vas a meter en
un convento, a mí ni me lo cuentes. Me parecería un desperdicio. La vida hay
que vivirla y no enclaustrarse para rezar todo el día.
—Hermano, deja a
Fabiola en paz. No es buen momento para tus tonterías —le increpó Gonzalo.
—Está bien, ya me lo
contaréis. Me voy a una sala de fiestas a ensayar, que me han pedido que toque
esta noche el piano.
—Deberías ir pensando
en sentar la cabeza, ¿no crees? —le dijo su hermano mayor.
—¡Sois todos unos
aburridos! Au revoir! —Jaime se fue de allí tarareando su canción
favorita—: Acuérdate de Acapulco…
33
Y de repente, lo
inesperado
A las cinco de la
mañana del día siguiente, Almudena Pimentel, con los nervios del regreso a
Madrid, comenzó a tener unas molestias repetidas en el vientre. Una hora
después rompía aguas. Todavía no había amanecido cuando unos chillidos
despertaron a todos en Villa Eakubi.
Almudena gritaba una y
otra vez el nombre de Margot en mitad de la noche. Esta literalmente se tiró de
la cama para averiguar qué estaba ocurriendo. La joven detective entró de
repente en la habitación y vio a Almudena de pie, en medio de un charco de
líquido amniótico que le mojaba los pies. Parecía incapaz de moverse.
—¡Has roto aguas! ¡Hay
que llevarte al hospital!
—¡No hay tiempo, el
bebé está de camino! —dijo Almudena con miedo en el rostro, a la vez que
intentaba sujetarse el vientre.
Harry Parker llegó
hasta ellas alertado igualmente por los gritos de Almudena. Tampoco los
guardeses tardaron en aparecer por allí. Se miraban entre ellos sin actuar,
como esperando una orden mientras se contenían y disimulaban su cara de
sorpresa. La primera en reaccionar fue Margot, que empezó a tomar decisiones.
—Harry, ayúdame a
trasladarla hasta la cama con mucho cuidado. Por favor, Juan —se dirigió al
guardés—, llame al médico o a la comadrona del pueblo. ¡Nos va a hacer falta!
María, la mujer del
guardés, estaba acostumbrada a traer al mundo a terneros y potrillos. Imaginó
que no sería muy diferente.
—Voy a por agua
caliente y paños limpios. También traeré toallas, hilo de bramante y tijeras.
Nos harán falta.
—Almudena, ha llegado
el momento que tanto esperabas. Con tu esfuerzo y nuestra ayuda, espero que tu
hijo esté pronto entre nosotros —le dijo Margot mientras se recogía el pelo.
—Siento que está aquí.
Tengo la sensación de que va a salir de un momento a otro.
Margot tragó saliva. No
tenía ni idea de qué había que hacer, pero pensó que las mujeres habían parido
solas y en casa durante siglos, sin ayuda de nadie. Liberó la cama de mantas y
sábanas y le pidió a Harry que le cogiera la mano a la joven parturienta. El
jefe de seguridad comenzó a hablarle.
—Respira hondo y, cada
vez que te llegue una contracción, aprieta. Piensa que tu hijo te está pidiendo
permiso para salir.
Harry también estaba
nervioso y disimulaba como podía. Era una situación completamente nueva para
él.
—¡Ahhh! Tengo una
contracción muy fuerte —gritaba la joven embarazada.
Almudena apretó la mano
de Harry Parker y este aguantó estoicamente mientras le clavaba las uñas.
—¡Empuja, Almudena! Tu
hijo está en el canal del parto —le decía Margot, intentando aparentar
tranquilidad.
María, la mujer del
guardés, también se ofreció para ayudar mientras llegaba el médico.
—Señora, he ayudado a
las yeguas cuando sus potrillos iban a nacer. No puede ser muy diferente.
Con un gesto, Margot le
pidió que se pusiera al mando de la situación. María pidió a Almudena que
empujara con todas sus fuerzas. Margot se dirigió a la mujer del guardés entre
dientes.
—¿No tarda mucho su
marido?
—Debe estar al caer…
¡Veo la cabecita del bebé! Un poco más y ya está fuera.
—Almudena, el niño ya
está aquí, tienes que empujar un poco más —le insistía Margot.
—¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!
No puedo más. Estoy sin fuerzas.
La cabecita del bebé
empezó a asomar, María tiró con cuidado y fue saliendo poco a poco.
—Es como si la cabeza
del bebé fuera igual que la de los potrillos. Se alarga para pasar por el canal
del parto. ¡Un milagro de la naturaleza! —le comentó a Margot.
—¡Un poco más,
Almudena, y lo tenemos! —le decía Margot con nerviosismo.
—¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!
María giró la posición
del bebé nada más sacar la cabecita para que salieran los hombros y después el resto
del cuerpecito. Gracias al último empujón de Almudena, el bebé salió disparado.
A María casi se le escurre entre las manos, como si se tratara de un pez.
—Es una hembra y bien
hermosa —comentó María.
Margot puso dos hilos
de bramante en el cordón umbilical y cortó con la tijera esterilizada, entre
medias. Cogió a la niña por instinto y le dio un azote mientras la ponía boca
abajo. A los pocos segundos, comenzó a llorar con rabia. La limpiaron con los
trapos húmedos que tenían y se la entregaron a la madre envuelta en una toalla.
—¡Aquí tienes a tu
preciosa niña! —le dijo Margot—. El comienzo, como diría Platón, es la parte
más importante de la obra. Tu bebé está comenzando la gran aventura de la vida.
¡Qué maravilla, Almudena!
A Margot se le saltaron
las lágrimas. Almudena, que estaba casi desfallecida, dejó de apretar la mano
de Harry y se olvidó de lo agotada que estaba para abrazar a su pequeña. Se
puso a llorar de emoción y a temblar de frío.
Harry tapó a la madre y
a la bebé con una colcha antes de contestar a Margot.
—Ciertamente, un buen
comienzo es un buen punto de partida y cimenta las bases para el éxito de
cualquier proyecto. Ahora bien, yo añadiría que el abrazo de Almudena a su hija
está transformando su vida desde este momento. El amor lo cambia todo en
nuestra existencia, la transforma. Eso también es de Platón.
Margot le sonrió y no
pudo contestarle, ya que llegó el médico y los echó a todos. Cuando regresaron
a la habitación, ya le había limpiado los restos de placenta y le había dado
dos puntos debido a un pequeño desgarro vaginal.
—Estos desgarros suelen
ser de la fuerza con la que empujan las madres por última vez para que salga el
hijo.
—No sabe lo que
agradezco que haya venido. Ha sido una asistencia completamente improvisada —le
dijo Margot.
—Lo han hecho de
maravilla, mis felicitaciones.
—Todo el mérito es de
María —comentó Margot.
El médico se quedó
auscultando a la bebé y finalmente les dijo que todo estaba bien.
—Ahora los padres, a
darle una educación a esta chiquilla.
Harry sonrió sin
quitarle la idea de que él era el padre. Se fue de allí el médico y todos
celebraron el comienzo de este día, aunque hubieran tenido que cambiar de
planes. El viaje a Madrid debería esperar.
Margot llamó a Fabiola.
Era lo mínimo que merecía después de todo lo que había pasado. Además, estaba
segura de que se alegraría al conocer la noticia. Y no se equivocó. La futura
reina trasladó sus felicitaciones a la madre e incluso le ofreció la ropa de
sus sobrinos, que guardaban en los baúles y la guardesa recuperó enseguida.
Fabiola cortó la
comunicación y se quedó pensativa. Le encantaría llenar de chiquillos el
castillo de Laeken, donde residiría junto a Balduino. El nacimiento de esa bebé
en su casa de Zarauz activó de alguna manera su instinto maternal. «El deber de
cualquier reina es dar continuidad a la corona trayendo un heredero al mundo»,
se decía a sí misma mientras sonreía.
Violeta la sacó de sus
pensamientos.
—¿Ha ocurrido algo?
—Pues sí, que nuestra
casa en Zarauz ha servido para que la conocida de una amiga mía, que se aloja
en nuestra casa, haya dado a luz en el mejor entorno que podía imaginar: con el
mar de fondo y la «reina de las playas» presidiendo las vistas.
—No es mal lugar para
nacer. ¡Ya lo creo!
Fabiola se quedó
mirando a su fiel Violeta y exhaló un fuerte suspiro.
—Sabes que nuestra vida
va a cambiar por completo. ¿Estás preparada? —le preguntó.
—¡Yo con usted al fin
del mundo! Estoy muy ilusionada, señorita.
—Lo sé. Muchas gracias.
Serás para mí de mucha ayuda. Alejada de todo y de todos, solo te tendré a ti
de máxima confianza.
—¿La tengo que llamar
ya majestad?
—No, tranquila.
Fabiola la abrazó y fue
a su cuarto a vestirse. Deseaba llegar a la misa de las nueve en la iglesia de
Santa Bárbara. Tantas veces había rezado allí y sus plegarias parecía que
habían sido escuchadas. Ahora, en secreto de confesión, ansiaba hablar con el
padre Cavestany para contarle que se había prometido con Balduino. El
sacerdote, nada más escucharla y una vez que le dio la absolución, salió del
confesionario y la abrazó. La gente que estaba allí los miró sin entender muy
bien qué pasaba. Creyeron entender que le estaba dando el pésame por alguna
pérdida familiar irreparable.
Fabiola, tras salir de
la iglesia, estuvo yendo a diferentes modistos para encargarles vestidos, sin
decir para qué eran exactamente. También se compró varios trajes en la boutique
Fabiola, que se encontraba en el bajo de su piso de soltera. Lo cierto
es que en la tienda seguían la moda de Mary Quant y las faldas eran más cortas
de lo habitual. Fabiola mandó que le sacaran el dobladillo de todos los trajes,
a pesar de que le comentaron que la minifalda se estaba imponiendo. Fabiola,
muy discreta, contestaba que en los círculos en los que se iba a mover no
estaría bien visto. Por último, acudió a Eisa Costura, en el número 9 de la
Gran Vía. Ese día fue acompañada de su madre. Era la tienda de Balenciaga en
Madrid, que tenía dos entradas: la de las costureras, por la puerta trasera que
daba a la calle Caballero de Gracia, y la de los clientes, por la puerta
principal. A doña Blanca todo el mundo la trataba con un cariño especial. Todos
sabían que, gracias a las mujeres de su familia, Balenciaga se hizo un nombre
en la moda.
Las recibió su
directora, María Ozcariz. Fabiola solo le habló de trajes para eventos
especiales, no le dijo nada más. No debía. Sin embargo, pensó que el traje de
novia debería salir de las manos de las costureras de ese taller, como homenaje
a su abuela. No le comentó nada a la directora, que las llevó a ver a Juan Mari
Emilas, al que conocía bien la marquesa de Casa Riera.
—¡Qué manos tienes!
Bueno, tenéis —se dirigió la madre de Fabiola al resto de cortadores.
—Mi padre, como usted
bien sabe, ya trabajó aquí durante la Guerra Civil. Yo he aprendido el oficio
en casa. Tan importante o más que el diseño es el corte. Aquí estamos un grupo
de cortadores de primera, aunque esté feo decirlo.
—Lo sé perfectamente.
El señor Balenciaga no duda en formar a su personal, a pesar de que algunos,
una vez que aprenden el oficio, se van a abrir su propio negocio de moda. ¡Es
ley de vida!
—Es cierto, doña
Blanca, aunque no es mi caso. Sé que estoy ante un genio creador de su propio
estilo y sus propios conceptos.
—Cristóbal siempre
desea que quien trabaja para él sea perfecto —le dijo la directora—. Desde los
ojales hasta las mangas, pasando por el corte y las puntadas de las modistas.
—No se olvide del
cuello y su obsesión por la clavícula de la mujer. Le gusta que las prendas
basculen para despejar la zona de la nuca. Por no hablarle del interior de las
prendas, un mundo de frunces, pinzas y cortes que hacen que el diseño parezca
sencillo, pero ya le digo que no lo es —añadió Juan Mari Emilas.
—No he conocido a nadie
tan perfeccionista y que ame su profesión como él —habló Fabiola.
La directora le enseñó
varios diseños que le gustaron, y eligió las telas con la ayuda de su madre.
Después de una hora y media, Fabiola salió de allí dispuesta a acompañar a su
madre hasta su casa y hablarle del encuentro con la familia de Balduino que
debía producirse ese verano. Convino con ella en que irían al castillo que
tenían en las Ardenas en compañía de Gonzalo, el mayor de los hermanos, para
conocer a la familia del rey.
—Mamá, es una familia.
No debemos pensar en que son esto o lo otro. Como su prometida, aunque todavía
no sea oficial, quieren conoceros.
—Yo encantada, pero no
podré evitar los nervios.
—Si te parece, iremos
en coche a Zarauz, como todos los veranos, y desde allí nos escaparemos para
visitar las Ardenas. Nadie tiene por qué saber nada. Estamos de vacaciones y
queremos ir allí, a los bosques y colinas que se extienden por Bélgica,
Luxemburgo y el nordeste de Francia. Decir eso no es mentir, mamá.
—Está bien. Lo que tú
digas. Temo siempre que se me escape todo lo que está sucediendo contigo. Sobre
todo con mis amigas. Todas, por cierto, me dicen que la casa vuelve poco a poco
a tener el brillo y el esplendor de siempre. Cuando acabe el verano, podrás
trasladarte de nuevo a Zurbarán.
—Sí, ya se lo he dicho
a Pilar. Nuestra amiga Piedi de Salinas la ayudará en todo lo que yo deje por
resolver. Siento mucho abandonar a mis ancianos y a mis familias necesitadas.
Desde la lejanía, seguiré pendiente de todos ellos.
—No olvides a tu madre
tampoco. —Se abrazó a su hija.
—A ti, menos que a
nadie. De todo este maravilloso momento que estoy viviendo, lo que más me duele
es dejarte. Por eso, espero que vengas a Bélgica a verme y pases conmigo largas
temporadas.
—¡Hija! Lo que vamos a
vivir en esta casa es un sueño. ¿Quién puede decir que ha traído al mundo a una
reina? Yo sí.
Volvieron a abrazarse.
Últimamente, la emoción embargaba todos sus encuentros.
Almudena Pimentel se
recuperó en un tiempo récord del parto y a los tres días se despidieron de los
guardeses, que tanto los habían ayudado, y se pusieron en camino. El recorrido
de vuelta a Madrid desde San Sebastián lo hicieron en un tren de vapor que los
llevó hasta Burgos. Allí tuvieron que realizar un trasbordo y subirse a otro
tren un poco más moderno, ya que las vías hasta la capital eran más anchas. Los
marqueses de Montero, padres de Almudena, no sabían que regresaba ese día, y
menos aún que había dado a luz. La noticia tan solo la conocían el comisario y
el ministro de la Gobernación. Almudena les pidió a Margot y a Harry su
complicidad para que la familia se llevara una sorpresa cuando ella apareciera
por allí.
Los inspectores
Gutiérrez y Morales aguardaban en el andén de la estación del Norte. Al verlos
Margot a través de la ventanilla del tren, se llevó una gran alegría.
—¡Harry! ¡Los han
soltado! Están aquí los inspectores.
—Te aseguro que esto se
ha resuelto a través de contactos a alto nivel. Seguro que ha tenido que
intervenir algún ministro.
—El caso es que están
aquí ya. ¡Me alegro muchísimo!
Los inspectores
sonrieron de verlos. La animadversión de Morales hacia Margot parecía que había
desaparecido. Lo habían pasado demasiado mal como para no reconocer el trabajo
y el final feliz de todo ese caso.
—No os imagináis lo que
me alegro de veros —comentó Margot.
Al bajarse del tren,
les dio un par de besos a cada uno, acompañados de un «gracias» que Morales no
esperaba. Harry les dio la mano apretando con todas sus fuerzas en señal de
afecto. Almudena, con su bebé en brazos, fue la última en bajar. Harry la ayudó
y, en cuanto estuvo a la altura de ellos, se emocionó enseñándoles la carita de
la bebé.
—¿Cómo se va a llamar?
—preguntó Gutiérrez con curiosidad, mientras miraba a la niña.
—¡Margarita!, lo tengo
clarísimo. Es mi homenaje a la mujer que no ha cesado en todo este tiempo de
buscarme.
Margot no esperaba ese
comentario y se quedó paralizada, con los ojos humedecidos por sus palabras.
—Almudena, no me lo
esperaba. ¡No me habías dicho nada! Gracias de corazón. Tu niña, de esta forma,
siempre estará ligada a mí.
—Te diré que por más
motivos, no solo por el nombre. Quiero que tú y Harry seáis los padrinos.
Harry y Margot se
miraron. Margarita sería su nexo de unión de por vida. Ambos sonrieron y le
expresaron de nuevo su agradecimiento. Los inspectores, que fueron a recogerlos
en dos coches, los trasladaron hasta la casa familiar. Durante todo el
trayecto, Almudena fue muy callada. Sujetando a su bebé en brazos, miraba lo
mucho que habían cambiado las calles de Madrid. Se había ido en el año 54 y
regresaba en 1960. ¡Seis años en los que su vida había cambiado por completo!
Ahora volvía con un bebé y se preguntaba cómo lo encajarían sus padres. A nivel
social, su niña estaría siempre estigmatizada, sería hija de madre soltera.
Empezó a llorar en silencio.
—¿Qué te ocurre,
Almudena? —le preguntó Margot.
—Es la angustia. ¿Cómo
encajará mi familia tan tradicional que regreso con un bebé? Me da la impresión
de que mi sufrimiento no acaba aquí.
—No pienses eso —la
consoló—. Lo importante es que has vuelto.
Llegaron hasta el paseo
del Pintor Rosales, donde vivían sus padres. Regresaba con muchas heridas en el
alma que no sabía si sus padres serían capaces de ayudarla a restañarlas.
34
Volver a casa
Cuando Almudena hizo
sonar el timbre de su casa y el ama de llaves abrió la puerta, fue como
retroceder seis años. La mujer del servicio se frotaba los ojos, igual que si
viera a un fantasma, alguien que llegaba del más allá. Margot, con el niño en
brazos, estaba detrás de ella, tapada por Harry Parker. Verdaderamente, el ama
de llaves parecía haberse convertido en una estatua de sal.
—¿Quién llama, que te
has quedado sin palabras? —preguntó la madre, que alcanzó a asomarse por la
puerta, extrañada ante la parálisis de su persona de confianza. Cuando vio a su
hija, lanzó un gritó sin poder contenerse—: ¡Mi hija! ¡Almudena, vida mía!
¡Hija mía! —Corrió a abrazarla.
Al rato, salió el padre
de Almudena, también sorprendido por los gritos de su mujer. No alcanzaba a
entender qué estaba pasando. Al ver a su hija, no pudo reprimir las lágrimas.
—¡Estás aquí! —No podía
hablar de la emoción que sentía.
Almudena los abrazaba
indistintamente y a la vez, los besaba. A sus amigos los animaba con la mano a
que pasaran detrás de ella. Margot y Harry, junto con los dos inspectores que
se habían jugado la vida y la carrera por ella, entraron también.
—No llego sola. Vienen
los policías que me liberaron y también alguien a quien no esperabais. Aquí os
presento a Margarita.
Margot salió de su
escondite, tras la espalda de Harry Parker, y se acercó para enseñar a los
padres la niña, que dormía plácidamente después de que Almudena le hubiera dado
el pecho durante el trayecto.
—Aquí tienen a esta
bebé preciosa. Así está de grande con tan solo tres días de vida —afirmó
Margot.
—¿Es tu…? —Su madre
parecía que no se atrevía a decir la palabra.
—Sí, mi hija. Es decir,
vuestra nieta.
Silveria Ramón se echó
a llorar y le quitó a la bebé de los brazos a Margot. Se puso a mirarla y a
cantarle una nana. Mientras tanto, el padre le expresó su malestar.
—¿Una hija? ¿Eres
consciente de lo que dirán en sociedad sobre que regreses con un hijo después
de haberte escapado de casa? Nos pones en una situación muy difícil. —El padre
volvía a su rigidez de siempre.
—Padre, parece que no
te alegras de que haya regresado. ¿Hubieras preferido que no hubiera vuelto?
—¡No digas tonterías!
No es eso… Simplemente que habrá que ocultar al bebé.
Almudena se echó a
llorar. No podía imaginar que su padre fuera tan cruel con ella. Llevaba seis
años desaparecida, pero su padre seguía más preocupado por las apariencias y
las posibles habladurías que por ella. Ni siquiera le había preguntado cómo se
encontraba de salud y ya estaba lanzando reproches. Por fortuna allí estaba su
madre. Con ella, el regreso sería más llevadero, aunque nunca fácil; su padre
se lo acababa de dejar claro.
—Tu padre está nervioso
y no sabe medir sus palabras —salió la madre al quite—. Estamos felices de que
hayas vuelto. Los videntes a los que consultaba me decían que estabas retenida
contra tu voluntad y que tu vida corría peligro.
—Sí, todo ha sido una auténtica
pesadilla. Pero ya habrá tiempo de hablar de todo eso.
Se le habían quitado
las ganas de explicar cómo habían transcurrido esos años para ella. No tenía
ganas de revivir los últimos tiempos, y menos delante de su padre.
El marqués miró a la
niña y enseguida apartó la vista. En el fondo, para él esa niña representaba un
desliz, el pecado de su hija con el maestro que tenía en Bellas Artes. Un
profesor de pintura que además estaba casado.
—¡Qué desastre!
—continuó hablando el padre confidencialmente a Harry Parker—. ¡Qué forma
tienen los hijos de arruinarse la vida!
—Si no llegamos a
liberar a su hija, no sé qué hubiera sido de ella. Se habría puesto de parto
sin que nadie la ayudara. Olvídese del qué dirán… Seguramente su nieta será la
persona que le dé más motivos para ser feliz. —Parker estaba realmente
indignado con aquel hombre al que solo le preocupaban los prejuicios rancios de
su condición.
Margot se dio cuenta de
que Harry estaba levantando la voz y lo cogió del brazo como advertencia para
que cesara en sus reproches.
Almudena y su madre
subieron a la planta de arriba. Entró en su habitación y comprobó que todo
estaba tal y como lo había dejado seis años antes. No pudo evitar echarse de
nuevo a llorar.
—¡Un hogar después de
tanto tiempo! No imagináis las veces que he pensado en este momento. Eso me
mantenía con energía para seguir adelante.
Al poco rato de estar
allí, avisados por su padre, sus hermanos Juan y Gabriel se presentaron lo más
rápido que pudieron, deseando abrazarla.
—Me alegra mucho verte
—le dijo Juan, su hermano mayor—. Sin embargo, no te perdono la incertidumbre y
la angustia en que hemos vivido estos últimos años. Ha sido terrible.
Almudena lo abrazó y le
pidió perdón.
—Lo sé, me dejé llevar
por el amor. Sabía que ninguno ibais a apoyarme. Ángel era un hombre casado y
decidimos irnos a París. Todo empezó como una gran aventura.
—Como hermano mayor, te
podría haber ayudado.
Gabriel fue incapaz de
decir nada, simplemente la abrazó y la besó repetidamente. Ambos se quedaron
muy sorprendidos al ver a la pequeña Margarita.
—Imagino que vosotros
habréis tenido hijos en estos años…
—Yo sí —dijo Gabriel—.
Ya tengo tres.
—Yo no tengo hijos
—comentó Juan con cierto pesar.
Al oírlos, su padre
tuvo una idea macabra: Juan podría adoptar a la hija de su hermana Almudena.
Así todo quedaría en familia.
Cuando Margot, Harry y
los inspectores Gutiérrez y Morales aparecieron por la brigada, el resto de los
policías e inspectores se pusieron en pie para aplaudirlos. El comisario,
alertado por el alboroto, salió de su despacho y, tras saludarlos con
efusividad, les pidió que pasaran.
—Señores, han hecho lo
que tenían que hacer. Han traído a Almudena Pimentel de vuelta a casa. Lo
demás, sinceramente, no me importa. Han cumplido con su obligación de cuidado y
respeto. Me ha llamado el ministro porque quiere condecorarlos a todos.
—Yo en teoría no
pertenezco a la brigada —comentó la joven, todavía incrédula.
—Señorita Margot, usted
incluida. Jamás podremos olvidar su obstinación y su dedicación al caso.
Margot no replicó y le
sonrió satisfecha.
A quinientos kilómetros
de Madrid, Fabiola comenzaba junto a Violeta a organizar su habitación en Villa
Eakubi. De las primeras cosas que sacó de su maleta, fue su diario. Llevaba
días escribiendo en él sin parar. Era un testigo mudo y fiel de la situación
que estaba viviendo. Igualmente, se convencía a sí misma de que, gracias al
interés que despertaban los Juegos Olímpicos de Roma y el conflicto desatado en
el Congo, la prensa no estaba tan volcada en romances y futuras reinas.
A nadie le sorprendió
que, durante unos días, doña Blanca, su hijo mayor, Gonzalo, y Fabiola hubieran
decidido hacer una excursión primero a París y después a Bélgica.
Mientras tanto, las
personas de buena posición se preocupaban por adquirir televisores, ya que esta
decimoséptima edición de los Juegos Olímpicos sería retrasmitida por primera
vez por televisión.
Durante el viaje a Las
Ardenas, en un Mercedes de color burdeos, Fabiola expresaba su preocupación por
una posible guerra civil en el Congo. Las fuerzas de paz de las Naciones Unidas
habían intentado que no fueran a mayores las desavenencias entre el gobierno
central y un grupo rebelde de Katanga.
—El Congo, desde que ha
alcanzado su independencia, ha vivido una sucesión de episodios dramáticos.
Muchos de ellos tienen su origen en la rivalidad política entre las diversas
etnias. Balduino, con este tema tan revuelto, no puede anunciar nuestro
compromiso.
—¿Y si tarda en
resolverse? —preguntó doña Blanca con una lógica aplastante.
—Seguiremos retrasando
el anuncio oficial. No quedará otra.
—La situación es
difícil de controlar por Balduino—comentó Gonzalo—. Por un lado, las fuerzas de
seguridad hace pocos días se amotinaron contra sus oficiales belgas tras
conversar con el presidente Kasavubu y con Patrice Lumumba, el ganador de las
últimas elecciones. Y, por otro, los ataques constantes contra los colonos
europeos hacen todavía más difícil la convivencia. Pero, en general, el
panorama internacional está muy revuelto, sobre todo en África. Si miras a
otros países africanos, están reivindicando también su independencia. —Gonzalo,
desde que supo que su hermana era la prometida del rey, procuraba estar
informado de todo lo que sucedía en Bélgica y en el Congo.
Fabiola se sintió
abrumada y cambió de tema. Su obsesión era que Balduino les cayera bien.
—Confío en que Balduino
no solo os presente a su familia, sino que pueda estar con nosotros al menos el
fin de semana.
—Hermana, casarse con
un rey no te asegura una vida tranquila, sino todo lo contrario. Pero estoy
convencido de que eso lo has meditado.
—Sí, le he dado muchas
vueltas. Y tienes razón.
Llegaron a París e
hicieron noche en el Hôtel de Crillon, en plena plaza de la Concordia. No
dijeron a ninguno de sus conocidos que estaban allí, porque al día siguiente,
muy temprano, se tenían que poner de nuevo en camino. El trayecto hasta el
castillo de la familia real belga lo realizaron con lluvia. El aguacero se hizo
especialmente intenso cuando se adentraron en el bosque de las Ardenas. Fabiola
no escuchaba las observaciones de su hermano sobre si el mapa estaba
indicándoles un camino incorrecto o no. Solo podía pensar en Balduino. Al
llegar al municipio de Houyet, supo que en algún momento se toparían con el
castillo de Ciergnon. Balduino le había contado que la propiedad, conformada
por bosques y ríos, fue adquirida a mitad del siglo XIX por el rey Leopoldo I,
a petición de su esposa, la reina Luisa María. Fue el fundador de la dinastía
Sajonia-Coburgo y Gotha quien mandó construir un pabellón de caza, pero el
castillo, que por fin apareció ante sus ojos, fue construido por encargo de
Leopoldo II. Desde entonces, ese lugar era la residencia de verano de los
miembros de la corona real belga.
—¡Pero qué castillo de
cuento de hadas! —dijo doña Blanca al verlo por primera vez ante sus ojos.
La fortificación del
castillo impresionaba por sus murallas, sus baluartes y sus torres.
—Hermana, qué maravilla
de sitio. Esperemos no decepcionarlos, sino todo lo contrario.
Contemplaban desde
lejos el castillo mientras la lluvia se hacía cada vez más intensa. Durante
unos minutos, el chófer se hizo a un lado de la carretera para que las damas se
retocaran un poco antes de llegar. Volvieron a la carretera diez minutos
después y Fabiola les habló de algunos recuerdos de Balduino.
—En alguna de sus
cartas me ha explicado que sus primeros recuerdos están por aquí. Corría por
los senderos y después regresaba para alcanzar los brazos de su madre, la reina
Astrid. Aquí, Balduino de niño fue muy feliz. Mucho.
A pesar de la lluvia,
Balduino los esperaba a los pies de la escalinata del castillo, a la hora
convenida. Parecía que las manecillas del reloj no avanzaban, hasta que oyó el
motor del Mercedes y el sonido de las ruedas sobre la grava del paseo.
—¡Dios mío, se está
empapando! —fue lo primero que dijo doña Blanca nada más verlo.
—Mamá, no hagas ningún
comentario. Solo salúdale. Como si no estuviera empapado de agua —le aconsejó
su hijo Gonzalo.
—Mejor, sí —añadió
Fabiola.
Balduino se acercó a
abrir la puerta del coche y ayudó a doña Blanca a salir, pero sus ojos buscaban
a Fabiola en el interior del vehículo. Saludó a Gonzalo y esperó a Fabiola
mientras el servicio acompañaba a su madre y a su hermano bajo la protección de
un paraguas.
—¡Por fin estás aquí,
Fabiola! —Se quedó mirándola sin importarle el aguacero que caía sobre él.
—¡Balduino! ¡Qué ganas
tenía de volver a verte! Cada vez se me hace más dura la espera.
—A mí también.
La protegió con el
paraguas, que colocó de tal forma que nadie los podía ver. Besó a Fabiola y se
miraron a los ojos.
—¡Por fin estás aquí!
Al subir las escaleras
y llegar a la puerta, todos vieron que tenía la chaqueta y la cara chorreando
agua.
—No tenías que habernos
esperado fuera. No me parece sensato. Te puedes poner enfermo —le dijo Fabiola con
preocupación.
—Me voy a cambiar
inmediatamente, pero antes quiero hacer los honores a tu familia y presentarles
a mi padre y a Lilian.
Se secó la cara con una
toalla que le acercó el mayordomo y enseguida hizo las presentaciones.
—Aquí tenéis a la madre
de Fabiola y a su hermano mayor —dijo a su padre y a la mujer de este, antes de
hacer de maestro de ceremonias también para la familia de Fabiola—. Les
presento a la princesa de Réthy y a mi padre, el rey Leopoldo III.
Lilian Baels extendió
la mano para que Gonzalo la besara y habló del socorrido tiempo que estaban
teniendo. El hermano, al pasar ante el rey, bajó la cabeza en señal de respeto.
—En verano son normales
estos aguaceros, pero han empapado al novio. Deberías ponerte ropa seca. Los
dejas en buenas manos. No te preocupes —comentó su padre, Leopoldo III.
Todos sonrieron y
hablaron durante bastante tiempo de esta zona tan bonita y desconocida por una
gran mayoría. La madre de Fabiola guardaba silencio y miraba sin parpadear a la
princesa. Observó que Lilian no dejaba que concluyera su hija la reverencia que
le hacía.
—Mamá, puedes hablar en
francés. Parece que te has quedado sin palabras.
—Se trata de un momento
muy emotivo para todos —dijo Leopoldo, aliviando el primer impacto que tenía
todo el mundo cuando los visitaban.
Los anfitriones
ofrecieron vino caliente y, más tarde, el servicio los condujo hasta las
habitaciones por si deseaban asearse después de un viaje tan largo y con tanta
lluvia.
Por la noche, en la
cena, el ambiente fue mucho más distendido. Gonzalo les ofreció el vino de
Rioja que había comprado para la ocasión, un gran reserva que, cuando lo
probaron, fue muy alabado por todos.
Durante la
conversación, convinieron que la nueva fecha para hacer público el compromiso
de los novios sería a primeros de septiembre. Posteriormente, deberían
presentar a la novia a todos los estamentos del país, aunque antes… había una
cita ineludible.
—Habíamos pensado que
este castillo, donde creció Balduino, podría ser el marco perfecto para
presentar a Fabiola a la prensa. ¿Qué les parece? Es algo necesario para que
los belgas la quieran tanto como nosotros.
—¡Muy bien! —comentó su
madre, que empezó a coger confianza después de haber estado muy impresionada en
los primeros momentos en los que conoció a la familia real.
Todos fueron
conscientes de que aquel enlace era por amor. Solo hacía falta ver cómo se
miraban y cómo entrelazaban las manos. Ambas familias mostraban su
satisfacción, a pesar de ser la primera vez que un rey emparentaría con una
persona sin sangre real.
—¡Toda esta
tranquilidad, en un mes, desaparecerá! De modo que aprovéchenla. La
presentación ante la prensa tiene suma importancia.
—¿Y qué tendré que
decir o hacer? —preguntó Fabiola.
—Con que te muestres
como eres, será suficiente. Los conquistarás a todos —comentó Leopoldo.
Mantuvieron una breve
charla tras la cena y se fueron todos, menos Fabiola y Balduino, a sus
habitaciones. La pareja conversó frente a la chimenea durante una hora.
Después, el rey, antes de desearle las buenas noches, le enseñó una habitación
en la que tenía puestas todas sus ilusiones. Fabiola se echó a llorar. Era una
habitación infantil llena de juguetes.
—Todo preparado para la
llegada de un niño… Será cuando Dios quiera. Fue mi habitación. Se ha
modernizado algo, pero así es como yo la recuerdo.
—Nada me haría más
ilusión que hacerte feliz. Espero que Dios nos conceda hijos muy pronto.
Se despidieron con un
beso y con bonitas palabras sobre su futuro en común. Al llegar a su cuarto,
Fabiola se vio desde todos los ángulos posibles, gracias a los muchos espejos
del vestidor. Se fijó que había algo en su cara que no le gustaba, la nariz.
Con un ligero movimiento del dedo, parecía que ese perfil mejoraba. Pensó que
una pequeña intervención ayudaría a suavizar su imagen. Deseaba que, cuando la
presentaran, todos la vieran guapa.
Al día siguiente,
madrugaron y fueron también los primeros en aparecer por el salón. La lluvia
escampó en la mañana e idearon visitar en coche toda la finca. Los acompañaron
el padre y la princesa de Réthy, así como el hermano y la madre de Fabiola.
Decidieron parar en los lugares más bonitos, y la prometida se enamoró del
entorno y del castillo.
Después de comer,
charlaron un rato y Balduino le propuso a Fabiola jugar al backgammon. Ella
aceptó el reto, aunque no era muy jugadora. En la noche, se vistieron de gala
para entregar los regalos de compromiso. Balduino obsequió a su prometida con
un estuche.
—Fabiola, deseo que
seas muy feliz en esta familia. Trabajaré duro para conseguirlo. Eres la mujer
que siempre he soñado.
Ella abrió el estuche y
encontró un anillo con una gran esmeralda realzada por dos brillantes.
—Este anillo era de mi
madre y nadie merece llevar este recuerdo familiar más que tú —concluyó
Balduino.
Fabiola lo abrazó y dio
las gracias a todos por desprenderse de un recuerdo tan querido. A su vez, ella
le entregó unos gemelos de oro y brillantes que Balduino no dudó en ponerse.
—¡Gracias! Procuraré
usarlos solo en contadas ocasiones, no quiero perderlos. Para mí significan
mucho.
Los dos se miraron a
los ojos y brindaron por el futuro. Leopoldo III fue consciente de que, cuando
su hijo se casara, tendría que abandonar Laeken junto con la princesa y sus
hijos pequeños. Balduino necesitaría intimidad, y ellos eran los que debían
retirarse.
Fueron unos días
cargados de muchas emociones, pero llegaron a su fin. Balduino debía regresar a
Bruselas por los muchos problemas derivados de la situación en el Congo. El
final de la crisis no parecía estar cerca. La familia Mora y Aragón se despidió
también y volvió a Zarauz en su coche burdeos. Nada más emprender el viaje,
habló doña Blanca.
—Hija, cuánto honor
para nuestra familia. ¡Serás una gran reina!
—Eso lo sabemos todos,
incluida tu familia política —comentó Gonzalo.
—Me esforzaré por serlo
y por no defraudar a nadie.
Volvían por el mismo
camino, pero ya nada les parecía igual.
35
Y de pronto, todo
cambió
Llegaron a París e
hicieron noche de nuevo en el hotel De Crillon, en plena plaza de la Concordia.
Cenaron en el restaurante del hotel y tanto Gonzalo como la madre de Fabiola no
pararon de elogiar a la familia de Balduino. Se habían esforzado mucho en
acogerlos con afecto y simpatía. Doña Blanca estaba muy impresionada por la
belleza de la princesa de Réthy y la amabilidad del rey Leopoldo III.
—Tenemos un mes para
organizar nuestra casa. Lo digo por si, cuando todo se sepa, hay algún interés
en visitarnos.
—¿Que si habrá algún
interés? No imaginas la que se nos viene encima a Fabiola y a toda la familia
—comentó Gonzalo.
—Imagino que, después
de la noticia, todo volverá a su ser. Pienso que tendrá más repercusión en
Bélgica que en España —añadió Fabiola mientras sacaba un espejo del bolso y
empezaba a mirarse en él con detenimiento.
—Hermana, que una
española se convierta en la nueva reina de Bélgica será un notición para todos.
Te lo aseguro y no me voy a equivocar.
Siguieron hablando de
cómo deberían atender a las amistades y a los muchos cargos oficiales que se
acercarían hasta la casa. Su madre le insistió a Fabiola en que debería hacerse
con un buen armario de ropa para afrontar todas las citas a las que tendría que
ir antes de casarse. Sin embargo, Fabiola salió del paso con otro anuncio que
no esperaban.
—El tema de la ropa lo
tengo ya controlado. Sin embargo, estoy pensando en hacerme un pequeño retoque
en la nariz —lo dijo como de pasada en la cena—. Creo que podría mejorar mi
perfil.
Llevaba horas dándole
vueltas a la idea y pensó que quitarse esa pequeña giba nasal que observaba al
mirarse en el espejo sería interesante antes de ser presentada a los belgas.
—Pero ¿te has vuelto
loca? —exclamó su hermano.
—No me parece mala idea
—replicó doña Blanca—. Las hijas de algunas amigas lo están haciendo y el
resultado es magnífico. El verano es una buena época para estar convaleciente y
que nadie se entere de lo que te has hecho.
—No puedo contar a
nadie qué va a pasar en mi vida. Tampoco quiero que me vea la gente por aquí y
por allá de fiesta. Necesito estar en familia y nada más. Por eso he pensado
que podría aprovechar. He leído que hay un cirujano en París que opera a
finales de agosto.
—Se te va a echar
encima el anuncio oficial —comentó su hermano con preocupación—. ¿Y si algo
sale mal?
—Es muy poco, hermano.
¿Por qué va a salir mal? Nadie lo va a notar. Me imagino que, al ser tan ligero
el retoque, tendrá un postoperatorio muy breve.
—Investigaré sobre ese
médico antes de que te pongas en sus manos.
Al día siguiente,
madrugaron para regresar a Zarauz. No volvieron a hablar del tema. Gonzalo
confiaba en que se le pasara a su hermana la idea de acudir a un cirujano
plástico. Sin embargo, llegaron a Villa Eakubi y su hermana Mari Luz, en lugar
de quitársela de la cabeza, la alentó para que lo hiciera.
—Ahora es el momento,
no cuando se haga el anuncio oficial.
Gonzalo investigó y
supo que el médico francés, Marc Iselin, era uno de los que más garantía
ofrecía a sus pacientes. Formaba parte de una nueva generación de cirujanos que
operaba con las técnicas más avanzadas y menos invasivas. Le dio permiso a su
hermana Fabiola para que se pusiera en sus manos.
Hasta finales de
agosto, la prometida se paseaba por la playa de la Concha, en San Sebastián,
con su confidente, su hermana Mari Luz.
—Haces muy bien. Te
convertirás en un personaje público y estarás expuesta a fotos y a críticas.
—Mi idea es ir a
finales de agosto. Tendré dos semanas para recuperarme. Bueno, este tema no es
el que más me preocupa.
—¿Qué te quita el
sueño? —preguntó la hermana pequeña, alarmada.
—Pienso en mamá. Yo le
hacía mucha compañía. Iba todas las noches a cenar con ella. Creo que, en
cuanto me case, se va a sentir muy sola.
—No te preocupes. Nos
arreglaremos entre todos los hermanos para que cada día esté con uno de
nosotros. Mamá, en estos momentos, no puede ser más feliz. ¡Su hija va a ser
reina! Si lo piensas detenidamente, ¡es como un sueño!
—¿Tú crees?
—Estoy segura.
Pasaron las semanas de
agosto entre preparativos, almuerzos y cenas familiares. Disfrutó mucho Fabiola
de sus sobrinos, haciendo planes a diario con ellos. A través del teléfono,
pudo arreglar su intervención quirúrgica y, una semana antes de que acabara el
mes de agosto, pasó por las manos del doctor Iselin. Tan solo pernoctó una
noche en el hospital. A la mañana siguiente, le dieron el alta y se subió al
coche que conducía su fiel mecánico, Hipólito Vidal. Su hermana Mari Luz la
acompañó y tomaron la decisión de no parar hasta Zarauz, a pesar de que se
encontró, durante el viaje, algo mareada.
El vehículo entró en
Villa Eakubi y nadie ajeno a la familia y al servicio la vio con la escayola.
Durante esos días, se
dedicó con ahínco a escribir sus reflexiones en el diario. También pensaba en a
cuántas personas deseaba llamar personalmente tras el anuncio oficial. Entre
otras, a su madrina, la reina Victoria Eugenia de Battenberg. Sonreía al
imaginarlo, después de que hubiera deseado que alguna de sus nietas se
enamorara de Balduino. Al final, el plan que proyectó Veronica O’Brien había
salido adelante, y eso que Fabiola, al principio, creyó que era una auténtica
locura. De hecho, le pareció descabellado que la hubieran elegido a ella, en
lugar de a una princesa. «Todo sucede solo porque Dios lo permite para nuestro
mayor provecho espiritual», escribió en su diario. Nunca olvidaría ese 8 de
julio de 1960, cuando se prometieron. Balduino le escribía cada día afirmando
sentirse feliz y dichoso: «Le doy las gracias al Señor por habernos amado a los
dos y habernos concedido este don del afecto que sentimos el uno por el otro».
En otras cartas, expresaba su ansiedad por que todo el mundo fuera partícipe
del amor que sentía hacia ella. «¡Qué difícil se hace la espera!», exclamaba.
Fabiola no le quiso decir nada de la operación. Deseaba quitarse la escayola y
volver a verlo para contárselo. Por fin, Balduino le dio una fecha: «Mi amada
Fabiola, el 16 de septiembre está previsto el comunicado oficial. No queda nada
para que todo el mundo conozca nuestro compromiso. ¡Estoy feliz, eufórico y
todos me lo notan! Sufro al no poder compartirlo».
Se prepararon para
regresar a Madrid cuanto antes y encajar el «terremoto» que se iba a producir.
La primera semana de septiembre ya estaban casi todos los Mora y Aragón en la
capital. La actividad familiar creció. En la casa ya no quedaba rastro de los
animales que habían campado a sus anchas por el salón. La tapicería del sofá se
había cambiado durante el mes de agosto y la habitación de Fabiola ya estaba
preparada.
En los días
posteriores, Fabiola sacó casi todas sus pertenencias en cajas del piso de
Bárbara de Braganza y se despidió de Pilar y de Piedi, sus amigas.
—¡Espero que me vengáis
a ver a la calle Zurbano!
—¡Descuida! Prepárate
para lo que va a ser para ti una gran prueba. —Pilar la abrazó con fuerza.
—¡Aquí estaremos
siempre para lo que necesites! —añadió Piedi.
—Gracias por haberme
guardado el secreto. Dentro de una semana lo sabrá todo el mundo. Veremos la
reacción de los belgas y de los españoles. Seguramente habrá algo de decepción
al comprobar que no soy de sangre real.
—La cabeza bien alta,
Fabiola. Eres la persona que ha estado esperando Balduino toda su vida. Sois
tal para cual —comentó Pilar.
—Sabéis lo que ha sido
llegar hasta aquí. Hasta que no volvimos a Lourdes no las tuve todas conmigo.
Algo pasó en ese viaje que lo vi clarísimo para decirle que sí, con todas las
consecuencias. Balduino dice que fue santa Isabel de Portugal la que nos ayudó.
Era su celebración cuando le comenté que esta vez mi respuesta era afirmativa y
que no quería mirar atrás.
—Todo ha sido muy
extraño. Como si los hilos se movieran sin que vosotros pudierais hacer nada
más que rendiros —aseguraba Pilar.
Las últimas
pertenencias se las fue llevando Hipólito al palacete durante diferentes días.
Se tuvieron que habilitar dos habitaciones más de servicio, una para el
mecánico y otra para Violeta, que ya no se apartaría de Fabiola nunca. Estaba
dispuesta a ir con ella «a cualquier lugar del mundo». Era la frase que más
repetía.
Llegó el día 16 de
septiembre. Fabiola no quiso moverse de casa, y su madre y sus hermanos
permanecieron a su lado para recibir juntos las primeras reacciones al anuncio
oficial. A las doce en punto, sonó el teléfono. Violeta fue corriendo al salón
para pedirle que atendiera la llamada.
—¡Llama el rey!
—comentó Violeta en voz alta.
Fabiola respiró hondo
antes de responder.
—¿Balduino? ¡Cuéntame!
—Amor mío, en veinte
minutos va a saltar la noticia. Por favor, aguanta la presión. Te quiero mucho.
Necesitaba decírtelo.
—Yo también te quiero y
nunca he estado más segura de nuestra decisión. Estamos juntos y todo saldrá
bien.
—Dios te oiga. ¡Cómo
desearía que estuvieras aquí! ¡Tendrás que coger el primer avión esta tarde con
destino a Bruselas! Tendremos que presentarnos mañana ante la prensa.
—¿Tan pronto? Pues allí
estaré.
—El embajador belga en
España te acompañará y llevará los billetes. ¡Acuérdate del pasaporte!
—Gracias, no me olvidaré.
¡Te quiero!
En Bruselas, el día
amaneció lluvioso. Los periódicos seguían con las noticias del Congo en
portada, ya que, para los empresarios belgas, el conflicto estaba teniendo unas
consecuencias económicas desastrosas.
Balduino estaba en su
despacho con la radio puesta cuando, a las doce y veinte minutos del mediodía,
se interrumpió la música de la orquesta de Paul Weston, que interpretaba el
último éxito de Dizzy Gillespie, Flotando sobre el soplo del aire. Así
era como se sentía Balduino, flotando, cuando la voz solemne de un locutor
anunció la intervención del primer ministro del reino, Gaston Eyskens. Podía
imaginar Balduino la incertidumbre que el pueblo belga llegaría a sentir ante
algo semejante. Con los últimos acontecimientos, tal vez imaginaran algo
terrible en el Congo. Sin embargo, el primer ministro habló con un tono
optimista: «Tengo la inmensa alegría de poder anunciar al país la feliz noticia
del compromiso de Su Majestad el rey con doña Fabiola de Mora y Aragón, hija
del difunto conde de Mora y marqués de Casa Riera, y de doña Blanca de Aragón y
Carrillo de Albornoz…». La noticia fue recibida con una inmensa alegría tanto
en las casas como en el Parlamento y en palacio. En todas partes por igual
brindaron por la felicidad del rey.
—¡Hijo, por fin, una
buena noticia para nuestro país! —le comentó su padre, Leopoldo III, a la vez
que le daba un gran abrazo.
Desde ese momento, el
teléfono en palacio no dejó de sonar. Mientras la noticia llegaba a España a
través de los teletipos de la agencia EFE, el embajador español en Bélgica
llamaba al ministro de Exteriores para comunicarle la noticia, y este, a su
vez, telefoneó a Franco.
—Su Excelencia, una
española va a ser la reina de los belgas. Fabiola de Mora y Aragón, hija del
marqués de Casa Riera.
Hubo unos segundos de
silencio al otro lado del teléfono. Franco intentaba procesar la información.
—Este es un gran
acontecimiento para España. ¡La mejor de las noticias! Nos dará mucha
visibilidad. Pida que los periódicos le den mucha relevancia. ¡Manténgame
informado!
Nada más colgar al
ministro, pidió a su ayudante que llamaran a su mujer. Cinco minutos después,
Carmen Polo entraba en su despacho.
—¿Ocurre algo, Paco?
—Una hija de Gonzalo de
Mora se casa con el rey Balduino.
—¿Fabiola? Es la única
soltera.
—Sí, lo acaban de
anunciar oficialmente en Bélgica. Ponte en contacto con su madre y felicítala
en nombre mío y del gobierno.
—Ahora mismo. —La
noticia la había impactado, puesto que todos daban por hecho que la hija de los
Mora y Aragón se metería a monja.
Minutos después, desde
su habitación, pidió a la centralita del palacio de El Pardo que contactaran
con el domicilio de doña Blanca de Aragón, viuda de don Gonzalo de Mora. Diez
minutos después, la tenía al teléfono.
—Blanca, soy Carmen
Polo, quiero felicitarte por la noticia del compromiso de tu hija con el rey
Balduino. ¡Qué alegría más inesperada!
—Carmen, eres la
primera persona en llamar a esta casa. Muchas gracias. Sí, inesperado para
todos. Te puedes imaginar lo felices que estamos.
—Me gustaría acercarme
con mi hija a felicitaros en persona.
—Sí, por supuesto. Será
un honor. En cuanto regrese mi hija, mandaré que te avisen. Fabiola se ha ido
hace unas horas de viaje. Balduino le ha pedido que vaya a Bruselas
inmediatamente.
Fue colgar el teléfono
y volver a sonar. Amistades, conocidos, miembros del gobierno, todos llamaron
al palacete sin dejar a doña Blanca ni un solo segundo de respiro. La relevó
Gonzalo, el mayor. Así estuvieron en la casa durante todo el día.
Jaime de Mora recibió
la llamada de un periodista, a quien respondió que no tenía conocimiento de
nada de lo que le estaba diciendo. Parecía que hacía esas manifestaciones por
discreción, pero era verdad que no tenía ni idea de lo que estaba pasando.
Decidió hacer la maleta y salir inmediatamente hacia Madrid. Se encontraba en
la Costa del Sol, donde residía desde hacía meses. Llamó a su casa, pero fue
imposible que nadie le cogiera el teléfono, ya que no paraba de comunicar.
Cuando por fin llegó Jaime a Madrid, una nube de periodistas aguardaba a la
puerta del domicilio familiar. Nada más ver a su madre, en el interior del
palacete, la increpó.
—¿Cómo es posible que
no me hayas dicho nada?
—Hijo, no ha sido cosa
mía…
Gonzalo le quitó el mal
trago a su madre.
—He sido yo el que ha decidido
que no te dijeran nada. Para nosotros también ha sido una sorpresa, pero había
que guardarle el secreto durante un tiempo a nuestra hermana, y reconoce que
secretos tú sabes guardar pocos.
—No sé por qué dices
eso. Me habéis mantenido al margen.
—Eso no lo sabe nadie.
De modo que haz como que sí lo sabías. Era necesario que no se filtrara nada, y
tú, en las noches de la Costa del Sol y con una copa en la mano, no hubieras
podido aguantar.
Fabiola, mientras
tanto, acudió al aeropuerto de Barajas, en compañía de su fiel Violeta, con
intención de coger el primer vuelo de la compañía Sabena con destino a
Bruselas. Se encontró con el embajador, y en el control de aduanas todo fueron
facilidades. Subieron al avión y Fabiola no dejó de escribir en su diario.
Demasiadas emociones y demasiados nervios. Cuando el avión aterrizó en
Zaventem, en Flandes, cerca de Bruselas, Fabiola todavía era una persona
desconocida para el gran público. Los esperaba un coche oficial con el general
Debeche, asistente personal de Balduino, en su interior; los llevó directamente
al castillo de Ciergnon. Tardaron casi dos horas, pero llegaron justo a tiempo.
El embajador entró en palacio para dar la enhorabuena al rey y a su padre.
Mientras, Violeta fue a deshacer el equipaje de la ya prometida del rey.
Fabiola, en las dependencias privadas, era recibida por Josefina Carlota y su
marido, el gran duque de Luxemburgo, que fueron los primeros cómplices y
testigos del inicio de su relación. Por allí estaba también el príncipe
Alberto, hermano menor de Balduino, junto a su esposa Paola, la princesa Ruffo
de Calabria, que acababan de celebrar su primer año de casados. Se mostraron
muy cariñosos con Fabiola, a la que conocieron en ese momento por primera vez.
La pequeña de la
familia del rey Leopoldo y Lilian Baels, María Esmeralda, de cinco años, se fue
corriendo hacia Fabiola y la abrazó. Esta le dio de regalo los cuentos que
había escrito a sus sobrinos y saludó al príncipe Alejandro, que ya era todo un
adolescente, así como a la princesa María Cristina, de nueve años, que ya
prefería otro tipo de lecturas, y le regaló también unos libros de aventuras.
Balduino tardó en
encontrarse con Fabiola, ya que tuvo que atender al teléfono, que tampoco en
Bélgica dejó de sonar desde que trascendió la noticia. Al verla, la besó en la
mejilla, pero la miraba a los ojos de tal forma que todos se dieron cuenta de
que el compromiso con la joven española era por amor y nada más que por amor.
—¡Venga! Vamos a cenar
para que cojáis fuerzas, que mañana os espera un día muy duro —dijo Alberto—.
Os lo digo por experiencia, aunque la que mejor podría hablarte sobre lo que
vas a vivir —se dirigió a Fabiola— es Paola.
—Sí, por favor. ¿Qué me
aconsejas?
La humildad y la
cercanía de Fabiola habían atrapado a todos en la familia, también a los que
acababa de conocer. El padre de Balduino la miraba en silencio y estaba
convencido de que sería una buena reina.
—Que seas tú y que no
pienses en otra cosa más que en mostrarte tal cual eres —le dijo Paola—. Y,
algo muy importante, que esta noche procures dormir.
Ese consejo no fue
fácil de seguir. En la cama no pudo conciliar el sueño; no dejaba de pensar en
las preguntas de la prensa y en si sabría estar a la altura de lo que le
demandaran. Por la mañana, Violeta irrumpió en la habitación y abrió las
cortinas, dejando pasar el sol.
—Señorita, hoy será un
día bonito. Muy bonito. Tiene que demostrar a todos que no hay mejor reina que
usted.
Fabiola sonreía. Había
logrado dormir un par de horas. Se levantó y se fue rápido a darse un baño.
Cuando salió con el albornoz sobre el cuerpo y la toalla en la cabeza, Violeta
ya la esperaba para secarle el pelo y ayudarla a peinarse. Igualmente, tenía
varios vestidos encima de la cama para que escogiera el más apropiado. Se
decantó por uno rosa de falda plisada y una rebeca de color gris. De su joyero,
sacó un collar de perlas. El bolso de mano marrón, igual que sus zapatos, ya
los había elegido en Madrid. En la muñeca derecha llevaba una sencilla pulsera
de oro, y se puso su anillo de pedida, de esmeraldas y brillantes.
Se tomó un té en la
habitación. Cuando Balduino fue a verla, estaba perfectamente vestida y con una
sonrisa de satisfacción que no dejaba lugar a error.
—No te asustes. Se han
acreditado trescientos periodistas. Tienes el cariño de Bélgica y de España. No
pienses más que en eso. ¡Vamos a ello!
Los dos se situaron en
la escalinata del palacio. Estaba lista para que, cuando entraran, los
periodistas la descubrieran por primera vez. Su rostro, a partir de ese
momento, ya estaría en las portadas de la prensa mundial. Delante de los
fotógrafos, un niño se le acercó y le entregó un ramo de flores frescas que
habían recogido todos los escolares de Ciergnon.
Fabiola pensó que ese
era su primer regalo salido del corazón de unos niños. Sus primeras palabras
fueron en francés.
—Me siento ya de los
vuestros. Muchas gracias. Nunca olvidaré vuestro regalo.
Algunas personas del
pueblo se acercaron para no perderse ese momento y comenzaron a gritar: «¡Viva
la reina! ¡Viva España!».
Fabiola sonreía y
agradecía las muestras de cariño. Los fotógrafos no dejaban de disparar sus
máquinas fotográficas. Bajaron las escaleras y los periodistas observaron que
lo que más llamaba la atención en ella era ese anillo que llevaba. Balduino
corroboró que se trataba de su primer regalo.
—Este anillo ha sido el
de pedida y perteneció a mi amada madre Astrid. Nadie lo va a lucir como mi
querida Fabiola.
Nunca se le había visto
a Balduino tan expresivo y sonriente como esa mañana. Atendía a todas las
preguntas. Fabiola también contestaba con naturalidad. De repente, una niña
apareció en la escena, se puso al lado de Fabiola y se cogió de su mano. Se
trataba de María Esmeralda, la pequeña de la familia, que solo deseaba estar
con la prometida de Balduino.
Todos se dieron cuenta
de lo cercana que era y de lo paciente que se mostraba ante la prensa. Balduino
les informó, cuando se despedía, de que visitarían todas las ciudades del país
antes de contraer matrimonio. A esa tradición, los belgas la llamaban «las
entradas dichosas».
Fabiola había superado
la prueba. Su rostro ya era conocido en todo el mundo. En España y en Bélgica
no se hablaba de otra cosa.
36
Los novios se
entregaron al pueblo por completo
En Bélgica, todo el
mundo quería saber más de esa joven española que se iba a convertir en su
reina. Fabiola se esforzada en atender a todos con interés y en pronunciar
algunas palabras en flamenco. El 24 de septiembre, siete días después de su
presentación a la prensa, le quedaba a Fabiola la prueba más dura, que era saludar
y conocer a los representantes de las instituciones: magistrados, generales,
gobernadores de provincias, obispos, científicos, empresarios y diferentes
personalidades del mundo de la cultura. Todos deseaban conocerla de cerca, y
ella siempre les dedicaba unas bonitas palabras y una sonrisa.
Cuando a monseñor
Suenens, el único conocedor del secreto de Balduino, le presentaron a Fabiola e
intercambió unas pocas palabras con ella, tuvo la certeza de que era, sin duda,
la mejor elección posible. En cuanto pudo, buscó al rey para darle la
enhorabuena.
—Señor, era la persona
de Dios que buscábamos. Veronica no se equivocó.
—Nunca les estaré
suficientemente agradecido. Conocerla a fondo ha sido una bendición de Dios.
Todos felicitaron a los
novios, aunque llegó la pregunta que temían: «¿Para cuándo la boda?». Los
belgas estaban entusiasmados con la noticia que les había hecho olvidar los
muchos problemas que habían sobrevenido tras la independencia del Congo. Solo
querían ver a la prometida en todos y cada uno de los actos tradicionales
belgas. El rey decidió salir a la calle en coche descubierto para que los
ciudadanos pudieran contemplar a su futura reina. El pueblo se echó a la calle
con banderas y pañuelos, que agitaba al paso del cortejo por el centro de Bruselas.
Fabiola se vistió para la ocasión con traje y sombrero. También se puso una
estola de visón, que dejó caer sobre los brazos. Saludaba sin parar en una
dirección y en otra. Los periodistas que iban siguiendo el cortejo no dejaban
de recoger ese instante. En el coche descubierto, los novios sonreían a todos;
los automóviles tocaban el claxon a su paso y las bicicletas hacían sonar los
timbres. Durante horas se escucharon muchos vivas a Fabiola, aunque les costaba
pronunciar el nombre. El rey también sintió el afecto que le tenían. Muchos de
los que agitaban banderas y pañuelos hubieran puesto la mano en el fuego por
que Balduino iba a entregar su vida a Dios antes que a cualquier compromiso
terrenal. Es más, estaban convencidos de que un día renunciaría a la corona
para ordenarse sacerdote. El anuncio de su relación con Fabiola les había
pillado a todos por sorpresa. La alegría en las calles se desbocó por completo.
El burgomaestre de Bruselas pidió a los ciudadanos por la radio que engalanaran
los edificios, y ellos respondieron sacando al balcón alfombras, tapices y lo
mejor que tenían en casa. Nunca la ciudad había estado tan bonita y tan cuidada
como en esos días. Balduino saludaba y, de vez en cuando, cogía a Fabiola por
los hombros y le hablaba al oído.
—Todos te quieren
expresar su afecto. Eres lo mejor que me ha podido pasar en la vida.
—¡Estoy muy emocionada!
Estas expresiones de cariño no me las esperaba.
El automóvil se detuvo
y una mujer entrada en años rompió la seguridad y se acercó a darle en mano a
Fabiola un ramo de gladiolos. Esta lo recibió con una gran sonrisa y finalmente
besó las flores. Todos los que lo vieron comenzaron a lanzar vivas a la reina.
Atravesaron el corazón de la ciudad y se adentraron por calles más estrechas.
Los artesanos, tenderos y expendedores de cerveza habían cerrado sus comercios.
Por la Place de la Chapelle se adentró la comitiva. Se trataba de la zona más
antigua de la ciudad. Fabiola comenzó a oler a especias y a pan recién hecho.
Estaban los ciudadanos muy cerca del coche oficial. Al llegar a las calles más
humildes, el chófer hizo ademán de girar para dar la vuelta, pero Fabiola le
pidió que siguiera hacia adelante. La gente de a pie se lo agradeció mucho. Ese
gesto les indicaba que deseaba ser la reina de todos, no solo de unos pocos.
—El pueblo te ha
acogido con fuerza y ya no te soltará nunca. No ocurre lo mismo con todas las
reinas. Mi madre lo consiguió y tú también.
Omitió que a la
princesa de Réthy jamás la habían admitido, y también que si el pueblo belga te
rechazaba, era para siempre. Balduino, con la reacción tan calurosa de los
ciudadanos, estaba feliz. Las muestras de cariño se fueron sofisticando y
ahora, desde los balcones, caían flores de papel, confeti y serpentinas, como
si fuera Año Nuevo. Aquella lluvia de papeles de colores parecía un sueño. De
pronto, el Tucker Torpedo de color negro en el que iban se paró. La gente, al
comprobar que no avanzaban, se arremolinó en torno a ellos y el rey comenzó a
saludar a todos los que tendían la mano para estrechársela. La futura reina
hizo lo mismo sin sentir ningún temor. Estaba a gusto con aquel baño de masas.
Incluso se puso a hablar con la gente. Como no se arreglaba la avería, tuvieron
que bajarse del icónico coche y abrirse camino entre la multitud para subirse a
otro vehículo del cortejo. No perdieron la serenidad ni la sonrisa. Dentro del
nuevo vehículo, Balduino le cogió la mano.
—Es como si hubieras
nacido para esto. ¡Menuda lección has dado a todos! Me siento muy orgulloso de
ti.
Fabiola le respondió
con emoción en los ojos y le dedicó una de sus mejores sonrisas. La lenta
caravana iba en dirección al ayuntamiento. La vieja Bruselas se había
engalanado para ese momento con colgaduras en los edificios bordadas a mano. Al
llegar al consistorio, les esperaban los representantes del pueblo con sus
mejores galas y sus condecoraciones en la solapa del traje. Saludaron a todos y
pasaron al interior. La gente se agolpó bajo el balcón, vitoreando al rey y a
su prometida. Finalmente, aparecieron y saludaron al pueblo desde los tres
metros de altura que los separaban del suelo. Fabiola, de forma espontánea,
comenzó a hacer un gesto uniendo las manos y llevándoselas al corazón. Se
emocionó mucho y regresaron los vivas a Fabiola.
—Han captado tu
personalidad. Te has hecho querer por ellos y por mí.
La aristócrata no
dejaba de repetir que ya era una más entre ellos en francés. Lo decía
convencida, y los que la oyeron sabían que decía lo que sentía.
Cuando regresaron a
palacio, después de estrechar las manos de la sociedad civil belga, el rey
Leopoldo se acercó a abrazarlos. La princesa de Réthy también, aunque sus ojos
denotaban un halo de tristeza. Minutos después, recibieron una llamada del
embajador belga en España. Deseaba informar al rey de algo importante.
—Señor, creo que es
necesario que Fabiola regrese. Cada vez hay más carteles por las calles que
está fotografiando la prensa en los que se puede leer: «¡Fabiola, no nos
olvides!».
—Gracias por su
advertencia. No nos hemos dado cuenta de que la sociedad española quiere
rendirle su propio homenaje. Millones de gracias.
Balduino habló con
Fabiola, desconocedora de lo que estaba ocurriendo a mil trescientos kilómetros
de allí.
—Debes regresar cuanto
antes a España. Te están reclamando por todas partes. Eso sí, te pido que no
tardes en volver a Bélgica.
—Intentaré no estar
lejos de ti mucho tiempo. Creo que en mi país necesitan conocerme y despedirse
de mí —argumentó ella.
—Lo entiendo
perfectamente. Esta situación no deberíamos prolongarla mucho más tiempo. ¿Te parece
que nos casemos en diciembre?
—Lo veo un poco
precipitado, pero ¡adelante!
Fabiola abrazó a
Balduino. No tenía sentido retrasarlo más. Pensaba en lo mucho que tendrían que
correr los que hicieran su traje de novia.
—Fijaremos la fecha
para antes de Navidad —insistió Balduino—. Ahora queda una labor diplomática
frenética. Me gustaría que estuvieran presentes todas las casas reales del
mundo. No es para menos. Quiero que todos te vean y te quieran como yo.
—Lo que creas
conveniente. Mi rey es mi prioridad…
Fabiola hizo una
reverencia que Balduino cortó en seco para besarla en los labios. Se olvidó de
que toda su familia observaba de lejos.
Balduino habló con su
padre y decidió poner a disposición de la futura reina un avión DC-6 para sus
desplazamientos. Saldría a la hora que ella quisiera y cuando deseara. Al día
siguiente, a mediodía, Fabiola regresó a Madrid en el Douglas Aircraft
perteneciente al ejército belga.
En España, los
periódicos y las revistas no hablaban de otra cosa: «Una española reina de Bélgica».
El director de La Actualidad Española, José Luis Cebrián Boné, le
pedía al joven periodista Jesús Hermida que aprovechara la oportunidad de hacer
algo que no tuvieran los demás.
—Necesito que entres en
su casa y que el fotógrafo que te acompañe lo fotografíe todo. Descubramos el
corazón de la que se va a convertir en la reina de los belgas. Cuando digo
todo, ¡es todo!
El director dio un
golpe en la mesa. No ocultó los nervios que tenía ante una noticia de tan gran
alcance.
—Para pasar hace falta
que alguien sea nuestro cómplice y nos abra la puerta desde dentro —comentó
Jesús, reportero muy avispado a pesar de sus veintitrés años—. Ahora mismo,
entrar en su domicilio es prácticamente imposible. Hay policía y una nube de
periodistas que desean lo mismo que nosotros.
—¡Encuentra el camino!
Por eso te lo encargo a ti. Seguro que un hermano, alguien del servicio, una
amiga… puede lograr lo que te estoy pidiendo. Quiero todo de ella, ¿me
entiendes? Qué le gusta comer, en qué obras de caridad se ha volcado, si es
deportista, si le gusta esto o aquello, quién es su confesor, a qué iglesia va…
¡Todo! La semana que viene tenemos que ir en portada con esto. ¡Es tu
oportunidad!
Jesús Hermida, que
había estudiado Filosofía y Letras en Madrid y Periodismo en la Escuela
Oficial, coincidía con Cebrián en que esta era su gran oportunidad. Estuvo
pensando en qué estrategia seguir y decidió no ir a la puerta en la que se
encontraban todos los periodistas, sino al Ritz, donde sabía que Jaime de Mora
había sido contratado para amenizar las noches del hotel con la ayuda del piano
que presidía el salón principal.
Se presentó allí a las
siete de la tarde y esperó a que llegara el hermano díscolo de los Mora y
Aragón. Dos horas después, aparecía Jaime, vestido con traje negro y corbata
azul a juego y un pañuelo que sobresalía del pequeño bolsillo exterior del
pecho. La perilla y el monóculo de su padre completaban la estética. Jesús
Hermida también vestía con traje y corbata. No esperó a que se sentara al
piano. Fue directamente a por él y se presentó:
—Soy de La
Actualidad Española y nos gustaría hacer un reportaje del entorno en el que
ha vivido su hermana hasta hoy.
—En estos momentos, es
imposible entrar y salir de mi casa con una cámara.
—Seguro que usted
encuentra la fórmula para que entre con un fotógrafo de la revista que mejor va
a tratar a su hermana.
—Pero yo ¿qué gano con
todo esto?
—Mi revista podría
tener algún detalle con usted.
—No lo veo nada claro.
Jesús Hermida sabía que
sus deudas eran tan grandes como sus ganas de vivir la noche. Le dio su tarjeta
y le dijo que podía llamarlo a cualquier hora.
—Por si cambia de
opinión.
Jaime le estrechó la
mano y se dedicó a atender a todos los conocidos que se habían acercado hasta
el hotel para darle la enhorabuena por el noviazgo real de su hermana. También
había muchos curiosos que deseaban saber mucho más de cómo la familia estaba
viviendo ese momento.
Jesús se fue con cierta
frustración y pensó en acercarse a alguien del servicio a la mañana siguiente.
Sin embargo, esa misma noche, Jaime de Mora lo llamó por teléfono.
—Mire, solo hay dos
periodistas que se han acercado a mí con elegancia y respeto. Desde luego, uno
es usted.
—Y a mi otro compañero
¿lo conozco?
—Se llama Jaime
Peñafiel. Me han caído bien. Les enviaré un coche para que los recoja en el
Palace. De esta forma, entrarán por la puerta de carruajes sin que nadie los
pare. No digan que son periodistas, ¿de acuerdo? Le he oído a mi madre que
mañana irán a las doce a una tienda de moda. Tendrán un poco más de una hora
para ver su habitación y preguntarme lo que deseen. ¡No se olvide de traerme el
detalle del que me habló!
—¡Por supuesto! ¡Hasta
mañana!
A pesar de las horas,
Jesús llamó a Peñafiel, al que conocía de varias informaciones en las que
habían coincidido los dos. Se llevaban bien y quedaron al día siguiente, una
hora antes de la cita con Jimmy, para tomar un café en la cúpula del Palace.
—Me gustaría dar con
algo que no tenga todo el mundo —le dijo Jesús a su compañero.
—En Europa Press
también me aprietan para obtener algo diferente. Veremos qué sacamos del
díscolo Jaime.
Se tomaron el café y
decidieron dar quinientas pesetas a Jaime de Mora como «detalle» por abrirles
la puerta de la habitación de Fabiola. Salieron a la entrada del hotel, donde
ya los estaba esperando el chófer de doña Blanca, la madre de Jaime. Se
subieron al coche y veinte minutos después llegaban al número 5 de la calle
Zurbano. El mecánico tocó el claxon y la puerta se abrió. Los periodistas que
estaban en los aledaños acudieron nerviosos, ya que no sabían si era Fabiola
quien iba dentro; los cristales estaban tintados. Jaime de Mora les dijo que su
hermana todavía tardaría en llegar. Se cerró la puerta de carruajes de nuevo y
salieron del coche Hermida y Peñafiel. Siguieron a Jaime de Mora y entraron por
la puerta que comunicaba el garaje con el interior de la vivienda. Subieron las
escaleras y los llevó directos al cuarto de su hermana.
—¡Aquí lo tienen!
Espero que no hagan ruido. Afortunadamente el servicio está en la cocina. Sean
breves, si no quieren que nos pillen a todos.
La mesilla de noche
tenía un ramo de gladiolos, que tanto le gustaban a Fabiola. Había un crucifijo
en lo alto del cabecero de la cama y unas colchas y cortinas de color blanco y
motivos florales rosas. El fotógrafo que iba con Peñafiel no paraba de hacer
fotos, mientras que los dos periodistas lo miraban todo con detenimiento. En un
determinado momento, Jaime de Mora los dejó solos.
—Si los pilla el
servicio, yo no quiero saber nada. Se han colado ustedes, ¿de acuerdo? Tienen
quince minutos. De modo que les pido que se den prisa.
Cerró la puerta y Jaime
Peñafiel empezó a abrir cajones. Su fotógrafo, también de la agencia Europa
Press, disparaba la cámara hacia todos los rincones de la habitación. Jesús
Hermida revisaba los títulos de los libros que se encontraban en la estantería
para averiguar sus gustos de lectura. De pronto, Peñafiel descubrió en un cajón
el diario de Fabiola.
—Jesús, ¿has visto lo
que hay aquí? ¡Es su diario! Aquí estará todo lo que siente y piensa de
Balduino.
Se acercó Hermida y lo
contempló como el que descubre un tesoro. Abrió la primera página y certificó
que eran vivencias de Fabiola.
—Efectivamente, lleva
su nombre en la primera página. Aquí está toda su visión de cómo ha vivido esta
situación.
—¡Lo cojo!
Peñafiel se abrió la
camisa y se lo guardó en la cintura del pantalón. Se apretó más el cinturón
para que no se le cayera cuando saliera de allí. Volvió a colocarse la camisa.
—¡Vayámonos de aquí
cuanto antes! —comentó Peñafiel.
Cerraron la puerta con
cuidado y bajaron las escaleras sigilosamente hasta llegar al salón, donde se
encontraba Jaime. El fotógrafo metió la cámara dentro del estuche.
—¿Lo tenéis todo?
¿Queréis preguntarme alguna cosa? —dijo Jaime.
—¿Te ha sorprendido la
noticia? —le preguntó Jesús, disimulando.
—Tanto como al resto de
mi familia. Mi hermana lo ha llevado en secreto. Ninguno sabíamos nada. Bueno,
creo que mi hermana pequeña, Mari Luz, sí debía estar al tanto. Se lleva muy
bien con ella.
—Emparentar con la
realeza, ¿qué supone para los Mora y Aragón? —pregunto Jaime Peñafiel.
—Es algo que todavía no
creemos. La noticia es demasiado reciente como para haberla podido asimilar.
Oyeron pasos y lo más
prudente era salir de allí cuanto antes. Decidieron regresar a las cocheras y
subirse al vehículo que los había llevado sin que ningún periodista de los que
esperaban fuera supiera quienes iban en el interior. Jaime de Mora se sentó al
volante y sacó el coche de allí. Cuando llegaron a la calle Alcalá, les pidió
que bajaran.
—Este coche tendrá que
ir a por mi madre y mi hermana. Debo volver inmediatamente, señores.
—Muchas gracias, Jaime
—le dijo Hermida.
—También le damos las
gracias. Sin usted no hubiéramos podido pasar —añadió Peñafiel.
En cuanto observaron
que el coche desaparecía de su vista, Peñafiel respiró. Se abrió la camisa y
sacó el diario.
—¡Quédatelo, Jesús! No
digas nada a nadie. Hay que averiguar si nuestros medios nos amparan
jurídicamente para publicarlo.
—¡Llamaré al director
en cuanto llegue a casa!
—¡Hazlo y dime algo!
Jesús prefirió ir en
autobús, sin dejar de llevarse la mano al vientre, donde había escondido el
diario. En cuanto se bajó del transporte público, apretó el paso. No se detuvo
a hablar con nadie. Su único deseo era llegar a casa cuanto antes.
Hasta que no cerró la
puerta de la calle de su domicilio no respiró tranquilo. Sin quitarse siquiera
la chaqueta, sacó el diario y, casi de manera instintiva, se puso a leerlo.
Después llamó a la redacción de La Actualidad Española para comprobar si
el director seguía allí. Por fortuna, aún no se había ido a comer y le pasaron
con él.
—Director, ¡esto es una
auténtica bomba! Peñafiel ha sacado el diario del cajón de la mesilla de la
mismísima Fabiola y al final me lo ha entregado. En ese diario, la prometida del
rey explica punto por punto cómo ha conocido a Balduino y lo que siente por él.
—¡Menudo documento!
Revísalo de arriba abajo, pero espera antes de escribir nada a que consultemos
con los abogados.
—Está bien. Iré
leyéndolo.
Fabiola había acudido
junto con su madre a Eisa Costura a encargar el traje de novia. Las dos
coincidían en que tenía que ser Balenciaga el autor del vestido que pasaría a
la posteridad. «Está unido a nuestra propia historia familiar. Debe ser él»,
apuntó doña Blanca. Nada más tener conocimiento de lo que querían, la encargada
llamó a París para que la futura novia hablara con Balenciaga. El diseñador se
puso de inmediato al teléfono.
—¡Fabiola, enhorabuena!
¡Reina de los belgas! En esta casa nos sentimos especialmente orgullosos.
—Muchas gracias,
Cristóbal. Ya le he dicho a la encargada que me gustaría que me hicieras el
traje de novia. El hándicap es que tenemos muy poco tiempo. La boda será en
diciembre, y ni que decir tiene que la discreción debe ser absoluta.
—No te preocupes, tenemos
infraestructura para confeccionártelo en un tiempo récord. Antes deberás elegir
el diseño. Haré varios bocetos y viajaré a Madrid para enseñártelos. En cuanto
estés decidida, lo demás será mi responsabilidad. De aquí no saldrá ninguna
filtración a la prensa.
—No me valdrá cualquier
traje. ¡Va a haber mucha curiosidad, muchos ojos mirándome, y no puedo
defraudar a nadie!
—Tranquila, serás la
novia más guapa del mundo. Tu vestido deberá ser de reina.
—Tampoco quiero que sea
muy pomposo. Que vaya con mi personalidad.
—Tú dominarás al traje
y no al revés. Es una de mis máximas. ¡Me hace mucha ilusión que me lo
encargues a mí! Te he visto desde niña por mis talleres y ya no digamos a tu
madre y a tu abuela.
—Mamá y yo hemos
coincidido en que nadie lo podría hacer mejor que tú.
Salieron de allí muy
contentas de que Balenciaga hubiera aceptado el encargo con tan poco tiempo.
Fuera ya las estaba esperando el chófer para llevarlas a casa. En el trayecto
de Eisa Costura al coche, varias mujeres la reconocieron y la felicitaron. Su
rostro ya era muy conocido, después de salir en las portadas de toda la prensa
internacional.
Llegaron a casa y el
servicio les indicó que estaban solas para comer. Jaime se había ido de casa
poco después de regresar, conduciendo el coche de la familia.
Fabiola subió a su
cuarto y se puso cómoda. Se tumbó sobre la cama pensando en el traje de novia
que realmente le gustaría llevar. Cerró los ojos y se vio ante el altar junto a
Balduino. ¡Todo parecía un sueño! Sinceramente, pensaba que Dios la estaba
llevando por un camino que no sería nada fácil. De pronto, le surgió la
necesidad de plasmar sus pensamientos en el diario. Se incorporó y lo buscó en
su mesilla de noche, pero allí no estaba. Pensó entonces que lo mismo lo había
dejado en un lugar inusual, por tener la cabeza en mil cosas. Llamó a Violeta y
le pidió que la ayudara a buscar en cualquier sitio posible de su cuarto. No
apareció tampoco.
—¡Alguien lo ha cogido!
—sentenció Fabiola, evidentemente nerviosa.
Le pidió a Violeta que
preguntara al servicio. Lo mismo lo habían guardado en otro lugar más seguro.
Pero salió de dudas enseguida.
—Nadie ha venido por
aquí. No tienen idea de dónde podría estar.
—¿Sabes si mi hermano
Jaime ha entrado en mi cuarto con cualquier excusa?
—Yo no lo he visto.
—Pregunta a todos,
incluido el mecánico.
Fabiola lloraba en
silencio. Sabía lo que significaba que sus vivencias cayeran en manos
inadecuadas. Violeta regresó.
—Su hermano ha recibido
esta mañana a tres señores.
—¿No habrán entrado en
mi habitación?
—No creo.
—Localiza a mi hermano,
por favor. Es muy urgente.
Estaba convencida de
que algo raro había pasado con el libro en el que iba escribiendo sus
sentimientos y narraba cómo habían ido transcurriendo esos meses. También salía
el nombre de Veronica O’Brien, la artífice de la locura de plan que habían
trazado para casar a Balduino y que ella rechazó en un principio. ¡Sería
terrible que trascendiera todo el proceso de acercamiento entre los dos!,
pensaba. De pronto, se acordó de Margot. Buscó su teléfono y la llamó.
Afortunadamente, estaba en casa comiendo.
—Margot, soy Fabiola.
—¡Fabiola!
¡Enhorabuena! —exclamó la periodista—. Ahora entiendo algunas de las cosas que
me decías en las cenas. Tienen todo el sentido. ¿En qué puedo ayudar?
La sonrisa de Margot se
esfumó de su rostro. Se hizo un silencio al teléfono que le indicaba que algo
no iba bien. Por fin, Fabiola continuó.
—Sé que siempre tienes
entre manos asuntos muy importantes y graves, pero lo que te voy a contar para
mí significa muchos problemas y, sobre todo, un drama. ¡Me han robado mi
diario! En él he anotado mis pensamientos y mis encuentros con Balduino. Salen
muchos nombres que no deberían ver la luz. Antes de empezar a vivir con
Balduino, protagonizar un escándalo de estas características me rompe el alma.
No se lo merece. Tengo miedo de lo que saquen o dejen de sacar. Me arrepiento
de haber volcado mi alma en esas páginas. ¡Hasta la Iglesia podría salir mal
parada! De trascender su contenido, sería empezar con muy mal pie con Balduino
y con su pueblo.
Margot comprendió la
gravedad del asunto y la prioridad que el caso requería.
—¡Voy ahora mismo a tu
casa!
37
Un grave problema
diplomático
Margot se vistió
rápidamente sin perder un solo minuto. Se quedó sobre la mesa intacto su
segundo plato. Camila y Sátur le recriminaron que antepusiera su trabajo a
todo.
—Nada es tan urgente
como para no terminar una comida.
—Sé que a mis
«guardianas» no les gusta mi trabajo, pero es así. Me tengo que ir. Esta noche
lo ceno. No hay problema. Me tenéis sobrealimentada.
Se cogió una manzana
del frutero y, cuando iba a abrir la puerta de la calle, volvió a sonar el
teléfono. Creyó que era Fabiola de nuevo y se apresuró a descolgar el
auricular. Sin embargo, al otro lado de la línea hablaba una voz que para ella
era más que familiar.
—¿Te pillo muy mal,
Margot?
En décimas de segundo,
se dio cuenta de quién se trataba.
—¡Almudena! ¡Qué
alegría saber de ti! Me iba en este momento a un tema urgente, pero dime. ¿Te
ocurre algo?
—Bueno, los problemas
derivados de que mi padre quiera esconder a Margarita, pero no te llamo por
eso. Le he pedido a un cura amigo mío que bautice a mi pequeña. Solo necesito a
mis padrinos y a nadie más. ¿Podrás venir el domingo con Parker a la iglesia de
San José, a las dos de la tarde? Creo que sois las personas que más habéis
hecho por mí.
—¿Y tu familia irá?
—No están conformes con
celebrar una ceremonia a la que vayan los parientes y que todo el mundo sepa
que he tenido una hija. Sí que vendrán mi hermano Juan y su mujer. Ellos
quieren criarla. Acudirán para hacerse la foto con la niña y poder hacer el
paripé de que son los padres.
—Aquí lo importante es
lo que piensas tú.
—No tengo ninguna forma
de mantenerla. Dependo de mis padres, Margot. Ahora solo piensan en mi regreso
a la sociedad de la que me marché tan abruptamente. Y en esos planes, no entra
la niña.
En el teléfono hubo un
silencio. Interpretó Margot que Almudena estaba llorando.
—Almudena, piensa en
reponerte. Estabas muy mal. La niña siempre va a contar contigo. Hagas lo que
hagas, será pensando en ella, pero tienes derecho a criarla tú. No lo olvides.
—¡Gracias, Margot! No
quiero ser una pesada. Has dicho que te tenías que ir… ¡Un beso grande!
Cuando colgó, sintió
una profunda tristeza por la joven enamorada que huyó con su profesor y que
ahora volvía pensando que el amor no existía, y tampoco la compasión.
Margot salió de casa y
se fue en dirección al garaje para coger su descapotable rojo e ir a la calle
Zurbano, donde estaba la casa familiar de los Mora y Aragón. Aparcó como pudo
en la calle paralela y tuvo que sortear la nube de periodistas y curiosos que
había siempre apostada en la puerta principal.
—Señores, disculpen.
Tengo que pasar. Con su permiso —fue diciendo a unos y a otros.
Dejaron que llamara al
timbre y Milagros, nada más abrir la puerta, le hizo un gesto para que se diera
prisa. Una vez dentro, siguió al ama de llaves hasta el salón, donde la estaba
esperando Fabiola. Su cara era todo un poema.
—¡Margot!, gracias por
venir.
Se fue hacia ella y la
abrazó.
—Cuénteme todo con
detalle.
Se sentaron en el sofá
y Margot comenzó a apuntar en su libreta todo lo que le parecía importante del
discurso de Fabiola.
—He llegado como a las
dos a casa. Y al subir a mi cuarto, he echado en falta mi diario. Lo guardo
siempre en mi mesilla de noche.
—¿Me puede enseñar su
habitación?
Fabiola subió con ella
al primer piso y, al entrar en su cuarto, le dio permiso para que abriera y
cerrase los armarios a su antojo. Lo primero que inspeccionó fue la mesilla de
noche, luego revisó la estantería llena de libros, el vestidor…
—Está claro que aquí no
está. ¿Cabe la posibilidad de que lo haya cogido alguien del servicio?
—No, llevan con
nosotros muchos años y son de plena confianza.
—¿Han tenido alguna
visita hoy que se salga de lo habitual?
—Dadas las
circunstancias, intentamos que no entre ni salga nadie, pero… Un momento.
—Fabiola hizo como si recordase algo—. El mecánico nos ha dicho que ha estado
aquí Jaime con tres amigos.
—¿Está aquí su hermano?
—preguntó Margot, muy profesional.
—¿Por qué ahora me
estás tratando de usted? No quiero que nada cambie entre nosotras. Contestando
a tu pregunta, te diré que no. Llevamos todo el día buscándolo. Después de
salir con esas personas, regresó a casa con el coche de la familia y luego se
fue por sus propios medios. Ahora tenemos que recoger a las visitas y entrarlas
por el paso de carruajes para que, al igual que tú, no se encuentren con una
barrera humana de periodistas.
—Ya… De todas formas,
aunque confíes en el servicio, me gustaría preguntar una a una a las personas
que podrían haber tenido acceso a tu habitación. ¿Te importa?
—No, en absoluto.
La primera que se
prestó a su interrogatorio fue la mano derecha de Fabiola, Violeta. Después,
Milagros, el ama de llaves que llevaba toda la vida en la casa. También
aparecieron por allí Manuela, que había cumplido ya cinco años trabajando con
ellos, y Lucía, la más robusta y joven del servicio. A Enrique, el mayordomo
ciego, pidió Fabiola que no lo molestaran. Por último, habló con Hipólito, el
mecánico.
—¿Tiene usted acceso a
las habitaciones de la casa? —preguntó al chófer.
—No, no es mi cometido.
—Usted le ha dicho a la
señora que don Jaime ha venido con tres hombres hoy. ¿Puede decirnos algo más
de ellos?
—No lo sé. Pero
parecían nerviosos. Estaban un poco alterados. Sobre todo uno de ellos.
—¿Por qué alterados?
¿Sabe sus nombres?
—Uno llamaba al otro
Peñafiel, y ese se dirigía al primero como Hermida o algo parecido. El tercero
hablaba constantemente de que necesitaba tiempo para hacer su trabajo. Decía:
«Vosotros os podéis inventar el texto, pero yo no me puedo inventar una foto».
—Inventar una foto… ¿Le
parece a usted que podrían ser periodistas?
—No sabría decirle. El
señorito Jaime seguramente la va a ayudar más que yo.
En ese momento,
irrumpió Jaime en el salón, ajeno a todo lo que estaba pasando. Se mesaba la
perilla mientras caminaba sonriente hacia su hermana y la besó.
—¡Hola, hermanita!
Menuda comida he tenido hoy. Se ha alargado muchísimo. Todos quieren saber de
ti.
—Ten cuidado con lo que
hagas o digas, ya que puede tener repercusión para Balduino y hacer daño a
nuestra relación.
—¡Está claro, hermana!
—Don Jaime, ¿puedo
hacerle una pregunta? —Margot inquirió de sopetón.
—Y usted ¿quién es?
—replicó sorprendido Jaime.
—Perdón, no me he
presentado, soy la detective Margot Sanz Peters.
—¡Encantado! —Le besó
la mano—. ¿Ha dicho detective?
—Sí. La pregunta es muy
simple. ¿A qué se dedican los amigos que han venido hoy aquí con usted?
—Querían verme a mí, y
punto.
—Pero ¿a qué se
dedican? ¡Conteste, por favor!
Margot no estaba para
bromas ni los requiebros verbales a los que estaba acostumbrado Jaime.
—Cada uno tiene sus
negocios. No sé a qué viene esa pregunta.
Fabiola salió al quite
de la tensión que se respiraba con las preguntas de Margot y las respuestas de
Jaime.
—Me han quitado mi
diario. Y ahí digo cosas muy privadas. Puede suponer un gravísimo problema para
mí. ¿Habéis subido tú o tus amigos a mi habitación?
Hubo unos segundos de
silencio. Imaginó Jaime que los periodistas habían hecho algo más que
fotografiar y mirar la habitación de ella, pero decidió ocultarlo.
—No, ni yo ni ellos.
¿Qué pintábamos en tu habitación?
Cuando se ponía
nervioso, situaba el monóculo de su padre, que siempre llevaba encima, sobre su
ojo izquierdo.
—Está bien. Una cosa
más: ¿por qué uno de sus amigos decía que necesitaba tiempo porque no podía
inventar una foto y ellos sí podían inventar un texto? Da la impresión de que,
en lugar de empresarios, eran periodistas. ¿Le importaría acompañarme a la
comisaría? —le dijo muy seria Margot.
—Sí, me importa. Me
tengo que vestir para ir esta noche al Ritz. Toco allí a las nueve de la noche.
Además, ya le he dicho todo lo que sé. No me está usted tratando con el respeto
que merezco.
Margot se mostraba
imperturbable, a pesar de que Jaime hubiera elevado la voz para sacar a relucir
su condición de noble y aristócrata.
—Está bien, le espero
mañana a las doce en la Dirección General de Seguridad.
No quiso decirle nada
más delante de Fabiola. Solicitó un teléfono para poder llamar a la comisaria.
Margot marcó desde el palacete de Zurbano el número de la brigada. Enseguida le
pasaron con don Eugenio Benito Poveda.
—Margot, ¿ocurre algo?
—preguntó el comisario.
—Estoy en casa de
Fabiola de Mora y Aragón. Le han robado su diario del cajón de su mesilla de
noche. Casi con toda seguridad han sido amigos de su hermano Jaime. Le he
pedido que venga mañana a las doce para tomarle declaración. Me temo que el
diario de Fabiola pueda provocar un conflicto diplomático. Se trata de la
prometida del rey Balduino.
—Llamaré a don Camulo,
él sabrá qué hilos mover…
El comisario desde su
despacho llamó al ministro de la Gobernación, Camilo Alonso Vega. Al poco, los
gritos se podían oír a través del teléfono. Era muy amigo de Franco; de hecho,
todos sabían que, como veterano de la guerra de Marruecos y después de haber
participado en la Guerra Civil, era una persona de su máxima confianza. El
apodo de don Camulo tenía mucho que ver con la dureza de su gestión.
—Voy a llamar al
ministro de Información, Gabriel Arias Salgado, para que ponga a todos los
periodistas firmes.
La gestión del ministro
Arias Salgado se caracterizaba por un control férreo de la información. En
cuanto recibió la llamada de Camilo Alonso Vega, puso en guardia a todos los
directores de periódicos y revistas.
—¡Si se publica una
sola coma de ese diario de la prometida de Balduino, serán ustedes responsables
de la clausura de su medio! Y los que se han atrevido a sustraerlo ¡serán
encarcelados si no lo devuelven inmediatamente!
Arias, además, previno
a Franco de lo que estaba pasando, y este aplaudió que fuera contundente con
quien publicara una sola línea del diario de la futura reina belga.
A su vez, Fabiola ya no
pudo retener la información más tiempo y telefoneó a Balduino para que supiera
lo que estaba sucediendo. El rey se indignó nada más tener conocimiento y llamó
a continuación a su ministro de Exteriores.
—He esperado mucho este
momento para que alguien lo estropee. No le interesa a nadie lo que ponga
Fabiola en ese diario. ¿Me entiende? Hable con su homólogo en España.
La secretaria del
ministro no tardó en marcar el teléfono del homólogo español, Fernando María
Castiella. Se conocían bien por el acuerdo comercial que habían suscrito en el
mes de junio con España y el resto de los países del Benelux (Países Bajos y
Luxemburgo). Antes de la firma, se habían reunido en numerosas ocasiones.
—Mi querido amigo,
tenemos un verdadero problema diplomático. Si se publica algo de ese diario,
nuestros acuerdos comerciales pueden verse interrumpidos. Se trata de algo muy
grave que hay que parar como sea.
El ministro español
tampoco tardó en llamar a Franco para advertirle de que estaban a las puertas
de un conflicto muy serio entre Bélgica y España.
—¡Encuentren al ladrón!
Franco no dijo más,
pero los ministros sabían que, de trascender esta información y aparecer en
algún periódico o revista, podría costarles el puesto.
Margot daba vueltas a
los nombres de Peñafiel y de Hermida. Le sonaban, los había leído, pero no
frecuentaban los círculos en los que ella se movía. No era capaz de recordar el
medio al que pertenecían, pero no sería difícil localizarlos.
En el servicio, estaban
muy preocupados por lo sucedido, ya que estaba amargando el momento de
felicidad que se respiraba en la casa. Con gran inquietud por saber quién tenía
el diario, Manuela se acordó de su amiga vidente. Al fin y al cabo, María
Gracia supo ver antes que nadie el terremoto que iban a sufrir los Mora y
Aragón e igualmente vio clarísimamente la corona que marcaría sus destinos. Se
lo comentó al ama de llaves, a quien, en esta ocasión, no le pareció mal que
fuera a casa de su amiga. Llamó por teléfono antes de ir allí, pero no obtuvo
respuesta. En su lugar contestó la voz grave de un hombre. No tuvo dudas de que
se trataba de Aniano, con quien la vidente seguía viéndose. Manuela estuvo
durante un rato enfadada con todo y con todos.
—Para una vez que la
necesitamos —resoplaba Milagros.
—Estoy segura de que
ella sabrá quién lo ha cogido. Espero que nadie tenga ninguna duda sobre
nuestro comportamiento… —hablaba Manuela, con cara de preocupación.
Sonó el teléfono de la
casa. Era María Gracia, que le devolvía la llamada.
—Me has llamado, ¿no?
—le dijo a Manuela, que había descolgado el aparato a una gran velocidad.
—Sí, necesito que me
recibas esta misma tarde. Es un asunto grave. Muy grave. Apelo a nuestra
amistad. Tienes que dejarme ir.
María Gracia estaba
contrariada por la premura de su petición. Siempre recurría a la amistad cuando
le convenía y, el resto del tiempo, se olvidaba de llamarla para interesarse
por ella. A su juicio, aquel egoísmo se hacía cada vez más notable y evidente.
—Había quedado con
Aniano. ¿No te das cuenta de la precipitación con la que me llamas siempre?
—Te lo pido por favor…
—Está bien, ven a las
seis. No llegues tarde, que tengo que hacer un par de recados.
—¡Gracias! ¡Dios te lo
pague!
Manuela le dijo a
Milagros que por fin iba a echarle las cartas su amiga. Esta le pidió que no
saliera de allí sin el nombre de la persona que había robado el diario. El ama
de llaves creía a María Gracia, después de haber acertado con todo lo que iba a
pasar en esa casa. Manuela a las cinco de la tarde salió del palacete,
sorteando a los periodistas. Refunfuñó en la puerta.
—¡Cuándo va a volver la
paz a esta casa! ¿No tienen otra cosa que hacer más que molestar?
Los periodistas la
dejaron salir y no le replicaron nada. Estaba de tan mal humor que no se
atrevieron. Cuando llegó a la calle Hermosilla, se encontró al portero en la
puerta, quien le dijo que María Gracia no había salido de la casa.
—¡Estos hombres tan
cotillas! ¡Pues ya sabía que estaba en casa! —comentó para sí.
El olor a incienso y
pachulí la fue calmando mientras subía por las escaleras. Al llamar al timbre,
ya tenía otro talante. El caso era que su amiga no le abría la puerta y volvió
a insistir. Dejó el dedo apretado para que María Gracia se percatase de que ya
había llegado. Le pareció escuchar su voz.
—¡Utiliza la llave!
¡Estoy en la bañera! ¡La llave!
Se quedó pensativa y
recordó que, la última vez que se vieron, ella le dio una llave para que la
utilizara en caso de necesidad. Ahora ella misma le pedía que la utilizara.
Rebuscó en su bolso. «¡Con la cabeza que tengo! ¡A saber dónde la he puesto!»,
se decía a sí misma. Se sentó en el último peldaño de la escalera y hurgó en el
interior hasta que la encontró metida en el monedero. La introdujo en la
cerradura y a duras penas tuvo fuerzas para abrir la puerta. «¡No valgo pa
na!», se recriminó. Cerró tras de sí y le dio una voz a María Gracia.
—Pero, chica, ¡qué
estás haciendo!
—¡Enseguida salgo!
Se sentó en la consulta
y miró a su alrededor con detenimiento. ¡Ya le gustaría a ella tener tanto como
su amiga! De pronto apareció en el salón perfectamente vestida.
—Necesitaba darme un
baño, mujer.
María Gracia se la
quedó mirando y le habló sin que ella le hubiera contado nada. Vio clarísimo su
problema nada más verla.
—¡Te dije lo del robo
de unos papeles la primera vez que nos vimos!
—¿Cómo sabías que venía
por eso?
—Lo sé, no me preguntes
por qué.
Antes de que le dijera
nada, ya sabía lo que había sucedido en la casa en la que trabajaba.
—¡Estamos locos con lo
del robo de mi señora! ¿Quién ha sido?
No contestó
inmediatamente. Comenzó a extender los naipes españoles por la mesa tal y como
salían del mazo, después de haber barajado varias veces y haber pedido a
Manuela que cortara hasta en tres ocasiones.
—Han sido dos personas
jóvenes, diría que tres, pero veo a una cuarta, un cómplice dentro de la casa.
Alguien de la familia.
—¿Cómo alguien de la
familia va a estar en este embrollo?
—Sí. Tú y yo sabemos
quién es. El hombre que trajiste aquí.
Manuela se quedó en
shock y preguntó:
—¿Jaime?
—¡Ese, Manuela!
—Pero si es el hermano
de la señorita. No puede ser.
—Sí. Él conoce
perfectamente a los que lo han hecho… Pero sigo viendo que la felicidad de
Fabiola no va a ser completa tras la boda.
—Pero ¿qué estás
diciendo? ¡Si va a ser reina!
—Siempre faltarán en su
hogar las risas de unos niños.
—¿Quieres hacer el
favor de no seguir por ahí? —le comentó, enfadada.
—La verdad escuece. Los
hijos no llegarán. Va a sufrir mucho por ello.
Manuela se echó a
llorar. No podía soportar que Fabiola no fuera feliz del todo.
—No eres infalible. Te
puedes equivocar. Dime que alguna vez te has equivocado.
—No soy Dios y tienes
razón en que puedo equivocarme. Por cierto, no compartas esto que te he dicho
con nadie.
—¿Por qué me lo dices?
—Con nadie, te lo pido
por favor. Me ocasionarías a mí un problema serio. Muy serio.
Se levantó y no quiso
seguir concentrándose en la vida de Fabiola. Le cambió la cara. Se quedó
pálida.
—Está bien… No se lo
diré a nadie. No sé qué habrás visto, pero tu cara se ha quedado sin sangre.
—Si no dices nada, me
proteges.
Manuela observó que el
anillo de amatista que tanto había envidiado de su amiga había desaparecido de
su dedo corazón.
—¿Y la amatista?
—¡Ya no la tengo!
María Gracia seguía
nerviosa. Algo vio oscuro en relación con su futuro.
—¿Y eso? ¿Qué has hecho
con tu anillo?
—Lo ha empeñado Aniano
para un dinero que necesitaba.
—¿Te está sacando el
dinero? Pero, María Gracia, ya tienes una edad para que no te engañen los
hombres.
—Ha empeñado la sortija
en el monte de piedad. Me la va a devolver en cuanto le salga el negocio que
tiene entre manos.
—Ya… Ten cuidado, no te
haga empeñar el resto de las joyas que tienes. Bueno, tengo que volver a la
casa, que está llena de periodistas. No me gusta lo que me has contado. Me
dejas con una angustia que no sé cómo la voy a disimular.
—Tú no cuentes nada.
—No insistas. No lo
haré.
Manuela regresó
refunfuñando a la casa de los Mora y Aragón. Estaba convencida de que su amiga
la provocaba para ponerla nerviosa. Le gustaba hacerlo desde pequeña.
«¿Cómo no va a ser
feliz Fabiola? Va a cumplir el sueño de toda mujer, ¡casarse con todo un rey!»,
se dijo a sí misma. «Todas sus hermanas han tenido hijos, ¿por qué ella no va a
tenerlos?».
La joven estaba
convencida de que su amiga vidente pretendía hacerle daño.
Manuela atravesó de
nuevo la nube de periodistas, que volvieron a abrirle paso. Iba con mucha prisa
y tenía cara de mal genio. En cuanto llegó a la cocina, se puso la bata y un
delantal sin decir nada.
—Creía que ibas a
tardar más por el asunto que tú y yo sabemos —le dijo Milagros.
—No, ya ves que aquí
estoy.
—Traes cara de pocos
amigos. ¿Qué te ha contado?
—No me tires de la lengua.
Por favor, no me tires de la lengua.
—Pero ¿sabes quién ha
robado el diario o no lo sabes?
—Sí, lo sé. Y no somos
ninguno de nosotros.
—Pues ¿quién, entonces?
A Milagros se le estaba
acabando la paciencia. Por otra parte, Manuela pensó que «el no digas nada» iba
ligado al futuro de Fabiola, pero no al presente.
—Jaime lo sabe. Él
tiene todas las claves. Quienes lo han robado son los tres tipos con los que
llegó a la casa —le soltó de golpe.
—¡Válgame el cielo! —Se
santiguó y se quedó callada unos segundos—. Será mejor que no nos metamos
nosotras en nada. No vayamos a salir como gatos escaldados. ¡Ni una palabra!
Apareció Lucía, la más
joven pero la más robusta del servicio.
—¿Ocurre algo?
—Nada que tengas que
saber —le espetó Milagros.
Manuela le guiñó un ojo
y se calló. A la joven le daba rabia que la mantuvieran al margen de todo lo
que se cocía en esa casa. Acabaron todas en silencio preparando la cena. Lucía,
además, tenía otras preocupaciones. En casa de sus padres las necesidades cada
día eran mayores. Allí, sin embargo, en la de los Mora y Aragón, no había
estrecheces. De tanto en tanto, cuando Milagros no miraba, sisaba esto y
aquello sin que nadie la viera. El robo de comida le parecía algo trivial. Lo
verdaderamente importante era «tener para vivir», se decía a sí misma.
—¡Ya estás en las
musarañas! ¡Aterriza, muchacha! ¡Pareces atontada! —volvió Milagros a
increparla.
Para que no siguiera
metiéndose con Lucía, Manuela les hizo un comentario.
—La que nada en la
abundancia es mi amiga vidente. Pero el lagarto de su novio ha empeñado su
anillo de amatista. Le está sacando los cuartos, pero en esa casa hay mucho.
Sobre todo joyas…
38
Fabiola le retiró la
palabra
A las doce en punto,
Jaime entró en las dependencias de la Dirección General de Seguridad. Llegó
sonriente y con la confianza que daba llamarse Mora y Aragón en esos momentos.
Se hablaba de su hermana en los medios de comunicación constantemente desde que
en Bélgica hicieron el anuncio oficial de su compromiso con el rey. Nada más
identificarse en la puerta, lo condujeron hasta la Brigada de Investigación
Criminal. Lo esperaba Margot en el despacho del comisario. Iba vestido con
traje y corbata Ascot y llevaba un pañuelo a juego en la chaqueta.
—Señores, tengo poco
tiempo. De modo que explíquenme qué hago aquí.
Su tono era de
superioridad; acudía allí como si fuera una comparecencia de puro trámite. El
comisario lo invitó a sentarse.
—Tome asiento. Gracias
por acudir a nuestra llamada. La detective Margot Sanz Peters le ha citado
porque está a punto de producirse un problema diplomático a raíz de la
desaparición del diario de su hermana. Este hecho ha tenido lugar a los pocos
días de conocerse que se ha prometido con el rey Balduino.
—Yo no tengo nada que
ver con ese asunto…
—No estamos diciendo que
usted haya cogido el diario de su hermana, pero sabemos que usted ha abierto
las puertas a quienes sí lo han hecho. Vamos a dar con ellos, más pronto o más
tarde. De modo que, si colabora con nosotros, usted no tendrá ningún problema
en esta comisaría.
Don Eugenio no era
diplomático con los que consideraba que dilapidaban el dinero según les entraba
en el bolsillo. Sabía de las muchas deudas que tenía Jaime, pero este se sintió
ofendido por sus palabras.
—¿Es una amenaza? Si no
colaboro, ¿qué me van a hacer ustedes?
Hablaba Jaime muy
digno, apoyándose en el bastón de su padre, que le daba todavía un aire más
aristocrático.
—Don Jaime, no es una
amenaza. Simplemente, su detención entra dentro de lo posible. Sería un
escándalo en la sociedad a la que pertenece, pero, especialmente, a quien más
daño haría sería a su hermana —comentó Margot, que hasta ese momento había
permanecido en silencio—. El hecho de que un miembro de la familia de la futura
reina de Bélgica sea detenido, le aseguro que puede ser noticia en todo el
mundo. La ley nos permite hacerlo. Usted decide.
El comisario asentía
con la cabeza. Don Camulo se lo había dicho bien claro: «Quiero al autor o los
autores en la cárcel». Había que presionar a quien tenía la información.
Después de unos minutos de silencio, habló Jaime:
—Nunca me ha tratado
nadie como usted, señorita. Pero está bien. Desconozco qué hicieron mis tres
invitados. Querían conocer la habitación de mi hermana y los acompañé hasta
allí. Es cierto que los dejé solos, pero no tenía ni idea de lo que iban a
hacer. Tampoco tengo constancia de que se lo hayan llevado ellos. Simplemente
no tengo ni idea.
—Son periodistas,
¿verdad? —preguntó de nuevo Margot con cara de pocos amigos.
—Sí, son periodistas.
Me pidieron el favor y fueron muy amables…
El comisario vio
clarísimo que el caso era más fácil de resolver de lo que pensaba.
—Díganos ahora mismo
sus nombres y sus medios.
Se lo pensó solo
durante unos segundos.
—Jesús Hermida, de la
revista La Actualidad Española, y Jaime Peñafiel, de Europa
Press. Ah, y el fotógrafo de la agencia.
—De modo que hay fotos…
¿Por qué lo hizo usted? ¿Abre las puertas de la habitación de su hermana por
amistad con ellos y por hacerles un favor o por dinero? —preguntó Margot.
—¿Usted por quién me
toma? Me dieron un dinero para que me comprara unos puros. Fue un regalo por mi
generosidad.
—Don Jaime, no
necesitamos más de usted. Esto ha sido todo. Muchas gracias.
El comisario se levantó
de la silla para acompañarlo hasta la salida de la brigada. Margot simplemente se
puso de pie, pero no se dirigieron la palabra. Se fue a la mesa que compartía
con el inspector Gutiérrez y le habló del caso:
—Sé perfectamente cuál
es la orden que va a dar el comisario.
—¿A qué te refieres?
—Va a mandar detener a
los compañeros de profesión que han sustraído el diario de Fabiola de su
mesilla de noche.
—¡Vaya! ¿A quién se le
ocurre?
Fue decirlo y regresar
el comisario dando una orden en voz alta al propio Gutiérrez y otra al
antipático inspector Morales.
—¡Quiero, inspector
Gutiérrez, que me traiga a Hermida cuanto antes! Trabaja en La Actualidad
Española. ¡Morales, usted localice a Peñafiel y a su fotógrafo! Trabajan en
la agencia Europa Press. ¡El diario de Fabiola tiene que estar en esta
comisaría esta misma noche! De no ser así, a quienes vamos a encarcelar será a
sus directores.
Margot se quedó
intranquila. Tenía muchas dudas de que el diario de Fabiola fuera a aparecer
inmediatamente. Marcó el teléfono del palacete familiar y allí estaba la futura
reina. En cuanto se puso al teléfono, le informó de lo que estaba ocurriendo.
—¿Margot? ¿Qué se sabe
de mi diario?
—Estamos muy cerca de
dar con él. Al parecer, lo cogieron unos periodistas que entraron aquí de la
mano de tu hermano Jaime.
—¿Cómo? ¿De mi hermano
Jaime?
No podía creerlo. Su
hermano había traspasado todas las barreras familiares.
—Sí, nos ha dicho que
los dejó a solas en tu habitación para que la fotografiaran, miraran todo lo
que quisieran y luego lo contaran en sus respectivos medios. Llegó a un acuerdo
con ellos.
—¿Económico? —Su
desconcierto iba en aumento.
—Sí. Desconocemos la
cantidad.
Margot no quiso añadir
nada más. Ya era bastante duro saber que su hermano había participado en la
entrada de unos periodistas en su habitación.
—En cuanto tengamos el
diario en nuestro poder, me acercaré a llevártelo.
—Da igual que sea de
madrugada. Tenme informada, por favor.
Fabiola salió de su
habitación y se fue a buscar a su hermano. En el servicio le dijeron que había
salido temprano de casa y que ya no regresaría hasta bien entrada la noche.
Seguía como pianista amenizando las tardes y noches del hotel Ritz. Muy
contrariada, se dirigió al cuarto de estar, donde se encontraba su madre.
—Mamá, aunque te
parezca increíble, ha sido Jaime. Fue él quien trajo a esas tres personas que
resultaron ser periodistas. Ellos me robaron el diario.
La madre se quedó sin
habla y su respiración comenzó a agitarse tras la noticia. Finalmente, se mareó
y hubo que llamar al médico.
—¡Qué disgusto más
grande! ¡Este muchacho! Mis sales, por favor… Mis sales —le pidió doña Blanca a
su inseparable Milagros.
—Mamá, tranquilízate.
Ya verás como todo se arregla —dijo para tranquilizarla—. Jaime será el único
de esta familia que no irá a mi boda.
Fabiola lo tuvo claro.
No podía abrir las puertas de su corazón a quien la había traicionado.
Margot pensó en
localizar a Harry Parker para contarle todo lo sucedido. Descolgó el teléfono y
no habían pasado ni cinco segundos cuando apareció por la brigada el jefe de
seguridad de la embajada, vestido de un modo informal. Llevaba días sin saber
nada de él, ya que se encontraba resolviendo problemas burocráticos en el
Ministerio de Asuntos Exteriores.
—Qué casualidad, me
disponía a llamarte, Harry. —Colgó el auricular—. ¿Sabes que le robaron a
Fabiola, la prometida de Balduino, su diario? Quien estaba detrás era su
hermano. ¡Increíble! También quería quedar contigo. Almudena Pimentel sigue con
la idea de que seamos los padrinos de Margarita. Nos espera el domingo en la
iglesia de San José, a las dos de la tarde. ¿Estarás todavía en Madrid?
—Sí, no hay problema,
pero la hora ¿no es un poco tarde para un bautizo?
—Sí, pero es que la
familia no quiere que sus amistades sepan de la existencia de la niña. Tiene
que ser una hora en la que todo el mundo esté pensando en comer más que en
quién pisa la iglesia a esas horas.
—Entiendo… La familia y
el qué dirán.
—Sí, más que en
Almudena.
Entraron en el despacho
del comisario y allí de pie esperaron su regreso.
—¿Cómo estás, Margot?
Espero que ahora pienses más en ti —le dijo, mirándola a los ojos.
—Bueno, lo intentaré.
Gracias por tu sugerencia —dio un paso hacia atrás.
—Antes de irme,
¿quieres que hablemos?
—Harry, por favor. No
es el sitio para hablar de esto. Debes tener mucha paciencia conmigo.
Margot se sentó en una
de las sillas que había frente a la del comisario y Harry hizo lo mismo con
cierto desconcierto. Se preguntaba si habría vuelto a meter la pata. Nunca era
buen momento para hablar de lo único que lo obsesionaba, estar con ella más
allá de lo profesional. Retomó la conversación como si lo que había ocurrido no
hubiera existido.
Mientras, comentaban
cómo el caso de la joven todavía no estaba cerrado. Parker traía información
reciente que le habían transmitido desde París.
—Me han llamado de la
embajada de España en Francia y, después de lo que me han dicho, te vas a
preocupar: Ángel Torres y su hermana han renovado los pasaportes.
Margot se quedó
sorprendida de que no hubiera empezado por ahí Parker la conversación.
—Es una noticia
terrible. Primero se llevó a Almudena a París, después la retuvo en casa contra
su voluntad y, ahora que la hemos traído de vuelta a España, estoy segura de
que vendrá a pedirle explicaciones. Puede ser peligroso para ella y para la
niña —comentó Margot.
—Tienes razón, habría
que custodiar su casa día y noche. Lo creo capaz de cualquier cosa. Es muy
peligroso.
Margot no acababa de
asimilar la noticia cuando se incorporó el comisario al despacho. Después de
saludar a Parker, le contaron las últimas novedades del caso de Almudena
Pimentel, que todos creían cerrado. Lo previnieron de lo que podía pasar en el
futuro.
—Está bien, enviaré a
un policía para que vigile quién entra y quién sale de su casa. Sin embargo, mi
preocupación ahora es encontrar el diario de la prometida del rey Balduino. Nos
pueden cortar la cabeza a todos como no aparezca de inmediato.
Sonó el teléfono y, por
las respuestas del comisario, se dieron cuenta de que le estaban pidiendo de
nuevo celeridad en la resolución del robo del diario de Fabiola. En cuanto
colgó, don Eugenio les confesó el momento tenso que estaban atravesando las
relaciones diplomáticas entre Bélgica y España. Margot miraba a Parker por el
rabillo del ojo y pensaba en las palabras que le había dicho sobre hablar de su
relación. Tenía la completa seguridad de que gran parte de la culpa de que no
regresara a Londres era suya. La llegada del inspector Gutiérrez la devolvió a
la realidad.
—Uno de los periodistas
ya está en el calabozo.
—¿De quién se trata?
—Del periodista de La
Actualidad Española, Jesús Hermida.
Les informó de que no
tuvo que buscarle mucho. Lo localizó en la revista, precisamente escribiendo el
reportaje sobre Fabiola que le había encargado el director, José Luis Cebrián
Boné. Allí mismo lo esposó, y se lo llevó inmediatamente de la redacción. Al
parecer, se produjo un gran revuelo entre sus compañeros, que increparon a la
policía. Todo fue muy rápido. No quiso darles tiempo a que pensaran lo que
estaba sucediendo delante de sus narices. El joven periodista había preguntado
a Gutiérrez por el motivo de su detención.
—Lo sabrá al llegar a
la Dirección General de Seguridad.
Una vez que llegaron a
la Puerta del Sol, lo bajaron directamente a los calabozos, donde se
encontraban otros detenidos por delitos muy graves. Gutiérrez volvió a
preguntarle:
—¿Dónde está el diario
de Fabiola?
—No le miento, yo no lo
cogí.
—Es igual, usted estaba
allí. Es cómplice del robo, con la misma pena que si lo hubiera cogido usted.
—Le aseguro que no fui
yo quien lo sacó del cajón.
—¿Y cómo sabe que se
encontraba en un cajón? ¡Díganos de una vez donde está!
Hermida volvió a
guardar silencio. Unos carteristas que estaban en el mismo calabozo le
aconsejaron que no abriera la boca.
Al rato, apareció por
la brigada Morales con otro periodista esposado, Jaime Peñafiel. Margot y
Parker salieron del despacho y apagaron la luz mientras tomaba asiento. No
deseaban que hablara con Hermida y, por ese motivo, no lo bajaron directamente
a los calabozos. Lo sentaron de tal forma que la luz del flexo, que estaba en
la mesa de don Eugenio Benito, le enfocara directamente a los ojos. La
habitación estaba casi a oscuras para intimidarlo. El comisario, nada más
saludarlo, fue directo al grano.
—De modo que es usted
el ladrón. Lo sabemos por diferentes fuentes. Usted abrió el cajón y se llevó
el diario. ¿Dónde lo tiene?
—No tengo ni idea, se
lo di a mi colega.
—Su colega también está
detenido. Ahora, antes de analizar lo que han hecho ustedes, le informo de que,
si el diario no aparece, su medio será clausurado.
—¿Qué quiere saber?
—dijo en un tono desafiante.
—¿Por qué lo hicieron?
—preguntaba el comisario—. ¿Qué razones les movieron a coger lo que no es suyo?
—Saber más de la futura
reina. Hemos cumplido con nuestro deber de intentar dar a los lectores el
máximo de información sobre esta aristócrata de la que sabíamos muy poco. Hemos
cumplido con nuestra obligación.
—Para cumplir con su
obligación, han cometido un delito. ¿Es usted consciente de ello?
—No he robado nada.
Simplemente, lo he cogido prestado con ánimo de devolvérselo a su dueña.
Peñafiel miraba al
comisario de manera desafiante. Don Eugenio Benito no cesaba de hacerle
preguntas.
—Pues hágalo cuanto
antes y haremos que no conste expediente de su detención.
—No lo tengo, señor. Sé
que es difícil de creer, pero no lo he tenido nunca. Se lo di a mi colega.
—Está bien. ¿Y su
fotógrafo? ¿Dónde está?
—Lo han mandado a
Bruselas para que fotografíe el país que acogerá a Fabiola.
—Quiero todas las
fotografías que han hecho del cuarto de la prometida del rey.
—Eso se lo tiene que
pedir al director de Europa Press.
—Eso haremos. Mientras
tanto, usted seguirá aquí.
—¿Me pueden quitar las
esposas?
—No. Está detenido.
Lo encerraron en el
despacho mientras Morales iba de nuevo a la redacción de Europa Press, en la
calle Flora, a requisar las fotografías y los negativos.
Mientras tanto, el
comisario bajó al calabozo y le pidió al periodista Jesús Hermida que les
entregara el diario de Fabiola.
—Lo tiene usted. Nos lo
ha confirmado su compañero. Díganos dónde lo tiene.
Jesús parecía calmado y
hablaba con serenidad. No se intimidó por estar en el calabozo.
—Aquí no lo tengo.
—Díganos dónde está el
maldito diario.
Hermida se quedó
callado. Pidió que llamaran al director de la revista.
—Sabrá qué decirles,
porque yo ya no lo tengo.
El inspector Gutiérrez
lo hizo y el director de La Actualidad Española, al saber que su
redactor se encontraba en el calabozo, puso todo tipo de facilidades para que
lo soltaran de inmediato.
—Vengan a por el
diario, lo tenemos custodiado, pero suelten a mi redactor enseguida.
—Un momento, le paso
con el comisario.
—Señor Cebrián, su
redactor y otro periodista de Europa Press han cometido un delito y ahora
tenemos un problema diplomático. No puede salir ni una línea de lo que venga en
ese diario, ni una sola foto de su contenido y tampoco ninguna fotografía de la
habitación de la prometida de Balduino.
—Señores, algo especial
debemos publicar a cambio, puesto que le vamos a entregar el valioso material
que estamos custodiando.
—Quizá no he sido todo
lo explícito que debería. Si sacan algo, el ministro Arias clausurará el medio.
¿Lo entiende mejor? Es algo muy grave y aquí no habrá nada especial para nadie.
—Al menos, que mi
redactor salga en libertad sin antecedentes —comentó Cebrián, viendo que el
tema se iba enturbiando—. Él solamente ha cumplido mis órdenes.
—Ya lo veremos cuando
tengamos el material y comprobemos que no falta nada.
Después de unos
segundos de silencio, habló Cebrián:
—¡Diga a su gente que
aquí les haremos entrega del diario!
—Iré yo en persona.
Margot y Parker
quisieron acompañarlo. Todos se jugaban demasiado con la recepción del
documento. A las diez de la noche, aparecieron los tres por la revista. No
tuvieron que esperar demasiado. José Luis Cebrián Boné los estaba esperando en
su despacho.
—Señores, ha sido todo
un malentendido. Espero que disculpen a mi redactor, que no fue el que lo
cogió, sino el que lo custodió. —Abrió uno de sus cajones y sacó el diario de
Fabiola—. Si me lo permiten, me gustaría que me hicieran una foto entregándoles
el material. Es demasiado confidencial para que ustedes lo pierdan y luego
digan que nunca se lo dimos.
—De acuerdo. Haga la
foto.
Apareció por allí uno
de los fotógrafos de plantilla y recogió el momento con su cámara. De esta
forma, nadie podría dudar de que lo habían entregado a la policía. Se
despidieron del director y se dirigieron a la casa de Fabiola, en la calle
Zurbano. A esas horas, afortunadamente, ya no había periodistas y llamaron a la
puerta sin ninguna dificultad. Les abrió Milagros, y no tardó en aparecer
Fabiola por el salón. Lo primero que hizo fue saludar con un abrazo a Margot, y
después tendió la mano al comisario y a Parker.
—Señora, perdone las
horas. —Ya eran las once y media de la noche—. Le devolvemos su diario. Espero
y confío que no eche en falta ninguna página.
El comisario le hizo
entrega de su cuaderno personal. Estuvo revisándolo y al fin manifestó que no
echaba en falta nada.
—Tengo cierto rubor de
que mis sentimientos hayan estado en manos de la prensa. Espero y confío en que
de este episodio no salga nada publicado.
—No, se lo puedo
asegurar. Les va mucho en ello —le contestó el comisario—. Tranquila. Lo mejor
que puede hacer es olvidarlo y centrarse en su boda. No imagino lo que puede
suponer para una persona convertirse en reina.
—Lo tengo completamente
asumido. Es mi deber que todo salga bien. No sé cómo darles las gracias.
Especialmente a ti, Margot. No sabía a quién acudir sin que se armara un
tremendo revuelo.
—Ya está todo
solucionado. Como dice el comisario, céntrate ya en lo importante.
—Muchas gracias,
insisto.
Estaban despidiéndose
el comisario, Margot y Parker cuando apareció Jaime de Mora por el salón.
—¡Ah! Ustedes aquí
también. —Puso un mal gesto.
—¿Cómo me has podido
traicionar de esa manera? Has dejado que entraran periodistas en mi habitación.
Mañana mismo pediré que me pongan un cerrojo.
—Hermanita, tranquila.
Además, veo que llevas en la mano el dichoso diario. Al final, nada es tan
dramático.
Fabiola no le contestó.
Siguió despidiéndose de quienes habían resuelto el robo hasta la puerta. La
cerró y volvió tras sus pasos para hablar con su hermano.
—Olvídate de venir a mi
boda. Lo que me has hecho no tiene nombre. Jamás te lo perdonaré.
—Pues me parece muy
bien. Tengo muchas cosas que hacer, mi reina…
Fabiola lo miró y no le
contestó. Desde ese momento, le dejó de hablar.
39
Empieza la cuenta
atrás
Después de una noche en
los calabozos, el periodista Jesús Hermida quedó en libertad. Antes le
advirtieron que, de publicar alguna información del contenido del diario de
Fabiola, podría ingresar en prisión. Hermida recogió sus pertenencias y se fue
con la primera luz del día hacia su casa. Soñaba con darse una ducha y olvidar
ese episodio.
Un par de pisos más
arriba de los calabozos, en la Brigada Criminal, quitaban las esposas al otro
periodista detenido, Jaime Peñafiel, que había pasado toda la noche sentado en
una silla del despacho del comisario. También a él le hicieron la misma
advertencia: «Si llega a publicar algo del contenido del diario, cometerá un
delito y será detenido. Ya no habrá contemplaciones, como ahora». El consejero
delegado de Europa Press, Carlos Soria Saiz, había movido tantos hilos en
diferentes ministerios que también logró que saliera su reportero en libertad
sin cargos.
Afortunadamente, a
nivel diplomático todo se serenó y las aguas del entendimiento entre España y
Bélgica volvieron a su cauce. No ocurrió lo mismo a nivel periodístico, ya que
seguía habiendo un gran interés por todo lo relacionado con Fabiola. Una nube
de reporteros continuaba en la puerta del palacete de los Mora y Aragón.
El quinto hermano de la
prometida de Balduino sorprendió a todos saliendo a la calle para informarles
de que acababa de componer un vals con el nombre de Fabiola.
—Están invitados esta
noche para ser testigos del estreno de la composición que le he dedicado a mi
hermana.
Los periodistas se
fueron a llamar a sus medios para contar que habían sido convocados para las
nueve de la noche. La expectación era total y, a la hora convenida, se sentó
Jaime de Mora al piano del Ritz para interpretar el vals que acababa de
componer. No cabían sentadas todas las personas que se habían dado cita allí.
Muchos tuvieron que quedarse de pie fumando y con una copa en la mano. Fue tal
el éxito tras su interpretación que tuvo que hacer varios bises de la pieza que
había creado para congratularse de Fabiola. Al acabar, tuvo que saludar varias
veces al público, que no cesaba de aplaudir. Lo que todos desconocían es que
Fabiola no se hablaba con su hermano desde el episodio del robo del diario que
no había trascendido. Sin embargo, Jaime consiguió salir en todos los
periódicos y radios de la época. También en la televisión, que llevaba cuatro
años en los hogares más privilegiados y en los escaparates de las tiendas de
electrodomésticos, con decenas de personas siempre mirando las imágenes que
aparecían en aquellos aparatos que no estaban al alcance de cualquiera. Todo lo
que estuviera relacionado con Fabiola tenía interés. Su rostro se había hecho
tremendamente popular.
En el palacete de los
Mora, se recibían constantes llamadas de felicitación. También Balduino se
comunicaba a través del teléfono con su novia para decirle lo mucho que la
necesitaba a su lado. Nada más conocer la noticia de la recuperación del
diario, la felicitó. Ambos respiraron aliviados.
—Tardaré en asimilar
que la gente muestre tanto interés por mí —comentaba Fabiola.
—Tendrás que
acostumbrarte a vivir con una exposición permanente. Es difícil, lo sé. Bueno,
tengo algo más que decirte. ¡Nuestra boda se ha fijado para el 15 de diciembre!
—¡Quedan menos de dos
meses! —Se emocionó—. No sabes la ilusión que me hace que sea justo antes de
Navidad y Año Nuevo. Acabaremos este 1960 juntos y ya nunca volveremos a estar
el uno sin el otro. ¿Te das cuenta? Queda poco para que se cumpla nuestro
sueño, pero, a la vez, se me va a hacer muy largo.
—No te preocupes, amor
mío. Tenemos que ultimar tantas cosas que el tiempo se nos va a echar encima.
Ese «amor mío» dicho
por Balduino le sonó distinto a otras veces. Estaban los dos muy enamorados y
muy seguros del paso que iban a dar. Durante esos días, Fabiola posó para el
pintor Manuel Benedito, en su estudio de la calle Juan Bravo. Este pintor de
grandes mostachos seguía la estela de la escuela de su maestro Sorolla, aunque
huyó de la luz y descubrió la penumbra para sus pinturas. Era uno de los
mejores retratistas del momento, con ochenta y cinco años cumplidos. Para sus
cuadros habían posado desde el rey Alfonso XIII hasta la artista Concha Piquer.
Durante las horas que posó para el pintor, este le habló de su vida y de su
vocación. También de sus muchos viajes por Italia, Francia, Holanda y Bélgica.
Le dijo lo extraordinarios que eran los belgas.
—Entre ellos se va a
sentir muy cómoda. No se lo harán pasar tan mal como los españoles a su
madrina, la reina Victoria Eugenia de Battenberg.
Le habló de su
experiencia como maestro de pintura y de la importancia de estudiar Bellas
Artes en la Real Academia de San Fernando y en la de San Carlos, en las que
impartió clases.
Fabiola, a su vez, lo
felicitó por la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica y la Gran Cruz de
la Orden de Alfonso X el Sabio, que había recibido. Fueron horas las que tuvo
que estar bajo la mirada escrutadora del pintor. Sus hermanos querían que se
llevara un recuerdo de ellos a Bélgica. Fue uno de sus regalos.
Las explosiones de
afecto en España no cesaban. El Noticiero, editado en Zaragoza, abrió
una suscripción popular para regalar a la futura reina una imagen a tamaño real
de la Virgen del Pilar. El diario Ya promovió un concurso de cuentos
infantiles en su honor, ya que se supo que ella había escrito varios para sus
sobrinos. Los industriales catalanes se adelantaron a anunciar que la
obsequiarían con una tela para el traje de novia, que se tejería en Mollet del
Vallés. Incluso los panaderos crearon una barra de pan candeal con unos cortes
que se entrecruzaban y simulaban rombos en la parte superior, a la que llamaron
fabiola. En Madrid, el conde de Mayalde la llamó para informarla de que la
corporación municipal en pleno había aprobado su nombramiento como hija
predilecta de la ciudad. El acto tendría lugar a finales de noviembre. Fabiola
pensó que sería su despedida de España. Había una auténtica fiebre por todo lo
que dijera o hiciera la prometida de Balduino.
A mediados de octubre,
debía regresar a Bélgica para ser presentada a las instituciones locales y
provinciales. El DC-6 del ejército belga la esperaba en el aeropuerto de
Barajas para llevarla hasta el pequeño aeropuerto de Amberes. Desde el aire,
antes de aterrizar, Fabiola pudo comprobar que se trataba de una ciudad
portuaria cargada de historia, con una arquitectura que la convertía en una
ciudad de cuento. Allí fue recibida por Balduino. A lo largo de todo el
recorrido, miles de personas los vitorearon y les mostraron su afecto. Visitaron
el centro, donde se encontraba el distrito del diamante, de siglos de
antigüedad. Allí se congregaban cientos de comercios, así como los artesanos
cortadores y pulidores de diamantes. Por otro lado, Balduino hizo de cicerone
para enseñarle la arquitectura flamenca renacentista, que culminaba en el Grote
Markt. Igualmente, visitaron la casa de Rubens. Fabiola admiraba mucho al
pintor barroco de la escuela flamenca.
—Es una de nuestras
glorias nacionales. Un artista muy prolífico. Fue el pintor favorito del rey
Felipe IV de España.
—Sé que en el museo del
Prado se exhiben muchos de sus cuadros.
—El motivo es ese, que
el rey se enamoró de su pintura. Por eso poseéis mucha obra de Rubens.
Fueron posteriormente
recibidos en el ayuntamiento, y a Fabiola el alcalde le regaló un brazalete de
diamantes. Se quedó muy impresionada de lo bonito que era. Todos querían
agasajarla y los actos concluyeron con una cena en su honor en el palacio
provincial. Dos días después de su llegada, también obtuvo el reconocimiento de
más de mil alcaldes de todo el país, que se reunieron con ella en un almuerzo
multitudinario con motivo del primer centenario del Crédito Comunal Belga. A
todos les parecía que era una mujer muy culta y muy sencilla a la vez. Tenía
una palabra amable para todo el que deseaba hablar con ella. Se esforzaba en
decir frases en flamenco, que dejaron a todos con la boca abierta. Realmente,
Fabiola había conquistado el corazón de los belgas y de sus representantes
políticos y culturales.
Curiosamente, un equipo
de fútbol español, el Real Madrid, fue en esos días a Bélgica para jugar un
partido contra el RFC Lieja. El presidente del equipo blanco, Santiago
Bernabéu, junto con toda la plantilla, quisieron saludar al rey Balduino y a la
futura reina, que sabían que se encontraba en Bruselas. Fabiola no dudó un solo
instante en abrir las puertas del palacio Real para recibirlos.
Balduino estaba
presente y, ante la ausencia de protocolo y el afecto con el que fueron
recibidos, dejaron para el final el obsequio que llevaban para la novia. Se
trataba de un bolso realizado en oro con brillantes. Los fotógrafos de palacio
realizaron muchas instantáneas. Al final, le regalaron a Balduino la insignia
del Real Madrid.
Cuando el día acabó,
antes de regresar a España, se quedaron a solas Balduino y ella en el salón.
Por fin pudieron dialogar sin ningún testigo.
—Ya cuando vuelvas a
Bélgica será para la boda. Estoy deseando que todo pase y que empecemos nuestra
vida en común. ¿Tienes algún miedo? ¿Estás segura del paso que vas a dar,
Fabiola?
—Completamente. Mi
ilusión crece cada día. Solo espero no fallarte y que sea para ti una buena
compañera de viaje.
—No lo dudes. Mira cómo
te quiere todo el mundo. En cuanto te conocen, saben que no habrá una reina
mejor.
Balduino la abrazó y se
quedó mirándola con verdadera admiración. Después la besó.
—Estoy deseando que
seamos marido y mujer. Dios ha querido y ha favorecido esta unión.
—¡Por supuesto! Nada
sucede sin que Él lo crea necesario. Los días están siendo una verdadera
locura. Mañana, en cuanto llegue a Madrid, me iré al estudio-taller de
Balenciaga a elegir el modelo de mi traje de novia. Van a ir con el tiempo muy
justo, no puedo retrasarlo más.
—Estarás guapa con
cualquier traje que elijas.
Se miraron de nuevo a
los ojos y se volvieron a besar. Al día siguiente, el DC-6 aterrizó muy
temprano en la pista de Barajas y un coche con matrícula diplomática la recogió
para llevarla hasta su casa. Los fotógrafos allí apostados la retrataron
justamente cuando salió del coche y los saludó con una sonrisa.
—¿Hay nervios para la
boda? —le preguntó un periodista.
—Unos pocos, no puedo
ocultarlo. Asumiré de buen grado la responsabilidad y las obligaciones de ser
la esposa del rey.
Se metió en su casa
mientras saludaba a todos desde la distancia.
Dentro, el servicio la
esperaba emocionado. Tanto que al entrar la llegaron a aplaudir. Percibió que
todo a su alrededor estaba cambiando, también la forma de tratarla.
Se pusieron en fila
desde el mecánico y el mayordomo que la había visto crecer, y que había perdido
la vista, hasta Violeta, que se iría con ella a Bélgica, Milagros, que era
quien organizaba la casa, su querida Manuela y la más joven, Lucía. Esta última
notó que Manuela miraba con tristeza a Fabiola y se lo dijo. Al principio,
sobre su percepción no quiso hacerle ningún comentario, pero, horas más tarde,
empezó a contar aquello que la quemaba por dentro.
—Mi amiga vidente dice
que no será feliz del todo. ¡Ese es el motivo por el que no puedo estar tan
contenta como todos vosotros en la casa!
—Pues me pasa como a la
señorita, yo tampoco logro ser feliz del todo. ¿Quién lo consigue? Tendría que
enviar más dinero a mi familia —se quejó la joven Lucía.
De hecho, no sabían que
era ella, pero de la cocina faltaba siempre queso, legumbres, arroz… Era poca
cosa, pero lo suficiente para que ella pudiera enviar cestas con comida a sus
familiares. Manuela contestaba a su reflexión.
—Pues mi amiga nada en
la abundancia y le sobra de todo. Joyas, dinero…, y se lo está llevando
literalmente crudo su novio. ¡Qué suerte tienen algunos!
Lucía estuvo callada
durante unos segundos y le preguntó el motivo por el que no sería feliz
Fabiola.
—Ya bastante te he
dicho. No te puedo añadir nada más, créeme.
Manuela se acordó de
que María Gracia le había hecho jurar que no se lo diría a nadie porque le
podía suceder a ella algo terrible en el futuro. ¿A qué se referiría? Mientras
la bolañega cavilaba, Lucía también seguía dándole vueltas a su cabeza.
—El caso es que tendría
que ir a que me echaran las cartas… Quizá tu amiga me vaticine un novio que me
saque de esta situación.
—A mí me dijo que
aparecería alguien del pueblo. Y aquí sigo… Pero, bueno, sí, te daré su
teléfono. —Lo escribió en un papel y se lo dio—. Tendrás que llevar algo de tus
ahorros, que, aunque se diga que es gratis, es mentira. Las videntes esperan la
voluntad de la gente. Y todos suelen ser muy generosos con ella, así que no
seas tacaña.
—¿Por qué no tendremos
nosotras cualidades para ver el futuro?
Milagros apareció por
allí y les recriminó que estuvieran de cháchara sin hacer nada.
—Gente parada, mal
pensamiento. ¡A trabajar! ¿No veis que se nos echa el tiempo encima?
Lucía guardó el
teléfono de María Gracia en el mandil que llevaba encima del uniforme.
Fabiola salió en el
coche con su madre. Era urgente que ya se decidiera por uno de los modelos que
Balenciaga había diseñado para la ocasión. Fueron recibidas en Eisa Costura con
todos los honores. Fabiola se había convertido en la mujer del momento y se
haría el traje más importante de su vida en esos talleres. Significaba mucho
para el diseñador y para las costureras que la habían visto crecer desde niña.
Balenciaga viajó hasta Madrid para poder atenderla personalmente. También
quería tomarle las medidas y mostrarle los diferentes diseños que había pensado
para tan magno acontecimiento.
—¡Fabiola, bienvenida!
Llevo pensando en tu traje de novia desde que hablamos por teléfono y me
hiciste el honor de que fuera yo quien lo hiciera. ¡Estás radiante! ¡Muy guapa!
La prometida de
Balduino no dijo que se había operado la nariz. Era tan ligero el retoque que
pensó que no se había dado cuenta nadie. Balenciaga sí, pero no quiso hacerle
ningún comentario. Le pidió que tomara asiento y, con un té en la mano, le
mostró sus creaciones.
—De todos los vestidos
que te presento, hay uno que me parece el más indicado para la boda, pero
quiero que seas tú quien elija.
Fabiola y su madre los
miraron con mucho interés, pero al final se decidió por uno que le pareció el
más sencillo y el que pegaba más con su personalidad.
—No quiero que sea
demasiado pomposo, Cristóbal. Por eso prefiero el que tiene menos cola.
—No olvides que quien
va a llevarlo se convertirá en la reina de Bélgica.
Fabiola volvió a dudar
y señaló otro, después de escucharlo.
—Buena elección. Este
sí me parece adecuado para ti. El vestido que has elegido añade trascendencia y
elegancia al hecho histórico que vas a vivir.
—Me ha dicho Balduino
que van a emitir la boda en todo el mundo a través de la televisión. Eso no
quita para que esté en la línea que a mí me gusta en el vestir.
—Protagonizar la
primera boda real retransmitida por televisión hace que caiga todavía más
responsabilidad sobre nuestras espaldas. Será tu traje, Fabiola, no te
preocupes.
—¿Me quedará bien?
—Seguía dudosa—. Que no parezca que quiero aparentar más de lo que soy.
—Te quedará como un
guante. Es un vestido sencillo, como tú quieres, de cuerpo entallado y falda
amplia fruncida. Lo que le dará un toque regio será una tira de visión blanco
que bordeará todo el escote y continuará por la capa, que se convertirá en una
cola rectangular y larga. Será lo que te dé el toque regio. Y yo pondría otra
tira de visión en el frunce de la falda.
—La idea del visón me
parece muy bonita. Además, estaremos en pleno mes de diciembre —comentó doña
Blanca, que estaba muy emocionada durante toda la conversación entre su hija y
Balenciaga.
—Tendremos que emplear
unos veinticuatro metros de seda para el vestido y seis metros para la cola.
—¿Seis metros? ¡Me
parece mucho!
—Te repito que quien se
casa es una reina. Hazme caso. Tú llevarás el vestido y no al revés. Hasta que
no te sientas cómoda, no lo daré por terminado.
—Hija, haz caso a
Cristóbal. Siempre ha acertado en todos sus consejos.
—¡Adelante!
Balenciaga se acercó a
besar a Fabiola. En su cabeza seguía haciendo sus cálculos… Aseguraba que no se
podía quedar corto en la tela.
—Siento que tengáis tan
poco tiempo… —comentaba Fabiola.
—Mes y medio… Pararemos
todo lo que no sea urgente, porque aquí harán falta muchas manos para coserlo.
Tiene que quedar perfecto —afirmó el modisto.
—A mí solo me importa
que Balduino me vea guapa.
—Te aseguro que te verá
la novia más guapa del mundo. Llevarás también velo. Debería estar sujeto por
una tiara que signifique algo para los belgas. Pregunta al rey qué joya
histórica quiere que lleves. Las reinas suelen ponerse alguna pieza de sus
antecesoras o que tenga un significado especial para el país.
—Yo quisiera llevar
algo de su madre, la reina Astrid. Él la menciona constantemente. Bueno, espero
que ahora yo también esté en su pensamiento —confesó Fabiola.
—Se os ve muy
enamorados. Ha cambiado por completo su expresión. Se le ve más risueño y
feliz.
—Balduino solo tiene un
problema, que es rey… Por lo demás, para mí es la persona más maravillosa del
mundo.
40
El bautizo
A las dos menos cuarto
de la tarde del domingo, en la parroquia de San José, de la calle Alcalá, en
Madrid, se dieron cita Margot y Harry Parker. Iban a ejercer de padrinos de
Margarita, la pequeña a la que ayudaron a nacer en Zarauz, cuando Almudena
Pimentel se puso de parto. Margot llevaba un traje de chaqueta de color burdeos
y encima un abrigo de color gris marengo, además de un tocado negro en el pelo
con una pequeña redecilla que caía sobre la frente y los ojos. Le daba un aire
sofisticado y a la vez sensual. Harry iba con un traje azul oscuro y un abrigo
negro. Un sombrero de color oscuro lo resguardaba de ese otoño frío que se
había adueñado de la península y que podía ser la antesala de un invierno bajo
de temperatura.
La calle estaba muy
transitada de personas que se movían en dirección a la Gran Vía o, por contra,
seguían por la calle Alcalá. Los coches congestionaban la circulación en ambas
direcciones, ya que era la hora de tomar el aperitivo o de comer en ese día
festivo. Los dos se encontraron frente a la puerta principal de la iglesia.
—Me hace ilusión que
apadrinemos a esta pequeña que ayudamos a nacer —comentó Parker al verla.
—Sí, nuestra vida
siempre estará ligada a ella.
—Confío en que no sea
Margarita lo único que nos una, Margot. Si tú me lo pides, yo dejaría la
embajada y me vendría a Madrid.
Harry la miró fijamente
a los ojos.
—Yo nunca te voy a
pedir que dejes nada por mí. Tus decisiones no deben estar condicionadas por lo
que yo haga o te pida. Harry, no me hagas esto.
—Sabes que te quiero
desde hace muchos años. No puedo seguir dejando pasar el tiempo fingiendo que
todo me da igual. No. Te amo y no me da igual que no me hagas ni caso. Necesito
saber si tengo que seguir peleando por ti o es mejor que me retire
definitivamente. Te pido sinceridad.
—Por favor, Harry. Todo
tiene su proceso. No te niego que me gustas, pero no quiero compromisos.
—Eso es un sí o es un
no. No acabo de entender…
—Pues…
En ese momento apareció
Almudena, y Margot se libró de darle a Harry una respuesta. No estaba preparada
para ese tipo de conversaciones, y menos aún para esas preguntas comprometidas.
Se acercó hasta la joven para disimular lo embarazosa que estaba siendo para
ella la situación. Almudena no llevaba a su bebé en brazos, lo hacía su cuñada.
Su hermano Juan las acompañaba. Margot entendió que todo formaba parte de un
paripé para ocultar que se trataba de una niña concebida en unas condiciones
que la familia no admitía. Almudena, aunque se esforzaba en sonreír, tenía los
ojos tristes. Una vez dentro de la iglesia, el sacerdote, que estaba al tanto
de todo, comenzó el rito centrándose en la niña. Les pidió que reflexionaran
sobre la importancia que tenía que su hija ingresara en el seno de la Iglesia
católica. Se dirigió a los padrinos.
—Adquieren ustedes una
responsabilidad espiritual y moral muy grande, ya que deben acompañar y guiar a
Margarita en su vida cristiana. Junto con sus padres, son las personas que la
ayudarán a crecer en la fe.
Margot estaba
enfadándose por momentos. Almudena se había quedado sin papel en toda esta
ceremonia y no paraba de llorar. Es más, su hija Margarita fue inscrita como si
sus padres fueran su hermano Juan y su mujer, Carmen. Después de lo que había
sufrido para traerla al mundo, la apartaban de la maternidad para que las piezas
encajaran en la sociedad a la que pertenecían.
Los padres de Almudena
la habían convencido.
—Es lo mejor para la
niña y para mí, Margot —le comentó al terminar la ceremonia.
—No me gusta que seas
la tía en lugar de la madre. Vivirá tu hija en una mentira permanente. No le
hagas eso, por favor.
La ceremonia fue
escueta y, después de unas fotos que hizo un fotógrafo de la propia iglesia, se
despidieron. Almudena deseaba regresar a casa junto con su hija y, por
supuesto, su hermano y su cuñada. Seguiría amamantando a su hija mientras
tuviera leche. Sabía que el tiempo de la lactancia sería el único en el que la
dejarían ejercer de madre.
—Si quieres, hablamos
uno de estos días, Almudena —le dijo Margot en voz baja.
—Gracias por ser los
padrinos de Margarita. Me hacía mucha ilusión que fuerais vosotros.
Almudena se abrazó
primero a Margot y después a Harry.
—¡Conocerte y ser los
padrinos de tu hija ha sido un auténtico orgullo para nosotros! —comentó
Parker.
—Te queremos mucho. No
me ha gustado que hayan suplantado tu papel de madre —le dijo Margot al oído—.
Coge a tu niña, háblale mucho. Siempre reconocerá tu voz. Ese es tu sitio… Da
igual lo que piense la sociedad.
—Margot, estoy en casa
de mis padres. No tengo más remedio que hacer lo que me dicen. De otra manera,
estaría en la calle, créeme.
—Lo dicho, hablamos…
Almudena, su hermano y
su cuñada se fueron en un taxi con la bebé, tal y como habían venido. Margot y
Harry volvieron a quedarse solos.
Después de andar
durante un rato, mientras comentaban la situación tan difícil en la que se
había quedado Almudena, decidieron ir juntos a comer. Cruzaron cuatro calles a
pie y llegaron al restaurante Lhardy, en el número 8 la Carrera de San
Jerónimo. Tenía Margot que contestar a la pregunta que le había formulado Harry,
pero prefería esperar a que se la volviera a plantear. No habían hecho más que
pedir al maître los platos que deseaban para almorzar cuando volvió la
pregunta a sobrevolar entre los dos.
—Estamos solos, Margot.
Me siento ridículo insistiéndote, pero necesito una respuesta. Antes no me la
has dado.
—Se presentó Almudena y
no era el momento.
—¿Puedo seguir peleando
por ti o es mejor que me retire?
Margot tragó saliva y
le contestó a su manera.
—Tú lo encuentras
sencillo, pero te diría que no es un no, aunque tampoco te podría asegurar de
que se trata de un sí.
—Es que eso suena a
nada. ¿No tienes ningún sentimiento hacia mí?
—¡No es verdad! Somos
amigos.
Harry sintió la palabra
«amigos» como si Margot le hubiera dado un puñetazo en la boca del estómago.
—No, eso sí que es un
no. Yo no puedo ser tu amigo. Si solo puedes ofrecerme tu amistad, entonces me
iré para siempre a Gran Bretaña y prometo que no volverás a saber de mí.
Estaba muy decepcionado
y se bebió el vaso de vino que acababan de servirle de un solo trago. Margot
intentó explicarse mejor.
—Pero es que sí quiero
saber de ti. Reconozco que me siento muy a gusto a tu lado, pero me da miedo no
ser la persona que esperas y no estar a la altura de tu imaginación. Soy más
lenta que tú en tomar este tipo de decisiones y me gusta madurar las cosas.
—Me ha salido la
oportunidad de venir al Ministerio de Exteriores aquí, en Madrid, pero
abandonar aquello puede ser un error. Para mí es un buen refugio si me vuelves
a dar calabazos.
—Calabazas, quieres
decir…
—Sí, me he esforzado en
un cambio de actitud y en no atosigarte. Me he puesto a estudiar filosofía. Una
voz cercana a ti me dijo que lo hiciera si quería conquistarte. He leído a los
clásicos. Sobre todo a Platón, porque sabía que te gustaba. He procurado no marcar
tu teléfono todas las veces que deseaba, aunque solo fuera para oír tu voz. Te
he acompañado a París para la resolución del caso de Almudena, pero lo hice por
estar a tu lado. He dormido en la misma habitación contigo y te hubiera besado,
abrazado… como me pedía mi mente y no lo hice. No me digas que no te has dado
cuenta.
—Sí, lo sé y te estoy
muy agradecida. ¿Y si no soy esa persona que tú vas buscando?
—Margot, eres tú desde
siempre.
La miró a los ojos y
acercó su cara para besarla. Margot se quedó aturdida, pero no se retiró. En el
fondo, deseaba besarlo también.
—¿Esto es un sí?
—preguntó Parker, sonriente.
—Solo un puede ser…
—¿Me estás pidiendo
tiempo?
—Sí.
Harry respiró hondo y
volvió a cambiar de actitud.
—Está bien, Margot. Te
esperaré el tiempo que haga falta. No puede haber otra persona en mi vida más
que tú.
Los camareros trajeron
el primer plato y ellos cambiaron de tema. Harry se prometió a sí mismo darle
un tiempo más. Además, no se llevaba un no rotundo a Londres. La miraba con los
ojos muy abiertos, intentando comprenderla. Sabía que la muerte de sus padres
en accidente le hacía pensar que en cuestión de sentimientos nada era
definitivo. Margot se lo confirmó.
—Harry, si te dijera
que sí y te pasara algo, podría pensar que a todo el que me quiere y se acerca
a mí le ocurre algo malo. Dame tiempo, necesito sanar mis heridas.
Harry cogió su mano.
—Tranquila. No pasa
nada. Perdóname. Comprendo tu temor. Yo estaré siempre cerca, aunque no sepas
de mí.
—Suena a despedida.
—Sí, tengo que regresar
a Londres.
—Bueno, ¿me llamarás
para saber qué tal estoy?
—Por supuesto. ¡De mí
no es fácil librarse!
Harry se dio cuenta de
que lo que Margot tenía era un trauma de la infancia que no se iba a curar así
como así. Ella debería ser la que llevara los ritmos como creyese conveniente.
Respiró hondo y siguió como si la conversación no hubiera existido. Tras acabar
de comer, la acompañó hasta la comisaria. Margot se quitó el tocado y lo guardó
en el bolso grande que siempre llevaba. Por el rabillo del ojo miraba a Parker
y se sentía mal. No entendía por qué motivo tenía tanto miedo al compromiso.
«¡Algún día lo
resolveré! Necesito tiempo», se dijo a sí misma.
Manuela se disponía a
ir de nuevo a ver a su amiga vidente, después de comer. Lucía justo acudiría
después, sobre las seis de la tarde. Ese día atendía a varios clientes, y ella
sería la última. La joven tenía pensado acudir luego a Correos para enviar un
paquete a su padre, en Quismondo. Se trataba de un traje casi nuevo que le
había dado doña Blanca y que había pertenecido a su marido. Los dos eran de
complexión fuerte y habría que hacer pocos arreglos. Se presentó a la hora
convenida en la calle Hermosilla y encontró la puerta de la calle abierta, sin
que nadie le preguntara a dónde iba. Imaginó que el portero estaría haciendo
algún recado. Subió las escaleras y prácticamente siguió el rastro del olor a
incienso que le había anticipado Manuela. Llamó a la puerta y le abrió la
propia María Gracia, que hizo un mohín al verla.
—¿Es usted la amiga de
Manuela? No tengo un buen día —le dijo nada más verla—. Le pediría, si no le
importa, que viniera en otro momento.
A María Gracia se le
había nublado la mente. Esto le ocurría de vez en cuando. Era como si su
conexión con el más allá desapareciera de golpe. Así le resultaba imposible
predecir nada.
—Le pido que me eche
las cartas y me iré enseguida.
Después de dudarlo
mucho, le dijo que se sentara mientras ella iba al baño. Lucía aprovechó para
echar un vistazo y ver qué había de valor allí. Vio un rosario de nácar y oro y
lo cogió. Se lo guardó todo lo rápido que pudo en el abrigo. Regresó María
Gracia ostensiblemente nerviosa.
—¿Qué desea usted
saber? —La pitonisa se había puesto su túnica de trabajo.
—Si me saldrá novio
pronto y si algún día tendré tanto dinero como usted. Nada más que eso.
A María Gracia no le
gustó el comentario de la joven, pero no la reprendió. Barajó los naipes y
comenzó a extenderlos encima de la mesa. Los recogió y, tras volver a barajar,
inició la misma maniobra. Según ponía las cartas boca arriba, más nerviosa se
la veía.
—Nada, no puedo
inspirarme, le ruego que se vaya cuanto antes de aquí.
—Pero ¿por qué?
—La videncia es así.
Hoy no puedo predecir nada. Hay algo que me impide hacerlo.
María Gracia se puso de
pie, parecía aturdida. Lucía se colocó el abrigo y con una gran contrariedad se
dispuso a salir de la casa. Se dio cuenta de que se había dejado el paquete que
quería enviar al pueblo, y para recuperarlo regresó a la salita donde seguía la
vidente preocupada por lo que le decían las cartas aquel día. Enfurruñada,
Lucía protestó y la vidente la invitó a salir, mostrándole el camino.
Recorrieron el pasillo en dirección a la puerta… Nadie la había tratado con el
desprecio con que lo había hecho la vidente. Fue un momento de mucha tensión,
un día muy negro para olvidar, uno de esos que hubiera preferido no vivir
nunca.
Al salir de la casa, en
la calle Hermosilla, echó a correr como alma que lleva el diablo. Estuvo
durante dos horas deambulando por Madrid, antes de regresar al palacete. Pensaba
en qué les diría a Manuela y a Virtudes. Su respiración estaba agitada y su
mente, nublada. Estaba convencida de que se reirían de ella, como siempre
sentía que lo hacía todo el mundo a su alrededor. No les iba a confesar que la
vidente no había querido decirle nada y que la había echado sin más de su
consulta. Pensó que lo más prudente para ella sería inventarse una historia. Se
la repitió mentalmente una y otra vez: «Me ha dicho que en un año cambiará mi
vida y que aparecerá un joven que conoceré haciendo un recado y ya no
volveremos a separarnos. Fue seca pero educada conmigo». Se repetía una y otra
vez lo mismo, inspirada en lo que tantas veces le había contado Manuela de sus
sesiones con María Gracia. «En un año cambiará mi vida y aparecerá un joven al
que conoceré por casualidad haciendo un recado». Nunca les diría la verdad de
lo que había ocurrido. Sería humillante. Al acercarse a la casa, vio la nube de
periodistas y se abrió camino hasta la puerta. Tocó el timbre y abrió Milagros.
—Hija, qué cara traes.
¿Qué tal con la vidente?
—Muy bien, me parece
una persona educada aunque un poco seca.
Lucía se fue a su
cuarto, se quitó el abrigo y se cambió de arriba abajo. También se lavó bien
las manos y la cara y se atusó el pelo. Antes de ir a la cocina, decidió lavar
su abrigo. Traía un olor terrible de la calle. En el lavadero se empleó a fondo
y lo tendió antes de subir a la cocina. Con la primera persona del servicio con
la que se topó fue precisamente con Enrique, el mayordomo que había perdido la
visión.
—¡Hombre, Lucía! ¡Ya
estás aquí!
—Sí, no he tardado
mucho con los recados que tenía que hacer.
La joven desconocía
cómo un hombre que había perdido la visión los reconocía a todos y nunca se
equivocaba. Incluso parecía que por la voz podía percibir cómo se sentían.
—Hueles distinto hoy.
—No sé, vengo de la
calle sudando y…
—Será eso… Pareces
nerviosa. ¿Te ha ocurrido algo?
—No. No…, en absoluto.
Al ver a Milagros en la
cocina, le preguntó por Manuela, que no había llegado todavía. El ama de llaves
estaba contrariada, ya que tenían permiso para tres horas fuera de la casa,
pero no para más. Había que poner la mesa y servir la cena. En ese momento, ya
todos debían estar en casa.
—Esta Manuela, le voy a
echar la bronca. Salió antes que tú y mira la hora que es y no ha regresado.
—Seguro que estará al
llegar. Se habrá entretenido con algo.
—Siempre estáis
pensando en hombres. Espero que no sea ese el motivo.
Media hora más tarde,
llegaba Manuela. Estaba contrariada. A Milagros no le dio ninguna razón, pero con
Lucía se explayó. Le contó que había ido a que le echara las cartas su amiga
vidente y que le pidió que volviera más tarde.
—Ella siempre de malas
formas. Seguro que estaba a punto de llegar el tal Aniano. Luego he ido a las
siete y no me ha abierto la puerta. He hablado con el portero y dice que solo
había visto salir de allí a un hombre trajeado. ¡Seguro que estaba y no me ha
abierto la puerta! ¡Sería Aniano, que se habrá vestido de señorito! Y tú ¿qué
tal con ella? ¿No habías quedado esta tarde también?
—Sí, ha sido breve…
pero educada conmigo.
Manuela no atendía a lo
que le contaba Lucía.
—¿Has visto la
ostentación y el exceso que hay en esa casa?
—No me he fijado mucho…
Estaba nerviosa. No sabría decirte…
—Mira que eres corta,
hija. Todo en ella es un exceso.
Milagros las apremió
para que pusieran la mesa y sirvieran la cena. Lucía respiró aliviada al tener
tanto trabajo por delante. No deseaba volver a hablar sobre ese asunto de la
vidente.
Manuela oyó decir a
Fabiola que Carmen Polo y su hija Carmencita la visitarían al día siguiente
para felicitarla por el enlace. Deseaban hacerle entrega de uno de los primeros
regalos de boda. Fabiola no paraba de recibir ilustres visitas y llamadas
telefónicas, pero, sin duda, esta sería la más importante. Estaba claro que la
tarde del día siguiente tendrían que reforzar la seguridad en la casa.
41
Y se desató el caos
Amaneció nublado en
Madrid. A Margot no le gustaban los días que no podía ver el sol ni las noches
que no podía ver la luna. Para ella el gris era presagio de malas noticias. Se
habría metido en la cama a esperar una jornada mejor, pero su trabajo de
periodista por la mañana y el de detective por la tarde apenas le dejaban
tiempo para pensar en Harry Parker y en el paso adelante que él le proponía en su
relación. Esos días estaba especialmente nerviosa. No le gustaban los
compromisos ni los planes de futuro. Para ella solo existía el día actual y
ningún otro más. Puso en su tocadiscos el disco de un grupo inglés que, hasta
ese momento, solo hacía versiones. Se lo habían enviado sus tíos desde Gran
Bretaña en un paquete junto con muchas otras cosas. Se llamaban The Beatles, y
le gustaba mucho la versión que habían hecho del tema de Tony Sheridan, My
Bonnie. El ritmo, la fuerza y la forma tan apasionada de cantar. Margot
tarareaba la canción en la que alguien anhelaba a Bonnie, que se encontraba al
otro lado del mar… La letra no tenía nada, pero le gustaba el cambio de ritmo
al inicio de la canción. La letra decía: «Mi Bonnie está sobre el océano, está
sobre el mar, trae de vuelta a mi Bonnie». Le gustaba escucharla y se la puso a
todo volumen.
A las diez de la
mañana, sin embargo, Margot recibió una llamada de la revista Siluetas.
Bajó el volumen del tocadiscos y escuchó al director, Justino Ochoa, que quería
una entrevista con Fabiola.
—Será la portada del
próximo número. La necesito sí o sí, Margot.
—No tiene tiempo
material para recibirme en su casa —argumentó la joven.
—Si no te la concede,
haz un gran artículo —sugirió Justino Ochoa—. Todo el mundo sabe que si hay una
periodista cercana a ella, esa eres tú.
—Pero…
—No hay pero que valga
—atajó su jefe—. Lo quiero para ayer.
El director colgó el
teléfono como solía hacer cuando estaba enfadado.
—¡Joder! —llegó a decir
entre dientes.
Se le estaba pegando la
forma que tenían de hablar los inspectores de policía. Dejó de lado lo que
estaba escribiendo en su máquina. Tenía que pensar en cómo se lo plantearía a
Fabiola. Sabía que, en algún momento, tendría que despedirse de quienes habían
sido sus compañeros en las distintas obras benéficas en las que colaboraba, y
esa podría ser la excusa perfecta para obtener las declaraciones que deseaba el
director. Marcó el teléfono de la familia Mora y Aragón y, tras unos minutos de
espera, Fabiola se puso al teléfono.
—¿Margot? ¡Qué alegría
saber de ti!
—Bueno, lo primero,
¿cómo estás? —se interesó. No podía abordarla directamente.
—No te puedes imaginar
el lío que tengo. Ahora voy a probarme la toile del vestido de boda. Voy
completamente contra reloj, pero Balenciaga es maravilloso y ya tiene el patrón
cortado y cosido para esta primera prueba. Veremos cómo me queda. Yo quiero
algo sencillo, aunque comprendo lo que me dice Cristóbal: «El traje que lleves
se recordará siempre» —confesó notablemente apresurada.
—¡Seguro que, viniendo
de sus manos, será precioso! Te llamaba también porque sabes que colaboro con
la revista Siluetas, y me piden que te haga algo especial —le dijo sin
rodeos.
—No puedo dar
exclusivas. Mira que lo siento. Sobre todo contigo —se lamentó.
—Lo imaginaba
—respondió para tranquilizarla—. Solo quería pedirte estar presente el día que
acudas al cambio de nombre del hospital en el que ayudabas a los ancianos. Le
van a poner el nombre de tu padre, ¿no? Conde de Mora.
—¡Por supuesto! —le
confirmó Fabiola—. Ese día estaré muy emocionada, como te puedes imaginar.
Demasiados recuerdos y demasiadas ausencias. Me hará ilusión verte por allí.
Quedamos así. Tú permanece a mi lado y así podremos ir charlando. Será dentro
de dos días.
—Lo sé. Allí estaré. Un
beso muy grande —se despidió Margot. Colgó y el timbre del teléfono volvió a
sonar. Fue Sátur quien contestó esta vez desde la cocina. Margot había vuelto a
subir el volumen del tocadiscos mientras seguía cantando a pleno pulmón la
canción de los Beatles.
—Chiquilla, que te
llaman al teléfono —le dijo Sátur—. Es el director de El Caso, don
Eugenio Suárez.
La joven respiró hondo
antes de saludarlo. Bajó de nuevo la música. Pensó que, a ese ritmo, el trabajo
la iba a desbordar.
—Don Eugenio, buenos
días.
—Margot, necesito un
artículo tuyo sobre el asesinato de la vidente —le soltó sin tan siquiera
saludar.
—¿Qué vidente? No sé
nada de lo que me habla.
—¿No me digas que me he
enterado antes que tú? —dijo en tono casi burlón—. Han encontrado muerta en su
casa a la vidente que colaboraba tanto con la policía.
—¿María Gracia?
—preguntó, asombrada. Aún recordaba la última vez que habló con ella para el
caso de Almudena Pimentel—. Telefoneo ahora mismo a la brigada. En cuanto
averigüe algo más, le llamo.
Permaneció unos instantes
frente a la máquina de escribir con la mente en blanco. «¡Qué frágil es todo en
esta vida!», se decía a sí misma. En fracciones de segundo, tu mundo puede
volverse del revés o incluso acabar contigo. Ella lo había vivido en carne
propia.
El teléfono volvió a
sonar. No quiso descolgarlo y Sátur acudió de nuevo al despacho. La vio con la
cara tan blanca y descompuesta que le preguntó:
—Es el comisario. ¿Ha
pasado algo grave? —le dijo la mujer, que apuntaba con el dedo hacia el
aparato.
—Sí, la verdad es que
sí… Responderé desde aquí.
Descolgó el teléfono y,
antes de seguir hablando, esperó a que colgaran en la cocina.
—Sé lo que me va a
decir. Han asesinado a María Gracia —se le adelantó Margot.
—¿Quién te lo ha dicho?
—En El Caso las
noticias vuelan.
—¡La brigada va para
allá! Es en la calle Hermosilla. Quiero que llegues a la escena del crimen
antes que alguno de los nuestros borre alguna huella. Necesito de tu
perspicacia.
—Voy ahora mismo.
¿Quién ha avisado? —preguntó Margot.
—La señora que iba a
limpiar por las mañanas. Tenía llave y parece ser que al entrar la ha visto
tendida en el suelo, sobre un charco de sangre.
Se levantó tan
súbitamente de su asiento que sin querer tiró la silla. No se detuvo a
recogerla. Se fue a su cuarto, cogió una chaqueta, se puso unos tacones y salió
de casa pronunciando unas palabras que no tranquilizaron a sus «guardianas».
—Tengo que salir —dijo,
apresurada—. Han asesinado a una persona que colaboraba con la policía. No os
puedo contar nada más.
—¡Ten mucho cuidado!
¡Qué terrible! —llegó a decir Camila en español.
—¡No se olvide de
comer, ni de abrigarse! —Sátur se fue corriendo detrás de ella con el abrigo en
la mano.
Ya en la calle, Margot
vio un taxi que dejaba a un cliente justo en la puerta de su casa. Se acercó a
la ventanilla del copiloto y el taxista bajó el cristal.
—Por favor, ¿me puede
llevar a la calle Hermosilla? ¡Es muy urgente!
El taxista bajó la
bandera y el contador de su taxímetro se puso en marcha. A los quince minutos
habían llegado a la casa de la vidente. No hacía falta ser Sherlock Holmes para
saber que había ocurrido algo grave en aquella calle, ya que estaba atestada de
policías. Nadie podía pasar por allí en un perímetro de veinte metros a la
redonda. Menos aún entrar en el portal; era imposible incluso para quienes
vivían allí. Margot enseñó su acreditación de colaboradora de la Brigada
Criminal y todos le fueron abriendo paso. Al traspasar la puerta del inmueble,
observó que un hombre vestido con mono azul y boina estaba siendo interrogado
por la policía.
—¿Es usted el portero
de la finca? —le preguntaban.
—Sí —afirmó él.
Estaba aturdido y no
era capaz de hilar una frase entera.
—¿Hay alguna otra forma
de salir de esta casa? ¿Una puerta de atrás? —intervino Margot.
—No, señorita.
—¿Ha observado algo
extraño en las últimas horas? —volvía a preguntar el policía.
—No, su casa era un ir
y venir de clientes —dijo refiriéndose a la víctima.
Margot le pidió su
teléfono de contacto y se informó de que vivía en el sótano del inmueble.
También le preguntó por los vecinos de María Gracia. El portero se sabía la
vida de todos… Margot siguió preguntando.
—¿Le llamó la atención
alguien que viniera ayer que no fuera habitual?
—No sé, quizá un señor
muy bien trajeado que me dijo al salir un simple: «¡Con Dios!».
—¿Podría describirlo?
—Llevaba un sombrero y
no le vi la cara. No, no lo reconocería, la verdad.
—No se vaya de aquí,
por favor.
Margot dejó de hablar
con el portero y subió las escaleras intentando imaginar cómo habría sido la
huida del asesino. Tal vez fue un hombre quien la visitó. ¿Por qué la habría
matado? ¿Sería él o alguien cercano que no llamara la atención del portero? Al
llegar al piso de la vidente, tocó a la puerta con los nudillos. No quiso usar
el timbre ni el pomo de la puerta. Le abrió el inspector Gutiérrez.
—Estamos solos. Todavía
no ha llegado la policía del Servicio de Identificación Dactilar. Todo tuyo,
Margot.
No hizo falta recorrer
demasiado el pasillo para encontrar el cadáver de la vidente, tendido boca
arriba y con visibles golpes en la cabeza. La pérdida de sangre durante tantas
horas había formado un charco a su alrededor.
—¿Cuándo vendrán el
forense y el juez para el levantamiento del cadáver?
—Tardarán, de modo que,
si quieres echar un vistazo por la casa, intenta no tocar el cuerpo. El
comisario y Morales están en el salón.
Seguía mirándola y le
llamó la atención su cara de sorpresa.
—No esperaba el golpe
que recibió —concluyó Gutiérrez, sin poder dejar de mirar la expresión de
asombro del cadáver.
Esquivó el cuerpo con
la ayuda de Gutiérrez y caminó despacio hasta el salón mientras intentaba
imaginarse la escena. Dijo hola con la mano al comisario y levantó las cejas
levemente para saludar a la persona que más la odiaba en comisaría.
—Vaya…, la periodista
por aquí.
—¡Vaya, el soplón de la
prensa! —replicó ella—. Ya lo saben en El Caso, así que imagino quién lo
ha contado todo. Yo no tenía ni idea cuando me ha llamado Eugenio Suárez.
—Yo no escribo para esa
revista, tú sí —respondió él en tono retador.
—Bueno, ¿queréis dejar
vuestras desavenencias para otro momento? Tenemos a una colaboradora de la
policía muerta —interrumpió el comisario.
Margot revisó la mesa
de trabajo de María Gracia y vio varias cartas invertidas: el ocho de bastos,
el siete de espadas, el cinco de oros y el nueve de copas. Lo anotó en la
pequeña libreta que la acompañaba a todas partes. Bajo la mesa camilla se
habían caído algunas cartas del tarot: el diablo, la luna y la culebra. Sacó de
su bolso una pequeña camarita y lo fotografió todo.
—Las cartas quedaron boca
arriba —murmuró Margot—. Tengo la impresión de que María Gracia dio por
terminada la sesión nada más comenzar a leer el futuro. Y en el suelo hay más
cartas de tarot.
—¡Muy perspicaz,
detective! Eso pienso yo también —comentó el comisario—. Tenía prisa porque la
persona o personas que vinieron a verla se fueran de la casa cuanto antes.
—¿Han ido a su cuarto?
—Margot señaló la habitación, que estaba entreabierta.
—Pase antes de que nos
echen de aquí, pero no toque nada —le advirtió el comisario.
Margot siguió andando
muy despacio, como si no quisiera hacer ruido. Pensaba en lo que había pasado y
trataba de reconstruirlo. Justo debajo de la mesilla de noche, vio un pendiente
de coral caído, y a un lado de la habitación, un anillo de oro con una
esmeralda, también en el suelo. Volvió a sacar fotografías. Había un calendario
de la Virgen del Monte de Bolaños de Calatrava sujeto con una chincheta.
—Ella era de este
pueblo. Recuerdo que me lo dijo —susurró.
Observó igualmente que
un crucifijo de marfil colgaba en mitad de la pared en la que se apoyaba el
cabecero metálico de la cama.
—¿Un robo por dinero o
para disimular? —siguió hablando sola en voz baja.
En la otra mesilla de
noche, al otro lado de la cama, había un cuaderno de citas a la vista. Recordó
lo que hicieron los periodistas en la habitación de Fabiola e hizo lo mismo; lo
cogió y se lo guardó debajo de la camisa, sujeto a la cinturilla de la falda.
Luego se cerró de nuevo la chaqueta.
—¿Ha visto algo,
Margot? —preguntó el comisario, que entraba en la habitación en ese momento.
Se abrió la chaqueta y
se levantó la camisa. Le enseñó el cuaderno de citas. El comisario le hizo una
seña de que guardara silencio. Margot asintió y volvió a cerrarse la chaqueta.
—Parece un robo, pero
no lo tengo claro. Algo me dice que podría ser un arrebato o una venganza de su
entorno más cercano. Quizá la visitara un sacafortunas. Solo hay que ver
que vivía muy bien, sin estrecheces. A los videntes a veces les pagan con
valiosos recuerdos familiares —especuló Margot.
Se oyó ruido en el
pasillo y salieron de la habitación. Permanecieron de pie con la llegada del
forense y de los compañeros del Servicio Central de Identificación Dactilar. Se
acercaron al médico forense y escucharon su primera valoración.
—Recibió varios golpes,
pero no murió por el último traumatismo —explicó el forense, señalando la
cabeza—. Cayó en decúbito prono. El asesino quiso asegurarse de que estaba
muerta y le dio la vuelta. Por eso ahora la hemos encontrado en decúbito
supino, aunque no fue así la secuencia de su muerte. —Hizo una breve pausa
antes de continuar—: Recibió tres golpes seguidos con algo grueso. Busquen un
bastón con empuñadura redonda o un paraguas con empuñadura esférica. También
podría ser un pisapapeles… Algo contundente y redondo. Pero la causa de la
muerte no fue el golpe, sino la hemorragia. Literalmente, se desangró.
Margot anotaba cada
palabra que pronunciaba el forense. Cuando llegó el juez para ordenar el
levantamiento del cadáver y llevar el cuerpo al Anatómico Forense, el comisario
se marchó con sus hombres y la detective.
—Vayamos inmediatamente
a comisaria. Tenemos que hablar de lo que ha pasado en esta casa —ordenó.
Se distribuyeron en dos
coches y se fueron camino de la Puerta del Sol. Era un caso en el que no iban a
faltar las presiones de los ministros.
—La mitad de la alta
sociedad madrileña venía aquí a preguntar por su futuro —comentó el comisario.
Margot se sentía
incómoda con el libro de citas encajado en el vientre y lo sacó de su
escondite. Afortunadamente, los inspectores Gutiérrez y Morales iban en el
segundo coche.
—¡Ábralo! Mire en la
tarde de ayer —le pidió el comisario.
Margot se decepcionó al
abrirlo. Faltaban las últimas hojas, arrancadas con prisa. Por una razón obvia,
el asesino no quería ser descubierto.
—Si era alguien
habitual —dijo Margot, señalando el cuaderno—, aquí estarán los nombres de
quienes la visitaron en los últimos meses. Hablemos con todos los que podamos
identificar con nombre y apellido.
—¡Buena idea, Margot!
—dijo el comisario—. Vuelva a esconder el diario de citas y no diga nada a sus
compañeros. Lléveselo a casa y analícelo bien, de arriba abajo. No quiero que
esto lo sepa la prensa.
—Para mí significa
mucho que se fíe de mí. Yo también soy la prensa.
—Para mí usted es la
detective Peters. Sin más.
Llegaron a la brigada y
empezaron a hacer llamadas a unos y a otros. Margot se centró en el
ayuntamiento de Bolaños para localizar a los familiares de la víctima. Quería
avisar a sus parientes para que no se enteraran por los medios de comunicación
antes que por ellos.
Ajenas por completo a
ese caso, Fabiola y doña Blanca eran recibidas por el modisto Balenciaga, que
había llegado el día anterior de París. Les mostró la toile hecha en
tela de algodón con la que le gustaba verificar el diseño y las proporciones
sobre el cuerpo.
—Antes del corte
definitivo, hay que asegurarse de que cada pieza esté bien encajada. Aún
estamos a tiempo de hacer ajustes y correcciones en un diseño tan complejo como
el de este traje de novia.
—Vamos muy mal de
tiempo. ¿Seguro que estará listo el vestido, Cristóbal? —le preguntaba doña
Blanca con cierta angustia.
—Mamá, si Balenciaga
dice que llega, es que va a estar a tiempo. No he conocido a nadie más
perfeccionista que él —replicó Fabiola.
—¡Estará y te quedará
perfecto! —afirmó el modisto—. Yo también arriesgo con el diseño, con la tela y
con el trabajo del taller. Somos los primeros que deseamos que todo esté en su
sitio y que seas la novia más guapa del mundo.
Balenciaga le pidió que
caminara con la toile. El traje largo tenía un fruncido en la cadera. Le
colocó la capa que haría las veces de cola de seis metros y entonces ya se
movió con cierta dificultad.
—Con la tela
definitiva, que pesará más, me costará moverme…
—No, la clave está en
caminar despacio. Tendrás que olvidarte de ella. La aseguraremos de tal manera
que no habrá forma de que se desprenda. Fíate de mí…
—Totalmente, Cristóbal.
—Será un traje que
quedará para la historia. No podemos olvidarlo, ni tú ni yo. ¿Os parece que
brindemos con el champán que he traído de París para la ocasión?
Los tres brindaron y
sonrieron. Fabiola se quitó la toile y la dejó sobre la silla del
probador, repleta de marcas y alfileres. Luego volvió a vestirse con su traje
de chaqueta, también de Balenciaga.
Quedaron con el
diseñador en verse al cabo de quince días. Las modistas coserían sin descanso
para que el vestido estuviera listo al menos para entonces. La capa de seis
metros tendría que esperar a una segunda prueba, ya que la traería hecha desde
su taller de París.
Al salir de Eisa
Costura, Fabiola y su madre subieron al coche, donde ya las esperaba Hipólito
Vidal, el chófer. Unos fotógrafos las retrataron al salir de la tienda. El
traje de novia se había convertido en el secreto que todos querían destapar.
Como no podían moverse libremente sin que alguien las siguiera, se fueron
directas a casa. Aquella tarde recibirían la visita de la mujer de Franco y de
su única hija.
—Espero que el servicio
esté a la altura de las circunstancias. He pedido en la cocina que nos hagan
pastas y bollitos dulces, que a Carmen Polo le encantan —dijo doña Blanca.
—Sé que el gobierno se
ha esforzado para que el regalo que me van a dar sea algo especial. Hubiera
preferido que hicieran una donación al centro que llevará el nombre de papá
—añadió Fabiola.
—Todo el mundo quiere
que sus regalos perduren en el tiempo. Tienes que entenderlo. De todas formas,
en cuatro horas saldremos de dudas.
En la casa no paraban
de limpiar la plata, sacar brillo al suelo de mármol, planchar el mejor mantel
y encañonar los volantes. Ese mediodía, Fabiola y doña Blanca apenas pudieron
comer nada.
A eso de las cuatro de
la tarde, la madre de Manuela llamó al teléfono del servicio. Le iba a dar la
noticia que había caído como una bomba en el pueblo.
—Hija, ¿te has
enterado? —Se hizo un silencio—. María Gracia ha sido asesinada.
—¿Qué dices? —Manuela
tuvo que tomar asiento.
—Lo han dicho en la
radio y sabemos que la policía ha llamado al ayuntamiento para hablar con el
alcalde y localizar a la familia. La noticia ha corrido como la pólvora por
todo el pueblo.
—¿Estás segura? Es
imposible. Ayer hablé con ella y fui a verla. Me pidió que volviera al final de
sus consultas, pero cuando regresé ya no me abrió.
—¿La viste? No digas
nada, no vayan a creer en el pueblo que fuiste tú. Todos saben que de niñas no
os llevabais demasiado bien.
—¡Mamá, qué cosas
dices! Mira, tengo mucho trabajo. —Manuela colgó.
Se quedó inmóvil
mirando el aparato y procuró disimular. Hizo por encontrarse con Lucía, que
andaba planchando.
—¿Sabes qué? No te lo vas
a creer —le dijo—. A mi amiga la han asesinado.
—¿A quién? No
comprendo…
—A María Gracia
—confirmó Manuela.
Lucía se puso
nerviosísima. Le contó otra vez que María Gracia había estado parca en palabras
con ella, pero educada. Lucía no quiso contarle que la había echado de la
consulta con malos modos. Después de lo sucedido, nunca se lo contaría a nadie.
Lo ocultaría a todos.
—Esto nos puede
arruinar la vida, Lucía. ¡Ay, como se enteren los señores! Debes callarte y no
decir ni mu. ¿Me oyes?
—¡Pero Milagros sabe
que las dos fuimos a esa casa! Es mejor contarlo.
—Tú lo niegas todo.
Eres muy pava…
—Debemos hablar con la
policía —insistió Lucía.
—¡Tú eres idiota de
remate! Con un poco de suerte y con el lío que tenemos aquí, no se enterarán de
la noticia. Me voy a cerciorar de que la radio que tenemos se estropee y no
funcione. Fingiremos estar como en una burbuja. ¿Me oyes? —Manuela presionaba a
Lucía cada vez más—. Si no te preguntan, aquí ninguna de las dos sabemos nada.
—Está bien. Lo que tú
digas…
Ambas se mostraron muy
nerviosas toda la tarde, pero todos lo achacaron a la visita de Carmen Polo y
Carmencita Franco. Manuela tenía razón: nadie en la casa pensaba en otra cosa.
42
La corona de rubíes
y esmeraldas
A las cinco en punto de
la tarde, Carmen Polo y Carmencita Franco llegaron al palacete de los Mora. Lo
hicieron en coche, ya que era la única manera de atravesar la nube de
fotógrafos y periodistas que permanecía en la puerta de la mañana a la noche.
Gonzalo, el mayor de los varones de los Mora, y Alejandro, el cuarto de los
siete hijos, las esperaban fuera del palacete para recibirlas. La hija de
Franco salió del coche con una gran caja envuelta en papel de regalo.
—¡Bienvenidas! Es todo
un honor que hayan podido venir a nuestra casa —dijo Gonzalo mientras les
besaba la mano de forma protocolaria.
—Me alegro mucho de que
estén aquí —comentó Alejandro.
Carmencita sonrió a
este último y le habló en voz baja.
—Te encuentro muy bien,
hacía mucho que no coincidíamos.
—Tú estás tan guapa
como siempre.
Alejandro y Carmencita
eran amigos. Habían salido juntos en un grupo de jóvenes entre los que también
se encontraba Fabiola. Incluso se llegó a decir que el segundo varón de los
Mora había sido pretendiente de la hija de Franco. Todo quedó, sin embargo, en
una buena amistad.
—¿Dónde está vuestro
hermano Jaime? —preguntó doña Carmen, ya que era el único varón que no se había
presentado ante ellas.
—Deberá perdonar a
Jaime, excelencia —se excusó Gonzalo—, pero a estas horas ya ha salido camino
del Ritz. Ahora le ha dado por tocar el piano allí.
—Carmencita, deberemos
algún día ir a escucharle —propuso Carmen Polo.
—Sí, por supuesto.
Las condujeron hasta el
salón y allí se despidieron de forma protocolaria.
—Bueno, nosotros solo
deseábamos recibirlas. Mi hermana quiere estar a solas, junto con mi madre,
para comentar sus preparativos.
—¡Llámame, Alejandro!
Tenemos que quedar con nuestras familias —comentó Carmencita al hermano con el
que tenía más amistad.
—Eso haré. ¡Hasta
pronto, entonces!
Fabiola y doña Blanca
las recibieron en el salón con una amplia sonrisa. Era la primera vez que se
veían desde que el gobierno belga emitió el comunicado de su compromiso.
—¡Enhorabuena, Fabiola!
—le dijo Carmencita mientras se acercaba a ella y la besaba en las mejillas—.
Tienes muchas cosas que contarnos.
Carmen Polo también la
felicitó con un beso y las anfitrionas las invitaron a tomar asiento. Enseguida
el ama de llaves se acercó para servir el té y Manuela ofreció, en una bandeja,
la variedad de pastas que habían preparado en la cocina.
—Y Fabiola, ¿cómo
conociste al rey? —preguntó Carmen Polo con curiosidad.
—Me lo presentó hace
tiempo mi madrina, la reina Victoria Eugenia —respondió Fabiola con una sonrisa
contenida—. Fue solo un saludo, porque en quien quería que se fijara era en su
nieta Pilar de Borbón. Pasaron meses hasta que nos encontramos de nuevo en
Bruselas, en uno de mis viajes. —Evitó mencionar que aquel encuentro había
formado parte de un plan orquestado por monseñor Suenens—. Y más adelante
nuestra amistad se afianzó en Lourdes. Allí nos enamoramos, y nos prometimos en
la gruta de Massabielle. Fue muy bonito.
—¡Los dos tan
religiosos! Creo que estáis hechos el uno para el otro —comentó la mujer de
Franco con una sonrisa—. Bueno, queríamos hacerte un regalo para que recuerdes
lo mucho que te queremos. Paco me ha pedido que te felicite; el anuncio de tu
enlace ha sido muy importante para limar asperezas con el gobierno belga.
—Me alegro mucho
—respondió Fabiola—. Todo lo que esté a mi alcance para ayudar en lo que sea
necesario, cuenten con ello.
—Por supuesto. Ahora…
¡abre la caja! —añadió Carmen Polo, impaciente.
Carmencita se la acercó
y Fabiola la desenvolvió despacio. En cuanto sacó el contenido del envoltorio,
apareció una tiara antigua, elaborada en oro y con piedras preciosas de gran
tamaño.
—No tengo palabras, ¡es
una maravilla! —exclamó Fabiola—. Me la pondré mucho pensando en España. Es un
regalo precioso.
—La he elegido yo, pero
te la regala el gobierno —aclaró Carmen Polo—. O, mejor dicho, te la regala el
pueblo español. Sé que las reinas las lucís a menudo por la cantidad de actos a
los que debéis acudir. Y además, esta tiene un significado especial. Quiero que
te acuerdes de tu país cada vez que te la pongas.
Fabiola se emocionó.
Cuando logró reponerse, se levantó del sofá y volvió a besar a sus dos
invitadas.
—Unos días antes de la
boda, tendremos una cena de gala a la que estáis invitadas —dijo—. Allí me la
pondré para sentir que el pueblo español siempre me estará apoyando desde la
distancia.
Carmen Polo explicó
entonces que la había comprado a un anticuario, que a su vez la había adquirido
de unas monjas de clausura que la custodiaron durante toda la Guerra Civil.
—Esta corona, querida,
tiene su historia —añadió—. Me parece bonito que fueran unas monjitas las que
impidieran que la destrozaran en la guerra. Ahora la tendrás tú, y no se me
ocurren mejores manos.
Carmen Polo hizo un
aparte con doña Blanca para contarle en secreto que habían pagado cinco
millones de pesetas por ella. Carmencita, por su parte, se acercó a Fabiola.
—¿Estás nerviosa? —le
susurró.
—Según pasan los días,
un poco más —admitió—. Pero dejemos de hablar de mí. Te veo mejor que nunca.
—Será porque estoy
feliz. Después de cinco embarazos seguidos, la vida me ha dado una tregua. Son
muchos niños: Carmencita, Mariola, Francis, Merry y el último, José Cristóbal.
Por fin hay un descanso para mi mente y para mi cuerpo.
Las madres escucharon
el final y se añadieron a la conversación.
—Hija, no digas eso.
Hay que aceptar los hijos que Dios nos dé —comentó Carmen Polo—. Además, en las
casas reales, los hijos aseguran el legado.
—Sé que nada le haría
más ilusión a Balduino que el hecho de que me quedara embarazada en cuanto nos
casemos. En el palacio de Laeken tienen una habitación para niños ya preparada.
—Aléjate de la presión,
Fabiola. Cuando lleguen, han llegado —le decía Carmencita—. Sé de lo que hablo.
Las cuatro se echaron a
reír. Doña Blanca tocó la campanita para llamar al servicio y reclamó más té y
los bollitos rellenos de crema y de chocolate que había preparado la cocinera.
Carmen Polo les preguntó, en ese momento, si se habían enterado de la muerte de
la vidente a la que acudían aristócratas y la alta sociedad.
—¿De quién se trata?
—preguntó Fabiola.
—De María Gracia
—contestó Carmencita.
—¿Qué ha ocurrido?
—Doña Blanca estaba impresionada por la noticia. La vidente había estado en su
casa hacía unas semanas para ayudar a su amiga Ramona.
—Que han asesinado a
María Gracia, la vidente. Podría ser un robo o también, dicen, algo pasional —contestó
Carmencita.
Manuela, que estaba
escuchando la conversación, movió con torpeza la bandeja que llevaba y dejó
caer algunos de los bollos recién hechos al suelo.
—¿Qué te pasa, Manuela?
—preguntó Fabiola con extrañeza.
—Lo siento mucho —dejó
la bandeja en la mesa y se fue con los que se habían caído en la mano.
Salió de allí corriendo
y pidió a Lucía que la sustituyera. Antes le susurró lo que había ocurrido.
—Las señoras lo saben.
Acaban de comentar la noticia. Me he puesto mala al oírlas. Me voy a la
habitación.
—Sabía que tarde o
temprano pasaría… Tenemos que hablar con la policía —respondió Lucía, inquieta.
—¡Anda, vete para el
salón! —la cortó Manuela.
La cabeza le daba
vueltas sin saber qué hacer. Quizá Lucía tuviera razón: había que adelantarse y
decirle a la policía que ellas habían estado allí a diferentes horas. De no
hacerlo, parecerían culpables. Se quedó pensando con los ojos cerrados, tendida
en la cama. Si hubiera podido borrar lo que había sucedido, lo habría hecho.
Mientras tanto, en el salón,
la visita se prolongaba y doña Blanca les propuso quedarse a cenar con ellas.
—No, querida, me está
esperando Paco para cenar, y a Carmen, Cristóbal y toda su prole. Me alegro
mucho de verte tan estupenda, Fabiola.
—¿Vendrán todos a la
boda? —preguntó la novia.
—Uy, ni Paco ni yo
iremos. Debes perdonarnos, pero desde que el general Mola se estrelló en lo que
muchos catalogaron como accidente de avión, no subimos en uno. Paco montaba en
el hidroavión de su hermano sin ningún problema, pero, al morir Emilio Mola, no
quiso volver a coger ninguno. Son muy fáciles de sabotear —comentó Carmen Polo—
y tenemos muchos enemigos.
—Cristóbal y yo sí
estaremos contigo. Será muy emotivo acompañarte en tu boda y ser testigos de
cómo te conviertes en reina de los belgas.
—No quiero pensar en
eso, Carmen. Yo, como todas las novias, ese día voy a pensar que me caso con
Balduino, con el hombre.
—Eso que dices es muy
bonito —añadió Carmen Polo.
Fabiola no les dijo que
también estaban invitados la reina Victoria Eugenia y el heredero, don Juan de
Borbón. Prefirió que lo descubrieran en Bruselas, entre las casas reales
invitadas. Los Mora y Aragón siempre habían estado cerca de Alfonso XIII y de
su esposa, que además era la madrina de Fabiola. Con el tiempo, la familia se había
situado del lado de su hijo, Juan de Borbón, y su nieto, Juan Carlos. Todo el
mundo, incluidos los Franco, sabía que eran profundamente monárquicos.
Se despidieron de
Carmen y de Carmencita, mientras Fabiola volvía a agradecerles la tiara de
rubíes y esmeraldas que le habían regalado. En cuanto se marcharon las dos,
Fabiola se retiró a su cuarto. Se probó la joya frente al espejo y la guardó en
una sombrerera que pensaba llevar a Bruselas. Se había comprometido con Carmen
Polo y su hija a ponérsela en la cena de gala previa a la boda, y pensaba
cumplirlo.
Lejos del palacete de
los Mora, Margot revisaba en su casa los nombres de los clientes de la vidente
asesinada. Le sorprendió encontrar el del hermano de Fabiola, Jaime de Mora.
Aparecía anotado junto a otro, Manuela, y entre paréntesis figuraba la palabra
«pueblo». Había muchos nombres de mujeres pertenecientes a familias conocidas.
Sin embargo, después del robo del diario de Fabiola y de la animadversión entre
los hermanos, decidió empezar por citar a Jaime en comisaría. Antes de hacerlo,
llamó al comisario.
—Don Eugenio —dijo
Margot con cautela—, he encontrado en el diario de citas el nombre de Jaime de
Mora. Puede ser una casualidad o solo un hilo del que tirar. ¿Le parece que lo
citemos mañana?
—¡Por Dios! Otra vez el
nombre de Jaime en algo turbio… —exclamó el comisario, llevándose la mano a la
frente—. Podemos estar ante un problema diplomático. ¿No actúa en el Ritz? Que
vaya Parker; con él todo será más discreto. En comisaría, solo si resulta estrictamente
necesario.
—Parker debe de estar
haciendo las maletas para irse a Londres —apuntó Margot.
—No —negó el
comisario—. Le he pedido al ministro de Exteriores que me permita tenerlo con
nosotros hasta que resolvamos este caso.
—Será al ministro de la
Gobernación —corrigió Margot.
—No, no, al de
Exteriores —insistió él—. ¿No se lo ha dicho? Se viene a vivir a Madrid. Deja
la embajada, pero seguirá dependiendo del Ministerio de Exteriores, con
colaboraciones extraordinarias con el de la Gobernación. Le han pedido que se
encargue de la seguridad en la visita de los reyes de Tailandia a España,
después del éxito del viaje de Eisenhower. Fernando María Castiella quiere
abrir España al exterior y lo quiere a su lado.
Mientras hablaba el
comisario, Margot lo tuvo claro. Harry había apostado por ella. Había influido
en su decisión de dejarlo todo y regresar a España. La idea la golpeó con
fuerza. «¡Está realmente enamorado!», pensó.
—¿Qué dices, entonces?
—le preguntó el comisario al ver que no contestaba.
—Perdone, comisario, me
estaban hablando por aquí —disimuló—. ¿Qué me pregunta? No le he podido
escuchar.
—¿Irá esta noche con
Parker a ver a Jaime de Mora? No es lo mismo preguntarle con un café o una copa
en la mano que hacerlo en comisaría. Será distinto. Y lo más importante: sus
colegas de la prensa no se enterarán. Si lo ven por aquí, alguno de los
nuestros hablará de más.
—Me parece bien. Ahora
mismo llamo a Parker.
—¿Hay más nombres de
hombres en el diario?
—Los hay, pero menos
que de mujeres. Su clientela era sobre todo femenina.
—Siga su instinto,
Margot. Nunca falla.
Margot llamó a Parker y
empezó con tono ligero.
—Todos menos yo sabían
que te quedabas en España.
—¿Cómo? —respondió él,
sorprendido—. Solo se lo he dicho al comisario.
—Entonces me he adelantado
—dijo ella, fingiendo naturalidad.
—En cuanto me cayó esta
responsabilidad, pedí ayuda a don Eugenio Benito para la seguridad de los reyes
de Tailandia, que llegan en unos días, el 4 de noviembre —explicó Parker—.
Pensaba llamarte ahora.
—Está bien, era broma.
—Sonrió ella al otro lado del teléfono—. Me parece una decisión muy importante
la que acabas de tomar. Te llamo por otra cosa: el comisario quiere que vayamos
juntos esta noche a escuchar tocar el piano a Jaime de Mora.
—¿El hermano de
Fabiola? —preguntó él, atento.
—Sí. Aparece en la
lista de clientes de la vidente asesinada. Es por empezar por alguien. No
quiere llevarlo a comisaría para que la prensa no se entere y no haya otro
problema diplomático.
—¡Cuenta conmigo! —dijo
Parker—. No me vendrá mal un poco de música con el lío que tengo.
—¿Vienes a por mí a las
siete?
—De acuerdo.
Margot iba a colgar,
pero se detuvo un segundo.
—Por cierto…, me
encanta que te vengas a vivir a España.
Hubo un silencio al
otro lado de la línea.
—¿Eso es un sí a mi
propuesta? —preguntó Harry, con cautela.
—Eso es un… me gusta la
circunstancia.
—¿«Me gusta la
circunstancia»? ¿Me lo puedes traducir?
—No me pidas más,
Harry. ¡Nos vemos!
Margot no estaba para
pensar en propuestas ni en amores. Tenía la mente puesta solo en resolver el
asesinato de María Gracia. Confiaba en que Parker no volviera a las andadas. Le
gustaba más cuando se mostraba distante. Respiró hondo y siguió anotando
nombres de posibles sospechosos. El de Manuela aparecía con frecuencia. Pensó
que aquella mujer debía de conocer bien a la vidente. Le preguntaría a Jaime
por ella, porque sus nombres salían anotados juntos en la página.
No tenía mucho tiempo y
les contó a Sátur y a Camila la novedad de que Parker dejaba la embajada para
trabajar en Madrid, en el Ministerio de Exteriores. Sus «guardianas» se miraron
y sonrieron. Margot protestó por la cara que habían puesto y se fue
refunfuñando a cambiarse de ropa.
—¿Vas a salir esta
tarde? —preguntó Sátur.
—Sí, voy con Parker
precisamente a entrevistar a Jaime de Mora.
—Bueno, por algo se
comienza.
—No empecéis, por favor
—les recriminó a las dos, que seguían mirándose cómplices.
Margot se arregló en
quince minutos y a la hora convenida bajó a la puerta de su casa. Harry ya la
esperaba. Los dos vestían traje oscuro. No hablaron de la propuesta de Harry de
salir juntos. Hablaron solo del caso.
—El portero esa tarde
vio salir a un hombre del edificio donde vivía la vidente —dijo Margot mientras
caminaban—. No le reconoció la cara. Llevaba traje y sombrero. También me
apropié del libro de citas y me sorprendió leer el nombre de Jaime de Mora y
Aragón. Por eso vamos a empezar por él.
—Le preguntaremos
cuando termine de tocar el piano —respondió Parker—. No debe notar que lo
consideramos sospechoso.
—Veremos cómo reacciona
—dijo ella—. Me gusta que volvamos a resolver juntos un caso difícil.
Atravesaron el centro
de Madrid y llegaron pronto al número 5 de la plaza de la Lealtad. Antes de
entrar en el salón del hotel Ritz, ya se oía el piano. Había una gran expectación
por escuchar el vals dedicado a Fabiola que había compuesto semanas atrás.
Acudían aristócratas para halagar a Jaime, porque su hermana iba a ser reina y
él se dejaba querer. Esperaron y se acercaron cuando fueron los últimos en
saludarlo.
—A usted ya la conozco
—dijo Jaime al ver a Margot—. Es la policía que me llevó a comisaría. ¿Qué hace
por aquí?
—Hemos venido a
escucharle —respondió Margot— y a hacerle un par de preguntas. ¿Conocía a la
vidente que han asesinado?
Jaime se sorprendió,
pero contestó.
—Sí. Fui una vez a
verla, pero me echó de allí.
—¿Lo echó? —preguntó
Parker.
—Sí. No le gustó mi
actitud. Así de sencillo.
—¿Por qué su nombre
aparece al lado de una tal Manuela? —preguntó Margot.
—Ah, sí. Es una mujer
de servicio contratada por mi madre. Ella me habló de la vidente y de sus
supuestas cualidades. Decía que esa mujer aseguraba que en nuestra casa iba a
haber un terremoto. Pensé que hablaba de mis líos artísticos y quise saber más.
Pero no. Se refería a mi hermana y acertó. ¿Soy sospechoso?
—No he dicho eso
—respondió Margot—. ¿Quién cree que podría ser su enemigo?
—No tengo ni idea. Y,
si le soy sincero, no me importa. Fui una tarde y me echó con cajas
destempladas. No volví a saber de ella.
—¿Cómo puedo localizar
a Manuela? —insistió Margot.
—Muy fácil. Llámela.
Está siempre en casa. ¿Algo más?
—No, muchas gracias.
—Espero que algún día
vengan sin ninguna investigación de por medio. Eso se agradecería.
Le dieron la mano y
salieron del Ritz. Necesitaban comentar lo ocurrido y entraron en la primera
cafetería que encontraron en el paseo del Prado. Los dos coincidieron en lo
mismo.
—Parece que Jaime poco
o nada tiene que ver con la muerte de la vidente —dijo Parker.
—Aun así, ningún nombre
del libro de citas queda descartado —respondió Margot—. No sé por dónde seguir.
—Quizá por Manuela
—dijo él—. Trabaja con los Mora y parece que conocía bien a la vidente. Ese
hilo puede llevarte a algo.
Después del café,
Margot tomó un taxi para volver a casa. No quiso que Parker la acompañara.
—Estás cerca de tu
hotel —dijo—. No hace falta que vengas conmigo.
—In dubio pro
libertate… —dijo él, sonriendo para hacer hincapié en la importancia que le
daba a la libertad.
Margot le devolvió la
sonrisa y contestó también en latín mientras se alejaba:
—Libertas perfundet
omnia luce.
Parker se quedó
pensando en sus palabras: «La libertad lo inunda todo de luz». Y también pensó
en su sonrisa. Eso le bastó para creer que no iba por mal camino.
43
¡Hay amigos que no
se pueden olvidar nunca!
Ante la persecución
constante de la prensa, Fabiola y Balduino dejaron de enviarse cartas por
correo ordinario. No querían que nadie en Correos tuviera la tentación de
«extraviarlas». Cada dos días, el ministro plenipotenciario del rey Balduino en
Madrid, el vizconde de Berryer, entregaba a la futura reina las cartas que
llegaban por valija diplomática. Ella le daba las suyas y así se aseguraban de
que llegaran a su destino sin que nadie las abriera. Todo lo que hacían o
decían despertaba ahora el interés de la prensa internacional.
De forma discreta, el
vizconde también le dio un consejo.
—Debe reducir las
visitas de políticos y de esposas de políticos —le dijo—. Hay demasiados
testigos en la puerta de su casa. Luego todo acaba contado en los periódicos.
—¿Tan grave es?
—preguntó Fabiola.
—Nosotros somos una
monarquía parlamentaria —explicó él— y no queremos que, antes de la boda, la
prensa belga aproveche cualquier imagen para criticarla. Tenga cuidado con
quienes buscan una foto que luego aparezca en todas partes.
—Acabo de aceptar un acto
que me prepara el ayuntamiento de Madrid para despedirme —respondió ella—. No
todos los días una española se convierte en reina de otro país. Tienen que
entenderlo.
—Actos, sí. Fotos con
políticos, pocas. Con el pueblo, todas las que quiera. ¿Me entiende?
—Perfectamente.
El vizconde se despidió
hasta dos días después. Fabiola comprendió que su tiempo y sus relaciones ya no
le pertenecían solo a ella. Iba a formar parte de una institución y cada gesto
y cada palabra contaban. Pasó un día recluida, organizando su ajuar de recién
casada. Llamó a sus amigas, Pilar y Piedi, y les pidió que la acompañaran a
despedirse de algunas personas importantes. Quería decir adiós también a los
ancianos del asilo de la calle Almagro, donde había entregado parte de su vida.
Al día siguiente, Pilar
y Piedi fueron con ella. El momento resultó entrañable. Los ancianos tocaron el
himno de Bélgica con guitarras, castañuelas y platillos. Así la recibieron.
Fabiola se emocionó. Ocurrió lo mismo cuando un hombre y una mujer, con muchos
años a sus espaldas, pronunciaron unas palabras llenas de afecto hacia ella.
Margot estaba cerca, tal como había quedado con Fabiola. No perdía detalle de
nada.
De pronto, Fabiola sacó
del bolso chocolatinas, frutas y dulces. Los dejó sobre una mesa al alcance de
todos.
—Esto lo hace siempre
—le dijo Pilar a Margot en voz baja—. No es nada excepcional. Los tiene muy
mimados. Van a notar mucho su ausencia.
—¿Crees que esta
despedida es para siempre? —preguntó Margot.
Fabiola oyó la pregunta
y respondió.
—No. Cuando vuelva a
Madrid, regresaré a verlos. Hay amigos que no se olvidan nunca. Ellos son
algunos de los míos.
Antes de marcharse, la
madre superiora habló en voz alta. Sonó a broma, pero no lo era.
—¿Y ahora a quién
acudiré cuando no podamos pagar la factura del pan?
—Siempre a mí —contestó
Fabiola—. No será difícil encontrarme. No me podré esconder.
Todos rieron. Sabían
que Fabiola seguiría ayudando a aquel hogar de ancianos que llevaba el nombre
de su padre. La institución y ella quedarían unidas para siempre.
Después pasaron al
despacho de la madre superiora. Margot se quedó a solas con Fabiola.
—¿Qué necesitas,
Margot?
—Quiero saber cómo te
sientes a poco más de un mes de la boda.
—Me siento feliz. Nunca
imaginé que me enamoraría del hombre que lleva la corona de Bélgica. He
conocido a pocas personas con tanta naturalidad para asumir una responsabilidad
tan grande. Es extraordinario que Dios nos haya puesto en el mismo camino.
Margot cambió entonces
de tono.
—Fabiola, esta misma
tarde tendré que citar a una de tus empleadas para hablar de María Gracia. Tu
hermano Jaime acudió a ella por recomendación de una mujer del servicio.
—¿Mi hermano? ¿Otra vez
metido en algo oscuro?
—Hay muchos nombres de
familias conocidas y de personas anónimas —dijo Margot—. No saldrá de los
despachos de la policía. Tranquila. Solo necesitamos hablar con una tal Manuela
que trabaja en tu casa.
—Sí, sé quién es.
Puedes llamar directamente a la casa. Tienes mi número, ahí la vas a localizar.
¿Crees que ella te puede ser de utilidad? —se interesó Fabiola—. Es una persona
de lealtad total hacia mi persona.
—Sí, lo sé. Según tu
hermano, conocía bien a la vidente. Al parecer, Manuela y la víctima eran del
mismo pueblo.
—Por favor, te pido que
me mantengas informada.
La visita al asilo
llegaba a su fin. Salieron del despacho de la madre superiora y Fabiola se
despidió de todos. Posó para el fotógrafo de la revista Siluetas,
rodeada de ancianos y de residentes que querían besarla y tocarla. Margot le
hizo un gesto cariñoso desde lejos.
Después pidió a la
madre superiora permiso para usar el teléfono de su despacho. Desde allí marcó
el número de la casa familiar de Fabiola. No esperó mucho. Enseguida la
pusieron en contacto con Manuela.
—Buenos días. Soy
Margot Sanz Peters —dijo con voz firme—. Acabo de estar con doña Fabiola y me
ha dicho que podía localizarla en su casa.
—Pues aquí estoy
—respondió la mujer—. ¿En qué puedo ayudarla?
—Colaboro con la
policía para esclarecer el asesinato de María Gracia —continuó Margot—. Me han
dicho que usted la conocía bien, porque eran del mismo pueblo.
—Sí, señora. Así es.
—¿Podría acercarse esta
tarde, a las cinco, a la comisaría de la Puerta del Sol? Pregunte por mí. La
atenderé.
—Pero ¿por qué yo?
—preguntó la mujer, nerviosa.
—Por nada en especial.
Necesitamos conocer mejor el entorno de la víctima y saber quién la visitaba.
—Está bien —aceptó—. No
creo que pueda ayudar mucho, pero allí estaré.
Margot agradeció a la
madre superiora que le hubiera permitido hacer la llamada y salió del asilo.
Volvió a su casa con prisa. Tenía que escribir las palabras que le había
dedicado Fabiola y enviar el artículo esa misma tarde, antes de ir a la
comisaría. Al llegar al número 27 de la Gran Vía, el portero le dio un ramo de
rosas que habían traído para ella.
—Algún enamorado tendrá
usted, digo yo.
—O alguna persona que
está agradecida. No todo es el amor de pareja. Hay más amores —le contestó muy
seria.
No tenía tiempo para
seguir hablando con el portero. Tampoco para comer. Camila puso las flores en
agua y la cocinera le preparó un bocadillo.
—Tiene usted un
desorden terrible con los horarios —dijo Sátur—. Un día va a reventar de tanto
trabajar. Tómese este bocadillo de jamón. Le dará fuerzas. Mi madre decía:
«Inyecciones de jamón e infusiones de vino hacen revivir a un muerto».
—Está bien. —Sonrió
Margot—. Dame una inyección de jamón, sin infusión. Solo agua.
—Algo es algo.
Margot se sentó ante la
máquina de escribir y describió todo lo que había visto en aquel acto tan
espontáneo de los ancianos hacia Fabiola. Quería reflejar cuánto la querían y
las muestras de afecto hacia la futura reina. Cuando terminó, eran las cuatro
de la tarde. Tenía que ir de inmediato a la comisaría. Se cambió de ropa y
volvió a salir con prisas.
—Debes plantearte dejar
algún trabajo —comentó Camila, seria—. Así es imposible seguir. Vives para
trabajar. Estás descuidando tu vida personal.
—Hay rachas de mucho
trabajo y esta es una de ellas —respondió Margot—. No te preocupes. ¿Puedes
llevar este artículo a la revista? El director lo espera.
—¡Por supuesto!
La besó en la frente,
se puso el abrigo y salió. Antes de ir a la brigada, pasó por la agencia de
detectives para saber cómo seguía Vicente Cerezo. Se llevó una sorpresa al
verlo allí.
—Vicente, ¿ya te has
incorporado? —preguntó con una gran sonrisa.
—Sí. Hace cuarenta y
ocho horas —respondió—. Tengo dolores, pero no pienso convertirme en un
lisiado. Voy a luchar para que la vida vuelva a ser como antes del incidente de
París. Siempre te digo lo mismo: este oficio se basa en la constancia. Hay que
saber echar el anzuelo y esperar. Nada más.
—Me alegra verte en
forma. Por cierto, Almudena quiere venir un día de estos a verte para
agradecerte todo lo que hiciste por ella.
—¡Lo que hicimos!
—corrigió él—. No lo olvides. Fue un trabajo en equipo, de los que me gustan.
—Me voy. ¡Ya
hablaremos! Vamos detrás de un asesino.
—Ya imagino. El de la
vidente, ¿no?
—Exacto.
Margot se despidió con
una inmensa alegría tras ver recuperado a Cerezo. Ahora tenía que darse prisa
para llegar a la Brigada de Investigación Criminal antes de que Manuela
apareciera por allí. No quería que nadie más la interrogara. Sabía que la
resolución de aquel caso exigía fijarse en los pequeños detalles, «en esos
donde se esconde la verdad», como decía Sherlock Holmes. Pensaba escuchar y
anotar hasta lo más insignificante que dijeran los investigados.
Nada más llegar, el
comisario la hizo pasar a su despacho.
—Tenemos prisa —le dijo
sin rodeos—. Los jefes quieren resultados.
—¿Qué han ordenado?
—preguntó Margot.
—Quieren detenciones
—dijo el comisario, con tono seco—. A Gutiérrez lo he enviado al pueblo de la
vidente, a Bolaños de Calatrava. Le he pedido que se quede dos o tres días y
hable con todos. Y al inspector Morales lo he mandado al edificio donde ella
vivía. Está interrogando a los vecinos. No quiero que vuelva sin hablar con
ellos uno a uno.
—Interrogué a Jaime de
Mora —contó Margot— y no saqué nada en claro, salvo que el nombre de Manuela,
que aparecía junto al suyo, es el de una mujer del servicio de su casa. Le
recomendó ir a conocer a María Gracia. La he citado aquí.
—Cuando llegue, hágala
pasar aquí —ordenó el comisario—. Quiero estar presente.
No pasaron ni diez
minutos y apareció Manuela. Caminaba despacio, con gesto tímido. Uno de los
policías la acompañó hasta el despacho del comisario.
—Manuela, soy Margot
—dijo ella, levantándose para saludarla—. Encantada de conocerla.
El comisario también le
dio la mano y la invitó a sentarse. La joven estaba tan nerviosa que no hacía
falta encender el flexo ni dirigirlo a su rostro. Margot le ofreció un café y
le preguntó si podían hacer algo para tranquilizarla. Durante unos minutos,
hizo todo lo posible para que se sintiera cómoda. Cuando notó que respiraba con
más calma, empezó a hacerle preguntas.
—¿Se conocían desde
hacía mucho, María Gracia y usted? —preguntó Margot con tono sereno.
—De toda la vida
—respondió Manuela—. Nos criamos en el mismo pueblo. Estuvimos juntas hasta que
ella se vino a Madrid. Aquí le fue muy bien con el don que heredó de su
familia. Tenía una cruz en el paladar, como su abuela.
—¿Dice que le fue bien
como adivina en Madrid? —insistió Margot—. ¿Por qué lo afirma?
—Porque enseguida
empezamos a verla prosperar —contestó Manuela.
—¿En qué lo notaban?
—preguntó Margot.
—En todo —dijo ella—.
En sus joyas. En que le sobraba de todo. Cuando ibas a su casa, veías fruta en
los fruteros, carne en la nevera, pescado… De todo.
—¿Hacía ostentación de
sus joyas? —intervino el comisario.
—Sí —afirmó Manuela—.
Podías verla con un anillo de amatista enorme. También con medallas de oro y
pendientes. No le faltaba detalle. Eran regalos de sus clientes.
—¿Usted iba a verla con
frecuencia? —preguntó Margot.
—Sí —respondió—. Me
gustaba preguntarle por mi futuro. Sobre todo por el amor, que todavía no me ha
llegado. Dejé de ir tanto cuando apareció un tal Aniano en su vida.
—¿Quién es? —preguntó
el comisario.
—Un hombre fuerte —dijo
ella—. Se fue quedando con sus joyas. El anillo de amatista, por ejemplo, se lo
dio para que lo empeñara en el monte de piedad y pagara sus deudas.
—¿El novio tenía
deudas? —dijo el comisario, levantando la vista.
—Sí —afirmó Manuela—.
Muchas. Creo que era un caradura que se aprovechaba de ella. ¿Cree que podría
ser el asesino?
De inmediato, el
comisario salió a pedir a uno de sus policías que localizaran al tal Aniano.
—Empeña joyas en el
monte de piedad. Allí lo tienen que conocer. Es un nombre nada común. Recoja a
Morales en Hermosilla y vayan los dos ahora mismo. Háganse con el anillo de
amatista de la vidente y con la dirección del chulo.
Margot seguía en el
despacho con Manuela, que se sintió indispuesta y pidió un vaso de agua.
Después de un rato intentando calmarla, continuaron el interrogatorio.
—¿Vio usted a María
Gracia el mismo día de su asesinato? —siguió preguntando Margot.
—Sí, qué desgracia
—dijo Manuela—. Primero me citó a primera hora de la tarde. Cuando llegué, me
dijo que no podía atenderme y me volvió a convocar más tarde, a las siete.
Pensaba que entonces ya habría terminado. Pero llamé a la puerta y no me abrió.
Últimamente parecía… volada.
—¿Volada? —preguntó
Margot.
—Quiero decir que
estaba ida —aclaró—. No sé cómo explicarlo. Me pidió que no contara a nadie
cosas que eran una tontería. A veces se asustaba sin motivo. Veía más allá de
lo que le preguntaban y, en ocasiones, no le gustaba lo que veía.
—Usted volvió a las
siete y ya no le abrió —dijo el comisario.
—No me abrió. Pero a mi
amiga Lucía sí la recibió a las seis de la tarde.
—¿Cómo puedo localizar
a su amiga Lucía? —preguntó Margot.
—Muy fácil, trabaja
también con los Mora y Aragón. Se pasó por allí antes de llevar a Correos un
paquete para su padre —confirmó Manuela.
Margot anotaba todo
para repasarlo más tarde.
—Ustedes dos estuvieron
con María Gracia.
—Sí, pero no juntas.
Por separado, claro —matizó.
Manuela se dio cuenta
de que se enredaba sola con las palabras. Margot lo vio claro: había que pedir
permiso al juez para registrar su cuarto. Tenía que hacerlo de inmediato, antes
de que la sospechosa destruyera pruebas.
—Está bien. Recuerde
que, hasta que no la avisemos de lo contrario, no puede salir de Madrid —le
advirtió.
—Pensaba ir este fin de
semana a mi pueblo a dar el pésame a los padres de María Gracia.
—Ida y vuelta en el
día. Y, por supuesto, no podrá salir del país.
—Pero ¿a dónde voy a ir
yo? Si tenemos un lío con el casamiento de la señorita…
—Bueno, nosotros hemos
terminado. Puede irse —le dijo el comisario.
Margot le comentó a don
Eugenio la mala impresión que le había causado la mujer del servicio.
—Hay algo en ella que
no me gusta —dijo Margot, pensativa—. No sabría decir qué es.
—Eso se llama instinto
—respondió el comisario apoyando los codos en la mesa—. Hay personas que nos
producen rechazo sin saber por qué, y otras que nos atraen sin motivo claro. No
se fíe siempre de la primera impresión. Es fácil equivocarse. —Hizo una pausa y
continuó hablando con tono firme—: Pero el asesino está en su entorno. ¡Seguro!
De ser ella, tenía un motivo para matar: la envidia. Y la envidia basta para
cometer un crimen.
—Tiene razón —admitió
Margot, asintiendo despacio—. Envidia a su paisana porque triunfó en Madrid.
Ese pecado capital encaja bien con los delitos de sangre.
El comisario se levantó
y empezó a caminar por el despacho.
—Aun así, quiero
localizar al tal Aniano cuanto antes —dijo—. Para mí, él tiene todas las
papeletas. Más incluso que esta mujer.
Se detuvo junto a la
ventana y siguió pensando en voz alta.
—Se llevaba las joyas
para empeñarlas. Ella cambió desde que lo conoció. El portero vio salir a un
caballero del edificio. A veces, la solución está en lo más simple.
—Pero, por lo que ha
dicho Manuela, de caballero tenía poco —objetó Margot.
—El portero afirma que
iba bien vestido —replicó el comisario, volviéndose hacia ella—. Primero lo
localizamos. Luego veremos si llevaba trajes elegantes o simples disfraces.
—Golpeó la mesa con la mano—. ¡Encontrarlo es prioritario! Morales ya está en
ello.
Margot subrayó en su
libreta el nombre de Lucía. Cinco minutos después, llamó a la casa de los Mora
y Aragón para preguntar por ella. Esperó largo rato al otro lado del teléfono,
hasta que por fin alguien contestó.
—¿Sí? ¿Quién me llama?
—preguntó Lucía al otro lado de la línea.
—Soy Margot Sanz Peters
—respondió identificándose—. La llamo de la policía.
—¿De la policía?
—repitió Lucía, alarmada.
Margot percibió el silencio
que siguió, como si la mujer se hubiera quedado inmóvil.
—Sí. ¿Puede venir a
declarar por el caso de la vidente asesinada? —preguntó sin elevar el tono.
—Yo apenas la conocía
—dijo Lucía, con una disculpa apresurada.
—No importa —contestó
Margot—. ¿Puede venir ahora?
—Es un poco tarde
—vaciló Lucía—. Si quiere, puedo ir mañana.
—De acuerdo. La espero
mañana, a las cuatro en punto, en la Brigada Criminal de la Puerta del Sol
—precisó Margot—. Su compañera Manuela le indicará cómo llegar. Ella ya ha estado
aquí.
—Yo le dije a Manuela
que debíamos haber acudido a ustedes antes, pero no me hizo caso… —se lamentó
Lucía, y la voz se le quebró—. ¡Qué tragedia!
—¿Por qué pensaba que
debían venir a la policía? —preguntó Margot, alerta.
—Porque las dos la vimos
esa tarde —respondió Lucía casi sin aire.
—Lo hablamos mañana
aquí, en la comisaría —concluyó Margot—. Piense en cada detalle de lo que vio y
de lo que escuchó. Muchas gracias.
A Margot no le gustó
que, la misma tarde de la muerte de María Gracia, hubieran estado ellas dos en
su piso. ¿Coincidencia? Le pareció extraño. ¿Podrían haberse puesto de acuerdo
para matarla por dinero? Volviendo a los pecados capitales, aquí sería el
motivo la avaricia.
Margot llamó a Parker.
Necesitaba verlo para contarle lo que había oído. No logró localizarlo. Pensó
que estaría ocupado con la seguridad del viaje de los reyes de Tailandia a
España. Salió y caminó por la calle del Carmen. Subió por Preciados y llegó a
la Gran Vía. Daba vueltas a las palabras de Manuela. Recordaba su mirada:
evasiva, incómoda. Algo en aquella mujer no le inspiraba confianza. Le pasaba
algo parecido con Jaime de Mora. En él, la mirada no era turbia, sino pícara.
Su forma de hablar, sin embargo, estaba llena de lagunas. Tendría que
estudiarlo con cuidado.
Se encontraba en estos
pensamientos cuando llegó a su portal. El portero se acababa de ir y abrió ella
misma la puerta de la calle. Subió las escaleras de dos en dos y, al llegar al
descansillo, Sátur le abrió la puerta.
—Por la forma de subir
las escaleras, sabía que era usted. ¿A que no sabe quién la está esperando? —le
preguntó la mujer, entusiasmada.
—¡No!
—¡Parker! Por cierto,
ha preguntado si le había llegado un ramo de flores. Ya sabemos de quién eran
los rosas…
—¡Sátur, no seas
cotilla! —le increpó.
A Margot se le iluminó
la cara nada más verlo. Le dijo que lo había llamado.
—Deseaba contarte las
primeras pesquisas sobre el entorno de la vidente.
—Lo siento, pero tenía
una reunión al más alto nivel en un local cercano a tu casa —le dijo él—. Por
eso he pensado en venir a verte al salir. ¿He hecho mal?
—No, al contrario.
Tengo que hablarte de mis impresiones tras interrogar a una mujer del servicio
de Fabiola de Mora y Aragón. No me preguntes por qué, pero no termino de fiarme
de ella.
—Te diría que la
respuesta a un asesinato suele estar delante de tus narices —añadió Parker.
Sátur y Camila les
sirvieron algo de cenar y se fueron cada una a su cuarto.
Margot se puso cómoda y
salió al salón en pijama. Por primera vez, sintió la necesidad de contarle todo
sobre el caso de la vidente. Se sentía a gusto con él.
En un momento dado,
Parker le tomó la mano y se acercó tanto que pareció que iba a besarla, pero se
contuvo. Siguieron hablando hasta que fue Margot quien lo besó. Parker
respondió al beso sin decir nada; no quiso estropear aquel instante con
palabras. Ella se acurrucó sobre su hombro y se quedó dormida, agotada. Él la
acomodó con cuidado en el sofá y la tapó con una manta que encontró cerca.
Luego se marchó en silencio, sin despedirse de nadie y sin hacer ruido. Aún no
podía creer lo que acababa de suceder.
44
El penúltimo viaje
El DC-6 de las líneas
aéreas belgas llevó a Fabiola hasta Bruselas. Al pie de la escalerilla la
esperaba Balduino. Se quedó observándola mientras bajaba peldaño a peldaño.
Estaba convencido de que había llegado en el momento que más la necesitaba. La
besó en la mejilla y le dijo algo al oído que la hizo sonreír.
En el coche que los
llevaba al palacio de Laeken, un barrio periférico de Bruselas, le cogió la
mano y la besó sin cesar. Hablaron de las reformas que había hecho en el
palacio familiar y de los muchos cambios que deseaba hacer Fabiola.
—Me da igual que sea un
castillo o un palacio, Balduino —dijo Fabiola—, pero tenemos que ser capaces de
transformarlo en un hogar.
—Totalmente de acuerdo
—respondió él—. Siento que la vida empieza ahora para mí. Cada día doy gracias
a Jesús por haber hecho crecer en mí un amor tan grande hacia ti.
—Balduino, yo podría
decir lo mismo —contestó ella, emocionada—. Me conmueve escucharte. Parecemos
dos almas gemelas.
—Das tanto amor que el
corazón me late cada día más deprisa —añadió él—. Solo le pido a Dios que me
enseñe a amarte como te mereces.
—Para mí el amor va
unido a la ternura —dijo Fabiola con suavidad—. Debe ser nuestro faro.
Se cogieron de las
manos y se miraron el uno al otro con verdadera devoción. Meses antes, ninguno
de los dos hubiera pensado que estarían así el uno con el otro. Menos aún las
personas de su alrededor. A ambos los asociaban a una vida de vocación religiosa.
Ese era el destino que sus respectivos entornos proyectaban para ellos.
—Por cierto —volvió a
decir Balduino—, la próxima vez que vengas a Bélgica será ya para la boda.
¿Eres consciente de lo mucho que nos va a cambiar la vida a los dos?
—Te puedo asegurar que
mi vida ya ha cambiado —le aseguró ella—. Vivo en una especie de locura
permanente que es imposible de parar. Para que te hagas una idea, ¡le han
puesto mi nombre a una barra de pan!
Balduino se echó a
reír. Era tal el fervor que había despertado que ya nadie se extrañaba de que
las cosas más sencillas o extravagantes fueran bautizadas con su nombre.
—No te rías —continuó—.
No dejo de sorprenderme cada día con estas cosas, ¿sabes? Mi último regalo ha
sido un parchís en cuyo tablero aparecen mis cuatro apellidos, y las fichas
llevan el escudo de España por un lado y el de Bélgica por otro. ¿No te parece
increíble? O que la prensa belga ha localizado a nuestra aya, Milagros Resines,
que fue la encargada de nuestra educación, para saber más sobre mí. Ha hablado
después de casi treinta años. Con permiso de mi madre, claro.
—Pues prepárate, porque
esto solo es el principio —le advirtió él.
Balduino conocía toda
la responsabilidad que se le venía encima a Fabiola. Él estaba acostumbrado a
lidiar con las cuestiones de Estado y los muchos problemas derivados de la
independencia del Congo. Igualmente, debía acudir a los constantes actos
oficiales que se organizaban en Bélgica. Pero reconocía que la presión sin
medida de la prensa y de las revistas había recaído en su prometida.
—Mi querida Fabiola, el
tsunami te ha llegado a ti más que a mí. Todo el mundo quiere agasajarte,
conocerte, saber absolutamente todo sobre la futura reina. No me extraña,
porque a mí me pasa lo mismo —aseguró, volviendo a besarle la mano.
Balduino le contó que
su padre ya había iniciado el traslado de sus pertenencias a otra residencia,
porque quería que vivieran solos en el palacio de Laeken. Había llegado el
momento de su independencia al lado de Fabiola. Pero en aquel viaje aún se alojarían
en el palacio Leopoldo III, la princesa de Réthy y el resto de su familia.
Aquella misma noche,
Fabiola compartió una de tantas veladas con la familia real. En un momento
dado, el padre de Balduino aprovechó para contar a su futura nuera parte de la
historia de su linaje. Le explicó que su hijo Balduino era el quinto monarca de
la dinastía Sajonia-Coburgo.
—Bajo el legado de
Leopoldo I, Bélgica se consolidó como Estado después de un mandato de treinta y
cuatro años —empezó a contar—. Le sucedió en el trono Leopoldo II, que fue un
gran viajero y aficionado a los negocios. Su ambición expansionista llegó a su
cénit cuando incorporó el Congo al Estado belga. Falleció sin descendencia
dinástica y la corona pasó a su sobrino, Alberto I, es decir, a mi padre. Muy
aficionado a la montaña, en 1934, en una de sus muchas escaladas, se despeñó en
el valle del Mosela. Por este motivo, recibí la corona con el título de
Leopoldo III antes de lo que yo hubiera querido. La vida quiso que mi primer
acto oficial fuera el funeral de mi padre, que también resultó ser el primer
funeral oficial para Balduino, con tan solo cuatro años. Un año más tarde, mi
hijo asistía de nuevo a otro funeral, el de su madre, que, como sabes, murió en
un accidente de automóvil.
Leopoldo cerró los
ojos. No podía pronunciar ya la frase que había repetido hasta la saciedad: «Y
la culpa fue mía».
—Lo sé, lo sé… Alteza,
no hace falta que me cuente ese capítulo tan doloroso —le dijo, cariñosa.
Fabiola explicó que se
había estado instruyendo a fondo sobre la historia de la familia real, que ya
sentía como propia. El vizconde de Berryer la visitaba cada dos días y le iba
contando lo que debía conocer del pasado y lo que la esperaba en el futuro.
También le sugería lecturas para ampliar sus conocimientos sobre el país.
Fabiola aprovechó para
cambiar de tema cuando Balduino se acercó y le dijo a su padre que ya llevaban
cuatro mil doscientas invitaciones.
—Sin duda, estamos ante
el acontecimiento más importante para nuestra familia —comentó el rey Leopoldo—.
Han confirmado su asistencia cuarenta familias reales. Espero que el gobierno
esté a la altura, después de que cuestionaran como organizador al barón
Guillaume. Y todo por no hablar perfectamente flamenco. Me parece inaudito que
haya tenido que dimitir justo antes de la boda. ¡Un desastre!
—El gobierno estará a
la altura. Preparan la logística al milímetro para que todo sea neutro y para
alojar a tantas personas invitadas. —Balduino intentó tranquilizar a su padre—.
Se trata de un evento complicado y difícil, pero lo van a lograr.
—Bueno, yo os dejo
—dijo Fabiola—. Tengo mucha curiosidad por conocer la cocina.
Lilian, la princesa de
Réthy, se ofreció a acompañarla. Todo el servicio deseaba saludarla y se
pusieron en fila para hacerlo. Fabiola preguntó a cada uno por las costumbres
de palacio, y sobre todo por los gustos culinarios de Balduino. La cocinera le
dijo que le encantaban el conejo guisado con ciruelas, el estofado de ternera a
la cerveza, las endivias gratinadas con jamón y salsa blanca, así como los
platos de la gastronomía española.
—Cuanto más sencillos y
caseros, mejor —le dijo.
Por su interés, todos
supieron que muchas cosas iban a cambiar en palacio. Entre otras, dejó claro
que deseaba crear un hogar y también controlar todo lo que tuviera que ver con
Balduino. Debían estar seguros de que se la vería por allí en más de una
ocasión. Se paró a hablar con cada uno de ellos para conocer los trabajos que
desempeñaban. Al servicio le gustó mucho su actitud y sobre todo su cercanía.
Al día siguiente, en
palacio, llegaron las primeras probadoras. Venían para comprobar que le estaban
perfectos los trajes que habían confeccionado la casa Dior y los modistos que
colaboraban desde hacía años con la Casa Real. Las jóvenes Berthe y Suzanne
probaron a Fabiola los vestidos uno a uno y corrigieron los que no habían
quedado bien. Cuando terminaron, se despidieron con una reverencia. Fabiola se
ruborizó. Tendría que acostumbrarse a aquello, pero era la primera vez que se
lo hacían y se quedó sorprendida. La habitación de Fabiola ya no tenía espacio
para más flores traídas de los invernaderos de palacio. A Balduino todo le
parecía poco. En un momento, Fabiola le dijo que el diseñador Balenciaga le
había pedido si podían prestarle alguna joya histórica para la boda.
—Cristóbal me ha dicho
que todo lo que lleve se va a mirar al detalle —comentó Fabiola—. Por eso le
gustaría que sujetara el velo con algo emblemático de tu familia.
—Me gustaría que fuera
una tiara de mi madre —respondió Balduino—. Se lo preguntaremos a Lilian.
Seguro que encuentra una solución.
Sabía por Balduino que
la opinión de su madrastra era importante. Había quien incluso lo criticaba por
no haber sabido apartarse a tiempo de su influencia.
La última noche, antes
de regresar a España, el rey y Fabiola pasaron toda la velada a solas. Cenaron
y salieron a pasear por los alrededores del palacio, cogidos de la mano.
Repasaron con ilusión todo lo que les quedaba por vivir. Pero se centraron en
la ceremonia que tendría lugar en la catedral de San Miguel y Santa Gúdula.
—Tendremos un ensayo
general dos días antes —le informó Balduino—. Es importante para saber qué
tenemos qué hacer y cómo se tienen que mover los niños del cortejo. Esa misma
noche tendremos otra prueba de fuego con los invitados, el baile de gala previo
a la boda.
—Para ese día, me he
traído una tiara muy valiosa que me ha regalado el gobierno español —le dijo—.
Tenía pensado ponérmela para esa ocasión. Es un detalle que me gustaría tener
con mi país.
—¡Por supuesto!
Déjasela a nuestros plateros. La limpiarán y la pondrán a punto.
Se despidieron con un
abrazo que Balduino recordaría siempre. Esta vez, el adiós fue más difícil. El
rey consoló a Fabiola diciéndole que ya «quedaba menos para no separarnos
nunca». La futura reina se emocionó y regresó a España para asistir a los
muchos compromisos que tenía. El más importante, la despedida del pueblo de
Madrid.
Margot apenas podía
pegar ojo mientras el caso de la vidente seguía sin resolverse. El inspector
Morales no tuvo dificultad en localizar a Aniano González, el novio de la
víctima, en el barrio de Carabanchel. Le dieron su dirección en el monte de
piedad. Cuando Morales, junto con una dotación de la policía, se presentó en su
casa, Aniano se disponía a salir de viaje.
—¿A dónde pensaba ir?
—le dijo el inspector mientras le colocaba las esposas.
—Yo no he hecho nada
—dijo Aniano, nervioso—. Quería ir a Asturias. Me habían hablado de un trabajo.
—Ya —respondió Morales,
mirándolo fijamente—, y usted pensaba desaparecer tras el asesinato de su novia.
—No era mi novia formal
—se defendió él.
—No era su novia y, sin
embargo, le sacaba los cuartos y empeñaba sus joyas… —insistió el inspector.
—Eran préstamos
—replicó Aniano con un gesto de impotencia— para sacar adelante algunos
negocios que quería poner en marcha.
Los policías que
acompañaron a Morales hicieron una inspección profunda en toda la casa.
Encontraron varias joyas: un collar de perlas con un broche de oro y dos
pendientes de esmeraldas y brillantes. Se lo dijeron a Morales en un aparte y
este volvió a interrogar al detenido.
—¿Dónde tiene el resto
del botín? —preguntó Morales con dureza.
—No sé a qué se refiere
—respondió Aniano, esquivo.
—Hemos encontrado dos
joyas más. ¿Iba a empeñarlas también? —insistió el inspector—. María Gracia era
muy generosa con usted, igual que lo eran sus clientes con ella.
—Usted es un maldito
asesino —dijo Morales con un puñetazo en la mesa—. Y cuanto más tarde en
confesar, peor será para usted. Si lo reconoce ahora, el juez sabrá que ha
colaborado. No es lo mismo presentarse como alguien que ayuda que como alguien
que lo niega todo. Usted decide.
Se inclinó hacia él.
—No puede engañar a
nadie. Todos sabemos que ha sido usted.
Aniano se desmoronó y
empezó a llorar. Dos policías tuvieron que sujetarlo.
—Confiese de una vez
—gritó uno de ellos—. Todos sabemos que ha sido usted. Si no, ¿por qué iba a
huir?
—¡Soy inocente!
—sollozó Aniano—. Están cometiendo un grave error. Quería empezar de nuevo en
Asturias. Allí vive un pariente mío.
El inspector, al ver
que no confesaba, pidió que lo trasladaran a la Brigada Criminal. Allí
volverían a intentarlo. Mientras tanto, el comisario celebraba con todo el
equipo la detención del novio de la vidente. Sin embargo, quiso que el
inspector Gutiérrez siguiera indagando por el pueblo de Bolaños de Calatrava
sobre los amores y los odios que despertaba María Gracia entre los vecinos.
Gutiérrez se presentó primero ante su familia. Estaban todos desolados. Los
acompañó durante el día mientras recibían el pésame del alcalde y de las autoridades,
así como de amigos y conocidos. De vez en cuando se acercaba a alguno de ellos
y les hacía preguntas. A quienes le parecían sospechosos, les pedía la
dirección y un teléfono. Todo lo anotaba. Percibió que en algunas personas del
pueblo había rencor por algunas de sus predicciones y envidia por el salto que
dio en su nivel de vida al irse a vivir a la capital. Además, supo que, cuando
regresaba a Bolaños, le gustaba exhibir sus joyas. Del mismo modo, ofrecía
exvotos a la Virgen del Monte, de la que era muy devota, por haber curado,
según ella, a algunos de sus clientes de distintas dolencias.
El comisario le pidió a
Gutiérrez que siguiera por allí mientras no se produjera la confesión del
novio.
—Hasta el final,
tenemos que seguir investigando —le dijo el comisario—. De repente, hablando
con algún vecino, salta la liebre y tenemos claro quién es el asesino.
El inspector Morales
apareció por comisaría para custodiar al detenido, Aniano González. Lo pasó
directamente al despacho del comisario y le dejaron varios minutos allí a
oscuras con la luz del flexo sobre los ojos. Imaginaban que, con el estado de
nervios que tenía, confesaría rápido. Hizo acto de presencia el comisario y
comenzó a preguntarle:
—¿Nos puede decir qué
hizo la tarde del asesinato de María Gracia?
—Estuve en casa
—respondió encogiéndose de hombros.
—¿Alguien puede
corroborarlo? ¿Estuvo con algún conocido? —insistió el comisario.
—Pues no. Pero ya les
he dicho que yo no soy un asesino. ¡No lo soy! ¿Cómo quiere que se lo diga? ¿En
chino? —Alzaba la voz a cada frase.
Se estaba alterando y
empezaba a salir su lado más agresivo. El interrogatorio surtía efecto.
—Oiga, baje los humos,
que está hablando con el comisario. Sin embargo, si usted no es el asesino, sí
le gustaba sacarle los cuartos a su amiga —intervino Morales, intentando
intimidarlo.
—No, ella me quería
ayudar, que es muy distinto. ¿Cree usted que yo soy un chulo? —replicó.
—Sí —respondió Morales
con la clara intención de provocarlo.
—Si me lo dice sin las
esposas, le doy un puñetazo en toda la cara —amenazó.
—¿Esa agresividad es la
que utilizó con María Gracia? —retomó el comisario, firme, sin alzar la voz.
—¿Qué está diciendo? No
sé ni de qué murió —protestó sacudiendo la cabeza.
—La asesinaron a
golpes, pero usted ya lo sabía, porque ha salido en toda la prensa —aclaró el
comisario.
—Pues no he querido
leer nada. Sentí rabia y estoy convencido de que se ha tratado de un robo. Todo
lo que tenía estaba muy a la vista —dijo bajando ligeramente el tono.
—Entonces ¿quién cree
que ha podido ser? —preguntó el comisario inclinándose sobre la mesa.
—¡No tengo ni idea!
—¿Suele usted vestir
con traje?
—¡Jamás! No encontrarán
ni un solo traje en mi casa.
—Una curiosidad, ¿cómo
se despide usted después de haber visto a algún conocido? —le preguntó el
comisario.
—No sé, ¿qué es lo que
quiere que le diga?
—Es muy sencillo, ¿qué
me diría al salir de aquí?
—¡Con Dios!
—De momento, va usted a
los calabozos hasta nueva orden. —El comisario no quiso seguir. Estaba claro
que era él. Así es como se despidió del portero el posible asesino.
—Pero que busquen por
ahí fuera, que ¡yo no he sido!
Lo tuvieron que
trasladar entre dos porque apenas podía andar. Volvió a desmoronarse.
Un par de horas más
tarde, apareció Margot por comisaría. El comisario le comentó que se había
perdido el interrogatorio del principal sospechoso. Le resumió lo que había
sucedido y la informó que había pronunciado la misma frase que le dijo el
hombre desconocido al portero el día del crimen. Margot se quedó pensativa.
—Comisario, me parece
demasiado fácil. ¿Y si no ha sido él, a pesar de la frase?
—Tiene todas las
papeletas, pero es cierto que necesitamos una confesión o más pruebas —se
lamentó Benito Poveda.
—Esta tarde va a venir
otra persona del servicio de los Mora y Aragón —informó Margot—. También estuvo
en su consulta la tarde en que murió María Gracia. Lo mismo nos da luz sobre
todo este embrollo.
—Está bien —asintió el
comisario—. Esperemos un poco más para dar la noticia de la detención del
novio. Por cierto, me ha llegado la autorización del juez para entrar en la
habitación de Manuela, la otra mujer del servicio.
—Iré después de la
declaración de Lucía —concluyó Margot.
La brigada había
actuado rápido, pero el puzle no encajaba del todo. Faltaban muchas piezas.
La joven Lucía acudió a
la comisaría a las cuatro en punto. Era de complexión fuerte y más alta que la
media. Llegó muy sonriente, aunque nerviosa.
—Tengo que volver a
casa pronto —dijo con inquietud—, porque regresa la señorita de Bélgica y hay
muchas cosas que hacer.
—Sí, no se preocupe —la
tranquilizó Margot—. Iremos rápido.
Margot la condujo hasta
el despacho del comisario. Esta vez no apagaron la luz ni le colocaron el
flexo. Consideraban que aquella declaración sería solo un trámite.
—Si no hubiera sido por
su compañera Manuela, ¿usted habría venido espontáneamente a la policía?
—preguntó el comisario.
—Sí. Se lo dije, pero
ella pensó que nos señalarían como sospechosas por haber estado con María
Gracia el mismo día de su muerte. Luego se convenció de que lo mejor era venir,
pero ustedes llamaron antes.
—¿Por qué visitó esa
tarde a la vidente? ¿Qué quería saber de su futuro? —intervino Margot.
—Si iba a tener novio…
Era lo que me interesaba conocer.
—¿Esa era su mayor
preocupación? —insistió el comisario.
—Sí.
—¿Y qué le dijo?
—preguntó Margot.
—Que conocería a
alguien importante en mi vida haciendo un recado. Y no he parado de hacer
recados estos días y nada de nada.
—¿Cómo estaba María
Gracia? ¿Simpática, nerviosa, alterada? —continuó el comisario.
—No sé. Yo no la conocía.
Estaba en su papel de vidente. No parecía muy simpática, la verdad.
—¿Estuvo especialmente
antipática con usted? —apuntó Margot.
—No he querido decir
eso —se corrigió—. Me he expresado mal. Quiero decir que me pareció un poco
seca, pero no antipática.
—¿Vio algo más en su
futuro? —cerró Margot.
Finalmente contestó.
—No, fue muy escueta
—respondió Lucía—. Ahora pienso que quizá tenía prisa.
—¿Cuánto tiempo estuvo
con usted? —preguntó el comisario.
—No sabría decirle, muy
poco.
—¿Cómo le pagó? —insistió
Margot.
—Le dije que la próxima
vez le traería naranjas, pero creo que no me escuchó. La impresión que tuve es
que deseaba que saliera de allí.
—¿Y qué hizo?
—intervino el comisario.
—¡Pues irme! Me
acompañó hasta la puerta y la cerró a mi espalda.
—Ya…, la cerró sin más.
Bueno, doña Lucía, puede usted irse, pero no salga de Madrid sin que nosotros
lo sepamos —advirtió el comisario con tono firme.
La joven sonrió y se
puso en pie. Antes de que llegara a la puerta, Margot la detuvo.
—Perdone, Lucía —añadió—,
¿había alguna joya de María Gracia que a usted le gustara especialmente?
—Eso es mejor que se lo
pregunten a Manuela. Yo no me fijé.
—Gracias de nuevo —le
dijo el comisario.
Margot la acompañó
hasta la salida y, al darle la mano, notó que estaba sudorosa. Parecía
tranquila y sonriente, pero sus manos decían lo contrario.
Al volver junto al
comisario, le comentó su intención.
—Iré al palacete de los
Mora para revisar la habitación de Manuela —dijo—. ¿Puedo hacer lo mismo con la
de Lucía?
—No —respondió él—.
Tenemos a un presunto culpable, pero si desea seguir investigando, adelante.
Para la habitación de Lucía necesitará otra orden.
—Mientras no confiese
el detenido, seguiré adelante —replicó Margot—. Necesitamos más pruebas. Estoy
pensando en poner un señuelo, por si no fuera Aniano el asesino, y ver así
quién se pone nervioso.
—¡Hágalo! —aprobó el
comisario—. Me gusta.
45
La verdad escondida
Margot llamó al timbre
de la casa de los Mora y Aragón y preguntó por Manuela. No quiso explicar,
delante de los periodistas apostados en la puerta, el motivo que la había
llevado hasta allí. Una vez dentro, en la zona de servicio, le mostró a Manuela
la orden de registro de su habitación. Ella, sorprendida y algo molesta, la
condujo hasta su cuarto.
—Doña Margot, prefiero
ir a la comisaría a que venga usted aquí. Me pone en evidencia ante mis
compañeros —le confesó Manuela.
—Era simplemente para
ver con detenimiento su habitación. ¿Es esta?
—¿Por qué? —Se puso en
guardia y muy nerviosa—. No entiendo lo que está buscando.
—Le pido disculpas,
pero es mi obligación —argumentó Margot.
—¿Qué quiere encontrar
entre mis cosas?
Mientras Manuela
refunfuñaba, Margot abría y cerraba sus cajones. Tocaba sus pertenencias. Se
paraba en alguna de las fotos que tenía sobre la mesilla de noche. Lo cierto es
que no encontró nada a simple vista que le pareciera sospechoso. Le pidió ver
su ropa y, en las dos chaquetas de punto que tenía, metió la mano en los
bolsillos laterales sin hallar tampoco nada valioso para la investigación. También
quiso ver su abrigo. Manuela salió a donde estaba el perchero y volvió con el
gabán con el que salía a la calle. Se lo entregó a Margot, que rápidamente
escarbó en los bolsillos, palpó el forro y… nada. La joven detective se
preguntaba por qué Manuela estaba tan nerviosa. Igualmente, le pidió el bolso y
estuvo mirando la cantidad de bolsas y bolsitas que llevaba.
—Su bolso está peor que
el mío… Dígale a Lucía que también tengo que ver su habitación.
Manuela vio el cielo
abierto y fue a comunicárselo a su compañera. Margot aprovechó para seguir
mirando entre sus cosas. Abrió el monedero y no observó nada extraño; entre las
monedas había una llave. Lo cerró y fue abriendo bolsita a bolsita. «Esta mujer
lo guarda todo», se dijo a sí misma.
—Mi compañera ya ha ido
hacia su cuarto —le dijo al entrar de nuevo en su habitación.
—¿Me guía usted? —le
preguntó mientras echaba un último vistazo.
Lucía se quedó
sorprendida al ver de nuevo a Margot, pero disimuló.
—Solo serán unos
minutos —informó la detective.
Lo que Margot no le
dijo a ninguna de las dos era que la orden del juez solo le permitía acceder a
una de las habitaciones, la de Manuela. Lucía se prestó a que entrara en la
suya sin hacerle ninguna pregunta.
—Sí, claro. No hay
ningún problema —se ofreció Lucía.
Abrió su cuarto y dejó
que curioseara por donde quisiera, sin decirle nada. Lucía miraba sus tres
potos, que crecían a duras penas, quizá por tener poca luz. Mientras Margot
husmeaba por aquí y por allá, ella quitaba las hojas secas y adecentaba sus
plantas.
—Me encantan. Estas son
de interior, pero mi ventana da a un patio con muy poca luz y no crecen como
deberían. Mis padres en el pueblo tienen más de cien geranios. Claro que allí
da el sol, no como aquí. ¿A usted se le dan bien las plantas?
—Me gustan más las
flores —contestó Margot automáticamente, porque seguía a lo suyo—. Sobre todo
las rosas. —Recordaba el ramo que le había regalado Harry—. Los geranios,
también. ¿Cuál es el pueblo de sus padres?
—Quismondo, en Toledo
—respondió Lucía.
—¿De allí no era la
familia del torero Luis Miguel Dominguín? —preguntó Margot.
—Sí, la figura más
relevante del pueblo. Una familia muy querida y admirada —añadió.
Margot abría y cerraba
cajones. Toqueteó la ropa de la joven sin ningún éxito. Tampoco sabía qué
buscaba, pero allí no había nada sospechoso. Preguntó por su abrigo. Lucía
salió de la habitación y lo sacó del perchero común, donde dejaban los abrigos
todos los empleados. Margot lo observó con detenimiento y vio manchas en el
forro interior.
—¿Lo ha lavado recientemente?
—preguntó Margot.
—Sí —respondió Lucía
con un hilo de voz.
—¿Por qué? Un abrigo no
se lava así como así —insistió Margot.
—Yo sí. Estaba muy
sucio —contestó.
—Le han quedado surcos
oscuros en el forro. ¿De qué eran las manchas? —añadió, inclinándose para
observarlas mejor.
Lucía dudó unos
segundos antes de responder.
—De barro —dijo al fin.
—Estos días no ha
llovido —replicó Margot con calma.
—Pues, por las manchas,
parecía barro. Yo lo dejo tirado en cualquier sitio —se defendió Lucía, algo nerviosa.
Margot le entregó el
abrigo a la joven y siguió mirando con interés todo lo que tenía en su cuarto.
Al final le agradeció que le hubiera permitido mirar con detenimiento sus
pertenencias. Al menos, no tendría que volver otro día con una nueva orden.
Se despidió de Lucía,
que siguió planchando. Manuela la acompañó hasta la salida.
—Adiós, señorita
Margot. Por cierto, ¿han dado ya con el novio de María Gracia? —se interesó
Manuela—. Dicen en el periódico que ya hay una persona detenida y otra a punto de
ser arrestada.
—No puedo decirle nada.
La investigación está en marcha —le informó Margot.
—Estoy segura de que ha
sido él. ¡Menudo sinvergüenza! ¿No lo hizo solo?
—Muchas gracias por
todo. No puedo añadir nada a su comentario, espero que lo entienda.
—Está bien. ¡Con Dios!
Margot se volvió a
mirarla hasta que cerró la puerta. Se le inmovilizaron las piernas, era como si
la sangre se le hubiera congelado de repente. Le había dicho la misma frase que
pronunció el hombre bien vestido que salió del inmueble de María Gracia, el
mismo día del asesinato. Se decía a sí misma: «Busca, busca…, repasa todas las
declaraciones. Especialmente la de Manuela». Ella fue la última en acudir a su
consulta y había dicho que María Gracia no le abrió la puerta. Fue corriendo hacia
su casa para releer su cuaderno de anotaciones. Antes marcó el número de
teléfono de Parker y no lo encontró. Necesitaba contarle la locura de su
hipótesis, pero al día siguiente llegaban los reyes de Tailandia, Bhumibol
Adulyadej, Rama IX, y Sirikit, y estaría supervisándolo todo. Nuevamente, la
seguridad de una relevante figura internacional dependía de él.
Rozando la media noche,
Parker llamó a Margot. Quería compartir con ella su percepción sobre los
delincuentes que habían detenido hasta que se marcharan los reyes de Tailandia
de España. Al margen del trabajo, estaba eufórico y deseaba decirle que mirara
por su ventana, ya que había una luna llena extraordinaria.
—Perdón por las horas,
Margot. Mira por la ventana y aprecia el espectáculo que nos da la naturaleza:
una luna tan bonita que merece la pena pararse y apreciarla.
—Tú y tus lunas. Al
menos no es luna roja.
La periodista se
dirigió a la ventana. La noche sin nubes permitía ver la luna plateada. Regresó
al teléfono.
—Tenías razón. ¡Es
preciosa!
—Aprovecho para
felicitarte, ya me ha dicho el comisario que tenéis encerrado al sospechoso
—respondió Harry al otro lado de la línea.
—No, Harry. No es el
único sospechoso. Mi cerebro va a reventar —contestó ella, llevándose la mano a
la frente.
—Según me han contado,
es el que más interés podría tener en que muriera la vidente, ¿no? —añadió él—.
A veces, los casos se resuelven fácilmente.
—Mi instinto me dice
que no es así —replicó Margot bajando la voz—. Tengo mi propia teoría sobre lo
que ha podido pasar, pero no quiero decirte nada todavía. Con todo lo que te
espera mañana, tu cabeza debe estar centrada en que la visita real a Madrid
salga bien.
—Tienes razón —admitió
Harry—. Ya hablaremos del caso. Piensa que muchas veces la verdad está delante
y no somos capaces de verla. Bueno, ¡deséame suerte!
—¡Suerte, Harry! —dijo
ella con una sonrisa que él no podía ver.
Al día siguiente, los
reyes de Tailandia llegaron al aeropuerto de Barajas. Un par de horas después,
eran recibidos por Francisco Franco y Carmen Polo en el palacio de Oriente.
Posteriormente, tuvo lugar una cena de gala a la que acudió el Madrid más
aristocrático. Fabiola de Mora y Aragón, recién llegada de Bruselas, estuvo
entre los invitados. Su lugar era preferente, ya representaba a la corona de
Bélgica. Todo había empezado a cambiar.
Más tarde, los reyes
viajaron a Barcelona, recorrieron la ciudad en coche descubierto, visitaron la
Diputación y el ayuntamiento. El final del viaje tuvo lugar en Sevilla. La
ciudad se volcó con ellos, y estuvieron recibiendo el afecto de los andaluces
durante todo el trayecto por los Reales Alcázares, donde quedaron absolutamente
cautivados.
Esa visita, la primera
en su gira por Europa, fue catalogada de éxito por las autoridades españolas y
tailandesas. España seguía con la filosofía del ministro Castiella de abrirse
al exterior. Las fotos de los reyes de Tailandia se publicaron en todo el
mundo.
Mientras tanto, Margot
repasaba sus cuadernos una y otra vez. Salvo la frase que habían pronunciado
Aniano y Manuela, no tenía nada más. «Algo se me escapa», se decía a sí misma.
Esa mañana, el diario El Caso publicó un artículo suyo que tenía un
único fin: poner nervioso al asesino o asesinos, ya que Margot estaba
convencida de que Aniano no era el culpable. Se podía leer: «La policía ha
detenido a un sospechoso, pero la investigación continúa abierta. En estos
momentos, están tras el rastro de otra persona, a la que esperan poder arrestar
en las próximas horas».
Cuando Jaime de Mora
leyó esas frases en el periódico, compartió la información con Manuela.
—Ya saben quiénes han
sido los asesinos de tu amiga —dijo doblando el diario con gesto grave—. Hay
una persona detenida y esperan un mal paso para detener a la segunda.
—Entonces ¿han sido
dos? —preguntó ella, llevándose la mano al pecho.
—No sé —respondió él—.
En el periódico dicen que un sospechoso ya está detenido y que la otra persona
está identificada. Imagino que la policía espera a que meta la pata.
Manuela se quedó en
silencio, con la mirada perdida en el suelo. Pensó, inquieta, si estarían
hablando de ella.
—Tengo la sensación de
que todos somos sospechosos para la policía —dijo al fin en voz baja—. Buscan
entre los que algún día pisamos su consulta, y yo creo que quien se gastaba su
dinero y empeñaba sus joyas es el asesino.
—Dicho así, tiene
lógica lo que dices. Por cierto, ¿no tendrás algo de dinero ahorrado que me
puedas prestar? Te lo devolveré enseguida. —El descaro de Jaime no tenía
límites.
—No, don Jaime. Todo lo
que ahorro se lo envío a mis padres —dijo ella con pesar.
—Está bien —respondió
él, molesto—. Hoy traerán una televisión. Cuando vengan, dígales que me pasaré
a pagar. Así podremos ver la boda de mi hermana. Ya que no me ha invitado,
seguiremos desde casa toda la ceremonia. Nadie se dará cuenta de que yo no
estaré allí. La gente da por hecho que iré junto con el resto de mis hermanos.
Ninguna persona tiene por qué saber que no nos hablamos.
—De mi boca no saldrá
nada. Se lo juro. Si no hubieran venido los periodistas a su habitación…
—¡Quién iba a suponer
que abrirían los cajones y robarían su diario!
Jaime no dijo más y esa
misma mañana se fue de casa con una maleta. Lo esperaban en un coche para
viajar a la Costa del Sol. Allí estaría una semana nada más, ya que en el Ritz
le habían pedido que siguiera tocando y amenizando sus noches con el piano.
Manuela trasladó el
recado de Jaime a Milagros. Le comentó que iban a instalar el nuevo invento por
el que no solo se escuchaban voces, sino que también se veían imágenes.
—¡Podremos ver la boda
de la señorita gracias a un aparato que nos va a llegar! Dice don Jaime que
digamos a los operarios que lo dejen aquí, que ya se pasará a pagar por el
establecimiento.
—¡Ya estamos! ¡Si
viviera don Gonzalo!
Manuela fue también al
cuarto de la plancha y le contó a Lucía la última información que publicaba El
Caso, que aseguraba que ya había un detenido y que estaban detrás de otra
persona que esperaban que diera un mal paso.
—¿Tú qué crees? Lo
mismo se refiere a una de nosotras…
—¿Por qué? No hemos
hecho nada —le dijo Lucía.
—Estuvimos allí el
mismo día de su muerte. Si lo piensas…, sería para que sospecharan de nosotras.
—Hemos ido a comisaría,
han venido aquí y no han encontrado nada. Otra cosa es que piense en la vidente
continuamente. Conmigo tu amiga estuvo muy seca. No te creas que hizo ningún
esfuerzo por parecer simpática.
—No lo era, es verdad.
Pero tenía un don. Todos en el pueblo lo conocíamos. Igual que su abuela.
—¿Y no fue capaz de
predecir su propia muerte? —preguntó Lucía.
—Pienso que sí, y debió
de tener un enfrentamiento con la persona que la mató. ¡Seguro!
—Si tú lo dices…
Ese mismo día, Fabiola
tenía la primera prueba del vestido, ya con la tela definitiva del que iba a
ser su traje de novia. Fue acompañada por su madre y sus tres hermanas, que no
se querían perder ese momento. La recibieron todos en Eisa Costura entre
aplausos. Balenciaga y su ayudante estaban también allí. Nada más ver a todas
las damas de la familia, se las llevó hacia los probadores.
—Ya que os he vestido a
todas de novias, tendréis el privilegio de saber, antes que nadie, cómo va a
ser el traje de vuestra hermana.
—Estoy nerviosa
—confesó su madre.
Fabiola no quiso
decirle que también ella lo estaba.
—Te lo hemos hecho en
una tela única, una gabardina de seda mate especialmente tejida para ti. Como
querías, hemos confeccionado un traje con líneas muy sencillas. El único toque
especial que lleva es el visón que rodea el escote de barco y el frunce en la
cintura baja. En la segunda prueba apreciaremos más el aspecto regio del vestido,
cuando pongamos la capa con cola de seis metros, también bordeada de visón
blanco. Hoy solo te probarás el vestido.
—Sí, ya me avisaste.
Ayudaron a Fabiola a
ponerse el traje sus tres hermanas: Neva, Annie y Mari Luz. Doña Blanca se
quedó con Cristóbal y dos de las modistas de su confianza, con la seguridad de
que no desvelarían el diseño del vestido ni por todo el oro del mundo.
—Debería seguir siendo
el secreto mejor guardado, aunque en Nueva York ya han dado por bueno un diseño
mío antiguo. He tenido que salir a desmentirlo. El auténtico lo hemos tenido
que esconder en una caja fuerte francesa.
—¡Qué barbaridad! —dijo
Fabiola desde dentro del probador. Le habían dejado unos zapatos blancos de
novia y salió para que la vieran Balenciaga y su madre.
Se produjo un silencio,
seguido de un sonido ahogado de admiración. También hubo lágrimas entre sus
hermanas. Estaba realmente guapa.
—¿Te parece bien,
Fabiola? —preguntó el modisto—. A la primera que tiene que gustar el traje es a
ti.
—Me encanta. Es una
obra maestra, viendo la cantidad de remates y pinzas que lleva en el interior.
Además, me siento capaz de llevarlo sin sentirme disfrazada. Ese era mi miedo.
—Te marca pecho y
cintura —añadió Mari Luz—. Por otro lado, con el frunce en la cadera ha
conseguido Cristóbal darte más volumen en la falda, y queda muy bonito.
—Todas las mujeres de
esta familia se han casado con tu sello y Fabiola no podía ser menos —comentó
doña Blanca. Asintieron el resto de sus hijas.
Balenciaga seguía
poniendo alfileres a la mínima arruga que veía.
—Será un traje que
querrán imitar muchas novias —continuó hablando el modisto—. ¡Ya lo verás!
Antes de que viajes a Bruselas, tendrás que venir para la segunda prueba con la
capa que se transforma en la cola de seis metros. No quiero que se quede ningún
cabo suelto. Todo debe encajar a la perfección. Hay muchas manos cosiendo en
estos momentos a la vez.
Fabiola agradeció el
esfuerzo que estaban haciendo en los talleres de Madrid y de París. También le
indicó a Balenciaga que, finalmente, la Casa Real belga le cedería la diadema
de la reina Astrid para el enlace.
—Dice Balduino que la
diadema de su madre es bellísima, toda engarzada en brillantes que simbolizan
las nueve provincias belgas.
—Contribuirá a que la
boda tenga una mayor carga de historia y tradición —comentó Balenciaga.
Después de poner
algunos alfileres más por las mangas y la espalda, el modisto le pidió que se
quitara el vestido. Ya había concluido.
Las tres hermanas
coincidieron en que había trajes que jamás pasarían de moda y estaban
convencidas de que ese sería uno de ellos.
—Es sencillo pero
regio. Será el vestido de una reina —comentó Mari Luz a la vez que besaba a su
hermana. Neva y Annie hicieron lo mismo. Su madre no cesaba de llorar.
Al salir de allí, se
fueron todas a celebrarlo a la casa familiar para apoyar a su hermana y
compartir con ella los nervios de los últimos días que iba a vivir en España.
—Os echaré de menos, y
a mis sobrinos, más todavía. Espero que vengáis a verme a menudo.
Las tres se abrazaron a
ella. Fabiola aprovechó para mostrarles su preocupación por su madre.
—Vosotras tenéis mucho
lío con tantos hijos. Ciertamente, me preocupa.
—Pues quítate esa
preocupación, porque mamá va a estar siempre bien atendida —le dijo Mari Luz—.
Tiene un servicio que la adora y nos turnaremos para venir a verla.
En un momento
determinado, Fabiola pidió a sus hermanas que fueran con ella a su cuarto.
Tenía todos los vestidos nuevos sobre la cama. Había que decidirse por uno para
el acto que había organizado el alcalde de Madrid. Hubo discrepancias entre las
hermanas, pero al final se inclinaron por uno confeccionado en gasa, de tonos
beis. Eran conscientes de que no vivirían otro momento tan entrañable como ese
una vez que se fuera de casa. Resultaba muy doloroso saber que ya nada sería lo
mismo, pero no se lo dijeron.
De pronto, una llamada
volvió a alterarlo todo. Los plateros de Balduino la llamaban para decirle que
la aconsejaban no ponerse la tiara que le había regalado el gobierno de España
en la cena de gala previa a la boda.
—Alteza —ya la llamaban
así—, la corona que le han regalado tiene todas las piedras falsas. Ni las
rojas son rubíes ni las verdes son esmeraldas.
Hubo al teléfono unos
segundos de silencio.
—Debe ser un error. Han
pagado mucho dinero por ella. La custodiaba un anticuario y, anteriormente, un
convento de carmelitas, según me comentaron al regalármela.
—Pues alguien ha
engañado a los compradores, señora. Son cristales que no tienen ningún valor.
No debería ponérsela en el baile ni en la cena de gala previa a la boda. Hay
personas muy expertas que sabrán que no son buenas.
—Se lo he prometido a
Carmen Polo, la mujer de Franco, y debo cumplirlo. Además, su hija estará en
esa cena junto con su marido. Es el regalo del pueblo español. Me da igual que
no tenga valor intrínseco.
—Como quiera. Queríamos
que lo supiera.
Cuando colgó, Fabiola
estaba blanca como el papel. Sus hermanas imaginaron a qué se refería.
—Por lo que te hemos
escuchado, te han dicho que es falsa la tiara de los Franco. ¿No es así?
—preguntó Neva.
—Así es.
—Habrá que decírselo a
Carmencita, porque el anticuario los ha estafado —añadió Mari Luz—. Estamos
hablando de un delito.
—Lo mismo han sido las
monjas que la custodiaron en la guerra las que dieron el cambiazo. Mirad el
lado positivo, la venta de esas piedras les hizo sobrevivir a la contienda
—llegó a decir Fabiola.
—Yo me encargo de que
alguien se lo diga a Carmencita. Estoy segura de que se va a quedar tan
sorprendida como nosotras —zanjó el asunto la hermana mayor—. Cuanto menos se
hable del incidente, mejor.
A pocas calles del
número 5 de la calle Zurbano, Margot analizaba una y otra vez las palabras que
habían dicho las entrevistadas. De pronto, comprobó que en su libreta había un
dato que se le había pasado por alto. Alguien había comentado que Lucía iba a
llevar un paquete a Correos después de acudir a la vidente. Al parecer, era
para su padre. Podía ser algo importante o nada en absoluto. Había que
averiguar qué envió a su padre, y llamó al inspector Gutiérrez esa misma noche.
Le dejó un recado en la pensión de Ciudad Real donde se alojaba. Muy tarde, su
amigo le devolvió la llamada.
—¿Cómo vas con las
investigaciones en Bolaños?
—Mañana ya me vuelvo.
Aquí todo el mundo está muy afectado. Era una persona muy querida. No he sacado
nada en claro. Quizá que entre Manuela, del servicio de los Mora, y María
Gracia siempre había mucha rivalidad. Los padres se quieren como hermanos, pero
ellas siempre de pequeñas discutían. Había mucha pelusa de Manuela hacia María
Gracia, que se llevaba toda la atención de las personas del pueblo por su don.
El nombre de Manuela
estaba saliendo en todas las investigaciones.
—¿Podrías hacerme un
favor? Antes de regresar a Madrid, ¿podrías pasar por Quismondo, en Toledo? De
allí es Lucía, la más joven del servicio de los Mora y Aragón. La que estuvo
con María Gracia a las seis de la tarde. ¿Podrías preguntar a su familia qué
les ha dicho ella de su visita a la vidente, el mismo día del asesinato? Ah,
una cosa más, pregunta a su padre si le ha llegado un paquete. Lo envió Lucía
el mismo día de la muerte de la vidente.
—¿Crees que puede tener
importancia?
—No lo sé, francamente.
A ver si saben su contenido, aunque todavía no les haya llegado.
—Está bien, así lo
haré. Ya hay un detenido, ¿no?
—Demasiado evidente. Creo
que debemos seguir investigando. ¿Me llamas en cuanto sepas algo?
—Sí, sí, cuenta con
ello.
Intentó dormir, pero no
podía conciliar el sueño. Manuela y Lucía, Lucía y Manuela salían sin parar en
sus pensamientos. ¿Serían compinches en este asesinato? Había algo en ellas que
no le gustaba. Manuela, que envidiaba desde niña a María Gracia. Y Lucía, tan a
favor de la investigación y colaboradora… Probablemente de las últimas que
vieron con vida a la vidente. Después regresó Manuela a la consulta, pero asegura
que no le abrió. Era todo más turbio aún en el caso del novio de la vidente.
¿Por qué Aniano iba a matar a la gallina de los huevos de oro? María Gracia no
dejaba de ayudarlo con joyas para empeñar y obtener dinero. Aunque todo lo
señalara a él, no creía que hubiera sido el autor del crimen. ¿Y si fueron
ellas? ¿Qué podría haberlas motivado a hacerlo? El cansancio por fin la venció
y se quedó dormida.
Al día siguiente, el
teléfono no dejó de sonar, después de haber salido la revista Siluetas a
la calle. Fabiola iba en portada, y el artículo que había escrito Margot
parecía que había gustado mucho. Todos los compañeros de profesión la
felicitaban por las declaraciones que le había hecho en el acto de su despedida
de los ancianos. A todas luces, parecía una exclusiva. «Me llevo a todos en el
corazón». «Ahora me tocará pelear por los derechos de los más desfavorecidos en
Bélgica». Fueron algunas de las frases que recogió Margot tras vivir con la
futura reina esa jornada.
Camila le pidió a Sátur
que fuera al quiosco que tenían casi enfrente de la puerta de casa y le
comprara un ejemplar de la revista. Cuando Sátur lo subió, Margot pidió echar
un vistazo. Se quedó muy satisfecha al verlo impreso. Era la primera vez que
todo, incluidos los titulares, estaba en su sitio y no tenía que enfadarse con
ningún directivo de la revista por haber tomado alguna decisión inconveniente.
Se la devolvió a sus «guardianas».
—Ha quedado bien… Estoy
contenta.
Era la hora del
desayuno y Harry Parker se presentó en su casa sin avisar. Siempre tenía una
excusa. Ahora que se había liberado de la responsabilidad de la seguridad de
los reyes de Tailandia, se comprometió a volcarse por completo en el caso de la
vidente. Margot le puso al día de cómo iban las investigaciones y Harry insistió
en que podría haber más personas que hubieran ido a visitarla esa tarde o la
anterior.
—¡Debemos centrarnos en
eso y averiguar quién es el hombre bien vestido que se despidió del portero y
que nadie conocía!
—Resulta que la frase
que recordaba el portero, «¡Con Dios!», la que le dijo el hombre al que no
logró ver la cara, hoy la dicen muchas personas. ¡Desde el detenido, Aniano,
hasta Manuela, la mujer que trabaja en el servicio de los Mora y Aragón! Se
trata de una frase hecha que se utiliza muchísimo.
—Lo que de verdad me
choca es que un hombre vestido tan elegante diga: «¡Con Dios!». Un Jaime de
Mora se despediría con un «¡hasta mañana!» o un «¡hasta la vista!». No sé si me
estás entendiendo.
Margot se quedó
pensativa y callada durante varios segundos.
—Ya… Quieres decir que
por esa expresión podemos deducir que el traje que llevaba ese hombre no
correspondía a su nivel social o que podía tratarse de un nuevo rico.
—Justo. Hay una nueva
disciplina que está empezando a tomar cuerpo en Estados Unidos y el Reino
Unido, que analiza el lenguaje como evidencia en investigaciones criminales. En
estos dos países, ha tenido relevancia en algunos casos muy sonados. Estos
estudios también han ayudado a resolver crímenes con el análisis de textos e
incluso discursos. Hay patrones que delatan al autor. Pero por una frase
tampoco se puede señalar a un asesino. Hace falta algo más —comentó Parker.
Margot sacó su pipa y
comenzó a fumar. La ayudaba a pensar el hacer figuras con el humo que salía de
su boca.
—Sin embargo —continuó
Parker—, lo que nos da es mucha información sobre el autor, si finalmente se
trata de ese hombre bien vestido que dijo: «¡Con Dios!». Por un lado, puede ser
de alguien que abandonó el pueblo para venir a la ciudad o de alguien de clase
social baja venido a más. En cualquier caso, se trata de una persona que se
puso un traje que no correspondía a su nivel social.
—Bueno, hay otra
posibilidad: que se trate de un hombre religioso. No resultaría tan improbable
que dijera justo al despedirse esa frase. Deberíamos salir de este laberinto
hablando con más personas que pudieran haber estado esa tarde con la vidente
—comentó Margot.
—Si fuera tan
religioso, no mataría a otro hombre, a no ser que fuera en defensa propia…
Ciertamente, este extremo lo veo improbable. Me gustan más las otras teorías…
—¿Te importa que
sigamos hablando por la calle? Me pide el director de Siluetas que vaya
a la redacción. Quieren hacer un amplio despliegue de la despedida de Fabiola
de Madrid. Nos han citado a todos los colaboradores.
—¡Por supuesto! Mi
tiempo es todo tuyo…
46
Últimos preparativos
de boda
El director de la
revista Siluetas había convocado a todos los colaboradores para decirles
que harían dos números especiales dedicados a la boda de Fabiola. El despacho
de Justino Ochoa era bastante grande; presidía la estancia una mesa repleta de
papeles y rodeada de muchas sillas de la redacción, que cada uno de los
convocados había llevado hasta allí. De esta manera, todos estarían sentados
durante el desarrollo de la reunión, que prometía ser larga.
—La revista de esta
semana —comentaba don Justino— se ha agotado en los quioscos con el gran
trabajo de Margot. Hemos tenido que reimprimir. ¡Un éxito rotundo que deseamos
repetir! Todo lo relacionado con la futura reina de los belgas, interesa.
Haremos un número especial de la despedida de Madrid y otro dedicado a la boda
íntegramente. Dos redactores y dos fotógrafos iréis a Bruselas una semana
antes. Me tenéis que decir la disponibilidad de trabajo para los próximos días.
Margot no lograba
quitarse de la cabeza el asesinato de María Gracia. Si no se había resuelto
antes de esa fecha, no podría ir a la boda real. Todos levantaron la mano,
pidiendo cubrir la información desde Bruselas, a excepción de Margot.
—No me puedo creer que
no desees ir al enlace de tu amiga Fabiola —se sorprendió Justino Ochoa.
—Sí, por supuesto que
quiero ir, pero no tengo tan claro qué pasará de aquí al 15 de diciembre. ¿Y si
una causa de fuerza mayor me impide ir? Cuente conmigo, pero hay algo en mi
interior que se resiste a planificar más allá de esa semana.
Desde la desdichada
muerte de sus padres, Margot había aprendido a no planificar; la vida podía
cambiar de la noche a la mañana. En ese momento, le pasaron por la mente sus
dos últimos casos. ¿Acaso Almudena pensó jamás que el amor de su vida se iba a
convertir en su verdugo? ¿Y María Gracia pudo visualizar su trágico destino? Se
acarició la cabeza, en la misma zona donde seis años antes había recibido aquel
golpe seco, durante los trágicos asesinatos de la luna roja. Sintió un
escalofrío. Le encantaría ir a la boda del siglo, pero no sabía qué le podía
deparar el futuro, y antes tenía un caso que resolver. El redactor jefe le
escribió una nota al director para que no insistiera con Margot y se la pasó para
que la leyera: «Sigue con el trauma». Justino recordó que su tía era además una
de inversoras extranjeras de la revista y que, en su día, ya se lo había
comentado.
—Está bien —carraspeó—,
comencemos por lo inmediato. Margot, cubrirás todos los actos que organice el
ayuntamiento en Madrid. De Bruselas ya hablaremos. Lo querré todo al detalle.
Tú céntrate en ella y en que te diga algo, una impresión de lo que está
viviendo, sus sentimientos, su familia…, todo el lado humano. Carmen Pomares y
Vicente García se van a dedicar a los obsequios: la niña que le da un ramo de
flores, el anciano que la besa y le lee un poema… No se nos puede escapar nada.
Por otro lado, Víctor San Clemente y Alejandro Martí buscarán las impresiones
de las personalidades que allí acudan. Por supuesto, necesito que el alcalde
nos diga qué le parece que una española sin sangre real se case con el rey
Balduino. ¡Quiero historias de los personajes conocidos y su relación con ella
o su opinión sobre ella! ¿Ha quedado claro?
Todos dijeron que sí.
Margot, que solo tenía la mente en descubrir al asesino de María Gracia, en
cuanto terminó la reunión salió corriendo de allí para ir a la comisaría. Sabía
que si un crimen no se resolvía rápido, se enquistaba y resultaba cada vez más
difícil recabar información y pruebas. Nada más llegar a la brigada, el
comisario le pidió que pasara a su despacho. Una vez allí, le informó de que
esa misma tarde volvería a interrogar al único detenido. De no obtener su
confesión, habría que ponerlo en libertad.
—Solo tenemos las joyas
del monte de piedad que pertenecían a la víctima y que llevó él en persona para
empeñarlas —dijo el comisario—. Tampoco el portero ha sabido decirnos si era él
quien lo saludó al salir del inmueble. Iba con traje y sombrero.
—El detenido nunca ha
vestido así ni se le ha encontrado un traje en su casa, y menos aún un
sombrero. Solo tiene gorras. De modo que, o le sacamos una confesión esta
tarde, o ciertamente no tenemos nada de nada. Me temo que él no ha sido.
La afirmación de Margot
dejó desconcertado al comisario.
—¿Cómo? Todo apunta
hacia él. Vivía de ella. Lo corroboró su amiga Manuela.
—Me da la impresión de
que fue otra persona.
—¡Por Dios! Margot, no
podemos volver a empezar. Siento cada día el aliento del comisario jefe.
—Solo es una intuición.
Puedo estar equivocada.
Margot intentó
tranquilizar al comisario, pero parecía una misión imposible.
—El problema es que no
tenemos tiempo. La resolución debe ser rápida —comentó don Eugenio.
A la una de la tarde,
el día seguía tan gris como cuando amaneció. El cielo estaba encapotado, pero
no acababa de caer ni una sola gota de agua. Justo cuando todas las pesquisas
se habían desvanecido, el inspector Gutiérrez llamó a la brigada. Primero habló
con don Eugenio Benito y después pidió que le pasaran con Margot.
—Estoy ahora mismo en
Quismondo, el pueblo de los padres de Lucía. No me ha costado mucho dar con
ellos —aseguró Gutiérrez—. Por cierto, a tu pregunta, no tienen ni idea de qué
paquete les hablo.
—¿No han recibido un
paquete que les envió su hija? —se extrañó Margot.
—Dicen que no.
—Gracias por tu
gestión.
—¿Con eso te vale? Su
familia ha sido muy amable conmigo. Me han dicho que Lucía es muy trabajadora y
también muy ambiciosa. Me han aconsejado que no la enfademos, porque siempre ha
tenido un pronto muy malo. Cuando se ofusca, pierde la capacidad de razonar.
—Pues parece muy
tranquila. No sé. Bueno, muchas gracias.
Margot se quedó
pensativa con respecto al paquete, más que a la ambición o mal humor de la
testigo. «De modo que Lucía, después de estar con la vidente, tuvo toda la
tarde para enviar un paquete que jamás llegó a su destino. ¿Por qué?», se
preguntaba. Deseaba volver a citarla tan solo para hacerle esa pregunta.
Igualmente le sugirió al comisario un careo entre Manuela y el detenido.
—No me parece mala
idea. ¡Póngalo en marcha!
Llamar a casa de los
Mora resultaba imposible a medida que se acercaba la fecha de la boda. El
teléfono siempre comunicaba. Decidió, por lo tanto, enviar las dos citaciones
en mano, pero solicitó que las llevara el chófer del comisario jefe, que no
tenía ninguna ocupación durante toda la mañana, antes que un policía uniformado
en moto.
—Simplemente entregue
en mano estos avisos a la primera persona del servicio que le abra la puerta
—le dijo Margot al chófer—. Si le preguntan los periodistas, usted diga que no
sabe quién es el remitente. ¿De acuerdo?
Durante los días
previos a la boda, Fabiola no tuvo ni un momento libre. Dentro de sus muchos
compromisos, se fue a despedir de la persona que había intervenido de manera
decidida en que Balduino y ella se enamoraran. No podía dejar de visitar al
nuncio apostólico en España, Ildebrando Antoniutti. El obispo y diplomático
había cubierto las espaldas a la joven aristócrata muchas veces, cuando tuvo
que viajar a Bruselas sin poder decir a su familia que iba a ver al rey. Era
una de las personas que más se alegraron de que el plan trazado por monseñor
Suenens y la monja irlandesa, Veronica O’Brien, saliera adelante. No fue sola a
verlo, quiso que la acompañara el padre Cavestany, que durante los últimos años
se había convertido no solo en su confesor, sino en su confidente. Siempre que
estaba en España, no había dejado de acudir ni un solo día a la iglesia de
Santa Bárbara.
—Quería agradecerle que
desde el principio tuviera tan claro que debía ser yo la persona que acompañara
al rey Balduino en su camino de vida —afirmó Fabiola.
—Fue obra de Dios,
nosotros solo la señalamos con el dedo. El resto fue cosa del que está ahí
arriba y, por supuesto, de ustedes —matizó el nuncio—. Si en algo he
contribuido a su felicidad, me sentiré muy honrado.
—Este tema quedará
siempre como nuestro gran secreto. No creo que, de saberse, la gente lo
entendiera. Por eso quiero que lo sellemos aquí, para siempre. Solo quería
darles las gracias. Son las dos personas que han sabido sostenerme en mis
dudas, aclararlas y ayudarme a comprender que formábamos parte de un plan
superior. Les estaré eternamente agradecida —concluyó Fabiola.
Tras despedirse del
nuncio de Su Santidad, el padre Cavestany siguió con ella toda la mañana. La
ayudó a agilizar su partida de bautismo, un trámite indispensable para que la
boda católica pudiera celebrarse en Bruselas. Finalmente, ambos se despidieron
con un gran abrazo en la puerta de la calle de su antiguo piso, en la calle
Bárbara de Braganza, muy cerca de la iglesia de Santa Bárbara donde el
sacerdote impartía misa diaria. En el piso ya la esperaban para comer Pilar y
Piedi, sus mejores amigas. Fabiola tenía que aprovechar para recoger sus
últimas pertenencias, así como el cuadro en el que se fijó Veronica O’Brien
antes de conocerla y que reconoció haber visto en uno de sus sueños. La monja
irlandesa siempre señaló a Fabiola como la persona elegida.
Violeta, que llevaba
todo el día allí, también había recogido todos sus enseres. Era la única que la
acompañaría a Bélgica en su nueva vida. Fue la que improvisó algo de comida
para que pudieran hablar tranquilamente las tres.
—Chicas, espero que
este almuerzo no os suene a despedida. Confío en que me vendréis a ver a Bruselas.
No quiero que cambie nada entre nosotras. Siempre estaré para las dos.
—Lo sabemos —comentó
Pilar—. Nosotras acudiremos en cuanto nos necesites a tu lado. Eso no quita
para que yo, personalmente, te vaya a echar de menos.
—Yo también —comentó
Piedi—. Estamos felices por ti, pero algo por dentro nos dice que ya nada será
lo mismo. ¡Vas a ser la reina de los belgas!
Las tres se levantaron
y se abrazaron entre lágrimas.
—Para vosotras siempre
seré Fabiola a secas. El protocolo y las formas solo serán de cara al exterior.
Espero que tengáis confianza para enfadaros conmigo, decirme lo que os parece
mal y también para felicitarme, si algo de lo que haga os parece bien. Yo
también os necesitaré cerca. Imagino que no todo será un camino de rosas. La
vida no es sencilla para nadie, tampoco lo será para mí.
—Tienes mucho a tus
espaldas, pero no olvides que aquí siempre tendrás a tus amigas. —Pilar volvió
a emocionarse.
Violeta escuchaba cerca
de la puerta y también se le saltaban las lágrimas. La vida iba a cambiar
igualmente para ella. Pasaba de ser una persona del servicio de Fabiola a ser
su dama de compañía en el palacio de Laeken. También tuvo que ultimar su
vestuario para que fuera adecuado a su nuevo cometido. Ella representaba el
último eslabón que uniría a Fabiola con España.
Se le hizo tarde y
quedaron en verse al día siguiente, en el homenaje que le haría la ciudad de
Madrid. Allí, lógicamente, no podría hablar con ellas con la naturalidad con
que lo estaba haciendo en su piso de soltera. Miró su habitación por última
vez, al salón… Y después de besar a sus amigas, se fue con Violeta. Hipólito,
el chófer, las esperaba. Se había encargado previamente de cargar en el coche
las cajas con los últimos recuerdos.
Fabiola llegó a su casa
familiar muy emocionada por todo lo que estaba viviendo y por tantas
despedidas. Lo primero que hizo al entrar en su habitación fue llamar a
Balduino.
—Es como si una vida
acabara para mí y a la vez empezara una nueva a tu lado.
—Nada acaba para ti.
Verás que es más sencillo de lo que parece. No vas a estar en una jaula de oro.
Podrás viajar a Madrid y moverte por donde quieras cuando desees —le dijo,
intentando calmarla.
Fabiola se emocionó de
nuevo.
—Tranquila —volvió a
hablar Balduino—, es normal que te sientas así. El gran cambio lo vas a sufrir
tú, y lo entiendo. Aquí estaré yo para darte todo el amor que dejas allí.
—Lo sé, perdóname. Son
muchas emociones de golpe. Cada día siento un desgarro por dentro.
—Prepárate, porque
mañana te despide la que ha sido tu ciudad. Aquí estaré para escucharte. Ya
sabes que me encantaría estar a tu lado, cogiéndote de la mano. ¡Rezaré por ti!
Manuela y Lucía fueron
juntas hasta la comisaría de la Puerta del Sol. Consideraban que se trataba de
un puro trámite y que el hecho de haber sido las últimas en ver a María Gracia
con vida las tendría ocupadas hasta que detuvieran al asesino.
—No sé qué más quieren
que les diga —manifestó Manuela.
—Pues yo, ¡ya me dirás!
Solo la he visto esa vez.
—¿Te llegó a echar las
cartas? —preguntó la amiga de la vidente.
—Sí, las iba poniendo
boca arriba, pero algo no le gustó y las recogió y me las volvió a echar.
Parecía nerviosa. Vi que consultaba por otro lado, otras cartas con figuras…,
pero no las llegué a ver.
—¡Las del tarot! ¿A la
vez? Eso nunca se lo he visto hacer.
—Sí. Como yo no la
conocía, pensé que solía hacer eso siempre. Sinceramente, no fue amable
conmigo.
—Ya, a veces, si no
tenía un buen día, te decía que ya no podía seguir. ¡Eso, que me lo hizo varias
veces, me sentaba a cuerno quemado! Era una persona muy especial. Me sacaba de
quicio cuando tenía el día atravesado.
—Lo entiendo. ¿Y crees
que ese día lo tenía?
—Bueno, no me pudo leer
las cartas y me citó para más tarde. La vi nerviosa. Literalmente, me hizo
levantarme de la silla y me echó. No aguantaba esa prepotencia que tenía que la
hacía sentirse más que los demás. Daba por acabada una sesión cuando le daba la
gana.
—No te caía bien,
¿verdad?
—Bueno, cuando se
sentía superior a la humanidad, no la podía soportar. Si sus padres de pequeña
le hubieran dado unas buenas tortas, no hubiera tenido tanta tontería. No he
visto a nadie más consentida que ella.
Llegaron en el metro
hasta la comisaría y, nada más entrar en la brigada, Margot hizo pasar primero
a Manuela al despacho del comisario. Lucía se quedó esperando en una salita
pequeña donde hacía mucho frío. Repasó una y otra vez lo que les iba a contar.
Estaba empezando a cansarse y se lo iba a decir a la policía.
Manuela se encontró en
el despacho a Aniano, esposado y con barba de varios días. Era el único
sospechoso al que habían detenido. La joven del servicio se quedó helada, sin
saber qué hacer ni qué decir.
—Siéntese, por favor
—le dijo el comisario.
—¿Ustedes se conocen?
—preguntó Morales, que estaba allí también.
Margot observaba el
interrogatorio de pie desde un lateral, apoyada en la librería del despacho.
—Sí —dijo temerosa
Manuela.
—Nos hemos cruzado un
par de veces cuando yo salía de ver a María Gracia y ella llegaba —comentó
Aniano, muy desmejorado.
—¿Qué opinaba la
vidente de él? —llegó a preguntar el comisario a Manuela.
—¡Que le hacía
compañía, pero le sacaba los cuartos! —contestó Manuela con rabia.
—No le sacaba los
cuartos, me quería ayudar en mis negocios. ¡Es distinto! ¿Tú quién te has
creído que eres? La aprovechada del pueblo que siempre venía cuando más nos
molestaba.
—¿Yo, aprovechada? El
sinvergüenza te recuerdo que eres tú. Explotando el hecho de ser más joven para
acostarte con ella y sacarle el dinero de sus joyas. ¡A saber qué le hiciste!
—¿Yo? No he hecho nada.
¿Has sido tú la que has lanzado mierda sobre mí? ¡Qué fácil te ha resultado
quitarte de en medio señalando a otros! ¿Verdad? Tú siempre le tuviste envidia.
Me lo decía ella. ¡Seguramente fuiste tú! ¡Desde pequeña la miraste mal!
Estuvieron lanzándose
dardos envenenados el uno al otro sin parar hasta que el comisario decidió dar
por concluido esa especie de careo. Regresó Aniano al calabozo y Manuela pasó a
la salita de espera. Llegó allí, donde estaba Lucía, despotricando contra el
novio de María Gracia. Pasados cinco minutos, llegó el turno de la más joven.
Fue hasta el despacho andando con mucha seguridad.
—¡Pase, pase! —le dijo
el comisario—. ¡Tome asiento!
Lucía se sentó y Margot
hizo lo mismo muy cerca de ella. El inspector Morales se había ido con el
detenido. Se encontraban los dos solos para hablar con la más corpulenta del
servicio de Fabiola de Mora y Aragón.
—¿Recuerda con
precisión lo que ocurrió entre usted y la vidente, la tarde en la que la
mataron?
—Sí, se lo he dicho ya
varias veces.
—¿Le importa hacerlo
una vez más? —insistió Margot.
—Manuela me aconsejó
que consultara a María Gracia si iba a tener novio o no.
—¿Qué le dijo?
Lucía puso los ojos en
blanco. Estaba harta de repetir lo mismo una y otra vez.
—Que, en uno de tantos
recados que hago, conocería a alguien. No especificó cuándo.
—¿La vio rara? ¿Con un
comportamiento extraño?
—Yo no la conocía, no
podría decirle —respondió, ya molesta.
—Usted fue a la casa de
María Gracia antes o después de enviar el paquete a Correos.
—¿Qué paquete?
—Usted nos habló de un
paquete…
—¡Ah! Sí, es cierto. Un
paquete para mi padre. No lo recuerdo bien, a lo mejor fue después. No sabría
decirle. Voy mucho a Correos a enviarles cosas —titubeó Lucía.
—¿Al menos recuerda qué
contenía?
—Ropa que me dio doña
Blanca para él.
—¿Ropa? —insistió
Margot.
—Sí. Un traje de don
Gonzalo, su marido, y algunas cosas más.
—¿Ya les ha llegado a
sus padres?
—No he hablado con
ellos.
—No, todavía no ha
llegado. ¿A qué cree que se debe? —quiso saber Margot.
—¿Y eso por qué lo
sabe?
—Hemos hablado con su
padre y no ha recibido todavía nada.
Lucía se puso en
guardia, molesta porque hubieran ido a Quismondo. Comenzó a mostrar
visiblemente su enfado.
—No entiendo qué hacen
preguntando a mis pobres padres. ¿Qué tienen que ver con el asesinato de María
Gracia? —Ahora Lucía se mostraba alterada.
—Solo estamos uniendo
las piezas del puzle. ¿Cómo era ese traje?
—Pues un traje
elegante, como todos los que tenía el señor. Insisto, no sé qué hago aquí. No
tengo nada que ver con este asunto tan feo.
Empezó a frotarse las
manos. Cada vez parecía más nerviosa.
—¿Cómo ha podido
olvidar si fue o no fue a Correos a llevarlo?
—No lo tengo claro, la
verdad. Ahora pienso que lo mismo me lo dejé allí, en la casa de la vidente.
Salí rápido. Sinceramente no me acuerdo qué hice después. Me impactó mucho
estar con una persona que sabía mi futuro.
Margot iba tomando nota
de algunas de las incongruencias que iba expresando Lucía.
—¿Quién cree que ha
podido ser el asesino? —preguntó el comisario.
—No sé… ¿El señor ese
con el que se veía? Eso dice Manuela. ¡Yo no sé nada! ¡Estoy harta,
francamente! Tenemos mucho trabajo en casa de doña Fabiola para estar aquí
repitiendo una y otra vez lo mismo.
—Está bien, váyase,
pero no salga de Madrid —le recordó el comisario, muy serio.
Lucía y Manuela
salieron de la comisaría con la sensación de que estaban perdiendo la
paciencia.
—Me dan ganas de irme y
que no me vuelvan a ver —comentó Manuela.
—Pues yo ni te cuento.
¿Tú te crees que me preguntan por quién ha podido ser el asesino? ¿No sé qué
esperan que les diga? ¿Que fuiste tú o que fui yo? ¿Están locos? No tienen ni
idea de por dónde tirar.
—¡Sí que estás
enfadada! Parece que estás a punto de que te salgan esos demonios de los que
tanto me has hablado.
—A puntito…
47
De despedida en
despedida
Al día siguiente,
Margot se organizó primero para ir con Harry Parker a ver a Vicente Cerezo.
Aprovechó que tenía libre esa mañana para acompañar a Almudena y saldar la
deuda moral que tenía con el detective. El gran acto de la despedida de Fabiola
tendría lugar a las cinco de la tarde, por lo que tenían tiempo suficiente.
Camino de la agencia de detectives, Harry y ella se fueron a desayunar a San
Ginés, el tradicional local en pleno corazón de la capital al que iban a menudo
a tomar chocolate con churros. Margot seguía dándole vueltas a la cabeza sobre
quién podía ser el asesino de María Gracia.
—Harry, ¿me podrías
dejar mañana un traje tuyo? Quisiera vestirme de hombre y pasar cerca del
portero, donde vivía la vidente. Estamos buscando al tipo que vio y que se
despidió de él diciendo: «¡Con Dios!». ¿Recuerdas?
—¡Por supuesto!
¿Quieres hacer la prueba tú? ¿Qué quieres demostrar? —preguntó.
—Que en lugar de un
hombre, podríamos buscar a una mujer vestida de hombre. Así de sencillo —afirmó
Margot.
—Pienso que será
difícil que no se percate de que eres una mujer. Pero lo intentamos. A mediados
del siglo pasado, una mujer detective, Kate Warne, fue contratada por una
agencia que se llamaba Pinkerton y solía disfrazarse para hacer su trabajo con
una gran habilidad, y más de una vez se caracterizó de hombre.
—¿Lo intentamos por la
mañana?
—Me gusta. ¡Lo
intentamos!
Harry le contó que
durante esos días había tomado posesión de su nuevo despacho en el Ministerio
de Asuntos Exteriores y que pronto tendría que ir a Londres a recoger sus cosas
de la embajada española y despedirse de todos.
—Sentiré mucho
despedirme de tus tíos, han sido como unos padres para mí también. Todo tiene
un principio y un final, pero yo seguiré persiguiendo mi sueño.
—¿Tu sueño?
— Decía Antoine de
Saint-Exupéry: «Haz de tu vida un sueño y de tu sueño una realidad». Estoy en
ello, Margot. Mi sueño sería caminar a tu lado, ya lo sabes.
Se produjo un silencio
y, como siempre, la joven contestó con evasivas.
—Harry, no es el
momento. Ahora tengo que resolver este asesinato. Hablar de esto me genera
intranquilidad.
—Algún día deberías
enterrar tus miedos, pero… aquí estaré esperándote.
Margot le cogió de la
mano, le sonrió y se bebió de un trago todo el chocolate que tenía en la taza.
Al terminar, se quedó con el labio superior manchado y Parker no pudo por menos
que sonreír.
—¡Eres como una niña!
Está bien, abordemos lo que más te preocupa.
Salieron del local y se
fueron caminando hasta la agencia de detectives. Al llegar, vieron que Vicente
Cerezo estaba reunido con una detective de la agencia de Carolina Bravo, la
primera detective que había montado su propio negocio en Barcelona, con la que
preparaba una reunión de detectives a escala nacional. En cuanto se fue la
visita, Vicente los recibió con efusividad.
—¡Mis queridos amigos!
Parker lo abrazó y se
resintió de sus heridas. Todavía estaba convaleciente.
—¡Cuidado! Me duele
cuando me abrazan como tú lo has hecho.
—Parker no sabe medir
su fuerza… —le dijo Margot mientras simplemente besaba a Cerezo.
—Bueno, a mí también me
duele el brazo, no vayáis a creer que el balazo no me dejó secuelas.
Al poco de estar
charlando, apareció Almudena Pimentel con su pequeña en un cochecito. Todos se
levantaron para ver a la pequeña Margarita, que sonreía sin discriminar a
nadie. Margot se alegró mucho de que hubiera ido hasta allí sin su hermano y su
cuñada, que no dejaban de vigilarla a todas horas.
—Me gusta verte
defendiendo tu maternidad ante cualquiera —le confesó, orgullosa.
—Margot, me está
resultando difícil. Necesito un trabajo, si no, a mi niña la tendrá que cuidar
mi cuñada. No tengo donde ir. Debo seguir viviendo con mis padres.
Vicente Cerezo, que
había escuchado toda la conversación, se dirigió a ella mirándola fijamente a
los ojos.
—Perdonad que me
entrometa. Estoy buscando una secretaria y para mí sería un gran honor que
fueras tú.
—No sé si estaré a la
altura. Llevo mucho tiempo encerrada en París y ahora en Madrid… —titubeó.
—Almudena, eso son
excusas —le recriminó Cerezo—. Yo te enseñaré todo lo que hay que saber para
ese puesto. No te niego que, al final, tendrás que hacer un poco de todo.
Incluso averiguar algunos temas que se nos resistan. Aquí todos somos
detectives. Y te diré que no hay nada mejor para hacer seguimientos que una madre
paseando a su hija. Te aseguro que nadie sospechará de ti.
—Me lo pensaré muy
seriamente. Sería una manera de independizarme y seguir con mi hija.
—¡Tú puedes, Almudena!
—la animó Margot.
Almudena pensó que su
madre podría ayudarla, poniéndose de su parte. Pidió que le dejaran pensarlo un
par de semanas. Nadie como la propia Margot sabía que la presión era la peor de
las compañeras de viaje.
Estuvieron hablando de
lo valiente que fue al dar a luz en unas circunstancias tan adversas. También
de la experiencia de ayudarla a traer al mundo a Margarita y de cómo ese
episodio ya los había unido para siempre. Después tomaron un ligero aperitivo y
se fueron de allí. Margot se despidió a toda prisa, cogió un taxi camino del
ayuntamiento.
Sobre las cinco de la
tarde, el conde de Mayalde y alcalde de Madrid fue con una pequeña comitiva a
buscar a Fabiola de Mora y Aragón a su casa. El alcalde viajaba en un
Rolls-Royce negro, escoltado por doce motoristas. Se bajó del coche para
recoger a Fabiola, que esa tarde iba a recibir el título de hija predilecta de
Madrid. Los fotógrafos allí apostados no dejaron de disparar sus cámaras.
—Deseo que esta
despedida sea para usted inolvidable —le dijo el conde al verla.
Fabiola vestía un traje
oscuro. Descartó el beis, ya que deseaba hacer un guiño a Balduino; a última
hora, para que destacara en su vestimenta, se colocó un lirio morado como
amuleto de la realeza. Encima se puso un abrigo de mouton marrón oscuro y un
tocado muy original que le envolvía toda la cabeza. A lo largo de todo el
recorrido hasta el ayuntamiento, había gente con pancartas que aplaudían a su
paso y le deseaban suerte desde lejos, gritando su nombre. Otras personas
lanzaban claveles a su paso y corrían unos metros siguiendo el vehículo. Cuando
llegaron al ayuntamiento y entraron en la sala de plenos, las autoridades
políticas y las altas personalidades de la nobleza invitadas se pusieron en pie
y aplaudieron. Inmediatamente, le hicieron entrega del más alto honor de
Madrid. Fabiola agradeció ese reconocimiento con unas sencillas palabras.
Inmediatamente después, los regalos comenzaron a desfilar: un bolso de oro con
diamantes engastados y un neceser de plata dorada hecho a mano. Ambos, regalos
de los grandes de España. Posteriormente, le entregaron un reloj de pulsera de
oro, platino y brillantes, ofrecido por la alta aristocracia española.
Igualmente, un medallón con perlas y brillantes, realizado por Villanueva y
Laiseca, uno de los joyeros de más prestigio de la capital, regalo del marqués
de Casa Torres, tío de la novia. Por último, le hicieron entrega de una bandeja
de plata que le regalaba la Cofradía de Pescadores de San Sebastián, con los
nombres de todos los barcos del Club Náutico al que pertenecía Fabiola… Y así
un sinfín de regalos que fueron ofrecidos por personas a las que conocía desde
niña.
La madre y los
hermanos, incluido Jaime, que ya había regresado de la Costa del Sol,
estuvieron muy emocionados en un acto tan entrañable y generoso, que finalizó
con unas palabras muy cariñosas que le dedicó una niña que se llamaba Fabiola,
como ella, y hablaba en representación de todos los niños de Madrid.
Una vez que saludó a
todos en un besamanos larguísimo, la llevaron al balcón y allí todas las
personas congregadas en la calle comenzaron a vitorearla y a desearle
felicidad. Una de las que llevaban la voz cantante le gritó: «¡Muchos hijos!».
Fabiola se tocó el corazón en señal de cariño y le contestó a la mujer en voz
alta: «¡Dios te oiga!». La madre de Fabiola no pudo reprimir las lágrimas desde
que empezó el acto hasta que concluyó, igual que sus familiares y amigas.
Margot tomaba nota de
todo y, cuando se pudo acercar a ella, Fabiola le dedicó unas palabras: «No
puedo recibir más cariño de mi ciudad». «Estoy muy emocionada». «Me voy a
Bélgica con todo el amor de los españoles».
Cuando el acto del
ayuntamiento acabó, la trasladaron hasta la catedral de la Almudena. Allí la
recibió el primado de España, que la condujo hasta la capilla para que rezara a
solas a la patrona de Madrid. La tradición contaba —y así se lo expresó uno de
los sacerdotes de la catedral— que «durante la invasión musulmana, los
cristianos ocultaron la imagen de la Virgen en un tramo de la muralla para
protegerla. Tras la reconquista, el muro se abrió durante una procesión y dejó
a la vista la talla intacta».
Por lo que le habían
contado a Fabiola, el nombre de Almudena hacía referencia a la fortaleza. Por
eso pidió a la Virgen que la ayudara «a ser una buena esposa y una buena reina,
así como a tener fuerza y resistencia». Echaba de menos que Balduino no
estuviera presente. Se acordaba de él en todo momento. Después de rezar,
ofreció un gran ramo de flores a la Virgen y departió a la salida de la
catedral con todos los amigos y conocidos que habían querido ser testigos del
momento. Se despidió una última vez de todos con mucha emoción y regresó a su
casa, junto a su madre, hermanos y amigas.
Al subir las escaleras
del palacete familiar, dirigió una última sonrisa a los periodistas. Tras
atravesar el umbral se dejó caer en el sofá del salón. Milagros le acercó un
caldo para que pudiera reponerse.
—Está hecho con mucha
sustancia. Esto levanta a un muerto —afirmó el ama de llaves.
—Gracias, lo necesito
de verdad.
Estuvo un rato
departiendo con todos hasta que vio que era la hora en la que solía hablar con
Balduino. La familia y los amigos siguieron reunidos. Cuando pudo localizarlo,
le contó cómo habían sido los actos y el rey comprendió que estuviera agotada.
—¿Sabes? Cuando tantas
personas nos han dado la mano, conviene ponerla debajo del grifo del agua fría.
Y, si tienes hielo, pon algunos cubitos en una servilleta y lo aplicas en las
articulaciones. Mejorarás muchísimo.
—Lo haré… Balduino, ha
sido muy bonito —aseguró, emocionada—. La gente estaba apostada en la calle
durante horas solo para aplaudirme y gritarme cosas bonitas. No había visto
nada igual en todos los días de mi vida.
—Fabiola, todo el mundo
te quiere…
Margot quedó en acudir
al Palace en cuanto acabaran los actos. Parker la esperaba en su habitación.
Uno de sus trajes estaba encima de la cama. Quería vestirse para demostrar que
el portero no distinguiría si era una mujer o un hombre. Pero ya se había hecho
tarde. Además, la ropa de Parker le quedaba excesivamente grande, parecía un
payaso. Probaría con algún traje de su tío. Parker le propuso otro plan.
—¿Quiere usted,
«señorita», cenar conmigo?
—Creo que va a ser lo
mejor.
Se fue al baño y, antes
de cambiarse, aprovechó la bañera y la llenó de agua y de jabón.
—¡Harry, me voy a dar
un baño! —le dijo en voz alta—. ¿Por qué no cenamos aquí y luego me acompañas a
casa?
—¡Está bien! Pediré
algo al servicio de habitaciones.
Veinte minutos después,
Margot salió como nueva, vestida y con el pelo mojado. Harry se había quitado
la corbata y los zapatos y andaba descalzo por la estancia.
—Harry, ¿me dejas
tumbarme en la cama?
—¿Cómo me haces esas
preguntas? ¡Haz lo que quieras!
Harry se fue al baño y
también se relajó bajo los chorros del agua caliente. Se volvió a vestir y
salió con la intranquilidad de siempre. Hoy menos que nunca quería meter la
pata. Se tumbó en la cama al lado de Margot.
—¿Recuerdas cuando
compartimos habitación en París como el señor y la señora Parker?
—¡Claro! ¡No ha pasado
tanto tiempo!
—¿No te gustaría ser la
señora Parker de forma definitiva? —le dijo con una sonrisa.
—¿Me estás proponiendo
algo más que salir juntos? Creo que lo que dices no parece una broma.
—No lo es —reiteró
Parker—. Te estoy proponiendo que vayamos juntos por la vida, por el camino del
conocimiento y la perfección, como decía Platón. —Volvía a recurrir a la
filosofía que tanto le gustaba a Margot—. ¡Formamos un buen equipo! ¿No crees?
Se sentó apoyado en la
cabecera de la cama, sin dejar de mirarla a los ojos.
—Creo sinceramente que,
si no existiera la maldad, podríamos ser felices. Pero, como dice Schopenhauer,
«el mundo es esencialmente malo, un lugar de miseria irredimible con chispazos
de horror». No podemos escapar a lo que está pasando a nuestro alrededor.
—¡Sí! Podríamos escapar
creando un mundo paralelo. ¿Qué te parece? —insistía Parker.
Llamaron a la puerta y
dejaron esa conversación tan profunda. Era el servicio de habitaciones, que
llevaba la cena. No es que tuvieran mucha hambre, pero removieron la comida del
plato. Margot no dejó de mirar a Harry durante toda la cena, como si lo hubiera
descubierto por primera vez. En torno a las diez y media de la noche, le pidió
que la acompañara a su casa caminando. A punto de llegar al número 27 de la
Gran Vía, Parker insistió:
—No tengas miedo a dar
el paso que te estoy proponiendo. El miedo nos paraliza, hay que liberarse de
él. ¿No te das cuenta?
Margot lo abrazó y le
dijo: «Puede que tengas razón». Sin más, lo besó en la boca y después echó a
correr hacia su portal. Harry, una vez más, se quedó paralizado. «¿Este beso
significa un sí? ¿Me quiere?». Regresó al hotel dando vueltas al único tema que
lo tenía obsesionado.
Al día siguiente,
Margot se levantó de muy buen humor y le pidió a Camila un traje de su tío para
probárselo. Vestida como Julián Martín-Briz, salió a que la vieran sus
«guardianas».
—¿Vas a un baile de
disfraces? —preguntó Camila.
—No, quiero ver si el
portero de la casa de la vidente que fue asesinada reconoce que soy una mujer.
Necesito pruebas.
Sátur, que la oyó, le
sugirió que se quitara el pantalón. Le cogería el bajo y así podría ser más
creíble.
—¡Siempre está metida
en algún lío! Rezo por las noches para que sus tíos no se enteren y no se la
lleven de aquí.
—Ya no sé qué decir
cuando llaman y no la encuentran… —comentó Camila.
—Bueno, ahora, con lo
de Fabiola, tenéis una excusa perfecta.
Sátur cogió el bajo y
también el largo de las mangas. Margot completó su atuendo con una camisa de su
tío y una corbata. Estaba lista para hacer la prueba delante del portero. A los
pocos minutos, llamaron a la puerta. Era Parker, que iba a buscarla para
llevarla hasta la casa de la vidente. Su comentario le salió del alma.
—Lo siento, pero no
pareces un hombre.
—Señor Parker, todavía
no me ha visto usted actuar. ¡Vámonos!
En menos de veinte
minutos ya estaban en la calle Hermosilla. Pararon antes de llegar al inmueble
donde vivía María Gracia. Parker se acercó a entretener al portero. Hizo que se
girara para que no viera quién entraba y quién salía. Pudo Margot aprovechar
para colarse en la casa. Esperó cinco minutos y bajó. Se ladeó el sombrero y consiguió
andar con modales masculinos. Al salir, haciendo más grave su voz, le dijo un
simple «¡Adiós!» y se fue. El portero, que ya estaba de cara a la puerta,
saludó y siguió hablando con Parker.
—Perdone, el señor que
ha salido, ¿lo conoce?
—No le he visto la
cara. Creo que no. En esta escalera entran y salen muchas personas y no voy a
parar a todos —le informó el portero.
—Entiendo. Pues muchas
gracias.
Harry se fue hacia el
coche, donde lo estaba esperando Margot.
—¿Qué te ha dicho?
—Ha creído que eras un
hombre. ¡Puede que tengas razón! El asesino no tiene por qué ser un varón.
Fabiola dejó para el
final de su estancia en España la segunda prueba de su traje de novia.
Cristóbal Balenciaga se había desplazado a Madrid con la capa de seis metros
que había que añadir al traje de novia. Acudieron de nuevo su madre y sus tres
hermanas, Neva, Annie, y Mari Luz. Balenciaga no quiso que ellas la ayudaran a
vestirse esta vez. Las prefería de observadoras. Fue su modista de más
confianza, Felisa Irigoyen, quien la ayudó primero a ponerse el traje; después,
junto con las hermanas Carriches Urías, le colocaron en la espalda la enorme
capa realizada con seda de las sederías Fábregas de Barcelona. Ya estaban
hechos también los zapatos por la firma Noguerón, de Elda, en la misma tela del
vestido. Por lo tanto, ya no habría ninguna modificación sobre el diseño
definitivo que luciría Fabiola el 15 de diciembre, en la catedral de Bruselas.
La tiara que sujetaba el velo sí sería distinta, pero se podían hacer a la idea
de cómo resultaría el día de la boda. Felisa y las hermanas Carriches salieron
del probador y abrieron paso a Fabiola, convertida en novia. Comenzó a andar
por la estancia rodeada de espejos hasta que los seis metros de tela se
extendieron. Todas las mujeres de la familia se quedaron sin palabras.
—¡Es el traje de una
auténtica reina! —exclamó su madre.
Sus hermanas empezaron
a aplaudir entre lágrimas.
—¡Una maravilla,
Cristóbal! —dijo Annie.
—¡Precioso! —comentó
Mari Luz.
—¡Una obra de arte!
—añadió Neva.
El modisto, a pesar de
que todas veían que el traje le quedaba como un guante, comenzó a poner algunos
alfileres aquí y allá.
—Mi obsesión son las
mangas y que no haya ni una sola arruga en el talle. ¡No adelgaces más,
Fabiola!
—Lo intentaré —comentó
entre risas.
—De todas formas,
estaré allí para ayudarte a vestirte junto con Felisa para que el vestido salga
perfecto de palacio.
—Muchas gracias. Yo ya
me voy a Bruselas mañana. Me esperan allí unos días con bastantes actos
también.
—Vas a llegar a la boda
agotada—le dijo su madre.
—Sí, es cierto, pero
muy ilusionada. Todo lo que estoy viviendo parece salido de un sueño.
Fabiola regresó a la
casa familiar con su madre y sus hermanas. Casi todo lo importante estaba
embalado ya y tan solo le quedaba tener un final de día tranquilo con su
familia. ¡Sería el último!
Margot llamó a Fabiola
para desearle lo mejor en su nueva vida como reina. Al no poder ponerse al
teléfono, pidió hablar con Violeta. Cuando esta contestó, le expresó sus
mejores deseos para el futuro. Después le pidió un favor…
—Violeta, necesitaría
un traje de don Gonzalo. Se lo devolveremos enseguida.
—¿Un traje?
—Sí, parecido al que
regaló doña Blanca a Lucía para su padre. Le pido absoluta discreción.
—No creo que haya
ningún problema. ¿Dice que lo devolverá enseguida?
—Sí. Solo es para una
prueba que deseamos hacer en la comisaría.
—¡Un momento!
Al rato, se puso de
nuevo al teléfono.
—Sí, pueden venir a por
él ahora mismo, si quieren.
—Muchas gracias.
Ese mismo día acudió el
chófer del comisario jefe a recoger el traje. Media hora después, ya lo tenía
Margot encima de su mesa. Se acercó al despacho del comisario.
—Don Eusebio, creo que
una de las dos mujeres del servicio de Fabiola pudo cometer el crimen, vestida
de hombre. Me gustaría probárselo a las dos aquí. ¿Le parece descabellado?
—Sí, la verdad. ¿Cree
que una de las dos cometió el asesinato y después se vistió de hombre?
—Sí. Tengo la duda de
si fue Manuela, que, al ver el paquete olvidado de su amiga, decidió vestirse
con el traje de don Gonzalo y salir de allí camuflada como hombre, o, por el
contrario, fue Lucía, que, tras matar a la vidente, vio una salida vistiéndose
con el traje que iba a enviar a su padre.
—Ciertamente
enrevesado.
Margot se fue a casa y
no dejó de pensar en la prueba que tenía entre manos. Nada más cenar, acudió a
su cuarto. Necesitaba pensar. Rebuscó en su bolso la pipa de su padre, le echó
tabaco y se puso a fumar. Parecía que la ayudaba a pensar mejor. Según ascendía
el humo hacia el techo, lo vio con claridad…
—Una, Manuela, pudo
matar por envidia —decía en un soliloquio interminable en voz alta—. La otra,
por ambición o por accidente. No habría que descartarlo, y luego la remató con
algo contundente por miedo a que la descubrieran. A una de las dos, la vidente
le dijo algo que no le gustó. Seguro. Se acordaba de las cartas que todavía
permanecían boca arriba y de las del tarot, tiradas en el suelo. Eran las
peores que le podían salir a una persona. Lo había consultado en su momento con
un vidente. María Gracia se asustó. Seguramente, vio las intenciones de una de
las dos. Debe de ser terrible descubrir que alguien que está en tu casa te
quiere hacer daño. María Gracia, por algo que dijo, precipitó su final.
48
Camino de una nueva
vida
Fabiola no pudo sujetar
las lágrimas al despedirse de toda la familia: de sus hermanos, de sus sobrinos
y primos. También quisieron acompañarla sus amigas. Los abrazos eran
prolongados porque no sabían si, cuando volviera como reina, podrían seguir
haciéndolo.
Los miembros del
servicio se colaron en hilera para darle la mano y desearle «la mejor suerte
del mundo».
—Espero que no nos
olvide muy pronto —le dijo Enrique, el mayordomo, que había desarrollado allí
toda su vida profesional y hablaba en nombre de todos.
—Imposible. Os llevaré
siempre conmigo.
Su madre lloraba
emocionada también. Viajaría con ella hasta Bruselas. Durante todo el trayecto
en coche desde la calle Zurbano hasta el aeropuerto, Fabiola se acurrucó en su
hombro. Miraba a la vez con mucha atención la ciudad que iba dejando atrás.
—Hija, la próxima vez
que regreses a España, ya lo harás como reina —dijo doña Blanca, muy orgullosa.
—Lo sé, a partir de
ahora, viajar de forma anónima para mí será imposible —se lamentó—. Lo tengo
asumido. Por favor, mantenme al corriente de todo cuanto suceda por casa. ¿Me
lo prometes?
—Tranquila, te
mantendré informada de todos los cotilleos familiares.
—¿Vendrás a verme
cuando me instale, mamá?
Se acurrucó más en su
brazo. Hubiera prolongado mucho más ese momento.
—Seguro que sí,
Fabiola. Ahora disfruta de tu boda. Si hay alguien que es consciente del paso
que va a dar, esa eres tú.
—Te aseguro que me caso
enamorada de Balduino.
—Lo sé, te conozco —le
reiteró su madre.
En Barajas, además del
público espontáneo que deseaba despedirla, se encontraba el ministro de Asuntos
Exteriores, en nombre del gobierno de España.
—Aquí siempre será bien
recibida —le dijo de forma protocolaria—. Espero que venga pronto con el rey de
viaje oficial. Será un honor para España.
El embajador belga, el
vizconde Berryer, estaba allí en representación de Bélgica para realizar el
trayecto hasta Bruselas con ella.
La esperaba el DC-6
militar que había puesto Balduino a su disposición. Su fiel Violeta ya estaba
dentro. Había salido media hora antes que ellas para organizarlo todo.
Fabiola, cuando llegó a
lo más alto de la escalerilla del avión, se volvió hacia la gente, que llevaba
horas esperándola, y saludó con la mano a todos durante varios minutos. Para
ese momento, se vistió con un chaquetón de visón y un gorro a juego. Ya parecía
toda una reina. Una vez que cerraron la puerta del avión, se acomodó en su
asiento y permaneció callada. Fue rezando todo el camino y pensando en el
cambio radical que iba a sufrir su vida. Su madre no quiso interrumpirla y la
dejó tranquila. Doña Blanca, la última media hora, la hizo dormida, apoyada en
la pequeña ventanilla del DC-6.
Cuando el comandante
del avión les dijo que se aproximaban al aeropuerto de Bruselas, Fabiola
comenzó a ponerse nerviosa. No sabía si Balduino podría ir al aeropuerto a
recibirla. El avión aterrizó sin novedad y se aproximó a la pasarela móvil que
conectaba el aparato con la terminal. Todos recibieron la orden de salir de la
aeronave antes que Fabiola, y le dijeron que ella debería ser la última, a
excepción del comandante.
Se disponía a abandonar
el avión cuando reconoció una figura que se acercaba a ella y le tendía la mano
para ayudarla a salir. Era la de Balduino, que deseaba ser el primero en
recibirla.
—Bienvenida a tu país,
Fabiola —dijo, visiblemente feliz.
Emocionada, se bajó del
DC-6 y el rey la abrazó y la besó con todas sus fuerzas. Fabiola había soñado
muchas veces con ese momento y Balduino también.
—Ya nada nos va a
separar. ¡Siempre juntos, Balduino!
—¡Siempre juntos,
Fabiola!
Se cogieron de la mano
y fueron corriendo hasta la salida, donde los esperaban más de tres mil
personas para darle la bienvenida. Fabiola se quedó muy impresionada por el
recibimiento y saludaba agitando la mano desde la distancia.
Su próximo destino era
el palacio Real de Bruselas.
A miles de kilómetros
de allí, en Madrid, el coche del comisario jefe recogió a las dos mujeres que
nuevamente habían sido citadas en comisaría, Manuela y Lucía. La responsable
del servicio en la casa, Milagros, protestó ante tantas salidas y tantos interrogatorios.
Ellas comentaron que estaban tan cansadas como ella de tanto viaje a la Puerta
del Sol.
—Espero que sea la
última vez —comentó Lucía.
Veinte minutos después,
llegaban a la Brigada de Investigación Criminal. Un policía las condujo hasta
el despacho del comisario. Margot se encontraba con él, esperándolas.
—Vengan conmigo,
enseguida les explicaré qué tienen que hacer.
Mientras tanto, el
inspector Gutiérrez esperaba en la calle la llegada del portero de la finca
donde encontraron muerta a la vidente. Confiaba en que identificara a una de
las dos mujeres, una vez que se vistieran con el traje de don Gonzalo.
Efectivamente, nada más llegar el portero, el inspector lo llevó a una de las
salas que tenían para que los testigos reconocieran a través de un cristal a
los sospechosos, sin que estos los vieran a ellos.
Margot separó a las dos
mujeres. Manuela fue la primera a la que propuso vestirse de hombre. Se quedó
paralizada al escucharla y no supo reaccionar. Margot insistió en que lo tenía
que hacer para descartarla como sospechosa.
—¿Es que creen que soy
la asesina?
—¡Sí! —contestó Margot
sin ningún tipo de paño caliente—. El hecho de que colabore con la policía
significará mucho para nosotros.
Comenzó a vestirse por
los pantalones y siguió con la camisa y la chaqueta. Margot la ayudó a
colocarse la corbata y el sombrero, con una de las alas tan baja que no se le
veía la cara. El pelo también logró ocultarlo por completo.
—Esta tontería que voy
a hacer ¿para qué es?
—Para descartar su
culpabilidad. Tendrá que entrar en un lugar donde usted no verá a nadie. Le
pediremos que se mueva y camine de un extremo a otro de la habitación.
Algo nerviosa, se
introdujo en ese cuarto donde debía pasear un rato. Manuela tenía menos
estatura que don Gonzalo y el pantalón le estaba largo. Aun así, no se tropezó.
En el interior de la
habitación con cristal, el portero la descartaba.
—No, me parece que no
es la persona que vi. Anda raro, como insegura. Parece más delgada. No, no es.
Hicieron desvestirse a
Manuela y la llevaron con el comisario, que comenzó a interrogarla. Mientras
tanto, Margot llevó el traje, la camisa y el sombrero de don Gonzalo al lugar
donde esperaba Lucía. Esta, al conocer sus intenciones, se negó a vestirse.
—No voy a hacer eso que
quieren. ¡De ninguna manera!
Se puso muy nerviosa y
realmente enfadada.
—Su compañera lo ha
hecho, y no ha pasado nada. Vamos descartando posibilidades con testigos que
vieron salir a un hombre de la finca.
—¡Pues busquen a un
hombre o vístase usted!
—Lo he hecho… Está
bien, si se niega a colaborar, pasará a los calabozos hasta que decida un juez.
Lógicamente, avisaremos en su trabajo y a su familia.
—A mi familia, ¡no, por
favor!
Refunfuñando, se
vistió. Como era más corpulenta que Manuela, el traje lo llenó. El largo le
quedaba bastante bien, precisamente porque también era más alta que su
compañera. Margot primero le recogió el pelo y luego le puso el sombrero,
calado e igualmente ladeado para que no se le viera la cara.
Fue enfadada hasta la
habitación, donde la introdujeron y le dijeron que simplemente caminara. Lo
hizo de tal forma que se percibió que no se trataba de un hombre. Seguramente
por cómo movió las caderas.
En la otra habitación,
el portero le dijo al inspector Gutiérrez que tenía las mismas hechuras del
hombre al que vio, que era un tanto recio, pero claramente esa persona que
estaba allí se contoneaba como una mujer.
—No es. Yo vi a un
hombre.
—Muchas gracias —le
dijo Gutiérrez, y le dejó ir de vuelta a su trabajo en la portería.
Antes de salir de la
habitación, se acordó de algo.
—Por cierto, llevaba
algo en un brazo. Podría ser un abrigo. Sí, me acabo de acordar.
—Está bien… Un abrigo.
Margot, por su parte,
le dijo a Lucía que se cambiara.
—De todas formas, no ha
hecho nada por parecer un hombre. Al contrario.
—Yo he hecho de mí
misma, soy una mujer.
—Está bien. Espere un
momento.
Margot la dejó
cambiándose. Acudió al despacho del comisario, donde ya había terminado con
Manuela. Le permitieron que se fuera de nuevo al palacete de los Mora. Con
Lucía quería hablar también el comisario. Antes, el inspector Gutiérrez les
dijo que el testigo creía que el hombre al que vio salir llevaba un abrigo en
un brazo. Cuando Lucía ya estuvo cambiada, la condujeron hasta el despacho de
don Eugenio Benito Poveda.
—¡Siéntese! —le dijo
muy serio el comisario—. Hemos sabido por la autopsia que el primer golpe en la
cabeza fue fortuito, los otros fueron destinados a acabar con ella. ¿Cree que
el miedo pudo tener que ver con esta reacción?
—No lo sé…,
sinceramente.
—Nos gustaría saber qué
hizo durante un par de horas, al salir de la consulta, si no acudió a Correos
—preguntó Margot.
—No lo recuerdo. Lo
tengo borrado. Probablemente, pasear por Madrid.
—¿Por dónde paseó para
llenarse de barro? —Recordaba que había lavado el abrigo.
—No lo sé.
—¿No sería sangre? Se
manchó de sangre y por eso lavó el abrigo, después de quitarse el traje de don
Gonzalo. Iba usted vestida por dentro y simplemente se lo quitó y lo tiró.
—No es cierto. Mi
abrigo se manchó de barro. Y yo no me vestí de hombre.
Lucía se echó a llorar.
El comisario mandó a Margot que saliera de su despacho para dialogar con él
afuera.
—Margot, no tienes
nada. Creo que te estás ensañando con ella. Hay que dejarla en libertad.
—Está bien… Creo que me
estoy precipitando.
Lucía, minutos después,
salía de la brigada con tanta prisa que cogió el metro y llegó al palacete sin
darse ni siquiera cuenta de que habían transcurrido veinte minutos. Solo
deseaba encerrarse en la habitación y no hablar con nadie.
El 10 de diciembre, el
palacio Real de Bélgica abrió sus puertas a los cuatro mil invitados que
deseaban saludar a Balduino y Fabiola antes de su boda, que tendría lugar cinco
días después. Acudieron los presidentes de las cámaras, el gobierno en pleno,
los parlamentarios, los funcionarios de más renombre, así como personalidades
del mundo de la cultura y de la sociedad belga. El primero en saludar a los
novios fue el primer ministro, Gaston Eyskens. Después comenzaron a desfilar
uno a uno los invitados. Los novios les dedicaban palabras amables que los
hacían sentir especiales. Balduino, de vez en cuando, cogía de la mano a
Fabiola. Se miraban con tanto afecto que todos percibieron que el amor los
había unido. Fabiola estuvo muy simpática y risueña con todos. No hubo nadie
que después de conocerla no la elogiara. Balduino no cesaba de decir que «ella
era un regalo de Dios». Otros que la conocían por primera vez le comentaban al
rey que «tenían la impresión de conocerla desde siempre». Al terminar la
recepción, todos coincidían en que tenía la misma fuerza y la misma
personalidad arrolladora de la reina Astrid. Para los belgas, suponía el mejor
de los piropos. La madre de Balduino supo conquistar el corazón de los belgas.
No habían tenido casi
tiempo de recuperarse de esa recepción cuando empezaron a llegar los primeros
invitados al palacio Real y debían atenderlos. Todas las habitaciones,
incluidos los desvanes recién rehabilitados de palacio, tenían una familia real
como destinataria. Entre los primeros que ocuparon las estancias, se encontraban
la princesa Margarita de Inglaterra y su esposo, Tony Armstrong-Jones; el
príncipe Juan Carlos de España y sus padres, Juan de Borbón y María de las
Mercedes, y los reyes Simeón de Bulgaria y Miguel de Rumanía.
Los novios tuvieron que
desaparecer de palacio durante tres horas y dejaron a Leopoldo III a cargo de
todos los invitados. Balduino y Fabiola debían acudir a la catedral de San
Miguel y Santa Gúdula para los ensayos generales de la boda. Los diez niños del
cortejo aprendieron a recorrer la nave contando los pasos.
Hacía mucho frío debido
a las corrientes de aire dentro de la catedral. Los encargados de la
organización protestaron.
—Doña Fabiola va a
coger una pulmonía. ¡Necesitamos calentar esto!
Se les ocurrió pedir
estufas de carbón para colocarlas por todos los huecos y recovecos de la
catedral. El problema era entonces cómo taparlas. Idearon poner grandes
cortinajes que disimularan los focos de calor. Un grupo de mujeres, en cuanto
les proporcionaron la tela, se pusieron a coserlas en una sola noche.
Fabiola hizo el ensayo
sin protestar por el frío del que todos se quejaban. Estaba maravillada de
contemplar la catedral gótica por dentro, con sus vidrieras y sus capillas,
donde se darían el sí quiero dos días después.
—¡Ya queda menos,
Fabiola! —le dijo Balduino.
—Estoy fascinada. Dios
ha querido todo esto para nosotros.
Por la noche tuvieron
lugar en el palacio Real la cena y el baile de gala, ya con todas las casas
reales y los invitados más ilustres que asistían a la boda. Se pusieron en pie
cuando apareció Fabiola del brazo de Balduino. Ella llevaba un traje de seda
salvaje rosa y un bolero de terciopelo negro. En la cabeza, la tiara de oro con
piedras rojas y verdes que le había regalado el gobierno de España. Solo los
plateros belgas y ella sabían que no eran piedras preciosas auténticas. Todos
elogiaron lo guapa que estaba. Desde lejos, Carmen Franco le sonrió. Agradeció
que cumpliera su palabra y se la pusiera para una noche tan especial. Todavía
nadie de la familia Mora y Aragón le había hablado del incidente de las joyas.
El menú de esa noche
fue elaborado por quince cocineros que durante días estuvieron cortando y
fileteando verduras, así como preparando la langosta a las especias y la silla
de jabalí, dos platos que gustaban especialmente a Balduino. Cuando llegó el
momento del brindis con champán, tomó la palabra el rey Leopoldo III: «¡Qué
feliz estoy, hijo mío, de que hayas descubierto la inmensa alegría del amor!
¡Alzo la copa por vosotros! ¡Os deseo que seáis muy felices!».
Todos aplaudieron,
incluida la viuda de Alberto I, la reina madre Isabel, que no quitaba ojo a los
novios. Llegó el momento del vals con el que Fabiola y Balduino abrieron el
baile. Se miraron otra vez de tal forma que todos comentaban «lo enamorados que
estaban». Balduino y Fabiola no se retiraron hasta que se fue el último
invitado. Acabaron tan tarde que agradecieron que quedara un día más para la
boda.
49
El puzle empieza a
encajar
Margot seguía obcecada
en que no era tan importante que la prueba del traje no hubiera salido como
quería. Comentaba de nuevo con el comisario, delante de Harry Parker, su teoría
sobre el asesinato de la vidente.
—Algo, durante la
sesión de María Gracia con una de ellas, se torció. Con ese carácter que tenía,
la debió de echar de su consulta con cajas destempladas… Pienso que previamente
habría algún rifirrafe entre ellas y, al ir por el pasillo, la empujó con
rabia. La mala suerte hizo que se diera en la cabeza con la pared y cayera mal
al suelo.
—No está mal pensado.
Al ver que caía mal, se golpeaba la cabeza y comenzaba a sangrar, se asustó.
Cogió un bastón o algo contundente y la golpeó hasta matarla. Tuvo miedo de que
la denunciara de haber quedado con vida —añadió el comisario.
—Pero ¿por qué se
vistió de hombre? ¿Para disimular? En ese estado de nervios, ¿iba a tener la
serenidad de vestirse de hombre y robar todas las joyas que desaparecieron del
joyero? —comentó Parker, incrédulo.
—Sí, Harry. Era su
única salida. Probablemente, las joyas las llevaba en los bolsillos del abrigo
para hacernos creer que era un asesinato por dinero. El portero le dijo a
Gutiérrez que recordó que el supuesto hombre llevaba algo en la mano,
probablemente un abrigo.
—¿Piensas que las joyas
todavía las tiene consigo? —preguntó el comisario.
—Convencidísima. No le
ha dado tiempo a deshacerse de ellas.
—Pues pidamos otra
orden para registrar las dos habitaciones. Hay que ponerlas de nuevo patas
arriba. Debemos ir los miembros de la brigada más experimentados. Si es
posible, esta misma tarde. Voy a hacer una gestión con el comisario jefe.
Necesitamos que el juez no nos haga esperar.
Salió de allí el
comisario y se quedaron Harry y Margot hablando del lugar donde podrían estar
las joyas.
—Sin joyas, no es
posible señalar como asesina a ninguna de las dos, o sin el arma del crimen
—reflexionaba Parker.
—Lo sé, Harry. Las
joyas son nuestra auténtica tabla de salvación. Pienso que, del objeto
contundente sí que se deshizo.
Regresó el comisario
con una sonrisa de oreja a oreja. Era evidente que había conseguido la orden.
—¡La tenemos!
Se dirigieron a la casa
en dos coches, que aparcaron en los alrededores de la calle Zurbano. Margot y
Parker fueron con el comisario. Los inspectores Morales y Gutiérrez subieron a
otro vehículo. Al llegar, comprobaron que los periodistas se habían marchado de
la puerta de los Mora y Aragón. En cuanto los cinco estuvieron preparados, el
comisario tocó el timbre. Enseguida abrieron la puerta.
—¡Otra vez ustedes!
—exclamó Milagros con un ostensible enfado—. No son horas para venir a esta casa.
—Solo queremos volver a
mirar las habitaciones de Manuela y Lucía.
—¿No tienen bastante
con el numerito de hacerlas vestir con el traje de don Gonzalo? ¡Menudo
disgusto tienen las dos!
—Seremos breves —afirmó
el comisario.
—Está bien. No quiero
que hagan ustedes ni un ruido. Está don Jaime en su habitación. Cenará en media
hora. Para entonces, los quiero a todos fuera de esta casa.
—Así será —le dijo don
Eugenio, mostrándole la orden del juez.
Caminaron hacia la
cocina y allí se encontraron con Manuela y con Lucía cosiendo. Les pidieron que
dejaran las labores y abrieran sus habitaciones.
—¡Esto ya me parece
cruel! —comentó Manuela mientras los acompañaba a su cuarto.
Se fueron con ella los
dos inspectores. Comenzaron a sacar todo de los armarios y a tirarlo por el
suelo. Abrieron cajones y los vaciaron igualmente, sin encontrar nada
sospechoso. Hicieron lo mismo con su bolso, que sacudieron una y otra vez. El
monedero, al chocar contra el suelo, se abrió y las monedas y la llave que
llevaba en el interior se esparcieron por toda la habitación.
Margot y Harry se
fueron con Lucía a su cuarto mientras el comisario se sentaba a esperar en una
de las sillas de la cocina. El resto del servicio lo miraba sin entender lo que
estaba pasando.
Abrió Lucía su habitación
y Margot no tardó en subirse a una silla y mirar en el altillo del armario. No
encontró nada. Harry, a su vez, sacaba las prendas del armario y las palpaba
antes de apilarlas en el suelo. Los cajones se los dejó a Margot. Miraron cada
rincón y tampoco encontraron nada.
Lucía sonreía mientras
miraba sus potos medio secos y les quitaba hojas, ya completamente marrones.
Harry la observaba y le pareció que su actitud no era normal. Apareció Milagros
y les recordó que debían irse de allí cuanto antes.
—Señores, hay que ir
pensando en abandonar este lugar. Hemos dicho media hora y llevan treinta y
cinco minutos.
Margot miró a Harry con
desesperación. Su teoría se desvanecía a cada segundo.
—Le pedimos disculpas
una vez más —manifestó Margot.
—¿Hasta cuándo van a
estar así con nosotras? —preguntaba Lucía con gesto altivo.
Los inspectores Morales
y Gutiérrez aparecieron para decirles que no habían encontrado nada. Harry se
fue hacia dónde estaba Lucía.
—La encuentro a usted
muy tranquila. Demasiado, quizá.
Manuela, sin embargo,
ya de nuevo en la cocina, no paraba de llorar.
—Sí, es cierto que
estoy tranquila —contestó la más joven del servicio—. No es un delito, ¿verdad?
Harry salió por la
puerta sin contestar. Margot tuvo un impulso antes de abandonar la habitación.
—Me va usted a
perdonar, pero no me gustan sus plantas.
—¿Cómo? —Lucía no
entendía lo que quería decir.
Margot extendió el
brazo y dio un golpe a las macetas.
—Pero ¿qué hace? ¿Está
loca? —dijo Lucía con la sonrisa congelada.
Los tiestos chocaron
contra el suelo y se rompieron en mil pedazos. La tierra de los potos se
esparció por el suelo. Todos se volvieron para ver qué había pasado y se
encontraron con objetos brillantes esparcidos por la habitación. También
apareció un rosario de oro y nácar.
—Mira, las raíces
resulta que eran joyas… —manifestó Gutiérrez—. ¡Queda usted detenida por el
asesinato de María Gracia!
Se formó un gran
revuelo en la cocina y Manuela se acercó a ver qué es lo que pasaba.
—Pero ¿qué está
ocurriendo? —Miró al suelo, con la tierra y las joyas esparcidas por todas
partes—. ¿Fuiste tú?
Lucía estaba
desencajada, pero no lloraba.
—Me trató como si fuera
una escoria. Solo la empujé cuando salíamos por el pasillo, me llamó ladrona.
¡Solo había cogido su rosario de oro! Me puse nerviosa porque no entendí cómo
lo supo. Se lo quité en un descuido. Me sentó muy mal y no medí la fuerza. Se
golpeó la cabeza con la pared y cayó al suelo. Estaba sangrando, pero intentó
incorporarse y es entonces cuando me ofusqué…
—¿Le salieron los
demonios? —comentó el inspector Gutiérrez, tal y como había definido su padre
el pronto que a veces tenía.
—No sé qué me pasó,
pero tuve miedo a que me denunciara —continuó con el relato— y la golpeé con un
paraguas que tenía allí. No sé cuántas veces lo hice. Empezó a sangrar y supe
que la había matado.
Margot, desde cierta
distancia, observaba la escena. Lucía había confesado el crimen. Necesitaba
contarlo, y Manuela, después de haber llorado, la contemplaba con una cara que
no alcanzó a entender. Le pareció que su boca dibujaba una medio sonrisa.
—¿Se vistió de hombre,
verdad? —Margot necesitaba que corroborara su teoría.
—Sí, fue un pensamiento
rápido. Antes cogí las joyas para simular un robo. Fui sorteando el reguero de
sangre. Me agaché para darle la vuelta al cuerpo y corroborar que estaba
muerta. Y sus ojos cerrados y su aspecto me indicaban que así era. Me manché de
sangre el abrigo. Me puse perdida. Pensé que, si salía vestida de hombre, nadie
me identificaría. De modo que me puse el traje de don Gonzalo y me llevé el
paraguas tapado por el abrigo que sostenía en la mano izquierda. Se me ocurrió
despedirme del portero como tantas veces había oído hacer a Manuela.
—¿Ahora dirás que no me
querías incriminar? —Parecía Manuela dolida.
—Lo siento, Manuela. De
verdad que yo…
—¡Déjalo!
Los inspectores se
llevaron a Lucía a comisaría. Parker estuvo recogiendo las joyas que estaban
debajo de los cepellones. Pero Manuela se fue precipitadamente a su cuarto. Le
dio la impresión a Margot de que no estaba tan afectada. La siguió hasta su
habitación y la vio recogiendo las monedas que estaban por el suelo y una llave
que llevaba en el monedero.
—¿La ayudo a ordenar?
—le preguntó Margot.
—No, no. Me han dejado
todo esto como una cuadra…
Margot se quedó
pensativa. Inmóvil. Solo la miraba y pensaba. Su mente iba a mil revoluciones.
Algo no le cuadraba. Tuvo un presentimiento.
—Manuela, esa llave que
guarda con las monedas, ¿qué abre?
Harry apareció por allí
para decirle que tenían que irse, pero Margot le hizo un gesto para que esperara
y guardara silencio.
—¡Contésteme, Manuela!
—Es de la casa de mis
padres, en Bolaños.
—¿Le importa dármela?
Se la devuelvo en un par de días.
—No entiendo su
fijación conmigo, la verdad. Ya tienen a la asesina.
Margot seguía con la
mano extendida y Manuela no tuvo más remedio que abrir el monedero y dársela.
—Ahora que me acuerdo,
mis padres cambiaron la cerradura. La guardo, pero no sirve para nada. Me da
suerte.
—No se preocupe. Solo
voy a comprobar que no sea una llave que abra la casa de María Gracia.
—Pero ¿cómo se le
ocurre que…?
Se puso Manuela más
nerviosa que nunca.
—Usted dijo que volvió
a las siete y que llamó, pero nadie abrió. Entonces utilizó la llave…
Seguramente ella se la dio por si alguna vez se le olvidaban dentro las suyas o
por alguna otra circunstancia. Usted la vio muerta…
Manuela se sentó en su
cama, abrumada ante todo lo que estaba contando la detective. Sintió que la
había descubierto.
—Sí, así fue —lo
reconoció—. Estaba muerta. Me asusté y me fui corriendo de allí…
Harry asistía a esta
nueva deducción de Margot con verdadera admiración. Le sorprendió porque
parecía que seguía sacando conclusiones.
—Dijo el forense que no
murió por los golpes, sino desangrada. Cuando usted entró en su casa y la vio
tendida en el suelo…, ella abrió los ojos y le pidió ayuda… Probablemente con
un hilo de voz… ¡Manuela, la dejó morir! Esa es una forma de matar.
—¿Estaba viva todavía?
—preguntó Harry en voz alta.
—Sí, estaba viva. Eso
es. Todo encaja —contestó Margot—. Sin embargo, salió toda la rabia que le
tenía desde niña. No la asistió al verla malherida, simplemente dejó que se
desangrara. Su cara de sorpresa se explica porque no daba crédito a lo que
estaba usted haciendo. Hace falta frialdad y no tener sentimientos para no
ayudar a una amiga y dejarla morir.
—A María Gracia en
realidad la mataron dos veces —comentó Harry.
Manuela se tumbó en su
cama y lloró desconsoladamente hasta que vino un agente de la policía y se la
llevó también a comisaria. Margot y Harry se disculparon ante Milagros y se
fueron de allí. En cuestión de segundos habían resuelto un crimen que, al
principio, apuntaba en otra dirección.
Milagros no entendía
nada de lo que estaba ocurriendo. Llamó a una prima suya que vivía en Madrid
para que la ayudara en la casa. Pensó que, por fortuna, toda la familia, a
excepción de Jaime, estaba en Bruselas. Enrique, el mayordomo, la acompañó
durante toda la noche. Fue imposible pegar ojo. Demasiados sustos y demasiadas
sorpresas. El ama de llaves se prometió a sí misma no pisar jamás la consulta
de un adivino.
—¡No quiero saber nada
del futuro! ¡Con vivir tengo suficiente!
50
Campanas de boda
Amaneció el día 15 de
diciembre en Bruselas con una capa de hielo sobre el asfalto. Hacía mucho frío
y los termómetros marcaban cero grados. La nieve, que había estado cayendo
durante toda la noche, afortunadamente no había cuajado. El frío no frenó a los
belgas y curiosos venidos de todas partes del mundo, que llenaron las calles
para ver de cerca el paso del cortejo con los novios. La televisión belga
conectó en directo una hora antes de la boda civil para que, por primera vez,
los espectadores de todo el mundo pudieran seguir el acto civil y el religioso
como si fueran unos invitados más de ese acontecimiento.
Primero se iba a
celebrar el matrimonio civil en el salón del trono del palacio Real de Bruselas
ante el gobierno, la familia y los invitados de más alto rango, con el
burgomaestre de la capital como oficiante de la ceremonia.
Todo el palacio Real
estaba adornado con flores blancas que colocaron los jardineros del palacio de
Laeken. A las nueve y cincuenta y seis minutos, los invitados estaban sentados
y los contrayentes a punto de aparecer. Balduino, con el uniforme de teniente
general, fue el primero en llegar a la puerta del salón del trono. Una persona
de protocolo le comunicó que la novia estaba de camino.
Balenciaga había
madrugado para comprobar que el traje le quedaba a la novia como un guante.
Felisa ayudó a vestir a Fabiola y la peluquera belga le colocó la tiara de las
nueve provincias, que había pertenecido a la reina Astrid, sujetando el velo.
Violeta le aplicó un poco de máscara de pestañas, algo de rubor en las mejillas
y un color muy tenue en los labios. Balenciaga le dio su visto bueno y le dijo:
—Recuerda que eres la
reina. El traje te va a acompañar, pero la que debe brillar eres tú.
Fabiola sonrió y se
dirigió, ayudada por sus damas de honor, al salón del trono. Balduino no podía
ocultar los nervios y, cuando la vio, se quedó sin habla. No pudo reprimir un
elogio que le salió del alma.
—¡Eres la novia más
guapa del mundo!
Entraron en el salón
cogidos del brazo. Los invitados se pusieron en pie entre murmullos. Una vez
que se sentaron, siempre la novia con la ayuda de Balduino, comenzó la
ceremonia del matrimonio civil. Fue breve, pero se oyó perfectamente que los
contrayentes decían «oui», cuando el burgomaestre les preguntó si
deseaban libremente contraer matrimonio. Ese sí en francés se escuchó en todo
el mundo gracias al seguimiento que estaba haciendo por primera vez la televisión.
A efectos civiles, ya
eran marido y mujer. Así lo corroboró el burgomaestre de la capital. Fabiola
estaba emocionada y casi no podía contener las lágrimas mientras caminaba del
brazo del rey. El traje de seda blanca con el manto y la larga cola bordeada
con visón blanco ayudó a que todos vieran por primera vez a la reina de
Bélgica.
Los novios salieron del
palacio Real en un coche acristalado en su capota. Eso permitía verlos con
nitidez a su paso por las calles de Bruselas. Los dos saludaban con una sonrisa
y movían las manos. El cortejo, formado por decenas de guardias reales montados
a caballo, flanqueaba el frontal del coche nupcial y les abría paso.
Igualmente, otros guardias reales, con tambores y trompetas, cerraban la
comitiva. Atravesaron el Monte de las Artes y el boulevard de la Emperatriz
hasta llegar a la catedral de San Miguel y Santa Gúdula. Allí se detuvo el
coche nupcial y Balduino ayudó a salir a Fabiola. Las damas de honor colocaron
la capa del traje y ayudaron a la novia a que la cola no se mojara y manchara
con la humedad del suelo.
Entraron en la catedral
del brazo, ella a la derecha de Balduino, tal y como habían ensayado, pisando
la alfombra roja mientras sonaba la Marcha nupcial de Felix Mendelssohn.
Dos cardenales y el deán de la catedral los recibieron con todos los honores.
Fabiola, hasta su llegada al altar, miraba entre los invitados intentando
encontrar a su familia y a sus amigas. Descubrió a Pilar llorando como una
magdalena. Ciertamente se emocionó al verla, aunque también le sonrió. La
novia, otra vez ayudada por Balduino, que no dejaba de atenderla en todo
momento, se situó frente al reclinatorio. En realidad, ese era el rito que
tenía más trascendencia para ellos, ya que la religión fue en realidad el nexo
que los unió.
Balduino la miraba
constantemente. Sabía que no había ingerido ningún alimento para poder comulgar
en la ceremonia religiosa y temía que se desmayara en algún momento. Por si esa
circunstancia se daba, llevaba un pequeño frasco con sales. Sin embargo, Fabiola
aguantó. El cardenal preguntó a cada contrayente si aceptaba al otro
libremente, y ellos prometieron fidelidad y amor «en la prosperidad y en la
adversidad, amándolo y respetándolo todos los días de su vida». El «sí, quiero»
de ambos sonó con claridad en la catedral y en las casas de cuantos lo veían a
través de la televisión.
—Lo que Dios ha unido
que no lo separe el hombre —sentenció el sacerdote.
Balduino miró a
Fabiola. No hacían falta las palabras. ¡Estaban casados a los ojos de Dios! La
novia se emocionó y con ella, millones de personas que la veían por televisión.
Desde el palacete de
los Mora y Aragón, Jaime seguía el transcurso de la ceremonia sin perderse un
solo detalle. El único hermano que no estaba presente en la catedral brindaba
con champán a pesar de lo temprano que era.
—¡Por mi hermana! —dijo
en voz alta bebiendo la copa de un sorbo.
Margot, junto a Harry,
veía también la ceremonia a través del nuevo aparato con imágenes que tenía
instalado en el salón de su casa. Camila y Sátur los dejaron solos y siguieron
el rito por la radio. En ese punto del «sí, quiero», Harry Parker se armó de
valor, hincó una rodilla en tierra y le pidió a la joven detective que echara
valor a su vida.
—Ha llegado el momento
del sí o del no, Margot. Me resulta imposible vivir sin ti. Visne me in
matrimonium ducere?
—Parker, ¡quiero ver la
boda! ¡No me vengas con esas! Anda, deja las preguntas en latín y siéntate a mi
lado. No vuelvas a hacer lo de ponerte de rodillas, por favor. Esas cosas no me
van.
—Entonces ¿es un no?
Harry se echó hacia
atrás en el sofá y se quedó completamente hundido. Sonó el teléfono y apareció
Sátur para que contestara ella a la llamada. Al otro lado del auricular se
encontraba Almudena Pimentel.
—¡Buenos días,
Almudena! ¿No estás siguiendo la boda de Fabiola?
—Sí, precisamente al
verla, me estaba acordando de cómo nos ayudó prestándonos su casa en Zarauz y
de cómo nació mi niña. Imposible olvidar lo que hiciste por mí, Margot. He
sentido la necesidad de llamarte. Y ahora te doy la noticia: he aceptado el
trabajo que me ha propuesto Vicente Cerezo en la agencia de detectives.
—¿De verdad? ¡Qué buena
noticia! No sabes cómo me alegro. Nos veremos a menudo.
—Me he decidido al
final porque podré vivir de lo que gane sin la ayuda de mis padres y, lo más
importante, sacaré adelante a mi hija. Seré para siempre su madre, no habrá
nadie que me suplante. Me da igual lo que diga de mí la sociedad. También, al
lado de Vicente, me siento más protegida por si los hermanos Torres regresan a
Madrid. Soy otra mujer, que nada tiene que ver con la que se fue enamorada a
París y regresó con tantos miedos. Me siento fuerte y con ilusión por afrontar
el futuro.
—¡Eres mi heroína!
¡Bravo! ¡Buena decisión!
Margot colgó el
teléfono y, sin apartar la vista de la televisión, le contó a Harry la novedad.
—¿Sabes? Al final,
Almudena va a trabajar con Vicente Cerezo. ¡Las vueltas que da la vida!
—Me alegro por ella.
No dijo más. Harry
pensó que era un buen momento para irse. Se sentía incómodo y ridículo. Una vez
más, Margot lo había rechazado. No tenía sentido seguir allí.
—Me voy a tener que ir
a hacer unos recados… —En realidad, quería ahogar su frustración en otro lugar.
—¡Espera, Harry! ¡No te
vayas! —le pidió Margot con la mirada puesta en la televisión.
Se fue a su habitación
y sacó de su mesilla de noche la alianza de su padre, la que llevó Harry en
París. Pensó que, si Almudena había sido valiente para tomar la decisión más
importante de su vida, ella podría también atreverse a dejar sus miedos de
lado. Había llegado el momento, se dijo. Regresó al salón y Harry ya estaba de
pie y con el abrigo puesto. Se puso frente a él y lo miró a los ojos.
—Ya que te quieres
comprometer, está bien. ¡Hagámoslo!, pero a mi manera. Aquí tienes el anillo de
mi padre. Quiero que lo lleves tú.
Le cogió la mano
derecha y le puso el anillo en el dedo corazón. Harry no salía de su asombro.
De fondo, sonaba un coro de niños angelicales que cantaban en la ceremonia de
Bruselas.
—Pero entonces ¿es un
sí? Margot, me vas a volver loco.
—Ita vero!
—«Ciertamente, sí», le contestó en latín—. No me gustan las cursilerías.
Resulta evidente que no podemos estar el uno sin el otro.
Margot se acercó a él y
lo besó.
—¡Formamos un buen
equipo! ¿No crees? —añadió Margot.
Harry se quedó sin
habla pero sonriendo. Se quitó el abrigo y volvió a sentarse en el sofá.
Seguramente, pensó, era el único en el mundo que podía entenderla.
La televisión seguía
emitiendo las imágenes de la boda de Fabiola y Balduino. Margot seguía mirando
la pantalla. Harry se tocaba incrédulo el anillo que le había regalado.
—Qué extraño
sentimiento estar enamorado, ¿no crees? —le preguntó Parker—. Espero que no te
arrepientas de ser una Parker.
—El amor no reclama
posesiones, sino que da libertad…, ya lo dijo Rabindranath Tagore. Yo lo
entiendo así.
Ahora fue Harry quién
la besó a ella.
A miles de kilómetros,
en la catedral de San Miguel y Santa Gúdula, seguía sonando el coro de voces
angelicales mientras el cardenal les daba la bendición del papa Juan XXIII. ¡Ya
eran marido y mujer!
Los hermanos de los
novios actuaban como testigos: los príncipes Alberto y Alejandro por parte de
Balduino, y Gonzalo y Alejandro de Mora y Aragón por parte de Fabiola. Firmaron
encima del altar y se retiraron. A Fabiola y a Balduino se les veía felices y sonrientes.
La ya reina, del brazo
de Balduino, atravesó la alfombra roja con aire regio, remarcado por el
vestido. Los novios volvieron a subirse al automóvil nupcial. Recorrieron de
nuevo las calles de Bruselas en dirección al palacio Real. Miles de personas
volvieron a aplaudirlos a su paso. Los novios no dejaban de saludar y de
intercambiarse frases llenas de sentimiento en el coche.
—Sin duda, es el día
más feliz de mi vida, Fabiola. No sabes el amor que siento por ti. Es difícil
de describir.
—Lo sé, el mismo que yo
siento por ti también.
Se cogieron de la mano
y siguieron saludando al público con la mano que les quedaba libre. Llegaron al
palacio Real y el gentío gritaba tanto su nombre que tuvieron que salir al
balcón. Fabiola abrió los brazos como queriéndolos abrazar a todos. Balduino le
cogió la mano de nuevo. Otra mirada llena de complicidad entre ambos y la novia
reclinó su cabeza en el hombro de Balduino. La muchedumbre no paraba de gritar:
«¡Vivan los novios! ¡Viva Fabiola!».
Las campanas de la catedral
de Bruselas repicaban sin parar. Era un día de alegría, un día para no olvidar,
un día para la historia. Los copos de nieve volvieron a hacer acto de
presencia. Nada parecía real, sino salido de un sueño. Fabiola había dejado de
ser anónima. En el mundo, su rostro se había hecho popular. Fabiola era ya un
poco la reina de todos.
Epílogo
Fabiola de Bélgica fue reina consorte durante
treinta y dos años. Desde su matrimonio con Balduino hasta el fallecimiento del
rey, en 1993. Conservó el título de reina hasta su muerte, a los 86 años,
ocurrida en el año 2014 en su residencia de Stuyvenberg, en Bruselas. La que
denominaban casa de las viudas.
Llevó a España y a Bélgica en su corazón hasta el
último día de su vida. Los reyes Balduino y Fabiola no tuvieron descendencia, y
esa fue su gran pena. La reina llegó a confesar que tuvo varios embarazos que
no llegaron a término. «Perdí cinco niños —manifestó—, pero he aprendido a
vivir con ello… Tuve problemas en cada embarazo, pero al final seguí pensando
que la vida era hermosa». Muchas veces se preguntó por qué no pudo ser madre.
Quiso encontrar, incluso, algún sentido a ese sufrimiento. «Poco a poco
—reflexionó— fuimos comprendiendo que nuestro corazón así, sin hijos, estaba
más libre para amar a todos los niños, absolutamente a todos».
Fabiola se entregó por completo a las obras
benéficas, como había hecho antes de casarse. Encontró sentido a su vida
ayudando a los demás. Sobre todo a ancianos y a niños.
Su historia de amor con el rey continuó más allá
de la muerte. En el entierro de Balduino, sobre su féretro, había un ramo de
rosas blancas con una cinta en la que se podía leer: «A mi corazón. Fabiola».
Realmente fue su corazón y su vida, según narran sus sobrinas nietas, Ana María
Chico de Guzmán y Ana Silva, condesa de Sinarcas. Ella lo llamaba cariñosamente
Bodo y, según nos dicen, «siempre estaban cogidos de la mano. Se reían
muchísimo y tenían mucho sentido del humor. Transmitían paz y escuchaban a
todos dedicando a cada uno su espacio y su tiempo».
Pasaban el verano, la Semana Santa y la Navidad en
familia. Les gustaba mucho la música, visitar museos y el cine. «Solían entrar
en un cine público cuando las luces ya se habían apagado para no ser
reconocidos». De entre todas las películas, hubo una que a Fabiola le gustaba
mucho y la veía con frecuencia: Amazing Grace («Gracia divina»),
dirigida por Ioan Gruffudd. También solía tocar al piano la antigua canción del
mismo título, que se convirtió en un himno de redención y esperanza.
Por sus residencias y palacios pasaron desde
emperadores hasta presidentes de gobierno y familias reales de otros países.
También personas que fueron referentes religiosos, como Teresa de Calcuta.
Balduino era una persona de gran bondad. En
septiembre de 2024, el papa Francisco fue quien impulsó su proceso de
beatificación. Tuvo mucha relevancia para la Iglesia el hecho de que abdicara
temporalmente para no firmar la ley del aborto aprobada en su país. Igualmente,
el papa destacó su profunda espiritualidad y lo consideraba un ejemplo de vida.
El rey Balduino murió de forma repentina mientras
rezaba, a orillas del mar Mediterráneo, en la azotea de su residencia Villa
Astrida, en Motril, Granada. Todos los veranos los pasaban allí junto a los
hermanos de Fabiola, sus sobrinos y sobrinos nietos. En total se juntaban más
de cien personas, que ocupaban todas las habitaciones de la villa. Se trataba
de una finca de veintiséis mil metros cuadrados en la que se establecían turnos
para las comidas, los baños en la piscina y las cenas.
El funeral, celebrado en Bruselas, reunió a toda
la realeza europea, incluidos la reina Isabel de Inglaterra y los reyes de
España, Juan Carlos y Sofía, entre otros. También asistieron el emperador del
Japón, Akihito, y el expresidente estadounidense, Gerald Ford.
La reina Fabiola se dedicó por completo a los
belgas, a sus sobrinos y a sus obras de caridad. El trono de Bélgica, al no
tener descendientes, pasó al hermano menor de Balduino, Alberto, que reinó
hasta que abdicó en 2013. Posteriormente ascendió al trono el hijo de Alberto
II, Felipe, el sobrino favorito de su tío Balduino.
La reina Fabiola, veintiún años después de la
muerte de su marido, el 5 de diciembre del 2014, falleció en el castillo de
Stuyvenberg. Sus restos fueron trasladados al panteón real de la iglesia de
Nuestra Señora de Laeken, al lado del amor de su vida, Balduino. La muerte
nunca fue para ella el final. De hecho, en el funeral de su marido, fue la
única que vistió de blanco. Su sueño era reencontrarse con él.
Nota de la
autora
En esta novela convive la realidad con la ficción.
El inicio de la década de los años sesenta y todos los acontecimientos que
tuvieron trascendencia, a nivel nacional e internacional, forman parte del
paisaje de La prometida.
Los únicos personajes que responden a la realidad
son los que tienen relevancia histórica. Todo lo que sucede en torno a Fabiola
y Balduino es real, aunque parezca ficción en algunos momentos. La única
licencia que me he permitido con respecto a los Mora y Aragón es introducir en
su casa a dos personajes que no existieron dentro del servicio, Manuela y
Lucía. El resto de los personajes que se mueven en el palacio del número 5 de
la calle Zurbano existieron y formaron parte del entorno cercano de la familia
de la que se llegó a convertir en reina de Bélgica.
La prometida es una segunda novela relacionada con la detective Margot Sanz Peters. La
trama y los personajes que la rodean son ficticios. He creado dos mundos
paralelos, uno real y otro de ficción, que en varios momentos de la narración
se dan la mano. Se trata de un relato policiaco en un entorno que existió. Una
joven aristócrata sorprendió al mundo al convertirse en la reina de Bélgica.
Aquí se cuenta cómo la propia Fabiola se vio envuelta en un plan trazado en las
altas esferas de la Iglesia para que el rey Balduino contrajera matrimonio. Lo
bonito de esta historia es que, al margen del plan, Fabiola y Balduino se
enamoraron y el amor siempre estuvo presente en su vida. Hoy sus restos
descansan juntos en la cripta real de la iglesia de Nuestra Señora de Laeken.
Hay quien dice que el amor verdadero trasciende más allá de la muerte.
Agradecimientos
A la familia de Fabiola de Mora y Aragón. En
concreto, a Ana María Chico de Guzmán Escrivá de Romaní, empresaria y creadora
de la firma Mimoki, y a Ana Silva Escrivá de Romaní, condesa de Sinarcas, por
hablarme de la vida de los reyes de Bélgica que solo ellas conocen y no viene
en los libros.
A Begoña Fernández, por hablarme de Jesús Hermida
en un episodio increíble de su biografía. También por ayudarme a sacar
información de Fabiola en los recónditos rincones de la hemeroteca.
A Jaime Peñafiel, por agudizar su memoria para
hablarme de un episodio que estuvo a punto de romper las relaciones
diplomáticas entre Bélgica y España. Cuando habla de su biografía, siempre
cuenta este episodio.
A Mariano Palomeque, el mejor asesor, junto con su
hijo Raúl, que una puede tener cerca, por hablarme de Confecciones Zorrilla y
de sus clientas, así como de la historia de ese Madrid de hace casi un siglo.
A Rappel, por contarme la historia de su familia
ligada a la moda y de la sociedad de los años sesenta. Igualmente, por hablarme
de su videncia y de su forma de trabajar para averiguar el futuro de las
personas.
A Antonio Almansa Gómez, vidente de Bolaños de
Calatrava, que me ha contado cómo la videncia la poseen algunas personas sin
necesidad de apoyarse en ninguna mancia. Su mundo conocedor de remedios
naturales me resultó también muy interesante.
A Fermín Urbiola, por contarme, cuando publicó su
libro dedicado a Fabiola, esta historia de una reina que siempre me ha parecido
fascinante.
A mi amiga Gema Porrero y a Antonia González de
Toro, por enamorarme de Bolaños de Calatrava y hablarme con devoción del pueblo
y de su patrona, la Virgen del Monte.
A Alfonso Vicente, abogado y profesor de Derecho
Internacional Público de la Universidad Rey Juan Carlos, y a Blanca Moreno
Herrero, por ayudarme en cuestiones jurídicas.
A Javier Sádaba, filósofo, que me ha inspirado
para impregnar la novela de reflexiones filosóficas.
A Pilar García Moutón, filóloga y profesora de
investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, por
certificar con su conocimiento que una frase pronunciada por el sospechoso de
esta historia, en un contexto determinado, pudo ayudar a la policía a descubrir
al asesino. La lingüística forense hoy es una herramienta imprescindible para
los investigadores.
A Emilio del Río, latinista, por hacer del latín
una asignatura apreciada y necesaria en nuestra vida moderna. Mis protagonistas
hablan latín al final del libro gracias a la ayuda de Emilio.
A Pepa Fernández, por hacer de puente y ayudarme a
encontrar a las personas adecuadas para la información que subyace en toda
novela.
A mi equipo de Madrid directo, en Onda
Madrid, por su ayuda incondicional.
A Juan Díaz y Carmen Romero, por creer en mí para
seguir narrando historias increíbles a los lectores de Ediciones B.
A Ana María Caballero, por entusiasmarse con la
escritura de este libro. Sus consejos siempre me parecen sabios.
A Celia Santos, para que la vida nos siga uniendo
en este y en otros libros.
A mi marido, Guillermo; a mis hijas, Blanca y Ana,
y a los más peques de la casa, por animarme a seguir construyendo historias en
forma de libro. Muestran una infinita paciencia cuando mi vocación se convierte
en una obsesión y en una necesidad.
A los lectores, que son tan importantes para mí,
por saber esperar con tanto entusiasmo un nuevo libro de Margot Sanz Peters. Y
a los libreros, por recomendarlo en sus librerías repletas de ofertas
interesantes.
A todos, gracias de corazón. ¡Hasta el próximo!
Una boda real que marcará el futuro.
Un misterio que vuelve desde el pasado.

1959. El rey Balduino
de Bélgica conoce a Fabiola de Mora y Aragón, la aristócrata española que
pronto se convertirá en su esposa. Mientras tanto, la periodista y detective
Margot Sanz Peters recibe una llamada de la comisaría para retomar el caso más
complicado de su carrera: la enigmática desaparición de la hija de unos
marqueses.
Nieves Herrero nos lleva tras las pistas de esta investigación
por los círculos más selectos y glamurosos de Madrid y París, desde el atelier
de Balenciaga hasta el salón de la vidente que conoce todas las confidencias de
la alta sociedad. Así, Margot irá desvelando el entramado de secretos que
envuelve no solo la desaparición de la chica sino también el gran enlace real.
Tras el éxito de Lo que escondían sus ojos,
El joyero de la reina y Luna roja, Nieves Herrero construye una
novela repleta de misterios con la boda de Fabiola y Balduino de Bélgica como telón
de fondo, al tiempo que nos descubre que el amor puede ser un arma de doble
filo.
Nieves Herrero nació en Madrid. Licenciada en Periodismo por la
Universidad Complutense y en Derecho por la Universidad Europea, también
estudió un año de Criminología en la Universidad Camilo José Cela. Lleva
décadas ejerciendo como periodista en prensa, radio y televisión, y su
trayectoria en los medios ha sido reconocida con los galardones más relevantes
de la profesión. Es autora de los best sellers Lo que escondían sus ojos,
cuya adaptación a la pantalla batió récords de audiencia y obtuvo un premio
Ondas; Como si no hubiera un mañana, premio de la crítica de Madrid;
Carmen, que se mantuvo durante sesenta semanas en la lista de los libros
históricos más vendidos; Esos días azules, alabada unánimemente tanto
por la crítica como por el público, además de El joyero de la reina, un
rotundo éxito editorial, y sus obras más recientes, La Baronesa y Luna roja.
Ahora, con La prometida, Nieves Herrero
continúa una carrera literaria aplaudida por decenas de miles de lectores.
