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domingo, 1 de noviembre de 2026

LA PROMETIDA, por Neves Herrero (2026)

 


LA PROMETIDA (2026)

Nieves Herrero

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CONTENIDO

 

Dedicatoria – Introducción – Capítulos 1> 50 – Epílogo – Nota de la autora – Agradecimientos – Sobre este Libro – Sobre el Autor

 

A mi familia de sangre y a mi familia elegida, por estar siempre cerca dándome ese calor y ese impulso que todos necesitamos para emprender nuevos retos

 

Las verdaderas historias de amor no tienen final. - RICHARD BACH

El amor sin misterio no existe. - JAVIER SÁDABA

A cualquiera le puede pasar que tenga como amigo a un asesino. - AGATHA CHRISTIE

Omnia vincit amor et nos cedamus amori.- (El amor todo lo vence, así que cedamos nosotros al amor). - VIRGILIO

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Introducción

La cruz de Caravaca

María Gracia Céspedes tenía un don. En la familia lo supieron pronto, cuando ella tan solo era una niña. Se lo detectó su abuela al comprobar que poseía la cruz de Caravaca en el velo del paladar. De modo que desde muy pequeña aceptó su madre que había traído al mundo una niña que tendría el poder de adivinar el futuro. No le chocó tampoco, porque la abuela Gracia convivía desde siempre con las voces que le susurraban al oído si alguien iba a tener un golpe de suerte o algo peor, si padecería alguna enfermedad. Se habían llegado a familiarizar con las presencias de entes fantasmales que nadie, excepto la abuela, podía ver. Se trataba de hombres, mujeres e incluso niños que, según decía ella, la esperaban al pie de la cama o los veía pacientemente sentados en una silla; a veces, incluso le acompañaban en sus paseos. En la familia este don se llevaba en secreto. No todo el mundo lo entendía y alguna vez tuvieron que soportar algunos cuchicheos y comentarios desagradables en el pueblo sobre su salud mental. Sobre todo porque, cuando se cruzaban con ella por la calle, la veían hablando sola, haciendo aspavientos como si fuera charlando con alguien que nadie veía a su lado.

La familia de María Gracia, por lo tanto, se había movido siempre entre la videncia y el secretismo. A ella le ocurría como a su abuela, no necesitaba ni el apoyo de los naipes ni la bola de cristal para ver el futuro. Sin embargo, a la gente que acudía a su casa le tranquilizaba que demostrara cierta destreza con alguna mancia o ritual que le permitiera predecir el futuro. Por este motivo, utilizaba la baraja española para explicar a sus clientes su destino, pero ella, en realidad, nada más mirarlos a los ojos sabía lo que le iba a ocurrir. Era como si lo llevaran escrito en la cara. Sabía si padecían una enfermedad, un mal de amores o un problema económico. Parecía que alguien le susurraba al oído lo que les iba a ocurrir. Igualito que le sucedía a la abuela.

Esa tarde, María Gracia echaba las cartas una y otra vez a Manuela, su vecina bolañega. No tenía la alta alcurnia de quienes visitaban su piso en busca de respuestas, pero gozaba de su amistad. Ambas estaban sentadas a la mesa camilla de aquella habitación en la que no faltaba de nada. Varias radios, cuadros en las paredes, un tresillo de terciopelo y un centro de mesa con frutas a rebosar. Aquella casa, donde recibía a sus clientes, se encontraba ubicada en la calle Hermosilla, a poca distancia de donde residían las familias más pudientes de Madrid.

Algo inquietaba a la vidente. Aquellos naipes se repetían, y según los levantaba del mazo, movía la cabeza y se decía a sí misma: «No puede ser. Esto es muy raro».

El interior de la habitación donde realizaba estas sesiones siempre estaba en penumbra. La ausencia de luz le permitía concentrarse y no tardaba mucho en dejar patente, a todo el que la visitaba, sus dotes psíquicas. El olor a incienso se colaba por todas las estancias de la vivienda, incluso en la cocina. Se sentía más la mezcla de resinas vegetales que los aromas que salían de los pucheros. Más aún, al cruzar el umbral del portal, ya uno notaba el olor a iglesia y se preparaba mentalmente para la experiencia que iba a vivir al conocer de cerca su futuro. La mezcla dulzona de incienso y pachulí, esa amalgama de madera con matices de tabaco y cacao, casi embriagaba al visitante antes de tocar el timbre de la puerta.

Esa tarde, mientras le echaba las cartas a Manuela, no le parecía creíble lo que le indicaban los oros y las copas, que se repetían de forma machacona e insistente. Ambos palos de la baraja salían una y otra vez. Oros y copas. El as de oros y la sota de oros irrumpían en cada corte.

Manuela llevaba yendo a visitarla cinco años, los mismos que hacía que residía en Madrid. Siempre interesada por su futuro y por la suerte, que parecía que nunca estaba de su lado. Ahora se iba a producir un cambio. Así lo revelaban los naipes.

—Tu suerte va a cambiar. Te codeas con alguien que va a poner la vida de esa casa patas arriba. Va a dar mucho que hablar, mucho…

—¿Va a cambiar mi suerte por alguien de la casa en la que estoy trabajando? —repreguntaba la joven de veintiocho años—. ¿Ves algo o a alguien que cambie mi vida?

María Gracia volvía a barajar el naipe español, pero su cara reflejaba confusión. Las cartas se repetían una y otra vez.

—Veo una corona clarísimamente. También puede ser un símbolo de poder. Alguien con quien estás puede convertirse en una persona muy relevante.

—Bueno, sabes que trabajo para doña Blanca de Aragón y Carrillo de Albornoz, viuda de don Gonzalo de Mora y Fernández Riera del Olmo, conde de Mora y marqués de Casa Riera. —Manuela pronunció sus nombres poniendo mucho énfasis a la cuna y procedencia de los apellidos ilustres para los que servía desde hacía un lustro—. Pero no veo a ninguno de sus hijos con tanto poder como dices: ni a Neva, María de las Nieves, que lleva casada casi dos décadas; ni a Gonzalo, que también se casó hace mucho tiempo; ni a Annie, Ana María, que también está fuera del palacio en el que residimos al contraer matrimonio y tener ocho hijos. Tampoco veo a Alejandro, que igualmente contrajo nupcias justo antes de llegar yo a la casa; ni al bala perdida de Jaime, que se casó el año pasado, pero que regresó divorciado del extranjero al poco tiempo. Menos aún a Fabiola, que pasa mucho tiempo haciendo obras de caridad y recibiendo a personas que le piden favores en un piso que tiene en la calle Bárbara de Braganza y que comparte con su buena amiga Pilar Sástago. Son dos almas buenas. Tampoco reside allí la pequeña de la casa, María Luz, después de casarse hace dos años. Y no me codeo con nadie más. Bueno, también con mi familia, que sigue en el pueblo. Tampoco veo poder o corona por ahí, como no sea una corona de espinas, que es la que llevan mis padres sobre la cabeza.

—Las cartas dicen que la vida de esa casa en la que trabajas va a cambiar por completo. Va a pasar algo que va a hacer correr ríos de tinta.

—¡Ríos de tinta! Antes de que naciera Jaime, y sin saber si sería niño o niña, su abuelo materno ya predijo que haría mucho ruido. ¿Será él? Es el único que vive en la casa. Ruido ya está haciendo, desde luego. Lo de la corona no lo acabo de ver. Fabiola tiene allí su cuarto, aunque vive en su propio piso, pero cualquier día nos dice que se mete a monja, eso lo tenemos claro.

—Veo el robo de unos papeles importantes… —continuó María Gracia—. Esto va a ser un escándalo.

—La casa llena de meaos de perros y gatos, eso sí que es un escándalo. Viven como reyes desde que murió el señor. A lo mejor es a ellos a los que te refieres cuando hablas de corona —bromeó Manuela.

—Mira, vamos a dejarlo por hoy porque también es posible que las cartas no me quieran responder y estén jugando conmigo. A veces lo hacen y hay que saber frenar y no seguir atosigándolas a preguntas.

—¿Y han tenido que jugar precisamente hoy?

—Está claro que las cartas están revoltosas, y la información que me llega tampoco ayuda.

María Gracia había salido hacía más de diez años de Bolaños de Calatrava, la misma localidad manchega de Manuela, ubicada en la comarca del Campo de Calatrava. En ese tiempo, su fama se había extendido por la alta sociedad. Y en la familia, sabedores de sus cualidades, se sentían muy orgullosos. Sus antepasados siempre tuvieron mucha relación con el santuario de la milagrosa Virgen del Monte, situado en un bellísimo paraje cercano a la villa. También se los relacionó con la misma Orden de Calatrava, allí ubicada durante siglos. Recién llegada a Madrid, se instaló en el barrio modesto de la Elipa, que ocho años antes había pertenecido al término municipal de Vicálvaro. Sin embargo, su fama pronto se extendió como la pólvora y comenzó a recibir todo tipo de clientes que le ofrecían regalos por sus certeras predicciones. Pasaron de regalarle gallinas y huevos a anillos valiosos y colgantes de oro que sus adineradas clientas le proporcionaban. Pronto se mudó a aquella nueva casa de alquiler, más cercana al centro de la capital. Nunca pedía dinero, sino la voluntad, que podía ser monetaria o con presentes de todo tipo. María Gracia exhibía un anillo de amatista con brillantes tan grande como el de un obispo. En el pueblo era todo un ejemplo de cómo, en la capital, se podía alcanzar el éxito. Un éxito avalado por su colaboración altruista con la policía y su ayuda en la resolución de algunos casos. El más sonado tuvo lugar dos años antes, tras el cuádruple asesinato de dos mujeres, una de ellas embarazada, y dos hombres. Los tres primeros, los del matrimonio y la criada, ocurrieron en un piso del número 57 de la calle Lope de Rueda. Posteriormente, el cuarto tuvo lugar en la tienda de empeño situada en el número 19 de la calle Alcalde Sainz de Baranda. María Gracia predijo que detrás de las muertes había una deuda de amor. Gracias a su información, la policía supo hacia dónde dirigir la investigación, ya que también había visto claramente que el autor se movía entre familias adineradas. Enseguida comprobaron que se trataba de un joven con un largo expediente delictivo, que inició en Puerto Rico y posteriormente en Estados Unidos. Su madre le financió el modo de vida al regresar a Madrid, pero el dinero salía según llegaba a su bolsillo. Acabó convirtiéndose en el rey de la noche. Era habitual de las salas de fiestas: Zambra, Pasapoga, El Molino Rojo. Entró de lleno en el mundo de la prostitución y las drogas. Utilizaba diferentes nombres. En una ocasión conoció a una inglesa que estaba casada y con dos hijos y decidió empeñar una de sus valiosas sortijas, regalo de su marido. Así es como entró en contacto con sus víctimas, los dueños de la tienda de empeño. La amante necesitaba recuperar el anillo y le pidió al desalmado que lo desempeñara, pero le exigieron mucho más dinero del que le prestaron. Con la frialdad que lo caracterizaba, decidió matarlos. Primero, tras averiguar dónde vivía uno de ellos, asesinó a su mujer y a la criada. Finalmente, esperó a que llegara de trabajar uno de los prestamistas para acabar con su vida. A la cuarta víctima, el otro dueño, la esperó en la casa de empeño y la recibió con dos tiros en la nuca. El malhechor aprovechó para robar todo lo que pudo antes de salir huyendo, aunque no encontró el anillo.

María Gracia insinuó a la policía que veía al autor con un traje manchado de sangre. Y les dijo más: «Esto puede ser una pista importante». Y lo fue. Desde la Brigada Criminal comenzaron a investigar en todas las tintorerías del centro de Madrid y encontraron en la tintorería Julcán un traje que habían llevado días antes empapado en sangre. La policía no tuvo más que esperar a ver quién iba a recogerlo y detenerlo. Se trataba de José María Jarabo Pérez Morris. Pasaron sus fechorías a la historia criminal como «los crímenes de Jarabo». Hacía un par de meses que se había ejecutado la condena a muerte por garrote vil, el 4 de julio de ese mismo año 1959. La prensa no cesó de hablar del caso. Se trataba de un asesino que ni sentía ni padecía por los demás. Fue uno de los éxitos más sonados de la policía.

Sin embargo, con la desaparición de Almudena Pimentel en el verano del 54, María Gracia no tuvo el mismo éxito, ya que, cinco años después, la joven seguía desaparecida.

 

1

El reloj se paró cinco años atrás

Margot Sanz Peters se pasaba horas sentada en su escritorio, con su inseparable máquina de escribir Princess 200. Seguía compaginando sus artículos de moda en la revista Siluetas y sus reportajes para el diario El Caso con su verdadera vocación por la investigación criminal. El comisario don Eugenio Benito Poveda siempre le decía que tenía un sexto sentido y confiaba en ella asuntos delicados. Sin embargo, la desaparición de la hija de los marqueses de Montero se le había atravesado. El reloj para ella se había parado cinco años atrás. Repasaba cada día el expediente de la joven Almudena Pimentel mientras fumaba en la pipa que había pertenecido a su padre. Formaba volutas de humo que le ayudaban a pensar. «Échale otro vistazo al expediente, puede que se nos haya pasado algo», insistía de vez en cuando el comisario.

Tras la resolución del caso del Asesino de la Luna Roja, en el que intervino de forma brillante, el comisario quiso que ella personalmente se hiciera cargo de la investigación de la desaparición de la joven. Margot se obsesionó con este nuevo asunto, en el que no había pistas nuevas que condujeran a ella, hasta tal punto que accedió a consultar a la vidente que colaboraba con la policía. Sus indicaciones de que «estaba viva» no habían servido para dar con ella. Para algunos de la brigada, que no creían en videntes, estaba claro que había muerto. Solían decirle que «cinco años eran muchos para seguir con vida y no haber dejado rastro». El caso todavía estaba abierto en la Brigada Criminal de la Dirección General de Seguridad, pero apilado junto a los expedientes sin resolver y a punto de pasar al cajón de las carpetas que duermen «el sueño eterno», como decía el comisario. Al menos, este todavía permanecía en la montaña de carpetas que don Eugenio Benito Poveda guardaba con la esperanza de que algo o alguien lo activara.

Margot Sanz Peters investigó y buscó a la joven trasladándose temporalmente incluso a París. Más de uno aseguraba que la habían visto en el país vecino. Sin embargo, a los seis meses, Margot regresó a Madrid con la frustración de no haber dado con el paradero de Almudena. La pista más clara la llevó a seguir el rastro de la joven hasta el distrito 8, cerca de la Madeleine, una iglesia del siglo XIX ubicada entre la plaza de la Concordia y la Ópera Garnier. Tanto había acudido Margot a esa iglesia, donde algunos testigos aseguraron haber visto a Almudena Pimentel, que podría describir con los ojos cerrados la escena del juicio final que se encontraba en el frontón principal del templo.

Su vocación de detective se desinfló tanto como su amistad con Harry Parker. El jefe de seguridad de la embajada de España en el Reino Unido había dejado de llamarla tras meses de no responderle al teléfono. Margot tomó esa decisión después de que él le declarara su amor y le insistiera en la necesidad de que regresaran juntos a vivir a Londres. En ese momento fue cuando pensó que no estaba hecha para llevar un anillo. Ella soñaba nada más con ser una buena detective y una buena periodista. Tuvo claro que debía perseguir su sueño. De modo que optó por no volver a responder a sus llamadas. En realidad, no hubo enfado ni discusión. Simplemente desapareció de la vida de Parker cuando este se atrevió a decirle lo que sentía por ella. Así de simple y así de enrevesado.

Se convenció de lo acertado de su decisión cuando no dieron con el paradero de la joven Pimentel y todos empezaron a especular con su posible asesinato. Lo único que habían conseguido las pistas falsas era retrasar la investigación y perder un tiempo esencial para la resolución del caso.

En el momento de mayor frustración, Margot le llegó a decir al comisario, con el que seguía colaborando, que su «noviazgo» se había roto. Era una forma de liberarse también de Parker en el trabajo.

Harry venía precedido de una gran reputación en temas de seguridad. Lo de decir que eran novios no fue más que una estratagema para que su amigo el comisario ayudara a Margot de manera incondicional las primeras veces que pisó la brigada. Ahora, pensó la joven periodista, ya no hacía falta seguir con la farsa. Sin embargo, reconocía en su interior que siempre había existido entre ellos una atracción muy fuerte, que el tiempo y la distancia no lograban borrar. Sabía que le debía una explicación al jefe de seguridad de la embajada española en el Reino Unido, pero esa llamada telefónica la posponía una y otra vez. En realidad, de atreverse a hacerlo no sabría qué decirle. No tenía ningún motivo para cortar su relación nada más comenzar. ¿Fue miedo o sencillamente no estaba preparada para el compromiso? Quizá las dos cosas.

Margot se había prometido a sí misma que siempre sería una mujer independiente. El beso que le dio ella a él en el baile, tras la resolución del caso de los asesinatos en serie de tantas jóvenes de la alta sociedad en el año 54, la hizo dudar sobre su futuro. Sin embargo, los viajes de Parker a Estados Unidos, y su trabajo en la embajada de Londres después, hicieron que Margot se centrara en su trabajo y se dijera a sí misma que no estaba dispuesta a renunciar a su libertad. No dejó que siguiera adelante el afecto que sentía hacia Parker. Lo bloqueó en su mente y en su corazón.

Sus tíos y tutores, Julián Martín-Briz, diplomático en la embajada española en Londres, y Frances Peters, accionista de la revista Siluetas, donde ella trabajaba, prefirieron no volver a preguntarla por él. Notaron, desde la desaparición de la joven Almudena Pimentel, que ambos se iban distanciando. Por otra parte, desconocían que su sobrina, a la que querían como una hija, había seguido colaborando con la policía. Incluso no tenían ni idea de que en estos cinco años había iniciado su formación como detective. El expolicía Vicente Cerezo, que gozaba de la amistad del comisario, se había encargado de ello a petición de don Eugenio Benito Poveda. Este siempre vio en Margot unas capacidades que no tenían los demás: la valentía y las acertadas deducciones al más puro estilo de Sherlock Holmes, su admirado personaje de novela. No había mujeres en la policía, pero ella entraba y salía de comisaría como si fuera una más de la brigada.

Se trasladaba a París con frecuencia, aprovechando que el epicentro de la moda estaba allí, para seguir con su trabajo en la revista Siluetas. Era una forma de seguir intermitentemente preguntando por Almudena Pimentel, a la que no se podía quitar de la mente. Su desaparición estaba a punto de pasar al cajón de los expedientes que se cerraban para siempre y no se volvían a abrir jamás.

Se centró de nuevo en el caso de la joven con la esperanza de encontrar algo que se les hubiera pasado por alto. Lo había revisado tantas veces que casi se lo había aprendido de memoria. ¿Por qué el comisario le pedía ahora, cinco años después, que lo reexaminara? La respuesta tardó poco en llegar.

 

2

María Bonita

En el palacete donde vivía doña Blanca, en el número 5 de la calle Zurbano, rodeada de perros y gatos abandonados, residía el quinto de sus siete hijos, el díscolo Jaime, que ensayaba en el piano de cola la melodía que estaba de moda: María Bonita, de Lucho Gatica. Su ilusión pasaba por tocar en algunos de los salones del Madrid más aristocráticos. Sobre la una de la tarde, lo primero que hacía nada más levantarse, después de una larga e intensa noche, era tomarse un té y sentarse al piano. Ensayaba aquella canción que Agustín Lara había dedicado a la artista María Félix, en la que hablaba de las noches de Acapulco, sus playas y las estrellitas. La canción había sobrevivido a su amor tras su separación. Le ponía tanto sentimiento que Manuela, la más curiosa del servicio, dejó de trabajar y se acercó donde estaba Jaime con la excusa de limpiar los excrementos de los gatos que estaban cerca del piano. Jimmy no solía cantar delante del público, solo tocaba la melodía, pero esa mañana en casa hizo una excepción. Siguió con la letra, que aludía a los amores de «María Bonita, María del alma». Cuando acabó, la joven Manuela lo aplaudió emocionada.

—Me ha dicho mi amiga medio bruja, medio sabia, que alguien en esta casa va a revolucionarlo todo. Digo yo que, al no estar más que usted y la señora, pues todo hace pensar que será usted. ¡Llegará lejos con el piano! Será el rey de los salones de fiesta.

—¿Quién te ha dicho eso? —preguntó Jaime con curiosidad, dejando de tocar.

—Mi amiga María Gracia —afirmó la muchacha—. Ayer me echó las cartas y tiene claro que en esta casa se va a producir un terremoto.

—¡Dios te oiga! Lo necesitamos. Desde que murió mi padre, por no haber, no hay ni fiestas. Recuerdo aquella en la que dejé a todas las señoras sin los abrigos de piel y me los llevé al Monte de Piedad a empeñarlos. Menuda regañina me echó mi padre. ¡Aquellos eran otros tiempos! Aquí, ahora, hasta los gatos pueden hacer su santa voluntad, que nadie los va a regañar.

—Su madre no ha superado la pérdida. Hay que darle tiempo. Está todo muy reciente. En noviembre hará dos años que don Gonzalo, su padre, se nos fue.

Apareció Milagros Resines, el ama de llaves que llevaba toda la vida junto a los Mora y Aragón, y al ver a Manuela dialogando con Jaime, la riñó.

—Menos cháchara y más limpiar. ¿Has visto cómo está todo?

—No la riñas, que me ha dicho que su amiga la vidente ha visto que en esta casa se va a producir una revolución. ¡Lo mismo soy yo el protagonista de ese cambio radical!

—Menos videntes y más trabajar… ¡Vamos!

Manuela se puso a ordenar el salón junto con Lucía, la más joven y corpulenta del servicio. Por más que ambas se esforzaban en echar a todos los animales al jardín, a las pocas horas estaban paseándose por el salón, tumbados en los sofás o dormitando sobre las alfombras. Eran gatos y perros callejeros que había ido rescatando la matriarca de la familia y no estaban acostumbrados a la convivencia con las personas. Los gatos, que eran mayoría, bufaban a todo el que se les acercaba y respondían sacando las uñas incluso a quien les daba la comida. Estaban rebozados en polvo y algunos tenían enfermedades. El mayordomo, Enrique, en cuanto lograba echarlos, le pedía a Manuela que regresara a limpiar todo aquello que habían manchado los asilvestrados animales. Era imposible quitar el olor, y eso que habían comprado agua de colonia, la 4711, que usó don Gonzalo hasta que murió, con el fin de disimular el mal olor. A doña Blanca le gustaba sentir el perfume de su marido. Creía que el servicio lo hacía por ella, pero, en realidad, lo que querían era ahogar aquel vomitivo hedor que se había instalado en el palacete.

No lejos de allí, a diez minutos en coche, en plena Gran Vía, Margot se despedía de Camila, la persona que estuvo a su lado desde niña y que jamás, tras morir sus padres, se había apartado de ella ni un solo día. Era quien la conocía más a fondo; era capaz de leer sus pensamientos e interpretar sus silencios. Podía intuir qué se cruzaba por su cerebro cuando se quedaba con la mirada perdida observando, desde el ventanal de aquel primer piso en el que vivían, cómo la gente caminaba con prisa en todas las direcciones.

Ahora, forzosamente, Camila debía ir a Inglaterra durante varios días para asistir a los actos fúnebres tras la muerte de su padre. En realidad, iba a ver a sus hermanas, ya que, desde que murió su madre, nada la ataba a Inglaterra. De hecho, se alojaría en la embajada española. Julián y Frances, los tíos de Margot, la consideraban una más de la familia.

Sátur, la encargada de la limpieza y de la intendencia de esa casa, observaba incrédula la escena de la despedida.

—Parece que se va a la guerra, pero tan solo va a cumplir con su familia, como es lógico —se expresaba con su sabiduría natural de siempre.

—¿Sabrás cuidarla? Please, muchos ojos… —Camila se defendía ya en español, aunque introducía expresiones inglesas en su discurso mientras se dirigía a la perspicaz Sátur.

—Por favor, váyase tranquila. Sabré cuidar de su «tesoro». ¡Hay que ver esta mujer! Se ha muerto su padre, no hay mejor razón para regresar a su tierra. No le quitaré ojo. ¡Tranquila!

—Por Dios, Camila, sé cuidarme sola. ¡Ve a estar con tu familia! —le sugería Margot.

—Mi familia eres tú. ¡No lo olvides! Con mi padre no tenía demasiada relación. No nos hizo ni caso a ninguna de las hijas. Deberíamos haber nacido chicos, pero el destino le jugó una mala pasada. ¡Tres mujeres!

Un taxi la esperaba en la puerta para llevarla hasta el aeropuerto. Se fue de allí envuelta en un mar de lágrimas. Su avión, un De Havilland DH.106 Comet, no aterrizaría en Londres hasta la noche, tras hacer previamente una escala en París. Se trataba de un aparato con cuatro motores turborreactores instalados en el interior de las alas. Camila pudo ver desde la ventanilla como la imagen de Madrid se perdía entre las nubes. Se preguntaba cuánto habría cambiado la vida en Inglaterra en todo este tiempo que llevaba en España. Saldría de dudas enseguida.

Camila llevaba fuera cinco años y, recientemente, la embajada española en el Reino Unido había vivido su momento más convulso con la destitución fulminante del embajador. Miguel Primo de Rivera y Sáenz de Heredia salió en periódicos y tabloides por su probada infidelidad con la mujer del héroe de la Segunda Guerra Mundial, el mayor Anthony Greville-Bell. Aunque en el juicio quedó acreditado que no había testigos, el diario de la esposa del militar, Helen Scott-Duff, fue suficiente prueba, ya que en él quedaban especificados todos sus encuentros íntimos.

Toda esta información la supieron en Madrid gracias a la tía Frances y la llamada que le hizo en su día a Margot.

—Las anotaciones en el diario confirmaron la relación adúltera que mantenían el embajador y ella. Que nos sirva de escarmiento, no debemos anotar nada de lo que hacemos en ningún cuaderno. Los diarios son un error.

—¿Pero es necesario airear esos asuntos en un juicio? ¿No lo podían haber solventado en la intimidad? —preguntó Margot.

—Desde el instante en que el mayor denuncia el adulterio de su mujer con el embajador, se convierte en un tema público —le explicó su tía Frances—. Sabíamos que, de llegar a oídos de Franco, esta destitución se iba a producir. Y finalmente así ha sido. Además, la prensa se ha cebado con él.

—¿No ha pesado su amistad con Isabel II?

—Nada. El duque no tuvo más remedio que regresar a España con su mujer.

—¡Pobre Margarita! Nadie habla del sufrimiento de la esposa. Eso nunca importa. Ni del escarnio de la joven inglesa. Los hombres, en ese sentido, no tienen el peso de la moral que sí tenemos las mujeres.

—Tienes toda la razón. Nacer mujer es sufrir de por vida —afirmó Frances.

—Me niego a eso, tía. Hay que cambiarlo. ¿Ves? Por eso yo no quiero enamorarme, y menos aún casarme. Detesto las mentiras.

Aquella conversación había tenido lugar en el momento más difícil de la embajada. Ahora, parecía que había llegado la paz con la presencia de José Fernández-Villaverde y Roca de Togores como nuevo embajador, al que todos llamaban Pepe Santa Cruz. Lo nombraban con ese apodo por el marquesado que ostentaba gracias a su mujer, Casilda de Silva y Fernández de Henestrosa.

Julián Martín-Briz, tío de Margot, tuvo la suerte de que el embajador necesitara a alguien que conociera al dedillo la vida de la embajada y hubiera demostrado una fidelidad a prueba de escándalo, como había ocurrido con Primo de Rivera. Una vez que lo puso al día de todo, le pidió que se quedara junto a él. Todos respiraron aliviados, incluido Harry Parker. El jefe de seguridad tenía una buenísima reputación. Tanto que, desde Estados Unidos, habían solicitado su presencia para participar en la organización del plan de seguridad de la visita que iba a realizar el presidente Eisenhower a España. Tendría lugar a mediados de diciembre de ese año 1959. Harry Parker regresaría a España después de cinco años de ausencia. Necesariamente tenía que visitar al comisario Eugenio Benito Poveda para hablar del plan que iba a presentar al ministro de la Gobernación, Camilo Alonso Vega, al que todos apodaban don Camulo. En cualquier caso, el ministro gozaba de la confianza de Franco, con el que despachaba todos los días.

Parker se preguntaba si vería a Margot. Tan solo se arrepentía de haberle confesado que estaba enamorado de ella. Se llegó a sentir ridículo al ver la ausencia de respuesta de la joven periodista. Ahora, despechado, se dejaba ver a menudo en compañía de miss Jane Bowles, una joven inglesa de buena familia. Esa evidencia en forma de rumor no tardó en llegar a oídos de Margot. Disimuló al enterarse, pero sintió un pellizco en el estómago que se transformó en rabia. «¿Son celos?», se preguntaba en silencio.

Margot sabía que Parker aparecería por comisaría de un momento a otro, pero no quiso preguntar a nadie. Deseaba demostrar con su indiferencia que su relación ya formaba parte del pasado. El inspector Gutiérrez fue el único que la advirtió.

—Está a punto de llegar el que fue tu novio, Harry Parker.

Margot tardó en contestar. Primero tragó saliva.

—Gracias —consiguió decir—. Sé que está en la organización de la seguridad de Eisenhower y me imaginé que pronto lo veríamos por aquí.

—¿Quedasteis como amigos? —siguió preguntando el inspector, que siempre mostró interés por la joven Margot.

—Puede decirse que sí. No hemos vuelto a hablar desde que desapareció Almudena Pimentel. La distancia…

Al principio a Margot le costó no llamarle para todo. Fue ahogando sus necesidades con la almohada hasta que llegó un día en el que el teléfono dejó de sonar y, a la vez, ella dejó también de marcar el número de Parker. Adoptó la rutina de escribir todas las mañanas un artículo de moda o una entrevista para la revista Siluetas. Después acudía a la agencia de detectives creada por Vicente Cerezo, que había dejado el cuerpo policial por el negocio de la investigación privada. Decidió recorrer ese nuevo camino cuando la comisaría se llenó de denuncias por adulterio. Margot continuó allí con su formación para poder seguir colaborando con la policía, como deseaba el comisario. Don Eugenio Benito Poveda tenía a Cerezo en alta estima por su pasión por la investigación. Gracias a sus pesquisas, habían conseguido resolver algún que otro caso que se les había torcido en comisaría.

El detective Cerezo era un hombre de mediana estatura, con una cara vulgar. No poseía ni mucho ni poco pelo. Sus ojos eran oscuros y no parecían ni grandes ni pequeños. Su nariz resultaba aguileña, pero tampoco llamaba la atención. Siempre decía que, para ser un buen detective, había que vestir y moverse sin llamar la atención ni despertar el interés de nadie.

Le pidió a Margot que vistiera siempre de traje oscuro y que no se pusiera grandes sombreros. Debía pasar desapercibida. Sin embargo, el pelo rubio y su descapotable hacían que fuera conocida en su céntrico barrio como «la chica del descapotable rojo». Por supuesto, en los seguimientos no llevaba su coche y procuraba recogerse el pelo en un moño para no llamar la atención. Aprendió a ser minuciosa, a tener paciencia y a dar rienda suelta a su curiosidad. Su cabeza siempre estaba llena de preguntas a las que intentaba dar respuesta entrevistándose con diferentes personas. Ya no solo deducía a lo Sherlock Holmes, sino que también sospechaba de todo el mundo hasta el final de sus investigaciones, a lo Hércules Poirot.

Transportaba una cámara pequeña de fotos en el bolso por si necesitaba pruebas de aquello que le encomendaban. Tampoco se separaba de la pistola que le había proporcionado Benito Poveda. Se había acostumbrado a llevarla ceñida a la pierna con una liga.

El detective Cerezo, al que pidió ayuda el comisario Poveda en su momento, tampoco consiguió averiguar nada de Almudena Pimentel. Fue una gran frustración para todos. Nada había sido tan prioritario como encontrarla.

Todo lo relacionado con la desaparición de la hija de los marqueses era una incógnita. Se fue de casa con lo puesto, sin despedirse de sus padres ni de sus hermanos, y tampoco de sus amistades. Las amitas de Almudena hablaron a la policía de su profesor de pintura, Ángel Torres, que coincidió en el tiempo en que se trasladó a vivir a París de la noche a la mañana. Un día le dijo a su mujer que se iba a la capital francesa a probar suerte y se despidió sin decirle a dónde iba, tampoco a sus alumnos. Desde entonces ya nadie volvió a saber de él. Margot no dejó de pensar que ambas ausencias estaban relacionadas.

Para la familia de Almudena, estaba viva, tal y como había asegurado la vidente María Gracia. Se convencieron de que había querido cambiar de vida y de rumbo. Si hubiera pedido permiso para irse a la ciudad del Sena, no se lo hubieran dado, y menos aún si, como muchos sospechaban, había huido con su profesor de pintura.

Margot lo había hablado una y mil veces con el detective Vicente Cerezo. París era el sitio perfecto para hacerse invisible y, a la vez, vivir intensamente el mundo de la bohemia y del arte.

—El problema con los desaparecidos —le decía Vicente Cerezo— es que, si no los encuentran en las primeras horas, es muy probable que jamás se les vuelva a ver.

—Quiero pensar que no, aunque reconozco que es como si se la hubiera tragado la tierra —le contestó Margot.

—Deberías volver a entrevistarte con sus padres. Seguro que existe algo que se nos ha pasado por alto —le sugirió Cerezo—. Además, hay una cosa que no entiendo, y es que su madre no ha soltado ni una sola lágrima.

—Puede estar en shock. Yo misma, cuando era una niña, tras la muerte de mis padres, estuve años sin derramar una lágrima.

—Habría que enterarse de si la madre ha viajado a París por algún motivo —dijo el detective Cerezo.

Margot asintió y dio a entender que lo averiguaría. Mucha gente de la alta sociedad viajaba a París para hacerse con los modelos de algún gran modisto. Almudena y su madre tenían predilección por el diseñador Cristóbal Balenciaga, que era uno de sus referentes de elegancia.

—Intentaré acercarme a la madre. Este oficio nuestro se basa en la constancia. Igual que los pescadores, echamos el anzuelo y esperamos el tiempo que haga falta —explicó Margot—. Han abierto una nueva tienda de telas en Madrid relacionada con el modisto. El tema de la moda puede ser una buena pista.

—Es bueno que la gente solo conozca tu faceta de escritora de moda. La otra, la de periodista de sucesos en el semanario El Caso y tu interés por la investigación policial, tienes que ocultársela a todo tu entorno.

—Está claro. Sé lo que es no poder hablar de lo realmente importante para mí —se lamentó Margot.

—Tienes una posición privilegiada. Muestras una cara, pero tienes otra personalidad que nadie conoce, a excepción del comisario, tus colegas de la comisaria y yo. ¡Sigue así! Lo estás haciendo muy bien.

Harry Parker también lo sabía, pero no dijo nada. En realidad, él fue quien introdujo en ella el veneno por la investigación criminal. Margot imaginaba que, en ese momento, estaría muy entretenido reuniéndose con las autoridades españolas para poner en marcha la operación de seguridad de la visita del presidente norteamericano a España. Si Franco se empeñaba en pasearse por Madrid en coche descubierto, la seguridad pasaba a convertirse en un verdadero problema para todos. Estaba convencida de que, al final, ella también tendría que participar en la operación. Iba a resultar imposible no ver a Parker cara a cara. Se trataba de algo irremediable. Se preparó mentalmente para el encuentro.

 

3

El amor, una enfermedad de la mente

A la mañana siguiente de la llegada de Camila a Londres, viajó Harry Parker con destino a España. En realidad, no se vieron porque ella llegó muy tarde a la embajada y él salió muy temprano camino del aeropuerto. Supieron de la llegada de una y de la salida del otro por la familia de Margot. Ni Frances ni Julián, los tíos de Margot, entendieron el motivo por el que su sobrina dejó de tener contacto con Harry. Fue como una llama que se apagó de repente. Y parecía que sin posibilidad alguna de retomar la relación en el punto en que la dejaron. Los tíos nunca supieron cuál fue el motivo del distanciamiento. Podían imaginar que su sobrina había tomado la decisión de no comprometerse. Los tenía advertidos de que jamás se enamoraría, y menos aún daría el paso de casarse. Frances, sin embargo, sabía que uno no podía decidir en ese tipo de cuestiones. Le había dicho muchas veces a su sobrina: «Cuando el amor llama a tu puerta, no tienes más remedio que dejarlo pasar». Margot, en cambio, insistía en que el enamoramiento era como «una enfermedad de la mente». Había leído mucho a Platón y compartía esta teoría de que «el amor era como entrar en un estado de locura que te hacía perder el control». Ocupar el tiempo con el trabajo y su preparación como detective consiguió ahogar el sentimiento que iba creciendo hacia Parker. Estaba convencida de que el amor «la debilitaba».

En estos años, Harry se había centrado en prepararse físicamente para todos los retos que tenía por delante, entre otros, la organización de la seguridad para la visita del presidente estadounidense a Madrid. Se percibían los músculos de sus brazos a pesar de las chaquetas que llevaba. Igualmente, sus pectorales habían crecido hasta el punto de tener que cambiar todas sus camisas y trajes. Toda la ropa que poseía antes de su cambio físico, la donó a los cocineros de la embajada. En estos cinco años se había convertido en un hombre fuerte a la vista de cualquiera. La decepción que sintió ante el evidente rechazo de Margot la transformó en más trabajo, viajes profesionales y ejercicio físico. Cuando se acordaba de ella, se dedicaba a subir y bajar las pesas que compró en la primera Navidad que dejó de tener noticias de ella. Le cogió tal afición al levantamiento de peso que se hizo miembro de la Federación de Halterofilia. Así es como consiguió ahogar la rabia, moviendo arriba y abajo la barra de acero con discos de pesos en los extremos.

Ahora se había quedado sin tiempo para pensar en Margot, tenía por delante la misión de poner en marcha el plan de seguridad del inminente viaje del presidente Eisenhower a España. De hecho, nada más poner pie en Madrid, dejó sus cosas en el hotel Palace y de inmediato se fue al Ministerio de la Gobernación para reunirse con el ministro Camilo Alonso Vega. No tuvo que esperar, fue recibido al instante.

—¡Tome asiento, señor Parker! —dijo el ministro—. Quiero que sepa que nos jugamos todos mucho con esta visita. Entre otras cosas, una suma de millones de dólares esenciales para nuestro país. Franco pide que extrememos la seguridad para que su recorrido en coche sea un baño de multitudes.

—Si fuera en un coche blindado, su seguridad sería mucho más fácil. En un coche descubierto resultará más complicada. A no ser que el público no esté cerca. Si mantenemos a la gente lejos, no habrá ningún problema. También apostaremos agentes en todos los edificios colindantes.

—Insisto en que el Generalísimo desea un baño de multitudes. Quiere al público cerca y que el presidente Eisenhower se sienta sorprendido ante la acogida. Por lo tanto, no hay más que hablar. Para eso le hemos contratado a usted. Pida todo lo que necesite y nosotros se lo proporcionaremos.

—Está bien. —Se quedó pensativo—. Necesito las fichas de todos los anarquistas que en este momento se encuentren en libertad. Debo estudiar a fondo cada caso, e incluso detenerlos, si es necesario, mientras el presidente norteamericano esté en España. Toda la ayuda policial será poca.

—Como le digo, usted estudie la situación y pida. Tiene a la Brigada Político-Social a su disposición. Ellos poseen las fichas de todos los comunistas y anarquistas.

—Está bien, pero me gustaría contar con la Brigada Criminal también. Los conozco de trabajos anteriores y me inspiran mucha confianza. —No se atrevió a decirle que no le gustaban las tácticas de la Brigada Político-Social, siempre relacionadas con la tortura como método de trabajo.

—Así será. Deberá reunirse inmediatamente con ellos. No puede haber improvisaciones. ¿Me entiende? Todo debe estar atado y bien atado, como dice el Caudillo. Instálese donde quiera, aquí le podemos habilitar un despacho.

—Le pediré a mi amigo, el comisario Benito Poveda, que me haga un sitio en su Brigada Criminal.

—Como quiera, pero despachará conmigo al menos dos veces por semana. No deje nada a la improvisación. Recuerde el ramo de flores que lanzó el anarquista Mateo Morral a los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg en su paseo en carroza, recién casados. No era un tramo tan largo. El recorrido iba desde la iglesia de los Jerónimos hasta el palacio Real. Pudo haberles costado la vida. Fue un fallo de la seguridad y del plan que puso en marcha el conde de Romanones, que era ministro de la Gobernación en ese momento. Escuché de todo sobre su poca previsión tras el atentado. No quiero que digan lo mismo de mí. ¿Me entiende? Aquí no puede haber fallos en la seguridad.

—Me coordinaré con los servicios de inteligencia americanos. Solos no podemos estar en esto.

—Eso será cosa suya. Haga todo lo que esté a su alcance.

Se levantó de su silla el ministro y le tendió la mano. Parker se fue del despacho con la sensación de que, si algo salía mal, toda su carrera terminaría ahí. Recorrió la calle Recoletos y el paseo de la Castellana mirando los balcones y los lugares que intuía que podían ser más peligrosos durante el recorrido del coche desde la base aérea de Torrejón de Ardoz. Primero lo hizo con luz y después regresó cuando había caído la tarde. Se percató entonces de que las calles estaban demasiado oscuras. Anotó en una pequeña libreta: «Pedir más iluminación». Guardó la pluma y el cuaderno y regresó caminando a su hotel.

Con la excusa de saber cómo iban las cosas por Madrid sin Camila, la tía Frances llamó a Margot y le contó que Parker ya había llegado a la capital. La joven sintió un pellizco en el estómago. Recordó el beso que se dieron celebrando la resolución del caso anterior, el del asesino en serie, así como sus palabras de amor hacia ella. En el fondo, se maldecía por no saber afrontar una situación como esa. Era mucho más sencillo para ella cerrar el corazón que dar rienda suelta a sus sentimientos. Siguió buscando entre los filósofos aquellas teorías que avalaban su comportamiento. Encontró en el alemán Arthur Schopenhauer su tabla de salvación: «Buscar el amor romántico es un engaño». El filósofo, un siglo antes, había llegado a la misma conclusión que ella: no entendía nada del amor. Decían que era el filósofo de la insatisfacción, pero sentía que miraba al mundo con los mismos ojos que ella: «El mundo es un asco completo», «la existencia humana es una mezcla de dolor, frustración y hastío. El hombre siente que es incompatible con el mundo». Así mismo pensaba la joven tras haber perdido a sus padres en un accidente y después de haber estado tan cerca del mal.

Margot acudió a la comisaria envuelta en esos pensamientos filosóficos. Ese día cambió sus hábitos. Se alegró de haberlo hecho. Nada más llegar, don Eugenio Benito Poveda la llamó de inmediato para ponerla al día. Por su nerviosismo intuía que se había producido alguna novedad. Vio sobre la mesa de su despacho el expediente de Almudena Pimentel. Había salido de la pila de casos que languidecían hasta pasar al cajón donde solían olvidarse o cerrarse para siempre. Su corazón se paró.

—Hemos recibido una llamada muy alterada de la madre de Almudena —dijo el comisario señalando el expediente—. Según la marquesa, su hija ha acudido al atelier del modisto ese, el vasco… Balenciaga.

—¡Está viva! —Se tapó la cara con las manos—. Durante todos estos años, algo me decía que no estaba muerta. La vidente María Gracia insistía desde el principio en que la veía con vida, y tenía razón.

—Tendrá que ir a París, pero antes hable con la madre. Ha sido ella quien ha recibido la llamada de Balenciaga esta mañana —siguió informando el comisario—. Según nos ha contado, su hija le encargó un vestido y no se ha presentado nadie a recogerlo. Está muy nerviosa, así que vaya a su casa inmediatamente.

Margot tragó saliva y no ocultó su alegría. Habían transcurrido cinco años y aquella era la primera certeza de que se encontraba con vida.

—He pensado que, aprovechando su trabajo en la revista Siluetas, podría entrevistar al modisto sin levantar la liebre —le propuso el comisario.

—Sería la tapadera perfecta —exclamó Margot, aún emocionada—. Ya lo he hecho en más ocasiones.

Salió del despacho y le pidió al inspector Gutiérrez que la acompañara. Estaban todos confusos ante lo que acababa de suceder.

—El tiempo te ha dado la razón. ¡Enhorabuena! —le dijo su compañero. Cogió sus cosas y se fue detrás de ella.

—No te precipites, señora detective. —Morales, tan desagradable como siempre—. Podría ser una equivocación del modisto.

Margot se fue sin contestarle. Estaba tan eufórica que prefería no romper su estado de ánimo.

En casa de los marqueses de Montero, los padres de Almudena los recibieron enseguida. Aquella novedad cambiaba el curso de las investigaciones. «¡Mi hija está viva!», afirmó con gran entusiasmo Silveria Ramón, la madre, nada más verlos.

Margot y Gutiérrez sacaron su libreta y le preguntaron por la conversación con el diseñador.

—Es muy importante que nos diga palabra por palabra lo que le ha dicho Balenciaga.

Con evidente ansiedad, la marquesa pidió al servicio un vaso de agua y, después de dar un sorbo, contestó.

—Ha sido la primera llamada del día —contó la mujer—. Balenciaga ha preguntado por mí y me he puesto de inmediato. Hace años que no voy por su atelier. Siempre acudía con mi hija, pero desde su desaparición…

—¿Qué le ha dicho? Son importantes las palabras exactas. Le pido que las reproduzca tal cual las ha oído —le insistió Margot, consciente de los nervios de doña Silveria.

—Pues creo que dijo algo así como: «Su hija tenía prisa por un traje que no ha recogido, que lleva aquí tres semanas sin que nadie venga a por él».

—Tres semanas sin ir a por él… ¿Qué más le contó? —preguntó Margot.

—Que, cuando fue a hacer la primera prueba, parecía nerviosa y diferente a cuando encargó el vestido. Además, le dijo que la ayudara quitándole el corsé interno.

Sabía Margot que Balenciaga realizaba todos los trajes con esa estructura en el interior. Se quedó pensativa…

—¿Iba sola esta segunda vez?

—Parece ser que la acompañaba una señora. No se la presentó. No sabemos quién es.

—¿Le dijo algo más sobre el vestido?

—No estoy segura, ya sabe, con los nervios… Creo que mencionó algo sobre un cuadro, La caída de Ícaro, de Picasso, creo.

—Es el mural de Picasso que se inauguró hace unos meses —comentó el inspector Gutiérrez, que hasta este momento había permanecido callado—. En la mitología griega simboliza la ambición desmedida y las consecuencias de ignorar los peligros. Representa la falta de prudencia y no medir las consecuencias de los actos. —Margot lo miró con sorpresa y admiración—. Me gustan las leyendas, y esta en especial.

—¿Y qué le pasó a Ícaro? —preguntó la joven detective.

—Estaba encarcelado en Creta junto a su padre, Dédalo, y para que pudiera escapar construyeron unas alas de cera y plumas. Advirtió a su hijo de que no volara cerca del sol, ya que la cera se podría derretir. Pero Ícaro no hizo caso del aviso y, cuando emprendió el vuelo, quiso ir cada vez más alto. Finalmente, el sol acabó derritiendo la cera e Ícaro cayó al mar y murió.

Margot repetía en su cabeza cada palabra que pronunciaban Silveria, la madre de Almudena, y el inspector Gutiérrez.

—¿Notó usted que faltara algo en especial de su hija cuando desapareció hace cinco años?

—Se fue con lo puesto, pero en su bolso se llevó el documento de identidad. ¿No cree que veinticinco años son pocos años para irse por ahí, lejos de su familia?

—No sabría responderle. —En su pensamiento estaba de acuerdo con que su hija hubiera tomado la determinación de irse, si es lo que quería—. ¿Notaron si faltó algo de dinero?

—En su momento ya les dije que no.

—Perdone si repetimos las preguntas, pero debe entender que, con esta nueva pista, debemos recopilar toda la información que sea necesaria. ¿Sabe si se veía con alguna persona? ¿O mantenía alguna amistad que no correspondiera a su círculo?

Silveria tardó unos segundos en contestar. Parecía que buscaba las palabras adecuadas.

—Ella tenía cualidades para el dibujo y por eso entró en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. También era socia del Ateneo de Madrid. Lo dejó todo cuando empezó a pintar: clases, amigas, familia… Desconozco si había alguna persona especial para ella en esos ámbitos. Siempre ha sido muy reservada.

Margot siguió preguntando por temas menores para que la marquesa se tranquilizara. Finalmente, pidió ver su habitación. Una persona del servicio la acompañó hasta la primera planta y pudo observar que el cuarto de la joven seguía intacto. Tal y como quedó el día de su desaparición. Pensó que algo se les había pasado por alto en la primera investigación. Abrió el armario y vio su ropa colgada, como si fuera a regresar de un momento a otro. Observó que alguno de los trajes tenía la etiqueta de Cristóbal Balenciaga. Sabía que la moda le gustaba mucho, como a su madre. Abrió cajones y repasó uno a uno sus papeles. Lo había hecho hacía cinco años, pero los miró con mayor atención. También abrió uno a uno los libros que había en las estanterías. Casi todos eran de pintura, con alguna que otra novela y una guía de París. La persona del servicio la dejó sola durante unos minutos mientras Gutiérrez se quedaba conversando con la marquesa. Margot aprovechó para sentarse en la cama y observar con detenimiento los zapatos.

—¿Con quién te fuiste? ¿Y por qué te interesa Ícaro? —llegó a decir en voz alta.

De nuevo abrió los cajones más personales, que contenían sus camisones y su ropa interior. Los tocó a fondo. Regresó a los zapatos y los sacó otra vez uno a uno. Al llegar a las botas tobilleras, las observó de cerca y tuvo la necesidad de darles la vuelta. En ese momento, cayó un papelito. Lo recogió y lo leyó: «Al menos que el amor nos salve. ¡Huyamos!»  Estaba escrito a pluma, pero sin firma. Miró hacia la puerta y se lo guardó en el bolso del que no se desprendía nunca.

«Al menos que el amor nos salve… ¡Huyamos!». ¿Por qué habría guardado en el botín derecho ese papelito con esa frase? Se trataba de una invitación en toda regla a dejarlo todo. La letra era muy estilizada, de alguien con muy buena caligrafía. Regresó al salón para encontrarse con la marquesa de Montero y su compañero, el inspector Gutiérrez.

—He visto que muchos de los trajes de su hija están confeccionados por Balenciaga.

—Y los míos también. Íbamos juntas a París al menos dos veces al año.

—Entonces esta es la primera noticia que tiene de su hija en cinco años…

—Sí. —Sus contestaciones cada vez eran más escuetas. Después de tanto tiempo sin llorar, las lágrimas brotaban en tromba.

—¿Qué sabe usted del pintor Ángel Torres? —preguntó a bocajarro mientras se ponía de pie.

—No sé qué decirle —contestó muy nerviosa.

—Era profesor de Almudena y desapareció justo en la misma fecha que su hija. Se fue de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando despidiéndose de la noche a la mañana de sus alumnos. A su mujer tan solo le dijo que el amor se había acabado y que se iba justamente a París a encontrarse consigo mismo y empezar de nuevo. ¿Se fue con su hija?

—¿Y por qué no le hacen a él esa pregunta? —replicó Silveria Ramón.

—El pintor está en paradero desconocido —contestó Margot.

—Parece que se lo haya tragado la tierra o haya cambiado de identidad —añadió Gutiérrez.

—Veo que la policía anda tan perdida como el primer día… —La marquesa cortó la conversación con un tono de decepción al mismo tiempo que alzaba la mirada hacia el reloj de pared—. No puedo seguir hablando del tema, lo siento. Estoy esperando una visita que me impide seguir atendiéndolos.

—No se preocupe, ya nos íbamos —dijo Margot—. Muchas gracias por haber avisado a la policía tras la llamada de Balenciaga.

—Después de hoy tengo la esperanza de encontrar a mi hija.

—La mantendremos informada en todo momento —comentó Margot mientras se despedían.

El inspector Gutiérrez y la detective se fueron de la casa de los marqueses de Montero con el optimismo de pensar que el caso no solo no se cerraba, sino que volvía a reactivarse.

A la salida, Margot se despidió de su compañero. Le dijo que ella regresaría a comisaría avanzada la tarde. Se alejó de la residencia de los marqueses, pero, cuando se aseguró de que estaba sola, regresó tras sus pasos y esperó por los alrededores para comprobar si era cierto que Silveria Ramón esperaba una visita. A los diez minutos apareció por allí un hombre muy bien vestido con un traje oscuro y un sombrero de fieltro. Su estatura era media y parecía delgado, de unos cincuenta y cinco o sesenta años. Llevaba el cabello peinado hacia atrás, con una raya en el medio, y la barba recortada, bien cuidada. Miró su reloj de bolsillo antes de tocar el timbre. La detective sacó su cámara y le hizo varias fotos. Solo pudo sacarlo de perfil.

A Margot le sonaba aquel hombre. Estaba convencida de que lo había visto en alguna reunión o fiesta de la alta sociedad. ¿Quién sería? Revelaría las fotos en el laboratorio de la policía para averiguar su identidad. Antes de marcharse, apareció otro individuo, también con traje. Parecía más joven que el anterior. Tenía el pelo negro, rizado. Llevaba una caja consigo, que protegía con los brazos. Llamó al timbre e, igual que el anterior, pasó al interior en cuanto le abrieron la puerta. A este Margot sí que lo conocía. Era un hombre de moda: Diego Benítez Gambín, marqués de Araciel. Un vidente reconocido entre políticos, empresarios y artistas. Se lo había encontrado alguna vez en Londres. Sabía que de vez en cuando visitaba el palacio de Buckingham. A la reina Isabel II le gustaba que le hablaran del futuro. Deseaba estar preparada para todo lo que le deparara el destino. Además, en Londres, una familia sí y otra no, confiaban en la astrología y en la lectura del horóscopo, y les atraía el espiritismo.

Margot se preguntó qué harían ambos hombres en casa de los marqueses de Montero. ¿Estaría Silveria intentando saber algo más del paradero de su hija tras la llamada de Balenciaga?

Mientras abandonaba el paseo del Pintor Rosales, se acercó caminando hasta la Gran Vía imbuida en aquellos pensamientos. Según llegaba a su casa, comenzó a sentir un dolor de estómago que nada tenía que ver con el hambre. Estaba nerviosa por la presencia de Parker en Madrid. Subió a su domicilio para cambiarse de ropa y arreglarse un poco más de lo normal. Sátur la obligó a sentarse a la mesa y comer algo. No esperó a la noche y, a las dos horas de estar allí, decidió ir a la brigada. Sabía que el jefe de seguridad de la embajada aparecería en cualquier momento. Estaba segura. En el fondo tenía curiosidad por verlo. Se perfumó, se dejó el pelo suelto y se puso su traje de chaqueta oscuro más nuevo. Estaba más delgada que hacía cinco años. También se colocó el sombrero más vistoso de los que tenía. Nada que ver con los sencillos que utilizaba para hacer seguimientos de maridos y mujeres infieles. No era el día ni el momento para hacer caso de los consejos de Vicente Cerezo.

—Señorita, lo va a ver, ¿verdad?

—¿A quién te refieres? —preguntó como si no supiera de quién le hablaba.

—¡Al inglés!

—¡Sátur, por favor! Parker ya forma parte de mi pasado.

—O de su presente —advirtió la mujer—. Hacía tiempo que no la veía arreglarse ni vestirse tanto. Ese traje que se ha puesto le hace un señor tipazo.

—Voy a la brigada. Nada más.

—¿Y el perfume que se huele a distancia?

Margot se puso colorada. Se sentía como una niña a la que pillan mintiendo.

—¡No digas tonterías! Es el de siempre.

—Ya… —Sátur no dijo nada más—. No venga tarde, que el hecho de que no esté Camila me deja a mí con más responsabilidad.

Le dio un beso en la cara y sonrió. En realidad, a Sátur era difícil engañarla.

—¡Deberías ser policía! No se te escapa una —bromeó Margot.

—Con una en la casa es suficiente. ¡Cuídese! A mí ese chico me gustaba. No puedo imaginar el motivo por el que rompió con él.

—¡No empieces! No rompí nada. No llegó a empezar. Simplemente, lo que hubiera se extinguió. Bueno, espero no llegar después de las doce de la noche.

—¡Por Dios! Si llama Camila, ¿qué le digo?

—La verdad.

Le dio un beso en la mejilla y cerró la puerta tras de sí.

 

4

La gran decepción

Margot entró en la comisaria pisando fuerte con los tacones más altos que tenía en su guardarropa. El inspector Gutiérrez, al verla, dejó de fumar y apagó el cigarrillo en el cenicero mientras observaba como se acercaba a su mesa. Seguían compartiendo el mismo espacio de trabajo. Había un teléfono que utilizaban a medias y dos máquinas de escribir.

—¿No ibas a venir más tarde? —le dijo el inspector.

—Sí, pero he tenido una corazonada después de hablar con la marquesa y he ido a la agencia Efe. He preguntado por la inauguración del mural de Picasso La caída de Ícaro. El acto tuvo lugar en el edificio de la Unesco. He pedido las fotos que tuvieran para revisarlas una por una y mira lo que he encontrado.

Con una gran sonrisa, sacó de su bolso una fotografía y la puso frente a su compañero mientras señalaba una figura en el fondo de la imagen. Había muchas personas alrededor de Picasso. La más lejana del grupo era ella, Almudena Pimentel.

—¡Aquí la tenemos! Esta foto es de hace cosa de un año. Y ahora la llamada de Balenciaga. Son las pruebas de que está viva. Estoy deseando contárselo al comisario.

—Pues ahora mismo está solo. Además, quiere darte otras noticias que espero que sean buenas para ti.

—Gracias. —Se quitó el sombrero y la chaqueta y se quedó con un jersey de color gris con cuello a la caja por encima de su falda negra.

Al cabo de unos segundos, cuando ya estuvo instalada, se dirigió al despacho del comisario. Llamó a la puerta y enseguida escuchó la voz grave de don Eugenio invitándola a que pasara.

—¡Pase, pase!

Al verla, sonrió y le pidió que se sentara. La mesa de caoba estaba repleta de expedientes. El de Almudena Pimentel se encontraba aparte. La actitud del comisario era optimista. Dejó que hablara él primero.

—Parece que, después de tanto tiempo, al fin tenemos una pista fiable —dijo mientras abría la carpeta del expediente.

—Así es. Cinco años sin saber de ella hasta hoy, con la llamada de Balenciaga. Bueno, y esta foto que he conseguido gracias a algo que mencionó la marquesa esta mañana. —Margot le alargó la instantánea y el comisario se puso las gafas para verla bien—. Es un acto de hace un año, en la inauguración del mural que hizo Picasso para la Unesco, en París.

—¡La caída de Ícaro! Ese hijo que desatiende la advertencia de su padre, Dédalo, y se lanza a volar con unas alas de plumas y cera que se derritieron al acercarse al sol.

—Veo que todos en esta comisaría saben de mitología griega.

Después de mirar la foto y el cuadro en silencio, dio su opinión.

—Este documento es muy importante. Mucho. Igual que la llamada de la madre confiándonos la visita de su hija a Balenciaga. Ya me ha contado el inspector Gutiérrez. Ícaro parece en el dibujo de Picasso más un mosquito que una figura humana. —Seguía observando la foto—. ¡Pero ese es otro tema! ¿Sabe qué pienso? Que eso es un poco lo que le ha pasado a la señorita Pimentel. Ha querido volar sola, y esperemos que no caiga al vacío como Ícaro. Le diré algo, detective Peters, es muy difícil encontrar a quien no quiere ser encontrado.

—Eso es…

Margot se quedó pensativa durante unos segundos.

—Que la joven mencionara a Ícaro a Balenciaga, estoy segura de que no es casual. Suena a que le estaba indicando que se arrepentía —continuó en voz alta.

—¿Qué quiere decir? —preguntó el comisario con curiosidad.

—Que su visita a Balenciaga es una llamada de socorro. Algo ha cambiado en su relación con Torres. Quizá ahora está en peligro… —susurró Margot con tono preocupado—. Tengo que ir a París para hablar con el modisto, pero como periodista. Así me conoce él.

—Coincido con usted, ya se lo he dicho. Creo que aquí hay un giro, es muy raro que esta chica aparezca ahora después de tanto tiempo… Lo que no veo tan claro que le estuviera pidiendo ayuda al modisto.

—No se lo dijo abiertamente porque iba acompañada de una señora —comentó Margot.

—Tiene sentido. Aunque hasta que no hablemos con él directamente, no lo sabremos.

Margot se disponía a salir del despacho del comisario, pero este la detuvo.

—También la he llamado por otro tema. Tengo grandes noticias. He dado con la tecla para que pueda entrar en este despacho con contrato —le anunció con entusiasmo—. Se va a convocar una oposición para mujeres en la policía.

—¿De verdad? —exclamó Margot, emocionada—. ¿Qué ha cambiado para que nos permitan estar aquí de pleno derecho?

—Algunos comisarios estamos presionando para hacer entender a la autoridad que hay mujeres que, como usted, tienen una pericia especial para resolver casos criminales. Aprovechando su perspicacia, deseo que pertenezca a la brigada. Se van a convocar unas oposiciones. Lo que ocurre es que no son para ser inspectora de policía, sino para auxiliar de oficinas.

—¿De oficinas? Es decir, ¿de taquimecanógrafa? ¿Secretaria? —La joven puso tal cara de decepción que el propio comisario rectificó.

—Sería una forma de entrar, luego iríamos sorteando la realidad. Como hemos hecho siempre. Comprendo que estas no son las oposiciones que usted esperaba. Me acabo de dar cuenta de que…

Margot seguía sin hablar. Incrédula ante lo que estaba escuchando en la voz de la persona que más había creído en ella. No supo qué decirle, pero no hizo falta. El comisario en ese instante fue consciente de que se había equivocado.

—Bueno, veo que no ha sido una buena idea. —Carraspeó—. Insisto en que era una forma de entrar aquí por derecho.

—Imagino que para quien esté preparada será una gran oportunidad. —Por fin pudo articular palabra—. Usted sabe que mi vocación no es esa. Si me hubiera hablado de una oposición para ingresar en el Cuerpo General de Policía…

—Ahí hemos topado con muchas reticencias dentro del Ministerio de la Gobernación. Lo más parecido a este trabajo lo desarrolla la Sección Auxiliar Femenina del Cuerpo de Prisiones, encargada de la vigilancia y custodia de las reclusas. Ingresar en el Cuerpo Auxiliar Femenino de la Dirección General de Seguridad le permitiría estar en nuestra brigada de pleno derecho, no meramente como colaboradora. Estaba pensando en su futuro.

—Se lo agradezco, señor comisario. Soy periodista, me estoy formando como detective y colaboro con la Brigada Criminal desde hace cinco años gracias a usted. No quiero nada más. Si no pueden entrar mujeres por pleno derecho como inspectoras, estoy bien así.

—Como desee. Siento la decepción. Cuesta que las mujeres accedan a un trabajo tradicionalmente de hombres. Yo no estaré siempre aquí, ya me encuentro en el periodo de descuento y temo por su futuro.

Margot se quedó pensativa. Nunca había planeado su vida más allá de un día. Eso lo aprendió cuando se despidió de sus padres y no regresaron nunca. Procuraba no hacer planes.

—Está bien. Le agradezco su preocupación. —Cambió de tema para no seguir ahondando en esa herida—. Por cierto, hablando del asunto de la desaparición de Almudena Pimentel, volví a registrar su cuarto y encontré un papelito en una de sus botas.

—¿A qué se refiere?

—Una nota manuscrita que la incitaba a la huida: «Al menos que el amor nos salve. ¡Huyamos!».

—Importante, ese hallazgo. Introduzca ese papel como prueba. Después de cinco años, el caso vuelve a tomar fuerza.

—También he hecho unas fotos desde la calle a las visitas que recibió Silveria Ramón cuando nosotros nos fuimos. A uno lo conozco, es un vidente. Al otro, no.

—¡Eso es, detective! Siempre al acecho. Vaya con el inspector Gutiérrez al laboratorio y revele esas fotos. Así sabremos de quién se trata.

Margot se levantó del asiento, salió del despacho del comisario y se fue pensativa caminando hacia su mesa. El inspector Gutiérrez la interrogó con la mirada. Pero ella se adelantó y le dijo que todo seguía igual: «Sin novedad. Mi situación aquí parece que seguirá como hasta ahora».

—Pues no te iba a ofrecer algo… —comentó Gutiérrez sin terminar la frase.

El inspector Morales, eterno enemigo de Margot, se acercó hasta donde estaba ella y le pidió que pasase a limpio el último informe que había hecho sobre un robo.

—Venga, mujer, ¿No vas a presentarte como auxiliar? ¡Para que vayas entrenándote! —Sabía que el comisario le iba a pedir que se presentara a las oposiciones, pero desconocía cuál había sido su respuesta.

—¿Te falta un tornillo o qué? Yo no me voy a presentar a auxiliar de nada, pero, aunque lo hiciera, ten por seguro que no pasaría a limpio ninguno de tus papeles. No sé cómo puedes ser tan mala persona.

—¿Quieres dejarla en paz? —Gutiérrez se levantó de la mesa.

A Morales le gustaba enfadar a Margot. Era algo que nadie entendía. Si el día en la comisaría estaba tranquilo, se inventaba algo para sacarla de quicio y entretenerse molestándola. No admitía que entraran mujeres en la brigada, y menos aún que a una periodista la llamaran inspectora o detective. Sin embargo, con el anterior caso del asesino en serie, tuvo que reconocer que, sin la determinación de Margot, no se hubiera resuelto.

Mientras se dirigía sonriente a su mesa, la joven se colocó el sombrero, la chaqueta y el abrigo, a la vez que le pedía a Gutiérrez que la acompañara al laboratorio. El inspector cogió el sombrero y el abrigo y se fue detrás de ella. La había visto muchas veces enfadada, pero no tanto como en esta ocasión.

Justo al abrir la puerta, otra persona hizo intención de entrar. Ambos chocaron de frente. Se pidieron disculpas y, al reconocerse, se quedaron unos segundos mirándose, sin saber qué decir. Fue él quien habló primero.

—¡Hola, Margot! ¡Cuánto tiempo sin saber de ti! —Parker no podía apartar la mirada de sus ojos, como intentando averiguar el motivo de su silencio durante los últimos años.

—Hola, Parker… Sí, es cierto. —La embargó su timidez de siempre y no supo qué decirle—. Bueno, ya nos íbamos.

—¡Está bien, claro, ya hablamos en otro momento! —Los dejó pasar, haciéndose a un lado—. Margot, necesitaré todo el apoyo de la brigada para preparar la visita del presidente norteamericano, así que cuento contigo.

—¡Sí! ¡Por supuesto! Pero no depende de Gutiérrez ni de mí. Haremos lo que nos diga el comisario. ¡Hasta pronto!

Se fueron de allí con prisa. Margot habló tan aséptica que dejó cortado a Harry Parker mientras este observaba cómo se alejaba. Le hizo sentir tal punzada en el estómago que se tuvo que parar para coger aire y responder.

—¡Nos veremos por aquí!

Margot, desde lejos, volteó la cabeza y le sonrió sin decir nada. A ella le costó respirar al escuchar sus palabras. Estaba claro que, desde ese momento hasta la llegada del presidente norteamericano a España, lo iba a ver a menudo. Procuraría estar más tiempo fuera de la brigada haciendo gestiones y pesquisas. Tras ese breve encuentro, sabía que su sentimiento seguía en el mismo punto que cuando dejó de hablarle. Lo vio más fuerte y muy cambiado. La barba agudizaba sus catorce años de diferencia, también conseguía resaltar más sus ojos azules.

Al verla, Parker se dio cuenta de que necesitaba hablar con ella a solas. La misma pregunta durante cinco años. ¿Qué ocurrió para que no volviera a responder a sus llamadas? Antes de que él tuviera que viajar a Londres, parecía enamorada. Harry nunca supo por qué esa llama que existía entre ambos se apagó de golpe.

Lejos de allí, la vidente María Gracia recibía a Jimmy de Mora y Aragón en su estudio de la calle Hermosilla. Hizo esa excepción por Manuela, su vecina y amiga del pueblo. Esta le dijo que tenía que ser fuera de horario, porque el díscolo de la familia no era capaz de levantarse temprano. Es más, el día anterior había estado tocando el piano en uno de los locales de moda. Fue vestido con traje y chaleco y llevaba el monóculo de su padre colgando de uno de sus bolsillos. Desde hacía tiempo se había dejado bigote y perilla y se peinaba hacia atrás con gomina.

—Gracias, señora, por recibirme fuera de hora —le dio las gracias y le besó la mano.

—Está bien. Por favor, siéntese en la silla de la mesa camilla. Manuela, ¿puedes ir a la cocina? No quiero que haya ningún acompañante con los clientes. Tienen que hablar con naturalidad. Lo que aquí me cuentan aquí se queda.

María Gracia se había puesto una especie de túnica de color blanco encima del traje que llevaba. Así es como recibía a sus clientes. Comprendía que había que ponerse algo encima del vestido que le diera más relevancia. Se inspiró en las casullas del sacerdote de Bolaños para oficiar el ritual de la misa.

Bajó la luz y encendió una vela blanca. El incienso también hizo acto de presencia. Mientras tanto, Jimmy observaba todo con cierta incredulidad.

—Me contó Manuela que nuestra casa va a experimentar una auténtica revolución. Así lo ha visto usted. Me gustaría que me diera más detalles.

—Lo que vi en ese momento fue una corona como la de los reyes. Pienso que algo excepcional va a poner a prueba a toda la familia.

—Quiero saber si tiene que ver conmigo o con alguno de mis hermanos.

María Gracia se concentró y comprendió que no tenía nada que ver con él. No obstante, le echó las cartas españolas para apoyar su visión. Sabía que así los clientes se quedaban más satisfechos. Le hizo cortar varias veces y finalmente fue exponiendo las cartas una a una antes de volver a hablar a Jaime.

—Usted va a sufrir las consecuencias, pero no es el protagonista de ese auténtico terremoto que van a vivir.

—¿Tiene que ver con nuestras finanzas?

—No exactamente. Alguien de su familia se va a relacionar con una persona que les va a cambiar la vida a todos. Y también veo entrada de dinero.

—Con respecto a mí, ¿ve algo en concreto?

—Le diría que será el que viva más de lejos ese huracán que va a cambiar la dinámica de su casa.

—¿A mí no me va a afectar?

—No. Va a pasar algo que lo va a alejar de la situación que se va a vivir en su casa.

Jimmy parecía incrédulo ante las palabras de la vidente. Aun así, continuó preguntando. Por un lado, respiró tranquilo al saber que iba a ser el menos afectado por el gran cambio que se iba a producir en su casa. Intuía, por lo que decía la vidente, que lo que sucediera se iba a llevar por delante la tranquilidad que se respiraba en el domicilio de sus padres. Pensó si le ocurriría algo malo a su madre, pero prefirió no saberlo y no preguntó. La vidente se quedó con la mirada perdida. Tuvo una visión que nada tenía que ver con los Mora. María Gracia se quedó petrificada. Aunque intentó disimular ante Jimmy, quiso acortar cuanto antes aquella visita.

—Siento decepcionarle. No puedo decirle nada más. Me ocurre con las personas escépticas, que al no creer en nada de lo que estoy diciendo, me bloqueo. Veo nítidamente que, cuando usted nació, una tetera de porcelana se hizo mil pedazos. Creo que fue su padre quién la dejó caer. Pero no puedo decirle nada más.

De repente se mostró muy nerviosa. Se levantó de su asiento e invitó a Jaime de Mora a salir de su casa.

—Está bien, madame. —Se levantó e hizo ademán de sacar dinero para pagarle sus servicios. Tenía la seguridad de que ese episodio de la tetera se lo habría contado Manuela, puesto que era muy comentado en su casa. No entendía la incomodidad que sentía la «bruja».

—No, por favor. No tiene que darme nada. Otro día, pero hoy no.

Llamó a Manuela y le dijo que se había quedado extenuada y necesitaba tumbarse un rato hasta que llegaran los clientes de la tarde. A Manuela le extrañó que acabara tan de repente y que quisiera que se fueran cuanto antes de allí. María Gracia nunca se había mostrado tan seca y maleducada con nadie como con Jaime y con ella, pensó su amiga. No se lo perdonaría nunca.

La vidente no quiso explicárselo a ninguno de los dos, pero, igual que vio a la mujer con un traje de novia con una larga cola, al mirar a Jimmy también observó la imagen de una joven, que podría ser Almudena Pimentel, gritando desesperada. Se coló de golpe esta otra visión en su pensamiento y podía sentir perfectamente cómo pedía socorro. Estaba convencida de que estaba sufriendo mucho… Pensaba que debía decírselo de inmediato a la policía.

En cuanto se fueron, marcó el teléfono de la comisaría y pidió hablar con don Eugenio Benito Poveda. Al ponerse al teléfono, se lo soltó.

—¡La joven está pidiendo socorro!

—¿A qué joven se refiere? —contestó extrañado el comisario.

—A la joven desaparecida desde hace tanto tiempo. Algo le ocurre. Está encerrada contra su voluntad.

El comisario le dio las gracias, pero se quedó preocupado. No entendía cómo justo en este momento le habían vuelto las visiones sobre la joven. Todo invitaba a que el caso se reactivaba con fuerza.

Mientras esto sucedía en casa de la vidente, Fabiola, la hermana de Jimmy, recibía en su domicilio del número 6 de la calle Bárbara de Braganza una visita muy extraña. La directora de la Escuela Femenina de Enfermeras de Madrid, donde había estudiado, la había llamado el día anterior. Quería visitarla en su piso junto a Veronica O’Brien, una monja irlandesa que deseaba conocerla. La religiosa era la impulsora en Bélgica de la Legión de María. De todos era conocida la vocación de Fabiola de ayuda a los enfermos y a los más necesitados. Seguramente —pensó— le pedirían que colaborara en alguna causa. Las citó a las diez de la mañana.

Antes de ese encuentro, Fabiola se fue a misa. Cuando regresó a casa, ya estaban esperándola. La muchacha del servicio, Violeta, las había recibido y ofrecido un té con pastas, que estaba sirviendo en ese momento.

—Perdonen, señoras, la misa de esta mañana en Santa Bárbara se ha alargado un poco más de lo habitual —se disculpó la penúltima hija de los Mora y Aragón.

—Ni te preocupes, Fabiola —le dijo la que fue su directora durante dos años—. La hermana Veronica tenía muchas ganas de conocerte.

La monja la saludó sonriente en inglés y, a partir de ese momento, la conversación continuó en ese idioma. Fabiola hablaba muchas lenguas extranjeras y podía cambiar de una a otra con total normalidad. Sus padres, amigos de Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg, pudieron salir de España durante la guerra. Los hijos, después de haberlo intentado varias veces sin éxito, consiguieron embarcar en un carguero alemán rumbo a Biarritz gracias a las gestiones de su niñera alemana, Josefina Tragresser. Más tarde, toda la familia se trasladó a París y posteriormente a Lausana, en Suiza. Todos excepto Gonzalo, que se alistó como voluntario en el bando nacional. Fueron a vivir cerca de la reina Victoria Eugenia, que además era madrina de Fabiola. Fue allí donde aprendió francés, inglés y holandés. El alemán ya lo hablaba desde pequeña gracias a su institutriz. Hasta que no acabó la guerra en 1939, la familia no regresó a su palacete de la calle Zurbano. Durante la contienda había quedado muy dañado. Fue la sede central de mujeres revolucionarias lideradas por Dolores Ibárruri, la Pasionaria. Don Gonzalo de Mora y Fernández del Olmo, cuarto marqués de Casa Riera, se dedicó durante años a restaurarlo.

La adolescente de once años que regresó a España nada tenía que ver con la niña alegre que se fue. Fabiola volvió más retraída, muy seria y nada coqueta. Era ya una jovencita comprometida con las causas justas. La religión y las obras de caridad habían marcado sus primeros años de vida.

La monja, que no paraba de sonreír, le preguntó si había hecho prácticas de enfermería.

—Sí, las hice en el hospital militar Gómez Ulla, aquí, en Madrid. Después de haber estudiado dos cursos, he conseguido el carnet de dama auxiliar con el número 8.143. Ahora me dedico a visitar a los enfermos del asilo de la calle Almagro que llevan las Hermanas de la Caridad. También pongo en marcha obras enfocadas a ayudar a los más necesitados. Mi amiga Pilar y yo, que vivimos juntas aquí, no paramos ni un minuto. Apenas nos vemos. Las dos tenemos la misma vocación de servicio.

—Tienes un piso muy bonito —dijo la directora—. Muy moderno y a la vez con unas pinturas en las paredes, muy antiguas y de mucho valor.

—Muchas gracias. El mérito no es mío. Las pinturas son de casa de mis padres. Se las he pedido prestadas a mi madre. —Se echó a reír—. Y que esté así de ordenado es mérito de Violeta, que es quien realmente vive más tiempo aquí. Se puede decir que nos cuida con verdadera vocación de ángel. Yo viajo mucho y paro poco en casa. Acabo de visitar Londres y París. Pero, bueno, estoy hablando mucho de mí. Señoras, ¿qué les ha traído hasta aquí? Esperaba que vinieran con estudiantes, por eso hemos puesto tantas pastas. ¡Perdonen! Las debí de entender mal.

—Todo está perfecto. Tenemos una misión que nos ha encomendado el obispo auxiliar de Malinas, monseñor Léon-Joseph Suenens. Estamos buscando a la persona idónea para contraer matrimonio con alguien muy importante de Bélgica. El nuncio del papa en Madrid conoce nuestra misión.

—¡Ah! ¡Qué curioso! No esperaba que les trajera hasta a mí una misión de ese tipo. —Empezó a desconfiar del motivo que había llevado a esas dos mujeres hasta su casa—. Puedo hacer una lista con las jóvenes casaderas españolas.

—¡En la que usted debe incluirse! —le indicó la monja irlandesa.

—¡Oh! No, yo no deseo casarme así. No entra en mis objetivos hacerlo. Además, no creo que sea la persona indicada. No sé quién es el señor que quiere contraer nupcias, y así, por encargo, pero no me siento capaz de unirme a nadie de esa manera. Tiene que haber amor para dar ese paso. Pero, insisto, las pondré en contacto con alguna persona que crea conveniente —dijo con firmeza. Estaba nerviosa y un poco indignada. Se sintió como si fuera una simple mercancía. Deseó que aquellas mujeres se marchasen de allí cuanto antes.

—Se trata de un joven como usted. No es un señor. Carga sobre sus hombros con la responsabilidad de ser rey y no tiene amigos. Cuando uno es rey, ya no sabe si se acercan por lo que eres o por lo que representas.

Se quedó un momento callada. De pronto intuyó a quién se referían.

—¿Hablan de Balduino? Nos conocimos en Lausana. Yo acompañé al hospital a la reina Victoria Eugenia y él estaba allí también, convaleciente. Intercambié un saludo con él. —Se puso nerviosa—. No creo que yo sea la persona que buscan. Hay princesas mucho más preparadas que yo. Recuerdo que también le saludé cuando acompañé a Pilar de Borbón, nieta de mi madrina, cuando esta organizó allí un baile. Como ven, ya nos conocemos. Les agradezco que hayan pensado en mí. Insisto en que yo jamás me casaría sin amor. No podría. No está en mis planes.

Cierto es que ese día, en el baile, Balduino y ella intercambiaron unas palabras y regresó sin poder olvidar su mirada y su forma de tratarla. Fue uno de esos encuentros que preparaba la reina Victoria Eugenia para que sus nietas conocieran a personas de posición. Con Pilar de Borbón no cuajó. Ella permaneció callada y no dejó de observar al rey. No le contó a nadie lo que le había ocurrido, excepto a su confesor. Ahora no entendía esa situación tan forzada.

Fabiola estaba muy incómoda. Miró su reloj y les dijo que debía irse a una de las zonas más pobres de la capital. Les explicó que tenía que llevar comida a un grupo de madres que acababan de dar a luz.

—Está bien… Comprendo sus múltiples ocupaciones. Gracias por atendernos. Pero sepa que su reticencia me gusta todavía más. De momento, madure la idea —comentó la monja irlandesa.

—Gracias, pero si algún día me caso será por amor.

Las dos mujeres agradecieron su sinceridad y su tiempo y se fueron de allí rápidamente. Fabiola se quedó muy preocupada. Pensó que estaba siendo objeto de un engaño o de algo muy extraño cuya finalidad no podía imaginar. Necesitaba que alguien la ayudase a descubrir la mentira de la que estaba siendo víctima. Pensó en hablar con el nuncio de su santidad, al que conocía, ya que ambas mujeres lo habían mencionado como persona informada de ese asunto. ¡Aquello que le habían propuesto era un disparate!

 

5

La desconfianza de Fabiola

El nuncio del papa en Madrid, monseñor Antoniutti, tardó en ponerse al teléfono. Finalmente, respondió a la llamada de Fabiola, ya que alguna vez había estado en su casa, invitado por su madre y por su hermana Neva. Contra todo lo razonable, le confirmó que la presencia de Veronica O’Brien tenía un único objetivo: conocerla. No se trataba de una farsa, sino de una misión secreta en nombre del rey Balduino.

—Y ¿por qué yo? —preguntó la sexta hija de los condes de Mora y marqueses de Casa Riera—. Pienso que existen otras candidatas que serían más apropiadas para el rey.

—Muchas personas han coincidido en que es usted la persona adecuada por su religiosidad y su permanente compromiso con los más desfavorecidos. Pero esto no es una obligación que se le impone. Se trata de que se conozcan y vean si hay química entre ustedes.

—¡Nos conocemos! Insisto en que no creo que sea yo la persona que buscan. Pensaré en amigas que estén más preparadas para dar ese paso. Muchas gracias de todos modos por llevar todo esto con tanta discreción —insistió Fabiola, y colgó.

Todo aquello le parecía descabellado, aunque estuvieran detrás los máximos exponentes de la Iglesia católica. ¿Por qué habría recurrido el rey a una monja a la que había hecho partícipe de su secreto mejor guardado, el deseo de contraer matrimonio con una católica?

Desconocía que Balduino se sintiera tan solo como para buscar en España a su futura esposa de una manera tan extraña. Volvió a recordar el saludo en Lausana en presencia de su madrina. No ocurrió nada especial, aunque se le quedaron grabadas su mirada y sus palabras. Fue tan intenso que sintió la necesidad de contárselo a su confesor. El joven rey de los belgas ahora deseaba conocerla más a fondo. Se preguntaba si en ese encuentro promovido por Victoria Eugenia con su nieta Pilar ya se fijó en ella. Pilar le habló de su deporte favorito, era una buena amazona. Pero el rey participó poco de la conversación y estuvo más atento a las preguntas que Victoria Eugenia le formulaba a Fabiola.

—¿Sigues yendo a barrios humildes para ayudar a la gente? —se interesó el rey.

—Esas personas a las que todos creen que ayudo, en realidad, a quien ayudan es a mí. Me hacen mejor persona.

Su respuesta le gustó mucho al rey, que estuvo pendiente de sus movimientos, aunque habló muy poco con ella. Pero todo quedó en eso. Su confesor, el padre Cavestany, le había aconsejado que fuera realista y que se fijara en otro joven. Ahora, tiempo después, le proponían que se conocieran con fines matrimoniales. Le pareció todo muy forzado. ¡Una locura! Lo que le estaba pasando era más propio de otro siglo, cuando las familias concertaban bodas de conveniencia.

Fabiola era religiosa a la vez que una mujer de su tiempo. Conducía un Fiat 500, con el que viajaba a todas partes. Se movía con soltura por los barrios, incluso por los suburbios, siempre intentando ayudar a niños, jóvenes y ancianos. Tan pronto estaba en los arrabales del Puente de Vallecas como por Tetuán de las Victorias o Noviciado, en Madrid. Incluso en la puerta de su casa, situada en pleno corazón de la capital, solía haber alguien necesitado esperándola para solicitar su generosidad. Todos pensaban que la joven, de treinta y dos años, tarde o temprano ingresaría en algún convento de monjas. Con una excepción, su amiga Pilar Sástago. Vivían juntas y sabía que soñaba con tener hijos. A Fabiola le encantaban los niños. Hasta tal punto que a sus múltiples sobrinos les había escrito doce cuentos que ella misma había editado, tras correr con todos los gastos. Cuando vio que no se los compraba prácticamente nadie, se quedó con toda la edición y los regaló a sus sobrinos y a los niños más desfavorecidos que visitaba.

De todas formas, estimó que debía ayudar al rey Balduino. Creía firmemente que la mejor candidata seguía siendo Pilar de Borbón. Tenía veinticuatro años, y consideraba que era la persona idónea para un enlace real. También había estudiado enfermería como ella y era una mujer muy deportista. No se lo pensó y llamó por teléfono a Ana María Pérez de León y Pardo, la que fuera directora de la Escuela Femenina de Enfermería y que había participado de la extraña misión de la religiosa Veronica O’Brien.

—Creo que la persona correcta es Pilar de Borbón. Deberían ella y Balduino conocerse mejor —le dijo a su antigua directora.

—¿Estás segura de que no quieres ser la candidata? Me da la impresión de que él no desea conocer a princesas, quiere a un ser humano excepcional —insistió la mujer.

—En cualquier caso, no me veo bajo tanta presión —dijo con rotundidad, muy segura de sí misma—. Me gustan las cosas más casuales, más cercanas a la voluntad de la Providencia.

Cuando colgó, Fabiola se sintió aliviada. Diez años después, volvía a rechazar a otro pretendiente. En aquella ocasión, el joven quería casarse con ella antes de trasladarse como diplomático a Washington. Su intención era no apartarse de su familia. Entonces, como ahora, expresó su negativa ante una petición que no entraba dentro de sus planes: casarse sin amor. Para ella era algo impensable, aunque se tratara de un rey cuya forma de ser le gustaba. Pero un paso así de importante no podía darse como quien escoge un menú a la carta. No. Las formas no le parecían las correctas.

Mientras tanto, en la calle Hermosilla, la adivina María Gracia seguía agitada tras su visión de Almudena Pimentel. Se había colado en mitad de la sesión con Jaime de Mora. No quiso decirle nada, pero el quinto hijo de don Gonzalo y doña Blanca lo iba a pasar mal. Sería el responsable de un hecho que iba a tener enorme trascendencia. Veía papeles y más papeles, incluso a la policía. Además, no pudo concentrarse totalmente porque lo encontró demasiado irónico, incrédulo y extravagante. Tenía claro que Jaime no participaría del terremoto que se iba a producir en su casa, aunque la situación también le envolvería. No alcanzaba a saber de qué se trataba con exactitud. Posiblemente de un anuncio que cambiaría la vida familiar, e incluso la de mucha gente. Fue la visión más extraña que había tenido nunca. Gracias a Manuela, sabía que la familia Mora y Aragón no se fiaba demasiado del comportamiento del bohemio de Jaime. El padre, antes de morir, rompió su relación con él. Incluso llegó a publicar en la prensa una nota familiar oficial en la que informaba de que «no se haría cargo de las deudas de su hijo». Lo hizo para que los amigos de la familia no siguieran prestándole dinero. El padre se cansó de financiar su mala cabeza y sus locuras. Un año antes, en 1958, se había casado por lo civil con la actriz Rosita Arenas, uno de los rostros más populares de México, aunque la unión solo duró dos meses. Después de pedir préstamos a todos los amigos de la actriz, aprovechando que ella estaba en los rodajes, decidió apropiarse de sus joyas y financiarse el viaje de regreso a España. Así fue como ocurrió, aunque el aristócrata lo contó de otra manera. Ahora, de nuevo en Madrid, tocaba el piano después de haber sido actor, taxista, estibador, camarero, modelo, relaciones públicas y cantante. La familia lo daba por imposible. Vivía con su madre, ya viuda, en el palacete. Le gustaba mucho viajar. Pasó toda su juventud estudiando por Europa, en Francia, Inglaterra y Suiza. Cursó la carrera de Derecho en Princeton, en Estados Unidos, y Peritaje Mercantil en Alicante. Sin embargo, tan solo le interesaban la vida nocturna, la diversión y el lujo.

Tras la sesión con su amiga la pitonisa, Manuela le acompañó durante un par de calles. Nada había salido bien, se decía a sí misma, mientras Jaime mostraba su descontento.

—No sé cómo crees en esas patrañas —le recriminó—. Lo que me ha dicho lo sabe todo el mundo. Las videntes son grandes actrices. No me creo nada de lo que cuentan.

—Señorito, no es por contradecirle, pero desciende de una familia de videntes y lleva la cruz de Caravaca en el paladar. Es un signo que solo tienen los que poseen poderes. Ella los tiene —argumentó la pobre sirvienta—. Por lo que sea, no ha conectado con usted. No tendría un buen día.

—Se ha dado cuenta de que no me creía nada y me ha despachado con viento fresco.

—Lo siento muchísimo. No entiendo qué ha podido pasar.

—Me quedaré por aquí —señaló un bar que estaba a su paso—. Vaya usted hacia casa. Mi madre se estará preguntando dónde estamos. Dígale que no me espere a comer. Por cierto, ¿tiene algo suelto que prestarme?

Manuela rebuscó en su delantal y con pesar le dio dos reales, las únicas monedas que tenía.

—¡Muchas gracias!

La sirvienta se fue refunfuñando hasta el domicilio de los Mora. Su amiga no había conectado con Jimmy y este se llevaba sus cincuenta céntimos con la seguridad de que jamás volvería a verlos. Estaba además convencida de que María Gracia había visto algo malo y eso la perturbaba.

Mientras tanto, en la Brigada Criminal, Harry Parker le solicitaba al comisario un despacho para poder instalarse y organizar el plan de seguridad de la visita del presidente Eisenhower a España. Eugenio Benito Poveda no dudó ni un solo segundo en compartir el suyo con su amigo inglés y lo habilitó rápidamente. Mandó instalar otra mesa y otra toma de teléfono. Así mismo, le ofreció a todo su equipo para colaborar estrechamente con él.

—Le agradezco el esfuerzo. Nos jugamos mucho todos. No puede ocurrir nada que perjudique el viaje de Eisenhower.

—Lo sé. Es un viaje trascendental para España. Ya me ha dicho el ministro que le proporcionemos lo que necesite. Usted pida.

—Pues para empezar… He visto que, cuando cae la noche, las calles por las que pasará la comitiva de Eisenhower y Franco están muy poco iluminadas. Eso nos puede traer problemas serios. Es una oportunidad para que los malhechores puedan colocar artefactos sin que nadie se entere. Se ve muy poco.

—Yo me encargo de trasladar su petición a quien corresponde. La oscuridad es el amparo de los que están fuera de la ley.

—No demos la oportunidad a nadie de orquestar un atentado. Dos semanas antes del viaje deberíamos tener especialmente vigilada la zona del recorrido.

—Pediremos refuerzos. Todo debe estar preparado para la llegada del presidente norteamericano. Tenemos tiempo suficiente para no dejar ningún cabo suelto.

El comisario se levantó en plena conversación y cerró la puerta del despacho. Parecía que deseaba hacerle alguna confidencia.

—Perdóneme, Harry. Me salgo de la conversación profesional que estamos teniendo, pero me gustaría preguntarle algo personal. ¿Me permite?

Harry le hizo un gesto con la mano para que siguiera adelante.

—No acabo de entender que usted y Margot ya no sean novios. ¡Si están hechos el uno para el otro!

—Don Eugenio, hay cosas que van más allá de la lógica. Ni yo mismo lo entiendo. Imagino que tiene mucho que ver con la frustración que sintió Margot al no averiguar el paradero de aquella joven. He llegado a pensar que, ante ese fracaso profesional, se centró día y noche en el caso y decidió romper con todo aquello que le impidiera poner toda su atención en su resolución. Margot siempre ha sido muy exigente con ella misma.

Don Eugenio lo observaba en silencio. Intentaba entender los motivos de la ruptura, pero ni el propio Parker sabía explicárselos. Prefirió no decirle que en realidad el noviazgo nunca había existido, aunque fuera cierto que entre ellos había nacido un sentimiento que Margot decidió ahogar.

—Está bien, no le volveré a preguntar por el tema. Todos sabemos ser profesionales y Margot colaborará con usted sin ningún problema —añadió el comisario—. Por cierto, sobre el caso de Almudena Pimentel… Estábamos a punto de dar carpetazo a la investigación, pero se ha vuelto a activar. Parece que tenemos una buena pista en París.

—Me alegro mucho. Durante este tiempo procuraré molestar lo menos posible.

—Parker, usted no molesta. Al revés, es un caso que traspasa las fronteras españolas, tal vez nos venga bien su ayuda en algún momento si se nos abre alguna nueva vía de investigación.

—Por supuesto, ¡cuente conmigo!

En ese instante, el inspector Gutiérrez llamó a la puerta e interrumpió la conversación.

—¿Qué ocurre? —preguntó el comisario.

—Hemos revelado las fotos que hizo la detective Peters a las personas que entraban en la casa de los marqueses de Montero. El más joven es el marqués de Araciel, a quien todo el mundo conoce por su fama como vidente; el otro no logramos saber de quién se trata.

—Dígale a la detective Peters que traiga las fotos.

A los pocos segundos, Margot entraba en el despacho.

—¿Me ha llamado? —La joven intuía que Parker no le quitaba ojo.

—Sí, me gustaría ver las fotos de esa segunda persona, la que no hemos identificado.

La detective se las mostró. En ellas, salía un hombre muy elegante fotografiado de perfil. Por más que el comisario las miraba, no lograba saber quién era.

—El caso es que me suena… —decía una y otra vez.

Harry Parker, que estaba sentado frente a Benito Poveda, se las pidió con un gesto de la mano. Mientras las observaba, Margot detuvo la mirada en él; estaba tan fuerte que parecía otra persona. Entonces Parker interrumpió sus pensamientos.

—A este señor lo he visto por Londres no hace mucho. También es vidente. Frecuenta las casas de los ricos. No me acuerdo cómo se llama. Tiene una especie de título nobiliario.

—Conde, marqués, barón… —dijo el comisario.

—¡Eso es, barón! El barón de Shardy.

—¡El barón de Shardy! Señores, averigüen todo de ese tal barón, absolutamente todo —ordenó el comisario.

Margot salió del despacho rápidamente, sabía a quién acudir. Al cabo de veinte minutos, la periodista ya tenía todos los datos que necesitaban. Había llamado a la condesa de Romanones, Aline Griffith. Su amiga la puso al día sobre el barón y sus relaciones con la aristocracia. En cuanto volvió al despacho, se lo explicó orgullosa al comisario.

—Es un vidente y astrólogo de origen húngaro, pero se estableció en España hace veinte años y logró cierta fama con sus predicciones entre la alta sociedad —le detalló Margot—. Pensamos que la madre de Almudena Pimentel quiere averiguar todo lo posible sobre su hija y por eso ha acudido a estos dos expertos.

—Peters, Gutiérrez, hablen con los ellos. A lo mejor sacan algún dato que nos sea útil. Es increíble el predicamento que tiene esta gente entre las familias de alto nivel social.

—En Inglaterra ocurre exactamente igual —comentó Parker—. La misma reina Isabel parece ser que buscó consejo en una médium hace unos años. Y no solo ella, también su marido, el príncipe de Edimburgo, la reina madre, la princesa Marina de Grecia, la duquesa de Kent y hasta su hija, la princesa Alejandra. Solo ha trascendido eso, que querían contactar con miembros de la familia real ya fallecidos. La reina Isabel concretamente quería hablar con su padre, el rey Jorge VI, que murió de forma prematura a los cincuenta y seis años, de un cáncer de pulmón. El hecho de que la visita de la vidente Lilian Bailey al palacio de Buckingham trascendiera hizo que su fama creciera como la espuma. Eso no le gustó a la reina y no se la volvió a ver por allí. Estamos ante un auténtico boom de brujos y videntes.

—Sí, había oído que en Inglaterra habían proliferado los médiums, pero no sabía que también se relacionaban con la realeza.

—En la casa real británica siempre han tenido mucho interés por el futuro. Ha pasado a la historia el alquimista John Dee, consejero de la reina Isabel I en el siglo XVI. Todo el mundo quiere saber su futuro, reyes incluidos. Hay personas que lo primero que leen en los periódicos es el horóscopo. Y si no les resulta favorable, no salen de casa. Estamos ante la moda de todo lo esotérico.

—Sinceramente, no entiendo que la gente tenga tanto interés por el mundo oculto y sobrenatural —dijo el comisario.

—Yo no tengo ninguna curiosidad —comentó Margot, metiéndose en la conversación—. Solo me interesa el presente. Si conoces el futuro, ¿puedes hacer algo por cambiarlo?

—Pienso que está en nuestra mano cambiar el futuro. El ser humano puede transformarlo todo. No hay que tener miedo, Margot —replicó Parker.

La joven se quedó pensando en lo que acababa de decirle Harry. Después de unos segundos, le contestó:

—No soy precisamente miedosa, Harry. Soy realista. ¿Hubiera servido de algo saber con anterioridad que mis padres iban a morir en un accidente de coche? Prefiero que el futuro me sorprenda. No quiero saberlo.

Al escucharlos hablar, el comisario se dio cuenta de que entre ellos seguían existiendo rescoldos del pasado. Tuvo claro que su historia de amor no había concluido del todo. Entonces zanjó la conversación.

—Yo me uno al equipo de Margot. No quiero saber mi futuro, aunque reconozco que tengo curiosidad. Lo vamos a dejar ahí. El hecho objetivo es que los videntes están siendo reclamados por todos, hasta por la policía. Cuando uno está desesperado, acude a este tipo de personas. A unos los creo más que a otros, y merecen mi respeto. Al fin y al cabo, María Gracia tenía razón: la hija de los marqueses de Montero está viva. Mira que desconfiaba de ella, cuando un miembro del gobierno me la recomendó, pero esa mujer tiene algo, llámese don, clarividencia o intuición.

—¿Franco y sus ministros también consultan con videntes, como hacen en Inglaterra? —preguntó el jefe de seguridad de la embajada.

—Se dice que hay un sacerdote que va a menudo al palacio de El Pardo que además es astrólogo y vidente, pero puede ser uno de tantos bulos que circulan por ahí. Se llegó a decir que, en África, Franco contactó con una vidente bereber, o que habría tenido un consejero que también poseía la facultad de ver el futuro. Lo que sí sabemos es que hay algún ministro que frecuenta a estos videntes que están de moda. Fue uno de ellos el que nos sugirió que habláramos con María Gracia.

—Habrá personas que tengan facultades y otros que solo gocen de fama —comentó el inglés—. Yo, por si acaso, nunca me pondré en su radar.

Margot se disculpó con una cena a la que «no podía dejar de acudir» y los dejó que siguieran conversando.

—Adelante, vaya a esa cena… ¡Hasta mañana! —respondió el comisario.

Parker se quedó mirándola hasta que salió del despacho. Era la mujer que más le había atraído en su vida, pero ella parecía no sentir absolutamente nada por él. Su frialdad hacia él saltaba a la vista.

—Mujeres…, ¡quién las entiende! —fue el único comentario del comisario.

En el palacio de los Mora y Aragón apareció Fabiola con mucha prisa. Le comentó a su madre que tenía que acompañar a su amiga Pilar Sástago a Toledo para la entrega de varias canastillas a mujeres sin recursos que habían dado a luz.

—¿Pero tienes que ir tú precisamente? ¿Vas en coche?

—Sí, conduzco yo.

—Bueno, pues nada. ¡Ten mucho cuidado! Las carreteras dejan mucho que desear —le comentó su madre.

—Sí, no te preocupes. Espero estar de vuelta mañana.

Al salir de la habitación, Fabiola se encontró con su hermano Jimmy, que la saludó con ironía.

—He ido a una bruja, por recomendación de Manuela, que dice que en esta casa vamos a vivir un auténtico terremoto —le soltó de sopetón.

—¿Eso qué quiere decir? —preguntó extrañada.

—No tengo ni idea, pero parece que yo estaré fuera de ese corrimiento de tierras. De modo que te prevengo.

—Yo no tengo ningún problema. Que sea lo que Dios quiera. Pero me da la impresión de que frecuentas lugares que no deberías.

—Sé que nunca voy a tener tu aprobación, hermana, pero me da exactamente igual. Siempre tan perfecta y correcta. Vente una noche conmigo y pásalo bien.

—Al revés, vente tú un día conmigo a uno de los barrios más pobres y verás lo útil que te sientes ayudando a la gente.

—No, eso sí que no —le replicó Jaime a su hermana.

—Ya me imaginaba. ¡Cuida de mamá por un día! Me voy a Toledo.

—Tranquila, aquí hay gente suficiente como para que nuestra madre levante un dedo y la atiendan de inmediato —afirmó—. Lo que tenemos son muchas habitaciones vacías. ¡Demasiadas!

Fabiola se fue preocupada por su hermano, bohemio y vividor, así como por la fauna felina que había tomado posesión de aquella casa en la que tanto habían jugado cuando eran pequeños. Aún recordaba la boda de su hermana pequeña, Mari Luz, cuando salió del palacete vestida de blanco. Las dos habían compartido muchos sueños, muchos ideales. Miró al salón y vio perros y gatos desperdigados por todas partes. No reconocía el que había sido su hogar durante tantos años.

 

6

Ávila no quiere seguir el plan

Veronica O’Brien sabía que lo que tenía entre manos era importante. Al escribir al rey Balduino, le puso a Fabiola un nombre en clave: «Ávila». Y a él lo llamó «Luigi». En la misiva, le informaba de que la joven le había confesado que no se consideraba la candidata idónea. Pero, a pesar de esa contestación, la monja irlandesa le indicaba que «al verla había sentido que era la persona que estaban buscando». Le detalló que uno de los cuadros que colgaban de la pared de su piso, decorado muy moderno, reproducía la imagen con la que ella había soñado la noche anterior: una madre con su hijo y una tela roja que los envolvía. A Veronica todo le parecían señales. Cuando Balduino leyó la misiva en la que Ávila rechazaba ser la candidata, sintió mayor interés por ella.

Mientras tanto, una Fabiola desconcertada le contó lo que estaba sucediendo a su amiga Pilar, con la que compartía piso y familia. Neva, la hija mayor de los Mora, se había casado con Alfonso, oficial de caballería, décimo marqués de Aguilar de Ebro y hermano de la mejor amiga de Fabiola. Mientras ella le daba detalles de lo ocurrido, Pilar no podía creer lo que le contaba: una monja irlandesa había ido al piso para decirle que el rey Balduino la quería conocer con fines matrimoniales.

—Entiendo que estés aturdida. Muchas dirían que sí, sin más, por el hecho de ser rey —comentaba Pilar—. En las familias reales, muchos matrimonios se conciertan por conveniencia.

—Te aseguro que yo no lo voy a hacer si no surge entre los dos un sentimiento que nos una para siempre —le respondió Fabiola.

—Te recuerdo que cuando lo conociste te quedaste impactada.

—Eso fue hace tiempo. No lo conozco lo suficiente como para dar un paso tan trascendental. Un par de encuentros no indican cómo es la persona. Siempre lo he visto en compañía de la reina Victoria Eugenia. Me pareció muy tímido y yo actué del mismo modo. Podíamos haber hablado más. No sé… Forzar un encuentro, sabiendo que busca una española religiosa con fines matrimoniales… No lo veo.

—De verdad es sorprendente —afirmó su amiga.

—Te pido que esto que te he comentado lo guardes como un secreto entre las dos —le rogó la joven.

—Puedes confiar en mí.

Fabiola se abrazó a su amiga y así permanecieron durante un rato largo. Pilar le acariciaba el cabello mientras repetía: «¡Tranquila, tranquila!».

Violeta, el ama de llaves y persona de confianza, intuía que algo estaba pasando. Veía a Fabiola desconcertada, así que le sirvió plátanos cortados en rodajas, como a ella le gustaban. Nunca la había visto tan alterada y tan necesitada de un abrazo.

Pilar Sástago se despidió de su amiga, que siguió rumiando sus pensamientos. Fabiola agradeció que sonara el timbre y lograra sacarla de su ensimismamiento. Esperanza Sainz de Estremera se presentó sin avisar. Fabiola la conocía de alguna reunión social y la recibió enseguida.

—Perdona que me presente sin avisar, Fabiola —dijo, mientras la anfitriona la invitaba a sentarse—. Quiero invertir en una de esas nuevas tiendas de moda que se están abriendo en Madrid. Justo hay un local aquí, debajo de tu casa, y lo he adquirido para montar una boutique.

—¿Es el local que están reformando?

—Sí. Deseo hacer algo muy especial para las mujeres que no tienen tiempo de ir al modisto y esperar a que les hagan un traje. Traeré vestidos confeccionados en Italia y en París.

—¿Y qué puedo hacer por ti? —se interesó Fabiola.

—Pues…, al enterarme de que vivías aquí, pensaba ponerle tu nombre a la tienda, Modas Fabiola —dijo ligeramente apurada—. Deseo que la clientela sea muy selecta, y no se me ocurre mejor tarjeta de presentación. Espero que no te moleste.

—No, en absoluto. No soy la única Fabiola de este mundo. Es el nombre de una santa romana. Puedes ponerle a tu boutique el nombre que quieras —le dijo complaciente.

—Te lo agradezco mucho. Me gustaría que, cuando la inaugure, te pases por allí. Me encantaría regalarte alguno de mis vestidos.

—No, por favor. No es necesario.

—Quiero corresponder al detalle que has tenido conmigo.

Fabiola asintió y Esperanza lo interpretó como un sí. La conversación continuó con la fiebre por la moda, que había llevado a la actriz Niní Montiám a ser la «embajadora» de una tienda que vendía las mismas telas que Balenciaga en París, pero en la calle Lagasca. Con Modas Fabiola, Esperanza Sainz de Estremera apostaba por la ropa ya confeccionada. Sería una rival directa de los sastres y modistos que solo estaban al alcance de los más pudientes. A la joven aristócrata le gustaba esa socialización de la moda y hacerla más asequible a otras clases sociales. Estaba muy sensibilizada con los que menos tenían.

Sin duda, la moda aparecía como el gran negocio de esos años junto con la automoción, y ambas evidenciaban el despegue económico de las clases medias. De entre todos los coches, había uno que se estaba haciendo muy popular. Pesaba 600 kilos, tenía un motor de 600 centímetros cúbicos y costaba 65.000 pesetas: el Seat 600. Los primeros modelos tendían a calentarse en exceso, pero se hicieron habituales entre la gente. Además, varios bancos empezaron a financiar la compra a plazos de este utilitario. Las ciudades se estaban llenando de Seat 600 y de boutiques. Esperanza Sainz de Estremera no escapaba a esa fiebre por abrir negocios que se extendía entre las mujeres de la alta sociedad.

Entre tanto, en el palacio de los Mora, Milagros Resines, el ama de llaves, escuchaba atónita el relato de Manuela sobre la sesión de su amiga vidente con Jaime, el bohemio de la familia. Ambas parloteaban mientras retiraban las colchas y dejaban abierta la sábana encimera, para que los pocos residentes de la casa tuvieran fácil acceso al descanso. Después pasaron por las camas un calentador de cobre con forma de sartén, tapado y lleno de brasas. Lo deslizaban con un largo mango metálico para templar las sábanas y ahuyentar el frío. Milagros resoplaba enfadada después de que Manuela le hubiera relatado la experiencia con su amiga vidente.

—¿Estás tonta? —El ama de llaves no disimulaba su enfado y hacía aspavientos con los brazos—. Meter a don Jaime en semejantes tonterías. No me gustan los videntes y no me gustan las cosas que dicen. ¡Son unos mentirosos! ¿No te das cuenta de que tu amiga te está engañando? Aquí no va a haber ningún terremoto. Lo que no ha visto tu amiga es que te voy a tener fregando escaleras mañana, tarde y noche si sigues con esas tonterías.

—Yo solo he querido ayudar. Nada más —protestó Manuela.

—¡Tira para la cocina! Esas patrañas no pueden llegar a oídos de doña Blanca, ¿me entiendes?

Manuela afirmó con la cabeza y se fue corriendo hacia los fogones. Ese día casi no volvió a abrir la boca. Estaba defraudada y decepcionada. Su amiga le había fallado justamente con uno de los miembros de la familia para la que trabajaba. Y ahora Milagros lo pagaba con ella, cuando solo había pretendido ayudar. Su amiga había dejado a Jaime más intranquilo que antes de visitarla. Se preguntaba cuáles eran los motivos reales de María Gracia para actuar así. Sus padres, también bolañegos, se trataban como hermanos, pero entre ellas siempre había existido cierta rivalidad. De niñas se peleaban por las muñecas de trapo, pero ahora, de adultas, parecía que se entendían. Sin embargo, Manuela reconocía en su interior no comprender el éxito y ascenso a nivel social de su amiga. Escapaba a su razonamiento que le donaran tantas joyas como exhibía y que presumiera de todo lo que poseía: muebles de buena madera, fruta de primera calidad en la despensa, túnicas de seda… Desde que llegó del pueblo, María Gracia no había disimulado el dinero que ganaba. Sin embargo, Manuela se partía el lomo subiendo y bajando escaleras, haciendo recados y sirviendo a doña Blanca y a sus hijos. Los gatos y los perros que deambulaban de aquí para allá vivían mejor que ella, pensaba. Estaba rabiosa por su mala suerte.

Margot y el inspector Gutiérrez continuaron con sus nuevas pesquisas para dar con el paradero de Almudena Pimentel. Se fueron a hablar con el barón de Shardy, que compartía fama como vidente con el marqués de Araciel. Ambos se habían granjeado un notable prestigio y habían visitado la casa de los padres de la joven desaparecida. El barón aseguró en esa reunión que Almudena estaba viva, pero que «su situación había cambiado».

Aquella afirmación coincidía, en parte, con lo que María Gracia había anunciado en el momento de la desaparición. Por su lado, el marqués de Araciel, a quien también entrevistaron, fue igualmente tajante al asegurar que Almudena estaba viva, aunque retenida contra su voluntad.

Margot insistió en ese punto, porque no era lo mismo que la joven se hubiera marchado de casa por decisión propia que que ahora no pudiera regresar.

—También cabe la posibilidad de que la persona con la que huyó de España haya cambiado de seductor a secuestrador.

El inspector Gutiérrez expresó con una lógica aplastante que llevaba años persiguiendo a un fantasma y que tenía otros casos pendientes de resolver, igual de importantes.

—Necesitamos dar con ella y que decida si quiere seguir en París o prefiere regresar a España.

—¡Exacto! —exclamó Margot—. Queremos que nos lo diga de viva voz.

El vidente los escuchaba mientras acariciaba un gato persa de color gris. En la mesa camilla, presidida por una bola de cristal cubierta con un fino pañuelo de seda, retomó la conversación aportando algún detalle más.

—Viva está —aseguró—, pero tanto el barón como yo coincidimos en que, después de tantos años, desea regresar a España y no puede. En este momento se encuentra retenida contra su voluntad.

—¿Por la misma persona con la que se marchó? —preguntó Margot.

—Sí. Es angustioso oírla gritar que quiere salir de allí. Lo vi con claridad el otro día en la bola de cristal. Ahora desearía estar en nuestro país. La aventura terminó y se ha convertido en una pesadilla.

Durante el camino de vuelta, Margot y Gutiérrez comentaron las impresiones que habían sacado de ambos interrogatorios. Al llegar a la Dirección General de Seguridad, fueron directamente al despacho de Eugenio Benito Poveda para ponerlo al corriente de las novedades del caso. En presencia de Parker, resumieron las visiones aportadas por los videntes.

—Si bien pudo irse por voluntad propia con su amante, ahora estaría secuestrada —manifestó ella.

—Que sepamos, la última persona que la vio fue Balenciaga —intervino Gutiérrez—. Ahora mismo es quien más datos nos puede aportar. El otro momento del que tenemos hasta una foto es la inauguración de La caída de Ícaro, de Picasso. Pero de eso hace ya más de un año.

—Habría que pedir ayuda a la policía francesa —añadió Margot—. Las cosas han cambiado por completo. Hemos pasado de una joven de veinticinco años que se escapó con su amante a una mujer de treinta retenida en contra de su voluntad.

No era una certeza, pero sí una línea de investigación nueva que ya no podían ignorar.

Parker se levantó de su asiento y se acercó a la mesa del comisario para aportar su experiencia.

—Estamos hablando de un delito muy grave. Se pueden tomar decisiones descabelladas por amor. —Miró a Margot, que apartó la vista—. Pero de ahí a que la persona por la que dejas tu vida anterior y lo abandonas todo se convierta en tu secuestrador… Yo me centraría en él y no en ella —sentenció Parker.

—¿Se refiere a Ángel Torres? —preguntó Gutiérrez.

—Necesitamos fotografías suyas —intervino el comisario—. Le pediremos al dibujante que modifique su fisonomía y nos dé posibles identidades. Puede que haya cambiado el color del pelo, que se haya dejado bigote o barba, o que haya variado su forma de vestir…

—Pero hay algo que sí sabemos con seguridad: se mueve en el círculo de los artistas de renombre, como Picasso. Si nos centramos en los movimientos del pintor malagueño, daremos con él. —Parker volvió a tomar la palabra.

—Pidamos ayuda a la policía francesa —insistió el comisario—. Ahora ya tenemos un posible delito y tendrán que investigar.

—Puedo intentar averiguar algo la semana que viene, cuando viaje a París para entrevistar a Balenciaga —propuso Margot—. Necesitaré que el dibujante me facilite los retratos a mano alzada de cómo podría ser Ángel Torres hoy en día. Ah, y una foto suya, aunque sea antigua. Me lo llevaré todo a París, a ver si alguien lo ha visto o lo conoce.

—El mundo de los intelectuales forma una amalgama de personas entre las que se pueden camuflar a la perfección personajes de talante más oscuro —comentó Parker—. Leí hace poco que, cuando se produjo el robo de la Mona Lisa en el Louvre, el secretario del poeta Guillaume Apollinaire, amigo de Picasso, fue investigado junto con el pintor malagueño, aunque posteriormente los exoneraron. Sospecharon de él porque, años antes, el estafador belga Pieret robó del museo dos cabezas iberas, de un hombre y de una mujer, se las ofreció a Picasso y este las compró. Fueron dos bustos que influyeron mucho en su pintura, en su transición hacia el cubismo. Con este robo se puso en entredicho la seguridad del Louvre. El secretario de Apollinaire entraba y salía del museo con piezas únicas y nadie se daba cuenta. Ángel Torres podría camuflarse sin problemas entre los muchos seguidores de Picasso, incluso cambiar de nombre con la aquiescencia de todos. Esas transgresiones gustan a los artistas.

—Intentaré acercarme también a algún pintor del entorno de Picasso —añadió Margot.

—Es cierto que Ángel Torres se mueve con soltura en ese ambiente —replicó el comisario—. Un hombre que desaparece de la vida de su familia sin dejar rastro ya nos indica el tipo de persona al que nos enfrentamos. Es alguien escurridizo, sin escrúpulos y frío como un témpano.

—¿Estarás mucho tiempo en París? —le preguntó Parker a Margot.

—Solo unos días. ¿Cuándo está previsto que llegue el presidente americano?

—El 21 de diciembre. Dos semanas antes debemos tener Madrid completamente peinada.

—No estaré allí más de una semana. Espero venir con algo positivo. Creo que los dibujos de Torres son esenciales para que alguien me pueda facilitar alguna pista. No me iré a Francia hasta que los tenga en la mano.

Dieron por terminada la reunión y cada uno recogió sus cosas para regresar a casa. Era demasiado tarde y Parker se ofreció a llevar a Margot a casa.

—Muchas gracias, no es necesario.

—Insisto. Creo que debemos hablar… —dijo en voz baja, para que el resto no lo oyera.

—Está bien —dijo Margot, resignada.

Se puso la chaqueta, el abrigo y el sombrero y le esperó a la salida. Decidieron ir andando por las calles transitadas de personas que iban y venían por el centro. Caminaron sin apenas comentar nada hasta que Parker le preguntó si quería que le llevara las carpetas que sujetaba entre los brazos.

—No, Harry. No pesan. Gracias.

Según ascendían por la calle Preciados hacia la Gran Vía, Harry tragó saliva y sacó el tema que llevaba dentro los últimos años. Necesitaba una respuesta, por muy vaga que fuera.

—Me gustaría saber qué he dicho o hecho que tanto te ha molestado para desaparecer de mi vida y no querer saber nada de mí, ni responderme a las llamadas.

Margot sintió que la sangre se agolpaba en su cara. Le faltaba aire, pero intentó responder.

—No hay un motivo. Simplemente me agobié, me sentí acorralada y decidí darme un tiempo. Pensar…

—Cinco años pensando. Ni tan siquiera una palabra. Un motivo. Me he vuelto loco.

—Bueno, no tan loco. Creo que tienes relación con una inglesa, la señorita Bowles —dijo Margot, levemente molesta.

—Ya veo que las noticias vuelan.

Se detuvieron al final de la calle y se quedaron uno frente al otro, mirándose a los ojos en silencio. Parker se acercó poco a poco y la besó. Fue algo inesperado para ella. No supo reaccionar hasta después de unos segundos.

—No vuelvas a hacerlo. ¿Me entiendes? ¡Nunca más!

Empezó a caminar de forma acelerada sin mirarlo. Parker la alcanzó en dos zancadas.

—Lo siento. ¡Perdóname! ¡No volverá a suceder! No he podido contenerme al verte frente a mí.

—¡Nunca más! —A Margot se le saltaban las lágrimas—. ¿Estás con otra persona y me besas a mí? No te entiendo. Son las cosas que me desconciertan. Si quieres a alguien, da igual el tiempo que pase, el sentimiento está ahí y no lo puede ocupar nadie.

—Nunca me dijiste qué sentías por mí. Desapareciste. Soy de carne y hueso.

—No volveremos a tener esta conversación. En cuanto lleguemos a mi casa, nos olvidaremos del tema. ¡Prométemelo!

—No. No puedo prometerte lo que no voy a cumplir. ¿Qué ocurrió? Dame una explicación que pueda entender.

Margot aceleraba el paso para dejar la conversación cuanto antes, pero le respondió con la voz entrecortada.

—Fue una decisión meditada. Mis sueños profesionales se hubieran roto de seguir adelante. Comencé a estudiar para ser detective, ya que como inspectora no me lo permitió la propia policía. Más bien no se nos permite a las mujeres. Fue entonces cuando me obsesioné con Almudena Pimentel. Necesitaba demostrarme a mí, pero también al resto de los compañeros, que nosotras también éramos capaces de resolver casos tan complicados. Me urgía encontrarla, pero la investigación se estancó. Me frustré, nada avanzaba, no aparecían nuevas pistas. No conseguía dar con ella y comencé a dudar de todo, de mí y de ti. Sentía que hablar contigo hacía tambalear mi misión, me descentraba de lo que era de verdad importante. Tus llamadas me hacían plantearme volver a Londres y abandonarlo todo, y no quería, no deseaba abandonar mi sueño. No me lo podía permitir. Por eso me puse como objetivo prioritario encontrarla. Paradójicamente, para dar sentido a mi vida, mi propia vida pasó a un segundo plano…

—Entiendo, y yo también pasé a un segundo plano…

—Dicho así suena muy mal. Tú tenías prisa por avanzar en nuestra relación y yo quería encontrar a Almudena. De pronto comprendí que alejarme de ti me devolvía la paz que necesitaba para centrarme exclusivamente en dar con ella.

—¿Por qué no me lo dijiste? —dijo con cierto estupor.

—¿Lo hubieras entendido? —preguntó Margot.

—Eso ya no importa. ¿Sentías algo por mí? Necesito oírlo.

—No voy a contestar a esa pregunta cuando estás comprometido con otra mujer.

—No tengo ningún compromiso, tan solo salgo con ella sin ningún proyecto de vida.

—¿Ves? Eso es precisamente lo que no me gusta de ti ni de ningún hombre. Si yo soy importante para ti, no podrías mirar a nadie más.

—Las cosas no son así. Que no estemos juntos no significa que no piense en ti.

—No, no sigas por ahí. Nuestra relación debe ser profesional y nada más que profesional. Nunca volveremos a hablar del tema. Me lo tienes que prometer.

—Te digo que no voy a prometerte algo que no voy a cumplir. Cuánto me gustaría volver a recuperar estos cinco años perdidos…

—Por favor, no quiero seguir hablando —insistió Margot.

Llegaron al número 27 de Gran Vía y Margot se despidió con un «hasta mañana», sin dar espacio a más diálogo. No lo miró a los ojos. No se detuvo frente a él. Simplemente entró en el portal sin volver la mirada. Parker observó con tristeza cómo se cerraba la puerta. El sereno pasó por allí y le preguntó si necesitaba algo.

—No, gracias —le dijo apretando el paso.

Caminó sin demasiada energía hasta la Carrera de San Jerónimo, donde estaba su hotel. En su mente repetía una y otra vez las palabras de Margot. Necesitaba llegar a su habitación. Cuando lo hizo, se tiró boca abajo en la cama y ahogó sus sentimientos con la almohada. Estaba destrozado.

Margot, al entrar en casa, se encerró en la habitación. No pudo reprimir las lágrimas… Fue imposible.

 

7

Poner rumbo a París

Margot agilizó el viaje a París. Su intención era ir al aeropuerto de Barajas y subirse al primer avión que la llevara a la capital francesa. Su fiel Camila, que había regresado a Madrid hacía unos días, la ayudó a hacer la maleta para pasar cinco días en la capital francesa. No acababa de entender las prisas.

—No entender esta situación so sudden. —En sus esfuerzos por hablar en español, mezclaba palabras en inglés.

—Tengo que entrevistar al modisto Cristóbal Balenciaga. —No podía decirle nada más. La entrevista con el modisto le sirvió de excusa.

Sátur apareció por allí y no pudo remediar hacer un comentario de los suyos.

—¡Mucho cuidado en París! Seguro que va a aprovechar el viaje para algo más que hablar de moda con un gran modisto.

—¡Sátur! Es evidente que sí. Daré una vuelta por allí, por ver si alguien sabe algo de Almudena.

—My God!!! —fue la única expresión de Camila.

—No os preocupéis. Sé defenderme y soy la primera que no quiere correr riesgos. Ya tuve bastante hace cinco años. —Se tocó la cabeza. De vez en cuando, la cicatriz del golpe que recibió al intentar resolver el caso de las jóvenes asesinadas le dolía.

—Si se enteran sus tíos de que este viaje va más allá de una entrevista, la obligarán a regresar a Londres —sentenció Sátur.

—No se van a enterar. ¿No es cierto? —dijo Margot con complicidad.

—Somos como tumbas… —La cocinera hizo señal de cerrar la boca.

—Si ocurre algo terrible, no perdonarme. Never —comentó Camila.

Margot abrazó a la mujer que la había querido como una hija desde que perdió a sus padres. Igualmente le dio un beso a Sátur, que le preguntó con su perspicacia habitual:

—Aparte de todo, ¿ocurrió algo ayer en comisaría? —Sátur acertaba siempre.

—No sé a qué te refieres. No tiene por qué ocurrir nada —dijo simulando indiferencia mientras recogía los últimos utensilios que se iba a llevar a la capital francesa.

—Parece más una huida este viaje que otra cosa —insistió.

Camila ahondó en la sospecha de la cocinera.

—Parker is here, imagino no tener que ver con esta salida so fast —comentó Camila.

—¡Por Dios! ¡Basta de especulaciones! Hace mucho tiempo que quiero entrevistar a Balenciaga. Pues ha llegado el momento.

—Mucha casualidad justo ahora, ¿no? —Sátur siguió metiendo el dedo en la herida.

—OK —dijo Camila—. The suitcase no parecer too big. —La maleta no le parecía muy grande.

—Llevo lo esencial.

Aquellos comentarios de sus dos «guardianas», como las llamaba, le hicieron sudar tinta antes de salir de casa. Cuando bajó las escaleras, respiró hondo. Finalmente se fue camino del aeropuerto en un taxi. No pudo evitar pensar en las palabras de Sátur. Efectivamente era una huida. Después de la conversación de la noche anterior, se veía incapaz de volver a verlo. Consideraba que se había extralimitado en sus palabras y en los hechos. El beso que le dio sin venir a cuento y cómo le recriminó su silencio le parecieron motivo suficiente para no volver a darle la oportunidad de quedarse a solas con ella.

Pocos minutos después de que Margot se marchase al aeropuerto, llegó a su casa un joven con un ramo enorme de rosas rojas y una nota. Camila y Sátur tuvieron la tentación de abrir el sobre y leer la tarjeta, pero no se atrevieron. Temían la reacción de la joven. Convinieron en que se lo dirían cuando llamara por teléfono, a su llegada a París.

Era Harry Parker quien estaba detrás de ese ramo de rosas. Tras la intensa conversación con Margot, sabía que le costaría recuperar su confianza. Se había precipitado y la había vuelto a alejar con aquel beso robado. Cuando la tenía cerca no sabía reprimirse. Estaba convencido de que ella sentía algo por él, pero jamás lo reconocería. Daba la impresión de que Margot nunca daría rienda suelta a sus sentimientos. Pondría por delante el trabajo a cualquier otra circunstancia. Perseguía su sueño de ser una buena profesional en el mundo del crimen, pero todo parecía estar en su contra. No podía ser inspectora, puesto que no existía esa plaza para mujeres en la policía. Sí podía ser detective, pero eso solo le permitiría estar en la comisaría mientras don Eugenio Benito Poveda no se retirara definitivamente.

Harry sabía que, desde hacía unos años, en Barcelona se habían incorporado mujeres a diferentes despachos de detectives. La más conocida, Carolina Bravo. La primera que había despuntado. En Madrid también había mujeres detectives, especialmente en labores de vigilancia e investigaciones relacionadas con problemas laborales e infidelidades. Sobre todo en la Agencia Internacional, que se encontraba en el número 23 de la calle Barquillo, y en la agencia Hispania, en el número 21 de la calle Fernando VI. En España, desde que se regularizó la profesión en 1951, las agencias de detectives introdujeron mujeres en sus plantillas.

Vicente Cerezo, que había formado a Margot en su agencia, también viajó a Australia al Congreso Mundial de Detectives, y posteriormente al que se organizó en Londres, para aprender y unificar métodos de trabajo.

Harry conocía a Cerezo de cuando era inspector en la comisaría, junto a don Eugenio Benito Poveda. Después, cuando decidió montar su propia agencia y trabajar por su cuenta, perdió el contacto con él. Ahora pretendía pedirle que se sumara a la vigilancia en las calles para que la visita del presidente norteamericano a España fuera un éxito. En el fondo, también era una forma de tener contacto con el entorno de Margot.

La joven detective llegó al hotel Le Meurice y solicitó una conferencia con España para hablar con Camila y decirle que ya estaba en París. No esperaba que le dijera que había recibido un grandísimo ramo de flores que cabía con dificultad en el jarrón más grande de la casa.

—¿Sabes quién ha podido enviártelo? —preguntó con curiosidad.

—Puedo imaginármelo… —No quiso ser más explícita.

—¿Harry? —repreguntó su fiel «guardiana».

—¡Seguro!

—Trae tarjeta… I can open it —le decía que podía abrirla.

—No, por favor. Prefiero leerla yo cuando regrese.

Margot se quedó pensativa. Esas rosas no le harían olvidar el beso furtivo que tanto dolor le había causado. Necesitaba tiempo y distancia.

Cuando Harry Parker llegó a la comisaría aquella mañana, ya sabían todos que Margot había adelantado su viaje a París. Se sintió frustrado, pues ella se volvía a alejar. Estuvo enfadado con el mundo toda la mañana. El comisario se dio cuenta, pero no quiso preguntar por el rostro agriado del joven inglés. Podía imaginar que algo tenía que ver la rápida partida de la inspectora Peters.

Después de llevar su maleta a la habitación del hotel, Margot llamó al atelier de Balenciaga. Previamente había gestionado la entrevista en Eisa Costura, en el número 9 de la Gran Vía, la tienda que había abierto en Madrid el diseñador vasco. Felisa, la mano derecha del modisto, la gestionaba para las clientas que preferían no desplazarse a París. De vez en cuando se dejaba ver por allí al propio Balenciaga, pero desde que lo habían nombrado caballero de la Orden Nacional de la Legión de Honor, no había podido viajar a España con tanta frecuencia. Allí precisamente conoció a André Courrèges y Emanuel Ungaro, dos de los pupilos más jóvenes de Balenciaga. El diseñador quiso que aprendieran el uso de las tijeras de la mano de Juan Mari Emilas, modisto que había aprendido con él en San Sebastián. Había ejercido de primer cortador y de primer maestro de sastrería. «Hay que ayudar a la gente joven y con talento», decía el maestro. Había un Balenciaga afable y cercano y otro muy serio, reservado y discreto con su vida privada. El temperamental y perfeccionista no soportaba el error ni la vulgaridad. Margot deseaba conocer a los dos: el modisto reconocido y el que le daría la pista para averiguar algo más sobre el paradero de Almudena.

Mientras en Madrid se comenzaba a organizar la seguridad para la llegada del presidente de Estados Unidos, la monja irlandesa Veronica O’Brien regresaba a la capital para hablar de nuevo con Fabiola. El rey Balduino deseaba un encuentro a solas con ella. Comprendía perfectamente que la joven española hubiera rechazado una proposición tan aventurada sin apenas conocerse.

O’Brien y Fabiola se citaron a doce kilómetros de Madrid, en el cerro de los Ángeles, en la localidad de Getafe. Allí la joven aristócrata enseñó a la misionera irlandesa las ruinas del monumento del Sagrado Corazón. Fabiola le explicó que un Cristo de más de treinta y siete metros regresaría a ese cerro en el que se encontraban y que se podría ver desde varios puntos de la capital.

—Durante la Guerra Civil, los milicianos fusilaron simbólicamente al Cristo que se erigía aquí y lo destruyeron. Solo quedaron estas ruinas y este cerro, que durante un tiempo pasó a llamarse «cerro Rojo» en lugar de cerro de los Ángeles. Pocos años después de acabar la guerra, se inició la reconstrucción del monumento. Tendremos un nuevo Cristo con los brazos abiertos de casi doce metros y un pedestal de veintiséis metros.

—Esto es un ejemplo de la barbarie y de lo que somos capaces de hacer los seres humanos. ¿Cuándo estará de nuevo en pie? —preguntó la religiosa.

—Todavía quedan años, pero me gusta venir aquí. Es una forma de darme cuenta de que las cosas hermosas necesitan su tiempo. Primero una piedra y luego otra. No sé si me entiende…

—¡Por supuesto! Entiendo su mensaje, Fabiola, y así se lo transmitiré a Su Majestad. Pero me veo obligada a informarle de que le están presionando por todas partes para que encuentre una buena candidata para ser reina. En Bélgica están cansados de esperar.

—Una vida no se puede improvisar. Necesitamos conversar, y si tiene que haber algo entre ambos, nacerá solo. Si no, podremos ser grandes amigos.

Veronica se dio cuenta de que Fabiola era alguien especial. Cualquier otra mujer se hubiera vuelto loca ante una proposición semejante, pero ella no.

Entraron en la ermita de la Virgen de los Ángeles, construida en el siglo XI, aunque fue destruida varias veces a lo largo de los siglos. La última vez también en la Guerra Civil, comentó Fabiola.

—Un arquitecto muy conocido, Rodolfo García-Pablos, ha dirigido la última reconstrucción. Mire qué imagen tan preciosa de Nuestra Señora de los Ángeles. Es una talla de madera del siglo XVII. ¿Le parece que oremos?

La monja irlandesa accedió encantada. Se arrodillaron ante el altar y así permanecieron durante un buen rato. Veronica miraba de reojo a Fabiola. Se convenció una vez más de que era la persona que estaban buscando.

Después de una media hora concentradas en sus oraciones, salieron de la ermita. Fabiola le contó que estaban físicamente en un punto importante.

—Nos encontramos en el centro geográfico de España, en el punto medio. Puede decir que ha pisado el centro de nuestro país.

—La próxima vez que nos veamos, prometo que seré yo quien le indique un punto también estratégico en el que Su Majestad y usted puedan hablar. —La monja recondujo el tema con ingenio—. Solo le pido que le dé esa oportunidad al rey Balduino. Pienso que son dos almas gemelas.

—La oportunidad de conocerme un poco más a fondo se la doy a todo el mundo, cuanto más al rey. Habrá que buscar el momento y un lugar discreto —propuso Fabiola—. No me gustaría que la prensa aventurara o especulara con un encuentro y sacasen sus propias conclusiones.

—Estamos de acuerdo —afirmó la religiosa—. El plan debe llevarse a cabo con el máximo secreto por ambas partes. Luigi es el primer interesado en que así sea.

—¿Quién es Luigi? —preguntó la joven. Era la primera vez que escuchaba ese nombre.

—Es el pseudónimo del rey Balduino para que nadie sepa de quién se trata.

—Es cierto, ahora lo recuerdo. ¿Cuál es el mío?

—Nos entendemos hablando de usted como Ávila.

—¿Por qué Ávila? —A Fabiola todo le parecía extraño, también eso.

—Por santa Teresa de Ávila, que era española y doctora de la Iglesia. Pensé que era un buen nombre para referirnos a usted.

—No está mal pensado. Así que para el rey soy Ávila.

Fabiola sonrió y se ofreció a llevarla en coche hasta el convento en el que se alojaba. La joven tenía prisa. Debía visitar una de las barriadas más desfavorecidas para encontrarse con mujeres que acababan de dar a luz. Deseaba regalarles una canastilla.

En cuanto Fabiola dejó a la monja en su residencia, procuró olvidar todo el plan que O’Brien había puesto en marcha para ella. En el fondo le seguía pareciendo un despropósito, pero no le desagradaba la idea de conocer más a fondo a Balduino. Las dos veces que se habían visto, ambas en presencia de la reina Victoria Eugenia de Battenberg, le gustó, pero no pasó de ahí. Estaba convencida de que cuando estuviera cerca del hombre con el que le gustaría compartir su vida, lo notaría. Seguía pensando que todo lo que se estaba maquinando a sus espaldas era un verdadero despropósito. Sabía que las cosas importantes en la vida ocurrían sin premeditación. La casualidad forma parte de la propia existencia, se decía a sí misma. Algo que le repetía su padre constantemente cuando vivía. «Lo que tenga que ocurrir, será», solía sentenciar. Forzar una situación no conduce a nada, se consolaba. En el fondo había un determinismo filosófico en su pensamiento. ¿Sería Dios el que movía los hilos? Si era así, no podría escapar.

 

8

Cinco años buscando

Balenciaga citó a Margot desayunar al día siguiente. Aprovechó por lo tanto para pasear por la ciudad de la luz, sobre todo, por los lugares donde posiblemente se movería una joven enamorada de un pintor bohemio. Y ese lugar no era otro que Montmartre, le quartier des artistes. Se sentó en uno de sus famosos cafés, Les Deux Magots, donde solían acudir sobre todo los pintores más reconocidos, y también los menos afamados que buscaban una oportunidad. Enseguida entabló conversación con el camarero.

—¿Es usted pintora, mademoiselle? —se interesó el camarero mientras le servía el café con leche.

Margot pensó que no perdía nada por intentar averiguar algo. Al fin y al cabo, aquel era el sitio preferido de los artistas y el supuesto novio de Almudena era pintor.

—No, estoy buscando a un pintor… —Hizo una pausa mientras rebuscaba en su bolso—. Hace mucho que no le veo, pero me gustaría contratarlo.

—Cualquier pintor que viva en París ha pasado por aquí antes o después, se lo aseguro —le informó el camarero, que mostraba predisposición por ayudar.

Margot lo pensó un instante. Cogió la foto de Ángel Torres que le habían proporcionado en comisaría y se la mostró.

El camarero dudó un instante mientras se frotaba el mentón.

—Oui —afirmó—. C’est Monsieur Dubois, pero lo recuerdo más con bigote. —Sabía algo de español.

Margot se puso en guardia, como activada por un resorte. ¡Ya tenía un nombre! Volvió a rebuscar en el bolso y le mostró otra foto, la de Almudena.

—Esta es su compañera —dijo mientras intentaba aparentar calma, pero la verdad es que estaba muy nerviosa.

—Oui, oui… —repetía el hombre señalando la imagen—, pero hace tiempo que no los veo.

—Mire —continuó Margot mientras escribía algo en una pequeña libreta, de la que arrancó la hoja y se la entregó—, si vienen por aquí, por favor, llámeme enseguida. Es muy importante.

La joven dejó unas monedas sobre la mesa y se marchó mientras le repetía al camarero la importancia de su información.

Estaba convencida de que el pintor rondaba por ese barrio. Se preguntaba qué habría ocurrido entre ellos para que ahora Ángel Torres pudiera tener a Almudena recluida en el apartamento donde residían desde que llegaron a París. Los videntes coincidían en que estaba encerrada en contra de su voluntad, y Margot tenía la impresión de que, por una vez, habían acertado. El resto del día estuvo paseando sin rumbo hasta que llegó a los Campos Elíseos, en el distrito 8. Allí se encontraban las tiendas más prestigiosas de la capital de Francia. También el Crazy Horse, el cabaret de más renombre internacional. En esa misma avenida, además, estaba ubicada la embajada de España, cuyo personal no había movido un dedo por encontrar a la ciudadana española desaparecida hacía cinco años. Habían llegado a decir que no existía la certeza de que estuviera en París. Nunca dieron crédito al testimonio de algunas personas que aseguraban haberla visto en la iglesia de la Madeleine. Jamás se interesaron, ni cuando desapareció, ni ahora que tenían más pistas.

Decidió volver al hotel caminando. Una vez que llegó a Le Meurice, pidió una conferencia con Madrid. Quería hablar con Justino Ochoa, el director de la revista Siluetas. Este le dio el contacto de un fotógrafo para que la acompañara e ilustrara su trabajo periodístico.

El viaje en avión y la excitación por encontrar a Almudena la dejaron agotada. No quiso salir a cenar y pidió al servicio de habitaciones que le subieran fruta. Se dedicó a preparar la entrevista a uno de los grandes de la moda que imponían su criterio a la hora de decidir si ensanchar cinturas, acortar faldas, poner o quitar corsés o modificar las mangas. Al final de esta, le preguntaría por Almudena Pimentel, pero sin revelar que la joven desaparecida era el verdadero motivo de su viaje a París. Él la conocía sobradamente, y a su madre también. ¿Por qué decidió visitar al modisto y luego no recoger el vestido? Margot estaba convencida de que la chica trataba de mandar un mensaje. Y ella estaba dispuesta a descifrarlo.

Fabiola recibió una llamada de Veronica O’Brien. La monja la informó de que continuaba en Madrid. Se había trasladado a un pequeño hotel que se encontraba en la calle Don Ramón de la Cruz. Pidió verla de nuevo, tenía una propuesta que hacerle.

A la hija menor de los Mora se le aceleró el corazón. Estaba aturdida y confusa con la insistencia de la monja irlandesa. Se preguntaba qué habría visto en ella para considerarla la persona perfecta para el rey Balduino. Quedó con la inteligente hermana Veronica justo después de comer. Antes quería ver al padre Cavestany, su confesor, y después visitar a su madre, que esos días andaba un tanto revuelta. Se acercaba la fecha del segundo aniversario de la muerte de su padre y volvía a revivir su caída en la iglesia de San Francisco el Grande de Madrid, en la reunión anual de los Caballeros del Santo Sepulcro, su rotura de cadera y lo mucho que reflexionaron sobre la posibilidad o no de operarle. Cuando finalmente accedió a que le realizaran la intervención, murió al día siguiente. Nadie lo entendió. La muerte salió a su encuentro cuando faltaba poco para que cumpliera los setenta y un años.

—¡Si no hubiera tardado tanto en operarse! —decía doña Blanca, asida a la mano de su hija.

—Los designios de Dios son inescrutables. Ese era su día, mamá. No hay que darle vueltas, por mucho que nos duela. Yo también sentí mucho su muerte. Era mi guía, mi apoyo, mi consejero, además del padre más bueno y cariñoso del mundo. Pero ten por seguro que ahora está mejor que todos nosotros.

—¡No sé vivir sin él! Todo le parecía interesante; la pintura, la música, su alegría constante, su serenidad de juicio —se lamentaba la mujer.

—Pues tienes hijos y un ejército de nietos que te necesitan. Tú también eres un pilar fundamental para nosotros —intentaba animarla Fabiola—. Acuérdate de que, después de papá, murió Josefina, nuestra institutriz. Dos pérdidas muy seguidas de las que no nos hemos repuesto. Te necesitamos fuerte, mamá. Tú y yo deberíamos hacer otro viaje como el que hicimos a Santiago de Compostela. Mari Luz nos insiste mucho en que vayamos a la finca de su marido.

—Menos mal que te tengo cerca. No sé qué sería de mí sin ti. Me hizo mucho bien ir a Santiago y previamente visitar a la Virgen de Covadonga en Asturias.

—Tenemos que volver. Nos vino muy bien a las dos.

Estaba muy preocupada por la melancolía de su madre. Recordó su rechazo al pretendiente que la quería llevar con él a Washington. Su madre la necesitaba en aquel momento, y ahora más todavía. No quiso pensar en Balduino. Veía la propuesta de la monja irlandesa como una quimera. Tenía intención de estar siempre cerca de su madre. La veía vulnerable y muy sola, a pesar de los siete hijos que había tenido.

Cuando se despedía de ella, apareció Jimmy. Estaba demacrado y con pocas ganas de hablar.

—¿Una noche larga? —preguntó Fabiola con sorna.

—Muuuy larga, hermanita. Insisto, un día deberías acompañarme —la provocó su hermano—. Por cierto, ha llegado una invitación de los Alba a tu nombre. La tiene Milagros.

Justo la fiel ama de llaves la llevaba en la mano para dársela antes de que se fuera. Se trataba de una fiesta que se celebraría antes de la visita de Eisenhower, a la que solo asistirían personas de la alta sociedad española y norteamericana.

—¿Quieres que te acompañe?

—No, muchas gracias —afirmó rotunda—. No he olvidado cuando te llevaste los abrigos de piel de las invitadas del guardarropa de casa y los empeñaste. Fue vergonzoso. Todavía me lo recuerdan entre risas.

—¡Fue una chiquillada!

—Además, ya sabes que yo estoy en esas fiestas lo justo. Suelo ser la primera en irme.

—¡Eres una aburrida! ¡Seguro que te meterás a monja! Lo dice todo el mundo —le replicó su hermano.

—¡Qué sabrán de mí!

Salió del palacete de los Mora con bastante prisa. Su fiel mecánico, Hipólito Vidal, la esperaba con el coche en marcha. Llevaba dos años a su servicio, igual que Violeta. El chófer no era muy alto, pero parecía de más estatura por su envergadura, y peinaba ya muchas canas.

—¿A dónde vamos, señorita?

—A Tetuán de las Victorias —le indicó—. Tengo que entregar un sobre a una familia muy necesitada.

Al abrirse la verja de la finca, un grupo de indigentes la esperaba a la puerta. Fabiola le dijo a Damián, el portero, que apuntase sus domicilios y les preguntase cuáles eran sus necesidades.

—No conozco a nadie con un corazón como el suyo —afirmó Hipólito al cerrar la ventanilla.

—Hay muchas personas como yo. No tiene ningún mérito —le replicó ella.

Veinte minutos después, Fabiola ya se encontraba en una de las barriadas más pobres de Madrid, escuchando a una familia que tenía a un niño enfermo y le había pedido ayuda. El sobre que les entregó contenía el dinero suficiente para su tratamiento. La generosidad de Fabiola no tenía límites.

De allí se dirigió a su casa de Bárbara de Braganza y se arregló rápido para acudir a la cita con la monja irlandesa. Le pidió a Hipólito que la esperara. No creía que ese té durase más de veinte minutos.

La hermana Veronica la estaba esperando en la puerta de su pequeño y modesto hotel. Decidieron caminar hasta una cafetería que estaba a dos pasos de allí. Así podrían hablar tranquilamente. En el trayecto, la monja irlandesa le habló de su vida. Era la undécima de trece hermanos. Siendo muy joven, se unió a la congregación de las Damas de Santa Clotilde, en la que estuvo catorce años. Después buscó otra forma de servicio a los demás fuera del convento. Descubrió la Legión de María, fundada por el padre irlandés Frank Duff. Ella le ayudó a expandirla por diferentes países.

—Dejemos de hablar de mí —concluyó la religiosa—. Centrémonos en usted. Mi opinión es que se tienen que encontrar para hablar y descubrir su personalidad. ¿No cree?

—¿Balduino y yo? —preguntó Fabiola, aun sabiendo la respuesta.

—Sí.

—No tengo ninguna objeción en hablar. ¿Vendrá a España?

—No podría hacerlo sin que se enterara todo el mundo. En cuanto se descubriera que se había reunido con usted, la prensa no la dejaría en paz. La reunión sería mucho más discreta si se celebrase en Bélgica.

—¿En Bélgica? ¿Y cómo me escapo hasta allí? Mis hermanos y mi madre tendrían miles de preguntas.

—Dígales que se va a celebrar un congreso internacional sobre la pobreza en Bruselas —afirmó categórica la hermana Veronica—. He hablado con el nuncio y le parece una buena excusa.

—¿Y qué les digo que voy a hacer yo en ese congreso?

—Diga lo que quiera, el congreso es ficticio.

—¿Una mentira de la que participaríamos todos? —afirmó, suspicaz.

—Una mentira piadosa para alcanzar un bien mayor —dijo la monja en tono tranquilizador—. Sería imposible que Balduino quedara con usted de otra manera. Él no puede moverse con facilidad sin que lo sepa Bélgica entera.

—Comprendo…

Fabiola pensaba que todo era una gran locura. Estaba a punto de negarse, pero, inexplicablemente, aceptó. Quería acabar cuanto antes con esa incertidumbre. Se verían cara a cara y podría disuadirlo de la idea de comprometerse sin conocerse en profundidad. Consideraba que las cosas importantes no se hacían así.

—Está bien. ¡Acepto! Nos veremos en Bruselas antes de acabar el año. Será algo discreto. Debemos hablar los dos a solas, sin que haya nadie presente.

—Me parece bien. Quedaré con usted para darle en mano los billetes de avión. Será un fin de semana, nada más. Pero su vida y la de Balduino pueden cambiar —le dijo O’Brien.

—¡Sin presión! ¡Vamos a hablar, nada más!

—Sin presión…

Volvieron caminando al hotel y allí se despidieron. Cuando entró en el coche, Hipólito, el chófer, la vio muy pálida y callada.

—¿Ha ocurrido algo malo, señorita? —se interesó el hombre.

—No sabría decirle… —dudó—. Algo increíble, en cualquier caso. Son cosas que solo me pasan a mí.

—¿Ha comido algo? —insistió el conductor.

—Tengo cerrado el estómago, pero no se preocupe, estoy bien.

Permaneció en silencio el resto del trayecto. No entendía bien lo que estaba ocurriendo.

En cuanto llegó a casa, se armó de valor y llamó por teléfono a su hermano mayor. Le explicó lo del congreso al que debía asistir. Gonzalo, que ejercía de paterfamilias, no entendía por qué debía ser ella la que viajara a Bruselas.

—¡Te acompaño! —se ofreció sin pensarlo.

—No… No puedes hacerlo. Voy con una monja irlandesa y con el nuncio de Su Santidad.

—Pero ¿por qué tú? —insistía su hermano.

—No lo sé, francamente… —respondió, haciendo gala de una gran capacidad de reacción—. Me ha recomendado la directora de la Escuela de Enfermería en la que estudié.

—Bueno, ya lo hablaremos —sentenció Gonzalo.

Fabiola llamó a Veronica y le explicó las reticencias de su hermano. Era muy reacio a darle el permiso que necesitaba para viajar y había llegado a un punto en el que no tenía respuesta a sus preguntas.

—Me va a llevar un tiempo convencerlo —le confesó Fabiola a la monja.

—Ese es el problema —replicó la religiosa—. Justo lo que no tenemos es tiempo…

A las ocho en punto de la mañana, Margot se encontraba a las puertas del atelier de Balenciaga en París. El fotógrafo francés, colaborador de la revista, estaba esperándola para realizar el reportaje. Al entrar, los condujeron hasta una habitación, donde los estaba esperando el modisto. Iba perfectamente vestido con traje oscuro, corbata negra, camisa blanca y un pañuelo blanco asomando de su bolsillo de vivo. Su pelo negro lo llevaba peinado hacia atrás. Les tendió la mano y, aunque no les sonrió, sus ojos eran afables. Después, con un gesto los invitó a sentarse con él a la mesa. El modisto los agasajaba con un desayuno digno de un rey; cruasanes, zumos, tostadas y una gran variedad de repostería. Todo ello presentado en porcelana y plata de la mejor calidad. Margot apenas tomó un café, pero el fotógrafo se rindió a los pastelitos. Le sugirió al modisto hacer primero las fotos para que después estuvieran más relajados a la hora de la entrevista.

El fotógrafo le pidió al modisto que posara apoyado sobre su mesa de trabajo. Quiso emular la foto que le había hecho Boris Lipnitzki treinta años antes. Este accedió y, a pesar de su timidez, se fue relajando a medida que le daba confianza. A sus sesenta y cuatro años, mantenía toda su elegancia y atractivo. Cuando terminó, el fotógrafo se despidió de ellos y Margot y él se quedaron a solas.

Antes de la entrevista, y de forma espontánea, surgió el agradecimiento que el modisto le debía a la familia Mora y Aragón, con la que mantenía una relación estrecha.

—Si no llega a ser por doña María Micaela Elío y Magallón, marquesa viuda de Casa Torres, hoy no estaría hablando con usted. Yo era muy niño cuando, estando cerca de mi madre, Martina Eizaguirre, de la que yo aprendí el oficio, me atreví a decirle que podía copiarle uno de los trajes que ella traía de París. Le hizo gracia y aceptó el reto. A la semana lo tenía hecho y parece que le gustó. Ahí fue cuando empezó mi carrera, siendo un niño.

Balenciaga parecía tener muy presentes esas imágenes del pasado.

—Mi padre era pescador y mi madre, costurera. Lo normal es que yo hubiera tirado más por la mar, pero no fue así —afirmó el modisto—. En mi pequeño pueblo, Guetaria, se encontraba Villa Ona, la residencia de verano de esta gran dama, la marquesa de Casa Torres. Venía mucho a nuestro hogar para que mi madre le hiciera y deshiciera trajes. A mí me tenía deslumbrado. Me fascinaban sus vestidos largos y sus sombrillas de encaje cuando la veía sobre el tílburi o en misa.

Margot lo escuchaba sin hacer preguntas. El modisto tenía ganas de hablar de aquella mujer que le otorgó su confianza siendo un adolescente y que le encargaba trajes y más trajes. A partir de ahí, empezó a tener otras clientes pertenecientes a la aristocracia, como ella.

—Así hice mi primera incursión en la alta costura y en la alta sociedad —afirmó—. Después llegó su hija como clienta, Blanca Carrillo de Albornoz y Elío, también marquesa de Casa Torres. Y finalmente su nieta, doña Blanca de Aragón y Carrillo de Albornoz, y sus biznietas, Neva, Ana María, Fabiola y Mari Luz.

»Doña Blanca me he dicho que no está en su mejor momento, tras la pérdida de su marido, don Gonzalo —añadió Balenciaga—. Ya ve, una mala caída te puede apartar de este mundo. Le cuento todo esto para que sepa de dónde vengo. Mi origen es muy humilde y lo tengo muy presente. También me enorgullezco de haberme labrado mi propio destino a base de aprender y aprender de mi madre, que me lo enseñó todo, desde enhebrar una aguja hasta cortar y coser ojales. Puedo saber, sin equivocarme, cómo es un sastre o un modisto por como cose un ojal.

Margot siguió con la entrevista. Entre sorbo y sorbo de café, le preguntó por su carrera, sus sueños, sus tendencias de moda, su obsesión por las mangas y por las telas, a las que daba todo el protagonismo.

Cuando ya estaba a punto de concluir la entrevista y el ayudante apareció para dar por terminado el desayuno, entre agradecimientos, Margot preguntó:

—Veo que sus clientas de Madrid le siguen siendo fieles. Tanto que muchas viajan desde allí para seguir vistiendo sus diseños. —Margot intentaba dirigir la conversación hacia donde le interesaba, Almudena Pimentel.

—Tengo la suerte de tener varias clientas en la capital de España, sí —afirmó con modestia.

—Precisamente la marquesa de Montero, Silveria Ramón, me contó hace poco que su hija sigue visitando su atelier en París.

—Efectivamente es una de mis clientas, Almudena.

¡Bingo! Margot ya tenía al modisto donde quería. Ahora era cuestión de sonsacarle más información.

—Sí, doña Silveria me dijo que estuvo aquí hace poco, ¿verdad?

—Así es, pero no ha recogido su pedido. Por eso la llamamos. Aquí tenemos su traje. ¿Cuál es su interés por ella, señorita? —preguntó el modisto con desconfianza.

Margot intentó buscar una excusa, pero pensó que, dada la perspicacia de Balenciaga, lo mejor sería decirle la verdad.

—Verá…, además de periodista y enviada especial de la revista Siluetas, soy colaboradora de la policía —le confesó. El modisto no disimuló cierta sorpresa—. Almudena lleva cinco años desaparecida y su llamada es nuestra única pista. Pensamos que puede estar en peligro.

—Ahora que lo dice… —reflexionó el modisto—. Parecía nerviosa, más que las otras veces. Me miraba fijo a los ojos. Como si no pudiera hablar abiertamente.

—¿Notó algo más que le resultase extraño? —insistió Margot.

—Pues… Me pidió que eliminase el corsé. Insistió mucho en que necesitaba sentirse libre. Era un vestido palabra de honor en tonos naranjas con un enorme lazo azul.

—¿Le hizo algún gesto o notó algo extraño mientras le hacía esa petición? —insistió Margot.

—En un momento que me acerqué a ella, me susurró que se sentía como Ícaro después de desafiar al sol… —El modisto estaba visiblemente sorprendido.

Margot reflexionó un instante. Ícaro, el cuadro de Picasso que tenía precisamente esos colores, azules y naranjas. No había lugar a dudas. Almudena había pedido ayuda de la mejor forma que pudo. Y había funcionado. Entonces siguió preguntando.

—¿Venía sola o la acompañaba alguien? —Margot dio rienda suelta a la detective que llevaba dentro.

—Vino acompañada de una mujer entrada en años, con gesto muy serio.

—¿Y qué hacía esa mujer? —siguió interrogándolo Margot.

—Observarla —dijo él, tajante—. No se separó de ella en ningún momento. A veces, las personas quieren desaparecer por un tiempo. Yo respeto mucho esas decisiones. Quizá Almudena se ha equivocado de compañía.

—¿Cómo vio a la joven?

—Bien, como siempre. Era la última prueba y solo recuerdo que tuve que modificar las medidas.

—¿A qué se refiere? —Margot seguía insistiendo.

—Había engordado un poco, eso es todo. Como habrá comprobado, la repostería de París es la enemiga de los modistos —bromeó Cristóbal, señalando los majares con que la había obsequiado.

—¿Podría facilitarme su última dirección, si es tan amable? —preguntó Margot, convencida de que conseguiría la información que buscaba.

—Me encantaría ayudarla, pero me temo que no será posible —se lamentó Balenciaga—. Es información confidencial de una clienta, no la puedo revelar.

—Pero… ya le he dicho que soy colaboradora de la policía —replicó ella.

—Con todos mis respetos, señorita. —El tono de él se volvió más solemne—. No dudo de su colaboración con la policía, y tampoco sé muy bien cómo funcionan las cosas en España, pero en Francia, para facilitarle la información que me pide, necesito la orden de un juez, o al menos de alguna autoridad competente. Y por lo que sé, usted es una reportera de una revista de moda. Lamentándolo mucho, no puedo ayudarla más.

Margot sintió como si le hubiera caído encima un cubo de agua helada. El modisto tenía razón, tendría que averiguar el paradero de Almudena por su cuenta.

—Ha sido un placer hablar con usted —le dijo, visiblemente decepcionada—. Le haré llegar varios ejemplares de la revista.

Balenciaga tendió la mano y se despidió de ella.

—Por favor, si aparece por aquí, ¿podría decirle que se ponga en contacto con su familia en España? —insistió Margot.

El modisto pareció apiadarse de ella y se dirigió a su ayudante.

—Pierre, por favor, sigue intentando contactar con la señorita Pimentel.

Después desapareció dentro de su atelier.

El joven sacó una caja alargada que contenía las fichas de las clientas. Al llegar a la letra pe, cogió la tarjeta correspondiente a Pimentel y marcó el número. El asistente del modisto no le quitaba ojo de encima, pero, en un despiste, dejó la tarjeta sobre la mesa y Margot aprovechó para mirar de reojo. Con dificultad pudo distinguir una dirección: rue Lepic. El hombre se dio cuenta y guardó la tarjeta rápidamente. Pero para Margot fue suficiente.

—Lo siento, mademoiselle, no contestan.

—No se preocupe —dijo con falsa resignación—. Si la localizan, llámenme. Me alojo en el hotel Le Meurice.

—A su servicio.

Margot salió de allí con una sonrisa en los labios. Ya tenía lo que necesitaba.

 

9

Primer encuentro

Tras una llamada del nuncio de Su Santidad, Ildebrando Antoniutti, Gonzalo, el hermano mayor de Fabiola, accedió a firmar el permiso para el viaje de su hermana. Le explicó que «nadie como ella para que representara a la España más solidaria». Gonzalo se ofreció a acompañarla, pero el nuncio lo rechazó. Le argumentó que había otras mujeres representando a otros países, y que estas no acudirían acompañadas ni de los maridos ni de los hermanos. «Es otro momento don Gonzalo. Las mujeres pueden representarse a sí mismas perfectamente. Además, la hermana O’Brien y yo la acompañaremos en todo momento». El nuncio se estaba empleando a fondo en aquella causa, en la que Balduino estaba decidido a abandonar su soltería para unirse en matrimonio a una joven española y católica.

Fabiola comenzó los preparativos del viaje. Acudió a la boutique que Esperanza Sainz de Estremera había abierto en su edificio y le pidió consejo. Se probó varios vestidos y se decidió por un traje de chaqueta corta con grandes botones y una falda estrecha por debajo de la rodilla de color verde que le sentaba como un guante. La dueña de la boutique se lo regaló. Las faldas se estaban acortando a pasos agigantados.

Fabiola pensó en los temas que podrían tratar dos personas que apenas se conocían. Estaba claro que mencionaría a su madrina, la reina Victoria Eugenia. Ella los había presentado años antes. También le preguntaría por sus preocupaciones, en especial por la situación del Congo. Fabiola había leído el libro de Conan Doyle, El crimen del Congo, en el que denunciaba la situación vivida allí a principios de siglo y la constante violación de los derechos humanos. El entonces rey de Bélgica, Leopoldo II, no salía bien parado. Aunque era ancestro familiar, a Balduino no le tocaba directamente. Leopoldo II había utilizado todas las formas inimaginables de crueldad contra la población. Se sabía que así fue como acumuló una inmensa fortuna con el marfil y el caucho obtenidos en las colonias belgas de África. Dicha fortuna la heredó su sobrino, Alberto I, así como el título de rey. El hijo de este, Leopoldo III, era el padre de Balduino y cuarto rey de los belgas. Su reinado estuvo marcado por la invasión de Alemania a Bélgica en la Segunda Guerra Mundial. Finalmente, en 1951 se vio obligado a abdicar en su hijo Balduino, que subió al trono con veintiún años y se convirtió en el quinto rey de los belgas. Habían pasado ocho años y era consciente de que había llegado el momento de buscar una esposa. Así se lo reclamaban desde todos los ámbitos de la sociedad belga. Fabiola, tras meditarlo mucho, decidió no abordar sus problemas como rey. Lo que a ella le interesaba era conocerlo como persona. Deseaba plantearle los grandes temas de la vida para saber si coincidían o no. Su «guerra» era otra en este momento. Estaba en juego su propia vida. Tenía claro que no se uniría de por vida a alguien por el que no sintiera respeto y admiración.

Entre semana quedó de nuevo con Veronica O’Brien. Esta le entregó los billetes de avión para volar el viernes a Bruselas. Los nervios en la joven eran evidentes.

—Voy, pero no quiero engañar a nadie. Lo hago libremente y sin ningún compromiso. Necesito que tengamos claro que simplemente acudo para hablar con el rey. Nada más. No quiero parecer descortés, pero, insisto, no me comprometo a nada.

—¡Por supuesto! Aquí no hay ningún tipo de imposición. Son dos jóvenes que simplemente van a hablar porque ya se conocen. Así todo resultará mucho más fácil. Los dos saben a quién se van a encontrar. De todas formas, le trasladaré a Luigi sus palabras.

—¿Por qué no le llama ya Balduino?

—Sigue siendo un secreto de Estado. Usted para mí sigue siendo Ávila.

—¿Seguirá después de este encuentro llamándonos así?

—Sí. Hasta que el proceso termine.

—Le diré que sigo pensando que el rey debería buscar esposa en personas de más alto rango que yo. Hay princesas que estarían deseando conocerlo a fondo.

—Cada día estoy más convencida de que la persona que encaja más con la personalidad del rey es usted.

—Dejemos todo en manos de la Providencia.

Fabiola preguntó dónde se iba a producir el encuentro. Y la hermana Veronica le informó de que sería en su sencillo piso en Bruselas, en la rue Suisse.

—Nadie debe enterarse, y mucho menos la prensa —remarcó la monja—. Luigi se moverá con la mayor discreción. Todo se está llevando a cabo bajo el más estricto de los secretos. No resulta el lugar más apropiado para los dos, pero es sencillo, sin lujos, como corresponde a mi condición de legionaria de María.

—Lo mejor es compartir ese momento alejados de miradas extrañas. —Fabiola le dio la razón—. Será muy difícil para él, pero también para mí. La situación resulta de lo más extraña para los dos.

—No se preocupe por nada. Se trata nada más que de un encuentro. El resto solo Dios lo sabe. —La religiosa estaba convencida de que saldría bien.

Se despidieron con un abrazo y Fabiola pidió a su fiel mecánico que la llevara hasta la iglesia de Santa Bárbara, donde solía confesarse con el padre Cavestany.

Arrodillada frente al altar mayor, rezó durante largo rato. Era consciente de que aquel viaje podía condicionar su futuro.

Con cierta ansiedad por dar con la joven desaparecida, después de tanto tiempo, Margot se dirigió a la rue Lepic, ubicada en el barrio de Montmartre. Su intuición no iba desencaminada cuando acudió al café Les Deux Magots. Antes de llegar al número 15, se encontró con una variedad de comercios, alguna panadería de la que salía un extraordinario olor a pan y a cruasanes recién horneados. En la misma calle estaba el Moulin de la Galette, un molino de viento que aún funcionaba. Estaba cerca de la rue Chevalier de la Barre, donde emergía con majestuosidad la basílica del Sacré-Coeur, uno de los lugares emblemáticos de París. Un magnífico edificio religioso levantado en homenaje de los ciudadanos franceses que perdieron la vida durante la guerra franco-prusiana. Su cúpula de ochenta metros era visible desde todas las calles adyacentes.

El corazón de Margot latía a más velocidad que nunca. Cinco años buscando a la joven y ahora parecía que todo podía acabar de golpe. Solo quería saber si se encontraba bien. Nada más. Si al localizarla decidía seguir en París, alejada de sus padres, no tendría nada que decir. Pero los videntes coincidían en que estaba en algún sitio contra su voluntad. Se preguntaba si el pintor Ángel Torres le permitiría ver a la joven, o todo lo contrario. Sabía que, si oponía resistencia, podría vivir una situación desagradable. Llevaba encima la pistola. No la solía coger cuando volaba en avión para evitar situaciones incómodas en la aduana, pero en aquella ocasión lo consideró apropiado. Se paró en un quiosco de prensa y compró un periódico. Se acordó de Aline Griffith y su método de defensa. Lo dobló de tal forma que quedó una parte muy puntiaguda. Lo suficiente para defenderse con un golpe seco en el cuello si era necesario. Toda precaución sería poca. Llegó al número 15 y no se lo pensó. Esperó a que saliera alguien y, antes de que se cerrara la puerta, entró. Miró todos los buzones, pero no encontró el nombre de Ángel Torres ni de Almudena Pimentel. Tampoco el de Dubois, como lo llamó el camarero. Fue subiendo pisos y comenzó a llamar a las puertas preguntando por ellos. Nadie le daba razón alguna de su existencia. En la segunda planta había una pensión. La dueña la recibió con amabilidad y Margot no dudó en enseñarle las fotos que tenía de ambos.

—¡Monsieur Dubois! —afirmó la mujer—. Sí, estuvo aquí con su señora hasta hace seis meses, cuando llegó su hermana mayor. Decidieron mudarse a un piso los tres. Como es pintor, necesitaba un estudio.

—Monsieur Dubois y su hermana —murmuró en voz baja—. ¿Sabe dónde puedo encontrarlos?

—Continúan por este barrio. Creo que se han ido a la rue Norvins. No sé el número, pero está cerca del café Le Consulat, un lugar que frecuentan muchos artistas.

—¿Sabe si se encontraban bien los dos? Bueno, los tres.

—Ella andaba un poco delicada. Salía poco de la habitación. No debía encontrarse muy bien. Tampoco es que fuera muy habladora.

—¿Parecía enferma? —insistió Margot.

—Siempre estaba en la habitación, resultaba difícil hablar con ella. Parecía muy retraída.

—Muchas gracias. No la quiero molestar más. Le dejo mi número de teléfono por si recuerda algo más y me puede decir el número de la rue Norvins.

Anotó en su libreta el número del hotel, el de su casa y el de la comisaría de Madrid. Arrancó la hoja y se la entregó a la mujer.

Al salir de allí, se sentó en el primer banco que vio. Se sentía agotada y completamente frustrada. Estaba convencida de que daría con ellos. Tenía que localizar al señor Dubois, que era como se hacía llamar Ángel Torres en París. Sin pensarlo, se dirigió al barrio que le había indicado la mujer de la pensión. Allí preguntaría en el entorno bohemio.

No tardó en llegar a la zona. Todas eran casas bajas de color blanco. La estrecha calle estaba repleta de pequeños cafés y de diminutos puestos callejeros donde se vendían y se exponían cuadros de diferentes pintores. En todos ellos preguntó por Ángel Torres y por el señor Dubois, como si se tratara de dos personas distintas, pero nadie le supo dar ninguna información.

Regresó al hotel. No tenía ganas de nada, solo deseaba pensar. No podía seguir posponiendo su regreso a España. Lo cierto es que nunca se había sentido tan cerca del paradero de Almudena como en esa ocasión.

Desde la Brigada de Investigación Criminal, en Madrid, Harry Parker montaba el operativo para la visita del presidente norteamericano a España. Miró la fase en la que se encontraría la luna el 21 de diciembre y respiró hondo. No habría luna llena, sino que estaría en fase menguante. «¡Una luna gibosa menguante!», se dijo a sí mismo, satisfecho. Un momento extraordinario para que todo saliera bien. Parker tenía una relación difícil de explicar con la luna y sus distintas fases. Aquel sería un buen momento para cosechar, en todos los sentidos. Debía cerrar un ciclo de su vida. Una ocasión perfecta para comenzar a sanar a nivel personal. Necesitaba saber si todavía estaba a tiempo de retomar su relación con Margot y comenzar de cero. Parker tenía una cualidad: jamás se daba por vencido.

Por lo pronto, pensaba acudir al baile organizado por la duquesa de Alba en el palacio de Liria para festejar la llegada de los estadounidenses que acompañarían al presidente en su viaje a España. Cayetana Fitz-James lo había organizado para el día 15 de diciembre. Justo ese día habría luna llena. Sabía que entre las familias norteamericanas residentes en España se mezclarían personas de la alta sociedad española. Por su relación con la duquesa, no tenía ninguna duda de que Margot estaría allí, junto con Aline Griffith y las familias aristocráticas cuyos miembros hablaran en inglés.

Tenía dos operativos en marcha. Uno a nivel profesional, para que todo saliera bien en lo relativo a la seguridad del alto mandatario norteamericano. Y el otro a nivel personal. Tenía claro que debía acercarse de nuevo a Margot. Pero antes debía dar por terminada su relación con la joven Jane Bowles, con la que se veía de vez en cuando en Londres.

No se lo pensó dos veces e hizo un viaje exprés a la capital británica para decirle en persona que todo había acabado entre ellos. Harry era un hombre incapaz de comunicar sus grandes decisiones de otro modo que no fuera cara a cara, y tampoco de expresarlas sin dejar que sus sentimientos afloraran tal cual los sentía.

Decidió decirle a Jane que no iba a poder darle la atención que merecía. Harry era un caballero incluso para terminar una relación. Al escucharlo, ella se quedó sin palabras y dio por hecho que Parker había vuelto a verse con la mujer de la que todos hablaban en la embajada.

—Se trata de Peters, ¿verdad? —le preguntó ella—. Nunca te la has quitado de la cabeza. Siempre ha estado presente entre tú y yo. Las mujeres sabemos esas cosas. Tenemos un sexto sentido.

—No, te juro que no estoy con ella, pero no te voy a ocultar que siento algo por Margot. Por eso no quiero engañarte. Mi pensamiento no está en Londres, sino en Madrid —le confesó Parker.

La joven se echó a llorar. Él no sabía qué hacer y le dio su pañuelo para que enjugara sus lágrimas.

—Siempre ha sido ella. Yo he sido tu entretenimiento —manifestó la joven, despechada.

—Me has ayudado a sobrellevar uno de los periodos más difíciles de mi vida, pero aún no está resuelto ni superado. Ella me rechaza, pero no me la puedo quitar del pensamiento. Solo quiero ser honesto contigo.

—Está bien. Gracias por sacar valor y decírmelo cara a cara —agradeció la joven—. Pero no puedo evitar sentir que has estado jugando conmigo. Siempre he sido la otra. El caso es que acepté ese rol pensando que me darías mi sitio, pero no ha sido así. Al menos lo has reconocido.

Se levantó de su asiento del pub en el que se habían citado y se fue sin mirarle una sola vez. Harry pensó que ese era su sino: las mujeres se alejaban de su lado sin tan siquiera despedirse de él. Se tomó la pinta que había pedido casi de un trago. Sacó dinero de su bolsillo y pagó.

Se fue a la embajada española en Londres. Todos lo recibieron con afecto. Habló con su sustituto y le puso al día. Aparentemente todo iba bien. Saludó a Julián Martín-Briz y le avisó de que no regresaría a su puesto de trabajo hasta finales de enero.

—¿Qué te ha traído por aquí? —preguntó Julián.

—Quería ver en persona cómo estaban las cosas por la embajada y también poner punto final a una historia que estaba comenzando y que he dado por terminada —confesó Harry con sinceridad.

—¿Una historia de amor? —se interesó Julián.

Parker afirmó con la cabeza.

—Estás todavía en la edad de enamorarte y desenamorarte. ¡Es la vida! Pero tendrás que ir pensando en sentar la cabeza.

—Yo lo tengo claro desde hace mucho, Julián, pero no soy correspondido.

—Te refieres a Margot, ¿verdad? —adivinó Martín-Briz.

Parker no necesitó responder. Su risa forzada lo dijo todo. Después de un silencio, el diplomático continuó hablando.

—Margot es muy especial, es cierto, pero hay que dejarla libre —le advirtió Martín-Briz—. No le gustan las imposiciones. Si alguien se empeña en que haga algo sin razonamiento alguno, hará lo contrario. Mi consejo es que no la atosigues. Que sepa que estás cerca, pero dale libertad. Desde ahí, la puedes conquistar.

—Gracias por el consejo. Lo tendré muy en cuenta.

—Cita a algún filósofo. Ahora está inmersa en Schopenhauer y Platón… Busca otros referentes filosóficos y menciónalos en alguna conversación, puede que eso la atraiga. Hay que conquistarla de forma indirecta, no sé si me entiendes.

—Filósofos. Soltar citas en mitad de una conversación. Conquistarla indirectamente… —Parker repitió las palabras del diplomático en voz alta y tomó nota mental.

—Justo eso. ¡Hazlo! Ahora Margot está en París. Va a entrevistar al modisto Balenciaga.

Parker guardó silencio. Sabía que detrás de la entrevista a Balenciaga estaba otra razón de peso que su tío desconocía: encontrar a Almudena Pimentel. No dijo nada. Guardó el secreto.

—Justo hago escala en París al regresar a España—contestó Parker.

—¿Y por qué no haces por verla? Se aloja en el hotel Le Meurice.

Charlaron durante un buen rato y Harry se despidió. Tenía que acudir al aeropuerto para coger su vuelo con escala en París. No sabía si había hecho bien confesando sus sentimientos a Martín-Briz. Ya no había vuelta atrás. Una vez en la capital francesa, podía quedarse allí esperando al primer vuelo hacia Madrid o pasar la noche en París y alojarse en Le Meurice. Lo decidiría al aterrizar. Harry se despidió y pidió un taxi para que lo llevase al aeropuerto. Antes, paró en la mejor librería de Londres y compró un libro de Schopenhauer y otro de Platón. Comenzaba a trabajar en su objetivo de conquistar a Margot de forma indirecta, tal y como le había dicho su tío.

 

10

Harry Parker cambia de estrategia

Harry Parker decidió pasar la noche en París y se fue directamente al elegante hotel Le Meurice, situado en la rue Rivoli. En pleno corazón de la capital y muy cerca de los Jardines de las Tullerías. El hotel se vanagloriaba de haber alojado allí a reyes, a pintores de gran renombre y a personalidades de todo el mundo.

El conserje le preguntó por las noches que iba a pasar allí y le contestó que «solo una». Rápidamente, al pedirle el pasaporte, supo que trabajaba en la embajada española en el Reino Unido y se deshizo en amabilidades.

Harry a su vez le preguntó por Margot.

—¿Sigue la señorita Sanz Peters aquí alojada?

El conserje, después de mirar el fichero, le contestó afirmativamente con un: «Aquí continúa». El hotel tenía ciento sesenta habitaciones y lo alojó en la misma planta que su amiga, en la primera.

—Mantenga el secreto. ¡Quiero darle una sorpresa! —le dijo Harry.

—¡Descuide!

Parker quedó impactado al abrir la puerta de su habitación por los revestimientos en madera blanca con detalles en pan de oro. Las cortinas brocadas en rosa y blanco. La cama y sillas decoradas al más puro estilo Luis XVI.

No sabía muy bien cómo acertar al encontrarse con Margot. Podía optar por hacerse el encontradizo o simplemente decirle la verdad. Esta última era la opción que más le convencía. Su tío le había dicho dónde se alojaba y seguiría su consejo: no atosigarla, simplemente la saludaría sin pretender nada más.

Bajó a la entrada del hotel, se hizo con un periódico y se sentó a esperar en uno de los sillones tapizados en sedas de color azul. Enseguida se acercó un camarero a preguntarle si necesitaba algo y le pidió un whisky. Una hora después, se volvió a acercar a la recepción y preguntó al conserje por un restaurante en el que poder cenar algo. Le indicó que el suyo se encontraba en la misma manzana izquierda del hotel.

Llegó un momento en el que se sintió absurdo esperando la llegada de Margot al Le Meurice y decidió irse de allí cuanto antes. De pronto, tuvo la certeza de que había sido una mala idea quedarse una noche en París. Se disponía a salir cuando se dio de bruces con ella. Era la segunda vez que le ocurría.

—¿Tú aquí? —le preguntó ella desconcertada.

—Sí. He pasado por Londres para un asunto personal y de regreso a España tenía que hacer una escala aquí. Tu tío me dijo que te alojabas en Le Meurice. He venido aquí como podía haber ido a otro sitio. No temas.

—¿Mi tío te dijo que…?

—Tranquila, me voy mañana. Un gusto saludarte. Voy a cenar algo aquí cerca. Si quieres venir, estás invitada. Como dice el filósofo: «La libertad consiste en ser dueños de nuestra propia vida». Levantó su sombrero y se fue.

Margot se quedó pensativa, sin poder decir nada. Se había alojado en su mismo hotel y, nada más encontrarse con ella, se había ido. La intrigó mucho su actitud. Y además había citado a Platón. Estaba completamente aturdida. Pidió las llaves de su habitación y, en cuanto entró en ella, se tiró sobre la cama.

Había ido a Londres «para un asunto personal»… ¿Qué asunto sería?, se preguntaba. Estaba convencida de que habría ido a ver a la joven con la que se le relacionaba. La enfureció mucho más. ¿A cuento de qué viene al mismo hotel? Miró el teléfono de su habitación, lo descolgó y pidió una conferencia con la embajada española en Londres. Al cabo de diez minutos sonó el teléfono. Solicitó la extensión de sus tíos e inmediatamente respondió su tía Frances. Después de ponerse al día y hablar de su estancia en Francia y de su entrevista a Balenciaga, le dijo que deseaba hablar con su tío. Al cabo del rato, este se puso.

—Tío, te mando un beso fuerte desde París. ¿Sabes? Me he encontrado con Harry. Dice que le comentaste que me alojaba aquí.

—Sí, tenía que hacer escala y le dije que estabas alojada en Le Meurice. ¿He hecho mal? Sois amigos, ¿no?

—Bueno, no estamos en nuestro mejor momento.

—Te aseguro que lo desconocía. Como estaba un poco cabizbajo… He pensado que verte lo animaría. —No le dijo nada de su confesión sobre sus sentimientos—. Ha venido exclusivamente para romper con la joven con la que se le relacionaba. Ha estado unas horas nada más, y como regresaba a España haciendo escala en París…

—¿Ha ido exclusivamente a romper con ella? —preguntó, perpleja.

—Sí, eso me ha dicho. ¿La conocías?

—No…, no la conocía. Bueno, tengo que dejarte, que quiero cenar algo. Un beso a los dos.

—Pero ¿regresarás pronto a Madrid?

—Sí, mañana por la tarde.

Al colgar a su tío, se quedó pensativa. Se volvió a tirar sobre la cama. Harry había ido a Inglaterra para romper con la joven. —Le daba vueltas al tema en la cabeza—. ¿Por qué lo había hecho?, se preguntaba. Y luego se había presentado en el hotel porque su tío le dijo que ella se alojaba allí, pero tampoco parecía demasiado interesado al verla. No entendía nada. Margot se encontraba completamente confundida. ¿Y la cita sobre la libertad? Aquello le había dado en el centro del corazón, la había dejado indefensa, con Platón de por medio. Eso sí que no lo esperaba. Le sonaron las tripas y pensó en pedir la cena en la habitación. De hecho, descolgó el auricular. Sin embargo, se levantó precipitadamente de la cama. Se arregló un poco y salió de allí con mucha prisa. Estando en la planta baja, se acercó al conserje para preguntarle por el restaurante que le había recomendado a Harry Parker.

—Señora, siempre recomiendo el mismo. Es el nuestro. Se encuentra en la esquina, a la izquierda según se sale de la puerta principal. Verá que parece que entra en Versalles.

Margot se dirigió al restaurante con paso firme. Fue un impulso nada meditado. Evidentemente, le gustó que hubiera dejado a la joven con la que salía. Todavía le tenía rencor por el beso robado, pero creía que a nivel profesional estaban condenados a entenderse.

Entró en el restaurante y enseguida vio a Parker. Estaba bebiendo una copa de vino y se atragantó al verla. Se puso en pie, sin dejar de toser, y la invitó con un gesto a sentarse a su mesa.

—Te has decidido a venir. Muchas gracias, Margot.

—¿Desde cuándo lees a Platón? —le preguntó, intrigada.

—Me gusta la filosofía. —Carraspeó—. No sabría decirte desde cuándo exactamente.

—Lo desconocía por completo. Pues te diré que en estos años yo también me he hecho fiel seguidora de varios filósofos. Al final, es lo que más me ayuda a desconectarme de la frustración y a conocerme mejor a mí misma.

Margot parecía otra persona. Mantenía una actitud diferente en París que en Madrid —pensó Harry. Esto lo confundía por completo. Decidió seguir el consejo de Julián Martín-Briz y hablarle sin ansiedad y sin pretender nada. Una actitud de amistad exclusivamente.

—Me iré mañana por la mañana. ¿Has averiguado algo de la joven Pimentel?

—He estado muy cerca. He llegado a la pension de famille en que se alojaban hasta hace poco tiempo. Parece ser que continúa en el barrio, en un piso alquilado. Él se hace llamar monsieur Dubois y ha aparecido una tercera persona en discordia, su hermana mayor. Cuando Almudena fue a Balenciaga, no la dejó ni a sol ni a sombra. Justo cuando ella le pidió en la prueba al modisto que le quitara el corsé, porque necesitaba sentirse más libre, irrumpió en el probador la hermana de Torres.

—Que necesitaba sentirse más libre…

—Sí. ¿Crees que podría ser una llamada de auxilio de la joven? Le estaba pidiendo que le quitara el corsé, sabiendo que Balenciaga es un arquitecto de la costura. Sin embargo, a él no le ha extrañado. Parece ser que sus medidas han cambiado. Ha perdido cintura y ha ganado pecho.

—¿Qué le estará pasando a la joven? Tiene más o menos tu edad, por cierto.

—A las mujeres nos cambia el cuerpo cuando nos quedamos embarazadas… ¿Podría ser eso?

—No he conocido a nadie que tenga tu capacidad de deducción. Sí, podría ser eso.

—Se fueron hace seis meses de la pensión. Ha venido la hermana del pintor, que parece la guardiana de la cárcel en la que está. Y hace una salida en cinco años al modisto que conoce a su madre. Le dice que le quite el corsé y que necesita libertad. Le cambia la talla… No sé. Para ella la aventura de París ha terminado. Ahora mismo parece una pesadilla.

—¿Has ido por el barrio para ver si te los encontrabas?

—Sí, pero quería volver mañana con más calma. Hoy nadie parecía saber nada de ellos.

—¿Te quedarás algunos días más? —preguntó Harry, moviendo la rodilla derecha sin parar. Estaba nervioso.

—Pensaba irme mañana por la tarde. ¿Por qué no me ayudas? Podrías cambiar el billete y vamos a peinar la zona juntos. Sería retrasar tu vuelta unas horas nada más, pero para mí supondría una gran ayuda.

Después de cinco años sin saber de ella, volvía Margot a pedirle ayuda. No entendía el cambio en su forma de comportarse, pero le dijo que haría todo lo posible para cambiarlo.

—Lo más que puede pasar es que pierda el billete, pero, ya que me pides ayuda, me quedo. Yo también he pedido tu colaboración con la vigilancia en el recorrido que hará Eisenhower por las calles de Madrid. Es lo mínimo que puedo hacer, corresponder. Por cierto, acudiré a la cena y al baile organizado por la duquesa de Alba como bienvenida a los americanos que vienen a hacer negocios. ¿Irás tú también?

—Sí, me ha invitado Cayetana. No hay tantas personas en España que hablen inglés. Estaré por allí.

Parker no le dijo nada de ir juntos. Seguía sin mostrar sus verdaderos sentimientos hacia ella. Regresó a la conversación.

—Ese día habrá luna llena, pero no será roja, lo cual es muy de agradecer.

—¿Sigues con tu obsesión?

—Cuando algo me atrae, es para siempre. Otra cosa es que no te hable de ello.

No pudo evitar mirarla a los ojos cuando pronunció esa frase. Dio otro sorbo al vino e inmediatamente cambió de tema. En cualquier momento, podía meter la pata. Debía disimular.

—¿Qué te parece el boeuf bourguignon servido con pasta?

Había pedido Margot lo mismo que él. El plato le pareció atractivo y le gustó mucho.

—Me ha encantado. Está muy tierna la carne, se ve que este estofado lo han hecho a fuego lento.

—Las grandes cosas se hacen siempre lentamente.

Esta vez no quiso mirar a Margot. Se riñó a sí mismo por dentro. Demasiadas frases en las que era evidente que estaba hablando de cómo debían ser las relaciones amorosas. Margot fue en esta ocasión la que cambió de tema.

—Gracias por las rosas que me enviaste a casa. Me lo dijo Camila. No tenías por qué hacerlo.

—Quería pedirte disculpas por mi comportamiento. Hay cosas de mi forma de ser que no entiendo ni yo. Lo siento muchísimo. Te aseguro que no volverá a ocurrir. Te pido que estés tranquila a mi lado.

—Está bien, Harry. No volvamos a hablar del… incidente. Vayamos a lo importante. ¿Crees que puede haber gente dispuesta a atentar contra el coche en el que viajarán Franco y Eisenhower?

—Sí. Estoy convencido de ello. Debemos controlar a todos los anarquistas dispuestos a hacerlo. Nada tendría más repercusión mundial que un atentado. Me estoy jugando mucho con esta responsabilidad.

—Entiendo. Estaré contigo en todo lo que necesites…

El viernes a primera hora de la mañana, Fabiola de Mora y Aragón acudió al aeropuerto de Barajas junto con su hermano Gonzalo. El nuncio y la monja irlandesa la esperaban con la tarjeta de embarque en la mano. La operación secreta, con el rey Balduino de por medio, se acababa de poner en marcha. Antes de que su hermana cogiera el vuelo de Aviaco rumbo a Barcelona y desde allí embarcara en otro avión con destino a Bruselas, el marqués de Casa Riera le dio varios consejos.

—Guarda este papel con las señas de mi amigo, el embajador de España en Bélgica, por si te pasara cualquier contratiempo. En cuanto llegues esta noche, ponme una conferencia para decirme que todo está bien. ¿Tengo tu palabra?

—Por Dios, Gonzalo, que no soy una niña —se quejó Fabiola—. Agradezco tu preocupación, pero ya ves que voy muy bien acompañada. Pero te prometo que te llamaré.

Su hermano le dio dos besos y, en ese gesto, le dijo al oído que seguía viendo muy raro este viaje: «No te fíes, aunque sean religiosos». Fabiola sonrió, pero no hizo ningún comentario. Era evidente que a Gonzalo no le cuadraba la rapidez con la que se había organizado todo. Tampoco entendía que él no pudiera acompañarla.

—Antes de que te des cuenta estaré de vuelta —le dijo Fabiola.

Finalmente se despidió y se fue con sus dos nuevos acompañantes. El arzobispo iba ataviado con su sotana negra y el color purpurado de su solideo. Una gran cadena pendía de su cuello con un crucifijo que se sujetaba a mitad del pecho en uno de los botones de la pechera. Era el responsable de rebajar las muchas tensiones que había entre el Vaticano y el gobierno de Franco. Y O’Brien era una mujer muy conocida en Irlanda, que deseaba expandir por Europa el mensaje de los Legionarios de Cristo. Su aspecto exterior revelaba una enorme espiritualidad. Tenía fama de ser muy combativa por las causas de los más desfavorecidos. En su juventud había sido muy rebelde contra todo lo establecido, incluida la orden a la que se entregó durante catorce años. El cardenal Suenens enseguida pensó en ella cuando el rey Balduino le pidió ayuda externa para encontrar a la futura reina de Bélgica. Precisamente, lo que más le había gustado a Veronica O’Brien de Fabiola fue su negativa a casarse sin amor. Cada día estaba más convencida de que era la persona que estaban buscando.

El viaje se les hizo largo. Sobre todo a la hora de embarcar en el segundo avión, el que los llevaría hasta Bruselas. Fabiola se alojaría en la casa de Veronica. El nuncio lo haría en el convento que le aconsejó Suenens. Recién aterrizado el avión y nada más desembarcar, Fabiola y el nuncio se despidieron. Se quedaría con O’Brien hasta el final del viaje.

—Nosotros hemos puesto todo de nuestra parte. Ahora, solo Dios sabe si las cosas saldrán como creemos o todo lo contrario —confesó el nuncio.

—Vengo a hablar a fondo con una persona que ya conozco. A partir de ahora, no existen para nosotros los títulos ni las presiones.

—Lo entiendo —dijo Antoniutti.

Fabiola fue en silencio durante todo el trayecto en coche hasta la rue Suisse, mirando la vida a través de los cristales. La gente, los comercios e incluso el olor la sedujeron. Cuando el auto se detuvo en la pequeña calle, dejó de pensar y elucubrar. El corazón le latía a gran velocidad, pero aparentemente parecía tranquila. Cogió su maleta y las dos mujeres subieron las escaleras hasta el primer piso de aquella sencilla casa. Ese hogar contaba con lo imprescindible: un sofá y dos butacones, dos habitaciones con camas dobles y, en el frontal, sendos crucifijos. Un calendario de la Virgen María presidía la cocina, que tenía una mesita y dos sillitas.

—Perdone que no sea el lugar adecuado para una persona de su categoría —se disculpó la hermana Veronica.

—Nunca hay que pedir perdón por la austeridad. La renuncia al lujo y los excesos es una cualidad admirable. Me sentiré muy cómoda aquí —afirmó.

La monja sonrió. Admiraba a esta joven de carácter con vocación religiosa. Margot preguntó por su cuarto y deshizo su maleta. Cuando tuvo su ropa colocada, se acercó al salón, donde la hermana Veronica había preparado una frugal comida que sobró casi entera. Ninguna de las dos tenía hambre.

—¿A qué hora está previsto que venga el rey Balduino mañana? —preguntó Fabiola.

—Será por la tarde. Después de sus quehaceres diarios se escapará del palacio Real. Este encuentro solo lo conocemos tres personas. Bueno, cinco, si contamos a Suenens y a la directora de la Escuela de Enfermería donde usted estudió. Si quiere, podemos ir a misa por la mañana y le enseño algo de Bruselas.

—Muchas gracias. Estoy deseándolo —asintió entusiasmada.

Fabiola intentó combatir el lento paso del tiempo con la oración. A veces se recriminaba por el hecho de estar allí. Otras, sentía curiosidad por la conversación que mantendría a solas con Balduino. Todo parecía una locura o algo irreal que no estaba sucediendo.

A las siete de la mañana, se levantó y se preparó para conocer la ciudad, ubicada en el corazón de Europa. Primero fueron caminando por las calles adoquinadas del casco antiguo hasta la catedral de San Miguel y Santa Gúdula, una joya del arte gótico que dejó impactada a Fabiola.

—Esta catedral fue construida entre los siglos XIII y XV sobre los restos de una antigua iglesia románica —le explicó Veronica—. Está dedicada a los santos patronos de la ciudad.

A Fabiola le llamaron la atención las vidrieras, los confesionarios y el magnífico órgano. Se conmovió especialmente ante los restos de la piadosa santa Gúdula. Tras la misa, subieron al mirador y Fabiola se enamoró de la ciudad.

Después se acercaron caminando hasta la Grand Place. Le sorprendieron el ayuntamiento de estilo gótico y los edificios del siglo XVII. Desayunaron en uno de los muchos cafés de la ciudad, parada obligada cuando uno visita Bruselas. Desde allí observaron cómo la ciudad se despertaba.

La hermana Veronica quiso que Fabiola viera uno de los símbolos de la ciudad, el pequeño Manneken Pis. Era una estatua de bronce que representaba a un niño orinando. Su constante chorrito de agua hizo sonreír a Fabiola.

—Son cincuenta y cinco centímetros de estatua, pero aquí todos quieren fotografiarse con el niño. Existe la tradición de vestirlo durante algunas festividades.

—¡Me parecer encantador! —exclamó Fabiola.

—Representa el carácter rebelde de esta ciudad. Es una figura algo irreverente que habla del buen humor de sus habitantes.

Siguieron paseando y, entre la Grand Place y el barrio de Sainte-Catherine, apareció el edificio de la Bolsa, inaugurado a finales del XIX. También en pleno centro vieron la Monnaie, el gran teatro de la ópera construido sobre la antigua Casa de la Moneda.

Después de tanto caminar, la monja sugirió comer algo antes de dirigirse a esperar la visita del rey. Fabiola estuvo de acuerdo, pero prefirió hacerlo en casa. Comió un poco de queso, descansó media hora y se preparó para la real visita. Se puso el traje de chaqueta verde que le regaló Esperanza Sainz de Estremera y se sentó junto a Veronica.

 

11

El primer encuentro

Sobre las cuatro y media de la tarde, unos suaves golpes en la puerta las advirtieron de que Balduino ya estaba allí. Fabiola se puso de pie y recompuso su traje mientras la hermana Veronica O’Brien se dirigía a abrir. Instantes después se oyó la voz del rey. Este no tardó en aparecer en el pequeño y austero salón, que se convirtió en un lugar único y especial para ambos. Ninguno de los dos percibió la ausencia de adornos en las paredes, la falta de figuritas en las mesas o de alfombras cubriendo la madera del piso. Tan solo un reloj en el pequeño vestíbulo marcaba las horas en punto con un sonido que a cualquiera lo despertaba del letargo que pudiera tener. Lo de menos era el marco en el que estaban, lo de verdad importante tenía que ver con lo que los dos se iban a decir.

—¡Gracias por venir a mi país! —le dijo Balduino a Fabiola a la vez que le cogía la mano y se la besaba.

En ese instante, el tiempo se detuvo. Hicieron lo posible para causar buena impresión el uno al otro. Probablemente estaban viviendo el momento que marcaría sus vidas para siempre, y eran conscientes de ello.

—Muchas gracias —contestó Fabiola mientras sentía como la sangre se le concentraba en la cara—. Me ha encantado todo lo que he visto del centro de Bruselas. Una ciudad preciosa. Me ha gustado más recorrerla de la mano de la hermana Veronica que cuando vine a la Exposición Universal.

La religiosa les pidió que se sentaran. Balduino lo hizo después de Fabiola en uno de los dos butacones que acompañaban al austero sofá. Allí estaban, frente a frente, esforzándose por mantener una conversación totalmente protocolaria. Veronica les sirvió un té caliente y los dejó solos. Fabiola, a pesar de su timidez, rompió la tensión del momento.

—¿Recuerda que nos presentó mi madrina, la reina Victoria Eugenia? —le dijo—. Primero en un centro médico y después en un baile organizado por ella.

—¡Claro! La del hospital, mejor olvidarla, yo estaba convaleciente. El baile lo organizó la reina para que conociera a su nieta Pilar. No lo he olvidado, aunque en ambas ocasiones hablamos muy poco.

—Pues aquí estamos de nuevo, aunque me parece conocerle de siempre. Tal y como le he dicho a la hermana Veronica, vengo sin ninguna pretensión y sin presión alguna. El peso de la palabra debe marcar este momento para ambos —advirtió.

—¡Estoy de acuerdo! —afirmó el rey.

Mientras Fabiola bebía el té a pequeños sorbos, Balduino no dejaba de mirarla. Ella se había propuesto no hablarle de su trabajo, pero no pudo evitar decirle lo mucho que le había gustado su discurso a principios de año sobre la independencia para el Congo.

—Lo que más me llamó la atención fueron sus palabras sobre la necesidad de construir un futuro basado en valores como la libertad, el orden y la prosperidad.

—Muchas gracias, fue un discurso difícil —confesó—. En una monarquía no hay un solo día de tregua. Bueno, miento; hoy me he escapado para venir a charlar contigo. Te aseguro que será el mejor momento del día.

Fabiola volvió a sentir el calor en su cara y se moría de la vergüenza por si se notaba. Poco a poco, ambos se fueron relajando y hablaron de asuntos menores que para ellos tenían enorme trascendencia.

—Señor, no quiero decepcionarle, pero no va a escuchar de mí lo que quiere oír —dijo a modo de advertencia—. Me voy a mostrar simplemente como soy.

—Por favor, empieza por tutearme —pidió el monarca—. Agradezco que alguien a mi alrededor no finja, sino que se exprese tal y como piensa.

—¿Por qué estás buscando a alguien en quién «confiar» —se expresó así— entre españolas católicas? Podrías conocer a princesas o personas de más alto nivel que yo.

—Nunca me he guiado por protocolos. Para mí es esencial la religión. Así fui educado y así me gustaría que se educaran mis hijos. La fe me ha ayudado mucho. Sobre todo en el momento en el que me quedé sin madre, hace veinticuatro años. Yo era tan solo un niño de cinco años. Es terrible perder a tu madre de golpe a esa edad.

Fabiola se había informado. Su madre murió siete meses después de que Leopoldo III, su marido y padre de Balduino, subiera al trono. Vivían las primeras vacaciones como reyes en su residencia del lago Lucerna, en Suiza. Era un 29 de agosto y habían decidido desplazarse a la cercana estación estival de Küsnacht. Conducía el rey, la reina iba de copiloto y el mecánico estaba en la parte trasera del coche. El rey desvió la mirada unos segundos para consultar el mapa que llevaba Astrid entre las manos. Regresó la vista a la carretera y, al observar que estaba a punto de salirse de ella, dio un volantazo. A partir de ese momento perdió el control del coche. Dio varias vueltas de campana y la reina salió despedida. Murió poco después en los brazos del rey.

—Puedo imaginarme el dolor —dijo Fabiola—. Yo perdí a mi padre hace un año y todavía no lo he asimilado. Siendo un niño, como era tu caso, todavía peor. ¡Con el apego que tenemos a nuestra madre! No quiero imaginar el terrible impacto que debiste sentir con la noticia.

—Mi madre era maravillosa. Tenía mi edad cuando murió —continuó Balduino—. Me contaron que durante el crac del 29 impulsó muchas políticas sociales y luchó a favor de organizaciones médicas de prevención de enfermedades, como la tuberculosis o el cáncer. Al poco tiempo de subir al trono, lanzó una campaña que se hizo muy conocida, L’appel de la reine, «la llamada de la reina», en la que pedía la colaboración de todos los ciudadanos para recolectar fondos para los más necesitados. Fue todo un éxito. Dicen que los recuerdos comienzan a partir de los cinco años; pues tengo sus ojos transparentes clavados en mi memoria, así como los paseos cogido de su mano por la calle. A mis hermanos y a mí nos gustaba acompañarla a comprar en los mercados de Bruselas. A nadie le extrañaba encontrarse con la reina. Eso la hizo muy cercana al pueblo, que la lloró mucho tras el accidente y no la pudo olvidar jamás.

Después de respetar en silencio unos segundos, intentó romper la melancolía.

—Después de escucharle, ya sé de dónde viene su búsqueda incesante por saltarse el protocolo y perderse entre la gente, señor —afirmó Fabiola.

—Te pido que abandones el protocolo —insistió él—. Hoy somos Balduino y Fabiola, sin ningún título o rango que nos diferencie. Tengo que decir que mis hermanos y yo hemos recibido mucho afecto gracias a que apareció en nuestras vidas Lilian, la princesa de Réthy. Fue una bendición, a pesar de que el pueblo no perdonó a mi padre que se volviera a casar. —Balduino hablaba con mucho cariño de su madrastra—. Cuando nos deportaron a la Alemania nazi y luego a Austria, con catorce años, pensamos que nos iban a asesinar en cualquier momento. Lilian y mi padre se ocuparon personalmente de nuestra educación hasta que fuimos liberados por el ejército norteamericano. Tras la guerra, no pudimos volver de inmediato a Bélgica y tuvimos que vivir en Suiza. A nuestro regreso, mi padre se vio obligado a abdicar en mí para salvar la monarquía. No es fácil vivir dentro de una familia real. La persona que decida unirse a mí debe ser consciente de que la vida le cambia para siempre —dijo sin apartar su mirada de la de ella.

El rey la estaba advirtiendo de que, en ningún caso, su vida sería fácil. Se debía a su pueblo. Le contaba todo esto para que supiera dónde se iba a meter, en caso de dar un paso hacia adelante. Fabiola quería conocerlo más a él y no tanto a la monarquía. Demasiado peso para unos hombros que lo que buscaban no era tanto sostener una corona como casarse por amor.

—¿Qué tal si hablamos de nosotros mismos y no tanto del peso de nuestras responsabilidades? Creo que debe ser un paso previo —comentó Fabiola.

—Tienes toda la razón. ¿Por dónde empezamos? —preguntó entusiasmado.

Fabiola se puso de pie y le invitó a que él hiciera lo mismo. Entonces le tendió la mano.

—Me llamo Fabiola de Mora y Aragón y nací el 11 de junio de 1928, por lo que tengo treinta y un años. Siempre busco algo que todavía no sé qué es. Me gusta mirar a la gente a los ojos. En ellos se esconden muchas verdades. He estudiado enfermería y me encuentro feliz ayudando a la gente. Suelo visitar a las personas con menos recursos en los barrios más marginales. Me gusta rezar el rosario, voy a misa todas las mañanas y, literalmente, me he abandonado en manos de Dios. Sé que tiene preparado algo especial para mí. No vivo con mi madre, aunque la veo casi todos los días. Comparto piso con una buena amiga, la hermana de uno de mis cuñados. Me gusta conducir y ser autosuficiente. Tengo siete hermanos, somos tres chicos y cuatro chicas. No soporto las mentiras, huyo de los mentirosos. Me encanta el arte, lo disfruto mucho en todas sus expresiones. Escribo cuentos a mis sobrinos y me encanta verlos sonreír. Cada día, antes de acostarme, me pregunto si podía haber hecho algo más por las personas que me rodean. No sé qué más puedo decirte… A lo mejor, al conocerme, te desilusionas.

—Lo dudo mucho. ¡Ahora me toca a mí! Me presento. —Tendió la mano—. Me llamo Balduino Alberto Carlos Leopoldo Axel María Gustavo de Sajonia-Coburgo y Gotha. Vine al mundo el 7 de septiembre de 1930, luego tengo veintinueve años. —Fabiola se rio y aplaudió que se presentara con todos sus nombres—. Creo que la vida me ha puesto en el disparadero de asumir muchas responsabilidades que, por edad, no me correspondían. Soy muy tímido, quizá en exceso, y no he tenido tiempo de relacionarme con personas de mi edad. Me siento muy orgulloso de cómo salió la Exposición Universal, en la que presentamos el Atomium, la estructura de ciento cuarenta metros de altura que representa un total de nueve átomos de un cristal de hierro aumentado ciento sesenta y cinco millones de veces, que seguramente te impresionó. ¿Fue así? —Fabiola afirmó con la cabeza.

Había ido a Bruselas el año anterior con un grupo de Acción Católica a visitar exclusivamente la Exposición Universal.

—Me gustan los avances científicos y asumir nuevos retos para trabajar con un único fin: mejorar la vida de los ciudadanos. —Parecía que le habían dado cuerda. Deseaba mostrarse tal y como era—. Por cierto, muchos de esos ciudadanos piensan que me voy a meter a monje. Sobre todo después del baile que organizaron en palacio para que conociera a dieciséis princesas. Al parecer, me vieron con cara de melancolía durante toda la noche. Siempre hay alguien que analiza mis gestos.

Fabiola recordaba que las revistas lo habían relacionado con alguna princesa, pero el paso del tiempo acabó desmintiéndolo. Fabiola le hizo un gesto para que siguiera desnudando su interior.

—Me conmueve la pintura de Bruegel y de Jan van Eyck, e incluso la de Henry van de Velde. Ahora bien, nada comparado con la lectura de los escritos de santa Teresa. De ahí que tenga la vista puesta siempre en España. Su Camino de perfección y su Las moradas del castillo interior me hacen meditar sobre la importancia de la oración, la humildad y el amor al prójimo.

—A mí también me gusta acercarme a los escritos de la santa —añadió Fabiola—. Por lo que veo, coincidimos en cosas importantes.

La hermana Veronica apareció con algo de comida. Los dos se lo agradecieron. La monja irlandesa volvió a dejarlos solos. Renunciaron a seguir con las presentaciones que tanto los habían acercado y se sentaron juntos en el pequeño sofá en torno a unos sándwiches. Siguieron hablando e intentando desvelar su alma el uno al otro. Era evidente que habían conectado porque se les echó la noche encima mientras seguían deseando abrir el corazón. Fabiola fue directa al tema que la había llevado hasta Bruselas.

—Imagino que estarás de acuerdo en que las cosas importantes deben fraguarse poco a poco. Para mí el matrimonio es de vital importancia. Por eso no concibo unirme a nadie sin que previamente sienta amor hacia esa persona. Espero que me entiendas.

—¡Por supuesto! —afirmó el rey—. Si quieres, podemos vernos de nuevo dentro de poco tiempo. Mi problema es que no puedo escaparme de palacio sin que todo el mundo lo sepa. Esto de hoy para mí es algo excepcional que no desearía perder. Yo sé esperar el tiempo que haga falta. ¿Me podrás dar tu dirección para escribirte?

—¡Por supuesto! ¿Y la tuya para contestarte?

Ambos escribieron su dirección y se la intercambiaron.

—Este encuentro ha sido para mí muy importante —le repitió Balduino.

—Y para mí también —respondió ella.

Balduino le fue a dar la mano para despedirse, pero Fabiola, de forma espontánea, le dio dos besos.

—Sin formalismos y con sinceridad. Hemos hecho un pacto.

—¡Eso es! Me voy a despedir de Veronica…

Se acercó hasta la cocina y se despidió de la hermana, que también tenía un nombre falso dentro de aquella operación secreta: Gracia.

—¡Adiós, Luigi! —contestó la monja—. He rezado por vuestras dos almas durante toda la tarde.

—Creo que tienes hilo directo con el que está ahí arriba. ¡Gracias! —le dijo Balduino.

Fabiola le despidió de nuevo con un gesto desde el pequeño salón. Cuando oyó que la puerta de la calle se cerraba, se dejó caer en el sofá. Habían sido las cuatro horas más intensas de toda su vida. Veronica empezó a rezar el rosario y Fabiola la acompañó.

En París, Margot apenas pudo conciliar el sueño después de la cena con Parker. Se levantó de la cama muy temprano y pidió el desayuno al servicio de habitaciones. Se puso unos pantalones tan anchos que casi parecían una falda. Y mientras se arreglaba el pelo y se pintaba los labios, pensaba y repensaba las palabras de Balenciaga. Almudena le había encargado un vestido con los mismos colores que el cuadro de Picasso, La caída de Ícaro. Después del vuelo, Ícaro cayó tras desafiar al sol… «¿Sentirá ella que está a punto de caer?», se preguntaba a sí misma. Era evidente que Almudena pensaba que con su huida a París se había equivocado.

—¡Pondría la mano en el fuego! Ella se siente como Ícaro, a punto de matarse en la caída…

Lo dijo en voz alta, sin otro interlocutor que ella misma, y según se escuchó comprendió que podía ser una hipótesis con bastante base real. Después de cinco años, estaba arrepentida, pero no sabía o no podía pedir ayuda. Mientras hacía esta reflexión, le vino a la memoria otra frase que había pronunciado Balenciaga. Tenía que ver con el corsé que iba por dentro en casi todas las prendas del modisto para realzar la figura de la mujer. Ahora ella le pedía que no se lo pusiera. «Deseaba más libertad», le dijo.

—¿Por qué, Almudena, le dices al modisto que quieres más libertad? ¿Qué te está pasando? ¿Por qué no has recogido el traje? Intuías que, si no lo hacías, Balenciaga llamaría a tu madre, como finalmente hizo. ¿Estás de forma indirecta diciéndonos un «aquí estoy y venid a por mí»?

Se hacía todas estas preguntas en voz alta mientras se daba un poco de colorete en las mejillas. De pronto, llamaron a la puerta. Se trataba del camarero que le traía el desayuno: té y varias tostadas de pan para untar con mantequilla. Seguía su cabeza sin parar de pensar.

—Tu salida al atelier es una llamada de auxilio encubierta. Estoy segura.

Se acordó de que Balenciaga le había contado que iba una persona con ella que no la dejó ni cuando hablaba en el probador con el modisto. Estaba claro que tenía la necesidad de comunicar algo, pero no pudo. La hermana del pintor… Así la presentó Almudena. Sintió la urgencia de dejar de hablar sola y compartir todas estas deducciones con Parker. Se tomó el té de un sorbo y se fue con una tostada untada de mantequilla en la mano para coger el ascensor. La chaqueta, el abrigo y el bolso, los llevaba en la otra que le quedaba libre.

Parker la estaba esperando en la recepción desde hacía rato. Su puntualidad era extrema. Por la noche, a lo que él siguió dando vueltas en su cabeza no fue el caso de Almudena, sino su tema personal. Se daba por satisfecho con no meter la pata con la única mujer que verdaderamente le había robado el corazón. La vio salir del ascensor comiéndose una tostada y fue a su encuentro.

—¿Sin tiempo para desayunar?

—No, la verdad. He estado pensando en las palabras de Balenciaga y creo que Almudena acudió a él como una forma de pedir ayuda. El hecho de no acudir a recoger el vestido fue algo intencionado para que el modisto activara su localización, primero llamando a su madre y después para que la buscáramos nosotros en París. Cada vez que lo pienso, me convence más esa hipótesis.

—Puede ser. No tiene mucho sentido que vaya a Balenciaga para después no recoger el traje. Ella debía saber que apareciendo iba a activar su búsqueda. Al enterarse su guardián, es posible que se haya enfadado con ella, porque tonto no debe ser y habrá deducido lo mismo que nosotros. Ahora sabe que la estamos buscando.

Parker y Margot salieron del hotel y tuvieron que abrigarse. Esa mañana habían bajado las temperaturas de tal forma que parecía que podría nevar de un momento a otro. Fueron moviéndose por París en autobús, aunque el final del trayecto lo hicieron andando. Recalaron en Les Deux Magots, donde a alguien le pareció haberla visto al comienzo de su desaparición. Cinco años después, era como si se la hubiera tragado la tierra. Allí estaban, en el margen izquierdo del Sena, maquinando una estrategia.

—Iremos siempre juntos, Margot. El tal Ángel Torres me parece peligroso.

—Ahora lo conocen como monsieur Dubois.

—Él seguirá siendo pintor y tendrá que exponer en alguna galería o en alguno de los puestos de las calles de París. No tenemos mucho tiempo.

Se encaminaron hasta la Place Blanche y comenzaron a andar por uno de los distritos con más historia, Montmartre. Fueron por la pequeña y bonita rue Lepic, donde buscó Margot a Torres en un primer momento. Llegaron hasta el Bateau Lavoir, el primer taller de Picasso en París. Subieron a varios talleres y preguntaron por Torres y Dubois como si fueran personas distintas. De momento, nadie conocía ninguna de las dos identidades del pintor. Pasaron por la Place Dalida y se detuvieron en la Maison Rose. Al parecer, Picasso la frecuentaba por ser el restaurante montado por la mujer de su amigo, Ramón Pichot, y por ser un lugar de encuentro de los pintores. Llamaron a la bonita casa rosa con ventanas verdes y los atendieron. Al preguntar, les dijeron que sí conocían a Dubois.

—Esta casa la compramos al final de los cuarenta y ha seguido siendo un lugar de encuentro de los pintores. Ahora pertenece a la familia Miolano. Se hicieron cargo de la casa y continúa como restaurante.

—¿Qué nos puede decir de Dubois?

—Viene por aquí con frecuencia. Ahora sé que está volcado en la exposición que hará para la primavera del año que viene.

—¿Nos puede decir dónde va a exponer?

—Imagino que en una de las galerías que hay por aquí.

—¿No podría decirnos el nombre?

—No. No lo recuerdo.

—De cualquier forma, tome nuestro teléfono de contacto. Si le ve de nuevo, ¿le puede pedir el suyo y su dirección para presentarnos y darle la sorpresa? No le diga nada, porque dejaría de ser sorpresa —le indicó Margot.

De ahí se fueron a la rue Norvins, donde vivía ahora Torres. Fueron directamente a los puestos donde exponían los artistas. En todos decían conocerlo, pero ignoraban el número donde vivía.

—Margot, esto es cuestión de tiempo.

Preguntaron en dos puestos más, y en uno les dijeron que sí y les dieron a entender, por un gesto, que Dubois iba a ser papá.

—¿Va a ser padre? —dijo Margot, todavía impactada con la noticia.

—Sí, para finales de mayo.

Parker y Margot se miraron… Estaba claro que ella quería que la descubrieran para que su hijo tuviera más libertad que ella. Todo cuadraba con las palabras de Balenciaga sobre el cambio de talla.

—No lo creerás, pero ya lo había intuido. Se está comportando como una mujer embarazada que quiere que la cuiden y que su hijo nazca en libertad.

—La luna de miel ya ha terminado. Torres se enfrenta a la nueva responsabilidad de un hijo. Tarde o temprano, si no quiere que la joven corra peligro, tendrá que ir al médico.

—Si estuviera en sus cabales…, pero lo dudo.

Parker le propuso parar y tomar algo en uno de los múltiples cafés de París. Había que ir pensando en recoger el equipaje para regresar a España. Margot, desde que supo que Almudena podría estar embarazada, se quedó como ausente. Parker solo disponía de una oportunidad para atraer su atención y le mencionó a Pitágoras. Margot parpadeó y regresó de sus pensamientos.

—¿Sabes que fue Pitágoras quién ejerció la influencia más profunda en Platón?

Se quedó unos momentos pensativa y le contestó.

—Fue Sócrates quién más influyó en él.

—El famoso dicho de Pitágoras «Todo es número» es lo que verdaderamente influyó en Platón. Para él, el mundo ideal de los números o las formas era más armonioso que el llamado mundo real. Comamos, Margot, y regresemos a España. Estamos cerca. Muy cerca.

Comprendió Parker la enorme frustración que arrastraba Margot después de tantos años de búsqueda de la joven Pimentel. Llegó a entender que hasta su propia vida fuera secundaria. Encontrarla era para ella prioritario.

La plaza, en el corazón de Montmartre, era conocida por los pintores que exponían y creaban obras al aire libre. Lo bueno era que se encontraban en un lugar muy concurrido y ellos dos podían hacerse pasar por turistas que buscaban a ese pintor que tanto les había gustado.

Después de pasear por calles empedradas, subieron 197 escalones para acceder a la Place du Tertre.

 

12

El cansancio de Fabiola

Gonzalo de Mora esperaba la llegada de su hermana en el aeropuerto de Barajas. Hasta que no escuchó que el vuelo de Aviaco había aterrizado sin novedad, no respiró tranquilo. Deseaba ver la cara de Fabiola. A fin de cuentas, era el responsable de la casa, el heredero del título del marquesado de Casa Riera. Cuando vio que salía sin novedad entre la gente por la zona de llegadas, junto a la monja Veronica O’Brien y el nuncio de Su Santidad, volvió a sonreír. Seguía sin comprender por qué había tenido que viajar sola.

—¿Cómo ha ido el congreso de solidaridad? —le preguntó con curiosidad a su hermana.

—Bueno, que te lo cuente monseñor Antoniutti —contestó Fabiola, sin querer decirle nada que no fuera verdad.

El nuncio carraspeó y le explicó que habían llegado representantes de los principales países del mundo. Que se había concretado que la acción de solidaridad más urgente estaba en África, donde se pretendían volcar todas las organizaciones que habían acudido al congreso.

—No han dicho nada en la prensa. Es extraño —continuó Gonzalo.

—Pues no le extrañe tanto. Estos temas caritativos interesan nada más que a los que nos dedicamos a ello. A la prensa, desde luego, no. —La respuesta del nuncio pareció convencerlo. Un par de personas de Acción Católica llegaron para recoger al nuncio y a la hermana Veronica. Fabiola aprovechó para despedirse de los dos y se fue con su hermano.

—¿Todo bien? —le volvió a preguntar cuando se quedaron a solas.

—Sí, muy bien. Hay poco que contar.

—Te noto extraña. —Su hermano la conocía bien e intuía que algo le pasaba.

—No, solo estoy agotada. Ha sido todo muy intenso. Me vendrá bien descansar.

En realidad, lo que necesitaba era pensar y meditar sobre todo lo ocurrido horas antes. No había podido apartar a Balduino de su mente, por su forma de ser y sobre todo por sus palabras. Era inútil engañarse. Se había sentido atraída por él cuando escuchaba sus discursos y cuando lo conoció gracias a su madrina. Sin embargo, le resultaba artificial formar parte de un plan para que el rey dejara la soltería. ¿No era todo muy forzado?, se preguntaba. Solo deseaba volver a su rutina y rezar.

Tres días después de su vuelta a las labores sociales y a su rutina, se encontró con una carta en el buzón. En el remite aparecía el nombre de Luigi de Axel, quien escribía desde Bruselas. Fabiola sabía que era él. Con nerviosismo, se fue a su cuarto. Antes le dijo a Violeta que, por favor, no la molestara nadie.

—Necesito echarme en la cama media hora. Nada más —se excusó.

Violeta también percibió que su comportamiento no era el habitual. ¿Qué actividad habría tenido en Bruselas para volver tan cansada?

—No le pasaré ninguna llamada, descuide —afirmó, categórica.

Sola en su cuarto, primero miró la carta con detenimiento por fuera hasta que se decidió a abrirla. Su corazón se desbocó tanto como cuando sonó el timbre en la casa de la hermana Veronica O’Brien. Las primeras palabras que leyó eran de agradecimiento por haber accedido a viajar a Bruselas. Después le decía que echaba de menos sus consejos y su forma de dirigirse a él sin protocolos. Le pedía que fijara ella otro momento y otro lugar para un próximo encuentro. Fabiola no le contestó enseguida, sino que sopesó su respuesta. Finalmente, tuvo claro que la siguiente vez que se vieran debería tener un carácter religioso. Después de meditarlo mucho, le informó que, antes de final de año, viajaría a Lourdes para acompañar a un matrimonio enfermo. «Quizá en la ciudad de la Virgen de Lourdes pueda tener lugar una nueva cita para nuestro reencuentro».

Balduino sonrió cuando recibió la misiva. Pensó que podría escaparse un día y medio a la falda de los Pirineos. Era el lugar perfecto para peregrinar a la gruta de Massabielle y volver a verse. A nadie de su familia le extrañaría que visitase el punto exacto donde se le apareció la Virgen hasta en dieciocho ocasiones a Bernardette Soubirous. La familia de Fabiola también lo vería con naturalidad. Siempre, durante el año, acompañaba a algún enfermo a tomar las aguas milagrosas.

Decidieron que se encontrarían a primeros de diciembre de ese 1959. Balduino fijaría el día. Él tenía la agenda mucho más ocupada que ella con compromisos ineludibles. Fabiola esperó una nueva carta en la que la informase del momento oportuno. Finalmente acordaron que fuera el primer sábado de diciembre. Estarían completamente camuflados entre los miles de peregrinos que visitaban el santuario todos los días del año.

Doña Blanca, la madre de Fabiola, después de esos días en los que se había ausentado su hija, le metió más presión. «Nadie me entiende como tú», le decía. Eso le generaba más ansiedad que alegría. Suponía que su madre la echaba de menos cuando no estaba. En el hipotético caso de que diera un paso adelante con Balduino, debería dejar España y sus compromisos. Entre ellos, el de cuidar de su madre. En una ocasión ya renunció a cambiar de vida e irse a Washington con un pretendiente diplomático. Ahora era completamente distinto. No iba a ser la mujer de un diplomático, sino la mujer del rey. Es decir, la reina. Ese pensamiento, en lugar de ilusionarla, le generaba ansiedad. Y sobre todo la sometía a la eterna pregunta de si estaría a la altura. Pero antes de todo debía surgir el amor. No el enamoramiento o el interés por alguien, sino el amor de verdad. Eso era lo que buscaba, y sentía que todavía no había llegado.

El siguiente día que tuvo libre la joven Manuela, del servicio de los Mora, decidió regresar a casa de su amiga la vidente. María Gracia recibió a su vecina de Bolaños fuera de horario, como de costumbre. Siempre tenía esa deferencia con ella. Lo hacía sin túnicas y sin los adornos que tanto gustaban a los clientes. Le preguntó por lo que había pasado el día que fue con Jaime y lo echó de allí a la primera oportunidad.

—No fue así, Manuela —se excusó la pitonisa—. Me di cuenta de que era una persona muy descreída. No escuchó nada de lo que le decía, y en ese momento se coló en mi mente una visión de la joven que lleva tantos años desaparecida.

—Sabía qué te había pasado algo —afirmó su paisana—. Tu reacción no fue normal. Literalmente lo echaste de casa. Que sepas que no me has dejado en muy buen lugar. Yo trabajo con esa familia.

—De verdad que lo siento mucho. Vi a la chica desaparecida —insistió—. Me parecía que pedía auxilio y necesitaba contárselo a la policía cuanto antes. Si quieres, te echo las cartas, por ver si todo vuelve a su ser.

Tomó el mazo de las cartas españolas, empezó a sacarlas una a una y a exponerlas boca arriba encima de la mesa. De golpe las retiró y volvió a barajar.

—¿Qué ocurre? —preguntó Manuela—. ¿Vuelven a jugar contigo?

—Empiezo a pensar que no juegan. Siguen indicando que vas a vivir una auténtica revolución en el lugar en el que trabajas.

—¿Por qué? ¿Va a pasar algo malo a alguno de los que vivimos allí?

—No, se trata de algo bueno. Como un cuento de hadas. Algo inexplicable que se hará realidad.

—¿Puedes ver quién será el protagonista? —Manuela estaba cada vez más intrigada.

—No. Además, no todo será un camino de rosas —añadió María Gracia—. Veo mucho sufrimiento igualmente.

—¿Sufrimiento? Pues ¿no era un cuento de hadas? —protestó Manuela.

—La vida no es blanco o negro. Tiene muchos grises, matices…

—¿Será pronto? —volvió a preguntar la mujer con curiosidad.

—En seis o siete meses…

—Seis o siete meses. ¿No se puede hacer nada para evitarlo?

—El destino es difícil de cambiar, porque no depende de nosotros —dijo con seguridad la vidente—. Los creyentes decimos que está en manos de Dios. Yo solo veo el futuro y el presente, pero no puedo alterar ninguno de los dos. Simplemente puedo preparar a las personas para que los afronten. Nada más.

Manuela se quedó pensativa. Su amiga le repetía que ocurriría algo que volvería del revés la vida en esa casa. Para bien en un principio, pero también derivaría en sufrimiento.

—¿Y a mí todo eso en qué me va a afectar? —Manuela requería que se concentrara en ella.

Volvió a echarle las cartas. Las barajaba una y otra vez.

—¿Qué ocurre? —preguntó, de nuevo extrañada.

—No sé, veo que hay algo que te va a preocupar en exceso —decía María Gracia mientras recogía las cartas con los ojos enloquecidos—. Se va a convertir en una obsesión que te va a llevar por calles oscuras…

Igualmente le sugirió que sería mejor que no volviera en un tiempo por allí.

—¿Por qué? ¿Me estás echando como a Jimmy? ¡Es increíble!

—Te estás obsesionando y eso no es bueno. Mis predicciones son solo una guía. Puede haber cosas que se tuerzan y no se cumplan —advirtió—. Yo no soy infalible.

María Gracia había visto cómo su amiga la arrastraba con ella a una especie de pozo negro en el que caían las dos. Era Manuela quien la empujaba. Lo vio clarísimo, pero no logró entender por qué motivo. No le gustó la deriva que estaba adquiriendo la visión sobre el futuro de su amiga.

—Puedes venir cuando quieras, pero no me pidas que te eche las cartas —advirtió—. Al final estoy viendo que este tema a mí no me va a hacer ningún bien. Todo lo contrario.

—¿De modo que a otros sí les puedes leer el futuro, pero a mí no?

Manuela no disimuló su enfado. Recogió sus cosas y se fue sin entender nada. María Gracia había reaccionado igual que lo hizo con Jaime de Mora. Se preguntaba si se le habría cruzado otra visión. En cualquier caso, se marchó con más incertidumbre que cuando llegó. ¿Se estaría vengando de cuando de niña ella le quitaba las muñecas y se las escondía? Esas cosas se le quedaban a una grabadas para siempre, pensaba. No regresaría jamás. Menuda era ella para aguantar y perdonar un agravio como el que acababa de producirse. ¡Nunca!

Durante todo el viaje de vuelta de París a Madrid, Harry Parker estuvo persuadiendo a Margot de la importancia de ser constantes, pero no obsesivos, en los casos a los que debían enfrentarse. La joven se había esperanzado con las nuevas pistas sobre el paradero de Almudena Pimentel, pero al final la investigación no había dado los frutos esperados.

—Estás cerca, Margot. Diría que tan cerca que casi te quemas. Céntrate en lo que ya tienes, que es mucho, más de lo que crees. Yo que tú intentaría trazar, en un mapa de París, un perfil geográfico de sus movimientos. Un estudio de la movilidad del pintor y de su víctima ayudará a dar con ellos. Todo delincuente tiene un lugar de actuación que conoce al dedillo. Haz caso de los testimonios que te han informado de dónde los han visto y de la calle en la que han residido antes y después. También sabemos que el pintor prepara una exposición. Ella, además, se dejó ver con el modisto y luego no recogió su encargo. Crees, y no te falta razón, que ha sido una llamada de socorro. Un «rescatadme» sin palabras directas. Tienes mucho, de verdad. Y lo más importante: ¡está viva!

—Es cierto, sabemos que está viva y algo más. Creo que se ha atrevido a dar este paso porque ya no solo piensa en ella. ¡Se encuentra embarazada! Ahora tenemos el testimonio de una persona que nos ha dicho que el pintor va a ser padre. Ella está pensando en regresar por el hijo que viene en camino. Sabe que no está viviendo en las condiciones óptimas para que un niño venga al mundo.

—Tarde o temprano tendrá que ir al médico o a una comadrona.

—O no, si ha descubierto Ángel Torres su plan y no la deja ya salir de casa. ¡No lo quiero ni pensar!

—Tenemos que pedir ayuda a la gendarmería francesa. Sola en este caso no puedes estar cuando vienes a París. Sin embargo, en este viaje creo que has avanzado muchísimo.

Le explicó Margot que, cuando regresó a investigar a casa de los padres, los marqueses de Montero, había localizado una nota manuscrita que había dejado en comisaría.

—¿Y qué decía en esa nota?

—«Al menos que el amor nos salve. ¡Huyamos!».

—Al final, este pintor lo que demuestra con esa nota es que estamos ante un conquistador.

—Yo lo calificaría de otra manera; se trata de un embaucador. Un mentiroso con la que era su mujer y un mago de la palabra con una joven a la que saca muchos años y que hoy está retenida contra su voluntad.

Harry se quedó callado ante ese comentario. Él también le sacaba muchos años a Margot, pero percibió que solo hablaba de Ángel Torres. Miraba a los ojos de la joven y veía un cambio de actitud. París los había vuelto a acercar. Había resultado una gran idea la sugerencia de Julián Martín-Briz. Ahora no podía volver a meter la pata. Allí sentados en las butacas del avión, a pocos centímetros el uno del otro, se empezó a marear. Cerró los ojos y comenzó a sudar.

—¿Te ocurre algo? —preguntó ella, extrañada.

—Sí, no me encuentro bien. Quizá hayamos comido muy rápido.

Margot posó la mano sobre su frente y observó que la temperatura corporal la tenía elevada.

—Diría que te has intoxicado con algo de la comida.

—Sí, ha debido de ser el estofado que he comido. No debía estar en buen estado.

—Te sentaría bien provocarte el vómito. ¿Por qué no vas al baño del avión y lo intentas?

—Sí, tiene que salir cuanto antes. —Se levantó como pudo y se fue hasta el baño, sujetándose en los asientos que daban al pasillo del avión.

Cuando regresó, parecía otra persona.

—Me encuentro mucho mejor. Muchas gracias por tu preocupación. ¡Dios mío, cómo influye el estómago en el resto del cuerpo!

—Es que te has empezado a poner amarillo, luego verde…Me he asustado, la verdad.

—Ya sabes que bicho malo nunca muere. Al menos, eso dice el refrán. No me puedo permitir ponerme malo. Tengo que estar al cien por cien para pilotar la operación de seguridad de Eisenhower. A estas horas, más de uno y más de dos están maquinando cómo atentar contra Franco y contra él. Te lo puedo asegurar con toda certeza.

—¿Y cómo lo van a intentar? ¿Tú qué crees?

—Con una bomba sería lo más fácil. También disparando a bocajarro entre la multitud, aunque sabes que las posibilidades de que te cojan las fuerzas del orden son tan altas que creo que eso puede disuadir a cualquiera. Todos saben que corren mucho riesgo, pero lo van a intentar.

—¿Dónde se alojará el presidente norteamericano?

—En el palacio de la Moncloa. Allí la seguridad será mucho más fácil. Mi preocupación se ciñe al itinerario en coche descubierto por las calles de la capital.

—Pondremos todo de nuestra parte para que la operación de seguridad sea un éxito.

El avión aterrizó con suavidad sobre la pista de Barajas. Parker, nada más descender de las escalerillas del avión, se ofreció a dejarla en su casa. Iba a recogerlo un coche oficial del Ministerio de la Gobernación y Margot accedió. Una vez que llegaron al domicilio de la joven, Parker preparó su frase de despedida.

—Este viaje ha sido bueno para los dos. Y, tranquila, el final de tu largo caso está cerca. Ya sabes lo que dice Platón: «Nadie debe desanimarse mientras haya progreso, aunque sea lento». Ninguno de los dos podemos permitirnos el desánimo. Ha habido progreso. Hoy sabemos muchas más cosas de Almudena Pimentel que antes del viaje.

—Resulta curioso que te fijes en Platón. Creo que el espíritu debe alimentarse de pensamiento filosófico tanto como el cuerpo de alimento. Pensar en lo que somos y a dónde vamos es lo mínimo en un ser humano. Resulta curioso que siempre tengamos cuestiones en la cabeza que nos preocupan a los dos.

—Es cierto. —No dijo más.

Parecía que funcionaba con Margot el «interés indirecto» que decía su tío. Eso sí, le desesperaba la lentitud del método. Sin embargo, era el único que podía tener éxito con ella. No estaba dispuesto a volver a perderla.

 

13

Segundo encuentro

El comisario elogió el trabajo de Margot delante de todos. Ella misma comentó los avances en la investigación en el caso de Almudena Pimentel. También compartió con ellos su frustración cuando, estando tan cerca, no pudo dar con ella y con el que todos consideraban ya su secuestrador.

El inspector Gutiérrez observaba a Margot sin perder ni un solo detalle. Se percató de que miraba a Parker de manera diferente a como lo había hecho antes de irse a París. Sabía interpretar cualquier cambio en las personas. Al fin y al cabo, era su oficio, además de su vocación. Entendió que se había producido una reconciliación o un acercamiento entre ambos. No existía esa tensión que se percibía cuando él estaba recién llegado de la embajada española en el Reino Unido. ¿Qué podría haber ocurrido?, se preguntaba. Estaba claro que esta nueva situación lo alejaba de sus pretensiones con Margot.

Cuando se quedó a solas con el comisario, Parker le pidió que pusiera en marcha ya la operación que habían preparado para detener a los anarquistas más activos y a todos los que supusieran un peligro durante la visita de Eisenhower en España. Eugenio Benito Poveda le comentó que comenzarían las detenciones a primeros del mes de diciembre.

—Nada puede salir mal, mi querido Parker —le aseguró—. Menos aún cuando Francia, por orden expresa de De Gaulle, ha obligado a abandonar el país a los doscientos cincuenta bombarderos norteamericanos instalados en su territorio. Es la oportunidad de España con Estados Unidos. Ahora nadie podrá decir que estamos aislados.

—Es una gran ocasión para España —dijo Parker—. Sobre todo en este momento, cuando en la zona oriental de Inglaterra se están instalando proyectiles balísticos norteamericanos dirigidos hacia el territorio soviético. No es mal negocio alinearse con Estados Unidos frente a Rusia, que está reformando y rearmando a su ejército.

—Nada saldrá mal. Confíe —aseguró el comisario.

—Necesito luz por todo el recorrido —insistió el jefe de seguridad.

—Tengo buenas noticias sobre ese tema. Antes de que acabe este mes de noviembre se instalará más luz en todo el recorrido, tal y como usted pidió. El alcalde de Madrid lo anunciará en una semana a bombo y platillo. Los malhechores van a tener muchos problemas para moverse en la oscuridad. Estaremos vigilando mañana, tarde y noche.

—Por cierto, me ha pedido el ministro que vaya a su despacho inmediatamente. Imagino que me contará todas estas novedades —le informó Parker.

—Hágase de nuevas. Nada le gusta más a un ministro que sentirse poderoso.

Margot se reunió con el detective Vicente Cerezo. Ya le había informado por teléfono de las muchas novedades que traía de París. El director de la agencia de detectives quería hablarle de la ciencia que cada vez se estaba teniendo más en cuenta en la investigación criminal, la grafología.

—Tienes que llevar esa nota que encontraste en casa de los marqueses de Montero a la mejor grafóloga que tenemos en España —afirmó Cerezo—. Una gran analista de la escritura, Matilde Ras. Es capaz de explicar el temperamento y el carácter de una persona solo analizando su letra. Afirma que es una ciencia porque tiene sus leyes, su método experimental, su clasificación y su técnica.

—¿Cuándo podría ir a verla? —preguntó Margot con impaciencia.

—Simplemente tienes que llamarla y te hará un hueco en cualquier momento. Le he explicado el caso y asegura que podemos contar con todo el conocimiento que ella posea y que pueda sernos útil.

—Sin duda será de gran ayuda.

En comisaría, Margot se aseguró de que tenía la nota que encontró en la bota de Almudena, la guardó de nuevo y se despidió del comisario. Aún debía enviar la entrevista de Balenciaga a la revista Siluetas.

Matilde Ras recibió a la alumna aventajada de Vicente Cerezo en el diario ABC. La grafóloga era colaboradora tanto del periódico como de la revista Blanco y Negro, editada también por la familia Luca de Tena. Margot sabía que se iba a encontrar con una mujer «feminista conservadora», como ella se definía, defensora de los derechos de la mujer. Para la joven era todo un acontecimiento. La estaba esperando en la biblioteca de madera de varios pisos del periódico. Allí se podían consultar diferentes números de sus publicaciones y los libros también editados por ellos. Era tan temprano que aún no había nadie consultando los archivos. Aunque superaba los setenta, Matilde estaba todavía muy activa. Peinaba canas y mantenía su porte regio. Le comentó que su tiempo era escaso y que fuera al grano desde el primer momento.

—Desde bien joven me interesó la grafología gracias a un libro de Jean-Hippolyte Michon. Pero luego me marcó Jules Crépieux-Jamin, el padre de la grafología francesa. Durante toda mi vida no he hecho otra cosa que estudiar a las personas a través de su escritura. ¿Me da ese papel que me dijo don Vicente Cerezo que me traería? —le pidió con la mano extendida.

—Sí, aquí lo tengo. —Margot se apresuró a sacarlo de su bolso.

Matilde lo dejó sobre la mesa, encendió una lámpara y cogió una enorme lupa. Analizó la frase durante varios minutos: «Al menos que el amor nos salve. ¡Huyamos!».

—Yo me abstengo de hacer ningún diagnóstico médico o psicológico —le advirtió Matilde—. Simplemente voy a indicarle tendencias. Las letras sobrealzadas hablan de una persona vanidosa y con dotes de mando. De las letras que usted me trae, la que más me interesa es la a mayúscula. Me hubiera gustado ver la de, la ge, la i, la te, la efe o incluso la ese. Le hubiera podido definir con más precisión su personalidad. Su firma también nos hubiera indicado muchas cosas, pero esto es lo que tenemos.

Siguió mirando las letras una a una con ayuda de la lupa.

—Mire, señorita. ¿Cómo dice que se llama?

—Margot. Margot Sanz Peters.

—La dimensión de la escritura, la arquitectura gráfica, la inclinación de las letras, la cohesión de estas en el texto, hasta los fantasmas y cuchillos me indican mucho.

—¿Fantasmas? ¿Cuchillos? —preguntó Margot, intrigada.

—Encontrar zonas en blanco en un texto, dependiendo de su localización, significa una cosa u otra. A esas zonas en blanco se las llama «fantasmas», si están en los bordes del escrito, o «cuchillos», si son blancos breves dentro del texto. Veo que le interesa todo lo que le digo. Le daré uno de mis libros.

—Muchas gracias. ¿Qué ha observado?

—Esta frase la ha escrito un hombre con mucho ego. Se ve en los óvalos de la letra a y de la o. La velocidad del escrito es precipitada. Predomina el sentimiento sobre la razón. Es un mentiroso compulsivo. Las mayúsculas son muy exageradas, y que varíen las letras de tamaño dentro de la misma palabra subraya lo que le estoy diciendo. Necesitaría más texto escrito, pero lo que se aprecia a simple vista indica que estamos ante una persona con una sobreexcitación nerviosa. Si hubiera conocido a la joven que desapareció y me hubiera consultado, le habría aconsejado que no se fuera con él. Es de ese tipo de personas que, con la misma fuerza que te ama, puede odiarte al día siguiente. Deme algo más y podré realizar un estudio más completo.

Matilde Ras miró su reloj y le indicó a Margot que tenía una cita médica. La joven detective le agradeció el tiempo que le había dedicado y le confesó que se quedaba con ganas de que analizara su escritura.

—Lea mi libro y luego venga de nuevo —la invitó—. Le vendrá muy bien para su trabajo como detective. Poseer esta información le dará cierto poder sobre los demás.

—Así lo haré. Yo además soy escritora. Publico reportajes para la revista Siluetas. Me encantará hacer una reseña de sus libros —le ofreció—. Sé que lleva muchos años peleando por los derechos de las mujeres. ¡Cuánto me hubiera gustado conocer a todas las intelectuales que formaron parte del Lyceum Club!

—Pero la Guerra Civil acabó con él; mejor dicho, Serrano Súñer dio la orden de su desmantelamiento —dijo no sin acritud—. Han reinventado otros clubs, pero no son lo mismo. Lo esencial es que hay muchas amigas que se encuentran en el exilio y otras que por desgracia ya no están.

Se refería concretamente a su amiga Elena Fortún, también escritora, que había muerto hacía seis años y no había día que no la recordara.

—He leído algunas de sus publicaciones —comentó Margot—. Me encantaba el personaje de Celia. ¡Menudo grupo de mujeres, que hicieron tanto para promover los derechos de las mujeres!

—Resulta difícil de entender que tras la Guerra Civil las mujeres perdiéramos el derecho al voto y todavía no lo hayamos recuperado —afirmó Matilde con amargura—. Y resulta peor aún que las mujeres solteras estemos sometidas a la autoridad masculina de la familia o que las mujeres casadas estén bajo la tutela legal de los maridos. No podemos abrir una cuenta bancaria, comprar propiedades, viajar… Necesitamos permiso de un varón para todo. Tú, que eres joven, ¡ponte pantalones! Es una de nuestras conquistas silenciosas.

—Me los pongo, tengo mi trabajo y soy independiente económicamente bajo la tutela de mi tío —le confesó Margot, orgullosa.

—De existir el Lyceum Club, serías una de las nuestras.

Quedaron en verse más adelante. Margot se comprometió no solo a leer sus libros, sino a escribir sobre ellos en la revista Siluetas y en el semanario El Caso, donde podría hablar de la grafología criminal. Nunca se había encontrado tan a gusto con una de sus entrevistadas. Se prometió a sí misma seguir su estela para abrir camino a otras mujeres.

Allí, en ABC, se enteró de que, desde el año 1953, las fricciones del diario con el ministro de Información eran constantes. En menos de un año, la publicación había sufrido once expedientes por causas como haber llamado jefe de Estado a Franco y no Caudillo. Examinaban todos los artículos con lupa para evitar, decían, la propaganda encubierta de las ideas monárquicas que defendía el diario. La necesidad de que regresara la monarquía como forma de Estado estaba siempre presente en sus reportajes, y eso chocaba con el ideario del gobierno. Sobre todo si el protagonista de la información era don Juan de Borbón.

Fabiola de Mora y Aragón comentó con su hermano su próximo viaje a Lourdes. A Gonzalo no le extrañó y, en esta ocasión, no opuso ninguna resistencia. Viajaría con un matrimonio de ancianos que deseaba visitar el lugar donde se apareció la Virgen en tantas ocasiones. Beber del agua de la fuente, que para los peregrinos tenía propiedades milagrosas, y compartir vivencias espirituales con miles de personas conseguían un efecto terapéutico inmediato, pero sobre todo eran una vivencia emocional inolvidable.

Viajaría con ella Pilar Sástago, su amiga, medio pariente política y compañera de piso. Habían hecho muchos viajes juntas acompañando a enfermos o a personas mayores que necesitaban de esa paz interior y esa renovación de fe que se sentían nada más pisar Lourdes.

—Iría con vosotras, pero se me ha acumulado mucho trabajo estos días. Además, tengo que representar a la familia en el baile de la duquesa de Alba. ¿Irás, verdad? —se excusó Gonzalo.

—Para entonces ya estaré de vuelta. Sí, pensaba acudir —le confirmó Fabiola.

—Pues estaremos los dos representando a la familia —dijo, satisfecho—. En esos actos sociales uno se entera de muchos asuntos interesantes para nuestras finanzas y para estar al día de lo que sucede en la sociedad.

Gonzalo no hizo ninguna referencia al viaje. Era algo que realizaba su hermana de forma habitual. Siempre le había gustado acompañar a algún enfermo o a alguna persona impedida físicamente. Visitar el santuario donde se encontraba la gruta era un acto de fe. El año anterior se habían celebrado los cien años de las apariciones a Bernardette y estuvo presente toda la familia. Fue un momento de recogimiento inolvidable. Aún seguían comentándolo en las ocasiones en las que se reunían.

Durante el mes de noviembre, Fabiola no paró de realizar gestiones y de acudir a la iglesia de Santa Bárbara para pedir claridad y acierto en todas las decisiones que iba a tener que tomar.

Después de recibir cinco cartas de Luigi de Axel, comprendió que se trataba de una persona educada en el respeto a los demás. Tenía una cualidad que no se heredaba, la ternura.

Cuando llegó la fecha del viaje, antes del primer fin de semana de diciembre, regresaron los nervios, aunque Pilar estaba más nerviosa que ella. En el último momento, a Fabiola le sobrevino una paz de espíritu que la acompañó durante todo el trayecto en tren de Madrid a Irún. Tras un lento control de pasaportes, cruzaron al país vecino. Ya en territorio francés, subieron a otro tren de la línea gala con destino a Lourdes. El tren iba atestado de personas en peregrinaje; lisiados de la guerra, personas en silla de ruedas y mucha otra gente que viajaba con la esperanza de hacer realidad ese milagro tan ansiado.

Pilar era la única que conocía la otra finalidad del viaje. El hotel Saint Étienne, en el número 61 del boulevard de la Grotte, sería el punto de encuentro. Balduino y Fabiola no se verían hasta la tarde. El rey, igual que ella, se pondría uno de los chalecos que lo distinguiría como voluntario, a diferencia del resto de los peregrinos. Su intención era ayudar a la vez que seguía conociendo a la ahijada de la reina Victoria Eugenia.

El reloj marcaba las cinco de la tarde cuando apareció Balduino camuflado entre dos de sus guardaespaldas. Enseguida se localizaron al cruzar las miradas. Fabiola le hizo un gesto de cortesía con la cabeza a la vez que le sonreía. Tanto ella como su amiga esperaban en la recepción del hotel, empujando una silla de ruedas. El matrimonio de avanzada edad que había viajado con ellas llevaba un rato emocionado, sin poder pronunciar una sola palabra al pensar que esa tarde visitarían el mismo lugar en el que se apareció la Virgen.

Balduino se acercó a Fabiola y los guardaespaldas se hicieron cargo de empujar las sillas de ruedas de los ancianos. Pilar empezó a caminar al lado de la mujer mayor mientras la preparaba para el momento que iba a vivir. Se acercaron poco a poco a la larguísima cola que iba hacia la gruta.

—¡Por fin volvemos a vernos! —le dijo el rey cuando estuvo a la altura de Fabiola.

—Lo hemos conseguido, aunque parecía imposible. Me han gustado mucho tus cartas —le confesó Fabiola.

—A mí las tuyas me han hecho mucho bien. Eran lo mejor del día cuando llegaban. Te lo agradezco mucho.

El camino se encontraba en una zona boscosa, rodeada de fresnos que parecían conducir a los peregrinos hacia el lugar sagrado. Todo el mundo caminaba rezando, preparándose para uno de esos momentos que jamás se olvidan.

—Me gusta que vivamos juntos este momento de absoluto recogimiento —comentó Fabiola en voz baja.

—Sin duda, a mí también.

Balduino parecía menos hablador que cuando se vieron a solas en Bruselas. Fabiola comprendió que, como ella, estaba conmovido por la situación que vivían.

—El momento de entrar en la gruta a mí me impresiona mucho —comentó Fabiola.

Antes vieron desde lejos la doble basílica, realizada en dos niveles, que emergía con una gran majestuosidad por encima de la gruta. Pero todo el mundo quería visitar antes el jugar donde se apareció la Virgen. Impresionaba la devoción y el recogimiento absoluto de los peregrinos en el momento de entrar en ella. Una estatua pequeña de la Virgen vestida de blanco, con una cinta de color azul a la cintura, se encontraba colocada en una cavidad en la roca. Recordaba la imagen en mármol de Carrara que allí se habían producido las apariciones. La pequeña Virgen tenía un rosario y una rosa dorada en cada pie.

Tanto Balduino como Fabiola se conmovieron y se emocionaron al realizar juntos el recorrido. Según avanzaban, rezaban en completo silencio. De vez en cuando se miraban y se sonreían. La gente tocaba con las manos la pared de la cueva. Ellos también lo hicieron.

—Me gusta seguir la tradición de ir con una vela encendida en memoria de Bernardette —le dijo Fabiola.

Se detuvieron ante la Virgen y rezaron. No quisieron demorar el momento al resto de los peregrinos y se dirigieron al santuario para rezar el rosario. Los escoltas y Pilar llevaron al matrimonio también hacia el mismo lugar. Estuvieron largo rato rezando el rosario. Los dos ancianos a los que acompañaban quisieron regresar al hotel y salieron todos de allí.

Al igual que cuando entraron en la gruta, ellos iban detrás de la pareja. Y los guardaespaldas que empujaban las sillas de ruedas iban delante. Pilar Sástago era quien abría la comitiva en silencio.

Fue un momento muy especial. Estaban juntos sin hablarse mientras los dos se encomendaban a la Virgen. Al llegar al hotel, Balduino le propuso cenar juntos, pero ella dijo que prefería caminar y charlar a solas.

—No tengo hambre. El momento que hemos vivido me ha conmovido. Creo que deberíamos compartirlo y comentarlo.

—Tienes razón —dijo él—. He sentido algo muy especial justo cuando entrábamos juntos a la gruta. Ha sido realmente bonito. Alguien que no tenga fe no lo entendería.

—Los dos tenemos fe. Lo que nos está pasando lo percibo como un regalo que nos hacen desde ahí arriba —aseguró ella.

—Creo que debemos vivir el presente como si fuera el último día de nuestra vida. He pedido al rezar que me enseñen a amar con ternura, delicadeza y respeto.

—¿Te acuerdas de lo que dijo Saint-Exupéry? «Amar no consiste en mirarse el uno al otro, sino en mirar juntos en la misma dirección». Eso me parece clave. Tener un proyecto de vida en común y hacerlo realidad.

Hablaron durante bastante tiempo del concepto que tenía cada uno del amor, y sus pensamientos eran coincidentes. En un momento determinado, Fabiola cambió de tema para preguntar por él.

—¿Cómo te han ido estas semanas?

—He tenido muchísimo trabajo. Podía escribirte solo por las noches. Pero hacerlo me ha servido de desahogo. Espero no haberte resultado pesado.

—En absoluto —aseguró la joven—. Sigo las noticias que nos llegan a España desde Bruselas con mucha atención. Lo primero que hago cuando cae en mis manos un periódico es buscar las páginas de información internacional, aunque no siempre hablan de tu país.

—Espero que pronto lo sientas como tuyo también —dijo él sin ambages.

—No hago otra cosa que pensar en ello. Creo que este paso solo lo podemos dar desde el amor. Yo me he encomendado a la Virgen y le he pedido que haga su voluntad.

—Como creyentes que somos, la mejor ayuda que podemos pedir es esa.

Pasearon durante dos horas y, al anochecer, Balduino la acompañó al hotel. Los escoltas iban a mucha distancia, pero siempre estaban atentos a todos los gestos que hacían las personas con las que se cruzaban. Nadie reconoció a Balduino. Camuflados con los chalecos de voluntarios, pasaban desapercibidos.

—Nos alojamos en un hotel de Argelès-Gazost. ¿Te parece bien que pase a buscarte mañana temprano?

—Si no te importa, iremos todos. Tenemos que dejar el hotel para regresar a España. El matrimonio no te conoce y Pilar es mi única amiga; ella está al tanto de lo que está ocurriendo.

—Está bien. ¡A las nueve vengo a buscaros!

Esa noche, Fabiola no pudo pegar ojo. Algo parecido le ocurrió a Balduino, que al día siguiente estaba a las nueve en punto esperándolos con dos coches. En uno fueron ellos solos, con un guardaespaldas como conductor, y en el otro, el matrimonio y Pilar Sástago, con el otro guardaespaldas que viajaba con Balduino.

—¡Qué difícil resulta encontrar un momento para hablar a solas!

—¿Qué vas a hacer en Navidad? —preguntó Fabiola.

Estaba rebosante de alegría y a Balduino le parecía que su sonrisa lo iluminaba todo.

—Pasarla en familia. Voy unos días a esquiar a Suiza y después regreso a Bélgica. Son momentos en los que me gusta dirigirme al país y visitar las calles de Bruselas y las iglesias. Todo se engalana de tal forma que vivo la Navidad desde niño con mucha intensidad.

—Yo también. Vendrán a la casa familiar todos mis hermanos con sus respectivas familias. Como es lógico, echaremos de menos a mi padre —dijo Fabiola con tristeza—. Siempre recordamos sus últimas palabras: «Mi equipaje está preparado». Fue toda una lección de vida y de muerte. Debemos tener siempre el equipaje preparado.

—Yo no temo a la muerte y estoy preparado. También nosotros pasamos la Navidad en familia. Mis hermanos Josefina, Alberto y yo recordamos especialmente a mi madre. Mis otros hermanos, del segundo matrimonio de mi padre, estarán con nosotros. Es que mi padre ha tenido otros tres hijos con la princesa de Réthy: Alejandro, María Cristina y María Esmeralda. Somos una misma familia de dos madres distintas. Solo puedo hablar bien de Lilian. Yo tenía once años cuando entró en nuestra vida y nos dio el afecto y el cariño que, desgraciadamente, no teníamos de nuestra propia madre tras su fallecimiento. Fue una bendición que llegara a nuestra vida.

Fabiola sabía, por las revistas de sociedad, que había sido muy criticada por contraer matrimonio con Leopoldo III, cuando todavía el pueblo lloraba la muerte en accidente de la reina Astrid. Se casaron en secreto y tampoco se lo perdonaron. Se llevaba catorce años con Balduino. Alguna que otra lengua maledicente decía que a Balduino no le gustaba ninguna de las princesas casaderas porque en realidad había una atracción insana entre él y su madrastra. Pero tal y como hablaba de ella, Fabiola se dio cuenta de que para Balduino era como su segunda madre. Pensó que los rumores en torno a él y a su familia eran injustos. La realidad nada tenía que ver con la situación que le describía desde dentro. Ahora lo estaba viviendo en primera persona. A Fabiola le preocupaba que, si daba el paso adelante, no pudiera soportar todo lo que se dijera de ella en el futuro.

 

14

Sin fecha para reencontrarse

Fabiola y Balduino sabían que ya no se volverían a ver hasta el mes de enero del nuevo año, 1960. No tenían una fecha concreta para reencontrarse. Al monarca se le acumulaban los problemas internacionales, sobre todo en África. Debía concluir un año y comenzar otro con nuevos y buenos propósitos. Se despidieron y prometieron escribirse todos los días. Balduino le pidió que lo hiciera a la dirección de su hermana Josefina Carlota y que, como siempre, utilizara dos sobres; el exterior dirigido a ella y otro interior solo para él. Su hermana mayor era su cómplice y estaba al tanto de lo que estaba sucediendo en su vida. Enviarle las cartas a ella era la forma más segura de no despertar las alarmas en palacio. Fabiola le confesó a Balduino que su hermana pequeña, Mari Luz, también estaba informada de todo. Necesitaba que alguien de la familia lo apoyara en sus idas y venidas fuera del país ante su hermano Gonzalo. Poco a poco, el entorno más cercano de ambos iba conociendo el secreto, aunque la discreción, incluso dentro de la propia familia, debía ser total.

Durante esos días de diciembre, doña Blanca preparaba la casa para recibir a todos los Mora. Se juntarían sus hijos y sus nietos para pasar las Navidades y recordar a don Gonzalo, de cuyo fallecimiento se cumplían dos años. Milagros, el ama de llaves, pudo convencer a la madre para que, durante ese mes de diciembre, a los perros los acogieran en una perrera, mientras que los gatos, que eran menos, se mantuvieran resguardados en una caseta grande que habían instalado en el jardín. El olor a orín se fue quitando poco a poco y el palacete adquirió el aspecto de siempre.

Jaime celebró que los animales les dieran una tregua en casa y se pudiera llevar una vida normal, justo en esos días en los que el frío empezaba a apretar. Tocaba el piano con más ganas que nunca y se atrevía a cantar delante del servicio. Estaba de moda el jovencísimo cantante Paul Anka, y repetía una y otra vez Put your head on my shoulder («Pon la cabeza en mi hombro») o su mayor éxito, Diana. Siempre que las interpretaba en los locales nocturnos, las mujeres le aplaudían, y eso que él solo tocaba el piano. «Soy tan joven y tú tan mayor», decía la canción. «Para que tú y yo seamos tan libres como los pájaros en los árboles», continuaba.

Durante el mes de diciembre, Jaime estaría ocupado casi todas las noches. Lo reclamaban de locales nocturnos y hoteles. Por fin parecía que su fama de pianista se había extendido. Pensaba sorprender a todos sus hermanos en Nochebuena, y por eso ensayaba a la una de la tarde mientras el servicio lo elogiaba.

—Menuda sorpresa se van a llevar sus hermanos, ya lo verá —comentaba Manuela.

—Me gustaría volver a visitar a tu amiga la vidente —le dijo sin levantar las manos de las teclas del piano.

—No, señorito, no podrá ser. Me he enfadado con ella por las cosas tan raras que me decía a mí también —se negó Manuela—. Insiste en lo de que «en esta casa va a ocurrir una especie de terremoto».

—Pues aquí estaremos esperándolo… Por favor, quédate conmigo, Diana… —continuó cantando en inglés el tema del artista canadiense—. En realidad —le dijo a Manuela—, es un chachachá distinto con un latido de calipso. Música caliente, que te envuelve.

—Señorito, ¡cuánto sabe de música!

Manuela desapareció por el pasillo. Cuando llegó a la cocina, ensayó unos pasos de baile con la escoba.

Según los que la conocían bien, Fabiola había regresado de Lourdes más seria. Empezaba a ser consciente de que enamorarse del rey llevaba consigo una serie de sacrificios. Se preguntaba si estaría a la altura. Era evidente que tanto Balduino como ella habían conectado. De todas formas, quería darse un tiempo para saber si era amor o se trataba simplemente de admiración. Es cierto que seguía al rey de Bélgica desde que su madrina se lo presentó, pero ahora, después de abrirle el corazón, lo miraba con otros ojos. No había día que no encontrase una carta de Luigi de Axel en el buzón. Su fiel Violeta le llegó a preguntar quién era esa persona que le escribía a diario. Estaba convencida que se trataba de algún religioso que la quería convencer para ingresar en una orden extranjera.

—Doña Fabiola, hay mucha caridad que hacer en la vida civil. Espero que no la vayan a convencer para irse a una orden religiosa en Bélgica —se lamentó Violeta—. No he podido evitar observar que llegan muchas cartas de allí.

—Violeta, no seas indiscreta —le recriminó Fabiola con cariño—. Luigi no es un cura, es solo un amigo, pero es alguien muy religioso y con un corazón de oro. Por favor, no especules. Te pido discreción.

—Solo me he atrevido a comentarlo con usted, con nadie más. No me gustaría que se metiera en un convento. Yo quiero estar a su lado siempre —le confesó su ama de llaves.

—¿Me seguirías a cualquier parte? —le preguntó con una sonrisa en la boca.

—¡Hasta el fin del mundo! Después de trabajar a su lado, no quiero depender de nadie más que de usted.

—Te tomo la palabra… —Aquella frase contenía mucho más significado del que la empleada podría llegar a imaginar.

El comentario de Violeta hizo que se relajara, tras llegar tensa y nerviosa de Lourdes. Pilar Sástago, por el contrario, sonreía a todas horas y le repetía a su amiga que su momento había llegado. Fabiola la frenaba y le pedía tiempo.

—Estas cosas no son rápidas. Debemos estar seguros los dos —dijo con aparente calma—. Lo mejor que podemos hacer es rezar e irnos conociendo poco a poco. A lo mejor no soy la persona que busca.

—No puedo imaginar a nadie mejor a su lado —insistió Pilar.

—Pasaremos un tiempo sin vernos, aunque mantendremos el contacto epistolar.

—Recibir sus cartas y leerlas se convertirá en el mejor momento del día —siguió diciendo su amiga—. Ya lo verás.

En el palacio de Liria, seguía adelante la organización del baile de bienvenida para la delegación estadounidense que acompañaría a Eisenhower. Margot visitó a su amiga para excusarse porque le iba a ser imposible acudir a la cena y al baile, pero Cayetana no la dejó continuar.

—No, Margot. Te necesito —insistió—. No todo el mundo podrá ayudarme con el inglés para hacerse entender con los americanos. Sé que tienes muchas cosas en qué pensar. —Se refería al caso de Almudena Pimentel, del que estaba al tanto—. Pero el día 15 necesito que me acompañes. No insistiría si no lo considerase necesario.

—Está bien, no te preocupes —dijo Margot, resignada—. Aquí estaré desde primera hora.

Cayetana había sido madre de Fernando, su cuarto hijo, en julio de ese año 1959. Era el primer evento que organizaba en el palacio de Liria desde su maternidad. Margot y ella habían forjado su amistad muchos años antes, en Inglaterra, y tenían la confianza suficiente para decirse lo que pensaban.

—¿Has vuelto a las clases de flamenco? —preguntó Margot, que sabía que para Cayetana se habían convertido en algo más que un hobby.

—Sí. Desde que aprendí con Enrique el Cojo y Antonio el Bailarín, no puedo dejar de bailarlo y vivirlo —afirmó con entusiasmo—. Todavía recuerdan la fiesta que celebramos aquí con motivo de la puesta de largo de la sobrina de Luis.

Cuando Isabel Hoyos cumplió dieciocho años, recibió como regalo una fiesta que todavía se recordaba dos años después. Acudieron no solo la nobleza y la aristocracia, sino también los artistas más famosos del momento. El salón, cuando todo acabó, se convirtió en un tablao. La duquesa, acompañada por Antonio el Bailarín, abrió el baile. Luis Martínez de Irujo también salió al escenario con Dolores Vargas, la Terremoto. Cantó Pastora Imperio junto a los valiosos cuadros y tapices que colgaban de las paredes. Fue un final de fiesta único. Estaban todos convencidos de que, gracias a Cayetana, la nueva vida social tras la guerra había vuelto en todo su esplendor. Desapareció el temor que había existido en el inicio de los cincuenta a mostrar el lujo en público.

Aunque el gran acontecimiento que marcó un antes y un después en la sociedad de la época tuvo lugar en el mes de abril de ese año 1959. El embarazo de la duquesa estaba muy avanzado, pero no quiso perder la oportunidad de organizar el desfile de Christian Dior a beneficio de las Escuelas Salesianas. El diseñador de la casa francesa era un jovencísimo Yves Saint Laurent, que ocupó el puesto tras la muerte de monsieur Dior dos años antes. La duquesa se atrevió a organizar este desfile en Liria. El modisto presentó su colección primavera-verano 1959 con modelos francesas llegadas especialmente desde París para la ocasión. Fue bonito ver cómo bajaban las escaleras hasta el salón de baile entre cuadros únicos de Goya y Tiziano. Se recaudó un millón de pesetas que se destinaron a las Escuelas Salesianas de Francos Rodríguez.

Acudieron personajes tan conocidos como Carmen Franco, marquesa de Villaverde, la infanta doña Alicia de Borbón, la duquesa de Dúrcal, Cristina de Baviera y otras doscientas personalidades. Se sumaron al desfile, como modelos, María Pastega, Charo Palacios y Sonsoles Díez de Rivera, la hija mayor de los marqueses de Llanzol, que también desfiló con ropa de Saint Laurent. Cayetana, embarazada de casi siete meses, no pudo subirse a la pasarela, aunque no por falta de ganas. Después se ofreció un cóctel. La mayoría de las asistentes se quedaron con las ganas de encargar un vestido, pero debían viajar a París a probarse, así que la mayoría se conformó con los buenos modistos que había en España.

Ahora Cayetana regresaba al primer plano social con un evento relacionado con Estados Unidos. En realidad, se trataba de una deferencia que quería tener con la hija de los embajadores de Estados Unidos en España, Beatriz Lodge de Oyarzábal. La visita de Eisenhower era una ocasión única para hacer una demostración de amistad a la que deseaba que acudiera la sociedad al completo.

El día del baile se les echó prácticamente encima a todos.

Desde el 1 de diciembre, Parker repetía cada mañana y cada noche el recorrido que iban a realizar Franco e Eisenhower. Se fijaba en la gente que frecuentaba esas calles, y al que consideraba sospechoso, le preguntaba con cualquier excusa. Margot y toda la Brigada Criminal, con el comisario a la cabeza, se dedicaron en cuerpo y alma a vigilar palmo a palmo todo el trayecto. Quince días después, ya incluso hacían guardia en las calles que aún permanecían con menos luz.

El baile, que se celebró seis días antes de la llegada del presidente estadounidense a España, se convirtió en un punto de encuentro con la sociedad norteamericana. Muchos aristócratas españoles confiaban en poder establecer lazos con el fin de agilizar el comercio entre ambos países.

Margot llegó con tiempo para ayudar a Cayetana en los últimos preparativos, antes de la recepción de los invitados que no hablaban español. Se vistió con un traje palabra de honor de gasa de color azul claro y una flor en el pelo del mismo color. Antes de salir de casa, tanto Camila como Sátur le dieron el visto bueno. Estaban convencidas de que el joven Parker intentaría acercarse de nuevo a ella. A su regreso de París, Margot había leído la tarjeta que acompañaba las flores, que todavía pudo ver antes de que se pusieran mustias. En la tarjeta le pedía perdón y le decía que le resultaba muy difícil borrar de su mente sus ojos y su sonrisa. Antes del viaje a París, hubiera tirado la tarjeta, pero optó por guardarla.

Parker llegaría a la fiesta después de supervisar una vez más las calles de la capital. Sería de los últimos en acudir a la cita. Mientras tanto, Margot hablaba con unos y con otros según llegaban. Se sintió aliviada al ver a Aline Griffith, que tanto le había enseñado de autodefensa cuando comenzó su relación con la policía. Ella, que era de origen estadounidense, hizo las presentaciones de muchos de los inversores norteamericanos que deseaban realizar negocios con España con personas relevantes en puestos clave. Todos coincidían en que Estados Unidos se iba a convertir en el gran valedor del régimen español. Cuando no había ningún norteamericano cerca, en los corrillos se comentaba la riada de dólares que llegaría a España.

—Lo que más me gusta es que van a llegar toneladas de productos alimenticios, como arroz y leche para la población —afirmaba el marido de Aline, el conde de Quintanilla.

—Y las comunicaciones. La red ferroviaria, sobre todo, va a mejorar muchísimo —comentó Luis Martínez de Irujo—. Para España este viaje es importantísimo.

—Entre otras cosas porque los dólares ayudarán a estabilizar nuestra economía —sentenciaba Luis Figueroa.

—Lo malo de este plan es que se basa en exportar mano de obra, de modo que los españoles tendrán que mirar a Europa para conseguir trabajo. Esa será la segunda parte —comentaba el duque de Alba—, un aumento espectacular del paro.

Se acercaron otras personas y los dos aristócratas dejaron de hablar de esa segunda parte tan incómoda, la que nadie quería mirar ni escuchar. Esa noche no había lugar para críticas, todo eran parabienes hacia los norteamericanos. Se repetía una sola idea, que España, por fin, se abría al mundo y a la industria. Un experto en asuntos económicos aseguró que había escuchado a Tamames decir que «si un país se industrializa, lejos de disminuir, sus necesidades de importación, por el contrario, aumentan».

—Sabe mucho de economía, pero sus ideas son como las de su padre. —Levantó la mano izquierda.

—Mejor eso, que está por llegar, que el «no necesitamos a nadie» que llevamos escuchando desde la posguerra.

Harry Parker apareció y fue directamente a saludar a los distintos ministros que estaban en la fiesta. Vestía un esmoquin negro y pajarita. Cogió al vuelo una copa de jerez, que sirvieron antes de la cena, le dio un sorbo y encontró a Margot justo frente a él. Le pareció que estaba más bella que nunca con un vestido azul celeste. No podía hablar, tan solo contemplarla desde la distancia.

—Guapa, ¿verdad? —le preguntó uno de los norteamericanos que estaban conversando con los aristócratas.

—Muy guapa. Todavía resulta más guapa hablando con ella porque no sabe la belleza que posee.

—Si está enamorado, no desperdicie la oportunidad que le dará el baile posterior. Hay un joven americano de moda que canta una canción que define muy bien su momento: It’s Now or Never.

—¡Gracias! Yo también sigo a Elvis Presley. «Ahora o nunca», como dice la canción; mañana puede ser demasiado tarde. ¿Con quién tengo el gusto de hablar?

—Con el director de cine Orson Welles.

Se dieron la mano y continuaron hablando con otros invitados. Llegó el momento de la cena. Parker no supo ni qué comió. Solo pensaba en cómo sacar a Margot a bailar. Como le había dicho el director de cine norteamericano, no podía desperdiciar la oportunidad. Margot, sin embargo, estuvo muy atenta a la conversación con su compañera de mesa, Fabiola de Mora y Aragón. Al cruzar con ella dos palabras, se dio cuenta de que estaba ante una persona con unas ideas que cuadraban más con las suyas. No le preocupaba el lujo, sino los desfavorecidos.

—No sabes cómo agradezco tu preocupación por los demás. Siempre pienso que en estas reuniones a la gente solo le preocupa presumir de lo que tienen o lo que dejan de tener —comentó Margot con desparpajo.

—Pues aquí hay más de una persona que siempre está dispuesta a ayudarme en cualquier iniciativa solidaria que emprendo. Yo hoy he venido básicamente acompañando a mi hermano Gonzalo.

Ambas se contaron lo que hacían y, en tono confidente, Margot le explicó que era escritora, pero que también colaboraba con la policía en resolver algunos casos. Ninguna de las dos imaginaba que, unos meses más tarde, Fabiola iba a requerir sus servicios.

—Yo no creo en la casualidad, sino en la causalidad. Pienso que las cosas ocurren porque Dios así lo quiere —le aseguró Fabiola.

—Interesante. Según los filósofos, la causalidad es un principio fundamental para entender el mundo. Me interesa mucho la filosofía.

Ambas olvidaron cuántas personas tenían alrededor y hablaron sin parar, dando sentido a una noche que, de otro modo, solo habría tenido un fin comercial. En medio de la conversación, Fabiola le contó que acababa de estar en Lourdes.

—Siempre que voy, salgo impresionada. Es un lugar muy especial. Si no has ido nunca, te recomiendo que lo hagas —le sugirió Fabiola.

—Tendré en cuenta tus recomendaciones.

Un comensal sacó el tema de la próxima boda del sah de Persia con Farab Diba, después de repudiar a Soraya.

—Con lo mucho que se querían… Pero, claro, no podía tener hijos —dijo el marqués de Espínola.

—No entiendo por qué, si se aman. Me parece muy cruel. No hemos venido a este mundo solo a tener hijos —contestó Margot—. Somos seres humanos. Esa exigencia a las reinas o emperatrices de tener que ser madres por encima de todo me resulta obsoleta.

Fabiola la escuchaba y le gustó la vehemencia con la que hablaba. El marqués, molesto con las palabras de la joven, volvió a tomar la palabra.

—¡No sé adónde vamos a llegar! El emperador de Irán se va a casar con la hija de un capitán y el heredero del Japón va a contraer matrimonio con Michiko, una chica burguesa de buena familia, nada más. Así no vamos a ninguna parte.

Fabiola sintió como si un puñal se le clavara en el pecho. Si la relación con Balduino seguía adelante, estaba claro que dirían lo mismo de ella. No dejaba de ser una chica de buena familia, nada más.

—Son otros tiempos. —Margot retomó la palabra—. Se impone el amor por encima de la sangre azul. Atrás han quedado las bodas por interés que no conducen a nada.

Fabiola miró a Margot y sonrió. No podía estar más de acuerdo con sus palabras. Al concluir la cena, la aristócrata no se quedó al baile. Las palabras del comensal le habían ocasionado un profundo dolor. Pero Fabiola y Margot se despidieron con gran efusividad y se intercambiaron los teléfonos de contacto.

—Si me necesitas algún día, aquí me tienes —le dijo Margot mientras le daba su tarjeta. Se mostró contenta de haberla conocido.

—Igualmente. —Fabiola le dio también la suya.

Margot hizo de anfitriona y la acompañó a la salida. Después se perdió en las estancias privadas del palacio. Cuando llegó el momento del baile, Parker no era capaz de encontrarla por ninguna parte. Alguien le dijo que había ido a saludar a los niños de la duquesa. Deseaba observar cómo dormía el pequeño Fernando. Minutos después apareció en el baile. Comenzó a hablar con unos y con otros. Media hora más tarde, Parker y ella coincidieron frente a frente mientras tomaban un cóctel de la bandeja de un camarero.

—Nada como un martini seco a cualquier hora del día —le dijo Parker.

—Al parecer no se bebe otra cosa en Estados Unidos. Creo que la novela de Ian Fleming algo tiene que ver —aseguró Margot—. El agente británico James Bond toma el martini agitado, pero no mezclado. A lo mejor ahí está la clave.

—Me gusta de cualquier manera. —Se lo bebió de un trago—. Te pido que me concedas este baile… —le dijo extendiendo la mano.

—No, Parker, no me hagas esto. —Margot se resistía—. Hemos venido para hablar con los americanos y no para bailar.

Desde lejos, el director de cine Orson Welles aplaudía la decisión.

«It’s now or never…», pensó para sus adentros.

—No te molestaré más en toda la noche. Es importante para mí que me aceptes. Nos están mirando los americanos que me han contratado.

Efectivamente, parecía que muchas personas estaban pendientes de si salía a bailar o no. Pensó en lo mucho que él se jugaba en este viaje de Eisenhower y cedió.

—Solo un baile —le advirtió—. Estamos trabajando. No sé cómo se te ocurre.

Él la estrechó en sus brazos y bailaron la canción que tocaba la orquesta. Era la que más se escuchaba en las radios españolas en la época, Luna de miel, de Gloria Lasso, que hablaba de almas encendidas, milagros de amor y pulso en las venas.

—¿Cómo estás? —le dijo Margot para romper el hielo.

—Muy preocupado, pero a la vez esperanzado. Gracias por tu apoyo, Margot. Pronto regresaré a Londres y te librarás de mí…

—¡Harry! —exclamó, molesta.

—Perdóname. Es el efecto del martini.

Harry se acordó del consejo que le dio Julián Martín-Briz. Lo mejor para atraerla era darle libertad.

—Seguramente me coja unos días cuando todo acabe.

—¿A dónde irás?

—Puede que me quede en España. Ya veré.

La música siguió, pero ellos dejaron de bailar al terminar la canción. Ambos se perdieron entre la gente. Margot no dejó de hablar con los norteamericanos. Parker se retiró y le preguntó si quería que la llevara a casa.

—No, muchas gracias. Me quedaré hasta el final y me llevará el chófer de Cayetana.

—Pues ¡hasta mañana! —le dijo Parker, guiñándole un ojo.

Margot, que a todo le daba vueltas, se preguntaba por el significado de ese gesto.

Cuando despidió al último invitado, decidió marcharse a casa. Estaba agotada.

—Hoy hemos hecho una buena labor por nuestro país —le dijo Cayetana.

—¡Ojalá!

La duquesa mandó llamar al chófer. Margot necesitaba dormir y pensar. Sobre todo pensar en qué estaba sucediendo de nuevo entre Parker y ella.

 

15

El amigo americano

Los seis días entre el baile y la llegada de Eisenhower fueron trepidantes. Sobre todo para los que tenían la responsabilidad de salvaguardar la seguridad en las calles de la capital. Llegaron refuerzos policiales de otras ciudades. Los que fueron miembros de la policía, como era el caso de Vicente Cerezo, también se vieron en la obligación de participar en la operación relacionada con la visita del presidente.

La noche del 20 de diciembre, la anterior a su llegada, había más policías por las calles que gente corriente. Los barrios se engalanaron con grandes fotografías de Franco y Eisenhower. Todos los establecimientos comerciales pusieron en los escaparates banderas estadounidenses. En el Edificio España, en la plaza del mismo nombre, colgaron una fotografía que lo cubría por completo, en la cual se podía leer: «Welcome Ike». Una familiaridad de trato que solo utilizaban sus amigos y familiares.

El conde de Mayalde utilizó, en su bando como alcalde, el mismo nombre amigable para pedir a los habitantes de Madrid que salieran a la calle a recibirlo. A la vez, les solicitaba que meditaran el significado de la visita del «hombre más poderoso de la tierra»: «Vamos a recibir a Ike con el corazón abierto, no solo con la hospitalidad que brindamos a los que nos visitan, sino con el amor y la admiración que merece este hombre grande y bueno». Igualmente hablaba del pueblo español, que quería la paz en el mundo, pero «una paz con honra que nos salve a todos de los peligros de la guerra atómica —estaba muy presente la devastación de Hiroshima y Nagasaki— y también de la esclavitud del yugo extranjero», concluyó. Querían un gran recibimiento. Necesitaban que la ayuda económica estadounidense llegara a España. Nadie deseaba que ocurriera como anteriormente con el Plan Marshall, que destinó miles de millones para la reconstrucción de Europa occidental tras la Segunda Guerra Mundial. Una ayuda que excluyó a España. El grueso de los dólares se los llevó Gran Bretaña, seguida de Francia y Alemania occidental.

El 21 de diciembre por fin llegó y Parker se puso al frente del operativo de seguridad. Franco esperaba al presidente norteamericano en la base conjunta de Torrejón de Ardoz. El saludo fue visiblemente cordial. Un intérprete los ayudó a la hora de comunicarse y se montaron en el Rolls-Royce Phantom IV descapotable de reciente adquisición por el Gobierno de España. Desde que salieron de la base, se encontraron con filas y filas de personas con banderitas estadounidenses que los aplaudían y vitoreaban a su paso. Al llegar a la plaza de Castelar, el alcalde le dio la bienvenida en nombre del pueblo madrileño y lo calificó de «peregrino de la paz mundial». Inmediatamente después, entraron en el paseo de la Castellana, alcanzaron el paseo de Recoletos y llegaron hasta Cibeles. La multitud de personas en el centro de Madrid cada vez era mayor.

Las aceras bullían de personas y rostros curiosos. En algunos edificios, las ventanas permanecían abiertas y algunos curiosos buscaban la mejor posición para ver el desfile. Para Parker, aquella multitud, lejos de tranquilizarlo, le inquietaba aún más, pues se multiplicaban los ángulos muertos y las posibilidades de un desenlace fatal.

Parker, que iba de avanzadilla, detectó un movimiento extraño en uno de los ventanales de una de las últimas casas de la calle Alcalá, antes de subir por la Gran Vía de José Antonio. Le pareció ver que algo brillaba a través de una ventana abierta. Pensó que podía ser un arma. Mandó parar el coche y subió al inmueble. Llamó a las dos puertas del último piso, pero no le abrieron. Forzó las cerraduras y en uno de ellos encontró balas tiradas por el suelo. Oyó un ruido extraño en la escalera y subió a la buhardilla. Sacó su pistola y se identificó como policía. Al cabo de unos segundos, alguien lo golpeó por la espalda, y forcejearon un buen rato hasta que sonó una detonación y después otra.

Justo en ese momento, el coche de Gutiérrez, en el que iba Margot, paró en la acera de la calle Alcalá, detrás del coche de Parker. La comitiva con Franco e Eisenhower todavía estaba lejos.

—¿Eso no ha sido un disparo? —preguntó el inspector.

—Creo que han sido dos —comentó Margot.

Desenfundaron sus armas y subieron hasta el último piso. Escucharon la voz del jefe de seguridad pidiendo ayuda. Con una linterna iluminaron el interior del tejado. Lo primero que vieron fue un reguero de sangre. Un joven vestido con un mono azul de trabajo permanecía en el suelo, herido en la pierna. Parker lo retenía boca abajo con el peso de su rodilla mientras sujetaba su pistola con la mano derecha. El brazo izquierdo le sangraba y presentaba una herida de bala. Parker había alejado con una patada la pistola que portaba el malhechor.

—Hacedle un torniquete para que la herida deje de sangrar.

Gutiérrez se quitó el cinturón de sus pantalones y lo ciñó al muslo del agresor.

—¿Por qué querías disparar a la comitiva? ¿Quién te paga? —le preguntaba Parker una y otra vez.

El hombre, de unos treinta años, prefirió guardar silencio.

—Te hemos pillado, pero seguro que por ahí andará escondido otro compinche. ¿No es así?

Continuó sin pronunciar una sola palabra. Tan solo emitía sonidos del dolor que le producía la herida.

Margot se rasgó una de las mangas de su blusa y le apretó la herida a Parker hasta que dejó de sangrar. La joven se puso su chaqueta encima para que nadie viera su blusa hecha jirones.

—Por favor, llevadme en vuestro coche. Necesito seguir de avanzadilla —ordenó Parker—. Si hay uno, su compinche no andará lejos, seguramente en otro ventanal o entre el gentío que se agolpa en la calle.

—Yo me quedaré aquí a la espera de que pase la comitiva y me mandéis refuerzos —comentó Gutiérrez—. Y para que le vea un médico.

La comitiva cada vez se encontraba más cerca y estaba a punto de pasar por allí. Margot se puso al volante y Parker ocupó el asiento del copiloto. El responsable de la seguridad se colocó la chaqueta de Gutiérrez por encima para no llamar la atención y tapar la camisa, que llevaba manchada de sangre. Mucha gente rodeaba ya los coches. A Margot le costó apartar a la muchedumbre para poder sacar el vehículo de la brigada.

—Sigue hacia arriba, pero ve muy despacio —le dijo Parker—. Tengo que fijarme en las ventanas.

Entraron por la Gran Vía que tanto conocía Margot. Accedieron hasta la calle Princesa, donde todos los policías estaban en sus puestos.

—Espero que nada se nos esté pasando por alto —comentó Parker.

—No necesariamente. Tenemos la zona tomada por la policía. Debes relajarte. Por cierto, tu brazo no para de sangrar —apostilló Margot.

—Eso ahora no importa. No puedo relajarme —dijo Parker.

—¡Aprieta al menos la herida! —le ordenó Margot, muy seria.

Accedieron al perímetro de Moncloa por el Arco de la Victoria y allí, frente a una patrulla de policía, paró el coche. Parker quería hablar con ellos.

—Soy el jefe de seguridad de este operativo —se identificó—. Hay un Citroën dos caballos gris mal aparcado en plena calle Alcalá con la Gran Vía, es el mío. El conductor también es policía. Díganle que ya se puede ir de allí. Por cierto, llamen al comisario Benito Poveda de la Brigada Criminal y díganle que mande refuerzos al número 43 de la calle Alcalá, a la altura de la iglesia de San José.

No quiso decirles lo que había ocurrido. Debían mantenerlo en secreto.

—Por favor, pidan también una ambulancia, que acuda al palacio de la Moncloa —añadió Margot— cuando Eisenhower ya haya accedido a su residencia. ¡Por precaución!

Margot y Parker no querían que ningún policía se percatara de lo que había sucedido. Siguieron avanzando y observando los ventanales y el gentío que se agolpaba en las aceras.

—¡Es imposible preservar la seguridad con tanta gente agolpada al paso del coche de Franco y Eisenhower!

—Hay cientos de policías mezclados entre la gente. Tengo la convicción de que no va a pasar nada —afirmó Margot, convencida.

—Me gustaría estar tan seguro como tú. Voy a pedir que, a partir del Arco de la Victoria, Franco y Eisenhower se sienten y suban la capota del coche. Allí ya enfilarán la carretera camino del palacio de la Moncloa. No quiero arriesgar más la operación. Lo hago por ellos y por mí.

Así se hizo. Ni Eisenhower ni Franco se percataron del cambio. El presidente norteamericano estaba muy impresionado de lo que iba viendo a su paso por el corazón de Madrid. Sus fotos, las banderas estadounidenses, las palabras de bienvenida… Todo parecía una fiesta. De hecho, ese día no abrieron los colegios ni las universidades, y se consideró que no era día laborable. Una vez ya en el palacio de la Moncloa, el presidente norteamericano mostró su gran satisfacción. Aseguró que pocas ciudades podían ofrecer un itinerario tan largo con tanta seguridad y con una urbanización de tanta calidad.

Franco felicitó en un aparte al ministro de la Gobernación, que estaba en la recepción como el resto de los ministros.

Fuera del palacio, llegó una ambulancia con el servicio médico, al parecer por simple precaución, para asistir a Eisenhower o a alguien de su comitiva. Entonces Margot se acercó y avisó al médico de que había ocurrido un accidente.

—Con el exceso de celo, a un guardia se le ha disparado el arma —mintió—, con tan mala suerte que le ha dado en el brazo al responsable del operativo. Le hemos hecho un torniquete como hemos podido.

El médico pidió que lo llevaran de inmediato ante él y observó la herida de bala. Lo tumbó en la camilla y le comunicó que tenía que extraerle el proyectil enseguida.

—Debería ir a un hospital —comentó el médico.

—No me voy a mover de aquí —le dijo Parker con rotundidad.

—Está bien, se la extraeré con los pocos medios de que dispongo.

El médico le abrió la herida sin anestesia. A los pocos minutos extraía la bala con unas pinzas de gran tamaño. Le lavó bien toda la zona y la cerró.

—Son ustedes como los toreros, de otra pasta. También ha sido mala suerte que le diera la bala —aseguró el sanitario con suspicacia. Tenía suficiente experiencia como para saber cómo y de dónde había llegado aquella bala.

—Mejor a mí que a Eisenhower.

—También es verdad.

—Doctor, de este accidente mejor no decir nada. Todo lo que llevamos trabajado no se puede oscurecer por esto.

—¡Por supuesto!

Le vendó el brazo izquierdo y se lo puso en cabestrillo.

—Bicho malo nunca muere —le dijo Margot al oído.

Parker sonrió y siguió dirigiendo todo el operativo desde uno de los vehículos que instaló la policía dentro del complejo de la Moncloa. Mientras, en el interior del palacio, Eisenhower no dejaba de recibir regalos: cuadros, esculturas, libros, guitarras, distintos objetos de artesanía y vino de las diferentes regiones de España. Toda la comitiva del presidente recibió también obsequios. Estaban todos altamente impresionados.

La visita fue todo un éxito, aunque había un hombre herido todavía sin identificar. Pero el operativo había funcionado. Un millón de personas vitorearon a Eisenhower a lo largo de un itinerario con miles de banderas estadounidenses y fotos de ambos mandatarios. La multitud estaba enfervorecida, pero a Parker el recorrido se le hizo eterno. Margot estuvo siempre a su lado. Lo observaba sin decirle nada. La había impresionado lo valiente y profesional que Harry se había mostrado.

Fabiola siguió por la radio la llegada del primer presidente estadounidense a España y sus primeras declaraciones: «Estoy viviendo uno de los grandes sueños de mi vida: visitar España y conocer Madrid». Todos los periodistas coincidían en que ese abrazo entre Franco y él a los pies de la escalerilla del avión, nada más aterrizar el Boeing en el que viajó, significaba algo más que un gesto. Se trataba del reconocimiento de la primera democracia del mundo al régimen de Franco en su lucha común contra el comunismo. La noticia la habían cubierto más de quinientos periodistas llegados desde todas partes del mundo. España salía del aislamiento internacional.

Gonzalo, el hermano de Fabiola, estaba invitado esa noche a la gran cena de gala ofrecida en el palacio de Oriente. Antes, Eisenhower y Franco hablaron de asuntos económicos, de la importancia de estar unidos frente a Rusia. Eisenhower además le comunicó abiertamente la necesidad de apertura y libertad en España. En la cena de gala, durante los brindis, recalcó «los lazos de amistad —desde los Pactos de Madrid, seis años antes, y el ingreso en la ONU en 1955— para seguir trabajando juntos y dejar a nuestros hijos la paz, la justicia, la amistad y la libertad».

Al día siguiente, «el amigo americano», como lo calificó la prensa, se subió de nuevo al avión para continuar su gira por otros países de Europa. Entre otras frases, dejó una de la que se habló mucho: «Odio la guerra como solo puede hacerlo un soldado que la ha vivido y que ha visto su brutalidad, su inutilidad y su estupidez». Cuando Fabiola leyó aquellas palabras, no pudo estar más de acuerdo. En las guerras todos perdían, incluso quienes se alzaban con la victoria.

Todavía con los ecos del viaje del presidente norteamericano, los Mora y Aragón vivieron en familia la Nochebuena de ese año 1959. Fue el tema de conversación favorito.

Después de la cena, los más pequeños de la casa cantaron villancicos cerca del belén que había montado el servicio en una parte del salón. Los que llevaban la iniciativa eran los diez hijos de Neva y Alfonso Escrivá, conde de Sástago y hermano de su mejor amiga. Los de su hermano Gonzalo, casado con María de las Mercedes, también los ocho de Annie y su marido Jaime de Silva, decimocuarto duque de Lécera. Los tres de Alejandro, el cuarto hermano, que se casó en La Habana con Ana María Gasch.

—Podemos hacer una coral —decía Fabiola mientras se unía a ellos.

Su querida hermana Mari Luz la siguió y cantaron con ganas. La pequeña, que era la única conocedora del secreto de Fabiola, le guiñó un ojo y le dijo al oído:

—Para ti estas navidades son muy especiales. Vívelas como algo único. ¿Quién sabe dónde estarás el año que viene?

—¡No digas eso! ¿Dónde voy a estar? ¡Pues aquí, con vosotros!

Fabiola siguió cantando y los niños la rodearon. Tenían verdadera admiración por su tía, narradora de doce historias fabulosas en forma de cuento que les había regalado a cada uno de ellos.

—Tía Queen, cuéntanos la historia de los caracoles Kiyi y Yogo —le pidieron los más pequeños.

—No me llaméis así… —les dijo a sus sobrinos, que tiempo atrás le pusieron ese mote. Sin embargo, ahora a Fabiola le sonaba diferente.

—¿Por qué no te podemos llamar tía Queen?

—Bueno, llamadme como queráis.

Jaime se sentó al piano y comenzó a cantar melodías que nada tenían que ver con el espíritu navideño. Escucharon tan solo un par de canciones, hasta que Fabiola le pidió que parase, que ese día era para otro tipo de música. Jaime dejó de tocar el piano y se sirvió un whisky. Los demás encendieron cigarrillos y se sentaron en torno a Alejandro, que había tenido que abandonar La Habana precipitadamente como consecuencia de la revolución castrista. Tras regresar a España, se volvió a establecer como empresario. Con él llegó su esposa, la hija de un rico terrateniente de la isla. Todos le aconsejaban nuevos negocios y le preguntaban si necesitaba dinero.

—Gracias, si lo necesitara acudiría a vosotros —comentó muy agradecido Alejandro.

—¿Eso no me lo decís a mí? —les dijo Jaime con insolencia.

—No te lo preguntamos a ti porque sabemos qué relación tienes con el dinero. Te quema en el bolsillo. Bastantes disgustos le ocasionaste a papá con tus muchas deudas.

—Sois unos estirados. ¿Quién de vosotros puede decir que ha vivido en París?

—Dirás malvivido —comentó Gonzalo.

—¿Quién ha sido luchador de lucha libre? —siguió preguntándoles Jaime.

—¡Ni queremos! —dijo Alejandro.

—¡Soy actor, cantante, relaciones públicas, músico…! Y todos vosotros sois una panda de aburridos y hombres correctos. A mí me gusta equivocarme. ¡Me largo a mi cuarto!

Se sirvió más whisky en la copa y, después de pensárselo unos segundos, decidió llevarse la botella entera.

—No os preocupéis, me vais a ver poco por aquí. Me han ofrecido vivir en Torremolinos. Quieren impulsar esa zona a nivel turístico y me han pedido que les eche una mano.

—O sea, que quieren impulsar la vida nocturna y las fiestas continuas —comentó Gonzalo.

—Algo parecido —afirmó Jaime—. No andas muy equivocado. Todavía es algo incipiente que iré concretando el año que viene.

Se retiró a su cuarto y los demás continuaron comentando lo que acababa de decirles Jaime hasta que los niños volvieron a cantar villancicos. Así, poco a poco, fueron formando corrillos para hablar de temas menos trascendentes que los que hasta ahora habían tratado. Fabiola sonreía y cantaba, pero su pensamiento estaba lejos de allí.

 

16

Un nuevo encuentro en España

Las cartas entre Balduino y Fabiola se sucedían cada vez con más frecuencia. En una de ellas, él le contó que tenía previsto un viaje privado a Barcelona para reunirse con algunos empresarios. Le sugirió que por la noche podrían encontrarse en la Costa Brava y cenar juntos. Fabiola lo llamó por teléfono. No tuvo que decir más que su nombre para que le pasaran la llamada.

—¿Cómo estás? —preguntó en cuanto escucho la voz del monarca.

—Deseando verte, Fabiola —dijo él con sinceridad—. ¿Qué te parece lo de cenar juntos en la Costa Brava?

—Si nos ven solos, la gente hará elucubraciones —advirtió ella—. Creo que debemos seguir discretamente con nuestro acercamiento.

—Tienes razón —afirmó Balduino—. Se me ocurre que organices tú la cena con personas de tu entorno. Así voy conociendo a tus amistades.

—Está bien. Así lo haré —afirmó entusiasmada. Fabiola se sentía más tranquila si llevaba ella el control de algo en todo lo que estaba viviendo—. ¿Sabes? Estoy escribiendo en un diario todo lo que nos está ocurriendo. Me parece bonito tener este recuerdo. Espero que no te parezca mal. Me ayuda a reflexionar.

—No, en absoluto. Me gustaría poder hacer lo mismo, pero prefiero seguir escribiéndote cada noche. Para mí es importante.

—Para mí también. Bueno, no quiero interrumpirte más —se excusó Fabiola.

—Puedes llamarme siempre que quieras. —Balduino quiso asegurarse de mantener el contacto.

—¡Cuídate mucho!

Cuando escuchó esa frase en la voz de Fabiola, le resonó en su cerebro durante días. Le parecía una mujer interesante y a la vez llena de ternura. De alguna manera se asemejaba en carácter a su idealizada madre. Lo importante era que ya tenían otra cita para verse. A Balduino le resultaba muy difícil viajar sin que alguien le preguntara el motivo. Ambos convinieron en que fuera a finales del mes de enero, con motivo de su reunión privada con empresarios.

Fabiola continuó con sus visitas a los ancianos de la calle Almagro y ayudando a las familias más necesitadas de los barrios marginales. Un día se levantó con ganas de hacer algo que sorprendiera a Balduino. Decidió aprender a hablar flamenco. Esa variante del neerlandés era más complicada que los otros idiomas que había aprendido con el paso de los años. Encontró un profesor belga que comenzó a darle clases a diario. En realidad, conocer tantos idiomas, cinco en total, le facilitaba aprender uno nuevo con rapidez. Empezó con palabras y frases básicas. También quiso conocer todo lo relacionado con la cultura del país. Leyó y leyó sin parar al prolífico George Simenon y sus novelas policiacas con las aventuras del comisario Maigret. Se propuso conocer más de cerca la obra de otros autores belgas que habían publicado en francés. Adquirió todas las aventuras de Tintín, el gran personaje de Georges Remi, más conocido como Hergé. Aunque ya se las había leído a sus sobrinos, ahora las analizaba desde otra perspectiva. Todo pasaba a gran velocidad y ella lo apuntaba. Subrayaba una y otra vez las frases que más le llamaban la atención de las cartas de Balduino y las introducía en su diario. En la radio, además, triunfaba otro belga, Jacques Brel, con su tema Ne me quitte pas. De repente descubrió la gran cantidad de cultura belga que había llegado a España sin que ella se diera cuenta.

Cuando se lo comentó a Pilar Sástago, esta le dijo que eso pasaba siempre que ponías el foco de atención en algo.

—Da la impresión de que, a partir de ese momento, solo ves aquello relacionado con lo que te obsesiona —afirmaba su amiga.

—Totalmente cierto. Pilar, necesito que me ayudes a organizar una cena con el rey en la Costa Brava. Tiene que haber gente de nuestro entorno que no sepa nada de lo que está ocurriendo —insistió—. Puedes decir que, aprovechando un viaje de negocios, el rey está interesado en cenar con personas de su edad. ¡Ah, y por supuesto debes estar tú!

—Está bien. ¿Cuándo está previsto que venga?

—A finales de enero.

—¿Seis personas serán suficiente? Sin contar al rey.

—¡Exacto! Cuatro más, aparte de nosotras.

—Sin problema, déjalo de mi cuenta.

Fabiola sonrió y le dio las gracias. Sabía que podía confiar plenamente en Pilar.

Cuando todo el operativo de seguridad finalizó, desde el Ministerio de la Gobernación felicitaron a Harry Parker por su trabajo. Margot se sintió orgullosa. El cruce de disparos entre él y el radical que neutralizaron no trascendió demasiado. Se supo que era un miembro de la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias, que, desde la clandestinidad, promovía la lucha armada contra el franquismo. Por fortuna, no hubo nadie más dispuesto a disparar al paso de la comitiva. Parker agradeció el apoyo de todos, en especial al comisario.

—Para mí era un reto que todo saliera bien —afirmó, con el brazo en cabestrillo—. Sin el apoyo de todos, no lo hubiéramos conseguido. Estoy en deuda con ustedes. Les agradezco su entrega. Ha sido una visita de enorme repercusión a todos los niveles. Una vez más, gracias.

—Lo importante ahora, Harry, es que se recupere del todo y no se descuide —respondió el comisario—. Nos hemos acostumbrado a verle por aquí.

—En cuanto esté en condiciones, me pongo a su disposición para lo que necesite —añadió Parker, refiriéndose al caso de Almudena Pimentel.

—Se lo agradezco mucho —concluyó el comisario—. Cualquier ayuda será bienvenida.

Ambos se dieron un abrazo y pasaron al despacho para hablar a solas sobre el caso de la joven que llevaba tantos años desaparecida.

—Mi querido Parker. Necesito que se vuelque en lo que está sucediendo en París —le pidió ya en privado—. Cualquier información que nos permita detener a Ángel Torres será bienvenida.

—Estos días me iré a Londres a pasar las fiestas. —Parker parecía deseoso de tener unos días para desconectar, tras la visita del presidente norteamericano—. Pero volveré después de Año Nuevo para ayudar a Margot en cerrar el cerco al pintor. Al parecer, hará una exposición en una de las galerías de París. Puede ser el momento de llegar a él.

—Me gusta verlos trabajar de nuevo juntos —confesó el comisario—. Incluso la animadversión que existía tras su ruptura parece que se ha esfumado.

—Hay acercamiento, pero nada más —aclaró Parker—. Nuestra relación es solo profesional, no pretendo otra cosa.

—Tiempo al tiempo. Se lo dice un viejo que lleva casado más de cuarenta años —advirtió divertido el comisario—. Todavía me sorprendo con muchas de las reacciones que tiene mi esposa. Si por ella fuera, debería olvidarme de la comisaría. Pero esta segunda parte de mi vida laboral me gusta tanto o más que la primera.

—¡Eso es tener vocación! No sé yo si esta brigada funcionaría sin usted.

—¡Shhh! —Lo mandó callar—. Eso no lo diga ni en broma. Al comisario jefe le puede sentar como un tiro. Estoy de apoyo, nada más. Con eso ya soy feliz. Él está todo el día con el ministro para arriba y para abajo. A mí, en cambio, me gusta el trabajo de campo. Nada me satisface más que atrapar a los criminales. No tengo ninguna intención política, ni necesito salir en ninguna foto.

—Eso dice mucho de usted. ¡Pocas personas he conocido con su categoría!

—Bueno, dejemos de hablar de mí. ¿Dónde pasará estas fiestas?

—Como ya le he dicho, me iré a Londres —le dijo—. Después regresaré para entregar el informe al ministro sobre la operación de la visita de Eisenhower. Le deseo lo mejor para 1960 —le dijo mientras le ofrecía la mano para despedirse.

—Igualmente, Parker. —El comisario imitó el gesto—. Y que en el nuevo año encontremos a Almudena Pimentel. Sería un alivio para todos.

Se dieron un apretón de manos y Harry se despidió de todos uno a uno en comisaría. Cuando llegó a Margot, le dio la mano como al resto y le deseó un gran año 1960.

—¡Que sea un gran año para ti también, Harry! —le contestó.

Margot se quedó pensativa. Le gustaba mucho más este nuevo Parker que el anterior. Más centrado en su trabajo e incluso más reflexivo, citando a filósofos a los que ella admiraba. Al llegar a casa, Camila le dijo que habían llamado sus tíos y que le habían comunicado que no podrían ir a Madrid. Le pedían que fuera ella quien viajara a Londres para pasar las fiestas con ellos.

—¿Y vosotras? —preguntó Margot.

—Yo esperar aquí tu vuelta con Sátur —dijo Camila—. Este año, con la muerte de my father, no querer ir allí.

—¡Váyase tranquila! Aquí estaremos bien las dos —le confirmó Sátur—. ¡Qué vamos a hacer la una sin la otra!

—Ya veo que estáis muy unidas —afirmó Margot, complacida por la amistad de aquellas dos mujeres—. Iré, ¡qué remedio!, pero será un viaje relámpago. Para fin de año estaré con vosotras.

—Espero que no la vean excesivamente delgada, porque esa es mi responsabilidad —comentó Sátur.

—No sabría qué hacer sin mis dos «guardianas».

Margot las abrazó a las dos a la vez. Ambas la cuidaban como si fuera su hija. Desde que se quedó huérfana, Camila renunció a su propia vida por ella. Y Sátur, que se incorporó en el momento en el que regresó a España, se convirtió en imprescindible. Realmente, la cocinera era la más intuitiva de las dos, y resultaba muy difícil engañarla con los sentimientos o con los temas laborales. Las dos sabían de su vocación por la investigación policial y las dos mantenían su secreto frente a sus tíos, que seguían convencidos de que escribir de moda era lo que realmente la motivaba. Margot no quería sacarlos del error. Sabía que les preocuparían en exceso sus incursiones con la policía y que la harían regresar a Londres inmediatamente bajo su tutela. Y a ella le gustaba sentirse independiente.

Margot llegó a Londres la tarde del 24 de diciembre. Después de saludar a sus tíos, se arregló para participar de la noche más especial en la embajada. Todo el personal se reunía tradicionalmente para celebrar la festividad central de las Navidades.

Margot comprobó que su habitación estaba intacta, como siempre que los visitaba. Imaginaba que sus tíos soñaban con que la experiencia española concluyera en algún momento y regresara a Inglaterra con ellos.

—Te veo muy delgada, Margot —le dijo su tía.

—Yo la encuentro estupenda —comentó su tío Julián. No hagas caso a tu tía. Le gusta la gente rellenita. Tú y yo somos dos palos, pero no pasa nada. Nos conservaremos jóvenes toda la vida.

—Vaya hombre, muchas gracias —le dijo Frances riéndose.

Su tío saco su pipa y le hizo un gesto cómplice para que lo acompañara. Ella también había traído la suya consigo y fue a su cuarto a buscarla, ante el gesto de desaprobación de su tía, que no veía con buenos ojos que fumara. Se sentaron, llenaron las pipas de tabaco y las encendieron en su ritual particular. Margot tosió ligeramente, hacía bastante que no la encendía. Después, tío y sobrina compitieron por ver quién hacía las volutas más grandes.

—No le veo ningún beneficio a que fumes. Y menos en pipa. No conozco a ninguna mujer que lo haga —insistió su tía.

—Pues ya conoces a la primera —le contestó su marido entre risas.

—Tía, solo fumo cuando necesito reflexionar y cuando me relajo, como ahora. —Margot intentaba tranquilizarla sin éxito—. No te preocupes por mí. —Se levantó del asiento y besó a su tía—. Quiero aprender grafología de la mano de Matilde Ras —dijo para cambiar de tema—. La he entrevistado y me ha recomendado alguno de sus libros, y ya he aprendido a leer en la firma de las personas.

Su tío, divertido, cogió un papel y firmó. Después invitó a Frances a hacer lo mismo.

—¿Qué nos puedes decir? —le tendió el folio a su sobrina.

Observó las dos firmas minuciosamente y aplicó el conocimiento que vertía la grafóloga Matilde Ras en su libro.

—Pues, tía Frances, debes abrir la firma —fue lo primero que dijo—. No encierres tanto tu nombre en un círculo. ¿Ves? Parece una burbuja. Eso es signo de timidez, incluso de búsqueda de seguridad y protección. La tuya, tío, en cambio, con una rúbrica sencilla bajo el apellido, significa un gesto de autoafirmación y una fuerte voluntad para alcanzar metas. Refleja a una persona segura de sí misma.

—¡Interesante! —dijo Julián mientras seguía lanzando volutas de humo al aire.

La tía Frances le dijo que le haría caso. Miró el reloj y les dijo a todos que debían vestirse y acudir a la cena de Nochebuena de la embajada. Se les estaba haciendo tarde. Margot se puso un vestido de noche de gasa de color verde muy ceñido en la cintura y anudado al cuello con dos tirantes anchos. La falda de capa dejaba los tobillos al aire. Frances se vistió con un vestido negro con lentejuelas del mismo color, sueltas y desperdigadas por la falda. Los diseños del modisto Pedro Casares permanecían en el armario, guardados en cajas. No se atrevían a tirarlos, pero tampoco deseaban ponérselos. Parecía que les daba mal fario. Frances ayudó a su sobrina a recogerse el pelo y le puso una estrella brillante en un lateral.

—¿No iré demasiado arreglada? —pregunto Margot.

—Esta noche todas las mujeres nos arreglamos mucho. ¡Estás guapísima!

—Lo corroboro —dijo su tío, que apareció ya vestido con un esmoquin tradicional y pajarita.

—¡Disfrutemos de la noche! —sentenció Frances.

Llegaron al cóctel y todos saludaron a Margot. La veían muy cambiada y le preguntaban insistentemente si tenía novio. Ella decía que no y se reía de los comentarios que le hacían. De pronto, al ir a coger un martini de una bandeja, se encontró con la mano de Parker.

—¿Tú aquí? —le dijo ella, extrañada.

—Podría decirte lo mismo. ¿Tú aquí? ¡Brindemos!

Chocaron sus copas y bebieron aún sorprendidos. Ninguno de los dos sabía nada. Quien sí tenía conocimiento de la presencia de ambos era el tío Julián, que había guardado el secreto de Parker todo ese tiempo: sus sentimientos hacia su sobrina. Se escapó un momento del cóctel y se dirigió a la mesa donde iban a cenar. Miró los nombres y, al comprobar que Parker estaba lejos de Margot, cambió las tarjetas y los sentó uno al lado del otro.

—¡El protocolo nunca acierta con estas cosas! —dijo entre dientes—. A veces, hay que ayudar un poquito a las personas.

Salió de allí y se dirigió hacia el corrillo donde estaba el embajador, José Fernández Villaverde, marqués de Santa Cruz, charlando sobre Egipto, uno de sus temas recurrentes, ya que también había sido embajador en El Cairo durante dos años. Hablaba apasionadamente de las pirámides y de los faraones. No tanto de su política y del deseo de Nasser de crear un estado árabe unificado.

—Parece que lo ha conseguido. El movimiento panarabista y la unión política con Siria finalmente es una realidad. Eso sí, no sé durante cuánto tiempo —aclaró el diplomático—. Se están moviendo muchas piezas del ajedrez del mundo; en África, en América… Y no olvidemos a España y su apertura al mundo. Importantísima la visita de Eisenhower.

—Tenemos la suerte de contar esta noche con el señor Harry Parker, que ha llevado como nadie la seguridad del viaje. Creo que merece un aplauso.

Todos se giraron y le aplaudieron. Harry se quedó sorprendido, alzó su martini y agradeció el reconocimiento. Le dolía mucho el brazo izquierdo, que mantenía pegado al cuerpo, sin poderlo mover. Se había quitado el cabestrillo, pues no quería que nadie de la embajada se enterara de su herida de bala. Sorteó como pudo los abrazos y las palmadas en la espalda.

—¡Enhorabuena, Harry! Hasta Londres ha llegado tu éxito —le dijo Margot.

—Ya veo cómo corren las noticias importantes. Pero ¿por qué todos me golpean en el brazo? No lo entiendo.

—Esto es algo matemático —afirmó Margot—. Si te duele un pie, todo el mundo te pisa. Pasemos a cenar y ahí nadie te tocará.

Fue entonces cuando comprobaron que estaban juntos. Harry entendió el guiño del tío de Margot unos minutos antes.

—La primera vez que funciona el protocolo —se alegró Parker—. Bueno, otros años también nos han sentado juntos.

—Pues este año repiten —comentó Margot, totalmente ajena a la maniobra de su tío.

Harry le apartó la silla y esperó a que hiciera intención de sentarse para acercársela a la mesa. Tragó saliva y pensó que sería importante para él no meter la pata, como le solía ocurrir.

Apenas comieron. Hablaron sin parar de todo, como si se conocieran por primera vez. Comenzaron dialogando sobre lo cambiada que estaba la embajada y continuaron con el caso de Almudena Pimentel. A Margot le preocupaba que la joven estuviera embarazada sin la debida atención médica. No había rastro de ella en ningún hospital de París. Alguien de la mesa pidió que esa noche no hablaran de trabajo. Por deferencia, cambiaron de tema y conversaron sobre el nuevo año que estaba a punto de dar la cara.

—Va a ser un gran año. Me gusta cuando comenzamos una nueva década. ¡Los sesenta van a transformar nuestra vida, estoy seguro! —aseguró Harry.

—Pues yo creo que los cambios los vamos a notar en las comunicaciones, sobre todo en el periodismo. La televisión está irrumpiendo con fuerza y creo que se instalará en los hogares definitivamente —opinó Margot—. Por no hablar de las tendencias de moda. Las faldas se van a acortar hasta límites nunca pensados. En cierta forma, será un acto de rebeldía.

—¿Tú crees? Llevar la falda más corta puede ser simplemente una moda, nada más.

—No, Harry. A través de nuestro aspecto, nuestra imagen, expresamos nuestro carácter y nuestra forma de ser. Los jóvenes, por norma, quieren romper con todo lo establecido.

—¿Tú quieres romper con todo lo anterior?

—Con algunas cosas, sí. Te recuerdo que las mujeres en España no podemos votar.

—Ven a vivir al Reino Unido, aquí sí que podéis hacerlo —le propuso Parker.

—Eso no solucionaría nada, pues la españolas seguirían sin poder hacerlo —replicó Margot—. Además, estoy desarrollando mi carrera allí. Es cierto que no puedo hacer determinadas cosas sin el permiso de mi tío, como por ejemplo abrir una cuenta bancaria. ¡Es increíble!

—En España y en otros muchos países tampoco. Tienes razón, es injusto.

Le gustó el comentario de Parker. Parecía abierto al cambio que ya reclamaban las mujeres. Alguien de la mesa les preguntó si habían visto la última película de Otto Preminger, Anatomía de un asesinato.

—No, pero me han dicho que James Stewart está magistral —comentó Parker—. ¿Va de un juicio, no?

—Nada me puede gustar más que las películas con un juicio de por medio —dijo Margot con entusiasmo.

—A mí también me gustan —comentó Parker.

—Siempre hemos tenido gustos parecidos —recordó Margot—. Eso sí, no soy tan lunática como tú. Reconozco que me has enseñado a observar la luna llena con detenimiento. Ya aprendí que si es roja, mejor no salir de casa.

—Dentro de poco tendremos una luna azul —le recordó Parker—. Todo un espectáculo.

—¿Cuándo ocurrirá?

—Hacia finales del nuevo año. ¡Será interesante observarlo! ¡Mejor acompañado que solo!

Margot no le respondió. Coincidió con que todos se levantaron para brindar y ella, seguida de Parker, hizo lo mismo.

Cuando la cena concluyó, se acercaron de nuevo al gran salón, donde varios jóvenes cantaron el Adeste fideles que habían preparado para la ocasión. Todos aplaudieron y se desearon unas felices Navidades.

Todos se fueron retirando poco a poco y, antes de que Margot lo hiciera, Harry la invitó a recorrer las calles de Londres al día siguiente para ver el ambiente de Navidad.

—Está bien. ¿Por qué no? —dijo Margot.

—¿Desayunamos juntos y después paseamos? —preguntó Parker.

—De acuerdo. ¡Feliz Navidad, Harry!

—¡Feliz Navidad, Margot!

Le dio un beso en la mejilla y le dejó el rastro de su aroma a canela y vainilla.

 

17

Una Navidad que nunca olvidarían

Margot y Parker desayunaron juntos y dieron rienda suelta al hambre voraz que tenían, tras una cena en la que apenas comieron nada. Después se abrigaron con gorro, bufanda y guantes y salieron a pasear por las calles más comerciales de Londres. Su primer destino fue Regent y Oxford Street, que ese año estrenaban iluminación especial. Todas las fachadas de las casas estaban adornadas con guirnaldas verdes y bolas rojas, acompañadas de lazos de colores. Los sonidos navideños que salían de las tiendas envolvían a los transeúntes y los introducían de lleno en ese espíritu cálido y acogedor de las fiestas.

—Todos llevamos dentro un niño que, en estas fechas, revive aquellos instantes de la niñez imposibles de olvidar —dijo Parker en tono evocador.

—Yo, desde luego, aún recuerdo la primera Navidad aquí, en Londres, tras morir mis padres —añadió Margot—. Me impactó todo. Por un momento pude volver a ser niña y olvidar mi pena.

—En estos días, la ilusión forma parte de estas veladas familiares. Yo las añoro. Me costó volver a sentir ese espíritu navideño al morir mis padres —afirmó Parker—. Mi madre, como buena española, cantaba muchos villancicos y ponía un pequeño belén a los pies del árbol que mi padre traía todos los años del Winter Wonderland de Hyde Park. No entiendo por qué no he sacado nada de la fisonomía de mi madre.

—Yo, en cambio, me parezco mucho a la rama de los Peters. Al menos, eso dice mi tía —bromeó ella—. Al fin y al cabo era la única hermana de mi madre. ¡Nos hemos puesto nostálgicos! ¿Quieres que vayamos al mercadillo? —le propuso Margot.

—¡Claro, me encantaría!

Les resultó difícil caminar por Carnaby Street, abarrotada de gente, tanto nativa como extranjera, que quería admirar los árboles de Navidad decorados con bolas multicolores. Carnaby también se había puesto de moda entre los jóvenes por las boutiques nada convencionales que estaban abriendo y los locales de música para aquellos que deseaban romper con el pasado musical.

—Algunos hablan de un auténtico movimiento hacia la cultura de la diversión y el placer —opinó él—. Yo creo que es una respuesta a las secuelas de la Segunda Guerra Mundial.

—Pues yo tengo la impresión de que esto no ha hecho más que empezar —afirmó—. En realidad se están moviendo y rompiendo muchos moldes. El mundo de la moda viene pisando fuerte, y hay ejemplos de ello. La diseñadora Mary Quant, sin ir más lejos. Los jóvenes acuden a su Bazaar para salir de allí con el Chelsea look, una forma de vestir mucho más desenfadada y más moderna. Me encantaría entrevistarla para la revista Siluetas. Ahora mismo da la impresión de que los jóvenes quieren romper con todo lo establecido. Yo me incluyo —aseguró, convencida.

—Está claro que esta sociedad de hoy quiere romper por completo con su pasado —concluyó Parker.

Pasearon por Coven Garden y visitaron el Apple Market. Atravesaron Leicester Square y observaron las múltiples casetas con figuritas artesanales. Todo el mercadillo olía a pancakes.

—Ayer olías a algo así —le dijo Parker mientras aspiraba el aroma de los dulces.

—¿A pancake? —preguntó extrañada.

—Sí, a pancake recién hecho.

Margot se echó a reír y no paró hasta que recorrieron algunos metros.

—Es verdad que he cambiado de perfume, pero no esperaba que oliera a eso —continuó diciendo—. Tiene toques de vainilla y canela, pero de ahí a oler a tortita recién hecha…

—A tortita no, ¡a pancake!

En esos detalles se notaba que Margot dejaba atrás la veintena, con sus treinta años recién cumplidos, mientras que Harry estaba ya en los cuarenta y cuatro. Los catorce años de diferencia se reflejaban no solo en la forma de vestir. Parker optaba por un estilo más convencional, mientras que Margot, más acorde con los nuevos tiempos, seguía las tendencias que marcaba la moda. También su forma de expresarse y de comportarse añadía años a Harry, aunque él intentaba corregirlo.

Winter Wonderland apareció ante sus ojos como ese lugar soñado por todos los niños. Visitaron la casa de Santa Claus y comieron en uno de los muchos puestecitos de comida que había allí instalados. También había atracciones de feria. Margot le hizo una señal a Harry y este negó con la cabeza.

—Querida Margot, no me veo subido ahí. —Ni siquiera de niño lo pasaba bien en estos lugares.

Sin embargo, en cuanto ella divisó la pista de hielo, no aceptó un no a su propuesta de ponerse unos patines.

—Vamos a alquilarlos —exclamó tirando de él hacia la pista.

Sin embargo, Harry tenía la excusa perfecta para librarse.

—Te recuerdo que tengo un brazo muy perjudicado —se excusó—. Si ahora me caigo y me rompo una pierna, sería terrible…

Margot lo miró y suspiró. Parker tenía razón. Pero no estaba dispuesta a resignarse.

—Está bien, pero yo no me quedaré con las ganas.

Se puso las botas con cuchillas y salió a la pista. Margot primero dio una vuelta lenta y comprobó que se deslizaba con una gran seguridad. Después aceleró y cogió velocidad, incluso se atrevió con un par de piruetas. Harry se deleitó al verla disfrutar. Pensó que, de momento, no estaba metiendo la pata. Se mantenía comedido sin mostrar interés especial por ella, aunque, por dentro, su cabeza repetía una y otra vez: ¡dile lo que sientes!

Margot se divertía como cuando era niña y de vez en cuando lo saludaba desde lejos. Entonces observó cómo una mujer rubia con un niño pequeño, que también estaban patinando, se acercaba a Parker y le daba un abrazo y un beso con excesiva confianza. Sin poder evitarlo, sintió una punzada de celos y se acercó a ellos con la excusa de que tenía frío.

—Creí que pasarías las navidades en España —le escuchó Margot a la mujer cuando llegó a su altura.

—Y yo te hacía en Brighton —respondió él—. Mira, te presento a Margot.

—¿Es tu novia? —le dijo, sonriente.

—¡Oh! No, no…

—Somos amigos —se adelantó Margot.

—Te presento a mi hermana Sara. Mi única familia en estos momentos.

—Es un placer. —Margot estrechó la mano de la mujer con una sonrisa.

—Y a ti también, feliz Navidad —añadió Parker revolviendo el pelo del chiquillo.

Margot sintió un gran alivio. El niño realmente se parecía a Harry. En un instante, se le pasó de todo por la cabeza.

—Nosotros ya nos íbamos. Tenemos una hora de trayecto y ya sabes que aquí empieza a anochecer enseguida —dijo la hermana sin soltar al niño.

Margot miró su reloj y vio que ya eran las dos de la tarde.

—¡Mis tíos! Estarán esperándome para comer —se lamentó Margot.

—Me temo que a estas horas ya han comido —comentó Parker a la vez que consultaba su reloj.

—¿Por qué no os quedáis al encendido de las luces? ¡Es maravilloso! —apostilló la hermana.

—¡Buen consejo!

Margot se quitó los patines y Parker, muy cariñoso con su sobrino, le hizo cosquillas hasta que consiguió que se riera.

—¡Espero que Santa se haya portado bien contigo!

El niño dijo que sí con la cabeza. Parker le compró una manzana de caramelo y quedó en ir a verlos antes de regresar a España.

—¡Perdóname, Sara! Soy un auténtico desastre.

—¡No te preocupes! Espero tu visita —respondió la hermana.

Madre e hijo se fueron corriendo a coger un autobús que los llevara hasta la estación de tren. En realidad, Brighton estaba a poco más de una hora en tren. A su hermana y a su cuñado les encantaba vivir en esa ciudad repleta de galerías de arte y música en vivo por las calles.

—Sois iguales. Parece mentira —le dijo Margot en cuanto se quedaron a solas.

—Sí, es verdad. Debí llamarla para pasar con ellos la noche de ayer. ¡No tengo perdón! —se lamentó.

—Harry, ha llegado el momento en el que debes perdonarte —le tranquilizó Margot—. No puedes culparte por tener una profesión que no te deja resquicio para la intimidad. Tu entorno lo sabe, igual que el mío.

La besó en la mejilla y le agradeció el comentario. Esperaron a las cuatro de la tarde y, en cuanto empezó a anochecer, las bombillas se encendieron y la ciudad se convirtió en algo más parecido a un lugar de cuento de hadas.

—¡Es precioso, Harry!

Margot miraba todo con los ojos de una niña realmente sorprendida con la explosión de lucecitas de colores desperdigadas por los árboles y las fachadas de las tiendas y puestos callejeros.

Al llegar a Hamleys, la juguetería más antigua de Londres, Parker le pidió que se quedara en la puerta. Entró y al rato salió de allí con un Papá Noel en la mano. Margot lo esperaba estratégicamente bajo un muérdago colgado del techo.

—Para que no olvides estas navidades de 1959, donde un loco como yo solo pide al espíritu navideño un milagro.

—¿Qué milagro? —preguntó, curiosa.

Parker fue a besarla, pero cerró los ojos y se contuvo a pocos centímetros de su boca. Fue Margot la que, al no entender que no se atreviera, lo besó a él.

—Si no lo haces debajo del muérdago trae mala suerte —dijo apuntando con el dedo sobre sus cabezas.

Parker se quedó sin palabras. No acababa de entender esos arranques de Margot, pero le gustó el gesto.

—No me has respondido. ¿De qué milagro hablas? —insistió Margot.

—Que el amor inunde nuestra vida de afecto y buenas intenciones.

Iba a decirle que la quería y que deseaba que ella algún día sintiera lo mismo por él. No lo hizo finalmente y después se arrepintió.

—Para Platón, el amor es una enfermedad grave que causa una locura pasajera y un desequilibrio mental —apuntó Margot—. La amistad eleva los corazones más que el amor.

—No estoy de acuerdo. Lo he leído con detenimiento y también lo considera un camino hacia la perfección del alma —la contradijo él—. Un deseo de lo perfecto y lo divino. El mayor de todos los bienes. Me quedo más con esta percepción del amor que con la otra.

—Realmente interesante, Parker.

Margot sonrió, se agarró a su brazo y se mezclaron con la gente. Se dejaron llevar por el espíritu londinense de las navidades presentes.

Fabiola de Mora y Aragón pasó el fin de año con su madre en el palacete familiar de la calle Zurbano. Cuando Milagros salió con una sartén y golpeó doce veces con una maza de almirez, simulando los últimos segundos del año viejo, doña Blanca, Jaime y Fabiola acompañaron cada golpe con una uva; al final, brindaron con champán. El resto de los hermanos despidieron el año con sus familias políticas respectivas. Doña Blanca pidió al servicio que esa noche brindaran con ellos.

Milagros llamó a Manuela, a Enrique, el mayordomo que iba perdiendo poco a poco la vista, a Lucía, la más joven del servicio, y a Violeta, que llegó esa tarde del piso de Fabiola en Bárbara de Braganza. De pie y con una copa en la mano, recordaron los tiempos en los que vivía don Gonzalo y los tiempos en los que los hijos todavía correteaban por allí. Enrique no tenía bien la vista, pero sí mucha memoria. Formaba parte del servicio y estaba tan unido a la familia que no encontraba motivo para irse de allí por esas fechas. Sin embargo, el mecánico, Hipólito Vidal, tuvo la noche libre para estar en compañía de su mujer y sus hijos, ya que era el único que tenía vida más allá de las cuatro paredes del palacete.

Fabiola y su madre rezaron un rosario y no tardaron en acostarse. Para Jaime, sin embargo, la noche empezaba. Estaba invitado a participar en el cotillón organizado por el hotel Ritz en sus salones. Contaba Jaime con sentarse al piano para sorprender a sus amistades cantando las canciones que estaban de moda.

Mientras su hermano inauguraba el año de fiesta, Fabiola decidió comenzarlo escribiendo a Balduino. Todo lo que realmente expresaba por carta eran buenos deseos para 1960. «Sin duda, comentaba, se trata de un año trascendental para los dos. Le pido a Dios que nos ilumine para que tomemos decisiones correctas. El paso de unirse en matrimonio debe ser seguro, sin aristas ni malos entendidos. Los dos sabemos que el eje central de una unión para siempre debe ser el amor. El Amor con mayúsculas es vivir sin descanso pensando en el otro, sembrando paz y gozo a nuestro alrededor. Lo entiendo como el altruismo más absoluto, entregarte por completo al otro. Conseguir ser uno. Ya lo decía santa Teresa: “La humildad, el desapego y el amor son virtudes que deben practicarse para el crecimiento espiritual del alma”. La clave está en saber qué es lo que Él desea para nosotros. Nuestro objetivo debe ser ese. Estamos embarcados en un plan maravilloso. ¿No crees?».

Balduino también le escribió el día 1 de enero; en el inicio del año se enfrentaba a viejos problemas. Su mirada estaba puesta, sobre todo, en el Congo. Iba a cumplirse un año del discurso en el que se dirigió a la nación por radio declarando que Bélgica trabajaría por la plena independencia del territorio. Y eso es lo que pretendía conseguir en este año que acababa de comenzar. El problema era que habían transcurrido muchos años de colonización y había muy pocos nativos preparados para asumir la dirección del país. Ese era el verdadero problema para que Bélgica soltara a su suerte a todo un país.

En la misiva, también habló de ellos dos como «el proyecto más ilusionante que tenía entre manos» e hizo mención del nuevo encuentro que tendría lugar en Cataluña. «Cuento los días para volver a verte».

Habían tomado tal ritmo de escritura que, día tras día, sin excepción, siempre llegaba una carta a sus manos.

Mientras tanto, en el domicilio de los Mora y Aragón, los gatos volvieron a hacer acto de presencia, junto con los perros que regresaron del albergue. El problema era que a doña Blanca le daba pena que pasaran frío en el crudo invierno y volvió a abrirles la puerta del palacete. Regresaron los olores y en el servicio tuvo que recurrir otra vez a la colonia de don Gonzalo, la 4711, porque, de lo contrario, resultaba imposible entrar en el salón. Doña Blanca y Jaime comían en un comedor donde no se permitía el paso de los animales. El salón, sin embargo, quedó reservado para los habitantes de cuatro patas.

A través del ama de llaves, a la matriarca le llegó la información de que Manuela se veía con una vidente y quiso saber más de ella. Estaba de moda entre los aristócratas acudir a este tipo de profesionales para saber el futuro.

—¿Es buena su amiga o le pone un tanto de invención a lo que dice? —le preguntó.

—Es buena, la policía le pide ayuda de vez en cuando.

—¿Podría venir a casa? Mi amiga Ramona Vizcaya quisiera consultar un tema muy delicado. Necesito que guarde la máxima discreción —advirtió la anciana.

—No sé —dudó Manuela—. Se lo puedo decir, pero llevamos un tiempo sin hablar.

Manuela no quiso comentar que en realidad estaban enfadadas y habían perdido el contacto. Como vio el interés de la madre de la saga de los Mora y Aragón, le dijo que intentaría entrar en contacto con ella. Tampoco le comentó nada de que su hijo había ido a su consulta y no salió satisfecho.

Manuela cogió el teléfono y llamó a la que fue su amiga en el pueblo cuando eran niñas. Ahora su relación era nula. Sentía rabia de que en Bolaños la respetaran tanto como a su abuela por ser portadora del don familiar de la videncia. Respondió al teléfono la asistenta que acudía a su casa todas las mañanas. Le comentó que María Gracia había ido al pueblo a pasar esas fiestas y que hasta después de Reyes no regresaría a Madrid.

Volvió a sentir envidia por la facilidad con la que se iba al pueblo. Ella no podía hacerlo. Se la imaginaba presumiendo de sus joyas y de sus contactos. Ella no podía decir lo mismo, aunque el hecho de trabajar en la capital para la familia Mora y Aragón ya la convertía en una triunfadora. Prácticamente enviaba a su casa todo lo que ganaba. De ahí que no saliera del palacete para no gastar. Ahora todo lo que había conseguido se iba a tambalear por la visión de María Gracia y el «terremoto» que auguraba, seguido de robos de papeles y penas. No la podía soportar.

A doña Blanca le comentó que, hasta que el nuevo año no avanzara, no podría hablar con ella. Esa espera le vino bien, porque su hija Fabiola tendría que ir a Barcelona en la tercera semana de enero y podría ser ese el momento idóneo para que la vidente fuera por allí. Su hija no era nada partidaria de estas prácticas, que consideraba una pura superstición.

—Esperaremos. Si puede usted localizarla, dígale que para la semana del 20 de enero sería estupendo que pudiera hacernos un hueco —dijo la matriarca.

—Está bien. En cuanto vuelva del pueblo, hablaré con ella —aceptó Manuela.

El mes de enero cogió velocidad y el día 20 llegó rápido. Sobre todo para Fabiola y su amiga Pilar, que acudieron a Calella de Mar un día antes. Se trataba de uno de los pueblos más bonitos de la costa del Maresme, con sus casas de color blanco que contrastaban con el intenso color azul del mar. Se decantaron por esa localidad al estar a cincuenta kilómetros de Barcelona y a cincuenta de Gerona. Una población abierta al mar y a la montaña a partes iguales. Los primeros turistas en cruzar la frontera, sobre todo alemanes y franceses, hallaron en este paraje su paraíso, por lo que nadie se podría extrañar al oírlos hablar en francés. El lugar que eligió Pilar para el encuentro fue el restaurante Café España. Les pidió por teléfono que reservaran una mesa para seis personas a su nombre.

A Fabiola el pueblo le pareció precioso. Pilar y ella visitaron el faro y las Torretes, así como el paseo marítimo. Hacía frío, pero el lugar era idílico, como salido de una postal. La noche anterior al encuentro cenaron en una masía y les encantó que les pusieran una cepa de la que colgaban longanizas y fuets para que se sirvieran a voluntad. Estaban tan nerviosas que solo pidieron un suquet de peix, un guiso marinero. Al llegar al pequeño hotel, cada una se fue a su habitación.

—¡Intenta dormir! —le dijo Pilar a Fabiola.

—Tú también.

Fabiola escribió en su diario, como todas las noches. Después comenzó a rezar un rosario, pero se quedó dormida.

A la mañana siguiente, un rayo de sol sobre su rostro la fue despertando poco a poco. Miró por la ventana y observó el mar, fuerte y embravecido, chocando contra las rocas. Podía pasarse horas mirándolo sin cansarse. Su amiga tocó suavemente a la puerta de la habitación para despertarla.

—¡Espera! —gritó Fabiola desde dentro.

Abrió la puerta con el camisón puesto y una bata que se acababa de echar por encima de los hombros.

—¡Vamos a desayunar y a dar otra vuelta por el pueblo! —le propuso Pilar.

—De acuerdo, me apetece mucho pasear por la arena de la playa —afirmó Fabiola con entusiasmo.

—Pero abrígate —le ordenó su amiga—. El día está muy frío y no quiero que caigas mala.

—No, por favor. Estar junto al mar y no pisar tan siquiera la playa sería un pecado.

—Está bien, me has convencido. Hoy no me atrevo a llevarte la contraria.

 

18

Una velada para no olvidar

A la cena acudió la princesa María Gabriela de Saboya, hija del rey en el exilio Humberto II y de la princesa María José de Bélgica. Estaba emparentada con los Sajonia-Coburgo y Gotha; en concreto, eran primos hermanos. Gabriela, o Ella como la llamaban sus amistades, salía constantemente en las listas de las posibles candidatas a contraer matrimonio con el rey. En un mes cumpliría los veinte años, por eso Fabiola le pidió a Pilar que la invitara. Necesitaba ver a Balduino con personas de su estatus para saber si estaba seguro de su sentimiento hacia ella. Apareció por allí también Enrique de Orleans, conde de París y de la quinta de Balduino. Tampoco faltaron Piedi de Salinas, otra de las amigas incondicionales de Fabiola, y uno de los hermanos Arnoso, que vivían en Estoril, ya que sus padres eran amigos de los condes de Barcelona. El rey belga ya los conocía a todos menos a Piedi. A las nueve menos diez aparecieron los invitados. Balduino llegó puntual, a las nueve en punto. Se estrecharon las manos y Pilar los invitó a sentarse. Fabiola se colocó en el extremo contrario de la mesa en que se había sentado el rey. Quiso que la prima de Balduino estuviera cerca, así como su amiga Piedi. En principio todos hablaban de temas banales como el tiempo, ya que hacía mucho frío y no paraba de nevar en los Pirineos.

—Espero tener tiempo este año para poder esquiar —dijo Balduino.

—Me apunto contigo a hacerlo cuando quieras —apostilló Enrique.

—Y yo, mañana mismo —aseguró María Gabriela.

Todos se rieron y poco a poco fueron desviando la conversación a temas más serios. Salió a relucir la visita de Eisenhower, que en Europa se percibió como un antes y un después en la política internacional de Franco.

—Pues va a ser el primer presidente norteamericano en ver sus mandatos constitucionalmente limitados, por la Vigesimosegunda Enmienda, que especifica que solo los presidentes podrán presentarse como candidatos en dos mandatos. Tendremos este año, por lo tanto, nuevas elecciones y un nuevo presidente. Hay que reconocer que Eisenhower ha dejado muchos aciertos tras de sí —comentó el conde de París.

—Me han hablado muy bien del candidato demócrata, John Fitzgerald Kennedy. Lo conocí cuando era senador. Tiene una personalidad arrolladora y además es católico. Le están atacando por ahí —apuntó Balduino.

—Él se define como un demócrata que, además, es católico. No entiende que a alguien se le cuestione por sus creencias. Veremos si convence con su discurso frente a Nixon —dijo Arnoso.

Piedi y Pilar no se atrevían a hablar, pero la prima del rey y Fabiola, sí.

—¿Quién creéis que ganará la carrera espacial, Estados Unidos o Rusia? —preguntó Ella.

—De momento parece que le está llevando la delantera Rusia al amigo americano. Pero a saber en el futuro —manifestó Enrique.

Balduino solo tenía ojos para Fabiola. Mientras la miraba de lejos pensaba que realmente ya la amaba. Le gustaba su constante preocupación por todo y su empatía con el sufrimiento.

Aunque los comensales creían que nadie los había reconocido, había unos ojos pendientes de sus movimientos. Aquel día se encontraba en el restaurante un periodista de La Vanguardia, que reconoció a Balduino. A partir de ese momento, no perdió de vista los gestos del rey belga con María Gabriela de Saboya, que se había sentado a su lado. El reportero no paraba de mirarlos y de tomar notas en una libretita. Tenía clarísimo que había una relación entre ambos comensales, y así lo escribiría en su próximo artículo.

Balduino, ajeno por completo, siguió hablando con su prima y preguntándole por sus estudios.

—Me resulta difícil sacar las asignaturas de la carrera de Filosofía porque vivo entre Suiza, Italia, Francia y Portugal. No puedo asistir a clase tanto como quisiera —aseguró la joven.

—Me parece que la universidad en la que estudias es católica, ¿verdad? —preguntó Balduino.

—Sí, lo es. Para ti todo lo católico es importante, ¿verdad? —comentó la princesa.

—Es esencial.

Volvió a mirar a Fabiola. Le sonrió desde la distancia como conocedora de su secreto y de su inquietud por que la persona elegida fuera creyente y consecuente con sus creencias. El caso es que Balduino no podía apartar la vista de ella. Sentía que se trataba de la persona que estaba buscando, pero no se atrevió a expresárselo tan a las claras cuando se despidieron. Fabiola necesitaba tiempo y él estaba dispuesto a dárselo. Al día siguiente, afortunadamente, pudieron verse a solas, dieron un paseo e incluso fueron a misa.

—Gracias por organizar la cena, pero te sentaste muy lejos. No pudimos hablar —le comentó Balduino.

—Necesito que me veas junto a otras mujeres, incluso más bellas y de mejor cuna que yo, para que te cuestiones si estás acertado o no con los pasos que vas dando.

—Entiendo lo que intentas hacer, pero solo sé que lo que más deseo del mundo es estar a tu lado.

Balduino le ofreció el brazo y, en silencio, continuaron su paseo por la playa.

Mientras tanto, en el palacete familiar, doña Blanca le pidió a la joven Manuela que citara a su amiga para una consulta. Era la primera vez que lo hacía y no se lo pensó dos veces. Volvió a marcar el teléfono de la vidente. Cuando contestó, lo hizo seca y con pocas ganas de hablar.

—¡Ah! Eres tú.

—Sí, creo que deberíamos volver a vernos y hacer las paces. No me siento cómoda —confesó Manuela.

—El que se enfada tiene dos trabajos. Yo no estoy enfadada, simplemente decepcionada. ¿Qué quieres? ¿Que diga lo que quieres oír aunque no sea verdad? —increpó la adivina.

—¡Por supuesto que no! Reconozco que no me he portado bien. Lo siento, de verdad. Además, te necesito.

—¿Por qué? —preguntó, sorprendida.

—Porque mi señora quiere que vengas al palacete. Una amiga suya necesita de tu videncia. Desconozco el motivo.

—Sabes que no me muevo de mi casa —le recordó su paisana.

—Te lo pido por favor. Te estaré toda la vida agradecida.

—Está bien, por ti lo haré —dijo después de un silencio tenso.

Se oyó de golpe la respiración de Manuela.

—Muchas gracias. Estoy deseando darte un abrazo.

Quedaron en que el chófer iría a por ella y se verían al día siguiente. Ciertamente le estaba haciendo un favor, porque jamás salía de su consulta. Se trataba de una de sus máximas para no llevarse sustos con alguno de sus clientes. Sin embargo, por su amiga, hizo una excepción. La recogieron a las diez de la mañana y veinte minutos después ya se encontraba en el número 5 de la calle Zurbano. Manuela la recibió en la puerta de la casa y le dio un abrazo sentido. De alguna manera sellaban las paces, aunque no podía evitar el resquemor que surgía en sus entrañas al verla tan enjoyada. Sobre todo con aquel anillo de amatista de enormes dimensiones que le regaló un cliente y que le parecía un sueño, casi irreal.

Doña Blanca y su amiga Ramona la esperaban en el salón pequeño. No había dado tiempo a desalojar a los gatos y perros del grande. La ventaja era que el salón de dimensiones más reducidas preservaría la intimidad de Ramona y su consulta. Manuela hizo las presentaciones y les preguntó si deseaban tomar un té. Todas rechazaron el ofrecimiento y la anfitriona invitó a María Gracia a sentarse entre las dos.

Nada más verlas, la vidente ya pudo decirles lo que les iba a deparar el futuro. Con doña Blanca, igual que con Jaime, tuvo la certeza de que en esa casa tendría lugar algo parecido a un terremoto en pocos meses. Sintió que la familia se iba a desmembrar por dos de sus integrantes. Vio clarísimo que nada sería como siempre. Pero la consulta de Ramona era otra cosa. La señora, entrada en años y viuda, se veía con un hombre de menos edad y de buena posición, pero sin un duro. Deseaba quedarse con su dinero y por eso le había propuesto contraer matrimonio. En realidad, María Gracia no necesitaba de las cartas. Simplemente le venían las visiones nada más ver a las personas. Era como si una voz interior se lo dijera al oído. De todas formas, disimuló.

—¿Qué desean consultarme? —preguntó a la mujer.

—Mi amiga tiene algo delicado que preguntarle. Le pedimos que lo que oiga aquí no se lo cuente a nadie —dijo doña Blanca.

—Señora, mi trabajo consiste en oír y callar. No soy un sacerdote pero debo olvidar lo consultado, como si fuera un secreto de confesión. Esa es la base de todo —respondió, algo ofendida.

—Gracias, porque lo que le voy a decir me ruboriza… —iba a empezar a hablar Ramona.

—Perdone, pero ese hombre por el que me va a preguntar no le conviene. Solo quiere su dinero. Disculpe que sea tan llana.

—¡Pero si todavía no le ha hecho la consulta! ¿Cómo sabe que…? —comentó extrañada la anfitriona.

Las dos amigas se quedaron completamente extrañadas de que diera una respuesta sin tan siquiera haber hecho la consulta. Al ver su reacción, le pidió a Ramona que continuara hablando y sacó las cartas españolas, las barajó y empezó a ponerlas boca arriba.

—Efectivamente le iba a preguntar por un marqués más joven que yo que se está acercando a mí con fines matrimoniales. Estoy viuda, llevo mucho tiempo sola y no lo veo con malos ojos, aunque después de lo que me ha dicho…

Cogió las cartas de nuevo y las barajó. Le pidió que le hiciera varios cortes y volvió a ponerlas boca arriba. Le salía lo mismo una y otra vez.

—Este señor del que me habla no tiene buenas intenciones. Solo quiere su dinero. Usted es la solución para sanear su economía y seguir viviendo en sociedad. La va a hacer muy infeliz —afirmó María Gracia.

—¿Infeliz? Él parece muy delicado y me dedica unas preciosas palabras de amor cada día —confesó la mujer—. Querría decirle que sí, pero algo me echaba para atrás.

—Ha hecho muy bien. Ese hombre, cuánto más lejos de su vida mejor. Está mintiendo —insistió—. Necesita su dinero para saldar unas deudas importantes de juego. La llevará a la ruina y conseguirá separarla de sus hijos. Mi consejo es que durante una temporada se vaya lejos, donde no pueda seguirla. Corte por teléfono con él cuando tenga las maletas hechas y tenga un pie en la puerta de su casa.

Ramona se echó a llorar. Doña Blanca se acercó a su lado y la abrazó. Así estuvieron un largo rato. En cuanto se calmó un poco, volvió a preguntarle.

—¿No tiene dudas? —preguntó Ramona como última esperanza.

—No —afirmó tajante la pitonisa—. Es usted libre de tomar cualquier decisión e incluso de desoír mi consejo. Los seres humanos somos seres libres. Aunque nos adviertan de los peligros, nos gusta experimentarlos. Ahora, usted debe atenerse a las consecuencias.

—Está bien. Muchas gracias.

Doña Blanca no se atrevió a preguntar por ella. Prefería ignorar el futuro y María Gracia no le dijo nada de lo que veía.

—Si no desean nada más, debo regresar a mi consulta. He hecho una excepción por Manuela.

—Se lo agradecemos mucho. ¿Cuánto le debo? —preguntó Ramona.

—Es la voluntad —respondió la mujer—, como si no quieren o no pueden darme nada. Este don me lo ha dado Dios. Si lo utilizara como negocio, lo perdería —mintió.

Ramona sacó un billete de cien pesetas de su bolsillo y se lo dio. Doña Blanca tocó el timbre y Manuela acudió rápido. La vidente se levantó y se despidió. Una vez más, las amigas se abrazaron al despedirse y el chófer la llevó de nuevo hasta la calle Hermosilla, donde estaba su casa.

Blanca y su amiga Ramona permanecieron en el salón prácticamente en silencio. Intentaban asimilar la noticia, que las había dejado muy preocupadas.

—No ha podido ser más clara. Pero ¿tendrá razón? —tenía dudas la viuda.

—¿No te diste cuenta de que sabía lo que le ibas a consultar antes de que se lo dijeras?

—Es cierto. Entonces el marqués que me dice tantas cosas bonitas ¿solo quiere mi dinero?

—Te ha dicho que sí.

—¿Qué hago? Estoy perdida.

Se volvió a echar a llorar y doña Blanca le hizo una propuesta.

—¿Por qué no te vas a mi casa de verano, en Zarauz? Puedes estar allí el tiempo que quieras. Ve con alguien de tu servicio y trata de encontrarte a ti misma.

—¿Qué les digo a mis hijos?

—La verdad. Entenderán que desaparezcas durante un tiempo. Les tranquilizará mucho tu decisión.

Blanca le dio las llaves y la dirección. La apremió para que se fuera cuanto antes. La situación, tal y como la describió la vidente, era muy delicada.

Margot regresó a Madrid después de unas fiestas realmente entrañables en Londres. Sintió que habían sido las Navidades más bonitas de su vida. Era cierto que Parker había contribuido a ello. Resultaba evidente que le gustaba y lo sabían todos, pero se repetía a sí misma: «No es el momento».

—Debo encontrar a Almudena Pimentel.

Esta frase la pronunció en voz alta todavía con el billete de avión en la mano y a punto de coger un taxi en el aeropuerto de Barajas. Durante todo el trayecto hasta su domicilio, le fue dando vueltas a todo; se decía a sí misma que debía pensar en la misión que no había podido completar cinco años antes. «No es mi momento, es el de Almudena», pensaba una y otra vez.

Cuando llegó a su casa, la estaba esperando Camila desde hacía rato en la calle. Estaba muerta de frío, pero pudo más su impaciencia. Finalmente, le dio un beso y un abrazo. Nunca habían estado tanto tiempo separadas.

—You are thinner. —Le reprochaba que estaba más delgada—. Tener que cuidarte.

—No, Camila. Me he cuidado y he pasado unas Navidades preciosas. Para que fueran perfectas, faltabas tú. Te he echado de menos.

La inglesa se emocionó. Ella sí que había esperado su regreso con verdadera ansiedad.

Algo parecido ocurrió con Sátur nada más verla entrar en la cocina. Le hizo un comentario parecido al de Camila.

—¿No la han alimentado en Inglaterra como Dios manda?

—Bueno, si lo decís las dos…, quizá he bajado de peso. Es cierto que he caminado mucho y a veces se me olvidaba comer. Le pasaba igual a Parker.

Sátur y Camila se miraron con picardía.

—No, no… Sé lo que estáis pensando, pero no. Tengo obligaciones que me impiden enamorarme.

—No decir eso —sugirió Camila.

—Cuando el amor llama a tu puerta, solo puedes abrir y dejarlo pasar. ¡Esta chica que solo piensa en trabajar! ¿Y Parker ha venido contigo?

—No, él tiene su trabajo en Londres. Eso no quita para que dentro de poco regrese a Madrid para presentar el informe que tiene que entregar del viaje del presidente norteamericano a España.

—Bueno, ponte cómoda y te sirvo algo de comer… Ya teníamos ganas de verte y volver a preocuparnos por ti.

—¡Qué haría sin vosotras!

Esa misma tarde, tras vaciar la maleta, Margot se fue a ver al detective que la estaba formando, Vicente Cerezo. Deseaba decirle que estaba aprendiendo cosas muy interesantes en los libros de Matilde Ras. La grafología le parecía que podía ser un buen apoyo para su formación.

El detective la esperó en la oficina y se alegró de las novedades sobre el caso que los tenía obsesionados.

—Todo conocimiento, suma. Además, el tema de Almudena Pimentel está a punto de caramelo. Por mi experiencia creo que estás rozando el final.

—Creo eso también. Lo que me preocupa es que está embarazada.

—¿Embarazada? Eso lo cambia todo. ¿Cómo lo has sabido?

—Una persona a la que interrogué en París me dijo que estaba esperando un bebé. Eso no se inventa, y creo que justifica que hayan cambiado de residencia y que el pintor no la deje salir. Ha puesto a su hermana de guardiana. Le tienen prohibido moverse porque temen que quiera regresar a España. Ella fue a Balenciaga para que todos supiéramos que estaba viva y que deseaba volver.

—Muchas conclusiones para no haber hablado con ninguno de los dos desaparecidos…

Vicente Cerezo se quedó pensativo y volvió a hablar.

—Si es como dices, ahora Almudena corre más peligro que cuando se escapó de casa.

—Pero tendrá que ir al médico en algún momento.

—Si no quiere levantar la liebre, lo mismo se lo impide el pintor.

—Puede que Almudena y el niño le empiecen a estorbar.

—¿Piensas que puede provocar que el embarazo no llegue a término?

—Creo que este hombre sabe esconderse y perderse en París. No pienses que va a pensar como cualquier persona normal. Ahora mismo, está incómodo. Teme que lo encuentren.

—Tiene previsto una exposición dentro de poco tiempo. Ahí podremos encontrarlo.

—Es tan escurridizo como un pez. Mientras tanto, sigue con tu formación. Además de la grafología, estudia fisonomía. Existe una relación estrecha entre la apariencia externa y lo psíquico. Hay una máxima: cuando tengas dudas entre dos personas como presuntas culpables, procura encerrar al que te resulta más desagradable a la vista.

—Eso no me parece justo.

—Lo dice la teoría antropológica de Lombroso, que analizó a un gran número de delincuentes. Sostiene que la criminalidad está ligada a causas físicas y biológicas. A Cesare Lombroso se lo considera el padre de la antropología criminal. Pero igual podríamos decir del pensamiento griego; creían que había una relación entre las cualidades físicas, las patologías y las características psicológicas.

—Nunca dejo de aprender. Siempre hay alguien que ha estudiado antes a personas parecidas y ha sacado conclusiones.

—Mi querida Margot, estamos hablando de la ciencia. Y la criminología lo es, no lo olvides…

 

19

La asimetría facial

Margot se dedicó durante días a estudiar los rasgos físicos de los criminales de los que había fotografías en la Brigada Criminal, tal y como le había indicado Vicente Cerezo. Eran puntos importantes la asimetría facial, la frente hundida, las orejas grandes y los brazos más largos de lo habitual, así como los ojos y la agudeza de la mirada. Observaba Margot que había coincidencias en muchos rostros de los delincuentes que tenían allí registrados. Sin embargo, comprobó que había excepciones. Jarabo, el criminal que había sido condenado a pena de muerte, en julio del 59, era un hombre refinado sin apenas características físicas que sobresalieran sobre las demás: las cejas prominentes y las orejas grandes, nada más. No aparentaba el hombre despiadado que escondía. Todo lo contrario, daba la imagen de un hijo encantador de familia bien posicionada. El juego, las drogas, la vida nocturna y los negocios sucios lo llevaron por el peor de los caminos. El asesino de las jóvenes que se parecían entre ellas tampoco tenía ningún rasgo que pusiera en valor la teoría de Lombroso. Si acaso era excesivamente taciturno e introvertido, pero su aspecto físico era agradable. Se salían ambos rostros de estos parámetros estudiados en la morfología criminal.

Margot le comentó este tema a don Eugenio Benito Poveda. El comisario daba clase desde hacía años a las nuevas generaciones de policías y sabía que le podría preguntar por las excepciones de los rasgos criminales.

—Detective Peters, además de los rasgos, se deben dar otras circunstancias que pesan tanto como la morfología física para que alguien se convierta en criminal. Cuentan los valores inculcados en la niñez, la educación, las amistades y las situaciones extremas en la infancia o juventud que dejaron un rastro que marcó esas vidas. —Hizo una pausa el comisario antes de concluir—: Lo que motivó al asesino que apresamos fue el odio. Entonces una cosa es la teoría de Cesare Lombroso y otra, la realidad.

—Explíquese —le pidió Margot, que prestaba mucha atención.

—Es un todo. Uno siempre debe observar. Todo da diferentes indicadores sobre la persona que tenemos enfrente. Si observamos que nuestro interlocutor tiene una cara fina y alargada que se retrae hacia dentro, hay que desconfiar. Siempre debemos trazar una línea vertical sobre el rostro, y así podremos identificar la zona más ancha de su cara vista de frente. Si es la frente, podemos indicar motivaciones racionales en su forma de actuar; si es el mentón, nos indicaría motivaciones materialistas, y si la zona más ancha son los pómulos, indica motivaciones emocionales. La gran mayoría de los delitos son emocionales. Es decir, las personas que hemos analizado y que habían delinquido se habían dejado llevar por sus emociones.

Margot se acordó de que tenía una foto antigua de Ángel Torres dentro de la carpeta con su expediente. Una foto que les proporcionó su mujer, después de que el pintor desapareciera de su vida. Le pidió al comisario que interrumpiera su discurso, que más parecía una clase magistral, para ir a por ella. Enseguida regresó con la fotografía. La puso sobre la mesa del comisario e inmediatamente, con la ayuda de una lupa, analizaron su rostro.

—Señor comisario, me parece observar que tiene la nariz ancha y la boca grande.

—Eso se llama «receptores dilatados». Entienda, Margot, que por los receptores entran y salen las emociones y los instintos primarios.

—Diría que tiene los labios muy pronunciados.

—Es un hombre que da rienda suelta a sus deseos, sean cuales sean. Si desea algo, lo va a coger sin esperar y sin ningún escrúpulo.

Margot pensó que, en este caso, la teoría era absolutamente descriptiva del personaje.

—Don Eugenio, no hemos hablado de los ojos, y, cuando uno observa la foto, es lo primero que ve.

—Son importantísimos, te dan la clave para saber cómo está emocionalmente esa persona. Al observar un ojo de perfil, si se encuentra hundido más allá de las cejas, indica que la persona está centrada en su mundo y en sus pensamientos. Digamos que tiene ideas propias.

Margot no dejaba de mirar la foto de Torres con detenimiento. Se centró durante segundos en los ojos.

—Diría que no los tiene hundidos. Más bien parecen saltones, pero no se le ve de perfil, sino de frente.

—Los violadores, los dependientes de ciertas sustancias, incluso las personas caprichosas tienen los ojos más bien saltones, hacia fuera. Si un ojo está más cerrado que otro, podríamos decir que no está pasando un buen momento emocional. Pero, por encima de todo este conocimiento, está lo que hablamos: la educación, la niñez en familia, los valores que les hayan transmitido… El ser humano tiene capacidad de revertirlo todo. Nada es blanco o negro. Si no, meteríamos en la cárcel a todo el que presente signos externos de psicopatía, y así acabaríamos con la delincuencia… Pero no es así. Alguien puede tener un rostro amable y ser un asesino cruel. Ahí está el caso de Jarabo.

—Tengo una corazonada con Ángel Torres, algo me dice que se está convirtiendo en una persona violenta que no sabe cómo parar. Va a más. El hecho de que Almudena, embarazada, fuera a Balenciaga evidencia que algo ha cambiado; ella ahora se siente en peligro.

—¡Las corazonadas de Margot! Esa intuición policial que no poseen todos los que se dedican a esto. Usted está preparada para resolver los casos más difíciles —la alabó el comisario—. Sé que tarde o temprano daremos con él. Todos sabemos que es cuestión de tiempo. Hablando de otra cosa, ¿cómo le fue en Londres?

—Bien. Muy bien.

Margot se puso a ordenar sus papeles y a delimitar la zona en la que podría exponer un pintor desconocido que intentaba darse a conocer con un nombre ficticio. Sobre un mapa de París, empezó a colocar puntos rojos. Ahí, entre esos puntos, estaba convencida de que se encontraba una joven que deseaba terminar con su encierro y regresar a España. ¿En qué momento el profesor encantador se transformó en un carcelero? Andaba dándole vueltas al tema cuando oyó a sus espaldas la voz de Parker, que entraba en la brigada.

—¡Feliz año nuevo a todos! ¿Todavía se puede decir?

—Sí, ¡claro! —salió el comisario del despacho al oír su voz—. ¡Hombre! Año nuevo, rostro nuevo. Parece mucho más joven.

Parker se había quitado la barba y ciertamente parecía que tenía menos años. Sus ojos azules ahora eran lo que más llamaba la atención de su rostro. Margot se quedó callada observándolo. Trazó una ficticia línea recta en la mitad de su cara y vio que sobresalían los pómulos, que ahora estaban al descubierto. Tenía una apariencia angular y esculpida. El equilibrio es lo que más predominaba en su rostro.

—¡Hola, Margot!

Después de saludarla, le sorprendió que estuviera mirándolo sin parpadear. Desconocía su interés por los rostros desde que había vuelto de Londres. Pensó que algo había cambiado en ella a raíz de las Navidades. Sin embargo, salió de dudas en cuanto el comisario le contó que andaba la joven preocupada por los rostros de los criminales.

—Parker, le ha interesado mucho a Margot, desde que ha regresado de Inglaterra, la morfología criminal. Está dándole vueltas al rostro de los psicópatas y criminales. En concreto, está analizando al detalle la cara del pintor Ángel Torres.

Decepcionado, comprendió que lo que había hecho al mirarlo tan fijamente, en realidad, no era otra cosa que analizar su cara. Se había hecho ilusiones de que lo hiciera por algo más que por eso. Pero no, con Margot ya sabía que conquistarla prácticamente era imposible.

—Comisario, ¿ve en mi cara algún rasgo preocupante?

Eugenio Benito Poveda se echó a reír.

—Se lo digo completamente en serio. ¿Ve algún rasgo inquietante? —insistió.

—Su rostro es muy equilibrado y ahora, sin barba, se ven sus pómulos prominentes. Ya sabe que, en morfología criminal, lo peor es tener los pómulos retraídos. ¿Por qué lo dice?

—Por curiosidad. Nada más que por eso.

No quiso decirle al comisario que se lo preguntaba porque Margot se había quedado abstraída mirándolo. Pensó en un primer momento que era un interés descarado hacia él, pero, ciertamente, se trataba de un análisis de su rostro, nada más. Se sentó en la mesa que habían instalado para él en el despacho del comisario. Recogió sus cosas y, después de media hora, decidió despedirse.

—Bueno, comisario, ha llegado el momento de marcharme. Ya sabe que mi adiós es en realidad un ¡hasta pronto! Espero que me sigan mandando nuevas misiones para venir por aquí. Estoy muy agradecido por cómo se ha volcado su brigada en la operación de seguridad. ¿Saben algo más del detenido que me hirió?

—Después de estar durante un tiempo en la enfermería de la cárcel, ya ha pasado al régimen ordinario de la prisión, y está pendiente de juicio. Detrás de él no había ningún plan preconcebido. Se trata de un lobo solitario. Por cierto, ¿cómo está usted de su herida de bala?

—No estoy recuperado del todo. La bala me rasgó más músculo del que pensaba. Costará volver a tener el brazo como antes. Intento hacer ejercicios para reponerme, pero no tengo mucha fuerza, que digamos.

—¡Todo es cuestión de tiempo, mi querido amigo! Por cierto, como avanza la vida a gran velocidad, quería comunicarle que vamos a tener un servicio telefónico no solo para que la gente pueda denunciar un delito, sino para que la que se sienta insegura nos pueda llamar solicitando ayuda. Será un teléfono fácil de recordar, el 091. Conexión directa con la policía. Si va a ver al ministro de la Gobernación, felicítelo por ello.

—Muy interesante. Así lo haré. La primera conexión con la policía fue posible en Nueva York a través de las cabinas telefónicas. El mismo sistema tiene el Reino Unido. Esto parece todavía más asequible. ¿Cualquiera que tenga teléfono podrá llamar desde su casa?

—Exacto.

—¡Enhorabuena! Me parece una gran noticia.

Parker se despidió de él con un apretón de manos y unas palmadas sonoras en la espalda. Al resto de la brigada les dio las gracias y les anunció su marcha. Gutiérrez miraba a Margot sin perder detalle de su reacción. Le pareció observar que estaba realmente seria. Cuando se acercó Parker a su lado, le informó de que todavía continuaría unos días en Madrid.

—Estaré por aquí por si me necesitas. Antes de regresar a Londres definitivamente, tengo pensado pasarme por París. Lo digo por si te cuadra que continuemos con la investigación.

—¡Interesante! ¿Vienes esta noche a casa? A mis «guardianas» les gustará verte.

—Cuenta con ello.

Casi le temblaban las piernas, pero hizo Parker como si nada. Contuvo la respiración hasta que pudo salir de la Dirección General de Seguridad. Margot parecía que estaba cambiando…

Fabiola regresó de Calella de Mar sin haber logrado apenas hablar a solas con el rey. Tan solo unos minutos por la mañana, tras la cena de la noche anterior, durante un breve paseo en el que ambos comentaron, con resignación, la falta de privacidad que tenían.

La cena no les había gustado. Aquella mesa compartida con varios jóvenes, pensada para disimular un encuentro que debía pasar inadvertido, no tuvo el efecto que hubieran deseado. Días después, La Vanguardia publicó que Balduino había sido visto en compañía de varios jóvenes durante su estancia en Cataluña. Entre ellos, figuraba María Gabriela de Saboya, con quien fue relacionado durante días en los ecos de sociedad de las principales publicaciones. La noticia llegó incluso a Bruselas, donde la Casa Real se vio obligada a desmentirla.

Por más que Fabiola intentaba dar normalidad a la situación, no lo conseguía. El rey no podía dar un paso, ni escaparse, ni pasar desapercibido. A cualquier lugar del mundo al que fuera, lo reconocían. Balduino estaba atado de pies y manos. No podía hacer nada sin que se supiera inmediatamente. De ahí su prudencia en estos encuentros. Resultaba mucho más expresivo por carta, donde él seguía siendo Luigi y ella Ávila.

El rey, nada más llegar a su despacho, pidió hablar con monseñor Léon-Joseph Suenens, que fue quien sugirió el nombre de Veronica O’Brien para poner en marcha el plan por el que eligieron a Fabiola.

—Quería darle las gracias por haber puesto a Veronica en mi camino. Sin ella, no habría podido llegar a Fabiola.

—¿Están floreciendo las rosas? —preguntó monseñor poéticamente.

—Estamos estudiándonos el uno al otro desde dentro. Me gustan mucho sus observaciones y sus reacciones. Estoy cada vez más convencido de que Ávila es la persona adecuada.

—Tenga por seguro que ha sido la Virgen María quien la ha puesto en su camino.

—Estaré siempre eternamente agradecido a la Virgen y a quien ha sido su instrumento, Veronica. Me sorprende que ya no quiera acompañarnos.

—Dice que son Su Majestad y Ávila quienes deben poner las bases de lo que luego será una unión para siempre.

—Fue muy lista al pensar desde el principio que era ella la elegida. Siempre me recalcó la humildad, la fe de Fabiola y su capacidad de observación. Cada vez que me ve, me hace un test de preguntas. Tengo la sensación de que analiza cada una de mis palabras.

—Cuidado, ¿se ha equivocado de nombre? Ha querido decir la fe de Ávila. Ya sabe que los teléfonos no son buenos aliados para los secretos. ¡Los carga el diablo!

Los dos se echaron a reír y quedaron en verse más adelante.

Por su parte, Fabiola volvió a acudir a su misa diaria de mañana y se confió al padre Cavestany, que también estaba al tanto de lo que ocurría en su vida.

—Nos falta tiempo, padre. Me gustaría conocerlo más. Estamos hablando de dar un paso trascendental para mí y para cualquiera. No me quiero casar con el rey, deseo hacerlo con el hombre, Balduino, y para eso debo dialogar más con él. Me gustan sus palabras, pero no hemos estado hablando más de dos horas seguidas. Nos hacen falta certezas, no impresiones.

—Lo sé y tienes razón. Debes dar tiempo a que todo cuaje. El amor verdadero no surge en una conversación. Tú estás pidiendo profundidad en tu relación, y eso es encomiable. Cualquiera se hubiera vuelto loca de que el rey de Bélgica le hiciera una propuesta semejante, pero tú no. Eso dice mucho de ti. El rey también se da cuenta de esa circunstancia, y estoy seguro de que lo valora más.

—Padre, tengo la cabeza llena preguntas. ¿Qué sería de mi madre si doy el paso?

—Pues no pasaría nada. Te recuerdo que tienes hermanas y hermanos que se podrían hacer cargo de ella si fuera necesario. Además, ¿por qué no podría viajar y acompañarte largas temporadas? No pienses en eso. No es el gran problema al que te enfrentas. Casarse con un rey es casarse con todo un país. ¿Eres consciente de ello?

—Sí. Por eso, la decisión no se puede tomar a tontas y a locas. No todo es de color de rosa. Eso la gente no lo sabe. La privacidad será muy difícil de mantener. Pero, insisto, yo ahora me centro en el hombre. Nada más que en eso. Sus palabras reconozco que me gustan. Están en sintonía con mi pensamiento.

—Tranquila. Deja que todo fluya. ¡Hazme caso! Piensa que es Dios quien mueve los hilos.

Hablar con el padre Cavestany aliviaba a Fabiola, ya que, cuando llegaba a Madrid, tenía poco tiempo para pensar en ella por sus muchas ocupaciones sociales.

Fabiola procuraba dejar la cena para pasar un tiempo en familia. Precisamente, la primera noche que volvió a ver a su madre le contó que su amiga Ramona Vizcaya se había ido a la casa de verano, en Zarauz. Estaba siendo objeto de un gran engaño y tenía que alejarse de un pretendiente que solo quería su dinero.

—¡Menos mal que lo ha sabido a tiempo! ¿Quién se lo ha advertido?

—Una amiga. Si no hubiera sido por ella…, no hubiera reaccionado tan rápido como lo ha hecho.

No le dijo a su hija que se trataba de una vidente que había ido a casa y había advertido a su amiga, sin ningún tipo de duda.

—El dinero, siempre el dinero. No soporto a esas personas que traducen todo en una cuestión monetaria. Llego a pensar que los seres humanos están vacíos. Hacer algo por los demás, a cambio de nada, te hace sentir mejor que acumular toda la riqueza del mundo —comentó Fabiola.

—Pues hoy solo se habla de negocios y de si fulanito ha ganado mucho o lo ha perdido todo. Las vidas se traducen en fortuna o no fortuna. Nada más.

—La vida para mí es hacer algo bueno cada día por una persona. Saber que le has solucionado la vida a alguien o que le has ayudado a que la fatalidad no se cebe en su familia. Somos muy afortunados, madre.

—Lo sé y tienes toda la razón del mundo. Ya podrías hablar con Jaime para inculcarle alguna de tus ideas. Casi no le veo el pelo. Vive más de noche que de día y ahora dice que lo están tentando para irse a la costa malagueña. Al parecer, quieren dar a conocer esa zona y relanzarla entre las personas de la alta sociedad.

—Me lo contó. Ciertamente el sur tiene algo especial… No sufras por Jaime, es el bohemio de la familia. Ya está, no hay que darle más vueltas. Hay que aceptarlo como es.

—Yo no hago más que rezar por él y por ti. Me gustaría tanto que conocieras a alguien y te enamoraras…

—Mamá, eso surge cuando tiene que surgir.

—Muchos me dicen que te vas a meter a monja —le confesó su madre.

—No, te aseguro que no. Estaré contigo, a tu lado. aunque no pare de viajar. Por cierto, a lo mejor me voy unos días a una estación de esquí. Me han invitado a Courchevel. Todavía no tengo una fecha exacta.

En lo poco que pudo hablar a solas con Balduino, le dijo que el campeón de esquí y principal relaciones públicas de Courchevel, lo había invitado. Émile Allais había sido el primer campeón de esquí alpino en Francia y le insistía mucho en que visitase las pistas del valle de Tarentaise, en los Alpes franceses. Se trataba de las más grandes del mundo, con más de seiscientos kilómetros de diferentes pistas conectadas entre sí. Ese plan le apetecía mucho más a Fabiola y deseaba que el rey le concretara una fecha. Sabía que no tardaría mucho la cita, puesto que ahora la nieve estaba en su mejor momento. Le había prometido Balduino tres días de anonimato total. Lo necesitaban.

 

20

Parker regresa a casa de Margot

Las «guardianas» de Margot recibieron a Parker como si se tratara de un familiar que venía a visitarlas después de mucho tiempo. Camila y Sátur lo encontraron más joven, por el efecto del afeitado de la barba, y más musculado. El jefe de seguridad estuvo conversando con ellas hasta que, en los postres, los dejaron a solas en el salón. Margot quería planificar una estrategia de cara a ese viaje a París que le había propuesto Harry.

Se sentaron en el sofá y la joven sacó su pipa. Tal y como aprendió de su tío, se puso a hacer volutas con el humo. Eso parecía que le despejaba la mente. Además, a Parker le gustaba el olor a tabaco de Virginia, suave y dulce. Ambos contemplaban a través de los cristales ese Madrid que bullía entre coches, autobuses y luces de neón e intentaban imaginar qué podría estar pasando por la mente del pintor Ángel Torres.

—Este hombre ha pasado de liderar un cambio de vida y de país, conquistando a una de sus alumnas, a ser un secuestrador —comentó Parker.

—Desde que huyó con él a Francia, Almudena se convirtió en una persona completamente dependiente. En estos momentos está a su merced. Puede hacer con ella lo que quiera.

Ambos reflexionaban e intentaban meterse en la mente del pintor; un hombre narcisista que necesitaba del aplauso y que aspiraba a que su pintura fuera reconocida en la que consideraba la meca del arte.

—Precisamente por su ego es por lo que lo vamos a cazar. Le pierde tener amigos famosos. En algún momento meterá la pata y allí estaremos nosotros para detenerlo. La policía francesa no me pareció muy colaboradora —apuntó Parker— cuando hablé con alguno de sus miembros.

—Si se han mostrado así contigo, que tienes apellido inglés, imagínate con la policía española. Nos ha costado mucho que nos hicieran caso y que nos atendieran. Lo primero que tenemos que comprobar en el siguiente viaje es si ya se exponen sus cuadros. Si resulta que sí, estaríamos de suerte. Incluso deberíamos comprar uno para llegar a él —comentó Margot.

—Finjamos que somos una pareja que está en París de paso y que se ha enamorado de su pintura. Le encargaremos un cuadro y le diremos que nos lo queremos llevar a Londres.

—Sí, mejor hablarle de Londres que no de España para que no sospeche. Me parece bien, pero ¿crees que picará en lo de pintarme un cuadro?

—Y para no dejar ningún cabo suelto, en el hotel nos registramos como señor y señora Parker. ¿Te parece bien?

Margot se quedó parada, en silencio y con la pipa inmóvil en la mano. Parker pensó que quizá se había precipitado otra vez. Le perdían las ganas de estar con ella. Por fin respondió:

—Está bien, echaremos a suertes quién dormirá en el suelo o en el sofá, si lo hubiera. Tienes razón, es importante que nos vean siempre juntos.

—Soy un caballero, Margot. No puedo permitir que duermas encima de la moqueta de la habitación. Lo haré yo. Me parece importante lo de aparentar que somos pareja. De esta manera, si alguien llama al hotel y pregunta por nosotros, le pasarán con una habitación. Imagina que estamos en dos separadas… No sería congruente, si luego nos presentamos como señor y señora Parker.

—Es cierto. Hagámoslo así. ¿Cuándo tienes previsto viajar?

—En un par de días. ¿Estás de acuerdo? —le preguntó Parker.

Pensó durante un rato y finalmente se lo confirmó. Tenía poco tiempo para arreglarlo todo antes de viajar y poder dedicarse a investigar el paradero de Almudena Pimentel. La excusa que ideó para que la revista Siluetas y sus tíos le dieran el visto bueno fue intentar conseguir una entrevista a Coco Chanel, una de las diseñadoras más influyentes en el mundo de la moda.

—Me parece lamentable que las mujeres tengamos que depender del visto bueno de nuestros maridos o de nuestros tutores para viajar —se quejó Margot—. Hay muchas cosas aún por cambiar, Harry. Estamos en inferioridad jurídica.

—Tienes razón, Margot.

—¿Cómo viajaría Almudena?

—Almudena tendría pasaporte y lo que falsificó el pintor fue el permiso legal de su padre. Por ahí podríamos cogerlo también. El problema es que Francia mantiene una postura muy equidistante con el gobierno de Franco. Será muy difícil traerlo detenido a España —afirmó Parker.

—Con que podamos liberar a Almudena y traerla a España, me daría por satisfecha. Necesito que esta pesadilla acabe cuanto antes.

—¿Ya no colaboras con El Caso?

—Sí, hago crónicas y reportajes que envío al periódico. Saben que me estoy formando como detective y me han dado más margen entre publicaciones. Solo escribo cuando hay algo de verdad impactante o de servicio público. Por ejemplo, lo último que he hecho ha sido sobre la implantación del 091 como teléfono de contacto inmediato con la policía.

—Me resulta muy curioso tu doble o más bien triple vida. Redactora de moda, de sucesos y detective colaboradora directa con la policía. Realmente no te queda tiempo para nada.

—Tú mejor que nadie sabes que, o te dedicas por entero, o no obtienes frutos.

Margot veía la deriva de la conversación y la cortó inmediatamente. Parker no insistió, seguía aplicando la prudencia como método con ella y no le estaba yendo mal.

En su viaje a París, pudieron llevar consigo los retratos a mano alzada elaborados por los dibujantes de la brigada, una serie de reconstrucciones de Ángel Torres que contemplaban los múltiples cambios que habría podido introducir en su rostro. Sin embargo, había algo que permanecía intacto en todos ellos: los ojos. Bastaba fijarse con atención para comprobar que era lo único que no variaba, el rasgo que delataba su identidad por encima de cualquier disfraz. Margot también se llevó consigo las alianzas de sus padres. Con ellas sería más creíble, de cara a los demás, que eran pareja.

Resultaba paradójico que aquel mismo caso, el de Almudena Pimentel, que en su día los había distanciado fuera ahora el que volvía a unirlos y los empujaba a avanzar juntos en una investigación que ya no podían abordar por separado.

Esta vez se alojaron en el hotel más frecuentado por los artistas, el Lutetia. Era de todos sabido que allí habían pernoctado Picasso y el mismísimo Matisse. Pensaron que sería un buen lugar de partida como señor y señora Parker. En ese mes de febrero no había tanto público y les dieron una suite. Les contaron que allí mismo había pasado su noche de bodas el general De Gaulle, y que el hotel había sido construido a iniciativa de madame Boucicaut, propietaria de los almacenes Le Bon Marché. Era de estilo modernista y estaba situado en el barrio de Notre-Dame-des-Champs, entre Saint-Germain y Montparnasse. De todos era conocido que cuando un artista no podía pagar su estancia allí, les donaba un cuadro, y así, poco a poco, se habían ido haciendo con una importante colección de arte.

Finalmente, como pensaron, se inscribieron como señor y señora Parker. Tan solo le pidieron el documento de identificación a Harry. Margot se indignó, pero mantuvo las formas para que no se fijaran en ella. Siempre se lo decían el detective Cerezo y el comisario Poveda: «No hay que destacar en nada». Les dieron las llaves y, cuando abrieron la puerta, se quedaron impresionados de la decoración art déco. La cama era inmensa, ya que en realidad eran dos camas juntas.

—En una cama tan grande no hace falta dormir en el suelo. Aquí no nos vamos ni a rozar, es imposible —comentó Parker.

—Tienes razón, parece absurdo que uno tenga que dormir en el suelo.

Sacaron la ropa de la maleta y cada uno utilizó un armario para guardarla. Margot solo pensaba en Almudena y todo lo demás le parecía anecdótico. Sin embargo, a Parker esa convivencia con ella le suponía una tortura. Estaba enamorado de Margot.

—¿Comemos algo y nos vamos directamente a averiguar si va a exponer y dónde lo va a hacer? —preguntó Parker.

—Me parece bien. En el anterior viaje nos dieron a entender que sí lo iban a hacer.

Ambos bajaron a la sala del restaurante del propio hotel. También de estilo art déco, estaba inspirada en la decoración de uno de los comedores del trasatlántico Normandie, el barco de pasajeros más grande del mundo.

Parker le contó a Margot que siempre este trasatlántico había tenido una firme competencia con el Queen Mary, de la naviera británica Cunard Line. Finalmente un incendio acabó con él y, como era muy costosa su reparación, fue desguazado.

—Será más prudente no preguntar a los camareros por el final del barco. En Francia estas cosas las sienten de otra manera —le sugirió Harry.

—Tranquilo. Estoy pensando en lo que vamos a hacer esta tarde, más que en la reproducción del Normandie. Me gustaría empezar por el café Le Consulat y, a partir de ahí, peinar la zona. Sobre todo no me gustaría que nos dejáramos ni una sola galería de arte de la rue Norvins.

—Lo malo es que, si somos un matrimonio, no podemos sacar ninguno de los retratos que hizo la policía. Solo podemos preguntar por la exposición de monsieur Dubois o por algún cuadro de él. Y esperar a que muerda el anzuelo alguien cuando digamos que querríamos encargarle un retrato.

—Tengo la corazonada de que esta vez sí que lo vamos a atrapar —afirmó Margot.

Ninguno de los dos tomó vino. Estaban trabajando y convenía que la mente estuviera lúcida. Comieron poco, ya que parecía que el estómago se les había cerrado. Tenían un objetivo y sentía Parker que, una vez que dieran con Almudena, las cosas entre ellos podrían funcionar. Tras finalizar el almuerzo, regresaron a la habitación.

Parker cogió su pistola y la escondió en la espalda, en la cinturilla del pantalón. Margot se puso la suya, de menor tamaño, en la liga, sujetándola al muslo. Eran plenamente conscientes de que la detención no sería nada fácil; el pintor podría revolverse y ofrecer resistencia. Estaba claro que se enfrentaban a una situación peligrosa. Ambos se vistieron de colores oscuros, que no llamaran la atención, y procuraron aparentar ser un matrimonio. Salieron del ascensor cogidos del brazo, luciendo en la mano las alianzas de los padres de Margot.

No tardaron en llegar al barrio de Montmartre, que ofrecía unas maravillosas vistas de París; como siempre, sobresalía por encima de todos los tejados la basílica del Sacré-Coeur. Se sentaron a tomar un café y el camarero les recomendó ir a la galería que se encontraba a cincuenta pasos de allí. Su dueño, al parecer, controlaba el mercado del arte, ya que conocía a todos los pintores. Todo aquel que deseaba triunfar debía pasar por allí. Pagaron y fueron caminando del brazo, como cualquier pareja.

Al llegar a la galería Carré d’Artistes, entraron y contemplaron atentamente todos los cuadros de la exposición. Pidieron información sobre los artistas que iban a exponer en los próximos meses.

—¿Buscan a algún pintor en concreto? —preguntó el encargado.

—Estamos intentando conocer a los nuevos valores en el mercado del arte, los que se salgan de los consagrados, que ya son prohibitivos para nuestro bolsillo.

—Entiendo, quieren invertir en pintores no conocidos que tengan por delante una prometedora carrera y localizar buenos cuadros antes de que suban de precio.

—Lo ha definido usted perfectamente —le contestó Harry.

El encargado los invitó a pasar a uno de los almacenes de la galería y les enseñó aleatoriamente cuadros de diferentes pintores en los que creía la galería. Ambos miraban la firma y no encontraban al pintor Torres ni a su alter ego, Dubois. Pidieron permiso para ver todas las pinturas que se apilaban en el almacén y, con una gran paciencia, el encargado les fue enseñando lo que tenían. Sonó la campanilla de la puerta y se tuvo que ir a atender al cliente que llegaba. Los dejó mirando las firmas de todos los cuadros que tenía almacenados.

Harry por un lado y Margot por otro, iban mirando uno a uno los lienzos enmarcados que reposaban en el suelo, apilados unos al lado de los otros. De pronto, Margot vio un cuadro de tamaño mediano que reflejaba a una mujer sentada en un sillón, acariciando un gato. Su actitud era melancólica y su sonrisa tan enigmática como la de la Gioconda. Lo miró una, dos y hasta tres veces. De nuevo surgió la corazonada.

—¡Harry! ¡Ven inmediatamente!

—Esta mujer se parece a Almudena Pimentel.

—Podría ser… ¿Quién firma el cuadro?

—Parece un garabato. No se entiende lo que pone.

Lo sacó del montón de cuadros apilados y esperaron a que regresara el encargado. Después de quince minutos, apareció por allí.

—Perdonen, tenía que atender a un cliente —se excusó.

—No se preocupe —le dijo Parker—. Nos gusta el estilo de este pintor. ¿Quién es?

—Se trata de un amigo del dueño. No sabría decirle. Pero, si quieren invertir, hay otros mejores.

—Seguro, pero ya sabe que esto de la pintura son corazonadas. Un amor a primera vista. Tiene algo la actitud de la mujer que nos gusta. Es más, quisiera que pintara a mi esposa en un posado parecido a ese.

—¿Un encargo?

—Sí, eso. Quisiéramos encargarle que pinte a mi señora.

Margot asentía con la cabeza y esbozaba la mejor de sus sonrisas mientras el corazón le latía a más velocidad de lo normal. El encargado se fue a llamar al dueño.

—¡Lo tenemos! —le dijo a Harry entre dientes.

—¡Espera, no vaya a ser una confusión!

—Te digo que es ella. Es idéntica a la de la foto que está en el corcho de la comisaría.

—¡Shhh!

Le pidió que no siguiera hablando del tema por si acaso los escuchaban. A los diez minutos apareció un señor canoso, muy delgado y con cara de pocos amigos.

—Me presento, soy Antoine Beauvoir, el dueño de esta galería.

—Somos el señor y la señora Parker. Nos gusta mucho la pintura y, aunque vivimos en Londres, nos escapamos a París de vez en cuando. Queríamos que alguien retratara a mi mujer y nos ha gustado el estilo de este pintor. No alcanzamos a saber quién es.

—Lleva muchos años en la pintura, pero no es conocido. Dentro de un par de meses, estará muy cerca de aquí. Va a exponer en la galería de un amigo. Pero, si lo que les interesa es encargarle un cuadro, eso lo puedo hacer yo. Lo conozco.

—¿Cómo se llama?

—Charles Dubois, pero pone una firma ilegible. Se lo decimos todos.

Parker y Margot se miraron. No pronunciaron una sola palabra al oír el nombre del pintor que estaban buscando. Se limitaron a sonreír.

—Estaremos en París una semana. ¿Cree que podríamos conocerlo para encargarle el cuadro?

—Se encuentra ahora muy falto de tiempo, porque expone en abril y estará ultimando sus cuadros. Siempre falta uno, se lo digo por experiencia. No obstante, se lo comunicaré. ¿Dónde puedo localizarlos?

—Nos alojamos en el hotel Lutetia. Pregunte por el señor y la señora Parker y le pasarán con nuestra habitación. Si no estuviéramos, nos deja recado y un teléfono y enseguida nos pondremos en contacto con usted.

—¿Por qué él y no otro? Tenemos otros pintores extraordinarios —dijo, un tanto desconfiado.

—El gato del retrato le ha llamado la atención a mi mujer. A veces son esos pequeños detalles los que te hacen fijarte en una persona y no en otra. También la sonrisa de la mujer le ha recordado a la Mona Lisa.

—Bueno, Leonardo da Vinci era el gran maestro de la pintura. No es comparable. Es cierto que en esto del arte hay cuadros que te llegan y otros, con mejor técnica, no.

—Lo comparo a la música —comentó Parker—. No siempre la mejor voz es la que te llega al corazón.

—¡Buena comparación! —se limitó a decir Beauvoir.

Intentaron caer bien al dueño y preguntaron por el precio del cuadro de la mujer acariciando un gato. Beauvoir les habló de cuatro mil francos. Harry intentó una rebaja en el precio final. Le encantaba regatear y se le daba bien. Finalmente, llegaron al acuerdo de tres mil quinientos francos. Extendió un cheque y se lo dio al dueño.

—Da gusto hacer negocios con usted, señor Parker. Llamaré a Dubois para ver si puede sacar tiempo y concretar lo del cuadro que quiere hacerle a su mujer.

—Sí, sería estupendo que pudiéramos conocerlo. Estaré pendiente de su llamada. No le robaremos mucho tiempo. Simplemente que nos diga qué necesita de mi mujer para pintarlo. ¿Debe posar para él? A lo mejor con una buena fotografía es suficiente.

—Señor Parker, un buen pintor necesita a su musa delante de él. Si ustedes viven en el extranjero, no sé cómo lo va a hacer.

—Mi mujer viene a Francia a encargar ropa con mucha frecuencia.

Margot había mantenido un perfil bajo de esposa sumisa que no intervenía en las negociaciones ni en las decisiones de su marido. Salieron de allí con el cuadro perfectamente envuelto y cogieron un taxi camino del hotel.

Estaban eufóricos, pero disimularon en todo momento hasta que llegaron a la habitación del hotel. Fue cerrar la puerta y los dos se abrazaron. Margot estaba eufórica.

—¡Lo tenemos! Ha sido un golpe de suerte ver el retrato de Almudena con el gato.

—Bueno, para mí hubiera pasado como un cuadro más. Yo solo buscaba la firma. Realmente tienes una gran capacidad para retener los rasgos de las personas. Has estado muy aguda. ¡Eres una gran policía!

—Gracias, Harry. Realmente nunca lo podré ser. La sociedad me lo impide. Por ahora sigo formándome como detective y el comisario Benito Poveda me permite trabajar como una más en la brigada, pero, cuando él se marche, sé que ya no tendré sitio allí.

—Tiempo al tiempo. La sociedad está cambiando a una gran velocidad. ¡Qué alegría, Margot! Estamos cerca. Yo no me movería del hotel en los próximos días. La llamada se va a producir.

Parker no pudo evitar pensar que, si resolvían el caso juntos, Margot se liberaría por fin, y con ello quizá también se abriría a algo más serio entre ambos. Sin embargo, la cabeza de la joven seguía dándole vueltas a todo.

—Mientras, yo iré en persona a pedir una entrevista con Cocó Chanel. Llevaré el ejemplar que he traído de la revista Siluetas con la portada de Balenciaga como tarjeta de presentación. ¿Celebramos lo que nos está pasando?

Se vistieron especialmente para esa noche. Parker le dejó el baño para que ella se cambiara. Él lo hizo en la habitación sin ningún problema. Cuando salió Margot vestida con un traje de encaje negro, se quedó paralizado sin terminar de abrocharse la camisa.

—¡Estás…, estás… realmente guapa!

Margot le sonrió y dejó que terminara de vestirse sin mirarlo. Mientras, llamó a recepción y les dijo que bajarían al restaurante del hotel. Si alguien los llamaba, pidió que hicieran por encontrarlos y avisarlos mientras cenaban.

Una vez ya listos, bajaron al restaurante. Tenían hambre o las circunstancias habían hecho que se les despertara el apetito.

—Si nos llaman pronto, este tema acabará también en breve.

Harry pidió un vino de Burdeos para la cena y brindaron por la resolución del caso. Estaban eufóricos.

—¿Qué harás con el cuadro? —preguntó Margot.

—Colgarlo en la pared de mi casa. Así nunca olvidaré a Almudena Pimentel. Un recuerdo para toda la vida. Es cierto que algo caro, pero el viaje de Eisenhower lo ha hecho posible.

—Muchas gracias por tu ayuda. Te estoy muy agradecida, Harry. Te confieso que nunca he sentido estos nervios. Nunca —le dijo Margot.

Pidieron una sopa de cebolla y de segundo un confit de pato. No quisieron postre, a pesar de la insistencia del camarero. Brindaron por la resolución del caso varias veces y, después de terminar de cenar, subieron a la habitación. No había habido llamada y nadie intentó localizarlos. Llegó el momento más tenso para ella y el más esperado para él: pasar la primera noche juntos como señor y señora Parker. Por motivos distintos, los corazones de ambos latían a ritmos desacompasados.

 

21

A vueltas con la felicidad

Margot salió del baño vestida con la parte de arriba de un pijama de hombre, que hacía las veces de camisón. Cuando tenía momentos de muchos nervios, utilizaba uno de los pijamas de su padre. Parker, por el contrario, llevaba puesto tan solo el pantalón de su pijama y una camiseta de tirantes, que también solía utilizar debajo de la camisa. No estaba metido dentro de la cama, sino tumbado encima, haciendo que leía un libro, pero sin perder de ojo a Margot.

—¿Qué lees? —preguntó la joven.

—Estoy leyendo a Arthur Schopenhauer. Me gusta releer sus artículos publicados sobre la misma temática, el arte de ser feliz. Expresa la sabiduría que uno adquiere sobre la vida después de afrontar los problemas que genera la propia existencia. Mira esta frase: «Nunca serás feliz si te atormenta que algún otro sea más feliz que tú».

—Me encanta que tengas las mismas inquietudes que yo por los filósofos. Ellos han dedicado su vida a pensar y nos dan claves para aprender de los errores.

Parker confiaba en que jamás el tío de Margot hiciera la revelación a su sobrina de la información que le había dado para reconducir su relación. Le había hecho caso y los únicos libros con los que viajaba eran esos, además de una revista llamada Pilote, abierta por la entrega de un cómic que seguía desde su último viaje a París. Le hacía mucha gracia saber de las andanzas del personaje de Astérix el Galo. Esto no lo comentó con Margot por si no le gustaba. Siguió hablando del filósofo alemán.

—Mira esta otra frase. Te va a gustar: «Es difícil encontrar la felicidad en uno mismo, pero es imposible encontrarla en otro lugar». Verdaderamente acertada.

—Sí, conozco bien su pensamiento. Cree que la felicidad pertenece a los que son autosuficientes.

Margot ya no quiso seguir hablando de temas tan profundos. Estaba cansada. Le dio las buenas noches y se acostó en su lado de la cama, a la vez que apagaba la luz de su mesilla de noche. Al poco, Harry hizo lo mismo, aunque no fue capaz de pegar ojo. Deseaba abrazarla y besarla, pero, de hacerlo, seguramente no volvería a verla en la vida. Se dijo a sí mismo que la paciencia era una virtud. Se lo repetía como un mantra. «¡Parker, quién te ha visto y quién te ve!», se dijo a sí mismo. «No es momento para el amor», continuaba en su soliloquio. Se dio media vuelta en la cama, se abrazó a uno de los cojines que estaban junto a la almohada y así permaneció durante toda la noche. Por la mañana, abrió los ojos antes que ella y la observó dormida. Parecía una mujer dulce y frágil. Nadie viéndola así podría imaginar el vendaval de mujer que se escondía en su interior. No había conocido a nadie más fuerte y constante que ella. El trabajo lo primero y después todo lo demás. Por fin, Margot abrió los ojos y se encontró con la mirada de Parker fija en ella.

—¿Llevas mucho tiempo observándome?

—Podríamos decir que sí.

—¿Por qué no me has despertado? —le dijo un tanto enfurruñada.

—Quería que descansaras. ¿Te parece mal?

Harry se levantó, escogió la ropa con la que se iba a vestir y se dispuso a ir al baño. Margot se puso en pie y lo frenó en seco.

—Sé que soy una mujer muy difícil de entender, pero sé valorar, aunque no lo exprese, cuando alguien se está volcando conmigo. ¡Gracias!

Se acercó a él y lo abrazó. Lo miró de cerca y lo besó.

—Es un beso de amistad, aunque te lo haya dado en la boca. Hay que eliminar prejuicios.

Parker, con los ojos abiertos, no podía decir absolutamente nada. Se quedó paralizado. Se tocó los labios después de mirarla.

—¡No está nada mal ese beso de amistad! Puedes repetirlo cuando quieras. ¡Me ha gustado! Si te dijera lo contrario, te mentiría. ¿Podrías repetirlo?

—¡Parker! Somos amigos y la amistad también es eso.

—Amigos…

No había una palabra que odiara más en el mundo que esa. Él la amaba, pero era evidente que no le correspondía. No siguió hablando y entró en el baño.

—Perdón por pasar antes que tú. Me daré mucha prisa.

Abrió los grifos y aprovechó para afeitarse mientras se llenaba la bañera. Se metió con el agua bastante fría. Necesitaba despejarse y no cometer ninguna de sus tonterías. Cuando salió del baño, Margot no estaba. Esperó unos minutos sin saber qué hacer, hasta que ella regresó a la habitación.

—He bajado a las cabinas telefónicas de recepción para pedir una conferencia con Madrid. No quería dejar rastro de mi llamada desde la habitación y he podido hablar con mis «guardianas». Menos mal que lo he hecho. Estaban preocupadas, ya que ayer no las llamé y no sabían de mí. ¡Son tremendas! Voy a arreglarme.

Mientras Margot se bañaba y se vestía, sonó el teléfono. Parker sabía que podía ser Dubois. Dejó que sonara dos veces más y lo descolgó.

—¿Sí? ¡Dígame!

—¿Hablo con el señor Parker? —preguntó alguien con una voz muy grave.

—Sí, soy yo.

—Soy Charles Dubois…

Hubo un silencio de pocos segundos. Salió Margot vestida y arreglada del baño. Al ver a Parker hablar por teléfono, se acercó corriendo al auricular. Hizo un gesto y este le confirmó que era él.

—¡Cuánto honor, señor Dubois! Acabo de comprar uno de sus cuadros.

—Lo sé, he hablado con monsieur Beauvoir. Entiendo que no van a estar mucho tiempo en París y me quieren encargar un cuadro.

—Sí, así es. ¿Podríamos ir a su estudio? ¡Nos gustaría muchísimo!

Después de un silencio, contestó.

—No, a mi estudio no. En estos momentos está lleno de cuadros para la exposición que va a tener lugar en abril. ¿No podrían esperar hasta entonces?

—Sí, por supuesto. Pero deberíamos cerrar el precio y las condiciones para realizarlo. Imagino que va a necesitar que mi mujer pose para usted. Son cosas que podemos hablar mientras tomamos un café. Si quiere, podemos tomarlo aquí, en el hotel donde nos alojamos. ¿Le parece?

—O en el café Le Consulat, ahí solemos citarnos los pintores.

Al oírlo, Margot le dijo que no con la mano. Le indicaba que mejor en el hotel. El café Le Consulat fue donde acudió en el anterior viaje con una foto de él. El camarero podría reconocerla.

—Mejor en el café del hotel donde nos alojamos —rectificó Parker—. ¡Mucho más personal!

—Está bien, iré allí, donde se alojan ustedes, a las cinco.

—De acuerdo.

Colgó Parker y lanzó un grito que se debió oír fuera de la habitación. Eufórico, se abrazó a Margot.

—¡Picó el anzuelo!

—¿Y si no es él? Lo sabremos esta tarde. Tengo estudiadísima su cara.

Salieron a dar una vuelta y, por si alguien los estaba vigilando, intentaron actuar como cualquier pareja y se fueron a las Galerías Lafayette, donde Margot quiso comprarse un perfume de rosas que Parker se ofreció a pagar.

—Si no estuviera convencida de que alguien nos puede estar mirando, no te dejaría hacerlo. Pero sigamos fingiendo ser un matrimonio.

Regresaron al hotel y volvieron a comer en el restaurante que simulaba el trasatlántico francés Normandie. Cuando llegaron a los postres, se presentó ante ellos un hombre con la voz grave.

—Bonsoir! Monsieur et madame Parker? Me han dicho en recepción que son españoles residentes en Londres, de modo que puedo perfectamente hablarles en su idioma —comentó el pintor—. Según Antoine Beauvoir, ustedes querían concretar un encuentro en el estudio de pintura para un retrato.

—Así es, siéntese. Quisiéramos un retrato de mi señora en actitud intimista, como el cuadro que hemos comprado.

Margot le dio una patada a Parker por debajo de la mesa para advertirle de que no era Dubois. Parker siguió adelante sin saber muy bien qué ocurría.

—¿El cuadro será parecido al de la mujer con gato? Me gusta mucho —dijo Parker.

—Ese cuadro es de una primera época, pero ahora se imponen otros tiempos. La corriente que se estila nos lleva a encontrar uno mismo su propio camino.

—¿Eso significa que usted está inspirándose en otra técnica? ¿Quizá cubista?

—No, en absoluto.

El hombre, que todavía no se había presentado, no dejaba de mirar a Margot. A su vez, la joven detective no sabía cómo tratarlo, o si debía hacer como que se creía que era Dubois.

—¿Qué expectativas tiene sobre el cuadro? —siguió preguntando aquel hombre realmente inquietante.

—Que esté el alma de mi mujer en el lienzo, independientemente de la técnica.

—Si le entiendo bien, desea capturar el interior de su mujer y parar el tiempo justo ahí.

—¡Exacto!

—Pues el señor Dubois intentará capturar el alma. Se lo aseguro.

—¿No es usted Dubois? —preguntó Parker, sorprendido.

—No, soy su ayudante. Me llama todo el mundo Labarque, ese es mi apellido.

—¡Ah! Le había confundido. Esperábamos a Dubois.

—Sí, no ha podido acercarse. Les cita el maestro en la galería Carré d’Artistes mañana, sobre las doce. Por cierto, señora, venga con el traje con el que quiere ser retratada y algo que la defina, un objeto.

—De acuerdo —alcanzó a decir Margot.

Dio la mano a Parker y se fue.

Estuvieron callados unos segundos y, cuando tuvieron el convencimiento de que se había ido y no iba a regresar, volvieron a hablar.

—Pero ¿qué locura es esta? ¿No era Dubois? —preguntó Parker.

—Ya. Lo mandó Dubois aquí para cerciorarse. Todo es muy extraño.

—Estamos cerca, Margot, y cada vez siento que este caso se está poniendo más peligroso. Acabamos de ver que hay más personas involucradas. Ya no es una locura de este señor enamorado de su alumna.

—Se complica… Ciertamente.

El rey Balduino se despidió de su equipo advirtiéndolos de que había aceptado la invitación del campeón Émile Allais para practicar el esquí, su deporte favorito. Todos estaban de acuerdo en que, tal y como se estaban desarrollando los acontecimientos en el Congo, no le vendría mal una desconexión de los problemas. El joven rey además tenía que lidiar con la comunidad minoritaria, que era francófona y poseía el poder, así como con la comunidad flamenca, que, siendo mayoritaria en todo el país, en la capital no detentaba ni poder político ni económico. Los flamencos peleaban por su lengua y por sus derechos políticos más allá de Flandes. La tensión entre ambas comunidades intentaba solventarla Balduino.

Su hermana mayor, Josefina Carlota, y su marido decidieron acompañarlo. Consideraron que hospedarse en el chalet La Parva les daría a todos cierta libertad. Por otro lado, le había expresado el rey Balduino que deseaba presentarle a Fabiola: «Jo —como la llamaban en familia—, te gustará. Solo piensa en ayudar a los demás, como mamá».

La princesa de Bélgica, hermana mayor de Balduino, casada con Juan, el gran duque de Luxemburgo, desde hacía siete años, era la única en palacio que estaba al tanto de lo que ocurría entre su hermano y esa joven. Temía las lenguas de algunos periodistas de la prensa amarilla, que se habían cebado con ella cuando contrajo matrimonio. Dijeron, durante mucho tiempo, que la unión que habían formado su marido y ella era de conveniencia, puesto que las tensiones entre Luxemburgo y Bélgica habían desaparecido. El temor de Josefina era que la prensa hiciera lo mismo con su hermano por salir con una persona que no era de sangre azul. Jo era la primogénita del rey Leopoldo III y su primera esposa, la princesa Astrid. Cuando sus padres viajaron, un gran elenco de institutrices y tutores se hicieron cargo de ellos. Josefina, que se llamaba así por la esposa de Napoleón Bonaparte, estaba muy unida a su hermano, tres años menor que ella. Le gustaba ejercer de protectora desde que la idílica vida en familia acabó. Primero su abuelo, el rey Alberto I, murió inesperadamente mientras escalaba una montaña en Marche-les-Dames. De la noche a la mañana, sus padres se convirtieron en reyes, cuando Astrid estaba embarazada de Alberto, el pequeño de los hermanos. El rey se volcó en las cuestiones políticas y económicas. La reina, en las cuestiones sociales.

Astrid se convirtió en una persona muy involucrada en ayudar a los más necesitados. Igualmente, Josefina, imbuida por el espíritu de su madre, antes de casarse se dirigió a los belgas para anunciar que entregaría las donaciones que había recibido a un fondo nacional para contribuir a la ayuda de las familias con enfermos de parálisis infantil.

En palacio, Josefina se volvió la protectora de todos. Temía las escapadas que se hacían en la familia a esquiar o a la montaña. No quería más sustos y por eso, en esta ocasión, se fue a los Alpes franceses a vigilar que a su hermano no le ocurriera nada. ¡Bastantes accidentes habían tenido ya!

Fabiola, por su parte, se alojó en el hotel del Rond-Point des Pistes. Allí esperó la llamada de Balduino. Sabía que conocería a su hermana y a su esposo, pero desconocía que igualmente se encontraría con otra prima, María Cristina de Saboya, y varios invitados amigos de los duques de Luxemburgo. En la familia de los Mora, la menor, Mari Luz, le echó una mano y le dijo al hermano mayor, Gonzalo, que se irían las dos junto con su marido a esquiar a Courchevel, invitados por unos amigos.

Mari Luz y su marido, José María Ruiz de Bucesta, eran los únicos familiares que conocían la situación que estaba viviendo Fabiola. Los dos guardaron un silencio sepulcral en la familia.

—Mari Luz, Balduino me va a presentar a su hermana. Sé que es un paso de gigante para él, pero a mí me genera tensión. No he sabido decirle que no. ¿Me podrías acompañar en ese encuentro?

—No, en absoluto. Nosotros estaremos cerca, pero este es un encuentro solo a ti. Debes mostrarte tal cual eres. No tengas miedo. No ocurrirá nada que no deba pasar.

—Resulta muy difícil hablar dos horas a solas. Lo conozco más por las cartas que por lo que podemos charlar cara a cara. Sé que es una gran persona, pero nunca estamos solos mirándonos a los ojos. Muy pocas veces. Siempre hay alguien de su seguridad al lado.

—¡Fabiola, es el rey!

—Yo tan solo quiero descubrir al hombre. Nada más. ¿Es mucho pedir?

—Sí, porque piensa que no puede dar un paso sin que lo sepa todo el mundo.

Sonó el teléfono. Balduino acababa de llegar y quería que almorzara con él y sus invitados. Le pidió que acudiera a la una y media de la tarde al restaurante Panoramic. Y, puntual, Fabiola llegó al restaurante vestida con pantalón y jersey de montaña. La estaba esperando con gafas de sol, como un esquiador más, el rey Balduino. El día era muy soleado, sin una sola nube. El azul del cielo llamaba la atención junto al blanco impoluto de la nieve. Al entrar, el maître les indicó la mesa que tenían reservada, con el resto de invitados ya esperándolos. La sentaron justo frente al gran ventanal que daba a las pistas de esquí. Todo un espectáculo para los ojos a 2.732 metros de altitud.

—Mirando los Alpes te das cuenta de lo pequeños que somos los seres humanos —le dijo Fabiola a Balduino confidencialmente.

El rey le dio la razón y le presentó a todos los comensales. Dejó para el final a su cuñado y a su hermana.

—Aquí tienes a Josefina Carlota, a la que todos llamamos Jo. Te he hablado mucho de ella. Verás que te va a someter a todo tipo de preguntas.

—Encantada de conocerla, alteza —le dijo Fabiola—. Estoy dispuesta a contestarlas todas.

—Aquí vamos a bajarnos todos del tratamiento, porque queremos pasar desapercibidos. Queremos ser unos turistas, sin más. Ni reverencias ni trato especial. Nada.

—Está bien, lo tendré en cuenta. Muchas gracias.

Balduino presidió la mesa y situó a su hermana y a Fabiola a su lado, a derecha y a izquierda. Estaban condenadas a hablar sí o sí. Tuvo la sensación de estar siendo examinada por alguien que era importante para Balduino. Desde que murió su madre, se había convertido en el ángel protector de sus dos hermanos, Balduino y el pequeño Alberto.

—Te advierto que mi hermana es medio bruja. Se anticipa a algunas circunstancias que nos han golpeado a la familia.

—No le hagas ni caso… —le dijo Josefina divertida.

—Te lo estoy diciendo en serio. Mira, cuando madame du Roy, que era más que una dama de honor de nuestra madre, le dijo a Jo que la reina no regresaría ese día a palacio porque estaba resfriada, mi hermana le contestó: «No, madame du Roy, sé que está muerta».

—Fue algo de niños. Coincidencia, nada más —comentó Josefina, intentando cortar a su hermano.

—¿Sí? Y la carta que envió la reina —comentaba el gran duque de Luxemburgo— a sus padres, informándolos de que se iban de vacaciones. Les decía que Josefina le había encontrado una cana en el cabello y le había preguntado si se iba a morir. Pobre abuela Ingeborg; fue terrible para ella, porque el vaticinio se cumplió. Cuando llegó la carta, su hija ya había muerto.

—Bueno, no quiero acaparar la atención de esta conversación. Fabiola, me ha dicho Balduino que estás muy volcada en temas sociales.

—Sí, pero no tiene un gran mérito. Es algo que deberíamos hacer todos. Tengo vocación de ayudar, por decirlo de alguna forma. Me gustan los extremos: los niños y los ancianos. También las personas vulnerables, a las que la vida no ha dado ninguna oportunidad para salir adelante.

—A mi madre le gustaba exactamente lo mismo: mezclarse entre la gente y ayudar. Primero le encantaba pasear por las calles de Estocolmo y, cuando se casó con nuestro padre, por las calles de Bruselas. Consagró su vida a la defensa de las mujeres y los niños, que siempre se llevan la peor parte. Tenía una personalidad arrolladora. También sabía ser muy dulce y enérgica cuando era necesario.

Le explicó que el matrimonio de sus padres fue como un cuento de hadas.

—Realmente se enamoraron nada más verse. Un auténtico flechazo —continuó hablando—, como dijeron al comunicar oficialmente su compromiso: «Han decidido unir sus vidas sin presiones o razones de Estado. Se trata de una unión sincera entre dos personas afines».

Fabiola sabía que el peso de la figura de Astrid era grande en la familia. Pensó que siempre saldría perdiendo en las comparaciones y lo aceptó. Como le dijo a Mari Luz, no quería entrar en competencia con nadie porque siempre saldría perdiendo. Se mostró tal cual era, prudente, humilde y espontánea, ante la pomposidad a la que estaban acostumbrados. Los trató como amigos.

Justamente, esa forma de ser fue la que llamó la atención de la monja Veronica O’Brien, que la había elegido a ella entre el resto de las candidatas. «Es como un chorro de aire fresco. Es ella, Luigi», le había llegado a decir a Balduino. Palabras que al rey nunca se le habían borrado de la memoria.

—¿Sabes? —seguía Josefina, hablando sin parar—. Se cambiaron el nombre para celebrar la luna de miel entre Namur, París y la Riviera francesa y se hicieron llamar señor y señora Losange. De eso también vosotros tenéis experiencia. Mi hermano Luigi y tú…

—Ávila. Yo soy Ávila.

Se echaron a reír. Brindaron por el futuro y porque el anonimato de ella les diera la oportunidad de conocerse bien.

—Nunca pierdas tu espontaneidad —le dijo Josefina Carlota. Mi madre, cuando llegó al puerto de Amberes, donde la esperaba nuestro padre, bajó corriendo las escalerillas del barco y se fundió en un abrazo con su prometido. El corresponsal del The New York Times llegó a decir que el beso que se dieron no habría pasado la censura americana.

Volvieron a reírse. Fabiola le comentó que le gustaba escribir y que llevaba ya una docena de cuentos publicados. Le habló de sus sobrinos y de lo importantes que para ella eran los niños. Algo que gustó mucho a la hermana de Balduino.

Fue una velada en la que se olvidaron de esquiar por la tarde. Lo harían al día siguiente, aprovechando que el campeón Émile Allais quería salir a esquiar con Balduino. Esta jornada previa fue importante para el rey. Josefina se dio cuenta de que su hermano iba muy en serio con Fabiola.

 

22

Una prueba para Fabiola

Balduino, al día siguiente de la comida que sirvió de presentación de Fabiola ante parte de su familia, salió a esquiar en compañía de Émile Allais. El campeón era el director técnico de la estación. Estaba siendo muy reconocido por el mundo del esquí por las ideas que había puesto en marcha para la preparación invernal de las pistas de Courchevel. Sobre todo para esquiadores muy profesionales. Le llevó al rey, que estaba allí de incógnito y era un gran esquiador, a la pista de eslalon para competiciones de la Copa del Mundo. Salieron los dos y disfrutaron en soledad de la nieve y de ese circuito que se abría en contadas ocasiones. El descenso a gran velocidad, el rey lo disfrutó mucho. Primero, con nervios ante esa bajada que solían hacer nada más que los profesionales en competición y segundo, porque podía realizar una actividad sin cámaras y sin mil ojos observándolo.

Bajó la pista siguiendo a Émile. Iba muy rápido, pero tenía la seguridad de que el área de esquí estaba en unas condiciones excepcionales y tan solo había que dejarse llevar y disfrutar del espectáculo que ofrecía la propia montaña. La velocidad a la que bajaba, el aire en la cara, el equilibrio y la pericia que había que tener para coordinar piernas y brazos le produjeron una inmediata sensación de gozo y bienestar. Se sentía libre. ¡Por unos segundos solo dependía de él! Por no hablar de la adrenalina que le provocó ir detrás de todo un campeón y de la conexión inmediata que notó con la naturaleza. Formaba parte de un todo superior que lo hacía sentirse pequeño en aquel mar inmenso de nieve. El espectáculo ante sus ojos era tan único y especial que lamentó no poder compartirlo con Fabiola. Ahí, solo en la inmensidad de la nieve, tuvo la certeza de que la amaba.

—¡La quiero! —dijo en voz alta, sabiendo que nadie lo escuchaba, incluido Émile—. ¡Sí, la quiero! —repitió a voz en grito mientras seguía el descenso.

Se sintió aliviado de poder lanzar su pensamiento a los cuatro vientos. Pero con Fabiola sabía que había que darle tiempo para que madurara y creciera el mismo sentimiento hacia él. Estaba seguro, igual que Veronica O’Brien, que era ella y nadie más que ella quien podía hacerlo feliz.

Al terminar el descenso, celebraron el reto conseguido. Balduino se lo agradeció mucho a Émile, con el que quedó para comer junto con su hermana, su cuñado y los invitados. Precisamente, el lugar elegido estaba situado al pie de las pistas, en el restaurante del mismo hotel donde se alojaba Fabiola, en el Rond-Point des Pistes, dentro del área de los Tres Valles. Por fuera y por dentro era todo de madera. Tenía una gran chimenea en la que los esquiadores solían arremolinarse para entrar en calor mientras saboreaban una taza de vino caliente. Aunque era deportista, Fabiola no esquiaba. Le parecía que ya era tarde para aprender a guardar el equilibrio sobre la nieve. Tenía miedo a una mala caída y a fracturarse una pierna. Bastante había tenido la familia Mora y Aragón con la caída del paterfamilias, que resultó ser mortal. Por eso, no se atrevió a ponerse unos esquíes y recibir clases. Prefirió gozar de las vistas y de esa sensación de calma que imponía la montaña. Rezó y pensó en su futuro.

Al regreso de Balduino y después del vino caliente, salieron a dar un paseo. El rey le contó parte de la experiencia que había tenido al bajar por la montaña.

—Fabiola, tengo la seguridad que eres tú la persona que necesito en mi vida.

—Gracias. Resulta bonito oírte decir eso.

La única duda de Fabiola era si en tan poco tiempo había llegado Balduino a conocer su pensamiento y enamorarse de verdad. Le preocupaba la conveniencia de que el rey tuviera que contraer matrimonio bajo presión. Eso a ella la echaba para atrás.

—¿Tienes muchas dudas? ¿Cómo podría abrirte mi corazón? —le preguntó Balduino.

—Una decisión que va a condicionar el resto de nuestra vida merece reflexión. Debemos aislarnos de las conveniencias y de lo atractivo que tienen un noviazgo y un enlace. Necesitamos profundizar en nuestros sentimientos, Balduino.

Se lo dijo parándose en el paseo y mirándolo a los ojos. Fabiola no se dejaba arrastrar por el hecho de que él fuera rey.

—Entiendo lo que dices y comparto contigo la idea. Tienes razón.

—Somos dos personas comprometidas con nuestro tiempo, con nuestra sociedad y con nosotros mismos.

La firmeza de las convicciones de Fabiola le gustó a Balduino. El viento comenzó a soplar y caían copos de nieve cada vez más grandes. Parecía una estampa idílica, sacada de un cuento de hadas. Balduino la envolvió con su brazo derecho y se pusieron a correr. Se habían alejado mucho y tuvieron que refugiarse bajo el soportal de un edificio a pocos metros del hotel.

—Pues sí que ha cambiado el tiempo. Hemos pasado de un sol precioso a unas nubes que han cubierto el cielo por completo y han provocado una nevada como hacía tiempo que no contemplaba.

—¡Qué maravilla vivir ahora este momento! Me pregunto si no te arrepentirás de haberte fijado en una persona que no tiene sangre real —le dijo Fabiola.

—La gente de la realeza ya se casa con quien quiere… Mira a Grace Kelly, la actriz que conoció al príncipe Raniero en un festival de cine, en Cannes. Hoy es la princesa de Mónaco y lo está haciendo con un gran sentido de la responsabilidad. Lo importante es el amor, no las relaciones de conveniencia. Insisto, el amor. Las bodas de conveniencia ya han quedado atrás. Mi padre siempre se ha casado por amor. Con mi madre, la reina Astrid, y después con Lilian, la princesa de Réthy, que durante varios años nos cuidó a mis hermanos y a mí como si fuéramos sus hijos. En ese tiempo ha tenido que escuchar de todo. Se han dicho de ella cosas…

—¿Qué crees que dirían de mí si, finalmente, diéramos el paso?

—Son otros tiempos. Solo pueden decir de ti cosas buenas. Es que mi madre dejó mucho poso en la población y no le perdonaron a mi padre que se volviera a casar. A Lilian la han tratado con crueldad, han dicho de ella que tenía una ambición desmedida. El pueblo tampoco le perdonó a mi padre que se casara con ella de forma secreta, primero por lo civil y después por la iglesia, contraviniendo todas las leyes del país. Luego nació Alejandro y posteriormente fuimos deportados a un exilio forzoso. Las tropas norteamericanas nos liberaron, pero, cuando acabó la guerra, mi padre no pudo volver a reinar. Después de nacer mi hermana María Cristina, mi padre abdicó en mí. Pero han seguido diciendo barbaridades de ella.

—Creo que debes gobernar solo pensando en hacer el bien y no en lo que dirán o no dirán de ti y de los tuyos.

—Es verdad, pero a veces las mentiras crecen tanto que se convierten en certezas para muchos. Entendería perfectamente que no quisieras vivir con esa presión. Ciertamente tendrías que estar muy segura de tus sentimientos.

Regresaron para comer y Josefina Carlota, más relajada que el día anterior, le hizo preguntas a Fabiola que ya estaban más relacionadas con su forma de ser. Hablaron de literatura, de cine y hasta de comida. Cuando regresó Fabiola a su habitación, tenía la sensación de haber superado la primera prueba. Comprendía que Josefina y ella se habían caído bien. Se tumbó en la cama y así la pilló Mari Luz cuando fue a verla.

—Todo sigue adelante. Creo que he superado una prueba importante: el visto bueno de su hermana mayor, a la que tiene en alta estima. Pienso que mañana estaré más relajada. ¡Qué complicado está siendo todo!

—Yo sabía que jamás te enamorarías de cualquier persona. Por lo que me cuentas, parece que estáis hechos el uno para el otro. Solo tienes que fijarte en el ser humano que se esconde detrás de su nombre y de su cargo.

—Eso hago, Mari Luz, y te confieso que cada vez me siento más unida a él, pero no se lo digo para que no crearle falsas ilusiones ante un futuro que ninguno de los dos somos capaces de vislumbrar.

Después de un rato haciéndose confidencias, las hermanas se despidieron hasta el día siguiente. Fabiola se quedó dormida inmediatamente. Estaba agotada al tener la sensación de estar de forma permanente a prueba.

Al día siguiente, madrugó para ir a misa a la capilla de Nuestra Señora de las Nieves, y allí estaba Balduino. Les gustó a los dos la coincidencia. Se sentaron juntos y rezaron. Tras el oficio religioso, el rey le dijo que se iría a esquiar a unas pistas nuevas con el campeón Allais. Le contó que este esquiador había recorrido el mundo inspirándose en lo que había visto en Estados Unidos para crear pistas lisas y seguras. Incluso se había traído una máquina pisanieves de allí.

—Es un adelantado a su tiempo. Ha señalizado los bordes de las pistas con balizas para que los esquiadores no bajen por lugares peligrosos. También ha instalado remontes y ha comprado autobuses para que los desplazamientos sean mejores y más sencillos.

—No te había visto nunca tan eufórico. Realmente estás disfrutando con este viaje.

—Para mí lo tiene todo, porque además estás tú, podemos hablar y pasar un tiempo juntos.

Se despidió de Fabiola con un beso en la mejilla y la sensación de que las palabras que expresaban cara a cara, más allá de las cartas, los estaban uniendo; al mismo tiempo, habían logrado esquivar con gran acierto a los fotógrafos. Se sentían una pareja más, dos personas maduras intentando conocer sus verdaderos sentimientos.

Allais esperaba a Balduino por la pista del Bouc Blanc, situada en la zona de La Tania, en Courchevel. Una pista técnica y rápida. A la mitad del recorrido, después de bajar desde la cima Eclipse, Balduino, más confiado que el día anterior, tropezó y acabó en el suelo rodando varios metros. Allais, cuando se dio cuenta, paró e intentó socorrer a Balduino, que se quejaba de un pie.

—No sé qué me ha pasado, pero creo que me he roto algo.

—Tranquilo. Ahora mismo vendrán a socorrerle.

Allais bajó la pista a toda velocidad y pidió ayuda a los servicios de emergencia. Finalmente, un equipo de socorristas accedió hasta la mitad de Bouc Blanc con una camilla y así pudieron trasladarlo hasta el hospital de Moûtiers, donde le efectuaron la primera exploración radiológica. Necesitaban saber exactamente el alcance del golpe para descartar que hubiera que operar.

Josefina Carlota fue informada de inmediato y llamó a Fabiola al hotel del Rond-Point des Pistes. Esta se quedó sin habla y posteriormente se echó a llorar. Le pidió a la duquesa que la mantuviera informada. Ya no se movió de la habitación para esperar la llamada. Por fin sonó de nuevo el teléfono.

—¿Fabiola?

—¡Balduino! ¿Cómo estás? —dijo con preocupación.

—¡Tranquila, estoy bien! He tropezado con algo y me he caído al suelo. Lo que se dice mala pata.

—¿Te has roto algo? —continuaba, nerviosa.

—Un milagro, no me he roto nada. Se trata de un esguince. No es grave. Tendré que llevar un vendaje de compresión y, lo típico, ponerme hielo y poco más. Me han hablado de reposo, pero en mi caso es imposible.

—Lo importante es que no te has roto nada.

—Es cierto. ¿Sabes lo malo? El médico ha tenido que dar parte de mi accidente y ya lo sabe todo el mundo en Bélgica. Me temo que se acabó la tranquilidad.

—Eso es lo menos importante. ¿Te podré ver?

—Sí, por supuesto, pero tendrás que venir camuflada en el coche de tu cuñado, junto a tu hermana, a la casa en la que nos alojamos.

—¡Eso haremos!

Para cuando apareció Fabiola por el chalet con Mari Luz y su marido, José María, el rey Balduino estaba sentado en un sillón con el pie en alto respondiendo a las llamadas de su padre, del primer ministro belga y hasta del prefecto de Saboya, que desconocía que el rey de los belgas era huésped de su jurisdicción. A los pocos minutos había unos gendarmes en la puerta de la casa y, dos horas más tarde, los fotógrafos de distintas agencias y revistas especulaban sobre quién salía y entraba en La Parva. Hablaban de diferentes princesas que lo visitaban. Nadie especuló con la presencia de Fabiola. Era absolutamente desconocida para la prensa. Eso les dio algo de margen de libertad.

Fabiola lo visitó cada día. Pasaba la jornada completa junto a él. Había un piano y tocaba melodías. Le acercaba la comida y la cena. Josefina Carlota percibió que estaba enamorada, aunque no se lo reconociera a su hermano. Cuando finalmente se despidieron, porque el monarca debía regresar a Bélgica, Fabiola lloró. Sintió que, desde ese viaje, ya nada sería igual. Necesitaba estar a su lado. Le pareció que algo se rompió en su interior al separarse. ¿Sería eso amor?, se preguntaba.

Margot y Parker acudieron a la cita con Dubois en la sala del Carré d’Artistes, en París. Iban con la incertidumbre de si el pintor era a quien realmente buscaban o volvería a aparecer el hombre del hotel. Cuando los vio el encargado, rápidamente llamó al dueño. A los cinco minutos, Antoine Beauvoir entraba por la puerta de la sala de arte. Los dos miraron a un lado y a otro y no vieron ni al suplantador de Dubois ni al verdadero por ninguna parte.

—Sé que han quedado ustedes con el pintor. Estará al llegar. De modo que definitivamente quiere encargarle un cuadro de su señora.

—Eso es. Tengo esa ilusión —contestó Harry.

Hicieron tiempo mirando los cuadros que se exponían, como si tuvieran interés por esa pintura que ya habían visto hacía unos días.

Media hora después de llegar allí, apareció aquel hombre de voz grave que se hacía llamar Pierre Labarque junto con una persona corpulenta vestida con un chaquetón marrón con coderas. Ataviado con gorra de marinero y bufanda negra, se quedó hablando con el dueño de la galería.

—Perdonen el retraso, nos ha sido imposible venir antes.

—Perfecto. Sin problemas —dijo Parker.

—Un segundo, que voy a pedir que nos deje el dueño su despacho.

Monsieur Labarque se fue a donde estaban hablando el dueño y la persona que había llegado con él, quien no parecía tener prisa por conocerlos. Al rato, les pidió que los siguieran hasta la oficina, donde estarían más cómodos. La gorra de aquel caballero, con la visera hacia abajo, le impedía a Margot verle bien la cara. Su antipatía consiguió que no se esforzara por intercambiar unas palabras con ellos. No obstante, a la detective le pereció que su nariz, igual que su boca, eran anchas. Recordó que, en la foto que llevaba encima, Ángel Torres tenía unos rasgos parecidos.

—Por favor, siéntense. —Seguía Labarque llevando la voz cantante—. Aquí tienen al gran pintor Charles Dubois.

—¡Por fin le conocemos! Un verdadero placer.

Harry Parker extendió la mano y el pintor se la estrechó demasiado entusiasmado y sin abrir la boca.

—Les presento a mi mujer. —No quiso decirle su nombre.

Margot esperó sin hacer ningún ademán hasta que le ofreció la mano y ella correspondió con la suya. Fueron fracciones de segundo, pero vio sus fríos e inexpresivos ojos. Un escalofrío recorrió su cuerpo. ¡Era él!, se dijo a sí misma, camuflado bajo esa gorra y esa apariencia bohemia. La joven le sonrió y él hizo una mueca con la que parecía que le devolvía la sonrisa. Finalmente, el pintor apartó la mirada.

Daba igual. Lo tenía tan estudiado que sabía que se trataba del secuestrador de la mujer que llevaban cinco años buscando. Intentó guardar la calma, pero el corazón se le salía por la boca.

—El maestro le hará unos bocetos, lo digo por si quiere posar así vestida —se dirigió Labarque a ella.

—No, no, he traído otro traje con el que me gustaría que me retratara. ¿Me cambio ya?

—Sí, sí. Mientras, hablaremos su marido y yo de negocios.

Torres, ahora Dubois, esperó a que Margot saliera del despacho con el bolso grande en el que llevaba el traje que se iba a poner y se levantó sin excusarse para dejarlos solos. Evidentemente, el pintor no deseaba entrar en esas negociaciones. Parker dobló el precio en base al otro cuadro que ya había pagado él.

—Teniendo en cuenta que es un encargo, creo que es justo que pague la diferencia —afirmó Parker.

—¡Con usted es fácil entenderse! ¡De acuerdo!

Harry solo pensaba en Margot y en que ese dinero sirviera para poner punto final a este caso. Y Margot, mientras se vestía con el traje negro palabra de honor con el que iba a posar, daba vueltas a la detención de Torres. Sabía que Francia no iba a ayudarlos a la hora de detenerlo y trasladarlo a España. Necesitaban antes localizar a Almudena y liberarla. La única opción que tenían era ganarse su confianza y llegar hasta el piso en el que vivían juntos. Tragó saliva y, una vez vestida, se dispuso a salir del baño. Entró al despacho a la vez que el pintor. Se hizo un silencio en la estancia. Estaba realmente bella con el pelo recogido y el traje mostrando los brazos y hombros desnudos.

—¡Siéntese, señora! —le pidió Labarque.

Ángel Torres, camuflado bajo la gorra, se acercó y comenzó a tomar notas en un cuaderno. Con una gran maestría, hacía un boceto, y otro y otro más, mientras Labarque hablaba con Margot.

—¿Ha pensado con qué objeto quiere ser retratada?

—Sí, con esta pipa que pertenecía a mi padre. —La sacó del bolso que tenía cerca—. Me hace ilusión que haya algo de él y algo de mi madre. Estas horquillas con pedrería —se señalaba el pelo— son de ella. Me encantaría que también salieran en el cuadro. Así de alguna manera estarían los dos presentes.

La habían sentado en un taburete, y allí, solo pensando en detener al que se hacía pasar por Dubois, lo miraba fijamente mientras seguía dibujándola.

—¿No viven sus padres? —preguntó Labarque.

—No, murieron en un accidente cuando yo era muy pequeña. Me crie en Londres con mis tíos.

Ángel Torres la pintaba a carboncillo compulsivamente. No hablaba, pero no era necesario. Parker se dio cuenta por la mirada de Margot que habían dado en el clavo y se trataba del pintor que buscaban desde hacía tantos años. Era un hombre corpulento. Más fuerte de lo que parecía en la foto que les había proporcionado su exmujer.

—Sí que dibuja usted rápido. ¿Me deja ver los bocetos? —comentó Parker.

El pintor se acercó y le fue enseñando todos los que había hecho.

—Usted dibuja muy bien.

—¡Gracias! No tiene mérito. Es simplemente oficio.

Esas primeras palabras pronunciadas por el pintor, ya más relajado, reconfirmaban que era él. Hablaba en un perfecto español, sin ningún tipo de acento.

—Me gustaría que retratara el alma de mi esposa —hablaba Parker al pintor para disimular.

—Eso es ir más allá de la técnica. Su mujer poco a poco deberá ir liberando sentimientos para que yo los capte. Se trata de una simbiosis entre el pintor y su musa. Un diálogo íntimo entre ella y yo.

Le pareció a Parker que intentaba flirtear con Margot de forma descarada. Sin embargo, la joven detective pensaba que así es como habría ido engatusando y conquistando a Almudena, con palabras y más palabras grandilocuentes. Se acordaba de la frase que había encontrado en uno de sus botines: «Al menos que el amor nos salve. ¡Huyamos!». Margot, mientras tenía este pensamiento, solo lo miraba sin pronunciar palabra.

—¿Cuándo podrá tener el cuadro? —preguntó Harry.

—Dos meses después de mi exposición en abril.

—Hablamos entonces del mes de junio. Está bien, ¿podríamos venir antes a la inauguración de su exposición? Queremos ver su obra.

Tomó parte de la conversación el dueño de la sala, que apareció por allí.

—Están ustedes invitados. Si me dejan una dirección.

—Por supuesto —dijo Parker. Dio la calle de la embajada, el número 39 de Chesham Place, en Londres, y su apellido sin decir nada más. Sabía que con su nombre sería suficiente para que le llegaran las cartas allí.

Fueron cogiendo confianza y Ángel Torres, ahora Dubois, se quitó la gorra. Margot, con sus enormes ojos, seguía pendiente de él y continuó sin abrir la boca.

—¡Suficiente por mi parte! —dijo Torres.

Comprendieron tanto Margot como Parker que no podían irse de allí sin que les diesen algunos datos sobre ellos. Alguna seña. No debían dejarlos escapar sin más.

—¿Podemos escribirles directamente en estos meses? Me gustaría poder hacerlo —insistió Parker.

—¡Aquí, a la galería! Piense que los artistas cambiamos constantemente de domicilio. ¡Qué les voy a contar que no sepan! A la galería Carré d’Artistes, y monsieur Beauvoir nos lo hará llegar —salió Labarque al quite.

—Me gustaría quedarme con esos bocetos cuando acabe.

—Los bocetos se los regalaré cuando termine mi trabajo —le respondió Torres.

—¡Gracias! Se lo agradezco mucho.

Los dos recogieron sus cosas y se despidieron con un simple «¡hasta pronto!». Parker y Margot tuvieron que aguantar en la sala todavía unos segundos más. Observaron ambos la dirección que tomaban al salir el pintor y el ayudante. Margot y Harry se despidieron a toda velocidad del dueño de la galería e intentaron ir tras los pasos de Torres y su compinche. Procuraron seguirlos a distancia para que no los vieran. Recorrieron tres calles y se introdujeron en un edificio que tenía una tienda de ultramarinos en la planta baja. Desde la distancia, tomaron nota del lugar. Margot y Parker se preguntaban si ese sería el lugar donde tendría Torres retenida a Almudena Pimentel. No podían provocar su huida con movimientos torpes. Debían seguir manteniendo ese contacto a través del arte. Sabían que su detención era cuestión de tiempo.

 

23

Cruce de cartas

Fabiola regresó a Madrid como en una nube. Había sido la primera vez, desde que empezó toda esa locura en la que se vio inmersa, que sintió que había conectado con el alma de Balduino. El hecho de que no se pudiera mover a causa del esguince y tuviera que guardar reposo consiguió que ellos hablaran y hablaran sin parar. Se abrieron el uno al otro con total transparencia y sinceridad. Fabiola le hacía preguntas sin parar y él respondía con sinceridad. Balduino se dio cuenta de que era muy reflexiva y que le lanzaba preguntas con la única intención de conocerlo. Se sentía cómodo a su lado y muy reconfortado por los oportunos comentarios de Fabiola sobre todos los temas que abordaban. A los dos les costó separarse, pero las obligaciones del rey lo conminaban a regresar a Bélgica lo antes posible. El gobierno belga había pensado que otro viaje relámpago de Balduino al Congo, donde estaba la situación cada vez más difícil, podría sosegar los ánimos de los congoleños.

No tardaron en regresar las cartas a su vida cotidiana, y cada vez eran más extensas y largas. Balduino le mostraba su preocupación: «En mi anterior viaje al Congo, la gente me llamaba Bwana Kitoko, «el encantador hombre blanco». Sinceramente, no sé cómo me recibirán ahora que el gobierno belga ha dado con una solución transitoria, un margen de cuatro años para su independencia. Temo un baño de sangre, porque me parece un tiempo muy prolongado». En otra carta le expresaba que los nacionalistas congoleños, como se temía, consideraban esa transición demasiado larga: «Desde aquí prevén un primer gobierno para el otoño, presidido por un gobernador en mi nombre. Bélgica desea seguir administrando el país, pero los partidos congoleños no han tomado parte en esta decisión». Balduino parecía visionario: el Movimiento Nacional, presidido por Patrice Lumumba, había decidido no colaborar con Bélgica, tampoco deseaba participar en las elecciones y promovía el divorcio entre ambos países. Le recomendaron a Balduino no viajar. No era oportuno y las revueltas cada vez eran más violentas. «¡Cómo echo de menos tu presencia!», le llegó a decir.

Ambos se contaban todo lo que les pasaba en el día a día. Fabiola intentaba tranquilizarlo y aplaudió la idea de esperar a que se calmaran los ánimos antes de volver a viajar allí. Realmente, sus cartas eran un resumen del día que habían vivido y también un lugar donde expresar sus pensamientos con libertad.

Fabiola además volcaba todas sus vivencias en otro lugar, su diario. Las páginas en blanco se llenaban de sentimientos, de certezas y también de dudas. En él, desnudaba su alma con una caligrafía redondeada y perfecta. Le servía para descargar el peso que llevaba en la espalda sin poderlo compartir con nadie. Ni tan siquiera con el padre Cavestany. Había cosas que decidió mejor guardarlas para ella misma. La ternura y la forma de ser de Balduino la habían conquistado. Solo quería averiguar si el hecho de ser rey pesaba en exceso en su decisión.

Mientras el tiempo transcurría, ella seguía con su día a día, yendo a sus actos solidarios y poniendo la mejor de las sonrisas a los ancianos por la mañana. Por cierto, la mayoría le dijeron que la habían echado de menos en ese viaje tan prolongado a los Alpes. Tampoco faltó ni un solo día a su cita, al final de la tarde, con su madre. Estuvo tentada de decirle algo, pero prefirió no hacerlo por si toda esa situación no llegaba a buen puerto. Su madre le habló de la vidente a la que más consultaban sus amigas, María Gracia Céspedes.

—Me ha comentado Jaime que la vidente que vino aquí a predecir el futuro a Ramona también le dijo a tu hermano que en esta casa vamos a ver un terremoto.

—¿Un terremoto? —preguntó preocupada Fabiola.

—Sí, en el sentido figurado. Algo va a pasar en la familia que va a poner todo del revés. ¡Ah, también le ha dicho a Manuela que veía una corona! ¿Qué habrá querido decir?

Fabiola se quedó lívida y se tomó la sopa con excesiva rapidez. A los pocos segundos comenzó a toser convulsivamente. No creía en adivinos, pero, en esta ocasión, la vidente había visto algo que todavía su corazón no había decidido. Cuando pudo hablar, intentó tranquilizarla.

—Hay muchos tipos de terremoto. Alguno incluso puede ser positivo, si lo que va a traer a la familia es un cambio para bien —llegó a decir Fabiola.

—Hija, ¿qué quieres decir?

—Pues, si estamos hablando en el sentido figurado, todos los cambios son buenos.

—¿Tú crees? Desde que me lo ha dicho tu hermano, me quita el sueño. Esta vidente es muy buena. Amiga de nuestra Manuela. Dice que colabora con la policía.

—Sabes que yo no creo en videntes… ¡Tranquila, mamá! No nos va a ocurrir nada. —Se levantó de la silla y le dio un beso.

En cuanto terminó la cena y rezó el rosario con su madre, se despidió hasta el día siguiente. Necesitaba pensar, meditar. ¿Qué estaba ocurriendo en realidad? Al abrir la puerta de la calle para salir, la esperaba el mayordomo, Enrique, que prácticamente no veía y que vivía con ellos acogido como uno más de la familia.

—Señorita, intuyo que tiene muchas mariposas en el estómago. Son muchos años a su lado y algo importante le está sucediendo. ¿Me equivoco?

Otra vez se quedó por unos segundos sin palabras. ¿Tanto se le notaba?, se preguntaba.

—No, no se equivoca, pero es muy pronto para decir nada. ¿Podrá guardarme el secreto?

—¡Soy una tumba! Espero que sea para bien. Si va a ingresar en un convento, lo sentiremos mucho, porque nos alegra con cada visita.

—¿Se refiere a las mariposas de la vocación religiosa?

—¿Qué otra, si no?

Fabiola respiró hondo.

—Ciertamente, alguna vez me lo he planteado, pero no. Tranquilo. No voy a ingresar en un convento. No renuncio a llenar de chiquillos esta casa, como han hecho mis hermanos.

—Eso me tranquiliza. La notaba más reservada y pensaba que por dentro las mariposas no la estaban dejando tranquila.

Fabiola notaba que el peso de la decisión que debía tomar cada vez pesaba más sobre sus hombros. Durante el camino de regreso, se dio cuenta de que la situación no se podía alargar en el tiempo. Sin embargo, estuvo durante varios días sin querer pensar demasiado en lo que estaba sucediendo y decidió volcarse con las familias que necesitaban ayuda económica. Fue con su mecánico, Hipólito, a los suburbios de Madrid, donde pocas personas se atrevían a pasar. Fabiola sí. Visitó a familias enfermas y les llevó medicamentos. A madres con bebés que no podían amamantar a sus hijos, les hizo llegar un enorme surtido de botes de leche en polvo para los chiquillos. De esta forma, no pensaba, no le daba vueltas a la cabeza. Sin embargo, cuando se sentaba frente a los folios en blanco que escribía cada noche a Balduino y frente a su diario, en el que volcaba con profusión de datos sus vivencias, regresaban las preocupaciones, las mariposas que había detectado el mayordomo.

Un día recibió una carta con el matasellos del Gran Ducado de Luxemburgo. Al abrir el sobre, le temblaban las manos. Leyó la carta escrita a mano por la hermana de Balduino, Josefina Carlota, que la invitaba a pasar unos días en ese pequeño país, rodeado por Bélgica al oeste y norte, Alemania al este y Francia al sur. Le decía que tanto su padre, Leopoldo III, como la reina madre, Isabel, viuda de Alberto I, estaban deseando conocerla. «¿Qué tal para abril?», le sugería.

Fabiola se dejó caer sobre la cama de su cuarto con la invitación en la mano. ¡Eran palabras mayores! La invitaba a conocer al resto de la familia real no en Bélgica, donde estarían más vigilados, sino en Luxemburgo. Siempre la familia de Balduino intentando sortear los rumores de la corte y a los periodistas belgas. Fabiola le respondió rápido diciéndole que se sentía muy honrada. Tuvo la tentación de llamar a su madrina, la reina Victoria Eugenia, para pedirle consejo, pero finalmente siguió con la discreción que hasta ahora estaba ayudándola. ¡Cuanto menos supiera todo el mundo, mejor!

Le preocupaba la excusa que ahora le pondría a su hermano para poder viajar a Luxemburgo. Pensó que lo mejor sería decirle que la había conocido en su estancia en Courchevel y que ahora la invitaba a pasar en Luxemburgo unos días. Estaba convencida de que esta verdad a medias le permitiría de nuevo ver a Balduino y conocer a toda su familia. Se puso realmente nerviosa.

Cuando llegó su amiga Pilar Sástago, ya entrada la noche, la encontró alterada. Fabiola necesitaba desahogarse con su confidente.

—Una vez que dé este paso, va a ser muy difícil dar marcha atrás. ¿Eres consciente?

—Completamente. Ahora, te voy a confesar que me encantaría que una amiga como tú fuera reina. A pesar de que los reyes están llenos de compromisos y no creo que puedan ver a sus amigos cuando les plazca. 

—No digas esas cosas. Si al final diera el paso, tú tendrías siempre las puertas abiertas de mi casa. Me angustia todo lo que conlleva irme de España: separarme de mi madre, de mis hermanos, de ti… Y otra cosa que me preocupa: ¿estaré a la altura de lo que todo el mundo espera de mí?

—¡Por supuesto!

Fabiola siguió con sus clases de flamenco; quería llegar a la cita de Luxemburgo al menos con el idioma básico para sorprender a la abuela, al padre de Balduino y a la princesa de Réthy, su esposa. Durante días, preparó el viaje, sus trajes, los detalles que quería llevar a los anfitriones…, aunque lo más importante quedaba por resolverse: arrancar la aprobación de su hermano Gonzalo para ese viaje.

Cuando lo vio en casa de su madre, el primer domingo en el que casi todos los hermanos se acercaron a compartir uno de los guisos de la cocinera de la casa, le dijo:

—He recibido una invitación de la gran duquesa de Luxemburgo, a la que conocí en Courchevel, para ir a su palacio en abril. Confío en que no te parezca mal, Gonzalo.

—¿Otro viaje? ¿No son muchos viajes seguidos?

—Hermano, eres un antiguo. ¿Y a ti que más te da? ¡Como si se quiere ir a China! —comentó Jaime.

Por primera vez, su hermano Jaime apoyaba sus intenciones. Se lo agradeció muchísimo con una sonrisa. El resto de los hermanos secundaron la opinión de Jaime, que aprovechó la circunstancia para decir que ya había llegado el momento de viajar a Torremolinos y Marbella, como ya les había avanzado en otra reunión familiar. Le habían pedido prestar su imagen para activar la Costa del Sol entre los aristócratas, simplemente dejándose ver por allí.

—Eso no sé yo si va a tener mucho éxito. Desplazar al norte va a costar. Todo el mundo viaja a San Sebastián, a Zarauz, incluso a Santander, pero ¿al sur?

—Sí. Hay inversores que quieren intentarlo. Los hoteles La Roca y Pez Espada se están haciendo un hueco en el turismo de lujo, y se están abriendo campos de golf. El de Torremolinos ha logrado hacerse con una reputación importante. No es raro ver a actores de renombre por esos parajes.

—Falta clase, ¿no crees? —le dijo Gonzalo.

—Pues el marqués de Ivanrey y su sobrino, Alfonso de Hohenlohe, quieren ponerlo de moda entre los aristócratas y las personas con mucha pasta —dijo Jaime.

—¡Cuidado con poner tú dinero! Nosotros, si tienes pérdidas, no te vamos a ayudar.

—No os pediré ni una peseta. ¡Ya me pediréis vosotros a mí participar en el oasis en el que van a convertir aquello! De todas formas, ahora iré para impulsar la noche. Hay mucho americano y pocos que sepan hablar idiomas.

Fabiola respiró hondo. Enzarzados en otra conversación, su hermano implícitamente le había dado permiso. Máxime con una invitación que procedía del Gran Ducado de Luxemburgo. Lo prepararía todo, aunque antes tenía que hablar con Balduino para encontrar la fecha que les encajara bien a todos. Estuvo ausente durante toda la conversación de sus hermanos.

Margot llegó sola a la comisaría después de su viaje a París. Habían conocido al pintor Ángel Torres. Sus ojos lo delataron, junto con su nariz y boca anchas. No pudieron hacer otra cosa que seguirlo y observar hacia dónde se dirigía con su ayudante. Sentían que estaban cerca de Almudena y esperarla era la mejor opción para encontrarla. Pero sus respectivos trabajos no les permitieron permanecer más tiempo en la capital francesa. Parker había regresado a su trabajo como jefe de seguridad en Londres y ella volvió a Madrid como aprendiz de detective, sin dejar de colaborar con la policía, además de su otra faceta como periodista de moda y de sucesos. Se separaron con la idea de regresar a París juntos en primavera, aprovechando la exposición del pintor.

No pudo reprimir su euforia: «¡Lo tenemos!», le dijo a Gutiérrez mientras dejaba su bolso sobre la mesa que compartían. Saludó a todos con una sonrisa y se fue a hablar con el comisario.

—¡Buenos días! ¡Creo que esta vez no se nos va a escapar! —le dijo Margot desde la puerta con una sonrisa.

—Me alegra oírle decir eso. Pase y cuénteme.

—¡Lo tenemos! Parker encargó que me hiciera un retrato y ha picado el anzuelo. Antes tiene una exposición en París en el mes de abril, cuando volveremos a verlo. Es demasiado tiempo de espera. ¿Podemos conseguir una orden para detenerlo y extraditarlo? Almudena sigue en peligro.

—Ahora mismo, no. La policía, en general, no puede detener a una persona en un país que no sea el suyo, porque cada país es soberano y tiene su propia legislación sobre detenciones. No podemos hacer arrestos directos, pero sí realizar una petición de cooperación para localizar a personas buscadas aquí. Lo malo es que la decisión final siempre será de las autoridades locales, y eso lleva su tiempo.

Se quedó pensando, y Margot tomó de nuevo la palabra.

—¿Si no le detenemos a él, pero llegamos a donde se encuentra retenida Almudena y la liberamos?

—Si ella quiere ir con Parker y usted de manera voluntaria, estupendo. Lo malo será acceder a donde ella permanece recluida. ¿No dice que la tiene retenida contra su voluntad?

—Sí, y además sabemos que está embarazada. ¡Desea volver a España! Bueno, esa es mi reflexión por las pistas que ha ido dejando.

—Demos con ella y luego ya veremos hasta dónde podemos actuar. Ya es mucho que lo hayan localizado.

—Bueno, se hace pasar por otra persona y a su vez tiene un compinche.

—Mira que es retorcido. ¿Cuándo tratarán de localizar a Almudena?

—En abril, en la celebración de su exposición. Ese será nuestro momento, pero antes, con amistades del detective Cerezo, intentaremos vigilar la casa por si se la ve en algún momento.

—¡Pues a organizarlo todo! Si la encuentran, sería un rotundo éxito para la brigada. Vayan con mucho cuidado. No nos podemos arriesgar a perder la pista de nuevo. A veces, ir más despacio trae resultados seguros y eficaces.

Margot salió del despacho igual de sonriente que había entrado. Gutiérrez la felicitó; sin embargo, Morales se encargó de desinflar la euforia que sentía.

—¡No tienes nada, joven! ¿Acaso has detenido al pintor?

—No. No se le puede detener en otro país… de momento. Tiempo al tiempo.

—Este caso nació mal y terminará peor.

Margot lo miró y se sentó en la mesa de Gutiérrez sin seguirle el juego. Cualquier dato que le diera podría saberlo el diario El Caso y echar por tierra todas sus averiguaciones.

Durante semanas estuvo dándole vueltas al final de ese asunto. Se lo planteó también al detective Vicente Cerezo, que era partidario de inmovilizar a Torres en su piso de París y salir huyendo con Almudena Pimentel. Era más arriesgado, pero así resolverían el tema.

Margot le contó que pudieron llegar hasta él haciéndose pasar por un matrimonio interesado por la pintura. El detective Cerezo, que no era nada ortodoxo en los procedimientos con tal de resolver los casos, se ofreció a acompañarlos en el próximo viaje a París.

—Puedo ayudar desde lejos. Primero, yendo por mi cuenta a la exposición y no perdiéndolo de vista. Vosotros tenéis que seguir aparentando ser un matrimonio. Seguirlo, tras terminar todo, puede poner en riesgo la operación. El seguimiento lo tengo que hacer yo.

—Tienes razón. Puedes ser de mucha ayuda. Si nos ve seguirlo, se iría todo al traste.

Durante días estuvieron planificando la maniobra que deberían poner en marcha para localizar a Almudena Pimentel en París. Ese era el objetivo, que regresara a España con su familia. Margot llamó al domicilio de los marqueses de Montero y le dijo a su madre, Silveria Ramón, quien se puso al teléfono, que ya tenían localizado al pintor. La madre, que llevaba tanto tiempo sin verter una sola lágrima, se echó a llorar. Cuando pudo hablar, le preguntó:

—¿Saben si está bien mi hija?

—A ella todavía no la hemos visto. Sabemos, por lo que nos han dicho algunas personas, que podría estar embarazada.

—¿Cómo dice?

Hubo un silencio en el teléfono.

—Creemos que su hija está embarazada y que ahora la tiene retenida sin dejarla salir.

—¡Mi niña! Por favor, ¡deténganlo!

—No podemos. Hay que mantener la calma. Regresaremos con todo un operativo para rescatarla. Lo tenemos localizado. No podemos dar pasos en falso y que vuelva a salir huyendo y les perdamos de nuevo la pista. Estamos casi seguros de que su hija quiere volver, y ese es un dato muy importante para nosotros.

—Por favor, manténgame informada.

—Eso haremos.

Margot, tras colgar, se prometió a sí misma que traería a Almudena de vuelta a España.

Mientras, en casa, sus «guardianas», por su optimismo, entendieron que se estaba acercando el final del caso de la joven desaparecida. Tampoco le debía haber ido mal con Parker, y así se lo preguntó Sátur. Camila sabía que de sus temas privados no le gustaba hablar.

—¿Qué tal te ha sentado hacer de mujer de…? —le guiñó un ojo.

—¿Sinceramente? No me ha gustado nada. No soporto hacer de mujer de Parker ni de nadie. Ha llevado permanentemente la voz cantante. Además, todo el mundo se dirige a él como si yo no existiera. Terrible cómo nos tratan a las mujeres.

—¿Y Parker? —insistió Sátur.

—Bien, sin más. Parece no tener mucho interés en mí. No sé. Su comportamiento es realmente extraño. Ha pasado de no dejarme en paz —no les dijo lo del beso por las calles de Madrid— a estar frío como un témpano de hielo. No sé qué ha podido pasar. Pero reconozco que así me gusta mucho más.

—¡Qué raras somos las mujeres! —llegó a decir Sátur—. Cuando no nos hacen ni caso, nos gustan más los hombres. ¡Ver para creer!

 

24

El viaje más difícil

Cuando Fabiola puso los pies en Luxemburgo, llevaba dos días de viaje. Primero hizo escala en París y aprovechó para ir a ver a Balenciaga. El modisto celebró mucho la visita de la nieta de su descubridora a su atelier. Le volvió a tomar medidas y le dijo que estaba más delgada que la última vez que cosió para ella. Eligió varios modelos y le pidió al modisto si podría terminarlos en Madrid. Cristóbal no podía decir que no a una de las descendientes de la marquesa de Casa Torres, su auténtica mecenas. Además, viajaba a la capital de España con mucha frecuencia.

—Imposible olvidar que cuando mi padre murió, yo tendría once años y, al quedarme solo con mis dos hermanos y mi madre, ella me respaldó. Admiraba tanto la forma de vestir de tu abuela que me gustaba acudir con mi madre a Vista Ona, su villa de verano. Un día que mi madre estaba enferma, fui yo solo a llevar un encargo.

—Este episodio se cuenta mucho en casa, pero nunca te lo había oído a ti.

—No me canso nunca de repetirlo. Hace poco se lo conté de nuevo a la periodista Margot Sanz Peters para la revista Siluetas.

—La conozco perfectamente. Leí el reportaje y compartimos en el palacio de Liria una cena.

—Pues eso, fue tu abuela quien me preguntó si pensaba ayudar a mi madre. Yo le dije que sí y me atreví ya con doce años a replicarle el traje que llevaba. Le hizo gracia mi ocurrencia y mandó llevar a nuestra casa aquel vestido que tanto me gustó y varias piezas de lino. Estuve trabajando durante días con la máquina de coser de mi madre y el resultado le gustó tanto que se convirtió en mi mecenas. Al poco, tu madre, la marquesa de Casa Riera, siendo muy joven comenzó a encargarme toda su ropa. Para mí sois familia. Formáis parte de mi propia historia. Os tengo un gran cariño.

—Lo sabemos.

—¿Quieres quedarte a cenar conmigo? —le propuso Balenciaga.

—Te lo agradezco mucho, pero salgo mañana muy temprano en el primer tren con destino a Luxemburgo. Me han invitado Josefina Carlota y Juan de Luxemburgo a conocer el Gran Ducado. —No quiso dar más detalles.

—Dales recuerdos de mi parte.

—Así lo haré.

Al día siguiente, después de viajar en tren ocho horas, llegó a ese pequeño país del noroeste de Europa. Dos días de viaje que olvidó en cuanto vio a Josefina Carlota, que la esperaba en el andén.

—Bienvenida al corazón de la vieja Europa. Espero que te guste Luxemburgo tanto como a mí.

Fabiola le agradeció mucho que fuera ella en persona a recibirla.

—No podía dejar de expresarte a solas lo contenta que estoy. Jamás había visto a mi hermano tan cambiado. No sabría decirte, está distinto y eres tú quien ha obrado el milagro. No sé si es demasiado pronto, pero toda la familia deseaba conocerte.

—No, está bien. Me encantará a mí también conocerlos a ellos. Balduino me ha hablado mucho de todos.

—Y de mí ¿qué te ha dicho?

Se echó a reír, pero le contestó.

—Que eres su protectora desde niños.

—Un poco tuve ese sentimiento de protección con él cuando murió en accidente mi madre. No lo pude evitar. Nos unimos mucho, y esa unión continúa a día de hoy.

El conductor aprovechó para dar una vuelta por las calles de Luxemburgo… Fueron primero desde la avenida de la Libertad hasta el casco antiguo, donde Josefina y Fabiola se bajaron del coche y pasearon por las calles empedradas. Nada le gustaba más a la hermana de Balduino que estar al aire libre. Había muchos comercios y miradores con vistas a los valles. Le encantaba mezclarse entre la gente corriente, como a su madre, la reina Astrid. Posteriormente volvieron a subirse al coche, que descendió a la zona baja conectada por viaductos.

—Por aquí hay muchos pasajes subterráneos antiguos. Esta ciudad convive con la historia de su arquitectura y la modernidad. ¡Si las piedras pudieran hablar!

—Me parece una maravilla. No sabes lo impactada que estoy.

De pronto, al sur de la ciudad, emergió ante sus ojos el palacio Gran Ducal. Dos militares armados, cada uno delante de una pequeña garita de madera en la que hacían guardia, les abrieron el paso. Josefina Carlota seguía ejerciendo de cicerone.

—Este edificio fue el ayuntamiento de la ciudad allá por el siglo XVI y después, en el XIX, sede del gobierno de Luxemburgo. Con la ascensión de la Casa de Nassau-Weilburg, a finales del siglo pasado, fue reservado este magnífico lugar para la gran duquesa y su familia. Las habitaciones familiares y de invitados pertenecen al ala que se hizo nueva. Te diré que en la Segunda Guerra Mundial quedó muy dañado durante la ocupación alemana. Tras retornar del exilio la gran duquesa Carlota, el palacio de nuevo fue sede de la corte y ahí sigue al frente del Gran Ducado. Mi esposo Juan está preparado para el relevo. De momento, mi suegra, a la que quiero mucho como madrina mía que es, sigue con ganas de seguir al frente. La conocerás.

—Será un placer. Tengo entendido que la quiere muchísimo el pueblo, ¿verdad?

—Sí, se convirtió en un símbolo de la resistencia luxemburguesa durante la ocupación alemana. Siempre ha gozado del cariño de su pueblo, como mi madre. Si conectas con la gente, ya te quieren de por vida.

—Nunca le he preguntado a Balduino, pero, después de perder a vuestra madre, volvisteis a no saber nada de vuestro padre, ya que lo hicieron prisionero de guerra en Alemania.

—Mis hermanos Balduino y Alberto y yo pudimos reunirnos con él en esas condiciones de prisioneros, pasando hambre y frío. Afortunadamente, logramos viajar a Suiza, pero tardamos en regresar a Bélgica. Sé perfectamente lo que significa que la vida se te vuelva del revés de la noche a la mañana. Después vino el referéndum en el que se decidió si mi padre debía volver a Bruselas tras el exilio. El camino no fue fácil. Creían que había colaborado con los nazis. Se vio obligado a abdicar en Balduino.

Hablaron de lo joven que era cuando tuvo que asumir la corona, con tan solo veintiún años. Pasó a convertirse en el quinto rey de los belgas.

—No ha hecho otra cosa más que trabajar por su pueblo. Todo lo demás en su vida, hasta ahora, era secundario —comentó Fabiola.

Después de un largo rato en el que la hermana de Balduino estuvo hablando de los dos y de su relación, Fabiola desvió la atención hacia ella.

—¿Cómo te enamoraste de Juan, el gran duque?

—Eso que te lo cuente él. —Se echó a reír—. Su madre, que, como te he dicho, era mi madrina, me invitó a pasar unos días en el palacio de Fischbach y surgió primero la amistad y después el amor. Transcurridos cuatro años, nos casamos. Pero que te lo cuente él…

A Fabiola la estaba esperando Balduino en la puerta del palacio. Ella le fue a hacer una reverencia, al estar frente a frente, pero él la paró y le dio un beso en la mejilla. Ese viaje no era como los demás. Estaba en juego la opinión de su familia con respecto a ella. Posiblemente se encontraba más nerviosa que nunca.

—No te preocupes por nada —intentó tranquilizarla Balduino—. Piensa que se trata de mi familia. Contempla la situación así, nada más.

—Lo intentaré, pero voy a conocer a tu padre, el rey Leopoldo III, a la princesa de Réthy, a la reina madre, Isabel, a la gran duquesa Carlota…

—Y a mi hermano Alberto. Se me olvidó decírtelo. Viene con su esposa, Paola. No llevan ni un año de casados.

—¡Y a tu hermano Alberto! Yo solo soy una mujer que intenta conocer tu entorno. Nada más. No sé si estaré a la altura de lo que todos esperan de mí.

—Quiero que mi entorno se enamore de ti como yo lo estoy. —Se quedó mirándola a los ojos—. Yo estaré igual de nervioso si un día me presentas a tu familia.

—Me pregunto si no nos estaremos precipitando. Debemos estar seguros de nuestros sentimientos. Todavía no somos novios, somos amigos. Nos estamos conociendo.

—Lo sé. Somos amigos, nada más. Eso ya se lo he dicho a todos, pero aun así quieren conocerte. Mi hermana ha tenido la culpa. Le has hipnotizado y no hace más que hablarles de ti. Por eso pidieron conocerte. Te vas a encontrar a una familia. Simplemente eso.

Balduino le mostró su habitación y dejó que se arreglara para la comida en la que iba a conocer a todos.

Fabiola se sentó a los pies de la cama de aquella habitación. No se podía creer lo que le estaba sucediendo. Hubiera deseado que su hermana de nuevo la hubiera acompañado. Los nervios le hacían pensar que todos se darían cuenta de que aquello para ella era lo más parecido a un examen. Se vistió con un traje de chaqueta de color marrón, se perfumó y tan solo se dio un ligero color en los labios. Se dijo a sí misma que no aparentaría ser quien no era.

Al salir de la habitación, una persona de servicio la llevó hasta el salón donde la esperaban. Balduino se encargó de las presentaciones y ella no dejó de hacer reverencias a todos los miembros de la nobleza que allí se habían dado cita. Enseguida, la reina madre, Isabel, le pidió que se sentara junto a ella. La viuda del rey Alberto I solicitó que le hablara de su faceta de escritora.

—Yo solo escribo cuentos para mis sobrinos. No tengo otras pretensiones.

—¡Qué idea tan bonita! Tiene que enviarme alguno de sus cuentos. Se lo digo con mucho interés.

—Así será. Edité varios y se los doy a los hijos de mis amigos.

—¿Le gustan a usted los niños?

Salió la pregunta que tanto preocupa a las monarquías para dar continuidad a las coronas.

—Sí, adoro a los niños. Creo que eso no se puede fingir.

—¿Sabes cómo la llaman sus sobrinos? —le dijo Balduino a su abuela, muerto de risa.

—No, Balduino. Me parece una falta de… ¡No lo digas! —le pidió Fabiola.

—Pero si es gracioso —insistió.

Se acercó la gran duquesa Carlota, intrigada por cómo la llamaban.

—¿Cómo la llaman, Fabiola? ¡Díganoslo!

—Tía Queen. ¡Reina! Es así. No sé por qué empezaron a hacerlo hace muchos años. Es una descortesía por mi parte…

Todos se echaron a reír. Les pareció realmente gracioso. Fabiola sintió que el calor llegaba a su cara y con la mirada se lo recriminó a Balduino. Aunque, al ver a todos divertidos con la anécdota, le perdonó.

Siguieron hablando de escritores. La reina Isabel había conocido a Lev Tolstói, y también a músicos como Johannes Brahms. Le contó mil anécdotas sobre personajes como Mahatma Gandhi, con el que se había carteado, y le confesó su admiración por el filósofo y músico Albert Schweitzer.

—Debería escribir sus conversaciones con todos ellos. Es una pena que solo estén en su memoria.

—Ese trabajo, ya que a ti se te da bien escribir, lo podrías hacer tú.

—Pues si escribes de Isabel, deberías escribir mi vida antes de que abandone este mundo —comentó la gran duquesa Carlota.

—Yo solo escribo en mi diario y hago cuentos infantiles. Creo que no estaría a la altura de lo que me piden.

Fabiola se fue soltando y optó por ser ella misma. No pretendía caer bien, pero tampoco mal. Quiso que la humildad fuera su mejor tarjeta de presentación, y eso es lo que más gustó a las distintas familias reales.

El mayordomo les dijo que la comida estaba a punto de ser servida y todos se levantaron de sus asientos. Fabiola lo hizo después de la reina Isabel y la gran duquesa. Intentó hacerles otra reverencia, que la reina madre paró inmediatamente para darle dos besos. Balduino la miró desde lejos y le guiñó un ojo. La opinión de la reina madre importaba mucho y la había aceptado como si se tratara de una hija.

La sentaron al lado del rey Leopoldo III y enfrente de la princesa de Réthy, que no paraba de mirarla. Volvió a respirar hondo y a mostrarse como un ser humano al que le interesa mucho ayudar a mejorar la vida de los demás. Por ahí fue la conversación con el padre de Balduino. Este experimentó una ligera punzada en el corazón al comprender que esta relación de su hijo iba muy en serio. Aquella joven, políglota, estaba conquistando a toda la familia. Lo que entendió claramente es que la presencia de él en palacio estaba llegando a su fin. Su hijo se había enamorado.

Si Balduino se casaba, el palacio de Laeken, el castillo real al norte de Bruselas, ya no podría seguir siendo su hogar. Intuía Leopoldo que muchas cosas estaban a punto de cambiar a nivel familiar. Por fin veía a su hijo decidido a dar el paso que tanto le pedían desde el gobierno. A pesar de las presiones, comprendió que Balduino ahora sí estaba dispuesto a hacerlo por amor, no por obligación. El amor, que casi nunca aparecía en las uniones reales, con él en Bélgica siempre había estado presente en su vida, primero con Astrid y después con Lilian, y lo consideraba fundamental.

Organizaron para el día siguiente una salida a Saint-Hubert, que estaba a más de noventa kilómetros, para recorrer uno de los muchos senderos que ofrecía el bosque cercano. Deseaban hacerlo en bicicleta y Fabiola se apuntó. Fue realmente divertido ver al rey y a sus hermanos y cuñados ir en bicicleta como ciudadanos anónimos, pedaleando seguidos de varios coches con la vigilancia que corresponde a las personas que ostentan tan altos cargos. Pararon en un lugar casi idílico y allí extendieron un mantel e hicieron un pícnic. Los lacayos empezaron a sacar cestas y los comensales comieron sentados en el suelo, divertidos por la situación.

—Hermano, no estás nada en forma —le dijo el príncipe Alberto a Balduino.

—Si pasaras tantas horas sentado en el despacho como yo, ya hablaríamos.

Todos se echaron a reír. Fabiola se había integrado perfectamente y consiguió ser una más entre tantas personas con sangre real. Hablaron de los Juegos Olímpicos, que en su decimoséptima edición se iban a celebrar en Roma.

—Estuvimos a un paso de ser nosotros los organizadores. Hubiera sido una importante inyección económica para nuestro país —comentó Balduino.

—Pesó mucho que en 1908 tuviera que renunciar Roma a ser sede olímpica, después de haber sido elegida, por la erupción del monte Vesubio que destrozó Nápoles, lo que forzó a la designación de Londres. ¡Tenemos que volver a intentarlo! —habló Juan, el gran duque.

—¡Sí! Deberíamos intentarlo para dentro de cuatro años y prepararnos para competir en algún deporte: hípica, atletismo o en alguna otra especialidad deportiva. Este año, en vela compite Constantino de Grecia, y su hermana, Sofía, está como suplente en el equipo griego. Además, él será el portador del fuego olímpico que zarpe rumbo a Siracusa en el buque escuela de la Armada italiana. Llevan muchos meses preparándose para competir en la clase dragón —comentó Alberto—. Me lo ha dicho el propio Tino, con el que coincidí en Londres hace poco.

—Se lo han tomado muy en serio porque, si no, es mejor no hacer el ridículo —añadió Juan—. Creo que todos los días entrenan a horas intempestivas.

—Aun preparándote mucho, a nadie le garantizan la medalla. Es el placer de competir por competir. Nada más —comentó Balduino—. Ese es el espíritu olímpico.

Estuvieron hablando mucho del tema deportivo. En un determinado momento, el rey se puso en pie y le propuso a Fabiola estirar las piernas caminando por el bosque. A Fabiola le pareció una gran idea y estuvieron paseando hasta que comenzó a oscurecer. Realmente no se dieron cuenta. Tenían mucho de lo que hablar. Ese viaje había sido muy importante para él.

—¿Te ha asustado mi familia? No te preocupes por decirme la verdad.

—No, en absoluto. Salvo los primeros momentos con la reina Isabel, después me he relajado y he preferido mostrarme tal cual soy para no engañar a nadie.

—Pues les has encantado a todos. Incluida a mi cuñada Paola, que es más especial que los demás. Tiene un espíritu digamos rebelde. No sé si te has dado cuenta.

—Me parece una mujer bellísima. Conmigo ha sido encantadora. —Fabiola jamás criticaría a nadie en voz alta.

—Pues si lo sentías como una prueba, la has aprobado con creces. Ya eres una más de la familia.

—Me alegra oírte decir eso. Este viaje para mí ha sido importante. Y el hecho de que me acepten como una más me hace sentir muy cómoda. Aun así, Balduino, no debemos precipitarnos. Cuando tenga que llegar el momento de nuestro compromiso, lo sabremos.

—Mientras tanto, seguirán especulando con nombres de herederas que dirán que están conmigo. Espero que no hagas mucho caso.

No le contestó, pero días atrás se había hablado en la prensa española de María Teresa de Borbón y Parma. No quiso decirle nada, pero la lista de mujeres con las que se le relacionaba seguía creciendo.

Estuvieron hablando de las preocupaciones que tenían ambos ante un acontecimiento como el que podrían vivir, si definitivamente se comprometían. Fabiola le hacía muchas preguntas sobre sus gustos, su forma de pensar, sus costumbres, sus filias y fobias. Algunas contestaciones las sabía, pero quería que se lo dijera de viva voz y no solo por carta. Estaba constantemente analizándolo, y él lo sabía. Sin embargo, todas y cada una de sus observaciones las creía oportunas.

—¿Qué opinas de que volvamos a vernos en Lourdes? Nos hizo mucho bien la primera vez que fuimos. Puede ser importante para nosotros —comentó Fabiola.

—¡Por supuesto! Ir allí me llena de felicidad, y más si es contigo.

Estaba convencido de que, como le dijo la monja irlandesa, era ella la designada por la Virgen María. Estaba convencido de que Veronica O’Brien en realidad había sido un instrumento divino para que se fijara en Fabiola. Sin duda, era la mujer que había estado esperando tanto tiempo.

—¿Crees que podrá ser pronto? —preguntó Fabiola, deseando volver a verlo. A su lado se sentía querida y respetada. Nunca nadie como él le había conquistado el alma más que el corazón.

—Me temo que no. Tendremos que hablar por teléfono y seguir escribiéndonos. Si lo deseas, puedes enviarme las cartas a mí directamente, y no a mi hermana. Ya saben en mi familia de tu existencia. Ahora solo cabe esperar que los trabajadores de Laeken nos sean fieles y no digan nada fuera de los muros del palacio. Estoy seguro de que podremos seguir sin obstáculos que nos distorsionen y estropeen todo lo que está naciendo entre nosotros.

—Reconozco que a tu lado me siento completa. ¿Sabes esa sensación de que siempre vas buscando a alguien que no acabas de encontrar? Yo siento que de alguna manera ya te he encontrado. Ahora necesito hablar y hablar contigo. Todo el mundo pensaba que querría ser monja y, ciertamente, alguna vez se me cruzó por la mente, pero la idea de tener hijos siempre impidió que diera el paso.

—Nada me haría más feliz que tener un par de críos correteando por palacio. Hace tiempo que no se oyen risas de niños por los pasillos. Me pasa como a ti, soy muy niñero.

—Además, si damos el paso, se esperará de mí que dé un heredero al reino. Hay que lidiar también con esa presión.

—La monarquía se basa en la tradición y en el legado. Es cierto que se esperará eso de nosotros, en caso de dar el paso y de que estés convencida. También te digo que dar un heredero a la corona solo ocurrirá si Dios lo tiene en sus planes. Pero esa es una segunda parte. La primera y la más importante es que nos amemos. Yo nada más conocerte estuve seguro de que eras la persona que siempre buscaba. Ahora eres tú la que tienes que estar convencida. A estas alturas ya sabes que no solo te casarías conmigo; te casarás con todo un pueblo, y esa es mucha presión. Comprendo que el paso hay que meditarlo. Para mí es muy importante que estés reflexionando tanto. Dice mucho de ti. Eso me enamora todavía mucho más.

Se quedaron los dos mirándose a los ojos frente a frente. Balduino la hubiera besado, pero comprendía que había que saber esperar al momento en que Fabiola le dijera que estaba preparada para ser su mujer. El momento no parecía haber llegado.

Regresaron donde estaban ya sus hermanos, que aguardaban en los coches. Habían desaparecido las bicicletas. En ese par de horas, lo habían recogido todo. Regresaron a Luxemburgo.

Al día siguiente se marcharon todos. El primero en irse fue Balduino, junto con su padre y la princesa de Réthy. La segunda fue ella. Se despidió de la reina madre, de la gran duquesa y de la hermana y el cuñado de Balduino.

—¡Gracias por todo lo que estás haciendo por nosotros! —le dijo Fabiola a Josefina Carlota.

—Estoy deseando volver a verte.

La familia real la había aceptado. Estaba también convencida de sus sentimientos hacia Balduino, pero deseaba saber si no estaría nublada por lo que representaba para el pueblo belga. «El hombre es con quien quisiera casarme, no con el rey», se repetía a sí misma.

El chófer de la familia la llevó hasta el aeropuerto. Esta vez un vuelo directo la devolvería a Madrid. La separación de Balduino le pesó más que nunca. Volverían a verse en Lourdes. La pregunta que se hacía era: ¿cuándo? Sabía que no sería cuestión de días, sino tal vez de meses.

 

25

El regreso del señor y la señora Parker

Margot desde Londres tenía previsto viajar hasta París. Había logrado concertar una entrevista con Coco Chanel, algo nada fácil tratándose de la diseñadora más influyente del momento, pero tras mucho insistir, in situ en el viaje anterior y ahora por teléfono, surgió por fin la oportunidad: tomarían el té en el hotel Ritz el 12 de abril. Se aferró a ese viaje como a una tabla de salvación. Parker también tenía una reunión de trabajo en la ciudad y decidieron ir juntos desde la capital inglesa. Margot hizo coincidir los dos viajes, así la entrevista con Chanel le serviría de tapadera para, de una vez por todas, avanzar en el caso de Almudena Pimentel.

Mientras las volutas de humo ascendían hacia el techo, la tía Frances echó un capotazo a su sobrina. Le había confesado lo mucho que significaba para ella encontrarla.

—Me alegro de que vayas a París otra vez con Parker. Es hora de que penséis en vosotros mismos.

Frances soñaba con que su sobrina se emparejara de una vez con el único hombre que le había resultado atractivo, aunque se negara a reconocerlo. Desde siempre, Parker y ella compartían gustos parecidos. Sobre todo sentían un atractivo especial por analizar las mentes de los criminales. ¡Cuántas horas le habían dedicado a Jack el Destripador años antes! Le pareció muy bien que Parker y ella coincidieran en París.

—Deberíais aprovechar para ir a la ópera y divertiros un poco. Siempre estáis pensando en el trabajo.

—¡Es cierto! Me encantaría ir a la ópera. Debe ser una experiencia única. Nunca he podido ir.

—Pues la ópera, o la amas, o la aborreces. Dependerá de lo que ocurra el primer día —comentó su tío.

—No entiendo cómo no te hemos llevado nunca. Tu madre amaba la ópera.

—¿Sí? Nunca me lo habíais comentado. Me gustaría experimentar qué efecto me produce. Ya tengo curiosidad.

Margot había encendido la pipa de su padre y fumaba junto a su tío. Fue uno de esos momentos familiares que le gustaba estirar y que tanto echaba de menos en Madrid. Les prometió viajar más a menudo, ya que a ellos los asuntos diplomáticos en Londres no les daban tregua. Añoraron juntos vivencias del pasado y florecieron recuerdos de sus padres que tanto bien le hacían a Margot.

Al día siguiente, Parker la esperaba en la puerta de la embajada, subido a un coche con matrícula diplomática. Se fueron con tiempo suficiente para embarcar en el avión sin prisas. No se podían permitir perder el vuelo. Sentados en los asientos, con el cinturón de seguridad ya puesto, volvieron a colocarse las alianzas de los padres de la joven. Al descender del avión, ya fingieron ser el señor y la señora Parker.

—Volveré al segundo plano en el que nos dejan a las mujeres movernos. Es decir, me haré invisible mientras todo el mundo te preguntará a ti. ¡Realmente terrible!

—Sí, tienes razón. No puedo decir lo contrario. En esta guerra me tienes a tu lado.

—¡Gracias, Parker!

Cogieron un taxi y se fueron directamente al barrio de Notre-Dame des Champs. Regresaban al hotel Lutetia, donde los trabajadores ya los conocían.

—Señor y señora Parker, ¡un gusto tenerlos por aquí de nuevo! —dijo el encargado de la recepción al verlos.

Desde el botones a los camareros, todos los recordaban. Parker se encargó de que así fuera por la generosa propina que les había dado a todos en el viaje anterior.

Esa tarde decidieron quedarse en la habitación del hotel y trazar un plan para el día siguiente. Pidieron al servicio de habitaciones que les subieran algo de cena y se sentaron en la cama de enormes dimensiones, apoyados en el respaldo y pensando qué harían en la inauguración de la exposición de Dubois.

—Lo primero será acudir allí por la mañana, aunque se inaugure por la tarde. Lo mismo ya vemos por allí a Ángel Torres en alguna de sus múltiples versiones —comentó Parker.

—El detective Vicente Cerezo llega esta noche a París. Podremos contar con él para la vigilancia del pintor. Nosotros no podemos hacer como la otra vez, que fuimos tras él y su compinche. Nos arriesgaríamos a echar por la borda todo lo que ya hemos conseguido.

—Es fundamental que nos coja confianza. No tendré más remedio que comprar otro cuadro de Dubois. Debo hacerlo. Quiero que vea en nosotros a unos verdaderos fanáticos de su pintura.

—¡Es cierto! Te vas a dejar todo lo que ganaste con el operativo de Eisenhower en este asunto que ni te va ni te viene. Te lo agradezco muchísimo.

—Con que te afecte a ti, para mí ya es suficiente para intervenir.

Parker se la quedó mirando. Parecía que la iba a besar, pero se reprimió. Hacía verdaderos esfuerzos para que no dar rienda suelta a sus sentimientos.

—Parker, nunca olvidaré lo que estás haciendo por mí. —Fue ella la que acercó la cara y le dio un beso en los labios.

Margot se quedó mirándolo. Parecía sorprendido ante su gesto. Lo veía muy cambiado y, sinceramente, esa falta de ansiedad y esa calma que desbordaba la intrigaban y le gustaban cada vez más. Decidió ponerse cómoda y le quitó a Parker su parte de arriba del pijama. Como era tan alto, a ella le quedaba como un vestido ancho y corto. ¡Se había dejado el camisón en Londres! Con toda naturalidad, siguió hablando con él.

—¿Sabes? Así será la nueva propuesta de Mary Quant. Dio varias vueltas por la habitación. Se llama minifalda a este largo, y las mujeres de todo el mundo están dispuestas a llevarla. Es una forma de romper con los largos del pasado. La libertad es esencial para entendernos a las mujeres.

—No creas que es fácil seguiros —comentó, todavía incrédulo por el beso que le acababa de dar.

—Parker, las mujeres estamos ya diciendo no a las imposiciones y sí a la libertad. Da igual el largo que llevemos de falda, lo importante es que seamos nosotras mismas las que impongamos nuestra propia forma de vestir.

—Eso merece una canción de Elvis Presley, otro rompedor de normas. ¿Sabes que en su último disco comienza cantando a su manera la canción napolitana ’O sole mio? Luego da un giro y empieza con su ritmo diciendo que lo abrace, que es ahora o nunca.

Empezó a cantar y a dar vueltas por la habitación. En un determinado momento, cogió a Margot, que lo observaba con mucho interés, y la invitó a bailar mientras él entonaba con la voz grave, como si fuera el cantante de Tupelo, Mississippi: Bésame, mi amada… Mañana será demasiado tarde. Es ahora o nunca, mi amor espera.

Los dos bailaban dando vueltas por el cuarto, tarareando la canción. Parker paró de golpe, la miró a los ojos y la besó. Fue un momento mágico que lo rompió un golpe repetitivo en la puerta de la habitación. Se separaron de repente.

—¡Será el servicio de habitaciones! —dijo Parker, recomponiendo su camisa y metiendo el faldón dentro del pantalón. ¡Vaya locura, Margot! No sé qué me ha pasado.

Abrió la puerta y, en efecto, subían los dos platos que habían pedido para cenar. El camarero hizo como si no hubiera oído que cantaban. Les dejó los platos sobre la mesita que tenía la suite y se marchó no sin antes esperar la propina generosa de Parker. Cuando se fue, se echaron a reír.

Se sentaron en torno a la mesa y comieron la carne estofada que les habían subido con una importante bandeja de patatas fritas.

—Me encanta la filosofía que esconde la canción de Elvis. Las cosas hay que hacerlas en el presente y no dejarlas para mañana —comentó Margot.

—Siento lo ocurrido. Sabes que soy especialista en meter la pata.

—No digas nada, por favor —le dijo Margot.

Hubo un momento de silencio y Parker entendió que debía desviar la conversación para que no se sintiera incómoda.

—Elvis vuelve a nuestra vida. Ha grabado esta canción después de dos años de servicio militar en Alemania, en la Tercera División Blindada del ejército de Estados Unidos. La canción dice «ahora o nunca». También hay que entenderlo, regresa con la necesidad de vivir sin perder el tiempo.

—Un poco todos deberíamos decirnos eso. Vivamos hoy… No esperar a mañana, pero…, en mi caso, necesito encontrar a Almudena. No me puedo permitir lo que dice la canción. No es mi momento. Todavía no.

—Tranquila, Margot. Tranquila.

Harry sabía que encontrar a Almudena para ella era prioritario. Su vida llevaba cinco años paralizada por culpa del pintor Ángel Torres. Él también pensaba que, hasta que no acabara todo, su vida seguiría en el limbo en el que llevaba desde hacía tiempo. Cenaron, hablaron y Margot se quedó dormida apoyada en el hombro de Parker. El sueño también le venció intentando entender el rompecabezas de la mente de Margot.

Cuando ella despertó al día siguiente, Harry estaba vestido y arreglado, intentando pensar una y otra vez en la forma de tratar a la mujer que tenía enfrente y que lo volvía loco.

—Buenos días, Margot. Tenemos mucho trabajo por delante.

La joven se levantó, cogió un vestido de la maleta, que no había deshecho, y se fue al baño. A los quince minutos, ya estaba arreglada aunque con el pelo mojado. Necesitaba ir a la exposición de Dubois. No quiso desayunar, no le entraba nada de comida en el estómago, y ambos se fueron hasta la sala Carré d’Artistes. Todavía estaba cerrada y esperaron en el café de enfrente, mientras no perdían de vista la entrada de la exposición. Estaban nerviosos.

—No podemos meter la pata. La ansiedad no debe notarse —comentaba Margot.

Al poco vieron como el empleado abría la exposición y, quince minutos después, decidieron presentarse. Margot sabía que Vicente Cerezo aparecería por allí en cualquier momento, pero debían disimular que se conocían.

El dueño, Antoine Beauvoir, entró más tarde en el local y sonrió al verlos.

—Me alegra mucho que ya estén por aquí. ¿Han visto la exposición?

—Parcialmente, estábamos esperando al señor Dubois por si nos sugería qué cuadro comprar.

—Está bien, vendrá por aquí de un momento a otro.

Hizo el empleado una llamada y a la media hora llegó Dubois con su ayudante, Pierre Labarque, con gorra como la última vez, pero más simpático. Harry y Margot respiraron hondo. Volvían a estar cerca de él. No se había escapado.

—Nos gustaría, señor Dubois, ver con usted la exposición.

—Por supuesto.

Después de caminar y verla dos veces, Harry le pidió la opinión profesional al pintor.

—¿Cuál le gusta más a usted?

—Mi gusto no tiene por qué coincidir con el de usted.

Ángel Torres al final se atrevió a sugerir su preferido.

—A mí me gusta especialmente el del campo de trigo. Creo que tenerlo en casa resulta como abrir una ventana al aire libre. Si no se vende, me lo quedaré.

—Opino igual —dijo Labarque.

—Está bien, ¡me lo llevo! Sintiendo mucho dejarlo sin su cuadro preferido.

Se acercó hasta ellos el dueño de la galería y les comentó que hasta que no terminara la exposición, no podrían llevarse la pintura. Parker hizo un aparte con Antoine para cerrar el precio final de la obra escogida, ya que la sala les hacía una pequeña rebaja por haber encargado otro cuadro al pintor. Harry regresó al lado de Torres y su ayudante, que charlaban con Margot de pintura.

—¿Monsieur Dubois no tendrá que hacer más bocetos de mi mujer? —cortó la conversación y se dirigió a Torres.

—Con los que hice el otro día es suficiente —contestó.

En ese momento, entró una pareja a ver la exposición. Margot aprovechó para mirar a la calle a través de los cristales y reconoció a Vicente Cerezo en el bar de enfrente. Leía el periódico sin perder de vista la entrada a la sala. Su maestro estaba cerca y se sintió más segura.

—¿Quieren que comamos juntos? —preguntó Parker.

—No podemos, muchas gracias —dijo Dubois—. Vengan esta tarde, que en la inauguración serviremos un modesto cóctel.

—¿A qué hora es? —preguntó el jefe de seguridad.

—A las siete de la tarde —dijo Antoine Beauvoir, el dueño de la galería.

—¡Aquí estaremos!

Se despidieron de todos estrechándoles la mano. Margot, al hacerlo con Torres, sintió una punzada en el estómago. Su mano era áspera, grande y ancha. Le hizo daño al apretarle los dedos. Se aguantó el dolor. Sintió miedo por Almudena. Era un hombre fuerte y con unos rasgos que le provocaban rechazo.

Al salir, volvieron al bar a tomar un café y, según pasaba al lado de Cerezo, Margot dejó caer el bolso. Al cogérselo el detective, pudo cruzar unas palabras con él.

—El que lleva la gorra es Torres —dijo en voz baja—. ¡Muchas gracias, caballero! —exclamó para que todo el mundo la oyera—. A las siete es la inauguración. Antes llámanos a la habitación del hotel desde una cabina —susurró de nuevo.

Se quedaron unos minutos tomando otro café y se fueron a andar arriba y abajo por la rue Norvins. Especularon sobre el edificio donde vieron a Dubois la última vez y entraron en la tienda de ultramarinos que se encontraba al lado. Compraron varias cosas y hablaron con el dueño. Le contaron que habían ido a París por la exposición de uno de los pintores que más les gustaba, de entre los artistas actuales, y dijeron el nombre de Dubois. El dueño no abrió la boca y les cobró con una leve sonrisa, sin decir una sola palabra. Se quedaron muy frustrados. No había manera de sonsacar información.

Fueron caminando hasta llegar al hotel Lutetia. Subieron a la habitación y comenzaron a especular con lo que tenían; a todas luces era poco. De momento, estaba localizado Ángel Torres, pero de ella no sabían nada. Se preguntaban si iría a la inauguración de la exposición. Entraba dentro de las posibilidades que barajaban, ya que estaría entre conocidos y, seguramente, la hermana de Torres, que se había erigido en su sombra, no se apartaría de su lado.

—Debemos estar a las siete en punto. Si llegara Almudena, ¿qué hacemos? Tenemos que saber si ella se vendría con nosotros voluntariamente.

—Será muy difícil, por no decir imposible, hablar con ella. De todas formas, si finalmente lo acompaña, deberíamos trazar un plan para entretener a sus acompañantes mientras Cerezo se acerca hasta ella para decirle que es detective y que, si quiere, podría irse con él —comentó Parker.

—Sí, no podemos obligarla a seguirnos. Debe ser una decisión que tome de forma voluntaria. Por otro lado, ninguno de los dos tenemos que significarnos. Es primordial que Torres confíe en nosotros.

—Está claro. Ahora bien, si hay que sacar la pistola para defenderla y llevárnosla, lo haremos. Ya nos arreglaremos con las autoridades. Ella es nuestro objetivo —sentenció el jefe de seguridad.

Volvieron a pedir la comida en la habitación. Estaban nerviosos esperando la llamada de Vicente Cerezo. No podían arriesgarse a no estar cuando él llamara. Sobre las cinco por fin, sonó el teléfono. Vicente Cerezo les contó que había vigilado las entradas y salidas de la sala de arte. Dubois y Labarque se habían quedado allí.

—Es posible que esta tarde vaya Almudena, pero, de ser así, estará custodiada por la hermana de Torres o alguna otra persona. Nosotros haremos algo que atraiga la atención de todos. Debes aprovechar ese momento para preguntarle si quiere irse contigo. ¡Cuéntale que eres detective!

—No sé si tendré tiempo para decirle tantas cosas. Te aseguro que Almudena se viene con nosotros de regreso a España como yo me llamo Vicente.

—Hasta que no te la lleves, seremos el señor y la señora Parker. Te cubriremos en todo momento. De conseguirlo, llévala directamente al aeropuerto. Nosotros nos encontraremos en Orly. ¡Ten mucho cuidado! Se relaciona con gente bastante turbia.

—No te preocupes. Imposible que se nos escape a los tres.

—¿Y si no va a la inauguración? —preguntó Margot.

—Entonces tendremos un problema. Solo me quedaría seguirlos hasta averiguar dónde tienen encerrada a Almudena —comentó Cerezo—. Cuando llegue ese escenario, nos enfrentaremos a él. Pensemos que va a ir y en cómo nos la llevaremos a España.

Colgó Cerezo y siguieron Parker y Margot dando vueltas a cómo atraer la atención de todos para que el detective pudiera hablar con Almudena. Las manecillas del reloj corrieron tanto que se les echó la hora encima. A las siete y cinco estaban entrando de nuevo en la exposición. Margot se puso un elegante traje negro de cóctel y por encima un abrigo ligero de color gris, que dejó en el guardarropa. Llevaba el pelo recogido en un moño bajo. Labarque y el dueño los recibieron. No se veía por ningún lado a Ángel Torres, y menos aún a Almudena. Al poco entró Cerezo, que se paseó por la sala de exposiciones como si tuviera verdadero interés en la pintura. Se paró a hablar con alguno de los invitados, sin perder de vista la puerta.

Una hora después apareció Torres, sonriente, avanzando con aparente tranquilidad. Margot sintió cómo se le tensaban los músculos al reconocerlo. Un instante más tarde, tras él, surgió una figura femenina. Caminaba despacio, con el rostro algo más delgado, pero inconfundible. Era Almudena. Y junto a ella, quien suponía que era la hermana del pintor.

A Margot le faltó el aliento. Después de tantos años de búsqueda, la tenía delante. Viva. Real. Tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no delatarse. Conteniendo la emoción, alargó la mano y aferró la de Harry con fuerza, como si ese gesto fuera el único anclaje posible a la calma. Él lo entendió al instante. Permanecieron inmóviles, fingiendo indiferencia, y disimularon como pudieron mientras por dentro la adrenalina se les disparaba.

Muchos de los que estaban allí se acercaron a saludar y a dar la enhorabuena a Torres. Sabían que era él el autor de los cuadros y que exponía por primera vez en París.

Cerezo, como pudo, se colocó detrás de las dos mujeres y observó que la más grandullona, con cara de pocos amigos, tenía cogida por el brazo a Almudena. A la joven se la veía enferma, con la cara muy pálida y los ojos más inexpresivos que habían visto nunca. Parecía confusa, sin saber qué hacía allí. Su embarazo ya era visible, debía estar de seis meses. Un fotógrafo comenzó a hacer fotos a los asistentes hasta que Dubois le pidió que no hiciera ninguna más. Cerezo, con su pequeña cámara, se alejó y les pudo hacer varias fotos aprovechando la confusión de los canapés y disimulando como si tomara instantáneas de los cuadros. Creyó que nadie se había dado cuenta, pero el encargado se acercó a él y le pidió el carrete. Hizo como que lo sacaba de la cámara y le dio uno virgen. Desde ese momento, los responsables de la sala no le quitaron ojo. Disimuló preguntando los precios de cuadros y volvió a situarse detrás de Almudena.

Margot, que estaba cerca de Torres, pensó que había llegado el momento y se dejó caer a plomo delante de él. Todos los que estaban alrededor, incluido el pintor, se agacharon a asistirla. Cerezo aprovechó la distracción para aproximarse a Almudena por el lado contrario de donde se encontraba la hermana de Ángel Torres.

—Tranquila, Almudena. Soy detective y nunca hemos dejado de buscarte ¿Querrías que te sacara de aquí y regresar con tus padres?

Almudena estaba atónita e intentaba averiguar en esas fracciones de segundo si ese señor le estaba diciendo la verdad o si era una estratagema de Torres para ponerla a prueba.

—¡No hay tiempo, Almudena! Si deseas regresar, ¡aprovechemos la confusión!

Almudena solo se atrevió a mover la cara afirmativamente. En ese mismo instante, Cerezo sintió un algo frío, muy frío, en el costado y también cayó al suelo. Todavía aturdido, se tocó el abdomen; tenía sangre. Otro corrillo se formó en torno a él y vio que se llevaban a la joven. Dos personas, que parecían tener conocimientos de primeros auxilios, lo sacaron por la parte de atrás. Creía Cerezo que lo iban a atender para detener la hemorragia provocada por la puñalada, pero, en cambio, le dieron una paliza de golpes y puntapiés. Lo dejaron tendido en el suelo y semiinconsciente en un callejón colindante entre cajas de cartón y basura.

Margot poco a poco recobró el conocimiento e intentó incorporarse. Parker la ayudó llevándola en volandas hasta una silla. Cuando abrió los ojos del todo, observó que su maestro, Vicente Cerezo, no estaba ya en la sala. Lo peor de todo era que Almudena tampoco. Por otro lado, se dio cuenta de que unos camareros se afanaban en limpiar una mancha del suelo que parecía sangre. Era fácil intuir que algo había salido mal.

—¿Qué ha ocurrido? ¿Otro accidente? —les preguntó la joven.

—Otro caballero también se ha caído —le dijo uno de los camareros.

—¿Y dónde está? —preguntó Parker.

—Lo han sacado por la puerta de atrás. Imagino que se lo han llevado al hospital.

Llegó la ambulancia que había pedido Labarque y el matrimonio se despidió de todos menos de Torres, que tampoco estaba allí. Antoine Beauvoir los acompañó hasta la puerta.

—¿Se encuentra mejor? —preguntó con interés.

—Sí, me dan bajadas de azúcar y pierdo el conocimiento muy a menudo —se inventó Margot.

Los sanitarios la atendieron y se la llevaron en camilla. Parker, cuando arrancaron la ambulancia, les pidió que fueran a la parte de atrás del local. Les dijo que podría haber otra persona malherida. Pararon la ambulancia y Parker se adentró en el callejón sin luz. Oyó un leve lamento y, entre cajas y cubos de basura, encontró a Cerezo, que se apretaba con la mano la herida que tenía en el costado. No podía hablar. Parker lo cogió como pudo y fue con él hasta la ambulancia.

— Creo que necesita más ayuda que mi mujer —les dijo a los sanitarios.

Margot se levantó de la camilla y dejó que le dieran los primeros auxilios.

—Si no lo descubren estos señores, se habría desangrado. ¿Qué ha ocurrido? —preguntó el enfermero a Cerezo.

El detective no podía hablar. Cerraron la ambulancia a toda prisa y se fueron todos camino del hospital.

—¿Cómo sabía usted que…?

—Alguien me ha dicho que había visto salir a una persona herida por la parte de atrás, y lo demás ya lo han visto ustedes…

—Tendremos que dar parte a la policía —dijo el enfermero.

—Sí, me temo que sí —dijo Parker.

Margot, sentada en uno de los sillines al lado de la camilla, se limitó a tocarle la frente a Vicente Cerezo y a hablarle.

—Seguro que te vas a poner bien. Tranquilo. Ya estás a salvo.

Llegaron al hospital Pitié-Salpêtrière, y a los dos los atendieron médicos de urgencia. Aparentemente a Margot no le vieron nada alterado y la dejaron en observación. A Vicente Cerezo lo llevaron directamente al quirófano. Primero se cercioraron de que no tenía ningún órgano dañado y luego le cosieron la herida y le hicieron una trasfusión de sangre. Lo dejaron hospitalizado. Harry Parker se acercó a verlo pasadas unas horas. Cuando se le pasó el efecto de la anestesia, pudo hablar con él.

—¿Qué ha ocurrido, Vicente?

—Fue todo muy rápido. Pude hablar con Almudena, y ella no tenía voz, pero me dijo que sí con la cabeza para venirse a España conmigo. Después caí al suelo y solo recuerdo golpes y más golpes. Me tiraron junto a los cubos de la basura. Creían que moriría desangrado, pero me rescataste. ¡Gracias, Parker! Vete, no quiero que te vean conmigo.

—He llamado a la embajada de España. Vendrá un funcionario colega mío y no se moverá de tu lado hasta que puedas coger un avión y largarte de aquí. ¡Vete cuanto antes!

—Pediré el alta voluntaria y me iré lo más rápido que pueda. ¡Gracias!

En la parte baja del hospital, tumbada en una camilla, aguardaba Margot. Cuando volvió Harry a su lado, le preguntó:

—¿Cómo está Vicente?

—Se repondrá. Querían que muriera desangrado entre la basura. ¡Estos son unos criminales! Debemos irnos de aquí cuanto antes.

Llegó el médico y le dio el alta a Margot.

—Afortunadamente, su caída no ha tenido ninguna trascendencia médica. Vaya a su médico de cabecera en cuanto regrese a Inglaterra. Si tiene bajadas de azúcar, debe vigilarse. Todos los parámetros de su sangre indican que ahora se encuentra bien.

—Sí, eso haremos. Muchas gracias.

Comenzaron a recoger sus cosas, después de tantas horas de hospital, y se fueron al hotel. Habían corrido más peligro del que creían.

 

26

Todo se derrumbó como un castillo de naipes

Margot y Harry, al llegar a la habitación del hotel Lutetia en París, cerraron la puerta y dieron dos vueltas al cerrojo. Estaban preocupados ante lo que acababa de ocurrir. Margot se encontraba agotada, malhumorada y frustrada. No entendía cómo todo se había ido al traste en cuestión de segundos. ¡Habían estado tan cerca de Almudena! Creyeron que la pesadilla iba a terminar en ese momento. Fue tirarse al suelo y cerrar los ojos y ya sintió un gran revuelo. Cuando los volvió a abrir, Almudena y Torres ya no estaban… ¿Qué pudo salir mal?, se preguntaba. Ante la falta de respuesta, decidió darse un baño para relajarse y poder pensar. El agua siempre la rescataba de los peores momentos. Una vez que se sumergió en aquella bañera imponente de cerámica blanca con sus grifos dorados, repitió en su mente una y otra vez la secuencia de lo ocurrido. No hubiera salido de aquellas aguas cálidas si no hubiera sido por la necesidad de hablar con Parker. Se envolvió en un albornoz y se puso una toalla en el pelo.

—Harry, yo, si fuera ellos, ataría cabos y pensaría que mi caída tenía mucho que ver con Vicente Cerezo y su acercamiento a Almudena. Fue todo demasiado seguido en el tiempo —dijo nada más salir del baño.

—No necesariamente. Podría haber sido una casualidad —comentó Parker—. No se nos ha visto con él en ningún momento.

—Solo hay una forma de averiguarlo, y es regresando a la sala de exposiciones. Debemos intentarlo. Volveremos mañana por la mañana. Por la tarde tengo que verme con Coco Chanel, ¿recuerdas? Necesito esta entrevista para mi otra vida de periodista.

—Ya. Lo sé, lo sé. —Se quedó pensativo—. Creo que deberíamos pedir ayuda a la policía francesa. Me parece todo demasiado arriesgado. Este hombre se ha relacionado con personas peligrosas que a la vez lo protegen con malas artes.

—Si vas a la policía, ¿quién no te dice que alguien los prevenga de que, en realidad, estamos aquí por Almudena? Todo debe ser secreto. Nadie debe saber que nosotros la estamos buscando. Necesitamos que se quiten de la cabeza toda sospecha. ¡Hay que volver! No podemos perderlos de nuevo.

—Está bien, descansemos. Ha sido todo muy duro e intenso. ¡Demasiado! ¿No quieres comer algo antes de intentar dormir?

—No. Ahí tienes lo que compramos en la tienda de ultramarinos. Yo solo necesito repasar una y otra vez lo que ha ocurrido. Repetir en mi cabeza la secuencia de nuestros movimientos y los de ellos. Buscar detalles que se nos hayan pasado por alto. He visto muy mal a Almudena. Sus ojos tenían un halo de tristeza que me recordó a los de la Mona Lisa. Parecían mirar a un lugar inexistente. Su cuerpo estaba allí, pero su mente probablemente navegaba lejos. Sus condiciones físicas me han parecido muy precarias y además está embarazada de unos seis meses. Aun así, se esforzaba en esbozar una medio sonrisa.

—Igual que la Gioconda, como has mencionado. No existe una cara más enigmática que esa. ¡Cuánta tristeza en su rostro! Me pregunto si tendríamos que haber sacado la pistola y habérnosla llevado a la fuerza —comentaba Parker—. Claro, hubiéramos provocado un conflicto entre policías e incluso entre países. No era nuestra jurisdicción, no teníamos permiso para hacerlo.

—El caso es que no lo hicimos. Mi frustración, primero como inspectora y ahora como detective, va unida al caso de Almudena. Así llevo cinco años. Mi felicidad va unida a su caso. No puedo quitármela de la mente.

Parker la abrazó y ambos se quedaron durante largo rato callados. Parker entendía cómo se sentía. Por un lado, no podía evitar la rabia y la impotencia, y por otro, la preocupación por el estado físico de Almudena. Su rostro era tan enigmático y su estado físico parecía tan quebradizo… La tristeza en Margot emergía por cada uno de sus poros.

—No ha sido culpa tuya, Margot. Estamos enfrentándonos a una persona sin escrúpulos con una fachada de piel de cordero. Torres es un tipo de cuidado. Está metido en asuntos muy feos. Lo digo casi con toda seguridad, independientemente de que pinte cuadros y sea un virtuoso de los pinceles.

Margot se dejó caer en la cama a plomo. La toalla del pelo se abrió y apareció su pelo rubio mojado y revuelto. Se quedó así, con los ojos cerrados un largo rato. Parker la observaba con admiración. Estaba bellísima. Los dos todavía no se podían creer el desenlace. De pronto sonó el teléfono. Le llamaba a Parker el jefe de seguridad de la embajada de España en Francia, Juan Gómez Redondo. Le informó de que Vicente Cerezo quería pedir el alta médica al día siguiente.

—Me parece una locura. Ha perdido mucha sangre, pero asegura que debe regresar cuanto antes a España. Aquí cree que corre peligro —comentó el funcionario.

—Tiene razón, Juan. Asegúrate de que esta noche está permanentemente acompañado, y mañana mismo lo lleváis hasta el aeropuerto y os aseguráis de que suba al avión.

—¿Corre tanto peligro? —preguntaba Gómez Redondo, un tanto incrédulo.

—Sí. Hazme caso. Que no esté nunca solo. ¡Que regrese a España cuanto antes! Estamos en una investigación muy peligrosa.

—De acuerdo. Haremos tal y como nos dices.

Al día siguiente, el sonido del teléfono de nuevo les hizo abrir los ojos. Harry fue rápido en descolgar el auricular. Otra vez se trataba de su colega de la embajada española en Francia. Le confirmó que Vicente Cerezo ya había salido en el primer avión con destino a Madrid. Al parecer, se encontraba muy débil y necesitaría ayuda médica inmediata. Por eso, en cuanto le colgó, Parker llamó a Benito Poveda.

—Comisario, no hemos tenido suerte con la liberación de Almudena. Es más, el detective Cerezo ha corrido peligro y está malherido. Ayer lo acuchillaron y lo operaron de urgencia. Hoy mis amigos de la embajada española en Francia lo han llevado hasta el avión, que ya vuela camino hacia Madrid.

—Tranquilo, ahora mismo envío a Barajas una ambulancia con enfermeros para que lo trasladen hasta el hospital. ¿Ustedes cuando regresan?

—Le paso a Margot por si ha cambiado de planes.

Durante unos minutos, la joven le volvió a explicar lo que había pasado y la frustración que sentía. No solo habían visto a Almudena, sino que Cerezo le preguntó si quería regresar a España y le dijo que sí con la cabeza. Le contó que no tenía fuerzas ni para hablar. Se encontraba en muy mal estado.

—Comisario, me preocupa su estado de salud. No hemos podido liberarla. Nos acercaremos de nuevo esta mañana a la sala donde se exponen los cuadros de Torres para comprobar si nos creen ajenos a la intención de Cerezo de llevársela o nos ven dentro del plan.

—Me parece peligroso, después de lo que le ha pasado a Vicente.

—Estamos juntos y sabemos protegernos el uno al otro. A su pregunta inicial, intentaremos regresar mañana.

Parker le pidió de nuevo el auricular del teléfono y Margot, tras despedirse del comisario, se lo cedió.

—Señor comisario, he pensado en pedir de nuevo ayuda a mi colega en Francia. No estaremos solos. Se lo garantizo. Por otra parte, nuestra intención es regresar a Londres por si nos están siguiendo. Después Margot volará a España.

—Está bien. ¡Mucho cuidado!

Cuando colgó Harry, Margot se fue a vestir. Había dormido toda la noche con el albornoz. Al salir del baño, Parker también se encontraba ya perfectamente equipado con su traje y con la gabardina beis, que siempre lo acompañaba, en la mano. Ambos habían acelerado el proceso de vestirse para acudir de nuevo al único lugar donde podían obtener información sobre Torres. Previamente, había hablado con el jefe de seguridad de la embajada española en Francia para pedirle ayuda. Juan Gómez Redondo no lo dudó y le contestó que los apoyaría desde fuera del local de exposiciones. Iría acompañado de otro funcionario con pistola.

Por eso, cuando Margot y Harry entraron en el Carré d’Artistes, se sentían protegidos. El dueño, en cuanto los vio, salió a atenderlos. Parecía que se creía el desmayo de la joven el día anterior.

—¿Se encuentra mejor? ¡Menudo susto nos dio ayer! —comentó mostrándoles su dentadura al sonreír.

—Sí, nos iremos mañana y ya me haré las pruebas médicas necesarias en Londres. No sé qué me pudo ocurrir.

—Come poco, monsieur Beauvoir, y pienso que no es otra cosa que debilidad.

—Puede ser… —comentó lacónicamente.

Miraron hacia todas partes, por si veían a Dubois y a Labarque, pero allí no había nadie.

—¿Cómo acabó todo? —preguntó Harry—. Al final, no pudimos despedirnos de monsieur Dubois ni de su ayudante.

—Sí, la llegada de la ambulancia lo trastocó todo.

No dijo nada del revuelo de la caída de Cerezo ni de la puñalada que recibió antes de sacarlo por la puerta de atrás. Ni de cómo lo tiraron como un despojo humano al callejón sin salida donde estaban las basuras.

—Queríamos despedirnos de Dubois para saber cuándo quedaremos para el posado del cuadro de mi esposa. Deberíamos fijar una fecha.

—Un momento.

Se retiró y al rato les dijo que Dubois se acercaría para hablar con ellos. A los quince minutos, apareció por allí y le preguntó a Margot por su estado de salud, sin perderse un solo movimiento de los músculos de su cara. Diez minutos después, hizo su aparición Pierre Labarque.

—¿Qué tal se encuentra? —le preguntó igualmente.

—Bueno, un poco mareada. Sentí mucho no poder charlar con su mujer.

Hubo un silencio que por fin rompió el propio Torres.

—Sí, bueno, también se sintió indispuesta debido a su embarazo. La tuve que acercar a casa.

—¿No está llevando un buen embarazo? —preguntó Margot.

—Parece ser que no…

—Bueno —comentó Labarque—, ¿cuándo les vendría bien venir a París para hacer varios posados?

—¿Qué tal en mayo? —preguntó Parker.

—Mejor en junio —dijo Labarque—. Llevo la agenda de monsieur Dubois y hasta entonces no podría.

—Está bien —concluyó Margot.

La preocupación de la joven detective era no enfadarlos ni hacerles dudar de su identidad demostrando demasiada ansiedad. Si habían esperado cinco años, podrían esperar un mes y medio.

—Llamaremos y les anunciaremos la semana de junio en la que podremos venir hasta aquí.

—Por curiosidad, ¿en qué trabaja usted, monsieur Parker? —preguntó Antoine Beauvoir, el dueño de la sala.

Harry hizo como que no se inmutaba y contestó después de pensarse la respuesta.

—Soy inversor y me muevo mucho por el mundo.

—Eso está muy bien. Invertir… por ejemplo en arte y en oro, que son valores muy seguros.

—Más en el acero, se lo aseguro.

Acordaron verse en junio y se fueron de allí con la seguridad de no ser sospechosos, aunque los estaban observando con detenimiento mientras se alejaban. Margot y Parker fueron andando hasta el hotel. De regreso en la habitación, llamaron a la embajada española en Francia y avisaron al jefe de seguridad de que no regresarían hasta junio. Más relajados, bajaron a comer y Margot se mostró más sosegada que en las últimas horas.

A las cuatro de la tarde, la joven salió al encuentro de su entrevistada para la revista Siluetas, y ese se convirtió en el mejor momento del viaje. Coco Chanel apareció ante ella como una diosa. La diseñadora estaba más delgada que en las fotografías, e incluso le pareció de más baja estatura de lo que imaginaba. Iba vestida con sombrero a juego con su chaqueta y falda recta. Llevaba un collar de perlas y dos enormes broches de rubíes, uno en la solapa y otro en el sombrero. Margot, sabiendo el poco tiempo que duraba tomar un té, fue directa al grano y, con ella, la diseñadora se abrió por completo. Comenzó hablando de su infancia y del orfanato de monjas de Aubazine en el que se crio tras morir su madre, cuando ella tenía doce años.

—No conozco nada más espantoso que la familia —le dijo a Margot, que la sonrió al escucharla.

Nunca perdonó a su padre que a ella y a sus hermanas las abandonara al cuidado de las monjas. Aunque fue en el hospicio donde encontró su vocación y su firme determinación de ser alguien dentro de la moda. Coco, que siempre quería olvidar ese pasado, esa tarde, con un té en los labios, habló de sus hermanas y de cómo aprendió con ellas a coser, a bordar y a planchar. Le comentaba a Margot como desde muy joven había comenzado a ponerse objetivos que poco a poco fue alcanzando.

Coco se había convertido en una de las mujeres más influyentes del siglo XX. Hablaba con sinceridad, y eso que en más de una ocasión habría reconstruido su pasado para asegurar que sus orígenes eran burgueses. No quería hablar de sus amores ni de los muchos rumores que la relacionaban con personas muy influyentes.

Le contó cómo supo resurgir de sus cenizas después de atravesar el momento más difícil de su vida, cuando difundieron informaciones no contrastadas sobre su colaboración con los servicios de inteligencia alemanes, en la Segunda Guerra Mundial. Como nadie logró incriminarla, en 1954 pudo volver a abrir su empresa. Recibió muchos encargos de Estados Unidos y de Gran Bretaña. Y en esos seis años no había tardado en volver a posicionarse en lo más alto de la moda.

—¿Qué ha buscado con su trabajo? —Margot preguntaba y preguntaba sin parar.

—La comodidad, dejando atrás los corsés, para permitir que las mujeres se muevan con facilidad sin sentirse disfrazadas. Mi objetivo es no cambiar su forma de ser por la ropa que lleven. He procurado ayudar a la mujer a que fuera más libre.

Margot pensó que ya tenía el titular, pero siguió preguntando.

—¿Qué es lo que más ha ansiado en la vida?

—Ser amada. Nada más. Hay que tener tiempo para trabajar y tiempo para amar. A partir de ahí, no hay tiempo para nada más. Bueno, quizá, para buscar nuevos caminos.

Hablaron no solo de ropa, también de bolsos, perfumes, sombreros y joyas. Coco había explorado otros mundos que no eran exclusivamente los relacionados con la ropa. Era uno de los personajes más interesantes que había entrevistado.

—¿Se considera la madre del pantalón?

—Sinceramente, creo que fui yo la madre de esta prenda que nos ha dado tanta libertad. De todas formas, le diré que uno no puede estar siempre innovando. Quiero crear clásicos. No olvide que la moda tiene dos propósitos: la comodidad y el amor. La belleza llega si la moda alcanza ambos.

—¿Sus planes de futuro?

—Seguir quitando artificio a la moda. Dotar a las mujeres de materiales ligeros. Insisto en que deseo que sean libres, que sean ellas mismas. La simplicidad es la clave de la verdadera elegancia, no lo olvides.

Le contó que era amiga del pintor Pablo Picasso y del compositor y director de orquesta Ígor Stravinski. Sin duda, estar con Coco para Margot fue como abrir una ventana al aire fresco. Fue lo más brillante y positivo del viaje.

Cuando volaba junto a Parker camino de Londres para seguir con la farsa hasta el final, por si los habían seguido los amigos de Torres, se quitó la alianza.

—Harry, no he nacido para llevar un anillo de casada. No puedo.

Parker hizo lo mismo; se quitó el que llevaba puesto y se lo devolvió. Hicieron el resto del trayecto en silencio, pues él no supo qué contestarle.

 

27

Noticias preocupantes desde África

Fabiola de Mora y Aragón se estremeció al escuchar por la radio que el Congo se había independizado de Bélgica y se rebautizaba como República del Congo. Balduino dejaba de ser su rey. «Ha llegado la hora tan temida como esperada», pensó. Era un final que todos sabían que iba a llegar tarde o temprano desde que Balduino había asumido la responsabilidad de la corona en 1951.

A comienzos de 1960, conocía Fabiola que el rey había tenido una reunión fundamental en Bélgica con los líderes congoleños, incluido Patrice Lumumba, que se encontraba en prisión en ese momento y fue liberado para intervenir en la mesa redonda belgo-congolesa en la que se iba a discutir la independencia. Tras acordar allí unas elecciones generales, que se celebrarían en el mes de mayo, ya solo quedaba el paso de adquirir la plena independencia. Lumumba fue elegido primer ministro congoleño y pronunció un discurso del que se hizo eco la prensa, durante las conmemoraciones oficiales en el palacio de la Nación en Léopoldville.

La ceremonia evidenciaba un final sin sangre del colonialismo belga. El rey Balduino acudió allí, junto a otras autoridades, y escuchó las primeras palabras pronunciadas por el nuevo mandatario y responsable del Congo. El discurso de Lumumba era la respuesta al discurso que el rey pronunció un año antes, en el que sostuvo que «el fin del gobierno colonial había sido la culminación de la misión civilizadora belga». En ese momento, ya dijo que Bélgica trabajaría por la independencia «sin demora ni temeridad irresponsable». Lumumba, sin embargo, denunció en sus primeras palabras el colonialismo al que habían sido sometidos. Balduino le escuchó sin responder a la provocación. Todos interpretaron las palabras del flamante primer ministro como una afrenta a Bélgica y, concretamente, al rey Balduino. El discurso abrió nuevas heridas sobre las viejas ya existentes entre el Congo y Bélgica.

Cuántas veces le había escuchado Fabiola, en los esporádicos encuentros que habían tenido, que «no era su intención promover soluciones europeas, sino soluciones basadas en la cultura africana. El gobierno belga quería evitar a toda costa verse arrastrado a una guerra colonial y, en realidad, lo consiguió. No hubo finalmente conflicto armado, pero sí quedaba clara, por parte del nuevo primer ministro, la animadversión hacia el país que había colonizado el Congo desde 1908.

Fabiola llevaba días sin recibir carta de Balduino. Imaginaba lo difícil que estaba siendo para él vivir esos momentos. No lo pudo evitar, pero estuvo intranquila, y todos la vieron como ausente mientras le hablaban. Se lo comentó su madre en una de sus cenas habituales.

—Algo te ronda por la cabeza. ¿Qué es? ¡Dímelo!

Estuvo a punto de contarle todo lo que estaba viviendo durante esos meses, desde que la monja irlandesa, Veronica O’Brien, había aparecido en su vida. Sin embargo, no quiso que su madre se pusiera nerviosa pensando en que su hija podría ser reina cuando todavía no había tomado una decisión en firme.

—Mamá, no es nada. Estoy agobiada simplemente por todo lo que tengo que hacer y no puedo por falta de tiempo. No llego a todo lo que me gustaría. Hay mucha gente necesitada.

—Debes tranquilizarte y llegar hasta donde puedas. Si solo es eso, está bien, pero si estás pensando en entregar tu vida a Dios, yo no voy a competir con él. Sin embargo, quiero decirte que se puede servir a Jesús de muy distintas formas, no hay por qué meterse en un convento. Además, soy muy mayor y te necesito.

Ese «te necesito» se le clavó en el corazón. Su madre, igual que todos, pensaba que la vocación religiosa era lo que le provocaba estar imbuida en sus pensamientos. Sin embargo, su preocupación tenía que ver con el plan de boda proyectado por Balduino. Si accedía, la primera que se iba a resentir por su ausencia sería su madre. Era un punto clave para meditar sobre su futuro. Seguía con dudas: «¿Y si no soy la persona que todos esperan?». Balduino, pensaba ella, necesitaba sobre todo a una persona que le aliviara el peso que llevaba encima. «¿Estaré a la altura?», se preguntaba igualmente. Su cabeza se encontraba inmersa en un mar de dudas. Esperaba una respuesta de su corazón. Solo rezaba y rezaba ansiando encontrar una salida. Era lo único que le proporcionaba consuelo.

Al día siguiente de este episodio familiar, llegó una carta a su casa con el remite de Luigi. Violeta se lo comunicó en cuanto llegó al domicilio.

—Ya está aquí de nuevo. Luigi vuelve a escribir. —Sabía que las noticias que le proporcionaba esa persona tenían un efecto terapéutico en Fabiola.

—¡Muchas gracias, Violeta! Lo cierto es que sus cartas me reconfortan mucho. ¡Me conoces demasiado!

—¡Todos tiran de usted, señorita! No conozco al tal Luigi, pero espero que tome decisiones pensando exclusivamente en usted.

—Le agradezco mucho el consejo.

Violeta en realidad le dijo lo que estaba esperando escuchar. «¡Piense en usted!». Lo que habría que averiguar era qué deseaba hacer ella de verdad con su vida. Esa podía ser la clave.

Haciendo lo que le aconsejaba Violeta, su corazón se había abierto por completo a Balduino, sobre todo al ser humano que se escondía detrás de la corona. Es más, se había acostumbrado a recibir una carta de él también a diario. Después de unos días sin noticias suyas, se daba cuenta de lo importante que era para ella comunicarse con él. Abrió con cierta ansiedad la carta, ayudándose con un estilete, y respiró tranquila al leer que Balduino estaba de vuelta y sin novedad en Bruselas. Había superado «uno de los peores trances de mi vida como rey», le decía. Posteriormente, le comentaba que había hablado con Veronica O’Brien y que le había confesado que había encontrado a la persona que había estado buscando toda la vida: «Eres tú, Fabiola. Se lo he agradecido mucho a ella por haber sido la mediadora perfecta. Ahora está en tus manos y en las de Dios tu decisión. Eres libre para decidir. No hago más que rezar para que la Virgen nos ilumine a los dos. ¿Qué te parece si ponemos fecha a tu idea de regresar a Lourdes? Nos puede ayudar mucho. Yo necesito volver a la gruta después de los días que he vivido en el Congo con tanta tensión. A nadie le va a extrañar mi viaje. ¿Qué te parece?».

Fabiola paró de leer y cerró los ojos. Le decía que «era la persona que había estado buscando siempre». Sintió que ella no podía seguir torturando a Balduino con su indecisión. Lo que estaba claro era que deseaba volver a verlo, y le pareció una buenísima idea la de poner fecha al regreso a Lourdes. Cogió papel y pluma y le escribió la palabra que Balduino esperaba, «¡Adelante!». Le confesó que deseaba volver a estar con él: «¡Somos dos almas gemelas en busca de respuestas! Allí creo que las vamos a encontrar».

Fabiola le propuso viajar el 6 de julio y poder estar de nuevo en el hotel de Argelès-Gazost para acudir juntos a la gruta de Massabielle, que estaba al lado. El lugar que tantas personas veneraban tras las apariciones de la Virgen a Bernadette Soubirous.

En la siguiente carta, Balduino le decía estar de acuerdo con la fecha, pero le comentó que no podrían ir acompañados de Veronica.

«Nuestro ángel quiere que volemos solos ya sin ella —le escribía—. Me ha recomendado, para que no viajes sola, a su mejor amiga y colaboradora, Yvette. ¡Es de su máxima confianza! Irá a España para que el viaje lo hagáis juntas. Yo acudiré con uno de mis mejores amigos, el general Debeche, mi asistente personal; también deseo que lo conozcas».

Fabiola contestó que le parecía muy bien todo, pero le confesaba que, como siempre, su hermano mayor sería su principal escollo. Nuevamente pidió ayuda a Mari Luz, la única de los hermanos que conocía lo que estaba sucediendo. Nada más contárselo, se prestó otra vez a hablar con su hermano en la primera comida familiar que tuvieran. Y ese primer domingo en casa de sus padres, lo planteó. Se encontraban allí Gonzalo y Mari Luz, con sus familias respectivas, Fabiola y el díscolo Jaime, recién llegado de Torremolinos.

—Gonzalo, voy a viajar a Lourdes y me gustaría que me acompañara Fabiola.

—¿Otra vez? No sé qué milagro esperáis viajando tanto allí.

—Nos da paz y a mí me reconforta.

—Yo quisiera ir también —comentó doña Blanca, la madre.

Fabiola y Mari Luz se miraron. Fue la hermana pequeña quien contestó.

—Mamá, en esta ocasión no es conveniente que vengas. Vamos a asistir a muchos enfermos que están completamente impedidos. No podremos estar contigo. Si quieres, regresamos en breve las dos solo contigo.

—Está bien, pero no olvidéis que quiero volver.

Gonzalo le dio permiso a Fabiola, y Jaime, para dejar de hablar de milagros y asuntos que consideraba de beatas, desvió la conversación hacia su experiencia en Málaga.

—Deberíais pensar seriamente en invertir en los pueblos de alrededor de Málaga: Torremolinos, Marbella… Se va a potenciar la zona entre las personas pudientes. El lugar me ha maravillado y me ofrecen dinero y casa con tal de que me instale allí. Quieren que la gente bien tenga junto al mar su segunda residencia y consideran que yo puedo ser el faro de muchas familias que quieran invertir en esa zona emergente. Sinceramente, que me ofrezcan ser un promotor de la Costa del Sol me llena de orgullo. Para mi cumpleaños, el 18 de julio, por si lo habéis olvidado, me van a dar una fiesta por todo lo alto. Me gustaría que vinierais alguno.

—Para entonces estaremos todos en Zarauz. Me resulta difícil pensar que la gente bien abandone San Sebastián, Zarauz, Biarritz y Santander para irse al sur, a algo que todavía es una incógnita. Me cuadra más que la gente que se compre un terreno sean personas de dinero, pero de poca clase.

—Pues el príncipe de Hohenlohe ha apostado por la zona y la alta sociedad europea está empezando a invertir allí. Se dio cuenta de que no había hoteles para sus amigos ricos que querían descubrir ese paraje y está apostando por hacer de la Costa del Sol un lugar de referencia mundial.

—Alfonso creo que era ahijado de Alfonso XIII —comentó doña Blanca.

—¿Ese no es el aristócrata hispanoalemán que es un playboy? —comentó Gonzalo—. Ten mucho cuidado, no vaya a ser un pájaro que te meta en alguno de los líos a los que nos tienes acostumbrados.

—Yo os lo he contado. Me parece una oportunidad de inversión. Lo dejo ahí. Una vidente amiga de Manuela, nuestra chica de servicio, dice que vamos a vivir aquí una especie de terremoto. Me pregunto si tendrá que ver con el golpe de suerte que podemos tener.

Fabiola no estaba en la conversación; su pensamiento se encontraba muy lejos de allí. Sus hermanos seguían hablando sin parar.

—¿Terremoto? ¿Qué quieres decir? —preguntó el marido de Mari Luz, José María Ruiz de Bucesta, al que todos querían como un hermano más.

—¡Ojo, que hay videntes que aciertan por completo! —comentó la madre, sin añadir más explicaciones.

—No sé qué le pasa a nuestra hermanita, que no está en la conversación. ¿Os habéis fijado? —comentó Jaime.

Mari Luz le dio a su hermana un puntapié y Fabiola reaccionó.

—Estoy pensando en el viaje a Lourdes y no he prestado atención. De todas formas, no me gustan los negocios inmobiliarios. —Algo había escuchado—. Igual que salen bien, pueden salir muy mal. No sé. Mis preocupaciones no van por hacerme millonaria.

—No, si tú vas para monja. Eso lo sabemos todos —comentó Jimmy.

—¡No es cierto! Dejadla en paz. Es la única de esta casa que solo piensa en ayudar a los demás —salió en su defensa doña Blanca.

Fabiola sonrió a su madre. Realmente esa conversación de sus hermanos no le había interesado nada. No tenía demasiado tiempo para organizar su próximo viaje e intuía que iba a ser trascendente en su vida.

Pasados unos días, Fabiola se subió al tren después de conocer a Yvette en la misma estación. Se la presentó el nuncio de Su Santidad, Ildebrando Antoniutti, que se acercó hasta la estación del Norte para hacer de intermediario entre ambas. Así se lo había pedido monseñor Suenens desde Bélgica. Les deseó mucha suerte y se fue de allí antes de que arrancara el tren. La colaboradora de Veronica O’Brien era tan sencilla como ella e iba vestida de forma muy austera; también pertenecía a la Legión de María y al movimiento de regeneración de la fe. Veronica ahora se dedicaba a viajar por todo el mundo con el mensaje evangelizador que le gustaba transmitir. Por ese motivo no podía acompañarlas, ya que consideraba que había sido llamada para otra misión.

Yvette y Fabiola congeniaron rápido y fueron hablando de los jóvenes universitarios y su relación con la religión. La colaboradora de O’Brien los conocía bien por su trabajo en distintas universidades. No pronunciaron en ningún momento el nombre de Balduino ni tampoco hablaron del plan que la monja irlandesa había puesto en marcha meses atrás. Cuando llegaron a su destino en Argelès-Gazost, en los Pirineos franceses, subieron cada una a su habitación del hotel para descansar. Fabiola estuvo tumbada con los ojos cerrados cerca del teléfono, a la espera de la llamada que se produjo a las siete de la tarde.

—Fabiola, estoy ya aquí, ¿te parece que demos un paseo? Estoy deseando verte. ¡Tú y yo a solas! Luego quedamos para cenar con nuestros acompañantes. ¿Te parece bien? —Se trataba de Balduino.

—Sí. Bajo ahora mismo.

Se le aceleró el corazón y se levantó rápidamente de la cama. Sin perder un solo segundo, se puso la chaqueta y un pañuelo sobre el pelo y salió al encuentro de Balduino. Antes llamó a la habitación de al lado, donde se alojaba Yvette.

—¡Ya está aquí! Vamos a dar un paseo Luigi y yo. Después cenaremos con su acompañante y contigo —dijo usando el nombre falso, por si alguien escuchaba.

Al bajar a la recepción del pequeño hotel, no vio al rey. Supuso que la estaba esperando fuera. Esta vez sintieron la necesidad de abrazarse. Habían pasado muchas cosas desde la última vez que se encontraron. Se miraron a los ojos, sonrieron y Balduino le dio un beso en la mejilla. Ambos se pusieron a caminar.

—Me alegra mucho verte. No sabes cómo he echado de menos tus sabios consejos estando en el Congo.

—Lo he pasado mal simplemente escuchando la radio, pero ya forma parte del pasado. Has hecho lo que tenías que hacer, lo correcto.

—Bueno, aquí estamos. Y deberíamos hablar de nosotros seriamente, ¿no crees? Yo estoy seguro de lo que siento por ti. Nadie me puede aconsejar como lo haces tú, con esa sinceridad a la que pocos se atreven.

—Nunca te voy a decir lo que quieres oír, sino lo que pienso de verdad. Y me siento muy orgullosa del rey que eres y lo que representas. Me doy cuenta de la soledad que tienes que sentir y me hago cargo.

Hubo un silencio. Fabiola le diría que sentía por él amor, pero no deseaba hacerle daño, porque, de dar el paso, había que tomar antes otras decisiones, como abandonar a su familia, y no sabía si estaba preparada.

—Te necesito a mi lado y cada día más. Rezo cada noche para que me consideres la persona idónea para casarme contigo. Sé que sin amor tu no vas a dar el paso.

—Gracias por estas palabras tan bellas y por tu comprensión. El amor tiene que presidir cualquier unión. Los dos creemos en el sacramento y sabemos lo que significa: entregarse el uno al otro. Busco a una persona con la que compartir una vida. ¿Verdad que me entiendes?

—Una vida es lo que yo deseo también compartir. En este momento, estás hablando con un hombre, nada más. Alguien que está seguro de haber encontrado la persona que buscaba. ¡Eres tú y no puede ser nadie más que tú!

Fabiola paró de caminar y se le saltaron las lágrimas. Balduino le dio el pañuelo que llevaba encima con sus iniciales y la corona belga bordada en un lateral. Después de enjugarse las lágrimas, reiniciaron el paseo.

—Tengo miedo de sentirme muy sola en la corte, sin un objetivo claro en el que poner mi empeño.

—Mi madre encontró su sitio haciendo obras de caridad y acercándose al pueblo llano. Tú eres muy parecida, Fabiola. Tu corazón siempre está pensando en ayudar a los demás. Y luego los críos. Sabes que la monarquía se basa en el legado. La llegada de un hijo tranquilizaría a todos.

—Siempre he soñado con ser madre y educar a mis hijos personalmente. Cuando todos pensaban que sería monja, yo, en cambio, en mis sueños me veía rodeada de críos. Nada me haría más feliz. ¿Estás seguro de que estaré a la altura de lo que todos esperan de mí?

—¡Por supuesto! Más que seguro.

Fabiola y Balduino caminaron durante unos segundos en silencio.

—Cuando estemos ante la Virgen, ofreceremos este momento. Te doy las gracias, Balduino. Me gusta mucho lo respetuoso que eres con mis indecisiones.

Se dieron cuenta de que llevaban un largo rato andando y la lluvia, que había hecho acto de presencia, comenzaba a calar. Regresaron todo lo rápido que pudieron al hotel, protegiendo las cabezas con la ayuda del pañuelo de Fabiola. Subieron a la habitación a cambiarse y ambos bajaron después con sus acompañantes. Hicieron las presentaciones y se saludaron entre ellos. Eran conscientes de que estaban siendo partícipes del gran secreto del rey. No hacía falta comentar que todo lo que allí hablaran y dijeran sería confidencial.

Fabiola tuvo la sensación de que ese encuentro en Lourdes sería diferente. Se sentía más unida a Balduino que nunca. El rey se mostraba atento con ella en todo momento. Ya no disimulaba. Algo había hecho un clic en su cabeza. Todo parecía distinto.

Tras la cena, decidieron todos ir a la gruta. Lo necesitaban. Montaron en un Dauphine amarillo pálido que había alquilado Balduino para recorrer los escasos trece kilómetros que los separaban del santuario situado a orillas del Gave de Pau. La gruta tenía casi cuatro metros de altura y diez metros de profundidad.

La visita a la cueva la hicieron en absoluto silencio. Así iban los cientos de peregrinos esa noche. Se sentía una fe que trascendía y que era compartida. Balduino y Fabiola, al entrar, tocaron con las manos la pared mientras no dejaban de rezar. Acudieron con una vela encendida, tal y como sabían que había hecho la joven Bernardette, según ella misma contó, durante las primeras apariciones de la Virgen. Fue un momento muy emotivo que prolongaron en el tiempo.

En el viaje de regreso al hotel, Fabiola estaba más habladora que nunca y le preguntaba a Balduino sin parar. Eran preguntas para conocerlo más a fondo, aunque muchas respuestas las intuía. Este no le dijo a nadie que los frenos del coche, en aquella carretera mojada, no parecía que funcionaran demasiado bien. Por ese motivo regresó al hotel muy despacio, también por prolongar la velada con Fabiola.

Al llegar, le dijo a una de las personas de su escolta que revisaran los frenos. Balduino miró a Fabiola fijamente a los ojos. Fabiola retuvo la mirada.

Quedaron en repetir la misma ruta al día siguiente. Ambos querían rezar y pedir una y otra vez por ellos. Fabiola intuía que su decisión ya estaba tomada.

 

28

Algo importante iba a ocurrir

Amaneció el día con el cielo encapotado. La amenaza de lluvia en Argelès-Gazost no impedía disfrutar del paisaje. Se encontraban a 460 metros de altitud y en el corazón de los Grands Sites, entre Lourdes y Gavarnie. Un lugar gestionado por su gran valor paisajístico y patrimonial.

Había muchos turistas, pero también muchas personas enfermas que aprovechaban su visita a la gruta para acudir a la estación termal, famosa por sus aguas clorosulfuradas utilizadas para tratar todo tipo de afecciones. Sobre todo respiratorias.

Igualmente, en el hotel se alojaban jóvenes senderistas que practicaban deportes de montaña. En medio de tanta gente, los cuatro pasaban desapercibidos como unos turistas más. Esa mañana desayunaron sin que nadie se percatara de quiénes eran. El hotel les ofrecía una gran variedad de frutas, huevos preparados de diferente forma, quesos y el demandado gâteau à la broche, un pastel con forma cónica y espolvoreado con azúcar que tenía la apariencia de un árbol cubierto de nieve. Fabiola quiso probarlo y le encantó. El general Debeche, mano derecha de Balduino, lo fue cortando poco a poco de forma horizontal, dejando en cada plato círculos dulces que parecían pequeñas coronas.

Posteriormente, salieron a pasear por el pueblo, que adornaba sus calles con cascadas de flores de diferentes colores que colgaban de las ventanas de las casitas y hacían de aquel paraje algo único. Parecía literalmente salido de un cuento de hadas. Sobre las once de la mañana, Fabiola y Balduino decidieron coger el viejo coche amarillo para ir otra vez al santuario de la Virgen, donde asistieron a misa. Después se dirigieron a solas por la explanada, a orillas del Gave de Pau, cuyas aguas verdes corrían con más caudal que nunca. Fabiola no cesó de preguntarle por todo.

—¿Estás convencido de que soy yo la persona que estás buscando?

—No tengo la más mínima duda. Realmente ¿qué te preocupa?

—No sé, que tu entorno no me lo ponga fácil. Seré siempre la extranjera, como le ocurrió a mi madrina, la reina Victoria Eugenia de Battenberg. Por más que se esforzó, fue siempre una incomprendida, y te diré que siempre ha llevado a España en el corazón. Nunca le perdonaron su origen y su acento inglés.

—Fabiola, tú ya te has ganado a mi entorno. Por eso, no tienes que preocuparte. Vas a entrar en una familia, no pienses en sus títulos. Somos una familia que nos llevamos bien todos. Nada más…

Balduino se paró en seco, se puso frente a ella y continuó hablando.

—Fabiola, yo te amo. De eso estoy completamente seguro. Comprendo que no es fácil dar el paso, porque sabes que tu vida anónima desaparecerá. Vas a estar expuesta a que hablen de ti, pero no tengo ninguna duda de que serás igual de aceptada por el pueblo como mi madre. Son otras circunstancias las que vivió la princesa de Réthy al casarse con mi padre en secreto, sin que el pueblo hubiera digerido la pérdida de mi madre. En Bélgica es cierto que no hay término medio, pero hay dos cualidades que valoran muchísimo, y son la sencillez y la bondad. Tú tienes ambas cosas. ¡No temas!

Fabiola lo abrazó y se separó rápidamente en cuanto fue consciente de que estaban al aire libre y podían verlos y reconocer a Balduino. Afortunadamente, los guardaespaldas no detectaron a nadie que se percatara de que esa pareja de jóvenes era una pareja singular. De modo que continuaron caminando y Fabiola siguió saciando su curiosidad.

—¿Has pensado que nuestra vida cambiará por completo?

—Sí, soy consciente sobre todo del cambio en la tuya y del sacrificio que vas a hacer a nivel familiar. Sé lo mucho que te cuesta separarte de los tuyos. A eso le he estado dando vueltas y he pensado que, para que no los extrañes tanto, los veraneos podrían ser en España.

—¿En serio?

—Muy en serio.

—¡Gracias Balduino! Para mí es muy importante que pienses en las cosas que me harían feliz.

Los guardaespaldas vieron a un grupo de personas que hablaban en francés y podrían reconocerlo y se sumaron al paseo.

—Señor, deberíamos irnos de aquí —dijo un guardaespaldas.

—¿Por qué no regresamos a la gruta? —insinuó Fabiola—. Allí da la sensación de que estamos más protegidos.

—¡Me parece una buena idea!

Realizaron de nuevo todo el ritual y ambos se postraron ante la Virgen de Lourdes. Rezaron con fervor durante largo rato. Fabiola, además, solicitaba una señal, algo que la ayudara a tomar una decisión sin vuelta atrás. Era plenamente consciente de la trascendencia que tenía su sí y de cómo su vida se podría volver del revés tras hacerse oficial.

Regresaron al hotel y en compañía de sus amigos estuvieron departiendo hasta la madrugada. Fue como si esa noche ninguno tuviera sueño ni ganas de ir a dormir. Al subir a su habitación, Fabiola plasmó sus dudas y sus miedos en su diario hasta que poco a poco el sueño le fue ganando la batalla.

El día siguiente amaneció lluvioso desde primera hora de la mañana. El sonido del teléfono la despertó. Era Balduino, que le sugería cambiar de hotel inmediatamente. Había salido a andar solo y lo reconocieron varias personas, que lo saludaron con afecto.

—Fabiola, mis guardaespaldas nos han reservado habitación a los cuatro en otro hotel, más cercano todavía al santuario. Si te parece bien, en media hora nos recogen las maletas y volvemos los cuatro al Dauphine amarillo.

—¡De acuerdo!

Fabiola rápidamente avisó a Yvette de este cambio de última hora. Media hora después, se encontraban las dos esperando a Balduino y al general Debeche. Comentaron que ambos eran personas muy discretas y educadas. Comprendían a la perfección que se llevaran bien y que fueran amigos. En cuanto apareció el rey con su acompañante en el coche alquilado, se subieron a él y se dirigieron a Agos-Vidalos, otro de los bonitos pueblos enclavados en el mismo entorno montañoso en el que ya se encontraban. Todavía más cerca de Lourdes, a ocho kilómetros.

Fabiola, en cuanto se quedó callada durante el trayecto, no dejó de pedir en su interior una señal. Al llegar al destino, descargaron las maletas y se instalaron en el nuevo hotel. Tomaron un tentempié y la joven aristócrata sintió la necesidad de regresar al santuario de Lourdes.

—¿Me acompañas? —le preguntó a Balduino.

—¡Por supuesto!

Ante la imagen de la Virgen, no dejaron de rezar con fervor. Fabiola pedía una y otra vez una señal, algo que le dijera: «¡Adelante!, no tengas miedo». Salieron de allí y volvieron a caminar por la explanada que ya les era familiar. En un mágico instante, al coger uno de los senderos, Balduino pidió a su escolta que los dejaran solos. Se pusieron a caminar hasta que Fabiola le pidió parar y cerró los ojos; cuando los abrió de nuevo, una bandada de pájaros inundó el cielo. Eran miles de aves que no se sabía de dónde venían y hacia dónde iban. Todo el cielo se cubrió de aves blancas, negras, pardas…

—¿Has visto eso, Balduino?

—No había presenciado algo igual en mi vida. ¡Impresionante!

Fabiola se preguntó si esa sería la señal que tanto pedía una y otra vez. El cielo encapotado, tras quedar libre de pájaros, comenzó a mostrar un intenso color azul. Poco a poco, las nubes se fueron disipando e irrumpió un sol que lo iluminó todo de golpe. El astro de fuego en estado puro se abría camino en aquel entorno tan único. Fabiola volvió a permanecer unos minutos con los ojos cerrados, buscando el calor del sol en la cara. Y cuando los volvió a abrir, se dirigió con determinación a Balduino.

—Esta vez es un sí, y ya no hay vuelta atrás.

—¿Cómo? —preguntó incrédulo Balduino.

—Mi respuesta es que sí. Un sí rotundo, Balduino.

Al rey se le llenaron los ojos de lágrimas que no dejó brotar. Se acercó a ella y la besó en los labios. Fue un beso esperado y sincero con el que ambos decidieron sellar ese momento.

—¿Qué te ha hecho cambiar? —le preguntó, eufórico.

—Todo ha sido obra de la Virgen. Me he encomendado a ella y he creído ver una señal que me ha hecho tomar una decisión irrevocable. Jamás me echo atrás en mis decisiones.

—Gracias, mi querida Fabiola. Me has hecho el hombre más feliz del mundo. ¡Te amo! Te amo desde la primera vez que te vi. Siempre supe que eras tú la persona que estaba buscando.

Se abrazaron y así, solos los dos con el sol como testigo, se mantuvieron durante unos minutos, muy emocionados. Unas flores en forma de espiga, al rozarlas, comenzaron a despegar sus pequeñas hojitas, que dieron a aquel lugar un aspecto único. El aire las movió y creó a su alrededor una especie de lluvia de bolitas de algodón que hizo de aquel momento algo irrepetible.

—Y ahora ¿qué hacemos? —preguntó Fabiola sin dejar de mirarlo a los ojos.

—Pues decírselo a todo el mundo y compartir nuestra alegría.

Según regresaban tras sus pasos, Balduino cogió las flores silvestres que veía hasta que llegaron donde se encontraban los escoltas y se las entregó a modo de ramillete improvisado.

—¡Gracias, Balduino! Creo que los dos damos este paso sabiendo lo que significa y lo que representa. ¡Para mí también eres la persona que he esperado durante tantos años! Había algo en mi interior que me decía: «No tengas prisa», mientras mis hermanos y mis amigas se casaban.

Al final del sendero, no solo estaban los guardaespaldas, también se habían incorporado el general e Yvette. Al verlos cogidos del brazo y con una sonrisa de oreja a oreja, ya imaginaron qué había pasado.

—¡Ya somos novios! —dijo eufórica Fabiola—. ¿Y si lo celebramos?

Se fueron todos al hotel. Se había producido la mejor de las noticias. Comieron y brindaron con champán por su futuro. Estando en plena sobremesa, un guardaespaldas se acercó a Balduino y le habló al oído. Le cambió la cara.

—Me hubiera gustado seguir celebrando la gran noticia de hoy, pero me reclaman en Bruselas. Las cosas vuelven a enturbiarse en el Congo.

—Lo siento, Balduino. —Le cogió la mano—. ¿Cuál es el paso siguiente?

—Comunícaselo a tu familia y amistades. Pídeles discreción. Debe ser la Casa Real la que anuncie el compromiso. Será en torno al 21 de julio. Los belgas se merecen una buena noticia después de tantas otras preocupantes que nos llegan de África.

—Así será. —Sonrió Fabiola.

Otro guardaespaldas bajó a la recepción las maletas ya hechas de Balduino y el general.

—Siento irme así en este momento. Me dice mi secretario que tenéis un tren de vuelta a España en dos horas. No os preocupéis por nada. Uno de mis guardaespaldas se encargará de llevaros hasta la estación. ¡Para mí ya eres de la familia, y como tal hay que tratarte!

Fabiola sintió un pellizco en el estómago. Se miraron a los ojos una última vez, Balduino le cogió la mano y la besó sin apartar la mirada.

Fabiola deseaba regresar a España y contar por fin lo que estaba viviendo, sin más secretos. Pediría discreción a sus hermanos. No estaba del todo convencida de decírselo a Jaime. Lo pensaría durante el viaje. Pasó todo el trayecto dejando sus impresiones en el diario. Era un día para escribirlo todo al detalle. No deseaba olvidar nada. Cuando quiso darse cuenta, estaban entrando en Madrid.

Se despidió de Yvette con un gran abrazo y le agradeció que hubiera sido su compañía en un momento tan importante e imposible de olvidar.

—Le comunicaré a Veronica el desenlace. Siempre pensó que eras la persona adecuada para hacer el camino de toda una vida junto al rey.

—Para mí será siempre Balduino. Dale las gracias de mi parte. Ella fue quien me señaló con el dedo en un primer momento. Nunca lo olvidaré —dijo Fabiola con sinceridad.

Se abrazaron de nuevo al despedirse definitivamente y cada una se montó en un coche distinto. Fabiola necesitaba meditar. Se fue directa a su casa, en la calle Bárbara de Braganza, para descansar. Fue abrir la puerta y se encontró a su amiga Pilar Sástago leyendo un libro en el salón. Esta levantó la mirada y, según la vio entrar por la puerta, supo por sus ojos y su sonrisa que se había decidido a dar el paso.

—¡Le he dicho que sí a Balduino!

Pilar se levantó y fue a besarla.

—¡Dios mío! Te perderé como amiga. Será muy difícil verte, y más aún hablar contigo.

—Yo espero que nada cambie, Pilar. Todavía quedan unos días hasta que la noticia se haga pública, pero tú tendrás abiertas siempre las puertas allí donde yo esté. Te aseguro que nuestra amistad seguirá intacta.

—¡Vas a ser reina de los belgas! Mi amiga, reina. ¡Me alegro mucho por ti! ¡Menudo notición! No quiero ni pensar en la repercusión que va a tener.

—Yo tampoco quiero pensar en eso, sino en cómo organizar mi vida para no dejar de tener contacto con todos vosotros, con mi familia —reflexionó la joven, que, emocionada, abrazó a su amiga.

Así la encontró Violeta cuando salió de la cocina al oír voces en el salón.

—¡Señorita! ¿Todo va bien?

—Sí, Violeta. Todo está bien, aunque me veas llorando. Son lágrimas de emoción.

—¿Qué ha ocurrido?

—Me tendré que ir a vivir a Bélgica.

—¿Y eso? El tal Luigi tiene mucho que ver, ¿verdad?

—Sí, tiene mucho que ver. —Se echó a reír.

—¿Se va usted a un convento?

—¡No! Pero no podré hacer lo que quiera, sino lo que deba.

—No la entiendo. —La fiel Violeta estaba cada vez más confusa.

—De momento no puedo decirte nada más, pero ¿te gustaría venirte conmigo? Estaría encantada de que fueras mi mano derecha. Muy pronto lo entenderás todo.

—Yo con usted, señorita, ¡hasta el fin del mundo!

Violeta se retiró y las amigas se quedaron charlando sobre cómo se habían sucedido los acontecimientos en los últimos días.

—De momento, mi entorno deberá guardar silencio. Debe ser la Casa Real belga la que lo anuncie. El problema será que mi familia sepa esperar y no decir nada a nadie —dijo Fabiola, preocupada.

—Yo no se lo diría a Jaime —le aconsejó Pilar—. Se le puede escapar en uno de esos viajes suyos a Torremolinos o Marbella y sus largas y prolongadas noches.

—Tienes razón. Precisamente este fin de semana estará fuera. Aprovecharé para contárselo a mi madre y a los demás. Los convocaré para el domingo.

—A tu madre le va a dar un vahído. Mejor que estén tus otros hermanos delante —bromeó su amiga.

En cuanto se levantó, llamó a Mari Luz y le dio la noticia. Su hermana pequeña la felicitó y le dijo que estaría el domingo en la casa familiar, en Zurbano, para ayudarla en todo lo que pudiera. Fue ella la encargada de llamar uno a uno a los demás: a Neva, María de las Nieves, la mayor; a Gonzalo, a quien tantos permisos había pedido por el varón de más edad de la familia; a Ana María y a Alejandro, el pequeño. Jaime estaría en la Costa del Sol, así que quedaba excusado de la reunión familiar. Solo les dijo que quería darles una noticia. Todos pensaron que sería el anuncio de un nuevo embarazo.

A la una de la tarde del domingo ya se encontraban todos en el palacete. El servicio tuvo que sacar a los perros y gatos y limpiar de nuevo el suelo y las tapicerías de los excrementos de los animales. Durante dos días no habían dejado de echar la colonia del desaparecido don Gonzalo. Doña Blanca protestó por que echaran a los animales, pero fue oler la colonia de su marido y cambió de opinión.

Milagros y Manuela se encargaron de organizar la casa. La cocinera preparó la comida para toda la familia. Primero servirían a los niños un menú infantil y, después, los adultos se quedarían a solas para departir entre ellos. Enrique, el mayordomo de toda la vida, que había perdido mucha visión, se encargó con la joven Lucía de entretenerlos durante las primeras horas de la tarde. En los postres, Mari Luz se puso de pie e hizo tintinear su copa con un cuchillo para que le prestasen atención. Todos esperaban que les diera la noticia del nacimiento de otro hijo y guardaron silencio. Fabiola la miró y sonrió. Mari Luz se dirigió entonces a su familia.

—Hermanos, cuñados… —Giró la cabeza y habló directamente a su madre—: Mamá, tengo que darte una noticia, pero de momento no puede salir de estas cuatro paredes. Tampoco vosotros la podréis comentar, ni con vuestros hijos ni con vuestras amistades. ¡Prometedlo! —les pidió la pequeña de los Mora.

—Pero, hija, ¿a qué viene tanto misterio? —preguntó doña Blanca, algo preocupada.

—Está bien, allá va. —Suspiró profundamente—. ¡Fabiola se va a casar con el rey Balduino. ¡Va a convertirse en la reina de Bélgica!

Milagros, que entraba a servir más vino a los comensales, tuvo que sujetarse en el aparador del comedor. Se hizo un silencio que nadie se atrevió a romper. Tenían que asimilar la noticia.

—¡Creo que no he oído bien! —alcanzó a decir la madre de Fabiola.

—Sí, querida mamá y hermanos —afirmó al fin Fabiola—. Me siento inmensamente feliz y honrada. Nos hemos prometido en este último viaje a Lourdes.

—Ahora entiendo tanto viaje aquí y allá, hermana —comentó Gonzalo—. ¡Felicidades! Realmente honras a nuestra familia con este enlace.

Se levantó y fue a besarla. El resto de los hermanos y cuñados hicieron lo mismo. Fabiola al final abrazó a su madre, que no dejaba de llorar.

—¿Reina? Eso significa que te perderé como hija —le dijo entre lágrimas.

—Mamá, es ley de vida. Todos nosotros nos hemos ido de casa. Y tu hija no ha podido escalar más alto —comentó Gonzalo.

—No era mi pretensión. De hecho he retrasado la decisión por pensar en ti, mamá. En todos vosotros. Espero que me vayáis a ver. Balduino me ha dicho que vendremos todos los veranos a España. ¡Seguiré en contacto con todos!

Milagros salió del salón. Casi no podía respirar. Entró en la cocina y, en cuanto Manuela y Lucía le vieron la cara, le preguntaron qué le pasaba.

—No lo vais a creer, pero Fabiola va a ser la reina de Bélgica.

—¿Cómo? —comentó Manuela, asombrada.

—¡Como lo oyes! Está prometida con Balduino de Bélgica. ¡Será reina!

Manuela no pudo evitar hacer un comentario en voz baja:

—Tenía razón María Gracia cuando dijo que en esta casa se iba a producir una revolución y que veía una corona. Ella lo supo antes que todos nosotros.

—¡Déjate de tonterías! —le increpó Milagros—. Esto está sucediendo en esta casa y nosotros vamos a ser partícipes de ese momento. ¿No os parece de cuento de hadas?

—¡Sííí! —dijo Lucía, la más joven del servicio.

—Pero esto no puede salir de aquí, ¿me oís? —insistió Milagros—. No vayamos a tener un problema. De modo que silencio.

Sonó el timbre y el ama de llaves acudió enseguida al comedor. Le pidieron champán para brindar. Estaban todos eufóricos, incluida doña Blanca, aunque parecía que le costaba asimilar la noticia.

—Tendremos que hacer obras. Si va a venir por aquí el rey… —alcanzó a decir.

—Mamá, no te preocupes por eso —dijo Fabiola.

—Tiene razón nuestra madre —afirmó Gonzalo—. Desde hoy, los gatos y perros ya no pueden entrar en casa.

—¿Mis animales fuera? —preguntó preocupada la mujer.

—Sí, mamá. Esta casa huele a meado de gato y a excremento de perro —le recriminó con firmeza su hijo mayor—. Tú te has acostumbrado, pero prepárate. A partir de ahora, vas a recibir muchas visitas, ya lo verás.

—¿Cuándo será oficial? —preguntó Alejandro, el pequeño.

—Sobre el 21 de julio.

—Bueno, antes Balduino tendrá que pedir la mano a mamá —comentó Gonzalo.

—No creo que pueda venir —le disculpó Fabiola—. Está muy ocupado en este momento con lo que está sucediendo en el Congo.

—Pues tendrá que hacerlo por teléfono, hermana. Las formas son las formas —insistió Gonzalo—. No se ha comprometido con una cualquiera. Se va a casar con un miembro importante de los Mora y Aragón.

—Se lo diré —le aseguró Fabiola con una sonrisa.

Alzaron las copas y brindaron por la buena nueva. Aquello suponía un auténtico terremoto familiar, y eran plenamente conscientes.

 

29

Margot y Fabiola, juntas de nuevo

Margot recibió muchas felicitaciones de lectores tras la publicación de la entrevista a Coco Chanel en la revista Siluetas. Incluso la propia diseñadora francesa le dio la enhorabuena. No era un personaje fácil de conseguir. Y pocas veces se había sincerado tanto como lo hizo con ella. Tenía motivos para estar satisfecha de su éxito periodístico. Sus amigas, la duquesa de Alba y la condesa de Quintanilla, ensalzaron la entrevista entre sus amistades. Aline la invitó a una cena benéfica organizada por ella en su casa de Madrid. Acudieron no solo aristócratas, sino también rostros muy conocidos del mundo del cine norteamericano y español. Margot asistió con la idea de marcharse rápido. Al día siguiente llegaba a Madrid Harry Parker. Habían pasado más de dos meses desde la última vez que viajaron a París simulando ser marido y mujer.

El pintor Ángel Torres había ido retrasando la cita para el posado de Margot hasta el mes de julio. El nerviosismo de la detective era difícil de gestionar. Sabía que Almudena lo debía estar pasando muy mal, y no le debía faltar mucho para dar a luz.

En la cena funcionó el protocolo que organizó Aline. La sentaron al lado del marido de Cayetana, Luis Martínez de Irujo, con el que se llevaba muy bien. Y a su izquierda, Fabiola de Mora y Aragón. Ambas volvían a coincidir después de conocerse en la cena en casa de la duquesa de Alba. Margot la encontró un poco más sonriente que la última vez. Fabiola atribuyó el cambio a la paz que sentía después de haber estado en Lourdes.

—Nunca he estado allí —le dijo Margot—. Sinceramente, cuando me libere de tanto trabajo, iré. —Pensaba en Almudena Pimentel—. Si hay algo que necesito ahora mismo es paz.

—Es el lugar indicado, te lo puedo asegurar. Allí he encontrado lo que estaba buscando —le confesó casi para sí misma—. Una vuelve renovada de allí.

—Te veo muy distinta desde la última vez que nos vimos —le dijo Margot, intrigada. Sabía que había algo en ella que pugnaba por salir, pero, por algún motivo, no podía o no quería contarlo.

—Veo que eres muy observadora —apuntó Fabiola mientras daba un trago a su copa de vino.

Estuvo tentada de contárselo todo. Aquella periodista le caía bien y le inspiraba confianza, pero decidió ser prudente. Margot se dio cuenta e intentó otra estrategia. Era curiosa por naturaleza y no se iba a rendir tan fácilmente.

—¿Sabes guardar un secreto? —le susurró Margot en confidencia. El viejo truco de hacer una confesión para obtener información mucho más valiosa—. Colaboro con la policía en resolver algunos asuntos. De hecho, me estoy formando como detective.

—¿No eres periodista? —preguntó Fabiola, asombrada.

—Sí, pero mi otra vocación es la de resolver delitos. Aunque en la sombra, claro está. —Margot seguía alargando la confidencia—. Se supone que no hay mujeres trabajando en la policía. Mi familia no lo sabe, por eso lo combino con el periodismo. Es mi tapadera.

—Tranquila, sé guardar secretos, te lo aseguro —le dijo la futura reina de los belgas, e hizo un gesto como dando a entender que su boca estaba sellada.

Las dos se echaron a reír. Margot esperaba obtener una confesión a cambio, pero Fabiola permaneció callada. Su táctica había fallado. Debía ser muy importante lo que ocultaba, pensó Margot. Porque si de algo estaba segura, era de que su nueva amiga ocultaba algo.

Fabiola cambió de tema y pidió atención. La cena era en realidad una rifa benéfica para ayudar a los niños de los hospicios. Los invitados llevaban varios números del sorteo. Tras los postres, Luis Figueroa, el conde de Quintanilla, y Aline, su mujer, comenzaron a sacar bolas numeradas de una bolsa que se correspondían con los premios asignados: estolas de piel, cremas de París, cuadros y artículos de bisutería y de belleza. A Fabiola le tocó un pintalabios de color rojo. Lo recogió agradecida. Cuando llegó a la mesa, Margot la felicitó por su suerte.

—Yo no me pinto de este color. Ten, te lo regalo —le dijo Fabiola, sonriente—. A ti te quedará mejor.

Margot lo abrió y le gustó el rubor naranja del carmín.

—¡Me encanta! ¡Gracias!

Cuando acabó la rifa, Margot y Fabiola se despidieron de sus anfitriones, los condes de Quintanilla, así como de los duques de Alba, y salieron juntas.

Hipólito Vidal esperaba a Fabiola cerca de la puerta principal.

—¿Quieres que te lleve a algún sitio? —le dijo antes de meterse en el interior del vehículo con la ventanilla bajada.

—Me dirijo a la Gran Vía —le comentó Margot.

—Con mucho gusto te dejamos allí. ¡Sube!

Margot se lo agradeció y se montó a su lado.

Durante el trayecto, conversaron sobre cómo se estaba transformando la capital y cómo los coches empezaban a llenar las carreteras.

—A mí me encanta conducir —le dijo Margot.

—Te confieso que a mí también. Afortunadamente, muchas cosas están cambiando —añadió Fabiola.

—Cierto, pero más lentamente que en otros países…

Se hizo un breve silencio y Margot cambió de tema.

—¿Dónde veraneas? —Se le ocurrió preguntar a la joven detective—. A lo mejor podemos coincidir.

—En Zarauz, que está en Guipúzcoa, en el centro de la costa vasca. A quince kilómetros de San Sebastián. Allí está nuestra casa familiar. Me encantará recibirte, si te animas —le ofreció Fabiola con sinceridad.

—Lo conozco, es un lugar precioso. Alguna vez he pasado por allí yendo a Francia por Hendaya. Te tomo la palabra —bromeó Margot.

—No te perdonaré si pasas por allí y no me llamas.

El vehículo se detuvo a la altura del famoso local de Chicote, atestado de público, como siempre. Margot bajó del coche. Su casa estaba justo enfrente.

—Gracias por traerme. Espero devolverte el favor.

—Al revés, ha sido un placer conocerte un poco más —aseguró Fabiola—. Ya tienes mi teléfono. Si en alguna de tus «vidas» me necesitas, aquí estoy. Mi casa siempre permanecerá abierta para ti.

—No dudes en llamarme si necesitas algo de mí —le dijo Margot en voz baja.

—Te aseguro que lo haré. Millones de gracias por tu amabilidad.

Se lanzaron sendas sonrisas. Habían congeniado y saltaba a la vista que ambas harían por volver a verse.

Margot subió las escaleras de su casa corriendo. En cuanto atravesó el umbral, se encontró con sus «guardianas». Sabía que les encantaba que les contase cómo eran sus actos sociales, así que les describió con detalle cómo había transcurrido la cena en casa de Aline Griffith. Incluso les enseñó el pintalabios que le había regalado Fabiola.

Al día siguiente, Parker llegó a España y se fue directamente a la comisaría para organizar, junto con el comisario, el nuevo viaje a París. No podían dejar escapar la oportunidad de dar con el paradero de Almudena Pimentel.

Durante los dos últimos meses, Parker llamaba a Margot por teléfono siempre para hablar de Almudena. Siguió con la táctica que le recomendó el tío de Margot, Julián Martín-Briz: «Dale libertad y la tendrás siempre cerca». Sin embargo, sentía que su estrategia de aparente desinterés tampoco estaba dando los frutos esperados. Sus referencias a Platón y Schopenhauer tampoco habían despertado mayor interés, salvo la sorpresa inicial. Margot estaba obsesionada con el trabajo. Así que decidió que en su próximo encuentro en la habitación del hotel de París sería él mismo. Ya no disimularía más. Le diría la verdad sobre sus sentimientos hacia ella. Se había contenido en los viajes a París viéndola en la misma cama, con la parte de arriba de su pijama e incluso con un albornoz y una simple toalla. Parecía que aquella situación no le había dejado huella, pero, en los dos últimos meses, se había torturado con su inacción. No lo soportaba más.

Cuando Parker llegó a la comisaría, disimuló como solo él sabía hacerlo delante de los demás. Margot ya estaba allí y sonrió al verlo. Observó que el jefe de seguridad se había cortado el pelo como si fuera un militar norteamericano de la base de Torrejón. Unos meses antes ya se había afeitado la barba. Parecía que tenía una obsesión con aparentar menos edad. En realidad, lo que deseaba era que Margot se fijara en él. No había dejado el ejercicio, y sus músculos cada vez eran más evidentes.

—¿No has cambiado mucho tu aspecto? —le preguntó Margot, torciendo el gesto mientras entraban en el despacho del comisario.

—Es posible, no soy muy consciente de ello.

—Está usted más joven cada día, querido Parker —exclamó el comisario como bienvenida.

Se sentaron los dos en torno a la mesa de don Eugenio Benito Poveda y, sin dilación, comenzaron a idear una estrategia para llevarse a Almudena de París.

—Hay que sacarla de allí como sea —comenzó hablando el comisario—. He pensado en ponerles refuerzos para que no vayan solos a París. Iremos dos inspectores de la brigada y yo mismo.

El comisario no quería prolongar más el momento de incertidumbre sobre el paradero de Almudena.

—Estaremos en otro país y no nos permitirán actuar sin el conocimiento de las autoridades francesas —comentó Margot.

—Tranquila, detective. Lo llevaremos todo controlado —intentó serenarla el comisario.

Parker desplegó sobre la mesa un croquis con la calle, el inmueble, el bar de enfrente de la sala de exposiciones, el lugar donde podrían tener lugar las sesiones con el pintor y la ubicación donde pensaban que podría estar Almudena retenida.

—De que nos movamos con rapidez y astucia dependerá que salga bien toda la operación —continuó don Eugenio.

—Margot posará para Dubois o Torres, como quieran, durante un par de días —aclaró Harry—, y yo estaré con ellos.

—Y nosotros les cubriremos las espaldas en todo momento. Yo estaré en el bar de enfrente de la galería. Gutiérrez y Morales se darán el relevo para el seguimiento del pintor y su compinche hasta su casa. No podemos fallar —aclaró el comisario.

—¿Se alojarán en el Lutetia como nosotros? —preguntó Margot.

—No, nos alojaremos en la embajada española en París. El ministro de la Gobernación ha hablado con el embajador. También ellos nos cubrirán con efectivos —comentó el comisario.

—¿No nos descubrirán? Son demasiadas personas y ellos no son tontos. —Margot les expresó su temor.

El comisario se quedó pensando. Miró a la joven, pero continuó con su relato.

—Tranquila, todo saldrá bien. En cuanto consigan averiguar dónde vive Torres, los inspectores subirán armados hasta su piso sin perder ni un minuto. La idea es reducirlos, a su hermana y a él. Almudena será libre para hacer lo que quiera. Si desea venir con nosotros, la meteremos en un coche de la embajada y la llevaremos hasta la frontera con España.

—Exacto, no podemos arriesgarnos a ir al aeropuerto —añadió Margot.

—Si se tuercen las cosas, pondremos en marcha el plan B. En ese caso, sedaremos a Torres y a su hermana y los ataremos de pies y de manos. Habrá que ganar tiempo para poder llegar a la frontera. No debemos olvidar que estaremos cometiendo una ilegalidad.

—¿Irán en dos coches? —preguntó Margot con cara de preocupación.

—Sí, saldremos mañana en dos coches. Ustedes viajarán en avión dos días después para llegar a tiempo a su cita con el pintor. Es fundamental la rapidez. La policía francesa no puede actuar porque acabaremos también detenidos.

—No irrumpirán en la casa del pintor hasta tener la seguridad de que ese es el escondite, ¿no? —preguntó Parker.

—El primero que llegue al domicilio siguiéndolos sacará un pañuelo y se sonará la nariz en el portal. Esa será la señal para poner el operativo en marcha.

Margot no habló más en toda la tarde. Observaba y callaba. Cuando terminó la reunión, se fue a su mesa. Le faltaba el aire.

—Gutiérrez, confío más en ti que en Morales —le confesó a su compañero—. No podéis dar un paso en falso. Si os descubren, los perderemos para siempre.

—Lo sabemos. Debemos actuar en segundos, una operación rápida.

—Morales —comentó Margot en voz alta—, espero que la antipatía que sientes hacia mí la dejes en este despacho. Vamos todos con una única misión.

—Señorita Sanz Peters, preocúpate más por ti y menos por nosotros. Aquí trabajamos todos en equipo. Espero que no la vuelvas a fastidiar.

Justo cuando Parker salía del despacho del comisario, escuchó el comentario.

—Inspector Morales, no tiene ni idea de cómo se está jugando el tipo Margot con este caso. No le consiento que le hable en ese tono —comentó Parker en voz alta.

—Gracias, pero no necesito que salgas en mi defensa —le dijo ella, malhumorada—. ¡Buena suerte a todos!

Recogió sus cosas y salió de allí. Parker le echó una mirada amenazante a Morales y también se fue.

—¡Nos veremos en París!

Parker sabía que Margot iría caminando hasta su casa y aceleró el paso hasta alcanzarla en la calle del Carmen.

—¡No corras tanto! ¿Quieres que tomemos algo en algún restaurante de la zona? —le propuso.

—No, sube a casa si quieres. Allí podremos hablar sin que nadie esté pendiente de lo que decimos o dejamos de decir.

—Como quieras —aceptó él.

—Y no vuelvas a salir en mi defensa, por favor. Considérame un hombre más de la brigada.

—Me costará.

Margot no tenía ganas de hablar y permaneció en silencio durante todo el trayecto hasta su casa. Repasaba en su cabeza una y otra vez el plan del comisario. Mientras, Parker hablaba sin parar, pero ella no le prestaba atención. Al llegar al número 27 de la Gran Vía, abrió la puerta y subieron por las escaleras hasta el primer piso. Tocó el timbre a la vez que abría la puerta con sus llaves para prevenir a sus «guardianas».

—¡Vengo con Parker! ¡Tenemos mucho trabajo por delante! —anunció al entrar.

Camila y Sátur salieron a saludarlo. La visita las alegró muchísimo. Creyeron ver un interés en Margot al invitar a Parker de nuevo a su casa. Camila le preguntó en inglés por la vida en la embajada, y en concreto por los tíos de Margot. Después siguió en castellano para mostrarle al jefe de seguridad sus progresos.

—Nosotras queremos cenar en cocina —anunció.

—No, Camila… —dijo Margot—. No es necesario.

—Sí, señorita. Nosotras dos nos vamos juntitas al calor de los fogones, que ustedes tendrán que charlar de trabajo —comentó Sátur.

Las dos mujeres se abrazaron tras abandonar el salón. Pensaban que Margot estaba dejando atrás sus prejuicios hacia el amor. Al rato, Sátur les sirvió la comida y dejó que hablaran sin parar.

—¡Tengo miedo, Harry! No lo puedo evitar. Si algo se tuerce, será el final de este caso.

—No, confía en que todo el plan saldrá bien. Nos lo merecemos; nos hemos dejado la piel en el caso, sobre todo tú.

Harry le tocó la mano y Margot se soltó con la excusa de servirle la sopa.

—Primero, habrá que esperar a que vayan Dubois y Labarque a su casa. Y si no van hacia allí, habrá que seguirlos hasta que el pintor regrese junto a Almudena. Tendrá que hacerlo en algún momento. Harry, algo me dice que no va a ser todo tan fácil. ¡Ojalá me equivoque!

Margot a continuación sirvió el pescado en el plato de Parker. No parecía muy convencida con la estrategia del comisario.

—Pero ¿qué es lo que no te gusta del plan?

—Uno, que haya tanta gente implicada en la liberación de Almudena. Y dos, que se puedan dar cuenta de que los están siguiendo y desaparezcan. No los volveríamos a ver.

—La que se va a exponer más eres tú, que tendrás que estar posando para Dubois sabiendo que la operación está en marcha. Tendrás que disimular y estar igual de encantadora que siempre.

—Prepara todo para ir de nuevo a París. Volveremos a ser la señora y el señor Parker. ¡Lo vamos a conseguir!

Camila y Sátur escucharon como pudieron la conversación. De alguna manera intuyeron que no sería nada fácil la experiencia que iban a vivir en la capital francesa. Sintieron miedo por ella, pero no podían hacer nada para impedírselo. Sabían que la única forma de acabar con su obsesión por este caso sería resolviéndolo.

—Camila, debe ir allí.

—Hasta no regresar… ¡Miedo! ¡Mucho miedo!

Las dos mujeres se cogieron de las manos y, con gesto preocupado, desearon que todo aquello terminase cuanto antes.

 

30

Llegó la hora del rescate

En el vuelo hacia París, Margot sacó de nuevo los anillos y le pidió a Parker que se pusiera el más grande, el de su padre, en el dedo anular. El jefe de seguridad se lo metió a presión.

—He debido engordar, antes me entraba bien.

—Creo que te has musculado demasiado. Si has hecho pesas, no solamente crecen los músculos de los brazos, también los de las manos.

—Quizá me he pasado, pero es mi único hobby. Si estuviera en España, sería distinto. Te echo de menos, esa es la verdad, y el deporte me ayuda a sobrellevarlo.

Parker lo confesó, pero miró hacia otro lado del avión sin esperar a ver la reacción de Margot. Esta, sin embargo, no hizo acuse de recibo, pero tragó saliva y cerró los ojos.

—Me estoy mareando un poco —fue lo único que añadió. No supo si el mareo se debía a no haber comido nada o a la confesión de Parker.

Disimuló como pudo y no quiso incidir en ese «te echo de menos» que acababa de pronunciar Parker. Resultaba evidente que los dos se encontraban a gusto juntos, pero, cuando se volvía acaramelado su compañero de fatigas, el instinto le pedía a Margot salir huyendo de allí. Aguantó como si lo que acababa de escuchar no lo hubiera oído nunca.

Aterrizó el avión sin novedad y Parker le dio unos toquecitos en el brazo para despertarla. En realidad, no iba dormida, pero mejor así para no complicar aún más el tema de Almudena con otros asuntos que nada tenían que ver con lo que los había llevado hasta allí.

Cada uno viajaba con su maleta. A la salida del aeropuerto, cogieron el primer taxi que vieron para ir de nuevo al hotel Lutetia. Desde el botones hasta el recepcionista celebraron su regreso a París. Les dieron la misma habitación y todos se deshicieron en atenciones recordando la generosidad de Parker con las propinas.

Una vez instalados, antes de bajar a cenar, Parker llamó a la embajada española en Francia. Enseguida le pasaron con el jefe de seguridad. Ambos acordaron que el operativo comenzaría desde el momento en que los dos aparecieran por el local adjunto a la sala de exposiciones.

—Todos estarán en sus puestos, Parker. Aquí ya está el comisario con dos de sus inspectores de la Brigada Criminal. Tranquilo, porque estaremos reforzando el operativo con tres personas de la embajada —le dijo Juan Gómez Redondo.

—Por favor, mantened la distancia. Un error puede echar por tierra el rescate de la joven —insistió Parker.

—Somos conscientes de ello. A las doce estaremos todos preparados.

Se fueron a cenar fuera del radar del hotel. Decidieron ir a uno de los muchos cafés que había cerca de la torre Eiffel. Como unos enamorados más, se fueron hasta el distrito 7, a la avenida Anatole France. Bajaron de la mano del autobús por si coincidían en el trayecto con alguno de los amigos de Torres. Con el emblema de Francia a su espalda, Parker le hizo una sugerencia.

—Creo que deberíamos besarnos como hacen todas las parejas aquí.

—¡Vaya! Has pensado en todo.

Se acercó Parker hasta ella y Margot se dejó besar.

—Después de este viaje, volveremos a nuestros roles de siempre —dijo la joven.

—Todo sea por darle realismo…

—Mejor que no digas nada. ¡Déjalo!

El beso no disgustó a Margot. Era evidente que sentía algo por Parker, pero se dijo a sí misma que el amor, en ese momento de su vida, no tenía cabida. Después ella se puso a caminar a buen ritmo hasta que se topó con uno de los cafés donde se servían comidas y se sentó. Parker, que iba a su lado, la imitó y pidió al camarero, nada más sentarse, un escalope con patatas fritas. Margot solicitó unos huevos poché también con patatas, pero apenas los probó. Tenía el estómago cerrado.

—¿Saldrá bien, Parker?

—Vamos a poner toda nuestra energía en que así sea. Desde luego, está claro que si no lo conseguimos mañana, jamás volveremos a saber de ella.

—A Cerezo, Almudena le dijo que sí con la cabeza. Está deseando volver a España.

Una vez que terminó Parker de cenar, decidieron regresar andando hasta el hotel, a pesar de la distancia. Harry estaba convencido de que era necesario hablar seriamente con Margot esa misma noche. Sin embargo, cuando la vio salir del baño tan cansada y con el pijama puesto, fue incapaz de decirle nada. Harry siguió a Margot en el turno del baño, se dio una ducha y salió, como de costumbre, solo con el pantalón del pijama.

Margot hizo como que no miraba, pero contempló desde la cama y de reojo sus músculos y su abdomen definido. Finalmente, se hizo la dormida. No hubo comentario al final del día, a Parker le pareció que estaba rendida. Él, sin embargo, se quedó obsesionado pensando en el beso que se habían dado con la torre Eiffel de fondo. No se podía quitar la imagen de la cabeza, tampoco deseaba hacerlo.

Cuando Margot abrió los ojos, al día siguiente, Parker ya estaba vestido, dando vueltas al plan y con el desayuno encima de la mesa.

—Bienvenida al mundo, Margot. He pedido temprano algo de desayunar para que no perdamos tiempo en estas cosas y nos centremos en lo importante.

—Gracias. Tienes razón.

Margot se sirvió un té y tomó algo de fruta. Se fue al baño con una tostada con mantequilla en la mano. A los quince minutos, salió vestida y con el pelo mojado.

—¡Estoy lista!

—Tenemos tiempo para que te seques el pelo mientras repasamos los pasos que vamos a dar.

Parker recordaba los movimientos que tenían que realizar mientras Margot colocaba su vestido de noche negro, con el que iba a posar, en un portatrajes de tela. Regresó al baño y se secó el pelo lo mejor que pudo. Se pintó los labios y se dio máscara en las pestañas.

—Posaré lo más natural posible. ¿Te parece bien? —preguntó Margot.

—¡Estás guapísima!

Esperaron media hora más y decidieron salir del hotel. Al recepcionista le pidieron un taxi y veinte minutos después llegaban al Carré d’Artistes.

Margot comprobó que el comisario estaba enfrente, aparentemente leyendo el periódico en una de las mesitas exteriores. Miró a lo lejos y vio a Gutiérrez dando vueltas por los alrededores. No fue capaz de localizar a Morales, pero sí le pareció que había más personas por allí paseando, más de lo habitual. Su corazón comenzó a latir a más velocidad. Parker solo le dijo:

—Ya no hay vuelta atrás. ¡Vamos allá!

Entraron en el local colindante, tal y como habían quedado con Antoine, el dueño de la sala donde se exponían los cuadros. Tocaron el timbre del primer piso y abrió Labarque.

—¡Qué alegría volverlos a ver!

—Sí, ya teníamos ganas de que mi mujer posara para el cuadro. Estamos deseando tenerlo colgando en un lugar preferente de nuestro salón.

—No tenga demasiada prisa, todo lleva su tiempo —contestó el ayudante.

Apareció Torres por allí y a Margot el estómago le dio un pinchazo. ¡Había ido finalmente!

—¡Bienvenidos! Cuando quiera, puede posar.

—Si me permiten, me voy a cambiar de ropa.

Margot entró en el baño, que era antiguo. La suciedad mostraba su cara en las esquinas del pequeño receptáculo. Intentó cambiarse sin apoyarse en ningún sitio. No tuvo más remedio que dejar la ropa que se había quitado apoyada en el lavabo. Salió con un vestido oscuro palabra de honor sin más adorno que unos pequeños pendientes de oro.

Le habilitaron una silla para que pudiera sentarse, pero antes sacó la pipa de su padre. La agarró con la mano izquierda y la sostuvo con fuerza. Después se sentó.

—Siéntase usted cómoda. Piense en algo bonito, su mirada parece de preocupación.

Margot tragó saliva.

—Oh, pues, no sé, estoy feliz, aunque, sí, estoy preocupada por los posados. ¿Cuántas veces tendré que venir?

—Por eso no se preocupe. Serán dos días en los que analizaremos todos sus movimientos y luego elegiremos la mejor postura para la composición. Pero usted muévase. Todavía no tengo pensado cómo plantearé el cuadro.

Torres empezó a realizar bocetos. Demostraba auténtica maestría. Finalmente, se acercó a Labarque y le dijo que el lado bueno de Margot era el derecho y que la mejor pose le parecía que podía ser la de ella mirando hacia un lado con una sonrisa enigmática. Al cabo de un rato, Pierre Labarque le sugirió a Margot, como si fuera idea suya, que se pusiera tal y como quería Torres.

Después de un par de horas, decidieron parar para comer y continuar por la tarde. Margot sacó un regalo para el bebé de Dubois.

—Muchas gracias. No tenía por qué hacerlo —le dijo un poco confuso.

—Deseaba tener un detalle con usted. Es un jersey de niño. ¿Cómo se encuentra su mujer?

—¿Por qué lo pregunta? —contestó Torres, sin añadir nada más y con cara de pocos amigos.

—Porque debe estar a punto, si no ha dado a luz ya.

Margot y Parker se pusieron en alerta por si las cosas se torcían. Margot se tocó a la altura de la pierna y comprobó que su pistola estaba sujeta con la liga.

—No, todavía no ha dado a luz. Pero, efectivamente, está a punto. Se encuentra muy molesta y no excesivamente bien de salud.

Harry Parker pensó que debía estar muy débil. Con lo que no contaban ni Torres ni su compinche es que antes sería liberada.

—Paramos para comer —dijo Dubois—. En dos horas quedamos aquí de nuevo.

—Nos gustaría invitarlos a comer… —comentó Parker.

—Muchas gracias, pero precisamente quiero ir a ver a mi mujer —dijo el pintor.

Pensó Margot, mientras volvía a cambiarse con su ropa de calle, que los inspectores estarían prevenidos para seguirlos. Intentarían marcharse juntos para justamente despedirse en el portal y que todos estuvieran advertidos.

Finalmente fue así. Salieron todos y, al llegar a la altura de la sala Carré d’Artistes, se dijeron adiós para que los ojos que estaban puestos en ellos se prepararan para ir detrás de ellos.

—¡Hasta la tarde! —se despidió Margot.

Se fueron al café de enfrente y se sentaron a tomar un refresco cerca de don Eugenio Benito Poveda. Margot tiró su bolso al suelo y, mientras el comisario hacía ademán de recogérselo, le pudo pasar la información.

—Dice Torres que va a comer con su mujer.

—Está el plan en marcha. Váyanse al hotel y esperen nuestras noticias.

El comisario le dio su bolso y le hizo un gesto de respeto.

—Merci beaucoup —llegó a decir en alto Margot.

Hicieron caso a la recomendación del comisario y se fueron al Lutetia. Durante una hora estuvieron esperando noticias en la habitación. Margot sacó el tabaco y se puso a fumar en la pipa de su tío. Daba vueltas por la habitación mientras lanzaba volutas aquí y allá. No podía disimular la preocupación que tenía.

—Ya te digo que no van a actuar los inspectores. Y no lo van a hacer porque deben cerciorarse de que sea el lugar donde tiene retenida a Almudena. Esperarán a que regresen esta noche de nuevo. La oscuridad es mejor para huir. No va a pasar nada ahora. Estoy seguro.

—Si eso es así, nosotros tenemos que prepararnos para volver al posado. Esta mañana se me salía el corazón por la boca.

—Yo te lo notaba, pero podría ser perfectamente por posar delante del pintor. Lo has hecho muy bien. Sabemos que Almudena, al menos, no ha dado a luz.

Margot seguía dando vueltas por la habitación del hotel.

—Desde que la liberen hasta llegar a España por la ruta más corta, que es entrando por Hendaya, hay 918 kilómetros. Calculo que tardaremos en llegar a la frontera unas doce horas, llevando una media de setenta y cinco kilómetros por hora. Habrá que repostar y deberemos trasladar a Almudena de un coche a otro. Yo debería ir con ella en todo momento.

Sonó el teléfono, se trataba del comisario. Tanto Dubois como Labarque no habían salido de la sala de exposiciones después de marcharse del estudio. Les habían mentido, como era previsible. Parker le explicó su plan al detalle.

—Cuando salgamos del estudio, nos iremos a la gasolinera de Orleans. Allí deberíamos reencontrarnos todos, justo a las afueras de la ciudad. Allí la deberíamos cambiar de coche para que viajaran Margot y ella juntas en el coche que nos dejará la embajada con matrícula diplomática.

Se despidieron y quedaron en seguir adelante con el plan. Era clave actuar rápido, en cuanto supieran que Torres iba a su domicilio a dormir. Mientras tanto, fueron hasta el café de nuevo, saludaron al dueño y se sentaron al lado del inspector Gutiérrez, que leía un libro e intentaba disimular con un café humeante en la mesa. Margot abrió en esta ocasión su monedero y dejó caer todo el dinero suelto que llevaba. Todos los clientes del café se agacharon a recoger las monedas. Gutiérrez aprovechó para hablar con Margot.

—No se han movido de la sala de exposiciones. Aquí seguimos esperando.

—Lo sabemos, nos lo ha dicho el comisario —le respondió en voz baja—. ¡Muchas gracias! —dijo en voz alta—. No sé qué me ocurre hoy, lo tiro todo.

Parker agradeció a todos los del café su ayuda y se sentó con Margot.

—Tenemos que volver al posado. Mentalízate en dar conversación a Torres. Céntrate en él.

—De acuerdo.

Cruzaron de acera y regresaron al estudio. Nada más tocar el timbre, les abrió la puerta Labarque. No parecía estar por allí el pintor Ángel Torres.

—No ha llegado aún el maestro, pero no tardará mucho.

—¿Le parece bien que mi mujer se vaya cambiando? Por cierto, ¿cuándo me podré llevar el cuadro de la exposición?

—No será posible hasta que no acabe. Se lo enviaremos a la dirección que nos dio.

A los pocos segundos apareció por allí Dubois. Se le veía con prisa.

—¿Comenzamos? —salió Margot vestida de noche, con la pipa de su padre en la mano.

—Siéntese igual que esta mañana —le dijo Dubois. La miraba guiñando los ojos e intentando buscar el encuadre que más le gustaba para su pintura—. ¡Míreme a los ojos!

Margot intentaba disimular mientras lo miraba. Sentía asco, repugnancia e indignación por el hombre que iba a pintar su retrato.

—¿En qué está pensando? ¿No ha tenido un buen día? —le decía Dubois como si le hubiera leído el pensamiento.

Margot no supo contestarle.

—No es eso, hemos discutido. ¿Usted también lo nota?

—Sí, su mirada no es igual que la de esta mañana.

Al verla tan poco predispuesta a sostenerle la mirada, Dubois los citó para el día siguiente.

—¡Descanse! Por hoy hemos terminado. Comenzaré a hacer una prueba esta noche sobre la posición que creo que será mejor para el cuadro. Nos vemos de nuevo mañana.

—Muy bien. ¿Como hoy? ¿Sobre las doce? —preguntó Parker a Dubois, sabiendo que al día siguiente ninguno podría acudir a la cita.

—Sí. A esa hora es perfecto.

Labarque guardó los bocetos dentro de una gran carpeta y los lápices negros en un estuche de madera. Parker abordó a Dubois.

—¿Le importaría darme uno de esos bocetos? El que más rabia le dé. Me parece un recuerdo muy bonito.

Torres cogió dos de los muchos que había hecho y se los dio.

—Es usted muy amable.

Salieron todos juntos igual que por la mañana y se despidieron a la altura del Carré d’Artistes.

—¿Quieren tomar un café?

—No, muchas gracias —dijo Dubois—. ¡Hasta mañana!

Dubois y Labarque se fueron andando por la calle colindante. Vieron como Gutiérrez se levantaba después de pagar la consumición. Mucho más lejos, observaron a Morales que disimulaba vestido como si fuera un bohemio más del barrio. Don Eugenio no tardó en llegar y se quedó en la puerta del café, sin entrar.

Parker se acercó a la barra a pedir un café que se tomó allí mismo, mientras Margot hablaba con el comisario.

—Vamos tras los pasos de Morales y Gutiérrez.

—¡De acuerdo! No se preocupen por mí. Regresaré mañana en avión. ¡Suerte! —les deseó el comisario.

 

31

Una huida interminable

Labarque se despidió de Dubois y este recorrió en solitario las calles del bohemio barrio de Montmartre. Al llegar a la rue Norvins, se paró y encendió un cigarrillo. Miró hacia todos los lados para cerciorarse de que nadie lo seguía. Morales pasó por la acera de enfrente y se fue calle arriba sin mirar atrás. Gutiérrez, desde una esquina, lo siguió con la mirada sin acercarse a él. Torres lanzó el cigarrillo al suelo, lo pisó y se metió en el portal que estaba al lado de la tienda de ultramarinos. Siempre había sido ese el domicilio, pensó Gutiérrez, tal y como creía Margot desde que lo siguió la primera vez. Entró en un soportal de la acera de enfrente por si volvía a salir. Pasó media hora y el inspector Morales regresó con un maletín a la calle donde había visto por última vez al pintor. El coche lo había aparcado en una de las calles adyacentes. Al ver a Gutiérrez enfrente, supo que vigilaba la casa en la que había visto a Torres por última vez. Dio media vuelta y caminó calle abajo. Divisó de lejos a Parker junto Margot, caminando sin prisa. Se observaron y Morales escribió en un papel algo apresuradamente. Al llegar a su altura, lo dejó caer. Margot se agachó y lo cogió. Ponía tan solo un número, el 37. Supieron que era el último lugar en el que habían visto a Torres. Fueron poco a poco caminando hacia ese inmueble y observaron a Gutiérrez, que cruzaba en dirección a la casa. No tenían tiempo para pensárselo, debían actuar a toda velocidad.

Gutiérrez sacó un pañuelo blanco y se sonó. Era la seña convenida. Después se giró hacia la puerta y la abrió con facilidad con la ayuda de una pequeña ganzúa que usó para desbloquear la cerradura. Se introdujo y esperó con la puerta abierta a que entraran Parker y Margot. Miraron en los buzones y, en el segundo piso B, encontraron un monsieur Dubois.

—¡Lo tenemos! —comentó Margot en voz baja—. Ha puesto su nueva identidad.

En la puerta de la calle, escucharon unos pequeños golpecitos y la abrieron. Era el inspector Morales con el maletín, en el que llevaba cloroformo y calmantes para adormecer a Torres y a su hermana, si es que también estaba allí. Le pidieron a Parker que se quedara en la entrada de la casa, por si algo se torcía. Margot debía subir con ellos para que Almudena confiara en ella, ya que se conocían de la inauguración de la exposición de Torres.

Se puso Margot a tiro de la mirilla de la casa y llamó al timbre… Gutiérrez y Morales se quedaron en el lateral de la escalera. Dentro se oyó movimiento y al fin, la puerta se abrió.

—¿Pero qué hace usted aquí? —preguntó Torres.

No dio tiempo a más porque salieron Gutiérrez y Morales y lo redujeron. Entraron en la casa y Margot fue habitación por habitación con la pistola en la mano.

Torres se resistió, pero le dieron un golpe en la cabeza con la culata de la pistola, lo introdujeron en el interior de la casa, lo sedaron con cloroformo y dejó de pelear con ellos. Pudieron atarle de pies y manos. Le pusieron una mordaza y le taparon los ojos. El propio Morales le pinchó con una jeringuilla un tranquilizante que lo dejaría dormido durante horas.

De una de las habitaciones, salió al escuchar jaleo la hermana de Torres. Margot la encañonó con su pistola.

—Señora, no se mueva. No me obligue a disparar.

—¿Pero usted no es la que quería una pintura de mi hermano? No me fiaba de usted. Se lo dije desde el primer momento a mi hermano.

—¡Cállese! ¿Dónde está Almudena?

Apareció el inspector Gutiérrez y la encañonó también con la pistola.

—¡Hable de una puta vez! —El inspector estaba nervioso. Sabía que la operación se podía torcer si no iban con rapidez—. Tienes ahí otra habitación —dijo a Margot.

Intentó la detective abrirla, pero estaba cerrada. Llevaba encima la hermana un juego de llaves colgando del cinturón. Morales fue por detrás, mientras Gutiérrez seguía encañonándola, y le puso en la nariz un pañuelo impregnado de cloroformo líquido. A los pocos segundos estaba dormida, como su hermano. Le puso también una inyección que la dejaría durmiendo durante horas. Margot le quitó el llavero y probó con la llave más larga. La puerta que permanecía cerrada se abrió.

Almudena estaba tumbada a oscuras en una cama.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó guiñando los ojos.

—Me conoces, estuve contigo en la inauguración de la exposición de Torres. ¿Te acuerdas que me desmayé? Era todo mentira para contactar contigo. Somos unos españoles que hemos venido a liberarte. Tu madre estará feliz de verte. Sabemos que querías dar por terminada esta situación. Se lo dijiste con la cabeza a nuestro amigo, que se jugó la vida por ti.

Margot con delicadeza la ayudó a ponerse de pie y a andar a pequeños pasos para salir de la habitación. Almudena miró a su carcelera y se quedó sin verbalizar ni una sola palabra.

—Está dormida y así continuará durante unas horas —comentó Morales—. No tenemos mucho tiempo para escapar.

Almudena pidió entrar en el baño, donde se aseó y se vistió con ropa limpia con la ayuda de Margot. Salió de allí con ganas de no volver a ver nunca a Ángel Torres ni a su hermana.

—¡Vámonos! ¡Por favor! —le pidió a Margot con miedo de que se despertaran.

—Ambos tienen tranquilizantes para tumbar a un elefante. No tema —le volvió a hablar Morales.

Almudena tenía los ojos rojos y no se podía mover con agilidad por su avanzado estado de gestación.

Parker, al verla bajar por las escaleras, le sonrió.

—¡No se preocupe por nada! La llevaremos a España aunque en ello vaya nuestra vida.

Ella le devolvió la sonrisa y tan solo sacó fuerzas para un escueto «gracias».

Morales se fue corriendo del portal mientras Gutiérrez se quedaba limpiando todo el piso de huellas. Se aseguró de que los dos hermanos estuvieran inconscientes y maniatados con fuerza. Finalmente, cerró la puerta y bajó con todos. A los pocos minutos, tocaba la puerta Morales. El coche lo tenía justo en la entrada para la huida.

Otro coche de la embajada española en Francia los esperaba tras el vehículo de Morales. Margot y Almudena se metieron, con la ayuda de Parker, en el que ponía cuerpo diplomático, y Morales y Gutiérrez en el que habían alquilado. Se dirigirían primero a Orleans, donde repostarían y volverían a cambiar un coche de matrícula diplomática por otro.

Margot viajó con Almudena en la parte de atrás. La joven embarazada no dejaba de llorar. Atrás dejaba primero sus ilusiones y después sus miedos. Margot tampoco pudo refrenar sus lágrimas. Parecía que muchos años de frustración iban a llegar hoy a su fin. Todos sabían que no estarían seguros hasta abandonar Francia. Lo que habían hecho era una ilegalidad, no tenían jurisdicción ni permiso.

Almudena, abrazada a Margot, cerró los ojos. Por primera vez en mucho tiempo se sentía segura. Se quedó dormida. La joven detective se preguntaba cuántas noches y días de insomnio habría sufrido encerrada en el piso. Lo que se inició como una historia pasional se había transformado en una pesadilla. El amor hacía tiempo había dejado paso al miedo. Ya no salía de casa sola, siempre estaba vigilada y encerrada bajo llave hasta que no regresaba el pintor.

Llegaron a Orleans, la bonita ciudad a orillas del río Loira. Allí los esperaba otro coche de la embajada con comida y bebida. Gutiérrez y Morales continuaron con el mismo coche alquilado. Repostaron y reemprendieron la marcha, seguidos del nuevo coche con matrícula diplomática donde iban Margot y Parker. Entre todos fijaron el siguiente objetivo.

—No volveremos a parar hasta Burdeos. Dependemos de lo que tarden en echarlos de menos y sus compinches descubran lo que les ha pasado. Espero que para entonces hayamos cruzado la frontera. Imagino que dirán que la hemos secuestrado.

El conductor nuevo del segundo coche del cuerpo diplomático entregó a Almudena un pasaporte con sus datos y su identificación. Podría salir del país legalmente. Esta solo alcanzó a decir otro «gracias» prácticamente inaudible.

Atravesaron Tours, situada en la región del Centro-Valle del Loira, y Poitiers, la hermosa ciudad de la zona occidental de Francia, hasta llegar a la ciudad portuaria a orillas del río Garona, Burdeos, en el sudoeste del país. Habían transcurrido cinco horas. Eran ya las cuatro de la mañana. Mientras repostaban, Margot acudió al teléfono de fichas que había en el establecimiento y llamó al hotel María Cristina, en San Sebastián. Por fortuna, era uno de los teléfonos que tenía en su pequeña agenda. Reservó una habitación a nombre de Harry Parker y Almudena Pimentel.

—Les pido que, si alguien llama preguntando por nosotros —se hizo pasar por Almudena—, digan que sí estamos alojados allí. Es que continuamos de viaje, pero pueden intranquilizarse nuestras familias. Si me hacen el favor, digan que ya hemos llegado.

—No se preocupe y buen viaje —contestaron desde la recepción.

Todavía faltaban casi tres horas hasta llegar a Bayona, y de allí a Hendaya. Margot no les contó nada de su plan. Era evidente que tenían que separarse al llegar a la frontera. Cada vez que se cruzaban con un coche de la policía se les cortaba la respiración. Almudena abrió los ojos y preguntó a Margot:

—¿Falta mucho?

—Tranquila, estamos ya muy cerca de la frontera.

—¿Cómo está mi familia?

—Muy desesperados y preocupados. Desconocen que estamos desarrollando esta operación. No queríamos crearles falsas expectativas. Han acudido hasta a videntes de todo tipo para saber de ti. Te puedes imaginar que están deseando verte, Almudena. Y nosotros, con ganas de que tu pesadilla acabe.

Parker, que iba en el asiento del copiloto, se metió en la conversación.

—Almudena, te puedo asegurar que Margot te ha entregado cinco años de su vida por entero. Su obsesión primero fue localizarte y después liberarte.

—Fue importante que fueras a Balenciaga. Ahí supimos que estabas de alguna manera pidiendo ayuda —comentó Margot.

—Hasta que no vi a aquel señor, que tanto se expuso por mí en la galería, no supe que me estabais buscando. Llegué a pensar que encargar un traje a Balenciaga y no acudir a por él era un grito tan sutil que podría haber pasado desapercibido.

—Ese señor del que hablas, el que contactó contigo, es un gran detective. Se llama Vicente Cerezo y estuvo a punto de perder la vida. Lo acuchillaron después de acercarse a ti y estuvo a punto de desangrarse.

—Muchas personas os habéis sacrificado por mí —dijo sonriente y con muy pocas fuerzas.

Se tocó el vientre y les dijo que el niño estaba intranquilo.

—¿Cuándo sales de cuentas? —preguntó Margot.

—No lo sé. —Se notaba que estaba desorientada—. No he ido al médico. Creo que Ángel tenía previsto que diera a luz en la habitación donde me habéis encontrado. Si no me llegáis a liberar, ¿qué hubiera sido de mí y del bebé?

—Tranquila, ahora estás en buenas manos. Debes descansar. Nuestro objetivo no es otro que cruzar a España. ¡Vuelve a dormir! Te avisaré cuando tengamos que atravesar la frontera.

A las siete de la mañana, llegaban a Bayona. Todavía no clareaba el día, pero sabían que al amanecer podrían pasar menos desapercibidos que en la oscuridad de la noche. Quedaban treinta y cuatro minutos para llegar a la frontera, a Hendaya. Había que pisar el acelerador. Parker miró hacia atrás y vio los expresivos ojos de Margot, que le indicaban que había todavía una posibilidad de que todo saliera mal.

La forma más rápida de ir de Hendaya a Irún era cruzando el puente internacional de Santiago. Sin embargo, al llegar, les pareció que había más presencia policial de lo habitual. ¿Se habría despertado Ángel Torres y habría podido quitarse la mordaza y pedir ayuda a gritos? Si eso había sucedido así, ahora mismo estaban siendo buscados en calidad de secuestradores. El coche de la embajada hizo señales con las luces a los inspectores y pararon en un tramo de la carretera.

—Señores, creo que, sintiéndolo mucho, nuestro viaje en coche termina aquí —informó Parker—. Hay una ruta peatonal que bordea el río Bidasoa que podríamos tomar. Son dos kilómetros y medio.

—¿En el estado en el que se encuentra Almudena? —dijo Gutiérrez.

—Sí, tiene razón Parker. Todo menos ser descubiertos y detenidos y que la pesadilla de Almudena comience de nuevo. ¡Andar es la mejor opción!

—¿Os habéis vuelto locos? —exclamó Morales.

—Sí, completamente locos —aseveró Margot.

—Está bien, nosotros cruzaremos por carretera. ¿Dónde quedamos? —preguntó Gutiérrez.

Margot estuvo pensando durante unos segundos. Se acordó de Fabiola y de sus veraneos en Zarauz, en la casa familiar. Estaba bastante cerca de San Sebastián y, por lo tanto, de la frontera.

—¡En Zarauz! En la villa de los Mora y Aragón. Allí nos esperáis.

—Está bien —dijo Morales con cara de pocos amigos.

La joven detective estaba convencida de que era la mejor opción y siguió hablando a sus compañeros de comisaría.

—Dadnos tiempo para que crucemos a España y desde un teléfono pueda llamar a Fabiola y nos deje descansar allí. No creo que haya ningún problema —comentó Margot.

—¿Estáis seguros de no querer hacerlo en coche? ¿Teméis que hayan despertado? —preguntó Gutiérrez.

—Exacto, no lo sabemos con certeza. Por lo tanto, vamos a pie —insistió la joven detective.

—¡Vámonos! —dijo Morales en el mismo tono imperativo de antes.

Parker y Margot bajaron del coche y ayudaron a salir a Almudena Pimentel. Durante unos segundos, la joven no pudo moverse, llevaba demasiadas horas sentada. Tuvo que apoyarse en el automóvil hasta que logró ponerse recta sujetándose el vientre.

—Me da la sensación de que, con todo este ajetreo, quiere salir. —Se refería al bebé, que no paraba de moverse en el interior de su vientre.

—¡Tranquila! Dos kilómetros no es nada. Vamos a caminar a tu ritmo —le dijo Parker.

Margot se quitó la alianza que perteneció a su madre y se la puso en el dedo anular a Almudena.

—Podéis perfectamente ser una pareja que habéis cruzado la frontera para caminar. Intenta andar lo mejor que puedas y no decir nada del embarazo. Si buscan a alguien es a una mujer embarazada a término. Estáis alojados en el hotel María Cristina de San Sebastián. Os hice la reserva esta madrugada. Si llaman desde la frontera al hotel, dirán que estáis alojados.

—¡Caray, Margot! Has pensado en todo —comentó Parker.

—Tengo claro que yo no puedo estar cerca de vosotros.

Margot peinó a Almudena y le hizo una coleta. También le pellizcó las mejillas para que luciera mejor color.

—Tendrás que aparentar que tienes menos meses de embarazo, si te preguntan. Cinco a todos los efectos. Y debes sacar fuerzas y andar con la energía de una chica joven por si están buscando a una embarazada a término.

Almudena se sentó en unas piedras del camino e intentó sacar fuerzas de donde no las tenía. Margot estaba convencida de que no debía ir con ellos.

—Cruzáis sin mí, ¿entendéis? Si buscan a alguien es a mí y a los dos inspectores. Harry, a ti los hermanos Torres no te han visto en esta operación. En un primer momento solo nos describirán a los tres.

—¡Es cierto! Lo haremos así. Lo importante es cruzar la frontera.

Se pusieron a caminar. Harry prácticamente llevaba a Almudena en volandas. Tuvieron que parar varias veces. Tanto Harry como Margot se deshicieron de sus armas y las ocultaron en unos matorrales. Continuaron andando hasta divisar el puesto fronterizo. Margot se quedó rezagada, siguiéndolos con la mirada.

Desde la distancia, comprobó cómo Almudena siguió al pie de la letra lo que ella le había dicho. Los dos tuvieron que echar mano del plan de Margot y dijeron que estaban alojados en el hotel María Cristina. Afortunadamente, debieron confirmarlo desde el hotel, tal y como les había pedido, porque al poco rato pasaron caminando con agilidad al lado español.

—¡Estás a salvo! —dijo Margot en voz alta.

Respiró hondo y se puso a caminar con su gran bolso, en el que llevaba de todo, hasta un recorte de su entrevista a Coco Chanel. Desde el otro lado de la frontera, la observaban ya de lejos Almudena y Parker. Fue muy sonriente hasta el puesto fronterizo. Enseñó su pasaporte y les dijo que era periodista y que estaba haciendo una ruta turística para luego contarlo en la revista Siluetas. Les sacó el recorte con la entrevista a la gran diseñadora francesa.

—¡Pónganos bien, señorita! Esta zona es probablemente la más bonita que haya visto usted nunca.

—¡Una preciosidad! ¡Es cierto!

El policía la dejó pasar. Justamente sonó un teléfono cuando ya ella se iba. Después de unos momentos conversando al aparato, el funcionario la llamó para pedirle que se detuviese.

—¡Un momento, señorita! ¡Regrese!

Margot no se dio la vuelta hasta que ya estuvo en territorio español. Miró hacia atrás y vio al funcionario desesperado, e intuyó que a otro lado de la frontera habían sido detenidos Gutiérrez y Morales. Se encogió de hombros y siguió como si nada… En la primera cafetería que se encontraron, los tres desayunaron juntos; Almudena llamó al comisario desde el teléfono público que había allí.

—Almudena, Parker y yo nos encontramos a salvo en territorio español.

—¡Bravo! Han rescatado ustedes a Almudena, ese sí que es un éxito policial. Espere un momento…

El comisario dejó de hablar con ella y segundos después continuó la conversación.

—Margot, me acaban de llamar de la embajada española en Francia. Gutiérrez y Morales están retenidos en la frontera. Ellos han llamado a Juan Gómez Redondo para informarle y que pueda mover sus hilos. Cree el jefe de seguridad, por lo que le han contado, que el somnífero que le pusieron a Dubois y a su hermana no era tan potente como creían. Llamaré de inmediato al ministro por si puede parar este conflicto diplomático.

—¿Van a dar la noticia?

—¡Sí!, ahora mismo. Se trata de una de las noticias más esperadas por todos.

—Entonces, para que Almudena esté tranquila unas horas, iré a la casa de una amiga en Zarauz. Si vamos a un hospital o a un hotel, tarde o temprano habrá prensa, y si continuamos el viaje, será una paliza innecesaria para ella.

—Está bien, póngase en contacto de nuevo para saber dónde se alojan. ¡Avíseme de todos sus pasos!

Margot, desde ese mismo teléfono público, llamó a Fabiola. Por suerte había pasado su teléfono al listín del que no se desprendía. A esas horas de la mañana, Fabiola estaba todavía en casa.

—¿Ocurre algo, Margot? —le dijo la joven aristócrata, preocupada por su llamada tan temprana.

—Fabiola, necesito acudir a tu casa de Zarauz.

—¿Estás ahora allí? ¿Qué te ocurre?

—No, tardaré máximo una hora en llegar. Voy con una embarazada que se siente muy mal y que puede ponerse de parto si no descansa. Es una historia muy larga y necesito la máxima discreción.

—Ve para allá y quédate el tiempo que estimes necesario. Allí están los guardeses y ahora mismo les informo de que te diriges hacia allí.

—Voy con ella y con el jefe de seguridad de la embajada de España en el Reino Unido.

—Está bien. Me encanta que te hayas acordado de que te puedo ayudar.

—¡La casualidad de que habláramos de tu casa en nuestro último encuentro! No sabes lo importante que nos resulta tu ayuda.

—No creo en las casualidades, Margot. Sabes que opino que alguien mueve los hilos de nuestra vida sin que nosotros entendamos nada. La fe lo explica todo.

Margot sonrió al colgar el teléfono. Fabiola era de las personas más dispuestas a ayudar que había conocido. Quizá, pensó, algún día pueda devolverle el favor…

 

32

La petición de mano

Fabiola se enteró por la prensa de que Almudena Pimentel, desaparecida hacía cinco años, había sido localizada y trasladada a España. Había cruzado la frontera por su propio pie huyendo del pintor Ángel Torres. Lo que comenzó para ella siendo una historia de amor se había transformado en un auténtico calvario. Gracias a la policía española, se encontraba a buen recaudo y descansando a pocos kilómetros de San Sebastián. En unos días, la trasladarían a Madrid para que se reencontrara con su familia.

Fabiola ató cabos. La ayuda que le pidió Margot para alojar a una joven embarazada y al jefe de seguridad de la embajada española en el Reino Unido seguro que tenía algo que ver con esa noticia. Parecía mucha casualidad.

En el periódico ABC se insinuaba que la policía española había intervenido en su liberación. Se trataba de una «operación muy sofisticada» en la que habían participado varios inspectores de la Brigada Criminal. No especificaban mucho más. Conocía, por la propia Margot, que ella colaboraba con la brigada como una inspectora más. Se lo contó en la cena que organizó Aline Griffith.

Decidió llamar a su casa, Villa Eakubi, en Zarauz. Su guardés respondió al teléfono, y le pidió que le pusiera con la señorita Sanz Peters. Al poco rato contestó Margot.

—¿Fabiola? Aquí seguimos intentando que la joven embarazada, que hemos alojado aquí, se recupere.

—¿Se trata de Almudena Pimentel?

Se quedó en silencio durante un segundo y finalmente contestó.

—No podía decirte nada. Ha sido una operación secreta y muy delicada. Te pido disculpas —se justificó Margot.

—No tienes que disculparte. He leído la noticia en el periódico. Me he imaginado que era ella cuando han dicho que se encontraba recuperándose a pocos kilómetros de San Sebastián. Me he acordado de que tú misma me dijiste que colaboras con la Brigada Criminal.

—Pues estamos alejados de todo y de todos. Almudena ha podido hablar con sus padres y con sus hermanos —le contó Margot—. Han sido emociones muy fuertes. Además, le faltan pocos días para dar a luz. Me gustaría que se recuperara de lo duro que ha debido ser para ella estar encerrada en la casa sin unas mínimas condiciones para llevar a término un embarazo. En solo dos días parece otra. Te estoy muy agradecida, Fabiola. Aquí nadie nos busca.

—Me alegro mucho de haber sido útil.

—¡Mucho! Aún hay cierto lío diplomático con Francia por este tema.

—Quedaos en casa el tiempo que necesitéis. No quiero pensar en lo mucho que ha tenido que sufrir esa joven.

—Muchas gracias, Fabiola —le dijo con sinceridad—. Sí, ha tenido que ser muy duro. Nuestra idea es salir mañana con destino a Madrid. Te mantendré informada.

Fabiola colgó el teléfono y pensó que cuántas segundas partes de una noticia no trascendían al público. Se fue a su cuarto y trasladó a su diario todo lo que estaba ocurriendo. Igualmente pensando en Bodo, como llamaba a Balduino, decía que estaba preparada para casarse porque había conocido al amor de su vida. «Asumo el designio de la Providencia con ilusión y enorme felicidad», dejó por escrito.

Regresó al teléfono y no pudo resistir la tentación de volver a escuchar la voz de Balduino. Tenía una línea directa que solo utilizaba la familia. Respondió él mismo.

—¿Balduino? Soy Fabiola. Solo te llamo para desearte un buen día y decirte que te quiero.

—¡Fabiola! Nada me puede hacer más feliz. Precisamente pensaba en nuestra última conversación —le dijo, emocionado—. ¿Qué te parece si llamo a tu madre este fin de semana para pedir tu mano?

—No hace falta que hagas caso a mi hermano Gonzalo. Yo te comenté lo que había dicho, pero…

—Estoy de acuerdo con él en que hay que hacer las cosas bien. No puedo viajar a Madrid, que en realidad es lo que me gustaría, pero afortunadamente el teléfono nos une en la distancia. Llamaré a las doce del sábado. ¿Es buena hora?

—Por supuesto, cuando te venga bien. Avisaré a mi madre. Yo estaré con ella.

Colgaron el teléfono después de expresar lo mucho que deseaban volver a verse y Fabiola se fue a la casa familiar, en Zurbano, para comunicárselo a su madre. Observó que los perros y los gatos ya no estaban en el salón. Su hermano Gonzalo había llamado a la perrera para que se llevaran a los canes y a una viuda aristócrata, que tenía la casa con tantos gatos como su madre, para que los cuidara. De hecho, le dijo que no notaría la presencia de doce más.

Milagros, Manuela y Lucía cada día se esmeraban en limpiar los restos que habían dejado los animales en las tapicerías y daban cera a todas horas en el suelo para que estuviera más reluciente que nunca.

Fabiola encontró a su madre rezando el rosario en la salita de estar contigua a su habitación. Se unió a ella y, cuando terminaron sus plegarias, le anunció que su prometido la llamaría a las doce del sábado.

—¿Para pedir tu mano?

—Sí, mamá. Le expliqué a Balduino que Gonzalo veía necesario que lo hiciera y le ha parecido que tenía razón.

—¿Y qué le digo yo al rey?

Doña Blanca se puso nerviosa y se empezó a retocar el pelo y a estirarse la ropa que llevaba, como si fuera a recibir a Balduino en ese momento.

—Mamá, es por teléfono. No te va a ver. Pues igual que cuando hablas con mi madrina. Sin nervios, le llamas majestad, lógicamente, y él te lo pondrá todo muy fácil. Ya lo verás.

La madre se levantó de su silla y comenzó a dar paseos cortos de un lado a otro de la habitación. Suspiraba, se paraba y se santiguaba para volver a ponerse en marcha.

—Deberías llamar a tu hermano mayor. Me gustaría que estuviera presente. Y al resto de tus hermanos también.

—Por supuesto. Se lo diré a Gonzalo, pero al resto, no. Ya lo saben. Esto del sábado debe ser más íntimo.

—Bueno, Jaime se encuentra también por aquí. ¿Se lo dirás?

—Mamá, de momento, no. Piensa que la discreción juega a mi favor. Cualquier desliz o anuncio en la prensa anterior a que lo difunda la Casa Real belga puede ser un problema. ¿No quieres eso para mí, verdad?

—No, por supuesto. Todo debe llevar su curso y con la máxima discreción.

—Jaime se enterará cuando la Casa Real lo comunique, no antes.

La madre siguió andando de un lado a otro de la habitación. Su cabeza daba vueltas sin parar.

—Necesitarás un ajuar. Vestidos para todas las ocasiones. No puedes perder mucho tiempo. Los trajes tardan en hacerse.

—Sí, lo había pensado.

—¿Cuándo se dará a conocer la noticia?

—A finales de julio, si nada se tuerce. Nos lo dirá el sábado Balduino.

—¡Qué ganas tengo de que lo sepan todas nuestras amistades! ¡Será un bombazo! A mí todavía me cuesta asimilarlo.

—Te confieso que a mí también.

Las dos se echaron a reír y se abrazaron. La madre le dijo que reformaría su habitación y que debería irse a vivir de nuevo con ella. A Fabiola no le pareció mal, teniendo en cuenta que habría revuelo de prensa y fotógrafos y estaría más protegida que en su piso. También la madre le sugirió que se empapara de la historia de Bélgica.

—Mamá, estoy en ello. Incluso llevo tiempo dando clases de flamenco. Quería sorprender a la familia de Balduino. Te aviso de que, en algún momento, Gonzalo, tú y yo deberemos viajar para conocer a su familia.

La madre paró de dar vueltas por la habitación y se dejó caer en su sillón favorito.

—¡Todo va a cambiar en esta casa! Espero estar a la altura.

—No tengo ninguna duda.

Manuela le pidió a Milagros el sábado libre. Le dio la excusa de ir a ver a su familia a Bolaños de Calatrava, pero, en realidad, lo que deseaba era acercarse a la consulta de su amiga vidente. Quería comprobar si veía en las cartas algo más de lo que le anunciaron con tanta nitidez. No le diría nada de lo que estaba sucediendo en el palacete. Las cosas no habían estado bien últimamente entre ellas. La amistad se había enfriado a raíz de la visita de Jaime de Mora y de cómo se había comportado con él. Sin embargo, el tiempo había dado la razón a la vidente. El terremoto en esa casa lo iba a provocar Fabiola. De hecho, tenía sentido que ella viera una corona. Lo había clavado.

Decidió presentarse sin avisar, pero estaba segura de que la recibiría, como lo había hecho siempre. Llamó al timbre y escuchó pasos detrás de la puerta. Ciertamente, le extrañó que no abriera enseguida. Volvió a llamar y al fin María Gracia fue liberando los cerrojos hasta abrir la puerta.

—¿Cómo te presentas sin avisar y después de tanto tiempo sin saber de ti? —preguntó con evidente mal humor.

Se abrochaba la bata con la que salió a recibirla y se atusaba el pelo. Parecía recién levantada de la cama.

—No sé, somos amigas y pensé… Veo que te he despertado. A estas horas no creía…

—Yo tengo mi propia vida y a lo mejor no es un buen momento.

—¡Ah! ¿Te pillo ocupada? —Era evidente que no estaba sola.

Manuela se quedó paralizada en el rellano de la escalera e hizo ademán de marcharse.

—Lo siento. No sé cómo se me ha ocurrido presentarme sin decirte nada.

—¡Espera! No te vayas así. Date una vuelta y regresa en una hora. Estaré en condiciones de recibirte. Ahora no puedo.

—Ya, pues hasta luego. ¡Con Dios!

Bajó las escaleras corriendo y se fue de allí como alma que lleva el diablo. Una vez en la calle, frenó en seco y decidió quedarse en algún lugar donde pudiera ver quién salía y quién no del inmueble.

A los veinte minutos, vio salir a un hombre joven, no de mucha altura, con dos bolsas repletas de alimentos, de frutas, huevos y paquetes no muy voluminosos. Era moreno, de complexión fuerte y nariz desproporcionada. Se alejó de allí calle abajo. Entendió entonces la inconveniencia de su visita.

Estuvo dando vueltas hasta que casi pasó una hora y regresó a la casa de la amiga, que olía a incienso desde el rellano de la escalera. Llamó de nuevo y se abrió la puerta.

—¡Pasa! —le dijo María Gracia, ya vestida.

—Necesito que me eches las cartas. Está sucediendo todo en esa casa como tú bien me dijiste la primera vez —le confesó Manuela.

—Pues te lo tomaste a mal y ahora compruebas que se ha confirmado. Mujer de poca fe —bromeó la pitonisa. Manuela sonrió, volvían a ser amigas.

Se puso la túnica con la que trabajaba y encendió una vela blanca; también prendió una mecha de la que salió un humo que las envolvió rápidamente para crear una atmósfera misteriosa. Sacó sus cartas y comenzó a extenderlas sobre la mesa. Sin embargo, María Gracia, con el don heredado de su abuela, sabía ya lo que estaba pasando.

—La noticia que pondrá esa casa patas arriba está a punto de explotar —le dijo—. Se va a retrasar un tiempo todavía. Veo claro que una mujer de esa familia en la que sirves será muy poderosa. Mucho. Sin embargo, su felicidad no será completa.

—¿Por qué dices eso? —le preguntó, sorprendida.

—Veo muchas lágrimas. Cuando el terremoto pase y el tiempo transcurra, no logrará ser feliz del todo. Algo se lo va a impedir. Todavía no veo claro qué será.

Se quedó pensativa Manuela y llegó a deducir que lo que su amiga estaba haciendo era vengarse.

—Pero de mí ¿que ves? ¿Voy a enamorarme o no?

—De momento, no. Más adelante ya te dije que sí te veo con alguien del pueblo.

—¿Del pueblo? Son muy pocos los mozos que quedan libres.

—No estoy muy segura, pero no puedo seguir. Me agoto, Manuela. Mi concentración tiene un límite.

—Está bien, he llegado en un mal momento y encima te hago cansarte más de la cuenta. ¿Quieres que salgamos a comer algo? He pedido el día libre.

—No puedo. Aunque sea sábado, va a venir una señora que tiene un problema tremendo con su marido.

—¿Ves? Los hombres solo dan problemas. ¿Le has echado las cartas a ese joven que ha salido de tu casa mientras yo hacía tiempo por el barrio?

—No me hace falta —respondió suspicaz la adivina. Sabía que su paisana no era tonta, y ninguna necesitó más explicaciones—. Con ver a la persona tengo suficiente. Creo que me aprecia de verdad, aunque le gusten demasiado las faldas y el dinero y esté siempre emprendiendo negocios que son un desastre. Pero, cuando estamos en la intimidad, se vuelca en que yo sea feliz y eso es muy generoso por su parte.

—¿No será un viva la virgen que se aprovecha de las mujeres?

—No, aunque sé que no hay una sola mujer que le parezca fea. Pero cuando está conmigo es sincero. De eso estoy segura.

—A ver si el amor te está nublando la mente. ¡Cuidado con los zalameros! ¿A qué se dedica?

—A los negocios. Vino acompañando a un amigo que deseaba hacerme una consulta. Luego me pidió verme a solas y una cosa nos llevó a la otra.

—Ya… Tienes mucho de todo y me da miedo que se aproveche de ti. Hoy se lleva una cosa, mañana otra… Tienes las cosas demasiado a la vista.

—¡No hay cuidado! ¡Soy vidente!

Las dos amigas se despidieron con afecto. Todo había vuelto a su cauce entre ellas. María Gracia, para sellar su reconciliación, le regaló unas berenjenas y unos huevos del pueblo. También le dio una copia de la llave de su casa.

—Quiero que la tengas tú por si un día la pierdo o la olvido en algún lugar. Prefiero que seas tú quien me ayude a abrir la casa.

Manuela pensó que no había mayor signo de confianza que ese.

—Estará a buen recaudo. ¡Descuida!

—No tengo por aquí a nadie de la familia. Bueno, te tengo a ti, como si lo fueras.

—Gracias por tus palabras. No digas nada de las confidencias que te he hecho, no vayamos a perjudicar a Fabiola.

—¡Descuida! Para mí es como un secreto de confesión.

Se dieron un beso que selló viejas rencillas.

Cuando regresó al palacete, no se pudo quitar de la cabeza los dos presagios de su amiga. Uno, que Fabiola, a pesar de ser la prometida del rey de Bélgica, iba a llorar mucho y su felicidad no llegaría a ser completa. Y otro, que le iba a salir un pretendiente del pueblo. A Milagros no le diría ni lo uno ni lo otro. Sellaría su boca.

Cuando volvió a la casa de los Mora, había mucho revuelo. Le contaron en la cocina que el rey Balduino le había pedido a doña Blanca la mano de su hija. Aunque solo Milagros había estado presente, les dijo a todos que había habido mucha emoción durante la llamada. No pudo evitar doña Blanca que le brotaran las lágrimas al oír las bonitas palabras que Balduino decía sobre su hija. Al final, no dejaba de ser un hombre enamorado. Al parecer, Fabiola también se emocionó.

—¿Lloró mucho?

—Mucho —le dijo Milagros. Gonzalo sí que mantuvo el tipo todo el tiempo que duró la conversación. Fabiola después se quedó conversando con su prometido, una vez que concluyó la formalidad de la petición de mano.

¿Serían esas las lágrimas de Fabiola a las que se refería su amiga vidente?, se preguntaba Manuela para sus adentros. Ella no abriría la boca. Jamás les diría lo que su amiga le había dicho.

En el salón, Fabiola se despedía de su madre y de su hermano. Habían estado ultimando los detalles frente a todo lo que se les vendría encima.

—Tendremos más tiempo. Me ha dicho Balduino que, debido a la situación tan violenta que se está produciendo en el Congo, no es momento de dar a conocer nuestro compromiso. Se retrasará la noticia unos meses.

—Entonces ¿cuándo lo darán a conocer?

—Quizá para septiembre. Antes deberíamos ir nosotros a conocer a su familia. ¿No os parece?

—Por mi parte no hay ningún problema —comentó doña Blanca.

—Por la mía tampoco. En todo lo que sea por tu bien, cuenta conmigo —añadió Gonzalo.

Fabiola se abrazó a su hermano. En ese momento apareció Jaime.

—¿Y esas expresiones de cariño? ¿Solo se las dedicas a Gonzalo?

—No, por supuesto que a ti también. —Se acercó y lo abrazó.

Jaime los miró a todos e intuyó que estaba pasando algo.

—¿Ocurre algo que deba saber?

—Todavía no, hermano. Debes tener paciencia.

—Si te vas a meter en un convento, a mí ni me lo cuentes. Me parecería un desperdicio. La vida hay que vivirla y no enclaustrarse para rezar todo el día.

—Hermano, deja a Fabiola en paz. No es buen momento para tus tonterías —le increpó Gonzalo.

—Está bien, ya me lo contaréis. Me voy a una sala de fiestas a ensayar, que me han pedido que toque esta noche el piano.

—Deberías ir pensando en sentar la cabeza, ¿no crees? —le dijo su hermano mayor.

—¡Sois todos unos aburridos! Au revoir! —Jaime se fue de allí tarareando su canción favorita—: Acuérdate de Acapulco…

 

33

Y de repente, lo inesperado

A las cinco de la mañana del día siguiente, Almudena Pimentel, con los nervios del regreso a Madrid, comenzó a tener unas molestias repetidas en el vientre. Una hora después rompía aguas. Todavía no había amanecido cuando unos chillidos despertaron a todos en Villa Eakubi.

Almudena gritaba una y otra vez el nombre de Margot en mitad de la noche. Esta literalmente se tiró de la cama para averiguar qué estaba ocurriendo. La joven detective entró de repente en la habitación y vio a Almudena de pie, en medio de un charco de líquido amniótico que le mojaba los pies. Parecía incapaz de moverse.

—¡Has roto aguas! ¡Hay que llevarte al hospital!

—¡No hay tiempo, el bebé está de camino! —dijo Almudena con miedo en el rostro, a la vez que intentaba sujetarse el vientre.

Harry Parker llegó hasta ellas alertado igualmente por los gritos de Almudena. Tampoco los guardeses tardaron en aparecer por allí. Se miraban entre ellos sin actuar, como esperando una orden mientras se contenían y disimulaban su cara de sorpresa. La primera en reaccionar fue Margot, que empezó a tomar decisiones.

—Harry, ayúdame a trasladarla hasta la cama con mucho cuidado. Por favor, Juan —se dirigió al guardés—, llame al médico o a la comadrona del pueblo. ¡Nos va a hacer falta!

María, la mujer del guardés, estaba acostumbrada a traer al mundo a terneros y potrillos. Imaginó que no sería muy diferente.

—Voy a por agua caliente y paños limpios. También traeré toallas, hilo de bramante y tijeras. Nos harán falta.

—Almudena, ha llegado el momento que tanto esperabas. Con tu esfuerzo y nuestra ayuda, espero que tu hijo esté pronto entre nosotros —le dijo Margot mientras se recogía el pelo.

—Siento que está aquí. Tengo la sensación de que va a salir de un momento a otro.

Margot tragó saliva. No tenía ni idea de qué había que hacer, pero pensó que las mujeres habían parido solas y en casa durante siglos, sin ayuda de nadie. Liberó la cama de mantas y sábanas y le pidió a Harry que le cogiera la mano a la joven parturienta. El jefe de seguridad comenzó a hablarle.

—Respira hondo y, cada vez que te llegue una contracción, aprieta. Piensa que tu hijo te está pidiendo permiso para salir.

Harry también estaba nervioso y disimulaba como podía. Era una situación completamente nueva para él.

—¡Ahhh! Tengo una contracción muy fuerte —gritaba la joven embarazada.

Almudena apretó la mano de Harry Parker y este aguantó estoicamente mientras le clavaba las uñas.

—¡Empuja, Almudena! Tu hijo está en el canal del parto —le decía Margot, intentando aparentar tranquilidad.

María, la mujer del guardés, también se ofreció para ayudar mientras llegaba el médico.

—Señora, he ayudado a las yeguas cuando sus potrillos iban a nacer. No puede ser muy diferente.

Con un gesto, Margot le pidió que se pusiera al mando de la situación. María pidió a Almudena que empujara con todas sus fuerzas. Margot se dirigió a la mujer del guardés entre dientes.

—¿No tarda mucho su marido?

—Debe estar al caer… ¡Veo la cabecita del bebé! Un poco más y ya está fuera.

—Almudena, el niño ya está aquí, tienes que empujar un poco más —le insistía Margot.

—¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhh! No puedo más. Estoy sin fuerzas.

La cabecita del bebé empezó a asomar, María tiró con cuidado y fue saliendo poco a poco.

—Es como si la cabeza del bebé fuera igual que la de los potrillos. Se alarga para pasar por el canal del parto. ¡Un milagro de la naturaleza! —le comentó a Margot.

—¡Un poco más, Almudena, y lo tenemos! —le decía Margot con nerviosismo.

—¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!

María giró la posición del bebé nada más sacar la cabecita para que salieran los hombros y después el resto del cuerpecito. Gracias al último empujón de Almudena, el bebé salió disparado. A María casi se le escurre entre las manos, como si se tratara de un pez.

—Es una hembra y bien hermosa —comentó María.

Margot puso dos hilos de bramante en el cordón umbilical y cortó con la tijera esterilizada, entre medias. Cogió a la niña por instinto y le dio un azote mientras la ponía boca abajo. A los pocos segundos, comenzó a llorar con rabia. La limpiaron con los trapos húmedos que tenían y se la entregaron a la madre envuelta en una toalla.

—¡Aquí tienes a tu preciosa niña! —le dijo Margot—. El comienzo, como diría Platón, es la parte más importante de la obra. Tu bebé está comenzando la gran aventura de la vida. ¡Qué maravilla, Almudena!

A Margot se le saltaron las lágrimas. Almudena, que estaba casi desfallecida, dejó de apretar la mano de Harry y se olvidó de lo agotada que estaba para abrazar a su pequeña. Se puso a llorar de emoción y a temblar de frío.

Harry tapó a la madre y a la bebé con una colcha antes de contestar a Margot.

—Ciertamente, un buen comienzo es un buen punto de partida y cimenta las bases para el éxito de cualquier proyecto. Ahora bien, yo añadiría que el abrazo de Almudena a su hija está transformando su vida desde este momento. El amor lo cambia todo en nuestra existencia, la transforma. Eso también es de Platón.

Margot le sonrió y no pudo contestarle, ya que llegó el médico y los echó a todos. Cuando regresaron a la habitación, ya le había limpiado los restos de placenta y le había dado dos puntos debido a un pequeño desgarro vaginal.

—Estos desgarros suelen ser de la fuerza con la que empujan las madres por última vez para que salga el hijo.

—No sabe lo que agradezco que haya venido. Ha sido una asistencia completamente improvisada —le dijo Margot.

—Lo han hecho de maravilla, mis felicitaciones.

—Todo el mérito es de María —comentó Margot.

El médico se quedó auscultando a la bebé y finalmente les dijo que todo estaba bien.

—Ahora los padres, a darle una educación a esta chiquilla.

Harry sonrió sin quitarle la idea de que él era el padre. Se fue de allí el médico y todos celebraron el comienzo de este día, aunque hubieran tenido que cambiar de planes. El viaje a Madrid debería esperar.

Margot llamó a Fabiola. Era lo mínimo que merecía después de todo lo que había pasado. Además, estaba segura de que se alegraría al conocer la noticia. Y no se equivocó. La futura reina trasladó sus felicitaciones a la madre e incluso le ofreció la ropa de sus sobrinos, que guardaban en los baúles y la guardesa recuperó enseguida.

Fabiola cortó la comunicación y se quedó pensativa. Le encantaría llenar de chiquillos el castillo de Laeken, donde residiría junto a Balduino. El nacimiento de esa bebé en su casa de Zarauz activó de alguna manera su instinto maternal. «El deber de cualquier reina es dar continuidad a la corona trayendo un heredero al mundo», se decía a sí misma mientras sonreía.

Violeta la sacó de sus pensamientos.

—¿Ha ocurrido algo?

—Pues sí, que nuestra casa en Zarauz ha servido para que la conocida de una amiga mía, que se aloja en nuestra casa, haya dado a luz en el mejor entorno que podía imaginar: con el mar de fondo y la «reina de las playas» presidiendo las vistas.

—No es mal lugar para nacer. ¡Ya lo creo!

Fabiola se quedó mirando a su fiel Violeta y exhaló un fuerte suspiro.

—Sabes que nuestra vida va a cambiar por completo. ¿Estás preparada? —le preguntó.

—¡Yo con usted al fin del mundo! Estoy muy ilusionada, señorita.

—Lo sé. Muchas gracias. Serás para mí de mucha ayuda. Alejada de todo y de todos, solo te tendré a ti de máxima confianza.

—¿La tengo que llamar ya majestad?

—No, tranquila.

Fabiola la abrazó y fue a su cuarto a vestirse. Deseaba llegar a la misa de las nueve en la iglesia de Santa Bárbara. Tantas veces había rezado allí y sus plegarias parecía que habían sido escuchadas. Ahora, en secreto de confesión, ansiaba hablar con el padre Cavestany para contarle que se había prometido con Balduino. El sacerdote, nada más escucharla y una vez que le dio la absolución, salió del confesionario y la abrazó. La gente que estaba allí los miró sin entender muy bien qué pasaba. Creyeron entender que le estaba dando el pésame por alguna pérdida familiar irreparable.

Fabiola, tras salir de la iglesia, estuvo yendo a diferentes modistos para encargarles vestidos, sin decir para qué eran exactamente. También se compró varios trajes en la boutique Fabiola, que se encontraba en el bajo de su piso de soltera. Lo cierto es que en la tienda seguían la moda de Mary Quant y las faldas eran más cortas de lo habitual. Fabiola mandó que le sacaran el dobladillo de todos los trajes, a pesar de que le comentaron que la minifalda se estaba imponiendo. Fabiola, muy discreta, contestaba que en los círculos en los que se iba a mover no estaría bien visto. Por último, acudió a Eisa Costura, en el número 9 de la Gran Vía. Ese día fue acompañada de su madre. Era la tienda de Balenciaga en Madrid, que tenía dos entradas: la de las costureras, por la puerta trasera que daba a la calle Caballero de Gracia, y la de los clientes, por la puerta principal. A doña Blanca todo el mundo la trataba con un cariño especial. Todos sabían que, gracias a las mujeres de su familia, Balenciaga se hizo un nombre en la moda.

Las recibió su directora, María Ozcariz. Fabiola solo le habló de trajes para eventos especiales, no le dijo nada más. No debía. Sin embargo, pensó que el traje de novia debería salir de las manos de las costureras de ese taller, como homenaje a su abuela. No le comentó nada a la directora, que las llevó a ver a Juan Mari Emilas, al que conocía bien la marquesa de Casa Riera.

—¡Qué manos tienes! Bueno, tenéis —se dirigió la madre de Fabiola al resto de cortadores.

—Mi padre, como usted bien sabe, ya trabajó aquí durante la Guerra Civil. Yo he aprendido el oficio en casa. Tan importante o más que el diseño es el corte. Aquí estamos un grupo de cortadores de primera, aunque esté feo decirlo.

—Lo sé perfectamente. El señor Balenciaga no duda en formar a su personal, a pesar de que algunos, una vez que aprenden el oficio, se van a abrir su propio negocio de moda. ¡Es ley de vida!

—Es cierto, doña Blanca, aunque no es mi caso. Sé que estoy ante un genio creador de su propio estilo y sus propios conceptos.

—Cristóbal siempre desea que quien trabaja para él sea perfecto —le dijo la directora—. Desde los ojales hasta las mangas, pasando por el corte y las puntadas de las modistas.

—No se olvide del cuello y su obsesión por la clavícula de la mujer. Le gusta que las prendas basculen para despejar la zona de la nuca. Por no hablarle del interior de las prendas, un mundo de frunces, pinzas y cortes que hacen que el diseño parezca sencillo, pero ya le digo que no lo es —añadió Juan Mari Emilas.

—No he conocido a nadie tan perfeccionista y que ame su profesión como él —habló Fabiola.

La directora le enseñó varios diseños que le gustaron, y eligió las telas con la ayuda de su madre. Después de una hora y media, Fabiola salió de allí dispuesta a acompañar a su madre hasta su casa y hablarle del encuentro con la familia de Balduino que debía producirse ese verano. Convino con ella en que irían al castillo que tenían en las Ardenas en compañía de Gonzalo, el mayor de los hermanos, para conocer a la familia del rey.

—Mamá, es una familia. No debemos pensar en que son esto o lo otro. Como su prometida, aunque todavía no sea oficial, quieren conoceros.

—Yo encantada, pero no podré evitar los nervios.

—Si te parece, iremos en coche a Zarauz, como todos los veranos, y desde allí nos escaparemos para visitar las Ardenas. Nadie tiene por qué saber nada. Estamos de vacaciones y queremos ir allí, a los bosques y colinas que se extienden por Bélgica, Luxemburgo y el nordeste de Francia. Decir eso no es mentir, mamá.

—Está bien. Lo que tú digas. Temo siempre que se me escape todo lo que está sucediendo contigo. Sobre todo con mis amigas. Todas, por cierto, me dicen que la casa vuelve poco a poco a tener el brillo y el esplendor de siempre. Cuando acabe el verano, podrás trasladarte de nuevo a Zurbarán.

—Sí, ya se lo he dicho a Pilar. Nuestra amiga Piedi de Salinas la ayudará en todo lo que yo deje por resolver. Siento mucho abandonar a mis ancianos y a mis familias necesitadas. Desde la lejanía, seguiré pendiente de todos ellos.

—No olvides a tu madre tampoco. —Se abrazó a su hija.

—A ti, menos que a nadie. De todo este maravilloso momento que estoy viviendo, lo que más me duele es dejarte. Por eso, espero que vengas a Bélgica a verme y pases conmigo largas temporadas.

—¡Hija! Lo que vamos a vivir en esta casa es un sueño. ¿Quién puede decir que ha traído al mundo a una reina? Yo sí.

Volvieron a abrazarse. Últimamente, la emoción embargaba todos sus encuentros.

Almudena Pimentel se recuperó en un tiempo récord del parto y a los tres días se despidieron de los guardeses, que tanto los habían ayudado, y se pusieron en camino. El recorrido de vuelta a Madrid desde San Sebastián lo hicieron en un tren de vapor que los llevó hasta Burgos. Allí tuvieron que realizar un trasbordo y subirse a otro tren un poco más moderno, ya que las vías hasta la capital eran más anchas. Los marqueses de Montero, padres de Almudena, no sabían que regresaba ese día, y menos aún que había dado a luz. La noticia tan solo la conocían el comisario y el ministro de la Gobernación. Almudena les pidió a Margot y a Harry su complicidad para que la familia se llevara una sorpresa cuando ella apareciera por allí.

Los inspectores Gutiérrez y Morales aguardaban en el andén de la estación del Norte. Al verlos Margot a través de la ventanilla del tren, se llevó una gran alegría.

—¡Harry! ¡Los han soltado! Están aquí los inspectores.

—Te aseguro que esto se ha resuelto a través de contactos a alto nivel. Seguro que ha tenido que intervenir algún ministro.

—El caso es que están aquí ya. ¡Me alegro muchísimo!

Los inspectores sonrieron de verlos. La animadversión de Morales hacia Margot parecía que había desaparecido. Lo habían pasado demasiado mal como para no reconocer el trabajo y el final feliz de todo ese caso.

—No os imagináis lo que me alegro de veros —comentó Margot.

Al bajarse del tren, les dio un par de besos a cada uno, acompañados de un «gracias» que Morales no esperaba. Harry les dio la mano apretando con todas sus fuerzas en señal de afecto. Almudena, con su bebé en brazos, fue la última en bajar. Harry la ayudó y, en cuanto estuvo a la altura de ellos, se emocionó enseñándoles la carita de la bebé.

—¿Cómo se va a llamar? —preguntó Gutiérrez con curiosidad, mientras miraba a la niña.

—¡Margarita!, lo tengo clarísimo. Es mi homenaje a la mujer que no ha cesado en todo este tiempo de buscarme.

Margot no esperaba ese comentario y se quedó paralizada, con los ojos humedecidos por sus palabras.

—Almudena, no me lo esperaba. ¡No me habías dicho nada! Gracias de corazón. Tu niña, de esta forma, siempre estará ligada a mí.

—Te diré que por más motivos, no solo por el nombre. Quiero que tú y Harry seáis los padrinos.

Harry y Margot se miraron. Margarita sería su nexo de unión de por vida. Ambos sonrieron y le expresaron de nuevo su agradecimiento. Los inspectores, que fueron a recogerlos en dos coches, los trasladaron hasta la casa familiar. Durante todo el trayecto, Almudena fue muy callada. Sujetando a su bebé en brazos, miraba lo mucho que habían cambiado las calles de Madrid. Se había ido en el año 54 y regresaba en 1960. ¡Seis años en los que su vida había cambiado por completo! Ahora volvía con un bebé y se preguntaba cómo lo encajarían sus padres. A nivel social, su niña estaría siempre estigmatizada, sería hija de madre soltera. Empezó a llorar en silencio.

—¿Qué te ocurre, Almudena? —le preguntó Margot.

—Es la angustia. ¿Cómo encajará mi familia tan tradicional que regreso con un bebé? Me da la impresión de que mi sufrimiento no acaba aquí.

—No pienses eso —la consoló—. Lo importante es que has vuelto.

Llegaron hasta el paseo del Pintor Rosales, donde vivían sus padres. Regresaba con muchas heridas en el alma que no sabía si sus padres serían capaces de ayudarla a restañarlas.

 

34

Volver a casa

Cuando Almudena hizo sonar el timbre de su casa y el ama de llaves abrió la puerta, fue como retroceder seis años. La mujer del servicio se frotaba los ojos, igual que si viera a un fantasma, alguien que llegaba del más allá. Margot, con el niño en brazos, estaba detrás de ella, tapada por Harry Parker. Verdaderamente, el ama de llaves parecía haberse convertido en una estatua de sal.

—¿Quién llama, que te has quedado sin palabras? —preguntó la madre, que alcanzó a asomarse por la puerta, extrañada ante la parálisis de su persona de confianza. Cuando vio a su hija, lanzó un gritó sin poder contenerse—: ¡Mi hija! ¡Almudena, vida mía! ¡Hija mía! —Corrió a abrazarla.

Al rato, salió el padre de Almudena, también sorprendido por los gritos de su mujer. No alcanzaba a entender qué estaba pasando. Al ver a su hija, no pudo reprimir las lágrimas.

—¡Estás aquí! —No podía hablar de la emoción que sentía.

Almudena los abrazaba indistintamente y a la vez, los besaba. A sus amigos los animaba con la mano a que pasaran detrás de ella. Margot y Harry, junto con los dos inspectores que se habían jugado la vida y la carrera por ella, entraron también.

—No llego sola. Vienen los policías que me liberaron y también alguien a quien no esperabais. Aquí os presento a Margarita.

Margot salió de su escondite, tras la espalda de Harry Parker, y se acercó para enseñar a los padres la niña, que dormía plácidamente después de que Almudena le hubiera dado el pecho durante el trayecto.

—Aquí tienen a esta bebé preciosa. Así está de grande con tan solo tres días de vida —afirmó Margot.

—¿Es tu…? —Su madre parecía que no se atrevía a decir la palabra.

—Sí, mi hija. Es decir, vuestra nieta.

Silveria Ramón se echó a llorar y le quitó a la bebé de los brazos a Margot. Se puso a mirarla y a cantarle una nana. Mientras tanto, el padre le expresó su malestar.

—¿Una hija? ¿Eres consciente de lo que dirán en sociedad sobre que regreses con un hijo después de haberte escapado de casa? Nos pones en una situación muy difícil. —El padre volvía a su rigidez de siempre.

—Padre, parece que no te alegras de que haya regresado. ¿Hubieras preferido que no hubiera vuelto?

—¡No digas tonterías! No es eso… Simplemente que habrá que ocultar al bebé.

Almudena se echó a llorar. No podía imaginar que su padre fuera tan cruel con ella. Llevaba seis años desaparecida, pero su padre seguía más preocupado por las apariencias y las posibles habladurías que por ella. Ni siquiera le había preguntado cómo se encontraba de salud y ya estaba lanzando reproches. Por fortuna allí estaba su madre. Con ella, el regreso sería más llevadero, aunque nunca fácil; su padre se lo acababa de dejar claro.

—Tu padre está nervioso y no sabe medir sus palabras —salió la madre al quite—. Estamos felices de que hayas vuelto. Los videntes a los que consultaba me decían que estabas retenida contra tu voluntad y que tu vida corría peligro.

—Sí, todo ha sido una auténtica pesadilla. Pero ya habrá tiempo de hablar de todo eso.

Se le habían quitado las ganas de explicar cómo habían transcurrido esos años para ella. No tenía ganas de revivir los últimos tiempos, y menos delante de su padre.

El marqués miró a la niña y enseguida apartó la vista. En el fondo, para él esa niña representaba un desliz, el pecado de su hija con el maestro que tenía en Bellas Artes. Un profesor de pintura que además estaba casado.

—¡Qué desastre! —continuó hablando el padre confidencialmente a Harry Parker—. ¡Qué forma tienen los hijos de arruinarse la vida!

—Si no llegamos a liberar a su hija, no sé qué hubiera sido de ella. Se habría puesto de parto sin que nadie la ayudara. Olvídese del qué dirán… Seguramente su nieta será la persona que le dé más motivos para ser feliz. —Parker estaba realmente indignado con aquel hombre al que solo le preocupaban los prejuicios rancios de su condición.

Margot se dio cuenta de que Harry estaba levantando la voz y lo cogió del brazo como advertencia para que cesara en sus reproches.

Almudena y su madre subieron a la planta de arriba. Entró en su habitación y comprobó que todo estaba tal y como lo había dejado seis años antes. No pudo evitar echarse de nuevo a llorar.

—¡Un hogar después de tanto tiempo! No imagináis las veces que he pensado en este momento. Eso me mantenía con energía para seguir adelante.

Al poco rato de estar allí, avisados por su padre, sus hermanos Juan y Gabriel se presentaron lo más rápido que pudieron, deseando abrazarla.

—Me alegra mucho verte —le dijo Juan, su hermano mayor—. Sin embargo, no te perdono la incertidumbre y la angustia en que hemos vivido estos últimos años. Ha sido terrible.

Almudena lo abrazó y le pidió perdón.

—Lo sé, me dejé llevar por el amor. Sabía que ninguno ibais a apoyarme. Ángel era un hombre casado y decidimos irnos a París. Todo empezó como una gran aventura.

—Como hermano mayor, te podría haber ayudado.

Gabriel fue incapaz de decir nada, simplemente la abrazó y la besó repetidamente. Ambos se quedaron muy sorprendidos al ver a la pequeña Margarita.

—Imagino que vosotros habréis tenido hijos en estos años…

—Yo sí —dijo Gabriel—. Ya tengo tres.

—Yo no tengo hijos —comentó Juan con cierto pesar.

Al oírlos, su padre tuvo una idea macabra: Juan podría adoptar a la hija de su hermana Almudena. Así todo quedaría en familia.

Cuando Margot, Harry y los inspectores Gutiérrez y Morales aparecieron por la brigada, el resto de los policías e inspectores se pusieron en pie para aplaudirlos. El comisario, alertado por el alboroto, salió de su despacho y, tras saludarlos con efusividad, les pidió que pasaran.

—Señores, han hecho lo que tenían que hacer. Han traído a Almudena Pimentel de vuelta a casa. Lo demás, sinceramente, no me importa. Han cumplido con su obligación de cuidado y respeto. Me ha llamado el ministro porque quiere condecorarlos a todos.

—Yo en teoría no pertenezco a la brigada —comentó la joven, todavía incrédula.

—Señorita Margot, usted incluida. Jamás podremos olvidar su obstinación y su dedicación al caso.

Margot no replicó y le sonrió satisfecha.

A quinientos kilómetros de Madrid, Fabiola comenzaba junto a Violeta a organizar su habitación en Villa Eakubi. De las primeras cosas que sacó de su maleta, fue su diario. Llevaba días escribiendo en él sin parar. Era un testigo mudo y fiel de la situación que estaba viviendo. Igualmente, se convencía a sí misma de que, gracias al interés que despertaban los Juegos Olímpicos de Roma y el conflicto desatado en el Congo, la prensa no estaba tan volcada en romances y futuras reinas.

A nadie le sorprendió que, durante unos días, doña Blanca, su hijo mayor, Gonzalo, y Fabiola hubieran decidido hacer una excursión primero a París y después a Bélgica.

Mientras tanto, las personas de buena posición se preocupaban por adquirir televisores, ya que esta decimoséptima edición de los Juegos Olímpicos sería retrasmitida por primera vez por televisión.

Durante el viaje a Las Ardenas, en un Mercedes de color burdeos, Fabiola expresaba su preocupación por una posible guerra civil en el Congo. Las fuerzas de paz de las Naciones Unidas habían intentado que no fueran a mayores las desavenencias entre el gobierno central y un grupo rebelde de Katanga.

—El Congo, desde que ha alcanzado su independencia, ha vivido una sucesión de episodios dramáticos. Muchos de ellos tienen su origen en la rivalidad política entre las diversas etnias. Balduino, con este tema tan revuelto, no puede anunciar nuestro compromiso.

—¿Y si tarda en resolverse? —preguntó doña Blanca con una lógica aplastante.

—Seguiremos retrasando el anuncio oficial. No quedará otra.

—La situación es difícil de controlar por Balduino—comentó Gonzalo—. Por un lado, las fuerzas de seguridad hace pocos días se amotinaron contra sus oficiales belgas tras conversar con el presidente Kasavubu y con Patrice Lumumba, el ganador de las últimas elecciones. Y, por otro, los ataques constantes contra los colonos europeos hacen todavía más difícil la convivencia. Pero, en general, el panorama internacional está muy revuelto, sobre todo en África. Si miras a otros países africanos, están reivindicando también su independencia. —Gonzalo, desde que supo que su hermana era la prometida del rey, procuraba estar informado de todo lo que sucedía en Bélgica y en el Congo.

Fabiola se sintió abrumada y cambió de tema. Su obsesión era que Balduino les cayera bien.

—Confío en que Balduino no solo os presente a su familia, sino que pueda estar con nosotros al menos el fin de semana.

—Hermana, casarse con un rey no te asegura una vida tranquila, sino todo lo contrario. Pero estoy convencido de que eso lo has meditado.

—Sí, le he dado muchas vueltas. Y tienes razón.

Llegaron a París e hicieron noche en el Hôtel de Crillon, en plena plaza de la Concordia. No dijeron a ninguno de sus conocidos que estaban allí, porque al día siguiente, muy temprano, se tenían que poner de nuevo en camino. El trayecto hasta el castillo de la familia real belga lo realizaron con lluvia. El aguacero se hizo especialmente intenso cuando se adentraron en el bosque de las Ardenas. Fabiola no escuchaba las observaciones de su hermano sobre si el mapa estaba indicándoles un camino incorrecto o no. Solo podía pensar en Balduino. Al llegar al municipio de Houyet, supo que en algún momento se toparían con el castillo de Ciergnon. Balduino le había contado que la propiedad, conformada por bosques y ríos, fue adquirida a mitad del siglo XIX por el rey Leopoldo I, a petición de su esposa, la reina Luisa María. Fue el fundador de la dinastía Sajonia-Coburgo y Gotha quien mandó construir un pabellón de caza, pero el castillo, que por fin apareció ante sus ojos, fue construido por encargo de Leopoldo II. Desde entonces, ese lugar era la residencia de verano de los miembros de la corona real belga.

—¡Pero qué castillo de cuento de hadas! —dijo doña Blanca al verlo por primera vez ante sus ojos.

La fortificación del castillo impresionaba por sus murallas, sus baluartes y sus torres.

—Hermana, qué maravilla de sitio. Esperemos no decepcionarlos, sino todo lo contrario.

Contemplaban desde lejos el castillo mientras la lluvia se hacía cada vez más intensa. Durante unos minutos, el chófer se hizo a un lado de la carretera para que las damas se retocaran un poco antes de llegar. Volvieron a la carretera diez minutos después y Fabiola les habló de algunos recuerdos de Balduino.

—En alguna de sus cartas me ha explicado que sus primeros recuerdos están por aquí. Corría por los senderos y después regresaba para alcanzar los brazos de su madre, la reina Astrid. Aquí, Balduino de niño fue muy feliz. Mucho.

A pesar de la lluvia, Balduino los esperaba a los pies de la escalinata del castillo, a la hora convenida. Parecía que las manecillas del reloj no avanzaban, hasta que oyó el motor del Mercedes y el sonido de las ruedas sobre la grava del paseo.

—¡Dios mío, se está empapando! —fue lo primero que dijo doña Blanca nada más verlo.

—Mamá, no hagas ningún comentario. Solo salúdale. Como si no estuviera empapado de agua —le aconsejó su hijo Gonzalo.

—Mejor, sí —añadió Fabiola.

Balduino se acercó a abrir la puerta del coche y ayudó a doña Blanca a salir, pero sus ojos buscaban a Fabiola en el interior del vehículo. Saludó a Gonzalo y esperó a Fabiola mientras el servicio acompañaba a su madre y a su hermano bajo la protección de un paraguas.

—¡Por fin estás aquí, Fabiola! —Se quedó mirándola sin importarle el aguacero que caía sobre él.

—¡Balduino! ¡Qué ganas tenía de volver a verte! Cada vez se me hace más dura la espera.

—A mí también.

La protegió con el paraguas, que colocó de tal forma que nadie los podía ver. Besó a Fabiola y se miraron a los ojos.

—¡Por fin estás aquí!

Al subir las escaleras y llegar a la puerta, todos vieron que tenía la chaqueta y la cara chorreando agua.

—No tenías que habernos esperado fuera. No me parece sensato. Te puedes poner enfermo —le dijo Fabiola con preocupación.

—Me voy a cambiar inmediatamente, pero antes quiero hacer los honores a tu familia y presentarles a mi padre y a Lilian.

Se secó la cara con una toalla que le acercó el mayordomo y enseguida hizo las presentaciones.

—Aquí tenéis a la madre de Fabiola y a su hermano mayor —dijo a su padre y a la mujer de este, antes de hacer de maestro de ceremonias también para la familia de Fabiola—. Les presento a la princesa de Réthy y a mi padre, el rey Leopoldo III.

Lilian Baels extendió la mano para que Gonzalo la besara y habló del socorrido tiempo que estaban teniendo. El hermano, al pasar ante el rey, bajó la cabeza en señal de respeto.

—En verano son normales estos aguaceros, pero han empapado al novio. Deberías ponerte ropa seca. Los dejas en buenas manos. No te preocupes —comentó su padre, Leopoldo III.

Todos sonrieron y hablaron durante bastante tiempo de esta zona tan bonita y desconocida por una gran mayoría. La madre de Fabiola guardaba silencio y miraba sin parpadear a la princesa. Observó que Lilian no dejaba que concluyera su hija la reverencia que le hacía.

—Mamá, puedes hablar en francés. Parece que te has quedado sin palabras.

—Se trata de un momento muy emotivo para todos —dijo Leopoldo, aliviando el primer impacto que tenía todo el mundo cuando los visitaban.

Los anfitriones ofrecieron vino caliente y, más tarde, el servicio los condujo hasta las habitaciones por si deseaban asearse después de un viaje tan largo y con tanta lluvia.

Por la noche, en la cena, el ambiente fue mucho más distendido. Gonzalo les ofreció el vino de Rioja que había comprado para la ocasión, un gran reserva que, cuando lo probaron, fue muy alabado por todos.

Durante la conversación, convinieron que la nueva fecha para hacer público el compromiso de los novios sería a primeros de septiembre. Posteriormente, deberían presentar a la novia a todos los estamentos del país, aunque antes… había una cita ineludible.

—Habíamos pensado que este castillo, donde creció Balduino, podría ser el marco perfecto para presentar a Fabiola a la prensa. ¿Qué les parece? Es algo necesario para que los belgas la quieran tanto como nosotros.

—¡Muy bien! —comentó su madre, que empezó a coger confianza después de haber estado muy impresionada en los primeros momentos en los que conoció a la familia real.

Todos fueron conscientes de que aquel enlace era por amor. Solo hacía falta ver cómo se miraban y cómo entrelazaban las manos. Ambas familias mostraban su satisfacción, a pesar de ser la primera vez que un rey emparentaría con una persona sin sangre real.

—¡Toda esta tranquilidad, en un mes, desaparecerá! De modo que aprovéchenla. La presentación ante la prensa tiene suma importancia.

—¿Y qué tendré que decir o hacer? —preguntó Fabiola.

—Con que te muestres como eres, será suficiente. Los conquistarás a todos —comentó Leopoldo.

Mantuvieron una breve charla tras la cena y se fueron todos, menos Fabiola y Balduino, a sus habitaciones. La pareja conversó frente a la chimenea durante una hora. Después, el rey, antes de desearle las buenas noches, le enseñó una habitación en la que tenía puestas todas sus ilusiones. Fabiola se echó a llorar. Era una habitación infantil llena de juguetes.

—Todo preparado para la llegada de un niño… Será cuando Dios quiera. Fue mi habitación. Se ha modernizado algo, pero así es como yo la recuerdo.

—Nada me haría más ilusión que hacerte feliz. Espero que Dios nos conceda hijos muy pronto.

Se despidieron con un beso y con bonitas palabras sobre su futuro en común. Al llegar a su cuarto, Fabiola se vio desde todos los ángulos posibles, gracias a los muchos espejos del vestidor. Se fijó que había algo en su cara que no le gustaba, la nariz. Con un ligero movimiento del dedo, parecía que ese perfil mejoraba. Pensó que una pequeña intervención ayudaría a suavizar su imagen. Deseaba que, cuando la presentaran, todos la vieran guapa.

Al día siguiente, madrugaron y fueron también los primeros en aparecer por el salón. La lluvia escampó en la mañana e idearon visitar en coche toda la finca. Los acompañaron el padre y la princesa de Réthy, así como el hermano y la madre de Fabiola. Decidieron parar en los lugares más bonitos, y la prometida se enamoró del entorno y del castillo.

Después de comer, charlaron un rato y Balduino le propuso a Fabiola jugar al backgammon. Ella aceptó el reto, aunque no era muy jugadora. En la noche, se vistieron de gala para entregar los regalos de compromiso. Balduino obsequió a su prometida con un estuche.

—Fabiola, deseo que seas muy feliz en esta familia. Trabajaré duro para conseguirlo. Eres la mujer que siempre he soñado.

Ella abrió el estuche y encontró un anillo con una gran esmeralda realzada por dos brillantes.

—Este anillo era de mi madre y nadie merece llevar este recuerdo familiar más que tú —concluyó Balduino.

Fabiola lo abrazó y dio las gracias a todos por desprenderse de un recuerdo tan querido. A su vez, ella le entregó unos gemelos de oro y brillantes que Balduino no dudó en ponerse.

—¡Gracias! Procuraré usarlos solo en contadas ocasiones, no quiero perderlos. Para mí significan mucho.

Los dos se miraron a los ojos y brindaron por el futuro. Leopoldo III fue consciente de que, cuando su hijo se casara, tendría que abandonar Laeken junto con la princesa y sus hijos pequeños. Balduino necesitaría intimidad, y ellos eran los que debían retirarse.

Fueron unos días cargados de muchas emociones, pero llegaron a su fin. Balduino debía regresar a Bruselas por los muchos problemas derivados de la situación en el Congo. El final de la crisis no parecía estar cerca. La familia Mora y Aragón se despidió también y volvió a Zarauz en su coche burdeos. Nada más emprender el viaje, habló doña Blanca.

—Hija, cuánto honor para nuestra familia. ¡Serás una gran reina!

—Eso lo sabemos todos, incluida tu familia política —comentó Gonzalo.

—Me esforzaré por serlo y por no defraudar a nadie.

Volvían por el mismo camino, pero ya nada les parecía igual.

 

35

Y de pronto, todo cambió

Llegaron a París e hicieron noche de nuevo en el hotel De Crillon, en plena plaza de la Concordia. Cenaron en el restaurante del hotel y tanto Gonzalo como la madre de Fabiola no pararon de elogiar a la familia de Balduino. Se habían esforzado mucho en acogerlos con afecto y simpatía. Doña Blanca estaba muy impresionada por la belleza de la princesa de Réthy y la amabilidad del rey Leopoldo III.

—Tenemos un mes para organizar nuestra casa. Lo digo por si, cuando todo se sepa, hay algún interés en visitarnos.

—¿Que si habrá algún interés? No imaginas la que se nos viene encima a Fabiola y a toda la familia —comentó Gonzalo.

—Imagino que, después de la noticia, todo volverá a su ser. Pienso que tendrá más repercusión en Bélgica que en España —añadió Fabiola mientras sacaba un espejo del bolso y empezaba a mirarse en él con detenimiento.

—Hermana, que una española se convierta en la nueva reina de Bélgica será un notición para todos. Te lo aseguro y no me voy a equivocar.

Siguieron hablando de cómo deberían atender a las amistades y a los muchos cargos oficiales que se acercarían hasta la casa. Su madre le insistió a Fabiola en que debería hacerse con un buen armario de ropa para afrontar todas las citas a las que tendría que ir antes de casarse. Sin embargo, Fabiola salió del paso con otro anuncio que no esperaban.

—El tema de la ropa lo tengo ya controlado. Sin embargo, estoy pensando en hacerme un pequeño retoque en la nariz —lo dijo como de pasada en la cena—. Creo que podría mejorar mi perfil.

Llevaba horas dándole vueltas a la idea y pensó que quitarse esa pequeña giba nasal que observaba al mirarse en el espejo sería interesante antes de ser presentada a los belgas.

—Pero ¿te has vuelto loca? —exclamó su hermano.

—No me parece mala idea —replicó doña Blanca—. Las hijas de algunas amigas lo están haciendo y el resultado es magnífico. El verano es una buena época para estar convaleciente y que nadie se entere de lo que te has hecho.

—No puedo contar a nadie qué va a pasar en mi vida. Tampoco quiero que me vea la gente por aquí y por allá de fiesta. Necesito estar en familia y nada más. Por eso he pensado que podría aprovechar. He leído que hay un cirujano en París que opera a finales de agosto.

—Se te va a echar encima el anuncio oficial —comentó su hermano con preocupación—. ¿Y si algo sale mal?

—Es muy poco, hermano. ¿Por qué va a salir mal? Nadie lo va a notar. Me imagino que, al ser tan ligero el retoque, tendrá un postoperatorio muy breve.

—Investigaré sobre ese médico antes de que te pongas en sus manos.

Al día siguiente, madrugaron para regresar a Zarauz. No volvieron a hablar del tema. Gonzalo confiaba en que se le pasara a su hermana la idea de acudir a un cirujano plástico. Sin embargo, llegaron a Villa Eakubi y su hermana Mari Luz, en lugar de quitársela de la cabeza, la alentó para que lo hiciera.

—Ahora es el momento, no cuando se haga el anuncio oficial.

Gonzalo investigó y supo que el médico francés, Marc Iselin, era uno de los que más garantía ofrecía a sus pacientes. Formaba parte de una nueva generación de cirujanos que operaba con las técnicas más avanzadas y menos invasivas. Le dio permiso a su hermana Fabiola para que se pusiera en sus manos.

Hasta finales de agosto, la prometida se paseaba por la playa de la Concha, en San Sebastián, con su confidente, su hermana Mari Luz.

—Haces muy bien. Te convertirás en un personaje público y estarás expuesta a fotos y a críticas.

—Mi idea es ir a finales de agosto. Tendré dos semanas para recuperarme. Bueno, este tema no es el que más me preocupa.

—¿Qué te quita el sueño? —preguntó la hermana pequeña, alarmada.

—Pienso en mamá. Yo le hacía mucha compañía. Iba todas las noches a cenar con ella. Creo que, en cuanto me case, se va a sentir muy sola.

—No te preocupes. Nos arreglaremos entre todos los hermanos para que cada día esté con uno de nosotros. Mamá, en estos momentos, no puede ser más feliz. ¡Su hija va a ser reina! Si lo piensas detenidamente, ¡es como un sueño!

—¿Tú crees?

—Estoy segura.

Pasaron las semanas de agosto entre preparativos, almuerzos y cenas familiares. Disfrutó mucho Fabiola de sus sobrinos, haciendo planes a diario con ellos. A través del teléfono, pudo arreglar su intervención quirúrgica y, una semana antes de que acabara el mes de agosto, pasó por las manos del doctor Iselin. Tan solo pernoctó una noche en el hospital. A la mañana siguiente, le dieron el alta y se subió al coche que conducía su fiel mecánico, Hipólito Vidal. Su hermana Mari Luz la acompañó y tomaron la decisión de no parar hasta Zarauz, a pesar de que se encontró, durante el viaje, algo mareada.

El vehículo entró en Villa Eakubi y nadie ajeno a la familia y al servicio la vio con la escayola.

Durante esos días, se dedicó con ahínco a escribir sus reflexiones en el diario. También pensaba en a cuántas personas deseaba llamar personalmente tras el anuncio oficial. Entre otras, a su madrina, la reina Victoria Eugenia de Battenberg. Sonreía al imaginarlo, después de que hubiera deseado que alguna de sus nietas se enamorara de Balduino. Al final, el plan que proyectó Veronica O’Brien había salido adelante, y eso que Fabiola, al principio, creyó que era una auténtica locura. De hecho, le pareció descabellado que la hubieran elegido a ella, en lugar de a una princesa. «Todo sucede solo porque Dios lo permite para nuestro mayor provecho espiritual», escribió en su diario. Nunca olvidaría ese 8 de julio de 1960, cuando se prometieron. Balduino le escribía cada día afirmando sentirse feliz y dichoso: «Le doy las gracias al Señor por habernos amado a los dos y habernos concedido este don del afecto que sentimos el uno por el otro». En otras cartas, expresaba su ansiedad por que todo el mundo fuera partícipe del amor que sentía hacia ella. «¡Qué difícil se hace la espera!», exclamaba. Fabiola no le quiso decir nada de la operación. Deseaba quitarse la escayola y volver a verlo para contárselo. Por fin, Balduino le dio una fecha: «Mi amada Fabiola, el 16 de septiembre está previsto el comunicado oficial. No queda nada para que todo el mundo conozca nuestro compromiso. ¡Estoy feliz, eufórico y todos me lo notan! Sufro al no poder compartirlo».

Se prepararon para regresar a Madrid cuanto antes y encajar el «terremoto» que se iba a producir. La primera semana de septiembre ya estaban casi todos los Mora y Aragón en la capital. La actividad familiar creció. En la casa ya no quedaba rastro de los animales que habían campado a sus anchas por el salón. La tapicería del sofá se había cambiado durante el mes de agosto y la habitación de Fabiola ya estaba preparada.

En los días posteriores, Fabiola sacó casi todas sus pertenencias en cajas del piso de Bárbara de Braganza y se despidió de Pilar y de Piedi, sus amigas.

—¡Espero que me vengáis a ver a la calle Zurbano!

—¡Descuida! Prepárate para lo que va a ser para ti una gran prueba. —Pilar la abrazó con fuerza.

—¡Aquí estaremos siempre para lo que necesites! —añadió Piedi.

—Gracias por haberme guardado el secreto. Dentro de una semana lo sabrá todo el mundo. Veremos la reacción de los belgas y de los españoles. Seguramente habrá algo de decepción al comprobar que no soy de sangre real.

—La cabeza bien alta, Fabiola. Eres la persona que ha estado esperando Balduino toda su vida. Sois tal para cual —comentó Pilar.

—Sabéis lo que ha sido llegar hasta aquí. Hasta que no volvimos a Lourdes no las tuve todas conmigo. Algo pasó en ese viaje que lo vi clarísimo para decirle que sí, con todas las consecuencias. Balduino dice que fue santa Isabel de Portugal la que nos ayudó. Era su celebración cuando le comenté que esta vez mi respuesta era afirmativa y que no quería mirar atrás.

—Todo ha sido muy extraño. Como si los hilos se movieran sin que vosotros pudierais hacer nada más que rendiros —aseguraba Pilar.

Las últimas pertenencias se las fue llevando Hipólito al palacete durante diferentes días. Se tuvieron que habilitar dos habitaciones más de servicio, una para el mecánico y otra para Violeta, que ya no se apartaría de Fabiola nunca. Estaba dispuesta a ir con ella «a cualquier lugar del mundo». Era la frase que más repetía.

Llegó el día 16 de septiembre. Fabiola no quiso moverse de casa, y su madre y sus hermanos permanecieron a su lado para recibir juntos las primeras reacciones al anuncio oficial. A las doce en punto, sonó el teléfono. Violeta fue corriendo al salón para pedirle que atendiera la llamada.

—¡Llama el rey! —comentó Violeta en voz alta.

Fabiola respiró hondo antes de responder.

—¿Balduino? ¡Cuéntame!

—Amor mío, en veinte minutos va a saltar la noticia. Por favor, aguanta la presión. Te quiero mucho. Necesitaba decírtelo.

—Yo también te quiero y nunca he estado más segura de nuestra decisión. Estamos juntos y todo saldrá bien.

—Dios te oiga. ¡Cómo desearía que estuvieras aquí! ¡Tendrás que coger el primer avión esta tarde con destino a Bruselas! Tendremos que presentarnos mañana ante la prensa.

—¿Tan pronto? Pues allí estaré.

—El embajador belga en España te acompañará y llevará los billetes. ¡Acuérdate del pasaporte!

—Gracias, no me olvidaré. ¡Te quiero!

En Bruselas, el día amaneció lluvioso. Los periódicos seguían con las noticias del Congo en portada, ya que, para los empresarios belgas, el conflicto estaba teniendo unas consecuencias económicas desastrosas.

Balduino estaba en su despacho con la radio puesta cuando, a las doce y veinte minutos del mediodía, se interrumpió la música de la orquesta de Paul Weston, que interpretaba el último éxito de Dizzy Gillespie, Flotando sobre el soplo del aire. Así era como se sentía Balduino, flotando, cuando la voz solemne de un locutor anunció la intervención del primer ministro del reino, Gaston Eyskens. Podía imaginar Balduino la incertidumbre que el pueblo belga llegaría a sentir ante algo semejante. Con los últimos acontecimientos, tal vez imaginaran algo terrible en el Congo. Sin embargo, el primer ministro habló con un tono optimista: «Tengo la inmensa alegría de poder anunciar al país la feliz noticia del compromiso de Su Majestad el rey con doña Fabiola de Mora y Aragón, hija del difunto conde de Mora y marqués de Casa Riera, y de doña Blanca de Aragón y Carrillo de Albornoz…». La noticia fue recibida con una inmensa alegría tanto en las casas como en el Parlamento y en palacio. En todas partes por igual brindaron por la felicidad del rey.

—¡Hijo, por fin, una buena noticia para nuestro país! —le comentó su padre, Leopoldo III, a la vez que le daba un gran abrazo.

Desde ese momento, el teléfono en palacio no dejó de sonar. Mientras la noticia llegaba a España a través de los teletipos de la agencia EFE, el embajador español en Bélgica llamaba al ministro de Exteriores para comunicarle la noticia, y este, a su vez, telefoneó a Franco.

—Su Excelencia, una española va a ser la reina de los belgas. Fabiola de Mora y Aragón, hija del marqués de Casa Riera.

Hubo unos segundos de silencio al otro lado del teléfono. Franco intentaba procesar la información.

—Este es un gran acontecimiento para España. ¡La mejor de las noticias! Nos dará mucha visibilidad. Pida que los periódicos le den mucha relevancia. ¡Manténgame informado!

Nada más colgar al ministro, pidió a su ayudante que llamaran a su mujer. Cinco minutos después, Carmen Polo entraba en su despacho.

—¿Ocurre algo, Paco?

—Una hija de Gonzalo de Mora se casa con el rey Balduino.

—¿Fabiola? Es la única soltera.

—Sí, lo acaban de anunciar oficialmente en Bélgica. Ponte en contacto con su madre y felicítala en nombre mío y del gobierno.

—Ahora mismo. —La noticia la había impactado, puesto que todos daban por hecho que la hija de los Mora y Aragón se metería a monja.

Minutos después, desde su habitación, pidió a la centralita del palacio de El Pardo que contactaran con el domicilio de doña Blanca de Aragón, viuda de don Gonzalo de Mora. Diez minutos después, la tenía al teléfono.

—Blanca, soy Carmen Polo, quiero felicitarte por la noticia del compromiso de tu hija con el rey Balduino. ¡Qué alegría más inesperada!

—Carmen, eres la primera persona en llamar a esta casa. Muchas gracias. Sí, inesperado para todos. Te puedes imaginar lo felices que estamos.

—Me gustaría acercarme con mi hija a felicitaros en persona.

—Sí, por supuesto. Será un honor. En cuanto regrese mi hija, mandaré que te avisen. Fabiola se ha ido hace unas horas de viaje. Balduino le ha pedido que vaya a Bruselas inmediatamente.

Fue colgar el teléfono y volver a sonar. Amistades, conocidos, miembros del gobierno, todos llamaron al palacete sin dejar a doña Blanca ni un solo segundo de respiro. La relevó Gonzalo, el mayor. Así estuvieron en la casa durante todo el día.

Jaime de Mora recibió la llamada de un periodista, a quien respondió que no tenía conocimiento de nada de lo que le estaba diciendo. Parecía que hacía esas manifestaciones por discreción, pero era verdad que no tenía ni idea de lo que estaba pasando. Decidió hacer la maleta y salir inmediatamente hacia Madrid. Se encontraba en la Costa del Sol, donde residía desde hacía meses. Llamó a su casa, pero fue imposible que nadie le cogiera el teléfono, ya que no paraba de comunicar. Cuando por fin llegó Jaime a Madrid, una nube de periodistas aguardaba a la puerta del domicilio familiar. Nada más ver a su madre, en el interior del palacete, la increpó.

—¿Cómo es posible que no me hayas dicho nada?

—Hijo, no ha sido cosa mía…

Gonzalo le quitó el mal trago a su madre.

—He sido yo el que ha decidido que no te dijeran nada. Para nosotros también ha sido una sorpresa, pero había que guardarle el secreto durante un tiempo a nuestra hermana, y reconoce que secretos tú sabes guardar pocos.

—No sé por qué dices eso. Me habéis mantenido al margen.

—Eso no lo sabe nadie. De modo que haz como que sí lo sabías. Era necesario que no se filtrara nada, y tú, en las noches de la Costa del Sol y con una copa en la mano, no hubieras podido aguantar.

Fabiola, mientras tanto, acudió al aeropuerto de Barajas, en compañía de su fiel Violeta, con intención de coger el primer vuelo de la compañía Sabena con destino a Bruselas. Se encontró con el embajador, y en el control de aduanas todo fueron facilidades. Subieron al avión y Fabiola no dejó de escribir en su diario. Demasiadas emociones y demasiados nervios. Cuando el avión aterrizó en Zaventem, en Flandes, cerca de Bruselas, Fabiola todavía era una persona desconocida para el gran público. Los esperaba un coche oficial con el general Debeche, asistente personal de Balduino, en su interior; los llevó directamente al castillo de Ciergnon. Tardaron casi dos horas, pero llegaron justo a tiempo. El embajador entró en palacio para dar la enhorabuena al rey y a su padre. Mientras, Violeta fue a deshacer el equipaje de la ya prometida del rey. Fabiola, en las dependencias privadas, era recibida por Josefina Carlota y su marido, el gran duque de Luxemburgo, que fueron los primeros cómplices y testigos del inicio de su relación. Por allí estaba también el príncipe Alberto, hermano menor de Balduino, junto a su esposa Paola, la princesa Ruffo de Calabria, que acababan de celebrar su primer año de casados. Se mostraron muy cariñosos con Fabiola, a la que conocieron en ese momento por primera vez.

La pequeña de la familia del rey Leopoldo y Lilian Baels, María Esmeralda, de cinco años, se fue corriendo hacia Fabiola y la abrazó. Esta le dio de regalo los cuentos que había escrito a sus sobrinos y saludó al príncipe Alejandro, que ya era todo un adolescente, así como a la princesa María Cristina, de nueve años, que ya prefería otro tipo de lecturas, y le regaló también unos libros de aventuras.

Balduino tardó en encontrarse con Fabiola, ya que tuvo que atender al teléfono, que tampoco en Bélgica dejó de sonar desde que trascendió la noticia. Al verla, la besó en la mejilla, pero la miraba a los ojos de tal forma que todos se dieron cuenta de que el compromiso con la joven española era por amor y nada más que por amor.

—¡Venga! Vamos a cenar para que cojáis fuerzas, que mañana os espera un día muy duro —dijo Alberto—. Os lo digo por experiencia, aunque la que mejor podría hablarte sobre lo que vas a vivir —se dirigió a Fabiola— es Paola.

—Sí, por favor. ¿Qué me aconsejas?

La humildad y la cercanía de Fabiola habían atrapado a todos en la familia, también a los que acababa de conocer. El padre de Balduino la miraba en silencio y estaba convencido de que sería una buena reina.

—Que seas tú y que no pienses en otra cosa más que en mostrarte tal cual eres —le dijo Paola—. Y, algo muy importante, que esta noche procures dormir.

Ese consejo no fue fácil de seguir. En la cama no pudo conciliar el sueño; no dejaba de pensar en las preguntas de la prensa y en si sabría estar a la altura de lo que le demandaran. Por la mañana, Violeta irrumpió en la habitación y abrió las cortinas, dejando pasar el sol.

—Señorita, hoy será un día bonito. Muy bonito. Tiene que demostrar a todos que no hay mejor reina que usted.

Fabiola sonreía. Había logrado dormir un par de horas. Se levantó y se fue rápido a darse un baño. Cuando salió con el albornoz sobre el cuerpo y la toalla en la cabeza, Violeta ya la esperaba para secarle el pelo y ayudarla a peinarse. Igualmente, tenía varios vestidos encima de la cama para que escogiera el más apropiado. Se decantó por uno rosa de falda plisada y una rebeca de color gris. De su joyero, sacó un collar de perlas. El bolso de mano marrón, igual que sus zapatos, ya los había elegido en Madrid. En la muñeca derecha llevaba una sencilla pulsera de oro, y se puso su anillo de pedida, de esmeraldas y brillantes.

Se tomó un té en la habitación. Cuando Balduino fue a verla, estaba perfectamente vestida y con una sonrisa de satisfacción que no dejaba lugar a error.

—No te asustes. Se han acreditado trescientos periodistas. Tienes el cariño de Bélgica y de España. No pienses más que en eso. ¡Vamos a ello!

Los dos se situaron en la escalinata del palacio. Estaba lista para que, cuando entraran, los periodistas la descubrieran por primera vez. Su rostro, a partir de ese momento, ya estaría en las portadas de la prensa mundial. Delante de los fotógrafos, un niño se le acercó y le entregó un ramo de flores frescas que habían recogido todos los escolares de Ciergnon.

Fabiola pensó que ese era su primer regalo salido del corazón de unos niños. Sus primeras palabras fueron en francés.

—Me siento ya de los vuestros. Muchas gracias. Nunca olvidaré vuestro regalo.

Algunas personas del pueblo se acercaron para no perderse ese momento y comenzaron a gritar: «¡Viva la reina! ¡Viva España!».

Fabiola sonreía y agradecía las muestras de cariño. Los fotógrafos no dejaban de disparar sus máquinas fotográficas. Bajaron las escaleras y los periodistas observaron que lo que más llamaba la atención en ella era ese anillo que llevaba. Balduino corroboró que se trataba de su primer regalo.

—Este anillo ha sido el de pedida y perteneció a mi amada madre Astrid. Nadie lo va a lucir como mi querida Fabiola.

Nunca se le había visto a Balduino tan expresivo y sonriente como esa mañana. Atendía a todas las preguntas. Fabiola también contestaba con naturalidad. De repente, una niña apareció en la escena, se puso al lado de Fabiola y se cogió de su mano. Se trataba de María Esmeralda, la pequeña de la familia, que solo deseaba estar con la prometida de Balduino.

Todos se dieron cuenta de lo cercana que era y de lo paciente que se mostraba ante la prensa. Balduino les informó, cuando se despedía, de que visitarían todas las ciudades del país antes de contraer matrimonio. A esa tradición, los belgas la llamaban «las entradas dichosas».

Fabiola había superado la prueba. Su rostro ya era conocido en todo el mundo. En España y en Bélgica no se hablaba de otra cosa.

 

36

Los novios se entregaron al pueblo por completo

En Bélgica, todo el mundo quería saber más de esa joven española que se iba a convertir en su reina. Fabiola se esforzada en atender a todos con interés y en pronunciar algunas palabras en flamenco. El 24 de septiembre, siete días después de su presentación a la prensa, le quedaba a Fabiola la prueba más dura, que era saludar y conocer a los representantes de las instituciones: magistrados, generales, gobernadores de provincias, obispos, científicos, empresarios y diferentes personalidades del mundo de la cultura. Todos deseaban conocerla de cerca, y ella siempre les dedicaba unas bonitas palabras y una sonrisa.

Cuando a monseñor Suenens, el único conocedor del secreto de Balduino, le presentaron a Fabiola e intercambió unas pocas palabras con ella, tuvo la certeza de que era, sin duda, la mejor elección posible. En cuanto pudo, buscó al rey para darle la enhorabuena.

—Señor, era la persona de Dios que buscábamos. Veronica no se equivocó.

—Nunca les estaré suficientemente agradecido. Conocerla a fondo ha sido una bendición de Dios.

Todos felicitaron a los novios, aunque llegó la pregunta que temían: «¿Para cuándo la boda?». Los belgas estaban entusiasmados con la noticia que les había hecho olvidar los muchos problemas que habían sobrevenido tras la independencia del Congo. Solo querían ver a la prometida en todos y cada uno de los actos tradicionales belgas. El rey decidió salir a la calle en coche descubierto para que los ciudadanos pudieran contemplar a su futura reina. El pueblo se echó a la calle con banderas y pañuelos, que agitaba al paso del cortejo por el centro de Bruselas. Fabiola se vistió para la ocasión con traje y sombrero. También se puso una estola de visón, que dejó caer sobre los brazos. Saludaba sin parar en una dirección y en otra. Los periodistas que iban siguiendo el cortejo no dejaban de recoger ese instante. En el coche descubierto, los novios sonreían a todos; los automóviles tocaban el claxon a su paso y las bicicletas hacían sonar los timbres. Durante horas se escucharon muchos vivas a Fabiola, aunque les costaba pronunciar el nombre. El rey también sintió el afecto que le tenían. Muchos de los que agitaban banderas y pañuelos hubieran puesto la mano en el fuego por que Balduino iba a entregar su vida a Dios antes que a cualquier compromiso terrenal. Es más, estaban convencidos de que un día renunciaría a la corona para ordenarse sacerdote. El anuncio de su relación con Fabiola les había pillado a todos por sorpresa. La alegría en las calles se desbocó por completo. El burgomaestre de Bruselas pidió a los ciudadanos por la radio que engalanaran los edificios, y ellos respondieron sacando al balcón alfombras, tapices y lo mejor que tenían en casa. Nunca la ciudad había estado tan bonita y tan cuidada como en esos días. Balduino saludaba y, de vez en cuando, cogía a Fabiola por los hombros y le hablaba al oído.

—Todos te quieren expresar su afecto. Eres lo mejor que me ha podido pasar en la vida.

—¡Estoy muy emocionada! Estas expresiones de cariño no me las esperaba.

El automóvil se detuvo y una mujer entrada en años rompió la seguridad y se acercó a darle en mano a Fabiola un ramo de gladiolos. Esta lo recibió con una gran sonrisa y finalmente besó las flores. Todos los que lo vieron comenzaron a lanzar vivas a la reina. Atravesaron el corazón de la ciudad y se adentraron por calles más estrechas. Los artesanos, tenderos y expendedores de cerveza habían cerrado sus comercios. Por la Place de la Chapelle se adentró la comitiva. Se trataba de la zona más antigua de la ciudad. Fabiola comenzó a oler a especias y a pan recién hecho. Estaban los ciudadanos muy cerca del coche oficial. Al llegar a las calles más humildes, el chófer hizo ademán de girar para dar la vuelta, pero Fabiola le pidió que siguiera hacia adelante. La gente de a pie se lo agradeció mucho. Ese gesto les indicaba que deseaba ser la reina de todos, no solo de unos pocos.

—El pueblo te ha acogido con fuerza y ya no te soltará nunca. No ocurre lo mismo con todas las reinas. Mi madre lo consiguió y tú también.

Omitió que a la princesa de Réthy jamás la habían admitido, y también que si el pueblo belga te rechazaba, era para siempre. Balduino, con la reacción tan calurosa de los ciudadanos, estaba feliz. Las muestras de cariño se fueron sofisticando y ahora, desde los balcones, caían flores de papel, confeti y serpentinas, como si fuera Año Nuevo. Aquella lluvia de papeles de colores parecía un sueño. De pronto, el Tucker Torpedo de color negro en el que iban se paró. La gente, al comprobar que no avanzaban, se arremolinó en torno a ellos y el rey comenzó a saludar a todos los que tendían la mano para estrechársela. La futura reina hizo lo mismo sin sentir ningún temor. Estaba a gusto con aquel baño de masas. Incluso se puso a hablar con la gente. Como no se arreglaba la avería, tuvieron que bajarse del icónico coche y abrirse camino entre la multitud para subirse a otro vehículo del cortejo. No perdieron la serenidad ni la sonrisa. Dentro del nuevo vehículo, Balduino le cogió la mano.

—Es como si hubieras nacido para esto. ¡Menuda lección has dado a todos! Me siento muy orgulloso de ti.

Fabiola le respondió con emoción en los ojos y le dedicó una de sus mejores sonrisas. La lenta caravana iba en dirección al ayuntamiento. La vieja Bruselas se había engalanado para ese momento con colgaduras en los edificios bordadas a mano. Al llegar al consistorio, les esperaban los representantes del pueblo con sus mejores galas y sus condecoraciones en la solapa del traje. Saludaron a todos y pasaron al interior. La gente se agolpó bajo el balcón, vitoreando al rey y a su prometida. Finalmente, aparecieron y saludaron al pueblo desde los tres metros de altura que los separaban del suelo. Fabiola, de forma espontánea, comenzó a hacer un gesto uniendo las manos y llevándoselas al corazón. Se emocionó mucho y regresaron los vivas a Fabiola.

—Han captado tu personalidad. Te has hecho querer por ellos y por mí.

La aristócrata no dejaba de repetir que ya era una más entre ellos en francés. Lo decía convencida, y los que la oyeron sabían que decía lo que sentía.

Cuando regresaron a palacio, después de estrechar las manos de la sociedad civil belga, el rey Leopoldo se acercó a abrazarlos. La princesa de Réthy también, aunque sus ojos denotaban un halo de tristeza. Minutos después, recibieron una llamada del embajador belga en España. Deseaba informar al rey de algo importante.

—Señor, creo que es necesario que Fabiola regrese. Cada vez hay más carteles por las calles que está fotografiando la prensa en los que se puede leer: «¡Fabiola, no nos olvides!».

—Gracias por su advertencia. No nos hemos dado cuenta de que la sociedad española quiere rendirle su propio homenaje. Millones de gracias.

Balduino habló con Fabiola, desconocedora de lo que estaba ocurriendo a mil trescientos kilómetros de allí.

—Debes regresar cuanto antes a España. Te están reclamando por todas partes. Eso sí, te pido que no tardes en volver a Bélgica.

—Intentaré no estar lejos de ti mucho tiempo. Creo que en mi país necesitan conocerme y despedirse de mí —argumentó ella.

—Lo entiendo perfectamente. Esta situación no deberíamos prolongarla mucho más tiempo. ¿Te parece que nos casemos en diciembre?

—Lo veo un poco precipitado, pero ¡adelante!

Fabiola abrazó a Balduino. No tenía sentido retrasarlo más. Pensaba en lo mucho que tendrían que correr los que hicieran su traje de novia.

—Fijaremos la fecha para antes de Navidad —insistió Balduino—. Ahora queda una labor diplomática frenética. Me gustaría que estuvieran presentes todas las casas reales del mundo. No es para menos. Quiero que todos te vean y te quieran como yo.

—Lo que creas conveniente. Mi rey es mi prioridad…

Fabiola hizo una reverencia que Balduino cortó en seco para besarla en los labios. Se olvidó de que toda su familia observaba de lejos.

Balduino habló con su padre y decidió poner a disposición de la futura reina un avión DC-6 para sus desplazamientos. Saldría a la hora que ella quisiera y cuando deseara. Al día siguiente, a mediodía, Fabiola regresó a Madrid en el Douglas Aircraft perteneciente al ejército belga.

En España, los periódicos y las revistas no hablaban de otra cosa: «Una española reina de Bélgica». El director de La Actualidad Española, José Luis Cebrián Boné, le pedía al joven periodista Jesús Hermida que aprovechara la oportunidad de hacer algo que no tuvieran los demás.

—Necesito que entres en su casa y que el fotógrafo que te acompañe lo fotografíe todo. Descubramos el corazón de la que se va a convertir en la reina de los belgas. Cuando digo todo, ¡es todo!

El director dio un golpe en la mesa. No ocultó los nervios que tenía ante una noticia de tan gran alcance.

—Para pasar hace falta que alguien sea nuestro cómplice y nos abra la puerta desde dentro —comentó Jesús, reportero muy avispado a pesar de sus veintitrés años—. Ahora mismo, entrar en su domicilio es prácticamente imposible. Hay policía y una nube de periodistas que desean lo mismo que nosotros.

—¡Encuentra el camino! Por eso te lo encargo a ti. Seguro que un hermano, alguien del servicio, una amiga… puede lograr lo que te estoy pidiendo. Quiero todo de ella, ¿me entiendes? Qué le gusta comer, en qué obras de caridad se ha volcado, si es deportista, si le gusta esto o aquello, quién es su confesor, a qué iglesia va… ¡Todo! La semana que viene tenemos que ir en portada con esto. ¡Es tu oportunidad!

Jesús Hermida, que había estudiado Filosofía y Letras en Madrid y Periodismo en la Escuela Oficial, coincidía con Cebrián en que esta era su gran oportunidad. Estuvo pensando en qué estrategia seguir y decidió no ir a la puerta en la que se encontraban todos los periodistas, sino al Ritz, donde sabía que Jaime de Mora había sido contratado para amenizar las noches del hotel con la ayuda del piano que presidía el salón principal.

Se presentó allí a las siete de la tarde y esperó a que llegara el hermano díscolo de los Mora y Aragón. Dos horas después, aparecía Jaime, vestido con traje negro y corbata azul a juego y un pañuelo que sobresalía del pequeño bolsillo exterior del pecho. La perilla y el monóculo de su padre completaban la estética. Jesús Hermida también vestía con traje y corbata. No esperó a que se sentara al piano. Fue directamente a por él y se presentó:

—Soy de La Actualidad Española y nos gustaría hacer un reportaje del entorno en el que ha vivido su hermana hasta hoy.

—En estos momentos, es imposible entrar y salir de mi casa con una cámara.

—Seguro que usted encuentra la fórmula para que entre con un fotógrafo de la revista que mejor va a tratar a su hermana.

—Pero yo ¿qué gano con todo esto?

—Mi revista podría tener algún detalle con usted.

—No lo veo nada claro.

Jesús Hermida sabía que sus deudas eran tan grandes como sus ganas de vivir la noche. Le dio su tarjeta y le dijo que podía llamarlo a cualquier hora.

—Por si cambia de opinión.

Jaime le estrechó la mano y se dedicó a atender a todos los conocidos que se habían acercado hasta el hotel para darle la enhorabuena por el noviazgo real de su hermana. También había muchos curiosos que deseaban saber mucho más de cómo la familia estaba viviendo ese momento.

Jesús se fue con cierta frustración y pensó en acercarse a alguien del servicio a la mañana siguiente. Sin embargo, esa misma noche, Jaime de Mora lo llamó por teléfono.

—Mire, solo hay dos periodistas que se han acercado a mí con elegancia y respeto. Desde luego, uno es usted.

—Y a mi otro compañero ¿lo conozco?

—Se llama Jaime Peñafiel. Me han caído bien. Les enviaré un coche para que los recoja en el Palace. De esta forma, entrarán por la puerta de carruajes sin que nadie los pare. No digan que son periodistas, ¿de acuerdo? Le he oído a mi madre que mañana irán a las doce a una tienda de moda. Tendrán un poco más de una hora para ver su habitación y preguntarme lo que deseen. ¡No se olvide de traerme el detalle del que me habló!

—¡Por supuesto! ¡Hasta mañana!

A pesar de las horas, Jesús llamó a Peñafiel, al que conocía de varias informaciones en las que habían coincidido los dos. Se llevaban bien y quedaron al día siguiente, una hora antes de la cita con Jimmy, para tomar un café en la cúpula del Palace.

—Me gustaría dar con algo que no tenga todo el mundo —le dijo Jesús a su compañero.

—En Europa Press también me aprietan para obtener algo diferente. Veremos qué sacamos del díscolo Jaime.

Se tomaron el café y decidieron dar quinientas pesetas a Jaime de Mora como «detalle» por abrirles la puerta de la habitación de Fabiola. Salieron a la entrada del hotel, donde ya los estaba esperando el chófer de doña Blanca, la madre de Jaime. Se subieron al coche y veinte minutos después llegaban al número 5 de la calle Zurbano. El mecánico tocó el claxon y la puerta se abrió. Los periodistas que estaban en los aledaños acudieron nerviosos, ya que no sabían si era Fabiola quien iba dentro; los cristales estaban tintados. Jaime de Mora les dijo que su hermana todavía tardaría en llegar. Se cerró la puerta de carruajes de nuevo y salieron del coche Hermida y Peñafiel. Siguieron a Jaime de Mora y entraron por la puerta que comunicaba el garaje con el interior de la vivienda. Subieron las escaleras y los llevó directos al cuarto de su hermana.

—¡Aquí lo tienen! Espero que no hagan ruido. Afortunadamente el servicio está en la cocina. Sean breves, si no quieren que nos pillen a todos.

La mesilla de noche tenía un ramo de gladiolos, que tanto le gustaban a Fabiola. Había un crucifijo en lo alto del cabecero de la cama y unas colchas y cortinas de color blanco y motivos florales rosas. El fotógrafo que iba con Peñafiel no paraba de hacer fotos, mientras que los dos periodistas lo miraban todo con detenimiento. En un determinado momento, Jaime de Mora los dejó solos.

—Si los pilla el servicio, yo no quiero saber nada. Se han colado ustedes, ¿de acuerdo? Tienen quince minutos. De modo que les pido que se den prisa.

Cerró la puerta y Jaime Peñafiel empezó a abrir cajones. Su fotógrafo, también de la agencia Europa Press, disparaba la cámara hacia todos los rincones de la habitación. Jesús Hermida revisaba los títulos de los libros que se encontraban en la estantería para averiguar sus gustos de lectura. De pronto, Peñafiel descubrió en un cajón el diario de Fabiola.

—Jesús, ¿has visto lo que hay aquí? ¡Es su diario! Aquí estará todo lo que siente y piensa de Balduino.

Se acercó Hermida y lo contempló como el que descubre un tesoro. Abrió la primera página y certificó que eran vivencias de Fabiola.

—Efectivamente, lleva su nombre en la primera página. Aquí está toda su visión de cómo ha vivido esta situación.

—¡Lo cojo!

Peñafiel se abrió la camisa y se lo guardó en la cintura del pantalón. Se apretó más el cinturón para que no se le cayera cuando saliera de allí. Volvió a colocarse la camisa.

—¡Vayámonos de aquí cuanto antes! —comentó Peñafiel.

Cerraron la puerta con cuidado y bajaron las escaleras sigilosamente hasta llegar al salón, donde se encontraba Jaime. El fotógrafo metió la cámara dentro del estuche.

—¿Lo tenéis todo? ¿Queréis preguntarme alguna cosa? —dijo Jaime.

—¿Te ha sorprendido la noticia? —le preguntó Jesús, disimulando.

—Tanto como al resto de mi familia. Mi hermana lo ha llevado en secreto. Ninguno sabíamos nada. Bueno, creo que mi hermana pequeña, Mari Luz, sí debía estar al tanto. Se lleva muy bien con ella.

—Emparentar con la realeza, ¿qué supone para los Mora y Aragón? —pregunto Jaime Peñafiel.

—Es algo que todavía no creemos. La noticia es demasiado reciente como para haberla podido asimilar.

Oyeron pasos y lo más prudente era salir de allí cuanto antes. Decidieron regresar a las cocheras y subirse al vehículo que los había llevado sin que ningún periodista de los que esperaban fuera supiera quienes iban en el interior. Jaime de Mora se sentó al volante y sacó el coche de allí. Cuando llegaron a la calle Alcalá, les pidió que bajaran.

—Este coche tendrá que ir a por mi madre y mi hermana. Debo volver inmediatamente, señores.

—Muchas gracias, Jaime —le dijo Hermida.

—También le damos las gracias. Sin usted no hubiéramos podido pasar —añadió Peñafiel.

En cuanto observaron que el coche desaparecía de su vista, Peñafiel respiró. Se abrió la camisa y sacó el diario.

—¡Quédatelo, Jesús! No digas nada a nadie. Hay que averiguar si nuestros medios nos amparan jurídicamente para publicarlo.

—¡Llamaré al director en cuanto llegue a casa!

—¡Hazlo y dime algo!

Jesús prefirió ir en autobús, sin dejar de llevarse la mano al vientre, donde había escondido el diario. En cuanto se bajó del transporte público, apretó el paso. No se detuvo a hablar con nadie. Su único deseo era llegar a casa cuanto antes.

Hasta que no cerró la puerta de la calle de su domicilio no respiró tranquilo. Sin quitarse siquiera la chaqueta, sacó el diario y, casi de manera instintiva, se puso a leerlo. Después llamó a la redacción de La Actualidad Española para comprobar si el director seguía allí. Por fortuna, aún no se había ido a comer y le pasaron con él.

—Director, ¡esto es una auténtica bomba! Peñafiel ha sacado el diario del cajón de la mesilla de la mismísima Fabiola y al final me lo ha entregado. En ese diario, la prometida del rey explica punto por punto cómo ha conocido a Balduino y lo que siente por él.

—¡Menudo documento! Revísalo de arriba abajo, pero espera antes de escribir nada a que consultemos con los abogados.

—Está bien. Iré leyéndolo.

Fabiola había acudido junto con su madre a Eisa Costura a encargar el traje de novia. Las dos coincidían en que tenía que ser Balenciaga el autor del vestido que pasaría a la posteridad. «Está unido a nuestra propia historia familiar. Debe ser él», apuntó doña Blanca. Nada más tener conocimiento de lo que querían, la encargada llamó a París para que la futura novia hablara con Balenciaga. El diseñador se puso de inmediato al teléfono.

—¡Fabiola, enhorabuena! ¡Reina de los belgas! En esta casa nos sentimos especialmente orgullosos.

—Muchas gracias, Cristóbal. Ya le he dicho a la encargada que me gustaría que me hicieras el traje de novia. El hándicap es que tenemos muy poco tiempo. La boda será en diciembre, y ni que decir tiene que la discreción debe ser absoluta.

—No te preocupes, tenemos infraestructura para confeccionártelo en un tiempo récord. Antes deberás elegir el diseño. Haré varios bocetos y viajaré a Madrid para enseñártelos. En cuanto estés decidida, lo demás será mi responsabilidad. De aquí no saldrá ninguna filtración a la prensa.

—No me valdrá cualquier traje. ¡Va a haber mucha curiosidad, muchos ojos mirándome, y no puedo defraudar a nadie!

—Tranquila, serás la novia más guapa del mundo. Tu vestido deberá ser de reina.

—Tampoco quiero que sea muy pomposo. Que vaya con mi personalidad.

—Tú dominarás al traje y no al revés. Es una de mis máximas. ¡Me hace mucha ilusión que me lo encargues a mí! Te he visto desde niña por mis talleres y ya no digamos a tu madre y a tu abuela.

—Mamá y yo hemos coincidido en que nadie lo podría hacer mejor que tú.

Salieron de allí muy contentas de que Balenciaga hubiera aceptado el encargo con tan poco tiempo. Fuera ya las estaba esperando el chófer para llevarlas a casa. En el trayecto de Eisa Costura al coche, varias mujeres la reconocieron y la felicitaron. Su rostro ya era muy conocido, después de salir en las portadas de toda la prensa internacional.

Llegaron a casa y el servicio les indicó que estaban solas para comer. Jaime se había ido de casa poco después de regresar, conduciendo el coche de la familia.

Fabiola subió a su cuarto y se puso cómoda. Se tumbó sobre la cama pensando en el traje de novia que realmente le gustaría llevar. Cerró los ojos y se vio ante el altar junto a Balduino. ¡Todo parecía un sueño! Sinceramente, pensaba que Dios la estaba llevando por un camino que no sería nada fácil. De pronto, le surgió la necesidad de plasmar sus pensamientos en el diario. Se incorporó y lo buscó en su mesilla de noche, pero allí no estaba. Pensó entonces que lo mismo lo había dejado en un lugar inusual, por tener la cabeza en mil cosas. Llamó a Violeta y le pidió que la ayudara a buscar en cualquier sitio posible de su cuarto. No apareció tampoco.

—¡Alguien lo ha cogido! —sentenció Fabiola, evidentemente nerviosa.

Le pidió a Violeta que preguntara al servicio. Lo mismo lo habían guardado en otro lugar más seguro. Pero salió de dudas enseguida.

—Nadie ha venido por aquí. No tienen idea de dónde podría estar.

—¿Sabes si mi hermano Jaime ha entrado en mi cuarto con cualquier excusa?

—Yo no lo he visto.

—Pregunta a todos, incluido el mecánico.

Fabiola lloraba en silencio. Sabía lo que significaba que sus vivencias cayeran en manos inadecuadas. Violeta regresó.

—Su hermano ha recibido esta mañana a tres señores.

—¿No habrán entrado en mi habitación?

—No creo.

—Localiza a mi hermano, por favor. Es muy urgente.

Estaba convencida de que algo raro había pasado con el libro en el que iba escribiendo sus sentimientos y narraba cómo habían ido transcurriendo esos meses. También salía el nombre de Veronica O’Brien, la artífice de la locura de plan que habían trazado para casar a Balduino y que ella rechazó en un principio. ¡Sería terrible que trascendiera todo el proceso de acercamiento entre los dos!, pensaba. De pronto, se acordó de Margot. Buscó su teléfono y la llamó. Afortunadamente, estaba en casa comiendo.

—Margot, soy Fabiola.

—¡Fabiola! ¡Enhorabuena! —exclamó la periodista—. Ahora entiendo algunas de las cosas que me decías en las cenas. Tienen todo el sentido. ¿En qué puedo ayudar?

La sonrisa de Margot se esfumó de su rostro. Se hizo un silencio al teléfono que le indicaba que algo no iba bien. Por fin, Fabiola continuó.

—Sé que siempre tienes entre manos asuntos muy importantes y graves, pero lo que te voy a contar para mí significa muchos problemas y, sobre todo, un drama. ¡Me han robado mi diario! En él he anotado mis pensamientos y mis encuentros con Balduino. Salen muchos nombres que no deberían ver la luz. Antes de empezar a vivir con Balduino, protagonizar un escándalo de estas características me rompe el alma. No se lo merece. Tengo miedo de lo que saquen o dejen de sacar. Me arrepiento de haber volcado mi alma en esas páginas. ¡Hasta la Iglesia podría salir mal parada! De trascender su contenido, sería empezar con muy mal pie con Balduino y con su pueblo.

Margot comprendió la gravedad del asunto y la prioridad que el caso requería.

—¡Voy ahora mismo a tu casa!

 

37

Un grave problema diplomático

Margot se vistió rápidamente sin perder un solo minuto. Se quedó sobre la mesa intacto su segundo plato. Camila y Sátur le recriminaron que antepusiera su trabajo a todo.

—Nada es tan urgente como para no terminar una comida.

—Sé que a mis «guardianas» no les gusta mi trabajo, pero es así. Me tengo que ir. Esta noche lo ceno. No hay problema. Me tenéis sobrealimentada.

Se cogió una manzana del frutero y, cuando iba a abrir la puerta de la calle, volvió a sonar el teléfono. Creyó que era Fabiola de nuevo y se apresuró a descolgar el auricular. Sin embargo, al otro lado de la línea hablaba una voz que para ella era más que familiar.

—¿Te pillo muy mal, Margot?

En décimas de segundo, se dio cuenta de quién se trataba.

—¡Almudena! ¡Qué alegría saber de ti! Me iba en este momento a un tema urgente, pero dime. ¿Te ocurre algo?

—Bueno, los problemas derivados de que mi padre quiera esconder a Margarita, pero no te llamo por eso. Le he pedido a un cura amigo mío que bautice a mi pequeña. Solo necesito a mis padrinos y a nadie más. ¿Podrás venir el domingo con Parker a la iglesia de San José, a las dos de la tarde? Creo que sois las personas que más habéis hecho por mí.

—¿Y tu familia irá?

—No están conformes con celebrar una ceremonia a la que vayan los parientes y que todo el mundo sepa que he tenido una hija. Sí que vendrán mi hermano Juan y su mujer. Ellos quieren criarla. Acudirán para hacerse la foto con la niña y poder hacer el paripé de que son los padres.

—Aquí lo importante es lo que piensas tú.

—No tengo ninguna forma de mantenerla. Dependo de mis padres, Margot. Ahora solo piensan en mi regreso a la sociedad de la que me marché tan abruptamente. Y en esos planes, no entra la niña.

En el teléfono hubo un silencio. Interpretó Margot que Almudena estaba llorando.

—Almudena, piensa en reponerte. Estabas muy mal. La niña siempre va a contar contigo. Hagas lo que hagas, será pensando en ella, pero tienes derecho a criarla tú. No lo olvides.

—¡Gracias, Margot! No quiero ser una pesada. Has dicho que te tenías que ir… ¡Un beso grande!

Cuando colgó, sintió una profunda tristeza por la joven enamorada que huyó con su profesor y que ahora volvía pensando que el amor no existía, y tampoco la compasión.

Margot salió de casa y se fue en dirección al garaje para coger su descapotable rojo e ir a la calle Zurbano, donde estaba la casa familiar de los Mora y Aragón. Aparcó como pudo en la calle paralela y tuvo que sortear la nube de periodistas y curiosos que había siempre apostada en la puerta principal.

—Señores, disculpen. Tengo que pasar. Con su permiso —fue diciendo a unos y a otros.

Dejaron que llamara al timbre y Milagros, nada más abrir la puerta, le hizo un gesto para que se diera prisa. Una vez dentro, siguió al ama de llaves hasta el salón, donde la estaba esperando Fabiola. Su cara era todo un poema.

—¡Margot!, gracias por venir.

Se fue hacia ella y la abrazó.

—Cuénteme todo con detalle.

Se sentaron en el sofá y Margot comenzó a apuntar en su libreta todo lo que le parecía importante del discurso de Fabiola.

—He llegado como a las dos a casa. Y al subir a mi cuarto, he echado en falta mi diario. Lo guardo siempre en mi mesilla de noche.

—¿Me puede enseñar su habitación?

Fabiola subió con ella al primer piso y, al entrar en su cuarto, le dio permiso para que abriera y cerrase los armarios a su antojo. Lo primero que inspeccionó fue la mesilla de noche, luego revisó la estantería llena de libros, el vestidor…

—Está claro que aquí no está. ¿Cabe la posibilidad de que lo haya cogido alguien del servicio?

—No, llevan con nosotros muchos años y son de plena confianza.

—¿Han tenido alguna visita hoy que se salga de lo habitual?

—Dadas las circunstancias, intentamos que no entre ni salga nadie, pero… Un momento. —Fabiola hizo como si recordase algo—. El mecánico nos ha dicho que ha estado aquí Jaime con tres amigos.

—¿Está aquí su hermano? —preguntó Margot, muy profesional.

—¿Por qué ahora me estás tratando de usted? No quiero que nada cambie entre nosotras. Contestando a tu pregunta, te diré que no. Llevamos todo el día buscándolo. Después de salir con esas personas, regresó a casa con el coche de la familia y luego se fue por sus propios medios. Ahora tenemos que recoger a las visitas y entrarlas por el paso de carruajes para que, al igual que tú, no se encuentren con una barrera humana de periodistas.

—Ya… De todas formas, aunque confíes en el servicio, me gustaría preguntar una a una a las personas que podrían haber tenido acceso a tu habitación. ¿Te importa?

—No, en absoluto.

La primera que se prestó a su interrogatorio fue la mano derecha de Fabiola, Violeta. Después, Milagros, el ama de llaves que llevaba toda la vida en la casa. También aparecieron por allí Manuela, que había cumplido ya cinco años trabajando con ellos, y Lucía, la más robusta y joven del servicio. A Enrique, el mayordomo ciego, pidió Fabiola que no lo molestaran. Por último, habló con Hipólito, el mecánico.

—¿Tiene usted acceso a las habitaciones de la casa? —preguntó al chófer.

—No, no es mi cometido.

—Usted le ha dicho a la señora que don Jaime ha venido con tres hombres hoy. ¿Puede decirnos algo más de ellos?

—No lo sé. Pero parecían nerviosos. Estaban un poco alterados. Sobre todo uno de ellos.

—¿Por qué alterados? ¿Sabe sus nombres?

—Uno llamaba al otro Peñafiel, y ese se dirigía al primero como Hermida o algo parecido. El tercero hablaba constantemente de que necesitaba tiempo para hacer su trabajo. Decía: «Vosotros os podéis inventar el texto, pero yo no me puedo inventar una foto».

—Inventar una foto… ¿Le parece a usted que podrían ser periodistas?

—No sabría decirle. El señorito Jaime seguramente la va a ayudar más que yo.

En ese momento, irrumpió Jaime en el salón, ajeno a todo lo que estaba pasando. Se mesaba la perilla mientras caminaba sonriente hacia su hermana y la besó.

—¡Hola, hermanita! Menuda comida he tenido hoy. Se ha alargado muchísimo. Todos quieren saber de ti.

—Ten cuidado con lo que hagas o digas, ya que puede tener repercusión para Balduino y hacer daño a nuestra relación.

—¡Está claro, hermana!

—Don Jaime, ¿puedo hacerle una pregunta? —Margot inquirió de sopetón.

—Y usted ¿quién es? —replicó sorprendido Jaime.

—Perdón, no me he presentado, soy la detective Margot Sanz Peters.

—¡Encantado! —Le besó la mano—. ¿Ha dicho detective?

—Sí. La pregunta es muy simple. ¿A qué se dedican los amigos que han venido hoy aquí con usted?

—Querían verme a mí, y punto.

—Pero ¿a qué se dedican? ¡Conteste, por favor!

Margot no estaba para bromas ni los requiebros verbales a los que estaba acostumbrado Jaime.

—Cada uno tiene sus negocios. No sé a qué viene esa pregunta.

Fabiola salió al quite de la tensión que se respiraba con las preguntas de Margot y las respuestas de Jaime.

—Me han quitado mi diario. Y ahí digo cosas muy privadas. Puede suponer un gravísimo problema para mí. ¿Habéis subido tú o tus amigos a mi habitación?

Hubo unos segundos de silencio. Imaginó Jaime que los periodistas habían hecho algo más que fotografiar y mirar la habitación de ella, pero decidió ocultarlo.

—No, ni yo ni ellos. ¿Qué pintábamos en tu habitación?

Cuando se ponía nervioso, situaba el monóculo de su padre, que siempre llevaba encima, sobre su ojo izquierdo.

—Está bien. Una cosa más: ¿por qué uno de sus amigos decía que necesitaba tiempo porque no podía inventar una foto y ellos sí podían inventar un texto? Da la impresión de que, en lugar de empresarios, eran periodistas. ¿Le importaría acompañarme a la comisaría? —le dijo muy seria Margot.

—Sí, me importa. Me tengo que vestir para ir esta noche al Ritz. Toco allí a las nueve de la noche. Además, ya le he dicho todo lo que sé. No me está usted tratando con el respeto que merezco.

Margot se mostraba imperturbable, a pesar de que Jaime hubiera elevado la voz para sacar a relucir su condición de noble y aristócrata.

—Está bien, le espero mañana a las doce en la Dirección General de Seguridad.

No quiso decirle nada más delante de Fabiola. Solicitó un teléfono para poder llamar a la comisaria. Margot marcó desde el palacete de Zurbano el número de la brigada. Enseguida le pasaron con don Eugenio Benito Poveda.

—Margot, ¿ocurre algo? —preguntó el comisario.

—Estoy en casa de Fabiola de Mora y Aragón. Le han robado su diario del cajón de su mesilla de noche. Casi con toda seguridad han sido amigos de su hermano Jaime. Le he pedido que venga mañana a las doce para tomarle declaración. Me temo que el diario de Fabiola pueda provocar un conflicto diplomático. Se trata de la prometida del rey Balduino.

—Llamaré a don Camulo, él sabrá qué hilos mover…

El comisario desde su despacho llamó al ministro de la Gobernación, Camilo Alonso Vega. Al poco, los gritos se podían oír a través del teléfono. Era muy amigo de Franco; de hecho, todos sabían que, como veterano de la guerra de Marruecos y después de haber participado en la Guerra Civil, era una persona de su máxima confianza. El apodo de don Camulo tenía mucho que ver con la dureza de su gestión.

—Voy a llamar al ministro de Información, Gabriel Arias Salgado, para que ponga a todos los periodistas firmes.

La gestión del ministro Arias Salgado se caracterizaba por un control férreo de la información. En cuanto recibió la llamada de Camilo Alonso Vega, puso en guardia a todos los directores de periódicos y revistas.

—¡Si se publica una sola coma de ese diario de la prometida de Balduino, serán ustedes responsables de la clausura de su medio! Y los que se han atrevido a sustraerlo ¡serán encarcelados si no lo devuelven inmediatamente!

Arias, además, previno a Franco de lo que estaba pasando, y este aplaudió que fuera contundente con quien publicara una sola línea del diario de la futura reina belga.

A su vez, Fabiola ya no pudo retener la información más tiempo y telefoneó a Balduino para que supiera lo que estaba sucediendo. El rey se indignó nada más tener conocimiento y llamó a continuación a su ministro de Exteriores.

—He esperado mucho este momento para que alguien lo estropee. No le interesa a nadie lo que ponga Fabiola en ese diario. ¿Me entiende? Hable con su homólogo en España.

La secretaria del ministro no tardó en marcar el teléfono del homólogo español, Fernando María Castiella. Se conocían bien por el acuerdo comercial que habían suscrito en el mes de junio con España y el resto de los países del Benelux (Países Bajos y Luxemburgo). Antes de la firma, se habían reunido en numerosas ocasiones.

—Mi querido amigo, tenemos un verdadero problema diplomático. Si se publica algo de ese diario, nuestros acuerdos comerciales pueden verse interrumpidos. Se trata de algo muy grave que hay que parar como sea.

El ministro español tampoco tardó en llamar a Franco para advertirle de que estaban a las puertas de un conflicto muy serio entre Bélgica y España.

—¡Encuentren al ladrón!

Franco no dijo más, pero los ministros sabían que, de trascender esta información y aparecer en algún periódico o revista, podría costarles el puesto.

Margot daba vueltas a los nombres de Peñafiel y de Hermida. Le sonaban, los había leído, pero no frecuentaban los círculos en los que ella se movía. No era capaz de recordar el medio al que pertenecían, pero no sería difícil localizarlos.

En el servicio, estaban muy preocupados por lo sucedido, ya que estaba amargando el momento de felicidad que se respiraba en la casa. Con gran inquietud por saber quién tenía el diario, Manuela se acordó de su amiga vidente. Al fin y al cabo, María Gracia supo ver antes que nadie el terremoto que iban a sufrir los Mora y Aragón e igualmente vio clarísimamente la corona que marcaría sus destinos. Se lo comentó al ama de llaves, a quien, en esta ocasión, no le pareció mal que fuera a casa de su amiga. Llamó por teléfono antes de ir allí, pero no obtuvo respuesta. En su lugar contestó la voz grave de un hombre. No tuvo dudas de que se trataba de Aniano, con quien la vidente seguía viéndose. Manuela estuvo durante un rato enfadada con todo y con todos.

—Para una vez que la necesitamos —resoplaba Milagros.

—Estoy segura de que ella sabrá quién lo ha cogido. Espero que nadie tenga ninguna duda sobre nuestro comportamiento… —hablaba Manuela, con cara de preocupación.

Sonó el teléfono de la casa. Era María Gracia, que le devolvía la llamada.

—Me has llamado, ¿no? —le dijo a Manuela, que había descolgado el aparato a una gran velocidad.

—Sí, necesito que me recibas esta misma tarde. Es un asunto grave. Muy grave. Apelo a nuestra amistad. Tienes que dejarme ir.

María Gracia estaba contrariada por la premura de su petición. Siempre recurría a la amistad cuando le convenía y, el resto del tiempo, se olvidaba de llamarla para interesarse por ella. A su juicio, aquel egoísmo se hacía cada vez más notable y evidente.

—Había quedado con Aniano. ¿No te das cuenta de la precipitación con la que me llamas siempre?

—Te lo pido por favor…

—Está bien, ven a las seis. No llegues tarde, que tengo que hacer un par de recados.

—¡Gracias! ¡Dios te lo pague!

Manuela le dijo a Milagros que por fin iba a echarle las cartas su amiga. Esta le pidió que no saliera de allí sin el nombre de la persona que había robado el diario. El ama de llaves creía a María Gracia, después de haber acertado con todo lo que iba a pasar en esa casa. Manuela a las cinco de la tarde salió del palacete, sorteando a los periodistas. Refunfuñó en la puerta.

—¡Cuándo va a volver la paz a esta casa! ¿No tienen otra cosa que hacer más que molestar?

Los periodistas la dejaron salir y no le replicaron nada. Estaba de tan mal humor que no se atrevieron. Cuando llegó a la calle Hermosilla, se encontró al portero en la puerta, quien le dijo que María Gracia no había salido de la casa.

—¡Estos hombres tan cotillas! ¡Pues ya sabía que estaba en casa! —comentó para sí.

El olor a incienso y pachulí la fue calmando mientras subía por las escaleras. Al llamar al timbre, ya tenía otro talante. El caso era que su amiga no le abría la puerta y volvió a insistir. Dejó el dedo apretado para que María Gracia se percatase de que ya había llegado. Le pareció escuchar su voz.

—¡Utiliza la llave! ¡Estoy en la bañera! ¡La llave!

Se quedó pensativa y recordó que, la última vez que se vieron, ella le dio una llave para que la utilizara en caso de necesidad. Ahora ella misma le pedía que la utilizara. Rebuscó en su bolso. «¡Con la cabeza que tengo! ¡A saber dónde la he puesto!», se decía a sí misma. Se sentó en el último peldaño de la escalera y hurgó en el interior hasta que la encontró metida en el monedero. La introdujo en la cerradura y a duras penas tuvo fuerzas para abrir la puerta. «¡No valgo pa na!», se recriminó. Cerró tras de sí y le dio una voz a María Gracia.

—Pero, chica, ¡qué estás haciendo!

—¡Enseguida salgo!

Se sentó en la consulta y miró a su alrededor con detenimiento. ¡Ya le gustaría a ella tener tanto como su amiga! De pronto apareció en el salón perfectamente vestida.

—Necesitaba darme un baño, mujer.

María Gracia se la quedó mirando y le habló sin que ella le hubiera contado nada. Vio clarísimo su problema nada más verla.

—¡Te dije lo del robo de unos papeles la primera vez que nos vimos!

—¿Cómo sabías que venía por eso?

—Lo sé, no me preguntes por qué.

Antes de que le dijera nada, ya sabía lo que había sucedido en la casa en la que trabajaba.

—¡Estamos locos con lo del robo de mi señora! ¿Quién ha sido?

No contestó inmediatamente. Comenzó a extender los naipes españoles por la mesa tal y como salían del mazo, después de haber barajado varias veces y haber pedido a Manuela que cortara hasta en tres ocasiones.

—Han sido dos personas jóvenes, diría que tres, pero veo a una cuarta, un cómplice dentro de la casa. Alguien de la familia.

—¿Cómo alguien de la familia va a estar en este embrollo?

—Sí. Tú y yo sabemos quién es. El hombre que trajiste aquí.

Manuela se quedó en shock y preguntó:

—¿Jaime?

—¡Ese, Manuela!

—Pero si es el hermano de la señorita. No puede ser.

—Sí. Él conoce perfectamente a los que lo han hecho… Pero sigo viendo que la felicidad de Fabiola no va a ser completa tras la boda.

—Pero ¿qué estás diciendo? ¡Si va a ser reina!

—Siempre faltarán en su hogar las risas de unos niños.

—¿Quieres hacer el favor de no seguir por ahí? —le comentó, enfadada.

—La verdad escuece. Los hijos no llegarán. Va a sufrir mucho por ello.

Manuela se echó a llorar. No podía soportar que Fabiola no fuera feliz del todo.

—No eres infalible. Te puedes equivocar. Dime que alguna vez te has equivocado.

—No soy Dios y tienes razón en que puedo equivocarme. Por cierto, no compartas esto que te he dicho con nadie.

—¿Por qué me lo dices?

—Con nadie, te lo pido por favor. Me ocasionarías a mí un problema serio. Muy serio.

Se levantó y no quiso seguir concentrándose en la vida de Fabiola. Le cambió la cara. Se quedó pálida.

—Está bien… No se lo diré a nadie. No sé qué habrás visto, pero tu cara se ha quedado sin sangre.

—Si no dices nada, me proteges.

Manuela observó que el anillo de amatista que tanto había envidiado de su amiga había desaparecido de su dedo corazón.

—¿Y la amatista?

—¡Ya no la tengo!

María Gracia seguía nerviosa. Algo vio oscuro en relación con su futuro.

—¿Y eso? ¿Qué has hecho con tu anillo?

—Lo ha empeñado Aniano para un dinero que necesitaba.

—¿Te está sacando el dinero? Pero, María Gracia, ya tienes una edad para que no te engañen los hombres.

—Ha empeñado la sortija en el monte de piedad. Me la va a devolver en cuanto le salga el negocio que tiene entre manos.

—Ya… Ten cuidado, no te haga empeñar el resto de las joyas que tienes. Bueno, tengo que volver a la casa, que está llena de periodistas. No me gusta lo que me has contado. Me dejas con una angustia que no sé cómo la voy a disimular.

—Tú no cuentes nada.

—No insistas. No lo haré.

Manuela regresó refunfuñando a la casa de los Mora y Aragón. Estaba convencida de que su amiga la provocaba para ponerla nerviosa. Le gustaba hacerlo desde pequeña.

«¿Cómo no va a ser feliz Fabiola? Va a cumplir el sueño de toda mujer, ¡casarse con todo un rey!», se dijo a sí misma. «Todas sus hermanas han tenido hijos, ¿por qué ella no va a tenerlos?».

La joven estaba convencida de que su amiga vidente pretendía hacerle daño.

Manuela atravesó de nuevo la nube de periodistas, que volvieron a abrirle paso. Iba con mucha prisa y tenía cara de mal genio. En cuanto llegó a la cocina, se puso la bata y un delantal sin decir nada.

—Creía que ibas a tardar más por el asunto que tú y yo sabemos —le dijo Milagros.

—No, ya ves que aquí estoy.

—Traes cara de pocos amigos. ¿Qué te ha contado?

—No me tires de la lengua. Por favor, no me tires de la lengua.

—Pero ¿sabes quién ha robado el diario o no lo sabes?

—Sí, lo sé. Y no somos ninguno de nosotros.

—Pues ¿quién, entonces?

A Milagros se le estaba acabando la paciencia. Por otra parte, Manuela pensó que «el no digas nada» iba ligado al futuro de Fabiola, pero no al presente.

—Jaime lo sabe. Él tiene todas las claves. Quienes lo han robado son los tres tipos con los que llegó a la casa —le soltó de golpe.

—¡Válgame el cielo! —Se santiguó y se quedó callada unos segundos—. Será mejor que no nos metamos nosotras en nada. No vayamos a salir como gatos escaldados. ¡Ni una palabra!

Apareció Lucía, la más joven pero la más robusta del servicio.

—¿Ocurre algo?

—Nada que tengas que saber —le espetó Milagros.

Manuela le guiñó un ojo y se calló. A la joven le daba rabia que la mantuvieran al margen de todo lo que se cocía en esa casa. Acabaron todas en silencio preparando la cena. Lucía, además, tenía otras preocupaciones. En casa de sus padres las necesidades cada día eran mayores. Allí, sin embargo, en la de los Mora y Aragón, no había estrecheces. De tanto en tanto, cuando Milagros no miraba, sisaba esto y aquello sin que nadie la viera. El robo de comida le parecía algo trivial. Lo verdaderamente importante era «tener para vivir», se decía a sí misma.

—¡Ya estás en las musarañas! ¡Aterriza, muchacha! ¡Pareces atontada! —volvió Milagros a increparla.

Para que no siguiera metiéndose con Lucía, Manuela les hizo un comentario.

—La que nada en la abundancia es mi amiga vidente. Pero el lagarto de su novio ha empeñado su anillo de amatista. Le está sacando los cuartos, pero en esa casa hay mucho. Sobre todo joyas…

 

38

Fabiola le retiró la palabra

A las doce en punto, Jaime entró en las dependencias de la Dirección General de Seguridad. Llegó sonriente y con la confianza que daba llamarse Mora y Aragón en esos momentos. Se hablaba de su hermana en los medios de comunicación constantemente desde que en Bélgica hicieron el anuncio oficial de su compromiso con el rey. Nada más identificarse en la puerta, lo condujeron hasta la Brigada de Investigación Criminal. Lo esperaba Margot en el despacho del comisario. Iba vestido con traje y corbata Ascot y llevaba un pañuelo a juego en la chaqueta.

—Señores, tengo poco tiempo. De modo que explíquenme qué hago aquí.

Su tono era de superioridad; acudía allí como si fuera una comparecencia de puro trámite. El comisario lo invitó a sentarse.

—Tome asiento. Gracias por acudir a nuestra llamada. La detective Margot Sanz Peters le ha citado porque está a punto de producirse un problema diplomático a raíz de la desaparición del diario de su hermana. Este hecho ha tenido lugar a los pocos días de conocerse que se ha prometido con el rey Balduino.

—Yo no tengo nada que ver con ese asunto…

—No estamos diciendo que usted haya cogido el diario de su hermana, pero sabemos que usted ha abierto las puertas a quienes sí lo han hecho. Vamos a dar con ellos, más pronto o más tarde. De modo que, si colabora con nosotros, usted no tendrá ningún problema en esta comisaría.

Don Eugenio no era diplomático con los que consideraba que dilapidaban el dinero según les entraba en el bolsillo. Sabía de las muchas deudas que tenía Jaime, pero este se sintió ofendido por sus palabras.

—¿Es una amenaza? Si no colaboro, ¿qué me van a hacer ustedes?

Hablaba Jaime muy digno, apoyándose en el bastón de su padre, que le daba todavía un aire más aristocrático.

—Don Jaime, no es una amenaza. Simplemente, su detención entra dentro de lo posible. Sería un escándalo en la sociedad a la que pertenece, pero, especialmente, a quien más daño haría sería a su hermana —comentó Margot, que hasta ese momento había permanecido en silencio—. El hecho de que un miembro de la familia de la futura reina de Bélgica sea detenido, le aseguro que puede ser noticia en todo el mundo. La ley nos permite hacerlo. Usted decide.

El comisario asentía con la cabeza. Don Camulo se lo había dicho bien claro: «Quiero al autor o los autores en la cárcel». Había que presionar a quien tenía la información. Después de unos minutos de silencio, habló Jaime:

—Nunca me ha tratado nadie como usted, señorita. Pero está bien. Desconozco qué hicieron mis tres invitados. Querían conocer la habitación de mi hermana y los acompañé hasta allí. Es cierto que los dejé solos, pero no tenía ni idea de lo que iban a hacer. Tampoco tengo constancia de que se lo hayan llevado ellos. Simplemente no tengo ni idea.

—Son periodistas, ¿verdad? —preguntó de nuevo Margot con cara de pocos amigos.

—Sí, son periodistas. Me pidieron el favor y fueron muy amables…

El comisario vio clarísimo que el caso era más fácil de resolver de lo que pensaba.

—Díganos ahora mismo sus nombres y sus medios.

Se lo pensó solo durante unos segundos.

—Jesús Hermida, de la revista La Actualidad Española, y Jaime Peñafiel, de Europa Press. Ah, y el fotógrafo de la agencia.

—De modo que hay fotos… ¿Por qué lo hizo usted? ¿Abre las puertas de la habitación de su hermana por amistad con ellos y por hacerles un favor o por dinero? —preguntó Margot.

—¿Usted por quién me toma? Me dieron un dinero para que me comprara unos puros. Fue un regalo por mi generosidad.

—Don Jaime, no necesitamos más de usted. Esto ha sido todo. Muchas gracias.

El comisario se levantó de la silla para acompañarlo hasta la salida de la brigada. Margot simplemente se puso de pie, pero no se dirigieron la palabra. Se fue a la mesa que compartía con el inspector Gutiérrez y le habló del caso:

—Sé perfectamente cuál es la orden que va a dar el comisario.

—¿A qué te refieres?

—Va a mandar detener a los compañeros de profesión que han sustraído el diario de Fabiola de su mesilla de noche.

—¡Vaya! ¿A quién se le ocurre?

Fue decirlo y regresar el comisario dando una orden en voz alta al propio Gutiérrez y otra al antipático inspector Morales.

—¡Quiero, inspector Gutiérrez, que me traiga a Hermida cuanto antes! Trabaja en La Actualidad Española. ¡Morales, usted localice a Peñafiel y a su fotógrafo! Trabajan en la agencia Europa Press. ¡El diario de Fabiola tiene que estar en esta comisaría esta misma noche! De no ser así, a quienes vamos a encarcelar será a sus directores.

Margot se quedó intranquila. Tenía muchas dudas de que el diario de Fabiola fuera a aparecer inmediatamente. Marcó el teléfono del palacete familiar y allí estaba la futura reina. En cuanto se puso al teléfono, le informó de lo que estaba ocurriendo.

—¿Margot? ¿Qué se sabe de mi diario?

—Estamos muy cerca de dar con él. Al parecer, lo cogieron unos periodistas que entraron aquí de la mano de tu hermano Jaime.

—¿Cómo? ¿De mi hermano Jaime?

No podía creerlo. Su hermano había traspasado todas las barreras familiares.

—Sí, nos ha dicho que los dejó a solas en tu habitación para que la fotografiaran, miraran todo lo que quisieran y luego lo contaran en sus respectivos medios. Llegó a un acuerdo con ellos.

—¿Económico? —Su desconcierto iba en aumento.

—Sí. Desconocemos la cantidad.

Margot no quiso añadir nada más. Ya era bastante duro saber que su hermano había participado en la entrada de unos periodistas en su habitación.

—En cuanto tengamos el diario en nuestro poder, me acercaré a llevártelo.

—Da igual que sea de madrugada. Tenme informada, por favor.

Fabiola salió de su habitación y se fue a buscar a su hermano. En el servicio le dijeron que había salido temprano de casa y que ya no regresaría hasta bien entrada la noche. Seguía como pianista amenizando las tardes y noches del hotel Ritz. Muy contrariada, se dirigió al cuarto de estar, donde se encontraba su madre.

—Mamá, aunque te parezca increíble, ha sido Jaime. Fue él quien trajo a esas tres personas que resultaron ser periodistas. Ellos me robaron el diario.

La madre se quedó sin habla y su respiración comenzó a agitarse tras la noticia. Finalmente, se mareó y hubo que llamar al médico.

—¡Qué disgusto más grande! ¡Este muchacho! Mis sales, por favor… Mis sales —le pidió doña Blanca a su inseparable Milagros.

—Mamá, tranquilízate. Ya verás como todo se arregla —dijo para tranquilizarla—. Jaime será el único de esta familia que no irá a mi boda.

Fabiola lo tuvo claro. No podía abrir las puertas de su corazón a quien la había traicionado.

Margot pensó en localizar a Harry Parker para contarle todo lo sucedido. Descolgó el teléfono y no habían pasado ni cinco segundos cuando apareció por la brigada el jefe de seguridad de la embajada, vestido de un modo informal. Llevaba días sin saber nada de él, ya que se encontraba resolviendo problemas burocráticos en el Ministerio de Asuntos Exteriores.

—Qué casualidad, me disponía a llamarte, Harry. —Colgó el auricular—. ¿Sabes que le robaron a Fabiola, la prometida de Balduino, su diario? Quien estaba detrás era su hermano. ¡Increíble! También quería quedar contigo. Almudena Pimentel sigue con la idea de que seamos los padrinos de Margarita. Nos espera el domingo en la iglesia de San José, a las dos de la tarde. ¿Estarás todavía en Madrid?

—Sí, no hay problema, pero la hora ¿no es un poco tarde para un bautizo?

—Sí, pero es que la familia no quiere que sus amistades sepan de la existencia de la niña. Tiene que ser una hora en la que todo el mundo esté pensando en comer más que en quién pisa la iglesia a esas horas.

—Entiendo… La familia y el qué dirán.

—Sí, más que en Almudena.

Entraron en el despacho del comisario y allí de pie esperaron su regreso.

—¿Cómo estás, Margot? Espero que ahora pienses más en ti —le dijo, mirándola a los ojos.

—Bueno, lo intentaré. Gracias por tu sugerencia —dio un paso hacia atrás.

—Antes de irme, ¿quieres que hablemos?

—Harry, por favor. No es el sitio para hablar de esto. Debes tener mucha paciencia conmigo.

Margot se sentó en una de las sillas que había frente a la del comisario y Harry hizo lo mismo con cierto desconcierto. Se preguntaba si habría vuelto a meter la pata. Nunca era buen momento para hablar de lo único que lo obsesionaba, estar con ella más allá de lo profesional. Retomó la conversación como si lo que había ocurrido no hubiera existido.

Mientras, comentaban cómo el caso de la joven todavía no estaba cerrado. Parker traía información reciente que le habían transmitido desde París.

—Me han llamado de la embajada de España en Francia y, después de lo que me han dicho, te vas a preocupar: Ángel Torres y su hermana han renovado los pasaportes.

Margot se quedó sorprendida de que no hubiera empezado por ahí Parker la conversación.

—Es una noticia terrible. Primero se llevó a Almudena a París, después la retuvo en casa contra su voluntad y, ahora que la hemos traído de vuelta a España, estoy segura de que vendrá a pedirle explicaciones. Puede ser peligroso para ella y para la niña —comentó Margot.

—Tienes razón, habría que custodiar su casa día y noche. Lo creo capaz de cualquier cosa. Es muy peligroso.

Margot no acababa de asimilar la noticia cuando se incorporó el comisario al despacho. Después de saludar a Parker, le contaron las últimas novedades del caso de Almudena Pimentel, que todos creían cerrado. Lo previnieron de lo que podía pasar en el futuro.

—Está bien, enviaré a un policía para que vigile quién entra y quién sale de su casa. Sin embargo, mi preocupación ahora es encontrar el diario de la prometida del rey Balduino. Nos pueden cortar la cabeza a todos como no aparezca de inmediato.

Sonó el teléfono y, por las respuestas del comisario, se dieron cuenta de que le estaban pidiendo de nuevo celeridad en la resolución del robo del diario de Fabiola. En cuanto colgó, don Eugenio les confesó el momento tenso que estaban atravesando las relaciones diplomáticas entre Bélgica y España. Margot miraba a Parker por el rabillo del ojo y pensaba en las palabras que le había dicho sobre hablar de su relación. Tenía la completa seguridad de que gran parte de la culpa de que no regresara a Londres era suya. La llegada del inspector Gutiérrez la devolvió a la realidad.

—Uno de los periodistas ya está en el calabozo.

—¿De quién se trata?

—Del periodista de La Actualidad Española, Jesús Hermida.

Les informó de que no tuvo que buscarle mucho. Lo localizó en la revista, precisamente escribiendo el reportaje sobre Fabiola que le había encargado el director, José Luis Cebrián Boné. Allí mismo lo esposó, y se lo llevó inmediatamente de la redacción. Al parecer, se produjo un gran revuelo entre sus compañeros, que increparon a la policía. Todo fue muy rápido. No quiso darles tiempo a que pensaran lo que estaba sucediendo delante de sus narices. El joven periodista había preguntado a Gutiérrez por el motivo de su detención.

—Lo sabrá al llegar a la Dirección General de Seguridad.

Una vez que llegaron a la Puerta del Sol, lo bajaron directamente a los calabozos, donde se encontraban otros detenidos por delitos muy graves. Gutiérrez volvió a preguntarle:

—¿Dónde está el diario de Fabiola?

—No le miento, yo no lo cogí.

—Es igual, usted estaba allí. Es cómplice del robo, con la misma pena que si lo hubiera cogido usted.

—Le aseguro que no fui yo quien lo sacó del cajón.

—¿Y cómo sabe que se encontraba en un cajón? ¡Díganos de una vez donde está!

Hermida volvió a guardar silencio. Unos carteristas que estaban en el mismo calabozo le aconsejaron que no abriera la boca.

Al rato, apareció por la brigada Morales con otro periodista esposado, Jaime Peñafiel. Margot y Parker salieron del despacho y apagaron la luz mientras tomaba asiento. No deseaban que hablara con Hermida y, por ese motivo, no lo bajaron directamente a los calabozos. Lo sentaron de tal forma que la luz del flexo, que estaba en la mesa de don Eugenio Benito, le enfocara directamente a los ojos. La habitación estaba casi a oscuras para intimidarlo. El comisario, nada más saludarlo, fue directo al grano.

—De modo que es usted el ladrón. Lo sabemos por diferentes fuentes. Usted abrió el cajón y se llevó el diario. ¿Dónde lo tiene?

—No tengo ni idea, se lo di a mi colega.

—Su colega también está detenido. Ahora, antes de analizar lo que han hecho ustedes, le informo de que, si el diario no aparece, su medio será clausurado.

—¿Qué quiere saber? —dijo en un tono desafiante.

—¿Por qué lo hicieron? —preguntaba el comisario—. ¿Qué razones les movieron a coger lo que no es suyo?

—Saber más de la futura reina. Hemos cumplido con nuestro deber de intentar dar a los lectores el máximo de información sobre esta aristócrata de la que sabíamos muy poco. Hemos cumplido con nuestra obligación.

—Para cumplir con su obligación, han cometido un delito. ¿Es usted consciente de ello?

—No he robado nada. Simplemente, lo he cogido prestado con ánimo de devolvérselo a su dueña.

Peñafiel miraba al comisario de manera desafiante. Don Eugenio Benito no cesaba de hacerle preguntas.

—Pues hágalo cuanto antes y haremos que no conste expediente de su detención.

—No lo tengo, señor. Sé que es difícil de creer, pero no lo he tenido nunca. Se lo di a mi colega.

—Está bien. ¿Y su fotógrafo? ¿Dónde está?

—Lo han mandado a Bruselas para que fotografíe el país que acogerá a Fabiola.

—Quiero todas las fotografías que han hecho del cuarto de la prometida del rey.

—Eso se lo tiene que pedir al director de Europa Press.

—Eso haremos. Mientras tanto, usted seguirá aquí.

—¿Me pueden quitar las esposas?

—No. Está detenido.

Lo encerraron en el despacho mientras Morales iba de nuevo a la redacción de Europa Press, en la calle Flora, a requisar las fotografías y los negativos.

Mientras tanto, el comisario bajó al calabozo y le pidió al periodista Jesús Hermida que les entregara el diario de Fabiola.

—Lo tiene usted. Nos lo ha confirmado su compañero. Díganos dónde lo tiene.

Jesús parecía calmado y hablaba con serenidad. No se intimidó por estar en el calabozo.

—Aquí no lo tengo.

—Díganos dónde está el maldito diario.

Hermida se quedó callado. Pidió que llamaran al director de la revista.

—Sabrá qué decirles, porque yo ya no lo tengo.

El inspector Gutiérrez lo hizo y el director de La Actualidad Española, al saber que su redactor se encontraba en el calabozo, puso todo tipo de facilidades para que lo soltaran de inmediato.

—Vengan a por el diario, lo tenemos custodiado, pero suelten a mi redactor enseguida.

—Un momento, le paso con el comisario.

—Señor Cebrián, su redactor y otro periodista de Europa Press han cometido un delito y ahora tenemos un problema diplomático. No puede salir ni una línea de lo que venga en ese diario, ni una sola foto de su contenido y tampoco ninguna fotografía de la habitación de la prometida de Balduino.

—Señores, algo especial debemos publicar a cambio, puesto que le vamos a entregar el valioso material que estamos custodiando.

—Quizá no he sido todo lo explícito que debería. Si sacan algo, el ministro Arias clausurará el medio. ¿Lo entiende mejor? Es algo muy grave y aquí no habrá nada especial para nadie.

—Al menos, que mi redactor salga en libertad sin antecedentes —comentó Cebrián, viendo que el tema se iba enturbiando—. Él solamente ha cumplido mis órdenes.

—Ya lo veremos cuando tengamos el material y comprobemos que no falta nada.

Después de unos segundos de silencio, habló Cebrián:

—¡Diga a su gente que aquí les haremos entrega del diario!

—Iré yo en persona.

Margot y Parker quisieron acompañarlo. Todos se jugaban demasiado con la recepción del documento. A las diez de la noche, aparecieron los tres por la revista. No tuvieron que esperar demasiado. José Luis Cebrián Boné los estaba esperando en su despacho.

—Señores, ha sido todo un malentendido. Espero que disculpen a mi redactor, que no fue el que lo cogió, sino el que lo custodió. —Abrió uno de sus cajones y sacó el diario de Fabiola—. Si me lo permiten, me gustaría que me hicieran una foto entregándoles el material. Es demasiado confidencial para que ustedes lo pierdan y luego digan que nunca se lo dimos.

—De acuerdo. Haga la foto.

Apareció por allí uno de los fotógrafos de plantilla y recogió el momento con su cámara. De esta forma, nadie podría dudar de que lo habían entregado a la policía. Se despidieron del director y se dirigieron a la casa de Fabiola, en la calle Zurbano. A esas horas, afortunadamente, ya no había periodistas y llamaron a la puerta sin ninguna dificultad. Les abrió Milagros, y no tardó en aparecer Fabiola por el salón. Lo primero que hizo fue saludar con un abrazo a Margot, y después tendió la mano al comisario y a Parker.

—Señora, perdone las horas. —Ya eran las once y media de la noche—. Le devolvemos su diario. Espero y confío que no eche en falta ninguna página.

El comisario le hizo entrega de su cuaderno personal. Estuvo revisándolo y al fin manifestó que no echaba en falta nada.

—Tengo cierto rubor de que mis sentimientos hayan estado en manos de la prensa. Espero y confío en que de este episodio no salga nada publicado.

—No, se lo puedo asegurar. Les va mucho en ello —le contestó el comisario—. Tranquila. Lo mejor que puede hacer es olvidarlo y centrarse en su boda. No imagino lo que puede suponer para una persona convertirse en reina.

—Lo tengo completamente asumido. Es mi deber que todo salga bien. No sé cómo darles las gracias. Especialmente a ti, Margot. No sabía a quién acudir sin que se armara un tremendo revuelo.

—Ya está todo solucionado. Como dice el comisario, céntrate ya en lo importante.

—Muchas gracias, insisto.

Estaban despidiéndose el comisario, Margot y Parker cuando apareció Jaime de Mora por el salón.

—¡Ah! Ustedes aquí también. —Puso un mal gesto.

—¿Cómo me has podido traicionar de esa manera? Has dejado que entraran periodistas en mi habitación. Mañana mismo pediré que me pongan un cerrojo.

—Hermanita, tranquila. Además, veo que llevas en la mano el dichoso diario. Al final, nada es tan dramático.

Fabiola no le contestó. Siguió despidiéndose de quienes habían resuelto el robo hasta la puerta. La cerró y volvió tras sus pasos para hablar con su hermano.

—Olvídate de venir a mi boda. Lo que me has hecho no tiene nombre. Jamás te lo perdonaré.

—Pues me parece muy bien. Tengo muchas cosas que hacer, mi reina…

Fabiola lo miró y no le contestó. Desde ese momento, le dejó de hablar.

 

39

Empieza la cuenta atrás

Después de una noche en los calabozos, el periodista Jesús Hermida quedó en libertad. Antes le advirtieron que, de publicar alguna información del contenido del diario de Fabiola, podría ingresar en prisión. Hermida recogió sus pertenencias y se fue con la primera luz del día hacia su casa. Soñaba con darse una ducha y olvidar ese episodio.

Un par de pisos más arriba de los calabozos, en la Brigada Criminal, quitaban las esposas al otro periodista detenido, Jaime Peñafiel, que había pasado toda la noche sentado en una silla del despacho del comisario. También a él le hicieron la misma advertencia: «Si llega a publicar algo del contenido del diario, cometerá un delito y será detenido. Ya no habrá contemplaciones, como ahora». El consejero delegado de Europa Press, Carlos Soria Saiz, había movido tantos hilos en diferentes ministerios que también logró que saliera su reportero en libertad sin cargos.

Afortunadamente, a nivel diplomático todo se serenó y las aguas del entendimiento entre España y Bélgica volvieron a su cauce. No ocurrió lo mismo a nivel periodístico, ya que seguía habiendo un gran interés por todo lo relacionado con Fabiola. Una nube de reporteros continuaba en la puerta del palacete de los Mora y Aragón.

El quinto hermano de la prometida de Balduino sorprendió a todos saliendo a la calle para informarles de que acababa de componer un vals con el nombre de Fabiola.

—Están invitados esta noche para ser testigos del estreno de la composición que le he dedicado a mi hermana.

Los periodistas se fueron a llamar a sus medios para contar que habían sido convocados para las nueve de la noche. La expectación era total y, a la hora convenida, se sentó Jaime de Mora al piano del Ritz para interpretar el vals que acababa de componer. No cabían sentadas todas las personas que se habían dado cita allí. Muchos tuvieron que quedarse de pie fumando y con una copa en la mano. Fue tal el éxito tras su interpretación que tuvo que hacer varios bises de la pieza que había creado para congratularse de Fabiola. Al acabar, tuvo que saludar varias veces al público, que no cesaba de aplaudir. Lo que todos desconocían es que Fabiola no se hablaba con su hermano desde el episodio del robo del diario que no había trascendido. Sin embargo, Jaime consiguió salir en todos los periódicos y radios de la época. También en la televisión, que llevaba cuatro años en los hogares más privilegiados y en los escaparates de las tiendas de electrodomésticos, con decenas de personas siempre mirando las imágenes que aparecían en aquellos aparatos que no estaban al alcance de cualquiera. Todo lo que estuviera relacionado con Fabiola tenía interés. Su rostro se había hecho tremendamente popular.

En el palacete de los Mora, se recibían constantes llamadas de felicitación. También Balduino se comunicaba a través del teléfono con su novia para decirle lo mucho que la necesitaba a su lado. Nada más conocer la noticia de la recuperación del diario, la felicitó. Ambos respiraron aliviados.

—Tardaré en asimilar que la gente muestre tanto interés por mí —comentaba Fabiola.

—Tendrás que acostumbrarte a vivir con una exposición permanente. Es difícil, lo sé. Bueno, tengo algo más que decirte. ¡Nuestra boda se ha fijado para el 15 de diciembre!

—¡Quedan menos de dos meses! —Se emocionó—. No sabes la ilusión que me hace que sea justo antes de Navidad y Año Nuevo. Acabaremos este 1960 juntos y ya nunca volveremos a estar el uno sin el otro. ¿Te das cuenta? Queda poco para que se cumpla nuestro sueño, pero, a la vez, se me va a hacer muy largo.

—No te preocupes, amor mío. Tenemos que ultimar tantas cosas que el tiempo se nos va a echar encima.

Ese «amor mío» dicho por Balduino le sonó distinto a otras veces. Estaban los dos muy enamorados y muy seguros del paso que iban a dar. Durante esos días, Fabiola posó para el pintor Manuel Benedito, en su estudio de la calle Juan Bravo. Este pintor de grandes mostachos seguía la estela de la escuela de su maestro Sorolla, aunque huyó de la luz y descubrió la penumbra para sus pinturas. Era uno de los mejores retratistas del momento, con ochenta y cinco años cumplidos. Para sus cuadros habían posado desde el rey Alfonso XIII hasta la artista Concha Piquer. Durante las horas que posó para el pintor, este le habló de su vida y de su vocación. También de sus muchos viajes por Italia, Francia, Holanda y Bélgica. Le dijo lo extraordinarios que eran los belgas.

—Entre ellos se va a sentir muy cómoda. No se lo harán pasar tan mal como los españoles a su madrina, la reina Victoria Eugenia de Battenberg.

Le habló de su experiencia como maestro de pintura y de la importancia de estudiar Bellas Artes en la Real Academia de San Fernando y en la de San Carlos, en las que impartió clases.

Fabiola, a su vez, lo felicitó por la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica y la Gran Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio, que había recibido. Fueron horas las que tuvo que estar bajo la mirada escrutadora del pintor. Sus hermanos querían que se llevara un recuerdo de ellos a Bélgica. Fue uno de sus regalos.

Las explosiones de afecto en España no cesaban. El Noticiero, editado en Zaragoza, abrió una suscripción popular para regalar a la futura reina una imagen a tamaño real de la Virgen del Pilar. El diario Ya promovió un concurso de cuentos infantiles en su honor, ya que se supo que ella había escrito varios para sus sobrinos. Los industriales catalanes se adelantaron a anunciar que la obsequiarían con una tela para el traje de novia, que se tejería en Mollet del Vallés. Incluso los panaderos crearon una barra de pan candeal con unos cortes que se entrecruzaban y simulaban rombos en la parte superior, a la que llamaron fabiola. En Madrid, el conde de Mayalde la llamó para informarla de que la corporación municipal en pleno había aprobado su nombramiento como hija predilecta de la ciudad. El acto tendría lugar a finales de noviembre. Fabiola pensó que sería su despedida de España. Había una auténtica fiebre por todo lo que dijera o hiciera la prometida de Balduino.

A mediados de octubre, debía regresar a Bélgica para ser presentada a las instituciones locales y provinciales. El DC-6 del ejército belga la esperaba en el aeropuerto de Barajas para llevarla hasta el pequeño aeropuerto de Amberes. Desde el aire, antes de aterrizar, Fabiola pudo comprobar que se trataba de una ciudad portuaria cargada de historia, con una arquitectura que la convertía en una ciudad de cuento. Allí fue recibida por Balduino. A lo largo de todo el recorrido, miles de personas los vitorearon y les mostraron su afecto. Visitaron el centro, donde se encontraba el distrito del diamante, de siglos de antigüedad. Allí se congregaban cientos de comercios, así como los artesanos cortadores y pulidores de diamantes. Por otro lado, Balduino hizo de cicerone para enseñarle la arquitectura flamenca renacentista, que culminaba en el Grote Markt. Igualmente, visitaron la casa de Rubens. Fabiola admiraba mucho al pintor barroco de la escuela flamenca.

—Es una de nuestras glorias nacionales. Un artista muy prolífico. Fue el pintor favorito del rey Felipe IV de España.

—Sé que en el museo del Prado se exhiben muchos de sus cuadros.

—El motivo es ese, que el rey se enamoró de su pintura. Por eso poseéis mucha obra de Rubens.

Fueron posteriormente recibidos en el ayuntamiento, y a Fabiola el alcalde le regaló un brazalete de diamantes. Se quedó muy impresionada de lo bonito que era. Todos querían agasajarla y los actos concluyeron con una cena en su honor en el palacio provincial. Dos días después de su llegada, también obtuvo el reconocimiento de más de mil alcaldes de todo el país, que se reunieron con ella en un almuerzo multitudinario con motivo del primer centenario del Crédito Comunal Belga. A todos les parecía que era una mujer muy culta y muy sencilla a la vez. Tenía una palabra amable para todo el que deseaba hablar con ella. Se esforzaba en decir frases en flamenco, que dejaron a todos con la boca abierta. Realmente, Fabiola había conquistado el corazón de los belgas y de sus representantes políticos y culturales.

Curiosamente, un equipo de fútbol español, el Real Madrid, fue en esos días a Bélgica para jugar un partido contra el RFC Lieja. El presidente del equipo blanco, Santiago Bernabéu, junto con toda la plantilla, quisieron saludar al rey Balduino y a la futura reina, que sabían que se encontraba en Bruselas. Fabiola no dudó un solo instante en abrir las puertas del palacio Real para recibirlos.

Balduino estaba presente y, ante la ausencia de protocolo y el afecto con el que fueron recibidos, dejaron para el final el obsequio que llevaban para la novia. Se trataba de un bolso realizado en oro con brillantes. Los fotógrafos de palacio realizaron muchas instantáneas. Al final, le regalaron a Balduino la insignia del Real Madrid.

Cuando el día acabó, antes de regresar a España, se quedaron a solas Balduino y ella en el salón. Por fin pudieron dialogar sin ningún testigo.

—Ya cuando vuelvas a Bélgica será para la boda. Estoy deseando que todo pase y que empecemos nuestra vida en común. ¿Tienes algún miedo? ¿Estás segura del paso que vas a dar, Fabiola?

—Completamente. Mi ilusión crece cada día. Solo espero no fallarte y que sea para ti una buena compañera de viaje.

—No lo dudes. Mira cómo te quiere todo el mundo. En cuanto te conocen, saben que no habrá una reina mejor.

Balduino la abrazó y se quedó mirándola con verdadera admiración. Después la besó.

—Estoy deseando que seamos marido y mujer. Dios ha querido y ha favorecido esta unión.

—¡Por supuesto! Nada sucede sin que Él lo crea necesario. Los días están siendo una verdadera locura. Mañana, en cuanto llegue a Madrid, me iré al estudio-taller de Balenciaga a elegir el modelo de mi traje de novia. Van a ir con el tiempo muy justo, no puedo retrasarlo más.

—Estarás guapa con cualquier traje que elijas.

Se miraron de nuevo a los ojos y se volvieron a besar. Al día siguiente, el DC-6 aterrizó muy temprano en la pista de Barajas y un coche con matrícula diplomática la recogió para llevarla hasta su casa. Los fotógrafos allí apostados la retrataron justamente cuando salió del coche y los saludó con una sonrisa.

—¿Hay nervios para la boda? —le preguntó un periodista.

—Unos pocos, no puedo ocultarlo. Asumiré de buen grado la responsabilidad y las obligaciones de ser la esposa del rey.

Se metió en su casa mientras saludaba a todos desde la distancia.

Dentro, el servicio la esperaba emocionado. Tanto que al entrar la llegaron a aplaudir. Percibió que todo a su alrededor estaba cambiando, también la forma de tratarla.

Se pusieron en fila desde el mecánico y el mayordomo que la había visto crecer, y que había perdido la vista, hasta Violeta, que se iría con ella a Bélgica, Milagros, que era quien organizaba la casa, su querida Manuela y la más joven, Lucía. Esta última notó que Manuela miraba con tristeza a Fabiola y se lo dijo. Al principio, sobre su percepción no quiso hacerle ningún comentario, pero, horas más tarde, empezó a contar aquello que la quemaba por dentro.

—Mi amiga vidente dice que no será feliz del todo. ¡Ese es el motivo por el que no puedo estar tan contenta como todos vosotros en la casa!

—Pues me pasa como a la señorita, yo tampoco logro ser feliz del todo. ¿Quién lo consigue? Tendría que enviar más dinero a mi familia —se quejó la joven Lucía.

De hecho, no sabían que era ella, pero de la cocina faltaba siempre queso, legumbres, arroz… Era poca cosa, pero lo suficiente para que ella pudiera enviar cestas con comida a sus familiares. Manuela contestaba a su reflexión.

—Pues mi amiga nada en la abundancia y le sobra de todo. Joyas, dinero…, y se lo está llevando literalmente crudo su novio. ¡Qué suerte tienen algunos!

Lucía estuvo callada durante unos segundos y le preguntó el motivo por el que no sería feliz Fabiola.

—Ya bastante te he dicho. No te puedo añadir nada más, créeme.

Manuela se acordó de que María Gracia le había hecho jurar que no se lo diría a nadie porque le podía suceder a ella algo terrible en el futuro. ¿A qué se referiría? Mientras la bolañega cavilaba, Lucía también seguía dándole vueltas a su cabeza.

—El caso es que tendría que ir a que me echaran las cartas… Quizá tu amiga me vaticine un novio que me saque de esta situación.

—A mí me dijo que aparecería alguien del pueblo. Y aquí sigo… Pero, bueno, sí, te daré su teléfono. —Lo escribió en un papel y se lo dio—. Tendrás que llevar algo de tus ahorros, que, aunque se diga que es gratis, es mentira. Las videntes esperan la voluntad de la gente. Y todos suelen ser muy generosos con ella, así que no seas tacaña.

—¿Por qué no tendremos nosotras cualidades para ver el futuro?

Milagros apareció por allí y les recriminó que estuvieran de cháchara sin hacer nada.

—Gente parada, mal pensamiento. ¡A trabajar! ¿No veis que se nos echa el tiempo encima?

Lucía guardó el teléfono de María Gracia en el mandil que llevaba encima del uniforme.

Fabiola salió en el coche con su madre. Era urgente que ya se decidiera por uno de los modelos que Balenciaga había diseñado para la ocasión. Fueron recibidas en Eisa Costura con todos los honores. Fabiola se había convertido en la mujer del momento y se haría el traje más importante de su vida en esos talleres. Significaba mucho para el diseñador y para las costureras que la habían visto crecer desde niña. Balenciaga viajó hasta Madrid para poder atenderla personalmente. También quería tomarle las medidas y mostrarle los diferentes diseños que había pensado para tan magno acontecimiento.

—¡Fabiola, bienvenida! Llevo pensando en tu traje de novia desde que hablamos por teléfono y me hiciste el honor de que fuera yo quien lo hiciera. ¡Estás radiante! ¡Muy guapa!

La prometida de Balduino no dijo que se había operado la nariz. Era tan ligero el retoque que pensó que no se había dado cuenta nadie. Balenciaga sí, pero no quiso hacerle ningún comentario. Le pidió que tomara asiento y, con un té en la mano, le mostró sus creaciones.

—De todos los vestidos que te presento, hay uno que me parece el más indicado para la boda, pero quiero que seas tú quien elija.

Fabiola y su madre los miraron con mucho interés, pero al final se decidió por uno que le pareció el más sencillo y el que pegaba más con su personalidad.

—No quiero que sea demasiado pomposo, Cristóbal. Por eso prefiero el que tiene menos cola.

—No olvides que quien va a llevarlo se convertirá en la reina de Bélgica.

Fabiola volvió a dudar y señaló otro, después de escucharlo.

—Buena elección. Este sí me parece adecuado para ti. El vestido que has elegido añade trascendencia y elegancia al hecho histórico que vas a vivir.

—Me ha dicho Balduino que van a emitir la boda en todo el mundo a través de la televisión. Eso no quita para que esté en la línea que a mí me gusta en el vestir.

—Protagonizar la primera boda real retransmitida por televisión hace que caiga todavía más responsabilidad sobre nuestras espaldas. Será tu traje, Fabiola, no te preocupes.

—¿Me quedará bien? —Seguía dudosa—. Que no parezca que quiero aparentar más de lo que soy.

—Te quedará como un guante. Es un vestido sencillo, como tú quieres, de cuerpo entallado y falda amplia fruncida. Lo que le dará un toque regio será una tira de visión blanco que bordeará todo el escote y continuará por la capa, que se convertirá en una cola rectangular y larga. Será lo que te dé el toque regio. Y yo pondría otra tira de visión en el frunce de la falda.

—La idea del visón me parece muy bonita. Además, estaremos en pleno mes de diciembre —comentó doña Blanca, que estaba muy emocionada durante toda la conversación entre su hija y Balenciaga.

—Tendremos que emplear unos veinticuatro metros de seda para el vestido y seis metros para la cola.

—¿Seis metros? ¡Me parece mucho!

—Te repito que quien se casa es una reina. Hazme caso. Tú llevarás el vestido y no al revés. Hasta que no te sientas cómoda, no lo daré por terminado.

—Hija, haz caso a Cristóbal. Siempre ha acertado en todos sus consejos.

—¡Adelante!

Balenciaga se acercó a besar a Fabiola. En su cabeza seguía haciendo sus cálculos… Aseguraba que no se podía quedar corto en la tela.

—Siento que tengáis tan poco tiempo… —comentaba Fabiola.

—Mes y medio… Pararemos todo lo que no sea urgente, porque aquí harán falta muchas manos para coserlo. Tiene que quedar perfecto —afirmó el modisto.

—A mí solo me importa que Balduino me vea guapa.

—Te aseguro que te verá la novia más guapa del mundo. Llevarás también velo. Debería estar sujeto por una tiara que signifique algo para los belgas. Pregunta al rey qué joya histórica quiere que lleves. Las reinas suelen ponerse alguna pieza de sus antecesoras o que tenga un significado especial para el país.

—Yo quisiera llevar algo de su madre, la reina Astrid. Él la menciona constantemente. Bueno, espero que ahora yo también esté en su pensamiento —confesó Fabiola.

—Se os ve muy enamorados. Ha cambiado por completo su expresión. Se le ve más risueño y feliz.

—Balduino solo tiene un problema, que es rey… Por lo demás, para mí es la persona más maravillosa del mundo.

 

40

El bautizo

A las dos menos cuarto de la tarde del domingo, en la parroquia de San José, de la calle Alcalá, en Madrid, se dieron cita Margot y Harry Parker. Iban a ejercer de padrinos de Margarita, la pequeña a la que ayudaron a nacer en Zarauz, cuando Almudena Pimentel se puso de parto. Margot llevaba un traje de chaqueta de color burdeos y encima un abrigo de color gris marengo, además de un tocado negro en el pelo con una pequeña redecilla que caía sobre la frente y los ojos. Le daba un aire sofisticado y a la vez sensual. Harry iba con un traje azul oscuro y un abrigo negro. Un sombrero de color oscuro lo resguardaba de ese otoño frío que se había adueñado de la península y que podía ser la antesala de un invierno bajo de temperatura.

La calle estaba muy transitada de personas que se movían en dirección a la Gran Vía o, por contra, seguían por la calle Alcalá. Los coches congestionaban la circulación en ambas direcciones, ya que era la hora de tomar el aperitivo o de comer en ese día festivo. Los dos se encontraron frente a la puerta principal de la iglesia.

—Me hace ilusión que apadrinemos a esta pequeña que ayudamos a nacer —comentó Parker al verla.

—Sí, nuestra vida siempre estará ligada a ella.

—Confío en que no sea Margarita lo único que nos una, Margot. Si tú me lo pides, yo dejaría la embajada y me vendría a Madrid.

Harry la miró fijamente a los ojos.

—Yo nunca te voy a pedir que dejes nada por mí. Tus decisiones no deben estar condicionadas por lo que yo haga o te pida. Harry, no me hagas esto.

—Sabes que te quiero desde hace muchos años. No puedo seguir dejando pasar el tiempo fingiendo que todo me da igual. No. Te amo y no me da igual que no me hagas ni caso. Necesito saber si tengo que seguir peleando por ti o es mejor que me retire definitivamente. Te pido sinceridad.

—Por favor, Harry. Todo tiene su proceso. No te niego que me gustas, pero no quiero compromisos.

—Eso es un sí o es un no. No acabo de entender…

—Pues…

En ese momento apareció Almudena, y Margot se libró de darle a Harry una respuesta. No estaba preparada para ese tipo de conversaciones, y menos aún para esas preguntas comprometidas. Se acercó hasta la joven para disimular lo embarazosa que estaba siendo para ella la situación. Almudena no llevaba a su bebé en brazos, lo hacía su cuñada. Su hermano Juan las acompañaba. Margot entendió que todo formaba parte de un paripé para ocultar que se trataba de una niña concebida en unas condiciones que la familia no admitía. Almudena, aunque se esforzaba en sonreír, tenía los ojos tristes. Una vez dentro de la iglesia, el sacerdote, que estaba al tanto de todo, comenzó el rito centrándose en la niña. Les pidió que reflexionaran sobre la importancia que tenía que su hija ingresara en el seno de la Iglesia católica. Se dirigió a los padrinos.

—Adquieren ustedes una responsabilidad espiritual y moral muy grande, ya que deben acompañar y guiar a Margarita en su vida cristiana. Junto con sus padres, son las personas que la ayudarán a crecer en la fe.

Margot estaba enfadándose por momentos. Almudena se había quedado sin papel en toda esta ceremonia y no paraba de llorar. Es más, su hija Margarita fue inscrita como si sus padres fueran su hermano Juan y su mujer, Carmen. Después de lo que había sufrido para traerla al mundo, la apartaban de la maternidad para que las piezas encajaran en la sociedad a la que pertenecían.

Los padres de Almudena la habían convencido.

—Es lo mejor para la niña y para mí, Margot —le comentó al terminar la ceremonia.

—No me gusta que seas la tía en lugar de la madre. Vivirá tu hija en una mentira permanente. No le hagas eso, por favor.

La ceremonia fue escueta y, después de unas fotos que hizo un fotógrafo de la propia iglesia, se despidieron. Almudena deseaba regresar a casa junto con su hija y, por supuesto, su hermano y su cuñada. Seguiría amamantando a su hija mientras tuviera leche. Sabía que el tiempo de la lactancia sería el único en el que la dejarían ejercer de madre.

—Si quieres, hablamos uno de estos días, Almudena —le dijo Margot en voz baja.

—Gracias por ser los padrinos de Margarita. Me hacía mucha ilusión que fuerais vosotros.

Almudena se abrazó primero a Margot y después a Harry.

—¡Conocerte y ser los padrinos de tu hija ha sido un auténtico orgullo para nosotros! —comentó Parker.

—Te queremos mucho. No me ha gustado que hayan suplantado tu papel de madre —le dijo Margot al oído—. Coge a tu niña, háblale mucho. Siempre reconocerá tu voz. Ese es tu sitio… Da igual lo que piense la sociedad.

—Margot, estoy en casa de mis padres. No tengo más remedio que hacer lo que me dicen. De otra manera, estaría en la calle, créeme.

—Lo dicho, hablamos…

Almudena, su hermano y su cuñada se fueron en un taxi con la bebé, tal y como habían venido. Margot y Harry volvieron a quedarse solos.

Después de andar durante un rato, mientras comentaban la situación tan difícil en la que se había quedado Almudena, decidieron ir juntos a comer. Cruzaron cuatro calles a pie y llegaron al restaurante Lhardy, en el número 8 la Carrera de San Jerónimo. Tenía Margot que contestar a la pregunta que le había formulado Harry, pero prefería esperar a que se la volviera a plantear. No habían hecho más que pedir al maître los platos que deseaban para almorzar cuando volvió la pregunta a sobrevolar entre los dos.

—Estamos solos, Margot. Me siento ridículo insistiéndote, pero necesito una respuesta. Antes no me la has dado.

—Se presentó Almudena y no era el momento.

—¿Puedo seguir peleando por ti o es mejor que me retire?

Margot tragó saliva y le contestó a su manera.

—Tú lo encuentras sencillo, pero te diría que no es un no, aunque tampoco te podría asegurar de que se trata de un sí.

—Es que eso suena a nada. ¿No tienes ningún sentimiento hacia mí?

—¡No es verdad! Somos amigos.

Harry sintió la palabra «amigos» como si Margot le hubiera dado un puñetazo en la boca del estómago.

—No, eso sí que es un no. Yo no puedo ser tu amigo. Si solo puedes ofrecerme tu amistad, entonces me iré para siempre a Gran Bretaña y prometo que no volverás a saber de mí.

Estaba muy decepcionado y se bebió el vaso de vino que acababan de servirle de un solo trago. Margot intentó explicarse mejor.

—Pero es que sí quiero saber de ti. Reconozco que me siento muy a gusto a tu lado, pero me da miedo no ser la persona que esperas y no estar a la altura de tu imaginación. Soy más lenta que tú en tomar este tipo de decisiones y me gusta madurar las cosas.

—Me ha salido la oportunidad de venir al Ministerio de Exteriores aquí, en Madrid, pero abandonar aquello puede ser un error. Para mí es un buen refugio si me vuelves a dar calabazos.

—Calabazas, quieres decir…

—Sí, me he esforzado en un cambio de actitud y en no atosigarte. Me he puesto a estudiar filosofía. Una voz cercana a ti me dijo que lo hiciera si quería conquistarte. He leído a los clásicos. Sobre todo a Platón, porque sabía que te gustaba. He procurado no marcar tu teléfono todas las veces que deseaba, aunque solo fuera para oír tu voz. Te he acompañado a París para la resolución del caso de Almudena, pero lo hice por estar a tu lado. He dormido en la misma habitación contigo y te hubiera besado, abrazado… como me pedía mi mente y no lo hice. No me digas que no te has dado cuenta.

—Sí, lo sé y te estoy muy agradecida. ¿Y si no soy esa persona que tú vas buscando?

—Margot, eres tú desde siempre.

La miró a los ojos y acercó su cara para besarla. Margot se quedó aturdida, pero no se retiró. En el fondo, deseaba besarlo también.

—¿Esto es un sí? —preguntó Parker, sonriente.

—Solo un puede ser…

—¿Me estás pidiendo tiempo?

—Sí.

Harry respiró hondo y volvió a cambiar de actitud.

—Está bien, Margot. Te esperaré el tiempo que haga falta. No puede haber otra persona en mi vida más que tú.

Los camareros trajeron el primer plato y ellos cambiaron de tema. Harry se prometió a sí mismo darle un tiempo más. Además, no se llevaba un no rotundo a Londres. La miraba con los ojos muy abiertos, intentando comprenderla. Sabía que la muerte de sus padres en accidente le hacía pensar que en cuestión de sentimientos nada era definitivo. Margot se lo confirmó.

—Harry, si te dijera que sí y te pasara algo, podría pensar que a todo el que me quiere y se acerca a mí le ocurre algo malo. Dame tiempo, necesito sanar mis heridas.

Harry cogió su mano.

—Tranquila. No pasa nada. Perdóname. Comprendo tu temor. Yo estaré siempre cerca, aunque no sepas de mí.

—Suena a despedida.

—Sí, tengo que regresar a Londres.

—Bueno, ¿me llamarás para saber qué tal estoy?

—Por supuesto. ¡De mí no es fácil librarse!

Harry se dio cuenta de que lo que Margot tenía era un trauma de la infancia que no se iba a curar así como así. Ella debería ser la que llevara los ritmos como creyese conveniente. Respiró hondo y siguió como si la conversación no hubiera existido. Tras acabar de comer, la acompañó hasta la comisaria. Margot se quitó el tocado y lo guardó en el bolso grande que siempre llevaba. Por el rabillo del ojo miraba a Parker y se sentía mal. No entendía por qué motivo tenía tanto miedo al compromiso.

«¡Algún día lo resolveré! Necesito tiempo», se dijo a sí misma.

Manuela se disponía a ir de nuevo a ver a su amiga vidente, después de comer. Lucía justo acudiría después, sobre las seis de la tarde. Ese día atendía a varios clientes, y ella sería la última. La joven tenía pensado acudir luego a Correos para enviar un paquete a su padre, en Quismondo. Se trataba de un traje casi nuevo que le había dado doña Blanca y que había pertenecido a su marido. Los dos eran de complexión fuerte y habría que hacer pocos arreglos. Se presentó a la hora convenida en la calle Hermosilla y encontró la puerta de la calle abierta, sin que nadie le preguntara a dónde iba. Imaginó que el portero estaría haciendo algún recado. Subió las escaleras y prácticamente siguió el rastro del olor a incienso que le había anticipado Manuela. Llamó a la puerta y le abrió la propia María Gracia, que hizo un mohín al verla.

—¿Es usted la amiga de Manuela? No tengo un buen día —le dijo nada más verla—. Le pediría, si no le importa, que viniera en otro momento.

A María Gracia se le había nublado la mente. Esto le ocurría de vez en cuando. Era como si su conexión con el más allá desapareciera de golpe. Así le resultaba imposible predecir nada.

—Le pido que me eche las cartas y me iré enseguida.

Después de dudarlo mucho, le dijo que se sentara mientras ella iba al baño. Lucía aprovechó para echar un vistazo y ver qué había de valor allí. Vio un rosario de nácar y oro y lo cogió. Se lo guardó todo lo rápido que pudo en el abrigo. Regresó María Gracia ostensiblemente nerviosa.

—¿Qué desea usted saber? —La pitonisa se había puesto su túnica de trabajo.

—Si me saldrá novio pronto y si algún día tendré tanto dinero como usted. Nada más que eso.

A María Gracia no le gustó el comentario de la joven, pero no la reprendió. Barajó los naipes y comenzó a extenderlos encima de la mesa. Los recogió y, tras volver a barajar, inició la misma maniobra. Según ponía las cartas boca arriba, más nerviosa se la veía.

—Nada, no puedo inspirarme, le ruego que se vaya cuanto antes de aquí.

—Pero ¿por qué?

—La videncia es así. Hoy no puedo predecir nada. Hay algo que me impide hacerlo.

María Gracia se puso de pie, parecía aturdida. Lucía se colocó el abrigo y con una gran contrariedad se dispuso a salir de la casa. Se dio cuenta de que se había dejado el paquete que quería enviar al pueblo, y para recuperarlo regresó a la salita donde seguía la vidente preocupada por lo que le decían las cartas aquel día. Enfurruñada, Lucía protestó y la vidente la invitó a salir, mostrándole el camino. Recorrieron el pasillo en dirección a la puerta… Nadie la había tratado con el desprecio con que lo había hecho la vidente. Fue un momento de mucha tensión, un día muy negro para olvidar, uno de esos que hubiera preferido no vivir nunca.

Al salir de la casa, en la calle Hermosilla, echó a correr como alma que lleva el diablo. Estuvo durante dos horas deambulando por Madrid, antes de regresar al palacete. Pensaba en qué les diría a Manuela y a Virtudes. Su respiración estaba agitada y su mente, nublada. Estaba convencida de que se reirían de ella, como siempre sentía que lo hacía todo el mundo a su alrededor. No les iba a confesar que la vidente no había querido decirle nada y que la había echado sin más de su consulta. Pensó que lo más prudente para ella sería inventarse una historia. Se la repitió mentalmente una y otra vez: «Me ha dicho que en un año cambiará mi vida y que aparecerá un joven que conoceré haciendo un recado y ya no volveremos a separarnos. Fue seca pero educada conmigo». Se repetía una y otra vez lo mismo, inspirada en lo que tantas veces le había contado Manuela de sus sesiones con María Gracia. «En un año cambiará mi vida y aparecerá un joven al que conoceré por casualidad haciendo un recado». Nunca les diría la verdad de lo que había ocurrido. Sería humillante. Al acercarse a la casa, vio la nube de periodistas y se abrió camino hasta la puerta. Tocó el timbre y abrió Milagros.

—Hija, qué cara traes. ¿Qué tal con la vidente?

—Muy bien, me parece una persona educada aunque un poco seca.

Lucía se fue a su cuarto, se quitó el abrigo y se cambió de arriba abajo. También se lavó bien las manos y la cara y se atusó el pelo. Antes de ir a la cocina, decidió lavar su abrigo. Traía un olor terrible de la calle. En el lavadero se empleó a fondo y lo tendió antes de subir a la cocina. Con la primera persona del servicio con la que se topó fue precisamente con Enrique, el mayordomo que había perdido la visión.

—¡Hombre, Lucía! ¡Ya estás aquí!

—Sí, no he tardado mucho con los recados que tenía que hacer.

La joven desconocía cómo un hombre que había perdido la visión los reconocía a todos y nunca se equivocaba. Incluso parecía que por la voz podía percibir cómo se sentían.

—Hueles distinto hoy.

—No sé, vengo de la calle sudando y…

—Será eso… Pareces nerviosa. ¿Te ha ocurrido algo?

—No. No…, en absoluto.

Al ver a Milagros en la cocina, le preguntó por Manuela, que no había llegado todavía. El ama de llaves estaba contrariada, ya que tenían permiso para tres horas fuera de la casa, pero no para más. Había que poner la mesa y servir la cena. En ese momento, ya todos debían estar en casa.

—Esta Manuela, le voy a echar la bronca. Salió antes que tú y mira la hora que es y no ha regresado.

—Seguro que estará al llegar. Se habrá entretenido con algo.

—Siempre estáis pensando en hombres. Espero que no sea ese el motivo.

Media hora más tarde, llegaba Manuela. Estaba contrariada. A Milagros no le dio ninguna razón, pero con Lucía se explayó. Le contó que había ido a que le echara las cartas su amiga vidente y que le pidió que volviera más tarde.

—Ella siempre de malas formas. Seguro que estaba a punto de llegar el tal Aniano. Luego he ido a las siete y no me ha abierto la puerta. He hablado con el portero y dice que solo había visto salir de allí a un hombre trajeado. ¡Seguro que estaba y no me ha abierto la puerta! ¡Sería Aniano, que se habrá vestido de señorito! Y tú ¿qué tal con ella? ¿No habías quedado esta tarde también?

—Sí, ha sido breve… pero educada conmigo.

Manuela no atendía a lo que le contaba Lucía.

—¿Has visto la ostentación y el exceso que hay en esa casa?

—No me he fijado mucho… Estaba nerviosa. No sabría decirte…

—Mira que eres corta, hija. Todo en ella es un exceso.

Milagros las apremió para que pusieran la mesa y sirvieran la cena. Lucía respiró aliviada al tener tanto trabajo por delante. No deseaba volver a hablar sobre ese asunto de la vidente.

Manuela oyó decir a Fabiola que Carmen Polo y su hija Carmencita la visitarían al día siguiente para felicitarla por el enlace. Deseaban hacerle entrega de uno de los primeros regalos de boda. Fabiola no paraba de recibir ilustres visitas y llamadas telefónicas, pero, sin duda, esta sería la más importante. Estaba claro que la tarde del día siguiente tendrían que reforzar la seguridad en la casa.

 

41

Y se desató el caos

Amaneció nublado en Madrid. A Margot no le gustaban los días que no podía ver el sol ni las noches que no podía ver la luna. Para ella el gris era presagio de malas noticias. Se habría metido en la cama a esperar una jornada mejor, pero su trabajo de periodista por la mañana y el de detective por la tarde apenas le dejaban tiempo para pensar en Harry Parker y en el paso adelante que él le proponía en su relación. Esos días estaba especialmente nerviosa. No le gustaban los compromisos ni los planes de futuro. Para ella solo existía el día actual y ningún otro más. Puso en su tocadiscos el disco de un grupo inglés que, hasta ese momento, solo hacía versiones. Se lo habían enviado sus tíos desde Gran Bretaña en un paquete junto con muchas otras cosas. Se llamaban The Beatles, y le gustaba mucho la versión que habían hecho del tema de Tony Sheridan, My Bonnie. El ritmo, la fuerza y la forma tan apasionada de cantar. Margot tarareaba la canción en la que alguien anhelaba a Bonnie, que se encontraba al otro lado del mar… La letra no tenía nada, pero le gustaba el cambio de ritmo al inicio de la canción. La letra decía: «Mi Bonnie está sobre el océano, está sobre el mar, trae de vuelta a mi Bonnie». Le gustaba escucharla y se la puso a todo volumen.

A las diez de la mañana, sin embargo, Margot recibió una llamada de la revista Siluetas. Bajó el volumen del tocadiscos y escuchó al director, Justino Ochoa, que quería una entrevista con Fabiola.

—Será la portada del próximo número. La necesito sí o sí, Margot.

—No tiene tiempo material para recibirme en su casa —argumentó la joven.

—Si no te la concede, haz un gran artículo —sugirió Justino Ochoa—. Todo el mundo sabe que si hay una periodista cercana a ella, esa eres tú.

—Pero…

—No hay pero que valga —atajó su jefe—. Lo quiero para ayer.

El director colgó el teléfono como solía hacer cuando estaba enfadado.

—¡Joder! —llegó a decir entre dientes.

Se le estaba pegando la forma que tenían de hablar los inspectores de policía. Dejó de lado lo que estaba escribiendo en su máquina. Tenía que pensar en cómo se lo plantearía a Fabiola. Sabía que, en algún momento, tendría que despedirse de quienes habían sido sus compañeros en las distintas obras benéficas en las que colaboraba, y esa podría ser la excusa perfecta para obtener las declaraciones que deseaba el director. Marcó el teléfono de la familia Mora y Aragón y, tras unos minutos de espera, Fabiola se puso al teléfono.

—¿Margot? ¡Qué alegría saber de ti!

—Bueno, lo primero, ¿cómo estás? —se interesó. No podía abordarla directamente.

—No te puedes imaginar el lío que tengo. Ahora voy a probarme la toile del vestido de boda. Voy completamente contra reloj, pero Balenciaga es maravilloso y ya tiene el patrón cortado y cosido para esta primera prueba. Veremos cómo me queda. Yo quiero algo sencillo, aunque comprendo lo que me dice Cristóbal: «El traje que lleves se recordará siempre» —confesó notablemente apresurada.

—¡Seguro que, viniendo de sus manos, será precioso! Te llamaba también porque sabes que colaboro con la revista Siluetas, y me piden que te haga algo especial —le dijo sin rodeos.

—No puedo dar exclusivas. Mira que lo siento. Sobre todo contigo —se lamentó.

—Lo imaginaba —respondió para tranquilizarla—. Solo quería pedirte estar presente el día que acudas al cambio de nombre del hospital en el que ayudabas a los ancianos. Le van a poner el nombre de tu padre, ¿no? Conde de Mora.

—¡Por supuesto! —le confirmó Fabiola—. Ese día estaré muy emocionada, como te puedes imaginar. Demasiados recuerdos y demasiadas ausencias. Me hará ilusión verte por allí. Quedamos así. Tú permanece a mi lado y así podremos ir charlando. Será dentro de dos días.

—Lo sé. Allí estaré. Un beso muy grande —se despidió Margot. Colgó y el timbre del teléfono volvió a sonar. Fue Sátur quien contestó esta vez desde la cocina. Margot había vuelto a subir el volumen del tocadiscos mientras seguía cantando a pleno pulmón la canción de los Beatles.

—Chiquilla, que te llaman al teléfono —le dijo Sátur—. Es el director de El Caso, don Eugenio Suárez.

La joven respiró hondo antes de saludarlo. Bajó de nuevo la música. Pensó que, a ese ritmo, el trabajo la iba a desbordar.

—Don Eugenio, buenos días.

—Margot, necesito un artículo tuyo sobre el asesinato de la vidente —le soltó sin tan siquiera saludar.

—¿Qué vidente? No sé nada de lo que me habla.

—¿No me digas que me he enterado antes que tú? —dijo en tono casi burlón—. Han encontrado muerta en su casa a la vidente que colaboraba tanto con la policía.

—¿María Gracia? —preguntó, asombrada. Aún recordaba la última vez que habló con ella para el caso de Almudena Pimentel—. Telefoneo ahora mismo a la brigada. En cuanto averigüe algo más, le llamo.

Permaneció unos instantes frente a la máquina de escribir con la mente en blanco. «¡Qué frágil es todo en esta vida!», se decía a sí misma. En fracciones de segundo, tu mundo puede volverse del revés o incluso acabar contigo. Ella lo había vivido en carne propia.

El teléfono volvió a sonar. No quiso descolgarlo y Sátur acudió de nuevo al despacho. La vio con la cara tan blanca y descompuesta que le preguntó:

—Es el comisario. ¿Ha pasado algo grave? —le dijo la mujer, que apuntaba con el dedo hacia el aparato.

—Sí, la verdad es que sí… Responderé desde aquí.

Descolgó el teléfono y, antes de seguir hablando, esperó a que colgaran en la cocina.

—Sé lo que me va a decir. Han asesinado a María Gracia —se le adelantó Margot.

—¿Quién te lo ha dicho?

—En El Caso las noticias vuelan.

—¡La brigada va para allá! Es en la calle Hermosilla. Quiero que llegues a la escena del crimen antes que alguno de los nuestros borre alguna huella. Necesito de tu perspicacia.

—Voy ahora mismo. ¿Quién ha avisado? —preguntó Margot.

—La señora que iba a limpiar por las mañanas. Tenía llave y parece ser que al entrar la ha visto tendida en el suelo, sobre un charco de sangre.

Se levantó tan súbitamente de su asiento que sin querer tiró la silla. No se detuvo a recogerla. Se fue a su cuarto, cogió una chaqueta, se puso unos tacones y salió de casa pronunciando unas palabras que no tranquilizaron a sus «guardianas».

—Tengo que salir —dijo, apresurada—. Han asesinado a una persona que colaboraba con la policía. No os puedo contar nada más.

—¡Ten mucho cuidado! ¡Qué terrible! —llegó a decir Camila en español.

—¡No se olvide de comer, ni de abrigarse! —Sátur se fue corriendo detrás de ella con el abrigo en la mano.

Ya en la calle, Margot vio un taxi que dejaba a un cliente justo en la puerta de su casa. Se acercó a la ventanilla del copiloto y el taxista bajó el cristal.

—Por favor, ¿me puede llevar a la calle Hermosilla? ¡Es muy urgente!

El taxista bajó la bandera y el contador de su taxímetro se puso en marcha. A los quince minutos habían llegado a la casa de la vidente. No hacía falta ser Sherlock Holmes para saber que había ocurrido algo grave en aquella calle, ya que estaba atestada de policías. Nadie podía pasar por allí en un perímetro de veinte metros a la redonda. Menos aún entrar en el portal; era imposible incluso para quienes vivían allí. Margot enseñó su acreditación de colaboradora de la Brigada Criminal y todos le fueron abriendo paso. Al traspasar la puerta del inmueble, observó que un hombre vestido con mono azul y boina estaba siendo interrogado por la policía.

—¿Es usted el portero de la finca? —le preguntaban.

—Sí —afirmó él.

Estaba aturdido y no era capaz de hilar una frase entera.

—¿Hay alguna otra forma de salir de esta casa? ¿Una puerta de atrás? —intervino Margot.

—No, señorita.

—¿Ha observado algo extraño en las últimas horas? —volvía a preguntar el policía.

—No, su casa era un ir y venir de clientes —dijo refiriéndose a la víctima.

Margot le pidió su teléfono de contacto y se informó de que vivía en el sótano del inmueble. También le preguntó por los vecinos de María Gracia. El portero se sabía la vida de todos… Margot siguió preguntando.

—¿Le llamó la atención alguien que viniera ayer que no fuera habitual?

—No sé, quizá un señor muy bien trajeado que me dijo al salir un simple: «¡Con Dios!».

—¿Podría describirlo?

—Llevaba un sombrero y no le vi la cara. No, no lo reconocería, la verdad.

—No se vaya de aquí, por favor.

Margot dejó de hablar con el portero y subió las escaleras intentando imaginar cómo habría sido la huida del asesino. Tal vez fue un hombre quien la visitó. ¿Por qué la habría matado? ¿Sería él o alguien cercano que no llamara la atención del portero? Al llegar al piso de la vidente, tocó a la puerta con los nudillos. No quiso usar el timbre ni el pomo de la puerta. Le abrió el inspector Gutiérrez.

—Estamos solos. Todavía no ha llegado la policía del Servicio de Identificación Dactilar. Todo tuyo, Margot.

No hizo falta recorrer demasiado el pasillo para encontrar el cadáver de la vidente, tendido boca arriba y con visibles golpes en la cabeza. La pérdida de sangre durante tantas horas había formado un charco a su alrededor.

—¿Cuándo vendrán el forense y el juez para el levantamiento del cadáver?

—Tardarán, de modo que, si quieres echar un vistazo por la casa, intenta no tocar el cuerpo. El comisario y Morales están en el salón.

Seguía mirándola y le llamó la atención su cara de sorpresa.

—No esperaba el golpe que recibió —concluyó Gutiérrez, sin poder dejar de mirar la expresión de asombro del cadáver.

Esquivó el cuerpo con la ayuda de Gutiérrez y caminó despacio hasta el salón mientras intentaba imaginarse la escena. Dijo hola con la mano al comisario y levantó las cejas levemente para saludar a la persona que más la odiaba en comisaría.

—Vaya…, la periodista por aquí.

—¡Vaya, el soplón de la prensa! —replicó ella—. Ya lo saben en El Caso, así que imagino quién lo ha contado todo. Yo no tenía ni idea cuando me ha llamado Eugenio Suárez.

—Yo no escribo para esa revista, tú sí —respondió él en tono retador.

—Bueno, ¿queréis dejar vuestras desavenencias para otro momento? Tenemos a una colaboradora de la policía muerta —interrumpió el comisario.

Margot revisó la mesa de trabajo de María Gracia y vio varias cartas invertidas: el ocho de bastos, el siete de espadas, el cinco de oros y el nueve de copas. Lo anotó en la pequeña libreta que la acompañaba a todas partes. Bajo la mesa camilla se habían caído algunas cartas del tarot: el diablo, la luna y la culebra. Sacó de su bolso una pequeña camarita y lo fotografió todo.

—Las cartas quedaron boca arriba —murmuró Margot—. Tengo la impresión de que María Gracia dio por terminada la sesión nada más comenzar a leer el futuro. Y en el suelo hay más cartas de tarot.

—¡Muy perspicaz, detective! Eso pienso yo también —comentó el comisario—. Tenía prisa porque la persona o personas que vinieron a verla se fueran de la casa cuanto antes.

—¿Han ido a su cuarto? —Margot señaló la habitación, que estaba entreabierta.

—Pase antes de que nos echen de aquí, pero no toque nada —le advirtió el comisario.

Margot siguió andando muy despacio, como si no quisiera hacer ruido. Pensaba en lo que había pasado y trataba de reconstruirlo. Justo debajo de la mesilla de noche, vio un pendiente de coral caído, y a un lado de la habitación, un anillo de oro con una esmeralda, también en el suelo. Volvió a sacar fotografías. Había un calendario de la Virgen del Monte de Bolaños de Calatrava sujeto con una chincheta.

—Ella era de este pueblo. Recuerdo que me lo dijo —susurró.

Observó igualmente que un crucifijo de marfil colgaba en mitad de la pared en la que se apoyaba el cabecero metálico de la cama.

—¿Un robo por dinero o para disimular? —siguió hablando sola en voz baja.

En la otra mesilla de noche, al otro lado de la cama, había un cuaderno de citas a la vista. Recordó lo que hicieron los periodistas en la habitación de Fabiola e hizo lo mismo; lo cogió y se lo guardó debajo de la camisa, sujeto a la cinturilla de la falda. Luego se cerró de nuevo la chaqueta.

—¿Ha visto algo, Margot? —preguntó el comisario, que entraba en la habitación en ese momento.

Se abrió la chaqueta y se levantó la camisa. Le enseñó el cuaderno de citas. El comisario le hizo una seña de que guardara silencio. Margot asintió y volvió a cerrarse la chaqueta.

—Parece un robo, pero no lo tengo claro. Algo me dice que podría ser un arrebato o una venganza de su entorno más cercano. Quizá la visitara un sacafortunas. Solo hay que ver que vivía muy bien, sin estrecheces. A los videntes a veces les pagan con valiosos recuerdos familiares —especuló Margot.

Se oyó ruido en el pasillo y salieron de la habitación. Permanecieron de pie con la llegada del forense y de los compañeros del Servicio Central de Identificación Dactilar. Se acercaron al médico forense y escucharon su primera valoración.

—Recibió varios golpes, pero no murió por el último traumatismo —explicó el forense, señalando la cabeza—. Cayó en decúbito prono. El asesino quiso asegurarse de que estaba muerta y le dio la vuelta. Por eso ahora la hemos encontrado en decúbito supino, aunque no fue así la secuencia de su muerte. —Hizo una breve pausa antes de continuar—: Recibió tres golpes seguidos con algo grueso. Busquen un bastón con empuñadura redonda o un paraguas con empuñadura esférica. También podría ser un pisapapeles… Algo contundente y redondo. Pero la causa de la muerte no fue el golpe, sino la hemorragia. Literalmente, se desangró.

Margot anotaba cada palabra que pronunciaba el forense. Cuando llegó el juez para ordenar el levantamiento del cadáver y llevar el cuerpo al Anatómico Forense, el comisario se marchó con sus hombres y la detective.

—Vayamos inmediatamente a comisaria. Tenemos que hablar de lo que ha pasado en esta casa —ordenó.

Se distribuyeron en dos coches y se fueron camino de la Puerta del Sol. Era un caso en el que no iban a faltar las presiones de los ministros.

—La mitad de la alta sociedad madrileña venía aquí a preguntar por su futuro —comentó el comisario.

Margot se sentía incómoda con el libro de citas encajado en el vientre y lo sacó de su escondite. Afortunadamente, los inspectores Gutiérrez y Morales iban en el segundo coche.

—¡Ábralo! Mire en la tarde de ayer —le pidió el comisario.

Margot se decepcionó al abrirlo. Faltaban las últimas hojas, arrancadas con prisa. Por una razón obvia, el asesino no quería ser descubierto.

—Si era alguien habitual —dijo Margot, señalando el cuaderno—, aquí estarán los nombres de quienes la visitaron en los últimos meses. Hablemos con todos los que podamos identificar con nombre y apellido.

—¡Buena idea, Margot! —dijo el comisario—. Vuelva a esconder el diario de citas y no diga nada a sus compañeros. Lléveselo a casa y analícelo bien, de arriba abajo. No quiero que esto lo sepa la prensa.

—Para mí significa mucho que se fíe de mí. Yo también soy la prensa.

—Para mí usted es la detective Peters. Sin más.

Llegaron a la brigada y empezaron a hacer llamadas a unos y a otros. Margot se centró en el ayuntamiento de Bolaños para localizar a los familiares de la víctima. Quería avisar a sus parientes para que no se enteraran por los medios de comunicación antes que por ellos.

Ajenas por completo a ese caso, Fabiola y doña Blanca eran recibidas por el modisto Balenciaga, que había llegado el día anterior de París. Les mostró la toile hecha en tela de algodón con la que le gustaba verificar el diseño y las proporciones sobre el cuerpo.

—Antes del corte definitivo, hay que asegurarse de que cada pieza esté bien encajada. Aún estamos a tiempo de hacer ajustes y correcciones en un diseño tan complejo como el de este traje de novia.

—Vamos muy mal de tiempo. ¿Seguro que estará listo el vestido, Cristóbal? —le preguntaba doña Blanca con cierta angustia.

—Mamá, si Balenciaga dice que llega, es que va a estar a tiempo. No he conocido a nadie más perfeccionista que él —replicó Fabiola.

—¡Estará y te quedará perfecto! —afirmó el modisto—. Yo también arriesgo con el diseño, con la tela y con el trabajo del taller. Somos los primeros que deseamos que todo esté en su sitio y que seas la novia más guapa del mundo.

Balenciaga le pidió que caminara con la toile. El traje largo tenía un fruncido en la cadera. Le colocó la capa que haría las veces de cola de seis metros y entonces ya se movió con cierta dificultad.

—Con la tela definitiva, que pesará más, me costará moverme…

—No, la clave está en caminar despacio. Tendrás que olvidarte de ella. La aseguraremos de tal manera que no habrá forma de que se desprenda. Fíate de mí…

—Totalmente, Cristóbal.

—Será un traje que quedará para la historia. No podemos olvidarlo, ni tú ni yo. ¿Os parece que brindemos con el champán que he traído de París para la ocasión?

Los tres brindaron y sonrieron. Fabiola se quitó la toile y la dejó sobre la silla del probador, repleta de marcas y alfileres. Luego volvió a vestirse con su traje de chaqueta, también de Balenciaga.

Quedaron con el diseñador en verse al cabo de quince días. Las modistas coserían sin descanso para que el vestido estuviera listo al menos para entonces. La capa de seis metros tendría que esperar a una segunda prueba, ya que la traería hecha desde su taller de París.

Al salir de Eisa Costura, Fabiola y su madre subieron al coche, donde ya las esperaba Hipólito Vidal, el chófer. Unos fotógrafos las retrataron al salir de la tienda. El traje de novia se había convertido en el secreto que todos querían destapar. Como no podían moverse libremente sin que alguien las siguiera, se fueron directas a casa. Aquella tarde recibirían la visita de la mujer de Franco y de su única hija.

—Espero que el servicio esté a la altura de las circunstancias. He pedido en la cocina que nos hagan pastas y bollitos dulces, que a Carmen Polo le encantan —dijo doña Blanca.

—Sé que el gobierno se ha esforzado para que el regalo que me van a dar sea algo especial. Hubiera preferido que hicieran una donación al centro que llevará el nombre de papá —añadió Fabiola.

—Todo el mundo quiere que sus regalos perduren en el tiempo. Tienes que entenderlo. De todas formas, en cuatro horas saldremos de dudas.

En la casa no paraban de limpiar la plata, sacar brillo al suelo de mármol, planchar el mejor mantel y encañonar los volantes. Ese mediodía, Fabiola y doña Blanca apenas pudieron comer nada.

A eso de las cuatro de la tarde, la madre de Manuela llamó al teléfono del servicio. Le iba a dar la noticia que había caído como una bomba en el pueblo.

—Hija, ¿te has enterado? —Se hizo un silencio—. María Gracia ha sido asesinada.

—¿Qué dices? —Manuela tuvo que tomar asiento.

—Lo han dicho en la radio y sabemos que la policía ha llamado al ayuntamiento para hablar con el alcalde y localizar a la familia. La noticia ha corrido como la pólvora por todo el pueblo.

—¿Estás segura? Es imposible. Ayer hablé con ella y fui a verla. Me pidió que volviera al final de sus consultas, pero cuando regresé ya no me abrió.

—¿La viste? No digas nada, no vayan a creer en el pueblo que fuiste tú. Todos saben que de niñas no os llevabais demasiado bien.

—¡Mamá, qué cosas dices! Mira, tengo mucho trabajo. —Manuela colgó.

Se quedó inmóvil mirando el aparato y procuró disimular. Hizo por encontrarse con Lucía, que andaba planchando.

—¿Sabes qué? No te lo vas a creer —le dijo—. A mi amiga la han asesinado.

—¿A quién? No comprendo…

—A María Gracia —confirmó Manuela.

Lucía se puso nerviosísima. Le contó otra vez que María Gracia había estado parca en palabras con ella, pero educada. Lucía no quiso contarle que la había echado de la consulta con malos modos. Después de lo sucedido, nunca se lo contaría a nadie. Lo ocultaría a todos.

—Esto nos puede arruinar la vida, Lucía. ¡Ay, como se enteren los señores! Debes callarte y no decir ni mu. ¿Me oyes?

—¡Pero Milagros sabe que las dos fuimos a esa casa! Es mejor contarlo.

—Tú lo niegas todo. Eres muy pava…

—Debemos hablar con la policía —insistió Lucía.

—¡Tú eres idiota de remate! Con un poco de suerte y con el lío que tenemos aquí, no se enterarán de la noticia. Me voy a cerciorar de que la radio que tenemos se estropee y no funcione. Fingiremos estar como en una burbuja. ¿Me oyes? —Manuela presionaba a Lucía cada vez más—. Si no te preguntan, aquí ninguna de las dos sabemos nada.

—Está bien. Lo que tú digas…

Ambas se mostraron muy nerviosas toda la tarde, pero todos lo achacaron a la visita de Carmen Polo y Carmencita Franco. Manuela tenía razón: nadie en la casa pensaba en otra cosa.

 

42

La corona de rubíes y esmeraldas

A las cinco en punto de la tarde, Carmen Polo y Carmencita Franco llegaron al palacete de los Mora. Lo hicieron en coche, ya que era la única manera de atravesar la nube de fotógrafos y periodistas que permanecía en la puerta de la mañana a la noche. Gonzalo, el mayor de los varones de los Mora, y Alejandro, el cuarto de los siete hijos, las esperaban fuera del palacete para recibirlas. La hija de Franco salió del coche con una gran caja envuelta en papel de regalo.

—¡Bienvenidas! Es todo un honor que hayan podido venir a nuestra casa —dijo Gonzalo mientras les besaba la mano de forma protocolaria.

—Me alegro mucho de que estén aquí —comentó Alejandro.

Carmencita sonrió a este último y le habló en voz baja.

—Te encuentro muy bien, hacía mucho que no coincidíamos.

—Tú estás tan guapa como siempre.

Alejandro y Carmencita eran amigos. Habían salido juntos en un grupo de jóvenes entre los que también se encontraba Fabiola. Incluso se llegó a decir que el segundo varón de los Mora había sido pretendiente de la hija de Franco. Todo quedó, sin embargo, en una buena amistad.

—¿Dónde está vuestro hermano Jaime? —preguntó doña Carmen, ya que era el único varón que no se había presentado ante ellas.

—Deberá perdonar a Jaime, excelencia —se excusó Gonzalo—, pero a estas horas ya ha salido camino del Ritz. Ahora le ha dado por tocar el piano allí.

—Carmencita, deberemos algún día ir a escucharle —propuso Carmen Polo.

—Sí, por supuesto.

Las condujeron hasta el salón y allí se despidieron de forma protocolaria.

—Bueno, nosotros solo deseábamos recibirlas. Mi hermana quiere estar a solas, junto con mi madre, para comentar sus preparativos.

—¡Llámame, Alejandro! Tenemos que quedar con nuestras familias —comentó Carmencita al hermano con el que tenía más amistad.

—Eso haré. ¡Hasta pronto, entonces!

Fabiola y doña Blanca las recibieron en el salón con una amplia sonrisa. Era la primera vez que se veían desde que el gobierno belga emitió el comunicado de su compromiso.

—¡Enhorabuena, Fabiola! —le dijo Carmencita mientras se acercaba a ella y la besaba en las mejillas—. Tienes muchas cosas que contarnos.

Carmen Polo también la felicitó con un beso y las anfitrionas las invitaron a tomar asiento. Enseguida el ama de llaves se acercó para servir el té y Manuela ofreció, en una bandeja, la variedad de pastas que habían preparado en la cocina.

—Y Fabiola, ¿cómo conociste al rey? —preguntó Carmen Polo con curiosidad.

—Me lo presentó hace tiempo mi madrina, la reina Victoria Eugenia —respondió Fabiola con una sonrisa contenida—. Fue solo un saludo, porque en quien quería que se fijara era en su nieta Pilar de Borbón. Pasaron meses hasta que nos encontramos de nuevo en Bruselas, en uno de mis viajes. —Evitó mencionar que aquel encuentro había formado parte de un plan orquestado por monseñor Suenens—. Y más adelante nuestra amistad se afianzó en Lourdes. Allí nos enamoramos, y nos prometimos en la gruta de Massabielle. Fue muy bonito.

—¡Los dos tan religiosos! Creo que estáis hechos el uno para el otro —comentó la mujer de Franco con una sonrisa—. Bueno, queríamos hacerte un regalo para que recuerdes lo mucho que te queremos. Paco me ha pedido que te felicite; el anuncio de tu enlace ha sido muy importante para limar asperezas con el gobierno belga.

—Me alegro mucho —respondió Fabiola—. Todo lo que esté a mi alcance para ayudar en lo que sea necesario, cuenten con ello.

—Por supuesto. Ahora… ¡abre la caja! —añadió Carmen Polo, impaciente.

Carmencita se la acercó y Fabiola la desenvolvió despacio. En cuanto sacó el contenido del envoltorio, apareció una tiara antigua, elaborada en oro y con piedras preciosas de gran tamaño.

—No tengo palabras, ¡es una maravilla! —exclamó Fabiola—. Me la pondré mucho pensando en España. Es un regalo precioso.

—La he elegido yo, pero te la regala el gobierno —aclaró Carmen Polo—. O, mejor dicho, te la regala el pueblo español. Sé que las reinas las lucís a menudo por la cantidad de actos a los que debéis acudir. Y además, esta tiene un significado especial. Quiero que te acuerdes de tu país cada vez que te la pongas.

Fabiola se emocionó. Cuando logró reponerse, se levantó del sofá y volvió a besar a sus dos invitadas.

—Unos días antes de la boda, tendremos una cena de gala a la que estáis invitadas —dijo—. Allí me la pondré para sentir que el pueblo español siempre me estará apoyando desde la distancia.

Carmen Polo explicó entonces que la había comprado a un anticuario, que a su vez la había adquirido de unas monjas de clausura que la custodiaron durante toda la Guerra Civil.

—Esta corona, querida, tiene su historia —añadió—. Me parece bonito que fueran unas monjitas las que impidieran que la destrozaran en la guerra. Ahora la tendrás tú, y no se me ocurren mejores manos.

Carmen Polo hizo un aparte con doña Blanca para contarle en secreto que habían pagado cinco millones de pesetas por ella. Carmencita, por su parte, se acercó a Fabiola.

—¿Estás nerviosa? —le susurró.

—Según pasan los días, un poco más —admitió—. Pero dejemos de hablar de mí. Te veo mejor que nunca.

—Será porque estoy feliz. Después de cinco embarazos seguidos, la vida me ha dado una tregua. Son muchos niños: Carmencita, Mariola, Francis, Merry y el último, José Cristóbal. Por fin hay un descanso para mi mente y para mi cuerpo.

Las madres escucharon el final y se añadieron a la conversación.

—Hija, no digas eso. Hay que aceptar los hijos que Dios nos dé —comentó Carmen Polo—. Además, en las casas reales, los hijos aseguran el legado.

—Sé que nada le haría más ilusión a Balduino que el hecho de que me quedara embarazada en cuanto nos casemos. En el palacio de Laeken tienen una habitación para niños ya preparada.

—Aléjate de la presión, Fabiola. Cuando lleguen, han llegado —le decía Carmencita—. Sé de lo que hablo.

Las cuatro se echaron a reír. Doña Blanca tocó la campanita para llamar al servicio y reclamó más té y los bollitos rellenos de crema y de chocolate que había preparado la cocinera. Carmen Polo les preguntó, en ese momento, si se habían enterado de la muerte de la vidente a la que acudían aristócratas y la alta sociedad.

—¿De quién se trata? —preguntó Fabiola.

—De María Gracia —contestó Carmencita.

—¿Qué ha ocurrido? —Doña Blanca estaba impresionada por la noticia. La vidente había estado en su casa hacía unas semanas para ayudar a su amiga Ramona.

—Que han asesinado a María Gracia, la vidente. Podría ser un robo o también, dicen, algo pasional —contestó Carmencita.

Manuela, que estaba escuchando la conversación, movió con torpeza la bandeja que llevaba y dejó caer algunos de los bollos recién hechos al suelo.

—¿Qué te pasa, Manuela? —preguntó Fabiola con extrañeza.

—Lo siento mucho —dejó la bandeja en la mesa y se fue con los que se habían caído en la mano.

Salió de allí corriendo y pidió a Lucía que la sustituyera. Antes le susurró lo que había ocurrido.

—Las señoras lo saben. Acaban de comentar la noticia. Me he puesto mala al oírlas. Me voy a la habitación.

—Sabía que tarde o temprano pasaría… Tenemos que hablar con la policía —respondió Lucía, inquieta.

—¡Anda, vete para el salón! —la cortó Manuela.

La cabeza le daba vueltas sin saber qué hacer. Quizá Lucía tuviera razón: había que adelantarse y decirle a la policía que ellas habían estado allí a diferentes horas. De no hacerlo, parecerían culpables. Se quedó pensando con los ojos cerrados, tendida en la cama. Si hubiera podido borrar lo que había sucedido, lo habría hecho.

Mientras tanto, en el salón, la visita se prolongaba y doña Blanca les propuso quedarse a cenar con ellas.

—No, querida, me está esperando Paco para cenar, y a Carmen, Cristóbal y toda su prole. Me alegro mucho de verte tan estupenda, Fabiola.

—¿Vendrán todos a la boda? —preguntó la novia.

—Uy, ni Paco ni yo iremos. Debes perdonarnos, pero desde que el general Mola se estrelló en lo que muchos catalogaron como accidente de avión, no subimos en uno. Paco montaba en el hidroavión de su hermano sin ningún problema, pero, al morir Emilio Mola, no quiso volver a coger ninguno. Son muy fáciles de sabotear —comentó Carmen Polo— y tenemos muchos enemigos.

—Cristóbal y yo sí estaremos contigo. Será muy emotivo acompañarte en tu boda y ser testigos de cómo te conviertes en reina de los belgas.

—No quiero pensar en eso, Carmen. Yo, como todas las novias, ese día voy a pensar que me caso con Balduino, con el hombre.

—Eso que dices es muy bonito —añadió Carmen Polo.

Fabiola no les dijo que también estaban invitados la reina Victoria Eugenia y el heredero, don Juan de Borbón. Prefirió que lo descubrieran en Bruselas, entre las casas reales invitadas. Los Mora y Aragón siempre habían estado cerca de Alfonso XIII y de su esposa, que además era la madrina de Fabiola. Con el tiempo, la familia se había situado del lado de su hijo, Juan de Borbón, y su nieto, Juan Carlos. Todo el mundo, incluidos los Franco, sabía que eran profundamente monárquicos.

Se despidieron de Carmen y de Carmencita, mientras Fabiola volvía a agradecerles la tiara de rubíes y esmeraldas que le habían regalado. En cuanto se marcharon las dos, Fabiola se retiró a su cuarto. Se probó la joya frente al espejo y la guardó en una sombrerera que pensaba llevar a Bruselas. Se había comprometido con Carmen Polo y su hija a ponérsela en la cena de gala previa a la boda, y pensaba cumplirlo.

Lejos del palacete de los Mora, Margot revisaba en su casa los nombres de los clientes de la vidente asesinada. Le sorprendió encontrar el del hermano de Fabiola, Jaime de Mora. Aparecía anotado junto a otro, Manuela, y entre paréntesis figuraba la palabra «pueblo». Había muchos nombres de mujeres pertenecientes a familias conocidas. Sin embargo, después del robo del diario de Fabiola y de la animadversión entre los hermanos, decidió empezar por citar a Jaime en comisaría. Antes de hacerlo, llamó al comisario.

—Don Eugenio —dijo Margot con cautela—, he encontrado en el diario de citas el nombre de Jaime de Mora. Puede ser una casualidad o solo un hilo del que tirar. ¿Le parece que lo citemos mañana?

—¡Por Dios! Otra vez el nombre de Jaime en algo turbio… —exclamó el comisario, llevándose la mano a la frente—. Podemos estar ante un problema diplomático. ¿No actúa en el Ritz? Que vaya Parker; con él todo será más discreto. En comisaría, solo si resulta estrictamente necesario.

—Parker debe de estar haciendo las maletas para irse a Londres —apuntó Margot.

—No —negó el comisario—. Le he pedido al ministro de Exteriores que me permita tenerlo con nosotros hasta que resolvamos este caso.

—Será al ministro de la Gobernación —corrigió Margot.

—No, no, al de Exteriores —insistió él—. ¿No se lo ha dicho? Se viene a vivir a Madrid. Deja la embajada, pero seguirá dependiendo del Ministerio de Exteriores, con colaboraciones extraordinarias con el de la Gobernación. Le han pedido que se encargue de la seguridad en la visita de los reyes de Tailandia a España, después del éxito del viaje de Eisenhower. Fernando María Castiella quiere abrir España al exterior y lo quiere a su lado.

Mientras hablaba el comisario, Margot lo tuvo claro. Harry había apostado por ella. Había influido en su decisión de dejarlo todo y regresar a España. La idea la golpeó con fuerza. «¡Está realmente enamorado!», pensó.

—¿Qué dices, entonces? —le preguntó el comisario al ver que no contestaba.

—Perdone, comisario, me estaban hablando por aquí —disimuló—. ¿Qué me pregunta? No le he podido escuchar.

—¿Irá esta noche con Parker a ver a Jaime de Mora? No es lo mismo preguntarle con un café o una copa en la mano que hacerlo en comisaría. Será distinto. Y lo más importante: sus colegas de la prensa no se enterarán. Si lo ven por aquí, alguno de los nuestros hablará de más.

—Me parece bien. Ahora mismo llamo a Parker.

—¿Hay más nombres de hombres en el diario?

—Los hay, pero menos que de mujeres. Su clientela era sobre todo femenina.

—Siga su instinto, Margot. Nunca falla.

Margot llamó a Parker y empezó con tono ligero.

—Todos menos yo sabían que te quedabas en España.

—¿Cómo? —respondió él, sorprendido—. Solo se lo he dicho al comisario.

—Entonces me he adelantado —dijo ella, fingiendo naturalidad.

—En cuanto me cayó esta responsabilidad, pedí ayuda a don Eugenio Benito para la seguridad de los reyes de Tailandia, que llegan en unos días, el 4 de noviembre —explicó Parker—. Pensaba llamarte ahora.

—Está bien, era broma. —Sonrió ella al otro lado del teléfono—. Me parece una decisión muy importante la que acabas de tomar. Te llamo por otra cosa: el comisario quiere que vayamos juntos esta noche a escuchar tocar el piano a Jaime de Mora.

—¿El hermano de Fabiola? —preguntó él, atento.

—Sí. Aparece en la lista de clientes de la vidente asesinada. Es por empezar por alguien. No quiere llevarlo a comisaría para que la prensa no se entere y no haya otro problema diplomático.

—¡Cuenta conmigo! —dijo Parker—. No me vendrá mal un poco de música con el lío que tengo.

—¿Vienes a por mí a las siete?

—De acuerdo.

Margot iba a colgar, pero se detuvo un segundo.

—Por cierto…, me encanta que te vengas a vivir a España.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

—¿Eso es un sí a mi propuesta? —preguntó Harry, con cautela.

—Eso es un… me gusta la circunstancia.

—¿«Me gusta la circunstancia»? ¿Me lo puedes traducir?

—No me pidas más, Harry. ¡Nos vemos!

Margot no estaba para pensar en propuestas ni en amores. Tenía la mente puesta solo en resolver el asesinato de María Gracia. Confiaba en que Parker no volviera a las andadas. Le gustaba más cuando se mostraba distante. Respiró hondo y siguió anotando nombres de posibles sospechosos. El de Manuela aparecía con frecuencia. Pensó que aquella mujer debía de conocer bien a la vidente. Le preguntaría a Jaime por ella, porque sus nombres salían anotados juntos en la página.

No tenía mucho tiempo y les contó a Sátur y a Camila la novedad de que Parker dejaba la embajada para trabajar en Madrid, en el Ministerio de Exteriores. Sus «guardianas» se miraron y sonrieron. Margot protestó por la cara que habían puesto y se fue refunfuñando a cambiarse de ropa.

—¿Vas a salir esta tarde? —preguntó Sátur.

—Sí, voy con Parker precisamente a entrevistar a Jaime de Mora.

—Bueno, por algo se comienza.

—No empecéis, por favor —les recriminó a las dos, que seguían mirándose cómplices.

Margot se arregló en quince minutos y a la hora convenida bajó a la puerta de su casa. Harry ya la esperaba. Los dos vestían traje oscuro. No hablaron de la propuesta de Harry de salir juntos. Hablaron solo del caso.

—El portero esa tarde vio salir a un hombre del edificio donde vivía la vidente —dijo Margot mientras caminaban—. No le reconoció la cara. Llevaba traje y sombrero. También me apropié del libro de citas y me sorprendió leer el nombre de Jaime de Mora y Aragón. Por eso vamos a empezar por él.

—Le preguntaremos cuando termine de tocar el piano —respondió Parker—. No debe notar que lo consideramos sospechoso.

—Veremos cómo reacciona —dijo ella—. Me gusta que volvamos a resolver juntos un caso difícil.

Atravesaron el centro de Madrid y llegaron pronto al número 5 de la plaza de la Lealtad. Antes de entrar en el salón del hotel Ritz, ya se oía el piano. Había una gran expectación por escuchar el vals dedicado a Fabiola que había compuesto semanas atrás. Acudían aristócratas para halagar a Jaime, porque su hermana iba a ser reina y él se dejaba querer. Esperaron y se acercaron cuando fueron los últimos en saludarlo.

—A usted ya la conozco —dijo Jaime al ver a Margot—. Es la policía que me llevó a comisaría. ¿Qué hace por aquí?

—Hemos venido a escucharle —respondió Margot— y a hacerle un par de preguntas. ¿Conocía a la vidente que han asesinado?

Jaime se sorprendió, pero contestó.

—Sí. Fui una vez a verla, pero me echó de allí.

—¿Lo echó? —preguntó Parker.

—Sí. No le gustó mi actitud. Así de sencillo.

—¿Por qué su nombre aparece al lado de una tal Manuela? —preguntó Margot.

—Ah, sí. Es una mujer de servicio contratada por mi madre. Ella me habló de la vidente y de sus supuestas cualidades. Decía que esa mujer aseguraba que en nuestra casa iba a haber un terremoto. Pensé que hablaba de mis líos artísticos y quise saber más. Pero no. Se refería a mi hermana y acertó. ¿Soy sospechoso?

—No he dicho eso —respondió Margot—. ¿Quién cree que podría ser su enemigo?

—No tengo ni idea. Y, si le soy sincero, no me importa. Fui una tarde y me echó con cajas destempladas. No volví a saber de ella.

—¿Cómo puedo localizar a Manuela? —insistió Margot.

—Muy fácil. Llámela. Está siempre en casa. ¿Algo más?

—No, muchas gracias.

—Espero que algún día vengan sin ninguna investigación de por medio. Eso se agradecería.

Le dieron la mano y salieron del Ritz. Necesitaban comentar lo ocurrido y entraron en la primera cafetería que encontraron en el paseo del Prado. Los dos coincidieron en lo mismo.

—Parece que Jaime poco o nada tiene que ver con la muerte de la vidente —dijo Parker.

—Aun así, ningún nombre del libro de citas queda descartado —respondió Margot—. No sé por dónde seguir.

—Quizá por Manuela —dijo él—. Trabaja con los Mora y parece que conocía bien a la vidente. Ese hilo puede llevarte a algo.

Después del café, Margot tomó un taxi para volver a casa. No quiso que Parker la acompañara.

—Estás cerca de tu hotel —dijo—. No hace falta que vengas conmigo.

—In dubio pro libertate… —dijo él, sonriendo para hacer hincapié en la importancia que le daba a la libertad.

Margot le devolvió la sonrisa y contestó también en latín mientras se alejaba:

—Libertas perfundet omnia luce.

Parker se quedó pensando en sus palabras: «La libertad lo inunda todo de luz». Y también pensó en su sonrisa. Eso le bastó para creer que no iba por mal camino.

 

43

¡Hay amigos que no se pueden olvidar nunca!

Ante la persecución constante de la prensa, Fabiola y Balduino dejaron de enviarse cartas por correo ordinario. No querían que nadie en Correos tuviera la tentación de «extraviarlas». Cada dos días, el ministro plenipotenciario del rey Balduino en Madrid, el vizconde de Berryer, entregaba a la futura reina las cartas que llegaban por valija diplomática. Ella le daba las suyas y así se aseguraban de que llegaran a su destino sin que nadie las abriera. Todo lo que hacían o decían despertaba ahora el interés de la prensa internacional.

De forma discreta, el vizconde también le dio un consejo.

—Debe reducir las visitas de políticos y de esposas de políticos —le dijo—. Hay demasiados testigos en la puerta de su casa. Luego todo acaba contado en los periódicos.

—¿Tan grave es? —preguntó Fabiola.

—Nosotros somos una monarquía parlamentaria —explicó él— y no queremos que, antes de la boda, la prensa belga aproveche cualquier imagen para criticarla. Tenga cuidado con quienes buscan una foto que luego aparezca en todas partes.

—Acabo de aceptar un acto que me prepara el ayuntamiento de Madrid para despedirme —respondió ella—. No todos los días una española se convierte en reina de otro país. Tienen que entenderlo.

—Actos, sí. Fotos con políticos, pocas. Con el pueblo, todas las que quiera. ¿Me entiende?

—Perfectamente.

El vizconde se despidió hasta dos días después. Fabiola comprendió que su tiempo y sus relaciones ya no le pertenecían solo a ella. Iba a formar parte de una institución y cada gesto y cada palabra contaban. Pasó un día recluida, organizando su ajuar de recién casada. Llamó a sus amigas, Pilar y Piedi, y les pidió que la acompañaran a despedirse de algunas personas importantes. Quería decir adiós también a los ancianos del asilo de la calle Almagro, donde había entregado parte de su vida.

Al día siguiente, Pilar y Piedi fueron con ella. El momento resultó entrañable. Los ancianos tocaron el himno de Bélgica con guitarras, castañuelas y platillos. Así la recibieron. Fabiola se emocionó. Ocurrió lo mismo cuando un hombre y una mujer, con muchos años a sus espaldas, pronunciaron unas palabras llenas de afecto hacia ella. Margot estaba cerca, tal como había quedado con Fabiola. No perdía detalle de nada.

De pronto, Fabiola sacó del bolso chocolatinas, frutas y dulces. Los dejó sobre una mesa al alcance de todos.

—Esto lo hace siempre —le dijo Pilar a Margot en voz baja—. No es nada excepcional. Los tiene muy mimados. Van a notar mucho su ausencia.

—¿Crees que esta despedida es para siempre? —preguntó Margot.

Fabiola oyó la pregunta y respondió.

—No. Cuando vuelva a Madrid, regresaré a verlos. Hay amigos que no se olvidan nunca. Ellos son algunos de los míos.

Antes de marcharse, la madre superiora habló en voz alta. Sonó a broma, pero no lo era.

—¿Y ahora a quién acudiré cuando no podamos pagar la factura del pan?

—Siempre a mí —contestó Fabiola—. No será difícil encontrarme. No me podré esconder.

Todos rieron. Sabían que Fabiola seguiría ayudando a aquel hogar de ancianos que llevaba el nombre de su padre. La institución y ella quedarían unidas para siempre.

Después pasaron al despacho de la madre superiora. Margot se quedó a solas con Fabiola.

—¿Qué necesitas, Margot?

—Quiero saber cómo te sientes a poco más de un mes de la boda.

—Me siento feliz. Nunca imaginé que me enamoraría del hombre que lleva la corona de Bélgica. He conocido a pocas personas con tanta naturalidad para asumir una responsabilidad tan grande. Es extraordinario que Dios nos haya puesto en el mismo camino.

Margot cambió entonces de tono.

—Fabiola, esta misma tarde tendré que citar a una de tus empleadas para hablar de María Gracia. Tu hermano Jaime acudió a ella por recomendación de una mujer del servicio.

—¿Mi hermano? ¿Otra vez metido en algo oscuro?

—Hay muchos nombres de familias conocidas y de personas anónimas —dijo Margot—. No saldrá de los despachos de la policía. Tranquila. Solo necesitamos hablar con una tal Manuela que trabaja en tu casa.

—Sí, sé quién es. Puedes llamar directamente a la casa. Tienes mi número, ahí la vas a localizar. ¿Crees que ella te puede ser de utilidad? —se interesó Fabiola—. Es una persona de lealtad total hacia mi persona.

—Sí, lo sé. Según tu hermano, conocía bien a la vidente. Al parecer, Manuela y la víctima eran del mismo pueblo.

—Por favor, te pido que me mantengas informada.

La visita al asilo llegaba a su fin. Salieron del despacho de la madre superiora y Fabiola se despidió de todos. Posó para el fotógrafo de la revista Siluetas, rodeada de ancianos y de residentes que querían besarla y tocarla. Margot le hizo un gesto cariñoso desde lejos.

Después pidió a la madre superiora permiso para usar el teléfono de su despacho. Desde allí marcó el número de la casa familiar de Fabiola. No esperó mucho. Enseguida la pusieron en contacto con Manuela.

—Buenos días. Soy Margot Sanz Peters —dijo con voz firme—. Acabo de estar con doña Fabiola y me ha dicho que podía localizarla en su casa.

—Pues aquí estoy —respondió la mujer—. ¿En qué puedo ayudarla?

—Colaboro con la policía para esclarecer el asesinato de María Gracia —continuó Margot—. Me han dicho que usted la conocía bien, porque eran del mismo pueblo.

—Sí, señora. Así es.

—¿Podría acercarse esta tarde, a las cinco, a la comisaría de la Puerta del Sol? Pregunte por mí. La atenderé.

—Pero ¿por qué yo? —preguntó la mujer, nerviosa.

—Por nada en especial. Necesitamos conocer mejor el entorno de la víctima y saber quién la visitaba.

—Está bien —aceptó—. No creo que pueda ayudar mucho, pero allí estaré.

Margot agradeció a la madre superiora que le hubiera permitido hacer la llamada y salió del asilo. Volvió a su casa con prisa. Tenía que escribir las palabras que le había dedicado Fabiola y enviar el artículo esa misma tarde, antes de ir a la comisaría. Al llegar al número 27 de la Gran Vía, el portero le dio un ramo de rosas que habían traído para ella.

—Algún enamorado tendrá usted, digo yo.

—O alguna persona que está agradecida. No todo es el amor de pareja. Hay más amores —le contestó muy seria.

No tenía tiempo para seguir hablando con el portero. Tampoco para comer. Camila puso las flores en agua y la cocinera le preparó un bocadillo.

—Tiene usted un desorden terrible con los horarios —dijo Sátur—. Un día va a reventar de tanto trabajar. Tómese este bocadillo de jamón. Le dará fuerzas. Mi madre decía: «Inyecciones de jamón e infusiones de vino hacen revivir a un muerto».

—Está bien. —Sonrió Margot—. Dame una inyección de jamón, sin infusión. Solo agua.

—Algo es algo.

Margot se sentó ante la máquina de escribir y describió todo lo que había visto en aquel acto tan espontáneo de los ancianos hacia Fabiola. Quería reflejar cuánto la querían y las muestras de afecto hacia la futura reina. Cuando terminó, eran las cuatro de la tarde. Tenía que ir de inmediato a la comisaría. Se cambió de ropa y volvió a salir con prisas.

—Debes plantearte dejar algún trabajo —comentó Camila, seria—. Así es imposible seguir. Vives para trabajar. Estás descuidando tu vida personal.

—Hay rachas de mucho trabajo y esta es una de ellas —respondió Margot—. No te preocupes. ¿Puedes llevar este artículo a la revista? El director lo espera.

—¡Por supuesto!

La besó en la frente, se puso el abrigo y salió. Antes de ir a la brigada, pasó por la agencia de detectives para saber cómo seguía Vicente Cerezo. Se llevó una sorpresa al verlo allí.

—Vicente, ¿ya te has incorporado? —preguntó con una gran sonrisa.

—Sí. Hace cuarenta y ocho horas —respondió—. Tengo dolores, pero no pienso convertirme en un lisiado. Voy a luchar para que la vida vuelva a ser como antes del incidente de París. Siempre te digo lo mismo: este oficio se basa en la constancia. Hay que saber echar el anzuelo y esperar. Nada más.

—Me alegra verte en forma. Por cierto, Almudena quiere venir un día de estos a verte para agradecerte todo lo que hiciste por ella.

—¡Lo que hicimos! —corrigió él—. No lo olvides. Fue un trabajo en equipo, de los que me gustan.

—Me voy. ¡Ya hablaremos! Vamos detrás de un asesino.

—Ya imagino. El de la vidente, ¿no?

—Exacto.

Margot se despidió con una inmensa alegría tras ver recuperado a Cerezo. Ahora tenía que darse prisa para llegar a la Brigada de Investigación Criminal antes de que Manuela apareciera por allí. No quería que nadie más la interrogara. Sabía que la resolución de aquel caso exigía fijarse en los pequeños detalles, «en esos donde se esconde la verdad», como decía Sherlock Holmes. Pensaba escuchar y anotar hasta lo más insignificante que dijeran los investigados.

Nada más llegar, el comisario la hizo pasar a su despacho.

—Tenemos prisa —le dijo sin rodeos—. Los jefes quieren resultados.

—¿Qué han ordenado? —preguntó Margot.

—Quieren detenciones —dijo el comisario, con tono seco—. A Gutiérrez lo he enviado al pueblo de la vidente, a Bolaños de Calatrava. Le he pedido que se quede dos o tres días y hable con todos. Y al inspector Morales lo he mandado al edificio donde ella vivía. Está interrogando a los vecinos. No quiero que vuelva sin hablar con ellos uno a uno.

—Interrogué a Jaime de Mora —contó Margot— y no saqué nada en claro, salvo que el nombre de Manuela, que aparecía junto al suyo, es el de una mujer del servicio de su casa. Le recomendó ir a conocer a María Gracia. La he citado aquí.

—Cuando llegue, hágala pasar aquí —ordenó el comisario—. Quiero estar presente.

No pasaron ni diez minutos y apareció Manuela. Caminaba despacio, con gesto tímido. Uno de los policías la acompañó hasta el despacho del comisario.

—Manuela, soy Margot —dijo ella, levantándose para saludarla—. Encantada de conocerla.

El comisario también le dio la mano y la invitó a sentarse. La joven estaba tan nerviosa que no hacía falta encender el flexo ni dirigirlo a su rostro. Margot le ofreció un café y le preguntó si podían hacer algo para tranquilizarla. Durante unos minutos, hizo todo lo posible para que se sintiera cómoda. Cuando notó que respiraba con más calma, empezó a hacerle preguntas.

—¿Se conocían desde hacía mucho, María Gracia y usted? —preguntó Margot con tono sereno.

—De toda la vida —respondió Manuela—. Nos criamos en el mismo pueblo. Estuvimos juntas hasta que ella se vino a Madrid. Aquí le fue muy bien con el don que heredó de su familia. Tenía una cruz en el paladar, como su abuela.

—¿Dice que le fue bien como adivina en Madrid? —insistió Margot—. ¿Por qué lo afirma?

—Porque enseguida empezamos a verla prosperar —contestó Manuela.

—¿En qué lo notaban? —preguntó Margot.

—En todo —dijo ella—. En sus joyas. En que le sobraba de todo. Cuando ibas a su casa, veías fruta en los fruteros, carne en la nevera, pescado… De todo.

—¿Hacía ostentación de sus joyas? —intervino el comisario.

—Sí —afirmó Manuela—. Podías verla con un anillo de amatista enorme. También con medallas de oro y pendientes. No le faltaba detalle. Eran regalos de sus clientes.

—¿Usted iba a verla con frecuencia? —preguntó Margot.

—Sí —respondió—. Me gustaba preguntarle por mi futuro. Sobre todo por el amor, que todavía no me ha llegado. Dejé de ir tanto cuando apareció un tal Aniano en su vida.

—¿Quién es? —preguntó el comisario.

—Un hombre fuerte —dijo ella—. Se fue quedando con sus joyas. El anillo de amatista, por ejemplo, se lo dio para que lo empeñara en el monte de piedad y pagara sus deudas.

—¿El novio tenía deudas? —dijo el comisario, levantando la vista.

—Sí —afirmó Manuela—. Muchas. Creo que era un caradura que se aprovechaba de ella. ¿Cree que podría ser el asesino?

De inmediato, el comisario salió a pedir a uno de sus policías que localizaran al tal Aniano.

—Empeña joyas en el monte de piedad. Allí lo tienen que conocer. Es un nombre nada común. Recoja a Morales en Hermosilla y vayan los dos ahora mismo. Háganse con el anillo de amatista de la vidente y con la dirección del chulo.

Margot seguía en el despacho con Manuela, que se sintió indispuesta y pidió un vaso de agua. Después de un rato intentando calmarla, continuaron el interrogatorio.

—¿Vio usted a María Gracia el mismo día de su asesinato? —siguió preguntando Margot.

—Sí, qué desgracia —dijo Manuela—. Primero me citó a primera hora de la tarde. Cuando llegué, me dijo que no podía atenderme y me volvió a convocar más tarde, a las siete. Pensaba que entonces ya habría terminado. Pero llamé a la puerta y no me abrió. Últimamente parecía… volada.

—¿Volada? —preguntó Margot.

—Quiero decir que estaba ida —aclaró—. No sé cómo explicarlo. Me pidió que no contara a nadie cosas que eran una tontería. A veces se asustaba sin motivo. Veía más allá de lo que le preguntaban y, en ocasiones, no le gustaba lo que veía.

—Usted volvió a las siete y ya no le abrió —dijo el comisario.

—No me abrió. Pero a mi amiga Lucía sí la recibió a las seis de la tarde.

—¿Cómo puedo localizar a su amiga Lucía? —preguntó Margot.

—Muy fácil, trabaja también con los Mora y Aragón. Se pasó por allí antes de llevar a Correos un paquete para su padre —confirmó Manuela.

Margot anotaba todo para repasarlo más tarde.

—Ustedes dos estuvieron con María Gracia.

—Sí, pero no juntas. Por separado, claro —matizó.

Manuela se dio cuenta de que se enredaba sola con las palabras. Margot lo vio claro: había que pedir permiso al juez para registrar su cuarto. Tenía que hacerlo de inmediato, antes de que la sospechosa destruyera pruebas.

—Está bien. Recuerde que, hasta que no la avisemos de lo contrario, no puede salir de Madrid —le advirtió.

—Pensaba ir este fin de semana a mi pueblo a dar el pésame a los padres de María Gracia.

—Ida y vuelta en el día. Y, por supuesto, no podrá salir del país.

—Pero ¿a dónde voy a ir yo? Si tenemos un lío con el casamiento de la señorita…

—Bueno, nosotros hemos terminado. Puede irse —le dijo el comisario.

Margot le comentó a don Eugenio la mala impresión que le había causado la mujer del servicio.

—Hay algo en ella que no me gusta —dijo Margot, pensativa—. No sabría decir qué es.

—Eso se llama instinto —respondió el comisario apoyando los codos en la mesa—. Hay personas que nos producen rechazo sin saber por qué, y otras que nos atraen sin motivo claro. No se fíe siempre de la primera impresión. Es fácil equivocarse. —Hizo una pausa y continuó hablando con tono firme—: Pero el asesino está en su entorno. ¡Seguro! De ser ella, tenía un motivo para matar: la envidia. Y la envidia basta para cometer un crimen.

—Tiene razón —admitió Margot, asintiendo despacio—. Envidia a su paisana porque triunfó en Madrid. Ese pecado capital encaja bien con los delitos de sangre.

El comisario se levantó y empezó a caminar por el despacho.

—Aun así, quiero localizar al tal Aniano cuanto antes —dijo—. Para mí, él tiene todas las papeletas. Más incluso que esta mujer.

Se detuvo junto a la ventana y siguió pensando en voz alta.

—Se llevaba las joyas para empeñarlas. Ella cambió desde que lo conoció. El portero vio salir a un caballero del edificio. A veces, la solución está en lo más simple.

—Pero, por lo que ha dicho Manuela, de caballero tenía poco —objetó Margot.

—El portero afirma que iba bien vestido —replicó el comisario, volviéndose hacia ella—. Primero lo localizamos. Luego veremos si llevaba trajes elegantes o simples disfraces. —Golpeó la mesa con la mano—. ¡Encontrarlo es prioritario! Morales ya está en ello.

Margot subrayó en su libreta el nombre de Lucía. Cinco minutos después, llamó a la casa de los Mora y Aragón para preguntar por ella. Esperó largo rato al otro lado del teléfono, hasta que por fin alguien contestó.

—¿Sí? ¿Quién me llama? —preguntó Lucía al otro lado de la línea.

—Soy Margot Sanz Peters —respondió identificándose—. La llamo de la policía.

—¿De la policía? —repitió Lucía, alarmada.

Margot percibió el silencio que siguió, como si la mujer se hubiera quedado inmóvil.

—Sí. ¿Puede venir a declarar por el caso de la vidente asesinada? —preguntó sin elevar el tono.

—Yo apenas la conocía —dijo Lucía, con una disculpa apresurada.

—No importa —contestó Margot—. ¿Puede venir ahora?

—Es un poco tarde —vaciló Lucía—. Si quiere, puedo ir mañana.

—De acuerdo. La espero mañana, a las cuatro en punto, en la Brigada Criminal de la Puerta del Sol —precisó Margot—. Su compañera Manuela le indicará cómo llegar. Ella ya ha estado aquí.

—Yo le dije a Manuela que debíamos haber acudido a ustedes antes, pero no me hizo caso… —se lamentó Lucía, y la voz se le quebró—. ¡Qué tragedia!

—¿Por qué pensaba que debían venir a la policía? —preguntó Margot, alerta.

—Porque las dos la vimos esa tarde —respondió Lucía casi sin aire.

—Lo hablamos mañana aquí, en la comisaría —concluyó Margot—. Piense en cada detalle de lo que vio y de lo que escuchó. Muchas gracias.

A Margot no le gustó que, la misma tarde de la muerte de María Gracia, hubieran estado ellas dos en su piso. ¿Coincidencia? Le pareció extraño. ¿Podrían haberse puesto de acuerdo para matarla por dinero? Volviendo a los pecados capitales, aquí sería el motivo la avaricia.

Margot llamó a Parker. Necesitaba verlo para contarle lo que había oído. No logró localizarlo. Pensó que estaría ocupado con la seguridad del viaje de los reyes de Tailandia a España. Salió y caminó por la calle del Carmen. Subió por Preciados y llegó a la Gran Vía. Daba vueltas a las palabras de Manuela. Recordaba su mirada: evasiva, incómoda. Algo en aquella mujer no le inspiraba confianza. Le pasaba algo parecido con Jaime de Mora. En él, la mirada no era turbia, sino pícara. Su forma de hablar, sin embargo, estaba llena de lagunas. Tendría que estudiarlo con cuidado.

Se encontraba en estos pensamientos cuando llegó a su portal. El portero se acababa de ir y abrió ella misma la puerta de la calle. Subió las escaleras de dos en dos y, al llegar al descansillo, Sátur le abrió la puerta.

—Por la forma de subir las escaleras, sabía que era usted. ¿A que no sabe quién la está esperando? —le preguntó la mujer, entusiasmada.

—¡No!

—¡Parker! Por cierto, ha preguntado si le había llegado un ramo de flores. Ya sabemos de quién eran los rosas…

—¡Sátur, no seas cotilla! —le increpó.

A Margot se le iluminó la cara nada más verlo. Le dijo que lo había llamado.

—Deseaba contarte las primeras pesquisas sobre el entorno de la vidente.

—Lo siento, pero tenía una reunión al más alto nivel en un local cercano a tu casa —le dijo él—. Por eso he pensado en venir a verte al salir. ¿He hecho mal?

—No, al contrario. Tengo que hablarte de mis impresiones tras interrogar a una mujer del servicio de Fabiola de Mora y Aragón. No me preguntes por qué, pero no termino de fiarme de ella.

—Te diría que la respuesta a un asesinato suele estar delante de tus narices —añadió Parker.

Sátur y Camila les sirvieron algo de cenar y se fueron cada una a su cuarto.

Margot se puso cómoda y salió al salón en pijama. Por primera vez, sintió la necesidad de contarle todo sobre el caso de la vidente. Se sentía a gusto con él.

En un momento dado, Parker le tomó la mano y se acercó tanto que pareció que iba a besarla, pero se contuvo. Siguieron hablando hasta que fue Margot quien lo besó. Parker respondió al beso sin decir nada; no quiso estropear aquel instante con palabras. Ella se acurrucó sobre su hombro y se quedó dormida, agotada. Él la acomodó con cuidado en el sofá y la tapó con una manta que encontró cerca. Luego se marchó en silencio, sin despedirse de nadie y sin hacer ruido. Aún no podía creer lo que acababa de suceder.

 

44

El penúltimo viaje

El DC-6 de las líneas aéreas belgas llevó a Fabiola hasta Bruselas. Al pie de la escalerilla la esperaba Balduino. Se quedó observándola mientras bajaba peldaño a peldaño. Estaba convencido de que había llegado en el momento que más la necesitaba. La besó en la mejilla y le dijo algo al oído que la hizo sonreír.

En el coche que los llevaba al palacio de Laeken, un barrio periférico de Bruselas, le cogió la mano y la besó sin cesar. Hablaron de las reformas que había hecho en el palacio familiar y de los muchos cambios que deseaba hacer Fabiola.

—Me da igual que sea un castillo o un palacio, Balduino —dijo Fabiola—, pero tenemos que ser capaces de transformarlo en un hogar.

—Totalmente de acuerdo —respondió él—. Siento que la vida empieza ahora para mí. Cada día doy gracias a Jesús por haber hecho crecer en mí un amor tan grande hacia ti.

—Balduino, yo podría decir lo mismo —contestó ella, emocionada—. Me conmueve escucharte. Parecemos dos almas gemelas.

—Das tanto amor que el corazón me late cada día más deprisa —añadió él—. Solo le pido a Dios que me enseñe a amarte como te mereces.

—Para mí el amor va unido a la ternura —dijo Fabiola con suavidad—. Debe ser nuestro faro.

Se cogieron de las manos y se miraron el uno al otro con verdadera devoción. Meses antes, ninguno de los dos hubiera pensado que estarían así el uno con el otro. Menos aún las personas de su alrededor. A ambos los asociaban a una vida de vocación religiosa. Ese era el destino que sus respectivos entornos proyectaban para ellos.

—Por cierto —volvió a decir Balduino—, la próxima vez que vengas a Bélgica será ya para la boda. ¿Eres consciente de lo mucho que nos va a cambiar la vida a los dos?

—Te puedo asegurar que mi vida ya ha cambiado —le aseguró ella—. Vivo en una especie de locura permanente que es imposible de parar. Para que te hagas una idea, ¡le han puesto mi nombre a una barra de pan!

Balduino se echó a reír. Era tal el fervor que había despertado que ya nadie se extrañaba de que las cosas más sencillas o extravagantes fueran bautizadas con su nombre.

—No te rías —continuó—. No dejo de sorprenderme cada día con estas cosas, ¿sabes? Mi último regalo ha sido un parchís en cuyo tablero aparecen mis cuatro apellidos, y las fichas llevan el escudo de España por un lado y el de Bélgica por otro. ¿No te parece increíble? O que la prensa belga ha localizado a nuestra aya, Milagros Resines, que fue la encargada de nuestra educación, para saber más sobre mí. Ha hablado después de casi treinta años. Con permiso de mi madre, claro.

—Pues prepárate, porque esto solo es el principio —le advirtió él.

Balduino conocía toda la responsabilidad que se le venía encima a Fabiola. Él estaba acostumbrado a lidiar con las cuestiones de Estado y los muchos problemas derivados de la independencia del Congo. Igualmente, debía acudir a los constantes actos oficiales que se organizaban en Bélgica. Pero reconocía que la presión sin medida de la prensa y de las revistas había recaído en su prometida.

—Mi querida Fabiola, el tsunami te ha llegado a ti más que a mí. Todo el mundo quiere agasajarte, conocerte, saber absolutamente todo sobre la futura reina. No me extraña, porque a mí me pasa lo mismo —aseguró, volviendo a besarle la mano.

Balduino le contó que su padre ya había iniciado el traslado de sus pertenencias a otra residencia, porque quería que vivieran solos en el palacio de Laeken. Había llegado el momento de su independencia al lado de Fabiola. Pero en aquel viaje aún se alojarían en el palacio Leopoldo III, la princesa de Réthy y el resto de su familia.

Aquella misma noche, Fabiola compartió una de tantas veladas con la familia real. En un momento dado, el padre de Balduino aprovechó para contar a su futura nuera parte de la historia de su linaje. Le explicó que su hijo Balduino era el quinto monarca de la dinastía Sajonia-Coburgo.

—Bajo el legado de Leopoldo I, Bélgica se consolidó como Estado después de un mandato de treinta y cuatro años —empezó a contar—. Le sucedió en el trono Leopoldo II, que fue un gran viajero y aficionado a los negocios. Su ambición expansionista llegó a su cénit cuando incorporó el Congo al Estado belga. Falleció sin descendencia dinástica y la corona pasó a su sobrino, Alberto I, es decir, a mi padre. Muy aficionado a la montaña, en 1934, en una de sus muchas escaladas, se despeñó en el valle del Mosela. Por este motivo, recibí la corona con el título de Leopoldo III antes de lo que yo hubiera querido. La vida quiso que mi primer acto oficial fuera el funeral de mi padre, que también resultó ser el primer funeral oficial para Balduino, con tan solo cuatro años. Un año más tarde, mi hijo asistía de nuevo a otro funeral, el de su madre, que, como sabes, murió en un accidente de automóvil.

Leopoldo cerró los ojos. No podía pronunciar ya la frase que había repetido hasta la saciedad: «Y la culpa fue mía».

—Lo sé, lo sé… Alteza, no hace falta que me cuente ese capítulo tan doloroso —le dijo, cariñosa.

Fabiola explicó que se había estado instruyendo a fondo sobre la historia de la familia real, que ya sentía como propia. El vizconde de Berryer la visitaba cada dos días y le iba contando lo que debía conocer del pasado y lo que la esperaba en el futuro. También le sugería lecturas para ampliar sus conocimientos sobre el país.

Fabiola aprovechó para cambiar de tema cuando Balduino se acercó y le dijo a su padre que ya llevaban cuatro mil doscientas invitaciones.

—Sin duda, estamos ante el acontecimiento más importante para nuestra familia —comentó el rey Leopoldo—. Han confirmado su asistencia cuarenta familias reales. Espero que el gobierno esté a la altura, después de que cuestionaran como organizador al barón Guillaume. Y todo por no hablar perfectamente flamenco. Me parece inaudito que haya tenido que dimitir justo antes de la boda. ¡Un desastre!

—El gobierno estará a la altura. Preparan la logística al milímetro para que todo sea neutro y para alojar a tantas personas invitadas. —Balduino intentó tranquilizar a su padre—. Se trata de un evento complicado y difícil, pero lo van a lograr.

—Bueno, yo os dejo —dijo Fabiola—. Tengo mucha curiosidad por conocer la cocina.

Lilian, la princesa de Réthy, se ofreció a acompañarla. Todo el servicio deseaba saludarla y se pusieron en fila para hacerlo. Fabiola preguntó a cada uno por las costumbres de palacio, y sobre todo por los gustos culinarios de Balduino. La cocinera le dijo que le encantaban el conejo guisado con ciruelas, el estofado de ternera a la cerveza, las endivias gratinadas con jamón y salsa blanca, así como los platos de la gastronomía española.

—Cuanto más sencillos y caseros, mejor —le dijo.

Por su interés, todos supieron que muchas cosas iban a cambiar en palacio. Entre otras, dejó claro que deseaba crear un hogar y también controlar todo lo que tuviera que ver con Balduino. Debían estar seguros de que se la vería por allí en más de una ocasión. Se paró a hablar con cada uno de ellos para conocer los trabajos que desempeñaban. Al servicio le gustó mucho su actitud y sobre todo su cercanía.

Al día siguiente, en palacio, llegaron las primeras probadoras. Venían para comprobar que le estaban perfectos los trajes que habían confeccionado la casa Dior y los modistos que colaboraban desde hacía años con la Casa Real. Las jóvenes Berthe y Suzanne probaron a Fabiola los vestidos uno a uno y corrigieron los que no habían quedado bien. Cuando terminaron, se despidieron con una reverencia. Fabiola se ruborizó. Tendría que acostumbrarse a aquello, pero era la primera vez que se lo hacían y se quedó sorprendida. La habitación de Fabiola ya no tenía espacio para más flores traídas de los invernaderos de palacio. A Balduino todo le parecía poco. En un momento, Fabiola le dijo que el diseñador Balenciaga le había pedido si podían prestarle alguna joya histórica para la boda.

—Cristóbal me ha dicho que todo lo que lleve se va a mirar al detalle —comentó Fabiola—. Por eso le gustaría que sujetara el velo con algo emblemático de tu familia.

—Me gustaría que fuera una tiara de mi madre —respondió Balduino—. Se lo preguntaremos a Lilian. Seguro que encuentra una solución.

Sabía por Balduino que la opinión de su madrastra era importante. Había quien incluso lo criticaba por no haber sabido apartarse a tiempo de su influencia.

La última noche, antes de regresar a España, el rey y Fabiola pasaron toda la velada a solas. Cenaron y salieron a pasear por los alrededores del palacio, cogidos de la mano. Repasaron con ilusión todo lo que les quedaba por vivir. Pero se centraron en la ceremonia que tendría lugar en la catedral de San Miguel y Santa Gúdula.

—Tendremos un ensayo general dos días antes —le informó Balduino—. Es importante para saber qué tenemos qué hacer y cómo se tienen que mover los niños del cortejo. Esa misma noche tendremos otra prueba de fuego con los invitados, el baile de gala previo a la boda.

—Para ese día, me he traído una tiara muy valiosa que me ha regalado el gobierno español —le dijo—. Tenía pensado ponérmela para esa ocasión. Es un detalle que me gustaría tener con mi país.

—¡Por supuesto! Déjasela a nuestros plateros. La limpiarán y la pondrán a punto.

Se despidieron con un abrazo que Balduino recordaría siempre. Esta vez, el adiós fue más difícil. El rey consoló a Fabiola diciéndole que ya «quedaba menos para no separarnos nunca». La futura reina se emocionó y regresó a España para asistir a los muchos compromisos que tenía. El más importante, la despedida del pueblo de Madrid.

Margot apenas podía pegar ojo mientras el caso de la vidente seguía sin resolverse. El inspector Morales no tuvo dificultad en localizar a Aniano González, el novio de la víctima, en el barrio de Carabanchel. Le dieron su dirección en el monte de piedad. Cuando Morales, junto con una dotación de la policía, se presentó en su casa, Aniano se disponía a salir de viaje.

—¿A dónde pensaba ir? —le dijo el inspector mientras le colocaba las esposas.

—Yo no he hecho nada —dijo Aniano, nervioso—. Quería ir a Asturias. Me habían hablado de un trabajo.

—Ya —respondió Morales, mirándolo fijamente—, y usted pensaba desaparecer tras el asesinato de su novia.

—No era mi novia formal —se defendió él.

—No era su novia y, sin embargo, le sacaba los cuartos y empeñaba sus joyas… —insistió el inspector.

—Eran préstamos —replicó Aniano con un gesto de impotencia— para sacar adelante algunos negocios que quería poner en marcha.

Los policías que acompañaron a Morales hicieron una inspección profunda en toda la casa. Encontraron varias joyas: un collar de perlas con un broche de oro y dos pendientes de esmeraldas y brillantes. Se lo dijeron a Morales en un aparte y este volvió a interrogar al detenido.

—¿Dónde tiene el resto del botín? —preguntó Morales con dureza.

—No sé a qué se refiere —respondió Aniano, esquivo.

—Hemos encontrado dos joyas más. ¿Iba a empeñarlas también? —insistió el inspector—. María Gracia era muy generosa con usted, igual que lo eran sus clientes con ella.

—Usted es un maldito asesino —dijo Morales con un puñetazo en la mesa—. Y cuanto más tarde en confesar, peor será para usted. Si lo reconoce ahora, el juez sabrá que ha colaborado. No es lo mismo presentarse como alguien que ayuda que como alguien que lo niega todo. Usted decide.

Se inclinó hacia él.

—No puede engañar a nadie. Todos sabemos que ha sido usted.

Aniano se desmoronó y empezó a llorar. Dos policías tuvieron que sujetarlo.

—Confiese de una vez —gritó uno de ellos—. Todos sabemos que ha sido usted. Si no, ¿por qué iba a huir?

—¡Soy inocente! —sollozó Aniano—. Están cometiendo un grave error. Quería empezar de nuevo en Asturias. Allí vive un pariente mío.

El inspector, al ver que no confesaba, pidió que lo trasladaran a la Brigada Criminal. Allí volverían a intentarlo. Mientras tanto, el comisario celebraba con todo el equipo la detención del novio de la vidente. Sin embargo, quiso que el inspector Gutiérrez siguiera indagando por el pueblo de Bolaños de Calatrava sobre los amores y los odios que despertaba María Gracia entre los vecinos. Gutiérrez se presentó primero ante su familia. Estaban todos desolados. Los acompañó durante el día mientras recibían el pésame del alcalde y de las autoridades, así como de amigos y conocidos. De vez en cuando se acercaba a alguno de ellos y les hacía preguntas. A quienes le parecían sospechosos, les pedía la dirección y un teléfono. Todo lo anotaba. Percibió que en algunas personas del pueblo había rencor por algunas de sus predicciones y envidia por el salto que dio en su nivel de vida al irse a vivir a la capital. Además, supo que, cuando regresaba a Bolaños, le gustaba exhibir sus joyas. Del mismo modo, ofrecía exvotos a la Virgen del Monte, de la que era muy devota, por haber curado, según ella, a algunos de sus clientes de distintas dolencias.

El comisario le pidió a Gutiérrez que siguiera por allí mientras no se produjera la confesión del novio.

—Hasta el final, tenemos que seguir investigando —le dijo el comisario—. De repente, hablando con algún vecino, salta la liebre y tenemos claro quién es el asesino.

El inspector Morales apareció por comisaría para custodiar al detenido, Aniano González. Lo pasó directamente al despacho del comisario y le dejaron varios minutos allí a oscuras con la luz del flexo sobre los ojos. Imaginaban que, con el estado de nervios que tenía, confesaría rápido. Hizo acto de presencia el comisario y comenzó a preguntarle:

—¿Nos puede decir qué hizo la tarde del asesinato de María Gracia?

—Estuve en casa —respondió encogiéndose de hombros.

—¿Alguien puede corroborarlo? ¿Estuvo con algún conocido? —insistió el comisario.

—Pues no. Pero ya les he dicho que yo no soy un asesino. ¡No lo soy! ¿Cómo quiere que se lo diga? ¿En chino? —Alzaba la voz a cada frase.

Se estaba alterando y empezaba a salir su lado más agresivo. El interrogatorio surtía efecto.

—Oiga, baje los humos, que está hablando con el comisario. Sin embargo, si usted no es el asesino, sí le gustaba sacarle los cuartos a su amiga —intervino Morales, intentando intimidarlo.

—No, ella me quería ayudar, que es muy distinto. ¿Cree usted que yo soy un chulo? —replicó.

—Sí —respondió Morales con la clara intención de provocarlo.

—Si me lo dice sin las esposas, le doy un puñetazo en toda la cara —amenazó.

—¿Esa agresividad es la que utilizó con María Gracia? —retomó el comisario, firme, sin alzar la voz.

—¿Qué está diciendo? No sé ni de qué murió —protestó sacudiendo la cabeza.

—La asesinaron a golpes, pero usted ya lo sabía, porque ha salido en toda la prensa —aclaró el comisario.

—Pues no he querido leer nada. Sentí rabia y estoy convencido de que se ha tratado de un robo. Todo lo que tenía estaba muy a la vista —dijo bajando ligeramente el tono.

—Entonces ¿quién cree que ha podido ser? —preguntó el comisario inclinándose sobre la mesa.

—¡No tengo ni idea!

—¿Suele usted vestir con traje?

—¡Jamás! No encontrarán ni un solo traje en mi casa.

—Una curiosidad, ¿cómo se despide usted después de haber visto a algún conocido? —le preguntó el comisario.

—No sé, ¿qué es lo que quiere que le diga?

—Es muy sencillo, ¿qué me diría al salir de aquí?

—¡Con Dios!

—De momento, va usted a los calabozos hasta nueva orden. —El comisario no quiso seguir. Estaba claro que era él. Así es como se despidió del portero el posible asesino.

—Pero que busquen por ahí fuera, que ¡yo no he sido!

Lo tuvieron que trasladar entre dos porque apenas podía andar. Volvió a desmoronarse.

Un par de horas más tarde, apareció Margot por comisaría. El comisario le comentó que se había perdido el interrogatorio del principal sospechoso. Le resumió lo que había sucedido y la informó que había pronunciado la misma frase que le dijo el hombre desconocido al portero el día del crimen. Margot se quedó pensativa.

—Comisario, me parece demasiado fácil. ¿Y si no ha sido él, a pesar de la frase?

—Tiene todas las papeletas, pero es cierto que necesitamos una confesión o más pruebas —se lamentó Benito Poveda.

—Esta tarde va a venir otra persona del servicio de los Mora y Aragón —informó Margot—. También estuvo en su consulta la tarde en que murió María Gracia. Lo mismo nos da luz sobre todo este embrollo.

—Está bien —asintió el comisario—. Esperemos un poco más para dar la noticia de la detención del novio. Por cierto, me ha llegado la autorización del juez para entrar en la habitación de Manuela, la otra mujer del servicio.

—Iré después de la declaración de Lucía —concluyó Margot.

La brigada había actuado rápido, pero el puzle no encajaba del todo. Faltaban muchas piezas.

La joven Lucía acudió a la comisaría a las cuatro en punto. Era de complexión fuerte y más alta que la media. Llegó muy sonriente, aunque nerviosa.

—Tengo que volver a casa pronto —dijo con inquietud—, porque regresa la señorita de Bélgica y hay muchas cosas que hacer.

—Sí, no se preocupe —la tranquilizó Margot—. Iremos rápido.

Margot la condujo hasta el despacho del comisario. Esta vez no apagaron la luz ni le colocaron el flexo. Consideraban que aquella declaración sería solo un trámite.

—Si no hubiera sido por su compañera Manuela, ¿usted habría venido espontáneamente a la policía? —preguntó el comisario.

—Sí. Se lo dije, pero ella pensó que nos señalarían como sospechosas por haber estado con María Gracia el mismo día de su muerte. Luego se convenció de que lo mejor era venir, pero ustedes llamaron antes.

—¿Por qué visitó esa tarde a la vidente? ¿Qué quería saber de su futuro? —intervino Margot.

—Si iba a tener novio… Era lo que me interesaba conocer.

—¿Esa era su mayor preocupación? —insistió el comisario.

—Sí.

—¿Y qué le dijo? —preguntó Margot.

—Que conocería a alguien importante en mi vida haciendo un recado. Y no he parado de hacer recados estos días y nada de nada.

—¿Cómo estaba María Gracia? ¿Simpática, nerviosa, alterada? —continuó el comisario.

—No sé. Yo no la conocía. Estaba en su papel de vidente. No parecía muy simpática, la verdad.

—¿Estuvo especialmente antipática con usted? —apuntó Margot.

—No he querido decir eso —se corrigió—. Me he expresado mal. Quiero decir que me pareció un poco seca, pero no antipática.

—¿Vio algo más en su futuro? —cerró Margot.

Finalmente contestó.

—No, fue muy escueta —respondió Lucía—. Ahora pienso que quizá tenía prisa.

—¿Cuánto tiempo estuvo con usted? —preguntó el comisario.

—No sabría decirle, muy poco.

—¿Cómo le pagó? —insistió Margot.

—Le dije que la próxima vez le traería naranjas, pero creo que no me escuchó. La impresión que tuve es que deseaba que saliera de allí.

—¿Y qué hizo? —intervino el comisario.

—¡Pues irme! Me acompañó hasta la puerta y la cerró a mi espalda.

—Ya…, la cerró sin más. Bueno, doña Lucía, puede usted irse, pero no salga de Madrid sin que nosotros lo sepamos —advirtió el comisario con tono firme.

La joven sonrió y se puso en pie. Antes de que llegara a la puerta, Margot la detuvo.

—Perdone, Lucía —añadió—, ¿había alguna joya de María Gracia que a usted le gustara especialmente?

—Eso es mejor que se lo pregunten a Manuela. Yo no me fijé.

—Gracias de nuevo —le dijo el comisario.

Margot la acompañó hasta la salida y, al darle la mano, notó que estaba sudorosa. Parecía tranquila y sonriente, pero sus manos decían lo contrario.

Al volver junto al comisario, le comentó su intención.

—Iré al palacete de los Mora para revisar la habitación de Manuela —dijo—. ¿Puedo hacer lo mismo con la de Lucía?

—No —respondió él—. Tenemos a un presunto culpable, pero si desea seguir investigando, adelante. Para la habitación de Lucía necesitará otra orden.

—Mientras no confiese el detenido, seguiré adelante —replicó Margot—. Necesitamos más pruebas. Estoy pensando en poner un señuelo, por si no fuera Aniano el asesino, y ver así quién se pone nervioso.

—¡Hágalo! —aprobó el comisario—. Me gusta.

 

45

La verdad escondida

Margot llamó al timbre de la casa de los Mora y Aragón y preguntó por Manuela. No quiso explicar, delante de los periodistas apostados en la puerta, el motivo que la había llevado hasta allí. Una vez dentro, en la zona de servicio, le mostró a Manuela la orden de registro de su habitación. Ella, sorprendida y algo molesta, la condujo hasta su cuarto.

—Doña Margot, prefiero ir a la comisaría a que venga usted aquí. Me pone en evidencia ante mis compañeros —le confesó Manuela.

—Era simplemente para ver con detenimiento su habitación. ¿Es esta?

—¿Por qué? —Se puso en guardia y muy nerviosa—. No entiendo lo que está buscando.

—Le pido disculpas, pero es mi obligación —argumentó Margot.

—¿Qué quiere encontrar entre mis cosas?

Mientras Manuela refunfuñaba, Margot abría y cerraba sus cajones. Tocaba sus pertenencias. Se paraba en alguna de las fotos que tenía sobre la mesilla de noche. Lo cierto es que no encontró nada a simple vista que le pareciera sospechoso. Le pidió ver su ropa y, en las dos chaquetas de punto que tenía, metió la mano en los bolsillos laterales sin hallar tampoco nada valioso para la investigación. También quiso ver su abrigo. Manuela salió a donde estaba el perchero y volvió con el gabán con el que salía a la calle. Se lo entregó a Margot, que rápidamente escarbó en los bolsillos, palpó el forro y… nada. La joven detective se preguntaba por qué Manuela estaba tan nerviosa. Igualmente, le pidió el bolso y estuvo mirando la cantidad de bolsas y bolsitas que llevaba.

—Su bolso está peor que el mío… Dígale a Lucía que también tengo que ver su habitación.

Manuela vio el cielo abierto y fue a comunicárselo a su compañera. Margot aprovechó para seguir mirando entre sus cosas. Abrió el monedero y no observó nada extraño; entre las monedas había una llave. Lo cerró y fue abriendo bolsita a bolsita. «Esta mujer lo guarda todo», se dijo a sí misma.

—Mi compañera ya ha ido hacia su cuarto —le dijo al entrar de nuevo en su habitación.

—¿Me guía usted? —le preguntó mientras echaba un último vistazo.

Lucía se quedó sorprendida al ver de nuevo a Margot, pero disimuló.

—Solo serán unos minutos —informó la detective.

Lo que Margot no le dijo a ninguna de las dos era que la orden del juez solo le permitía acceder a una de las habitaciones, la de Manuela. Lucía se prestó a que entrara en la suya sin hacerle ninguna pregunta.

—Sí, claro. No hay ningún problema —se ofreció Lucía.

Abrió su cuarto y dejó que curioseara por donde quisiera, sin decirle nada. Lucía miraba sus tres potos, que crecían a duras penas, quizá por tener poca luz. Mientras Margot husmeaba por aquí y por allá, ella quitaba las hojas secas y adecentaba sus plantas.

—Me encantan. Estas son de interior, pero mi ventana da a un patio con muy poca luz y no crecen como deberían. Mis padres en el pueblo tienen más de cien geranios. Claro que allí da el sol, no como aquí. ¿A usted se le dan bien las plantas?

—Me gustan más las flores —contestó Margot automáticamente, porque seguía a lo suyo—. Sobre todo las rosas. —Recordaba el ramo que le había regalado Harry—. Los geranios, también. ¿Cuál es el pueblo de sus padres?

—Quismondo, en Toledo —respondió Lucía.

—¿De allí no era la familia del torero Luis Miguel Dominguín? —preguntó Margot.

—Sí, la figura más relevante del pueblo. Una familia muy querida y admirada —añadió.

Margot abría y cerraba cajones. Toqueteó la ropa de la joven sin ningún éxito. Tampoco sabía qué buscaba, pero allí no había nada sospechoso. Preguntó por su abrigo. Lucía salió de la habitación y lo sacó del perchero común, donde dejaban los abrigos todos los empleados. Margot lo observó con detenimiento y vio manchas en el forro interior.

—¿Lo ha lavado recientemente? —preguntó Margot.

—Sí —respondió Lucía con un hilo de voz.

—¿Por qué? Un abrigo no se lava así como así —insistió Margot.

—Yo sí. Estaba muy sucio —contestó.

—Le han quedado surcos oscuros en el forro. ¿De qué eran las manchas? —añadió, inclinándose para observarlas mejor.

Lucía dudó unos segundos antes de responder.

—De barro —dijo al fin.

—Estos días no ha llovido —replicó Margot con calma.

—Pues, por las manchas, parecía barro. Yo lo dejo tirado en cualquier sitio —se defendió Lucía, algo nerviosa.

Margot le entregó el abrigo a la joven y siguió mirando con interés todo lo que tenía en su cuarto. Al final le agradeció que le hubiera permitido mirar con detenimiento sus pertenencias. Al menos, no tendría que volver otro día con una nueva orden.

Se despidió de Lucía, que siguió planchando. Manuela la acompañó hasta la salida.

—Adiós, señorita Margot. Por cierto, ¿han dado ya con el novio de María Gracia? —se interesó Manuela—. Dicen en el periódico que ya hay una persona detenida y otra a punto de ser arrestada.

—No puedo decirle nada. La investigación está en marcha —le informó Margot.

—Estoy segura de que ha sido él. ¡Menudo sinvergüenza! ¿No lo hizo solo?

—Muchas gracias por todo. No puedo añadir nada a su comentario, espero que lo entienda.

—Está bien. ¡Con Dios!

Margot se volvió a mirarla hasta que cerró la puerta. Se le inmovilizaron las piernas, era como si la sangre se le hubiera congelado de repente. Le había dicho la misma frase que pronunció el hombre bien vestido que salió del inmueble de María Gracia, el mismo día del asesinato. Se decía a sí misma: «Busca, busca…, repasa todas las declaraciones. Especialmente la de Manuela». Ella fue la última en acudir a su consulta y había dicho que María Gracia no le abrió la puerta. Fue corriendo hacia su casa para releer su cuaderno de anotaciones. Antes marcó el número de teléfono de Parker y no lo encontró. Necesitaba contarle la locura de su hipótesis, pero al día siguiente llegaban los reyes de Tailandia, Bhumibol Adulyadej, Rama IX, y Sirikit, y estaría supervisándolo todo. Nuevamente, la seguridad de una relevante figura internacional dependía de él.

Rozando la media noche, Parker llamó a Margot. Quería compartir con ella su percepción sobre los delincuentes que habían detenido hasta que se marcharan los reyes de Tailandia de España. Al margen del trabajo, estaba eufórico y deseaba decirle que mirara por su ventana, ya que había una luna llena extraordinaria.

—Perdón por las horas, Margot. Mira por la ventana y aprecia el espectáculo que nos da la naturaleza: una luna tan bonita que merece la pena pararse y apreciarla.

—Tú y tus lunas. Al menos no es luna roja.

La periodista se dirigió a la ventana. La noche sin nubes permitía ver la luna plateada. Regresó al teléfono.

—Tenías razón. ¡Es preciosa!

—Aprovecho para felicitarte, ya me ha dicho el comisario que tenéis encerrado al sospechoso —respondió Harry al otro lado de la línea.

—No, Harry. No es el único sospechoso. Mi cerebro va a reventar —contestó ella, llevándose la mano a la frente.

—Según me han contado, es el que más interés podría tener en que muriera la vidente, ¿no? —añadió él—. A veces, los casos se resuelven fácilmente.

—Mi instinto me dice que no es así —replicó Margot bajando la voz—. Tengo mi propia teoría sobre lo que ha podido pasar, pero no quiero decirte nada todavía. Con todo lo que te espera mañana, tu cabeza debe estar centrada en que la visita real a Madrid salga bien.

—Tienes razón —admitió Harry—. Ya hablaremos del caso. Piensa que muchas veces la verdad está delante y no somos capaces de verla. Bueno, ¡deséame suerte!

—¡Suerte, Harry! —dijo ella con una sonrisa que él no podía ver.

Al día siguiente, los reyes de Tailandia llegaron al aeropuerto de Barajas. Un par de horas después, eran recibidos por Francisco Franco y Carmen Polo en el palacio de Oriente. Posteriormente, tuvo lugar una cena de gala a la que acudió el Madrid más aristocrático. Fabiola de Mora y Aragón, recién llegada de Bruselas, estuvo entre los invitados. Su lugar era preferente, ya representaba a la corona de Bélgica. Todo había empezado a cambiar.

Más tarde, los reyes viajaron a Barcelona, recorrieron la ciudad en coche descubierto, visitaron la Diputación y el ayuntamiento. El final del viaje tuvo lugar en Sevilla. La ciudad se volcó con ellos, y estuvieron recibiendo el afecto de los andaluces durante todo el trayecto por los Reales Alcázares, donde quedaron absolutamente cautivados.

Esa visita, la primera en su gira por Europa, fue catalogada de éxito por las autoridades españolas y tailandesas. España seguía con la filosofía del ministro Castiella de abrirse al exterior. Las fotos de los reyes de Tailandia se publicaron en todo el mundo.

Mientras tanto, Margot repasaba sus cuadernos una y otra vez. Salvo la frase que habían pronunciado Aniano y Manuela, no tenía nada más. «Algo se me escapa», se decía a sí misma. Esa mañana, el diario El Caso publicó un artículo suyo que tenía un único fin: poner nervioso al asesino o asesinos, ya que Margot estaba convencida de que Aniano no era el culpable. Se podía leer: «La policía ha detenido a un sospechoso, pero la investigación continúa abierta. En estos momentos, están tras el rastro de otra persona, a la que esperan poder arrestar en las próximas horas».

Cuando Jaime de Mora leyó esas frases en el periódico, compartió la información con Manuela.

—Ya saben quiénes han sido los asesinos de tu amiga —dijo doblando el diario con gesto grave—. Hay una persona detenida y esperan un mal paso para detener a la segunda.

—Entonces ¿han sido dos? —preguntó ella, llevándose la mano al pecho.

—No sé —respondió él—. En el periódico dicen que un sospechoso ya está detenido y que la otra persona está identificada. Imagino que la policía espera a que meta la pata.

Manuela se quedó en silencio, con la mirada perdida en el suelo. Pensó, inquieta, si estarían hablando de ella.

—Tengo la sensación de que todos somos sospechosos para la policía —dijo al fin en voz baja—. Buscan entre los que algún día pisamos su consulta, y yo creo que quien se gastaba su dinero y empeñaba sus joyas es el asesino.

—Dicho así, tiene lógica lo que dices. Por cierto, ¿no tendrás algo de dinero ahorrado que me puedas prestar? Te lo devolveré enseguida. —El descaro de Jaime no tenía límites.

—No, don Jaime. Todo lo que ahorro se lo envío a mis padres —dijo ella con pesar.

—Está bien —respondió él, molesto—. Hoy traerán una televisión. Cuando vengan, dígales que me pasaré a pagar. Así podremos ver la boda de mi hermana. Ya que no me ha invitado, seguiremos desde casa toda la ceremonia. Nadie se dará cuenta de que yo no estaré allí. La gente da por hecho que iré junto con el resto de mis hermanos. Ninguna persona tiene por qué saber que no nos hablamos.

—De mi boca no saldrá nada. Se lo juro. Si no hubieran venido los periodistas a su habitación…

—¡Quién iba a suponer que abrirían los cajones y robarían su diario!

Jaime no dijo más y esa misma mañana se fue de casa con una maleta. Lo esperaban en un coche para viajar a la Costa del Sol. Allí estaría una semana nada más, ya que en el Ritz le habían pedido que siguiera tocando y amenizando sus noches con el piano.

Manuela trasladó el recado de Jaime a Milagros. Le comentó que iban a instalar el nuevo invento por el que no solo se escuchaban voces, sino que también se veían imágenes.

—¡Podremos ver la boda de la señorita gracias a un aparato que nos va a llegar! Dice don Jaime que digamos a los operarios que lo dejen aquí, que ya se pasará a pagar por el establecimiento.

—¡Ya estamos! ¡Si viviera don Gonzalo!

Manuela fue también al cuarto de la plancha y le contó a Lucía la última información que publicaba El Caso, que aseguraba que ya había un detenido y que estaban detrás de otra persona que esperaban que diera un mal paso.

—¿Tú qué crees? Lo mismo se refiere a una de nosotras…

—¿Por qué? No hemos hecho nada —le dijo Lucía.

—Estuvimos allí el mismo día de su muerte. Si lo piensas…, sería para que sospecharan de nosotras.

—Hemos ido a comisaría, han venido aquí y no han encontrado nada. Otra cosa es que piense en la vidente continuamente. Conmigo tu amiga estuvo muy seca. No te creas que hizo ningún esfuerzo por parecer simpática.

—No lo era, es verdad. Pero tenía un don. Todos en el pueblo lo conocíamos. Igual que su abuela.

—¿Y no fue capaz de predecir su propia muerte? —preguntó Lucía.

—Pienso que sí, y debió de tener un enfrentamiento con la persona que la mató. ¡Seguro!

—Si tú lo dices…

Ese mismo día, Fabiola tenía la primera prueba del vestido, ya con la tela definitiva del que iba a ser su traje de novia. Fue acompañada por su madre y sus tres hermanas, que no se querían perder ese momento. La recibieron todos en Eisa Costura entre aplausos. Balenciaga y su ayudante estaban también allí. Nada más ver a todas las damas de la familia, se las llevó hacia los probadores.

—Ya que os he vestido a todas de novias, tendréis el privilegio de saber, antes que nadie, cómo va a ser el traje de vuestra hermana.

—Estoy nerviosa —confesó su madre.

Fabiola no quiso decirle que también ella lo estaba.

—Te lo hemos hecho en una tela única, una gabardina de seda mate especialmente tejida para ti. Como querías, hemos confeccionado un traje con líneas muy sencillas. El único toque especial que lleva es el visón que rodea el escote de barco y el frunce en la cintura baja. En la segunda prueba apreciaremos más el aspecto regio del vestido, cuando pongamos la capa con cola de seis metros, también bordeada de visón blanco. Hoy solo te probarás el vestido.

—Sí, ya me avisaste.

Ayudaron a Fabiola a ponerse el traje sus tres hermanas: Neva, Annie y Mari Luz. Doña Blanca se quedó con Cristóbal y dos de las modistas de su confianza, con la seguridad de que no desvelarían el diseño del vestido ni por todo el oro del mundo.

—Debería seguir siendo el secreto mejor guardado, aunque en Nueva York ya han dado por bueno un diseño mío antiguo. He tenido que salir a desmentirlo. El auténtico lo hemos tenido que esconder en una caja fuerte francesa.

—¡Qué barbaridad! —dijo Fabiola desde dentro del probador. Le habían dejado unos zapatos blancos de novia y salió para que la vieran Balenciaga y su madre.

Se produjo un silencio, seguido de un sonido ahogado de admiración. También hubo lágrimas entre sus hermanas. Estaba realmente guapa.

—¿Te parece bien, Fabiola? —preguntó el modisto—. A la primera que tiene que gustar el traje es a ti.

—Me encanta. Es una obra maestra, viendo la cantidad de remates y pinzas que lleva en el interior. Además, me siento capaz de llevarlo sin sentirme disfrazada. Ese era mi miedo.

—Te marca pecho y cintura —añadió Mari Luz—. Por otro lado, con el frunce en la cadera ha conseguido Cristóbal darte más volumen en la falda, y queda muy bonito.

—Todas las mujeres de esta familia se han casado con tu sello y Fabiola no podía ser menos —comentó doña Blanca. Asintieron el resto de sus hijas.

Balenciaga seguía poniendo alfileres a la mínima arruga que veía.

—Será un traje que querrán imitar muchas novias —continuó hablando el modisto—. ¡Ya lo verás! Antes de que viajes a Bruselas, tendrás que venir para la segunda prueba con la capa que se transforma en la cola de seis metros. No quiero que se quede ningún cabo suelto. Todo debe encajar a la perfección. Hay muchas manos cosiendo en estos momentos a la vez.

Fabiola agradeció el esfuerzo que estaban haciendo en los talleres de Madrid y de París. También le indicó a Balenciaga que, finalmente, la Casa Real belga le cedería la diadema de la reina Astrid para el enlace.

—Dice Balduino que la diadema de su madre es bellísima, toda engarzada en brillantes que simbolizan las nueve provincias belgas.

—Contribuirá a que la boda tenga una mayor carga de historia y tradición —comentó Balenciaga.

Después de poner algunos alfileres más por las mangas y la espalda, el modisto le pidió que se quitara el vestido. Ya había concluido.

Las tres hermanas coincidieron en que había trajes que jamás pasarían de moda y estaban convencidas de que ese sería uno de ellos.

—Es sencillo pero regio. Será el vestido de una reina —comentó Mari Luz a la vez que besaba a su hermana. Neva y Annie hicieron lo mismo. Su madre no cesaba de llorar.

Al salir de allí, se fueron todas a celebrarlo a la casa familiar para apoyar a su hermana y compartir con ella los nervios de los últimos días que iba a vivir en España.

—Os echaré de menos, y a mis sobrinos, más todavía. Espero que vengáis a verme a menudo.

Las tres se abrazaron a ella. Fabiola aprovechó para mostrarles su preocupación por su madre.

—Vosotras tenéis mucho lío con tantos hijos. Ciertamente, me preocupa.

—Pues quítate esa preocupación, porque mamá va a estar siempre bien atendida —le dijo Mari Luz—. Tiene un servicio que la adora y nos turnaremos para venir a verla.

En un momento determinado, Fabiola pidió a sus hermanas que fueran con ella a su cuarto. Tenía todos los vestidos nuevos sobre la cama. Había que decidirse por uno para el acto que había organizado el alcalde de Madrid. Hubo discrepancias entre las hermanas, pero al final se inclinaron por uno confeccionado en gasa, de tonos beis. Eran conscientes de que no vivirían otro momento tan entrañable como ese una vez que se fuera de casa. Resultaba muy doloroso saber que ya nada sería lo mismo, pero no se lo dijeron.

De pronto, una llamada volvió a alterarlo todo. Los plateros de Balduino la llamaban para decirle que la aconsejaban no ponerse la tiara que le había regalado el gobierno de España en la cena de gala previa a la boda.

—Alteza —ya la llamaban así—, la corona que le han regalado tiene todas las piedras falsas. Ni las rojas son rubíes ni las verdes son esmeraldas.

Hubo al teléfono unos segundos de silencio.

—Debe ser un error. Han pagado mucho dinero por ella. La custodiaba un anticuario y, anteriormente, un convento de carmelitas, según me comentaron al regalármela.

—Pues alguien ha engañado a los compradores, señora. Son cristales que no tienen ningún valor. No debería ponérsela en el baile ni en la cena de gala previa a la boda. Hay personas muy expertas que sabrán que no son buenas.

—Se lo he prometido a Carmen Polo, la mujer de Franco, y debo cumplirlo. Además, su hija estará en esa cena junto con su marido. Es el regalo del pueblo español. Me da igual que no tenga valor intrínseco.

—Como quiera. Queríamos que lo supiera.

Cuando colgó, Fabiola estaba blanca como el papel. Sus hermanas imaginaron a qué se refería.

—Por lo que te hemos escuchado, te han dicho que es falsa la tiara de los Franco. ¿No es así? —preguntó Neva.

—Así es.

—Habrá que decírselo a Carmencita, porque el anticuario los ha estafado —añadió Mari Luz—. Estamos hablando de un delito.

—Lo mismo han sido las monjas que la custodiaron en la guerra las que dieron el cambiazo. Mirad el lado positivo, la venta de esas piedras les hizo sobrevivir a la contienda —llegó a decir Fabiola.

—Yo me encargo de que alguien se lo diga a Carmencita. Estoy segura de que se va a quedar tan sorprendida como nosotras —zanjó el asunto la hermana mayor—. Cuanto menos se hable del incidente, mejor.

A pocas calles del número 5 de la calle Zurbano, Margot analizaba una y otra vez las palabras que habían dicho las entrevistadas. De pronto, comprobó que en su libreta había un dato que se le había pasado por alto. Alguien había comentado que Lucía iba a llevar un paquete a Correos después de acudir a la vidente. Al parecer, era para su padre. Podía ser algo importante o nada en absoluto. Había que averiguar qué envió a su padre, y llamó al inspector Gutiérrez esa misma noche. Le dejó un recado en la pensión de Ciudad Real donde se alojaba. Muy tarde, su amigo le devolvió la llamada.

—¿Cómo vas con las investigaciones en Bolaños?

—Mañana ya me vuelvo. Aquí todo el mundo está muy afectado. Era una persona muy querida. No he sacado nada en claro. Quizá que entre Manuela, del servicio de los Mora, y María Gracia siempre había mucha rivalidad. Los padres se quieren como hermanos, pero ellas siempre de pequeñas discutían. Había mucha pelusa de Manuela hacia María Gracia, que se llevaba toda la atención de las personas del pueblo por su don.

El nombre de Manuela estaba saliendo en todas las investigaciones.

—¿Podrías hacerme un favor? Antes de regresar a Madrid, ¿podrías pasar por Quismondo, en Toledo? De allí es Lucía, la más joven del servicio de los Mora y Aragón. La que estuvo con María Gracia a las seis de la tarde. ¿Podrías preguntar a su familia qué les ha dicho ella de su visita a la vidente, el mismo día del asesinato? Ah, una cosa más, pregunta a su padre si le ha llegado un paquete. Lo envió Lucía el mismo día de la muerte de la vidente.

—¿Crees que puede tener importancia?

—No lo sé, francamente. A ver si saben su contenido, aunque todavía no les haya llegado.

—Está bien, así lo haré. Ya hay un detenido, ¿no?

—Demasiado evidente. Creo que debemos seguir investigando. ¿Me llamas en cuanto sepas algo?

—Sí, sí, cuenta con ello.

Intentó dormir, pero no podía conciliar el sueño. Manuela y Lucía, Lucía y Manuela salían sin parar en sus pensamientos. ¿Serían compinches en este asesinato? Había algo en ellas que no le gustaba. Manuela, que envidiaba desde niña a María Gracia. Y Lucía, tan a favor de la investigación y colaboradora… Probablemente de las últimas que vieron con vida a la vidente. Después regresó Manuela a la consulta, pero asegura que no le abrió. Era todo más turbio aún en el caso del novio de la vidente. ¿Por qué Aniano iba a matar a la gallina de los huevos de oro? María Gracia no dejaba de ayudarlo con joyas para empeñar y obtener dinero. Aunque todo lo señalara a él, no creía que hubiera sido el autor del crimen. ¿Y si fueron ellas? ¿Qué podría haberlas motivado a hacerlo? El cansancio por fin la venció y se quedó dormida.

Al día siguiente, el teléfono no dejó de sonar, después de haber salido la revista Siluetas a la calle. Fabiola iba en portada, y el artículo que había escrito Margot parecía que había gustado mucho. Todos los compañeros de profesión la felicitaban por las declaraciones que le había hecho en el acto de su despedida de los ancianos. A todas luces, parecía una exclusiva. «Me llevo a todos en el corazón». «Ahora me tocará pelear por los derechos de los más desfavorecidos en Bélgica». Fueron algunas de las frases que recogió Margot tras vivir con la futura reina esa jornada.

Camila le pidió a Sátur que fuera al quiosco que tenían casi enfrente de la puerta de casa y le comprara un ejemplar de la revista. Cuando Sátur lo subió, Margot pidió echar un vistazo. Se quedó muy satisfecha al verlo impreso. Era la primera vez que todo, incluidos los titulares, estaba en su sitio y no tenía que enfadarse con ningún directivo de la revista por haber tomado alguna decisión inconveniente. Se la devolvió a sus «guardianas».

—Ha quedado bien… Estoy contenta.

Era la hora del desayuno y Harry Parker se presentó en su casa sin avisar. Siempre tenía una excusa. Ahora que se había liberado de la responsabilidad de la seguridad de los reyes de Tailandia, se comprometió a volcarse por completo en el caso de la vidente. Margot le puso al día de cómo iban las investigaciones y Harry insistió en que podría haber más personas que hubieran ido a visitarla esa tarde o la anterior.

—¡Debemos centrarnos en eso y averiguar quién es el hombre bien vestido que se despidió del portero y que nadie conocía!

—Resulta que la frase que recordaba el portero, «¡Con Dios!», la que le dijo el hombre al que no logró ver la cara, hoy la dicen muchas personas. ¡Desde el detenido, Aniano, hasta Manuela, la mujer que trabaja en el servicio de los Mora y Aragón! Se trata de una frase hecha que se utiliza muchísimo.

—Lo que de verdad me choca es que un hombre vestido tan elegante diga: «¡Con Dios!». Un Jaime de Mora se despediría con un «¡hasta mañana!» o un «¡hasta la vista!». No sé si me estás entendiendo.

Margot se quedó pensativa y callada durante varios segundos.

—Ya… Quieres decir que por esa expresión podemos deducir que el traje que llevaba ese hombre no correspondía a su nivel social o que podía tratarse de un nuevo rico.

—Justo. Hay una nueva disciplina que está empezando a tomar cuerpo en Estados Unidos y el Reino Unido, que analiza el lenguaje como evidencia en investigaciones criminales. En estos dos países, ha tenido relevancia en algunos casos muy sonados. Estos estudios también han ayudado a resolver crímenes con el análisis de textos e incluso discursos. Hay patrones que delatan al autor. Pero por una frase tampoco se puede señalar a un asesino. Hace falta algo más —comentó Parker.

Margot sacó su pipa y comenzó a fumar. La ayudaba a pensar el hacer figuras con el humo que salía de su boca.

—Sin embargo —continuó Parker—, lo que nos da es mucha información sobre el autor, si finalmente se trata de ese hombre bien vestido que dijo: «¡Con Dios!». Por un lado, puede ser de alguien que abandonó el pueblo para venir a la ciudad o de alguien de clase social baja venido a más. En cualquier caso, se trata de una persona que se puso un traje que no correspondía a su nivel social.

—Bueno, hay otra posibilidad: que se trate de un hombre religioso. No resultaría tan improbable que dijera justo al despedirse esa frase. Deberíamos salir de este laberinto hablando con más personas que pudieran haber estado esa tarde con la vidente —comentó Margot.

—Si fuera tan religioso, no mataría a otro hombre, a no ser que fuera en defensa propia… Ciertamente, este extremo lo veo improbable. Me gustan más las otras teorías…

—¿Te importa que sigamos hablando por la calle? Me pide el director de Siluetas que vaya a la redacción. Quieren hacer un amplio despliegue de la despedida de Fabiola de Madrid. Nos han citado a todos los colaboradores.

—¡Por supuesto! Mi tiempo es todo tuyo…

 

46

Últimos preparativos de boda

El director de la revista Siluetas había convocado a todos los colaboradores para decirles que harían dos números especiales dedicados a la boda de Fabiola. El despacho de Justino Ochoa era bastante grande; presidía la estancia una mesa repleta de papeles y rodeada de muchas sillas de la redacción, que cada uno de los convocados había llevado hasta allí. De esta manera, todos estarían sentados durante el desarrollo de la reunión, que prometía ser larga.

—La revista de esta semana —comentaba don Justino— se ha agotado en los quioscos con el gran trabajo de Margot. Hemos tenido que reimprimir. ¡Un éxito rotundo que deseamos repetir! Todo lo relacionado con la futura reina de los belgas, interesa. Haremos un número especial de la despedida de Madrid y otro dedicado a la boda íntegramente. Dos redactores y dos fotógrafos iréis a Bruselas una semana antes. Me tenéis que decir la disponibilidad de trabajo para los próximos días.

Margot no lograba quitarse de la cabeza el asesinato de María Gracia. Si no se había resuelto antes de esa fecha, no podría ir a la boda real. Todos levantaron la mano, pidiendo cubrir la información desde Bruselas, a excepción de Margot.

—No me puedo creer que no desees ir al enlace de tu amiga Fabiola —se sorprendió Justino Ochoa.

—Sí, por supuesto que quiero ir, pero no tengo tan claro qué pasará de aquí al 15 de diciembre. ¿Y si una causa de fuerza mayor me impide ir? Cuente conmigo, pero hay algo en mi interior que se resiste a planificar más allá de esa semana.

Desde la desdichada muerte de sus padres, Margot había aprendido a no planificar; la vida podía cambiar de la noche a la mañana. En ese momento, le pasaron por la mente sus dos últimos casos. ¿Acaso Almudena pensó jamás que el amor de su vida se iba a convertir en su verdugo? ¿Y María Gracia pudo visualizar su trágico destino? Se acarició la cabeza, en la misma zona donde seis años antes había recibido aquel golpe seco, durante los trágicos asesinatos de la luna roja. Sintió un escalofrío. Le encantaría ir a la boda del siglo, pero no sabía qué le podía deparar el futuro, y antes tenía un caso que resolver. El redactor jefe le escribió una nota al director para que no insistiera con Margot y se la pasó para que la leyera: «Sigue con el trauma». Justino recordó que su tía era además una de inversoras extranjeras de la revista y que, en su día, ya se lo había comentado.

—Está bien —carraspeó—, comencemos por lo inmediato. Margot, cubrirás todos los actos que organice el ayuntamiento en Madrid. De Bruselas ya hablaremos. Lo querré todo al detalle. Tú céntrate en ella y en que te diga algo, una impresión de lo que está viviendo, sus sentimientos, su familia…, todo el lado humano. Carmen Pomares y Vicente García se van a dedicar a los obsequios: la niña que le da un ramo de flores, el anciano que la besa y le lee un poema… No se nos puede escapar nada. Por otro lado, Víctor San Clemente y Alejandro Martí buscarán las impresiones de las personalidades que allí acudan. Por supuesto, necesito que el alcalde nos diga qué le parece que una española sin sangre real se case con el rey Balduino. ¡Quiero historias de los personajes conocidos y su relación con ella o su opinión sobre ella! ¿Ha quedado claro?

Todos dijeron que sí. Margot, que solo tenía la mente en descubrir al asesino de María Gracia, en cuanto terminó la reunión salió corriendo de allí para ir a la comisaría. Sabía que si un crimen no se resolvía rápido, se enquistaba y resultaba cada vez más difícil recabar información y pruebas. Nada más llegar a la brigada, el comisario le pidió que pasara a su despacho. Una vez allí, le informó de que esa misma tarde volvería a interrogar al único detenido. De no obtener su confesión, habría que ponerlo en libertad.

—Solo tenemos las joyas del monte de piedad que pertenecían a la víctima y que llevó él en persona para empeñarlas —dijo el comisario—. Tampoco el portero ha sabido decirnos si era él quien lo saludó al salir del inmueble. Iba con traje y sombrero.

—El detenido nunca ha vestido así ni se le ha encontrado un traje en su casa, y menos aún un sombrero. Solo tiene gorras. De modo que, o le sacamos una confesión esta tarde, o ciertamente no tenemos nada de nada. Me temo que él no ha sido.

La afirmación de Margot dejó desconcertado al comisario.

—¿Cómo? Todo apunta hacia él. Vivía de ella. Lo corroboró su amiga Manuela.

—Me da la impresión de que fue otra persona.

—¡Por Dios! Margot, no podemos volver a empezar. Siento cada día el aliento del comisario jefe.

—Solo es una intuición. Puedo estar equivocada.

Margot intentó tranquilizar al comisario, pero parecía una misión imposible.

—El problema es que no tenemos tiempo. La resolución debe ser rápida —comentó don Eugenio.

A la una de la tarde, el día seguía tan gris como cuando amaneció. El cielo estaba encapotado, pero no acababa de caer ni una sola gota de agua. Justo cuando todas las pesquisas se habían desvanecido, el inspector Gutiérrez llamó a la brigada. Primero habló con don Eugenio Benito y después pidió que le pasaran con Margot.

—Estoy ahora mismo en Quismondo, el pueblo de los padres de Lucía. No me ha costado mucho dar con ellos —aseguró Gutiérrez—. Por cierto, a tu pregunta, no tienen ni idea de qué paquete les hablo.

—¿No han recibido un paquete que les envió su hija? —se extrañó Margot.

—Dicen que no.

—Gracias por tu gestión.

—¿Con eso te vale? Su familia ha sido muy amable conmigo. Me han dicho que Lucía es muy trabajadora y también muy ambiciosa. Me han aconsejado que no la enfademos, porque siempre ha tenido un pronto muy malo. Cuando se ofusca, pierde la capacidad de razonar.

—Pues parece muy tranquila. No sé. Bueno, muchas gracias.

Margot se quedó pensativa con respecto al paquete, más que a la ambición o mal humor de la testigo. «De modo que Lucía, después de estar con la vidente, tuvo toda la tarde para enviar un paquete que jamás llegó a su destino. ¿Por qué?», se preguntaba. Deseaba volver a citarla tan solo para hacerle esa pregunta. Igualmente le sugirió al comisario un careo entre Manuela y el detenido.

—No me parece mala idea. ¡Póngalo en marcha!

Llamar a casa de los Mora resultaba imposible a medida que se acercaba la fecha de la boda. El teléfono siempre comunicaba. Decidió, por lo tanto, enviar las dos citaciones en mano, pero solicitó que las llevara el chófer del comisario jefe, que no tenía ninguna ocupación durante toda la mañana, antes que un policía uniformado en moto.

—Simplemente entregue en mano estos avisos a la primera persona del servicio que le abra la puerta —le dijo Margot al chófer—. Si le preguntan los periodistas, usted diga que no sabe quién es el remitente. ¿De acuerdo?

Durante los días previos a la boda, Fabiola no tuvo ni un momento libre. Dentro de sus muchos compromisos, se fue a despedir de la persona que había intervenido de manera decidida en que Balduino y ella se enamoraran. No podía dejar de visitar al nuncio apostólico en España, Ildebrando Antoniutti. El obispo y diplomático había cubierto las espaldas a la joven aristócrata muchas veces, cuando tuvo que viajar a Bruselas sin poder decir a su familia que iba a ver al rey. Era una de las personas que más se alegraron de que el plan trazado por monseñor Suenens y la monja irlandesa, Veronica O’Brien, saliera adelante. No fue sola a verlo, quiso que la acompañara el padre Cavestany, que durante los últimos años se había convertido no solo en su confesor, sino en su confidente. Siempre que estaba en España, no había dejado de acudir ni un solo día a la iglesia de Santa Bárbara.

—Quería agradecerle que desde el principio tuviera tan claro que debía ser yo la persona que acompañara al rey Balduino en su camino de vida —afirmó Fabiola.

—Fue obra de Dios, nosotros solo la señalamos con el dedo. El resto fue cosa del que está ahí arriba y, por supuesto, de ustedes —matizó el nuncio—. Si en algo he contribuido a su felicidad, me sentiré muy honrado.

—Este tema quedará siempre como nuestro gran secreto. No creo que, de saberse, la gente lo entendiera. Por eso quiero que lo sellemos aquí, para siempre. Solo quería darles las gracias. Son las dos personas que han sabido sostenerme en mis dudas, aclararlas y ayudarme a comprender que formábamos parte de un plan superior. Les estaré eternamente agradecida —concluyó Fabiola.

Tras despedirse del nuncio de Su Santidad, el padre Cavestany siguió con ella toda la mañana. La ayudó a agilizar su partida de bautismo, un trámite indispensable para que la boda católica pudiera celebrarse en Bruselas. Finalmente, ambos se despidieron con un gran abrazo en la puerta de la calle de su antiguo piso, en la calle Bárbara de Braganza, muy cerca de la iglesia de Santa Bárbara donde el sacerdote impartía misa diaria. En el piso ya la esperaban para comer Pilar y Piedi, sus mejores amigas. Fabiola tenía que aprovechar para recoger sus últimas pertenencias, así como el cuadro en el que se fijó Veronica O’Brien antes de conocerla y que reconoció haber visto en uno de sus sueños. La monja irlandesa siempre señaló a Fabiola como la persona elegida.

Violeta, que llevaba todo el día allí, también había recogido todos sus enseres. Era la única que la acompañaría a Bélgica en su nueva vida. Fue la que improvisó algo de comida para que pudieran hablar tranquilamente las tres.

—Chicas, espero que este almuerzo no os suene a despedida. Confío en que me vendréis a ver a Bruselas. No quiero que cambie nada entre nosotras. Siempre estaré para las dos.

—Lo sabemos —comentó Pilar—. Nosotras acudiremos en cuanto nos necesites a tu lado. Eso no quita para que yo, personalmente, te vaya a echar de menos.

—Yo también —comentó Piedi—. Estamos felices por ti, pero algo por dentro nos dice que ya nada será lo mismo. ¡Vas a ser la reina de los belgas!

Las tres se levantaron y se abrazaron entre lágrimas.

—Para vosotras siempre seré Fabiola a secas. El protocolo y las formas solo serán de cara al exterior. Espero que tengáis confianza para enfadaros conmigo, decirme lo que os parece mal y también para felicitarme, si algo de lo que haga os parece bien. Yo también os necesitaré cerca. Imagino que no todo será un camino de rosas. La vida no es sencilla para nadie, tampoco lo será para mí.

—Tienes mucho a tus espaldas, pero no olvides que aquí siempre tendrás a tus amigas. —Pilar volvió a emocionarse.

Violeta escuchaba cerca de la puerta y también se le saltaban las lágrimas. La vida iba a cambiar igualmente para ella. Pasaba de ser una persona del servicio de Fabiola a ser su dama de compañía en el palacio de Laeken. También tuvo que ultimar su vestuario para que fuera adecuado a su nuevo cometido. Ella representaba el último eslabón que uniría a Fabiola con España.

Se le hizo tarde y quedaron en verse al día siguiente, en el homenaje que le haría la ciudad de Madrid. Allí, lógicamente, no podría hablar con ellas con la naturalidad con que lo estaba haciendo en su piso de soltera. Miró su habitación por última vez, al salón… Y después de besar a sus amigas, se fue con Violeta. Hipólito, el chófer, las esperaba. Se había encargado previamente de cargar en el coche las cajas con los últimos recuerdos.

Fabiola llegó a su casa familiar muy emocionada por todo lo que estaba viviendo y por tantas despedidas. Lo primero que hizo al entrar en su habitación fue llamar a Balduino.

—Es como si una vida acabara para mí y a la vez empezara una nueva a tu lado.

—Nada acaba para ti. Verás que es más sencillo de lo que parece. No vas a estar en una jaula de oro. Podrás viajar a Madrid y moverte por donde quieras cuando desees —le dijo, intentando calmarla.

Fabiola se emocionó de nuevo.

—Tranquila —volvió a hablar Balduino—, es normal que te sientas así. El gran cambio lo vas a sufrir tú, y lo entiendo. Aquí estaré yo para darte todo el amor que dejas allí.

—Lo sé, perdóname. Son muchas emociones de golpe. Cada día siento un desgarro por dentro.

—Prepárate, porque mañana te despide la que ha sido tu ciudad. Aquí estaré para escucharte. Ya sabes que me encantaría estar a tu lado, cogiéndote de la mano. ¡Rezaré por ti!

Manuela y Lucía fueron juntas hasta la comisaría de la Puerta del Sol. Consideraban que se trataba de un puro trámite y que el hecho de haber sido las últimas en ver a María Gracia con vida las tendría ocupadas hasta que detuvieran al asesino.

—No sé qué más quieren que les diga —manifestó Manuela.

—Pues yo, ¡ya me dirás! Solo la he visto esa vez.

—¿Te llegó a echar las cartas? —preguntó la amiga de la vidente.

—Sí, las iba poniendo boca arriba, pero algo no le gustó y las recogió y me las volvió a echar. Parecía nerviosa. Vi que consultaba por otro lado, otras cartas con figuras…, pero no las llegué a ver.

—¡Las del tarot! ¿A la vez? Eso nunca se lo he visto hacer.

—Sí. Como yo no la conocía, pensé que solía hacer eso siempre. Sinceramente, no fue amable conmigo.

—Ya, a veces, si no tenía un buen día, te decía que ya no podía seguir. ¡Eso, que me lo hizo varias veces, me sentaba a cuerno quemado! Era una persona muy especial. Me sacaba de quicio cuando tenía el día atravesado.

—Lo entiendo. ¿Y crees que ese día lo tenía?

—Bueno, no me pudo leer las cartas y me citó para más tarde. La vi nerviosa. Literalmente, me hizo levantarme de la silla y me echó. No aguantaba esa prepotencia que tenía que la hacía sentirse más que los demás. Daba por acabada una sesión cuando le daba la gana.

—No te caía bien, ¿verdad?

—Bueno, cuando se sentía superior a la humanidad, no la podía soportar. Si sus padres de pequeña le hubieran dado unas buenas tortas, no hubiera tenido tanta tontería. No he visto a nadie más consentida que ella.

Llegaron en el metro hasta la comisaría y, nada más entrar en la brigada, Margot hizo pasar primero a Manuela al despacho del comisario. Lucía se quedó esperando en una salita pequeña donde hacía mucho frío. Repasó una y otra vez lo que les iba a contar. Estaba empezando a cansarse y se lo iba a decir a la policía.

Manuela se encontró en el despacho a Aniano, esposado y con barba de varios días. Era el único sospechoso al que habían detenido. La joven del servicio se quedó helada, sin saber qué hacer ni qué decir.

—Siéntese, por favor —le dijo el comisario.

—¿Ustedes se conocen? —preguntó Morales, que estaba allí también.

Margot observaba el interrogatorio de pie desde un lateral, apoyada en la librería del despacho.

—Sí —dijo temerosa Manuela.

—Nos hemos cruzado un par de veces cuando yo salía de ver a María Gracia y ella llegaba —comentó Aniano, muy desmejorado.

—¿Qué opinaba la vidente de él? —llegó a preguntar el comisario a Manuela.

—¡Que le hacía compañía, pero le sacaba los cuartos! —contestó Manuela con rabia.

—No le sacaba los cuartos, me quería ayudar en mis negocios. ¡Es distinto! ¿Tú quién te has creído que eres? La aprovechada del pueblo que siempre venía cuando más nos molestaba.

—¿Yo, aprovechada? El sinvergüenza te recuerdo que eres tú. Explotando el hecho de ser más joven para acostarte con ella y sacarle el dinero de sus joyas. ¡A saber qué le hiciste!

—¿Yo? No he hecho nada. ¿Has sido tú la que has lanzado mierda sobre mí? ¡Qué fácil te ha resultado quitarte de en medio señalando a otros! ¿Verdad? Tú siempre le tuviste envidia. Me lo decía ella. ¡Seguramente fuiste tú! ¡Desde pequeña la miraste mal!

Estuvieron lanzándose dardos envenenados el uno al otro sin parar hasta que el comisario decidió dar por concluido esa especie de careo. Regresó Aniano al calabozo y Manuela pasó a la salita de espera. Llegó allí, donde estaba Lucía, despotricando contra el novio de María Gracia. Pasados cinco minutos, llegó el turno de la más joven. Fue hasta el despacho andando con mucha seguridad.

—¡Pase, pase! —le dijo el comisario—. ¡Tome asiento!

Lucía se sentó y Margot hizo lo mismo muy cerca de ella. El inspector Morales se había ido con el detenido. Se encontraban los dos solos para hablar con la más corpulenta del servicio de Fabiola de Mora y Aragón.

—¿Recuerda con precisión lo que ocurrió entre usted y la vidente, la tarde en la que la mataron?

—Sí, se lo he dicho ya varias veces.

—¿Le importa hacerlo una vez más? —insistió Margot.

—Manuela me aconsejó que consultara a María Gracia si iba a tener novio o no.

—¿Qué le dijo?

Lucía puso los ojos en blanco. Estaba harta de repetir lo mismo una y otra vez.

—Que, en uno de tantos recados que hago, conocería a alguien. No especificó cuándo.

—¿La vio rara? ¿Con un comportamiento extraño?

—Yo no la conocía, no podría decirle —respondió, ya molesta.

—Usted fue a la casa de María Gracia antes o después de enviar el paquete a Correos.

—¿Qué paquete?

—Usted nos habló de un paquete…

—¡Ah! Sí, es cierto. Un paquete para mi padre. No lo recuerdo bien, a lo mejor fue después. No sabría decirle. Voy mucho a Correos a enviarles cosas —titubeó Lucía.

—¿Al menos recuerda qué contenía?

—Ropa que me dio doña Blanca para él.

—¿Ropa? —insistió Margot.

—Sí. Un traje de don Gonzalo, su marido, y algunas cosas más.

—¿Ya les ha llegado a sus padres?

—No he hablado con ellos.

—No, todavía no ha llegado. ¿A qué cree que se debe? —quiso saber Margot.

—¿Y eso por qué lo sabe?

—Hemos hablado con su padre y no ha recibido todavía nada.

Lucía se puso en guardia, molesta porque hubieran ido a Quismondo. Comenzó a mostrar visiblemente su enfado.

—No entiendo qué hacen preguntando a mis pobres padres. ¿Qué tienen que ver con el asesinato de María Gracia? —Ahora Lucía se mostraba alterada.

—Solo estamos uniendo las piezas del puzle. ¿Cómo era ese traje?

—Pues un traje elegante, como todos los que tenía el señor. Insisto, no sé qué hago aquí. No tengo nada que ver con este asunto tan feo.

Empezó a frotarse las manos. Cada vez parecía más nerviosa.

—¿Cómo ha podido olvidar si fue o no fue a Correos a llevarlo?

—No lo tengo claro, la verdad. Ahora pienso que lo mismo me lo dejé allí, en la casa de la vidente. Salí rápido. Sinceramente no me acuerdo qué hice después. Me impactó mucho estar con una persona que sabía mi futuro.

Margot iba tomando nota de algunas de las incongruencias que iba expresando Lucía.

—¿Quién cree que ha podido ser el asesino? —preguntó el comisario.

—No sé… ¿El señor ese con el que se veía? Eso dice Manuela. ¡Yo no sé nada! ¡Estoy harta, francamente! Tenemos mucho trabajo en casa de doña Fabiola para estar aquí repitiendo una y otra vez lo mismo.

—Está bien, váyase, pero no salga de Madrid —le recordó el comisario, muy serio.

Lucía y Manuela salieron de la comisaría con la sensación de que estaban perdiendo la paciencia.

—Me dan ganas de irme y que no me vuelvan a ver —comentó Manuela.

—Pues yo ni te cuento. ¿Tú te crees que me preguntan por quién ha podido ser el asesino? ¿No sé qué esperan que les diga? ¿Que fuiste tú o que fui yo? ¿Están locos? No tienen ni idea de por dónde tirar.

—¡Sí que estás enfadada! Parece que estás a punto de que te salgan esos demonios de los que tanto me has hablado.

—A puntito…

 

47

De despedida en despedida

Al día siguiente, Margot se organizó primero para ir con Harry Parker a ver a Vicente Cerezo. Aprovechó que tenía libre esa mañana para acompañar a Almudena y saldar la deuda moral que tenía con el detective. El gran acto de la despedida de Fabiola tendría lugar a las cinco de la tarde, por lo que tenían tiempo suficiente. Camino de la agencia de detectives, Harry y ella se fueron a desayunar a San Ginés, el tradicional local en pleno corazón de la capital al que iban a menudo a tomar chocolate con churros. Margot seguía dándole vueltas a la cabeza sobre quién podía ser el asesino de María Gracia.

—Harry, ¿me podrías dejar mañana un traje tuyo? Quisiera vestirme de hombre y pasar cerca del portero, donde vivía la vidente. Estamos buscando al tipo que vio y que se despidió de él diciendo: «¡Con Dios!». ¿Recuerdas?

—¡Por supuesto! ¿Quieres hacer la prueba tú? ¿Qué quieres demostrar? —preguntó.

—Que en lugar de un hombre, podríamos buscar a una mujer vestida de hombre. Así de sencillo —afirmó Margot.

—Pienso que será difícil que no se percate de que eres una mujer. Pero lo intentamos. A mediados del siglo pasado, una mujer detective, Kate Warne, fue contratada por una agencia que se llamaba Pinkerton y solía disfrazarse para hacer su trabajo con una gran habilidad, y más de una vez se caracterizó de hombre.

—¿Lo intentamos por la mañana?

—Me gusta. ¡Lo intentamos!

Harry le contó que durante esos días había tomado posesión de su nuevo despacho en el Ministerio de Asuntos Exteriores y que pronto tendría que ir a Londres a recoger sus cosas de la embajada española y despedirse de todos.

—Sentiré mucho despedirme de tus tíos, han sido como unos padres para mí también. Todo tiene un principio y un final, pero yo seguiré persiguiendo mi sueño.

—¿Tu sueño?

— Decía Antoine de Saint-Exupéry: «Haz de tu vida un sueño y de tu sueño una realidad». Estoy en ello, Margot. Mi sueño sería caminar a tu lado, ya lo sabes.

Se produjo un silencio y, como siempre, la joven contestó con evasivas.

—Harry, no es el momento. Ahora tengo que resolver este asesinato. Hablar de esto me genera intranquilidad.

—Algún día deberías enterrar tus miedos, pero… aquí estaré esperándote.

Margot le cogió de la mano, le sonrió y se bebió de un trago todo el chocolate que tenía en la taza. Al terminar, se quedó con el labio superior manchado y Parker no pudo por menos que sonreír.

—¡Eres como una niña! Está bien, abordemos lo que más te preocupa.

Salieron del local y se fueron caminando hasta la agencia de detectives. Al llegar, vieron que Vicente Cerezo estaba reunido con una detective de la agencia de Carolina Bravo, la primera detective que había montado su propio negocio en Barcelona, con la que preparaba una reunión de detectives a escala nacional. En cuanto se fue la visita, Vicente los recibió con efusividad.

—¡Mis queridos amigos!

Parker lo abrazó y se resintió de sus heridas. Todavía estaba convaleciente.

—¡Cuidado! Me duele cuando me abrazan como tú lo has hecho.

—Parker no sabe medir su fuerza… —le dijo Margot mientras simplemente besaba a Cerezo.

—Bueno, a mí también me duele el brazo, no vayáis a creer que el balazo no me dejó secuelas.

Al poco de estar charlando, apareció Almudena Pimentel con su pequeña en un cochecito. Todos se levantaron para ver a la pequeña Margarita, que sonreía sin discriminar a nadie. Margot se alegró mucho de que hubiera ido hasta allí sin su hermano y su cuñada, que no dejaban de vigilarla a todas horas.

—Me gusta verte defendiendo tu maternidad ante cualquiera —le confesó, orgullosa.

—Margot, me está resultando difícil. Necesito un trabajo, si no, a mi niña la tendrá que cuidar mi cuñada. No tengo donde ir. Debo seguir viviendo con mis padres.

Vicente Cerezo, que había escuchado toda la conversación, se dirigió a ella mirándola fijamente a los ojos.

—Perdonad que me entrometa. Estoy buscando una secretaria y para mí sería un gran honor que fueras tú.

—No sé si estaré a la altura. Llevo mucho tiempo encerrada en París y ahora en Madrid… —titubeó.

—Almudena, eso son excusas —le recriminó Cerezo—. Yo te enseñaré todo lo que hay que saber para ese puesto. No te niego que, al final, tendrás que hacer un poco de todo. Incluso averiguar algunos temas que se nos resistan. Aquí todos somos detectives. Y te diré que no hay nada mejor para hacer seguimientos que una madre paseando a su hija. Te aseguro que nadie sospechará de ti.

—Me lo pensaré muy seriamente. Sería una manera de independizarme y seguir con mi hija.

—¡Tú puedes, Almudena! —la animó Margot.

Almudena pensó que su madre podría ayudarla, poniéndose de su parte. Pidió que le dejaran pensarlo un par de semanas. Nadie como la propia Margot sabía que la presión era la peor de las compañeras de viaje.

Estuvieron hablando de lo valiente que fue al dar a luz en unas circunstancias tan adversas. También de la experiencia de ayudarla a traer al mundo a Margarita y de cómo ese episodio ya los había unido para siempre. Después tomaron un ligero aperitivo y se fueron de allí. Margot se despidió a toda prisa, cogió un taxi camino del ayuntamiento.

Sobre las cinco de la tarde, el conde de Mayalde y alcalde de Madrid fue con una pequeña comitiva a buscar a Fabiola de Mora y Aragón a su casa. El alcalde viajaba en un Rolls-Royce negro, escoltado por doce motoristas. Se bajó del coche para recoger a Fabiola, que esa tarde iba a recibir el título de hija predilecta de Madrid. Los fotógrafos allí apostados no dejaron de disparar sus cámaras.

—Deseo que esta despedida sea para usted inolvidable —le dijo el conde al verla.

Fabiola vestía un traje oscuro. Descartó el beis, ya que deseaba hacer un guiño a Balduino; a última hora, para que destacara en su vestimenta, se colocó un lirio morado como amuleto de la realeza. Encima se puso un abrigo de mouton marrón oscuro y un tocado muy original que le envolvía toda la cabeza. A lo largo de todo el recorrido hasta el ayuntamiento, había gente con pancartas que aplaudían a su paso y le deseaban suerte desde lejos, gritando su nombre. Otras personas lanzaban claveles a su paso y corrían unos metros siguiendo el vehículo. Cuando llegaron al ayuntamiento y entraron en la sala de plenos, las autoridades políticas y las altas personalidades de la nobleza invitadas se pusieron en pie y aplaudieron. Inmediatamente, le hicieron entrega del más alto honor de Madrid. Fabiola agradeció ese reconocimiento con unas sencillas palabras. Inmediatamente después, los regalos comenzaron a desfilar: un bolso de oro con diamantes engastados y un neceser de plata dorada hecho a mano. Ambos, regalos de los grandes de España. Posteriormente, le entregaron un reloj de pulsera de oro, platino y brillantes, ofrecido por la alta aristocracia española. Igualmente, un medallón con perlas y brillantes, realizado por Villanueva y Laiseca, uno de los joyeros de más prestigio de la capital, regalo del marqués de Casa Torres, tío de la novia. Por último, le hicieron entrega de una bandeja de plata que le regalaba la Cofradía de Pescadores de San Sebastián, con los nombres de todos los barcos del Club Náutico al que pertenecía Fabiola… Y así un sinfín de regalos que fueron ofrecidos por personas a las que conocía desde niña.

La madre y los hermanos, incluido Jaime, que ya había regresado de la Costa del Sol, estuvieron muy emocionados en un acto tan entrañable y generoso, que finalizó con unas palabras muy cariñosas que le dedicó una niña que se llamaba Fabiola, como ella, y hablaba en representación de todos los niños de Madrid.

Una vez que saludó a todos en un besamanos larguísimo, la llevaron al balcón y allí todas las personas congregadas en la calle comenzaron a vitorearla y a desearle felicidad. Una de las que llevaban la voz cantante le gritó: «¡Muchos hijos!». Fabiola se tocó el corazón en señal de cariño y le contestó a la mujer en voz alta: «¡Dios te oiga!». La madre de Fabiola no pudo reprimir las lágrimas desde que empezó el acto hasta que concluyó, igual que sus familiares y amigas.

Margot tomaba nota de todo y, cuando se pudo acercar a ella, Fabiola le dedicó unas palabras: «No puedo recibir más cariño de mi ciudad». «Estoy muy emocionada». «Me voy a Bélgica con todo el amor de los españoles».

Cuando el acto del ayuntamiento acabó, la trasladaron hasta la catedral de la Almudena. Allí la recibió el primado de España, que la condujo hasta la capilla para que rezara a solas a la patrona de Madrid. La tradición contaba —y así se lo expresó uno de los sacerdotes de la catedral— que «durante la invasión musulmana, los cristianos ocultaron la imagen de la Virgen en un tramo de la muralla para protegerla. Tras la reconquista, el muro se abrió durante una procesión y dejó a la vista la talla intacta».

Por lo que le habían contado a Fabiola, el nombre de Almudena hacía referencia a la fortaleza. Por eso pidió a la Virgen que la ayudara «a ser una buena esposa y una buena reina, así como a tener fuerza y resistencia». Echaba de menos que Balduino no estuviera presente. Se acordaba de él en todo momento. Después de rezar, ofreció un gran ramo de flores a la Virgen y departió a la salida de la catedral con todos los amigos y conocidos que habían querido ser testigos del momento. Se despidió una última vez de todos con mucha emoción y regresó a su casa, junto a su madre, hermanos y amigas.

Al subir las escaleras del palacete familiar, dirigió una última sonrisa a los periodistas. Tras atravesar el umbral se dejó caer en el sofá del salón. Milagros le acercó un caldo para que pudiera reponerse.

—Está hecho con mucha sustancia. Esto levanta a un muerto —afirmó el ama de llaves.

—Gracias, lo necesito de verdad.

Estuvo un rato departiendo con todos hasta que vio que era la hora en la que solía hablar con Balduino. La familia y los amigos siguieron reunidos. Cuando pudo localizarlo, le contó cómo habían sido los actos y el rey comprendió que estuviera agotada.

—¿Sabes? Cuando tantas personas nos han dado la mano, conviene ponerla debajo del grifo del agua fría. Y, si tienes hielo, pon algunos cubitos en una servilleta y lo aplicas en las articulaciones. Mejorarás muchísimo.

—Lo haré… Balduino, ha sido muy bonito —aseguró, emocionada—. La gente estaba apostada en la calle durante horas solo para aplaudirme y gritarme cosas bonitas. No había visto nada igual en todos los días de mi vida.

—Fabiola, todo el mundo te quiere…

Margot quedó en acudir al Palace en cuanto acabaran los actos. Parker la esperaba en su habitación. Uno de sus trajes estaba encima de la cama. Quería vestirse para demostrar que el portero no distinguiría si era una mujer o un hombre. Pero ya se había hecho tarde. Además, la ropa de Parker le quedaba excesivamente grande, parecía un payaso. Probaría con algún traje de su tío. Parker le propuso otro plan.

—¿Quiere usted, «señorita», cenar conmigo?

—Creo que va a ser lo mejor.

Se fue al baño y, antes de cambiarse, aprovechó la bañera y la llenó de agua y de jabón.

—¡Harry, me voy a dar un baño! —le dijo en voz alta—. ¿Por qué no cenamos aquí y luego me acompañas a casa?

—¡Está bien! Pediré algo al servicio de habitaciones.

Veinte minutos después, Margot salió como nueva, vestida y con el pelo mojado. Harry se había quitado la corbata y los zapatos y andaba descalzo por la estancia.

—Harry, ¿me dejas tumbarme en la cama?

—¿Cómo me haces esas preguntas? ¡Haz lo que quieras!

Harry se fue al baño y también se relajó bajo los chorros del agua caliente. Se volvió a vestir y salió con la intranquilidad de siempre. Hoy menos que nunca quería meter la pata. Se tumbó en la cama al lado de Margot.

—¿Recuerdas cuando compartimos habitación en París como el señor y la señora Parker?

—¡Claro! ¡No ha pasado tanto tiempo!

—¿No te gustaría ser la señora Parker de forma definitiva? —le dijo con una sonrisa.

—¿Me estás proponiendo algo más que salir juntos? Creo que lo que dices no parece una broma.

—No lo es —reiteró Parker—. Te estoy proponiendo que vayamos juntos por la vida, por el camino del conocimiento y la perfección, como decía Platón. —Volvía a recurrir a la filosofía que tanto le gustaba a Margot—. ¡Formamos un buen equipo! ¿No crees?

Se sentó apoyado en la cabecera de la cama, sin dejar de mirarla a los ojos.

—Creo sinceramente que, si no existiera la maldad, podríamos ser felices. Pero, como dice Schopenhauer, «el mundo es esencialmente malo, un lugar de miseria irredimible con chispazos de horror». No podemos escapar a lo que está pasando a nuestro alrededor.

—¡Sí! Podríamos escapar creando un mundo paralelo. ¿Qué te parece? —insistía Parker.

Llamaron a la puerta y dejaron esa conversación tan profunda. Era el servicio de habitaciones, que llevaba la cena. No es que tuvieran mucha hambre, pero removieron la comida del plato. Margot no dejó de mirar a Harry durante toda la cena, como si lo hubiera descubierto por primera vez. En torno a las diez y media de la noche, le pidió que la acompañara a su casa caminando. A punto de llegar al número 27 de la Gran Vía, Parker insistió:

—No tengas miedo a dar el paso que te estoy proponiendo. El miedo nos paraliza, hay que liberarse de él. ¿No te das cuenta?

Margot lo abrazó y le dijo: «Puede que tengas razón». Sin más, lo besó en la boca y después echó a correr hacia su portal. Harry, una vez más, se quedó paralizado. «¿Este beso significa un sí? ¿Me quiere?». Regresó al hotel dando vueltas al único tema que lo tenía obsesionado.

Al día siguiente, Margot se levantó de muy buen humor y le pidió a Camila un traje de su tío para probárselo. Vestida como Julián Martín-Briz, salió a que la vieran sus «guardianas».

—¿Vas a un baile de disfraces? —preguntó Camila.

—No, quiero ver si el portero de la casa de la vidente que fue asesinada reconoce que soy una mujer. Necesito pruebas.

Sátur, que la oyó, le sugirió que se quitara el pantalón. Le cogería el bajo y así podría ser más creíble.

—¡Siempre está metida en algún lío! Rezo por las noches para que sus tíos no se enteren y no se la lleven de aquí.

—Ya no sé qué decir cuando llaman y no la encuentran… —comentó Camila.

—Bueno, ahora, con lo de Fabiola, tenéis una excusa perfecta.

Sátur cogió el bajo y también el largo de las mangas. Margot completó su atuendo con una camisa de su tío y una corbata. Estaba lista para hacer la prueba delante del portero. A los pocos minutos, llamaron a la puerta. Era Parker, que iba a buscarla para llevarla hasta la casa de la vidente. Su comentario le salió del alma.

—Lo siento, pero no pareces un hombre.

—Señor Parker, todavía no me ha visto usted actuar. ¡Vámonos!

En menos de veinte minutos ya estaban en la calle Hermosilla. Pararon antes de llegar al inmueble donde vivía María Gracia. Parker se acercó a entretener al portero. Hizo que se girara para que no viera quién entraba y quién salía. Pudo Margot aprovechar para colarse en la casa. Esperó cinco minutos y bajó. Se ladeó el sombrero y consiguió andar con modales masculinos. Al salir, haciendo más grave su voz, le dijo un simple «¡Adiós!» y se fue. El portero, que ya estaba de cara a la puerta, saludó y siguió hablando con Parker.

—Perdone, el señor que ha salido, ¿lo conoce?

—No le he visto la cara. Creo que no. En esta escalera entran y salen muchas personas y no voy a parar a todos —le informó el portero.

—Entiendo. Pues muchas gracias.

Harry se fue hacia el coche, donde lo estaba esperando Margot.

—¿Qué te ha dicho?

—Ha creído que eras un hombre. ¡Puede que tengas razón! El asesino no tiene por qué ser un varón.

Fabiola dejó para el final de su estancia en España la segunda prueba de su traje de novia. Cristóbal Balenciaga se había desplazado a Madrid con la capa de seis metros que había que añadir al traje de novia. Acudieron de nuevo su madre y sus tres hermanas, Neva, Annie, y Mari Luz. Balenciaga no quiso que ellas la ayudaran a vestirse esta vez. Las prefería de observadoras. Fue su modista de más confianza, Felisa Irigoyen, quien la ayudó primero a ponerse el traje; después, junto con las hermanas Carriches Urías, le colocaron en la espalda la enorme capa realizada con seda de las sederías Fábregas de Barcelona. Ya estaban hechos también los zapatos por la firma Noguerón, de Elda, en la misma tela del vestido. Por lo tanto, ya no habría ninguna modificación sobre el diseño definitivo que luciría Fabiola el 15 de diciembre, en la catedral de Bruselas. La tiara que sujetaba el velo sí sería distinta, pero se podían hacer a la idea de cómo resultaría el día de la boda. Felisa y las hermanas Carriches salieron del probador y abrieron paso a Fabiola, convertida en novia. Comenzó a andar por la estancia rodeada de espejos hasta que los seis metros de tela se extendieron. Todas las mujeres de la familia se quedaron sin palabras.

—¡Es el traje de una auténtica reina! —exclamó su madre.

Sus hermanas empezaron a aplaudir entre lágrimas.

—¡Una maravilla, Cristóbal! —dijo Annie.

—¡Precioso! —comentó Mari Luz.

—¡Una obra de arte! —añadió Neva.

El modisto, a pesar de que todas veían que el traje le quedaba como un guante, comenzó a poner algunos alfileres aquí y allá.

—Mi obsesión son las mangas y que no haya ni una sola arruga en el talle. ¡No adelgaces más, Fabiola!

—Lo intentaré —comentó entre risas.

—De todas formas, estaré allí para ayudarte a vestirte junto con Felisa para que el vestido salga perfecto de palacio.

—Muchas gracias. Yo ya me voy a Bruselas mañana. Me esperan allí unos días con bastantes actos también.

—Vas a llegar a la boda agotada—le dijo su madre.

—Sí, es cierto, pero muy ilusionada. Todo lo que estoy viviendo parece salido de un sueño.

Fabiola regresó a la casa familiar con su madre y sus hermanas. Casi todo lo importante estaba embalado ya y tan solo le quedaba tener un final de día tranquilo con su familia. ¡Sería el último!

Margot llamó a Fabiola para desearle lo mejor en su nueva vida como reina. Al no poder ponerse al teléfono, pidió hablar con Violeta. Cuando esta contestó, le expresó sus mejores deseos para el futuro. Después le pidió un favor…

—Violeta, necesitaría un traje de don Gonzalo. Se lo devolveremos enseguida.

—¿Un traje?

—Sí, parecido al que regaló doña Blanca a Lucía para su padre. Le pido absoluta discreción.

—No creo que haya ningún problema. ¿Dice que lo devolverá enseguida?

—Sí. Solo es para una prueba que deseamos hacer en la comisaría.

—¡Un momento!

Al rato, se puso de nuevo al teléfono.

—Sí, pueden venir a por él ahora mismo, si quieren.

—Muchas gracias.

Ese mismo día acudió el chófer del comisario jefe a recoger el traje. Media hora después, ya lo tenía Margot encima de su mesa. Se acercó al despacho del comisario.

—Don Eusebio, creo que una de las dos mujeres del servicio de Fabiola pudo cometer el crimen, vestida de hombre. Me gustaría probárselo a las dos aquí. ¿Le parece descabellado?

—Sí, la verdad. ¿Cree que una de las dos cometió el asesinato y después se vistió de hombre?

—Sí. Tengo la duda de si fue Manuela, que, al ver el paquete olvidado de su amiga, decidió vestirse con el traje de don Gonzalo y salir de allí camuflada como hombre, o, por el contrario, fue Lucía, que, tras matar a la vidente, vio una salida vistiéndose con el traje que iba a enviar a su padre.

—Ciertamente enrevesado.

Margot se fue a casa y no dejó de pensar en la prueba que tenía entre manos. Nada más cenar, acudió a su cuarto. Necesitaba pensar. Rebuscó en su bolso la pipa de su padre, le echó tabaco y se puso a fumar. Parecía que la ayudaba a pensar mejor. Según ascendía el humo hacia el techo, lo vio con claridad…

—Una, Manuela, pudo matar por envidia —decía en un soliloquio interminable en voz alta—. La otra, por ambición o por accidente. No habría que descartarlo, y luego la remató con algo contundente por miedo a que la descubrieran. A una de las dos, la vidente le dijo algo que no le gustó. Seguro. Se acordaba de las cartas que todavía permanecían boca arriba y de las del tarot, tiradas en el suelo. Eran las peores que le podían salir a una persona. Lo había consultado en su momento con un vidente. María Gracia se asustó. Seguramente, vio las intenciones de una de las dos. Debe de ser terrible descubrir que alguien que está en tu casa te quiere hacer daño. María Gracia, por algo que dijo, precipitó su final.

 

48

Camino de una nueva vida

Fabiola no pudo sujetar las lágrimas al despedirse de toda la familia: de sus hermanos, de sus sobrinos y primos. También quisieron acompañarla sus amigas. Los abrazos eran prolongados porque no sabían si, cuando volviera como reina, podrían seguir haciéndolo.

Los miembros del servicio se colaron en hilera para darle la mano y desearle «la mejor suerte del mundo».

—Espero que no nos olvide muy pronto —le dijo Enrique, el mayordomo, que había desarrollado allí toda su vida profesional y hablaba en nombre de todos.

—Imposible. Os llevaré siempre conmigo.

Su madre lloraba emocionada también. Viajaría con ella hasta Bruselas. Durante todo el trayecto en coche desde la calle Zurbano hasta el aeropuerto, Fabiola se acurrucó en su hombro. Miraba a la vez con mucha atención la ciudad que iba dejando atrás.

—Hija, la próxima vez que regreses a España, ya lo harás como reina —dijo doña Blanca, muy orgullosa.

—Lo sé, a partir de ahora, viajar de forma anónima para mí será imposible —se lamentó—. Lo tengo asumido. Por favor, mantenme al corriente de todo cuanto suceda por casa. ¿Me lo prometes?

—Tranquila, te mantendré informada de todos los cotilleos familiares.

—¿Vendrás a verme cuando me instale, mamá?

Se acurrucó más en su brazo. Hubiera prolongado mucho más ese momento.

—Seguro que sí, Fabiola. Ahora disfruta de tu boda. Si hay alguien que es consciente del paso que va a dar, esa eres tú.

—Te aseguro que me caso enamorada de Balduino.

—Lo sé, te conozco —le reiteró su madre.

En Barajas, además del público espontáneo que deseaba despedirla, se encontraba el ministro de Asuntos Exteriores, en nombre del gobierno de España.

—Aquí siempre será bien recibida —le dijo de forma protocolaria—. Espero que venga pronto con el rey de viaje oficial. Será un honor para España.

El embajador belga, el vizconde Berryer, estaba allí en representación de Bélgica para realizar el trayecto hasta Bruselas con ella.

La esperaba el DC-6 militar que había puesto Balduino a su disposición. Su fiel Violeta ya estaba dentro. Había salido media hora antes que ellas para organizarlo todo.

Fabiola, cuando llegó a lo más alto de la escalerilla del avión, se volvió hacia la gente, que llevaba horas esperándola, y saludó con la mano a todos durante varios minutos. Para ese momento, se vistió con un chaquetón de visón y un gorro a juego. Ya parecía toda una reina. Una vez que cerraron la puerta del avión, se acomodó en su asiento y permaneció callada. Fue rezando todo el camino y pensando en el cambio radical que iba a sufrir su vida. Su madre no quiso interrumpirla y la dejó tranquila. Doña Blanca, la última media hora, la hizo dormida, apoyada en la pequeña ventanilla del DC-6.

Cuando el comandante del avión les dijo que se aproximaban al aeropuerto de Bruselas, Fabiola comenzó a ponerse nerviosa. No sabía si Balduino podría ir al aeropuerto a recibirla. El avión aterrizó sin novedad y se aproximó a la pasarela móvil que conectaba el aparato con la terminal. Todos recibieron la orden de salir de la aeronave antes que Fabiola, y le dijeron que ella debería ser la última, a excepción del comandante.

Se disponía a abandonar el avión cuando reconoció una figura que se acercaba a ella y le tendía la mano para ayudarla a salir. Era la de Balduino, que deseaba ser el primero en recibirla.

—Bienvenida a tu país, Fabiola —dijo, visiblemente feliz.

Emocionada, se bajó del DC-6 y el rey la abrazó y la besó con todas sus fuerzas. Fabiola había soñado muchas veces con ese momento y Balduino también.

—Ya nada nos va a separar. ¡Siempre juntos, Balduino!

—¡Siempre juntos, Fabiola!

Se cogieron de la mano y fueron corriendo hasta la salida, donde los esperaban más de tres mil personas para darle la bienvenida. Fabiola se quedó muy impresionada por el recibimiento y saludaba agitando la mano desde la distancia.

Su próximo destino era el palacio Real de Bruselas.

A miles de kilómetros de allí, en Madrid, el coche del comisario jefe recogió a las dos mujeres que nuevamente habían sido citadas en comisaría, Manuela y Lucía. La responsable del servicio en la casa, Milagros, protestó ante tantas salidas y tantos interrogatorios. Ellas comentaron que estaban tan cansadas como ella de tanto viaje a la Puerta del Sol.

—Espero que sea la última vez —comentó Lucía.

Veinte minutos después, llegaban a la Brigada de Investigación Criminal. Un policía las condujo hasta el despacho del comisario. Margot se encontraba con él, esperándolas.

—Vengan conmigo, enseguida les explicaré qué tienen que hacer.

Mientras tanto, el inspector Gutiérrez esperaba en la calle la llegada del portero de la finca donde encontraron muerta a la vidente. Confiaba en que identificara a una de las dos mujeres, una vez que se vistieran con el traje de don Gonzalo. Efectivamente, nada más llegar el portero, el inspector lo llevó a una de las salas que tenían para que los testigos reconocieran a través de un cristal a los sospechosos, sin que estos los vieran a ellos.

Margot separó a las dos mujeres. Manuela fue la primera a la que propuso vestirse de hombre. Se quedó paralizada al escucharla y no supo reaccionar. Margot insistió en que lo tenía que hacer para descartarla como sospechosa.

—¿Es que creen que soy la asesina?

—¡Sí! —contestó Margot sin ningún tipo de paño caliente—. El hecho de que colabore con la policía significará mucho para nosotros.

Comenzó a vestirse por los pantalones y siguió con la camisa y la chaqueta. Margot la ayudó a colocarse la corbata y el sombrero, con una de las alas tan baja que no se le veía la cara. El pelo también logró ocultarlo por completo.

—Esta tontería que voy a hacer ¿para qué es?

—Para descartar su culpabilidad. Tendrá que entrar en un lugar donde usted no verá a nadie. Le pediremos que se mueva y camine de un extremo a otro de la habitación.

Algo nerviosa, se introdujo en ese cuarto donde debía pasear un rato. Manuela tenía menos estatura que don Gonzalo y el pantalón le estaba largo. Aun así, no se tropezó.

En el interior de la habitación con cristal, el portero la descartaba.

—No, me parece que no es la persona que vi. Anda raro, como insegura. Parece más delgada. No, no es.

Hicieron desvestirse a Manuela y la llevaron con el comisario, que comenzó a interrogarla. Mientras tanto, Margot llevó el traje, la camisa y el sombrero de don Gonzalo al lugar donde esperaba Lucía. Esta, al conocer sus intenciones, se negó a vestirse.

—No voy a hacer eso que quieren. ¡De ninguna manera!

Se puso muy nerviosa y realmente enfadada.

—Su compañera lo ha hecho, y no ha pasado nada. Vamos descartando posibilidades con testigos que vieron salir a un hombre de la finca.

—¡Pues busquen a un hombre o vístase usted!

—Lo he hecho… Está bien, si se niega a colaborar, pasará a los calabozos hasta que decida un juez. Lógicamente, avisaremos en su trabajo y a su familia.

—A mi familia, ¡no, por favor!

Refunfuñando, se vistió. Como era más corpulenta que Manuela, el traje lo llenó. El largo le quedaba bastante bien, precisamente porque también era más alta que su compañera. Margot primero le recogió el pelo y luego le puso el sombrero, calado e igualmente ladeado para que no se le viera la cara.

Fue enfadada hasta la habitación, donde la introdujeron y le dijeron que simplemente caminara. Lo hizo de tal forma que se percibió que no se trataba de un hombre. Seguramente por cómo movió las caderas.

En la otra habitación, el portero le dijo al inspector Gutiérrez que tenía las mismas hechuras del hombre al que vio, que era un tanto recio, pero claramente esa persona que estaba allí se contoneaba como una mujer.

—No es. Yo vi a un hombre.

—Muchas gracias —le dijo Gutiérrez, y le dejó ir de vuelta a su trabajo en la portería.

Antes de salir de la habitación, se acordó de algo.

—Por cierto, llevaba algo en un brazo. Podría ser un abrigo. Sí, me acabo de acordar.

—Está bien… Un abrigo.

Margot, por su parte, le dijo a Lucía que se cambiara.

—De todas formas, no ha hecho nada por parecer un hombre. Al contrario.

—Yo he hecho de mí misma, soy una mujer.

—Está bien. Espere un momento.

Margot la dejó cambiándose. Acudió al despacho del comisario, donde ya había terminado con Manuela. Le permitieron que se fuera de nuevo al palacete de los Mora. Con Lucía quería hablar también el comisario. Antes, el inspector Gutiérrez les dijo que el testigo creía que el hombre al que vio salir llevaba un abrigo en un brazo. Cuando Lucía ya estuvo cambiada, la condujeron hasta el despacho de don Eugenio Benito Poveda.

—¡Siéntese! —le dijo muy serio el comisario—. Hemos sabido por la autopsia que el primer golpe en la cabeza fue fortuito, los otros fueron destinados a acabar con ella. ¿Cree que el miedo pudo tener que ver con esta reacción?

—No lo sé…, sinceramente.

—Nos gustaría saber qué hizo durante un par de horas, al salir de la consulta, si no acudió a Correos —preguntó Margot.

—No lo recuerdo. Lo tengo borrado. Probablemente, pasear por Madrid.

—¿Por dónde paseó para llenarse de barro? —Recordaba que había lavado el abrigo.

—No lo sé.

—¿No sería sangre? Se manchó de sangre y por eso lavó el abrigo, después de quitarse el traje de don Gonzalo. Iba usted vestida por dentro y simplemente se lo quitó y lo tiró.

—No es cierto. Mi abrigo se manchó de barro. Y yo no me vestí de hombre.

Lucía se echó a llorar. El comisario mandó a Margot que saliera de su despacho para dialogar con él afuera.

—Margot, no tienes nada. Creo que te estás ensañando con ella. Hay que dejarla en libertad.

—Está bien… Creo que me estoy precipitando.

Lucía, minutos después, salía de la brigada con tanta prisa que cogió el metro y llegó al palacete sin darse ni siquiera cuenta de que habían transcurrido veinte minutos. Solo deseaba encerrarse en la habitación y no hablar con nadie.

El 10 de diciembre, el palacio Real de Bélgica abrió sus puertas a los cuatro mil invitados que deseaban saludar a Balduino y Fabiola antes de su boda, que tendría lugar cinco días después. Acudieron los presidentes de las cámaras, el gobierno en pleno, los parlamentarios, los funcionarios de más renombre, así como personalidades del mundo de la cultura y de la sociedad belga. El primero en saludar a los novios fue el primer ministro, Gaston Eyskens. Después comenzaron a desfilar uno a uno los invitados. Los novios les dedicaban palabras amables que los hacían sentir especiales. Balduino, de vez en cuando, cogía de la mano a Fabiola. Se miraban con tanto afecto que todos percibieron que el amor los había unido. Fabiola estuvo muy simpática y risueña con todos. No hubo nadie que después de conocerla no la elogiara. Balduino no cesaba de decir que «ella era un regalo de Dios». Otros que la conocían por primera vez le comentaban al rey que «tenían la impresión de conocerla desde siempre». Al terminar la recepción, todos coincidían en que tenía la misma fuerza y la misma personalidad arrolladora de la reina Astrid. Para los belgas, suponía el mejor de los piropos. La madre de Balduino supo conquistar el corazón de los belgas.

No habían tenido casi tiempo de recuperarse de esa recepción cuando empezaron a llegar los primeros invitados al palacio Real y debían atenderlos. Todas las habitaciones, incluidos los desvanes recién rehabilitados de palacio, tenían una familia real como destinataria. Entre los primeros que ocuparon las estancias, se encontraban la princesa Margarita de Inglaterra y su esposo, Tony Armstrong-Jones; el príncipe Juan Carlos de España y sus padres, Juan de Borbón y María de las Mercedes, y los reyes Simeón de Bulgaria y Miguel de Rumanía.

Los novios tuvieron que desaparecer de palacio durante tres horas y dejaron a Leopoldo III a cargo de todos los invitados. Balduino y Fabiola debían acudir a la catedral de San Miguel y Santa Gúdula para los ensayos generales de la boda. Los diez niños del cortejo aprendieron a recorrer la nave contando los pasos.

Hacía mucho frío debido a las corrientes de aire dentro de la catedral. Los encargados de la organización protestaron.

—Doña Fabiola va a coger una pulmonía. ¡Necesitamos calentar esto!

Se les ocurrió pedir estufas de carbón para colocarlas por todos los huecos y recovecos de la catedral. El problema era entonces cómo taparlas. Idearon poner grandes cortinajes que disimularan los focos de calor. Un grupo de mujeres, en cuanto les proporcionaron la tela, se pusieron a coserlas en una sola noche.

Fabiola hizo el ensayo sin protestar por el frío del que todos se quejaban. Estaba maravillada de contemplar la catedral gótica por dentro, con sus vidrieras y sus capillas, donde se darían el sí quiero dos días después.

—¡Ya queda menos, Fabiola! —le dijo Balduino.

—Estoy fascinada. Dios ha querido todo esto para nosotros.

Por la noche tuvieron lugar en el palacio Real la cena y el baile de gala, ya con todas las casas reales y los invitados más ilustres que asistían a la boda. Se pusieron en pie cuando apareció Fabiola del brazo de Balduino. Ella llevaba un traje de seda salvaje rosa y un bolero de terciopelo negro. En la cabeza, la tiara de oro con piedras rojas y verdes que le había regalado el gobierno de España. Solo los plateros belgas y ella sabían que no eran piedras preciosas auténticas. Todos elogiaron lo guapa que estaba. Desde lejos, Carmen Franco le sonrió. Agradeció que cumpliera su palabra y se la pusiera para una noche tan especial. Todavía nadie de la familia Mora y Aragón le había hablado del incidente de las joyas.

El menú de esa noche fue elaborado por quince cocineros que durante días estuvieron cortando y fileteando verduras, así como preparando la langosta a las especias y la silla de jabalí, dos platos que gustaban especialmente a Balduino. Cuando llegó el momento del brindis con champán, tomó la palabra el rey Leopoldo III: «¡Qué feliz estoy, hijo mío, de que hayas descubierto la inmensa alegría del amor! ¡Alzo la copa por vosotros! ¡Os deseo que seáis muy felices!».

Todos aplaudieron, incluida la viuda de Alberto I, la reina madre Isabel, que no quitaba ojo a los novios. Llegó el momento del vals con el que Fabiola y Balduino abrieron el baile. Se miraron otra vez de tal forma que todos comentaban «lo enamorados que estaban». Balduino y Fabiola no se retiraron hasta que se fue el último invitado. Acabaron tan tarde que agradecieron que quedara un día más para la boda.

 

49

El puzle empieza a encajar

Margot seguía obcecada en que no era tan importante que la prueba del traje no hubiera salido como quería. Comentaba de nuevo con el comisario, delante de Harry Parker, su teoría sobre el asesinato de la vidente.

—Algo, durante la sesión de María Gracia con una de ellas, se torció. Con ese carácter que tenía, la debió de echar de su consulta con cajas destempladas… Pienso que previamente habría algún rifirrafe entre ellas y, al ir por el pasillo, la empujó con rabia. La mala suerte hizo que se diera en la cabeza con la pared y cayera mal al suelo.

—No está mal pensado. Al ver que caía mal, se golpeaba la cabeza y comenzaba a sangrar, se asustó. Cogió un bastón o algo contundente y la golpeó hasta matarla. Tuvo miedo de que la denunciara de haber quedado con vida —añadió el comisario.

—Pero ¿por qué se vistió de hombre? ¿Para disimular? En ese estado de nervios, ¿iba a tener la serenidad de vestirse de hombre y robar todas las joyas que desaparecieron del joyero? —comentó Parker, incrédulo.

—Sí, Harry. Era su única salida. Probablemente, las joyas las llevaba en los bolsillos del abrigo para hacernos creer que era un asesinato por dinero. El portero le dijo a Gutiérrez que recordó que el supuesto hombre llevaba algo en la mano, probablemente un abrigo.

—¿Piensas que las joyas todavía las tiene consigo? —preguntó el comisario.

—Convencidísima. No le ha dado tiempo a deshacerse de ellas.

—Pues pidamos otra orden para registrar las dos habitaciones. Hay que ponerlas de nuevo patas arriba. Debemos ir los miembros de la brigada más experimentados. Si es posible, esta misma tarde. Voy a hacer una gestión con el comisario jefe. Necesitamos que el juez no nos haga esperar.

Salió de allí el comisario y se quedaron Harry y Margot hablando del lugar donde podrían estar las joyas.

—Sin joyas, no es posible señalar como asesina a ninguna de las dos, o sin el arma del crimen —reflexionaba Parker.

—Lo sé, Harry. Las joyas son nuestra auténtica tabla de salvación. Pienso que, del objeto contundente sí que se deshizo.

Regresó el comisario con una sonrisa de oreja a oreja. Era evidente que había conseguido la orden.

—¡La tenemos!

Se dirigieron a la casa en dos coches, que aparcaron en los alrededores de la calle Zurbano. Margot y Parker fueron con el comisario. Los inspectores Morales y Gutiérrez subieron a otro vehículo. Al llegar, comprobaron que los periodistas se habían marchado de la puerta de los Mora y Aragón. En cuanto los cinco estuvieron preparados, el comisario tocó el timbre. Enseguida abrieron la puerta.

—¡Otra vez ustedes! —exclamó Milagros con un ostensible enfado—. No son horas para venir a esta casa.

—Solo queremos volver a mirar las habitaciones de Manuela y Lucía.

—¿No tienen bastante con el numerito de hacerlas vestir con el traje de don Gonzalo? ¡Menudo disgusto tienen las dos!

—Seremos breves —afirmó el comisario.

—Está bien. No quiero que hagan ustedes ni un ruido. Está don Jaime en su habitación. Cenará en media hora. Para entonces, los quiero a todos fuera de esta casa.

—Así será —le dijo don Eugenio, mostrándole la orden del juez.

Caminaron hacia la cocina y allí se encontraron con Manuela y con Lucía cosiendo. Les pidieron que dejaran las labores y abrieran sus habitaciones.

—¡Esto ya me parece cruel! —comentó Manuela mientras los acompañaba a su cuarto.

Se fueron con ella los dos inspectores. Comenzaron a sacar todo de los armarios y a tirarlo por el suelo. Abrieron cajones y los vaciaron igualmente, sin encontrar nada sospechoso. Hicieron lo mismo con su bolso, que sacudieron una y otra vez. El monedero, al chocar contra el suelo, se abrió y las monedas y la llave que llevaba en el interior se esparcieron por toda la habitación.

Margot y Harry se fueron con Lucía a su cuarto mientras el comisario se sentaba a esperar en una de las sillas de la cocina. El resto del servicio lo miraba sin entender lo que estaba pasando.

Abrió Lucía su habitación y Margot no tardó en subirse a una silla y mirar en el altillo del armario. No encontró nada. Harry, a su vez, sacaba las prendas del armario y las palpaba antes de apilarlas en el suelo. Los cajones se los dejó a Margot. Miraron cada rincón y tampoco encontraron nada.

Lucía sonreía mientras miraba sus potos medio secos y les quitaba hojas, ya completamente marrones. Harry la observaba y le pareció que su actitud no era normal. Apareció Milagros y les recordó que debían irse de allí cuanto antes.

—Señores, hay que ir pensando en abandonar este lugar. Hemos dicho media hora y llevan treinta y cinco minutos.

Margot miró a Harry con desesperación. Su teoría se desvanecía a cada segundo.

—Le pedimos disculpas una vez más —manifestó Margot.

—¿Hasta cuándo van a estar así con nosotras? —preguntaba Lucía con gesto altivo.

Los inspectores Morales y Gutiérrez aparecieron para decirles que no habían encontrado nada. Harry se fue hacia dónde estaba Lucía.

—La encuentro a usted muy tranquila. Demasiado, quizá.

Manuela, sin embargo, ya de nuevo en la cocina, no paraba de llorar.

—Sí, es cierto que estoy tranquila —contestó la más joven del servicio—. No es un delito, ¿verdad?

Harry salió por la puerta sin contestar. Margot tuvo un impulso antes de abandonar la habitación.

—Me va usted a perdonar, pero no me gustan sus plantas.

—¿Cómo? —Lucía no entendía lo que quería decir.

Margot extendió el brazo y dio un golpe a las macetas.

—Pero ¿qué hace? ¿Está loca? —dijo Lucía con la sonrisa congelada.

Los tiestos chocaron contra el suelo y se rompieron en mil pedazos. La tierra de los potos se esparció por el suelo. Todos se volvieron para ver qué había pasado y se encontraron con objetos brillantes esparcidos por la habitación. También apareció un rosario de oro y nácar.

—Mira, las raíces resulta que eran joyas… —manifestó Gutiérrez—. ¡Queda usted detenida por el asesinato de María Gracia!

Se formó un gran revuelo en la cocina y Manuela se acercó a ver qué es lo que pasaba.

—Pero ¿qué está ocurriendo? —Miró al suelo, con la tierra y las joyas esparcidas por todas partes—. ¿Fuiste tú?

Lucía estaba desencajada, pero no lloraba.

—Me trató como si fuera una escoria. Solo la empujé cuando salíamos por el pasillo, me llamó ladrona. ¡Solo había cogido su rosario de oro! Me puse nerviosa porque no entendí cómo lo supo. Se lo quité en un descuido. Me sentó muy mal y no medí la fuerza. Se golpeó la cabeza con la pared y cayó al suelo. Estaba sangrando, pero intentó incorporarse y es entonces cuando me ofusqué…

—¿Le salieron los demonios? —comentó el inspector Gutiérrez, tal y como había definido su padre el pronto que a veces tenía.

—No sé qué me pasó, pero tuve miedo a que me denunciara —continuó con el relato— y la golpeé con un paraguas que tenía allí. No sé cuántas veces lo hice. Empezó a sangrar y supe que la había matado.

Margot, desde cierta distancia, observaba la escena. Lucía había confesado el crimen. Necesitaba contarlo, y Manuela, después de haber llorado, la contemplaba con una cara que no alcanzó a entender. Le pareció que su boca dibujaba una medio sonrisa.

—¿Se vistió de hombre, verdad? —Margot necesitaba que corroborara su teoría.

—Sí, fue un pensamiento rápido. Antes cogí las joyas para simular un robo. Fui sorteando el reguero de sangre. Me agaché para darle la vuelta al cuerpo y corroborar que estaba muerta. Y sus ojos cerrados y su aspecto me indicaban que así era. Me manché de sangre el abrigo. Me puse perdida. Pensé que, si salía vestida de hombre, nadie me identificaría. De modo que me puse el traje de don Gonzalo y me llevé el paraguas tapado por el abrigo que sostenía en la mano izquierda. Se me ocurrió despedirme del portero como tantas veces había oído hacer a Manuela.

—¿Ahora dirás que no me querías incriminar? —Parecía Manuela dolida.

—Lo siento, Manuela. De verdad que yo…

—¡Déjalo!

Los inspectores se llevaron a Lucía a comisaría. Parker estuvo recogiendo las joyas que estaban debajo de los cepellones. Pero Manuela se fue precipitadamente a su cuarto. Le dio la impresión a Margot de que no estaba tan afectada. La siguió hasta su habitación y la vio recogiendo las monedas que estaban por el suelo y una llave que llevaba en el monedero.

—¿La ayudo a ordenar? —le preguntó Margot.

—No, no. Me han dejado todo esto como una cuadra…

Margot se quedó pensativa. Inmóvil. Solo la miraba y pensaba. Su mente iba a mil revoluciones. Algo no le cuadraba. Tuvo un presentimiento.

—Manuela, esa llave que guarda con las monedas, ¿qué abre?

Harry apareció por allí para decirle que tenían que irse, pero Margot le hizo un gesto para que esperara y guardara silencio.

—¡Contésteme, Manuela!

—Es de la casa de mis padres, en Bolaños.

—¿Le importa dármela? Se la devuelvo en un par de días.

—No entiendo su fijación conmigo, la verdad. Ya tienen a la asesina.

Margot seguía con la mano extendida y Manuela no tuvo más remedio que abrir el monedero y dársela.

—Ahora que me acuerdo, mis padres cambiaron la cerradura. La guardo, pero no sirve para nada. Me da suerte.

—No se preocupe. Solo voy a comprobar que no sea una llave que abra la casa de María Gracia.

—Pero ¿cómo se le ocurre que…?

Se puso Manuela más nerviosa que nunca.

—Usted dijo que volvió a las siete y que llamó, pero nadie abrió. Entonces utilizó la llave… Seguramente ella se la dio por si alguna vez se le olvidaban dentro las suyas o por alguna otra circunstancia. Usted la vio muerta…

Manuela se sentó en su cama, abrumada ante todo lo que estaba contando la detective. Sintió que la había descubierto.

—Sí, así fue —lo reconoció—. Estaba muerta. Me asusté y me fui corriendo de allí…

Harry asistía a esta nueva deducción de Margot con verdadera admiración. Le sorprendió porque parecía que seguía sacando conclusiones.

—Dijo el forense que no murió por los golpes, sino desangrada. Cuando usted entró en su casa y la vio tendida en el suelo…, ella abrió los ojos y le pidió ayuda… Probablemente con un hilo de voz… ¡Manuela, la dejó morir! Esa es una forma de matar.

—¿Estaba viva todavía? —preguntó Harry en voz alta.

—Sí, estaba viva. Eso es. Todo encaja —contestó Margot—. Sin embargo, salió toda la rabia que le tenía desde niña. No la asistió al verla malherida, simplemente dejó que se desangrara. Su cara de sorpresa se explica porque no daba crédito a lo que estaba usted haciendo. Hace falta frialdad y no tener sentimientos para no ayudar a una amiga y dejarla morir.

—A María Gracia en realidad la mataron dos veces —comentó Harry.

Manuela se tumbó en su cama y lloró desconsoladamente hasta que vino un agente de la policía y se la llevó también a comisaria. Margot y Harry se disculparon ante Milagros y se fueron de allí. En cuestión de segundos habían resuelto un crimen que, al principio, apuntaba en otra dirección.

Milagros no entendía nada de lo que estaba ocurriendo. Llamó a una prima suya que vivía en Madrid para que la ayudara en la casa. Pensó que, por fortuna, toda la familia, a excepción de Jaime, estaba en Bruselas. Enrique, el mayordomo, la acompañó durante toda la noche. Fue imposible pegar ojo. Demasiados sustos y demasiadas sorpresas. El ama de llaves se prometió a sí misma no pisar jamás la consulta de un adivino.

—¡No quiero saber nada del futuro! ¡Con vivir tengo suficiente!

 

50

Campanas de boda

Amaneció el día 15 de diciembre en Bruselas con una capa de hielo sobre el asfalto. Hacía mucho frío y los termómetros marcaban cero grados. La nieve, que había estado cayendo durante toda la noche, afortunadamente no había cuajado. El frío no frenó a los belgas y curiosos venidos de todas partes del mundo, que llenaron las calles para ver de cerca el paso del cortejo con los novios. La televisión belga conectó en directo una hora antes de la boda civil para que, por primera vez, los espectadores de todo el mundo pudieran seguir el acto civil y el religioso como si fueran unos invitados más de ese acontecimiento.

Primero se iba a celebrar el matrimonio civil en el salón del trono del palacio Real de Bruselas ante el gobierno, la familia y los invitados de más alto rango, con el burgomaestre de la capital como oficiante de la ceremonia.

Todo el palacio Real estaba adornado con flores blancas que colocaron los jardineros del palacio de Laeken. A las nueve y cincuenta y seis minutos, los invitados estaban sentados y los contrayentes a punto de aparecer. Balduino, con el uniforme de teniente general, fue el primero en llegar a la puerta del salón del trono. Una persona de protocolo le comunicó que la novia estaba de camino.

Balenciaga había madrugado para comprobar que el traje le quedaba a la novia como un guante. Felisa ayudó a vestir a Fabiola y la peluquera belga le colocó la tiara de las nueve provincias, que había pertenecido a la reina Astrid, sujetando el velo. Violeta le aplicó un poco de máscara de pestañas, algo de rubor en las mejillas y un color muy tenue en los labios. Balenciaga le dio su visto bueno y le dijo:

—Recuerda que eres la reina. El traje te va a acompañar, pero la que debe brillar eres tú.

Fabiola sonrió y se dirigió, ayudada por sus damas de honor, al salón del trono. Balduino no podía ocultar los nervios y, cuando la vio, se quedó sin habla. No pudo reprimir un elogio que le salió del alma.

—¡Eres la novia más guapa del mundo!

Entraron en el salón cogidos del brazo. Los invitados se pusieron en pie entre murmullos. Una vez que se sentaron, siempre la novia con la ayuda de Balduino, comenzó la ceremonia del matrimonio civil. Fue breve, pero se oyó perfectamente que los contrayentes decían «oui», cuando el burgomaestre les preguntó si deseaban libremente contraer matrimonio. Ese sí en francés se escuchó en todo el mundo gracias al seguimiento que estaba haciendo por primera vez la televisión.

A efectos civiles, ya eran marido y mujer. Así lo corroboró el burgomaestre de la capital. Fabiola estaba emocionada y casi no podía contener las lágrimas mientras caminaba del brazo del rey. El traje de seda blanca con el manto y la larga cola bordeada con visón blanco ayudó a que todos vieran por primera vez a la reina de Bélgica.

Los novios salieron del palacio Real en un coche acristalado en su capota. Eso permitía verlos con nitidez a su paso por las calles de Bruselas. Los dos saludaban con una sonrisa y movían las manos. El cortejo, formado por decenas de guardias reales montados a caballo, flanqueaba el frontal del coche nupcial y les abría paso. Igualmente, otros guardias reales, con tambores y trompetas, cerraban la comitiva. Atravesaron el Monte de las Artes y el boulevard de la Emperatriz hasta llegar a la catedral de San Miguel y Santa Gúdula. Allí se detuvo el coche nupcial y Balduino ayudó a salir a Fabiola. Las damas de honor colocaron la capa del traje y ayudaron a la novia a que la cola no se mojara y manchara con la humedad del suelo.

Entraron en la catedral del brazo, ella a la derecha de Balduino, tal y como habían ensayado, pisando la alfombra roja mientras sonaba la Marcha nupcial de Felix Mendelssohn. Dos cardenales y el deán de la catedral los recibieron con todos los honores. Fabiola, hasta su llegada al altar, miraba entre los invitados intentando encontrar a su familia y a sus amigas. Descubrió a Pilar llorando como una magdalena. Ciertamente se emocionó al verla, aunque también le sonrió. La novia, otra vez ayudada por Balduino, que no dejaba de atenderla en todo momento, se situó frente al reclinatorio. En realidad, ese era el rito que tenía más trascendencia para ellos, ya que la religión fue en realidad el nexo que los unió.

Balduino la miraba constantemente. Sabía que no había ingerido ningún alimento para poder comulgar en la ceremonia religiosa y temía que se desmayara en algún momento. Por si esa circunstancia se daba, llevaba un pequeño frasco con sales. Sin embargo, Fabiola aguantó. El cardenal preguntó a cada contrayente si aceptaba al otro libremente, y ellos prometieron fidelidad y amor «en la prosperidad y en la adversidad, amándolo y respetándolo todos los días de su vida». El «sí, quiero» de ambos sonó con claridad en la catedral y en las casas de cuantos lo veían a través de la televisión.

—Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre —sentenció el sacerdote.

Balduino miró a Fabiola. No hacían falta las palabras. ¡Estaban casados a los ojos de Dios! La novia se emocionó y con ella, millones de personas que la veían por televisión.

Desde el palacete de los Mora y Aragón, Jaime seguía el transcurso de la ceremonia sin perderse un solo detalle. El único hermano que no estaba presente en la catedral brindaba con champán a pesar de lo temprano que era.

—¡Por mi hermana! —dijo en voz alta bebiendo la copa de un sorbo.

Margot, junto a Harry, veía también la ceremonia a través del nuevo aparato con imágenes que tenía instalado en el salón de su casa. Camila y Sátur los dejaron solos y siguieron el rito por la radio. En ese punto del «sí, quiero», Harry Parker se armó de valor, hincó una rodilla en tierra y le pidió a la joven detective que echara valor a su vida.

—Ha llegado el momento del sí o del no, Margot. Me resulta imposible vivir sin ti. Visne me in matrimonium ducere?

—Parker, ¡quiero ver la boda! ¡No me vengas con esas! Anda, deja las preguntas en latín y siéntate a mi lado. No vuelvas a hacer lo de ponerte de rodillas, por favor. Esas cosas no me van.

—Entonces ¿es un no?

Harry se echó hacia atrás en el sofá y se quedó completamente hundido. Sonó el teléfono y apareció Sátur para que contestara ella a la llamada. Al otro lado del auricular se encontraba Almudena Pimentel.

—¡Buenos días, Almudena! ¿No estás siguiendo la boda de Fabiola?

—Sí, precisamente al verla, me estaba acordando de cómo nos ayudó prestándonos su casa en Zarauz y de cómo nació mi niña. Imposible olvidar lo que hiciste por mí, Margot. He sentido la necesidad de llamarte. Y ahora te doy la noticia: he aceptado el trabajo que me ha propuesto Vicente Cerezo en la agencia de detectives.

—¿De verdad? ¡Qué buena noticia! No sabes cómo me alegro. Nos veremos a menudo.

—Me he decidido al final porque podré vivir de lo que gane sin la ayuda de mis padres y, lo más importante, sacaré adelante a mi hija. Seré para siempre su madre, no habrá nadie que me suplante. Me da igual lo que diga de mí la sociedad. También, al lado de Vicente, me siento más protegida por si los hermanos Torres regresan a Madrid. Soy otra mujer, que nada tiene que ver con la que se fue enamorada a París y regresó con tantos miedos. Me siento fuerte y con ilusión por afrontar el futuro.

—¡Eres mi heroína! ¡Bravo! ¡Buena decisión!

Margot colgó el teléfono y, sin apartar la vista de la televisión, le contó a Harry la novedad.

—¿Sabes? Al final, Almudena va a trabajar con Vicente Cerezo. ¡Las vueltas que da la vida!

—Me alegro por ella.

No dijo más. Harry pensó que era un buen momento para irse. Se sentía incómodo y ridículo. Una vez más, Margot lo había rechazado. No tenía sentido seguir allí.

—Me voy a tener que ir a hacer unos recados… —En realidad, quería ahogar su frustración en otro lugar.

—¡Espera, Harry! ¡No te vayas! —le pidió Margot con la mirada puesta en la televisión.

Se fue a su habitación y sacó de su mesilla de noche la alianza de su padre, la que llevó Harry en París. Pensó que, si Almudena había sido valiente para tomar la decisión más importante de su vida, ella podría también atreverse a dejar sus miedos de lado. Había llegado el momento, se dijo. Regresó al salón y Harry ya estaba de pie y con el abrigo puesto. Se puso frente a él y lo miró a los ojos.

—Ya que te quieres comprometer, está bien. ¡Hagámoslo!, pero a mi manera. Aquí tienes el anillo de mi padre. Quiero que lo lleves tú.

Le cogió la mano derecha y le puso el anillo en el dedo corazón. Harry no salía de su asombro. De fondo, sonaba un coro de niños angelicales que cantaban en la ceremonia de Bruselas.

—Pero entonces ¿es un sí? Margot, me vas a volver loco.

—Ita vero! —«Ciertamente, sí», le contestó en latín—. No me gustan las cursilerías. Resulta evidente que no podemos estar el uno sin el otro.

Margot se acercó a él y lo besó.

—¡Formamos un buen equipo! ¿No crees? —añadió Margot.

Harry se quedó sin habla pero sonriendo. Se quitó el abrigo y volvió a sentarse en el sofá. Seguramente, pensó, era el único en el mundo que podía entenderla.

La televisión seguía emitiendo las imágenes de la boda de Fabiola y Balduino. Margot seguía mirando la pantalla. Harry se tocaba incrédulo el anillo que le había regalado.

—Qué extraño sentimiento estar enamorado, ¿no crees? —le preguntó Parker—. Espero que no te arrepientas de ser una Parker.

—El amor no reclama posesiones, sino que da libertad…, ya lo dijo Rabindranath Tagore. Yo lo entiendo así.

Ahora fue Harry quién la besó a ella.

A miles de kilómetros, en la catedral de San Miguel y Santa Gúdula, seguía sonando el coro de voces angelicales mientras el cardenal les daba la bendición del papa Juan XXIII. ¡Ya eran marido y mujer!

Los hermanos de los novios actuaban como testigos: los príncipes Alberto y Alejandro por parte de Balduino, y Gonzalo y Alejandro de Mora y Aragón por parte de Fabiola. Firmaron encima del altar y se retiraron. A Fabiola y a Balduino se les veía felices y sonrientes.

La ya reina, del brazo de Balduino, atravesó la alfombra roja con aire regio, remarcado por el vestido. Los novios volvieron a subirse al automóvil nupcial. Recorrieron de nuevo las calles de Bruselas en dirección al palacio Real. Miles de personas volvieron a aplaudirlos a su paso. Los novios no dejaban de saludar y de intercambiarse frases llenas de sentimiento en el coche.

—Sin duda, es el día más feliz de mi vida, Fabiola. No sabes el amor que siento por ti. Es difícil de describir.

—Lo sé, el mismo que yo siento por ti también.

Se cogieron de la mano y siguieron saludando al público con la mano que les quedaba libre. Llegaron al palacio Real y el gentío gritaba tanto su nombre que tuvieron que salir al balcón. Fabiola abrió los brazos como queriéndolos abrazar a todos. Balduino le cogió la mano de nuevo. Otra mirada llena de complicidad entre ambos y la novia reclinó su cabeza en el hombro de Balduino. La muchedumbre no paraba de gritar: «¡Vivan los novios! ¡Viva Fabiola!».

Las campanas de la catedral de Bruselas repicaban sin parar. Era un día de alegría, un día para no olvidar, un día para la historia. Los copos de nieve volvieron a hacer acto de presencia. Nada parecía real, sino salido de un sueño. Fabiola había dejado de ser anónima. En el mundo, su rostro se había hecho popular. Fabiola era ya un poco la reina de todos.

 

Epílogo

Fabiola de Bélgica fue reina consorte durante treinta y dos años. Desde su matrimonio con Balduino hasta el fallecimiento del rey, en 1993. Conservó el título de reina hasta su muerte, a los 86 años, ocurrida en el año 2014 en su residencia de Stuyvenberg, en Bruselas. La que denominaban casa de las viudas.

Llevó a España y a Bélgica en su corazón hasta el último día de su vida. Los reyes Balduino y Fabiola no tuvieron descendencia, y esa fue su gran pena. La reina llegó a confesar que tuvo varios embarazos que no llegaron a término. «Perdí cinco niños —manifestó—, pero he aprendido a vivir con ello… Tuve problemas en cada embarazo, pero al final seguí pensando que la vida era hermosa». Muchas veces se preguntó por qué no pudo ser madre. Quiso encontrar, incluso, algún sentido a ese sufrimiento. «Poco a poco —reflexionó— fuimos comprendiendo que nuestro corazón así, sin hijos, estaba más libre para amar a todos los niños, absolutamente a todos».

Fabiola se entregó por completo a las obras benéficas, como había hecho antes de casarse. Encontró sentido a su vida ayudando a los demás. Sobre todo a ancianos y a niños.

Su historia de amor con el rey continuó más allá de la muerte. En el entierro de Balduino, sobre su féretro, había un ramo de rosas blancas con una cinta en la que se podía leer: «A mi corazón. Fabiola». Realmente fue su corazón y su vida, según narran sus sobrinas nietas, Ana María Chico de Guzmán y Ana Silva, condesa de Sinarcas. Ella lo llamaba cariñosamente Bodo y, según nos dicen, «siempre estaban cogidos de la mano. Se reían muchísimo y tenían mucho sentido del humor. Transmitían paz y escuchaban a todos dedicando a cada uno su espacio y su tiempo».

Pasaban el verano, la Semana Santa y la Navidad en familia. Les gustaba mucho la música, visitar museos y el cine. «Solían entrar en un cine público cuando las luces ya se habían apagado para no ser reconocidos». De entre todas las películas, hubo una que a Fabiola le gustaba mucho y la veía con frecuencia: Amazing Grace («Gracia divina»), dirigida por Ioan Gruffudd. También solía tocar al piano la antigua canción del mismo título, que se convirtió en un himno de redención y esperanza.

Por sus residencias y palacios pasaron desde emperadores hasta presidentes de gobierno y familias reales de otros países. También personas que fueron referentes religiosos, como Teresa de Calcuta.

Balduino era una persona de gran bondad. En septiembre de 2024, el papa Francisco fue quien impulsó su proceso de beatificación. Tuvo mucha relevancia para la Iglesia el hecho de que abdicara temporalmente para no firmar la ley del aborto aprobada en su país. Igualmente, el papa destacó su profunda espiritualidad y lo consideraba un ejemplo de vida.

El rey Balduino murió de forma repentina mientras rezaba, a orillas del mar Mediterráneo, en la azotea de su residencia Villa Astrida, en Motril, Granada. Todos los veranos los pasaban allí junto a los hermanos de Fabiola, sus sobrinos y sobrinos nietos. En total se juntaban más de cien personas, que ocupaban todas las habitaciones de la villa. Se trataba de una finca de veintiséis mil metros cuadrados en la que se establecían turnos para las comidas, los baños en la piscina y las cenas.

El funeral, celebrado en Bruselas, reunió a toda la realeza europea, incluidos la reina Isabel de Inglaterra y los reyes de España, Juan Carlos y Sofía, entre otros. También asistieron el emperador del Japón, Akihito, y el expresidente estadounidense, Gerald Ford.

La reina Fabiola se dedicó por completo a los belgas, a sus sobrinos y a sus obras de caridad. El trono de Bélgica, al no tener descendientes, pasó al hermano menor de Balduino, Alberto, que reinó hasta que abdicó en 2013. Posteriormente ascendió al trono el hijo de Alberto II, Felipe, el sobrino favorito de su tío Balduino.

La reina Fabiola, veintiún años después de la muerte de su marido, el 5 de diciembre del 2014, falleció en el castillo de Stuyvenberg. Sus restos fueron trasladados al panteón real de la iglesia de Nuestra Señora de Laeken, al lado del amor de su vida, Balduino. La muerte nunca fue para ella el final. De hecho, en el funeral de su marido, fue la única que vistió de blanco. Su sueño era reencontrarse con él.

 

Nota de la autora

En esta novela convive la realidad con la ficción. El inicio de la década de los años sesenta y todos los acontecimientos que tuvieron trascendencia, a nivel nacional e internacional, forman parte del paisaje de La prometida.

Los únicos personajes que responden a la realidad son los que tienen relevancia histórica. Todo lo que sucede en torno a Fabiola y Balduino es real, aunque parezca ficción en algunos momentos. La única licencia que me he permitido con respecto a los Mora y Aragón es introducir en su casa a dos personajes que no existieron dentro del servicio, Manuela y Lucía. El resto de los personajes que se mueven en el palacio del número 5 de la calle Zurbano existieron y formaron parte del entorno cercano de la familia de la que se llegó a convertir en reina de Bélgica.

La prometida es una segunda novela relacionada con la detective Margot Sanz Peters. La trama y los personajes que la rodean son ficticios. He creado dos mundos paralelos, uno real y otro de ficción, que en varios momentos de la narración se dan la mano. Se trata de un relato policiaco en un entorno que existió. Una joven aristócrata sorprendió al mundo al convertirse en la reina de Bélgica. Aquí se cuenta cómo la propia Fabiola se vio envuelta en un plan trazado en las altas esferas de la Iglesia para que el rey Balduino contrajera matrimonio. Lo bonito de esta historia es que, al margen del plan, Fabiola y Balduino se enamoraron y el amor siempre estuvo presente en su vida. Hoy sus restos descansan juntos en la cripta real de la iglesia de Nuestra Señora de Laeken. Hay quien dice que el amor verdadero trasciende más allá de la muerte.

 

Agradecimientos

A la familia de Fabiola de Mora y Aragón. En concreto, a Ana María Chico de Guzmán Escrivá de Romaní, empresaria y creadora de la firma Mimoki, y a Ana Silva Escrivá de Romaní, condesa de Sinarcas, por hablarme de la vida de los reyes de Bélgica que solo ellas conocen y no viene en los libros.

A Begoña Fernández, por hablarme de Jesús Hermida en un episodio increíble de su biografía. También por ayudarme a sacar información de Fabiola en los recónditos rincones de la hemeroteca.

A Jaime Peñafiel, por agudizar su memoria para hablarme de un episodio que estuvo a punto de romper las relaciones diplomáticas entre Bélgica y España. Cuando habla de su biografía, siempre cuenta este episodio.

A Mariano Palomeque, el mejor asesor, junto con su hijo Raúl, que una puede tener cerca, por hablarme de Confecciones Zorrilla y de sus clientas, así como de la historia de ese Madrid de hace casi un siglo.

A Rappel, por contarme la historia de su familia ligada a la moda y de la sociedad de los años sesenta. Igualmente, por hablarme de su videncia y de su forma de trabajar para averiguar el futuro de las personas.

A Antonio Almansa Gómez, vidente de Bolaños de Calatrava, que me ha contado cómo la videncia la poseen algunas personas sin necesidad de apoyarse en ninguna mancia. Su mundo conocedor de remedios naturales me resultó también muy interesante.

A Fermín Urbiola, por contarme, cuando publicó su libro dedicado a Fabiola, esta historia de una reina que siempre me ha parecido fascinante.

A mi amiga Gema Porrero y a Antonia González de Toro, por enamorarme de Bolaños de Calatrava y hablarme con devoción del pueblo y de su patrona, la Virgen del Monte.

A Alfonso Vicente, abogado y profesor de Derecho Internacional Público de la Universidad Rey Juan Carlos, y a Blanca Moreno Herrero, por ayudarme en cuestiones jurídicas.

A Javier Sádaba, filósofo, que me ha inspirado para impregnar la novela de reflexiones filosóficas.

A Pilar García Moutón, filóloga y profesora de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, por certificar con su conocimiento que una frase pronunciada por el sospechoso de esta historia, en un contexto determinado, pudo ayudar a la policía a descubrir al asesino. La lingüística forense hoy es una herramienta imprescindible para los investigadores.

A Emilio del Río, latinista, por hacer del latín una asignatura apreciada y necesaria en nuestra vida moderna. Mis protagonistas hablan latín al final del libro gracias a la ayuda de Emilio.

A Pepa Fernández, por hacer de puente y ayudarme a encontrar a las personas adecuadas para la información que subyace en toda novela.

A mi equipo de Madrid directo, en Onda Madrid, por su ayuda incondicional.

A Juan Díaz y Carmen Romero, por creer en mí para seguir narrando historias increíbles a los lectores de Ediciones B.

A Ana María Caballero, por entusiasmarse con la escritura de este libro. Sus consejos siempre me parecen sabios.

A Celia Santos, para que la vida nos siga uniendo en este y en otros libros.

A mi marido, Guillermo; a mis hijas, Blanca y Ana, y a los más peques de la casa, por animarme a seguir construyendo historias en forma de libro. Muestran una infinita paciencia cuando mi vocación se convierte en una obsesión y en una necesidad.

A los lectores, que son tan importantes para mí, por saber esperar con tanto entusiasmo un nuevo libro de Margot Sanz Peters. Y a los libreros, por recomendarlo en sus librerías repletas de ofertas interesantes.

A todos, gracias de corazón. ¡Hasta el próximo!

 

Una boda real que marcará el futuro.

Un misterio que vuelve desde el pasado.

Descripción: Imagen de portada

1959. El rey Balduino de Bélgica conoce a Fabiola de Mora y Aragón, la aristócrata española que pronto se convertirá en su esposa. Mientras tanto, la periodista y detective Margot Sanz Peters recibe una llamada de la comisaría para retomar el caso más complicado de su carrera: la enigmática desaparición de la hija de unos marqueses.

Nieves Herrero nos lleva tras las pistas de esta investigación por los círculos más selectos y glamurosos de Madrid y París, desde el atelier de Balenciaga hasta el salón de la vidente que conoce todas las confidencias de la alta sociedad. Así, Margot irá desvelando el entramado de secretos que envuelve no solo la desaparición de la chica sino también el gran enlace real.

Tras el éxito de Lo que escondían sus ojos, El joyero de la reina y Luna roja, Nieves Herrero construye una novela repleta de misterios con la boda de Fabiola y Balduino de Bélgica como telón de fondo, al tiempo que nos descubre que el amor puede ser un arma de doble filo.

 

Nieves Herrero nació en Madrid. Licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense y en Derecho por la Universidad Europea, también estudió un año de Criminología en la Universidad Camilo José Cela. Lleva décadas ejerciendo como periodista en prensa, radio y televisión, y su trayectoria en los medios ha sido reconocida con los galardones más relevantes de la profesión. Es autora de los best sellers Lo que escondían sus ojos, cuya adaptación a la pantalla batió récords de audiencia y obtuvo un premio Ondas; Como si no hubiera un mañana, premio de la crítica de Madrid; Carmen, que se mantuvo durante sesenta semanas en la lista de los libros históricos más vendidos; Esos días azules, alabada unánimemente tanto por la crítica como por el público, además de El joyero de la reina, un rotundo éxito editorial, y sus obras más recientes, La Baronesa y Luna roja.

Ahora, con La prometida, Nieves Herrero continúa una carrera literaria aplaudida por decenas de miles de lectores.